Diario Vasco
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Saber convivir con el malestar
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Belén Casado Mendiluce | 23-02-2018 | 10:41| 0
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En la vida se viven situaciones duras que se mantienen en el tiempo y en las que hay que saber estar sin pretender quitárselas de encima ni “arreglarlas” rápido y deprisa para sacudirnos el sufrimiento.

A nadie nos gustan los conflictos, es evidente, pero hay momentos en que no se pueden evitar ni tampoco los podemos arreglar de manera inmediata. Nos revolvemos como un gato panza arriba y actuamos a la desesperada. ¿Qué podemos hacer?

Hay que estar ahí, con la conciencia de que hacemos lo que podemos. No siempre podrás mantener la calma, ni tampoco se trata de eso. Porque puedes necesitar contactar con tus sentimientos de rabia, por ejemplo, y sea sano que también los expreses, para que no se quede nada retenido en tu interior.

Saber convivir con el malestar es un aprendizaje que cuesta hacer, sobre todo porque nos han enseñado a quitarnos el malestar en seguida, no sufrir, cuando si el sufrimiento permanece ahí es porque tenemos algo que aprender de él, y sólo sintiéndolo se puede mejorar nuestra vida.

Puede que te haya llegado el momento de poner límites cuando actuabas con “manga ancha” creyendo que así te querrían más. Puede que se te haya puesto una situación en tu vida “patas arriba” y te sientas descolocado y desconcertado, pero si ha surgido así será porque tal como se mantenía esa situación en tu vida, no era sana para ti.

No pretendas solucionar las cosas rápidamente, “quitarte el muerto de encima”. Date tiempo para que puedas sentir y reposar el tema sin prisas por arreglarlo. Toma las decisiones que tengas que tomar procurando que el miedo, la obligación y la culpa sean las mínimas posibles. Y tendrás que convivir con el dolor de ver relaciones rotas o sin posibilidad de encuentro, por el momento. Así tiene que ser.

Al principio estará más presente tu malestar interior, porque estarás acusando el “golpe recibido”, y es normal que sea así, pero conforme pasen las semanas, podrás llevar tu atención a tus actividades diarias…y dejar descansar tu mente. Ten paciencia contigo mismo porque necesitas ir a tu ritmo para vivir lo que te duele. A principio puede que verbalices más lo que sientes y luego quieras hablar menos de lo que no cambia, por el momento.

Procura, pues, no pensar mucho en lo que te preocupa, salvo cuando se hace presente en tu vida con algún incidente, porque ya sabes… “cuanto más piensas menos ves”.

 

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No me gustan los moralistas
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Belén Casado Mendiluce | 09-02-2018 | 10:02| 2

 

Y no digo que toda conducta sea relativa y que no se pueda definir el bien y el mal, sino que no se pueden dar opiniones sobre el comportamiento de los demás sin conocer lo que ocurre y cómo esas personas se sienten.

He oído a quien decía: “Yo hago las cosas como hay que hacerlas, y no como lo digo yo, sino como lo hace todo el mundo”. ¡Ay, que rigidez de mente!

Por supuesto que existe el bien y el mal, pero estos no se pueden definir por unos criterios estándares “de libro”. Está claro que no se pueden permitir conductas delictivas (robar, matar), pero si hablamos de la vida cotidiana y diaria, la cosa se complica.

El ser moralista está estrechamente ligado a la actitud de juzgar que tanto nos gusta a las personas. Considerar que podemos juzgar los comportamientos de los demás porque tenemos muy claro lo que está bien hecho y lo que no, lo que corresponde a una persona “de bien” y lo que es de alguien “desviado”.

Que hay parejas que siguen legalmente casadas aunque cada una hace su vida incluso, sentimentalmente, con otras personas. Que hay padres que no se llevan bien con sus hijos, a pesar de que prima la opinión de que “un hijo es lo primero”, Que hay hermanos que no se dirigen la palabra aunque se llamen cuando se siente más la soledad, como en Navidad. ¿Qué podemos opinar?

