Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Que la tierra te sea leve, duque. A cien años de la muerte de Fermín Lasala y Collado (1917-2017)
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Carlos Rilova | 11-12-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

fermin-lasala-y-collado-imagen-para-la-ilustrracion-americana-y-espanola-1880Esta semana, el domingo 17 de diciembre de 2017, se cumplirán cien años de la muerte de Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas.

Como durante cuatro años de mi vida yo me dediqué a estudiar la suya y a escribir con ella mi tesis doctoral, me ha parecido, inevitable, tratar de contar hoy, en este nuevo correo de la Historia, quién fue Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas.

Nació en San Sebastián, en el año 1832, del matrimonio de Fermín Lasala y Urbieta y de Rita Collado. Sus dos padres, ella y él, eran comerciantes prósperos.

Fermín Lasala y Urbieta descendía de emigrantes franceses de la zona de los Pirineos. Para cuando Fermín hijo nació, él ya había conseguido amasar, como comerciante, una considerable fortuna que fue incrementando como sólo lo podía hacer un capitán de empresa de esos que tanto proliferaron en Europa en aquellas tres primeras décadas del siglo XIX y que han sido perpetuados por las novelas y el Cine. Sobre todo en el mundo anglosajón.

La madre del futuro duque de Mandas, Rita Collado, era heredera de la casa de comercio de los Collado, dirigida por una enérgica matriarca de origen cántabro. Al parecer, la madre del futuro duque salió a ella en carácter, pues a pesar de que la familia quería evitar su boda con Fermín Lasala y Urbieta, ella, Rita, se negó en rotundo a aceptar ese veredicto familiar, imponiendo su propio criterio. Lo cual no estaba nada mal para el año 1828, que fue en el que tomó esa drástica decisión, Tan opuesta a los convencionalismos dominantes en su época y en su clase social.

De ahí salió el futuro duque de Mandas. Ya nació, en 1832, siendo el heredero de una gran fortuna, que crecía día a día, tanto gracias a la buena administración doméstica de su madre Rita, como a la ferocidad de su padre en aquella España isabelina en la que -con el tiempo- llegó a ocupar puestos de responsabilidad junto a la Corte, para asesorarla en cuestiones económicas.

El joven heredero se comportó como un vástago sólido de ese tronco, ya de por sí bastante sólido. Tuvo una preparación académica igualmente sólida en las universidades de Madrid. Como experto en Jurisprudencia (uno de los grados mas altos en la carrera de Derecho) y, asimismo, con la titulación equivalente a la de Filosofía y Letras. Quizás obtuvo esta última porque tenía un gusto por la Historia inculcado por su madre Rita, con la que solía tener interesantes conversaciones sobre la desdichada María Estuardo, reina de Escocia.

Aparte de esos estudios, el joven heredero recorrió Europa en el “tour” habitual para los de su clase social. Visitó Francia. Así como Gran Bretaña (donde pudo ver, y conseguir, algunas reliquias de su admirada María Estuardo). Llegó incluso a hablar con los guardias del rey de Prusia, preguntándoles por su vida.

Así, cuando hacia 1855 se hace cargo del capital político y económico que le legan su padre y su madre, Fermín Lasala hijo estaba listo para afrontar un mundo lleno de peligros. Uno en el que había que ser rápido y tajante para sobrevivir. Es el mundo de los Vanderbilt, los Morgan, los Astor y los Rothschilds. Grandes magnates que, en unas ocasiones, son rivales de la familia Lasala y en otras socios de ella. Como ocurre en el caso del primer ferrocarril a vapor del estado de Nueva York. Puesto en marcha gracias tanto a capitales facilitados por familias como los Astor, como por los Lasala de uno y otro lado del Atlántico.

Fermín Lasala y Collado también tendrá que moverse en las convulsas aguas de la Política española e Internacional que se agita entre esos años de mediados del siglo XIX y los diecisiete primeros del XX, que desembocan en la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique.

Lo hará al lado de grandes figuras como Antonio Cánovas del Castillo. Compañero suyo de estudios y amigo personal hasta su muerte en el año 1897.

Junto a Cánovas, una vez que se han superado las convulsiones de la última de las guerras carlistas (en la que Fermín Lasala y Collado será combatiente en el lado liberal), pasará de la Política provincial, donde ha representado a su territorio guipuzcoano natal en el Parlamento y en la Diputación, a responsabilidades de estado más altas.

Como ministro de Fomento, como senador vitalicio y, al menos tres veces, jugando en la palestra internacional el destino de una España que se debate por sobrevivir en la Era del Imperialismo.

