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Autor: Historiavarduli
¿Es en serio o es en broma?. La trastienda de los documentos históricos y los cambios de opinión sobre Lord Wellington (San Sebastián de 1813 a 1828 pasando por 1815)
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Carlos Rilova | 08-12-2014 | 11:30| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

La opinión de Jane Austen sobre la Historia que, como ya les he dicho alguna vez en este correo de la Historia, era creer que la mayor parte de ella era ficción, parece estar bien extendida.

Muchas veces me he encontrado, incluso entre compañeros de otras ciencias que no son la nuestra -es decir, la Historia-, la idea de que quienes reconstruimos el pasado lo hacemos no a base de método científico, sino de leyendas y rumores. Incluso algunos creen que basta con la intuición personal para hacer esta tarea tan delicada.

Pues no, nada más alejado de la realidad. Y esa curiosa circunstancia es la que me ha llevado a elegir este tema como eje de este nuevo correo de la Historia, amortizando así, al menos en una ínfima parte, las investigaciones que estoy finalizando en estos momentos.

En efecto, ando manejando últimamente documentación sobre un personaje histórico famoso y muy controvertido. Al menos en mi ciudad, San Sebastián.

Me refiero a no otro que el duque de Wellington, Arthur Wellesley, general en jefe de los ejércitos aliados que de 1808 a 1813 combaten en la Península, después, en 1814, en Francia y, finalmente, en las llanuras de Bélgica en un lugar llamado Waterloo, batalla que en pocos meses se hará famosa gracias a cumplir su bicentenario. Razón más que suficiente para que, en efecto, hablemos hoy aquí de Lord Arthur y de su fama recogida en diversos documentos históricos.

A nivel mundial, Lord Wellington pasa por ser el destructor de Napoleón, el vencedor de esa batalla de memoria formidable llamada “Waterloo”.

Todos los documentos dicen eso. Y después de ellos los libros de Historia y así sucesivamente.

¿Hay alguien que tenga una mala opinión sobre él, incluso fuera de Francia?. La respuesta es que sí. Algunos contemporáneos suyos que no eran Napoleón, ni sus también famosos mariscales, tenían una mala, incluso pésima, opinión de él.

Se trataba de los gobernantes de San Sebastián, supervivientes a la quema y destrucción de su ciudad a partir del 31 de agosto de 1813, cuando la última gran operación militar para expulsar a los franceses de España culmina con la toma -inevitable, imprescindible- de San Sebastián y su posterior destrucción a manos de las columnas aliadas, de soldados británicos y portugueses, que la toman al asalto con atroces bajas de varios miles de muertos, provocando a su vez, y fuera del control de sus oficiales, un desastre aún mayor, que el año pasado -como ya sabrán quienes leen este correo de la Historia- ha dado lugar a penosas diatribas en las que la Política ha tratado de enmendar la plana a la Ciencia haciendo pasar de contrabando -una y otra vez- opiniones políticas como si fueran Historia.

Dicho contrabando es fácil de reconocer: lo primero que pretende es que ideas y preocupaciones de hoy día sean las ideas y preocupaciones de gentes de hace doscientos años, a las que, para empezar, apenas se conoce de nada.

La solución a ese embrollo -cuando hay voluntad de resolverlo- es también bastante sencilla. Consiste en dar a alguien titulado en una facultad de Historia la documentación relativa a dichos sucesos para que escriba un informe sobre los mismos tras analizar el contenido de esos documentos.

Hecho esto en el caso, por ejemplo, de la buena o mala prensa de un famoso general como Wellington, conocido en el mundo entero, se descubren cosas curiosas.

Por ejemplo que los representantes municipales de San Sebastián consideraban a dicho general como hombre de fama inmortal, un verdadero héroe, libertador de España. Todo eso está dicho en una carta fechada en Zubieta -punto de reunión de los vecinos de la devastada ciudad- en 8 de septiembre de 1813 y conservado en un legajo de correspondencia dirigida al excelentísimo duque de Ciudad Rodrigo, conservado en el archivo municipal de San Sebastián con la signatura E  5  III  2117, 14.

Esa opinión irá cambiando de manera drástica en los meses siguientes, entre octubre y noviembre de 1813 y enero y febrero de 1814.

Las respuestas que mylord da en persona o por medio de su secretario militar, Josef O´Lawlor, a las peticiones de ayuda de la ciudad para que se les compense por los daños causados, no ayudan mucho a que mejore la opinión de esa comunidad sobre él.

De ahí vendrá un progresivo deterioro. Wellington señalará en respuesta a esa carta de 8 de septiembre que lamentaba lo ocurrido, que no era culpa suya y que, de hecho, la destrucción de la ciudad era todo un inconveniente para su ejército al privarle de alojamientos.

