Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Un mito histórico perdurable: la “guerrilla” española (1808-2018)
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Carlos Rilova | 15-01-2018 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

albert-uriet-para-el-napoleon-de-louis-bertrand-mame-et-fils-circa-1930-2Como todas las semanas, me ha costado casi cinco días dar con un tema con el que llenar estas páginas una vez más.

La inspiración esta vez me cogió, también una vez más, trabajando. Andaba revisando expedientes en un archivo, cuando de repente di con una de esas vidas de novela que, sin embargo, son absolutamente reales. Tal y como lo atestiguan documentos como esos. Donde uno se encuentra de todo. Desde hojas de servicio militar, hasta correspondencia familiar, pasando por cartas de personajes ilustres y bien conocidos que, sin embargo, se estaban limitando -cuando redactaban esas misivas- a actuar como personas comunes y corrientes que ni siquiera sabían si pasarían a la posteridad.

Me llamó la atención que el protagonista de este expediente, un alto mando del Ejército patriota que luchaba en el Norte de España entre 1808 y 1814, fuera definido como “guerrillero” por la posteridad que fichó su expediente para archivarlo…

Así, cuanto más me adentró en ese continente histórico que son las guerras napoleónicas (un lugar en el que perderse de por vida), me queda cada vez más claro que, en el campo de la Historia, cosas absolutamente irreales, acaban con mucha frecuencia convirtiéndose -a medida que pasan los años- en una especie de verdades absolutas que es muy difícil desalojar de la imaginación colectiva.

Este es el caso de estos supuestos “guerrilleros” españoles, que habrían luchado contra el mejor Ejército del Mundo entre la primera y segunda década del siglo XIX (el napoleónico) y, así, inconcusa y sorprendentemente, lo habrían derrotado.

Sé que no es la primera vez que hablo aquí (y en otros lugares) de este tema. Y probablemente ésta tampoco será la última. Pero es que, cada poco tiempo, parece que sea necesario volver a hablar del tema. A negar que los “guerrilleros” fueron los que derrotaron a Napoleón en España.

Esas más que menos imaginarias guerrillas, pudieron existir, a lo sumo, durante un par de años después de que se declarase la guerra entre Napoleón y la Regencia española. Esa institución que se negaba a reconocer las abdicaciones de Bayona y aglutinó en torno a ella al resto de ciudadanos que también se negaban a aceptar -por distintas razones- ese cambio de dinastía en España.

Para el año 1810, la mayoría de esas unidades irregulares, esas guerrillas, han descubierto varias cosas. Lo primero que, con o sin patente de corso terrestre expedida por la Regencia y otras autoridades patriotas, son unidades inoperantes desde el punto de vista militar. Uno de los primeros en darse cuenta, fue el célebre Gaspar de Jauregui. El pastor que llegaría a mariscal, como lo describió el padre Lasa, uno de sus biógrafos.

En 1810 Jauregui y sus escasos guerrilleros constatan, por escrito (quedando así también conservado en un archivo), que su pequeño grupo, operando en las montañas entre Guipúzcoa y Navarra, no está consiguiendo desgastar, de manera eficaz, a las tropas napoleónicas que tienen ocupado lo mejor de ese territorio.

Esa sensación es la misma que tienen la Regencia y demás cabezas pensantes que tratan de coordinar la resistencia contra la invasión napoleónica. Así, en 1810, se hace preciso reorganizar todas esas unidades surgidas de manera improvisada, dotarlas de uniformidad, de oficialidad profesional bien entrenada, de armas regulares, de munición, de banderas y hasta de bandas de música como las que solían tener los regimientos más antiguos. En definitiva: esas autoridades constataban en 1810 que, para vencer al que, en efecto, era, en 1808, el mejor Ejército del Mundo, se hacía preciso tener un Ejército aún mejor.

Eso es lo que ocurrió en España a partir de 1810, e incluso antes en algunos casos. Como el de la División navarra de Mina, que fue la que salvó de la catástrofe táctica al disperso y reducido grupo de Jauregui.

A partir de 1810 ya no hay guerrilleros. Hay regimientos de voluntarios integrados en grandes cuerpos de Ejército dirigidos por militares profesionales y sujetos a un Estado Mayor, que imparte órdenes y coordina sus movimientos.