Lo hará en puestos de primer orden, entre 1890 y 1897 en la embajada de París, tratando de desactivar la crisis que desembocará en la pérdida de las colonias españolas en Antillas y en Asia-Pacífico en 1898 y de hacer valer los avances españoles en África central, que ya se están dado en ese momento.

Después de que esa crisis, la del 98, llegue, se le mantendrá, tanto por su partido como por el de los liberales de Sagasta, en la embajada de Londres, entre 1900 y 1905, para conseguir que España recupere el terreno perdido en las Antillas y Asia-Pacífico en esa África que ya se están repartiendo otras potencias europeas.

En los doce años que van desde 1905 hasta su muerte en 1917, Fermín Lasala llevará una vida más bien tranquila, a caballo entre sus extensas posesiones inmobiliarias en Madrid y su mansión de Cristina-Enea en San Sebastián. Sus negocios seguirán prosperando, aunque su bienestar material está ya más que asegurado por los cargos públicos que desempeña con carácter vitalicio, en el Senado y en otros cenáculos del poder de esa España de Alfonso XIII.

Su vida, como la de todo ser humano, seguirá su curso fatal, pero, antes de que le llegue el fin, verá morir a su mujer Cristina. Bienamada, como se puede deducir de la presencia en el despacho del duque del cuadro que le pintó Palmaroli. Estuvo allí hasta que el duque murió el 17 de diciembre de 1917.

Antes de que llegase ese día de ese año, el duque verá colapsarse el mundo en el que vivió y creció. Le llegarán noticias de la “Gran Guerra”, temida y esperada, que, al fin, había estallado en 1914. También de la revolución socialista que él ya había intuido como ineludible en los comienzos de su vida como político.

Cuando murió, el 17 de diciembre de 1917, dejaba tras de sí una inmensa fortuna que sería legada a, falta de herederos directos, a la Diputación guipuzcoana. Su mansión y jardín de Cristina-Enea, así como su biblioteca, quedarían en manos del Ayuntamiento de San Sebastián. No tuvo hijos, pero en ese gran jardín de estilo inglés dejó muchos árboles que aún siguen creciendo en ese parque donostiarra. Sí dejó, también, varios libros de Historia escritos. Entre ellos algunos en los que justificaba sus propias ideas políticas. Como “La separación de Guipúzcoa y la Paz de Basilea” o la “Última etapa de la Unidad Nacional. Los fueros vascongados en 1876”. Donde se exoneraba, en parte, de la acusación que vertieron contra él de haber sido el impulsor de la abolición foral de 1876. Algo que algunos políticos de tendencia contraria a la suya, le estuvieron reprochando hasta después del día de su muerte.

Hoy, a poco menos de una semana del centenario de esa fecha, yo, que dediqué cuatro años de mi vida a escribir una tesis sobre él, que fue publicada por última voluntad de un gran historiador vasco como José Ignacio Tellechea Idigoras, he querido recordarlo y que se le recuerde. Tan exactamente como sea posible, tan justamente como sea posible, en un país con tendencia al olvido. Incluso de aquellos que han forjado el presente en el que hoy vivimos.

Así pues, que la tierra te sea leve, duque. Hoy y dentro de otros cien años.

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Puigdemont, Donizetti, la Leyenda Negra y la Historia española
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Carlos Rilova | 04-12-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Casi todos los días hago el esfuerzo de seguir las noticias por Televisión. Algo no demasiado fácil, ya que muchos de esos informativos están derivando hacia el amarillismo a una velocidad tan galopante como preocupante.

En el caso concreto del que voy a hablar hoy, logré sacar un remanente de información valiosa de los primeros minutos del magazine matinal de Antena 3: Espejo Público. En la mañana de este jueves pasado Susanna Griso entrevistaba a un académico de la RAE con el que habló del tema de la “Leyenda Negra” a propósito de la gran (permítanme la ironía) noticia de aquella mañana. Es decir, que el oficialmente destituido president de la Generalitat catalana, mi tocayo Carles Puigdemont, había asistido en la Ópera de la ciudad belga de Gante, a una representación de una obra del compositor romántico Gaetano Donizetti: “El duque de Alba”.

Ya se imaginarán, aunque no hayan leído, ni oído, ni visto nada acerca de esta noticia, aunque no sepan nada de Ópera romántica, de qué va esta obra. Sólo el título ya es elocuente.

Donizetti, transido de las ideas del Romanticismo, toma un episodio de la Guerra de los Ochenta Años entre el imperio español y una serie de rebeldes súbditos que, tras esos acontecimientos, acabarán por declarar la República de las Provincias Unidas. Aquellos hechos lo tenían todo para una buena ópera romántica: acontecimientos truculentos con heroicos combates entre un pueblo oprimido y amante de sus libertades y un rey oscuramente despótico…

Todo ello dio pie a esa entrevista este jueves y a un posterior encendido debate que no pude terminar de ver porque otras obligaciones más urgentes me llamaban.

