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Carlos Rilova

El correo de la historia

El Waterloo de Espoz y Mina

Por Carlos Rilova Jericó

Por difícil de creer que nos parezca en nuestra sociedad, donde las noticias se difunden a la velocidad de la luz, la derrota definitiva de Napoleón en el campo de batalla de Waterloo tardó bastante tiempo en difundirse desde el 18 de junio de 1815 y, de hecho, ese momento histórico definitivo se prolongó hasta julio, agosto, septiembre… produciéndose diferentes movimientos militares, diplomáticos, políticos… orientados a dar por zanjada la famosa “epopeya napoleónica” que tantos miles de cadáveres, y de vidas rotas, había dejado tras de sí durante diez años.

Así las cosas la corte francesa, refugiada en Gante, al ámparo de las bayonetas holandesas, belgas y británicas desde el 20 de marzo, no regresó a París hasta el 8 de julio. Cuando quedó bien claro que el “Ogro Bonaparte” había sido obligado a abdicar por segunda vez mediante la autoridad provisional de la especie de Parlamento instaurado en Francia al regreso del emperador tras su huida de Elba. Una noticia que, sin embargo, llevó su tiempo comunicar, con muchos correos de posta difundiendo copias autorizadas de los actos legales que comunicaban que Su Majestad Cristianísima volvía a ser rey de Francia y de Navarra y que podía regresar de su exilio en Gante para ocupar -de nuevo- las Tullerías con toda seguridad, aunque Bonaparte, el usurpador (según la definición de la corte francesa), aún vagaba, ya lejos de París, buscando una salida para su desesperada situación que, como bien se sabe, acabaría en la isla de Santa Elena por decisión británica.

Lo más curioso de todo esto fue que cuando finalmente el séquito de Luis XVIII salió de Gante, iba en él un persnaje que, como suele ser bastante habitual en el imaginario histórico español, parecía no encajar ahí. Se trataba de un general navarro: Francisco Espoz y Mina…

¿Cómo era eso posible? ¿Qué hacía allí ese al que se suele considerar como un simple guerrillero más de esa especie tan mitificada en España y el resto de Europa? ¿Qué extrañas circunstancias podían haberle llevado hasta allí, hasta ese lugar que parecía no corresponderle en absoluto?

La explicación es sencilla pese a la imagen vulgar de lo que fueron las guerras napoleónicas para España, que convierten ese viaje a Waterloo del general Espoz y Mina en algo inverosímil, algo que no podía ser verdad. De hecho algo inaceptable para un público que asocia esas guerras con manolos, chisperos y navajas -sobre todo muchas navajas- que, por lo visto, resultaron sumamente eficaces para dispersar a los regimientos de coraceros y a la Artillería francesa.

Así, si de esos mitos un tanto trasnochados descendemos a la Historia como ciencia, como forma de conocimiento tal y como es practicada por historiadores italianos -como Alessandro Barbero-, franceses, alemanes, británicos… pronto descubrimos que, pese a ciertas circunstancias novelescas, románticas…, la presencia de Espoz y Mina en la corte de Luis XVIII en Gante era perfectamente lógica, razonable, posible, plausible. Casi necesaria.

Todo empezó por algo habitual en la Europa de 1815: la lucha entre Absolutismo y Liberalismo. Espoz y Mina, liberal acérrimo, creía que su rey estaba mal aconsejado por una corte corrupta y que ésta le había obligado a derogar la Constitución de 1812 y reimplantar el Absolutismo. Como solución a ello el general navarro optará por la vía del pronunciamiento. Es decir: movilizar a parte del Ejército al menos para conseguir que la sociedad civil partidaria del Liberalismo y la Constitución eludiera a esos elementos cortesanos favorables a la nueva imposición del Absolutisno.

A Espoz y Mina su pronunciamiento antiabsolutista se le convertirá en un absoluto fracaso. Su intento de apoderarse de la ciudad de Pamplona en la madrugada del 26 de septiembre de 1814, concluirá, en efecto, en fiasco y exilio, al comprobar que las tropas de guarnición allí eran decididos defensores del Absolutismo que se niegan a abrir las puertas de esa plaza fuerte desde la que Espoz y Mina esperaba llevar adelante la reconquista liberal de España.

Francia, la Francia de Luis XVIII, se convertirá así en el paradójico refugio de quien había luchado contra esa nación y ahora estaba enfrentado con ella no a causa de Napoleón, sino por la vuelta del Absolutismo a esa Europa del Congreso de Viena.

