Diario Vasco
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Con el bullying no sirve el paternalismo
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Belén Casado Mendiluce | 10-03-2017 | 15:15| 0

 

Hace poco me puse con interés a ver un programa en la televisión que ofrece ayuda a personas afectadas por el acoso escolar. Y sigo constatando que la manera como se afronta el bullying dista mucho de ser la más adecuada para el que lo sufre.

No se puede ser paternalista con el que sufre el acoso escolar. Defino paternalismo como esa actitud en la que pretendemos congeniar con alguien mostrándole nuestra experiencia personal en el tema y mostrándonos a nosotros mismos como ejemplo a seguir de superación.  Paternalismo es también decirle a alguien lo que tiene que hacer sin tener en cuenta lo que el otro necesita ni su forma de ser. Eso no sirve.

Hay que ayudar al que sufre de acoso escolar a sacar todos los recursos que tiene en su interior para hacer frente al maltrato, no proponer soluciones desde fuera que le hagan sentirse a la víctima como una mera persona pasiva. Cada persona tiene las capacidades en sí misma para afrontar los problemas como él necesita aunque hay que ayudarle a ser asertivo para decir lo que siente y resolutivo para buscar soluciones sin mendigar el afecto y la comprensión de los demás. Eso es todo lo contrario de ser paternalista.

No se trata de proteger al que sufre el acoso despojándole de su protagonismo para hacerle frente, como si fuera un pobrecito totalmente desvalido. Proponer reuniones conjuntas del acosado con los compañeros de clase para que comprendan el alcance de su actuación puede servir momentáneamente, pero puede que se sientan obligados a rectificar su conducta por mera presión externa de los adultos y luego las cosas vuelvan a ser como antes, acaso más recrudecidas.

El que sufre acoso tiene que hacer valer lo que siente, a veces rabia y dolor; tiene que expresarse verbalmente y reafirmarse ante el derecho a sentirse como se siente y exigir a los demás un respeto que, no necesariamente, implica una corriente de afecto y simpatía hacia él. El objetivo ante el acoso no es que nos quieran, sino que nos traten con respeto.

Tiene que haber, por supuesto, una implicación de los padres y profesores para que hagan comprender a los alumnos que no está permitido el acoso escolar. Pero hay que tener una especial sensibilidad con el acosado para no tratarle como una mera víctima que no tiene recursos ni capacidades para caer bien a sus compañeros. Lo repito, no se trata de mendigar afecto sino de exigir respeto.

El paternalismo sólo sirve para seguir haciendo depender al acosado de la intervención de los adultos para frenar el acoso. Ayudemos al que lo sufre para tener herramientas y recursos propios para afrontarlo.

 

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La enfermedad no siempre es una oportunidad para aprender
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Belén Casado Mendiluce | 24-02-2017 | 09:46| 2

 

Hace unos días vi en la televisión un programa de entrevistas a personas  que habían sufrido experiencias traumáticas en su vida. La última persona entrevistada era una mujer que había sido víctima de un cáncer de pecho y del cual había salido recuperada; de ella voy a hablar.

Respeto absolutamente la vivencia de esas personas que hablan de su enfermedad como una oportunidad para vivir su vida con más sentido. Hablan de que, gracias a la enfermedad, valoraron el día a día y cambiaron su escala de valores. Que su actitud positiva ante el cáncer fue lo que les ayudó a superarlo y que persiguieron sus sueños, de tener familia por ejemplo, hasta conseguir hacerlos realidad. Es curioso, porque dicen: “gracias al cáncer…”

Pero esa experiencia no siempre responde a la realidad. Hay personas que han sufrido una enfermedad y que nunca han sentido que su vida cambió a mejor gracias a la enfermedad ni que tenían que agradecerle a esta nada.

La escala de valores de estas personas siguió siendo la misma antes que después de la enfermedad; valoraban el día a día y no perseguían grandes metas en su vida. Intentaban vivir con consciencia y no con prisas, como siguen viviendo ahora. Sinceramente,  no aprendieron nada con el cáncer ni les sirvió para vivir la vida con otra perspectiva. Si pudieran, la borrarían de su vida, la verdad sea dicha.

Es verdad que tener una actitud positiva les ayuda en la enfermedad pero hay muchas personas que la tienen y eso no les libra de…quedarse en el camino. No nos olvidemos de que hay una parte de azar o suerte en la enfermedad que nosotros no controlamos y que escapa a nuestra buena actitud frente a ella. No me gusta que se venda la imagen de que el que quiere, lucha y persigue sus sueños…consigue vencer el cáncer y hasta tener familia. No siempre el que quiere, puede.

