Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
I Katochi. La Ocupación. Algo de Historia sobre la obsesión de Alemania con Grecia (1941-2015)
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Carlos Rilova | 09-02-2015 | 12:50| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana quería hablar de algo que no tuviera que ver con la actualidad. Sin embargo, me resulta muy difícil sustraerme al vértigo de sondear las raíces históricas de lo que hoy es noticia. En este caso las que explican la actitud de Alemania frente a la Unión Europea y, en especial, hacia Grecia. Nos remontaremos así a la Segunda Guerra Mundial que los griegos llaman “I Katochi”. La Ocupación. Alemana, por supuesto.

Como verán por la primera ilustración de este nuevo correo de la Historia, Hitler, se creía historiador. O al menos creía que sus infundadas opiniones sobre la Historia eran buen y verdadero conocimiento histórico. Un problema muy común -este sábado vi un caso muy parecido en las páginas de opinión de otro periódico- que, por lo general, suele traer aparejadas consecuencias bastante funestas para los que prestan atención a esa clase de charlatanes que se inventan agravios históricos para justificar cualquier barbaridad en el presente. Como ocurrió en Alemania en 1933 y parece estar volviendo a ocurrir en 2015.

Ciertamente buceando en la Historia de ese país pronto descubrimos que la ferocidad con la que se comporta el actual gobierno alemán es fruto de un miedo atávico que hunde sus raíces en los llamados “negros años treinta” del siglo pasado, cuando el “Crack” del 29 desbarató la economía mundial y convirtió Alemania en algo que se parecía bastante a eso que ahora llamamos “Tercer Mundo”.

Sí, en esos momentos, Alemania alcanzó cotas de miseria hoy difíciles de creer. Había allí hambre generalizada y otras cosas que impedían razonar con lógica. Fue así como aquel pueblo tan culto y tan civilizado eligió en las urnas a un partido de bárbaros que cada día se engrosaba con más y más alemanes que sólo querían poder vivir antes que disfrutar de la música de Schubert o la poesía de Novalis, o cuestionar los métodos de “historiador” de Herr Hitler. Cosas todas que, como bien se sabe, alimentan mucho menos que el “chucrut” y la “apfeltarte”.

Así, los alemanes, en su mayoría -salvo los “inadaptados” políticos a la nueva situación salida de las urnas en 1933, que fueron unos cuantos miles-, consiguieron esa vida que ansiaban en el oscuro año de 1933, con estabilidad económica, con un horizonte despejado, con comida encima de la mesa y con unos reichsmarks en el bolsillo que no se devaluaban de hora en hora por una hiperinflación que convertía el papel moneda en papel mojado en cuestión de minutos.

Aún más, esa mayoría de alemanes estuvo, en principio, encantada de pagar el precio que costaba comer otra vez tres veces al día. A saber: vestir uniformes paramilitares de color pardo, adorar una cruz que no era precisamente la de Cristo y su Evangelio de Paz, desfilar de manera estrambótica ante un líder mesiánico y agredir. Sobre todo agredir. ¿A quién?. A una lista de enemigos que no hacía sino multiplicarse: judíos alemanes y de otras nacionalidades, “subhumanos” eslavos y, finalmente, el resto del Mundo más allá de las fronteras alemanas salvo, de momento, países “hermanos”. Por ejemplo la España de Franco, la Austria recién limpiada de derechistas autoritarios, pero aún excesivamente tibios para los estándares de Hitler, como era el caso del canciller Dollfuss, o la Italia fascista que había sido el modelo a seguir por Alemania desde 1923 hasta el triunfo final del Nazismo en 1933.

Eso, como ya sabrán, llevó a la Segunda Guerra Mundial, que acabó en la ocupación de toda Europa para 1941, (excepto España, que estaba ocupada por su propio Ejército, como decía Churchill, quizás olvidándose cómodamente de su incómodo aliado portugués, el dictador Oliveira Salazar).

Grecia era una pieza clave en ese esquema y en 1941 los alemanes, junto a italianos y búlgaros, invadieron Grecia. Y la ocuparon hasta 1944.

No sin resistencia desde luego. De hecho, los partisanos griegos, apoyados por los aliados, lucharon ferozmente y eso costó al Reich alemán grandes pérdidas en hombres y material. Incluso pese a la guerra civil entre los distintos grupos de esa resistencia griega, preludio de desgracias posteriores que han llegado hasta hoy día.

Así hasta que Alemania se retiró cuando el sagrado suelo alemán se vio amenazado por todos aquellos a los que, de un modo u otro, había provocado a la lucha. Es decir, prácticamente todo el Mundo. Incluso potencias tan divergentes y antagónicas como Estados Unidos y la URSS que, ayudadas por otros núcleos de resistencia de mayor o menor entidad -como podía ser el caso de los griegos-, fueron laminando, poco a poco, toda resistencia alemana y, después, todo aquel gran país.