Quienes no se han atenido a esos cambios, son considerados como lo que en realidad eran la mayoría de ellos: simples bandoleros que habían aprovechado la confusión de la guerra para medrar, atacando, por igual, a población civil indefensa como a convoyes enemigos.

Sí, los “guerrilleros” jamás derrotaron a nadie en la España de 1808 a 1814. La derrota de Napoleón, no se debió a grupos de retrógrados y atávicos nativos españoles dirigidos por curas y monjes fanáticos, como gustan de repetir algunas malas novelas.

Sin dejar caer en el olvido que una parte sustancial del partido patriota, que lucha contra el invasor francés, es sumamente reaccionario (como lo puede ser en esas fechas una parte de la población francesa o prusiana, por sólo citar dos ejemplos) la derrota de Napoleón en España, fue obra de estructuras militares muy consolidadas, dotadas de apoyo marítimo, redes de información (o espionaje, si se prefiere) muy sofisticadas, servicios jurídicos, servicios de Sanidad, y, por supuesto, correos. Encargados de llevar por la posta militar (bajo el membrete de “Servicio Real”) las órdenes emanadas de los distintos estados mayores.

Esas tropas regulares en las que se convierten los primeros voluntarios de junio de 1808, son las que, en realidad, derrotaron a Napoleón. Eran una formidable maquinaria militar, coordinada con los ejércitos portugués y británico que, como el español, tuvieron que renovarse o morir, aplicando tácticas nuevas que pudieran derrotar al genio militar de Napoleón y a la poderosa Francia que él representaba.

A ese respecto, la gran aportación de los mitificados “guerrilleros” fue la de dotar a los regimientos regulares en los que se convirtieron -como los del Séptimo Ejército que operaba en el Norte de España- las tácticas propias de esa lucha de primera hora, reducida a emboscadas y golpes de mano.

En efecto, la combinación del combate de línea (grandes unidades de Infantería desplegadas en batallas campales) con el combate de guerrilleros o cazadores, formando a los hombres de manera dispersa, diezmando desde posiciones protegidas a los oficiales y soldados enemigos, fue lo que desarboló el dispositivo napoleónico en España. Minado lentamente por estas unidades versátiles, capaces de replegarse con rapidez, dotadas de una gran movilidad que, combinada con el apoyo logístico británico y la dirección civil y militar de un Gobierno consolidado en Cádiz, acabarán por descoyuntar el eje central del que dependía el fracaso o el éxito de los planes imperiales de Napoleón.

Hoy, una vez más, lo vuelvo a decir. Como ya lo han dicho libros de Historia convenientemente puestos al día, como los firmados por Ronald Fraser, Charles Esdaile o Miguel-Anxo Murado. O incluso algunas novelas históricas, como las firmadas por José Luis Corral.

A partir de aquí, ¿cuántas veces más habrá que repetir que, por ejemplo, los tenientes coroneles de la División de Longa jamás deben ser confundidos con “guerrilleros”, sino ser descritos como militares regulares de la época napoleónica?

El tiempo nos lo dirá.

 

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Palabras con Historia: “lo dije para mi coleto”
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Carlos Rilova | 08-01-2018 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

pedro-saenz-de-izquierdoEsta semana aprovecharé este nuevo correo de la Historia para tratar de un tema que ya ha ocupado este espacio en diversas ediciones. Es decir: el de explicar, en la medida de lo posible, el significado de expresiones que se siguen utilizando después de haber perdido su sentido original. Como, por ejemplo, “a palo seco”. O la que nos ocupa en este caso.

Esta expresión, mucho más olvidada que otras como la citada de “a palo seco”, está relegada casi a la esfera de los cultismos. Por otra parte, tiene al menos dos formas de conjugarse. Una es la que he puesto en el título, “lo dije para mi coleto”. Otra, más usual, sería “echárselo al coleto”.

Tanto en un caso como en otro, la clave, histórica, de esa expresión estaría en la palabra “coleto”.

El coleto no tiene nada que ver con el nombre popular de alguna parte del estómago humano. Como podría pensarse al oír la expresión “echárselo al coleto”.

