Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
“La reina Victoria y Abdul”. Algunos comentarios sobre “Cine histórico”
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Carlos Rilova | 16-10-2017 | 11:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ya tenía decidido desde unas semanas atrás dedicar uno de estos correos de la Historia a la nueva película histórica de Stephen Frears -“La reina Victoria y Abdul”- que vuelve, una vez más, al Cine llamado “histórico” y esta vez con un toque menos teatral (al fin y al cabo esos son sus orígenes en el mundo de la escena) que en ocasiones anteriores. Como ocurrió con “Las amistades peligrosas” o “Mary Reilly”.

Conozco -bastante bien, creo- la escabrosa historia que se relata en esta película y que Frears, sin embargo, ha arrimado un tanto a una lectura más romántica que realista, condensando en pocos meses, incluso semanas, algo que se desarrolló, en realidad, entre 1887 y 1901.

Mi conocimiento, más o menos directo, del asunto venía de mi tesis doctoral. Ventajas, supongo, de que el tema de la misma fuera un hombre tan minucioso como el último embajador español que vio viva a la reina-emperatriz Victoria entre 1900 y 1901.

En efecto, Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas (de cuya muerte se cumplirán, pronto, cien años), un eminente victoriano donostiarra, estuvo destinado como ministro plenipotenciario en la embajada española de Londres a partir del año 1900. Entre otras cosas para paliar las consecuencias del mal llamado “Desastre del 98”, solicitando a Gran Bretaña (arbitro del Mundo en esas fechas) una justa reparación por los daños infligidos a España, por Estados Unidos, en las Antillas y en Asia.

El duque tenía la buena costumbre de apuntarlo todo. Y en el caso de su interesante embajada en el Londres de la reina Victoria, no hizo ninguna excepción.

Entre las muchas cosas de las que tomó nota -y transmitió pulcra y rápidamente a Madrid- se contaba la rapidez con la que la reina Victoria lo había convidado a Windsor y el disgusto de la reina-emperatriz porque la reina María Cristina no le había devuelto la visita que ella, Victoria, le había hecho a la corte de verano de San Sebastián…

En esos trances, el duque descubrió algo que, de algún modo aunque no completamente, queda reflejado en la película de Stepehen Frears.

A saber: que la mesa de Palacio estaba servida por exóticos criados hindúes…

Comprobando este hecho (como es de rigor en toda tesis doctoral) fue como descubrí el caso de uno de esos sirvientes que alcanzó un status privilegiado: el Munshi, que es de quien trata, precisamente, la película de Frears.

Sus avatares -los del Munshi- estaban bastante bien descritos en una completa biografía firmada por Philippe Alexandre y Béatrix de L´Aulnoit y titulada “Victoria (1819-1901). Reina y emperatriz”. El libro fue traducido y publicado por la editorial Edhasa en el año 2001.

Eso, ya de por sí, nos ofrece una referencia sobre el paseo histórico que nos da Frears en “La reina Victoria y Abdul”. Es decir: en esa película, que goza de una magnífica reconstrucción histórica y de un ritmo ágil y divertido (es más una comedia que un drama), no se ha descubierto un hecho injustamente olvidado que, supuestamente, habría permanecido oculto hasta el descubrimiento de los diarios personales del Munshi en 2010. Tan sólo se ha divulgado. Y tal vez ni siquiera eso, porque el analista -casi oficial- de la época victoriana, el descarado y escandaloso Lytton Strachey, ya lo había insinuado con mucha claridad en su, por otra parte, denostada biografía titulada “La reina Victoria”, que databa de 1921…

En efecto, como se ve -o se deja insinuado- en la película, la reina Victoria, tras la muerte de su amado rey consorte, Alberto, en 1861, a la temprana edad de 42 años, no volvió a casarse oficialmente, pero mantuvo devaneos con hombres considerados muy por debajo de su condición.

Es el caso de John Brown, uno de sus “ghillies”. Es decir, un montero de las Highlands, de su hacienda de Balmoral, que es una parte importante de los escenarios de “La reina Victoria y Abdul”, donde Frears desarrolla, una vez más, su talento para la comedia y el drama histórico.

