Diario Vasco

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Los hijos se van pero no se pierden
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Belén Casado Mendiluce | 27-01-2015 | 09:42| 3

 

Qué verdad es que una cosa es la teoría y otra la práctica. Qué distinto es saber algo “intelectualmente”, de cabeza, a saberlo de manera sentida, porque se ha experimentado “en carne propia”.

Como madre que soy, sabía que es ley de vida que los hijos se independicen y hagan su vida, pero cuando te acostumbras a convivir con los hijos, cuesta amoldarse a esa nueva situación de “nido vacío”, parece que te pilla como a desmano y de improvisto, sin la suficiente preparación para enfrentarte al cambio, y no sabes cómo manejarte.

Pero me he dado cuenta que cada persona tiene que buscar su camino en la vida, vivir de la manera que sienta que encaja con su forma de ser y eso requiere romper, sin duda alguna, con ese espacio común en el que se convivía con los padres.

Buscar el propio camino en la vida no es tarea fácil y mucho de ese camino se va haciendo sobre la marcha pero…hay que echarse a andar. Tomar decisiones sobre si quieres o no compartir tu vida con alguien, de qué manera vas a hacer frente a tus necesidades económicas para vivir, qué tipo de vida es la que te gustaría llevar. Son preguntas que, consciente o inconscientemente, todos nos hacemos.

Por eso, aunque me cuesten las despedidas, decir adiós a mi hija en el autobús, me alegro que vaya haciendo su propia vida, y que se vaya encontrando a sí misma mientras lo hace. Porque uno no sabe quién es hasta que toma sus propias decisiones.

No te entristezcas porque tus hijos se marchen de casa, alégrate que puedan, poco a poco, ser protagonistas de su propia historia, y ayúdales a que se sientan bien en las decisiones que tomen aunque no sean las que tomarías tú, ya rectificarán si su sentimiento se lo hace ver.

Estate cerca para escucharles, para propiciar momentos de encuentro, sin imponer nada que no se dé de manera natural. Es mejor estar ahí para cuando ellos nos necesiten que el que sientan nuestra presencia de manera asfixiante. Y si no sabes en qué momento estar cerca o no de ellos, simplemente, pregúntalo.

Los hijos se marchan pero no se pierden. Acaso nos volvemos a encontrar padres e hijos de manera más cercana y auténtica cuando los hijos pueden vivir su propia vida y alcanzar sus sueños…ayúdales a perseguirlos.

 

Caminamos…Belén Casado Mendiluce

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*Mañana, Miércoles 28, a la 19:00, impartiré en la Casa de las Mujeres de San Sebastián (calle Oquendo, 9) la Conferencia sobre el “Maltrato psicológico en la pareja”. Estáis todos invitados.

 

 

 

 

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Como la vida misma. Quéjate y no aguantes
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Belén Casado Mendiluce | 21-01-2015 | 09:56| 3

 

Ana llevaba tiempo sintiéndose tensa y sin saber cómo reaccionar. Estaba a gusto con su pareja, sabía que la convivencia entre ellos resultaba agradable y tranquila, pero él tenía un punto que a Ana le llevaba los demonios, y no lo podía evitar.

A Jorge le daba, a veces, por hacerse el gracioso, sacar una voz de “teleñeco” cuando se levantaban de la cama o estaban cariñosos entre ellos, una vocecita aflautada que a Ana no le hacía ninguna gracia.

Ana sabía que eso no era algo importante en la relación, problemas mayores existen, se decía, pero no podía evitar sentir rechazo hacia Jorge cuando le oía hablar de esa manera infantil. Por más que lo intentaba, Ana no podía cambiar el “chip” para que no le importara la dichosa voz. Incluso empezó a pensar si no sería que se estaba desenamorando de Jorge.

No quería llamarle la atención a Jorge sobre su papel de payaso, porque le parecía que se estaba convirtiendo en una intolerante que daba importancia a tonterías, pero conforme pasaba el tiempo, Ana tenía la sensación de que aguantaba un día sí y otro también.

Así que un día ocurrió lo que tenía que ocurrir. Jorge se despertó por la mañana y se dirigió a Ana con su vocecita de costumbre, y esta reaccionó automáticamente, de malas maneras: -“¡Deja ya de hablarme como un teleñeco, no lo soporto!”

