Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
¿Ha llegado ya “El fin de la Historia” (II)?. Robotización, maquinización, Ned Ludd, el capitán Swing y carreras hacia el abismo (1830-2016)
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Carlos Rilova | 25-01-2016 | 12:33| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana no puedo evitar volver sobre un tema muy desagradable. Recordarán que hace exactamente dos lunes hablaba aquí de una noticia difundida por los telediarios de Antena 3 sobre el desarrollo, a futuro, de la Robótica, en España y en el Mundo.

Bien, pues este último jueves ha habido un eco de esa noticia en la misma emisora. Y ha sido aún más desagradable que lo oído y visto hace dos semanas.

Ocurrió el jueves, cuando se informaba de lo que estaba discutiendo el llamado “Foro de Davos”. Esa impopular reunión de políticos, financieros y poderosos en general que, se supone, deciden qué se va a hacer o dejar de hacer en las próximas décadas. Planes que luego, por cierto, no funcionan o no funcionan como estaba pensado. Pero esa es otra cuestión.

Lo que me pareció realmente digno de mención es que se aprovechase esa noticia para decir que en España habría, en 2020, un vacío de profesionales para cubrir varios millones de puestos de trabajo relacionados, ¿lo adivinan?, exacto: con el desarrollo de la Robótica y la mecanización de la producción…

De ahí, automáticamente, la noticia emitida por Antena 3 pasaba a demostrar que la Universidad debía estar más pegada a la realidad del Mercado, centrarse -parece que exclusivamente- en proveer esa clase de profesionales tan cualificados.

Así, una vez más, se venía a esbozar en el horizonte próximo ese futuro absurdo y distópico del que precisamente les hablaba hace dos semanas.

Es decir, el de, sólo para empezar, el “París en el siglo XX” de Julio Verne en el que todo lo que no fueran los conocimientos técnicos estaba poco menos que proscrito en aquella sociedad que el escritor de Nantes imaginó -parece que, una vez más, acertadamente- como la que realmente existiría en el Futuro.

No alcanzo a comprender cómo es posible semejante insistencia en esta serie de ideas que no es exagerado calificar de inhumanas, puesto que, aunque sus sostenedores y propagandistas no sean capaces -al parecer- de percibirlo, llevadas a sus últimas consecuencias, implican la destrucción de lo que hoy entendemos como “raza humana”.

En efecto, lo que decía hace dos semanas sigue siendo igual de válido hoy. Por poner un sólo ejemplo: una de las imágenes ofrecidas en esa noticia de pesadilla presentaba a un robot que se ofrecía, claramente, para hacer una visita guiada a un museo…

La escalada a partir de ese punto está más que clara: si hay robots que son capaces de hacer lo que hace cualquier persona con una licenciatura, o incluso un doctorado, en Historia del Arte, ¿cuánto falta para que una máquina haga igualmente la labor de un presentador o presentadora de televisión?. Probablemente, lógicamente, nada…

Y a partir de ahí cualquier cosa es posible. Si los especialistas en Arte son sustituibles por una máquina programada y los periodistas también, se pude sustituir prácticamente a cualquiera. Empezando por esos millones de matemáticos e ingenieros programadores que la noticia que nos ocupa echaba tan en falta este jueves.

¿Será ese el futuro que nos espera a partir de, por ejemplo, 2040, cuando esos matemáticos que tanto reclamaba el Foro de Davos ya habrían cumplido su misión de crear máquinas autosuficientes, con bastante capacidad de aprendizaje propia como para saber que ya no necesitan a esos seres falibles que los han creado?.

Realmente no me quiero poner pesimista. Revisé, como cualquier historiador que quiere hacer bien su trabajo, todas las fuentes y resultó que la única emisora que se hacía eco de la noticia era sólo Antena 3. Por lo tanto se puede deducir que no toda la opinión pública está ganada para ideas tan absurdamente suicidas.

Por otra parte, y aquí entramos ya de lleno en el terreno de aprender de la Historia, la relación entre seres humanos y máquinas no ha sido tan lineal como se podría deducir de esa destemplada noticia, que prácticamente decretaba que había que extinguir toda función humana que no estuviese al servicio de esa hiperrobotización.

En efecto, por suerte para nosotros, para los humanos en general, los millones que creemos que estamos aquí por alguna razón diferente a la de entregar el mundo a una Cibernética que nos dará la patada en cuanto el último ajuste de sus vísceras mecánicas esté hecho, ha habido siempre reacciones contra las máquinas que han llevado a que éstas se limitasen a un papel más racional. Es decir, el de ser herramientas a nuestros servicio y no a la inversa.

En la Europa de comienzos del siglo XIX, cuando el campo y la producción textil empezaron a mecanizarse, aparecieron movimientos cuyo objetivo fue atacar a las máquinas que dejaban sin trabajo a los operarios humanos. Sus nombres, al menos los que ocultaban a los británicos que luchaban contra esa primera maquinización, eran verdaderamente poéticos: como, por ejemplo, el capitán Swing…

Las aventuras del escurridizo capitán Swing llegaron a su punto más alto en 1830. Pero había tenido precursores durante los duros años de las guerras napoleónicas, entre 1811 y 1817, en los llamados “luditas”, que, al parecer, habían recibido ese insultante nombre por parte de sus detractores, pues esa denominación procedía de un tal Ned Ludd. Hombre de escasas luces, de lo cual se deducía que era un imbécil incapaz de ver lo que era un aparentemente brillante futuro…

Después, y hasta mediados del siglo XIX, llegaron los llamados “cartistas”. Unos sindicalistas primigenios que, finalmente, lograron que los beneficios de la maquinización alcanzasen también a la clase obrera, que comenzó así una casi imparable escalada hacia cada vez mayores niveles de confort, convirtiéndose en el otro extremo lógico de esa maquinización. Es decir, transformándose en consumidores de lo que esas herramientas producían con mayor calidad y a menor coste.

