Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Una historia de la Historia de la Moda: la manga “Ranglán” (1815-2015)
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Carlos Rilova | 06-04-2015 | 11:41| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, para muchos de vacaciones, vamos a tratar que este nuevo correo de la Historia sea lo menos estresante posible. Así pues no entraré hoy en cuestiones transcendentes explicadas desde el siempre útil punto de vista de la Historia.

No, por el contrario me voy a centrar en explicar el origen histórico de una pequeña parte de la Historia de la Moda. Concretamente de la, a veces, llamada, mal llamada como veremos, “manga ranglán”.

¿Cuál es la Historia de esa manga de traje, de chaqueta, de abrigo, de cazadora… que cae no desde el hombro sino que queda levemente inclinada desde el cuello de la prenda?.

La explicación oficial -vamos a llamarla así- que yo siempre he oído, es que fue una invención -como la raya del pantalón o el tejido Príncipe de Gales, de los que, quizás, hablemos aquí otro día- de la más alta aristocracia británica del siglo XIX.

En efecto, la “manga ranglán” bien pudo ser la invención de un noble británico del siglo XIX. Sin embargo… Vamos adelante con los “sin embargos”…

Sin embargo, si ese fue el origen de la famosa manga, hay que señalar que nunca existió ni, de momento, ha existido en Gran Bretaña ningún lord que se nombrase “Ranglán”. Menos, por supuesto, con acento en la última “a”.

Así es, en la Gran Bretaña del siglo XIX lo más parecido que hubo a ese apellido, y sólo desde 1852, fue un caballero llamado, precisamente, Lord Raglan, que no “Ranglán”. Para más señas es cierto que ese caballero había perdido su brazo derecho, tal y como cuenta la anécdota que explica el origen de la llamada “manga ranglán”.

Así pues, ya ven que la pequeña historia que explicaría el origen de la “manga ranglán” no parece, en este caso al menos, estar reñida con la Historia con “H” mayúscula.

Tenemos, en efecto, un noble británico del siglo XIX manco -y deseoso, al parecer, de que su sastre ocultase al máximo posible ese inconveniente- y que además se apellidaba “Raglan”, que es casi tanto como “Ranglán”.

¿Como perdió Lord Raglan ese brazo que habría dado origen a la “manga ranglán”?.

Pues la verdad es que, para nosotros, habitantes del año 2015, no pudo ser en ocasión más oportuna. La cosa ocurrió en 18 de junio de 1815. Así que, ya ven, fue un suceso, rigurosamente histórico, que va a cumplir, en breve, sus doscientos años exactos.

A Raglan, que entonces no se apellidaba Raglan sino FitzRoy Somerset, el brazo se lo arrancó la nutrida potencia de fuego francesa empleada en la batalla de Waterloo.

Y realmente tuvo suerte. Mucha más, desde luego, que la que tuvieron las decenas de oficiales que formaban el séquito militar de Lord Wellington en ese día en el que se luchó la famosa batalla de Waterloo.

De esas decenas de oficiales todos fueron muertos o gravemente heridos por el intenso fuego de Artillería y fusilería francés. Todos excepto el propio Wellington y el general Álava, representante oficial del reino de España en el Ejército aliado contra este último espasmo napoleónico. El primero de los dos salió ileso y Álava, al parecer, sólo con una leve contusión que no le impidió compartir una triste y desolada cena con el Lord en una larga mesa vacía, en la que faltaban todos los oficiales que habían acompañado a Wellington en aquellas horas cruciales para la derrota final de Napoleón.

Entre las ausencias, naturalmente, estaba FitzRoy Somerset, herido en un brazo, perdido después bajo la tajante, y azarosa, cirugía de campaña del período napoleónico. Una cuya principal, y casi única, operación era amputar -en un tiempo record de dos minutos por paciente- los miembros que presentaban fractura ósea por impacto de arma blanca, disparo de mosquete o pistola, o esquirlas de Artillería.

No se da mucha importancia al hecho en la gran película sobre esa batalla, la magnífica “Waterloo” dirigida por Sergei Bondarchuk en 1970. En ella los únicos miembros de la familia militar de Wellington que destacan en ese día clave son el bronco general Picton -muerto, de un balazo en la cabeza en medio de una épica carga, aún vestido de civil, como tenía casi por costumbre-, los jóvenes y prometedores De Lancey y James Hay, el general Ponsonby, de la Caballería pesada, y, finalmente, tal y como en efecto también ocurrió, el segundo teórico al mando de las tropas aliadas ese 18 de junio, el general Uxbridge, al que se le lleva una pierna por delante un último disparo de Artillería antes de la desbandada general francesa.