Habrá, pues, que explicarlo. Al menos para quienes no son seguidores de las aventuras literarias de cierto apócrifo capitán español de comienzos de la época de Felipe IV, que ya saben que el coleto, era, en realidad, una prenda de vestir sumamente popular durante el siglo XVII y cuyo uso persistió, en algunos casos, hasta entrado el XIX.

Se trataba, en su origen diecisetesco, de lo que hoy consideraríamos un chaleco antitrauma y antibalas. Todo en uno.

En distintas variantes, el coleto era utilizado por soldados y oficiales a lo largo del siglo XVII para proteger el torso y las piernas hasta, más o menos, las rodillas según algunos modelos. Por lo general era una prenda sin mangas, aunque en la zona de los hombros podía llevar un par de refuerzos que cubrían parte de esa zona de los brazos.

Se elaboraba en piel de distintas calidades, endurecida por diferentes procedimientos, aunque permitiéndole mantener cierta flexibilidad que el cuero cocido -convertido así en coraza- ya no tenía.

Lo que se pedía a esa prenda militar era precisamente eso: flexibilidad y resistencia.

El objetivo final del coleto exigía que así fuera.

Por un lado, tenía que permitir al que lo llevaba, libertad de movimientos. Toda la necesaria, al menos, para un campo de batalla donde la lucha cuerpo a cuerpo, con arma blanca, era más habitual que en las guerras actuales.

Por otro lado, el coleto debía ser resistente porque su objetivo era proteger las partes más vitales de quien lo llevaba puesto. Esa protección debía ser contra estocadas y puñaladas. Pero también contra lo que la documentación de la época llamaba “balas cansadas”.

Este es un interesante problema de Balística. La “bala cansada” era un proyectil que había perdido la mayor parte del impulso que le había comunicado la pólvora prensada en el cañón de un mosquete o de una pistola. Normalmente la bala se “cansaba” -en el caso de un mosquete- a unos 80 metros, pues el máximo alcance efectivo de esas armas no solía superar los 100.

A partir de ahí, la bala perdía empuje y entraba en juego el coleto. Actuando como una especie de guante de béisbol, recogía el impacto suavizado de la bala impidiendo que hiriera, aunque fuera superficialmente, al hombre que lo vestía.

Esta era, pues, la función de los coletos. El hecho de que haya sobrevivido esta palabra en el habla común hasta hoy día, donde tejidos artificiales como el kévlar han dejado obsoleto ese viejo chaleco de piel endurecida, significa que era una prenda popular y bien querida.

Nada de que extrañarse, teniendo en cuenta que podía librar a su dueño de la muerte. O de heridas más o menos graves que, en muchas ocasiones, acababan también llevando a la tumba al que las recibía, dada la precariedad de los medios de curación de la época.

Echarse algo al coleto o hablar sólo para que te escuche tu propio coleto, revelan, evidentemente, que esa prenda era algo que transmitía seguridad y confort a quien la llevaba y que, de hecho, era algo tan fiable como para confiarle incluso los propios secretos.

Con el tiempo el coleto cayó en desuso a lo largo del siglo XVIII. Y eso a pesar de que las tácticas de combate no variaron demasiado durante esos años con respecto a la centuria anterior. Parece evidente que la vanidad, la Estética y la Moda tuvieron algo que ver en esto, porque el llamado “Siglo de las Luces” fue, en su primera mitad, uno de los que contó con más retratos de personajes importantes vestidos con armadura metálica. Un artefacto que podía considerarse aún más obsoleto e inútil, en el campo de batalla, que el coleto.

Que se sepa el uso de prendas iguales o parecidas al coleto diecisetesco, sólo persistió en unidades militares muy concretas. Por ejemplo, durante la segunda mitad del siglo XVIII entre los dragones españoles que combatían en la frontera americana más septentrional del Imperio, donde la Corte de Madrid entraba en conflicto con las naciones apache y comanche. Un uniforme, el de esos “dragones de cuera” españoles, que la República mexicana mantuvo hasta la primera mitad del siglo XIX sin apenas cambios.

Si han visto alguna de las películas del Zorro, en sus múltiples versiones, ya han visto la mayor parte de ese uniforme de los dragones de cuera: es el que llevan los soldados mexicanos que se baten -tan denodada como inútilmente- con el siempre triunfante Zorro.

