Diario Vasco

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Como la vida misma. No te perdono pero estoy en paz
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Belén Casado Mendiluce | 25-11-2014 | 07:57| 8

 

Antes pensabas que para estar en paz contigo mismo necesitabas perdonar al que te había hecho daño, pero te has dado cuenta de que es posible no desear mal a nadie sin tener, por ello, que dar el perdón.

Hace poco quedaste con esa persona que en el pasado te hizo mucho mal. Años de convivencia en los que sufriste un maltrato psicológico, te dejaron una huella difícil de borrar tras el divorcio.

Te sentaste frente a él para escuchar de su boca las razones por las que ahora ha dejado de pasarte la pensión de alimentos para tus hijos; esos eran los únicos motivos para que, después de 4 años tras el divorcio, os sentarais en la misma mesa a tomar un café.

Pero tu ex aprovechó la ocasión para pedirte perdón –que luego se convirtió en disculpa- si el matrimonio vivido en común  “no cumplió con las expectativas que tenías”. Tú escuchabas en silencio con el gesto tranquilo pero serio. Las palabras ya no hacen tanta mella en ti como antes…

Le dijiste que no le deseabas ningún mal, que querías que le fuera bien en la vida y que, sobre todo, encontrara la paz, pero que… no le podías decir nada más. Te asombraste de ti misma, de que no podías decirle que le perdonabas aunque, en realidad, no sentías ninguna necesidad de hacerlo.

¿Qué sentido tiene perdonar cuando el daño ha sido tan grande y reiterado? ¿Cuando, mientras lo vivías, nunca hubo toma de conciencia del mal causado ni, mucho menos, rectificación? No vives desde el resentimiento ni el odio, pero no puedes borrar de tu mente ni de tu corazón el mal trago vivido, no puedes olvidar como si cogieras un estropajo y frotaras tu mente para borrar los años de angustia.

La experiencia vivida queda. No para mantenerte en un papel de víctima -que, dicho sea de paso, sí fuiste la víctima de esa situación- pero sí para no restar importancia a lo vivido ni para negar la realidad de todo lo acontecido. Todo fue como fue y nadie mejor que tú sabe lo que has vivido. ¿Por qué suavizarlo con un perdón?

No le puedes perdonar, pero estás en paz, curiosamente. No quieres vivir desde el odio porque ese sentimiento sabes que te hace daño a ti mismo, pero estás en paz porque no pasas por encima de ti para comprender al otro y porque tienes en cuenta lo sufrido… que lleva el sello de tu nombre.

No puedes renunciar a ti mismo…ni siquiera tampoco a tu dolor.

 

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Camino personal. No existe el amor incondicional
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Belén Casado Mendiluce | 18-11-2014 | 12:28| 6

 

Para mí el amor incondicional es una hermosa frase vacía de contenido. Ese es el tipo de amor que me transmitieron en mi juventud desde la educación, un amor, me di cuenta, que se puede acabar convirtiendo en el reflejo de la máxima anulación de uno mismo. Un amor en el que lo das todo de ti, independientemente de como el otro te trate y sin esperar nada a cambio.

Yo que soy madre, ni siquiera creo que exista ese amor entre padres e hijos porque necesitamos como padres de una convivencia en armonía y afecto con nuestros hijos. No estamos dispuestos a tolerar de continuo actitudes vejatorias hacia nosotros por mucho amor que tengamos a nuestros hijos. Programas como: “Hermano mayor” reflejan lo dicho, esa hartura de unos padres desesperados.

Pensándolo ahora, me acuerdo de las frases que me decían de niña. “Perdónales porque no saben lo que hacen,” el amor no lleva cuentas del mal”, “hay que perdonar setenta veces siete”, “el amor todo lo puede”, “ama a tus enemigos”, son expresiones que se grabaron en mi mente y en mi corazón infantil y que intenté hacer de ellas un lema de vida.

