Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Dos o tres buenas razones históricas para celebrar el Día de San Patricio. Algo de Historia de los regimientos Hibernia, Irlanda y Ultonia. (1766, 1776, 2016…)
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Carlos Rilova | 21-03-2016 | 12:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No podía tardar mucho en llegar. Todo lo que se celebra en Estados Unidos se acaba celebrando por estas latitudes. Primero fue convertir la Noche de Difuntos en Noche de Halloween. Y ahora es el Día de San Patricio, celebrado por todo lo alto en ciudades norteamericanas como Chicago o Nueva York. Donde más impacto causó la emigración irlandesa desde mediados del siglo XIX, coincidiendo con la ruina de las cosechas de patata en Irlanda, que era lo que mantenía vivos a sus habitantes católicos, sojuzgados por sus primos escoceses y, sobre todo, por los ingleses.

Un día de estos seguro que acabaremos celebrando el Día de Acción de Gracias, con sus nativos americanos, su pavo y sus puritanos con trabuco. Todo lo que sale en las películas de Hollywood no tarda en hacer acto de presencia por aquí con una extraordinaria fuerza que es rápidamente aprovechada. Sobre todo si, como dicen los curtidos en esos temas, “mueve el mercado”. Es decir, aumenta las ventas de lo que sea: disfraces, sombreros verdes, barbas pelirrojas de pega, cerveza, etc…

No tengo duda de que a mucha gente esto de adoptar fiestas ajenas les parecerá una verdadera papanatería. A mí, personalmente, lo de “Halloween” me resulta bastante impostado. Más aún cuando tenemos a un Gustavo Adolfo Bécquer infrautilizado para estas cosas. Ya lo he comentado en otros correos de la Historia.

Sin embargo, con el Día de San Patricio no me pasa lo mismo. Si hay alguna fiesta estadounidense que deberíamos hacer nuestra, esa es el Día de San Patricio. ¿Por qué?, pues la respuesta, buscada en el baúl de los recuerdos de la Historia, como siempre hacemos por aquí, no puede ser más sencilla: porque las primeras grandes emigraciones de irlandeses fuera de su atosigada isla empezaron en el siglo XVI, justo cuando comienza la invasión de Irlanda por los ingleses primero y, después, por los escoceses unidos a estos, y se dirigieron a España y Francia principalmente y no a América del Norte, para los irlandeses, en aquel entonces, territorio enemigo. Tanto como su isla esmeralda, invadida de arriba a abajo por británicos con muy malas intenciones.

En efecto, las entonces monarquías de sus muy católicas majestades -la de España más que la francesa- eran refugio seguro para unos irlandeses a los que no esperaba nada bueno en su tierra natal.

Al católico rey de España la situación de Irlanda siempre le interesó mucho, tanto como la suerte de sus habitantes originarios. Y es que en algo estaba de acuerdo Su Majestad Católica con los colonos ingleses atrincherados en las empalizadas del Ulster y alrededores (el famoso “Pale”, su primer y todavía hoy último reducto dentro de Irlanda): quien dominase Irlanda dominaría Inglaterra. Esa simple premisa estratégica explica mucho de lo que le pasó a Irlanda, que, además, se aferró al Catolicismo, acaso porque quienes la invadían eran, mayoritariamente, herejes protestantes.

Una circunstancia y otra provocaron rebeliones irlandesas y desembarcos españoles para apoyarlos. Alguno de ellos, como el de 1602, muy bien estudiado en libros como “La batalla de Kinsale”, protagonizado por Juan del Águila, fogueado oficial del Tercio Viejo de Sicilia.

Y desde  entonces hasta el siglo XIX más y más veces. En unas ocasiones a favor de los irlandeses, en otras no tanto. Como ocurrió en 1689, cuando el “rey Billy”, Guillermo de Orange, el llamado “héroe protestante”, invadió Irlanda para poner de nuevo sobre ella la ley británica y echar de allí a Luis XIV, que había reemplazado a España en la labor de apoyar las rebeliones irlandesas. Nueva situación geoestratégica que llevó a los españoles a apostar fuerte por Guillermo y su gobierno, al que financiaron y dirigieron por medio del embajador en Londres, dejando hacer al “rey Billy” que, con sus hazañas militares del verano de 1690, encanallaba, para un par de siglos, la cuestión irlandesa. Como lo atestiguan todavía hoy los grandes murales del Ulster, que han agredido la vista de ambos bandos en conflicto -católicos y protestantes- desde las paredes de muchos edificios de las ciudades de ese fragmento de Irlanda aún en manos británicas.

Una maniobra, ese abandono de 1689, que los irlandeses no reprocharon a España, siguiendo fielmente a su lado, siglos y siglos. Especialmente en el XVIII, ofreciéndole lo mejor de sus guerreros para formar varios brillantes regimientos, entre ellos el Irlanda, el Hibernia y el Ultonia.