A Jorge la reacción de Ana le sentó muy mal, lógicamente. Le pareció que Ana pretendía hacerle cambiar de forma de ser cuando, en realidad,  no le estaba tratando de mala manera a ella.

Tuvieron una fuerte discusión, con reproches mutuos, en la que se dijeron cosas que no sentían porque los dos estaban fuera de sí. Tanto uno como otro eran personas muy sensibles al rechazo que no llevaban bien los enfrentamientos.

Ana se había quedado con mal cuerpo. No quería que Jorge cambiara sólo porque a ella le molestara su forma de ser. Y no quería que se acabaran convirtiendo en esas parejas que se reprochaban cosas constantemente.

No sabía cómo actuar. Así que se puso a escribir en su diario para desahogarse  y dejarse llevar por las palabras que fueran surgiendo sobre el papel; sabía que, otras veces, escribir en su diario le había ayudado a darse cuenta de algo que le había hecho sentirse mejor.

Ahí estaba. Ahora lo veía. Después de escribir en el diario se había dado cuenta de que ella sentía que aguantaba… y mucho, y que eso no era bueno para ella ni para la relación. No quería quejarse, no quería molestar, no quería resultar intolerante…pero estaba tapando un malestar que sentía.

Así que le dijo a Jorge que, de la misma manera, que él tenía derecho a sacar la voz de “teleñeco” si le apetecía, ella también tenía derecho a decirle cómo se sentía, que no le apetecía que en ese momento le hablase así. Ana quería sentirse con la libertad de decirle a Jorge lo que sentía y no aguantar por miedo a molestar.

Desde entonces, las cosas entre ellos han cambiado. Ana se siente más suelta y libre para decirle a Jorge lo que necesita, que en un momento dado prefiere no escuchar esa voz y Jorge, con el tiempo, va sacando menos la voz de “teleñeco”…porque, por sí mismo, lo prefiere así.

 

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Cuentos de Invierno. En el cruce de caminos
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Belén Casado Mendiluce | 15-01-2015 | 08:53| 4

 

La mujer se había decidido a dar un paseo por el campo con sus auriculares de música. Había dejado su comida preparada y tenía intención de caminar a buen ritmo para así hacer el ejercicio físico que necesitaba.

Mientras paseaba, se iba acercando a un cruce en el camino, y allí, a lo lejos, vio a un hombre sentado en el borde del camino que, tranquilamente, contemplaba el paisaje.

La mujer, conforme se iba acercando, sentía curiosidad por saber de ese hombre y entablar conversación con él. Se quitó los auriculares y le preguntó:

-Buenos días. Suelo venir con frecuencia a pasear por aquí y es la primera vez que te veo. ¿Qué haces por aquí?

-Nada especial. Me ha parecido este sitio igual de bueno que otro para, simplemente, parar.

-¿Cómo parar? ¿Parar y qué?. Escuchas música, miras el móvil…

-La verdad es que no he traído ninguna de las dos cosas, así que solamente me siento y miro.

-¿Te molesta si me siento un rato a tu lado?

-En absoluto, le respondió el hombre.

La mujer se sentó y empezó a hablarle de lo que había hecho durante el día. Cómo se había levantado pronto, había recogido su casa y dejado preparada su comida y cómo caminaba a buen ritmo porque el médico le había recomendado hacer ejercicio.

El hombre escuchaba todo aquello en silencio, hasta que la mujer le preguntó:

-Cuéntame algo, chico. ¿Tú qué has hecho?

-Ya te lo he dicho. He venido aquí a parar.

-Pues para mí eso es como decirme nada. Yo también estoy parada como tú y eso no me sirve de nada.

-Tú no puedes pararte si no puedes dejar de seguir haciendo cosas: hablando, escuchando música o haciendo ejercicio. Prueba a no hacer nada, estar en silencio y sólo observar.

La mujer, nerviosa, decidió levantarse y marcharse. “Me parece que este hombre está fuera de la realidad”, pensó. Así que se despidió y siguió su camino.

