Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
“¡A las armas, ciudadanos!”. La sorprendente (y accidentada) Historia de un himno convertido en bandera contra el Terrorismo (1792-2015)
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Carlos Rilova | 23-11-2015 | 12:44| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Desde hace más de una semana se ha oído de todo respecto a los luctuosos, sobrecogedores, terribles… (o cualquier otro adjetivo que se nos ocurra) acontecimientos de París en la noche trágica del 13 de noviembre de 2015.

Pero de todo lo oído ha sido, quizás, el  actual himno nacional francés, la Marsellesa, lo que más se ha oído, valga la redundancia.

De hecho, ha resonado por todo el Mundo. Y esa situación simbólica es verdaderamente llamativa. Y más en unos momentos como estos, en los que se impone -cómo no- reflexionar, en profundidad, ante lo ocurrido en París.

Que Estados Unidos asuma los símbolos de la Francia actual, es decir, la tricolor y la Marsellesa, no tiene nada de raro. Son repúblicas bastante afines, basadas sobre unos principios muy parecidos. De hecho, en Historia se suele estudiar la revolución americana de 1776 como una especie de preludio de la francesa de 1789, y se discute mucho hasta qué punto los oficiales franceses enviados a ayudar a los rebeldes norteamericanos aprendieron de ellos el programa político que luego se aplica en Francia en 1789.

No, no es difícil pues que Estados Unidos se haya alineado rápidamente con esos símbolos franceses levantados como bandera contra el terror del Estado Islámico ahora conocido como DAESH.

Y eso que cuando los revolucionarios franceses pidieron ayuda al pueblo norteamericano, éste prefirió no meterse en el avispero europeo que la Francia revolucionaria -la misma de la tricolor y la Marsellesa- había formado, poniendo a todas las potencias absolutistas de Europa en su contra.

Más raro ha sido ver esa exaltación de la Marsellesa, la tricolor y el lema revolucionario por excelencia, “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, en Gran Bretaña y concretamente en Inglaterra, en uno de sus principales estadios de fútbol.

Chocante, desde luego, desde el punto de vista histórico, ha sido ver al heredero de la corona británica sumarse a esas ceremonias de homenaje a las víctimas del terror yihadista asumiendo toda la simbología revolucionaria de 1789. Esa que la actual Francia ha convertido en su esencia política.

Resultaba chocante no porque eso era lo menos que se puede esperar de un estado democrático -y aliado de Francia y las restantes potencias de la Unión Europea- frente a un ataque en toda regla por parte de un enemigo de la envergadura del Estado Islámico, que nos retrotrae a los tiempos heroicos de 1940, cuando había que hacer frente, revolviéndose en un palmo de terreno, a otra amenaza totalitaria.

Lo chocante en el caso de lo visto en el estadio de Wembley era que, quien asumía ese homenaje plegándose a los símbolos de la vieja república revolucionaria francesa, era un heredero directo de una casta de reyes que lucharon, años y años, contra esa misma revolución francesa. Recuerden, por si no se hacen cargo de la magnitud del tema, el discurso que Jack Aubrey larga en la película “Master and commander” a sus muchachos cuando están entrenando para afinar su pericia como artilleros y así mandar al fondo del mar a la Acheron -su mortal enemigo francés en esa película basada en las inefables novelas navales de Patrick O´Brian- en cuanto se la vuelvan a encontrar.

Se destila en ese discurso auténtico odio contra la revolución francesa, aunque sea ya encarnada en el manto imperial de Napoleón, se habla de una Inglaterra que no puede aceptar nada que venga de la Francia revolucionaria. No hace falta ni decir que eso implica a la tricolor que arbola en la popa la Acheron, ni menos aún la Marsellesa.

Y sin embargo, doscientos años después de esos hechos históricos dramatizados -y recordados- en esa película, un vil ataque terrorista en el corazón de París ha conseguido lo que en 1805 parecía imposible.

Por lo que respecta a España, pasa algo a mitad de camino entre lo que le ocurre a Estados Unidos y lo que le ocurre a Gran Bretaña.

Por un lado puede parecer raro, tanto como en Gran Bretaña, ese asumir unos símbolos contra los que también se luchó arduamente en esas mismas fechas, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, pero por otro no tiene nada de extraño que en España se asuman esos símbolos. Hay en ese país otra tradición muy favorable a ellos que se remonta al siglo XIX, especialmente a los años inmediatos a la derrota napoleónica de 1814-1815, en la que una parte considerable de la opinión pública española asume esos valores como propios tras su propia revolución de 1808 y 1812.

De hecho entre 1820 y 1823, durante el llamado Trienio Liberal, España se convierte en refugio de los que arbolan esa bandera y entonan ese himno. Incluso aunque sean viejos bonapartistas que, tras la derrota de Waterloo, han buscado refugio político entre sus antiguos oponentes de 1808 a 1815, como magníficamente describe Víctor Hugo en “Los miserables” a través del atormentado Mario Pontmercy.