En ellos, y en otros como los Dragones de Edimburgo -un regimiento de Caballería-, se recibía con los brazos abiertos a los jóvenes de familias irlandesas de mayor o menor alcurnia -su alta y baja nobleza- que sabían perfectamente que no tenían nada que hacer en una Irlanda invadida en la que se les negaba toda posibilidad de promoción social por su Catolicismo y por la “mala suerte” de estar ocupando unas tierras que los británicos querían para ellos…

En unidades militares como esas prestaron toda clase de servicios. Unos nos pueden parecer hoy más simpáticos que otros. Así, el regimiento Hibernia fue encargado en 1766 de reprimir en territorio guipuzcoano la rebelión conocida como “Machinada” en el País Vasco y “Motín de Esquilache” en el resto de España. Su coronel en aquellas fechas, el caballero Vicente Kindelán, dará una larga lista de soldados descendientes suyos al Ejército español, que llegan hasta la época de la sublevación franquista en 1936. En esas fechas su descendiente directo cerró filas con los rebeldes. Sin embargo, curiosamente, al Kindelán de 1766 se le debió insistir mucho por parte de la “gentry” guipuzcoana -los “andiquis y jaunchos” de los que hablaba el padre Larramendi, contemporáneo de los hechos- para que sacase a sus soldados del Castillo de San Sebastián y restaurase el orden público de una sociedad -la europea del siglo XVIII- donde el concepto “policía antidisturbios” aún no existía…

Otros servicios del Hibernia -y los otros regimientos irlandeses- seguramente nos parecerán hoy más aceptables: en 1780 el Hibernia será destinado por la corona española a combatir en los actuales Estados Unidos, donde, una vez más, los jóvenes irlandeses expulsados de la verde Erin, tendrán ocasión de ajustar cuentas con los casacas rojas británicos que, paradojas de la moda militar del momento, vestían un uniforme casi idéntico al que el rey de España daba a estos bienvenidos refuerzos irlandeses que engrosaban algunos de sus mejores regimientos.

Si del Siglo de las Luces nos vamos al que empieza bajo la égida de Napoleón, descubriremos que el regimiento Ultonia se batirá durante el sitio de Gerona, defendiendo a ultranza esa ciudad catalana, donde las águilas imperiales napoleónicas se estrellan contra un Ejército español que la soberbia intelectual de Napoleón ni siquiera había llegado a imaginar.

En 1815, como ya sabrán los que hayan leído “El Waterloo de los Pirineos”, el Hibernia será, una vez más, destinado a la frontera vasca. Ahora como parte del Ejército de Observación que va a levantar el acta -definitiva- de la total destrucción de ese primer imperio francés a la sombra de varios miles de bayonetas españolas entre las que brillan, también, las de estos irlandeses, venidos a hacer carrera en el Ejército de Su Majestad Católica…

Podríamos seguir así durante muchas páginas, pero creo que, al menos por hoy, bastará con esto para constatar que, en efecto, por una vez, hemos hecho muy bien en adoptar una fiesta como la de San Patricio. Eso sí, a ver si puede ser que el año que viene, en las mismas fechas, las jarras de cerveza irlandesa se levanten ese día para brindar por esos miles de irlandeses que lucharon (por lo general) en favor de los ancestros de quienes se las beben alegremente ahora.

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Un episodio de la España de Fernando VII: las Cortes Generales ante la invasión de los 100.000 hijos de San Luis. (Y una nota sobre “La desfachatez intelectual”)
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Carlos Rilova | 14-03-2016 | 12:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Normalmente, hacia la mitad de cada semana, suelo tener un problema. Es decir, responder a la pregunta “¿y esta semana qué nuevo correo de la Historia puedo escribir?”. No es que me falten temas, pero algunos de ellos tienden a repetirse con los de la semana anterior o tienen otros contratiempos que no hace al caso relatar ahora. Así que uno no tiene siempre a mano de qué hablar por aquí. Sin embargo, como ya se habrán dado cuenta, al fin, siempre doy con alguna cosa, más o menos histórica, de la que hablar.

En este caso la inspiración ha venido, principalmente, de un documento de casi cuatrocientas páginas que, poco a poco -en tanto otras cuestiones me lo permiten-, voy descifrando en la biblioteca Koldo Mitxelena de la Diputación guipuzcoana. Se titula “A visit to Spain”. Fue escrito entre 1822 y 1823 por un angloirlandés -no confundir con los celtas originarios de esa isla- llamado Michael J. Quin, que visitó España, de Norte a Sur, pocos meses antes de que fuera invadida por el ejército francés conocido comúnmente como “los cien mil hijos de San Luis”.

El documento en cuestión, que ahora descansa en el fondo de reserva de esa biblioteca bajo la signatura 37175, fue publicado en forma de libro, en el año 1824, simultáneamente en Londres por Hurst, Robinson y compañía y en Edimburgo por Archibald Constable y compañía.

Es, por su época y por ese fin comercial, un libro destinado a impresionar al público británico que se podía permitir adquirirlo -es decir, las clases medias, la alta burguesía…- hablando de un lugar supuestamente exótico pero no muy lejos de Gran Bretaña. Es decir: la España de la época del Romanticismo.

Lo cierto es que Quin es bastante respetuoso con lo que describe. Apenas incurre en los tópicos castizos habituales en este tipo de libros. Cuando ve algo que está mal en Francia lo dice. Cuando ve algo en España que está a la altura de lo que hay en Londres, o incluso lo supera, no le duelen prendas en reconocerlo. Todo eso hace de su libro un documento verdaderamente valioso para conocer mejor esa época de nuestra Historia.