Como nada es perfecto en este mundo, nos decía Eric J. Hobsbawm, historiador especialista en estos temas, que los primeros marxistas, contemporáneos de los cartistas, afeaban a estos que hubieran adormecido a la clase obrera con ese triunfo…

Una discusión histórica en la que no entraremos aquí hoy, pues lo que debería importarnos ahora es tener bien clara esa parte de nuestra Historia -la de los luditas, cartistas…- de la que se saca en conclusión que el progreso técnico sólo tiene sentido si está al servicio de la mayor parte de la sociedad y no a la inversa.

¿Quieren hacer la prueba de llevar las cosas por otro lado que no sea ese?. Yo, personalmente, no me arriesgaría con semejante apuesta… Puede salir muy cara. A todos, en general… Incluidos matemáticos con una carrera futura muy corta (digamos que de 2020 a 2030 como mucho), periodistas que parecen incapaces de ver que ellos también pueden ser -y serían- sustituidos por una máquina para ahorrar costes y, finalmente, a quienes creen que con ese ahorro de costes logrado por máquinas cada vez más inteligentes y autosuficientes iban -a medio plazo- a ganar algo que no fuera ser declarados ellos mismos obsoletos y prescindibles en cuanto esas máquinas lo considerasen computable y lógico.

Una conclusión a la que no tardaría mucho en llegar esa inteligencia artificial creada para maximizar beneficios que al final, ya ven, se pueden convertir en terribles deseconomías, pues ¿para quién iban a producir mercancías y servicios esos robots cuando más del 80% de los seres humanos fueran inútiles, prescindibles como productores? y, una vez creado ese vacío de funciones, ¿a qué conclusión lógica creen que llegarían rápidamente esas máquinas capaces de aprender por sí solas?…

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De mitos y leyendas sobre la Tamborrada de San Sebastián. De la Historia de las guerras napoleónicas al día de hoy
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Carlos Rilova | 18-01-2016 | 12:34| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana  ciertamente no sabía yo muy bien de qué escribir. Había temas de lo más variado.

Sólo para empezar estaba la cuestión catalana, una vez más. Luego la formación en Madrid de un parlamento atípico que no se habría visto en Occidente desde tiempos de la revolución francesa, por lo menos.

Sin embargo, de todo lo que podría haber elegido, me he decidido por un tema que muchos tildarán de localista, puesto que yo soy donostiarra -como ya sabrán quienes leen esta página habitualmente- y el tema en cuestión gira en torno a lo que podría etiquetarse de “Historia local” de esa ciudad.

Pese a eso, como esta semana es el 20 de enero, San Sebastián, el patrono de la aludida ciudad natal del que estas líneas escribe, no he podido resistir la tentación de hablar de la Historia que hay detrás de esa celebración que hoy se resume -casi de manera única- en la celebración de un desfile de grandes y, sobre todo, pequeños tamborreros, vestidos con uniformes de época inequívocamente napoleónica.

Bien, y ahí surge la pregunta histórica: ¿cómo se llegó a esta celebración del día de San Sebastián en esta ciudad, capital de provincia guipuzcoana?.

Las versiones sobre esa cuestión son de lo más curiosas. La más aceptada, en lo que podríamos llamar “cultura popular” de la ciudad, dice que esto de hacer una tamborrada vestidos los mayores y, sobre todo, los niños, de soldados napoleónicos o similares, surgió durante la ocupación de la ciudad por las tropas del Ogro corso, del Tirano de Europa, en fin de Napoleón Bonaparte. Se supone que en esas fechas el bajo pueblo donostiarra, y, en especial, las criadas que recogían agua en cántaros y barriles para las casas que, obviamente, carecían de tales comodidades tan cotidianas hoy día, se burlaban de los tambores militares que impartían órdenes a las tropas de ocupación, entre 1808 y 1813, para desfilar, para tomar posiciones en caso de alarma, etc…

¿Es tal cosa verosímil?. Los cronistas de la ciudad, empezando por Javier Sada, se hacen eco de esa versión de los hechos pero, como se dice coloquialmente, no se casan con ella, prefiriendo remitir el asunto a ideas surgidas a mediados del siglo XIX entre conspicuos representantes de la burguesía donostiarra que estaban detrás de idear una buena fiesta de invierno que sirviera de puente entre las Navidades y las festividades veraniegas.

Caso por ejemplo de los Serres-Laffite, uno de cuyos descendientes, Bixente Zaragüeta, nos abandonó a finales del año 2015, tras una larga y productiva existencia que hoy perdura, por ejemplo, en entidades culturales del relieve del Aquarium donostiarra.