En sustancia lo que saqué en conclusión de todo esto, es que Carles Puigdemont trataba, por medio de ese acto público, de atizar el fuego de la llamada Leyenda Negra erigida desde esas fechas (finales del siglo XVI) contra España.

No voy a entrar en más detalles. Aquí está Internet con todos sus múltiples canales para que se regodeen en ellos, si quieren. Me voy, únicamente, a ceñir a lo que le pareció toda aquel revuelo sobre el duque de Alba, la Leyenda Negra, España, Holanda… al historiador que lleva más de dos décadas de práctica profesional, ahondando en archivos, investigando, divulgando por todos los medios a su alcance (incluso más allá de los que el deber académico le impondría) esas investigaciones.

En primer lugar lo que me descubrió la entrevista y el comienzo del debate de este jueves pasado en Espejo Público, fue, una vez más, los gigantescos déficits de información histórica presentes en la sociedad española actual.

En efecto, me quedó muy claro que la investigación histórica publicada en los últimos años (a costa de no pocos esfuerzos) ni ha sido leída ni considerada en estos grandes medios de difusión, retroalimentando de ese modo una penosa visión de la Historia española.

Así se sigue narrando la Historia de España desde un punto de vista digno de lo que decía Valle-Inclán de uno de sus personajes, el marqués de Bradomín: “feo, católico y sentimental”. Muy poca cosa en definitiva.

Así, parece que la Historia de España en esta segunda década del siglo XXI sigue siendo, para los grandes medios de comunicación, básicamente la de un pueblo heroico que llevó la civilización cristiana a América y que fue siempre injustamente atacado por potencias envidiosas de su gran misión en el Mundo.

Así, sigue quedando fuera de ese discurso tan banal, tan poco informado, toda evolución histórica de ese país, España, que, para empezar, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, cubría buena parte del Mundo.

Así, gracias a ese bajísimo nivel de formación, el público español sigue sin saber, por ejemplo, los sutiles meandros de la Política internacional de aquel megaestado dirigido desde Madrid durante esos (se dice pronto) trescientos años.

Por ejemplo, es obvio que gran parte de los que dirigen hoy la opinión pública española no saben que, tras la firma de la Paz de Westfalia en el año 1648, a Madrid, por cuestiones de Alta Política, se le olvidaron bien pronto las diferencias con las Provincias Unidas que, siglos después, inspirarían la ópera de Donizetti.

En efecto, en el año 1672 estalló la Guerra de Holanda. Luis XIV, descendiente de una princesa española de la Casa Austria y de un príncipe Borbón, trató de aplastar a aquella república de comerciantes que no hacían sino fastidiarle dando malos ejemplos políticos y entorpeciendo la buena marcha de la economía francesa. Como Holanda no podía contar, como durante la Guerra de los Ochenta Años, con la ayuda inglesa (pasada esa nación, con armas y bagajes, al bando francés por la restauración monárquica de 1660) a los Estados Generales de Holanda no les quedó más remedio que volverse hacia la única potencia con suficientes recursos financieros y militares para evitar que La Haya fuera tomada y arrasada, junto con el resto de aquel pequeño país, que no es sino una vasta llanura muy difícil de defender.

Esa potencia era la España de Su Majestad Católica, Carlos II de Austria, primo, por cierto, de Carlos II de Inglaterra y de Luis XIV.

Todo se negoció en el mayor de los secretos. Tanto que caballeros como el que da nombre a nuestra Asociación de historiadores guipuzcoanos, Miguel de Aramburu, se vieron sorprendidos, una buena mañana del año 1674, por el despliegue de la flota del almirante holandés Cornelis Tromp ante San Sebastián.

Las explicaciones a tan terrible como magnífico espectáculo (hablamos de decenas de barcos de guerra de alto bordo arbolando la bandera tricolor holandesa ante la costa guipuzcoana) llegaron rápidamente desde Madrid: Su Majestad Católica consideraba que convenía a sus intereses y a los de sus numerosos reinos y estados convertirse en aliado del antiguo enemigo, del hereje holandés…

Ni que decir tiene, tan brillante decisión, tan acabada maniobra política, que convertía la Guerra de los Ochenta Años y sus circunstancias y resultados en papel mojado, fue acatada reverentemente por todos los súbditos del rey de las Españas. Empezando por Miguel de Aramburu…

Si hoy, en España, se leyerán todas las nuevas sendas de la Historia (como ésta que acabo de relatar) que los historiadores llevamos abriendo (por lo visto en la más oscura de las sombras) desde hace años, quizás hoy ese país que aparece en nuestros pasaportes como lugar de procedencia, estaría haciendo un papel internacional menos bochornoso.

