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Carlos Rilova

El correo de la historia

La Historia y la tercera conquista de Canadá por los Estados Unidos (1775-2025)

Por Carlos Rilova Jericó

Desde que Donald Trump comenzó su segundo mandato estaba pensando en dedicar al menos un correo de la Historia a la cuestión de Canadá. Todo a resultas de que este asunto, como todo lo relacionado con el nuevo presidente norteamericano, ha levantado cierta histeria mediática -que, a fuerza de repetida, cada vez suena más hueca y artificiosa- y a la que, creo, no le vendrá nada mal algo de Historia para calmar unos nervios muy maltratados desde muchos medios de comunicación. Y hasta por algunos analistas que pasan por respetables. Aunque parece que se han dejado llevar por esa ola de griterío vuelta contra ese presidente norteamericano al que una de esas sabias voces que pululan por Internet ha descrito -bastante bien- como el Emmanuel Goldstein de este enrarecido ambiente político que vive el mundo desde hace unos años.

Es decir: el hereje por excelencia de la novela “1984”, donde el régimen de pesadilla totalitaria imaginado por George Orwell, desviaba las inquietudes revolucionarias contra su aplastante poder creando un enemigo imaginario. Depósito de todas las maldades habidas y por haber y escape de las frustraciones y opresión que, en realidad, creaba ese estado tiránico.

Pero dejemos aparte tan curiosa reacción contra Donald Trump, que seguro hará las delicias de mis colegas historiadores -y politólogos varios- en un futuro más prometedor, en el que toda esta exacerbación política se haya extinguido del mismo modo en el que, en “1984”, la dictadura del Ingsoc acababa por autodestruirse.

Vamos a centrarnos, pues, en la cuestión de si las declaraciones de Donald Trump sobre convertir a Canadá en el estado número 51 de los USA, es un signo -otro más- del fin de los tiempos o, al menos, de ciertos tiempos.

Lo primero que el historiador tiene que decir al respecto es que no es ninguna novedad el deseo de las antiguas trece colonias británicas (hoy convertidas en los cincuenta estados) de unir a su dominio a la número catorce. Es decir: a Canadá.

No hace falta ser un gran especialista en Historia de Estados Unidos. A veces una buena novela histórica puede ponernos al menos sobre la pista de esos hechos.

Ese sería el caso de “Las aventuras del sargento Lamb”, escrita por Robert Graves -autor mucho más conocido por otra de sus obras, “Yo, Claudio”- que aseguraba basarse en los escritos de un personaje real al que, dice, descubrió en 1914, cuando actuaba como oficial instructor del regimiento de Fusileros Galeses con el que combatió en la Primera Guerra Mundial. Una verdad ésta algo literaria -como era de esperar- pero respaldada por hechos como las propias memorias del Roger Lamb real, escritas por él mismo y publicadas en Dublín por la casa Wilkinson y Courtney en el año 1809.

Así, a través de ese Roger Lamb real devenido personaje de novela, Graves, con su elocuencia habitual, describe en dos capítulos de “Las aventuras del sargento Lamb”, el 10 y el 11 (de la página 130 a la 157 de la edición de Edhasa de 1985), la llegada de Lamb a Canadá para defender Quebec del asedio de los estadounidenses que, en efecto, tendrá lugar durante el crudo invierno de 1775 en una invasión que se prolongaría hasta octubre de 1776. Ahí Graves reconstruye las razones que han llevado a esa situación que ahora revive por las declaraciones de Trump recibidas con ese orwellianismo mediático que ya he descrito.

Así en la página 130 el sargento señala que era importante distinguir los motivos que habían llevado a los americanos hasta allí. En su opinión -la de un militar británico, no lo olvidemos- se debía desestimar “enteramente” el alegato yankee de que estaban allí para “liberar a los canadienses de la tiranía inglesa”. Según Lamb sólo unas “pocas decenas de descontentos en Montreal y en otras partes” habían sido captados por la llamada a la rebelión de los yankees. El resto, como dice este personaje de Graves basado en un personaje histórico, eran en su mayoría franceses que “se encontraban bastante bien bajo el gobierno británico”. Argumento que remata con una desenvoltura que, sin duda, muchos antitrumpistas actuales podrían atesorar para sus diatribas: “Con justicia desconfiaban de la oferta americana de “romper sus cadenas”, encontrándola demasiado efusiva para ser desinteresada”.

