Diario Vasco
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La impostura del disfraz
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Belén Casado Mendiluce | 19-05-2017 | 09:25| 4

 

Cuando consciente o inconscientemente pretendemos conseguir algo (fama, reconocimiento o éxito) nos fabricamos un disfraz a medida para alcanzar nuestros propósitos. Otra manera más de alejarnos de nosotros mismos.

Ese disfraz está hecho de todo aquello que queremos que vean los demás: lo competente que somos, nuestra simpatía, o, por el contrario, incluso podemos fabricarnos un disfraz de antipáticos para figurar más y que más gente hable de nosotros, como, por ejemplo, en la televisión, en la que podemos destacar más.

Hay personajes televisivos–y todo personaje es una impostura- que se muestran siempre delante de las cámaras con una gafas de sol, con una antipatía que busca provocar y suscitar el comentario ajeno; otra manera de que siempre hablen de nosotros, aunque sea para mal.

Amo la sencillez. Y me da repelús la persona que se fabrica un personaje, aunque supongo que la televisión es un medio muy propicio para vender imágenes que poco tengan que ver con nosotros mismos.

Si vuelvo a la vida diaria en la que nos desenvolvemos la mayoría de nosotros, cabe preguntarse en qué áreas queremos dar una imagen diferente de lo que somos. Es cierto que en el trabajo, por ejemplo, nos vemos obligados a dar una imagen de eficacia y resolución, pero si somos conscientes de ello, podemos, fuera del trabajo, relajarnos y dejar nuestras máscaras en el cajón de la oficina.

¿Quieres dar la imagen de que eres alguien con muchas amistades y una persona con la que todo el mundo cuenta? ¿Quieres que te vean como alguien que sabe resolver sus problemas y que no necesita de la ayuda de los demás? ¿Quieres que te vean que valoras la familia y que tu familia te valora contando contigo? Buenas preguntas para hacernos todos…

En el fondo, conocerse a uno mismo es irse limpiando de todos aquellos añadidos, todas esas imágenes de mí mismo que, como capas de cebolla, han ido configurando mi personalidad…sin ser yo mismo. Porque, al final, cuando uno se reconoce humildemente como es, puede darse cuenta de que no necesita ponerse ningún disfraz  que le impide mostrarse como es.

Me encanta la gente que no va pretendiendo dar imagen de nada, que si dice una tontería se ríe de sí mismo, que si le preguntan sobre algo y no sabe qué decir no se inventa sobre la marcha un discurso que nadie entiende, ni siquiera él. Me encanta la gente que no tiene una simpatía artificial, esa que pretende caer bien a todo el mundo, aunque tengas una sonrisa congelada. Me encantan las personas que son tan sencillas que…son como tú y yo.

 

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El maestro interior
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Belén Casado Mendiluce | 05-05-2017 | 08:46| 4

 

¡Ay, si pudiéramos confiar más en nosotros mismos! Si no nos entraran tantas dudas, ni le diéramos tantas vueltas a la cabeza analizando las situaciones una y otra vez…

El otro día me preguntaba una persona: “¿Qué tal estás?” Y como tengo cierta relación con ella, no quería darle una respuesta para salir del paso tan típica como: “Bien, ¿y tú?”. Así que le dije: “Bueno, con mis más y mis menos”. Después  de unos minutos de contarle mis alegrías, me preguntó cuáles eran mis penas y yo le dije: ”Pues de las penas prefiero no hablar porque si necesito aclararme y encontrar alguna solución, ya tengo los cauces adecuados y, por lo demás, no quiero estar repitiéndome contando la misma historia una y otra vez”

Esa es la conclusión a la que he llegado escuchando la voz interior que todos llevamos dentro. Que si necesito respuestas, desahogos o apoyos, busco a una persona que me sigue en el día a día y conoce mi trayectoria. Pero ya no quiero escucharme una y otra vez contando las mismas historias a diferentes personas. Eso no me aporta nada y sólo sirve para que acabe cargada de negatividad.

Yo creo que todos tenemos un maestro interior. Pero, no nos engañemos, ese maestro sólo hace oír su voz si nos paramos a escucharnos, a dejarnos sentir, a vivir con otro ritmo más pausado y lento. Yo, a veces, me sorprendo de lo lento que hablo, incluso en mi trabajo, pero es que necesito escuchar mis palabras mientras las digo y corroborar, así, que encajan con lo que estoy vivenciando.