La carta de 18 de septiembre de 1813 en la que Wellington volvía a responder a nuevas demandas de la ciudad, abría una agria brecha entre ambos personajes históricos -la ciudad y el general- cuando éste, por mano una vez más de O´Lawlor, insistía en que los franceses habían quemado la ciudad, en cinco o seis puntos, antes de que sus tropas entrasen…

Afirmación que era saludada por una nota al margen de la misma, hecha por la ciudad o cualquiera de sus representantes, tanto daba, señalando que había que estar borracho (sic) o falto de cabal juicio para decir tales cosas…

Desde ese punto la mala prensa de Wellington en San Sebastián no hará sino crecer a pesar de que en los documentos oficiales, en los que no se ponían notas al margen como esas, se mantuviesen las formas.

En efecto, en ellos se echa la culpa a O´Lawlor, se achaca la frialdad de Wellington ante la desgracia de la ciudad a conveniencias políticas, pero se le sigue elogiando, confiando en que apoyará la reconstrucción de la ciudad y hará que lleguen a ella socorros de España, de sus colonias y hasta de Inglaterra, como ocurrió en el caso de Moscú.

Sin embargo, el mal ya estaba hecho y no podía ir sino a peor. La ciudad acabó por ser reconstruida pero sus habitantes alimentaron un rencor considerable contra el famoso general. En 1828, cuando reciben a Fernando VII y a su mujer para celebrar la reconstrucción, los documentos oficiales de la ciudad señalarán que el culpable de su destrucción por el fuego, como una nueva Troya según esos papeles, era el vencedor de Waterloo…

No es que la futura capital guipuzcoana no se hubiese alegrado de la victoria aliada en ese famoso campo belga. Otros documentos municipales demuestran que la ciudad celebró por todo lo alto la destrucción del Tirano de Europa, de Napoleón, de aquel al que esos documentos oficiales de la ciudad no dudaban en llamar “Monstruo”, pero el desencuentro de 1813 seguía pesando y mucho. Y acabó por reflejarse en los documentos históricos, permitiendo así, como vemos, reconstruir perfectamente esa secuencia de hechos históricos que nos ofrece hoy una perspectiva poco conocida de la mala fama de un personaje tan famoso como Lord Wellington, pero no por ello menos cierta ni menos digna de ser conocida por todos aquellos que quieran decir -por ejemplo en la cena de Navidad del año 2014- que ellos saben de Historia.

Una materia que, como ven -o eso espero- nada tiene que ver con una reconstrucción a base de leyendas y rumores, sino con documentos muy elocuentes. De hecho, a veces, descaradamente elocuentes…

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Historias de mandarines. De la China de 1914 a la España de 2014
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Carlos Rilova | 01-12-2014 | 12:46| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este nuevo correo de la Historia empezó a fraguarse entre el miércoles y el viernes de esta pasada semana. Fue entonces cuando saltó a las pantallas la noticia del que ahora se conoce como “doble crimen de Zamora”.

Por si no se han enterado del asunto les diré que detrás de ese titular hay dos personas, una mujer de origen dominicano, joven, de 32 años, y su hija, de 9.

Según todos los indicios disponibles las mató el antiguo compañero sentimental de la madre. Después, para ocultar el delito, parece ser que las arrojó a un pozo donde sus cuerpos fueron encontrados por la Guardia Civil.

El modo en el que la abuela y madre de las dos asesinadas en Zamora contó cómo eso había llegado a ocurrir es lo que me ha llevado a escribir este nuevo correo de la Historia.

Ella, la madre y abuela de las víctimas, salió en los principales telediarios del jueves llorando, como no podía ser de otro modo, y arrojando a las ondas palabras que eran verdaderos mazazos. Decía que era aún más culpable del crimen no el asesino directo, sino el juzgado -el de Plaza de Castilla, en Madrid- donde ella había denunciado la cadena de amenazas, abusos, malos tratos, etc… que, tal y como temía, acabaron en el asesinato de su hija y de su nieta.

El viernes la cosa tomó un peor cariz aún. Sólo Telecinco, como les decía, seguía haciéndose eco del caso en su telediario matinal, volviendo a entrevistar a la abuela y madre de las dos víctimas. La razón para hacer tal cosa, al parecer, era que el Juzgado ya había manifestado que no se atendió la denuncia porque la letra de la misma era ilegible…

Los reporteros de Telecinco demostraban, sin embargo, que la letra de la denunciante era perfectamente legible -doy fe de ello- y su número de móvil también era perfectamente legible…

No sé por dónde evolucionará la cosa pero, en base a los datos de que dispongo ahora, estos que les he resumido, llevo desde el miércoles sin poder quitarme de encima la imagen de la China de hace cien años y su gobierno de funcionarios y burócratas.