Yo opino poco, más allá de decir que determinadas situaciones son difíciles de llevar o duras de vivir. Tengo que conocer qué le ha llevado a esa persona a actuar como lo hizo, cómo se sintió y si actuó por despecho o por decisión propia. Casi nada.

Pero volvamos a los moralistas. Más les valdría ocuparse de su propia vida que de erigirse en jueces y consejeros de la vida de los demás. Porque cada uno debe encontrar por sí mismo su camino en la vida para que te vengan los demás a decirte cómo tienes que vivir sin tener ni idea de lo que está en juego.

Una persona debe atender a lo que necesita y le hace sentirse más ella misma, aunque la decisión tomada sea dura y dolorosa. Todos estamos en el camino -unos más que otros- de encontrarnos a nosotros mismos con la mayor consciencia posible y ahí, poco pueden juzgar los demás.

Así que seamos protagonistas de nuestra vida y no dejemos que el miedo, la obligación o la culpa, nos aparten de nuestro camino.

 

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Cuanto más piensas menos ves
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Belén Casado Mendiluce | 26-01-2018 | 09:08| 0

 

Yo misma, en ocasiones, también tengo que dejar de reflexionar sobre las cosas, dejar de analizarlas, de preguntarme el “por qué”, para poder ver con claridad lo que, simplemente, es.

Porque la realidad, lo que es, está ante nuestros ojos. No lo que me gustaría, lo que “debería ser”, sino lo que se muestra tal y como es. Esa realidad es la que, muchas veces, nos cuesta aceptar, y esa actitud de no aceptación es la que nos provoca sufrimiento.

Así que , en vez de decirte mentalmente, “no puede ser lo que me está pasando”, “es una injusticia lo que estoy viviendo”, en vez de rebelarte por lo que vives, emplea tus energías en querer ver las cosas tal y como son; aunque sea duro, sufrirás mucho menos que si te rebelas contra ello.

Cuanto más le das vueltas a las cosas en tu cabeza, más se acrecienta tu malestar interior. Pensando mucho en ello, crees que te darás cuenta de algo que se te había escapado, o que pueda ser importante para ti. Pero ocurre todo lo contrario, que tu mente se colapsa y ya ni siquiera tienes la capacidad de ver lo que tienes delante de tus ojos.

Así que intenta no pensar, por lo menos no conscientemente. Y cuando te vengan los pensamientos a la cabeza de manera automática, ten la actitud del “espectador de cine” que observa pasar la película delante de sus ojos; tal como vienen las imágenes, se van.

La realidad siempre es, por muy dura que sea, mucho menos dolorosa que lo que imagina o fabrica tu mente. No te resistas, no te rebeles, y dedica tus energías a asimilar lo que tienes delante. Puedes quejarte, llorar si te hace falta, pero que tu actitud sea la de quien quiere ver con los ojos abiertos.

Para ver la realidad tal como es no te hace falta hacer análisis, buscar las causas de lo que te ha pasado. Todo se te mostrará tal y como es a su debido tiempo, cuando tú estés preparado para verlo. Cuando eso ocurra, proyectarás tu luz sobre lo que mires, y todo quedará iluminado con la luz de tu consciencia. Es así de sencillo.

 

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Sostenerse a uno mismo
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Belén Casado Mendiluce | 14-01-2018 | 18:32| 0

 

En la vida se te pueden presentar situaciones, que de lo duras que resultan, parece como si el mundo se hundiera bajo tus pies. Pero, conforme vas viviendo -y sufriendo- lo que surge, descubres que tienes una fuerza dentro de ti que te sostiene. Esa fuerza siempre ha estado ahí presente.

Para sostenerse a uno mismo, uno debe tener los pies bien apoyados en el suelo. Estar bien anclado en la realidad, mirar de frente tu situación de vida actual y no utilizar los pies para salir corriendo sino para parar…y mirar.