Intento buscar respuestas en mi interior, esas respuestas que me encajan, me hacen tenerme en cuenta y sentir que es así como quiero actuar. La verdad es que, a veces,  no siempre esas respuestas mías me dejan con buen cuerpo porque tengo que poner límites o distancia de por medio, y eso no es agradable. Pero, conforme pasa el tiempo, siento que aquello que hice fue lo mejor para mí, lo que me ayudó a no entrar en un bucle de un eterno problema.

Hoy escribo a “vuela pluma”, como me van surgiendo las palabras de mi interior, sin pasar por los filtros de mi cabeza que me dice lo que puede ser más adecuado o no de escribir. Y corroboro que cuando hago caso a lo que siento, de una forma reposada, eso no se suele equivocar; más se equivoca mi cabeza de tanto pensar…

El maestro interior que llevamos dentro está hecho de reposos, intuiciones y vivencias y no pretendas llegar a conclusiones desde la cabeza que analiza una y otra vez los pros y los contras de una situación. Estamos a otro nivel, el  nivel de las respuestas que surgen desde el silencio, ese espacio fecundo y enriquecedor en el que constatas que eres tú mismo.

 

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Atravesar el desierto
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Belén Casado Mendiluce | 21-04-2017 | 09:58| 2

 

Hay momentos en la vida en que no queda otra que vivir con cierto grado de sufrimiento porque no se puede evitar lo que nos duele ni se puede cambiar lo que nos hace sufrir.

Así que, en vez de rebelarnos contra esa situación o mirar hacia otra parte, es mejor vivenciar lo que toca porque, de esa manera, seremos más conscientes de todo lo que estamos viviendo y podremos aprender algo de todo ello.

No siempre puede uno sentirse bien, tranquilo y con buen ánimo. En ocasiones, uno sigue con sus tareas diarias como trabajar o hacer la compra aunque por dentro las tripas te crujan y un nudo de ansiedad te recorra el cuerpo.

¡Qué difícil nos resulta convivir con el malestar interior! Queremos quitárnoslo de encima cuanto antes porque no queremos sufrir o intentamos desviar la atención a otra parte distrayéndonos con múltiples actividades que nos entretengan.

Pero, cuando no se puede, no se puede. Hay momentos en que si mi pareja me pregunta: “¿cómo estás?”, yo sólo le respondo: “como puedo”, y no queda otra. Y todos los consejos que uno pueda leer entonces para librarse del sufrimiento caen en saco roto porque, en realidad,  no queda más remedio que vivir lo que hay.

Nunca haré un elogio del sufrimiento, porque creo que no hemos venido a este mundo a sufrir sino a ser felices, pero por el camino de esa felicidad se encuentran múltiples experiencias que nos harán sufrir porque uno también tiene que sentir lo que le duele para poder hacerle frente. No conozco a nadie  que pueda afrontar realmente los problemas sin sentirlos en su interior.

Atravesar el desierto es vivir en sequedad y en aridez, como si la vida hubiera perdido, en ese momento, su frescura y su brillo. Y uno se siente gris caminando por la vida, como si llevara un peso o una mochila a cuestas. Pero vivir por un tiempo así no es sinónimo de vida perdida ni malgastada, sino de vida vivida en su plenitud, la plenitud de quien hace frente a lo que siente sin ningún tipo de cortapisas.

Pero todo pasa, nada dura eternamente, así que mientras te dure tu malestar, verbaliza lo que sientes, no te lo guardes en tu interior. Procura hacer actividades que te relajen y te hagan llevar la atención no siempre permanentemente a tu dolor. Y si no puedes concentrarte en nada, muévete, haz ejercicio físico aunque sea un paseo  o limpiar la casa, así podrás aflojar algo más la tensión de tu interior. Pero no pretendas no sentir lo que sientes, por favor.

 

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En la vida no hay Maestros
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Belén Casado Mendiluce | 31-03-2017 | 10:47| 4

 

Nos resulta más fácil apegarnos a alguien que nos inspira confianza y seguridad, seguir sus consejos y directrices pero, realmente, nadie puede recorrer por nosotros el camino de la vida y nadie puede darnos respuestas al día a día si no somos nosotros mismos.

He leído unos cuantos libros de psicología y autoayuda y estoy llegando a la conclusión de que leer puede convertirse también en otra especie de consumismo. No por el hecho de gastar dinero en comprar libros, que eso no me suele pesar, sino en el hecho de seguir acumulando conocimientos y pretender con cada libro nuevo encontrar respuestas a las inquietudes interiores. Porque seguimos buscando sin que nada cambie, ¿verdad?