A partir de ahí, del año 1945, hubo dos interpretaciones sobre el papel que Alemania jugaba en el Mundo. Por un lado se habló, pronto, del “milagro económico alemán” que en poco más de cinco años desde 1945 a 1950 reconstruyó el país, su industria, etc… y lo sumó -al menos la parte occidental de esa nación dividida en dos por los vencedores- al concierto pacífico de la ONU.

Otra corriente de opinión más minoritaria pero, sin embargo, no por eso desdeñable, advirtió que en Alemania había una soterrada ansia de revancha, de ganar, como fuera, la Segunda Guerra Mundial que tan desastrosamente habían perdido.

El ejemplo más asequible son muchos retazos de la novela de intriga “Odessa” -luego llevada al cine- pero hay sesudos intelectuales que lo han dejado notar también en sus obras. Por ejemplo el polémico profesor Chomsky, que señalaba que la desnazificación alemana había sido cuando menos imperfecta y había permitido escapar, casi indemnes, a muchos que no veían, en el fondo, nada malo en la idea de que Alemania fuera -sólo para empezar- dueña de Europa.

Tales teorías parecían irrelevantes, o extravagantes, hasta la famosa caída del muro de Berlín y la reunificación alemana. Sin embargo hoy, a la vista de la actitud alemana con respecto a esa Unión creada para evitar una nueva guerra civil europea como la de 1914 o la de 1939, cualquiera diría que hipótesis como la de Chomsky -o incluso otras más truculentas como las de la novela “Odessa”- son absolutamente ciertas.

Vemos que, en efecto, hay un grupo de poder en Alemania absolutamente decidido a sojuzgar al resto de países europeos por medio del viejo sistema de crear una deuda abusiva y eterna -como la de América Latina en los ochenta- que, en la práctica, convierte a los países víctimas de ese juego siniestro en un virreinato, en un protectorado alemán y no en un socio paritario de la Unión Europea.

Evidentemente tal abuso de confianza -Alemania no parece recordar ya ni el “Plan Marshall” que favoreció su “milagro”, ni la generosidad de sus socios europeos en los difíciles tiempos de la reunificación- produce consecuencias. Por ejemplo hoy Grecia es ya, lo quiera o no el doctor Schäuble, un avispero cada vez más parecido a aquel en el que quedaron sumidos millones de marcos en material y muchas vidas alemanas de 1941 a 1944, tan sólo para acabar en una estrepitosa derrota.

¿Quién será el siguiente en enfrentarse frontalmente con una Alemania que, por la razón que sea, parece incapaz de asumir las lecciones de 1918 y 1945 pensando, como un ludópata terminal, que esta vez sí, que con este envite logrará hacer saltar la banca y llevarse el botín europeo ?.

¿El resto de socios de la Unión Europea van a tolerar este nuevo rapto de Europa por una Alemania disfuncional a la que habría que devolver a la escuela hasta que aprendiese correctamente su propia Historia?.

Son preguntas que, tal vez, tengan una respuesta muy difícil de digerir para muchos en las siguientes citas electorales. Especialmente en las españolas. Tal vez en las italianas, quién sabe si también en las francesas…

 

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España y sus problemas con la Historia (otra vez). De “Víctor Ros” a los supervivientes de Auschwitz. De la desesperación a un pequeño rayo de esperanza
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Carlos Rilova | 02-02-2015 | 12:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Mariano José de Larra dejó dicho algo así como que escribir en España era llorar. Las cosas han mejorado algo desde esa primera mitad del siglo XIX a estos comienzos del XXI. Ahora los que se dedican a escribir -al menos los autores conocidos como lo fue Larra en su tiempo- ya no lloran. Les va bien, son admirados incluso, y algunos de ellos obtienen bonitas cantidades de dinero fruto de la venta de sus obras y sólo lloran por pura pose.

Lo de escribir y llorar parece haberse quedado ahora tan sólo, y cada vez más, para los que tienen -tenemos- la osadía de escribir Ciencia en ese país llamado España.

Me explico. Escribir hoy día en España de cualquier ciencia, es decir, trabajar en cualquier campo de ella, significa, las más de las veces, un billete rumbo al exilio económico o ser condenado a una especie de ostracismo similar al que describía Larra en sus tiempos.

No voy a abundar en muchos ejemplos. Sólo les pediré que hagan algunas averiguaciones acerca de cómo se ha quedado el CSIC -el Consejo Superior de Investigaciones Científicas- después de que le aplicasen las mal llamadas “reformas” que, en muchas ocasiones, parecen hacer honor a ese siniestro chiste gráfico publicado hace poco, en el que se veía a dos miembros del actual gobierno español sonriendo cual calaveras y diciendo “¿Que estamos vendiendo España?. Qué va. La estamos regalando”.