Desde luego hay mucha información de alto valor histórico en ese libro para comprender mejor aquellos días agitados y complejos. Por esa misma razón seguro que ésta no será la última vez que hablemos de esa obra de Michael J.  Quin.

Sin embargo, hoy me quiero centrar en la página 154 de “A visit to Spain” (luego les explico la razón para elegir ese pasaje en concreto y no otro). Ahí es donde Quin recoge parte de los debates que hubo en las Cortes el 11 de enero de 1823 sobre qué hacer ante la amenaza de invasión lanzada contra esa España liberal -la única monarquía verdaderamente constitucional de la Europa continental de aquellas fechas- por las potencias reunidas en el Congreso de Verona. Concretamente se trata de un fragmento del discurso del diputado Saavedra, a quien Quin describe como caballero de antigua familia que hasta ese momento se había distinguido más como poeta que como orador en esas Cortes en las que es el diputado más joven.

Sus palabras ante la intolerable intromisión de las potencias absolutistas fueron éstas. Traduzco del original inglés: “¿Qué derecho tienen esas Potencias a entrometerse en los asuntos internos de España? ¿Por qué se quejan ahora de una constitución que el emperador de Rusia reconoció solemnemente en 1813, una que él hizo jurar a algunos españoles que en ese momento estaban en sus dominios, y la cual hizo traducir a su propio idioma (se refiere al ruso); una constitución, en definitiva, que fue también reconocida por el Rey de Prusia en 1814?”.

Tras esa afirmación rotunda, Saavedra se responde a sí mismo sus preguntas de inmediato. Les ruego que se fíjen bien en esa autorespuesta: si los monarcas absolutistas que ahora, en 1823, amenazaban con invadir la España constitucional admitieron entonces, en plenas guerras napoleónicas, la Constitución española de 1812, fue porque “Entonces necesitaban las armas españolas para sostener sus vacilantes tronos; y ellos sabían sobradamente bien que sólo el sagrado fuego de la libertad era el que podía destruir al coloso que los amenazaba”… El “coloso” en cuestión, claro está, era Napoleón.

Todo eso es lo que, para mí, hace tan valioso este documento, este libro de Michael J. Quin. Y más cosas, por supuesto, que ocurrieron en el reinado de Fernando VII y el autor de “A visit to Spain” nos cuenta. Por ejemplo los errores -que los hubo, desde luego- de los liberales españoles o la falta de fuerza militar de Gran Bretaña para defender a esa España constitucional, que era la que más convenía a sus intereses estratégicos, como se vería después, en 1835.

Ya se harán, a partir de aquí, una idea de lo costoso que resulta conocer a fondo un período tan cambiante y convulso como ese reinado de Fernando VII.

Seguramente muchos de ustedes no se habrían siquiera imaginado hasta hoy mismo que un diputado español del año 1823 pudiera hablar con esa contundencia, desafiando a un ejército inmenso, erigiéndose en abanderado de una política que, aunque sea a espasmos, nos trajo la posibilidad de elegir nuestros gobiernos y esa Libertad a la que tanto amaban, según las palabras de Saavedra, incluso autócratas bastante feroces como el rey prusiano o el zar de todas las Rusias, Alejandro I, que, en efecto, bien pronto olvidó sus primeras veleidades liberales. En cuanto Napoleón dejó de ser un problema, precisamente gracias a las armas españolas que combaten en la Península en las fechas que alude el diputado Saavedra.

Y quizás se preguntarán, “¿cómo es posible que cosas así, discursos como estos, sean sólo conocidos por especialistas?”.

Quizás la respuesta la pueden encontrar en un libro firmado por Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III. Se titula “La desfachatez intelectual” y lo descubrí por casualidad viendo un sedicente programa del que soy fiel seguidor (me refiero a “El Intermedio”, acaso uno de los pocos informativos serios que hay hoy día en Televisión).

La tesis central de ese libro -con el que estoy de acuerdo más o menos al 90% por lo que sé de él- es que en la España actual la opinión pública mayoritaria está abducida por una peculiar casta de intelectuales que, en realidad, rebosan de falta de verdaderos conocimientos sólidos. Algo que se comprueba con sólo conectar la Televisión e ir saltando de debate en debate por las distintas cadenas. A saber: son siempre las mismas caras, o casi, y opinan de todos los temas y lo hacen con verdadera desfachatez y muy malas maneras, sin comprobar datos, sin tener verdadero conocimiento de aquello de lo que están hablando, porque, de otro modo, sin ese ruido de fondo generado por ellos mismos, quedarían pronto en evidencia…

El caso del reinado de Fernando VII, relativamente largo, tortuoso, con períodos entre lo heroico y lo convulso como aquellos días en los que vivió y habló el diputado Saavedra, es un buen ejemplo de esa desfachatez intelectual que domina hoy nuestra opinión pública y dicta aquello que esa opinión puede saber y lo que debe ignorar (cosas, por ejemplo, como el discurso del diputado Saavedra).

