Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
El huracán Irma y un astrónomo vasco del 1800
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Carlos Rilova | 11-09-2017 | 11:38| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

jose-joaquin_ferrer-atribuido-a-goyaEsta semana pasada (y la que empieza) si ha habido algún protagonista absoluto de eso que llamamos “las Noticias”, ese ha sido el huracán Irma. Las devastaciones que ha causado han sido, como se suele decir, “carne de telediario”. Un contenido magnífico desde el punto de vista mediático.

Dejando aparte estas cuestiones para especialistas y otros gurús de eso que Marshall McLuhan definió como “los medios de comunicación de masas”, ese desgraciado salto a los famosos “diez minutos de fama” de una catástrofe natural como el Irma, me ha traído a la cabeza, con insistencia, el tema de este nuevo correo de la Historia.

Se trata de un personaje que, como buen científico español, ha caído prácticamente en ese olvido histórico selectivo del que ya hablaba la semana pasada. Su nombre era José Joaquín Ferrer y Cafranga. Nació en el año 1763 en el puerto de Pasajes, en la banda de San Juan, en territorio guipuzcoano, dentro de la misma generación que personajes tan ilustres y bien recordados como Napoleón.

Como ellos conoció un tiempo histórico muy agitado y no pudo evitar verse involucrado en acontecimientos que convulsionaron al mundo entero.

De hecho, esos sucesos determinaron su vida, convirtiéndolo en uno de los científicos más brillantes de comienzos del siglo XIX. A nivel, también, mundial

Así es. En el año 1780, cuando España entró en guerra contra Gran Bretaña y a favor de lo que, con el tiempo, serían los Estados Unidos, José Joaquín Ferrer, un joven de apenas 17 años en esas fechas, cayó prisionero de los británicos cuando se trasladaba a trabajar como agente en una factoría de lo que entonces era una colonia española y hoy es ese país tan maltrecho que conocemos como “Venezuela”.

La situación en la que se vio, no fue nada agradable.

En efecto. En breve se publicará un artículo firmado por el que estas líneas escribe, donde se detalla lo que supuso para el joven Ferrer caer prisionero y ser trasladado a los campos de internamiento británicos que, por aquel entonces, eran, entre otros, unos insalubres pabellones en la localidad de Winchester. En estos últimos no tardó en aparecer una fiebre epidémica que causó más víctimas que cualquier combate naval como el que terminó con la rendición de la flota en la que navegaba, rumbo a Venezuela, José Joaquín Ferrer.

Lo que nos cuentan sus escasos biógrafos (de hecho, sólo ha tenido uno, Antonio Alcalá Galiano, del que han/hemos bebido los demás escasos autores interesados por este astrónomo) dice que José Joaquín Ferrer escapó in extremis de ser uno más de los muchos de prisioneros que cayeron a causa de lo que el doctor Carmichael, el médico inglés que trató el tema (al menos en el depósito de Winchester), llamaba el “jail distemper”.

Esas circunstancias, como nos cuenta la biografía escrita por Alcalá Galiano, publicada en 1858 (y repetida y escasamente renovada hasta la fecha), marcaron el destino de Ferrer. Su padre, comisario de la Armada Real en Pasajes, consiguió que el comisionado que negociaba las condiciones de los prisioneros en Londres, sacase, bajo palabra, al muchacho de las cárceles inglesas y, es más, lo pusiese a aprovechar el tiempo para perfeccionar sus estudios.

Los perfeccionó tanto, al igual que su inglés, que, con el tiempo, acabada la guerra y aun en medio de la vorágine que causaron las siguientes (la de la Convención, la napoleónica…), se convirtió, nos dice Alcalá Galiano, en un astrónomo de renombre.

Toda su relativamente corta vida (moriría en el año 1818 de un ataque al corazón, mientras ejercía como capitular en el Ayuntamiento de Bilbao) la dedicó (aparte de a sus actividades como agente comercial) a establecer precisas observaciones astronómicas.

Esa actividad, en la época, tenía todavía un componente fuertemente práctico, a pesar de que se consideraba también una actividad filosófica (hoy diríamos “científica”). Es decir, un puro ejercicio intelectual para saber más por el mero hecho de saber más

Para Ferrer los cálculos eran importantes no sólo para saber más de eso que uno de sus admiradores (el astrónomo francés Laplace) llamó “Mecánica celeste”, sino también para elaborar mapas y cartas náuticas más precisas. El objetivo, claro está, era asegurar que los navíos que hicieron su fortuna personal, tuvieran más posibilidades de llegar a sus destinos con seguridad.