Eso no significa que no puedas contar con alguna persona que te apoye, pero en esas circunstancias, cuando sientes que te falta el aire para respirar, todo apoyo externo lo puedes vivir como insuficiente. Sientes como si no pudieras sostenerte a ti mismo y una oscura noche se cierne sobre ti.

Hay que vivirlo. Tienes que sentir tu propia fragilidad, sentir tu cuerpo temblar de miedo, atreverte a ver que aquello que creías que era un pilar de tu existencia -tus hijos, tu pareja, tu familia- se desmoronan sin remedio.

Es necesario pasar por esa etapa de absoluto desconcierto y sufrimiento. Porque, entonces, cuando no te rebelas contra lo que es, cuando no luchas para quitarte de encima tanto dolor, sino que lo sientes y lo expresas, entonces, estás abriendo un camino interior para sentir una fuerza de apoyo y consuelo hacia ti misma.

Y esa fuerza que te sostiene está dentro de ti, siempre ha estado, sólo que, en ocasiones, buscabas más el consuelo fuera que en tu interior. Pero cuando “los bastones” en los que te apoyabas se caen, no te queda más remedio que mirar dentro de ti. Mejor que así sea, aunque duela.

Sostenerse a uno mismo es dejar que vayas asimilando lo que te ocurre, poco a poco, a tu ritmo. Nadie puede encajar el sufrimiento de golpe. Es escuchar lo que tu cuerpo necesita: ahora llorar, luego enfadarte, simplemente, dormir. Sostenerte es no luchar contra la realidad que se te presenta de frente. Es no pensar mucho para ver mejor.

Y entonces, poco a poco, va surgiendo una alegría y una paz interior, que no es fruto de que las circunstancias te sean favorables, no es el caso. Aunque nada haya cambiado, experimentas un nuevo renacer, porque tu lección de vida es que has aprendido a…no aferrarte a nada.

 

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Y tú, ¿qué quieres?
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Belén Casado Mendiluce | 15-12-2017 | 11:30| 4

 

De cara a los nuevos propósitos que nos solemos hacer a comienzo de año, hoy quiero compartir con vosotros un cuento que leí del libro: “Viaje al ahora” de Leonard Jacobson. Sin duda, una lectura recomendable para todos.

 

Estaba Dios un día sentado tranquilamente, y dando a muchas personas la oportunidad de que se le acercaran. El primero fue un hombre de veintitantos años.

“Tú qué quieres?”, preguntó Dios.

“No lo sé”, respondió el hombre.

“Pues no puedo darte lo que deseas”, dijo Dios. “Regresa cuando lo sepas”.

La segunda persona en acercarse a Dios fue una mujer con algo más de treinta años.

“¿Qué quieres?”, preguntó Dios.

“Quiero ser amada, pero no me siento digna de recibir amor”.

“No puedo darte algo que no sientas que mereces”, dijo Dios. “Primero cura tus heridas, y cuando sepas que eres digna de amor, pondré amor en tu vida”.

El siguiente era un hombre de cuarenta.

“¿Tú qué quieres?”, preguntó Dios.

“Quiero encontrar una casa en el campo donde pasar una vida tranquila y pacífica”, dijo el hombre. “Pero, al mismo tiempo, quiero mantener la excitación de vivir en la ciudad”.

“No puedo darte lo que deseas si estás en conflicto”, dijo Dios. “Toma una verdadera decisión sobre dónde quieres vivir. Sólo entonces te puedo dar lo que quieres”.

La siguiente era una mujer de cincuenta años.

“¿Qué quieres?”, preguntó Dios.

“Quiero fama, dinero y éxito” , dijo la mujer. “Quiero ser fabulosamente rica”.

“Te traeré lo que deseas”, dijo Dios. “Pero sólo para enseñarte que no te llenará”.

El siguiente era un hombre de más de sesenta.

“¿Qué quieres?”, preguntó Dios.