Verán, se trataba de un país totalmente, o casi totalmente, anquilosado. Por diversas razones, pero, entre otras, por estar regido por una casta funcionarial que, quizás, ha sido la más perfecta -lo cual no quiere decir que fuera buena- que ha conocido la Humanidad.

Desde el siglo VII de nuestra era y hasta 1905, ese Imperio pasó a ser regido por funcionarios que se abrían paso hasta la cúspide del gobierno por medio de un complicado sistema de exámenes.

Fundamentalmente dichas pruebas -que son una constante en la Literatura china de esos siglos y aún en la posterior, reflejo de una verdadera obsesión- trataban de determinar hasta qué punto el aspirante conocía la fórmula de gobierno que se llevaba aplicando en el Imperio desde tiempo cada vez más inmemorial. A saber: un conglomerado de filosofía confuciana y taoísta, Historia, Literatura, Leyes…

El tipo humano que salió de ese método de selección era un individuo que creía vivir en el centro del Mundo -eran los demás los que estaban equivocados, por ejemplo los europeos-, estático, carente de dinamismo -como lo demostraban sus complicados ropajes-, sumiso con los fuertes -como se ve, sobre todo, desde el siglo XVII en adelante, en la adopción de la coleta que debían lucir todos los chinos por imposición del invasor manchú-, y lo que era aún peor: perfectamente corruptible -busquen información sobre la Guerra del Opio- e incapaz de hacer nada que no estuviese en el temario de la oposición que se habían empollado durante años.

Bueno, el resultado de ese bello monstruo burocrático aún lo estamos viendo. Un país gigantesco que se consideraba -y no sin razón- el origen de la civilización frente a los “bárbaros rojos” (es decir, nosotros, los occidentales) acababa en 1914 puesto de rodillas frente a las sociedades occidentales u occidentalizadas como era el caso de Japón. Puede que los “bárbaros rojos” no supiéramos nada de Confucio, o de tocarse las narices cultivando unas uñas de tamaño kilométrico que, evidentemente, incapacitaban para escribir a su feliz dueño -generalmente un altísimo funcionario del Mandarinato que así se distinguía de los subalternos-, pero habíamos inventado versátiles armas de tiro rápido que desde la cuarta década del siglo XIX barrieron -apenas sin esfuerzo- las ridículas fuerzas de Artillería chinas. Poco más que unos tubos montados sobre plataformas fijas que podían hacer, a lo sumo, un disparo frente a la Artillería naval europea, que efectuaba fuego, servida por artilleros expertos, varias veces en un lapso de poco minutos.

Hoy parece que, tras cien años, China ha resuelto el problema, pero lean, lean sobre su Historia reciente y extraigan conclusiones sobre lo que cuesta sacar del atolladero a un país atascado por un gobierno de inútiles funcionarios que sólo aspiran a perpetuar un sistema igual de inútil.

El doble crimen de Zamora es toda una advertencia de lo que le podría pasar -o ya le está pasando- a España -una de las principales economías de la Unión Europea- en estos momentos, regida por funcionarios de carrera metidos, como en la China imperial, a gobernantes. Unos que se quedan tan tranquilos diciendo que van a aplicar la Ley -es decir, el temario con el que se sacaron la oposición- cuando se ven ante un problema de Política (por ejemplo la secesión catalana). Es como para echarse a temblar si aplican dicha ley con la misma eficacia con la que la han aplicado otros funcionarios. A saber: esos que no fueron capaces de leer el número de móvil de una preocupada anciana y archivaron su denuncia sin mayor esfuerzo.

Esos temblores se acrecientan si consideramos que la alternativa a semejantes mandarines parece ser, hoy por hoy, un partido -Podemos- cuya cúpula esta compuesta, única y exclusivamente, por otros funcionarios cooptados dentro de un único departamento universitario y a los que, de momento, aún estoy por oír que, entre las muchas reformas que dicen ir a aplicar, está la tan esperada de la Universidad española -que lleva treinta años pendiente- para limpiarla de sus evidentes vicios, muy similares, a veces, a los del mandarinato chino. Los mismos que la han situado en la cola de todas las del mundo occidental.

Sin duda un funesto panorama para millones de personas: trabajadores emigrantes, empresarios, profesores y funcionarios eficaces (que también los hay), etc…

Como se supone que yo escribo desde la Historia, desde una tribuna científica, no debería tomar partido ni opinar subjetivamente frente a cuestiones como éstas, aunque, como habrán visto, son hechos devenidos de la Historia y me afectan personalmente como ciudadano de un país metido en una deriva preocupante.

