Diario Vasco
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Fecha: septiembre, 2017
Toda una sorpresa: la serie “Tiempos de guerra” y la Historia
Carlos Rilova 25-09-2017 | 11:30 | 2

Por Carlos Rilova Jericó

jose-sacristan-y-alicia-borrachero-en-una-escena-de-tiempos-de-guerraEl miércoles pasado una de las cadenas privadas españolas estrenó una serie de Televisión de esas que suelen calificarse como “históricas”. Ciertamente ese estreno televisivo de Antena 3 ha sido toda una sorpresa. Una grata sorpresa. En muchos aspectos.

Aparte de las cuestiones técnicas, resueltas con un despliegue de medios que, por desgracia, no es habitual en las series españolas (ni en las que tiene éxito de público, ni en las que no lo tienen), “Tiempos de guerra” parece ir a ser todo un acierto por lo que se refiere al tratamiento del marco histórico sobre el que se desarrolla.

Se trata, en concreto, de la llamada “Guerra de África”. Aunque esa denominación es un poco equívoca, porque España, desde el año 1492 hasta finales del siglo XX, ha tenido no una, sino muchas “Guerras de África”.

La de “Tiempos de guerra” es, para ser exactos, la iniciada a partir del año 1911. Llamada también “Guerra del Rif”. O segunda Guerra de Marruecos, para no confundirla con la primera y genuina. Es decir, la de 1859-1860.

La serie ha optado por situar la acción en el año 1921, durante el llamado “Desastre de Annual”. Es decir, más o menos en el ecuador de esa guerra que duraría hasta el año 1927 y pasaría por manos de varios gobiernos españoles. Incluida la Dictadura primorriverista, que la zanjaría de modo más o menos definitivo.

Desde ese punto de partida, “Tiempos de guerra” pica muy alto en el nivel que, tanto la productora como la cadena, parecen querer dar a este producto.

La ambientación, el tono, las interpretaciones (la banda sonora también) y, lo más importante, el enfoque histórico de la serie buscan -y consiguen la mayor parte del tiempo- dar la impresión de que se está viendo una de esas series británicas que marcan época. Como en su día “Arriba y Abajo” o, más recientemente, “Downton Abbey” que, por cierto, llegó a España (con considerable éxito) de mano de la misma Antena 3 que ahora sirve en las parrillas de programación “Tiempos de guerra”.

En efecto. Los trajes y vestidos de la alta sociedad madrileña de esos comienzos de la década de los veinte del siglo pasado, por ejemplo, apabullan en las primeras escenas del primer capítulo al mismo nivel que en las series británicas ya mencionadas.

Obviamente la cadena ha considerado que ese despliegue de medios no es un gasto, sino una inversión para potenciar el éxito probable de la serie según el comprobado método de otra de sus producciones que ha conocido un rotundo triunfo, pese a moverse en un espacio histórico más gris y también más inexacto, más ficticio. Como es el caso de la ya famosa “Velvet”.

Aparte de ese astuto detalle, en “Tiempos de guerra” se pueden ver barcos de época, camiones y coches de época, trenes de época (infinitamente más reales que los que estropeaban la, por otra parte, magnífica “Dunkerque”) y armas y combates muy realistas. Y el resultado, en conjunto, es magnífico. Pero, quizás, lo más magnífico, lo más sorprendente de “Tiempos de guerra”, es el enfoque histórico del guión.

En él se rompe con una inercia funesta en este tipo de productos, que toman alguna porción de la Historia española como escenario. En efecto, los protagonistas de “Tiempos de guerra” afrontan la Guerra del Rif con la misma normalidad con la que los de “Downton Abbey” afrontan la Primera Guerra Mundial. No, como suele ser habitual en las series españolas de este tipo, en la clave de desastre apocalíptico con la que, según parece, hay que rodear todo lo que tiene que ver con la Historia española año tras año, siglo tras siglo, época tras época…

Los protagonistas repiten, una y otra vez, que están en guerra, explican lo que ocurre, muestran los hechos tal cual, en toda su crudeza. Sin olvidar la conducta infame de muchos oficiales españoles que, efectivamente, (es sabido por las obras literarias de la época, escritas por testigos directos como Arturo Barea) se comportaron del modo en el que se ve en algunas escenas de “Tiempos de guerra”. E incluso peor.