“No quiero nada”, dijo el hombre, “porque veo que ya lo tengo todo”

“Está bien”, dijo Dios. “A ti se te dará aún más”

 

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Todo aquello que soy
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Belén Casado Mendiluce | 01-12-2017 | 16:03| 2

No me gustan mucho las etiquetas sobre mí misma, quizás porque no quiero encasillarme en nada que me obligue a seguir un camino marcado sin yo quererlo.

Pero me gusta la introspección, bucear en mis sentimientos, simplemente, para encontrar sentido y significado a lo que siento. Lo que siento ha sido mucho más guía en mi vida que los múltiples pensamientos que pasan por mi cabeza.

Sé que tengo cualidades como persona de las que procuro no envanecerme pero tampoco olvidarme de ellas. Si alguien me ataca, tengo que recordarme que puedo haber cometido un fallo, pero que nadie mejor que yo sabe cómo soy. Si alguien me acusa de no ser cariñosa, por ejemplo, afirmo que valoro mucho manifestar el cariño a través del contacto físico, aunque en algún momento puntual no lo haya hecho.

Valoro el conocerme a mí misma porque es una manera fundamental de quererse a uno mismo. ¿Cómo voy a quererme, a tratarme con cariño, si ni siquiera sé cómo soy? Procuro estar cerca de mí misma, con tiempo para pararme, para saber de mis alegrías y de mis penas, aunque no tenga respuestas inmediatas a lo que siento.

Hay quien todavía me dice: “¿cómo siendo psicóloga, estás en semejante atolladero?” Y yo me sonrío porque me parece que esa persona entiende poco de los caminos interiores. Soy psicóloga por vocación, es verdad, pero ante todo soy persona. Así que la psicología está muy arraigada en mí, pero tengo que encontrar en la vida las respuestas por mí misma, y eso sólo se hace viviendo, experimentando por uno mismo, no siendo el mejor psicólogo académico.

Muchas veces, incluso durante el día, me pregunto por el sentido de mi vida o me cuestiono el miedo a la muerte. Muchas veces, los grandes interrogantes que me asaltan no son una mera elucubración mental, sino un deseo de afianzarme en esta vida con las dos piernas bien apoyadas en el suelo, para vivir con consciencia, que es lo que quiero.

Ese es mi sentido, vivir con consciencia. Y reconocer con humildad, que hago lo que puedo, cuando las debilidades y fallos de uno mismo son, simplemente, una oportunidad para darse un abrazo cariñoso y decirse: “Aquí me tienes contigo”.

 

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Todos somos nerviosos en lo que nos toca
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Belén Casado Mendiluce | 17-11-2017 | 10:06| 0

 

Hay personas que te dicen abiertamente que ellas son tranquilas y que no se alteran con facilidad, pero luego ante lo que les preocupa e inquieta pierden los nervios. Todos tenemos nuestro punto débil ante el que nos alteramos.

Lo importante es conocerse a uno mismo para no pretender dar imágenes de nosotros mismos que no se corresponden con la realidad. Ya sé que todos podemos querer caer bien a los demás cuando nos empiezan a conocer, pero dar imágenes falsas de nosotros mismos no se sostiene por mucho tiempo.

Y por mi experiencia, cuando alguien me dice: “Yo tengo buen carácter y es fácil convivir conmigo”, me digo: “Otro que tiene reprimida la agresividad y que se pondrá como un león enjaulado cuando se altere” Y así lo he corroborado, en verdad.

Todos tenemos derecho a enfadarnos cuando algo nos toca, y es normal y sano que así sea, porque la agresividad es una energía que está a nuestro favor, no en nuestra contra. La agresividad nos sirve para defendernos y hacer valer lo que es importante para nosotros. Otra cosa es la ira que acaba por desestabilizarnos a nosotros y a los demás.

Es mejor no ir poniéndonos etiquetas que nos definan porque luego esas mismas etiquetas…suelen saltar por los aires: “Yo soy tranquilo, no tengo miedos, no me agobio con los problemas, soy una persona resolutiva, que busca solucionar los problemas…”

He oído a alguna persona que decía: “Yo no tengo ningún miedo a los hospitales”, y luego te das cuenta de que, afortunadamente, esa persona no había tenido problemas físicos que le obligaran a pasar por un hospital.Ya veríamos si decía lo mismo cuando tuviera que ingresar por fuerza mayor.