Es verdad que ha habido libros y personas que me han inspirado y me han ayudado a sentirme mejor conmigo misma, pero sus enseñanzas las hice mías vivenciándolas, sintiéndolas e incorporándolas a mi vida diaria. De manera que no quiero seguir leyendo libros continuamente si mi vida va a seguir igual.

Así que, humildemente, con todo lo que sé, por lo menos intelectualmente, constato, una vez más, que el cambio no se produce desde la cabeza, a base de acumular y coleccionar conocimientos; eso es un consumismo más, mejor visto, eso sí, pero consumismo, al fin y al cabo.

Mi vida la tengo que vivir nadie más que yo. He elegido, es verdad, a un compañero de camino, alguien con quien compartir la vida y crecer juntos pero, en última instancia, es mi propia vida la que está en mis manos y soy yo la que tengo que dar respuestas a mis propios miedos e inseguridades.

Estoy procurando no buscar respuestas fuera de mí a lo que me preocupa. La verdad es que ese camino es más arduo que el de seguir leyendo con avidez e interés. Tengo que tomarme tiempo para mí misma, parar y hacer un espacio en mi interior para escuchar lo que surge.

¿Todas las respuestas están dentro de mí? La mayoría sí y no tengo que tener miedo de confiar en mi propio criterio porque sé que aquello que es sentido en el cuerpo, no se suele equivocar. “El cuerpo nunca miente”, como dice Alice Miller.

Me enfrento a mí misma, de una manera descarnada y experimento que todos mis buenos objetivos chocan con la realidad, con lo que, simplemente, es como es y no como a mí me gustaría que fuera. Y entonces, me pregunto qué necesito en este momento, qué está a mi alcance, de manera sencilla, sin grandes análisis intelectuales y eso suele ser siempre, en este momento, lo mejor para mí.

 

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Con el bullying no sirve el paternalismo
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Belén Casado Mendiluce | 10-03-2017 | 15:15| 0

 

Hace poco me puse con interés a ver un programa en la televisión que ofrece ayuda a personas afectadas por el acoso escolar. Y sigo constatando que la manera como se afronta el bullying dista mucho de ser la más adecuada para el que lo sufre.

No se puede ser paternalista con el que sufre el acoso escolar. Defino paternalismo como esa actitud en la que pretendemos congeniar con alguien mostrándole nuestra experiencia personal en el tema y mostrándonos a nosotros mismos como ejemplo a seguir de superación.  Paternalismo es también decirle a alguien lo que tiene que hacer sin tener en cuenta lo que el otro necesita ni su forma de ser. Eso no sirve.

Hay que ayudar al que sufre de acoso escolar a sacar todos los recursos que tiene en su interior para hacer frente al maltrato, no proponer soluciones desde fuera que le hagan sentirse a la víctima como una mera persona pasiva. Cada persona tiene las capacidades en sí misma para afrontar los problemas como él necesita aunque hay que ayudarle a ser asertivo para decir lo que siente y resolutivo para buscar soluciones sin mendigar el afecto y la comprensión de los demás. Eso es todo lo contrario de ser paternalista.

No se trata de proteger al que sufre el acoso despojándole de su protagonismo para hacerle frente, como si fuera un pobrecito totalmente desvalido. Proponer reuniones conjuntas del acosado con los compañeros de clase para que comprendan el alcance de su actuación puede servir momentáneamente, pero puede que se sientan obligados a rectificar su conducta por mera presión externa de los adultos y luego las cosas vuelvan a ser como antes, acaso más recrudecidas.

El que sufre acoso tiene que hacer valer lo que siente, a veces rabia y dolor; tiene que expresarse verbalmente y reafirmarse ante el derecho a sentirse como se siente y exigir a los demás un respeto que, no necesariamente, implica una corriente de afecto y simpatía hacia él. El objetivo ante el acoso no es que nos quieran, sino que nos traten con respeto.

Tiene que haber, por supuesto, una implicación de los padres y profesores para que hagan comprender a los alumnos que no está permitido el acoso escolar. Pero hay que tener una especial sensibilidad con el acosado para no tratarle como una mera víctima que no tiene recursos ni capacidades para caer bien a sus compañeros. Lo repito, no se trata de mendigar afecto sino de exigir respeto.