Un grupo de ellos, perseguidos en la Francia de la restauración borbónica impuesta por la derrota napoleónica de 1815, canta en abril de 1823, en la orilla del Bidasoa, ese himno y arbola la tricolor frente a sus compatriotas que obedecen, de nuevo, a la bandera blanca del rey restaurado. Algunos de ellos, como se ve en el grabado que ilustra esta página, morirán víctimas de ese ardor político cuando el Ejército francés, leal a Luis XVIII, nuevamente rey de Francia, cruce la frontera española para restaurar el Absolutismo al Sur de los Pirineos…

Supongo que, con ejemplos históricos como estos, se habrán dado cuenta de lo compleja que es la Historia de esos símbolos en torno a los cuales hoy cerramos filas frente a la amenaza de fanáticos totalitarios como los del DAESH.

La masacre de París del 13 de noviembre de 2015, que ya es parte, para siempre, de nuestra Historia, ha conseguido que todas las viejas reticencias, los resquemores históricos, ante símbolos como la Marsellesa y la bandera tricolor, hayan desaparecido de un plumazo.

No deja de ser asombroso ver así cómo han evolucionado las cosas en dos siglos y, desde luego, no queda más remedio que constatar que los valores de 1789 han triunfado plenamente.

Ante este hecho palmario los terroristas del Estado Islámico deberían reflexionar sobre las escasas, escasísimas, posibilidades de triunfo que tiene su proyecto político-religioso.

¿Creen poder acabar con un país, Francia, que, finalmente, tras siglos de guerras aún más destructivas y terribles que la que quiere llevar a cabo ahora el DAESH, ha logrado unir, sin fisuras, a todo el Mundo en torno a aquel grito de Libertad que se levantó en París un 14 de julio de 1789?.

Si realmente lo creen es que su fanatismo les ciega de un modo aún mayor del que se podría suponer. Es por esa razón por la que su derrota llegará más pronto que tarde.

Sobre todo si todo esto no se queda en mera retórica -que no lo parece, basta con fijarse en las bombas rusas que caen ahora sobre el DAESH con la inscripción “Por París”- y todos los aliados de Francia cumplen con la palabra dada.

Algo fundamental, en general, y mucho más ante enemigos que no perdonan, no pactan y sólo sueñan con destruir a quienes se oponen a sus proyectos totalitarios y someter a quienes se acobardan ante ellos a una clase de servidumbre que, comparada con cualquier guerra, haría que dicha guerra pareciera una fiesta campestre y el Nazismo una simple opera bufa.

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¿Qué sabe usted de la vida de Blas de Lezo?. La Pedagogía, la Historia y (otra vez) la Independencia de Cataluña (1706-2015)
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Carlos Rilova | 16-11-2015 | 12:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ya sé que la semana pasada dije que era verdaderamente cansado esto de hablar, una y otra vez, sobre la independencia de Cataluña, pero la verdad es que también es muy difícil sustraerse a tratar de esta cuestión con la que, sin embargo, nos han estado bombardeando mañana, tarde y noche, los llamados medios de comunicación. Al menos hasta la masacre perpetrada en París este último viernes por desorientados creyentes musulmanes que, además, en un infame ejercicio de falseamiento histórico, han calificado de “cruzados” a sus víctimas inérmes…

Sí, es muy difícil, para el historiador, sustraerse a esta pesada cuestión catalana porque en todo ese aluvión de información que se nos ha dado -desde hace ya más de una semana- he visto brillar, por su ausencia, una cuestión que creo es fundamental.

¿De qué se trata?. Si yo fuera Bill Clinton (cosa que, tanto para bien como para mal, no soy), quizás soltaría algo así como “¡Es la Historia, estúpido!” para remarcar -como él, Clinton, hizo con la Economía- que hay determinados factores que, nos gusten o no, están ahí y van a condicionar todo lo que hagamos. Sea independizarnos de alguien o evitar que ese alguien se independice.

Sí, es la Historia, una vez más, la que está en el trasfondo de toda esta pesadez sobre si Cataluña se separa o no de España.

De momento sólo se ha aludido a la Ley como contramedida frente a ese amago de secesión. Diciendo que ésta, la Ley, caerá con todo su peso sobre el todavía -sólo todavía– escaso porcentaje de los que pretenden la separación de Cataluña y España.

Impecable. El problema de fondo, sin embargo, persistirá una vez aplicada la Ley y dispersados por esa vía legal esos esfuerzos patéticos -realmente lo son, me limito a describir, sin ánimo de ofender- para separar Cataluña de España.