Y, también tal vez, en los debates televisivos se dejaría de malgastar fluido eléctrico en hablar de banalidades y lugares comunes que no conducen a ningún lado. Salvo a descubrir que la evolución intelectual de España lleva retrocediendo, sin parar, desde hace 80 años.

Algo que, la verdad, debería ser considerado como sumamente preocupante. Tanto dentro como fuera de las fronteras de este cuarto estado de la Unión Europea que poco tiene que ver con esa España -más que menos imaginaria- de Donizetti y su duque de Alba.

Algo que, como espero haber demostrado describiendo la firme alianza, en 1674, de España y Holanda contra la Francia de Luis XIV, fue sólo una mínima fracción de nuestra rica y diversa Historia común. Esa que (ustedes dirán) tiene muy poco que ver con ese discurso mostrenco, que reduce toda esa compleja (y por eso mismo interesante) Historia a un vergonzoso recitado de tópicos que, lógicamente, además, alientan desafíos independentistas como el que se escenificó en la ópera de Gante esta semana pasada.

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Algo de Historia sobre el “Cupo vasco” (1876-2017)
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Carlos Rilova | 27-11-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana pasada han circulado por ahí, por el éter informativo, un par de noticias interesantes para este nuevo correo de la Historia. Una de ellas era la venta, por una sustancial cantidad, de un cuadro pintado por Winston Churchill. El tema no estaba nada mal porque, en efecto, esa faceta del famoso primer ministro británico es bastante poco conocida. Como lo es el hecho de que escribiera un libro sobre el tema.

Quizás en una ocasión más oportuna podamos volver sobre esto, pero este lunes, sin duda, la noticia que más podía interesar a este nuevo correo de la Historia (aparte del atentado islamista contra los sufís de Sinaí, tema del que ya se trató aquí el 12 de enero de 2015) era la enésima bronca política organizada en España. Esta vez a causa del llamado “Cupo vasco”.

Con rara unanimidad, fuerzas tan dispares como la que está hoy en el Gobierno de España (es decir, el PP), el PSOE y Podemos, han votado a favor de que el “Cupo vasco” se mantenga. Otras, como Ciudadanos y la formación de izquierdas valenciana Compromís, sin embargo, votaron -y de manera furibunda- en contra.

Lo cierto es que la formación del señor Ribera, en esto, ha sido fiel a sus fundamentos ideológicos, que podríamos identificar con lo que a mediados del XIX, en la España isabelina, se llamó Liberalismo moderado.

En efecto. El Cupo vasco, lo que en su día se llamó “Concierto vasco”, fue, desde sus orígenes, un verdadero agravio para esa familia del Liberalismo. De hecho, para la mayor parte de los liberales que, en 1876, cuando empezó a hablarse de esta cuestión, estaban tratando de asentarse -ideológica y personalmente- tras el cataclismo de la, para España -excepto el País Vasco- Tercera Guerra Carlista (1873-1876).

Pues sí. Los ánimos estaban en 1876 y años siguientes muy caldeados a medida que se iba asentando el pálido sistema monárquico parlamentario que se dio en llamar Canovismo o Turnismo. Un sistema basado en el sufragio limitado a hombres de cierta fortuna personal y vetado a pobres, mujeres en general y un largo etcétera que, durante los años que iban de 1876 a 1923, trató de transformar ese sistema en una verdadera democracia parlamentaria.

El Canovismo fue un régimen prototípico de la Europa y la América del último tercio del siglo XIX. Se basaba en gran medida en la corrupción del voto, con compras descaradas del mismo y otros artificios que pueden contemplar, en todo su esplendor, en películas como “Gangs of New York” de Martin Scorsese.

Esa clase de sistemas liberales de sufragio limitado eran, después de todo, bastante tibios y muy poco amigos de estridencias políticas. De uno u otro signo.

Fue así como nació eso que ahora llaman “Cupo vasco”. En 1876 algunos diputados electos, por ejemplo los de lo que entonces era la provincia de Santander, clamaban en el Parlamento de Madrid contra lo que quedaba de los Fueros vascos.

Según esos diputados, si no se abolían los Fueros, los carlistas, que se habían alzado en armas (varias veces consecutivas desde 1833 en adelante) jamás pararían y España, como nación, peligraría.