El paternalismo sólo sirve para seguir haciendo depender al acosado de la intervención de los adultos para frenar el acoso. Ayudemos al que lo sufre para tener herramientas y recursos propios para afrontarlo.

 

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La enfermedad no siempre es una oportunidad para aprender
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Belén Casado Mendiluce | 24-02-2017 | 09:46| 2

 

Hace unos días vi en la televisión un programa de entrevistas a personas  que habían sufrido experiencias traumáticas en su vida. La última persona entrevistada era una mujer que había sido víctima de un cáncer de pecho y del cual había salido recuperada; de ella voy a hablar.

Respeto absolutamente la vivencia de esas personas que hablan de su enfermedad como una oportunidad para vivir su vida con más sentido. Hablan de que, gracias a la enfermedad, valoraron el día a día y cambiaron su escala de valores. Que su actitud positiva ante el cáncer fue lo que les ayudó a superarlo y que persiguieron sus sueños, de tener familia por ejemplo, hasta conseguir hacerlos realidad. Es curioso, porque dicen: “gracias al cáncer…”

Pero esa experiencia no siempre responde a la realidad. Hay personas que han sufrido una enfermedad y que nunca han sentido que su vida cambió a mejor gracias a la enfermedad ni que tenían que agradecerle a esta nada.

La escala de valores de estas personas siguió siendo la misma antes que después de la enfermedad; valoraban el día a día y no perseguían grandes metas en su vida. Intentaban vivir con consciencia y no con prisas, como siguen viviendo ahora. Sinceramente,  no aprendieron nada con el cáncer ni les sirvió para vivir la vida con otra perspectiva. Si pudieran, la borrarían de su vida, la verdad sea dicha.

Es verdad que tener una actitud positiva les ayuda en la enfermedad pero hay muchas personas que la tienen y eso no les libra de…quedarse en el camino. No nos olvidemos de que hay una parte de azar o suerte en la enfermedad que nosotros no controlamos y que escapa a nuestra buena actitud frente a ella. No me gusta que se venda la imagen de que el que quiere, lucha y persigue sus sueños…consigue vencer el cáncer y hasta tener familia. No siempre el que quiere, puede.

De manera que tengamos cuidado para no presentar el cáncer como una oportunidad en la vida, una oportunidad para vivir con más consciencia y presencia. Para algunos habrá sido efectivamente así,  pero otras personas sintieron que su enfermedad no les aportó nada que enriqueciera sus vidas.

Parece como si hubiera que demostrar siempre la cara amable de la enfermedad y exhibir nuestra fortaleza ante la adversidad que queda recompensada porque salimos recuperados de ella. No todas las personas, aun teniendo una actitud positiva ante el cáncer…han vivido para contarlo. Así que no creemos la falsa expectativa de que con buen ánimo y una actitud luchadora, todo se vence. No seamos ingenuos, por favor.

El cáncer supone una experiencia dura que no queda más remedio que vivir como mejor se pueda. No ensalcemos el sufrimiento como si fuera una oportunidad para vivir mejor, por favor.

 

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¿De verdad sabes lo que es el respeto?
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Belén Casado Mendiluce | 10-02-2017 | 10:10| 2

 

Respeto, esa palabra tan oída pero menos conocida, me ha motivado a escribir sobre ella para descubrir lo que realmente es. A ver si lo consigo.

A priori, pienso que respetar es no decir ni hacer nada que pueda herir a otra persona, pero esta frase tiene más calado del que aparenta. Veamos.

¿El respeto incluye también la forma de decir las cosas? Porque no me va a sentar igual que me digas: “eres un egoísta” que “te estás comportando como un egoísta”. Sí, ya sé que en la velocidad de una conversación, no nos detenemos a hablar con esas precisiones, pero es cierto que la forma en la que expresamos lo que queremos decir es tan importante como el contenido en sí.

El respeto también incluye el ponerse en el lugar del otro, “calzarse sus zapatillas”. Aunque un comentario nos parezca sin importancia, puede que le resulte ofensivo a la otra persona, así que hay que abstenerse de decirlo, ¿difícil, no? Hay que tener en cuenta, pues, la forma de ser del otro para no herir sensibilidades sin darnos cuenta.

Y ahora, entramos en un tema central. El respeto por el otro nunca debe pasar por encima del respeto a uno mismo. Si para tener en cuenta a una persona tengo que hacer algo que me anula a mí mismo, mal asunto. Si a mi pareja le apetece invitar a un amigo a pasar unos días en casa sin contar con mi opinión, mal vamos a andar.