Pues sí, cada día España, gracias a esas políticas que nos predican -desde Alemania, por cierto- como imprescindibles, regala cientos, tal vez miles, de científicos a otros países de Europa o de América.

Pues sí, así está la cosa. Hacer Ciencia en ese país llamado España, hoy por hoy, es llorar -o emigrar- salvo para una casta de privilegiados instalada en determinadas instituciones -por ejemplo el departamento de Ciencia Política de la Complutense del que ha salido ese partido que, desafortunadamente, nos dicen es nuestra única esperanza- o caballeros y damas rentistas que lo mismo se podrían dedicar a la Ciencia que a degustar café tranquilamente en sus casas.

Si hablamos de la ciencia llamada “Historia”, el panorama ya entra en los terrenos de la alucinación.

Es lo que me pasó a mí este último lunes cuando, no sé por qué azar, vi parte de la serie que ahora ha sustituido en TVE a “Isabel”, “Víctor Ros”.

La verdad es que ya había oído hablar del personaje. Al parecer es un intento de hacer una especie de Sherlock Holmes a la española (la acción transcurre a finales del siglo XIX) y la serie -basada en varias novelas publicadas por un gran grupo editorial-, por los avances que vi de ella, parecía estar tan bien trabajada como otras producciones de TVE ambientadas en esa misma época. Caso de la película “Prim”, de la que hablé en otro correo de la Historia.

Vale, pues no. Me desengañé bien pronto. Y la verdad no me debería haber esperado menos del padre de la criatura, autor de una novela infame, “El valle de las sombras”, sobre la tragedia que fue la construcción del llamado “Valle de los Caídos”.

El aludido se llama Jerónimo Tristante y es profesor de Secundaria. De Historia, pensarán ustedes cándidamente… pues no, de Biología…

Y se nota. De inmediato. Véase, por ejemplo, un diálogo curioso entre Víctor Ros y otro de los personajes de la serie. Ros lamentaba, con cara contristada, que en Argentina los métodos policiales estaban mucho más avanzados -la acción transcurre hacia 1891- porque habían encontrado a un asesino gracias a sus huellas digitales. A eso añadía Ros, con honda pena, que “en cambio, en España…”

Esa es la visión, el conocimiento de la Historia de su propio país, que tiene este profesor de Biología creador de ese personaje. La de pensar que en 1891 España estaba más atrasada que una tribu de hotentotes sólo porque en Argentina se pone en práctica con éxito por primera vez la identificación criminal por huellas digitales…

El problema no es -se lo aseguro porque conozco a otros novelistas que escriben, con acierto, novela histórica sin ser historiadores- que el profesor Tristante sea biólogo. No, el problema es su falta de verdadero criterio histórico y el desprecio con el que su producto trata a los historiadores españoles y su trabajo, considerándolos prescindibles, totalmente superfluos, sin nada que enseñarle sobre cómo era exactamente la España de 1891. Veamos un ejemplo. Es obvio que el autor de “Víctor Ros” ni siquiera ha reflexionado sobre lo atrasada que podía estar también la Policía británica de 1891, deduciéndolo del escarnio que hacía de ella Arthur Conan Doyle a través de un personaje de la serie de novelas y relatos de Sherlock Holmes: el ineficaz, pomposo y aprovechado inspector Lestrade.

Circunstancia que debería conocer quien, al parecer, trata de emular a Conan Doyle pero lo único que hace es contarnos el mismo viejo cuento oxidado del Regeneracionismo noventayochista que, por cierto, ni siquiera fue tomado en serio en su propia época. Como sabrán si leen libros de Historia de España relativamente recientes en lugar de atender a sucedáneos adulterados como “Víctor Ros”.

Algo, leer Historia, que, desde luego, están bien lejos de hacer los responsables de esa serie. Es lo que deberíamos deducir del hecho de que, además de lo ya dicho, en el ¿documental? que seguía al episodio de este lunes aparecieran, explicándonos en qué consistían los desafíos entre caballeros de la época, aparte de un profesor de esgrima -lo cual tenía cierta lógica-, una persona cuyo mérito para eso era -se lo juro si quieren- ser, tal y como rezaban las letras sobreimpresionadas en la pantalla, “profesor de Ingeniería retirado”…

Hasta aquí la desesperanza y la amargura. Ahora vamos con ese pequeño rayo de esperanza del que hablaba en el título del articulo. Éste también lo trajo la televisión. Lo vi cuando retransmitían, en directo, en una cadena francesa, la ceremonia del 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. Entre los invitados distinguí a un político español honrando a los españoles que habían muerto allí, o en otros campos de la Muerte, prisioneros del Nazismo, o le habían sobrevivido.