Era una reacción lógica. Santander carecía ya de tales privilegios de origen medieval y, por otra parte, había tenido que sufrir las consecuencias de esas guerras mucho más que otras provincias españolas mucho más alejadas del frente principal de las mismas que, sí, en efecto, se centraba en Guipúzcoa, Vizcaya, etc…

La respuesta a esto por parte de otros diputados, concretamente de los electos en el País Vasco, fue que eso era un error de percepción, que los carlistas se habían sublevado para poner a un rey distinto en el trono de Madrid y que lo de los Fueros no era patrimonio exclusivo de esa facción antiliberal.

De hecho, las provincias vascas estaban llenas de eso que se llamó “liberal-fueristas” (magníficamente descritos en un libro de Historia firmado por Carlos Blasco Olaetxea). Es decir, gentes que consideraban enteramente compatible su ideología liberal (indistinguible de la de otros liberales españoles) con el mantenimiento de ciertos elementos del Fuero que, a su parecer, en nada disminuían el gobierno liberal de España.

Esas gentes, de hecho, habían formado batallones de voluntarios que fueron una ayuda fundamental para que los sucesivos gobiernos españoles liberales entre 1873 y 1876, pudieran resistir en el frente vasco hasta la victoria final sobre el Carlismo.

Cánovas, cuando hubo que decidir cómo se debía organizar España tras la victoria liberal de 1876, aparte de murmurar que “español es el que no puede ser otra cosa” (toda una premonición de dónde iba a acabar aquel sistema años después), estuvo dispuesto a oír a distintas personas sobre cómo arreglar aquel espinoso asunto de los Fueros vascos.

A uno de los que escuchó fue a su viejo compañeros de estudios en Madrid. Fermín Lasala y Collado, futuro duque de Mandas y de cuya muerte se cumplen el mes que viene 100 años justos.

El consejo de Lasala y Collado fue hacer algunas concesiones. Por ejemplo, que el servicio militar en el País Vasco se realizase por medio de una especie de cuerpo especial reclutado en las provincias vascas pero que estuviera, por lo demás, a las órdenes del Estado Mayor español.

Esa idea no prosperó demasiado, llevando a una emigración masiva (a Argentina sobre todo) de los mozos que debían ser sorteados para ir a quintas a cualquier lugar de España y no a cuerpos locales. Como los voluntarios vascongados formados en 1859 para ser enviados a luchar en la Guerra de África, dando así leal cumplimiento a lo que los Fueros vascos mandaban en aquellas fechas. Es decir, mantener ciertos privilegios a cambio de contribuir a la causa común española cuando fuera necesario.

Los únicos que se libraron de tener que emprender esa huida, fueron los hijos de quienes habían luchado al lado de la causa liberal en los batallones de los llamados Voluntarios de la Libertad. Esos que, de hecho, habían impedido que el pretendiente carlista tomase todas las provincias vascas en 1873…

Aparte de esa mínima concesión, lo que sí tomó carta de naturaleza en 1876 fue dar a las Diputaciones vascas (por lo demás ya niveladas con las del resto de España) un “Concierto”. Es decir, lo que hoy día es el “Cupo vasco”, que implicaba: recaudar sus propios impuestos, quedarse la mayor parte de los mismos para los servicios que prestaban y dar el resto, a tanto alzado y convenido, al Gobierno de España.

Con diversos altibajos como la llamada Gamazada (llamada así por el ministro Gamazo, que en 1893-1894 trató de atacar estas reminiscencias forales, empezando por Navarra y su ley paccionada de 1841), el sistema se mantuvo hasta la Guerra Civil. Después llegaron 40 años de una dictadura muy poco dada a estas concesiones, que castigó duramente a las “provincias traidoras”. Es decir, Vizcaya y Guipúzcoa, alineadas con el gobierno legítimo de 1936, y manteniendo algunas concesiones a Navarra y Álava, que se habían decantado masivamente por la sublevación franquista. Todo esto hace tiempo que está contado en magníficas monografías como las firmadas por el profesor Eduardo Alonso Olea.

Una de las primeras labores del Nacionalismo vasco en 1977 fue recuperar el polémico “Concierto”. Lo consiguió, claro está. Lo cual no deja de ser curioso porque cien años antes había abominado de esta concesión, vertiendo sobre Fermín Lasala y Collado, hasta el día de su misma muerte, en 1917, numerosas descalificaciones, considerándolo culpable de la abolición foral.

Como ven, esas son las vueltas políticas que ha dado, en 140 años, ese polémico “Cupo vasco” que ahora, una vez más, nos revela las grietas del llamado “régimen del 78” que, ciertamente, está necesitando (como todo edificio político más o menos viable y realmente democrático) una serie de serias reformas.

 

 

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La Historia y el (supuesto) escándalo de la rendición de Raqqa (1660-2017)
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Carlos Rilova | 20-11-2017 | 12:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Vi la noticia que ha dado pie a este nuevo correo de la Historia en Yahoo. Fue este jueves.