Según Alexandre y De L´Aulnoit, parece que la reina que dio nombre a una de las épocas más reprimidas y represoras en cuestiones de índole sexual, no se aplicó a sí misma ese rasero. No se privó, desde luego, de una larga aventura con John Brown que, dicen, terminó en un matrimonio morganático. Y secreto… Aunque fuera un secreto a voces.

Frears da, desde luego, cumplida cuenta en “La reina Victoria y Abdul” de esa confesada debilidad de la reina Victoria por los “ghillies” y sus faldas cortas, que dejaban ver más anatomía masculina de la que era permisible en aquella encorsetada sociedad y que llevó a la reina a esa relación, ya convertida en Cine en el año 1997 en la película titulada “Su Majestad Mrs. Brown”.

Así, en “La reina Victoria y Abdul” la ya declinante Victoria, magníficamente interpretada, otra vez, por Judi Dench, se deleita (para desdicha de su abrumada corte) con repetidos bailes de las Highlands; interpretados por un incansable gaitero y un bien dispuesto “ghillie” físicamente muy parecido al ya desaparecido John Brown…

Donde la película ya flaquea más, es en considerar que la relación de Victoria con el Munshi pudo ser tan sólo platónica (como se subraya abundantemente en “La reina Victoria y Abdul”) o que éste fue violentamente despojado de sus cartas y recuerdos personales que, naturalmente, el futuro Eduardo VII (otra notable interpretación de esta película de Frears, a cargo en este caso de Eddie Izzard), consideraba altamente comprometedores para la Corona británica.

Según la biografía de Alexandre y De L´Aulnoit, a lo más que llegó “Bertie” -es decir, Eduardo VII- fue a chantajear a el Munshi diciéndole que le permitiría ver por última vez a la reina Victoria ya fallecida si le entregaba hasta el último de los papeles en los que se relataba la relación que éste, el Munshi, había tenido con la difunta reina-emperatriz.

Estos detalles nos indican, pues, hasta dónde llega, al parecer, esa mezcla entre ficción y hechos históricos en “La reina Victoria y Abdul”.

Una película, en cualquier caso, muy recomendable para introducirse en el sinuoso mundo de una de las cortes europeas del siglo XIX más poderosas (y que más fascinan aún nuestro imaginario colectivo).

Siempre, claro está, que se tenga en cuenta que, a veces, la realidad histórica supera toda ficción cinematográfica. Como podemos aprender gracias a biografías como la del duque de Mandas que, en compañía de su mujer, tuvo que disfrutar (varios años) la amabilidad del extravagante “Bertie”, que le dispensó el mismo trato de favor -como embajador- que su difunta madre. O la que Philippe Alexandre y Béatrix de L´Aulnoit dedicaron hace 16 años a esa reina-emperatriz llevada ahora a la pantalla por Frears en una versión un tanto personal…

 

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Historia de las palabras (y de la Moda): “jurar como un carretero” (A. D. 1800)
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Carlos Rilova | 09-10-2017 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

rowlandson-requisitos-para-er-un-hombre-a-la-moda-1814Como todas las expresiones que tienen, por lo menos, dos siglos a las espaldas ésta de la que voy a hablar hoy en este nuevo correo de la Historia, ha perdido ya todo su significado. Hasta para los historiadores. A menos que nos tomemos la molestia de indagar un poco en el tema

Y la verdad es que la cosa tiene su profundidad histórica. En efecto, para llegar a saber de dónde viene y qué significa esa expresión de “jurar como un carretero” tenemos que viajar, en el Tiempo y en el Espacio, hasta por lo menos la Inglaterra de las guerras napoleónicas, haciendo una larga parada en el rutilante Londres de la llamada “Regencia”.

Para entrar en ese complejo y sofisticado mundo uno de los mejores guías es el historiador británico J. B. Priestley. En su detallada obra sobre ese período histórico -“The prince of pleasure and his Regency”, imprescindible para comprender esa época- nos descubría detalles muy curiosos. Por ejemplo la verdadera locura del rey Jorge (poco que ver con la obra de teatro y la película que se basó en ella) y como ésta provocó la instauración de la Regencia al ser imposible ya que el monarca siguiera ostentando siquiera su simbólico poder.