De hecho, el nombre de FitzRoy Somerset no aparece en los créditos de “Waterloo”. Y es raro porque otra estupenda película del “New Cinema” de los años 60 y 70, “La última carga”, se había ocupado exhaustivamente de él en 1968, justo dos años antes del estreno de la película de Bondarchuk.

En esa película, “La última carga”, magníficamente ambientada en 1854 y que les recomiendo vivamente, un atribulado Lord Raglan aparece ya nombrado general en jefe de la expedición a Crimea contra uno de sus antiguos aliados de 1815 -el imperio ruso- en compañía de uno de sus más acérrimos enemigos: el imperio francés. En este caso en su segunda versión, la que dura de 1852 a 1870, entre otras cosas, porque ese nuevo imperio napoleónico se sabe alinear, desde el principio, con los intereses geoestratégicos de Gran Bretaña. Como se ve, perfectamente, en esa Guerra de Crimea, destinada, como ya contamos en otro correo de la Historia, a impedir que Rusia se haga con el control del Mediterráneo y corte el paso a Gran Bretaña hacia la India.

En esas fechas ya sólo el pobre Lord Raglan, gloriosamente mutilado de un brazo en Waterloo, parece recordar -como cómicamente se ve en la película- que los franceses fueron el enemigo y los rusos el aliado de 1815, mientras él sobrelleva -como también se ve en “La última carga”- el peso de salvar a Gran Bretaña de esa nueva amenaza casi constantemente molestado por la sombra que proyecta sobre él la gran estatua en hierro fundido de Lord Wellington, que emplazan justo ante la ventana de su oficina.

Desde allí, en efecto, el hombre que casi lo lleva a la muerte y consigue que lo desmiembren, parece vigilar a Raglan mientras éste expide órdenes escritas con su mano izquierda. La única que le quedaba y que en esos momentos, es curioso, como se aprecia en las fotos y en los grabados de época como el que ilustra este correo de la Historia, Lord Raglan no trataba de disimular en su uniforme, del que cuelga, inerte y vacía, la manga derecha, que para nada parece esa famosa “manga ranglán”.

Algo que nos deja con el misterio, y la duda razonable, de cuándo y en qué circunstancias, exactamente, decidió Lord Raglan, incorporar a su vestuario dicha “manga ranglán”, supuestamente de su invención. Como se repite, una y otra vez, por ahí, en esa peligrosa caja de resonancia mundial de viejos rumores llamada “Internet”, sin tener en cuenta, para empezar, que Lord Raglan sólo fue Lord Raglan entre 1852 y 1855, fecha de su muerte en Crimea, y que, como decía, fotos y grabados de esas fechas no muestran por ningún lado en su uniforme la famosa “manga ranglán”.

Una pista: según el especialista en Historia de la Moda Jonathan Walford sólo a partir de 1864 se usa en inglés la expresión “manga Raglan”, que no “Ranglán”…

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De Historia y mitos sobre el carácter nacional. Pícaros, músicos, panderetas y otras invenciones (1794-2015)
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Carlos Rilova | 30-03-2015 | 11:41| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Empezaré este nuevo correo de la Historia hablando de la casualidad. Según algunos de los sabios fundamentales del siglo XX -en este caso Sigmund Freud- era dudoso que existiese tal cosa que él, cómo no, explicaba como producto del Inconsciente.

Sobre esto también leí hace tiempo que los agentes del antiguo KGB, el famoso -gracias sobre todo a las películas de James Bond- servicio de espionaje soviético, solían decir “nada de coincidencias”. Caso de observar tales coincidencias su manual, por lo que se ve, recomendaba desconfiar de tanta casualidad y echar mano, preventivamente, del arma reglamentaria.

Sin ánimo de entrar en un debate que, como ven, da para muchos gustos y opiniones, sí les diré que esta semana pasada tuve un encuentro de lo más casual -que me perdonen Freud y los agentes del KGB- con un libro verdaderamente interesante titulado “La cultura española en la Europa romántica”.

Lo ha publicado una pequeña editorial madrileña, Visor Libros, y reúne, bajo la dirección de José Checa Beltrán, un profesor de nuestro maltratado Consejo Superior de Investigaciones Científicas, una serie de artículos sobre cómo era vista España en la Europa romántica. Es decir, entre 1790 y 1840 aproximadamente.

No podía llegar en un momento más oportuno esta publicación, porque, como pude ver por algunas reacciones ante mi artículo de la semana pasada, parece que en España aún hay muchos que piensan que dicho país es un país de chapuzas, un país de picaros, en fin, como decía el poema, un país de Frascuelo y “de pandereta”. No sólo eso, como me decía el lector que tuvo a bien comentar mi artículo de la semana pasada, los españoles serían así no desde hace unas pocas décadas -pongamos que desde que veían en el cine películas de Alfredo Landa-, sino desde hace milenios, desde la época de la Roma imperial.