El autor de la misma decía que había sido un escándalo que la ciudad se rindiera a las fuerzas aliadas a cambio de permitir la salida de casi 4000 personas relacionadas con el ISIS. Combatientes de esa organización y familiares suyos.

Con buen criterio el encargado de comunicación de la Alianza internacional contra el ISIS, decía, según esa misma noticia, que no había ningún misterio en ese tema, que ya era público y notorio que se había pactado esa salida negociada.

Desde el punto de vista de la Historia, y más concretamente desde el de la Historia militar, sólo se le puede dar la razón. Por difícil que parezca.

Ese tipo de salidas negociadas para rendir una plaza fuerte asediada, como puede ser el caso de Raqqa, no tienen nada de raro ni de escandaloso. Es algo que lleva siglos haciéndose.

Cualquier especialista en Historia medieval, más o menos al tanto de eso que se ha llamado “Reconquista” en lo que ahora llamamos “España”, les puede decir que gran parte de las plazas que fueron tomadas a los musulmanes no cayeron  en medio de épicos combates entre las banderas de Castilla, León, Navarra, etc… y las de la Media Luna que ahora enarbola de nuevo el ISIS, o DAESH, como prefiramos. Todo lo contrario, Magerit (hoy Madrid), o Toledo fueron entregadas en condiciones pactadas. La propia Granada, en 1492, es otro caso más.

Y es que, desde que el ser humano ha desarrollado esa actividad que llamamos “Guerra”, ha habido distintas maneras de planteársela. De eso ha dado buena cuenta un especialista en el tema como Geoffrey Parker, que ha dedicado una gran parte de su carrera de historiador a investigar ese fenómeno y su desarrollo histórico.

Entre los pueblos llamados “primitivos”, por ejemplo. Lo normal, nos decía Parker, es que las bajas fueran muy limitadas. Incluso pactadas de antemano. Es decir, cuando se sumasen una decena de muertos, o menos, por ambas partes, la Guerra debía detenerse.

Entre los llamados “indios” norteamericanos, entre las naciones de lo que hoy es el Medio Oeste de Estados Unidos, la mayor muestra de coraje no consistía en matar al enemigo, sino en tocar su brazo, pecho, cara… en medio de una batalla. Eso tenía su lógica, pues el enemigo así desafiado, podía perseguir al que lo había puesto en evidencia con ese “toque”. Cosa que un enemigo muerto ya no podía hacer.

Otra forma de Guerra era la llamada “a la romana”. Esa cultura, la romana, tenía otro punto de vista sobre cómo llevar el asunto de la Guerra. Probablemente porque Roma fue, en sus inicios, una pequeña población rodeada de enemigos más poderosos que ella y que amenazaron, varias veces, con aplastarla y borrarla del mapa.

Para ellos la Guerra era, pues, ante todo, destrucción absoluta del enemigo. En la Europa medieval las cosas alternaron un tanto entre los dos extremos. Entre la guerra civilizada, por así llamarla, propia de pueblos supuestamente primitivos que ponían límites a la ordalía y entre la Guerra a la romana, de destrucción total. No hubo cambios en ese aspecto hasta el cisma religioso de 1517 y las guerras que le siguieron.

Entre 1618 y 1648, durante la llamada Guerra de los Treinta Años, predominó la Guerra a la romana, de exterminio y destrucción sistemática del oponente, al que se consideraba una criatura impía a la que había que destruir completamente. Sin posibilidad de llegar a acuerdos con él.

La matanza adquirió tales proporciones (incluyendo, como hoy en los atentados “low cost” de los “lobos solitarios”, civiles desarmados de cualquier sexo y edad) que la sociedad europea, la Cristiandad sin distinción de credo, quedó tan horrorizada que desde 1660, aproximadamente, hasta las guerras revolucionarias del siglo XVIII, se prohibieron prácticamente las guerras de exterminio.

Desde esa fecha son innumerables los asedios que acabaron en salidas pactadas en las que, como ha ocurrido en Raqqa, se dejaba incluso en libertad y armadas a las guarniciones que defendían esas plazas fuertes. El caso del fuerte William Henry en 1757 (pese a la matanza posterior perpetrada por los aliados nativos de los franceses), un hecho famoso gracias a “El último mohicano”, es un buen ejemplo de esas leyes de buena guerra que permitían pactar con un enemigo que se sabía ya vencido.