Sí, el problema persistirá porque para mantener una nación cohesionada se necesitan muchos factores. Se necesita tanto una ley, común y aceptada por todos en forma de constitución consensuada, como unos arreglos económicos que favorezcan a todos los integrantes de esa comunidad que tiene voluntad de permanecer unida en forma de nación. Pero se necesita igualmente, como saben bien en esos países, tan aludidos, “de nuestro entorno”, a los que tanto queremos parecernos, que es necesario un discurso histórico coherente. Una descripción de una Historia que establezca un terreno común de convivencia basado en un relato veraz, pero que no fomente discordias, enfrentamientos y derroches de adrenalina que no van a ninguna parte. A ninguna útil por lo menos.

Por ahora a nadie que hoy en España trabaje en Política a escala nacional le he oído decir nada a ese respecto. Con la excepción de la jefa del grupo parlamentario de Ciudadanos en Cataluña, Inés Arrimadas, que, cuando lo de las elecciones del 27-S era tan sólo un proyecto, aludió a que, para desactivar el problema que creaba esa inestabilidad política en esa parte de España, era preciso utilizar mucha Pedagogía con los que estaban siendo ganados para la idea de la independencia de Cataluña…

Pero ¿en qué podría consistir esa Pedagogía tan necesaria?. Veamos, últimamente ando trabajando en la vida del general guipuzcoano Blas de Lezo -el jueves a las 19:30, en el Club Naútico de San Sebastián, doy una conferencia sobre él- y creo que de esa vida tan trepidante se podría sacar algún ejemplo certero de esa Pedagogía.

Como últimamente se ha rescatado del olvido, con verdadero fervor, a ese ilustre militar y marino donostiarra, seguramente ya les sonarán sus grandes hazañas. O mejor dicho su gran hazaña. Es decir: tener un destacado papel en doblegar a una formidable flota británica ante los muros de Cartagena de Indias en el año 1741.

No me voy a extender en la paliza militar que, tanto Blas de Lezo como los restantes mandos y efectivos de esa importante plaza fuerte de la América española, infligieron al almirante Vernon y a su nutrida expedición. Eso y otras controversias sobre la vida de Blas de Lezo -como su accidentada relación con el virrey Eslava, mando militar de Cartagena en 1741- lo dejo para este jueves y otras ocasiones más propicias.

Ahora prefiero centrarme en otro aspecto de la vida de Blas de Lezo que nos puede resultar mucho más útil para entender la razón por la que sólo la aplicación de la Ley no será suficiente para detener la creciente marea independentista en Cataluña.

Los hechos tuvieron lugar cuando el futuro general era un joven oficial de Marina que, sin embargo, ya había perdido su pierna izquierda en la batalla naval de Vélez-Málaga contra la flota combinada angloholandesa del almirante Rooke.

Ocurrió en el año 1706, ante el puerto de Barcelona. Se dice que, en esa ocasión, Blas de Lezo también consiguió derrotar a los británicos gracias a ese notable ingenio y buen oficio militar que ayudará -notablemente- a la estrepitosa derrota de Vernon en Cartagena de Indias. Concretamente se cuenta que Lezo, que entonces está al mando de una pequeña flotilla y no gasta más galones en su casaca que los de alférez de navío, eludirá el cerco británico -una y otra vez-  por medio de un ingenioso dispositivo de cortinas de humo (sí, parece que el marino fue una especie de precursor del hoy tan de moda James Bond) y por medio de proyectiles incendiarios que, una vez disparados por la Artillería de su flotilla, se clavaban en los cascos británicos causando verdaderos estragos.

De ese modo, según parece, Blas de Lezo logró abastecer a la guarnición sitiada en Barcelona en ese año 1706…

Chocante, ¿verdad?. Quizás no se han fijado todavía en un pequeño detalle de esta historia de la Historia: resulta que este marino vasco al servicio de España arriesga su vida -y todas las partes del cuerpo que aún le quedan en su sitio- para socorrer a una plaza fuerte -Barcelona- que aparentemente lucha denodadamente en esos momentos por España, por el odiado Felipe V que ha sido hoy convertido por los independentistas catalanes en su bestia negra, en el destructor de las inmemoriales y democráticas libertades catalanas. Esto se hace, insisto por si hace falta, en 1706.

Es decir, ocho años antes de 1714, cuando esa misma plaza -Barcelona- cambia de casaca y se pasa a las filas austracistas para resistir otro duro asedio que, también hoy, los independentistas catalanes han convertido en símbolo propio por medio, entre otras vías, de novelas históricas -así las han calificado- como “Victus”, vendidas por toda España a miles, creando un discurso absolutamente falseado del pasado de Cataluña en el que, en 1706, jamás hubo, en Barcelona, un socorro a fuerzas borbónicas -o españolistas, por ponernos al nivel de los independentistas catalanes- gracias, entre otros, a un ingenioso hidalgo de los mares vasco llamado Blas de Lezo.