Autora: Belén Casado Mendiluce

 

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Agradecida sí, en deuda no
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Belén Casado Mendiluce | 07-01-2015 | 10:05| 2

 

Guardo cariño hacia aquellas personas que me ayudaron en algún momento difícil de mi vida ya que estuvieron a mi lado escuchándome y brindándome su apoyo. De manera que cuando vuelvo a coincidir con ellas, aunque haya pasado bastante tiempo, reacciono con calidez y cercanía al verlas, como es natural.

Pero este encuentro fue diferente, se me encendió mi “piloto interior” avisándome de que algo no encajaba dentro de mí. Fue al despedirme de esa persona en la calle cuando sentí que había sido exageradamente amable con ella, como si me hubiera deshecho en gestos cariñosos demasiado complacientes.

De vuelta a casa, tenía un sentimiento incierto dentro de mí, como una sensación que se estaba gestando sin todavía surgir clara y definida al exterior. Estuve con la sensación interna en silencio, creo que unas horas, hasta que me di cuenta de lo que me había pasado.

Que, en realidad, no sólo me sentía agradecida hacia esa persona, sino que me sentía en deuda con ella, como si tuviera una cuenta pendiente con ella que siempre tendría que pagar, una cuenta que nunca estaría saldada por más que pasara el tiempo.

Y es muy diferente sentirse agradecida hacia una persona que sentirse en deuda con ella. La deuda la siento como un peso, una carga que me resta energía para ser yo misma, para sentirme libre de no deber nada a nadie.

Cuando me di cuenta de ello, me sentí más liberada, como si se me hubiera quitado un peso de encima porque, entonces, ya no me hacía falta estar tan pendiente de agradar a la otra persona que acabara por desconectarme de mí. Podía ser amable y cercana con ella pero… no hacía falta nada más.

Fui consciente de que, en realidad, ya había sido agradecida con esa persona cuando en su día me dio su apoyo y que, por tanto, no tenía sentido deberle nada ni sentirse en deuda con ella. Ya estaba pagada la deuda, si es que alguna vez hubo alguna por pagar.

Así que ahora me siento mejor conmigo misma, como si hubiera recuperado algo de mi identidad que se me había desparramado hacia fuera. Es un buen comienzo de año, pensé, recuperar algo de mí que se había perdido.

 

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Camino interior. Mi niña y la Navidad
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Belén Casado Mendiluce | 17-12-2014 | 11:26| 8

 

Hoy quisiera compartir con vosotr@s lo que siento ante la cercana navidad.

Supongo que el sentimiento acerca de la navidad tiene que ver con las vivencias que se tuvieron de ella en la infancia, pero no me resigno a vivir de los recuerdos del pasado porque prefiero vivir en el presente.

En el presente me sigue gustando la iluminación navideña, mis ojos la miran con alegría y asombro como si fuera la niña de entonces. Siento la magia y la ilusión de la navidad, un tiempo en el que siento la alegría de vivir sin preguntarme por qué motivo.

Pensándolo bien, me siento más niña en navidad y me gusta sentirme así. En la navidad me gusta alegrarme porque sí y no porque me haya sucedido nada especial, disfruto comprando regalos a los demás porque no quiero perder la ilusión por la sorpresa y el agasajar a los demás sin que tengan que hacer especiales méritos para ello y me gusta celebrar comidas sólo por tener ganas de estar juntos, porque sí.

 Los niños, en general, son felices porque sí, por el mero hecho de existir. No necesitan razones ni motivos para jugar, disfrutar y reír. Se sienten merecedores de cariño, atención y cuidados, porque un niño nunca nace con la autoestima baja ni deprimido, otra cosa es lo que sus padres puedan hacer por el camino.

Por eso, en estas fechas, saca a relucir tu niña interior, tu capacidad de alegrarte porque sí, de disfrutar con pequeñas cosas que te dejan buen poso, de sentir que el que existas es un regalo que te mereces simplemente por ser como eres sin que tengas que demostrarte constantemente en la vida diaria lo capaz y competente que eres.

Hemos venido a este mundo para ser felices, ya sé que puede resultar una frase pasada de moda. Pero en la navidad me reafirmo en que no nos hace falta ningún motivo para ser felices –teniendo las necesidades básicas cubiertas, claro- porque tal como somos, somos dignos de amor.