El respeto por uno mismo incluye el tener en cuenta y dar valor a mi forma de ser, a lo que necesito y me hace sentirme bien. Si valoro la comunicación y el compartir las cosas, no tiene sentido que por agradar a alguien acabe cediendo a su manera de hacer la cosas sin tenerme en cuenta. ¿Por qué te dejas en segundo lugar?

Si tú eliges conscientemente agradar al otro aunque tu acción no encaje con tu forma de ser, es tu elección. Pero hacer eso habitualmente te va a obligar a pagar el precio de anularte a ti mismo y ese es un precio demasiado alto para convivir con él. Así que respétate a ti mismo si quieres aprender a respetar al otro.

De manera que respetar al otro implica conocerle y, lo que es más importante, valorarle como persona, resaltando sus cualidades y animándole a desarrollar sus potencialidades. Pero, no nos olvidemos que, por encima de todo, está el respeto por uno mismo porque si uno no se quiere a sí mismo, el otro no podrá darnos lo que necesitamos para sentirnos bien.

 

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Historias de diván. El agujero sin fondo
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Belén Casado Mendiluce | 27-01-2017 | 10:00| 0

 

Alma se sentía preocupada. De vez en cuando sentía en su interior, en el vientre, un agujero sin fondo. Una sensación de vacío y de ansiedad se apoderaba de ella y tenía la imperiosa necesidad de salir a la calle a comprarse algo de ropa, en un vano intento de llenar el dichoso agujero.

Alma era consciente de que la compra que realizaba era, simplemente, una manera de tapar, sólo tapar, el vacío que sentía dentro, un vacío que volvía a dejarse sentir al poco tiempo de haber comprado lo que fuera porque, en realidad, ella lo sentía, esa compra nunca  conseguía llenar su agujero.

Así que decidió mirar dentro de sí para saber qué le pasaba, por qué sentía ese desazón que le hacía sentirse mal consigo misma. Se daba cuenta de que lo que compraba le subía momentáneamente la autoestima, pero ¿acaso ella, que se consideraba una persona capaz, tenía una voz dentro que le decía que no valía lo suficiente?

Se dio cuenta de que su agujero llevaba mucho, mucho tiempo dentro de ella, casi remontándose a una infancia de la que prefería no acordarse. Una infancia en la que no se podía mostrar como era, con sus enfados y sus ansiedades porque sus padres no sabían qué hacer con todo ello, no sabían qué hacer con los sentimientos.

Alma, a pesar de todas sus dificultades, había luchado mucho en la vida para salir adelante, con todo el mérito que eso tenía, pero una voz dentro de ella le seguía diciendo que era una pobrecita, una pobre infeliz que le había ido mal en la vida y de la que sólo podía esperar la compasión de los demás.

Así que, para su sorpresa, Alma se dio cuenta de que no se quería a sí misma realmente, que una parte de ella misma se había creído todos los mensajes que había recibido en su infancia y que todavía, casi sin darse cuenta, esos mensajes seguían estando dentro de ella como si fueran lo más normal del mundo.

Ahora, Alma presta más atención a cómo se siente, aunque no pueda evitar, de vez en cuando, salir a comprarse algo. Eso ya no tiene tanta importancia. Lo que importa es “pillar” a la vocecita interior que le sabotea y no le deja disfrutar de la vida, lo que importa es dejar de creerse los mensajes que de niña, recibió y asimiló como si fueran parte de su vida.

 

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Aprende a confiar en ti mismo
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Belén Casado Mendiluce | 13-01-2017 | 09:56| 6

 

En la vida se presentan múltiples situaciones que resultan difíciles de asimilar. Si eres paciente contigo mismo y dejas reposar en silencio lo que sientes, encontrarás en tu interior respuestas al malestar.

Muchas personas, cuando se sienten agobiadas por un problema, tienden a compartirlo en seguida con alguien de su confianza, con la esperanza de que esa persona les ayude a salir del atolladero. Pero, aparte del riesgo de sobrecargar a la otra persona con nuestras preocupaciones, no confiamos en nuestra propia capacidad para encontrar respuestas a lo que nos preocupa, con lo que nos convertimos en personas dependientes de los demás y con baja autoestima.

Es probable que te sientas tan abrumado por el peso del problema que no puedas evitar correr a desahogarte con la persona más cercana, sintiéndote como si tú sólo no pudieras con los conflictos de la vida. Pero, la verdad es que no te conoces lo suficiente como para saber todos los recursos que tienes en tu interior.