Era el presidente del Congreso de los Diputados. Hacía así un gran gesto, al reconocer, aunque sea después de setenta años, que aquellos hombres y mujeres, muchos de ellos capturados combatiendo a aquel espanto histórico que conocemos como “Nazismo”, vuelven a ser españoles. Superando así, verdaderamente, el trauma histórico de la Guerra Civil de 1936 a 1939 con gestos como estos en los que la Derecha española no tiene reparo en reconocer -como cualquier Derecha que se considere democrática- que aquellos hombres, al menos en el momento en el que estaban encerrados en los campos de exterminio -que, en ocasiones, ellos mismos quisieron liberar antes de que llegasen los aliados-, lucharon, y murieron, por el régimen de libertades que ellos representan ahora.

Así quizás no sea tarde para que en España la Historia, y otras ciencias, no se vayan al garete -y detrás de ellas, no se hagan ilusiones, iría todo lo demás-. Así quizás algún día podamos ver series históricas en nuestra televisión pública en las que, en lugar de agredirnos y adocenarnos con caducadas lamentaciones noventayochistas, se explique, con conocimiento de causa, consultando a historiadores -y no a un profesor de Biología o a un ingeniero jubilado-, cuál es la Historia de la que procedemos, que es, para lo bueno y lo malo, más o menos, (muchas veces más que menos), la de uno de los países europeos más influyentes a lo largo de la Historia.

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Cuestión de matices históricos. Del genocidio español en América a la bandera republicana en el mitin de Syriza (1515-2015)
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Carlos Rilova | 26-01-2015 | 12:50| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Quienes siguen fielmente este correo de la Historia, ya sabrán que muchas veces lo que cuento aquí tiene su origen en lo que se dice en eso que, genéricamente, llamamos “las noticias”. Es decir, cualquier cosa que se haya contado en un telediario o en un periódico y que, de algún modo, roce con la Historia. Esta semana han sido dos noticias las que han respondido a ese patrón.

Una fue una de esas que podríamos llamar “de relleno”. La emitieron por televisión a mediados de la semana pasada. Se trataba de la investidura del, pese a su bonhomía constante, polémico presidente de Bolivia Evo Morales.

La otra la emitieron desde el viernes a la mañana todos los telediarios matinales. Desde el de Antena 3 hasta el de Telecinco, pasando por la cadena estatal TVE.

Se trataba del mitin de cierre de campaña de Syriza que, como ahora ya sabemos, ha confirmado su prevista victoria para espanto de cancilleresas alemanas -que aún así no reconocen su política de austericidio como un total fracaso-, fondos buitre y afines que hoy devoran Grecia casi como aquel horror alado enviado por Zeus vengativo a devorar a Prometeo por haber osado revelar a los míseros mortales el secreto del fuego… (Para que luego digan que la cultura clásica no enseña nada útil).

Pero divago. Lo que más me llamó la atención en ese mitin, que es de lo que quería hablar, fue la presencia en el mar de banderas que saludaban a Alexis Tsipras, y a sus amigos españoles de Podemos, de, al menos, una bandera republicana española.

Luego volveremos sobre ella. Ahora vamos a centrarnos en la primera de las noticias de las que hablaba. La que hace relación a la investidura de Evo Morales.

Ésta se hizo con ropajes de época. En este caso, según parece, del período de la cultura Tihuanaco anterior a los incas y los españoles y en el marco incomparable de unas ruinas de esa civilización.

De esa guisa, el nuevamente presidente de Bolivia se arrancó a dar su propia interpretación de la Historia de América señalando que durante el período imperial español más del 50% de la población autóctona desapareció… exterminada por los conquistadores españoles. Desaguisado histórico que él ahora estaría reparando devolviendo el poder a los descendientes de aquellos masacrados, cosa que debería quedar bien clara por el hecho mismo de celebrar su investidura con aquellos ropajes y en aquel lugar.

Desconozco si Morales matizó un tanto esas afirmaciones. Los telediarios no suelen ser muy dados a desaprovechar la oportunidad de tomar la parte por el todo y dejar como perfectos bocazas a personajes tan molestos como Morales. Aún así yo apostaría a que no, a que el presidente boliviano no matizó nada. Más que nada porque su discurso político siempre ha sido ese, el de que, como nativo americano que es, ha venido para devolver el poder arrebatado a sus congéneres por los españoles…

Y ahí es donde chirría la cosa, donde roza con la Historia y rasga la bella toga de Clío y nos toca a los historiadores defender a nuestra musa.

El discurso de Morales puede ser muy eficaz políticamente, pero no es veraz desde el punto de vista histórico.

En primer lugar porque la cultura Tihuanaco-Huari fue tan imperialista o más que la inca o la española. En segundo porque la política española en las tierras conquistadas no fue -y los hechos lo demuestran- de genocidio sistemático. De hecho, parte de las clases altas azteca e inca fueron asimiladas -véase el caso de literatos como Guamán Poma de Ayala o el inca Garcilaso- y porque la mayor parte de las muertes ocasionadas fueron en combate cuando esas mismas oligarquías azteca e inca se resistieron a perder un dominio imperial que, a su vez, habían impuesto a sangre y fuego sobre otros pueblos.