Realmente cansa la persistencia de esa serie de tópicos. Y más cuando, con leer un poco de la Ciencia que se produce hoy en España, bastaría para sacarse de encima una serie de ideas tan vulgares, con las que, sin embargo, se explica cualquier cosa que pasa en ese país. Especialmente las malas. Un proceso perverso que no hace sino retroalimentarse. Es decir, para los que no sean sociólogos: como los españoles están convencidos de ser, desde hace siglos, una banda de pícaros, “listos” y chapuceros, la mayoría de ellos hace cada vez menos esfuerzos por dejar de ser pícaros, “listos” y chapuceros.

El tópico se repite hasta la saciedad. Durante décadas. Recuerdo, por ejemplo, un episodio de aquella serie de televisión, “Orden Especial”, dirigida por Albert Boadella, emitido en el famoso año 1992, en el que, en tono de broma muy seria, se detenía a un español que pagaba regular y honradamente sus impuestos. El veredicto de los monjes de dicha Orden especial, avalado por un supuesto antropólogo, era que ese individuo, con esas características, no podía ser un español “puro”. Por el contrario debía estar mezclado con nórdicos, que sería lo que explicaría la puntualidad y pago regular y “no picaresco” de impuestos que conducía, finalmente, a su detención y exterminación por la Orden especial…

No volveré a insistir sobre otros tópicos castizos que nada menos que 23 años después nos echa encima otra serie emitida por TVE -“El Ministerio del Tiempo”-, porque ya hablé de ello largo y tendido la semana pasada. Prefiero recomendarles la lectura de “La cultura española en la Europa romántica”.

Especialmente, el artículo firmado por Maud Le Guelec y el de los investigadores del CSIC Ignacio Ahumada y Amila Jelovac.

El de Maud Le Guelec es particularmente interesante para el tema de este correo de la Historia porque nos cuenta cuándo exactamente y cómo se creó el tópico del español incivilizado, brutal, similar a los “salvajes” de África… El título de su artículo ya nos da una pista: “Lo que dicen los franceses de los españoles (1793-1813)”.

Con un estilo verdaderamente ameno, Le Guelec nos cuenta ahí cómo la prensa de la Francia revolucionaria, dirigida por los comisarios que controlan ese país en ese período turbulento, va creando la imagen de unos españoles incivilizados, ajenos a toda idea de avance científico, a la Ilustración de ese Siglo de las Luces que agoniza bajo la cuchilla, incansable, de la guillotina…

Una serie de invectivas que, curiosamente, cesan en 1795, cuando Francia y España firman la paz y se alían. En ese mismo momento los españoles sufren una súbita transformación en la prensa francesa. Donde antes había salvajes con un grado de civilización no muy superior a los nativos de Tierra de Fuego, Maud Le Guelec nos descubre, leyendo periódicos franceses posteriores a la firma de la Paz de Basilea, a unos españoles de lo más cultos y educados, con médicos que hacen notables avances, por ejemplo, en los partos asistidos por cesárea, con sociedades ilustradas en casi cada rincón del país, etc., etc…

¿Cuál es la causa de ese radical cambio de imagen?. Según Le Guelec, entre 1793 y 1795, el gobierno revolucionario francés tenía que justificar, de algún modo, la guerra de agresión y conquista contra España diciendo que a ese país había que librarlo, por su bien, de un oscurantismo secular. Uno que curiosamente desaparece, como por arte de magia, en 1795, tras el fin de la guerra…

En 1808 habría otra metamorfosis maravillosa en lo que decía la prensa francesa de los españoles. Otra vez aparecen los monjes inquisidores que entre 1795 y 1807 eran, por el contrario, ilustrados y cultos clérigos miembros de sociedades científicas y literarias. Otra vez aparecen los españoles salvajes, incivilizados, que entre 1795 y 1807 eran pacíficos ciudadanos interesados en progresar o en hacer avanzar la Medicina y la Ciencia. La explicación, otra vez, es muy sencilla: la Francia imperial tenía que justificar, de algún modo, que en España se hubiesen abatido, por primera vez, las águilas imperiales. Tal fiasco sólo se podría explicar porque el Ejército de Napoleón se enfrentaba con seres sobrehumanos, bestias irracionales y míticas, una especie de Yetis o “Bigfoots” vestidos con alpargatas y sombreros castoreños…

Todo, simplemente, falso. Como se demuestra -oh sorpresa- en el artículo de Ignacio Ahumada y Amila Jelovac en “La cultura española en la Europa romántica”, la España de finales del siglo XVIII a la tercera década del siglo XIX llega a producir, incluso en condiciones tan arduas como las que imperan en el país entre 1808 y 1839, un centenar de obras científicas que serán leídas, y apreciadas -después de su traducción al francés-, en los estados alemanes… Gentes esas, los alemanes, que, por cierto, -como nos contaba Hans Kohn en su magnífica “Historia del Nacionalismo”-, en esas mismas fechas eran tenidos por un pueblo musical, sentimental, más bien poco práctico, con la cabeza en las nubes…