Aún así me atendré a las normas y, en efecto, no voy a opinar sobre esto, por difícil que resulte. Me voy a limitar a recomendarles que mediten sobre una de las lecciones de otro historiador, E. H. Carr, cuyo libro “¿Qué es la Historia?” nos hacían leer en el primer año de Facultad.

Carr, prototipo de profesor inglés del triángulo Londres-Oxford-Cambridge a pesar -o precisamente a causa de- sus veleidades marxistas, decía que Napoleón o Cromwell -es decir, cualquier líder carismático, tirano o mesías que haya sido en la Historia- jamás hubiera llegado a ningún sitio de no ser por el consentimiento de los miles de individuos que los respaldaron, creyendo en ellos, confiando en ellos, apoyándoles.

Las democracias, mejores o peores, en las que ahora vivimos muchos privilegiados surgieron para contrarrestar que ese efecto de “líder carismático+masa abducida” diera lugar a desastres como los que por regla general provocan gente como Cromwell, Napoleón, Mao, Stalin, Hitler… Es decir, nuevas opresiones que venían a sustituir a aquellas otras opresiones contra las que supuestamente se habían levantado esos líderes carismáticos.

Para que dicho mecanismo democrático de control funcione -y con él una sociedad eficaz y más justa, no regida por mandarines más estúpidos a cada generación que pasa- sólo es necesario, como decía implícitamente Carr en su libro, que los potenciales seguidores de esos presuntos salvadores actúen por cuenta propia, organizando sus propias alternativas. Es decir, negándose a aceptar que sólo se puede elegir entre dos males: el zarismo o Stalin, Maria Antonieta o Robespierre, los mandarines sumisos al invasor manchú o la brutal “revolución cultural” maoísta…

Y es en este punto en el que el historiador debe callarse y donde ustedes verán qué deciden. Por mí y por ustedes les deseo que encuentren una tercera vía entre dos alternativas casi igual de malas. Una en la que, al menos, los juzgados y las universidades funciones como es debido y las palabras “democracia” o “el poder para el Pueblo” no sean retórica vana en manos del primer demagogo que dobla la esquina cabalgando una ola de desesperación engendrada por mandarines absolutamente indocumentados. Sólo para empezar.

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¿Quién se sentaba más alto? De la reina de Inglaterra, la duquesa de Alba, la Historia y los mitos
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Carlos Rilova | 24-11-2014 | 12:36| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana la temática de este artículo viene fuertemente mediatizada por el fallecimiento de la última duquesa de Alba, Cayetana Fitz-James Stuart.

No descubro nada nuevo si les digo que ha sido una persona con un impacto mediático considerable que, naturalmente, la ha convertido en un personaje popular, cotidiano. Incluso para los que no siguen la llamada “prensa rosa”. Todo gracias a esas páginas de papel couché en las que ha reinado de manera absoluta durante décadas.

Eso ha llevado a que su muerte haya tenido un impacto mediático similar. Ocupando hasta un cuarto de hora en informativos como los telediarios de mediodía que, como sabemos, duran tan sólo treinta minutos.

En esos espacios informativos se ha aludido al alto rango nobiliario de la fallecida y se ha traído a colación, una vez más, que éste la ponía en cuestiones de protocolo por encima del rey de España y de la reina de Inglaterra.

Es esta, quizás, una buena ocasión -aunque una muerte no suele ser, casi nunca, buena ocasión para nada- de hablar un poco del origen, de la Historia verdadera, no del mito o la leyenda urbana, que hay detrás de esa afirmación.

Pero, vamos con esta cuestión, sin más preámbulo.

En un documentado artículo, publicado por Mari Luz Peinado en el área de blogs del diario “El País” el día 20, ya se dejaba muy claro, echando mano de expertos en protocolo y de las palabras de la propia Cayetana de Alba, que eso de su supuesta preeminencia ante la reina británica era una mera leyenda urbana.

En efecto, para la Historia no cabe duda, ni legal, ni histórica, ni de ningún tipo, de que la desaparecida duquesa de Alba podía estar cubierta en presencia del rey de España. Principalmente porque era grande de España. Por lo tanto familia -siquiera en términos legales- del monarca. De hecho, su igual en grado de nobleza. Algo que se simbolizaba permitiendo a dichos grandes permanecer cubiertos ante el rey mientras la nobleza menor se descubría en  señal de homenaje al rey.

El profesor José Antonio Maravall ya dejó todas estas cuestiones perfectamente explicadas -en cantidad y calidad- en su estudio “Honor, poder y élites en el siglo XVII”, fundamental para cualquiera que quiera entender la Historia de España desde esa fecha hasta la actualidad.