El resto fue cosa de epidemias y de las mismas causas que bajo el imperio inca y azteca. Es decir: de sobrexplotación por el trabajo en beneficio de una clase dominante, en muchas ocasiones, como decía, asimilada, mezclada con los propios conquistadores españoles cuando estos quedaron dueños del terreno.

Lo demás es Leyenda Negra de la que habría que hablar en otro artículo.

Por otra parte Evo Morales parecía olvidar algunos hechos fundamentales. Por ejemplo que las oligarquías criollas, que ahora hace doscientos años expulsaron a los españoles, fueron más feroces que estos en esa política de aniquilamiento del “indio”.

Un sólo ejemplo: entre 1833 y 1885 en Argentina se liquidó a los pueblos nativos que habían sobrevivido durante todo el período colonial en la zona de las pampas. Fue el equivalente, casi exacto, a lo que los estadounidenses hacen en sus propias “pampas” en esas mismas fechas. De paso, como me decía en una ocasión una colega argentina, se “reventó” en operaciones como esas a todos los negros que en aquel país había, mandándolos a primera línea. Vestidos, eso sí, con impecables uniformes estilo Segundo Imperio francés -del quepis rojo a los pantalones bombachos- prueba suprema en aquel entonces de ser un pueblo “civilizado”. Lean el poema de Martín Fierro, o el cómic “El gaucho” de Manara y Pratt y verán el fenómeno en todo su detalle, en todos esos matices que el discurso de Evo Morales olvidaba no sé yo porqué junto con Bartolomé de las Casas, las Leyes de Indias…

Y dicho esto volvamos al mitin de Tsipras y a la bandera republicana española. Se trata de otro hermoso ejemplo de cómo cierta parte del pasado es liberada por algunos libertadores de hoy día de todos sus detalles, de todos sus matices negativos.

No cabe duda de que la bandera republicana, por causa de cómo acabó la guerra civil de 1936-1939, tiene un prestigio que la roja y amarilla no tiene, siendo identificada ésta, todavía hoy, tras más de treinta años de democracia, con una dictadura.

Es una verdadera lástima porque ni nuestra tricolor es tan buena ni la rojigualda debería ser identificada con la dictadura que, al fin y al cabo, sólo usurpó durante cuarenta años esa enseña que databa de 1785.

Sí, han leído bien, la tricolor republicana, a pesar de lo que muchos parecen creer hoy día en España -o en mítines de Syriza- tiene una Historia que no siempre fue brillante. Representa, sí, a un régimen que se dedicó a abrir escuelas públicas y a tratar de hacer avanzar social y económicamente a España, pero también representa la incapacidad para entenderse con determinados sectores de la sociedad española y la carrera hacia el abismo de la guerra civil. Durante unos dos años, de 1934 a 1936, además, fue la bandera de un  gobierno salido de un partido filonazi -la CEDA de Gil Robles, que poco tenía que envidiar a los hitlerianos- y de un presidente de dicha república que era un estafador de siete suelas: Alejandro Lerroux.

Antes de agitar la bandera tricolor creyendo que es la solución a todos nuestros problemas lean, por ejemplo, “El emperador del Paralelo” del profesor Álvarez Junco.

Más que nada para que sepan que la Historia está llena de matices traicioneros que deberían hacernos pensar si lo que parece hoy una solución no puede acabar convirtiéndose, por mero desconocimiento de la Historia, en un grave problema mañana, como lo fue el tortuoso camino político que llevó al despeñamiento de la Segunda República española. O en una insidiosa falacia, como la del genocidio nativo americano perpetrado sólo por “españoles” que algunos, como el presidente Morales, han convertido en una bandera que, como la mayoría, se deja los detalles y los matices -tan necesarios- por el camino, convirtiéndonos en un rebaño ciego que tiene que creer y no razonar si “esto” es, o fue, o será, mejor que lo “otro” sólo porque sí.                  .

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¿Otra película sobre la Segunda Guerra Mundial? “Corazones de acero” o ¿por qué a algunos veteranos no les gusta hablar de la Guerra?
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Carlos Rilova | 19-01-2015 | 1:21| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Debo reconocer que, tras muchos años investigando distintas guerras -la civil española, la de Independencia, la de la Cuádruple Alianza, la de los Treinta Años, la Primera Mundial…- se me escapaba, todavía el porqué algunos veteranos de esos conflictos, especialmente de los que llamamos “mundiales”, se resistían a hablar de lo que habían vivido, de aquello a lo que, de hecho, habían sobrevivido.

La respuesta a esa pregunta casi sin formular puede parecer fácil: lógicamente quien ha vivido una experiencia muy traumática no quiere hablar de ella. Sin duda esa es la respuesta correcta para casos como el de la Primera Guerra Mundial y el abuelo del dibujante francés Jacques Tardi que ha dedicado buena parte de su obra a ese conflicto -“El soldado Varlot”, “¡Puta guerra!”…-.