Fuera como fuese, a Luis XVIII no le importó acoger bajo su sombra, en Bar-sur-Aube, a aquel general navarro (ya famoso) que, de todos modos, había conseguido minar el poder de los ejércitos napoleónicos. Circunstancia tan favorable, después de todo, para la causa monárquica francesa…

Así la situación sólo se complicará realmente para Espoz y Mina desde el momento en el que esa benevolente monarquía de Luis XVIII se vea derrocada por la vuelta de Napoleón a partir de marzo de 1815.

El restaurado emperador elaborará en ese momento uno de sus sinuosos planes. Sabiendo que Espoz y Mina está en territorio francés, querrá proponerle que se haga cargo de un ejército francés de 20.000 hombres con el que podría recuperar España para un gobierno liberal. Con ello esa máquina de elaborar ingeniería política que fue Bonaparte, quería sacar a España de la coalición formada en el Congreso de Viena contra él y que será la que le lleve a Waterloo en su última y desesperada huida hacia adelante, buscando ser reconocido, cuando menos, como emperador de los franceses y, en fin, único gobernante legítimo de esa nación.

Espoz y Mina rechazará semejante idea. En sus “Memorias” dirá que por mucho que quisiera acabar con el Absolutisno del, para él, equivocado rey Fernando VII, no aceptará jamás ponerse al mando de uno de esos ejércitos franceses contra los que había luchado sin descanso hasta abril del año 1814. Si el Liberalismo debía volver a España, decía el general navarro, no sería a semejante vergonzoso precio pagado nada menos que a Napoleón.

También sabía Espoz y Mina, y así lo explicaba en sus “Memorias”, que Napoleón no iba a admitir un “no” por respuesta. De hecho el navarro temía ser ejecutado en una maniobra muy parecida a la que sufrió el duque de Enghien en 1804, cuando Napoleón era simplemente cónsul y aún faltaban semanas para que se coronase emperador.

Así la única salida para Espoz y Mina en aquella Francia del año 1815 era huir de incógnito de su refugio vigilado en Bar-sur-Aube para eludir la fría cólera de Napoleón (de consecuencias tan imprevisibles como temibles) y demostrar al mismo tiempo que por muy antiabsolutista que fuera, no iba a transigir con esa componenda como creía -o quería creer- la corte española que, supuestamente, tan mal aconsejaba a Fernando VII. Así es como Espoz y Mina salió disfrazado de Bar-sur-Aube y, haciéndose pasar por uno de los muchos suizos que Napoleón expulsaba de Francia por negarse a sumarse a sus proyectos bélicos, llegar hasta el país alpino y de allí, entre la admiración de los suizos y austríacos que ya se preparaban para dar el contragolpe al emperador, presentarse ante Luis XVIII en Gante poniéndose a sus órdenes.

El resultado fue que el exiliado monarca aceptó aquel gesto de sorprendente buena voluntad y ordenó al general español que se quedase en su apurado séquito -bien descrito en las “Memorias de ultratumba” del vizconde de Chateaubriand allí presente- y le siguiese hasta nueva orden.

Así, tras la derrota de Napoleón en el cercano campo de Waterloo y su expulsión de París, la exigua corte retornará a París y con ella Espoz y Mina, situado, una vez más, en el ojo del huracán de aquellos acontecimientos.

Una parte de la Historia de esas guerras napoleónicas prácticamente desconocida en España. No digamos ya fuera de ella donde alemanes, británicos, franceses… no pueden (o quieren) encajarla en sus respectivos relatos de esos hechos.

En definitiva un mal uso de la Historia que a los historiadores de esta vertiente Sur de los Pirineos nos corresponde corregir.

Más allá de artículos como éste, lo intentaré, una vez más, este jueves 9 de julio en la sede del Club Cantábrico, donde cerraré un ciclo de conferencias sobre ese episodio -organizado en colaboración con Héroes de Cavite- en el que se ha tratado precisamente de eso… de hacer que la Historia de España durante las guerras napoleónicas sea conocida en mejores y más exactos términos.

Un paseo por el pasado

Sobre el autor

Carlos Rilova Jericó es licenciado en Filosofía y Letras (rama de Historia) por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Desde el año 1996 hasta la actualidad, ha desarrollado una larga carrera como investigador para distintas entidades -diversos Ayuntamientos, Diputación de Gipuzkoa, Gobierno Vasco, Universidad del País Vasco...- en el campo de la Historia. Ha prestado especial interés a la llamada Historia cultural y social, ahondando en la Historia de los sectores más insignificantes de la sociedad vasca a través de temas como Corso y Piratería, Historia de la Brujería, Historia militar... Ha cultivado también la nueva Historia política y realizado biografías de distintos personajes vascos de cierto relieve, como el mariscal Jauregui, el general Gabriel de Mendizabal, el navegante Manuel de Agote o el astrónomo José Joaquín Ferrer. Es miembro de la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza


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