Eso es lo que quiero deciros a tod@s. Que disfrutéis de estas fiestas con el espíritu con que lo haría un niño. Con ilusión y con alegría, sólo por el mero hecho de existir.

¡Feliz Navidad!  ¡Y a sacar más al niño interior a relucir!

 

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Cuentos de Otoño. El río eres tú
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Belén Casado Mendiluce | 12-12-2014 | 16:26| 4

 

El río discurría desde su nacimiento, allá arriba entre montañas, hasta llegar al

bosque de hayas que lo acogían en su seno.

 

El río se sentía feliz de ser como era, unas veces torrente que surgía con

fuerza y otras, remanso de agua que descansaba entre sus orillas.

 

Había por allí unos niños que se entretenían cerca de la orilla tirándole piedras.

 

“Pongamos unas piedras más grandes para cambiar la dirección del río”, dijo

uno de ellos. Y comenzaron a amontonarlas, cada vez más pesadas y

voluminosas.

 

El río se sonrió para sí. Sabía del juego infantil de tirarle piedras, pero que

quisieran frenarle y no dejarle ser como era, era como si pretendieran impedir

que amaneciera.

 

“Voy a jugar yo también”, se dijo el río. Y contuvo sus aguas para que se

desviaran al contacto con las rocas.

 

“¡Lo hemos conseguido, lo hemos conseguido! ¡El río va por donde nosotros

queremos!, gritaban los niños alborozados.

 

Entonces, el río se echó a reír y, con un leve movimiento, tiró todas las piedras

que tan esforzadamente habían amontonado, y dejó discurrir el agua por ellas.

 

Los niños se quedaron sorprendidos y decidieron… que volverían a

jugar, simplemente, a tirarle pequeñas piedras al río.

 

Moraleja: Puedes fluir por la vida como el río, dejando que la realidad sea como es, no empeñándote

inútilmente en cambiarla.

 

Autora. Belén Casado Mendiluce

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¿Necesitas un cambio en tu vida? PARESE es tu guía
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Belén Casado Mendiluce | 02-12-2014 | 09:01| 4

 

PARESE son las siglas de PARAR, REPOSAR Y SENTIR, una guía para vivir la vida con más consciencia, bienestar y paz. Entra en el camino y vive de otra forma, te va la vida en ello.

Parar

Ya no quieres seguir viviendo como un autómata que se limita a cumplir lo que se espera de ti: trabajar y seguir ocupado para no pensar.

Necesitas tiempo para ti, para estar en silencio, para estar bien contigo mismo, en vez de estar tanto hacia fuera haciendo cosas o estando pendiente de los demás. Parar es tu necesidad elemental para darte cuenta de algo.

Quieres hacer tus tareas a otro ritmo, sin tanta prisa, aunque no llegues a todo como antes, pero ganando en calma y consciencia. Cuando vas más despacio puedes darte más cuenta de ti misma y de lo que te rodea.

Reposar

Eres como un vaso con azúcar. En vez de agitar con la cucharilla dando vueltas al agua -como das vueltas a tus pensamientos-, eres capaz de sacar la cucharilla para que se pose el azúcar en el fondo. Así te das cuenta de lo que surja en ti no por pensarlo mucho sino por dejarlo estar en silencio. Tu “poso” es lo que te llega, lo que te sirve a ti y lo que necesitas. ¡Escúchalo!

Escuchas en silencio los sentimientos sentidos en tu cuerpo y dejas que se geste en tu interior lo que necesites expresar o hacer hacia el exterior. La acción más adecuada fluye sin planificarlo mucho porque desde tu interior surge la fuerza en la dirección adecuada.

Sentir

Quieres no tener que exigirte estar bien en todo momento y permitirte estar como puedas; por eso, te das permiso para dejarte sentir como te salga aunque no estés con el ánimo alegre que desearías, pero no finges lo que no sientes; esa es la manera que tienes de respetarte y tenerte en cuenta.

Todos los sentimientos que te permites sentir y expresar, sean el odio o la rabia, te ayudan a liberarte de ellos y que no se enquisten en tu interior. No rehúyes de sentimientos aparentemente “malos” porque son los que necesitas vivir, en un momento dado.