Mientras trabajaba en esos Estados Unidos por los que estuvo a punto de dar la vida, Ferrer, afincado como agente comercial en Nueva York, realizó un buen número de esos mapas. De hecho, nos dice -una vez más- Alcalá Galiano, la mayor parte de los mapas de la actual Costa Este de Estados Unidos se deben a él; reconociendo sus iguales norteamericanos, que, tras la muerte de David Rittenhouse (en 1796), no había en Estados Unidos más astrónomo digno de tal nombre que José Joaquín Ferrer…

Como tal astrónomo, por ejemplo, elaboró la base de los actuales mapas del estado de Ohio. Asimismo realizó cartas náuticas de la zona del Caribe actualmente devastada por Irma...

Esa labor fue reconocida por la American Philosophical Society de Filadelfia. El equivalente yankee de la Royal Society. Prestigiosa institución que también consideró y reconoció los méritos de Ferrer. Igualmente se le reconoció su mérito como cartógrafo, astrónomo, etc… en la Academia francesa. Precisamente en una visita que realizó requerido por figuras de la fama de Laplace, pudo ver la caída del primer imperio napoleónico que lo había mantenido en Cádiz durante la Guerra de Independencia española, desde donde pasó a Gran Bretaña para, a su vez, tratar con sus colegas de la Royal Society…

Esta, de manera resumida, fue la vida de José Joaquín Ferrer. Ahora que Irma, por desgracia, devasta Bermudas, Bahamas y otras partes del Caribe que él cartografió, me ha parecido una buena ocasión para que lo recordemos. Quizás no sea el momento apropiado, puede que opinen algunos. Pero, ¿cuál lo sería entonces? ¿Qué justificaría ayudar también ahora a ese eclipse (casi total, salvo por firmas como las de Carlos Clavería, Aitor Andueza…) de ese astrónomo guipuzcoano reconocido a nivel mundial allá por el 1800?

 

 

  1. B. : El correo de la Historia no se renovará, por vacaciones, hasta el lunes 25 de septiembre.

 

 

 

 

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Sir Richard Burton, los victorianos, el Sexo y otras cuestiones históricas
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Carlos Rilova | 04-09-2017 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

portada-de-una-d-elas-numerosas-biografias-de-sir-richard-francis-burtonRepasando la cantidad de artículos publicados hasta hoy en este correo de la Historia, he descubierto, sin ninguna sorpresa, que una inmensa mayoría están dedicados a esa actividad por la cual una parte concreta de la Humanidad trata de destruir a otra. Es decir, a la Guerra.

En cambio apenas ha habido aquí artículos dedicados a la Historia del Sexo (ni siquiera al Amor que hoy llamamos “romántico”). Esa otra actividad que ha permitido a la Humanidad sobrevivir (pese a esa afición suya, generalizada en el Tiempo y el Espacio, a la Guerra).

Un inquietante balance que esta semana (al menos esta semana) voy a tratar de equilibrar un poco.

Como suele ser habitual, la idea me vino al pasar por las estanterías de novedades de la Biblioteca de la Diputación guipuzcoana Koldo Mitxelena Kulturunea. Allí vi esta semana pasada un libro que era difícil pasar por alto. Por su volumen, por su descarado color naranja y por su aún más descarado título: “The Pop-Up Kama Sutra”.

El texto en sí es una edición actual de ese vetusto manual hindú para practicar la actividad sexual. En general de maneras bastante imaginativas y que llevan a pensar que en el subcontinente indio sus numerosos rajás, maharajás, príncipes, reyezuelos y nobleza cortesana anexa tenían mucho tiempo libre para dejar volar la imaginación con estas cosas. Al menos cuando no estaban dedicados a hacerse la Guerra mutuamente o aliados a los británicos. Esos mismos que vieron (en el siglo XVIII) su oportunidad de oro para conquistar aquel rico (y estratégico) territorio que, políticamente hablando, funcionaba como un auténtico manicomio.

Aparte de eso, esta nueva edición del famoso tratado contiene (como su título en inglés indica) una serie de figuras animadas que permiten hacerse una idea más dinámica de las explicaciones del tratado.

Por lo demás, como señala el editor de esta versión animada del “Kama Sutra” (Stewart, Tabori y Chang, de Nueva York) el texto es el que tradujeron al inglés sir Richard Burton y F. F. Arbuthnot en 1883. Y esto es lo que lo hace tan interesante.

De sir Richard Francis Burton ya hemos hablado por aquí en alguna que otra ocasión. Por ejemplo para hacer una comparación (odiosa, desde luego) entre él y su precursor español. El explorador, espía, aventurero…, catalán de origen vasco, Domingo Badía, conocido por el sobrenombre de Alí Bey.

Esta nueva edición de una de las más polémicas aventuras de sir Richard Burton (editar el pornográfico “Kama Sutra” en plena época victoriana) es una gran ocasión para volver sobre el tema.