El profesor Sánchez-Cuenca daba nombres de intelectuales desfachatados, o, si se prefiere, desvergonzados, que, en ocasiones, se han dejado decir cosas sobre el aludido rey y su reinado como que había sido el peor de la Historia de España… al menos hasta los ocho años de presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero, o que el aludido monarca, por resumir y parodiando un anuncio de inmobiliaria, se quedaba en ser “un hijo de puta con piscina, ático y garaje”…

Si son esos vulgares lugares comunes -por muy castizos y simpáticos que suenen- todo lo que nos pueden aportar quienes cobran jugosas cantidades supuestamente por pensar, por informar a la opinión pública… juzguen ustedes mismos si realmente los medios de comunicación les están informando correctamente. O si, por el contrario -como diría uno de esos intelectuales desfachatados- se están quedando con ustedes.

Tal y como denuncia, al parecer con bastante acierto, el libro del profesor Ignacio Sánchez-Cuenca… que, acaso, podría ser una buena idea empezar a leer esta misma semana. Ahí les dejo, por hoy, con estas reflexiones sobre la desvergüenza intelectual que domina y manipula la opinión pública española y que, espero, les resulten de provecho.

 

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Historia de la Picaresca alemana, Historia de la Picaresca española. De la Guerra de los Treinta Años a las comedias de situación del siglo XXI
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Carlos Rilova | 07-03-2016 | 12:32| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

Hacía ya tiempo que quería hablar de este tema. La famosa “Picaresca”. Un sustantivo que, generalmente, por norma, va seguido, en España, del adjetivo “española”.

Con eso se suele dar por zanjado que la única Picaresca que en el Mundo ha sido, y será, es la española, que no existe ningún otro país donde haya pícaros.

Los ejemplos se pueden multiplicar. Por ejemplo viendo “Buscando el Norte”, una de las series de A3Media que está teniendo bastante éxito y que -ya me disculpará mi colega de “Series para gourmets”- está bastante bien elaborada. Mejor desde luego de lo que yo esperaba, dado lo que actualmente se deja decir a los guionistas y otros empleados similares en medios que, obviamente, suelen ser muy conservadores y tienen una dirección que no parece andarse con bromas sobre qué mensaje hay que transmitir al público.

Por si no saben de qué va “Buscando el Norte” les diré que trata de lo que les pasa a un grupo bastante variopinto de españoles que han acabado dando con sus huesos en la Alemania de hoy día.

En gran parte parece que el guión de la serie se basa en un cuestionario enviado por la productora a emigrantes reales. Eso da a la serie bastante frescura y bastante realismo sobre lo que está suponiendo esta segunda oleada de emigrantes españoles en Alemania en menos de medio siglo.

Sin embargo, la frescura y el realismo no siempre son garantías de que todo el lastre negativo que arrastra ese país -España- haya sido arrojado por la borda a la hora de afrontar, para el gran público, un problema dramático y del que, por cierto, se habla demasiado poco en los momentos álgidos de la actual Política española. Por ejemplo en debates de investidura como los que hemos visto la semana pasada.

Así es, uno de los personajes de la serie, Roberto, padre de Adela, la profesora de alemán del grupo protagonista, que es un verdadero pícaro, un trapisondista de manual, venía a decir que no se le puede sustituir como compañero de mus por el camarero alemán del bar-restaurante hispano-germánico en el que transcurre buena parte de la serie. ¿La razón?, pues porque, dice Roberto, los alemanes no saben lo que es la Picaresca, que eso sólo lo saben los españoles…

Ahí es donde “Buscando el Norte” choca con la Historia, aunque sea inocentemente. ¿Por qué?, pues sencillamente porque los alemanes saben, desde hace mucho tiempo, qué es la Picaresca.

De hecho, aunque por las latitudes hispanas no se habla mucho de ello, una de las principales obras del género de la Picaresca, el “Simplicius Simplicissimus” -del que algo les conté ya en el correo de la Historia del 11 de noviembre de 2013- es una obra alemana. Por los cuatro costados.

En ella se relata la vida atroz de un pobre desdichado que va dando tumbos por lo que es la Alemania actual entre, más o menos, 1634 y 1648, por una nación que en esas fechas no es más que un conglomerado de estados de diversa entidad divididos por cuestiones religiosas y en guerra permanente unos con otros, apoyándose en diversas coaliciones que, a su vez, son aprovechadas por potencias extranjeras para enfrentarse entre ellas (Suecia o Inglaterra contra el Imperio español, Francia, etc…).

La vida de Simplicius es espantosa. Trata de sobrevivir por medio del robo y el engaño, se ve metido en batallas de las que sale corriendo a la menor oportunidad que se le presenta. Su objetivo es el de todos los pícaros de la época y de todas las épocas y partes del Mundo. Es decir, llegar a vivir lo más cómodamente posible sin trabajar nada o lo menos posible.

Simplicius es, pues, un producto de esa época que él refleja con verdadera exactitud en muchas páginas de ese libro en realidad escrito por un hombre de letras alemán, un pequeño noble, Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen, que tuvo que ganarse la vida en la industria más prospera en Alemania en esos momentos: la Guerra.