Sin embargo, eso de que la reina de Inglaterra -de hecho de toda Gran Bretaña- quedase por debajo de la duquesa de Alba en actos públicos, es insostenible. Y más si echamos mano de la Historia para corroborar o desmentir ese burdo rumor que corre por ahí.

Lo podemos comprobar remontándonos al siglo XVII.

En esas fechas Gran Bretaña distaba mucho de ser la nación pacífica y prospera que hoy conocemos.

De hecho, desde el año 1642 en adelante fue un hervidero de luchas intestinas en las que la Religión se mezclaba con la Política y dio lugar a cruentas guerras civiles que arrasaron el país durante una década.

Como seguro que ya han visto la película “Cromwell”, donde se cuenta -aunque sea de manera sesgada- todo eso, no me extiendo más. Sólo diré que el objetivo era quitar de enmedio a la dinastía de los Estuardo -o Stewart, o Stuart… en su forma original- si no se avenían a gobernar con el consentimiento del Parlamento y admitiendo que esa institución los controlase, abortando así la creación de un estado centralizado y absolutista como los que en esas fechas se ensayaban -con mejor o peor fortuna- en Francia, sobre todo, y en España.

Los Estuardo, o Stuart, fueron así zarandeados desde 1642. Participaron en formidables batallas, se les ejecutó y conocieron el amargo pan del exilio en las cortes española y francesa que, hasta 1660, jugaron con ellos utilizándolos en el turbio tablero de la Alta Política por el dominio del continente europeo y del Mundo.

En ese año el hijo del ejecutado rey Carlos I Estuardo, que reinará como Carlos II, logra sentarse de nuevo en el trono de Londres y permanecer en él durante toda una vida de lujo y excesos con los que aquel divertido monarca -hoy hubiera sido un habitual de la “prensa rosa” en calidad de eso que llaman “playboy”- trató de resarcirse de sus amargos años de exilio en la corte francesa. Esa de la que se trajo la moda a lo Luis XIV, el lujo, el esplendor y algunos conatos de aquel Absolutismo que llevó al cadalso a su padre.

Sin embargo, como molestó poco al Parlamento, murió en la cama. No le ocurrió otro tanto a su sucesor. Su hermano, que reinará como James II o, para nosotros, Jacobo II Estuardo. Él y casi toda su prole acabarán de nuevo en el exilio por provocar a la burguesía protestante que desde los tiempos de Enrique VIII, y más aún desde los de la revolución de 1642, controla Economía y Política en Inglaterra.

El afán de Jacobo por acentuar el Absolutismo monárquico a la francesa y rehabilitar el Catolicismo del que él era practicante público y devoto, traerán en 1688 la llamada “Revolución gloriosa”, que coloca en el trono inglés y, de hecho, en el de Escocia, a Guillermo de Orange. El estatúder holandés casado con una de las hijas de Jacobo que está dispuesta a respetar el statu quo de la burguesía inglesa antiabsolutista y protestante.

Jacobo tendrá que huir a Francia, donde se quedará, como se suele decir, para los restos. Él y sus hijos, que harán carrera primero allí y, a partir de 1700, en España. Cuando esa potencia entra en el conglomerado Borbón y francés tras la muerte de Carlos II de Austria -no confundir con el vivaz Carlos II Estuardo del que ya he hablado- y Madrid abandona a Londres a su suerte frente a los designios imperialistas de Luis XIV.

Es así, de ese grupo de reyes exiliados, deslegitimados en Inglaterra, de esos hijos de Jacobo Estuardo -en inglés James Stuart…-, de donde provienen los antepasados de Cayetana de Alba Fitz-James Stuart

Con esos antecedentes históricos es muy dudoso, creánlo o no, que Isabel II, reina descendiente de los triunfadores del golpe de estado, de la revolución, de 1688 en Inglaterra, tuviera razón alguna para ceder terreno en ningún acto público a la duquesa de Alba.

Hubiera sido tanto como reconocer que su trono, su derecho a él, era menor, menos legítimo que el que podían reclamar los hijos, los herederos, de Jacobo Estuardo. Ese James Stuart que, como ya se habrán dado cuenta en estos días, sigue dando apellido a los  duques de Alba. Desde hace 300 años.

Así pues, a pesar de las buenas relaciones existentes entre la fallecida duquesa y dicha reina, desde que la visitaba, de niña, en Palacio en calidad  de  hija del embajador español en Londres, rendir alguna clase de pleitesía a Cayetana de Alba es más, mucho más, de lo que Isabel II de Inglaterra podría  hacer jamás. Esa pleitesía sería tanto como reconocer que lo que pasó en  Inglaterra en 1688 fue un acto de bandidaje dinástico a gran escala, una  usurpación del trono inglés a los Estuardo, a los Stuart, a los Fitz-James Stuart, a los hijos de aquel James Stuart -o Jacobo Estuardo- que debe huir de  Londres en 1688 ante los ancestros de Isabel II de Inglaterra…

La Historia es así de cruel y así de cierta. A diferencia de las leyendas urbanas.