Y esas mismas personas que hablan con esa rotundidad, se sorprenden si se ven a sí mismas perder los nervios cuando algo no lo saben resolver en el trabajo, se sorprenden si se les dispara el miedo cuando ven sus ingresos mensuales disminuir o si se agobian cuando surgen problemas que les molesta afrontar.

Todos somos nerviosos en lo que nos toca, porque siempre tenemos áreas de nuestra personalidad que no están suficientemente trabajadas, a las que no hemos llevado la luz de nuestra consciencia y que, por tanto, siguen estando en la sombra. Y cuando las tocamos, nos alteramos sin remedio.

Así que mejor no ponernos etiquetas para construir una buena imagen de nosotros mismos de cara a los demás. Mejor ser consciente de lo que nos toca para sacar de la sombra nuestros puntos ciegos y alumbrarlos con la luz de nuestra consciencia.

 

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Si te duele el cuerpo, haz lo que puedas
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Belén Casado Mendiluce | 03-11-2017 | 09:31| 0

 

Cuando tenemos un dolor físico resulta difícil hablar de estar tranquilos, de conservar la calma, cuando sabemos que hasta un simple dolor de muelas nos puede dejar fuera de combate.

El cuerpo tiene su memoria, así que las personas que han sufrido dolencias, enfermedades o ingresos hospitalarios, tienen un cuerpo resentido no sólo físicamente sino emocionalmente. Es decir, que es normal que para esas personas, el cuerpo les tiemble cuando ven agujas o, simplemente, una persona con bata blanca. El miedo también se mete en el cuerpo.

A esas personas les gustaría estar más enteras y no demostrar su alteración nerviosa, pero no es posible por mucho que lo intenten. Así que es mucho más sano dejarse estar como se pueda, reconociendo el propio nerviosismo y no pretendiendo ocultarlo de cara a los demás.

Cuando tienes un dolor físico, no pretendas hacer un ejercicio de control mental. Puede ayudar bastante el hacer respiraciones tranquilas, pero si el malestar te supera, no luches contra ti mismo por mantener el control.

Cuando te sientas mal, permítete quejarte para desahogarte y luego sentirte así más relajado. Permítete no tener ganas de hablar y estar más silencioso con los demás. Permítete estar como te pida el cuerpo, en la cama, tumbado o sin ganas de hacer nada.

Y cuando te sientas algo mejor, entonces sí puede ser momento de leer algún libro que te interese, escuchar música o dar un paseo por la calle, Es decir, que puedes hacer algo por entretenerte, llevando la atención a algo que te relaje o te haga sentirte mejor para no darle vueltas a tu malestar. Pero hasta que llegue ese momento, haz lo que puedas.

Si te vienen pensamientos negativos acerca de tu salud, ten la actitud del espectador de cine. Contempla tus pensamientos a una cierta distancia, como si vieras una película pasar: los pensamientos así vistos, de la misma forma que vienen se van. Esta actitud te ayudará a estar más tranquilo.

Ten paciencia contigo mismo, y no te machaques por estar enfermo. Tu cuerpo es sabio y te irá diciendo lo que necesita en cada momento: quejarse, callar o llevar la atención a otra cosa. Hazle caso y te sentirás mejor.

 

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Mirando hacia adelante
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Belén Casado Mendiluce | 20-10-2017 | 07:48| 2

Un proverbio Chino dice: “Si te sientas en el camino, ponte de frente a lo que todavía te queda por andar y de espaldas a lo que ya has andado.”

En la vida hay momentos en que sentimos la tentación de hacer una revisión de nuestra vida pasada, como si hojeáramos un álbum de fotos en el que hubieran quedado fijas instantáneas de nuestra vida. Pero la vida no se alimenta de fotos que hay que recordar.