Con seguridad, Domingo Badía sigue hoy tan olvidado y desconocido de la mayoría de españoles e hispanoparlantes como lo estaba la primera vez que hablé de él en este correo de la Historia. Hace ya nada menos que cinco años.

No es por falta de información. Desde luego. Las bibliotecas tienen su obra escrita. Hay también escritas sobre él biografías más que solventes, para niños tanto como para adultos. El problema es que la divulgación de su figura no alcanza, ni de lejos, la que ha gozado el audaz editor (entre otras cosas) del “Kama Sutra”, sir Richard Francis Burton.

En efecto, sir Richard, como nos recuerda esta nueva edición de ese tratado, no era muy popular en la era victoriana. Por razones obvias desde luego. El propio carácter que le llevó a emular a Domingo Badía corriendo arriesgadas aventuras en África, Asia y varios continentes más, le hacía muy difícil adaptarse a una tan (literalmente) encorsetada sociedad como la victoriana.

Sin embargo, como no podía ser de otro modo, sir Richard encontró después de todo el reconocimiento y, sobre todo, el eco que Domingo Badía no encontró y sigue sin encontrar en un país como la España actual. Ese donde, todavía, se considera a cualquiera un gran “historiador” si se pone en una esquina a contar cuentos sobre reyes tarados por la endogamia como Carlos II o afectados de macrosomía genital (algo mucho más obsceno que el “Kama Sutra” desde luego). Como era el caso del desdichado (en más de un sentido) Fernando VII.

Así es. De sir Richard hay varias serias biografías, obras monumentales, verdaderos ejemplos de cómo escribir ese género histórico. Como la de Edward Rice, a la que se pueden añadir multitud de libros que exploran la vida de este explorador entrando en algún detalle de la misma, como los firmados por Fawn M. Brodie, Peter Hopkirk, Byron Farwell…

Naturalmente la cosa no ha quedado ahí. De las páginas de biógrafos así, sir Richard pasó a las de novelistas mundialmente conocidos como Philip Joseph Farmer, que en su saga del Mundo del Río resucitaba al famoso aventurero para que siguiera con lo que había acabado en la Tierra el año 1890, tras resucitar (joven y sano) en un curioso paraíso tecnológico (es decir: en el Mundo del Río).

Sir Richard pasó también al Cine. En 1990 lo hizo famoso, entre quienes no leen libros habitualmente, la película “Las montañas de la Luna” en la que se narraba su exploración de las fuentes del Nilo a mediados del siglo XIX…

Y ahora, en 2017, como descubrí sorprendido esta semana pasada, tampoco hay reparo en recordar su hazaña de publicar, en plena época victoriana, un completo manual sobre como perpetuar la especie humana o, más bien, cómo disfrutar del proceso necesario para ese objetivo.

En efecto, incluso ese crimen imperdonable contra la férrea moral victoriana (esa que perdura agazapada en nuestras mentes todavía) es aprovechable en el mundo anglosajón para hablar, una vez más, de sir Richard Francis Burton, para hacerlo más famoso.

Envidiable, sin duda, esta capacidad de ese mundo anglosajón para describir, y divulgar, la vida de uno de los suyos. Por más que el personaje fuera lo que en una conversación callejera española se definiría (probablemente con risotadas salaces) como un “guarro”. Uno que llegó a tener una colección apabullante de pornografía en su bien nutrida biblioteca y que, según dicen, fue un auténtico atleta sexual al que, quizás, un libro como el “Kama Sutra” que tradujo le podía parecer poco más que un manual de esos que ahora llaman “de autoayuda”.

Sin duda, este pequeño detalle (la recuperación de la vida de sir Richard Francis Burton incluso en una reedición anglosajona del “Kama Sutra” ) es toda una lección sobre cómo manejar la propia Historia y convertirla en un verdadero éxito.

Cosa que, por desgracia (con o sin edición de manuales como el “Kama Sutra”), la España de Ulloa, de Malaspina, de Bonechea, de Domingo Badía, de Manuel de Iradier… parece estar muy lejos, verdaderamente lejos, de conseguir.

O incluso peor: pues ese país parece incapaz siquiera de plantearse hacer algo así, cubierta como ésta esa sociedad de una espesa capa del peor provincianismo. La misma que sigue cubriendo a otra gran masa social española que pugna, desde hace décadas, por superar ese espantoso casticismo carpetovetónico. El mismo que, como diría ese gran filósofo que fue Groucho Marx, ha hundido a ese país -España, la España que vio nacer a Domingo Badía, el inspirador de sir Richard Francis Burton- en las más altas cotas de la miseria (tanto intelectual como material) durante, como mínimo, los últimos ochenta años.