Desde el punto de vista histórico, coincido con esa interpretación: la actual tamborrada donostiarra difícilmente tendría nada que ver con ninguna clase de burla del bajo pueblo de esa ciudad hacia los tambores napoleónicos. Esos mismos que ponían orden y disciplina entre las filas de los regimientos de línea franceses destinados a la ocupación militar de San Sebastián entre 1808 y 1813.

¿En qué me baso para hacer semejante afirmación?. Como suele ser habitual en la documentación de la época.

Podría hablarles, durante páginas y más páginas, sobre el escaso sentido del humor de las tropas de ocupación napoleónica, no sólo en el peor territorio de toda Europa que podían imaginar los soldados de línea franceses -la irreductible Península Ibérica- sino, en general, en toda la Europa que, entre 1804 y 1814, está bajo su dominio.

No eran, en efecto, muy amigos de soportar cuchufletas y parodias los mariscales, generales, demás oficialidad y soldadesca de los ejércitos napoleónicos. Es algo que se puede ver perfectamente escenificado en películas de una relativa buena ambientación histórica como “El secreto de los hermanos Grimm”, del año 2005, donde, entre mucha visión fantástica sobre la época, se colaban verdades -como puños- de lo que fue la ocupación napoleónica de toda Europa en esas fechas.

En San Sebastián, cabeza de una de las provincias de la levantisca España que estaba malogrando los planes de dominio universal de Napoleón, las tropas de ocupación napoleónica no estaban precisamente de mejor humor que, por ejemplo, en la dócil (hasta 1813) Prusia para aguantar que una pandilla de ociosos criados y criadas fueran a parodiar con sus barriles los toques de los tambores imprescindibles en esa época, en la que no había “walkie-talkies”, ni equipos de radio, para dar órdenes a la tropa y mantenerla en estado de  combate operativo.

En efecto, si consultamos documentación de época, descubrimos que las tropas de ocupación francesa gastaban -entre 1808 y 1813- un humor verdaderamente desagradable con todos aquellos que se atrevían a desafiarles aunque fuera por la mínima.

El memorial que compone el regimiento 1 de voluntarios de Guipúzcoa, columna vertebral de la resistencia antinapoleónica entre 1810 y 1813, señala, por ejemplo, que las autoridades militares francesas actuaban de manera absolutamente despiadada con los prisioneros que cogían entre sus filas.

En la página 7 de ese documento del Archivo General guipuzcoano, conservado como JD IM 3/1/21 bis, se dice que la actual carretera N-1 era el punto en el que los invasores napoleónicos escenificaban -como se dice ahora- cuál era su drástica política con quienes se atrevían a desafiarles: cuenta ese documento que los bordes de esa vía de comunicación, esencial para sojuzgar la Península Ibérica -y con ella el resto de Europa- mostraban a la vista de las tropas y viajeros que marchaban por ella los cuerpos de los voluntarios de Guipúzcoa capturados por los napoleónicos como prisioneros de guerra. Dice también ese documento que, después de torturarlos para lograr que abjurasen de su lealtad a la causa patriota, los ejecutaban ahorcándolos, considerándolos como bandidos, a pesar de que los mandos napoleónicos sabían perfectamente que estaban vulnerando las leyes elementales de buena guerra, que mandaban conservar la vida a los soldados rendidos o tomados prisioneros, perfectamente identificados por sus uniformes y banderas de combate.

Justo tal y como hacían los voluntarios guipuzcoanos. Incluso con unidades tan feroces y despiadadas como la Gendarmería francesa, que, según se dice, ni daba ni esperaba cuartel de sus enemigos… Si tienen curiosidad pueden corroborar todo esto de manera más detallada con mi artículo sobre el tema publicado en el Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián del año 2014…

A las autoridades de la ocupación militar napoleónica les daba, en efecto, exactamente igual que dichos voluntarios tuviesen oficiales y banderas y que, en su mayoría, combatiesen uniformados de manera reglamentaria, perfectamente identificable para los códigos de guerra vigentes en la época, y se atuvieran con los prisioneros franceses a las reglas de buena guerra también vigentes en esa fecha…

Para ellos, oficialmente, los regimientos de voluntarios guipuzcoanos 1, 2 y 3 tan sólo eran bandas de “brigands”. Es decir, de salteadores de caminos a los que había que escarmentar con una justicia sumaria, colgándolos como rufianes a los lados de  los caminos principales…

Dadas esas circunstancias, perfectamente contrastadas no a través de rumores, leyendas o mitos, sino por medio de documentos escritos, ¿creen ustedes que a alguien, en el San Sebastián de 1808 a 1813, le quedaban ganas de parodiar a los tambores de órdenes napoleónicos como dice esa leyenda urbana tan ingenua que, sin embargo, parece haberse convertido en una verdad absoluta sobre el origen de la Tamborrada donostiarra?…

Pueden pensar en ello mientras celebran, por todo lo alto, con  razón y con nuestros mejores deseos, un nuevo día de San Sebastián.

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¿Ha llegado ya “El fin de la Historia”?. Humanos, maquinas, robots y “visión en túnel” (1500-2016)
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Carlos Rilova | 11-01-2016 | 12:40| 0

Por Carlos Rilova Jericó

La semana pasada, en un contexto muy distinto al de este nuevo correo de la Historia, les hablaba de un gran libro de Historia, “El mundo trastornado” de Christopher Hill.