Ciudades arrasadas, casas saqueadas, mendicidad, hambre atroz, campesinos que ya nada tiene que perder persiguiendo a infectos mercenarios que han luchado bajo todas las banderas y defendido todas las religiones -sin creer, muy probablemente, en ninguna de ellas- porque les quieren robar lo poco que les queda… Ese es el escenario en el que sobrevive, mediante toda una serie de ardides, el personaje de Von Grimmelshausen.

Un catálogo que nada tiene que envidiar al de las novelas que, dicen, inspiraron a Von Grimmelshausen: el “Lazarillo de Tormes” o, ya que estamos en el año en el que se conmemora la muerte de Miguel de Cervantes, “Rinconete y Cortadillo”.

Por razones así comprenderán que es un verdadero despropósito ligar toda esa serie de desventuras con “algo” que un determinado país lleva, como se suele decir últimamente, en “su ADN histórico”. Despropósito que, sin embargo, se comete a menudo, por ejemplo en series de televisión como “Buscando el Norte” pero también en libros supuestamente serios, en debates de televisión también supuestamente muy serios y con tertulianos y tertulianas también muy serios y serias…

Así es, decir que los españoles son pícaros por tradición es un burdo error de percepción histórica, es ignorar que la Picaresca no era más que un reflejo satírico en la Literatura barroca de la miseria propia de la Europa preindustrial, arrasada por guerras, por epidemias, por un hambre generalizada, por falta de medios, por el injusto y desproporcionado reparto de la riqueza que existía en aquel entonces y que fabricaba pícaros prácticamente idénticos en todas partes.

En la opulenta Sevilla que recibía toneladas de oro y plata de América y trigo procedente de un Levante pacificado a base de jenízaros por el imperio turco, o en los alrededores de, por ejemplo, Frankfurt, arrasados por el paso de numerosos ejércitos, año tras año, combatiendo por la verdadera fe -la de cada cual de los que levantaban dichos ejércitos, por supuesto- y arrasando como una plaga de langosta bíblica todo lo que quedaba al alcance.

Se trata de unas circunstancias históricas comunes, desgraciadamente comunes, a esa Europa preindustrial. Tanto que, en fecha tan avanzada como la primera mitad del siglo XVIII, los pícaros seguían llenando páginas de libros o libretos de operas donde menos los esperábamos, por culpa de esos tópicos que deforman nuestra percepción de la realidad histórica y, de rechazo, la del presente.

Así es, el pícaro, el muerto de hambre que con astucias y engaños trata de abrirse paso, existe en esas fechas no sólo en España sino en la que se supone es ya la nación más prospera del Planeta: Gran Bretaña, donde Henry Fielding -otro admirador de Cervantes, por cierto- conocerá el éxito con su “Tom Jones”, que relata la vida de un incorregible pícaro al que las cosas le van tan mal y tan bien como al alemán Simplicissimus o al Lazarillo español…

Teniendo en cuenta todo esto, que se sabe con sólo haber leído un poco -o incluso con haber ido al cine a ver la versión cinematográfica de libros como esos-, resulta pasmoso -¿o incluso sospechoso?- el modo en el que se insiste en que lo que pasa en España hoy día es fruto, por ejemplo, de que hace siglos alguien escribió una obra titulada “Lazarillo de Tormes” que, supuestamente, reflejaría un carácter nacional que no se ha alterado desde entonces hasta hoy día.

Si esa lógica fuera cierta, ¿no deberíamos interpretar que todo lo que hacen hoy mal los alemanes o los británicos es culpa de que en su día se escribieron allí novelas picarescas como “Simplicius Simplicissimus” o “Tom Jones”?.

Es algo que, desde luego, visto desde la altura de la Historia, da bastante en qué pensar. Con ello les dejo. Tengan muy felices, y provechosas, reflexiones al respecto.

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Historia y reconstrucción histórica en el 250 aniversario de la desanexión de la ciudad de Irún (1766-2016)
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Carlos Rilova | 29-02-2016 | 12:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este viernes pasado tuve una feliz -aunque algo cansada- ocasión de ver cómo por nuestras latitudes geográficas avanzamos a buen ritmo en el aprendizaje de la Historia. Algo que, aunque no se hable mucho de ello en los Telediarios, es un signo positivo de desarrollo económico para cualquier sociedad que se someta a ese examen.

La feliz ocasión en concreto tuvo lugar en un edificio inaugurado en el año 1763 -el Ayuntamiento de Irún- donde con una conferencia de uno de nuestros asociados, Iñaki Garrido Yerobí, se dio comienzo al que parece ir a ser un rico programa de actos culturales para conmemorar en esa ciudad guipuzcoana precisamente su fundación como población independiente hace ahora 250 años, en el, a veces, turbulento año de 1766.

Uno de los primeros signos positivos que percibí en ese acto fue la masiva presencia de público. De hecho, todos los asientos disponibles estaban ocupados y muchos asistentes tuvieron que permanecer fuera del salón de plenos de ese Ayuntamiento de 1763 donde se daba esa conferencia. Incluso hubo parte de ese público que tuvo que seguir el discurso desde una sala próxima.

Habría en total cerca de ciento cincuenta personas para oír esa conferencia. Algo nada común -al menos hasta ahora- en actos de este tipo y menos cuando el tema del que se trata es de Historia política, que suele resultar para el público en general, y hasta para muchos historiadores, un tema demasiado árido.