En torno a esas obras Tardi señalaba que todo lo que sabía casi de primera mano sobre aquella “Gran Guerra”, lo sabía gracias a que su abuela se lo iba contando de tarde en tarde. Su abuelo jamás le dijo ni media palabra respecto a lo que después Jacques Tardi acabará plasmando en magníficas viñetas. Eso, su abuelo, sólo se lo dijo, poco a poco, a su mujer -es decir, la abuela de Tardi- que no tuvo reparo en contárselo, a su vez, a su nieto, futuro renombrado autor de cómics en la Francia de finales del siglo XX.

Sin embargo, no todo el mundo reacciona de la misma manera que el abuelo de Tardi. Hace ahora un siglo y medio, a mediados del XIX, hubo numerosos veteranos de las campañas napoleónicas que contaron sus experiencias y permitieron que se editasen en libros que, en muchas ocasiones, adquieren rango de bestsellers.

La lista es larga y alguno de sus miembros ya ha sido mencionado aquí, en este correo de la Historia, alguna vez: el sargento Bourgogne, el capitán Coignet, el fusilero Benjamin Harris… a ello se pueden añadir el relato del también fusilero Costello o las “Memorias” del coronel Scheltens. Simple sargento en la Guardia Imperial y, después de la abdicación de 1814, desertor del bando napoleónico para engrosar las fuerzas de sus Países Bajos natales y contribuir, en su ejército, ya con grado de oficial, a la derrota de su antiguo amo en Waterloo.

Ninguno de esos hombres parecía tener problema alguno en contar verdaderos horrores bélicos. No parece que se lo quedasen para susurrárselo, previsiblemente horrorizados y cubiertos de lágrimas, a sus respectivas mujeres.

Así pues, como ven, no es tan fácil comprender el porqué algunos veteranos de determinadas guerras se niegan a hablar de ellas, dejando que los horrores que han vivido se deslicen silenciosos en sus mentes durante años, sin expresar una queja, un gesto de desanimo o de desagrado por lo que vieron, hicieron o vieron hacer.

Y no, no es porque las guerras napoleónicas fueran más “románticas”, más caballerosas, que, por ejemplo, la Guerra de Vietnam que parece tener el número más alto de veteranos irrecuperables.

Si se comparan relatos como, por ejemplo, los del sargento Bourgogne con los de veteranos norteamericanos del Sudeste asiático, se verá que las diferencias no son tantas.

En efecto, hay testimonios de la Guerra de Vietnam que aseguran, por ejemplo, que para embrutecer a los soldados recién llegados a “Nam” se les obligaba a patear la cabeza de enemigos muertos hasta que… bueno ya se imaginan cual era el objetivo final de esa acción deshumanizadora.

Cosas muy similares a estas había visto el sargento Bourgogne. Por ejemplo durante la desastrosa retirada de 1812, donde es testigo de cómo soldados de la “Grande Armée” se matan entre ellos por un pedazo de carne de caballo. Episodio que luego popularizará literariamente R. L. Delderfield en “Siete hombres de Gascuña”.

Así que la respuesta al porqué de ese silencio de algunos veteranos debe de estar en otra parte. A mí, que nunca he estado en una guerra, salvo como historiador o reconstructor (y eso, hoy día, ya es mucho), me parece que podría estar en “Corazones de acero”. Una de las últimas producciones del famoso Brad Pitt que, además, la protagoniza, como ya ocurría en la apabullante “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”.

He visto muchas películas “de guerra”, ese género que, por lo general, engloba las centradas en la Segunda Guerra Mundial. Las he mencionado más de una vez aquí. Sin ir más lejos hace unas pocas semanas, me refería a “Anzio”, ambientada en el desembarco de las tropas aliadas en la Italia fascista, donde Robert Mitchum descubría que había guerra porque, sencillamente, al Hombre le gusta matar.

Sin embargo, de “Corazones de acero” es de la primera que he salido horrorizado por lo visto en la pantalla. Hay algo en esa película que no han visto, por supuesto, en películas de ese género de tipo épico. Como muchas de las que protagonizó John Wayne entre los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo -desde “Arenas sangrientas” en adelante- pero tampoco en otras más avanzadas en el tiempo y en otros sentidos a ese cine que era poco más que propaganda. Por ejemplo en “Salvar al soldado Ryan” (sí, ya sabemos que a Steven Spìelberg no le sale ser un tipo duro ni aún queriendo) o “La delgada línea roja”, del enigmático Terrence Malick.

