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Carlos Rilova

El correo de la historia

El Aramis navarro: don Tiburcio de Redín y Cruzat, barón de Bigüézal

Por Carlos Rilova Jericó

Hay calles en la vieja Pamplona de aspecto y de nombre ciertamente evocador. Una de ellas es la llamada “Del Redín”, cerca de lo que queda de sus impresionantes baluartes y murallas y cerca, también, de un establecimiento de nombre no menos evocador: el Mesón del Caballo Blanco.

Ahí es fácil imaginar que en el pasado, en esa taberna, debieron apostarse hombres curtidos en más de una campaña, gente de mostacho y perilla bajo sombrero gacho de ala muy ancha, emplumado. O al menos de sombrero de tres picos. Unos y otros seguramente serían de los que podían contar tantas batallas como cicatrices.

Pero si, tratando como tratamos de Historia, hacemos que la imaginación, alentada por esos nombres, por esas viejas piedras, deje de volar y volvemos, ordenadamente, a la pura realidad histórica, veremos que, sin embargo, ésta no anda demasiado lejos de esas suposiciones algo desbocadas. Y eso pese a que el actual mesón, a despecho de su historico aspecto, data del más prosáico año 1961…

Así resulta que “Redín” es uno de los apellidos de don Tiburcio de Redín y Cruzat, barón de Bigüézal, un personaje muy ceñido a la verdadera Historia de esos tiempos de espadachines y soldados viejos y tan real que cuenta con un estupendo retrato conservado en las paredes del Museo del Prado atribuido a Fray Juan Andrés Ricci. Uno de aquellos magníficos monjes-artistas que también llenan algunas paredes de museos en el mundo entero y que dieron lugar a obras tan memorables como “La recuperacion de Bahía de Todos los Santos” de Fray Juan Bautista Maíno.

Aquel barón de Bigüézal había nacido en una familia de hidalgos navarros con una larga trayectoria en la misión habitual en esa clase de personas. Es decir: la vida militar. Contaba así el caballero Redín y Cruzat, nacido en Pamplona en 1597, con padres y hermanos que han luchado en Flandes y en otros frentes de la monarquía española. Alguno de ellos luciendo hábito de órdenes tan prestigiosas como la de los caballeros de Malta.

El niño nacido en ese año casi final del siglo XVI parece pues llamado a esa misma misión. Aunque curiosamente dicen sus biógrafos que la que más marcará el carácter belicoso y altivo en el barón de Bigüézal, será una madre de fuerte carácter que se ve obligada a educarle en ausencia del padre.

De ahí sale un joven hidalgo provinciano que, como muchos otros, en España o en Francia, en los comienzos de ese siglo XVII que Dumas pinta en la primera página de su “Los tres mosqueteros” como violento y revuelto, abraza la carrera de las armas. Ideal para esta clase de personas. Como Charles de Batz Castelmore (más conocido como D´Artagnan) o Tiburcio de Redín y Cruzat.

Desde entonces la lista de empresas bélicas en las que se ve envuelto el caballero pamplonés es larga. De hecho hay una obra dedicada a su agitada biografia, publicada en la Imprenta Real en el año 1704 , de más de 400 páginas, donde se relatan los hechos de ese barón de Bigüézal.

Entre todos los lances personales y batallas en defensa de la Corona que se describen en esa obra dedicada a la vida de éste que llamarán “Júpiter español” por su carácter fulmíneo, destaca (al menos en mi opinión) el episodio en el cual logrará apoderarse de un navío de guerra holandés en circunstancias ciertamente difíciles pero que para alguien como él casi parecía cosa sencilla.

Acumulando méritos Tiburcio de Redín y Cruzat había conseguido ser nombrado capitán de Mar y Guerra del rey de España. Pero el insigne capitán y barón de Bigüézal tenía un defecto muy habitual en caballeros de esta índole que tan pronto protagonizaban un acto heroico, por el bien del estado, que diría el cardenal Richelieu, como eran arrestados por alguna explicación, espada en mano, en algún lugar apartado donde los edictos contra la prohibición de duelos no llegasen o, al menos, pudieran ser ignorados a conveniencia. Así hasta que se les levantaba el castigo para poner tanto ardor combativo al servicio, una vez más, del bien del estado.