Nada que ver con los maníacos del control y la técnica regidos por un orden cronometrado cuidadosamente, sin lugar para el azar, con los que hoy, víctimas de otros tópicos, los tendemos a identificar. A veces en una imagen tan falsa como falsa lo es la del español desordenado, improvisador, chapucero, alérgico -desde hace siglos- a la Ciencia… que, como comprobarán si leen -como deberían hacerlo- “La cultura española en la Europa romántica”, es tan sólo una serie de ideas vulgares fruto de la propaganda de guerra napoleónica. Una que, asombrosamente, algunos españoles se dedican a repetir, una y otra vez, hoy, doscientos años después, tomando como base para escribir la Historia de su país y su imagen “nacional” lo que dijeron de ella sus más acérrimos enemigos no hablando con la Verdad en la mano, sino con una serie de mentiras obviamente interesadas y destinadas a ganar una guerra que finalmente -por si lo hemos olvidado- perdieron estrepitosamente, ahora hace dos siglos, frente a aquellos supuestos bárbaros incivilizados, incapaces de organizarse…

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Imposible no hablar de él: “El Ministerio del Tiempo”. Notas sobre los peligros del Casticismo en Historia
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Carlos Rilova | 23-03-2015 | 12:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí, dado el éxito obtenido por esa serie de TVE -“El Ministerio del Tiempo”- que juega con el tema de la Historia, supongo que parece imposible no hablar en este correo de la Historia de ese éxito de la cadena pública. Incluso en días como estos, en los que parece casi obligado hablar de otros temas. Por ejemplo de lo ocurrido el miércoles pasado en Túnez. De lo mucho que se juega allí para nosotros, no por casualidad, sino porque llevamos jugándonos mucho allí desde el siglo XV, cuando la corona española establece sus cabezas de puente en los llamados “presidios africanos” -Ceuta, Melilla, Orán…- continuando, sine die, el contraataque a la invasión musulmana iniciada en 711 después de Cristo.

Sin embargo, pese a la importancia de lo ocurrido -que, como ven, es sólo un episodio más de una lucha que no sabemos cuándo terminará-, me ha parecido muy difícil posponer una semana más un comentario sobre “El Ministerio del Tiempo”. Entre otras razones porque -por difícil de creer que parezca- lo ocurrido en Túnez carecería de importancia para un país con un criterio tan pobre sobre sí mismo como España, que es lo que, al fin y al cabo, vendría a revelar el éxito de una serie como “El Ministerio del Tiempo”.

En efecto, el cuadro de ese éxito es de lo más preocupante. Es la conclusión a la que no he podido evitar llegar después de ver la serie, los “Cómo se hizo” o leerme los más diversos comentarios sobre “El ministerio del Tiempo” que circulan en Internet, que, parece ser, es el lugar en el que reina de manera absoluta.

Uno de ellos me ha llamado poderosamente la atención. Lo firmaba David Redondo en una publicación digital de la Cadena SER y se titulaba “Razones para no renovar´El Ministerio del Tiempo´”.

El autor, como Homer Simpson en cierta ocasión, pretendía, por supuesto, ser sarcástico, y lo que en realidad quería decir era que la serie de los hermanos Olivares merece toda la consideración y múltiples elogios por ser innovadora, atrevida, audaz y por hablar de la Historia de España también en términos inéditos, audaces e innovadores. Buenos deseos que, sin embargo, él, el autor de ese panegírico, teme sean defraudados por una dirección de la actual cadena pública demasiado rancia y antigua para poder soportar tal avalancha de aire fresco sobre nuestra Historia en formato televisivo…

Y ahí es donde el historiador, anonadado, asombrado ente esa catarata de elogios -reflejada una y mil veces en multitud de comentarios muy parecidos- se echa a temblar, sintiéndose más solo que un campesino medieval en un bosque durante la más negra noche de un invierno de lobos.

En efecto, como se suele decir, si ese es el nivel… no hace falta que las banderas negras del ISIS ondeen sobre la Puerta de Europa en Madrid para darnos por perdidos.

Principalmente porque “El Ministerio del Tiempo”, visto con ojo crítico, tiene buenos actores y actrices, buenos chistes, buenos giros, pero innovador lo es más bien poco. A menos que consideremos innovador el tener como eje al Casticismo más pedestre. Un peligro contra el que ya advertía en su día uno de nuestros humanistas más respetados a nivel internacional -Julio Caro Baroja- y que se traduce en esta hoy famosa serie en, por ejemplo, afirmaciones de trazo tan grueso como comparar irónicamente las corridas de toros a las matanzas nazis de Auschwitz, señalando que si las primeras son malas… ¡qué habría que decir de las otras!.