No, en “Corazones de acero”, ambientada en la invasión aliada de Alemania en 1945, a pesar de su desvío hacia el género épico en sus últimos compases, sólo hay un horror desnudo y cruel. Nos lleva a un punto extraño de las guerras. Ese en el que, realmente, ya han dejado de tener sentido para los que las están combatiendo. Ese lugar de la mente que difícilmente se capta en, por ejemplo, un libro de Historia que, como todos ellos, tratará de explicar que, en efecto, no se podía permitir que una tiranía como la hitleriana se apoderase del Mundo.

Los soldados de “Corazones de acero”, tienen eso claro, y se ve en varias escenas de la película. Por ejemplo cuando
Brad Pitt enseña al novato de su grupo de tanquistas a miembros del Partido Nazi que se han suicidado antes que caer en manos de los aliados. Sin embargo, el resto es horror. Son gente sucia, despiadada y cruel, devastados por todo lo
que han vivido en años de guerra, desde la operación Torch en el Norte de África hasta la invasión de Alemania en 1945, pasando por el día posterior al día D, en el que asisten a una auténtica carnicería, descrita entre lágrimas sin sollozos y una abusiva ingesta de alcohol que anula incluso el buen fondo que aún conservan algunos de ellos.

Sí, “Corazones de acero”, parece una película “de guerra” más. Pero no lo es. Es una película antibélica que consigue de un modo muy difícil -sin salirse del terreno épico- lo que hasta ahora sólo había conseguido “Johnny cogió su fusil” por otros medios mucho más metafísicos.

Es decir, llevarnos al punto en el que hasta una guerra imposible de evitar, necesaria, se vuelve un sinsentido, la muerte civil de miles de hombres que ya no saben vivir de otra manera, salvo ejerciendo una devastación mecánica de lo que ha sido definido para ellos como “el enemigo”. Una figura cuyos contornos se vuelven cada vez más difusos a medida que transcurre esa guerra a la que, al final, sólo el Tiempo y los libros de Historia devuelven su sentido.

Si van a ver esta película -y se lo recomiendo- les sobrecogerá, probablemente les horrorizará, pero aprenderán una gran y ponderada lección de Historia.

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¿Dónde está Willy (Toledo)?. Humor gráfico, Islam, Historia. (Juan Garmendia Larrañagaren omenez/ En homenaje a Juan Garmendia Larrañaga, estudioso vasco de la religión y otros fenómenos humanos)
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Carlos Rilova | 12-01-2015 | 12:38| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Naturalmente esta semana parece casi imposible hablar de otra cosa que la conmoción causada en Francia por el atentado terrorista perpetrado el miércoles pasado por varios de esos que ahora llaman “lobos solitarios”. En este caso contra el semanario satírico “Charlie Hebdo”. Algo que ha ido encadenando desde entonces hasta este fin de semana una serie de lúgubres sucesos, uno tras otro.

Desde la muerte de varios de los ilustradores y columnistas más conocidos de esa publicación equivalente a nuestro “El Jueves”, hasta la caza y captura de los yihadistas en un despliegue más militar que policial, que ha acabado con la muerte de tres “lobos solitarios” y la de varios de sus rehenes.

De todo eso ha surgido una oleada de conmoción, miedo, solidaridad… a la que, en efecto, es difícil sustraerse. Mucho más cuando algunos de los comentarios más populares sobre este feo asunto tienen que ver, directamente, con lo que en Historia llamamos “procesos históricos”. Es decir, una serie de acontecimientos que, desarrollados en el tiempo (es decir, en la Historia), dan lugar a determinadas consecuencias. Por ejemplo una sangrienta matanza de intelectuales en el corazón de París. La ciudad de los intelectuales por excelencia.

Supongo que ya, entre esto y el título del artículo, se imaginarán que me voy a centrar en los comentarios del actor Willy Toledo, publicados en Twitter poco después de que ocurriera la matanza de la redacción del “Charlie Hebdo”.

Pues sí. En sustancia la polémica vino porque Willy Toledo preguntaba en esa red social si esperábamos que los miles de personas que eran masacradas por Occidente, en silencio, cada día, por cuestiones de Geoestrategia, no reaccionarían en modo alguno.

En otras palabras, Willy Toledo nos transmitía que lo que habían hecho los que habían matado a los humoristas del “Charlie Hebdo” era un capítulo, otro más, de la lucha entre eso que llaman, o llamaban, “Tercer Mundo” y el opulento Norte, Occidente, Estados Unidos y sus aliados, etc., etc…

Ese análisis, que luego ponderó el actor, cerrando filas a favor de los asesinados, explicando que sólo trataba de manifestar la motivación de los yihadistas, queda muy bien visto desde la visceralidad ideológica, para esos que algunos con esmerada educación llaman “altermundistas”, antiglobalización… y otros, menos educados desde luego, despachan con el abrupto epíteto de “perroflautas”.