En el Ejército británico, persistió hasta 1961 un regimiento, el Royal East Kent (hoy refundido con otros en el Princess of Wales´s Royal regiment), cuyo sobrenombre (los “Buffs”) -y parte del uniforme- recordaba el uso de esa prenda entre sus hombres durante el siglo XVII.

Posteriormente, en la versión para el Cine del magnífico relato de Kipling “El hombre que pudo reinar”, los dos aventureros protagonistas de esta fábula moral sobre el Imperialismo, rendían un homenaje a esta prenda. Vistiéndola sobre sus uniformes británicos de época victoriana desde el momento en el que se los ponían para hacer más oficial la conquista del casi mítico Kafiristán y lo que estuviera más allá.

Es en ese punto donde, de momento, se detiene la Historia de esa prenda que se ganó la confianza de muchos. Tanto como para guardar dentro de ella pertenencias muy apreciadas y así convertirse en protagonista de expresiones que indicaban que un coleto era un lugar seguro para guardar algo de valor. Como, por ejemplo, un secreto…

 

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Año Nuevo, Historia nueva. Las efemérides históricas de 2018
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Carlos Rilova | 01-01-2018 | 12:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

mayo-del-68-uno-de-los-primeros-estudios-publicado-hace-50-anos-la-coleccion-redingSe acaba 2017 y empieza, hoy mismo, 2018. Este nuevo año, que esperamos sea aún mejor que el anterior, viene cargado de efemérides históricas.

Yo, al menos, he apuntado tres en el calendario. La primera sería a partir del 2 de mayo de 2018.

Justo en esa fecha, se cumplen 50 años del famoso “Mayo del 68”. Todo un cataclismo político y cultural que, aun acabado en revolución fracasada, encendió la espoleta de los cambios que dan forma a nuestra realidad cotidiana.

La imaginación no llegó al poder, tal y como pretendía aquel abigarrado conglomerado de estudiantes universitarios y activistas políticos de izquierda y extrema izquierda (tan extrema que convergía con el Totalitarismo de corte maoísta) que asaltaron las calles y las aulas ese 2 de mayo de hace cincuenta años.

Sin embargo, desde esos momentos empezó a ser normal, por ejemplo, que las mujeres llevasen pantalones, pudiesen acceder a toda clase puestos de responsabilidad y participasen, de igual a igual con los hombres, en todos los ámbitos de la vida social. Abriendo aún más la brecha que ya se llevaba abriendo desde finales del siglo XIX en el estado habitual de subordinación de la condición femenina.

También empezó a ser normal desde ese “Mayo del 68” toda una serie de libertades personales que hoy se dan por supuestas. Por mucho que estén a veces cuestionadas -o seriamente amenazadas- desde 1980. Cuando llega la reacción neoconservadora que hoy, todavía, amarga la vida de muchos millones de personas y se levantó como un muro contra esa tormenta liberalizadora y libertaria que fue aquel mayo de 1968.

Si es posible, en tal fecha, el 2 de mayo de 2018, algo haremos por recordarlo porque esa revolución mundial, que no se limitó a París, merece ser recordada a pesar de que no terminó de asaltar los cielos y de que muchos incendiarios fruto de esas jornadas salieron convertidos de ellas -en poco más de veinte años- en jefes y activos colaboradores de distintos departamentos de bomberos políticos dedicados a sofocar y moderar el mismo fuego que ellos habían encendido en 1968.

La siguiente efemérides histórica de este nuevo año se solapa con esta otra. A pesar de que un acontecimiento histórico (el Mayo francés del 68) y este otro estuvieron separados por 150 años.

Se trata del bicentenario de la muerte del astrónomo José Joaquín Ferrer y Cafranga, del que ya he hablado más de una vez en anteriores correos de la Historia.

José Joaquín Ferrer murió un 18 de mayo de 1818, siendo concejal (o el equivalente de la época) del Ayuntamiento de Bilbao.