De manera que tengamos cuidado para no presentar el cáncer como una oportunidad en la vida, una oportunidad para vivir con más consciencia y presencia. Para algunos habrá sido efectivamente así,  pero otras personas sintieron que su enfermedad no les aportó nada que enriqueciera sus vidas.

Parece como si hubiera que demostrar siempre la cara amable de la enfermedad y exhibir nuestra fortaleza ante la adversidad que queda recompensada porque salimos recuperados de ella. No todas las personas, aun teniendo una actitud positiva ante el cáncer…han vivido para contarlo. Así que no creemos la falsa expectativa de que con buen ánimo y una actitud luchadora, todo se vence. No seamos ingenuos, por favor.

El cáncer supone una experiencia dura que no queda más remedio que vivir como mejor se pueda. No ensalcemos el sufrimiento como si fuera una oportunidad para vivir mejor, por favor.

 

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¿De verdad sabes lo que es el respeto?
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Belén Casado Mendiluce | 10-02-2017 | 10:10| 2

 

Respeto, esa palabra tan oída pero menos conocida, me ha motivado a escribir sobre ella para descubrir lo que realmente es. A ver si lo consigo.

A priori, pienso que respetar es no decir ni hacer nada que pueda herir a otra persona, pero esta frase tiene más calado del que aparenta. Veamos.

¿El respeto incluye también la forma de decir las cosas? Porque no me va a sentar igual que me digas: “eres un egoísta” que “te estás comportando como un egoísta”. Sí, ya sé que en la velocidad de una conversación, no nos detenemos a hablar con esas precisiones, pero es cierto que la forma en la que expresamos lo que queremos decir es tan importante como el contenido en sí.

El respeto también incluye el ponerse en el lugar del otro, “calzarse sus zapatillas”. Aunque un comentario nos parezca sin importancia, puede que le resulte ofensivo a la otra persona, así que hay que abstenerse de decirlo, ¿difícil, no? Hay que tener en cuenta, pues, la forma de ser del otro para no herir sensibilidades sin darnos cuenta.

Y ahora, entramos en un tema central. El respeto por el otro nunca debe pasar por encima del respeto a uno mismo. Si para tener en cuenta a una persona tengo que hacer algo que me anula a mí mismo, mal asunto. Si a mi pareja le apetece invitar a un amigo a pasar unos días en casa sin contar con mi opinión, mal vamos a andar.

El respeto por uno mismo incluye el tener en cuenta y dar valor a mi forma de ser, a lo que necesito y me hace sentirme bien. Si valoro la comunicación y el compartir las cosas, no tiene sentido que por agradar a alguien acabe cediendo a su manera de hacer la cosas sin tenerme en cuenta. ¿Por qué te dejas en segundo lugar?

Si tú eliges conscientemente agradar al otro aunque tu acción no encaje con tu forma de ser, es tu elección. Pero hacer eso habitualmente te va a obligar a pagar el precio de anularte a ti mismo y ese es un precio demasiado alto para convivir con él. Así que respétate a ti mismo si quieres aprender a respetar al otro.

De manera que respetar al otro implica conocerle y, lo que es más importante, valorarle como persona, resaltando sus cualidades y animándole a desarrollar sus potencialidades. Pero, no nos olvidemos que, por encima de todo, está el respeto por uno mismo porque si uno no se quiere a sí mismo, el otro no podrá darnos lo que necesitamos para sentirnos bien.

 

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Historias de diván. El agujero sin fondo
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Belén Casado Mendiluce | 27-01-2017 | 10:00| 0

 

Alma se sentía preocupada. De vez en cuando sentía en su interior, en el vientre, un agujero sin fondo. Una sensación de vacío y de ansiedad se apoderaba de ella y tenía la imperiosa necesidad de salir a la calle a comprarse algo de ropa, en un vano intento de llenar el dichoso agujero.

Alma era consciente de que la compra que realizaba era, simplemente, una manera de tapar, sólo tapar, el vacío que sentía dentro, un vacío que volvía a dejarse sentir al poco tiempo de haber comprado lo que fuera porque, en realidad, ella lo sentía, esa compra nunca  conseguía llenar su agujero.

Así que decidió mirar dentro de sí para saber qué le pasaba, por qué sentía ese desazón que le hacía sentirse mal consigo misma. Se daba cuenta de que lo que compraba le subía momentáneamente la autoestima, pero ¿acaso ella, que se consideraba una persona capaz, tenía una voz dentro que le decía que no valía lo suficiente?