Otro ripio casticista de esta serie, muy celebrado, además, por los que la consideran toda una innovación, sería otra “gran” frase de ese mismo subsecretario responsable del Ministerio del Tiempo: “¿Planes? Son vds. españoles, improvisen”…

Una actitud esa, todo hay que decirlo, que el equipo creativo de “El Ministerio del Tiempo” se estaría autoaplicando a rajatabla desde ese episodio 1, “El tiempo es el que es”, en el que se deja caer esa perla cultivada cuando se pregunta cómo impedir que los franceses de 1808 cambien el curso de la Guerra de Independencia. En principio ese planteamiento -¿qué hubiera pasado si España pierde la guerra de 1808 a 1814?- como punto de partida, sí sería innovador, sin embargo, nuestro gozo no tarda en ir al pozo cuando se descubre que -como era de temer- esta serie también ha ahorrado, como otras de TVE, en asesores históricos y el supuestamente innovador abordaje del tema explica la victoria española no por el esfuerzo de toda la nación -como estado refundado en los principios de 1789- al llevar a cabo la modernización y recreación de un Ejército capaz de enfrentarse y derrotar al mejor de Europa en la época -el napoleónico-, sino por la aparición del mítico “Pueblo en armas”, personificado en “El empecinado” del que, ahí queda eso, dependería que España ganase o perdiese en 1808. Nada menos…

Sin duda, “El empecinado” es un personaje muy simpático desde nuestro punto de vista, por su notable valor, por su afecto por el sistema liberal y constitucional, mucho más próximo a nosotros que el Absolutismo fernandino… pero simbolizar en él la decisiva -para toda Europa- victoria española sobre Francia, en 1814, es casi tanto como creer que el sargento Furia ganó, él sólo, la Segunda Guerra Mundial… Es escamotear, una vez más, a los españoles su Historia, ignorando, por ejemplo, documentos tan conocidos desde finales del siglo XIX como el “Diario de un patriota complutense”, en el que se da cuenta fehaciente del notable pero, aún así, limitado alcance de las acciones de Juan Martín. Inútiles a largo plazo, sin la nueva estructura militar creada desde 1810 por la Junta de Defensa Central, la Regencia y las Cortes y sin el buen hacer de miles de oficiales militares profesionales, que ganan la guerra como normalmente se suele ganar: con una mezcla de Estrategia, Táctica y Logística y no sólo a base de golpes de efecto de esos que dan bien en cámara, pero son más bien raros en la realidad histórica.

En fin, si semejante producto, que, según todos los indicios, tira más bien de argumentario de zarzuela y tebeo de posguerra, es toda una innovación peligrosa para la actual dirección derechista de TVE, tiemblo sólo de pensar qué es lo que querrá dicha dirección colarnos en su lugar como Historia homologada y aceptable de España para educar a las masas.

Así las cosas, no hará falta que, como en el poema de Kavafis, nos sentemos a esperar a que los bárbaros lleguen a nuestras puertas. Para entonces es probable que nuestro propio Casticismo, nuestra Endofobia -el odio, la burla, el desprecio ignorante hacia lo propio-, ya habrá acabado con nosotros. Como es de temer viendo la limitada capacidad de innovación de productos que, supuestamente, deberían ser eso, muy innovadores, y sacudirnos las telarañas de nuestra ignorancia histórica. Esa que, como saben muy bien los estados que luego nos sustituyen en las mesas de negociación europea, es lo primero que hay que eliminar de cualquier sociedad europea fuerte y que se quiera hacer respetar. Cosa que en España, de momento, tirios y troyanos, no parecen todavía ni siquiera plantearse, puesto que nuestras series más innovadoras no parecen capaces de ir más allá de un beso entre chicas, algún desnudo parcial digno de la época de Nadiuska y poco más. Bastante poco más que no sea recordarnos, por enésima vez, que tuvimos una Inquisición, que los afrancesados querían el avance y el progreso de España o que a Napoleón lo derrotaron los “guerrilleros” y otros lugares comunes sobre nuestro pasado a veces manidos, a veces simplemente falsos…

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Sobre Historia reciente y algunos errores de interpretación. De la Alemania de 1933 a la Venezuela de 2015
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Carlos Rilova | 16-03-2015 | 12:55| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, como ya se habrán dado cuenta por el título de este nuevo correo de la Historia, no he podido evitar caer en la tentación, una vez más, de juntar Historia y actualidad política.

Lo he intentado, pero es muy difícil sustraerse al bombardeo mediático que hemos sufrido durante esta última semana acerca de las barbaridades perpetradas por el autoproclamado régimen bolivariano hoy vigente en Venezuela.