Todo un signo de madurez, desde luego, a la hora de abordar la propia Historia que (como sabrán quienes leen este correo de la Historia con regularidad) se echaba muy en falta en el panorama de la ficción española. Ya sea cinematográfica, literaria…

“Tiempos de guerra” rompe, en efecto, con ese casticismo cutre y cuenta las cosas de esa guerra con sus luces y sombras, sin convertir la narración (como suele ser lamentablemente frecuente en ciertos autonombrados “gurús” mediáticos españoles) en un sermón apocalíptico sobre la supuesta “decadencia española” que de ser cierta, a estas alturas, habría convertido a España en una especie de Somalia europea…

En ese aspecto sólo se puede dar la bienvenida a esta manera de hacer las cosas. Obviamente no sé qué rumbo acabará por tomar la serie, pero desde luego sus primeros pasos van extraordinariamente bien encaminados.

Se echan a faltar cosas en ella, desde luego. Por ejemplo, el relato (dentro de la serie y en el documental posterior) de cómo España había conseguido ese Protectorado tras un arduo proceso diplomático, iniciado en el año 1900 con la misión de Fermín Lasala y Collado como embajador plenipotenciario español ante la corte de Londres.

Algo que, en realidad, sólo venía a culminar las ambiciones en la zona de esa potencia, sostenidas, siglo tras siglo, desde el 1500 en adelante, con guerras aún más crudas que esta del Rif que sirve de escenario a “Tiempos de guerra”. Como las sucesivas acciones de conquista en el llamado presidio de Orán desde el siglo XVI hasta mediados y finales del XVIII, o, como ya nos contó en su día José Montes Ramos, el más que frustrado asedio a la plaza de Ceuta entre el reinado del teóricamente inútil Carlos II de Habsburgo y el de Felipe V de Borbón, desde 1694 a nada menos que el año 1727.

Pero, quizás, es pedir demasiado a una serie que, al menos, para empezar, ha roto con muchos tópicos sobre una guerra impopular y desastrosa (tanto que provocó una dictadura y, finalmente, la caída de la monarquía de Alfonso XIII) pero que, en definitiva, fue la guerra de una potencia colonial europea que, como Alemania, Gran Bretaña, Francia…, trató de imponer (y lo consiguió) un dominio colonial sobre determinadas zonas de África que, en este caso, en el español, se mantuvo hasta mediados y finales del siglo XX en una especie de “U” que bajaba desde el Norte de África hasta el Golfo de Guinea. Zonas ya “marcadas” -por así decir- por los españoles desde la segunda mitad del siglo XIX como “patio trasero” imperial al estilo de la Gran Bretaña o la Francia de esas mismas fechas…

Gracias a “Tiempos de guerra” esa Historia de hombres blancos, hasta ahora cazurramente negada a derecha e izquierda en España (sólo para mayor insulto a los pueblos que sufrieron ese imperialismo español) por fin ha conseguido abrirse paso hasta el llamado “gran público”.

A eso sólo se puede decir que, desde luego, bienvenidos sean estos “Tiempos de guerra” con los que parece, por fin, vamos a superar tanto los complejos del absurdo cine fascistoide que insultó las pantallas españolas -por medio de la inefable CIFESA- desde 1940 en adelante, como ese palurdismo vagamente “progre” que se atrevía a negar, incluso, que España hubiese actuado como potencia colonial en los siglos XIX y XX. Algo que, como bien sabían los rifeños, los saharauís, los bubis, los krumanes… es absolutamente falso…

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El huracán Irma y un astrónomo vasco del 1800
Carlos Rilova 11-09-2017 | 11:38 | 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

jose-joaquin_ferrer-atribuido-a-goyaEsta semana pasada (y la que empieza) si ha habido algún protagonista absoluto de eso que llamamos “las Noticias”, ese ha sido el huracán Irma. Las devastaciones que ha causado han sido, como se suele decir, “carne de telediario”. Un contenido magnífico desde el punto de vista mediático.

Dejando aparte estas cuestiones para especialistas y otros gurús de eso que Marshall McLuhan definió como “los medios de comunicación de masas”, ese desgraciado salto a los famosos “diez minutos de fama” de una catástrofe natural como el Irma, me ha traído a la cabeza, con insistencia, el tema de este nuevo correo de la Historia.