El 18 de mayo de 2018 será, pues, una muy buena ocasión para recordar esta figura olvidada, sencillamente, porque la Historia de la Ciencia en España corre aún peor suerte que la Historia (como Ciencia) en general. Es decir, se considera que se le debe prestar poca o más bien ninguna atención, con consecuencias que, evidentemente, no hacen sino agrandar la distancia que nos separa de esos famosos “países de nuestro entorno” a los que queremos parecernos, pero sin poner los medios necesarios… En este caso desarrollar un modelo de Ciencia integral, donde las Humanidades o la Filosofía son tan esenciales como la Física y las Matemáticas avanzadas. Un detalle éste que sólo puede ser pasado por alto en economías y sociedades semifeudales, abducidas por el fetiche desarrollista. Como lleva ocurriendo en España desde los años sesenta del siglo pasado.

Razones más que de peso para, por supuesto, no dejar pasar por alto la efemérides del bicentenario de la muerte de un astrónomo de primer orden como José Joaquín Ferrer. Al que, sólo para empezar, los Estados Unidos de Norteamérica deben hoy gran parte de los cimientos de su Cartografía y la “Mecánica Celeste” de Pierre-Simon Laplace -un cimiento básico de la actual Astronomía- buena parte de su éxito.

La última efeméride del 2018, será en noviembre. El 11 de ese mes del año 1918, el Ejército alemán reconocía que debía poner fin a las hostilidades que, entre agosto de 1914 y ese año 1918, dieron lugar a lo que luego, en los libros de Historia, fue llamado “Primera Guerra Mundial”.

Seguramente habrá numerosas celebraciones (o conmemoraciones) a nivel mundial.

Para esas fechas, 11 de noviembre de 1918, la “Gran Guerra” afectaba ya a  millones de personas y a la mayor parte de las principales potencias mundiales y sus colonias. Lo cual había convertido a esa guerra en realmente mundial.

El número de ciudadanos de países neutrales que participó en el conflicto, está aún por determinar. Especialmente en las latitudes al Sur de los Pirineos (una vez más chocamos aquí con los déficits de formación e investigación tan habituales en esas regiones).  Lo que sí está bastante claro es que unos cuantos guipuzcoanos se jugaron la vida en esa “Gran Guerra” y esa efemérides, la del 11 de noviembre de 2018, es también suya y debería recordarse cómo se enrolaron voluntarios en el Ejército francés, cómo vistieron el famoso uniforme “bleu horizon” y, después, ya vestidos con él, asaltaron alambradas y pasaron entre cortinas de fuego de obús y ráfagas de ametralladora hasta derrotar a las legiones del káiser Guillermo II. Ese mismo personaje que, desde ese 11 de noviembre de 1918, dejaba de ser emperador para convertirse en un monarca exilado en Holanda. Desde donde, por cierto, vio con benevolentes ojos y favorable actitud cómo en Alemania se consolidaba la llamada “Peste parda”. Ese Fascismo alemán que acarrearía una segunda guerra mundial, tan devastadora como la que él había provocado en 1914.

Con estas perspectivas históricas, pues, comienza este año 2018. De ellas, esperemos, habrá que dar buena cuenta en los 365 días que empezamos a contar desde hoy mismo.

 

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El “Día del Niño Jesús”. Guerra de Secesión, películas históricas y otras reflexiones
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Carlos Rilova | 25-12-2017 | 12:35| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como este lunes coincide justo con el día de Navidad, supongo que es casi obligado hablar del tema de esa fiesta cristiana desde un punto de vista histórico. Un punto de partida casi imposible de evitar para este nuevo correo de la Historia. Más aún si tenemos en cuenta que el contencioso catalán no ha revelado ninguna sorpresa este 21 de diciembre pasado. Es decir: tal y como estaba previsto, más de tres décadas de desidia por parte de los gobiernos “de Madrid” en tratar de crear tejido nacionalizador, han dado lugar a un serio aviso respecto a la endeblez de eso que se ha dado en llamar ahora “régimen del 78”.

No hay mucho más que decir, pues, con respecto a esa cuestión que, por lo que toca al negocio de la Historia, sólo viene a demostrar que, quienes creen que es un gasto inútil fomentar y difundir la investigación histórica o reducirla a la irrelevancia social absoluta en cerrados cenáculos académicos, se han equivocado. Estrepitosamente.

Por eso vamos a dejar esta cuestión y centrarnos en un episodio histórico relacionado con la fecha de Navidad.