Pero…me salió el tiro por la culata, ¡vaya que sí! Primero porque acabas no sabiendo lo que quieres y necesitas tú mismo porque das más importancia al bienestar del otro que al tuyo propio. Después porque te das cuenta de que no por mucho que ames a alguien este va a cambiar su forma de ser.

Y mientras aprendes eso…te dejas la piel en el camino.

Creo en la reciprocidad, no la que lleva cuentas de si pones exactamente el mismo 50% que yo, pero sí la que sabe ver si las personas tienen la ACTITUD de querer aprender, la humildad para reconocer sus errores y la comunicación para compartir y consensuar con el otro. Ya no pido menos.

Y, ya que estamos, puestos a recordar frases de la biblia me quedo con otra mucho más importante y no menos tergiversada: “ama al prójimo como a ti mismo”. Se nos ha transmitido que hay que preocuparse de amar a los demás como si esa fuera la máxima generosidad de una persona cuando, en primer lugar, hay que quererse y tratarse bien a uno mismo para, así, ofrecer lo que uno es a los demás.

Pero ahora que lo pienso…sí creo en el amor incondicional…a uno mismo. Porque, inevitablemente, siempre estaré a mi lado. Porque siendo imperfecto, con miedos e inseguridades, puedo tenderme la mano y acoger todo aquello que no me gusta de mí. Porque he venido a esta vida, como tú también, a descubrir y expresar el amor que SOY.

 

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¿Dialogas, debates o discutes?
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Belén Casado Mendiluce | 11-11-2014 | 09:18| 6

 

¿Pierdes los nervios en las conversaciones, llegando a descalificar al otro?

¿Te reafirmas en tus opiniones aunque el otro muestre lógica en las suyas?

¿Te preocupas por entender el punto de vista del otro y te gusta llegar a puntos de encuentro con él?

No todos los estilos de comunicación causan el mismo impacto en la relación entre las personas. Veamos las diferencias entre un estilo y otro.

Dialogar:

Cuando dialogas estás abierto a la opinión del otro y hablas con la actitud de querer entenderos. Desarrollas la empatía, esa capacidad de ponerte en la piel del otro y entender la vivencia personal que le hace decir lo que dice.

No sólo creas espacios dándoos tiempo para escucharos mutuamente sin interrumpiros, sino que quieres llegar a un punto intermedio en el que podáis llegar a un acuerdo que os satisfaga a los dos y os haga tener en cuenta vuestras necesidades. Esto es fundamental en una relación de pareja o de amistad para progresar en la relación.

Debatir

Te planteas la conversación como una exposición de tu forma de pensar de la que no sólo estás firmemente convencido sino de la que no te vas a apear aunque el otro te demuestre lo equivocado de tu razonamiento.

Eres rígido en tus planteamientos y te cuesta abrirte a ideas que no encajen con las tuyas; por ello, pretendes convencer al otro de tus puntos de vista y gastas muchas energías en intentar conseguirlo, buscando sus puntos débiles.

Es fácil que te pongas a la defensiva y pases a una discusión si te sientes atacado. La competitividad por demostrar quién es mejor puede llevar a una tensión difícil de controlar, que acabe estallando en una discusión.

Discutir

Ya has pasado al enfrentamiento directo. Puedes perder los nervios y pasar a descalificar y agredir a tu interlocutor. Las conversaciones pueden ser acaloradas e irrespetuosas y las malas formas prevalecen por encima del interés en lo que se quiere expresar, contenido que pasa a un segundo plano.

Entre las discusiones y los debates suele haber una línea fina de separación, lo que hace que sea fácil pasar de uno a otro. En ambos, se establece una lucha de poder –“ a ver quién puede más”- que busca ponerse por encima de nuestro interlocutor y ganar la partida.

En definitiva, lo importante no es comunicarse sino tener voluntad de llegar a entenderse. Eso siempre se hará a través de un diálogo que busca crear puentes de unión más que muros de separación.

 

 

*Mañana Miércoles, día 12, impartiré una conferencia sobre el tema: “Mi pareja me maltrata lo normal. El maltrato psicológico en la pareja.” Será en el Centro Cultural Argoiak de Irún, a las 5 de la tarde y la entrada es libre.