A causa de que miles de catalanes ignoran matices históricos, fragmentos de Historia común y controvertida como estos, gracias a esa falta de Pedagogía histórica, que, como ven, de un sólo revés tira por tierra todo el tenderete pseudohistórico en el que se basa el empuje político de los independentistas catalanes, crece -y crecerá- la oposición a España.

Intoxicar ideológicamente, como habrán visto por este sencillo ejemplo, es muy fácil. Y la Ley, el sólo peso de la fría y árida Ley -que tantas veces parece legítima pero no justa- no basta. Son necesarios más factores para mantener cohesionada una nación. Y si nos olvidamos de que la Historia es uno de ellos, realmente podrían llamarnos estúpidos. Desde luego como tales estúpidos nos sentiríamos cuando las consecuencias de esa falta de discurso histórico común, coherente e integrador, se nos echasen encima. Con todo su peso y todas sus consecuencias. En la próxima legislatura, o en la próxima, o en la próxima a la próxima, o… etc…

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¿Hoy es el Día de la Independencia (de Cataluña)?. Farsa, tragedia, Historia… Lo que va de 1775 a 2015 pasando por 1915
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Carlos Rilova | 09-11-2015 | 12:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, una vez más, para variar, voy a hablar, otra vez, de Cataluña, de la Historia, de la independencia que pretende menos de la mitad de su cuerpo electoral, etc…

La verdad es que podría, incluso debería, haber pasado del tema, que empieza a ser un poco agotador.

Pero, como ven, no he podido. No sé muy bien el porqué. Acaso por eso que llaman “atracción del abismo” (es decir, la sensación de sentirse casi capturado magnéticamente por cualquier barranco al que uno se asoma). O tal vez, lo más probable, porque, como historiador, es difícil sustraerse a hablar de hechos históricos cuando estos están ocurriendo.

No cabe duda de que estamos teniendo ante nuestros ojos, hoy mismo, un hecho histórico. Como lo tuvimos hace veintiséis años, cuando el Muro de Berlín cayó y con él, poco a poco, se desintegró el bloque soviético.

Como ya sabemos la cosa es que un 47 %, y poco más, de los votantes catalanes han respaldado la opción de independizarse de España en sucesivas votaciones de todas las características. Desde referéndums convocados ilegalmente que duraban nada menos que quince días, hasta elecciones autonómicas convertidas en un plebiscito para demostrar que, si se vota a determinados partidos (Convergència, ERC, CUP…), se está votando lo que estamos viendo ahora mismo, en directo.

Es decir, la proclamación de la independencia de Cataluña.

Obviamente, como ser humano carente de superpoderes, no sé dónde va a acabar esto. Según se decía a fines de la semana pasada, el gobierno de España recurrirá de inmediato -si no lo ha hecho ya para cuando estás líneas se hagan públicas- esa declaración unilateral de independencia prevista para hoy lunes.

A partir de ahí, es difícil especular qué más puede pasar. Una de las hipótesis es que esta declaración de independencia se encone de tal modo que ocurra lo mismo que ocurrió, por ejemplo, tras la declaración de independencia de los actuales Estados Unidos, un ya lejano 4 de julio de 1776.

Es decir, que el partido a favor de la independencia logre ir cerrando filas en torno a su proyecto y, poco a poco, lleve su rebelión hasta el punto más lejano. A saber: hasta algún campo de batalla que hoy es una gloria nacional estadounidense. Como el de la famosa Bunker Hill, donde se foguean las primeras tropas, casi improvisadas, de un ejército independentista digno de tal nombre con los casacas rojas del rey Jorge.

Es, como digo, una hipótesis a plantearse. Aunque parece poco probable. A pesar de que los padres de esa nueva nación catalana -que, de momento, aún no existe de facto, aunque haya sido proclamada de iure hoy mismo- han estado haciendo gestiones para crear un Ejército propio.

Parece incluso improbable que algunos integrantes de ese 47 %, y poco más, de catalanes partidarios de la independencia, traten de repetir los  hechos de 19 de abril de 1775 en Concord y Lexington, cuando los “Minutemen”, los colonos independentistas norteamericanos, hostigaron militarmente por primera vez -más de un año antes de que se declarará la independencia oficialmente- a las tropas británicas que trataban de llevarse armas y pólvora que esos rebeldes habían depositado en estas poblaciones de la entonces provincia de Massachusetts.

Esa hazaña, tan dramática, parece poco probable en la Cataluña de 2015 porque esa acción del año 1775 fue llevada a cabo por unas instituciones que ya habían tomado medidas realmente eficaces, sin vuelta atrás, para enfrentarse con el poder establecido. En este caso la monarquía británica regida por Jorge III.