Con ese punto de partida tan positivo se fue desarrollando la conferencia, seguida con tanto interés por tanto público, que así quedó enterado de cómo la ciudad se desanexionó de la población y plaza fuerte de Fuenterrabía -hoy Hondarribia- a la que pertenecía, desde la fundación de dicha villa, lo que luego será el término de Irún.

Fue un proceso largo y duro, salpicado de rebeliones contra el señorío jurisdiccional de los hondarribiarras, que exigían ante la Corona de Castilla el dominio prácticamente absoluto sobre el término irundarra por cuestiones tácticas.

Es decir, porque de no tener ese control, a discreción, de esas tierras, la plaza fuerte, esencial para la defensa del reino de Castilla primero y de España después, quedaba expuesta por uno de sus flancos, pudiendo el enemigo hacerse fuerte allí y hostigar y estrechar un asedio -como en 1476, 1638, 1719…- sobre las murallas hondarribiarras.

Los vecinos de la llamada “Universidad de Yrun-Uranzu” se revolvieron, como decía, en varias ocasiones contra esa discrecionalidad hondarribiarra. Unas veces protestando ante los tribunales del rey para poder constituirse en término municipal independiente. Otras haciendo uso de un recurso bastante habitual en la Europa de los siglos medievales y modernos. Es decir: la violencia física.

Hubo sonadas rebeliones en 1499, en 1667… De todas ellas traté en un libro que ahora sólo encontrarán en bibliotecas: “Dueño y señor de su estado”, donde el actual Ayuntamiento hondarribiarra hizo un generoso balance -al financiar esa investigación en el año 1998/1999- de esa parte turbulenta, pero real, del pasado. También, hubo rebelión y turbulencia, como nos recordó Iñaki Garrido, en el siglo XVIII, cuando la desanexión es ya inminente o está casi establecida, llegándose al enfrentamiento físico entre vecinos de ambas poblaciones y a la intervención, para calmar los ánimos, incluso de la temible Infantería pesada dieciochesca, representada en esas latitudes y en esos momentos por un regimiento de línea establecido -como era habitual- como guarnición en la zona.

Para recordar estas y otras circunstancias históricas se ha previsto, como decía, todo un programa de actividades que dio comienzo este viernes con la mencionada conferencia. En ella también pude comprobar cómo se va elevando nuestro nivel de desarrollo cultural que -insisto- también es nivel de desarrollo económico (pregunten, por ejemplo, en Dinamarca).

En efecto, en el marco de la conferencia se empotró una pequeña reconstrucción histórica. Algo que los famosos países “de nuestro entorno” llevan haciendo desde hace años y cuyo objetivo es acercar a un público no especializado eso: una reconstrucción lo más exacta posible de la época de la que se está hablando (en el caso que nos ocupa, mediados del siglo XVIII europeo).

Eso es lo que ocurrió allí, en el Ayuntamiento de Irún, este viernes pasado. Tres hombres (entre ellos Aritz Irazusta y Aritz López Arrúe, consumados y veteranos reconstructores pese a su juventud) y una mujer, trataron de acercar a ese ávido público, ropajes, lenguaje y maneras de los guipuzcoanos del año 1766. Más concretamente de guipuzcoanos de los estratos medios y altos de esa época.

En general el público reaccionó bien ante esta reconstrucción histórica. Y eso también es todo un éxito. Lo primero porque las reconstrucciones, en general, son una flor, como decía, relativamente reciente entre nosotros a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, Francia o Gran Bretaña, por sólo citar algunos ejemplos. Las reconstrucciones civiles, como era el caso de la del viernes, tienen además un plus añadido de dificultad, porque son aún más raras para el público peninsular que las de tipo militar -ya más habituales- y porque la carga de la acción en ellas recae sobre un número más reducido de personas, que deben hablar, moverse, protagonizar, interactuar con el público sin limitarse a reproducir una batalla que, al fin y al cabo, requiere mucho menos trabajo de interpretación.

Aparte de eso la reconstrucción civil del estilo de la que se desplegó en Irún este viernes, tiene otra dificultad añadida: al exigir una interacción tan intensa con un público actual se acaban desatando situaciones de cierta comicidad que algunas personas poco avezadas en este tipo de artefactos culturales pueden malinterpretar, creyendo que están viendo una obra de teatro bufo o de calle.

Nada más lejos de la realidad, pero el problema es que esa interacción de personajes de, en nuestro caso, el siglo XVIII y público del siglo XXI, que desata esas situaciones que pueden parecer un ejercicio de teatro de bolsillo cómico, son la única alternativa a introducir en escena a unos personajes de época que se comporten de forma hierática, paseándose como espectros entre un público que los ve, pero al que ellos ignoran y con el que no tienen ninguna interacción. Algo que no tiene el menor sentido, desde luego si lo que se pretende es acercar al público general a la Historia y no alejarlo más aún de ella ofreciéndole un espectáculo aburrido o incluso tétrico.

Por suerte para nosotros nuestro público del viernes, aparte de reírse un poco con ese choque cultural entre su manera de ver el Mundo y la que podía tener un caballero o dama “con posibles” del año 1766, apreciaron a los reconstructores, a su esfuerzo por acercar lenguaje, ropas, ideas y maneras de ese año hasta ellos, para que los pudieran ver de manera tangible, cercana, no encerrados tras las páginas de un libro o en la vitrina de un museo.

