Por Carlos Rilova Jericó
A veces, para el historiador, resulta algo deprimente leer algunas páginas de los periódicos. Es la sensación que me quedó esta semana pasada al descubrir en “elDiario.es” una noticia, fechada en 5 de junio y modificada el 10, en la que se describían las evidentes ventajas de la ruta (deportiva, turística, en fin, histórica) que se ha organizado en torno al campo de batalla de los Arapiles, en Salamanca.
Tras leer el artículo, escrito con esmero y firmado por Alberto Gómez, fue cuando el historiador que a su vez, en otro periódico, escribe esta líneas, quedó bastante contrariado. La razón de esto es sencilla. En el artículo de “elDiario,es” venía yo a descubrir, de nuevo, algo muy habitual en la manera de escribir Historia en la España de, digamos, los últimos cuarenta o, ya casi, cincuenta años.
Los rasgos son inconfundibles: se suele tratar de una exaltación local, a escala mundial a ser posible, de un personaje o hecho histórico también local pero esa exaltación siempre se hace a costa de la Historia común española. Es decir, la de las otras 16 autonomías en las que se ha fragmentado el país.
No hay duda de que existen personajes y momentos en la Historia, española y mundial, que son decisivos, en los que todo cambia de manera irreversible. Por ejemplo, ya que hablamos de las guerras napoleónicas, no hay duda de que las aspiraciones de la Francia del Primer Imperio quedaron enterradas, para siempre, en el barro de Waterloo. No habrá hoy quien -racionalmente al menos- pueda discutir eso.
Sin embargo circunstancias así son más bien raras. O más bien imaginadas por intereses que nada tienen que ver con la Historia como tal. Aun así la Batalla de los Arapiles (o de Salamanca, como la llaman los británicos) parece haber sido convertida en uno de esos hechos decisivos que, en realidad, no lo son. No hay duda de que el 22 de julio de 1812 Arthur Wellesley, más conocido como Wellington para las páginas de los libros de Historia, alcanzará allí una gran victoria sobre los ejércitos napoleónicos que invadían España desde el año 1808. Sin embargo considerar esa batalla como una de las “más decisivas de la Guerra de la Independencia” (cito literalmente el artículo de “elDiario.es”) es un grave error de interpretación histórica. Y una muestra de ese modo deprimente, sombrío, en el que se maneja, se escribe, se difunde… la Historia de España hoy día.
Entro en detalles al respecto. No puede haber duda, insisto, sobre que Wellington tiene en Salamanca su batalla perfecta. Su Austerlitz en terminos de táctica. Algo para ser estudiado en las academias militares británicas y de medio mundo. Tampoco hay duda de que Benito Pérez Galdós, el gran -y casi único- escritor de novela histórica española en el siglo XIX, decidió -se supone que por buenas razones- convertir esa batalla en uno de sus Episodios Nacionales titulado, precisamente, “La Batalla de los Arapiles” para glorificarla, magnificarla, exaltarla…
Sin embargo, ¿eso significa que aquel hecho fuera decisivo? Pues lo cierto es que no. No dudo de los grandes esfuerzos que la Diputación de Salamanca, ayuntamientos correspondientes, puede que incluso el Ministerio de Cultura y otros, hayan realizado para crear esa ruta histórico-deportiva que elogiaba el artículo de “elDiario.es”, pero la investigacion sobre el tema, que ya lleva años circulando por ahí, dice que no. Aunque sea sotto voce y generalmente ignorada. Por lo que sea, como se dice ahora coloquialmente. Rotundamente no: los Arapiles, la Batalla de Salamanca, no fue una batalla decisiva tal y como ha sido presentada con esa insistencia.
Los hechos historicos relativos a ese acontecimiento, tal y como los conocemos a fecha de hoy, se desarrollaron así: tras la victoria aliada en Salamanca el ejército bajo mando de Wellington avanzó hacia el Norte. El objetivo era tanto liberar Madrid (cosa que se consiguió descubriendo allí un panorama terrible a causa de la hambruna), como poner fin a la “Guerra Peninsular” que estaba cansando a la opinión pública británica, harta de gastar dinero durante años sin que el “general cipayo” terminase de ganar la contienda.
Historiadores britanicos como Andrew Roberts lo explican muy bien en su biografía de Wellington confrontada a la de Napoleón (o viceversa). En Gran Bretaña los whigs y los radicales esperaban con ansia que ese cansancio o una derrota (o ambas cosas) acabasen con Wellington (y su clan político, contrario al de ellos) así como con la Guerra y se firmase una paz separada como la de Amiens en 1802.