Es verdad que hay que aprender de lo vivido para no repetir los mismos errores o, por lo menos, suavizarlos. Pero nuestra mirada no tiene que ser de nostalgia, pena o culpa por el pasado. Tu mirada tiene que centrarse en el aquí y ahora, en el presente, porque es lo único real con que cuentas.

No tiene sentido perder el tiempo en recriminarse o culpabilizarse de acciones pasadas porque tan necesario como aprender de los errores es aprender a perdonarse a uno mismo en lo que nos hizo daño a nosotros mismos o a los demás.

¿Y si no sabemos hacia dónde vamos? ¿Qué nos depara el futuro en nuestra vida?, nos preguntamos con preocupación. Obviamente, el futuro todavía no existe, sólo contamos con lo que en el día a día somos capaces de construir, de hacer o de no hacer. Sólo contamos con los pasos que damos nosotros mismos y que nadie puede dar por nosotros. Esa es nuestra grandeza.

“Mira hacia adelante. Tu vida es más que lo que hiciste en el pasado. Es lo que, conscientemente, vives en el día a día, con tus más y tus menos, porque tú sabes que haces lo que puedes, y eso también tiene un valor. Y cuando sientas que tu vida fuera como una mochila pesada que llevaras a la espalda, entonces, date permiso para parar, ir a tu ritmo y quejarte si te hace falta, que no tienes que vivir demostrándote que eres una valiente que puede con todo. Y, en medio del aparente absurdo de lo que te toca, acuérdate de que tu vida tiene un sentido, que es el de dejar en este mundo tu impronta como persona, una vida que sólo tú tienes entre tus manos: la tuya. Vivela.”

 

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Ser como niños
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Belén Casado Mendiluce | 29-09-2017 | 10:21| 2

Hoy os muestro un vídeo que me ha emocionado de un niño descubriendo la lluvia. ¿Es posible no perder siendo adultos la capacidad de sorprenderse y disfrutar de lo más sencillo y nimio? Intentaré buscar las respuestas.

Ya sé que los niños viven una etapa de su vida en la que no tienen que hacer frente a las múltiples responsabilidades de cuando son mayores, pero si tantas personas amamos a los niños no es sólo por la ternura que suscitan sino porque nos recuerdan que podemos en nuestra vida ser más sencillos de lo que somos y encontrar felicidad en ello.

La vida puede ser muy dura y las exigencias que nos plantea pueden resultar agobiantes pero, a poco que nos paremos a sentir, podemos volver a recuperar las sensaciones de una niñez que siempre vuelven a emocionarnos.

He comprado hace poco en un mercadillo una figura de una pareja de pajaritos (madre e hijo) que cuando se da una sonora palmada…pían. Ya sé que es una infantil tontería pero, sinceramente, me alegra el día. No quiero perder esa capacidad que todos tenemos de volver a nuestros orígenes y ser sencillos.

Pero la sencillez es lo más difícil del mundo, sobre todo cuando es una sencillez del que sabe, no del que es ignorante de lo que le espera, como el niño. Y yo quiero aprender a ser sencilla pero consciente de todo lo que he vivido.

Poder pasear descalza por un campo lleno de hojas, sentir el silencio de una Iglesia, ver los gorriones que vienen a mi terraza a comer las migas de pan que les dejo diariamente, son vivencias que me reconcilian conmigo misma, me hacen sentirme en paz y me arrancan una sonrisa.

Los gorriones se apostan en mi terraza desde primera hora de la mañana, esperando las migas de pan, y yo siento que esos pájaros son mis amigos, como diría San Francisco de Asís. Porque la amistad es también común-unión y comunicación y, sin duda alguna, yo siento esa comunicación estrecha entre los gorriones y yo.

Sencilla pero consciente, esa es mi tarea en la vida, la que me hace ser más yo, porque siento que, por muy duro que sea lo que me toque vivir, siempre podré sentir la fina lluvia del cielo en mi cara.

 

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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