Das más valor a lo que sientes que a lo que piensas, a tus vivencias que a cómo “deberían” ser las cosas o a cómo “tienes que” hacerlas. Sentir te ayuda a estar en paz contigo misma porque no violentas la realidad para que sea diferente de como es.

 

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Como la vida misma. No te perdono pero estoy en paz
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Belén Casado Mendiluce | 25-11-2014 | 07:57| 8

 

Antes pensabas que para estar en paz contigo mismo necesitabas perdonar al que te había hecho daño, pero te has dado cuenta de que es posible no desear mal a nadie sin tener, por ello, que dar el perdón.

Hace poco quedaste con esa persona que en el pasado te hizo mucho mal. Años de convivencia en los que sufriste un maltrato psicológico, te dejaron una huella difícil de borrar tras el divorcio.

Te sentaste frente a él para escuchar de su boca las razones por las que ahora ha dejado de pasarte la pensión de alimentos para tus hijos; esos eran los únicos motivos para que, después de 4 años tras el divorcio, os sentarais en la misma mesa a tomar un café.

Pero tu ex aprovechó la ocasión para pedirte perdón –que luego se convirtió en disculpa- si el matrimonio vivido en común  “no cumplió con las expectativas que tenías”. Tú escuchabas en silencio con el gesto tranquilo pero serio. Las palabras ya no hacen tanta mella en ti como antes…

Le dijiste que no le deseabas ningún mal, que querías que le fuera bien en la vida y que, sobre todo, encontrara la paz, pero que… no le podías decir nada más. Te asombraste de ti misma, de que no podías decirle que le perdonabas aunque, en realidad, no sentías ninguna necesidad de hacerlo.

¿Qué sentido tiene perdonar cuando el daño ha sido tan grande y reiterado? ¿Cuando, mientras lo vivías, nunca hubo toma de conciencia del mal causado ni, mucho menos, rectificación? No vives desde el resentimiento ni el odio, pero no puedes borrar de tu mente ni de tu corazón el mal trago vivido, no puedes olvidar como si cogieras un estropajo y frotaras tu mente para borrar los años de angustia.

La experiencia vivida queda. No para mantenerte en un papel de víctima -que, dicho sea de paso, sí fuiste la víctima de esa situación- pero sí para no restar importancia a lo vivido ni para negar la realidad de todo lo acontecido. Todo fue como fue y nadie mejor que tú sabe lo que has vivido. ¿Por qué suavizarlo con un perdón?

No le puedes perdonar, pero estás en paz, curiosamente. No quieres vivir desde el odio porque ese sentimiento sabes que te hace daño a ti mismo, pero estás en paz porque no pasas por encima de ti para comprender al otro y porque tienes en cuenta lo sufrido… que lleva el sello de tu nombre.

No puedes renunciar a ti mismo…ni siquiera tampoco a tu dolor.

 

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Camino personal. No existe el amor incondicional
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Belén Casado Mendiluce | 18-11-2014 | 12:28| 6

 

Para mí el amor incondicional es una hermosa frase vacía de contenido. Ese es el tipo de amor que me transmitieron en mi juventud desde la educación, un amor, me di cuenta, que se puede acabar convirtiendo en el reflejo de la máxima anulación de uno mismo. Un amor en el que lo das todo de ti, independientemente de como el otro te trate y sin esperar nada a cambio.

Yo que soy madre, ni siquiera creo que exista ese amor entre padres e hijos porque necesitamos como padres de una convivencia en armonía y afecto con nuestros hijos. No estamos dispuestos a tolerar de continuo actitudes vejatorias hacia nosotros por mucho amor que tengamos a nuestros hijos. Programas como: “Hermano mayor” reflejan lo dicho, esa hartura de unos padres desesperados.

Pensándolo ahora, me acuerdo de las frases que me decían de niña. “Perdónales porque no saben lo que hacen,” el amor no lleva cuentas del mal”, “hay que perdonar setenta veces siete”, “el amor todo lo puede”, “ama a tus enemigos”, son expresiones que se grabaron en mi mente y en mi corazón infantil y que intenté hacer de ellas un lema de vida.