Se dio cuenta de que su agujero llevaba mucho, mucho tiempo dentro de ella, casi remontándose a una infancia de la que prefería no acordarse. Una infancia en la que no se podía mostrar como era, con sus enfados y sus ansiedades porque sus padres no sabían qué hacer con todo ello, no sabían qué hacer con los sentimientos.

Alma, a pesar de todas sus dificultades, había luchado mucho en la vida para salir adelante, con todo el mérito que eso tenía, pero una voz dentro de ella le seguía diciendo que era una pobrecita, una pobre infeliz que le había ido mal en la vida y de la que sólo podía esperar la compasión de los demás.

Así que, para su sorpresa, Alma se dio cuenta de que no se quería a sí misma realmente, que una parte de ella misma se había creído todos los mensajes que había recibido en su infancia y que todavía, casi sin darse cuenta, esos mensajes seguían estando dentro de ella como si fueran lo más normal del mundo.

Ahora, Alma presta más atención a cómo se siente, aunque no pueda evitar, de vez en cuando, salir a comprarse algo. Eso ya no tiene tanta importancia. Lo que importa es “pillar” a la vocecita interior que le sabotea y no le deja disfrutar de la vida, lo que importa es dejar de creerse los mensajes que de niña, recibió y asimiló como si fueran parte de su vida.

 

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Aprende a confiar en ti mismo
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Belén Casado Mendiluce | 13-01-2017 | 09:56| 6

 

En la vida se presentan múltiples situaciones que resultan difíciles de asimilar. Si eres paciente contigo mismo y dejas reposar en silencio lo que sientes, encontrarás en tu interior respuestas al malestar.

Muchas personas, cuando se sienten agobiadas por un problema, tienden a compartirlo en seguida con alguien de su confianza, con la esperanza de que esa persona les ayude a salir del atolladero. Pero, aparte del riesgo de sobrecargar a la otra persona con nuestras preocupaciones, no confiamos en nuestra propia capacidad para encontrar respuestas a lo que nos preocupa, con lo que nos convertimos en personas dependientes de los demás y con baja autoestima.

Es probable que te sientas tan abrumado por el peso del problema que no puedas evitar correr a desahogarte con la persona más cercana, sintiéndote como si tú sólo no pudieras con los conflictos de la vida. Pero, la verdad es que no te conoces lo suficiente como para saber todos los recursos que tienes en tu interior.

Cuando algo te agobie, empieza por crear un espacio dentro de ti para que repose el problema. Estate en silencio, no vayas enseguida a hablar y repetir tu desahogo con varias personas. Sí, ya sé que estar a solas con uno mismo con lo que te duele no es agradable, pero es un paso necesario el que seas tú el que se acoja a sí mismo con tu malestar.

Necesitas ser tú mismo la persona más cercana a ti, porque tú sabes lo que te preocupa y conoces los recovecos de lo que sientes. Esta es la manera en que puedes ser un apoyo para ti y puedes tenderte una mano amiga cuando más lo necesitas. Pero necesitas tener un tiempo de silencio, a solas contigo mismo, para que vayan surgiendo las respuestas en tu interior.

No te preocupes, las respuestas van surgiendo para hacer frente a lo que te preocupa. Y estas respuestas son los recursos que tienes en tu interior para estar bien, recursos que ni siquiera sabías que existían. Pero tienes que crear ese espacio de silencio dentro de ti para que lo curativo y sanador que tienes pueda surgir.

Es muy grande la satisfacción que se siente cuando es uno quien se demuestra que se quiere a sí mismo. Y entonces, observarás con sorpresa que se va haciendo la luz allá donde antes sólo veías sombras y que vas encontrando respuestas concretas a lo que te agobiaba. Sólo tienes que parar y estar contigo a solas escuchando tu interior.

 

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Sencillo, sincero y verdadero
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Belén Casado Mendiluce | 09-12-2016 | 09:24| 2

 

Estas son tres palabras que componen para mí una “tríada fantástica” en la que se puede encontrar ayuda a muchos conflictos de la vida.

A veces, no sabemos cómo actuar ante determinados problemas. “¿Qué hago, le digo a mi hijo lo que me molesta de él o me lo callo? Pero…estoy agobiada ahora por preocupaciones laborales y no sé si es buen momento. Por otra parte, me gustaría que viniera a visitarme en Navidad y no quiero, con la conversación que tengamos, echarlo todo a perder “.