Ciertamente hubo una casi inapreciable minoría que pareció no entender el significado del enorme esfuerzo de reconstrucción histórica que hicimos este viernes. Así, por ejemplo, hubo entre el público una intervención -en euskera- para señalar que los reconstructores -a los que se confundió en esa intervención con actores y actrices de Teatro- hablasen sólo en castellano cuando, en aquella época, 1763-1766, la lengua del “pueblo” – “herri” según dicha intervención- era también el euskera…

Una pena, ciertamente, que la reconstrucción, la interacción, no alcanzase a explicar a esa pequeña parte del público que en 1763-1766 las personas de la condición social que se estaba tratando de reconstruir en la acción del viernes no hablaban en euskera entre ellos -a pesar de ser euskaldunes originarios- porque en la fecha el euskera -llamado sin ningún complejo ni sentido peyorativo “bascuence” o “lengua vulgar bascongada”- era, salvo muy raras excepciones, una lengua ancilar. Es decir, que sólo se usaba para dirigirse a los sirvientes y a personas de baja esfera -como se decía en la época- que no dominaban la también llamada “lengua vulgar castellana” o el latín, incluso otros idiomas como el francés, que eran en los que se expresaban las personas representadas en la ruidosa y, en general exitosa y risueña, reconstrucción histórica con la que se trató de acercar la Historia a un público ávido de aprender esa necesaria materia.

Un interesante reto, en cualquier caso, ese añadir un plus de información -sobre, por ejemplo, qué se hablaba y dónde en determinadas ocasiones del pasado- en siguientes ocasiones en las que podamos constatar, por medio de ricas acciones culturales como la de este pasado viernes, que este país, pese a todas las dificultades, va creciendo, desarrollándose en todos los sentidos.

 

 

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Bye, bye Britain? Notas históricas sobre el posible abandono de la UE por Gran Bretaña
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Carlos Rilova | 22-02-2016 | 12:30| 0

Parece ser que últimamente no tengo mucha suerte con los temas que elijo para llenar este correo de la Historia semanal. En efecto, por más que quiera distanciarme de la actualidad ésta parece que se empeña en servir temas que están estrechamente imbricados con las noticias que vemos en televisión o leemos en los periódicos.

Así esta semana resulta casi imposible no decir nada sobre la posible secesión de Gran Bretaña de la Unión Europea. Eso que han llamado el “Brexit”. Juego de palabras a base de “Britain” -Gran Bretaña- y “Exit”, préstamo del latín al inglés para significar “salida”.

Bien, y se preguntarán ¿qué tiene que decir la Historia de esa posible salida de Gran Bretaña de una Unión Europea en la que siempre parece haber estado a disgusto?.

Veamos, este mismo sábado se llegó, en Bruselas, a un acuerdo basado en una serie de concesiones a David Cameron para que hiciera campaña en su país a fin de evitar que salga el “sí” al “Brexit” en el referéndum que se celebrará allí a finales de junio.

¿Perdíamos mucho si Gran Bretaña se iba?. ¿Perdíamos económicamente, políticamente, simbólicamente, los restantes estados de la Unión, que pasaría a ser casi exclusivamente continental, sin el archipiélago británico, salvo el 90% de Irlanda?. O sería la isla británica -¿con Escocia o sin ella?- la que realmente perdería más en ese “Brexit”?. ¿Era, así pues, realmente necesario hacer esas concesiones?.

La respuesta a preguntas así podemos buscarla, por ejemplo, en una curiosa novela publicada, en español, hace diecisiete años. Se titula “Inglaterra, Inglaterra” y su autor es uno de los escritores británicos más respetados y consolidados: Julian Barnes.

En esa magnífica obra, Barnes se entrega a la sublime tradición satírica de la Literatura británica -la de Defoe, Swift…- para describir, llevándolo hasta la caricatura, lo que podría ocurrir si Gran Bretaña se separa de la Unión Europea. Así, Barnes se burla de su propio país y sus pretensiones sin piedad. A pesar de hacerlo con la elegancia que cabe esperar de un británico bien educado.

Y ahí es donde entra de lleno la cuestión histórica. En la Inglaterra de la novela de Barnes un ordinario -en todos los sentidos- empresario de altos vuelos, una especie de Donald Trump a la inglesa, se empeña en un  futuro muy próximo -que podría ser hoy mismo- en tomar las riendas de un desorientado país -Inglaterra- y hacer de él un ente del que todos sus habitantes, y el común de los mortales que no tienen la dicha de  ser nativos y ciudadanos del mismo, puedan sentirse tan orgullosos como admirados.

El resultado final de ese desaguisado megalomaníaco es que la idea original del avispado empresario acaba convirtiendo a Inglaterra en un parque temático que bien podría haberse llamado “Britanic Park”…

Así toda Inglaterra, de parte a parte, se convierte en un lugar muy parecido a la idea original de parque temático, limitada en principio a una isla del Canal, donde el visitante puede contemplar y fotografiar a placer una serie de escenas vivientes que, se supone (porque así lo ha decidido el equipo al servicio del avispado empresario, en el que se incluye la protagonista de la novela, que es historiadora) son la esencia de Inglaterra destilada a lo largo de los siglos.