En él se recogió minuciosamente por dicho historiador todo lo relacionado con la llamada “franja lunática” de la revolución inglesa de 1642. Es decir, con los grupos más extremistas que suelen aparecer en los momentos de libertad ilimitada que llegan con esa y con todas las revoluciones. Los “ranters” por ejemplo. Un nombre que traducido viene a ser algo así como “los delirantes” o “los deliradores”.

Sin embargo no sólo de propagandistas del “amor libre” y otras extravagancias similares (extravagancias desde luego para la sociedad barroca, aunque a nosotros ya no nos lo parezcan) hablaba “El mundo trastornado”.

En efecto, en sus páginas también se aludía a otro gran problema filosófico de aquella época tan turbulenta para Inglaterra: el del que se llamará “Mecanicismo”. Es decir, una doctrina filosófica que se forja a medida que la sociedad occidental se mecaniza más y más y que, a causa de esto, empieza a reducir la visión del Mundo a algo parecido a un conjunto de engranajes y resortes, de, en fin, máquinas. Entre las cuales una de las más perfectas sería el cuerpo de los seres humanos…

Son los años en los que comienza a desarrollarse tanto la Anatomía (que trata de trazar el mapa, o el plano si se prefiere, de esa máquina humana) como otros artificios mecánicos muy elaborados.

De eso sabía un tanto, por ejemplo, Felipe II, que, mucho antes de que la revolución de 1642 plantease esos asuntos -por vía de artesanos itinerantes que van extendiendo ideas nuevas en una Inglaterra convulsionada- ya había indagado sobre la producción de robots (autómatas se los llamaba entonces) no sólo como curiosidad para divertir a la corte, sino al parecer incluso para usos militares.

Quizás el nombre de Juanelo Turriano (nacido en Milán en 1500 como Giovanni Torriani) no les diga mucho, pero debería decírselo ya que es uno de los primeros ingenieros que desarrolla en España lo que hoy llamaríamos Robótica, precisamente en los reinados de Carlos I y Felipe II.

A él se atribuye la creación del llamado “Hombre de palo”. Un ingenioso sirviente hecho de madera y con habilidades mecánicas.

De ese artefacto que, al parecer, hacía por Toledo lo que hacen hoy las estatuas vivientes que llenan nuestras calles, habría venido algo más: un plan de Felipe II para defender algunas posiciones del cada vez más extenso imperio español con artefactos similares que, cuando menos, ayudasen a los soldados de carne y hueso, a las verdaderas “máquinas humanas”, a defender esos puestos avanzados.

Bien, esos serían los comienzos de un asunto que esta semana pasada tomó un giro preocupante. Me enteré de él viendo un telediario matinal de Antena 3 en el que un profesor de la Universidad Carlos III, de apellido Balaguer y nombre Carlos, exponía sus ideas sobre el futuro de la Robótica, no sólo en España sino en el Mundo.

El corolario de la breve entrevista a este científico, director del Laboratorio de Robótica de esa Universidad Carlos III, se reducía a que no había nada que temer de la proliferación de autómatas y de la posibilidad de que estos nos sustituyeran.

Según el profesor Balaguer, en ese futuro en el que los robots podrían incluso actuar como psicólogos o artistas plásticos, habría muchos puestos que cubrir por los humanos… aunque lo cierto es que el profesor sólo acertó a citar dos profesiones que podrían desempeñar los humanos en ese futuro donde los robots no sólo harían tareas repetitivas, pesadas, en fin, mecánicas, sino también intelectuales…

Las profesiones en concreto eran las de ingeniero programador de esos cada vez más difundidos robots y la de experto legal para tratar con los problemas de seguros y similares asociados a estas máquinas que ya tendrían capacidad tanto para dar un diagnóstico psicoanalítico, como para pintar cuadros de todas las escuelas artísticas conocidas y, probablemente, de alguna por conocer…

El argumento en cuestión me pareció, cuando menos, preocupante. Me vinieron a la cabeza en ese momento muchas cosas vistas y leídas muchos años atrás.

Por ejemplo sobre Robótica y mecanización de la producción. Hace sesenta, cincuenta, cuarenta años, si se hablaba de robotización era para crear artefactos que liberasen -subrayo lo de “liberasen”- a los seres humanos de tareas repetitivas, mecánicas, que se consideraban embrutecedoras, y para que así trabajasen menos y dedicasen más tiempo a instruirse, a adquirir conocimientos, a ejercer y desarrollar eso que, dicen, nos diferencia de los animales y que es la capacidad de pensar, de reírse con un chiste o de disfrutar de un paseo por el campo o por un Museo…

Ahora resulta que no, que según el plan expuesto en la noticia de Antena 3, y que las declaraciones del profesor Balaguer corroborarían, el fin al que tiende la  Robótica, y con ella la Historia humana, es a crear máquinas que sustituyan a los seres humanos en todos los campos. No sólo en la limpieza de alcantarillas o en el montaje en cadena, sino a la hora de pintar un cuadro o psicoanalizar a alguien, entrando en el peligroso terreno de pensar por nosotros…

De ahí, visto en perspectiva histórica, sólo hay un paso a futuros catastróficos imaginados desde Julio Verne hasta la saga de “Terminator”, pasando por “Fundación y Tierra” del eximio bioquímico (además de novelista) Isaac Asimov, que algo sabía de Robótica…