Esos usos han sobrevivido incluso hasta la Segunda Guerra Mundial. Así, por ejemplo, en 1945 el reconstituido gobierno de Dinamarca permitió a un enemigo tan maléfico y totalitario como hoy nos lo parece el ISIS -es decir, los soldados del Tercer Reich- salir del país una vez que el régimen nazi ya estaba en clara fase de derrumbe…

Así pues, lo ocurrido en Raqqa, lejos de ser una fácil y falsa piedra de escándalo, debería ser interpretado más bien como una buena noticia. Organizaciones como el ISIS -o el Tercer Reich- demuestran estar en evidente declive en cuanto sus combatientes, en lugar de inmolarse o luchar hasta la última bala -quedándose una para suicidarse- empiezan a entrar en tratos con un enemigo al que, hasta ese momento, habían considerado una abominación a la que sólo se podía sacrificar en honor al dios o al credo al que ellos habían jurado una, hasta ese momento, fanática lealtad.

Lo único con lo que habría que tener cuidado es con el manejo de esa derrota. Es decir, como se hizo en España al final de la última guerra carlista, la de 1873-1876, se debería, por ejemplo, ofrecer paz a los antiguos combatientes a cambio de lealtad al nuevo orden establecido.

Sin desestimar, por supuesto, la aplicación de modelos legislativos como las Leyes de desnazificazión alemanas que, en lo básico y elemental, desarmaban ya definitivamente al régimen vencido, considerándolo, a él y a quienes se atrevieran a reivindicarlo, automáticamente fuera de la ley.

Bajo esta óptica histórica, como ven, la salida de 4000 partidarios del ISIS de Raqqa no desmerece en absoluto la toma de esa ciudad por los peshmergas y otras fuerzas aliadas. Más bien todo lo contrario, con hechos así se empezaría a constatar la rápida desintegración de esa pesadilla política y militar que hemos sufrido, desde Oriente hasta el corazón de la vieja Europa, durante mucho tiempo…

Más allá de toda interpretación truculenta o conspiranoica (que también abundan en torno a este tema) esa es la cruda verdad de la caída de Raqqa y su evacuación por lo que quedaba del ISIS. Algo que, sin duda, no habrá caído nada bien entre su Alto Mando, que lo habrá recibido como lo que es: una señal bastante evidente de que su organización se desmorona. De manera lenta pero, al parecer, bastante segura, por el debilitamiento del cerrado fanatismo que hasta ahora lo ha sostenido.

 

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De aventuras americanas y otras obsesiones históricas españolas
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Carlos Rilova | 13-11-2017 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Los bombardeos publicitarios suelen tener diversas consecuencias. En el caso de quien estas líneas escribe no sabría describir la gravedad de las consecuencias del que hemos sufrido esta semana con respecto a la última película de Agustín Díaz Yanes: “Oro”.

A primera vista me ha llevado, de momento, a dedicar este nuevo correo de la Historia a ese tema. No exactamente a esa película, que aún no he visto y no sé si veré, sino al ambiente político del que ha surgido.

Tal vez, para ser justos, quizás ha influido en la decisión de elegir este tema -las aventuras americanas y las obsesiones históricas españolas- el hecho de que esté ultimando un trabajo de investigación sobre la expedición española a México en 1862. (Sí, las fechas son correctas: los años centrales del siglo XIX, la época de Lincoln, la reina Victoria, los ferrocarriles, los telégrafos, los barcos a vapor, etc…).

En cualquier caso, lo siento, pero no he encontrado mejor cosa de la que hablar. Quizás, muy a mi pesar.

Lo más chocante de “Oro”, del montaje publicitario a su alrededor, es la vetustez de las ideas en torno a la Historia de España que se trasluce en esa campaña y, es de imaginar, en la misma película.

Otra vez, en color y con escenas de acción calcadas del cine norteamericano, volvemos a un punto intelectual del que parece haber existido un interés casi morboso en que España no se mueva desde, por lo menos, la breve primavera política de 1976-1980.

En efecto, el Cine histórico español de este año 2017 que ya acaba, parece que no encuentra mejor temática de la que hablar que episodios históricos truculentos, derrotistas, repetidos hasta la saciedad para crear una imagen histórica de ese país -España- simple y muy precaria.

Los resultados son patentes. Entre 2016 y 2017,  sólo se han producido de este lado de los Pirineos dos únicos títulos de ese Cine que podemos llamar histórico: “1898. Los últimos de Filipinas” y “Oro”.

Su temática, como digo, no es precisamente innovadora. La segunda de ellas, abunda sobre la cuestión de la conquista americana y la búsqueda de las míticas ciudades de El Dorado o Cíbola. Un asunto sin duda apasionante, pero que en el Cine ha tenido una mala suerte verdaderamente funesta.