La conclusión del sargento Lamb, entre las páginas 130 y 131 de la edición de esta novela que leí yo en mis tiempos de estudiante, es la de un militar avezado al fin y al cabo y así dice que los yankees, en realidad, querían apoderarse de ese Canadá tan reticente y ajeno a ellos -colonos franceses en su mayoría, en efecto- por razones estratégicas. Es decir: los almacenes militares británicos en Montreal, arrebatar a Gran Bretaña las bases navales del San Lorenzo, persuadir a los que el Lamb de Robert Graves llama “pieles rojas” de que su causa era más poderosa que la de los británicos y finalmente evitar un ataque contra las colonias rebeldes de Nueva Inglaterra.

Lo cierto es que algunos de los que el sargento Lamb de Graves llamaba unas “pocas decenas de descontentos en Montreal y en otras partes” no debían ser tan pocos, porque el Congreso Continental de Estados Unidos formará con ellos un regimiento que demuestra el hecho poco conocido -y hoy aún más olvidado a conveniencia- de que al menos algunos canadienses querían la independencia de Gran Bretaña y convertirse en el estado número catorce que fundase la nueva nación.

La Biblioteca Pública de Nueva York, de hecho, conserva en sus archivos el documento clasificado como MssCol 19034 que guarda los registros de ese regimiento de voluntarios -de Quebec sobre todo- que realmente se unieron desde 1775 a las fuerzas de los nacientes Estados Unidos para conseguir que Canadá se convierta en uno más de esos trece estados federados contra Gran Bretaña. En el resumen de esos documentos se señala que el promotor del regimiento era James Livingston, un nativo de Nueva York -como el propio Donald Trump- que coincide con la descripción de la novela de Graves. Es decir: vivía en Montreal en el momento en el que Canadá debía decidir si cerrar filas con los británicos o unirse a los rebeldes.

Tras ese primer fiasco de 1776 los estadounidenses, ya constituidos en nación independiente, volverán a intentarlo en la llamada Guerra de 1812.

En esta ocasión las fuerzas del Ejército norteamericano aprovecharán que su antigua metrópoli está enfangada en las guerras napoleónicas y atacarán centros neurálgicos de Canadá. Así en Montreal los edificios del gobierno serán incendiados antes de que los yankees sean nuevamente repelidos por las fuerzas leales a Gran Bretaña en distintas batallas. Navales -en los Grandes Lagos- y terrestres.

Tras esto el ahora famoso Capitolio de Washington D. C. será arrasado -en venganza por lo ocurrido en Montreal- por las tropas británicas que, procedentes de Canadá, persiguen a los yankees. Será ese un avance realmente victorioso que inspirará, además, la letra del himno estadounidense actual que remite a la épica escena en la que la bandera de barras y estrellas se sostiene -a primera hora del amanecer- en el fuerte del puerto de Baltimore, bajo el resplandor rojo de los cohetes que lanzan los británicos para guiar el tiro de sus artilleros navales.

Las fuerzas británicas sólo serán detenidas en la Batalla de Nueva Orleans entre el 23 de diciembre de 1814 y el 8 de enero de 1815. Una nueva matanza verdaderamente innecesaria, porque para entonces los diplomáticos estadounidenses y los británicos ya habían firmado un acuerdo de paz en Gante que ponía fin a las hostilidades. Noticia que llegará demasiado tarde para evitar la masacre y una derrota monumental de las tropas británicas ante las variopintas fuerzas allí reunidas -desde los corsarios de un vasco de origen como Jean Lafitte reclamado, por cierto, hoy día como ascendiente por ciudadanos españoles, franceses y británicos- hasta las unidades del ejército regular reagrupadas por el general Andrew Jackson que se convertiría -en parte gracias a esa victoria- en el séptimo presidente de Estados Unidos de 1829 a 1837.

A partir de esta porción de Historia -hoy mal conocida por varios motivos- creo que ya podríamos plantearnos hablar con más calma y seriedad de las posibilidades de éxito de este tercer intento de unir Canadá -la reticente colonia de 1776- con los actuales Estados Unidos promovido por un nuevo presidente de ese país que, bajo unas maneras que ofenden a algunos espíritus sensibles, oculta a un persuasivo negociador que, sin duda, algo conseguirá.

Si es que no lo ha conseguido ya. Aunque eso haya quedado oculto por la fatigosa histeria mediática alzada contra él por sistema, con una insistencia cansina y bastante sobreactuada a decir verdad.

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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