En esa situación se encontraba el barón de Bigüézal poco despues del año 1624. El rey se había ofrecido a recompensarle por el modo en el que se había conducido en el Mediterráneo contra los berberiscos. Una recompensa que, sin embargo, tardaría en llegar y que llevó al caballero a insolentarse con los lacayos del valido conde-duque de Olivares por negarse a detener su carruaje para que él, el barón de Bigüézal, pudiera hablar con el ministro sobre la tardanza de esa recompensa. Como no se detuvieron, la cólera del caballero pamplonés volvió a salir a relucir y echando mano a la espada cortó los arreos del carruaje para detenerlo y así se puso al habla con el valido.

Éste contemporizó con el iracundo navarro, pero tamaña audacia no podía ser pasada por alto por el mal ejemplo que daba y la merma de autoridad del valido que suponía, y además en público, con lo cual buenos amigos aconsejaron al barón de Bigüézal que dejase la villa y corte y se hiciera olvidar al menos por un tiempo. Tan al pie de la letra tomó el de Redín y Cruzat el consejo, que de Madrid salió rumbo a Cádiz y de allí a América, a Panamá…

Aun así el largo brazo del conde-duque llegó hasta él. Lo hizo en forma de un viejo camarada del barón que, por el recuerdo de esa amistad, le dijo que venía a llevarlo de vuelta a España para que respondiera de su audacia con el tiro de caballos del valido pero, queriendo templar la situación, también dijo a don Tiburcio que eligiera un galeón, que le nombraría capitán de él y así regresaría a España en una posición más honrosa que, sin duda, suavizaría la sorda cólera de Olivares.

Ciertamente la hazaña que llevará a cabo el pamplonés como capitán de ese navío, era de las que ablandaban voluntades en cortes como la de Felipe IV.

Así sabiendo el caballero Redin y Cruzat que en la costa acechaban holandeses, cargó de lastre su barco para dar a entender que llevaba a bordo un buen botín. También mandó clavar su propia Artillería. Con esas, en apariencia, extrañas prevenciones se hizo a la vela con proa hacia España. Los holandeses pronto cayeron en la trampa -pues eso es lo que era en realidad- y creyendo al navío desprotegido y lento lo abordaron. En ese momento la tripulación española, previamente aleccionada, simuló rendirse atemorizada y permitieron que los holandeses echasen los arpeos y los abordasen.

En ese momento el capitán holándes preguntó por el capitán español. Aleccionados también en esto los marinos españoles, le dijeron que estaba enfermo en su camarote. Se trataba de otra trampa. Cuando el holandés entró a esa estancia, el barón de Bigüézal se zafó de la ropa de cama, se levantó rápidamente y le descerrajó un pistoletazo que lo mató en el acto. Esa fue la señal general para que los marinos españoles echasen mano a las armas y atacasen a los holandeses que les habían abordado. Hecho esto abordaron a su vez al navío holandés y lo redujeron rápidamente. Los holandeses que habían quedado aislados en el galeón español, desesperados, pensaron en hundir su propio navío cañoneándolo con la Artillería española. Fue entonces cuando descubrieron que ésta estaba enclavada y no podía disparar. El resultado final fue la rendición total de todos los holandeses a merced del caballero pamplonés y sus hombres.

Así siguió la carrera militar de Tiburcio de Redín y Cruzat, pero como muchos caballeros de esta índole, no acabaría sus días tal y como nos lo imaginamos leyendo párrafos como el que acabo de citar. O como lo vemos en el retrato que hoy está en el Museo del Prado. Al igual que el Aramis que inspirará a Dumas padre, el barón de Bigüézal, arrepentido de tanto lance y de tantas audacias, no siempre bendecidas por la Iglesia y el rey, decidirá hacerse religioso…

Cuentan crónicas como las que he seguido hasta aquí que a veces, cuando la ocasión lo requirió, Fray Francisco de Pamplona -que ese fue el nombre que adoptó a partir de 1637, cuando profesa- sacó a relucir su vieja vida de soldado curtido.

Por lo demás el barón de Bigüézal dejaría este mundo en la actual Venezuela, en La Guaira, en el año 1651, como misionero.

Acababa así esa vida de alguien que, durante gran parte de ella, vivió de un modo que nos recuerda a páginas de Alejandro Dumas, de Rafael Sabatini y, ciertamente, también a novelas maritimas como las de Patrick O´Brian, donde encontramos más de un eco de la verdadera Historia del barón de Bigüézal convertida en ficción en un tiempo y lugar distintos…

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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