Se trata de un personaje que, como buen científico español, ha caído prácticamente en ese olvido histórico selectivo del que ya hablaba la semana pasada. Su nombre era José Joaquín Ferrer y Cafranga. Nació en el año 1763 en el puerto de Pasajes, en la banda de San Juan, en territorio guipuzcoano, dentro de la misma generación que personajes tan ilustres y bien recordados como Napoleón.

Como ellos conoció un tiempo histórico muy agitado y no pudo evitar verse involucrado en acontecimientos que convulsionaron al mundo entero.

De hecho, esos sucesos determinaron su vida, convirtiéndolo en uno de los científicos más brillantes de comienzos del siglo XIX. A nivel, también, mundial

Así es. En el año 1780, cuando España entró en guerra contra Gran Bretaña y a favor de lo que, con el tiempo, serían los Estados Unidos, José Joaquín Ferrer, un joven de apenas 17 años en esas fechas, cayó prisionero de los británicos cuando se trasladaba a trabajar como agente en una factoría de lo que entonces era una colonia española y hoy es ese país tan maltrecho que conocemos como “Venezuela”.

La situación en la que se vio, no fue nada agradable.

En efecto. En breve se publicará un artículo firmado por el que estas líneas escribe, donde se detalla lo que supuso para el joven Ferrer caer prisionero y ser trasladado a los campos de internamiento británicos que, por aquel entonces, eran, entre otros, unos insalubres pabellones en la localidad de Winchester. En estos últimos no tardó en aparecer una fiebre epidémica que causó más víctimas que cualquier combate naval como el que terminó con la rendición de la flota en la que navegaba, rumbo a Venezuela, José Joaquín Ferrer.

Lo que nos cuentan sus escasos biógrafos (de hecho, sólo ha tenido uno, Antonio Alcalá Galiano, del que han/hemos bebido los demás escasos autores interesados por este astrónomo) dice que José Joaquín Ferrer escapó in extremis de ser uno más de los muchos de prisioneros que cayeron a causa de lo que el doctor Carmichael, el médico inglés que trató el tema (al menos en el depósito de Winchester), llamaba el “jail distemper”.

Esas circunstancias, como nos cuenta la biografía escrita por Alcalá Galiano, publicada en 1858 (y repetida y escasamente renovada hasta la fecha), marcaron el destino de Ferrer. Su padre, comisario de la Armada Real en Pasajes, consiguió que el comisionado que negociaba las condiciones de los prisioneros en Londres, sacase, bajo palabra, al muchacho de las cárceles inglesas y, es más, lo pusiese a aprovechar el tiempo para perfeccionar sus estudios.

Los perfeccionó tanto, al igual que su inglés, que, con el tiempo, acabada la guerra y aun en medio de la vorágine que causaron las siguientes (la de la Convención, la napoleónica…), se convirtió, nos dice Alcalá Galiano, en un astrónomo de renombre.

Toda su relativamente corta vida (moriría en el año 1818 de un ataque al corazón, mientras ejercía como capitular en el Ayuntamiento de Bilbao) la dedicó (aparte de a sus actividades como agente comercial) a establecer precisas observaciones astronómicas.

Esa actividad, en la época, tenía todavía un componente fuertemente práctico, a pesar de que se consideraba también una actividad filosófica (hoy diríamos “científica”). Es decir, un puro ejercicio intelectual para saber más por el mero hecho de saber más

Para Ferrer los cálculos eran importantes no sólo para saber más de eso que uno de sus admiradores (el astrónomo francés Laplace) llamó “Mecánica celeste”, sino también para elaborar mapas y cartas náuticas más precisas. El objetivo, claro está, era asegurar que los navíos que hicieron su fortuna personal, tuvieran más posibilidades de llegar a sus destinos con seguridad.

Mientras trabajaba en esos Estados Unidos por los que estuvo a punto de dar la vida, Ferrer, afincado como agente comercial en Nueva York, realizó un buen número de esos mapas. De hecho, nos dice -una vez más- Alcalá Galiano, la mayor parte de los mapas de la actual Costa Este de Estados Unidos se deben a él; reconociendo sus iguales norteamericanos, que, tras la muerte de David Rittenhouse (en 1796), no había en Estados Unidos más astrónomo digno de tal nombre que José Joaquín Ferrer…

Como tal astrónomo, por ejemplo, elaboró la base de los actuales mapas del estado de Ohio. Asimismo realizó cartas náuticas de la zona del Caribe actualmente devastada por Irma...