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Cine, Historia y II Guerra Mundial… “El hombre del corazón de hierro”
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Carlos Rilova | 28-08-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

signal-octubre-de-1941-aviador1Finalizo este lunes la serie de artículos sobre la pequeña oleada de películas “de guerra” que hemos vivido este verano.

Tal y como señalaba, la última película destinada a esta serie de artículos sería “El hombre del corazón de hierro”. No por otra razón que por seguir el orden cronológico que marcan las tres películas.

A saber: “El hombre del corazón de hierro” transcurre, fundamentalmente, en el año 1942 y “Dunkerque” y “La decisión del rey” en el año 1940.

Aclarada esta cuestión, pasemos a meditar (siquiera durante unos minutos) qué nos ofrece “El hombre del corazón de hierro” como película que podemos llamar “histórica”.

“El hombre del corazón de hierro” tiene un serio hándicap: es la adaptación a la gran pantalla de un libro peculiar, “HHhH”, firmado por un joven talento de las Letras francesas, Laurent Binet.

El libro en cuestión es una mezcla de ensayo histórico y novela que, incluso, ha tenido imitadores -muy poco acertados, a decir verdad- en el País Vasco.

Laurent Binet confesaba en “HHhH” que trataba de reconstruir, por medio de él, un episodio no muy conocido de la Segunda Guerra Mundial, pero sin duda importante. Algo que esperaba demostrar en las páginas de ese ensayo-novela con el curioso título de “HHhH” que -según explicaba a quienes se animaron a leerlo- era el acróstico en alemán de cierta frase que corría por el Tercer Reich antes del año 1942. Traducido decía “El cerebro de Himmler es Heydrich”: “Himmlers Him heisst Heydrich”. Es decir: “HHhH”.

Binet, en efecto, hacía ahí una reconstrucción minuciosa, casi obsesiva, de cómo un comando de checos y eslovacos exiliados en Gran Bretaña, coordinados con el movimiento de resistencia de la invadida República de Checoslovaquia, se infiltraban en ella (que en esos momentos era el Protectorado nazi de Bohemia y Moravia) para acabar con Reinhard Heydrich. El jefe supremo de ese Protectorado.

El objetivo, como se cuenta tanto en la novela como en la película, era causar, en 1942, un golpe de efecto en una Europa totalmente tomada por los nazis (o sus franquicias locales, como la española y el ambiguo salazarismo portugués) desde Lisboa hasta los Urales.

Como destacaba Binet, las cosas no estaban yendo muy bien para los aliados en ese año 1942. En esas fechas, la que hoy llamamos Segunda Guerra Mundial, aún estaba lejos de dar el vuelco que daría en dos años, hacia 1944. Era pues preciso, para Gran Bretaña, dar un mensaje de esperanza a todos los pueblos aplastados por el yugo nazi o el de regímenes similares como el petainista o el franquista. A ser posible con una exhibición de músculo militar más o menos contundente.

El asesinato de Heydrich, mano derecha de la mano derecha de Hitler, sería una buena escenificación de ese objetivo de los aliados acorralados en lo que quedaba de la URSS y en Londres.

Y eso es lo que finalmente ocurrió y eso es lo que básicamente relataban tanto el ensayo-novela de Laurent Binet como la película de Cédric Jiménez. Con bastante fidelidad a los hechos tanto en un caso como en el otro.

¿Hay, sin embargo, algo de información histórica sobre estos hechos que se pierda en la película? Pues la verdad es que sí, que se pierden algunas cosas (históricamente hablando) en “El hombre del corazón de hierro”.

Para empezar, como es inevitable en toda película, la acción se ha reducido mucho con respecto a lo que nos contaba el libro de Binet. Si se ha leído “HHhH” antes de ver la película de Jiménez, da la sensación de que todo pasa demasiado deprisa y de manera muy resumida.

Y es que es difícil competir con el detallismo (a veces un tanto sarcástico) de Binet. Por ejemplo en la película vemos, repetidas veces, cómo se atasca el subfusil ametrallador que maneja un miembro del comando antes de conseguir disparar contra Heydrich y el sicario que conduce el coche oficial en el que ese general de las SS se desplaza. como un auténtico centurión, por el centro de Praga.

La película, a diferencia del libro, no logra así, sin embargo, explicar la precariedad de medios con la que tuvo que luchar tanto el comando enviado a Praga para esa misión, como muchos de los resistentes (entre ellos muchos españoles en la clandestinidad francesa) que son abastecidos con material británico para luchar contra los nazis en aquella Europa bajo la svástica. Por ejemplo, con esos subfusiles Sten que, como Binet se empeña en explicar en su ensayo-novela, tenían una fatídica tendencia a encasquillarse. Justo lo que vemos escenificado, sin más explicaciones, en la película.