Es decir, antes de que ocurriese ese incidente que, según el poeta yankee Ralph Waldo Emerson, resonó en todo el Mundo, los políticos al frente de la insurrección no habían hablado de crear un Ejército. Lo habían formado ya. Instruyendo, mal que bien, en tácticas de combate de línea a los colonos partidarios de la insurrección, formando esos cuerpos de “Minutemen”. Es decir, “Los hombres del minuto”, que debían estar listos para entrar en acción -evidentemente hostil- contra los soldados británicos en cuestión de ese lapso, un minuto, apenas se tocase a formar.

Nada de eso parece haberse dispuesto con respecto a ese 47 %, y poco más, de catalanes dispuestos a declarar la Independencia. Con lo cual hoy tenemos una ecuación histórica improbable por incompleta, donde un nuevo 4 de julio de 1776 se tendría que dar sin que haya habido un nuevo 19 de abril de 1775 previo.

Algo que, en definitiva, parece muy poco serio. Con más de farsa que de Historia.

Así, la hipotética independencia catalana parece ir a desvanecerse en un aburrido proceso administrativo, a golpe de Tribunal Constitucional, donde la única emoción, el único riesgo similar siquiera a las batallas de Concord y Lexington de aquel 19 de abril de 1775, se reducirá a cantar, en medio de lágrimas de emoción, “Els segadors” -como ha venido siendo habitual hasta aquí- y rasgarse las vestiduras presentando ante el Mundo entero a la Cataluña independentista como una víctima inocente de una España que no sabe lo que es la democracia tras treinta años de transición de una dictadura a un sistema parlamentario.

Una estrategia, sin embargo, de lo más eficaz. Y es que, sí, no hay duda de que los dirigentes de esta insurrección independentista -al menos algunos de ellos- quizás no están dispuestos a llevar las cosas tan lejos como los colonos americanos las llevaron en 1775 en Concord y Lexington, pero esa falta de una bravura que algunos incluso pueden considerar demodé, no impide que sepan cómo tocar las teclas oportunas para hacer que crezca, sin cesar, el número de independentistas en Cataluña, manipulando emociones primarias, manipulando la Historia…

Un proceso, y ese sí que es un problema, que ya se vivió, a gran escala, en, por ejemplo, la Europa de hace cien años, cuando los intereses de las distintas potencias y, naturalmente, de quienes las dirigían y más se beneficiaban de su existencia, usaron resortes muy similares para lanzar a miles y miles de hombres a enfrentarse entre ellos sobre los campos de batalla que partieron a Europa por la mitad, desde Bélgica hasta los Alpes italianos.

Algo que se resolvió con esos miles de hombres vistiendo diversos uniformes -desde el “feldgrau” alemán hasta el “bleu horizon” francés- y convertidos en carne de cañón que no lo pensaba dos veces cuando los silbatos de sus oficiales daban la señal de salir a la tierra de nadie y avanzar bajo el fuego de las ametralladoras enemigas que, en cuestión de horas -insisto, en cuestión de horas-, apoyadas por la Artillería, podían llegar a liquidar a cerca de cien mil personas puestas sobre esa tierra de nadie…

Es una útil lección ésta de hace cien años de la que, quienes hoy enfrentan la insurrección de ese poco más del 47 % de votantes catalanes, deberían aprender.

Siquiera sea para que, sin resultados tan trágicos como los de 1915, el número de insurrectos no aumente gracias a los ímprobos esfuerzos de esos que, por razones tan dispares como lo pueden ser las del sr. Artur Mar y los ultraizquierdistas de la CUP, tratan de separarse de España sumando, de manera lenta pero implacable, voluntades que no se lo van a pensar dos veces cuando oigan los silbatos que mandan votar contra esos “espanyols de m…”.  Un proceso de movilización antiespañola lento -pero seguro- que desde Madrid -esa es la verdad- se ha dejado crecer de un modo tan irresponsable que, quizás, hubiera asombrado incluso al loco rey Jorge III. El mismo al que, en medio de su inopia psiquiátrica, se le fue de las manos aquel asunto de sus colonias norteamericanas en 1775. De la manera más tonta…

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Historias de terror para la primera semana de noviembre. De las alarmas alimenticias al fin del navío de guerra de Su Majestad San Telmo (1819-2015)
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Carlos Rilova | 02-11-2015 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Otra vez los medios de comunicación son los que han inspirado el correo de la Historia de esta semana. Primero ha sido algo con tanta Historia, como el minipánico colectivo que se ha desatado a raíz del filtrado de cierto informe de la OMS (y van… ¿cuántos?) que nos decía que prácticamente cualquier tipo de carne que se nos ocurra comer nos va a matar -o poco menos- de ciertos tipos de cáncer.

