Mi amiga M. siempre está metiéndome el dedo en el ojo; vamos, que no me pasa ni una. Y yo le dejo porque, claro, si no me canta las verdades del barquero lo mismo sigo haciéndome trampas al solitario. El caso es que cuando se harta de escucharme las cuitas y aguantar la murria que me da una