La escena de la que partiremos es fácil de encontrar. Se trata de una de las escenas medias de una película de Edward Zwick, “Tiempos de Gloria”, que, acaso, será una de las mejores que se han rodado sobre esa Guerra de Secesión norteamericana que es, casi, un subgénero propio en Hollywood desde los tiempos del Cine mudo.

En ella se ve la llegada de los soldados de la Unión a territorio confederado. En él, el regimiento protagonista, el 54 de voluntarios de Massachusetts, formado por soldados negros, se encuentra con otro regimiento formado por antiguos esclavos.

El choque cultural entre esos dos regimientos es brutal. Por un lado el regimiento de antiguos esclavos recién liberados, pese a sus elegantes uniformes de estilo Segundo Imperio, está formado por hombres absolutamente degradados por la Esclavitud.

Apenas saben hablar y, de hecho, el sargento del 54 de Massachusetts, solventemente interpretado (como siempre) por Morgan Freeman, antiguo esclavo él mismo, tiene que traducir lo que dicen los libertos, en un inglés macarrónico, a sus compañeros más educados y que, de hecho, han nacido en el Norte ya libres y, en muchos casos, tienen un alto nivel de instrucción académica.

Una de las expresiones que el personaje interpretado por Morgan Freeman debe traducir, es “Día del Niño Jesús”. Es lo que responde uno de los libertos cuando el sargento del 54 les pregunta si les va bien siendo ahora soldados de la Unión. El liberto dice que sí, que desde que están en el Ejército de la Unión “todos los días, son como el Día del Niño Jesús”.

Cuando el cabo del 54 pregunta al personaje de Freeman qué quieren decir los libertos con eso, éste responde que con “Día del Niño Jesús” se refieren al día de Navidad.

El corolario que se saca de eso es que los esclavos vivían maltratados, infralimentados… salvo en grandes ocasiones como la de ese “Día del Niño Jesús”.

El modo en el que narra estas cuestiones Zwick es bastante correcto desde el punto de vista histórico. Hay tanto fuentes directas como estudios históricos, que demuestran que los esclavos de las plantaciones sureñas de Estados Unidos, llevaban existencias degradantes. En contra de lo que se pudiera deducir de imágenes edulcoradas y paternalistas más propias de otro Cine más pacato sobre el tema (caso, por ejemplo, de la famosa “Lo que el viento se llevó”, un clásico del Cine “de Navidad”, por cierto) o directamente militante… a favor de la causa confederada, como la repelente obra maestra de D. W. Griffith, “El nacimiento de una nación”.

Memorias de antiguos esclavos como Frederick Douglass (él mismo un impresionante personaje secundario de “Tiempos de Gloria”) confirman el maltrato sistemático recibido por la mayor parte de los esclavos sureños. Lo mismo corroboran estudios históricos ya mencionados en anteriores correos de la Historia, como los del historiador Herbert Aptheker.

Se trataba de un sistema degradante, como denunciaba Douglass, tanto para el amo como para el esclavo. Sin embargo, como se ve en la película de Zwick, ese sistema no tenía límites y, de hecho, tampoco tenía reparo en utilizar el adoctrinamiento religioso en tradiciones cristianas como la Navidad a fin de someter mejor a esa fuerza de trabajo esclavizada. Una actitud basada, al parecer, en una atroz ignorancia, casi congénita entre esos amos de esclavos. Como se escenifica por parte del coronel al mando de ese regimiento de libertos. Un “cooperhead” (es decir, un sureño que, sin embargo, lucha del lado de la Unión) que declara al joven coronel del 54, Robert Gould Shaw, ideas sobre la Biblia tan estrambóticas como que Dios barrió de la existencia a los judíos del Antiguo Testamento (¡!) y que confiesa un absoluto desprecio por los esclavos liberados, considerándolos monos pequeños, a los que hay que permitir toda clase de excesos. Siempre y cuando no se atrevan a poner las manos encima de una mujer blanca, rompiendo así con otro de los tabués más asentados en la sociedad esclavista sureña.