 

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A los que sufren una dolencia crónica
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Belén Casado Mendiluce | 05-11-2014 | 10:14| 11

 

Yo también formo parte del grupo, sí, y no tengo que avergonzarme de nada ni sentirme culpable por ello. Estoy cansada de constatar qué atrevida es la ignorancia cuando oigo decir que lo que lo que me ocurre –con diagnóstico médico de por medio- es una enfermedad psicosomática.

El otro día, sin más, sostuve una conversación sobre el tema que me dio mucho coraje. La persona, cercana y querida, cogió carrerilla y me dijo: “Yo tengo la suerte de no tener dolores, la verdad, pero yo pienso que las personas que sufren alguna dolencia crónica es porque en su vida viven con miedo.”

No suelo ser rápida de reflejos para contestar, pero como ya “llueve sobre mojado”, me salió rápida la respuesta: “Pues ten mucho cuidado con lo que dices, X, porque, si no mal recuerdo, tú tienes una amiga de toda la vida que siempre ha tenido mala salud, y si a ella le dices lo que me acabas de decir, te expones a…que te de una bofetada.”

A ver, que no niego la influencia de la mente en el cuerpo, que soy psicóloga, pero no me quieras “vender la moto” y hacerme tragar que a lo que los médicos no encuentran explicación ni tratamiento, es algo que me lo provoco yo. ¿De qué sirve decirle eso a una persona? ¿Para que, encima de sufrir el malestar físico, te sientas culpable de haberte creado a ti misma la enfermedad? Si quieres ayudar a alguien a salir de una situación que a ti te parece obvio que genera ansiedad y estrés, otra sensibilidad y tacto debes tener.

No es fácil dar consejos cuando una persona sufre de molestias físicas constantes, lo sé. No pretendo abordar todas las situaciones posibles, pero sí hay algunas indicaciones generales que creo te pueden ayudar. Por experiencia propia.

-En primer lugar, ten presente que el no sentirse bien físicamente afecta también al estado de ánimo, así que no pretendas estar contento y conversador cuando el cuerpo no te da de sí. Si te sale estar callado y serio,permítete estar como puedas, faltaría más.

-Intenta, en la medida de lo posible, hacer tus tareas diarias, pero no te sobrecargues con lo que no puedes, aunque eso sea algo cotidiano que se espera que hagas. Vete DIA A DIA, sin adelantarte con tu mente en lo que se supone que tienes que hacer. Hoy vas a hacer lo que puedas y como puedas.

 -Es normal y perfectamente comprensible que cuando se te agudice el malestar, la cabeza se te acelere con pensamientos negativos sobre tu enfermedad  e incluso sobre la muerte, y que te surjan miedos acerca de si vas a estar así toda la vida o del futuro que te espera. Uno no siempre puede controlar la mente. No te asustes de ella y espera a que pase el temporal.

-Intenta levantarte cada mañana sin estar pendiente de cómo vas a tener el cuerpo hoy, sin estar vigilante de ti mismo, a ver por dónde te puede salir hoy el malestar. Lo que tenga que salir, si surge, ya saldrá, pero deja de tener miedo del cuerpo e intenta estar lo más relajado posible.

-Cultiva un rato diario de relajación. La vida diaria comporta, inevitablemente, un grado de estrés, de manera que si ya lo sufres por tu dolencia física, con más razón necesitas relajarte y descansar.

-Toma conciencia de que, en todo momento, HACES LO QUE PUEDES. Que haces tus tareas poniendo interés en lo que haces aunque llegue un momento en que lo tengas que dejar porque ya no puedes más.

-No te culpabilices, ni te machaques por sentirte mal físicamente y no poder rendir como a ti te gustaría. Tú no tienes la culpa de lo que te pasa ni puedes forzarte a hacer más de lo que haces.