La Inglaterra y, sobre todo, el Londres de esa época -la Regencia (“Regency” para los anglosajones, “Imperio” para los europeos continentales)- son los lugares en los que se desarrolla y vive una sociedad convulsa y agitada, que ve cómo se derrumban rápidamente las estructuras sociales, políticas y hasta económicas que, hasta la irrupción de la revolución francesa de 1789, se habían mantenido más o menos estables.

En efecto, en el Londres de, por ejemplo, 1810, ya nada es como podía haber sido en 1788. La vestimenta sobre todo, ha sufrido cambios alarmantes. Acaso el dato más frívolo pero, al mismo tiempo, más revelador para descubrir un verdadero cambio de época en una sociedad (como nos lo indicó Fernand Braudel en su monumental obra sobre la llamada “larga duración” en la Historia).

En efecto, los elegantes de Inglaterra, de la “City” londinense, visten en esa época ropas que hoy nos pueden parecer llenas de elegancia y magnificencia pero, en realidad, revelan una curiosa forma de casticismo equivalente a la moda del Majismo extendida entre la nobleza española de unos pocos años antes.

Así es, los caballeros londinenses e ingleses admirados por las heroínas de Jane Austen, con sus botas cortas y sus fracs ligeros, así como con sus chisteras, no quieren dar lecciones de aristocrática elegancia como sí lo pudieron pretender los petimetres de la época inmediatamente anterior; la llamada “georgiana”, que vendría a coincidir con la de la segunda mitad del siglo XVIII, previa al estallido revolucionario de 1789.

Nada de eso. Nada de elegancia de pelucas empolvadas, caras cubiertas de albayalde y arrebol y trajes completos de seda, satén, terciopelo y otras delicadas materias.

El dandy de la época Regencia aborrece de esos amaneramientos. Así es, el dandy londinense de la Regencia (o época napoleónica si lo preferimos), y de rechazo el del resto de aquella Europa convulsionada por la revolución plebeya de 1789, quiere parecer, en realidad, un cochero. Y no sólo en esa aproximación a la vestimenta. En sus maneras también quiere ser ese proletario elegante que es el cochero. Y para ello no duda en imitar sus rudas maneras revestido, además, con su indumentaria. Quiere aprender a pelear como un cochero, a beber como un cochero, a manejar su coche de caballos como un cochero, a jurar como un cochero (tanto vale decir un carretero) e incluso a escupir como un cochero…

El libro de J. B. Priestley nos dice que, en efecto, uno de los más conspicuos elegantes del Londres de la Regencia, el señor Akers, llegó a pagar la nada desdeñable suma de 50 guineas para que un conductor de la línea de diligencias Cambridge Telegraph le enseñase a escupir al estilo de los cocheros.

Priestley también nos cuenta que otros de mayor alcurnia, como sir John Lade y su mujer, amante en su día de un bandolero que acabó colgado en 1770, conducían sin intermediarios su propio coche de caballos (algo muy habitual en aquella Inglaterra con inclinación al plebeyismo) y comportándose del modo más soez que pueda imaginarse. A la altura, desde luego, de esos cocheros convertidos en objeto de imitación. Ella, nos dice Priestley, se destacaba aún más precisamente por jurar como una auténtica “cochera” (o “carretera” si así lo preferimos) en cuanto se le presentaba la ocasión de abrir la boca…

Naturalmente los humoristas gráficos de la época se hicieron eco de todo esto. Especialmente elocuente es la caricatura de Rowlandson del año 1814 que ilustra hoy este artículo y que él tituló “Tres requisitos para hacer un Hombre a la moda”. Uno de ellos era vestir como un cochero, otro aprender boxeo y, finalmente, hablar como un barriobajero de manera fluida…

Al menos dos cuadros de Goya nos indican que la nobleza española de la época tampoco fue, en absoluto, ajena, a esa moda que venía de Londres. Basta, desde luego, con comparar imágenes como la de Rowlandson con cuadros como el del Marqués de San Adrián del Museo de Navarra o el del duque de Osuna, en el Museo Bonnat de Bayona.