Todo ellos tienen en común algo: el futuro es un futuro en el que las máquinas y la técnica han dominado al ser humano. Bien doblegando su espíritu, abotargándolo y reduciéndolo a un simple instrumento de calcular sin interés por la Historia, el Arte, la Filosofía, etc… como se ve en el “París en el siglo XX” de Julio Verne, bien atacándolo y destruyéndolo físicamente, como en la saga de “Terminator”, considerándolo prescindible (no necesitando ni siquiera ya que actúe como ingeniero programador), bien sirviéndolo pero al mismo tiempo reduciéndolo a una condición de pobre criatura valetudinaria que no es nada, que es incapaz hasta de defenderse, sin la ayuda de un robot, como Asimov lo describía en su “Fundación y Tierra”…

Y aquí surgen las preguntas: ¿es ese el futuro que queremos?. ¿Uno en el que la palabra “humano” ya no significa nada y nos autodestruimos entregando el control de la situación a instrumentos que en origen fueron creados por nosotros?.

No se me ocurre cosa más absurda. Que la Historia humana tenga ese final que se parece mucho a un suicidio colectivo, en el que todo lo que hemos sido durante siglos parece no tener más sentido que ser los precursores del Mundo de las Máquinas.

Depende de nosotros, naturalmente, que eso sea o no sea así. El problema, sin embargo, el gran problema para que ese final absurdo de la Historia humana no sea así, es el que Arnold Pacey -un ingeniero con un gran conocimiento de la Historia- describió en “La cultura de la tecnología”, o en su obra más histórica “El laberinto del ingenio”. En esos libros nos hablaba de “visión en túnel”. Es decir, de algo tan absurdo, antieconómico y contraproducente como la incapacidad de los dedicados a la Ingeniería y otras ciencias mecánicas (por así llamarlas) de prever el fin último de lo que hacen. De las consecuencias buenas o malas, más allá de los cálculos matemáticos, que puedan generar una obra de ingeniería o, ya que de eso hablamos, una máquina que sea capaz de aprender por sí sola y, en definitiva, pueda sustituir a los seres humanos en todos los sentidos…

¿Es obedecer a esa idea absurda, antihumana, para lo que hemos sobrevivido a siglos de plagas, hambre y guerra?. ¿Las máquinas que debían hacernos todo más fácil, pasarán de ser meras herramientas a nuestro servicio a ser nuestros amos, a decretar que ya no somos necesarios ni siquiera como ingenieros programadores?.

Piensen muy bien la respuesta a esa pregunta (empezando por los que se dedican al desarrollo de la Robótica) porque de ella puede depender algo tan elemental como nuestra propia supervivencia. ¿O acaso ya hemos perdido ese instinto tan elemental, tan imprescindible, para sacrificarlo, también, en el altar de lo que es rentable a corto plazo pero no a futuro?.

Si es así Francis Fukuyama ya tiene su gran oportunidad para escribir, ahora sí, su definitivo libro sobre “El fin de la Historia” porque éste será el fin de la raza humana y con él, como anunciaba -allá por 1992- el profesor Fontana en su réplica a Fukuyama, el momento en el que verdaderamente llega el fin de la Historia. Lo demás vayan imaginándoselo. Al menos mientras aún conserven la capacidad de imaginar que nos hace humanos…

 

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El Día de Reyes y Víctor Hugo. Un viaje del siglo XV al XXI recordando los viejos ritos del Mundo al revés
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Carlos Rilova | 04-01-2016 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

En ocasiones anteriores a ésta ya he hablado, en tal día como hoy, de cierto pasaje de la novela, acaso, más famosa de Víctor Hugo: “Nuestra Señora de París”.

El pasaje en concreto está en los primeros capítulos de esa obra que ha tenido el honor de haber sido de las primeras en ser llevada  a las pantallas del cine e incluso tener una versión para la Infancia convenientemente edulcorada por Disney. Lo bastante como para despertar las iras de personajes tan irascibles como el académico de la Lengua sr. Arturo Pérez-Reverte.

Volviendo al pasaje en concreto de “Nuestra Señora de París”, lo que nos describe Víctor Hugo es una tumultuaria fiesta que tiene lugar en los claustros de esa catedral y donde se demuestra, una vez más, el triste destino del campanero jorobado Quasimodo, convertido en el objeto de burlas muy soeces por parte de los estudiantes, el bajo pueblo de París y los órdenes inferiores del personal de servicio de la gran catedral que, de manera más o menos simulada, tenían permiso para hacerse con el control de la situación en esas fechas finales del calendario navideño, nombrando un  rey de la haba (ya hablamos de ese origen de la haba en el roscón de Reyes en otro correo de la Historia) que dictaba leyes absurdas, en las que el orden jerárquico era invertido.

Ese es el papel que se atribuye a Quasimodo, aunque en la práctica los granujas que lo nombran lo que hacen es utilizarlo como una marioneta interpuesta para burlarse de la autoridad establecida, sirviéndose del pobre campanero jorobado como parapeto.