Hoy dia de Navidad, creo que no es un mal momento para reflexionar, aunque sea un par de minutos, sobre estas escenas que Zwick pone en acción en su película acerca de esos esclavos que se sienten en el Ejército de la Unión como si “todos los días fueran el Día del Niño Jesús”. Principalmente, además, porque los hechos de esa película son, en su mayor parte, rigurosamente históricos. Basados en las cartas que el coronel del 54 de Massachusetts, Robert Gould Shaw, enviaba a su madre, a su mujer y a otros familiares y amigos contándoles lo que iba descubriendo a medida que las tropas unionistas derrotaban a la Confederación y marchaban hacia el corazón de los estados esclavistas…

 

 

 

 

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Cincuenta años de Historia de San Sebastián (1967-2017)
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Carlos Rilova | 18-12-2017 | 12:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El viernes pasado se cumplían cincuenta años (medio siglo, aunque se diga pronto) de una publicación que ha sido calificada como de extraordinaria en el conjunto de España.

Se trataba, y se trata, del “Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián”. Esta revista de Historia es el resultado, en buena medida, de varias afortunadas circunstancias.

Sin seguir un orden preciso en la importancia de esos factores, se podría decir, por antigüedad, que la primera fue la voluntad de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, renacida a mediados del siglo XX desde sus cenizas dieciochescas y decimonónicas, de seguir impulsando, al menos en parte, aquello para lo que la había fundado el Conde de Peñaflorida en plena efervescencia de la Europa del Siglo de las Luces, allá en el año 1765.

Es decir: fomentar, impulsar y dar a conocer descubrimientos científicos. En este caso del que tratamos, en el campo de la Historia.

La otra afortunada circunstancia, fue el empeño personal de varias destacadas personalidades de la Cultura guipuzcoana de aquellos tiempos -algo menos grises ya que los de la posguerra civil y europea- para sacar adelante esa revista que pretendía, nada menos, que reconstruir la Historia de una ciudad -importante dentro de la historia europea- que, sin embargo, había perdido sus ricos archivos municipales en el incendio provocado por una de las más crueles batallas de las guerras napoleónicas, un 31 de agosto de 1813.

El nombre de José Ignacio Tellechea Idigoras, destaca en ese grupo, pues él, como se recordó este viernes en la sala Ruíz Balerdi de Tabakalera (donde se presentó el volumen 50 del Boletín) cargó con esa responsabilidad hasta el año de su muerte en 2008, siendo reemplazado, hasta hoy y con notable éxito, por la profesora Rosa Ayerbe.

Finalmente, last but not least, el Ayuntamiento donostiarra y lo que entonces era sólo la Caja de Ahorros Municipal (hoy convertida en Kutxabank) facilitaron lo más importante a ese proyecto. Es decir, los medios políticos y económicos para que pudiera ponerse en marcha.

Así, desde 1967, han pasado 50 años en los que esa publicación ha cumplido, y de lejos, con la función para la que nació.

Es decir, reconstruir el complejo puzzle de la Historia de una ciudad que -lo comprobamos cada año que pasa y se publica un nuevo número del Boletín- ha tenido un papel relevante en la larga, complicada y rica Historia europea que, por suerte o por desgracia, ha sido la del resto del Mundo desde el año 1492…

De eso queda constancia en la publicación especial que acompañó a la presentación de este número 50 del Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián. La monografía titulada “El “Grupo Doctor Camino”. 50 años de historia donostiarra”, firmada por Juan Aguirre Sorondo, eminente periodista y editor donostiarra.

Ahí está esa Historia de los historiadores que hicieron posible este proyecto que, hace 50 años, bien podía haber parecido imposible.

Por lo demás, en este volumen número 50 de esa revista de Historia donostiarra (y, por lo tanto, universal) se da la circunstancia de que de los seis estudios que se publican en este número tan especial, cuatro de ellos van firmados por tres socios de la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”.

El abanico temporal y temático de los seis estudios publicados en este cincuentenario del “Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián”, no puede (ni debería) dejar indiferente a nadie. A nadie, al menos, que tenga un mínimo interés por la Historia.

El primero de los trabajos es del profesor Álvaro Aragón Ruano, uno de los fundadores de la Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu”, y trata de un tema que no sólo atañe al pasado de San Sebastián o del País Vasco, sino al futuro global. Es decir, la evolución del clima en época histórica. Algo de lo que sacar conclusiones, sin duda valiosas, de cara a afrontar ese problema a escala planetaria del siglo XXI.