El parecido es, desde luego, sorprendente y muy a tener en cuenta antes de decir nada sobre el Majismo de esa nobleza española y sus trajes mal llamados “goyescos” identificados como tales, simplemente, por el uso de la redecilla para el pelo y la chaqueta corta conocida como “marselles”, obviando el amplio catálogo de atuendos españoles en boga en esa época que nos ofrece la obra de Goya. Perfectamente visible en estos dos altos aristócratas españoles que, paradójicamente, a imitación de sus pares británicos, también se empeñan en vestir como cocheros y, probablemente, en jurar como carreteros si era preciso…

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El “Barcelona Tea Party”. O poco que decir en una ocasión histórica
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Carlos Rilova | 02-10-2017 | 11:41| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este será un breve correo de la Historia. Realmente me planteaba dos alternativas para hoy. Por un lado, era la de no escribir nada sobre el famoso tema de la Independencia catalana que hoy, 2 de octubre de 2017, eclosiona en todo su esplendor como lo hizo en 1773 el “Boston Tea Party”, que dio el pistoletazo de salida para la ya inevitable independencia de Estados Unidos en 1776. Por otro lado, la otra alternativa, era hacer un comentario desde una perspectiva histórica de todo ese “Procés” que ha culminado, con un notable éxito (para los independentistas), ayer mismo. Pese a que, con todo, sólo siguen siendo menos de la mitad de los votantes catalanes…

Al final he decidido no hacer ni una cosa ni otra. Reflexionando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que, en el estado actual en el que se encuentra ese país llamado España, es absolutamente inútil analizar esa problemática desde un lugar llamado “el correo de la Historia”.

Me parece inútil decir nada, sí, porque el nivel del discurso en ese país respecto al “Procés” ha llegado al punto cero. Y es que la “intelligentsia” española homologada, esa con acceso a altavoces mediáticos que sólo resaltan su pequeñez intelectual todavía más, se ha descolgado con verdaderas joyas del pensamiento-basura sobre este tema y su enfoque histórico. Por ejemplo: ha habido quienes han dicho que los independentistas han engañado a los jóvenes catalanes, haciéndoles ver la bandera española vigente hoy día como una bandera franquista, cuando en realidad es la bandera de una democracia consolidada… Es difícil escoger entre reír de manera histérica, o llorar, ante tales declaraciones cuando muchas de las manifestaciones de la semana pasada en contra del “Procés” (y en contra de los catalanes, en general, sin matices) han estado jalonadas de participantes en ellas que pedían la absolución de neonazis declarados y exhibían banderas rojigualdas adornadas con el águila de San Juan, elegida como distintivo por la dictadura franquista…

A más y más, como dicen en Cataluña, cuesta mucho saber qué se ha hecho estos últimos 40 años de supuesta exitosa democracia y esplendor sin limites para prestigiar, otra vez, la vieja y sufrida bandera elegida en 1785 como distintivo de combate de la Marina española.

Yo no he visto (hasta anteayer por lo menos) ni novelas, ni películas, ni series de televisión “históricas” donde se prestigie ese símbolo o se le quite su carácter de patrimonio de los vencedores de la Guerra Civil, que tomaron como botín de guerra esa bandera y el resto del país y siguen funcionando con esa mentalidad aún hoy día.