-Valora los momentos en los que te sientes físicamente bien e, incluso, dilo verbalmente. Es importante que te oigas decir que también te encuentras bien para que te subas la autoestima y para que los demás no piensen que sólo hablas cuando se trata de quejarse sino, igualmente, de lo bien que te sientes.

Intenta estar lo más tranquilo que puedas, sin hablar constantemente de tu malestar, pero desahogándote cuando lo necesites. Sufrir una dolencia crónica es también recorrer un camino de …desapego y humildad.

 

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Como la vida misma. ¿Me amoldo o no me amoldo?
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Belén Casado Mendiluce | 29-10-2014 | 09:21| 5

 

Hay momentos en tu vida en que ya no quieres seguir haciendo lo que hacías hasta ahora, porque ya no te satisface. Has podido, por ejemplo, acostumbrarte a  amoldarte a las situaciones para no crear conflicto y facilitar las cosas, pero te has acabado dando cuenta de que no te van a tratar con más respeto ni consideración porque digas sí a todo.

Puede que tengas un amigo de la infancia con el que sueles quedar de vez en cuando pero que, cuando os veis, se presenta también con la mujer y los hijos. Cuando alguna vez te has dejado caer con tu amigo y le has hecho saber tus ganas de estar él y tú a solas, te das cuenta de que él no lo entiende y que, por tanto, no está abierto a esa posibilidad.

¿Qué haces? Por no perder el trato con tu amigo, vas cediendo y quedando…con la familia. Que tú no tienes nada en contra de su mujer, dicho sea de paso, pero la amistad la tienes con él, no con ella, y a ti no te apetece tener que tragarte las conversaciones de su mujer que, en realidad, no te interesan.

Los encuentros cada vez se van viciando más. Cuando quedas con la pareja, esta empieza a llamar por teléfono a otros familiares con los que tienen un compromiso de visitarles para que, aprovechando la coyuntura, se pasen por allí y así…tomemos algo todos juntos.

Te preguntas: ¿Qué pinto yo aquí? ¿Dónde se ha quedado la relación con mi amigo? Te sientes, cada vez más, que quedas con ellos por compromiso y porque lo que se espera de ti es que te amoldes a la situación… aunque a eso también tú les has acostumbrado.

Pero te estás empezado a cansar y se te están empezando… a hinchar las narices. Así que cuando tu amigo te manda un mensaje para quedar –que ya ni la comunicación es por teléfono- , ya no te apetece quedar ni, mucho menos, hacer una de las consabidas reuniones familiares.

Hoy por hoy, ya no os veis ni sabéis nada el uno del otro. A veces, sientes pena de la pérdida de una amistad, pero ya no quieres seguir haciendo el papel del bueno que se amolda a todas las situaciones y no crea problemas.

Has aguantado mucho y te ha costado mucho dejar de hacer lo que, una y otra vez, automáticamente, te salía: querer agradar a todo el mundo. Por eso, este cambio en tu vida, en ocasiones, te hace sentirte mal, como si fueras culpable de haber perdido a este amigo. Pero, en el fondo, sabes que este cambio hace tiempo que te lo pedía el cuerpo.

Ahora te sientes más fiel a ti mismo, algo más solo quizás, pero más contento del paso que has dado. Te has dado cuenta de que …no por agradar a los demás te van a tener más en cuenta..

 

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Camino personal. El viaje de mi vida
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Belén Casado Mendiluce | 22-10-2014 | 08:58| 13

 

Hay tantos lugares hermosos en el mundo, ciudades y paisajes que habitan las personas, que nunca tendré tiempo para verlos todos. Pero casi prefiero que sea así. Casi prefiero no dejarme llevar por el afán adquisitivo de acumular nuevas experiencias, nuevos viajes que “enriquezcan” mi vida.

No siento necesidad de conocer la última maravilla de un país lejano ni la cultura milenaria que haga relativizar mis prejuicios occidentales. Sigo teniendo capacidad de asombrarme y maravillarme con la belleza, pero ésta siento que está mucho más cercana que el viaje que se me exige hacer para verla.