Ciertamente los telediarios, los periódicos, Twitter… no han descansado en toda la semana en la ¿abnegada? tarea de informarnos acerca de la crueldad de dicho régimen, de su cada vez más prolongada cuesta abajo, de la detención de opositores a ese Chavismo rampante llevados a prisiones secretas por ejercer un derecho tan elemental en democracia como el derecho a manifestarse…

No tengo duda de que el régimen bolivariano imperante en Venezuela a fecha de hoy ha perpetrado todos esos errores y horrores, que sus cárceles para “reeducar” opositores como el alcalde de Caracas poco tienen que envidiar a las de la Ojrana -la siniestra policía zarista- o las de la OGPU, la aún más siniestra policía política soviética que vino a sustituirla.

Era lógico que un régimen que, sólo para empezar, falsea y manipula la Historia de Venezuela, acabase así. Ya se habló de eso, largo y tendido, en uno de los primeros correos de la Historia, a finales del año 2012.

Bienvenido sea, pues, ese aluvión informativo, sobre todo para ver si así la gran esperanza blanca de la actual Política española, ese partido llamado “Podemos”, esclarece -de una vez  por todas- sus vínculos financieros con  tan poco recomendable compañía a la que -ahí  están los hechos no desmentidos- ha apoyado cerradamente en el Parlamento europeo cuando otros grupos representados allí pedían la liberación del alcalde de Caracas…

Sí, bienvenido sea, pues, ese aluvión informativo al que nada hay que objetar desde  ningún punto de vista de este correo de la Historia. Sin embargo, entre todo ese alud de noticias descubrí un artículo de opinión que un historiador difícilmente podría pasar por alto, considerándolo tan sólo una parte más, sin mayor peso específico, de esa avalancha de noticias sobre la cada vez más dramática situación de Venezuela.

Fue publicado este viernes, en la cuarta página de opinión de “El País”. Lo firmaba Ibsen Martínez, que se identificaba como escritor venezolano.

En principio, ese artículo no decía nada nuevo con respecto a lo que los medios han estado repercutiendo sobre la opinión pública toda esta semana para denunciar la escalada autoritaria del régimen venezolano.

Ibsen Martínez nos contaba así todas las tropelías que están cometiendo los funcionarios civiles y militares del régimen dirigido por Nicolás Maduro, nos advertía también de la alta peligrosidad del propio Maduro a pesar de su aspecto de pasmarote  -es Ibsen Martínez quien emplea la  expresión-, que le ha ganado en Venezuela el apodo de “Platanote”…

Sin embargo, hacia el final de ese artículo, su autor añadía una observación sencillamente infumable sobre el proceso histórico que habría llevado a Venezuela a su lamentable estado actual.

Nos decía Ibsen  Martínez que el régimen de Chávez, continuado por Nicolás “Platanote” Maduro, había llevado a esa república de ser un potente estado petrolero al caos económico y político actual…

Tal afirmación, que no es la primera vez  que se ha deslizado cuando se habla en los medios sobre Venezuela, es sencillamente falsa desde el punto de vista histórico.

En efecto, si nos remontamos al año 1990 descubriremos que, en esas fechas, periódicos como “El País” ya estaban publicando material sobre la deriva de Venezuela rumbo al marasmo económico del que no tardaría en salir el marasmo político que, más tarde o temprano, acabaría por estallar en mil pedazos. Tal y como ahora mismo lo estamos viendo.

Así es. No hay ni que plantearse dudas sobre la responsabilidad absoluta de Nicolás Maduro en lo que ahora mismo está ocurriendo en Venezuela. Sin embargo, él y el régimen chavista del que surgió, jamás hubieran llegado a controlar ese país por medio de las urnas -conviene no olvidarlo, como nunca se olvida que Hitler llegó al  poder por el mismo sistema-  sin la ayuda de la nefasta gestión de la riqueza de ese país -de ese rico estado petrolero que tan alegremente mencionaba Ibsen Martínez- por una oligarquía absolutamente irresponsable que a lo único que miró, durante años, fue a su propio beneficio, sin reinvertir los obtenidos del petróleo en su propia sociedad, formando una clase media culta y educada, con unos horizontes en los que aventuras como la hoy protagonizada por Nicolás Maduro no tendrían cabida y serían una simple, y minoritaria, extravagancia, caso de ser algo.

¿Dudan de que así fuera?. ¿Creen, como muchos miembros de esa oligarquía venezolana, que se deben echar balones fuera, proyectar la culpa de todo lo ocurrido en el efecto pero no en la causa de esa lamentable situación que vive hoy Venezuela?.

Pues si es así, antes de responder “sí” a ambas preguntas, consideren la situación de Alemania en 1933.

Observen las fotos -publicadas en el año 1933 en la prensa del momento- que ahora ilustran este nuevo correo de la Historia.