Aparte de detalles que pueden parecer más o menos anecdóticos (aunque seguramente los miembros de la Resistencia pensaban de manera distinta al respecto) “El hombre del corazón de hierro” tampoco explica, en todo su alcance histórico, otros aspectos que Binet sí desarrollaba más satisfactoriamente a partir de numerosos estudios sobre la Segunda Guerra Mundial.

Por ejemplo el exterminio, como escarmiento, de todo un pueblo checoeslovaco –Lidice- para advertir a todos los territorios ocupados por los nazis de cuáles eran las consecuencias de alzar la mano contra ese dominio.

Las escenas que vemos en la película son una recreación certera de esa represalia, de esa aniquilación total de todo un pueblo de la república checoslovaca bajo dominio del Protectorado nazi. Sin embargo, la película pierde las interesantes reflexiones de Binet sobre otros pueblos que corrieron una suerte similar en aquella Europa convulsa. Caso de Oradour-sur-Glane en la Francia ocupada, que tuvo una suerte similar por razones similares. Por no mencionar otros casos como la masacre de las Fosas Ardeatinas en una Roma donde el régimen fascista se descompone y la resistencia italiana va avanzando posiciones contra los fascistas y sus aliados nazis.

Una vez más, es evidente, la película no puede seguir el ritmo al ensayo. Ni siquiera a la novela. Ni a la que entra en “HHhH” ni a otras como “La hora estelar de los asesinos” del autor checo Pavel Kohout. Un testimonio literario feroz y descarnado de uno de los líderes de la “Primavera de Praga” de 1968 sobre cómo los esfuerzos de la resistencia checoeslovaca sucumbirán en el año 1945, debatiéndose entre los nazis que quieren arrasar Praga en venganza por el bombardeo aliado de Dresde y los soviéticos a los que se les sospechan (acertadamente) intenciones no demasiado amables hacia la república checoslovaca. Pese a, teóricamente, estar del mismo lado de esa resistencia que ha liquidado a Heydrich en 1942 y, mal que bien, ha mantenido la lucha contra el ocupante nazi hasta que los tanques rusos llegan allí.

Esas serían, pues, las limitaciones, como vehículo para aprender Historia, de “El hombre del corazón de hierro”. No muy distintas a las de cualquier otra película del género. Ya sea “Dunkerque”, “La decisión del rey” o bien otras anteriores a éstas que hemos considerado este último mes.

Evidentemente “El hombre del corazón de hierro” sería, como esas otras películas, sólo un comienzo (un muy buen comienzo, por otra parte) para animarse a aprender más sobre esos hechos a partir de otras fuentes.   Poco más se puede decir aquí de esta película “de guerra”…

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Cine, Historia y II Guerra Mundial… “La decisión del rey”
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Carlos Rilova | 21-08-2017 | 11:31| 0

 

Hoy, sin más dilación, pasado el tiempo suficiente desde el estreno de “La decisión del rey”, retomo la serie de artículos sobre Cine y Segunda Guerra Mundial que inicié hace dos semanas.

¿Qué es lo que nos ofrece esta película noruega de reciente fabricación? Resumiendo se podría decir que un interesante drama bélico marcado por el realismo descarnado que trajeron, a finales del siglo XX, tanto “Salvar al soldado Ryan”, de Steven Spielberg, como “La delgada línea roja” de Terrence Malick.

A ese respecto, las escenas de combate de “La decisión del rey” no quedan por debajo de nada de lo que esas dos películas sobre la Segunda Guerra Mundial ya dejaron ver con toda la crudeza que el género bélico no se había atrevido a mostrar antes en los muchos títulos que llenaron las pantallas, hasta, por lo menos, los años setenta del siglo XX.

La banda sonora que acompaña a esas escenas de guerra que el director ha sabido dosificar sabiamente, es realmente efectista y eficaz (un grave acorde, como de trompa de guerra, repetido una y otra vez, como una señal de alarma) que incrementa la sensación visual de escenas en las que se muestra, por ejemplo, los cañones de las baterías costeras noruegas disparando, sin piedad, sobre un barco de la “Kriegsmarine” nazi, que se viene abajo como un monstruo marino herido. Pero no sin antes llenar la cargada atmósfera de esas escenas con un infierno de balas trazadoras y penoles de munición que saltan por los aires.