En el caso de este trabajo de Álvaro Aragón, se trata de lo ocurrido fundamentalmente en territorio guipuzcoano durante el siglo XVI y parte del XVII. Una iniciativa investigadora que me resulta especialmente satisfactoria, al ver como con él se da continuidad a otros estudios históricos sobre el clima en esa zona.

Alguno de ellos, incluso, firmado por el que estas líneas escribe, como podrán leer, si quieren, en http://www.divulgameteo.es/uploads/Dilema-Galileo.pdf.

El estudio que sigue a éste, no es menos interesante y, además, gracias a la buena mano literaria de su autor, el profesor Pedro Berriochoa, resulta verdaderamente fácil de leer. Como no podía ser menos en el caso de un trabajo que se ocupa de ese subgénero literario tan interesante como lo son los relatos de viaje. En este caso, claro está, el destino del viaje es un San Sebastián descrito con minuciosidad gracias a esos testimonios de estos “curiosos impertinentes”. Relatos que van desde el prestigioso geógrafo romántico Humboldt, hasta unos incisivos personajes dieciochescos como el cónsul inglés destinado a finales del siglo XVII a San Sebastián o el fogueado canónigo Ordoñez que ve, conoce y describe la ciudad a mediados del siglo siguiente.

Después viene el que estas líneas escribe casi todos los lunes. No me extenderé mucho en lo que yo cuento en mi primer estudio de ese volumen 50 del Boletín. Ya he hablado de esas cuestiones por aquí este año, adelantando algo el contenido de “La nueva buena causa”, que así se titula mi primer artículo en el BEHSS nº 50, y se dedica a redescubrir algo absolutamente lógico: que la Gran Bretaña del siglo XVIII tenía un interés también muy lógico en una costa como la guipuzcoana de esa época, siendo la cabeza de playa que le quedaba más mano en sus sucesivas guerras contra la España de aquella época. Circunstancia que generó bastante Historia, por más que hasta este BEHSS nº 50 hayamos desconocido esos episodios que lo son, también, de la Europa del siglo XVIII.

Tras este trabajo mío, aparece en el Boletín número 50 un caso detectivesco que nos cuenta otra faceta de San Sebastián pocos años antes de que estalle la Guerra de Independencia de Estados Unidos. En este caso, lejos del ruido de las armas, el doctor y archivero Antonio Prada Santamaría, otro socio de “Miguel de Aranburu”, nos cuenta cómo se vivía intramuros de uno de los conventos de San Sebastián, donde el tiempo y la Historia se detenían para sus profesas. Aunque no del todo. Como bien lo demuestra este trabajo de Antonio Prada Santamaría…

Tras ese paréntesis dieciochesco, es el autor de este correo de la Historia el que regresa ubicuamente al BEHSS nº 50. En esta ocasión para describir, también con una investigación con algo de detectivesca, cómo fue posible que un episodio que parece salido más bien de un “Western” como “Juárez” o “Veracruz”, acabase desarrollando sus últimos compases en el San Sebastián de 1864. Donde jugaron una fuerte baza histórica la Gran Bretaña victoriana, la España isabelina, la Francia del Segundo Imperio y el México de Benito Juárez que lucha por sobrevivir ante un no tan todopoderoso Napoleón III…

La historiadora Ana Peña Fernández, es la encargada de poner un broche de oro a este quincuagésimo Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián con un estudio que harían bien en leer los donostiarras, pero también los miles de turistas que ahora visitan todo el año San Sebastián. Más que por otra cosa, porque en su trabajo Ana Peña describe un edificio como el Teatro Victoria Eugenia. Demasiado visto por todos -donostiarras y turistas- pero no siempre comprendido como lo que Ana Peña describe: una plasmación, en piedra, del poderío de una pujante burguesía decimonónica. En este caso la de San Sebastián, claro está…

El esfuerzo en pro del mejor conocimiento de la Historia donostiarra, vasca, española, vasca, francesa, británica… de estos cincuenta años, queda patente en esas páginas del BEHSS número 50 que he descrito. Ahora sólo falta lo más difícil, o tal vez lo más fácil: que todo lo dicho sea leído para ser aprovechado. Justo tal y como se suele hacer en esos países “de nuestro entorno” que se extienden a tan sólo unos pocos kilómetros de San Sebastián.

 

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