En ellas pueden ver situaciones de desastre -como el incendio de un Parlamento-  que ahora asociamos, automáticamente, a eso que se ha llamado “Tercer Mundo”, o a perfectos ejemplares juveniles de la raza aria -nada que ver con el pasmarote-platanote venezolano del que nos hablaba Ibsen Martínez- hundidos en la más absoluta miseria. Una miseria mugrienta y pegajosa, ubicua, que llega hasta los  rincones más íntimos de la pequeña burguesía alemana de 1933, fruto, esa miseria, de la nefasta gestión por parte de otra oligarquía, una vez más, que no supo o no quiso reaccionar ante una crisis económica mundial y dio así su gran oportunidad a un grupo de demagogos sin escrúpulos, conocidos como NSDAP. Es decir, el famoso partido nazi  que tantas veces han visto en películas y documentales.

Por supuesto pueden ustedes mandar al infierno todo lo que acabo de decir, considerarlo incluso propaganda bolivariana encubierta, pero eso no cambiara, en lo más mínimo, las responsabilidades primeras que ocasionaron el proceso histórico que ahora descompone Venezuela o, si a eso vamos, podría descomponer a España.

Cuando la opinión pública está formada y deformada por interpretaciones tan sesgadas como la que dejaba caer Ibsen Martínez este viernes, cualquier cosa puede pasar. Empezando por el caos venezolano del que ahora somos testigos.

Esa clase de desastre, en Venezuela, en  España, en la Alemania de 1933… sólo puede evitarse cuando quienes controlan la Política y la opinión pública tienen unos conocimientos siquiera elementales de su propia Historia y bastante instinto político como para saber que el bien público, y no el exclusivo de una oligarquía, es lo único que garantiza la estabilidad de cualquier clase de gobierno. Y en especial la de los que aspiran a recibir el adjetivo de “democráticos” que, es de imaginar, es el que la  oposición venezolana a Maduro y el Chavismo quiere para su país,  ¿o no es así?…

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Historia de otro de los famosos insultos del capitán Haddock: “¡zuavo!”
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Carlos Rilova | 09-03-2015 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como siempre, el gran problema con el correo de la Historia es buscar algún tema del que hablar aquí cada lunes.

Y esta semana, la verdad, más todavía. Las noticias no traían mucha fuente de inspiración, como sí ocurre otras veces. Había pensado hablar del tan comentado -desde el jueves- asunto de la conexión eléctrica de España con Europa, pero, la verdad, ya me empiezo a cansar -y ya lo avisé- de diseccionar las entrañas históricas de los acontecimientos actuales como una especie de arúspice romano tratando de ver el futuro en las entrañas de algún bicho sacrificado a Mercurio.

Desde luego la tal conexión eléctrica española “con Europa” tiene sus entrañas históricas, que se pueden remontar a ahora hace doscientos años, al Congreso de Viena y sus planes para aislar España y convertirla en una anomalía, en un molesto vecino que, sobre todo, no osase reclamar los réditos políticos del prestigio conseguido en la victoria de 1814 sobre Napoleón.

Así, nuestra conexión energética “con Europa”, podría dar mucho que hablar desde el punto de vista histórico. Por ejemplo, que aunque Fernando VII es considerado -y no sin razón- como un mal rey, un felón, un miserable y un traidor, sin embargo, con respecto a esa “larga cambiada” que quisieron dar a España en el Congreso de Viena en 1815, se comportó como un campeón. Él y el hoy, sin casi motivo, denostado embajador Labrador. Ese al que algunos literatos han querido hacer pasar por un perfecto inútil sin leerse antes -por lo visto- documentos fundamentales relativos a esas negociaciones españolas en el Congreso de Viena como los de F. Schoell, publicados en 1816 por la Imprenta Real.

Pero no, aún así, como decía, no quiero entrar a comparar si el actual presidente español va a estar por debajo o por encima de lo que hace doscientos años intentó hacer aquel Fernando VII, capaz de todo porque se respetase a España en el Congreso de Viena, excepto convertirse en rey constitucional. Todo hay que decirlo.

Me limitaré a desear al señor Rajoy Brey mejor suerte que la que Fernando y su embajador tuvieron en 1815, cuando se enfrentaron con Metternich. Pues falta le va a hacer esa buena suerte para acabar con la inercia de aislamiento español creada por el “plan diabólico” que el Congreso de Viena tenía preparado para marginar y ningunear a la España vencedora de Napoleón, que ese plan sí que existió, y ahí están documentos como los de F. Schoell -o estudios como los de nuestra colega Christiana Brennecke- que lo prueban.

Así pues vamos a olvidarnos del tema de la conexión energética de España “con Europa” y la Historia y a hablar desde aquí únicamente de los orígenes históricos de otro de los famosos y coloridos insultos del capitán Haddock.