Sin   embargo, “La decisión del rey” es mucho más que eso, que una película “de guerra”. Es una película cerebral, intelectual, un drama político en el que se ve el dilema de un rey constitucional (de hecho, como se dice en la película, elegido por votación en el año 1905) perfectamente consciente del hecho, pero cogido entre la espada y la pared. Es decir, entre obedecer a un gobierno timorato, para respetar esas reglas de juego democráticas, o ponerse (por esa misma razón) al frente del movimiento de resistencia nacional noruego que trata de detener tanto la invasión nazi, como el golpe de estado perpetrado por los nazis noruegos -con Vidkun Quisling a la cabeza- para entregar el país al Tercer Reich.

“La decisión del rey” es, sobre todo eso, la dramatización heroica de cómo el pueblo noruego se enfrenta a ese gran peligro. Todo ello personificado en el rey Haakon VII, el príncipe heredero y el resto de la exigua Familia Real noruega de esas fechas compuesta por la mujer del heredero, su hijo y sus dos hijas.

El director de la película se muestra claramente entusiasta de ese rey, de esa Familia Real, que huye -hombro con hombro con un pueblo que los respeta y venera- frente a la horda nazi que avanza implacable sobre Noruega, bombardeando y ametrallando civiles… Aplicando la pauta perfectamente ensayada durante la Guerra Civil española.

Es en escenas como esas, de pánico colectivo, bajo el terror de las bombas y las balas nazis, en las que el director de “La decisión del rey” hace brillar con más fuerza a sus héroes principales. A esa Familia Real noruega.

Pero Erik Poppe no se conforma con hacer poco más que una película de propaganda como las que se facturaron apenas Noruega había sido invadida en el año 1940. Una en la que sólo cambiaría el blanco y negro por el color y por unos mejores efectos especiales.

Por el contrario “La decisión del rey” da voz a personajes casi insignificantes, como el soldado raso Seeberg. Apenas un adolescente que entra bajo el fuego ante las curtidas tropas de asalto nazis que van a la caza y captura tanto de la Familia Real como del legítimo gobierno noruego que huye hacia el Norte del país.

Por otra parte la película de Poppe trata de contar las cosas también desde el punto de vista del enemigo. O al menos desde el punto de vista del más razonable de los enemigos. En este caso el embajador alemán en Oslo que, a su manera, trata de evitar el golpe de estado de Quisling (al que sólo admite porque Hitler así se lo ordena) y de lograr un acuerdo que garantice la neutralidad noruega sin necesidad de una ocupación militar, forzando con esas gestiones la decisión del rey noruego que da título a la película y es el clímax de la misma.

Hasta ahí llega todo lo que se puede aprender sobre este episodio de la Segunda Guerra Mundial en este producto, que retoma el testigo de otras producciones que eligieron como escenario la Noruega ocupada. Caso, por ejemplo, de “Los héroes de Telemark”.

Los títulos de crédito de “La decisión del rey” ya advierten que la película se basa en un libro (“El no del rey” del investigador noruego Alf R. Jacobsen) sobre ese punto crítico de la Historia europea y noruega y, asimismo, se da en ella cuenta del destino final de los principales protagonistas de la cinta. Desde el soldado Seeberg (que aún vivía en la época en la que se rueda la película) hasta el rey Haakon. Pasando por el embajador alemán que, finalmente, será arrastrado (tal y como se ve en la película) por la marea de la locura colectiva nazi, que lo convierte en una más de sus víctimas propiciatorias.

Sin duda, la película tiene una gran voluntad de veracidad, como se puede deducir de esos rasgos.

Pero eso no significa que la película de Erik Poppe nos cuente toda la verdad y nada más que la verdad sobre aquellos días oscuros del año 1940 y los que siguieron hasta la capitulación nazi en 1945.

En efecto, “La decisión del rey” es un relato, como decía, en el que prácticamente sólo caben héroes y villanos bien definidos. Los primeros representados por los noruegos y los segundos por los alemanes. Los matices que el director de la película incorpora a ese esquema no van más allá de los dilemas del embajador alemán o de aludir claramente a la existencia de un nutrido partido pronazi noruego -el de Vidkun Quisling- pero que ni siquiera tiene rostro en la película. Limitándose su aparición a alusiones indirectas a ese personaje y a reproducir el discurso con el que justifica su golpe de estado.

Poppe, en efecto, deja fuera de ese discurso las brutales represalias que se ejercieron durante años, tras 1945, con los colaboracionistas noruegos y sus familias en una Noruega que, en esas fechas, está más cerca de la de la época vikinga que de la del triunfante estado del bienestar de posguerra. Ese que convierte a Noruega y a los demás países escandinavos (al menos hasta la crisis política neocon de 1981) en un ejemplo para todo el Mundo.