Otra noticia de impacto histórico ha sido la publicación y salida al mercado de la novela póstuma de Pío Baroja, que también ha acaparado una buena parte del espacio informativo. Eso, unido a las polémicas sobre Halloween -o, más exactamente, Noche de Difuntos, como sería lógico decir- y la cercanía de esa efemérides, ha hecho muy difícil dedicar este espacio semanal a cosas que no tengan que ver con esos temas.

No voy a hablar mucho del minipánico alimentario inducido por el informe de la OMS. Más que nada porque creo que ese asunto coleará durante al menos una semana más y habrá ocasión de volver sobre él, comparándolo con pánicos inducidos similares que ya se han dado en otras épocas históricas. Vamos a dejarlo, pues, ahí porque prefiero dedicar todo el espacio sobrante de este correo de la Historia a hablar de Pío Baroja, autor en el candelero, otra vez, por la publicación de su novela póstuma.

Habrá quienes piensen que Baroja es un soberano peñazo existencialista. No se lo reprocho. A mí me hicieron leer “El árbol de la ciencia” en el último curso del antiguo bachillerato (el C.O.U.) y puedo comprender perfectamente ese rechazo.

Sin embargo hay otro Baroja. Uno que da cien vueltas a Dumas y Salgari (y por supuesto a cualquier autor de best-sellers actual) y que, con algunos de sus relatos, pone en su sitio a grandes maestros del terror anglosajones que, con la snob moda de “Halloween”, ahora nos venden como el no va más.

Les voy a relatar, resumido, uno de esos fragmentos barojianos que deja en inocente broma a cualquier fiesta “de Halloween” que se haya podido celebrar este fin de semana pasado. Se titula “El final del navío San Telmo”.

Nos dice Baroja en ese capítulo de sus “Siluetas románticas”, imprescindibles para comprender el complejo e interesante siglo XIX español, que la historia que nos cuenta es totalmente verídica (ya veremos que eso hay que tomárselo con prudencia) .

Al menos el ingeniero Luis Valderrama le contó como verídica esa historia del fin del navío de Su Majestad San Telmo en una librería de la calle Jacometrezo, donde el escritor vasco coincidió con él en el Madrid de los años 30, un poco antes del estallido de esa otra historia de verdadero terror que fue la Guerra Civil.

Baroja se quedó fascinado -no era para menos, como verán- cuando Valderrama acabó de contar y pidió al ingeniero que le diera la referencia del libro de donde había sacado esa historia supuestamente tan verídica como terrorífica. El ingeniero hizo más que eso y le prestó el libro, que se titulaba “Glorias de la Marina española. Episodios históricos”, escrita por un novelista, Antonio de San Martín, al que Baroja conocía bien como lector desde sus años de estudiante de Medicina. Esos que reflejó en la deprimente “El árbol de la ciencia”.

El caso es que San Martín, oficiando como historiador y no como novelista -como el mismo Baroja en “Siluetas románticas”- relataba ahí cómo en la primavera de 1819 el navío de guerra de Su Majestad San Telmo, de 74 cañones, se perdió cuando fue enviado como transporte de tropas a América, para combatir allí a los criollos rebeldes a España.

Aquel barco, dice acaso equivocadamente Baroja, habría sido uno de los muchos que el bailio Tatischeff -el embajador ruso en la España de esa época- vendió a Fernando VII y que, según cierta leyenda urbana (tan habitual en nuestra Historia con complejo de inferioridad), no valían para nada. En realidad parece comprobado que el San Telmo era de fábrica española, de los astilleros de El Ferrol, botado en 1788.

En cualquier caso era un sólido navío capaz de desafiar una travesía transatlántica que, precisamente, será la que lo conduzca a su fantasmagórico fin, digno de una película de Hollywood (Igual, a lo peor, pronto verán -tiempo al tiempo- esta historia en la gran pantalla, aunque con nombres y protagonistas anglosajones, eso sí).

En efecto, el San Telmo, continúa Baroja, quedó atrapado en una trampa gélida: un gigantesco témpano en el que encalló por la proa, siendo arrastrado cada vez más al Sur por la deriva de ese témpano, o “iceberg”, y las corrientes. Vista la situación, la tripulación y la mayor parte de los oficiales votaron por probar suerte, huyendo de aquel mausoleo de hielo en las lanchas de salvamento del navío. El comandante se negó en rotundo, pero, como se suele decir, se quedó solo. O, más exactamente, con el condestable del San Telmo, Matías Álvarez.

No se sabe qué fue de los tripulantes que abandonaron el barco preso en el hielo. Baroja señala razonablemente que no debieron tocar tierra, pues se hubiera llegado a conocer ese relevante hecho.