Para todo lo demás Quasimodo se convierte en el objeto de crueles burlas que no hacen sino aumentar la aureola romántica del personaje. Justo lo que quería Víctor Hugo precisamente, para que, como estaba mandado en los cánones de la novela precisamente llamada romántica (un adjetivo del que él se burla muy a gusto en “Los Miserables”), el protagonista tuviese un desgraciado destino que, como ocurre con el pobre campanero, está relacionado con un amor imposible de cumplir, como es su caso con la seductora Esmeralda.

Esa es la versión de los hechos por Víctor Hugo. Como siempre suele ocurrir en Literatura, el genial novelista estaba reinterpretando, de acuerdo a las necesidades de su obra, una realidad palpable y tangible que, como no podía ser menos, difería bastante del cuadro literario que el autor, en este caso Víctor Hugo, acabó por plasmar en su novela.

En efecto, en esos días de la Baja Edad Media había en toda Europa, tanto en París como en Pamplona, elecciones de falsos reyes e inversión de la autoridad siquiera sólo fuera por 24 horas como ocurre en “Nuestra Señora de París”.

Estudios como los de Mijail Bajtín o Peter Burke sobre la llamada “cultura popular” aclaran mucho sobre estas cuestiones entre otros muchos trabajos sobre el tema que, quienes tengan interés, pueden consultar acudiendo a una de nuestras grandes conquistas sociales: la biblioteca pública.

Aquí,  a falta de más espacio para hablar largo y tendido de ese complejo mundo de la llamada “cultura popular”, nos basta con saber que esa clase de ritual del rey de los locos, el rey del haba, en fin, el rey de pega que reinaba durante un día de los últimos del calendario navideño, existía y era nombrado y sembraba el desorden y el caos en medio de sociedades muy jerárquicas y bien organizadas. Como lo eran las europeas de la Edad Media y, en especial, ese importante microcosmos dentro de ellas, aún más organizado y jerarquizado, que era la iglesia católica.

Durante ese día los chantres, sochantres, canónigos, misacantanos, presbíteros y demás superiores jerárquicos quedaban a merced de los órdenes inferiores de esa bien organizada microsociedad. Especialmente, campaneros, silleros, sacristanes… y de los estudiantes que en la época de “Nuestra Señora de París” dependían estrechamente de los claustros catedralicios, que era donde en principio se les formaba y de donde emergerán constituidas como tales muchas de las universidades que conocemos hoy día. Unas desaparecidas como la de Oñate en el confín Sur guipuzcoano y otras en pleno vigor como Cambridge, Oxford, La Sorbona parisina o Salamanca.

Y ahora les planteo una pregunta interesante ¿este ritual contribuyó a mantener el orden jerárquico, como cualquier otro carnaval, sirviendo de válvula de escape con ese pequeño día de la venganza del inferior hacia el superior, o, por el contrario, fue el principio del fin de esas sociedades jerárquicas y cerradas?.

La respuesta, en este caso, es afirmativa y negativa al mismo tiempo. Por un lado rituales como el descrito por Víctor Hugo en “Nuestra Señora de París” ayudaban a mantener ese orden jerárquico, haciendo que el resentimiento social acumulado durante un año obtuviera cumplida venganza, restaurando un cierto equilibrio.

Por otro, lo cierto es que rituales como esos disgregarán ese orden jerárquico, a medida que en las sociedades europeas se consolidaba el avance científico -lento pero seguro desde finales del siglo XV, les sonará un tal Copérnico, clérigo, por cierto, él mismo- la Era de los Navegantes y los Descubrimientos y la ruptura de la hegemonía de la Iglesia al aparecer numerosas sectas protestantes que se dividían y atomizaban a su vez cada vez más desde el cisma provocado en los estados alemanes.

Así es, hay indicios bien estudiados en los que se detecta que, desde el siglo XVI en adelante, esos rituales que, en principio, lo volvían todo del revés para, como decía el sobrino del príncipe de Salina -ya otras veces citado por aquí- todo siguiera igual, se convertirán en algo más serio.

En Romans, una pequeña localidad francesa, su carnaval de 1580 desencadenó un proceso de revancha social que excedía, con mucho,  a lo que el orden jerárquico que toleraba esos desahogos estaba dispuesto a aceptar.

Así, si leen un magnífico libro de Historia firmado por Emmanuel Le Roy Ladurie, titulado precisamente “El carnaval de Romans”, descubrirán que los artesanos de la ciudad, especialmente los que trabajaban en el sector textil pasaron de reclamar, bajo un disfraz de oso, un asiento más alto en el Consejo de la ciudad a desfilar por la calle no precisamente disfrazados sino perfectamente armados para enfrentarse con el patriciado urbano…

A partir de 1642, en Inglaterra, conmociones así se desbordaron completamente al calor de una larga guerra civil en la que los excluidos de los círculos de poder político, férreamente controlados por la Alta Iglesia anglicana y su jefe -es decir, el rey de Inglaterra- reclamaron cambios que llevaron a querer imponer un orden social menos jerarquizado no sólo durante fechas como el final del calendario navideño o el Carnaval, sino durante los 365 días del año.

Otro gran libro de Historia, éste firmado por Christopher Hill y titulado precisamente “El mundo vuelto del revés” (aunque la traducción española fue “El mundo trastornado”) describe cómo la sociedad inglesa se fragmenta en numerosas facciones que exigen más y más libertad, cada vez menos orden jerárquico y más organización horizontal de la sociedad, desde que el Parlamento inglés decide enfrentarse a Carlos I y sus intentos de imponer una monarquía absoluta al estilo francés y español.