Pero la cosa es aún peor. Pues sí. El nivel intelectual todavía ha caído más bajo respecto a estas cuestiones. En efecto, no han faltado en estas últimas semanas de acelerón del “Procés”, personajes que se han dedicado durante décadas a dejar la Historia de España como un bebedero de patos (inventándosela muchas veces sobre la marcha, escudándose tras el burladero de las “licencias literarias”) que ahora pretenden, nada más -ni nada menos-, que afirmar y hacernos creer -con unas dosis de desvergüenza difíciles de calibrar- que la culpa de que los catalanes consideren despreciable a España es “de todos”… Un  verdadero insulto a la inteligencia, cuando lo cierto es que, muchos de los incluidos gratuitamente en ese “todos”, hemos hecho lo indecible desde nuestra parcela del conocimiento para que eso no fuera así…

Ante tal panorama, es evidente, que es inútil decir algo, repetir una vez más, como ya se ha repetido desde el año 2012 en este correo de la Historia, que había que hacer pedagogía histórica, desmontar las falacias históricas del Independentismo catalán y responderlas con criterios de calidad y no con bazofia zarzuelera, que lo único que hacía era dar la razón y cargar de argumentos a los que ayer se apuntaron (como no podía ser de otro modo) un gran tanto en Cataluña, escenificando lo que su propaganda ha estado aventando por toda la sociedad catalana desde hace años…

Cuando se recupere la cordura en ese país llamado España, cuando se señale con el dedo a quienes han hecho verdaderas fortunas con esa papilla intelectual sobre la supuesta decadencia “histórica” española (que, lógicamente, no ha hecho sino engrosar las filas de quienes querían dejar de ser españoles), quizás sí será el momento de hablar, de ponerse a hacer algo serio -desde la Historia, lo mismo que desde otros ámbitos- para recuperar ese tejido social.

Degradado tanto por los demagogos independentistas de Barcelona, como por las demasiado abundantes cabezas huecas de Madrid, que han dejado hacer. O que incluso han ayudado a que eso ocurriera, al airear, día sí y día también, mandangas pseudointelectuales sobre un supuesto inevitable destino “histórico” de España, hecho de miseria, tiranía y derrota. Argumentos indignos hasta de los intelectuales palaciegos de uno de esos reinos centroeuropeos de opereta, como los imaginados por el inefable Anthony Hope…   O incluso del señor Oriol Junqueras, que, por cierto, es doctor en Historia, y como tal, ha sabido manejar con mano maestra todo esto… A diferencia de lo que ha ocurrido en Madrid y aledaños.

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Toda una sorpresa: la serie “Tiempos de guerra” y la Historia
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Carlos Rilova | 25-09-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

jose-sacristan-y-alicia-borrachero-en-una-escena-de-tiempos-de-guerraEl miércoles pasado una de las cadenas privadas españolas estrenó una serie de Televisión de esas que suelen calificarse como “históricas”. Ciertamente ese estreno televisivo de Antena 3 ha sido toda una sorpresa. Una grata sorpresa. En muchos aspectos.

Aparte de las cuestiones técnicas, resueltas con un despliegue de medios que, por desgracia, no es habitual en las series españolas (ni en las que tiene éxito de público, ni en las que no lo tienen), “Tiempos de guerra” parece ir a ser todo un acierto por lo que se refiere al tratamiento del marco histórico sobre el que se desarrolla.

Se trata, en concreto, de la llamada “Guerra de África”. Aunque esa denominación es un poco equívoca, porque España, desde el año 1492 hasta finales del siglo XX, ha tenido no una, sino muchas “Guerras de África”.

La de “Tiempos de guerra” es, para ser exactos, la iniciada a partir del año 1911. Llamada también “Guerra del Rif”. O segunda Guerra de Marruecos, para no confundirla con la primera y genuina. Es decir, la de 1859-1860.

La serie ha optado por situar la acción en el año 1921, durante el llamado “Desastre de Annual”. Es decir, más o menos en el ecuador de esa guerra que duraría hasta el año 1927 y pasaría por manos de varios gobiernos españoles. Incluida la Dictadura primorriverista, que la zanjaría de modo más o menos definitivo.

Desde ese punto de partida, “Tiempos de guerra” pica muy alto en el nivel que, tanto la productora como la cadena, parecen querer dar a este producto.

La ambientación, el tono, las interpretaciones (la banda sonora también) y, lo más importante, el enfoque histórico de la serie buscan -y consiguen la mayor parte del tiempo- dar la impresión de que se está viendo una de esas series británicas que marcan época. Como en su día “Arriba y Abajo” o, más recientemente, “Downton Abbey” que, por cierto, llegó a España (con considerable éxito) de mano de la misma Antena 3 que ahora sirve en las parrillas de programación “Tiempos de guerra”.