La esperpéntica dictadura franquista, a través de CIFESA (una empresa virtualmente incautada por ese régimen y remodelada al estilo del Fascismo italiano) produjo a ese respecto algo de celuloide ya rancio incluso antes de ser proyectado en pantalla. El caso de “Alba de América” (cursi y relamida hasta para aquella época) no requiere dar más explicaciones. Basta tan sólo con atreverse a visionar la película.

El mensaje estaba claro: España dio la luz de la religión cristiana a todo un continente, aquello fue poco menos que otra epifanía y los nativos americanos tuvieron una inmensa suerte -según parece- al convertirse en trabajadores forzosos en las haciendas y minas rápidamente incautadas por los colonos españoles.

Después, vinieron otros títulos. Como “Aguirre, la cólera de Dios”, del cineasta alemán Werner Herzog. A pesar de estar hecha en una época de saludable revisionismo histórico en general (de esa fecha es también “Pequeño gran hombre”, que desmonta las falacias del “Western” clásico), Herzog basó su película, en gran parte, en “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”. Una novela de Sender en la que, desde luego, no había ningún relato objetivo sobre ese ínfimo episodio dentro de lo que se ha llamado Conquista de América.

Más adelante, en los autosatisfechos años 80 del siglo XX, se volvió sobre el tema de la mano de Carlos Saura en “El Dorado”…

Todas esas películas, como ahora “Oro”, abundaban en el mismo error: tomar la parte por el todo -algo sencillamente descartado como vía para conocer la realidad desde, por lo menos, el siglo XVI- al considerar que lo que fue la Conquista de América, puede resumirse en la demencial búsqueda de El Dorado.

Esos hechos fueron una extraña y llamativa excepción, si consideramos lo mucho que se ha escrito sobre el tema (no sólo las crónicas de la época) sino la legión de manuales y monografías que ha producido el tema en España, en otros países de Europa y en América desde Boston hasta Buenos Aires.

La Historia de la América española, antes e incluso después de las Independencias americanas, es más bien justo lo contrario a la búsqueda de El Dorado.

Así es, la mayor parte de la Conquista de América, es la Historia de una empresa funcional y racional. Tanto que durará nada menos que tres siglos. Les propongo un sencillo ejercicio: después de ver “Oro” vuelvan a casa, conecten sus reproductores de DVD y pongan en ellos el de “La Misión”. Lo que verán ahí, es una ciudad española perfectamente asentada en la América de mediados del siglo XVIII, que apenas se distingue de cualquier otro asentamiento europeo de esa época. Observen bien los vestidos, los uniformes y las personas. No, no son franceses ni británicos (aunque puede que se lo parezcan). Son españoles y criollos, mestizos de nativos americanos, de negros y toda esa compleja sociología racial que se produce en sociedades coloniales como aquella.

La pregunta obvia sería ¿cómo es posible que todo “eso” surgiera si la tesis de “Aguirre, la cólera de Dios”, o de “El Dorado”, o de “Oro”, es la única interpretación posible de la Historia de la Conquista de la América española?

La respuesta, que también debería ser obvia, es que si hoy se plantean en España preguntas así, es porque películas como “La Misión” o “El último mohicano” (en su versión del año 1992) son hechas por directores de cine franceses o norteamericanos. Como Roland Joffé o Michael Mann. No por españoles que, es evidente, están a otra cosa.

Todo un síntoma que nos debería llevar a plantearnos qué está pasando en España -desde hace demasiado tiempo- con respecto a narrativas básicas para un país que, como vemos, se van reduciendo paulatinamente a un simplismo cada vez mayor y más abrupto. Uno que, sin duda, debería preocupar tanto en España como entre sus socios políticos y económicos, a la vista de la Anomia que relatos así acaban produciendo.

A menos que precisamente eso es lo que se busque. Es decir: causar Anomia y descomposición territorial y social en la cuarta economía de la Unión Europea…

Una idea ciertamente tan demencial como querer encontrar una ciudad entera fabricada en oro. Alucinación, por cierto, compartida no sólo por españoles sino por caballeros ingleses tan notorios como sir Walter Raleigh. A quién, por otra parte, eso le costó la vida por orden de su católica majestad, Felipe III, rey de España y de las Indias. Deseo fielmente transmitido por su embajador en Londres y orden sumisamente acatada por las autoridades inglesas de aquellos principios del siglo XVII. Unas que sabían muy bien que El Dorado podía ser una quimera, pero que las minas de oro y plata de Zacatecas eran muy reales y el rey de España era su dueño y señor absoluto, debiéndosele, por tanto, obediencia completa…

Un hecho éste del que, sin duda, se podrían sacar magníficas novelas históricas y aún más magníficas películas. Siempre que se quiera, claro está. Porque cuando no se quiere (o no se deja hacer), bien se sabe que no se puede. Ni por todo el oro del Mundo…

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