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Fernando de Aragón y las ninfas del Bidasoa. Apuntes sobre “La invención del pasado” (1476, 1512, 2015…)
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Carlos Rilova | 17-11-2014 | 12:48| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

 Este nuevo correo de la Historia nació a raíz de una conversación  telefónica con un amigo que me llamó la semana pasada para  recomendarme un libro de un colega historiador -Miguel-Anxo  Murado- así titulado: “La invención del pasado”.

Bueno nace de ahí, de otra conversación telefónica con otro amigo  acerca de cuáles podían ser los episodios más o menos presentables  de la Historia de España y, asimismo, de mi firme propósito de no hablar hoy del 9-N y el referéndum catalán. Aunque me temo que al  final acabaremos ahí, de nuevo, más tarde o más temprano. Puede  que incluso en algún resquicio de este nuevo correo de la Historia.
Pero mientras llega ese momento fatídico de volver a enfrentarnos al nefasto callejón sin salida al que nos ha llevado nuestra Historia reciente, vamos a centrarnos en el libro de Miguel-Anxo Murado.

Tal y como sospeché a resultas de la citada conversación en la que me lo recomendaron, es una especie de versión española de otro libro de Historia del que ya les he hablado en otros correos de la Historia, “El pasado es un país extraño”. Obra de la que Murado, en efecto, se reconoce deudor en la bibliografía de su propio libro.

La tesis de la obra de Miguel-Anxo Murado es que la idea que tenemos de la Historia de España hoy día -de lo que él llama el canon sobre nuestro pasado- es cosa de varios historiadores de principios del siglo XX. A saber: ClaudioSánchez-Albornoz, Américo Castro y Ramón Menéndez Pidal.

Sobre todo de este último, que es casi el eje central del libro de Murado. Desde una impagable foto de portada, en la que se le ve recibiendo de manos de Charlton Heston una supuesta réplica de la espada del Cid, hasta las conclusiones finales.

Sí, Miguel-Anxo Murado deja claro que esos tres historiadores -desde la derecha, desde la izquierda, desde España, desde el exilio…- contribuyen a crear, entre comienzos del siglo XX y mediados de esa centuria -precisamente cuando se rueda “El Cid” con Charlton Heston de protagonista-, la idea que tenemos del pasado de España como una línea continua. Una que iría desde los “Celtíberos” a la actualidad, pasando por figuras convenientemente “arregladas” como la del Cid recreado por los estudios de Menéndez Pidal y el no menos “arreglado” -según dice M-A. Murado- emperador Carlos V.

Desmontando a personajes como esos, o más bien la semi-ficción creada en torno a ellos, Murado llega a la conclusión -similar a la de Jane Austen- de que gran parte de nuestra historia es ficción y hay que leerla -en libros de Historia lo mismo que en otros canales de difusión secundarios (novela, cine…)- con un sano escepticismo…
Un sabio consejo que hace, en efecto, muy recomendable la lectura de “La invención del pasado” de Miguel-Anxo Murado.

El único problema es que el escepticismo es como un rizoma. Una vez puesto en marcha, no deja de crecer y nos conduce, finalmente, a ser escépticos hasta con el propio escepticismo. Lo cual nos devuelve, en cierto modo, al principio, antes de que el rizoma empezase a expandirse sin parar.

Así es, leyendo con más de una sonrisa en la comisura de mis bigotes el libro de M-A Murado me he sentido escéptico, a veces, con su escepticismo.

Por ejemplo cuando desmonta que la unidad de España se produjera de modo automático con los Reyes Católicos.
Ciertamente eso es casi un lugar común entre los historiadores profesionales. Los que solemos andar entre documentos tan a menudo como nos es posible, nunca encontramos papeles salidos después del siglo XV de mano de un rey de “España” donde diga eso precisamente. Que era el rey de España y se acabo. Para eso hay que esperar hasta el siglo XIX en el que la retahíla de títulos “rey de castilla, rey de León, señor de Molina, conde de Barcelona…” va quedando reducida a rey de España y de las Indias.

Demostrada, pues, estaría la tesis de nuestro colega. Sin embargo, mientras leía ese pasaje de “La invención del pasado” no pude dejar de acordarme de algunas hazañas -vamos a llamarlas así- de Fernando el Católico, rey de Aragón en el siglo XV y principios del XVI, y consorte de la reina Isabel de Castilla. Concretamente me acordé de dos “hazañas” fernandinas que ocurrieron a orillas del río Bidasoa.