En efecto. Los trajes y vestidos de la alta sociedad madrileña de esos comienzos de la década de los veinte del siglo pasado, por ejemplo, apabullan en las primeras escenas del primer capítulo al mismo nivel que en las series británicas ya mencionadas.

Obviamente la cadena ha considerado que ese despliegue de medios no es un gasto, sino una inversión para potenciar el éxito probable de la serie según el comprobado método de otra de sus producciones que ha conocido un rotundo triunfo, pese a moverse en un espacio histórico más gris y también más inexacto, más ficticio. Como es el caso de la ya famosa “Velvet”.

Aparte de ese astuto detalle, en “Tiempos de guerra” se pueden ver barcos de época, camiones y coches de época, trenes de época (infinitamente más reales que los que estropeaban la, por otra parte, magnífica “Dunkerque”) y armas y combates muy realistas. Y el resultado, en conjunto, es magnífico. Pero, quizás, lo más magnífico, lo más sorprendente de “Tiempos de guerra”, es el enfoque histórico del guión.

En él se rompe con una inercia funesta en este tipo de productos, que toman alguna porción de la Historia española como escenario. En efecto, los protagonistas de “Tiempos de guerra” afrontan la Guerra del Rif con la misma normalidad con la que los de “Downton Abbey” afrontan la Primera Guerra Mundial. No, como suele ser habitual en las series españolas de este tipo, en la clave de desastre apocalíptico con la que, según parece, hay que rodear todo lo que tiene que ver con la Historia española año tras año, siglo tras siglo, época tras época…

Los protagonistas repiten, una y otra vez, que están en guerra, explican lo que ocurre, muestran los hechos tal cual, en toda su crudeza. Sin olvidar la conducta infame de muchos oficiales españoles que, efectivamente, (es sabido por las obras literarias de la época, escritas por testigos directos como Arturo Barea) se comportaron del modo en el que se ve en algunas escenas de “Tiempos de guerra”. E incluso peor.

Todo un signo de madurez, desde luego, a la hora de abordar la propia Historia que (como sabrán quienes leen este correo de la Historia con regularidad) se echaba muy en falta en el panorama de la ficción española. Ya sea cinematográfica, literaria…

“Tiempos de guerra” rompe, en efecto, con ese casticismo cutre y cuenta las cosas de esa guerra con sus luces y sombras, sin convertir la narración (como suele ser lamentablemente frecuente en ciertos autonombrados “gurús” mediáticos españoles) en un sermón apocalíptico sobre la supuesta “decadencia española” que de ser cierta, a estas alturas, habría convertido a España en una especie de Somalia europea…

En ese aspecto sólo se puede dar la bienvenida a esta manera de hacer las cosas. Obviamente no sé qué rumbo acabará por tomar la serie, pero desde luego sus primeros pasos van extraordinariamente bien encaminados.

Se echan a faltar cosas en ella, desde luego. Por ejemplo, el relato (dentro de la serie y en el documental posterior) de cómo España había conseguido ese Protectorado tras un arduo proceso diplomático, iniciado en el año 1900 con la misión de Fermín Lasala y Collado como embajador plenipotenciario español ante la corte de Londres.

Algo que, en realidad, sólo venía a culminar las ambiciones en la zona de esa potencia, sostenidas, siglo tras siglo, desde el 1500 en adelante, con guerras aún más crudas que esta del Rif que sirve de escenario a “Tiempos de guerra”. Como las sucesivas acciones de conquista en el llamado presidio de Orán desde el siglo XVI hasta mediados y finales del XVIII, o, como ya nos contó en su día José Montes Ramos, el más que frustrado asedio a la plaza de Ceuta entre el reinado del teóricamente inútil Carlos II de Habsburgo y el de Felipe V de Borbón, desde 1694 a nada menos que el año 1727.