Hace unas cuantas entregas de este correo de la Historia hablaba aquí de uno de ellos: “bachi-buzuk”. Hoy quiero hablar de otro no menos florido: “zuavo”.

“¿Y qué es, o era, un “zuavo”?”, se preguntarán con toda la razón del Mundo. Pues, sencillamente, como los “bachi-buzuks”, el zuavo era una clase de soldado.

Su origen está bien establecido. Empezaron a aparecer en las filas del Ejército francés entre el fin de la monarquía y el comienzo del Segundo Imperio francés. Esto es, entre 1830 y 1853.

De hecho, los zuavos fueron uno de los cuerpos más emblemáticos de ese Segundo Imperio francés. No hubo aventura de ese que algunos llaman castizamente “Napoleón el chico” (en realidad Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del famoso Napoleón I) en la que no estuvieran presentes.

Fueron a la Guerra de Crimea, a la expedición a México para establecer allí una filial del Imperio francés, estuvieron, por supuesto, en el acto final de ese Segundo Imperio francés en Sedán, en 1870, cuando Alemania puso en marcha su primer plan de conquista de Europa, etc., etc…

De hecho, los zuavos habían gustado tanto en el Ejército francés que se quedaron en sus filas hasta 1962, aunque, como tantas otras cosas, en 1918 empezaron a parecer reliquias obsoletas y se convirtieron en un recuerdo, en una extravagancia que, como muchas otras, sirvió a Hergé, para dar colorido a uno de sus personajes más famosos: el bronco y malhablado capitán Haddock.

Realmente, cuando oímos en boca del capitán Haddock eso de “anacoluto, bebesinsed, ametrallador con babero, zuavo…” seguramente pensamos que un zuavo será alguna especie de animal horrible (¿tal vez un pato con colmillos o algo así?) o un bárbaro al estilo de los vándalos o los ostrogodos…

La realidad es bastante diferente. Los zuavos, como pueden apreciar por una de las imágenes que ilustran este nuevo correo de la Historia, eran, tan sólo, unos soldados vestidos con unos flamantes uniformes de aire vagamente oriental, sobre todo gracias a sus grandes pantalones bombachos de color rojo, discretamente recogidos con polainas blancas, y a sus gorras rojas con borlón dorado.

El aspecto oriental, morisco, de esas vestiduras procede de Argelia. Una de las primeras posesiones imperiales francesas obtenidas por la monarquía Borbón restaurada en 1815.

Los soldados franceses fueron vestidos allí a la napoleónica, en 1830 -poco antes de que Carlos X fuera derrocado por la famosa revolución- pero la recluta entre los nativos dispuestos a ayudar a los franceses -todo imperio tiene sus toltecas, como Hernán Cortés los tuvo en la campaña de México- y las necesidades de adaptar los uniformes a las condiciones extremas de esos escenarios bélicos, llevaron paulatinamente a crear esas unidades que incorporan vestimentas más apropiadas a aquellas latitudes.

Así surgen los zuavos. Sus manuales decían que un zuavo era un soldado nato, conocedor de todo tipo de armas, siempre dispuesto… En definitiva, tropas de choque, de vanguardia. De hecho, dicen algunos especialistas en reconstrucción de vestimenta militar, que los amplios bombachos rojos que los distinguían tanto y tan bien de otras tropas, estaban pensados para que el zuavo pudiera cumplir ciertas funciones de evacuación de aguas menores en las condiciones de combate en emboscada más extremas…

Sea como fuere, lo cierto es que su prestigio era grande y fueron muchos, y muy dispares, los gobiernos que quisieron tener unidades de zuavos en sus filas desde que el Segundo Imperio y sus campañas los popularizan. Así, tuvieron zuavos naciones tan alejadas de esas latitudes ideológicas como el Vaticano -principal víctima de la Italia unida, fiel aliada de la Francia del Segundo Imperio-, los ejércitos norteamericanos de la guerra civil, tanto en el Norte -que tampoco coincidía ideológicamente mucho con el Segundo Imperio francés-, como entre los sureños, que sí eran mucho más afines a las ideas autoritarias de Napoleón III.

También tuvieron zuavos  otros  admiradores del  autoritarismo napoleónico: los carlistas españoles, que, entre 1873 y 1876, levaron tropas de ese tipo. Idénticas en todo a sus originales franceses, a los zuavos pontificios, o a los norteamericanos, salvo en que su calzón era gris, su chaquetilla azul pálido con adornos amarillos y, por supuesto, porque en lugar de bonete o quepis, lucían una hermosa boina blanca…

Eso, en definitiva, es lo que era un “zuavo”. Si el capitán Haddock tenía o no razón en convertirlo en un insulto es ya cosa que deberán decidir ustedes mismos…

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