Esa labor fue reconocida por la American Philosophical Society de Filadelfia. El equivalente yankee de la Royal Society. Prestigiosa institución que también consideró y reconoció los méritos de Ferrer. Igualmente se le reconoció su mérito como cartógrafo, astrónomo, etc… en la Academia francesa. Precisamente en una visita que realizó requerido por figuras de la fama de Laplace, pudo ver la caída del primer imperio napoleónico que lo había mantenido en Cádiz durante la Guerra de Independencia española, desde donde pasó a Gran Bretaña para, a su vez, tratar con sus colegas de la Royal Society…

Esta, de manera resumida, fue la vida de José Joaquín Ferrer. Ahora que Irma, por desgracia, devasta Bermudas, Bahamas y otras partes del Caribe que él cartografió, me ha parecido una buena ocasión para que lo recordemos. Quizás no sea el momento apropiado, puede que opinen algunos. Pero, ¿cuál lo sería entonces? ¿Qué justificaría ayudar también ahora a ese eclipse (casi total, salvo por firmas como las de Carlos Clavería, Aitor Andueza…) de ese astrónomo guipuzcoano reconocido a nivel mundial allá por el 1800?

 

 

  1. B. : El correo de la Historia no se renovará, por vacaciones, hasta el lunes 25 de septiembre.

 

 

 

 

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Sir Richard Burton, los victorianos, el Sexo y otras cuestiones históricas
Carlos Rilova 04-09-2017 | 11:31 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

portada-de-una-d-elas-numerosas-biografias-de-sir-richard-francis-burtonRepasando la cantidad de artículos publicados hasta hoy en este correo de la Historia, he descubierto, sin ninguna sorpresa, que una inmensa mayoría están dedicados a esa actividad por la cual una parte concreta de la Humanidad trata de destruir a otra. Es decir, a la Guerra.

En cambio apenas ha habido aquí artículos dedicados a la Historia del Sexo (ni siquiera al Amor que hoy llamamos “romántico”). Esa otra actividad que ha permitido a la Humanidad sobrevivir (pese a esa afición suya, generalizada en el Tiempo y el Espacio, a la Guerra).

Un inquietante balance que esta semana (al menos esta semana) voy a tratar de equilibrar un poco.

Como suele ser habitual, la idea me vino al pasar por las estanterías de novedades de la Biblioteca de la Diputación guipuzcoana Koldo Mitxelena Kulturunea. Allí vi esta semana pasada un libro que era difícil pasar por alto. Por su volumen, por su descarado color naranja y por su aún más descarado título: “The Pop-Up Kama Sutra”.

El texto en sí es una edición actual de ese vetusto manual hindú para practicar la actividad sexual. En general de maneras bastante imaginativas y que llevan a pensar que en el subcontinente indio sus numerosos rajás, maharajás, príncipes, reyezuelos y nobleza cortesana anexa tenían mucho tiempo libre para dejar volar la imaginación con estas cosas. Al menos cuando no estaban dedicados a hacerse la Guerra mutuamente o aliados a los británicos. Esos mismos que vieron (en el siglo XVIII) su oportunidad de oro para conquistar aquel rico (y estratégico) territorio que, políticamente hablando, funcionaba como un auténtico manicomio.

Aparte de eso, esta nueva edición del famoso tratado contiene (como su título en inglés indica) una serie de figuras animadas que permiten hacerse una idea más dinámica de las explicaciones del tratado.

Por lo demás, como señala el editor de esta versión animada del “Kama Sutra” (Stewart, Tabori y Chang, de Nueva York) el texto es el que tradujeron al inglés sir Richard Burton y F. F. Arbuthnot en 1883. Y esto es lo que lo hace tan interesante.

De sir Richard Francis Burton ya hemos hablado por aquí en alguna que otra ocasión. Por ejemplo para hacer una comparación (odiosa, desde luego) entre él y su precursor español. El explorador, espía, aventurero…, catalán de origen vasco, Domingo Badía, conocido por el sobrenombre de Alí Bey.

Esta nueva edición de una de las más polémicas aventuras de sir Richard Burton (editar el pornográfico “Kama Sutra” en plena época victoriana) es una gran ocasión para volver sobre el tema.

Con seguridad, Domingo Badía sigue hoy tan olvidado y desconocido de la mayoría de españoles e hispanoparlantes como lo estaba la primera vez que hablé de él en este correo de la Historia. Hace ya nada menos que cinco años.