Todo está aquí, a la vuelta de la esquina, cerca de mi casa. La belleza está en un sencillo paisaje de la naturaleza, no un paisaje que te extasíe y te deje con la boca abierta, sino el paisaje cercano tantas veces repetido pero no menos significativo: los senderos del bosque, los árboles que perfilan el camino, el riachuelo que humedece y refresca mis pies cansados, el silencio que me hace sentir una sonoridad a la que mis oídos no estaban acostumbrados.

Ese es el viaje de mi vida. El que puedo hacer cada fin de semana cuando me escapo al monte y camino entre la naturaleza, el silencio y la paz. Aparentemente no hay novedad porque repito muchos de los caminos por los que ando pero, sin embargo, siento que cada vez es diferente.

Unas veces puedo contemplar y deleitarme con el paisaje a mi alrededor mientras paseo, otras solo puedo ser consciente de la rumia mental que me impide, simplemente, mirar. Unas veces puedo estar en silencio, sin hablar, acompañando el silencio ambiental con mi presencia silenciosa. Otras, necesito desahogarme y expresar con palabras los dolores que se me quedaron guardados durante la semana.

Todo está aquí cerca… aquí al lado. Porque la naturaleza que contemplo me es suficiente para enriquecerme, para llenarme del silencio que permanece y se asienta dentro de mí. Porque la naturaleza también me ayuda a liberarme de lo que necesite expresar y sacar al exterior.

Ya no creo en el viaje hacia fuera en el que haya que moverse…sino en el viaje hacia dentro en el que pueda parar. Todos tenemos la posibilidad de hacer un viaje al interior de uno mismo. Un viaje lleno de novedades porque siempre nos sentimos de manera diferente y un viaje en el que no necesitas depender de estímulos externos para estar bien porque sólo necesitas apoyarte en lo que surge en tu interior.

Este es…el viaje de mi vida.

 

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Cuentos de Otoño. El sendero del bosque
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Belén Casado Mendiluce | 16-10-2014 | 08:25| 4

 

El hombre paseaba por el bosque en compañía del Maestro. Se le notaba

preocupado y callado, y el Maestro permanecía a su lado respetando su

necesidad de silencio.

 

-“Maestro, mi mujer me dice que nuestra relación no funciona. Que ya no soy

tan comunicativo ni cariñoso con ella.”

“Es verdad que ya no me expreso tanto como antes, pero es que no necesito

estar demostrándole constantemente con palabras ni gestos mi cariño hacia

ella porque en realidad ya sabe que la quiero.”

 

El Maestro siguió andando en silencio un buen rato hasta que ambos se

encontraron que ya no había más camino para continuar paseando por él. Se

pararon y, entonces, el Maestro preguntó:

 

-“Dime, amigo, ¿por qué no podemos seguir caminando por el bosque?”

 

-“Porque ya no hay sendero por el que podamos continuar, Maestro.”

 

-“Tú lo has dicho. Cuando deja de frecuentarse un sendero en el bosque, éste

lo cierra y lo borra, dejando de existir.”

“De la misma manera, tú has dejado de frecuentar el camino de la

comunicación y del afecto con tu mujer, y tu relación de pareja se está

resintiendo, lógicamente, por ello.”

“Nunca des nada por supuesto. Vuelve al camino que habías abandonado y

vuestra relación mejorará.”

 

El hombre se quedó en silencio dejando sentir en su interior las palabras del

Maestro. En verdad, algo se había movido en su interior.

 

Autora: Belén Casado Mendiluce

 

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La fama o la creación del personaje
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Belén Casado Mendiluce | 08-10-2014 | 08:37| 4

 

No deseo ser famosa, vaya por delante, aunque todos, alguna vez,  hemos fantaseado con la posibilidad de ser reconocidos públicamente y apreciados por nuestras cualidades personales y profesionales. Como si la fama, el status y la riqueza fueran el máximo de los deseos a alcanzar, quizás porque en nuestra sociedad es lo que se valora.