Eso es lo que llevaba como peso muerto a la espalda Wellington el día que salió de Salamanca para llegar rápidamente a la frontera del Bidasoa y, desde allí, dar a España por reconquistada para la causa antinapoleónica y empezar así la invasión del Sur de Francia.
Las prisas, ya se sabe, son malas consejeras y Wellington lo descubrió, pronto, en octubre de aquel mismo año de victoria en Salamanca, ante los baluartes inexpugnables de Burgos. La gran guarnición francesa que cerraba el camino hacia el Norte, hacia Francia, hacia el fin adelantado de esa guerra tan larga, tan cara, que tanto alentaba a whigs y radicales en Londres y cansaba al agotado público británico.
No es la primera ni la última vez que he escrito sobre lo ocurrido en Burgos en 1812. Ni, supongo, será la última. Todo se resume en que Wellington sufrió un fiasco monumental allí y así, en lugar de convertir la Batalla de Salamanca en una batalla decisiva, la dejó en nada porque quedó atrapado entre esa plaza fuerte que no podía rendir por falta de Artillería y los refuerzos franceses que habían cruzado la frontera del Bidasoa para atraparle a él y a su Ejercito aliado entre dos fuegos. Tal y como era habitual en esa clase de guerra de asedio a fortalezas de la envergadura de Burgos y Wellington sabía muy bien, como militar de carrera que era…
Así, para noviembre de 1812, el general británico se tenía que batir en una apurada retirada desde Burgos que lo llevó de vuelta nada menos que a Portugal, perdiendo de ese modo todo lo reconquistado en julio. Incluidos los Arapiles, incluida Salamanca…
De ese asunto no salió Wellington peor librado -con su ejército aniquilado, con él destituido gracias a la presión de whigs y radicales en Londres- merced a la intervención del Séptimo Ejercito español que cubría (desde Potes hasta Aragón) todo el flanco Norte del avance aliado. Gracias a eso pudo llegar Wellington hasta las fortificaciones de Torres Vedras, rehacerse y en la primavera de 1813 marchar sobre el terreno ya consolidado por el Séptimo Ejercito español para infligir en Vitoria una derrota a los ejercitos napoleónicos sino definitiva, sí más decisiva, sin duda alguna, que la de los Arapiles.
Sin embargo, a pesar de esas evidencias, ya manifestadas, ya publicadas hace tiempo, volvía yo a leer no hace ni una semana que, por enésima vez, se hace caso omiso de ellas. Comprendo que las autoridades involucradas en los Arapiles quieran poner en valor (como ahora se dice) “lo suyo”. Hacen bien porque los Arapiles, sin ser una batalla decisiva (por todo lo dicho), sí fue un hito importante de las guerras napoleónicas. La fuerza de Napoleón fue evidentemente mermada allí. Los franceses caídos en esos campos no volvieron a levantarse, ni se recuperaron las armas perdidas. Fue un desastre militar a sumar al que vendría poco despues en Rusia. Pero de ahí a sostener que fue algo decisivo, media -evidentemente- un abismo de hechos como el propio desastre de Wellington ante los bastiones de Burgos y su retirada más allá de Salamanca pocos meses después y en la misma fecha en la que se hundían los ejércitos napoleónicos en Rusia.
Dicho esto, sin embargo, no puedo ver en calma que, una vez más, en España, en un lugar culturalmente tan importante como Salamanca, se sigue escribiendo esa especie de Historia basada en la fórmula nefasta de diecisiete fragmentos inconexos entre ellos. Algo que lleva a situaciones tan absurdas como que en ese mismo recorrido que nos recomendaba “elDiario.es” se incluya como visita obligada Alba de Tormes. Justo el lugar donde en 1809 Gabriel de Mendizabal e Iraeta, el mismo general que salva la retirada de Wellington más allá de Salamanca en 1812, infligía una grave derrota a la Caballería de élite francesa marcando -esta vez sí- un importante punto de inflexión en las guerras napoleónicas. Hecho que no aparece siquiera mencionado en ese artículo. De nuevo por lo que sea…
Esta comedia de los errores (históricos) es algo que, a medio plazo, saldrá muy caro si no se remedia. Quizás evitarlo es lo que nos lleva a algunos historiadores a molestar (no tengo dudas al respecto) con escritos como éste o a dar conferencias pro bono público sobre el tema como las que organiza el que esto escribe este jueves 18 en el Club Cantábrico de San Sebastián y, justo al día siguiente, a kilómetros de allí, en Corella (Navarra), en su Centro de Creación Joven. Y sirva esto para mucho o para poco, que al menos, como decían los romanos, Nullus parcatur labor…