No voy a reproducir aquí esos horrores. Se han comentado ya y circulan (cómo no) por la red. Basta con que empiecen por consultar ahí la reproducción digital de unas tristes declaraciones al papel de, curiosamente, una de las celebres cantantes del grupo “ABBA”, que conoce el caso de primera mano, por su (para ella) desdichada ascendencia noruega…

Otro de los aspectos que Poppe ha olvidado mencionar en su película, es el apoyo que la tenaz resistencia noruega recibió por parte de los aliados. Hay vagas referencias a esto al final de la película, pero, una vez más, el protagonismo absoluto en esos hechos parece estar reservado a la Familia Real noruega. Así pues, no hay referencias al desembarco de Narvik que costó miles de muertos a las tropas aliadas. Entre ellos muchos españoles integrados en ese Ejército aliado, que dieron la vida por liberar a Noruega del yugo nazi antes que a su propio país.

Obviamente no se puede pedir demasiado a Erik Poppe en ese aspecto. Más aún cuando en España ese hecho apenas se ha recogido en unos cuantos artículos dispersos o en capítulos de libros como “Los españoles de Churchill”.

Sin embargo, las cosas fueron así y es una pena que las películas que recuerdan esos hechos (o lo pretenden) pasen por alto el desembarco de Narvik y, ya de paso, a los varios cientos de combatientes españoles que cayeron allí por la causa noruega (y aliada) y siguen hoy día en Narvik. Enterrados y, aún peor, olvidados. Puede que incluso repudiados por un lamentable sector de la sociedad española actual, que, al parecer, no entiende aún que vivir realmente en democracia implica acabar con el olvido de los que murieron por defenderla y con los inmerecidos homenajes (estatuas, mausoleos, nombres de calles…) a quienes trataron de destruirla haciendo causa común con los mismos a los que se enfrentó -con un rotundo no- el rey constitucional de Noruega en 1940…

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Historia y Turismofobia
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Carlos Rilova | 14-08-2017 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El retraso en el estreno de “La decisión del rey” hasta este viernes pasado, es lo que me ha llevado hoy a abrir este pequeño paréntesis en la serie de artículos que inicié la semana pasada sobre la oleada -en este verano de 2017- de películas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial.

Además la avalancha de noticias acerca de la Turismofobia, y el hecho de que no pocas de ellas estén relacionadas con San Sebastián, han hecho casi imposible no dedicar este nuevo correo de la Historia a ese tema.

Antes de empezar a hablar de cuestiones históricas sobre esa problemática que nos orienten en el Presente que vivimos, sería conveniente hacer un breve estado de la cuestión acerca de cómo ha empezado y se ha difundido esta oleada de Turismofobia.

A ese respecto todo parece apuntar a la actitud de determinados medios de comunicación mayoritarios que, por diversas razones, se han convertido (como es costumbre en ellos) en caja de resonancia de los primeros brotes de Turismofobia, a los que han revestido de ese habitual carácter de catástrofe apocalíptica por el que dichos medios parecen sentir una irresistible atracción.

Quizás esos medios no buscaban que la problemática de Venecia, Barcelona o Palma de Mallorca se extendiera a San Sebastián, pero lo cierto es que es justamente eso es lo que parecen haber conseguido. Por ejemplo inspirando a determinados grupos sociales y políticos vascos que se han sentido casi obligados -como el pobre príncipe Bolkonsky en “Guerra y Paz”- a hacer algo, puesto que sus iguales políticos en Barcelona o Palma lo estaban haciendo. Convirtiendo así un vago (a veces inexistente) malestar social, en una reacción visceral y mucho más extendida de lo que en principio nunca lo hubiera estado sin la ayuda de esa histeria mediática.

Parece, pues, que nos encontramos con este tema ante un episodio más de esos en los que una inofensiva gallina (por poner un caso) no se ve igual antes que después de haber sufrido un completo lavado de cerebro en esa clase de medios sobre una supuesta epidemia de gripe aviar (por poner otro ejemplo) que luego se descubrió era tan sólo un fraude a gran escala para vender vacunas contra esa enfermedad…

Ese sería, pues, el origen exacto de esa Turismofobia que, localizada hasta ahora en Barcelona, ha empezado a extenderse como una mancha de aceite hacia otros lugares. Como San Sebastián.

Y ahora cabe preguntarse, considerado todo esto en perspectiva histórica,
¿resulta anormal lo que estamos viendo con respecto al volumen de visitantes, por ejemplo, en San Sebastián? ¿Hubo alguna supuesta “Edad de Oro” antes de la llegada del Turismo a la que, por tanto, habría que regresar?

Para responder a esas preguntas, conviene saber, en primer lugar, que no querer estar abierto al exterior, odiar las visitas, el intercambio cultural que traen el Turismo y la facilidad con la que ahora se puede viajar, no suelen conducir precisamente a sociedades más avanzadas. Por ejemplo a esas en las que una mujer pueda llevar pantalones, conducir, votar y hasta ser elegida, por poner un caso, alcaldesa de una gran ciudad.