Pero la fama destruye más que aporta. Todos conocemos casos de personas públicas, actores o cantantes, que acabaron por no poder soportar el peso de esa proyección al exterior y terminaron suicidándose o se consumieron en vida mediante adicciones.

La fama despersonaliza. La persona no sabe si vive para agradar a los demás y actuar conforme a la imagen que se espera de ella, o puede seguir siendo  ella misma. Pero es tarea muy difícil ser uno mismo cuando se crea un personaje que hay que alimentar para seguir en la cresta de la ola.

Ese es el quid de la cuestión. Porque muchas personas que buscan la fama han creado en torno suyo un personaje que suscite admiración, controversia o polémica, alguien que no pase inadvertido aunque sea diciendo o haciendo estupideces. Buscan seguidores y, desde luego, las redes sociales son un buen medio para conseguirlo.

¡Qué difícil es ser famoso y seguir conservando la sencillez! Si así ocurre, es que la fama no fue buscada y cuando surgió se la tomó con sorpresa y aturdimiento porque no se desea cambiar las propias costumbres ni, mucho menos, la propia forma de ser para contentar a nadie.

Es mucho más fácil poder seguir siendo uno mismo sin que exista la presión de tener que dar ninguna imagen, si no nos preocupamos de agradar excesivamente a los demás y si no dependemos de que nos quiera el mayor número de gente para sentirnos bien con nosotros mismos.

El éxito tiene más inconvenientes que ventajas. Pierdes el anonimato, esa maravillosa posibilidad de no estar siempre en el punto de mira y de no ser juzgado constantemente por lo que haces cuando ni siquiera te conocen.

No persigas la fama ni el éxito. Limítate a hacer bien tu trabajo aunque no tenga la proyección pública que te gustaría. Reclama para ti lo que te parezca justo pero si no llega el éxito que deseas, deja de empeñarte en conseguirlo, probablemente no sea tan importante ni tan necesario para tu vida.

 

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¡Ya he cumplido tres años!
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Belén Casado Mendiluce | 01-10-2014 | 09:20| 7

 

Hoy quiero celebrar este cumpleaños…y algo más. Pienso en cuando yo cumplo años y entonces me pregunto qué tengo que celebrar, ¿que cumplo un año más? -que dicho sea de paso no siempre me hace gracia- o, como me recuerda mi madre, celebro que había nacido para venir a la vida.

Pues el blog es lo mismo. Yo celebro no sólo el que, con constancia y trabajo, he permanecido otro año más entre vosotros, sino el que hace tres años que dí a luz este blog para …enriquecernos mutuamente.

Celebro que empecé a escribir de lo que me interesa intentando transmitirlo en un estilo sencillo y directo. Celebro que he ido aprendiendo de mi misma para poder encontrar las palabras más adecuadas a lo que siento.

Celebro que he recibido la mayoría de vuestros comentarios con ilusión porque tener alguien “en el otro lado” es una manera de sentirse en comunicación con vosotros y estar abierto a aprender de vuestras palabras.

Celebro que lo que pensaba en un comienzo que sería el blog, se ha ido transformando en un medio de autoconocimiento interior para mí. Ya no escribo sólo pensando en llegar al lector, sino para expresarme y conocerme como persona.

Celebro que, humildemente, haya podido ayudaros con mis escritos, para haceros sentir mejor con vosotros mismos o sugeriros otra manera de enfocar un problema.

Celebro hacerme preguntas buscando temas para escribir en el blog y, dejando reposar en silencio esas preguntas, encontrar respuestas en mi misma que me satisfagan y hasta me sorprendan.

Todo lo nuevo que se crea abre caminos de aprendizaje. Uno camina por ellos creyendo que va a saberse manejar pero el propio camino nos cambia y nos transforma, nos quita ideas preconcebidas, nos hace soltar expectativas y nos reduce…a la sencillez.

Con el blog he aprendido a disfrutar del simple placer de escribir aquello en lo que creo y que forma parte de mi experiencia personal. Compartirlo con todos vosotros ha creado un hermoso puente de comunicación. Gracias a todos por estar ahí al otro lado.