Pero, quizás, es pedir demasiado a una serie que, al menos, para empezar, ha roto con muchos tópicos sobre una guerra impopular y desastrosa (tanto que provocó una dictadura y, finalmente, la caída de la monarquía de Alfonso XIII) pero que, en definitiva, fue la guerra de una potencia colonial europea que, como Alemania, Gran Bretaña, Francia…, trató de imponer (y lo consiguió) un dominio colonial sobre determinadas zonas de África que, en este caso, en el español, se mantuvo hasta mediados y finales del siglo XX en una especie de “U” que bajaba desde el Norte de África hasta el Golfo de Guinea. Zonas ya “marcadas” -por así decir- por los españoles desde la segunda mitad del siglo XIX como “patio trasero” imperial al estilo de la Gran Bretaña o la Francia de esas mismas fechas…

Gracias a “Tiempos de guerra” esa Historia de hombres blancos, hasta ahora cazurramente negada a derecha e izquierda en España (sólo para mayor insulto a los pueblos que sufrieron ese imperialismo español) por fin ha conseguido abrirse paso hasta el llamado “gran público”.

A eso sólo se puede decir que, desde luego, bienvenidos sean estos “Tiempos de guerra” con los que parece, por fin, vamos a superar tanto los complejos del absurdo cine fascistoide que insultó las pantallas españolas -por medio de la inefable CIFESA- desde 1940 en adelante, como ese palurdismo vagamente “progre” que se atrevía a negar, incluso, que España hubiese actuado como potencia colonial en los siglos XIX y XX. Algo que, como bien sabían los rifeños, los saharauís, los bubis, los krumanes… es absolutamente falso…

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El huracán Irma y un astrónomo vasco del 1800
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Carlos Rilova | 11-09-2017 | 11:38| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

jose-joaquin_ferrer-atribuido-a-goyaEsta semana pasada (y la que empieza) si ha habido algún protagonista absoluto de eso que llamamos “las Noticias”, ese ha sido el huracán Irma. Las devastaciones que ha causado han sido, como se suele decir, “carne de telediario”. Un contenido magnífico desde el punto de vista mediático.

Dejando aparte estas cuestiones para especialistas y otros gurús de eso que Marshall McLuhan definió como “los medios de comunicación de masas”, ese desgraciado salto a los famosos “diez minutos de fama” de una catástrofe natural como el Irma, me ha traído a la cabeza, con insistencia, el tema de este nuevo correo de la Historia.

Se trata de un personaje que, como buen científico español, ha caído prácticamente en ese olvido histórico selectivo del que ya hablaba la semana pasada. Su nombre era José Joaquín Ferrer y Cafranga. Nació en el año 1763 en el puerto de Pasajes, en la banda de San Juan, en territorio guipuzcoano, dentro de la misma generación que personajes tan ilustres y bien recordados como Napoleón.

Como ellos conoció un tiempo histórico muy agitado y no pudo evitar verse involucrado en acontecimientos que convulsionaron al mundo entero.

De hecho, esos sucesos determinaron su vida, convirtiéndolo en uno de los científicos más brillantes de comienzos del siglo XIX. A nivel, también, mundial

Así es. En el año 1780, cuando España entró en guerra contra Gran Bretaña y a favor de lo que, con el tiempo, serían los Estados Unidos, José Joaquín Ferrer, un joven de apenas 17 años en esas fechas, cayó prisionero de los británicos cuando se trasladaba a trabajar como agente en una factoría de lo que entonces era una colonia española y hoy es ese país tan maltrecho que conocemos como “Venezuela”.

La situación en la que se vio, no fue nada agradable.

En efecto. En breve se publicará un artículo firmado por el que estas líneas escribe, donde se detalla lo que supuso para el joven Ferrer caer prisionero y ser trasladado a los campos de internamiento británicos que, por aquel entonces, eran, entre otros, unos insalubres pabellones en la localidad de Winchester. En estos últimos no tardó en aparecer una fiebre epidémica que causó más víctimas que cualquier combate naval como el que terminó con la rendición de la flota en la que navegaba, rumbo a Venezuela, José Joaquín Ferrer.