Eso se puede observar, fácilmente, gracias a un par de ejemplos sacados, cómo no, de la Historia.

El primero de ellos es un curioso país que, hasta los años 70 del siglo XX, fue una especie de fósil: Bután, en las estribaciones de la mítica cordillera de los Himalayas. Ese país, en conjunto y hasta hace bien poco, ha sido un reino anclado en un nivel de desarrollo político y social similar al de la Europa de la Alta Edad Media. Ya saben, una época con una esperanza de vida de unos 40 años y en la que no existían Twitter, Facebook (y demás redes tan hábilmente utilizadas por quienes ahora abominan del Turismo), Internet, los smartphones y las tablets. Tampoco, por cierto, existían en tal época los antibióticos o los trenes de alta velocidad.

Sin duda Bután no tiene problema alguno con el Turismo, del que se ha preservado cerrando, herméticamente, todas sus fronteras y permitiendo pasar por ellas tan sólo a un número muy limitado y controlado de visitantes. Sin embargo, ese aparentemente idílico status se ha conseguido con un nivel de desarrollo político y social aún muy por debajo de lo que incluso los turismófobos considerarían aceptable.

El otro ejemplo de Turismofobia sobre el que habría que reflexionar es una noticia publicada en el diario “¡Arriba España!”, que se distribuía precisamente desde San Sebastián apenas las tropas franquistas arrebataron esa ciudad al gobierno legítimo.

En la edición de ese periódico de 28 de septiembre de 1936, se decía que San Sebastián era una ciudad “femenina”, pecadora, blanda, desagradecida y a la que sólo le interesaba el Turismo. Algo absolutamente cierto si nos fijamos en la imagen que acompaña a este texto, donde vemos una Playa de La Concha totalmente saturada (puede que tanto o más que hoy) a comienzos del siglo XX…

¿Quién sostenía esa opinión en contra de San Sebastián como la ciudad turística que era desde mediados del siglo XIX? Bueno, espero que quien cree estar defendiendo una causa “popular” y progresista al combatir el Turismo actual, tome nota de que esas invectivas las escribía un fascista español en un rotativo fascista español. Concretamente uno de los varios que dirigía Falange Española y en cuyas páginas se podían encontrar reveladoras soflamas prohitlerianas y promussolinianas (incluyendo características fotos propagandísticas de ambos monstruos políticos)…

Todo esto debería ayudarnos a reflexionar un poco más sobre cuál es el verdadero problema que supone el Turismo. Evidentemente si hay algo que regular deberá regularse, pero pretender extirparlo de raíz, como vemos por casos como los mencionados, no tiene nada de atractivo, ni de progresista. Tanto en Palma de Mallorca, como en Barcelona -como ahora en San Sebastián- las peticiones contra el Turismo tienen un carácter excluyente y amenazante. Véase el caso mallorquín, en el que la propaganda anti-turistas usa la silueta de una anciana blandiendo un bastón contra un par de turistas que huyen despavoridos bajo el lema -tajante- de que la ciudad es de los que viven en ella y no de los que la visitan… Lo mismo parece estar ocurriendo en el caso donostiarra, en el que -por si no lo saben- gran parte de la reacción contra el Turismo viene de vecinos de la Parte Vieja. Probablemente los mismos a quienes tradicionalmente les molestan no sólo los ingleses, alemanes, franceses o madrileños, sino los mismos vecinos de San Sebastián que viven fuera de la Parte Vieja, a los que no consideran siquiera como donostiarras genuinos…

¿Qué buscan, pues, quienes dirigen esas plataformas ciudadanas? ¿Que nadie pueda visitar Palma de Mallorca, o Barcelona, o San Sebastián? ¿Que esas ciudades se conviertan en pequeños reinos taifas al estilo de lo que fue Bután hasta 1981? ¿Ya saben quienes, desde una supuesta Izquierda política, se van a manifestar en San Sebastián esta semana, que están recogiendo el testigo de la lucha contra el Turismo de manos del más puro Fascismo español y no de los “herrikoshemeak” (los tipos castizos de la Parte Vieja) que, en plena “Belle Époque”, se manifestaban en favor de un veraneo donostiarra más largo?

No se debería dar un paso más en esta cuestión sin meditar mucho sobre este poso histórico. Más oscuro y espeso que la caricatura representada, tanto por “antisistemas” como por algunos medios de comunicación, sobre este “nuevo” problema en el que parece haberse convertido ese fenómeno llamado “Turismo”. Creado a mediados del siglo XIX, pero que hoy parece convertirse, como por arte de magia, en una atroz plaga que hay que combatir…

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