La primera tuvo lugar en el año 1476. En esos momentos el trono de Isabel se tambaleaba a causa de las luchas intestinas con las que ya se habrán familiarizado gracias a la exitosa serie “Isabel”, de la que -vaya eso por delante- no soy un fiel seguidor y por lo tanto no voy a opinar.

En ese río revuelto aparece en la frontera del Bidasoa un personaje escalofriante. Casi tanto como el propio Fernando de Aragón. Se trata del rey de Francia, Luis XI.

Dicen -y lo recuerda Murado en su libro- que Fernando inspiró a Maquiavelo su modelo de príncipe renacentista, poco escrupuloso, taimado, que antepone al interés político todo lo demás, etc…

Luis XI no le iba, en absoluto, a la zaga. Algo reconocido hasta por obras de un marcado chauvinismo, como pueden serlo los álbumes de la Librería Gründ con los que la infancia francesa de los años 30, 50… del siglo pasado aprendía su propio canon histórico. En el que dedica esa colección a Luis XI, no se oculta que se le dio el sobrenombre de “rey araña”, por su capacidad para tejer trampas y ardides.

Aún así un rival débil para Fernando de Aragón, que consiguió detenerlo ante las murallas de Fuenterrabía -hoy Hondarribia- tras levantar el sitio que había puesto a esa villa que se consideraba a sí misma -como decía en sus propios documentos, usando un lenguaje homérico- el antemural -es decir, la primera defensa- del reino.

No cabe duda, como sostiene Miguel-Anxo Murado, que la boda de Isabel y Fernando no creó mágicamente “España”. Sin embargo, episodios como esos, como el de 1476 y, más aún, el de la invasión de Navarra nuevamente desde las orillas del Bidasoa en 1512 -cuando la reina ya ha pasado a mejor vida-, demuestran, en hechos, que Fernando tenía en la cabeza una idea bastante clara de lo que luego se conformaría como nación a lo largo del siglo XIX y hasta hoy.

¿Cuál sería la moraleja de esa Historia protagonizada por Fernando de Aragón, que tanto debió entretener a las ninfas del Bidasoa en 1476, en 1512, en las bodas reales de 1615 entre las casas de Francia y España…?.

 Pues la verdad, aparte de que en la Historia hay conclusiones y no  moralejas, lo que podríamos deducir de los manejos de Fernando en torno a  la frontera del Bidasoa debería ser una advertencia acerca de que -como  sostiene Murado a una con Lowenthal- el pasado es un país extraño,  poblado de gente con la que sólo nos une un lejano parentesco, pero  asimismo que ese sano escepticismo sobre una supuesta Historia centenaria  -o milenaria- de “España” no debería llevarnos a creer que esa palabra, esa  idea y ese concepto se hayan creado antes de ayer y no tienen un verdadero  recorrido histórico que podemos remontar al siglo XV.

Y es que a la Historia le ocurre lo mismo que a los árboles: para existir  necesita raíces. Por mucho que, como nos advierte Miguel-Anxo Murado,  tengamos que observar esas raíces con un prudente escepticismo… Así  pues, que ustedes aprendan mucho de su propia Historia con la lectura de  libro tan imprescindible como “La invención del pasado”, pero no olviden  ser escépticos con el escéptico…

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Los acontecimientos y no-acontecimientos históricos. Del “9-N” catalán a la caída del Muro de Berlín hace 25 años
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Carlos Rilova | 10-11-2014 | 12:32| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 10 de noviembre de 2014, se supone que tocaría hablar en una sección como esta, titulada el correo de la Historia, de hechos que podemos calificar como históricos.

Por ejemplo la consulta independentista, no se sabe si de pega, en serio, en broma  o qué, celebrada ayer en Cataluña, o el 25 aniversario de la caída del Muro de  Berlín.

Pues no, no voy a hablar de ninguna de ambas cosas. O por lo menos no voy a  hablar demasiado de ninguna de ambas cosas.

Tomé esa decisión el jueves después de asistir, más o menos impávido, a las  afirmaciones de una periodista de referencia española, Carmen del Riego, en el  programa de debate de TVE “La noche en 24 horas”.

Hablaban en esa mesa, cómo no, de la famosa encuesta del CIS, del ascenso -al  parecer imparable- de Podemos y de todo el etcétera que va detrás de esa cuestión.

En ese momento la citada periodista dijo que no se podía estar esperando y  temiendo que Podemos fuera a provocar un cataclismo político, que lo mismo se  decía de la coalición de izquierda abertzale Bildu y que ahora estaban ahí, en San  Sebastián, gobernando y no pasaba nada… Ante esto ya poco más se puede decir. Tan sólo plegar velas y callarse ante quienes son amos y señores de la opinión pública que se consume en España.