Sin embargo lo que Willy Toledo dijo no se sostiene si se consideran los hechos ocurridos en París desde la racionalidad, desde un análisis menos sentimental, más científico si se quiere, en el que se trata de ver el Mundo en toda su complejidad y no en una imagen sencilla, en blanco y negro, sin matices.

Así es, los yihadistas del “Charlie Hebdo” y el Hiper Cacher no son unos paladines de los parias de la Tierra contra el opulento Occidente. No han matado en nombre de la liberación de los pueblos colonizados y oprimidos por el Imperialismo de Estados Unidos y sus fieles aliados. Ni mucho menos. Han matado en el nombre del Islam. Al grito de “Allahu akbar”. Alá es grande.

Han matado por la misma razón por la que los musulmanes lo han estado haciendo desde los tiempos del profeta Mahoma: para defenderse de los infieles. Desde el tiempo de la Hégira hasta, por poner una fecha, la insurrección de los llamados “derviches” en el Sudán de 1885, que muchos recordarán de películas “de aventuras” como “Kartum” o “Las cuatro plumas”.

Es más, esa matanza ni siquiera representa a todo el Islam -como se ha visto por la protesta en contra de dichos “lobos solitarios” de altos representantes de esa religión- sino a una de las interpretaciones del Islam no por ruidosa más representativa de esa religión.

En efecto, los “lobos solitarios” de París han matado en nombre de una doctrina surgida del Islam, la fundamentalista o wahhabi, que interpreta las palabras del Profeta en términos que son ajenos, por ejemplo, a otras doctrinas islámicas como la de los místicos sufíes, que serían incapaces de haber perpetrado tales actos.

En efecto, como señala uno de los escritos sufís, “El Tratado de la Unidad” (Risalat al-Ahadiyya), toda la Existencia que tenemos ante nuestros ojos, cada uno de nosotros mismos, no es sino una parte del todo que es Dios. Por lo tanto los asesinatos de París serían una abominación, ya que unas partes del todo habrían atacado a otras para aniquilarlas, entendiendo, por su propia cuenta, que habían ofendido a dicho todo que para los sufíes es el Dios presente en todas y cada una de las cosas y seres creados.

A la interpretación fundamentalista de las palabras del Profeta -que chocaría frontalmente con otras interpretaciones, como la sufí que acabó de resumir- es a lo que se deben los asesinatos y muertes de París. No a la reacción de un “Tercer Mundo” machacado por las necesidades geoestratégicas de Occidente, como pretendía asegurar el comentario de Willy Toledo.

Y es que este actor, que nos hizo reír en “7 vidas”, “Al otro lado de la cama” o  “Crimen Ferpecto”, olvida muchos detalles.

Por ejemplo, el de esa motivación religiosa que impulsa a estos “lobos solitarios”. O que el ISIS dispone de unas cantidades de recursos económicos mayores que las de muchos de esos países llamados subdesarrollados. O que la república islámica de Irán, el gran enemigo de Occidente hasta ayer, se ha sumado a la ofensiva contra dicho Estado Islámico. O que muchos creyentes del Islam, como pretendían serlo los “lobos solitarios” abatidos en París, son inmensamente ricos. Véase la lista: el Sultán de Brunei, los reyes y príncipes saudís…

Ciertamente hay un fondo de verdad y realidad en lo que en poco más de cien caracteres trató de expresar Willy Toledo, y es que la marginación, la pobreza, la cólera y el resentimiento que se generan en muchos países o en sucursales del Tercer Mundo que crecen en la “banlieue” de las grandes urbes de Occidente, crean un caldo de cultivo enteramente favorable para fanatizar con esa clase de doctrinas destructivas -que, como vemos, ofenderían en lo más vivo a muchos musulmanes, como los sufís- a hombres y mujeres como los que se inmolan tras asesinar a otros semejantes suyos a los que consideran ofensivos para su idea de lo que es Dios. O el Todo, como dirían los sabios sufís.

Pero más allá de eso sólo hay creyentes muy necesitados de leer y releer libros como “El Tratado de la Unidad” de Ibn´Arabi. Especialmente sus palabras finales “Que Allah nos prepare para lo que Él ama y para lo que Le place respecto a palabras, actos, ciencia, inteligencia, luz y verdadera dirección. (Él) lo puede todo y responde a toda plegaria con la respuesta justa”…

De haber leído y meditado sobre el “Tratado” de Ibn´Arabi, es probable que los hermanos Kouachi no hubieran muerto por nada, ni hubieran asesinado a nadie y así, ya de paso, Bildu se hubiera ahorrado en el Parlamento Vasco el bochorno de ser el único grupo político que, una vez más, no condena ejecuciones de ese tipo. Incapaz, por lo que se ve, de respetar al que no piensa como ellos. Imitando en esto a los fundamentalistas islámicos que masacran cristianos en Irak o humoristas en París. O a los fascistas que en 1977 pusieron una bomba en otra revista satírica -española en este caso- “El Papus”…

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