Así, desde los nobles rebeldes a la autoridad real por sus propios intereses personales para abajo, aparecen facciones como la de los levellers (es decir, los niveladores) o, peor aún, los ranters (los deliradores) que exigen la propiedad común, el derecho de cualquiera a predicar en público y no sólo a los clérigos ordenados en universidades como Oxford y Cambridge y otros actos de rebelión como la instauración del amor libre…

Lo que viene después es la explicación de la génesis de la democracia occidental, poco a poco. En 1776 en las colonias inglesas, llenas de rebeldes alimentados por esa tradición y por el exilio impuesto por la dictadura cromwelliana que sustituye el Absolutismo real por el Absolutismo de un granjero puritano (que incluso prohibirá la Navidad, como ya les conté en el invierno de 2012-2013). Después en 1789 en Francia. De allí en el resto de Europa, empezando por España en 1812, y así sucesivamente, dando lugar a una Historia de guerras civiles, disputas, revoluciones.., que llenan los siglos XIX y XX y nos demuestran -¿o no?- que días como el del rey de la haba ya no servían para nada salvo como inocente fiesta de cierre de las Navidades.

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¿Año nuevo, Historia nueva?. La “Memoria histórica”, los cambios de nombre de calles, el general Moscardó y el Alcázar de Toledo (1936-2016)
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Carlos Rilova | 28-12-2015 | 12:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes leen esta página habitualmente, los temas, muchas veces, me llegan a pie de calle. O poco menos

El que voy a tratar hoy me fue propuesto por un militar retirado con el que he compartido muchas veces mesa y mantel, amablemente invitado por la Asociación de veteranos guipuzcoanos de la que él forma parte, y a la que frecuento por seguir el consejo de John Keegan -especialista en Historia militar del que hablé hace un par de semanas- acerca de que los historiadores que escribimos sobre estos temas (la Guerra, la Historia militar…) debemos frecuentar, cuanto nos sea posible, a quienes conocen de primera mano esas cuestiones. Es decir, los militares profesionales.

El citado militar -que prefiere mantener aquí el anonimato por eludir un protagonismo que no busca- me suministró una serie de datos bastante interesantes recogidos de la tradición oral de aquellos que habían defendido el Alcázar de Toledo. Uno de los primeros hechos de armas de la Guerra Civil española pero que -como ya habrán notado por los telediarios de la semana pasada- sigue siendo caballo de batalla de los dos bandos, cuyos descendientes -sería estúpido y peligroso negarlo- siguen enfrentándose hoy día en España, aunque en combates de más baja intensidad.

El hecho es que el relato que me facilitó el citado militar, a partir de esas fuentes orales de los que estaban en el Alcázar de Toledo entre el 21 de julio y el 27 de septiembre de 1936, da una versión de lo allí ocurrido bastante diferente a la que durante cuarenta años mantuvo el régimen franquista.

Para quienes no estén muy al tanto del tema, paso a relatarles lo que, en sustancia, decía el discurso oficial de la Dictadura. Después, por ir por orden, les contaré el relato que reconstruyeron diversos historiadores entre 1963 y 1999 y, finalmente, hablaremos de las variantes que me facilitó mi informante militar a mí. Empecemos, pues, con el relato oficial del régimen franquista, mantenido, y enseñado en las escuelas como verán por la ilustración adjunta, durante cerca de cuarenta años.

En el Alcázar de Toledo, como en Santa María de la Cabeza, Gijón, Oviedo, San Sebastián, etc… se hacen fuertes mandos y tropas que, por una u otra razón -afinidad ideológica, obediencia debida a mandos favorables a los sublevados, etc…- se alinean con la sublevación que, en breve, liderará Francisco Franco.

Será en el Alcázar de Toledo donde esa resistencia será más enconada, durando esos dos meses largos, resistiendo cortinas de fuego artillero por parte de las tropas gubernamentales -más tarde calificadas por todos tan sólo como “republicanas”-, asaltos frontales  y varias minas que destruyen el edificio en su mayor parte.

Así hasta que el Ejército sublevado consigue abrirse paso hasta Toledo y liberar a los sitiados, obligando a las tropas gubernamentales a retirarse sobre Madrid, donde la guerra se enrocará durante tres años más, presentando esa villa una resistencia no menos numantina que la planteada por los militares que se habían hecho fuertes en el Alcázar.

Bien, a partir de ese 27 de septiembre, Franco, ya mando supremo de la sublevación, pondrá por las nubes al coronel Moscardó, militar de más alta graduación de los parapetados tras los muros del Alcázar. Lo convertirá, de hecho, en un segundo Guzmán el Bueno, aquel caballero que defendió a ultranza la fortaleza de Tarifa en el año 1294, negándose a entregarla a los musulmanes incluso cuando estos amenazaron con matar a su hijo.

La propaganda franquista repetirá ese paralelo hasta la saciedad, creando un relato -visible hasta hace poco en los muros del Alcázar, convertido en un  importante lugar de memoria de la Dictadura- en el que supuestamente se reproducía una conversación telefónica entre el coronel Moscardó, su hijo Luis capturado como rehén por los sitiadores y los jefes de esas tropas sitiadoras.