Puesto que en San Sebastián no pasa nada preocupante porque gobierne Bildu, vamos a ser consecuentes y afirmar que no pasa nada -ni ha pasado, ni va a pasar- en Barcelona, ni en Madrid, ni en ningún sitio. Por lo tanto nada hay que decir del 9-N o de la manipulación, con fines políticos, de hechos históricos -con dinero público- en la “Casa de la Historia de Urgull”, un museo municipal de San Sebastián -futura capital cultural de Europa en 2016, por si lo han olvidado-, a través de la cual Bildu está colocando solapadamente su mensaje político sobre la destrucción y reconstrucción de San Sebastián en 1813. Tanto a los vecinos de dicha ciudad en la que, al parecer, no pasa nada, como a los miles de visitantes que pasan por ella a lo largo del año.

Cuando de eso se derive otra consulta, como la del 9-N, amparada en el “conflicto histórico” entre “España” y el “Pueblo Vasco” que se regurgita a los visitantes de ese museo en el material audiovisual exhibido allí, tampoco pasará nada. Más que nada porque para entonces ya habrá llegado a miles de mentes el mensaje de que, cómo no, los que convoquen dicho posible referéndum, lo hacen por muy buenas razones históricas. Las convenientemente manipuladas en dicho video como ya lo hemos denunciado este historiador que les escribe cada lunes y otros, en este foro y en otras publicaciones.

Pues eso, no pasa nada. Es el signo de los tiempos al parecer. Ahora hace unos 25 años un consejero áulico del presidente Bush padre, Francis Fukuyama, ya lo dijo contemplando las ruinas humeantes del derribado Muro de Berlín: había llegado el fin de la Historia.

Una idea descabellada como hicieron notar algunos maestros de historiadores españoles, caso de Josep Fontana que, creo, es lector -ocasional al menos- de este correo de la Historia, ya que el fin de la Historia no llegará hasta que el último ser humano haya desaparecido.

Sin embargo, hoy, 10 de noviembre de 2014, hay que constatar que, en efecto, a Francis Fukuyama, no le faltaba razón, allá por el año 1992, cuando publicó su polémico libro titulado “El fin de la Historia”.

No pasa nada, nada se hace. El austericidio nos va matando lentamente pero no pasa nada. Si Podemos llega al poder lo hará moderando su programa. Y si no, tampoco pasará nada, como decía Carmen del Riego sobre la situación en el San Sebastián gobernado por Bildu.

Porque lo que pasa carece de importancia para quienes, como ella, podrían informar de que realmente sí pasan cosas ahí. Como la del atroz video sobre un supuesto hecho histórico -la quema de la ciudad en 1813- que no se retirará de ese museo municipal donostiarra -la “Casa de la Historia” de Urgull- pese a la moción presentada en bloque por toda la oposición municipal. Una que fue unánimemente aprobada pero que, ¡ay!, no es vinculante y así lo del derecho a votar y a decidir -tan defendido para otras latitudes- se queda, en un municipio gobernado por Bildu, en agua de borrajas.

Así seguirán pasando en ese museo municipal ese video en el que se manipula la Historia. Desde los hechos históricos en sí, hasta las palabras de varios historiadores convenientemente montadas para dar un halo de legitimidad académica a lo que es tan sólo un panfleto político que, además, se ha distribuido por las escuelas de toda la provincia.

Pero tranquilos, no pasa nada. Absolutamente nada. Ya lo dijo el jueves por la noche una de las periodistas de referencia española. ¿Ustedes creen que podría pasar algo después de eso, aunque se volviera a edificar el Muro de Berlín de nuevo, fuera derribado otra vez y la Historia arrancase y se detuviera de nuevo?.

Qué va. No pasa nada. Por lo tanto hoy, al menos hoy, no hay nada de que hablar. Los  periodistas de las tertulias de referencia en Madrid ya lo han dicho todo. A callar tocan,  pues. A callar y a tragar con que nos escriban Historia los que no han pisado una  facultad de Historia en su vida. Total en Madrid lo tienen claro: la Historia es un  entretenimiento inofensivo. Tan superfluo como los botes salvavidas de más en el  “Titanic”.

Que ustedes disfruten del chapuzón en aguas heladas cuando el iceberg abra por la  mitad el casco de la nave. Hasta entonces sigan disfrutando también de la relajante  música de la orquesta “No pasa nada” y sus grandes éxitos.

Yo, por mi parte, me voy a consultar a cuánto sale un master de agente de Bolsa, a ver si ahí las perspectivas son más serias que en el tema de la Historia.

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