No es por falta de información. Desde luego. Las bibliotecas tienen su obra escrita. Hay también escritas sobre él biografías más que solventes, para niños tanto como para adultos. El problema es que la divulgación de su figura no alcanza, ni de lejos, la que ha gozado el audaz editor (entre otras cosas) del “Kama Sutra”, sir Richard Francis Burton.

En efecto, sir Richard, como nos recuerda esta nueva edición de ese tratado, no era muy popular en la era victoriana. Por razones obvias desde luego. El propio carácter que le llevó a emular a Domingo Badía corriendo arriesgadas aventuras en África, Asia y varios continentes más, le hacía muy difícil adaptarse a una tan (literalmente) encorsetada sociedad como la victoriana.

Sin embargo, como no podía ser de otro modo, sir Richard encontró después de todo el reconocimiento y, sobre todo, el eco que Domingo Badía no encontró y sigue sin encontrar en un país como la España actual. Ese donde, todavía, se considera a cualquiera un gran “historiador” si se pone en una esquina a contar cuentos sobre reyes tarados por la endogamia como Carlos II o afectados de macrosomía genital (algo mucho más obsceno que el “Kama Sutra” desde luego). Como era el caso del desdichado (en más de un sentido) Fernando VII.

Así es. De sir Richard hay varias serias biografías, obras monumentales, verdaderos ejemplos de cómo escribir ese género histórico. Como la de Edward Rice, a la que se pueden añadir multitud de libros que exploran la vida de este explorador entrando en algún detalle de la misma, como los firmados por Fawn M. Brodie, Peter Hopkirk, Byron Farwell…

Naturalmente la cosa no ha quedado ahí. De las páginas de biógrafos así, sir Richard pasó a las de novelistas mundialmente conocidos como Philip Joseph Farmer, que en su saga del Mundo del Río resucitaba al famoso aventurero para que siguiera con lo que había acabado en la Tierra el año 1890, tras resucitar (joven y sano) en un curioso paraíso tecnológico (es decir: en el Mundo del Río).

Sir Richard pasó también al Cine. En 1990 lo hizo famoso, entre quienes no leen libros habitualmente, la película “Las montañas de la Luna” en la que se narraba su exploración de las fuentes del Nilo a mediados del siglo XIX…

Y ahora, en 2017, como descubrí sorprendido esta semana pasada, tampoco hay reparo en recordar su hazaña de publicar, en plena época victoriana, un completo manual sobre como perpetuar la especie humana o, más bien, cómo disfrutar del proceso necesario para ese objetivo.

En efecto, incluso ese crimen imperdonable contra la férrea moral victoriana (esa que perdura agazapada en nuestras mentes todavía) es aprovechable en el mundo anglosajón para hablar, una vez más, de sir Richard Francis Burton, para hacerlo más famoso.

Envidiable, sin duda, esta capacidad de ese mundo anglosajón para describir, y divulgar, la vida de uno de los suyos. Por más que el personaje fuera lo que en una conversación callejera española se definiría (probablemente con risotadas salaces) como un “guarro”. Uno que llegó a tener una colección apabullante de pornografía en su bien nutrida biblioteca y que, según dicen, fue un auténtico atleta sexual al que, quizás, un libro como el “Kama Sutra” que tradujo le podía parecer poco más que un manual de esos que ahora llaman “de autoayuda”.

Sin duda, este pequeño detalle (la recuperación de la vida de sir Richard Francis Burton incluso en una reedición anglosajona del “Kama Sutra” ) es toda una lección sobre cómo manejar la propia Historia y convertirla en un verdadero éxito.

Cosa que, por desgracia (con o sin edición de manuales como el “Kama Sutra”), la España de Ulloa, de Malaspina, de Bonechea, de Domingo Badía, de Manuel de Iradier… parece estar muy lejos, verdaderamente lejos, de conseguir.

O incluso peor: pues ese país parece incapaz siquiera de plantearse hacer algo así, cubierta como ésta esa sociedad de una espesa capa del peor provincianismo. La misma que sigue cubriendo a otra gran masa social española que pugna, desde hace décadas, por superar ese espantoso casticismo carpetovetónico. El mismo que, como diría ese gran filósofo que fue Groucho Marx, ha hundido a ese país -España, la España que vio nacer a Domingo Badía, el inspirador de sir Richard Francis Burton- en las más altas cotas de la miseria (tanto intelectual como material) durante, como mínimo, los últimos ochenta años.

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