 

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El miedo, ese compañero de viaje
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Belén Casado Mendiluce | 24-09-2014 | 07:08| 7

 

Me parece genial la frase de Thomas Hobbes: “El día que yo nací, mi madre parió dos gemelos, yo y mi miedo”. Una frase tan real como la vida misma.

Siempre digo que todos sentimos miedo, y el que lo niegue,  miente descaradamente o no es consciente de sí mismo y, por tanto, más daño se hace a sí mismo y a los demás. La inconsciencia genera sufrimiento.

No estoy hablando del miedo que nos hace ir precavidos para asegurar nuestra supervivencia física, como quien no se asoma a un precipicio en la montaña por miedo real a caerse. Este es un miedo necesario que nos protege.

Me refiero al miedo psicológico que nos paraliza, nos bloquea y nos genera ansiedad. Ese miedo que nos acompaña en el día a día y del que no podemos deshacernos, por más que quisiéramos tirarlo por la ventana y que no volviera nunca más a hacer acto de presencia en nuestra vida.

Pero, por más que lo deseas, no puedes sacudirte el miedo de encima, por aquello de que cuanto más empeño y fuerza de voluntad pones en erradicar algo de tu vida, curiosamente, más se afianza y permanece en ella.

Hay que cambiar de actitud. En mi vida, he sufrido y sufro, de vez en cuando, la presencia del miedo y cuando veo la que se avecina no me queda más remedio que darle la mano al miedo y salir con él a la calle a hacer lo de cada día. Sí, metafóricamente, le cojo de la mano al miedo y le digo: “sí ya sé que estás aquí y no me haces mucha gracia, pero vamos a salir juntos de paseo.”

Esa actitud me ayuda a no tener miedo del miedo y –aunque me canten las tripas- ser consciente de lo que siento sin luchar por pretenderlo cambiar. No es agradable sentir el miedo pero, por lo menos, no me fuerzo a ir de fuerte cuando ni me sale naturalmente  ni puedo hacerlo. Eso es un descanso, la verdad.

Me dicen: “me gustaría enfrentarme a tal situación sin miedo porque no me gusta nada verme así y lo paso mal” ¿Quién dice que te tienes que enfrentar a las cosas entero y de una pieza? Puedes ir a una entrevista de trabajo aunque, por nervios, antes hayas ido unas cuantas veces al baño y no las tengas todas contigo en el momento de la entrevista. Pero la haces y es lo que importa.

Desgasta mucho más la lucha interior de quien pretende sentirse de manera diferente a como se siente y quiere dar otra imagen de seguridad y fortaleza, que el dejarse en paz con el miedo tomando conciencia de que haces las cosas lo mejor que puedes.

A mí me ayuda el acoger el miedo en mi vida, dejarle un espacio a mi lado en vez de luchar contra él, cogerle de la mano como quien lleva al niño pequeño que tiene la rabieta, no considerarlo mi enemigo sino alguien que me incomoda pero que no la tiene emprendida conmigo ni me quiere hacer la vida imposible.

¿Por qué está el miedo en mi vida?, me pregunto. No siempre tengo respuestas, pero sé que acogerle cuando surge me ayuda más que pretender no sentirlo. Y resulta que esa actitud contribuye a que el miedo se haga menos presente en mi vida y a que yo…le tenga menos miedo.

 

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Sobre el autor Belén Casado Mendiluce
Soy Licenciada en Psicología y desarrollo mi trabajo en una consulta privada. Mi vocación desde joven ha sido la psicología, y a través de ella he buscado comprender a los demás y a mí misma. Desde ese trabajo interior, intento que lo que transmito sea un reflejo de aquello en lo que creo y que me sirve a mi. Me siento siempre en búsqueda, abierta a aprender de todo aquello que me haga crecer como persona. Y creo que lo que se vive como vocación no es sólo patrimonio mío sino que puede servir a los demás.

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