En primer lugar, busca la sencillez. Sencillez implica que busques el momento adecuado, cuando estés mínimamente relajada, para hablar de lo que sientes.  Si estás agobiada por otros problemas, la tensión con la que vives interferirá en la conversación que mantengas con tu hijo, y puede que acabes desahogando tu frustración con él. Habla cuando puedas mantener cierta calma.

No hables sacando trapos viejos. Céntrate en el presente y en ti. Hay quien tiene tanto miedo a los conflictos, a que el otro se sienta culpable y se ponga a la defensiva que acaba por no hablar desde sí mismo y desde lo que le duele; se sitúa, por agradar, tanto en el papel del otro, que casi le acaba dando la razón, desoyendo sus propios sentimientos. Céntrate en ti y haz valer lo que sientes, lo agradecerás.

Sé sincera, no ocultes tus sentimientos con respecto a tu hijo por miedo a perderle o a que se enfade contigo. Lo que te guardes en tu interior porque no te atrevas a expresarlo saldrá, sin tú controlarlo, en otra ocasión, agrandado, además, por la acumulación de rabia y dolor. Tus sentimientos son como el río, que siempre busca su salida al mar, dales salida y te sentirás mejor.

Y háblale desde ti, en primera persona: “Me duele que no me hayas agradecido el regalo que te he hecho”, y no te enredes pretendiendo analizar su conducta: “Seguro que eres más simpático con tus amigos que conmigo que soy tu madre”. Háblale con la sencillez de quien dice lo que siente y con la sinceridad de quien no pretende ser excesivamente amable para conseguir que te visite en Navidad; eso se nota.

Si eres sincera y sencilla, transmitirás que estás siendo auténtica, verdadera. Que no pretendes, inconscientemente, conseguir ningún resultado que te satisfaga, porque dejas libertad a la otra persona para que actúe como quiera. ¿Que no te visita en Navidad? ¿Que pasa tiempo hasta que os volvéis a ver? Sé que no es agradable, pero viendo lo que hay, tú como madre te situarás en otro punto de la relación en la que te protegerás y estarás menos pendiente de agradar… para así sufrir menos.

Sencillo, sincero y verdadero. Tres palabras que forman parte de todo un camino de vida. Prueba a ponerlas en práctica y seguro que lo agradecerás.

 

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La discapacidad no es vergonzosa
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Belén Casado Mendiluce | 25-11-2016 | 09:06| 3

 

Me ha encantado ver a Hugh Herr, premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica, con sus prótesis biónicas. Para mí, lo más llamativo ha sido contemplar cómo este hombre ha ido a recoger el premio sin esconder sus piernas artificiales, levantadas las perneras del pantalón para que aquellas quedaran a la vista.

Hugh Herr no habla del término discapacidad sino que utiliza el término “inusual” . El considera que hablar de “discapacidad” es un término negativo, que denota debilidad: “¿Quién dice que la gente con un cuerpo inusual es débil?” Hablar así ya es revolucionario.

Yo también tengo una discapacidad, la sordera, que suplo con unas prótesis auditivas, así que entiendo desde dónde habla Hugh. Uno no tiene que avergonzarse de tener un cuerpo inusual, escondiendo su diferencia.

Todavía, lo reconozco, escondo mis audífonos tras mi pelo -¡quizás porque no son tan hermosos como las piernas biónicas de Hugh!- pero me doy cuenta que ocultar algo que forma parte de ti misma es una manera de avergonzarte de ello. Así que voy a intentar cambiar de actitud.

No me considero débil por no tener unos oídos normales. He hecho frente al maltrato escolar en mi infancia debido a mi diferencia y he estudiado una carrera –la de Psicología- que me ha permitido vivir de mi trabajo, y eso, en los tiempos en que había pocas ayudas educativas a la sordera.

Al revés, somos más fuertes porque hemos hecho frente a la adversidad contundente que se presenta dándote un golpe en la vida. No se trata de ponernos medallas, evidentemente, pero tampoco de negar el duro camino de superación que hemos realizado.

Me gustó también cómo el premiado tuvo un encuentro con los niños en los que estos tocaban sin reparo las piernas artificiales de Hugh. Empezar a naturalizar las diferencias desde la infancia es una manera de enseñar esa necesaria inteligencia emocional que tanto nos ayuda en la vida. Eso no  se enseña en las escuelas, desgraciadamente.