Cuando algo te agobie, empieza por crear un espacio dentro de ti para que repose el problema. Estate en silencio, no vayas enseguida a hablar y repetir tu desahogo con varias personas. Sí, ya sé que estar a solas con uno mismo con lo que te duele no es agradable, pero es un paso necesario el que seas tú el que se acoja a sí mismo con tu malestar.

Necesitas ser tú mismo la persona más cercana a ti, porque tú sabes lo que te preocupa y conoces los recovecos de lo que sientes. Esta es la manera en que puedes ser un apoyo para ti y puedes tenderte una mano amiga cuando más lo necesitas. Pero necesitas tener un tiempo de silencio, a solas contigo mismo, para que vayan surgiendo las respuestas en tu interior.

No te preocupes, las respuestas van surgiendo para hacer frente a lo que te preocupa. Y estas respuestas son los recursos que tienes en tu interior para estar bien, recursos que ni siquiera sabías que existían. Pero tienes que crear ese espacio de silencio dentro de ti para que lo curativo y sanador que tienes pueda surgir.

Es muy grande la satisfacción que se siente cuando es uno quien se demuestra que se quiere a sí mismo. Y entonces, observarás con sorpresa que se va haciendo la luz allá donde antes sólo veías sombras y que vas encontrando respuestas concretas a lo que te agobiaba. Sólo tienes que parar y estar contigo a solas escuchando tu interior.

 

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Sencillo, sincero y verdadero
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Belén Casado Mendiluce | 09-12-2016 | 09:24| 2

 

Estas son tres palabras que componen para mí una “tríada fantástica” en la que se puede encontrar ayuda a muchos conflictos de la vida.

A veces, no sabemos cómo actuar ante determinados problemas. “¿Qué hago, le digo a mi hijo lo que me molesta de él o me lo callo? Pero…estoy agobiada ahora por preocupaciones laborales y no sé si es buen momento. Por otra parte, me gustaría que viniera a visitarme en Navidad y no quiero, con la conversación que tengamos, echarlo todo a perder “.

En primer lugar, busca la sencillez. Sencillez implica que busques el momento adecuado, cuando estés mínimamente relajada, para hablar de lo que sientes.  Si estás agobiada por otros problemas, la tensión con la que vives interferirá en la conversación que mantengas con tu hijo, y puede que acabes desahogando tu frustración con él. Habla cuando puedas mantener cierta calma.

No hables sacando trapos viejos. Céntrate en el presente y en ti. Hay quien tiene tanto miedo a los conflictos, a que el otro se sienta culpable y se ponga a la defensiva que acaba por no hablar desde sí mismo y desde lo que le duele; se sitúa, por agradar, tanto en el papel del otro, que casi le acaba dando la razón, desoyendo sus propios sentimientos. Céntrate en ti y haz valer lo que sientes, lo agradecerás.

Sé sincera, no ocultes tus sentimientos con respecto a tu hijo por miedo a perderle o a que se enfade contigo. Lo que te guardes en tu interior porque no te atrevas a expresarlo saldrá, sin tú controlarlo, en otra ocasión, agrandado, además, por la acumulación de rabia y dolor. Tus sentimientos son como el río, que siempre busca su salida al mar, dales salida y te sentirás mejor.

Y háblale desde ti, en primera persona: “Me duele que no me hayas agradecido el regalo que te he hecho”, y no te enredes pretendiendo analizar su conducta: “Seguro que eres más simpático con tus amigos que conmigo que soy tu madre”. Háblale con la sencillez de quien dice lo que siente y con la sinceridad de quien no pretende ser excesivamente amable para conseguir que te visite en Navidad; eso se nota.

Si eres sincera y sencilla, transmitirás que estás siendo auténtica, verdadera. Que no pretendes, inconscientemente, conseguir ningún resultado que te satisfaga, porque dejas libertad a la otra persona para que actúe como quiera. ¿Que no te visita en Navidad? ¿Que pasa tiempo hasta que os volvéis a ver? Sé que no es agradable, pero viendo lo que hay, tú como madre te situarás en otro punto de la relación en la que te protegerás y estarás menos pendiente de agradar… para así sufrir menos.

Sencillo, sincero y verdadero. Tres palabras que forman parte de todo un camino de vida. Prueba a ponerlas en práctica y seguro que lo agradecerás.

 

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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