De los que sí se supo (al menos según esta versión de los hechos) fue del comandante del San Telmo y de su condestable. Unos dos años después de lo hasta aquí contado, un navío de pasajeros, el Volturno -italiano, aunque Baroja no especifica de qué estado de los muchos que había en Italia entonces-, encontrará en su travesía entre El Callao y Europa los restos del San Telmo pegados a su tumba de hielo. Entre ellos estaban un perro del barco, el condestable y el capitán. Todos ellos muertos por congelación. El condestable sobre las escalerillas de popa y el comandante tumbado sobre un diván en su camarote, y, cerca de él, el perro.

El capitán del Volturno y un pasajero español llamado Andrés de Arévalo tomaron nota de todo ello antes de abandonar, para siempre, al San Telmo, enclavado en su témpano…

Baroja no se plantea muchas dudas al respecto de que  ese fue el fin del navío San Telmo. Hoy, gracias a la gran caja de resonancia de Internet, podemos encontrar muchas versiones sobre qué pudo pasar realmente con el San Telmo. Como es habitual son contradictorias y algunas incluso más fantásticas de lo que nos pueda parecer la historia de Baroja. Unas dicen que el navío llevaba casi el triple de tripulantes (1500) y cambian su numero de puentes (de dos a tres) y de cañones. Otras -avaladas por investigaciones arqueológicas de la Universidad de Zaragoza- dicen que nadie abandonó el San Telmo y que éste acabó encallando en la Antártida, siendo así esos los primeros europeos que pisaban el continente antártico, descubierto, por cierto, por el navegante español Gabriel de Castilla en 1603. Hecho que habría ocultado el capitán William Smith, descubridor, hacia 1822, de esos restos atribuidos al San Telmo, cerca de una de las actuales bases antárticas españolas.

Fuera como fuese, ahí queda ese retazo de nuestra Historia naval, por si andamos faltos de inspiración para las celebraciones de la siguiente Noche de Difuntos, sin otra cosa para llevarnos a la imaginación que productos enlatados en tradiciones que, como habrán podido comprobar (o eso espero), no son mejores que lo que podemos encontrar en nuestro propio pasado sin necesidad de que el espectro de Patrick O´Brian -o algún otro fantasma de esa clase, que abunda bastante por las latitudes españolas- venga a sacarnos del apuro haciéndonos incurrir en la horterada de creer que nada supera a las andanzas del afortunado capitán Jack Aubrey…

 

 

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La Historia del desastre humanitario sirio. De los acuerdos Sykes-Picot a un futuro-presente distópico (1916-2015)
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Carlos Rilova | 26-10-2015 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana se ha hablado mucho de la segunda parte de “Regreso al futuro”, una exitosa saga de películas de uno de los reyes Midas del Hollywood de los ochenta y noventa del siglo XX, Robert Zemeckis. La razón para tanto hablar de esa película es que en ella, como ya habrán adivinado, se viajaba, varias veces, del pasado al futuro y viceversa, en entretenidas y vertiginosas tramas con las que nos olvidamos -yo, por lo menos- de muchos problemas allá hace dos décadas, que ya los había. Y bastantes.

Resulta que el destino de uno de esos viajes en el tiempo eran las 16:30 del día 21 de octubre de 2015. De ahí la gracia de comparar cómo se imaginaron los guionistas ese día y cómo ha sido realmente.

El archiconocido -para los vascos- programa de “La noche de” dirigido por Félix Linares desde hace casi tanto tiempo como la saga de Zemeckis, comentó en la noche del 20 de octubre este asunto, señalando qué se había cumplido de esas predicciones cinematográficas y qué no. Lo mismo hizo el telediario de Antena 3 el mediodía del 21 de octubre, aunque de manera algo más parca.

Una noticia oportuna y simpática, en definitiva, pero el caso es que, al margen de apreciaciones personales, la Televisión, puesta a buscar comparaciones entre las películas que se imaginaban el futuro en 2015 y la realidad que vivimos, podría haber ido por otros derroteros que no eran precisamente los de ver qué se había cumplido de lo dicho en “Regreso al futuro”, y qué no, este 21 de octubre de 2015.

La sensación que yo tuve ese día era la de que el futuro que se había cumplido era el que se imaginó en otras series, películas y sagas de ciencia-ficción que nada tienen que ver con la amable farsa de “Regreso al futuro”.

En efecto, la edición en papel de este periódico -“El Diario Vasco”- publicaba ese 21 de octubre de 2015 una inquietante fotografía de portada en la que se descubría que el futuro que es nuestro presente, es decir, este año 2015, se parecía más a una distopía (esto es, un mundo donde las cosas no van precisamente bien, o se vive bajo un régimen dictatorial de algún tipo) que a lo que contaba “Regreso al futuro”.