Pero…me salió el tiro por la culata, ¡vaya que sí! Primero porque acabas no sabiendo lo que quieres y necesitas tú mismo porque das más importancia al bienestar del otro que al tuyo propio. Después porque te das cuenta de que no por mucho que ames a alguien este va a cambiar su forma de ser.

Y mientras aprendes eso…te dejas la piel en el camino.

Creo en la reciprocidad, no la que lleva cuentas de si pones exactamente el mismo 50% que yo, pero sí la que sabe ver si las personas tienen la ACTITUD de querer aprender, la humildad para reconocer sus errores y la comunicación para compartir y consensuar con el otro. Ya no pido menos.

Y, ya que estamos, puestos a recordar frases de la biblia me quedo con otra mucho más importante y no menos tergiversada: “ama al prójimo como a ti mismo”. Se nos ha transmitido que hay que preocuparse de amar a los demás como si esa fuera la máxima generosidad de una persona cuando, en primer lugar, hay que quererse y tratarse bien a uno mismo para, así, ofrecer lo que uno es a los demás.

Pero ahora que lo pienso…sí creo en el amor incondicional…a uno mismo. Porque, inevitablemente, siempre estaré a mi lado. Porque siendo imperfecto, con miedos e inseguridades, puedo tenderme la mano y acoger todo aquello que no me gusta de mí. Porque he venido a esta vida, como tú también, a descubrir y expresar el amor que SOY.

 

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¿Dialogas, debates o discutes?
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Belén Casado Mendiluce | 11-11-2014 | 09:18| 6

 

¿Pierdes los nervios en las conversaciones, llegando a descalificar al otro?

¿Te reafirmas en tus opiniones aunque el otro muestre lógica en las suyas?

¿Te preocupas por entender el punto de vista del otro y te gusta llegar a puntos de encuentro con él?

No todos los estilos de comunicación causan el mismo impacto en la relación entre las personas. Veamos las diferencias entre un estilo y otro.

Dialogar:

Cuando dialogas estás abierto a la opinión del otro y hablas con la actitud de querer entenderos. Desarrollas la empatía, esa capacidad de ponerte en la piel del otro y entender la vivencia personal que le hace decir lo que dice.

No sólo creas espacios dándoos tiempo para escucharos mutuamente sin interrumpiros, sino que quieres llegar a un punto intermedio en el que podáis llegar a un acuerdo que os satisfaga a los dos y os haga tener en cuenta vuestras necesidades. Esto es fundamental en una relación de pareja o de amistad para progresar en la relación.

Debatir

Te planteas la conversación como una exposición de tu forma de pensar de la que no sólo estás firmemente convencido sino de la que no te vas a apear aunque el otro te demuestre lo equivocado de tu razonamiento.

Eres rígido en tus planteamientos y te cuesta abrirte a ideas que no encajen con las tuyas; por ello, pretendes convencer al otro de tus puntos de vista y gastas muchas energías en intentar conseguirlo, buscando sus puntos débiles.

Es fácil que te pongas a la defensiva y pases a una discusión si te sientes atacado. La competitividad por demostrar quién es mejor puede llevar a una tensión difícil de controlar, que acabe estallando en una discusión.

Discutir

Ya has pasado al enfrentamiento directo. Puedes perder los nervios y pasar a descalificar y agredir a tu interlocutor. Las conversaciones pueden ser acaloradas e irrespetuosas y las malas formas prevalecen por encima del interés en lo que se quiere expresar, contenido que pasa a un segundo plano.

Entre las discusiones y los debates suele haber una línea fina de separación, lo que hace que sea fácil pasar de uno a otro. En ambos, se establece una lucha de poder –“ a ver quién puede más”- que busca ponerse por encima de nuestro interlocutor y ganar la partida.

En definitiva, lo importante no es comunicarse sino tener voluntad de llegar a entenderse. Eso siempre se hará a través de un diálogo que busca crear puentes de unión más que muros de separación.

 

 

*Mañana Miércoles, día 12, impartiré una conferencia sobre el tema: “Mi pareja me maltrata lo normal. El maltrato psicológico en la pareja.” Será en el Centro Cultural Argoiak de Irún, a las 5 de la tarde y la entrada es libre.

 

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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