En esencia los republicanos o gubernamentales exigieron a Moscardó que rindiera la plaza o matarían a su hijo. La respuesta de padre e hijo durante dicha conversación habría sido ejemplar, negándose el padre a rendir la plaza y resignándose Luis Moscardó a ser fusilado por la causa de los sublevados, evitando a su padre la rendición del Alcázar bajo ese chantaje…

Bien, veamos ahora la versión de los historiadores. Según Herbert Southworth, autor, en 1963, de la obra “El mito de la cruzada franquista”, habría elementos más que dudosos en esa versión de los hechos. Sólo para empezar Luis Moscardó, el hijo del coronel sitiado y chantajeado, no era ese adolescente entusiasta de la causa franquista que se refleja en ese relato oficial y se plasmó en 1940 en la película de propaganda fascista “Sin novedad en el Alcázar”. Por el contrario, era un hombre joven más bien hecho y derecho, funcionario de Obras Públicas y, lo más importante, de ideas políticas bastante diferentes a las de su padre, con el que discutía a menudo por esa causa.

Así las cosas, la versión de Southworth, corroborada en 1999 por las investigaciones del profesor Alberto Reig Tapia, daría más visos de realidad a otra conversación menos heroica entre padre, hijo y sitiadores…

¿Y que añadiría a esto el relato que me facilitaron a mí a partir de esa tradición oral que circulaba entre algunas familias de los que habían estado en el Alcázar?. Pues, pásmense, resulta que esa versión vendría a corroborar que Moscardó estuvo lejos de ser el héroe querido por la propaganda franquista, estando mucho más cerca de lo que cuentan obras con decantadas pretensiones de rigor histórico como las de  Southworth y Reig Tapia.

Para empezar, y esto no se recuerda a menudo, a Moscardó le pilló el conflicto a punto de salir para Berlín, a las famosas olimpiadas de 1936, en calidad de jefe del equipo español de tiro. No era, pues, un mando de acción, operativo, sino más bien administrativo y eso explicaría, en gran medida, que en julio de 1936 se  atrincherase en el Alcázar -en lugar de ocupar toda la ciudad- y esperar a que vinieran a rescatarlo los militares a cuyo lado se sentía más próximo ideológicamente.

Según esta versión oral, la supuesta firmeza de Moscardó es más bien discutible. Especialmente con respecto a la crítica conversación telefónica, durante la que, al parecer, otros mandos refugiados con él tras los espesos muros del Alcázar tuvieron que presionarle fuertemente para evitar que se derrumbase ante el chantaje de matar a su hijo…

Finalmente la versión que me fue facilitada -y que puede comprobarse en la lista pública de las fuerzas refugiadas en el Alcázar- recordaba otro hecho que no suele aparecer demasiado en ningún libro de Historia que haya tratado el tema. A saber: la presencia en esa fortaleza de numerosos mandos y efectivos no sólo de la Guardia Civil que, preferentemente y en su mayoría, se alineó con los sublevados, sino de Guardias de Asalto. El cuerpo creado ex profeso por la República y que, se suponía, le era enteramente leal… Algo desmentido por la presencia, confirmada por el relato oral y el escrito, de efectivos de ese cuerpo combatiendo del lado de los sublevados y -esto es un detalle importante- contra sus compañeros que, fieles al Gobierno, trataban de reducir la resistencia del Alcázar en sucesivos y sangrientos asaltos…

Así, según ese relato, que corroboraría el de investigaciones históricas como las de Southworth, nos encontramos, más que ante héroes, ante simples seres humanos subidos, con mayor o menor agrado, al escenario de confusión y miedo que se apoderó de España en el verano, sangriento verano, de 1936 y en el que relatos como el predominante, por imposición de la Dictadura, entre 1936 y 1975, poco habrían tenido que ver con lo que realmente debió ocurrir, donde el sentido práctico, las afinidades ideológicas más o menos tibias -pronto decantadas a punta de pistola, fusil y cañón, como en el caso de Moscardó- fueron lo habitual en lugar de episodios (como el de la famosa conversación telefónica) que, de tan perfectos, resultan imposibles.

Bienvenida, pues, sea la retirada de las placas de calles de Madrid que celebraban a los militares sublevados en 1936. Entre ellos al luego general Moscardó. Pero cuando se haga tengamos en cuenta que, según versiones incluso contrapuestas -la oral de los militares sitiados, la de los historiadores más solventes (pese a ser denostados por los alineados con la línea oficial franquista o neofranquista)…-, en casos como el de Moscardó, parece ser que es bien poca cosa lo que se está retirando.

Tan sólo, según parece, el recuerdo de un hombre, de un militar de filiación fundamentalmente franquista que, más que un héroe de la causa, fue uno más de los arrollados por las nada contemporizadoras circunstancias del verano de 1936 en las que no sabias de qué color sería el pelotón de fusilamiento ante el que te podían poner.

O si, como le ocurrió al coronel Moscardó, pasarías de simple entrenador del equipo de tiro olímpico español a celebradísimo -y recompensadísimo- héroe porque así lo exigía el guión de una dictadura que ojalá jamás hubiese llegado a existir. Por el bien común, por evitar esa fractura que, todavía ochenta años después, sigue dividiendo y privando de una Historia digna de ese nombre a ese estado de la Unión Europea llamado España.

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