En la foto se veía a una larga columna de refugiados sirios que marchaba por una carretera secundaria, en medio de un campo entre Croacia y Eslovenia. El efecto era menos dramático que el de otras imágenes que circularon por ahí. Por ejemplo la de tiendas improvisadas ardiendo en campamentos para internar a esos refugiados. O esos mismos refugiados cruzando el río que hace de frontera entre Croacia y Eslovenia en medio de la noche, bajo la lluvia, iluminados sólo por los focos de las cámaras que nos narran este drama, a diario.

Sin embargo, esa foto de portada de “El Diario Vasco” era, sí, inquietante porque nos decía que nuestro presente se parecía, mucho, al futuro imaginado, por ejemplo, en la película de John Boorman “Zardoz” o en la serie televisiva del doctor Quatermass estrenada en el año 1979 por Thames Television.

En ambos productos, sobre todo en la serie de Quatermass, se muestra una sociedad occidental -sí, la nuestra- atrapada en un callejón sin salida, en el que ciudadanos más o menos normales, por ejemplo, un científico como Quatermass, deben viajar en coches cubiertos por rejas abatibles muy similares a las que hoy -de momento al menos- sólo usan los vehículos de la Policía antidisturbios. Lo hacen por desoladas autopistas que se van cayendo a pedazos por falta de mantenimiento y por donde patrullan parejas de policías a caballo que vigilan, vestidos con trajes antidisturbios que incluyen grandes escudos metálicos, a las bandas de errantes y salteadores de caminos que circulan en los aledaños de esas grandes vías de comunicación…

Como hoy día se pueden descargar en cuestión de minutos series enteras, les animó a que comparen esas escenas de “The Quatermass conclusion” con lo que se veía este futurista 21 de octubre de 2015 en la portada del periódico que, todavía, podía uno leer mientras se tomaba un café en relativa paz y tranquilidad en este rincón de Occidente al que aún no han llegado esas patrullas de antidisturbios a caballo que tratan de controlar y reconducir -de momento sólo eso- a esa marea de refugiados.

Y ahora, para concluir, quizás se pregunten cómo es posible que, de buenas a primeras, nuestro 2015 se parezca más a series distópicas, inquietantes… como “The Quatermass conclusion” que a la segunda parte de “Regreso al futuro” donde, pese a algunos problemillas, todos, al final, son felices y comen perdices en un futuro sólo levemente distorsionado y problemático.

La respuesta hay que buscarla en el pasado, hace 99 años, cuando en plena Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña y Francia, por lo que pudiera pasar, se repartieron, merced a los buenos oficios de dos diplomáticos (sir Mark Sykes y François Georges-Picot), al moribundo Imperio Turco, declarándolo área de influencia y protectorado, despiezándolo en pequeños estados que estarían bajo su influencia y control. Al precio que fuera, como bien se ve en películas como “Capitán Conan” de la que ya hablamos cuando la crisis -y esta página- sólo habían comenzado, allá por el verano de 2012.

El resultado de ese experimento de laboratorio político llevó a regímenes dictatoriales como única alternativa para evitar que las cosas derivasen en una dirección que no convenía a potencias como esas, interesadas en controlar un área que los estrategas del siglo XIX, como Alfred T. Mahan, señalaban como clave para el control del Mundo.

Noventa y nueve años después ya ven en qué ha acabado el experimento y esas previsiones de un brillante futuro. Brillante al menos para las potencias occidentales que se instalaron por allí en 1919 pagando el precio, para ellas, más barato a corto plazo. Es decir, controlar ese territorio por medio de regímenes de dudosa catadura pero que garantizaban, mal que bien, una estabilidad que interesaba a esas potencias.

Al menos hasta que al pequeño autócrata que había venido a sustituir al gran autócrata turco le dio por irse con potencias nada amigas de aquellas que en 1916 decidieron el futuro de esa zona -y las gentes que en él vivían- sin llegar a pensar que el experimento podía estallarles en las manos y conducirles a un mundo del mañana más parecido a la angustiosa distopía de Quatermass que al 21 de octubre de 2015 de “Regreso al futuro”.

Algo que debería llevarnos a pensar si, por el bien de todos, tendríamos que dedicar más esfuerzos a pensar no en cómo crear patinetes voladores sino en dotar de estabilidad política y geoestratégica al Mundo sin arruinar, más tarde o temprano, la vida de miles de personas que, al final, como ahora vemos, pueden acabar por arruinárnosla a nosotros también, los que aún vemos, desde una relativa tranquilidad y seguridad, a la Policía antidisturbios a caballo -tan parecida a los salvajes cazadores de seres humanos de “Zardoz” o a la de “The Quatermass conclusion”- reconducir -de momento sólo reconducir- a estas masas de desesperados refugiados…

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