“Va a haber una explosión de la diversidad humana en la que todo encaje y sea hermoso”, en donde la diferencia ya no será símbolo de imperfección. Gracias Hugh por tu ejemplo de vida y por tus hermosas piernas.

 

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¿Te arrepientes de haber sido madre?
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Belén Casado Mendiluce | 11-11-2016 | 10:04| 4

 

Esta es la pregunta que se suscita en el polémico libro de la socióloga israelí Orna Donath: “Madres arrepentidas”. Y con ella llegó el escándalo.

Su libro se ha basado en un testimonio de 23 mujeres de diferentes edades, que sintiendo que adoran a sus hijos, también sienten que ahora, sabiendo lo que la maternidad significa, no tomarían la decisión de ser madres.

Mi propia reflexión es de comprensión aunque sea porque yo también soy madre de dos hijas. Pero se está tocando un tema tabú del que parece que salimos mal paradas si reconocemos que la maternidad no es lo que nos han vendido: una experiencia maravillosa de por vida.

Es importante reconocer los sentimientos de frustración que genera la maternidad. Como bien dice Orna Donath: “Ser madre es una manera de estar en el mundo; aunque los hijos se independicen, siempre los tienes en la cabeza”.

Y la frustración existe; los hijos no son culpables de ella, pero ser madre es una actitud ante la vida de la cual, muchas veces, no se sale indemne. Yo no quiero renunciar a mis hijas, pero el desgaste que se puede experimentar en el camino, no es algo de lo que se suele hablar, porque se supone que una madre lo da todo por sus hijos. No sé yo si eso tiene que ser así.

Creo que el amor incondicional, de existir, es más patente en la relación entre una  madre y su hijo. Haga lo que haga el hijo, siempre la madre tendrá la puerta abierta a él, siempre será su hijo, para bien o para mal. Pero ese amor incondicional no ayuda, ni a la madre ni al hijo, porque nos coarta para poner los necesarios límites a nuestra relación.

Creo que toda madre tiene un miedo cerval y primitivo: el miedo a que su hij@ le retire el cariño. Es como si al dejarnos de querer atacaran nuestras propias entrañas, nuestra identidad como madres, una identidad fuertemente arraigada en nosotras. Y de ese miedo no solemos ser muy conscientes pero actúa en nosotras casi sin que nos demos cuenta, por ser inconsciente.

Y es por ese miedo que hacemos, muchas veces, lo que sea para asegurarnos el cariño de nuestro hijo, como dar la razón y disculparnos ante los reproches de nuestro hijo, aunque sepamos que no encajan con cómo nos sentimos. Lo he comprobado. Esta situación genera frustración en la madre por no tenerse en cuenta a sí misma y por no poner límites al reproche ajeno.

De la misma manera que a todas las parejas, en un momento u otro de la relación, se les pasa por la cabeza la idea de la separación, tampoco debería escandalizarnos que una madre pueda pensar en coger un tren, desaparecer y salir de una situación familiar que le produce agobio. Somos humanos.

Buen tema que has sacado, Orna Donath, porque nadie se atreve a hablar de los hijos si no es para adorarlos, idealizarlos y darlo todo por ellos. ¿Y quién va a hablar  de los inevitables sentimientos de frustración que eso genera en las madres? Gracias, Orna, por haberlo conseguido.

 

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¿Sabes enfadarte sin ira?
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Belén Casado Mendiluce | 28-10-2016 | 08:06| 6

 

Hay quien sigue pensando que no hay que enfadarse nunca, pero yo opino que es legítimo enfadarse para expresar lo que nos duele, siempre que no acabemos… dejándonos llevar por la ira.

Cuando escuchaba a alguien cercano decir de ella que no se enfadaba nunca porque se consideraba a sí misma persona de buen carácter, yo constataba, en algún momento, cómo sus enfados existían y, además, eran mucho más temibles que los de otro acostumbrado a expresar su malestar. ¡Cuidado con aquellos que van de buenos!

Todos tenemos que aprender a enfadarnos de manera sana, quizás porque en la educación recibida no nos han enseñado a lidiar con los sentimientos negativos, más bien a reprimirlos y mirar para otro lado, como si no existieran.

En primer lugar, y parece lo más obvio, si te sientes que “te hierve la sangre”, espera a tranquilizarte para expresar tu enfado. No es sano que te dejes llevar por la ira y se te vaya la fuerza por la boca diciendo cosas hirientes que no sientes y de las que luego te puedes arrepentir.