Lo que nos cuentan sus escasos biógrafos (de hecho, sólo ha tenido uno, Antonio Alcalá Galiano, del que han/hemos bebido los demás escasos autores interesados por este astrónomo) dice que José Joaquín Ferrer escapó in extremis de ser uno más de los muchos de prisioneros que cayeron a causa de lo que el doctor Carmichael, el médico inglés que trató el tema (al menos en el depósito de Winchester), llamaba el “jail distemper”.

Esas circunstancias, como nos cuenta la biografía escrita por Alcalá Galiano, publicada en 1858 (y repetida y escasamente renovada hasta la fecha), marcaron el destino de Ferrer. Su padre, comisario de la Armada Real en Pasajes, consiguió que el comisionado que negociaba las condiciones de los prisioneros en Londres, sacase, bajo palabra, al muchacho de las cárceles inglesas y, es más, lo pusiese a aprovechar el tiempo para perfeccionar sus estudios.

Los perfeccionó tanto, al igual que su inglés, que, con el tiempo, acabada la guerra y aun en medio de la vorágine que causaron las siguientes (la de la Convención, la napoleónica…), se convirtió, nos dice Alcalá Galiano, en un astrónomo de renombre.

Toda su relativamente corta vida (moriría en el año 1818 de un ataque al corazón, mientras ejercía como capitular en el Ayuntamiento de Bilbao) la dedicó (aparte de a sus actividades como agente comercial) a establecer precisas observaciones astronómicas.

Esa actividad, en la época, tenía todavía un componente fuertemente práctico, a pesar de que se consideraba también una actividad filosófica (hoy diríamos “científica”). Es decir, un puro ejercicio intelectual para saber más por el mero hecho de saber más

Para Ferrer los cálculos eran importantes no sólo para saber más de eso que uno de sus admiradores (el astrónomo francés Laplace) llamó “Mecánica celeste”, sino también para elaborar mapas y cartas náuticas más precisas. El objetivo, claro está, era asegurar que los navíos que hicieron su fortuna personal, tuvieran más posibilidades de llegar a sus destinos con seguridad.

Mientras trabajaba en esos Estados Unidos por los que estuvo a punto de dar la vida, Ferrer, afincado como agente comercial en Nueva York, realizó un buen número de esos mapas. De hecho, nos dice -una vez más- Alcalá Galiano, la mayor parte de los mapas de la actual Costa Este de Estados Unidos se deben a él; reconociendo sus iguales norteamericanos, que, tras la muerte de David Rittenhouse (en 1796), no había en Estados Unidos más astrónomo digno de tal nombre que José Joaquín Ferrer…

Como tal astrónomo, por ejemplo, elaboró la base de los actuales mapas del estado de Ohio. Asimismo realizó cartas náuticas de la zona del Caribe actualmente devastada por Irma...

Esa labor fue reconocida por la American Philosophical Society de Filadelfia. El equivalente yankee de la Royal Society. Prestigiosa institución que también consideró y reconoció los méritos de Ferrer. Igualmente se le reconoció su mérito como cartógrafo, astrónomo, etc… en la Academia francesa. Precisamente en una visita que realizó requerido por figuras de la fama de Laplace, pudo ver la caída del primer imperio napoleónico que lo había mantenido en Cádiz durante la Guerra de Independencia española, desde donde pasó a Gran Bretaña para, a su vez, tratar con sus colegas de la Royal Society…

Esta, de manera resumida, fue la vida de José Joaquín Ferrer. Ahora que Irma, por desgracia, devasta Bermudas, Bahamas y otras partes del Caribe que él cartografió, me ha parecido una buena ocasión para que lo recordemos. Quizás no sea el momento apropiado, puede que opinen algunos. Pero, ¿cuál lo sería entonces? ¿Qué justificaría ayudar también ahora a ese eclipse (casi total, salvo por firmas como las de Carlos Clavería, Aitor Andueza…) de ese astrónomo guipuzcoano reconocido a nivel mundial allá por el 1800?

 

 

  1. B. : El correo de la Historia no se renovará, por vacaciones, hasta el lunes 25 de septiembre.

 

 

 

 

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