Dejarte llevar por la ira es invalidar lo que quieres expresar. Si te has sentido injustamente tratado, por ejemplo, es probable que ese mensaje legítimo no pueda llegar al otro si te pierdes en gritos y descalificaciones. La alteración que entonces manifiestas es como el oleaje agitado de un lago que impide que se vea el fondo de lo que necesitas verbalizar.

Todo el mundo se queda, entonces, con tus formas “salidas de madre” más que con el sentido de por qué estás molesto. El otro no sabrá qué es lo que tiene que mejorar si tú acabaste fuera de ti. Recuerda, tienes derecho a expresar lo que te ha molestado pero, para ello, cálmate para no perder los nervios.

“Ahora estoy muy alterado y prefiero hablar en otro momento cuando esté más tranquilo”, puede ser tu respuesta si te preguntan qué te pasa. Estate en silencio, callado, no remuevas el tema cuando lo que necesitas ahora es dejarlo reposar para que puedas ver con más claridad.

Y cuando decidas hablar, hazlo sin atacar al otro (¡“tú te crees que tengo que bailar a tu son!”), sino diciendo de manera clara y concreta lo que te ha molestado: “Me ha molestado que hayas hecho un plan con amigos sin haberme dicho nada para que me planifique”.

Di cómo te sientes :” No me he sentido tenido en cuenta”, y ofrece soluciones para una próxima vez: “Prefiero que me avises con antelación para que yo haga mi plan”. De esta manera, las discusiones serán menos intensas y más constructivas, porque podréis aprender a mejorar vuestra relación.

Todos nos equivocamos y metemos la pata, no pienses que la otra persona ha ido a hacerte daño deliberadamente porque, entonces, reaccionarás como un animal herido. Cálmate y encontrarás la mejor manera para expresarte.

 

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Apología de la sobriedad
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Belén Casado Mendiluce | 14-10-2016 | 09:55| 10

 

Ha caído en mis manos un vídeo de José Mújica, el ex presidente de Uruguay, con el que, en unos pocos minutos, me he sentido vibrar de emoción con sus palabras. Os mando el link para que podáis juzgar por vosotros mismos.

¡Hay tanto en su mensaje…! Transmite la sabiduría de quien ha vivido tiempo en soledad, sin más compañía que la suya propia, pues estuvo durante siete años sin leer un libro por estar preso, sin tener esa pequeña “muletilla” en la que apoyarse. Cuando uno está a solas consigo mismo descubre, entonces, todas las respuestas a sus preguntas…en su interior.

Todos podemos leer libros que nos entusiasman pero que… luego caen en el olvido. Todo deja una impronta que sólo dura lo que dura…la novedad. Así que el verdadero poso sólo lo deja lo vivido en el interior, lo que, día a día, se va convirtiendo en tu camino de vida, en tu experiencia de vida.

¡Qué difícil es vivir ligero de equipaje! Desapegarnos de tantas cosas en las que ponemos nuestras ansias de alegría y felicidad: pueden ser cosas materiales, viajes, o cualquier cosa externa a uno mismo. Como me decía una persona, “resulta difícil apearse del mundo”.

Porque, como bien dice José, la felicidad está dentro de uno mismo pero… ¡qué poco nos han enseñado a buscar en nuestro interior! Nos asustan nuestros sentimientos y no sabemos qué hacer con nuestra vida más que seguir el camino que se nos ha trazado en la sociedad: trabajar y consumir.

¿Cuál es la verdadera libertad? ¿De verdad quieres sentirte libre? Te advierto que hay que pagar un precio por ello. El precio de sentirte alejado de los demás, porque no vives como “se supone que todo el mundo tiene que vivir”; el precio de vivir de manera más sobria y austera, con menos estímulos externos, el precio de construir tú solo, con tu propia presencia, tu camino en el mundo y sentir que sigues caminando y dejando huella aunque a tu alrededor pocas cosas encajen.

La felicidad no se puede comprar, no es instantánea ni inmediata, no puede durar todo el tiempo. La felicidad es tu camino de vida vivido con la consciencia que puedes en cada momento. Yo no me siento feliz en muchos momentos, porque mis circunstancias puede que no sean para hacerme sonreír, pero puedo sentirme en paz conmigo misma y ése es un buen atisbo de felicidad.

La vida no es siempre crecer, mejorar, como quien tiene constantes beneficios en una empresa. La vida es el camino que tú te trazas y el que se te presenta aunque no quieras, el camino en el que echas a andar y en el que decides parar. No se trata de llegar a ninguna parte sino de… tenerte a ti mismo de la mano.

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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