Por ejemplo tenemos como principales atracciones del parque “Inglaterra, Inglaterra” a los petirrojos -por aquello de Robin Hood-, al propio Robin Hood y sus alegres hombres, a las cuadrillas de contrabandistas del siglo XVIII que desafían al bravío mar del Canal de la Mancha y, cómo no, entre otros muchos eventos, la Inglaterra de Dickens y la propiamente victoriana de finales del siglo XIX…

Al final, como suele ocurrir con estos proyectos megalomaníacos, las cosas se salen de madre y resulta que los que interpretan todas esas atracciones, todos esos cuadros vivientes de la Historia de Inglaterra para solaz de los numerosos turistas, acaban creyéndose su propio papel y consiguen que Inglaterra -Escocia y Gales salen de estampida del abolido Reino Unido- se convierta en una especie de gigantesco asilo de lunáticos -una suerte de Bedlam a escala nacional- que, finalmente, acaba aislado del resto del continente europeo y, por supuesto, de una avanzada y opulenta Unión Europea. Una a la que le ha faltado tiempo para establecer en el Canal de la Mancha un dispositivo para evitar que los ingleses que aún conservan algo de cordura puedan infiltrarse como emigrantes ilegales en ese superestado europeo que, naturalmente, no ve con buenos ojos ese pedazo de la isla británica llena de chiflados que, voluntariamente, han vuelto atrás en el tiempo, a la era de las máquinas de vapor y de la deferente sociedad victoriana de hacia 1850…

Como nota jocosa resulta que patrulleras de la Marina griega son las principales encargadas de velar porque el Canal de la Mancha no se convierta en un coladero de ingleses que huyen de esa asfixiante Inglaterra llena de magníficos chalados neovictorianos entusiasmados, de nuevo, con su magnífico aislamiento.

Barnes exagera, qué duda cabe. Aunque yo diría que no demasiado. La tradición histórica británica desde, por lo menos, principios del siglo XVIII, ha sido -aparte de sembrar la discordia entre las potencias continentales para evitar la creación de un superestado, como la Unión Europea, por ejemplo-, mantenerse en ese magnífico aislamiento del continente, en su cómodo bienestar burgués consolidado durante la segunda mitad del siglo XIX, en plena época victoriana, mirando por encima del hombro lo que hacen esos fastidiosos y pendencieros vecinos del otro lado del Canal que, de siglo en siglo, obligan a los acomodados británicos a, quieran que no, tomar parte en sus malditas guerras continentales. Siquiera sea para evitar el inconveniente de tener que afrontar una nueva invasión, en toda regla, del suelo británico que, teóricamente, no se produce desde el año 1066, con la llegada de Guillermo el Normando.

Se trata, a todas luces, de una simplificación histórica (Gran Bretaña fue invadida otra vez en 1688 por otro Guillermo, el de Orange, para establecer la monarquía británica parlamentaria más o menos como hoy la conocemos) pero que, como Barnes denunciaba en “Inglaterra, Inglaterra” y estamos viendo hoy día, funciona bastante bien con una gran mayoría de británicos que, por ejemplo, podrían decidir en un referéndum separarse de una Unión Europea de la que, hasta ahora, mal que bien, han formado parte.

Sería una pena que decidieran marcharse, alejarse del resto de sus primos europeos de esa manera. No tanto porque esa gran nación acabase convertida en esa insoportable jaula de chalados neovictorianos descrita en “Inglaterra, Inglaterra”, sino porque ellos, los británicos, son una parte esencial de la Historia de Europa. Durante siglos han sido, por ejemplo, adversarios de España, pero también, en otras ocasiones, sus fieles aliados, haciendo que compartamos con ellos una Historia común. La más común de todas, la que está teñida de sangre y nombres de batallas. Hablamos de la Guerra de los Ochenta Años en Flandes, de la Expedición del Darién en la que los ingleses dejaron abandonados a los escoceses frente al rey de España, de la Campaña de Irlanda en 1689, del fiasco británico ante las costas de Cartagena de Indias y ante los puertos vascos en 1743, cuando sus intentos de invasión del gran rival entonces -España y su imperio- fracasan estrepitosamente, de Los Arapiles en la Guerra de Independencia, del Somme en la Gran Guerra de hace cien años, de la tercera batalla de Narvik en la Segunda Guerra Mundial o del Día D de 1944, en el que soldados franceses, británicos y españoles compartieron un mismo destino común frente a los desvaríos de la Alemania nazi…

Comprendo que se quieran ir, que se quieran aislar. Está hoy tanto en sus intereses económicos como en eso que llaman “su ADN histórico”. Y, de hecho, parte del encanto de Gran Bretaña reside en esa extravagante reluctancia a implicarse, demasiado, en los proyectos comunes europeos. Pero, aún así, me resulta muy difícil concebir Europa -y seguro que no soy el único- sin esa parte fundamental de su pasado que se encarna en Gran Bretaña.

Yo, personalmente, estoy dispuesto a soportar que mantengan su maldita libra esterlina -una moneda que data de la Edad Media y que incluso tiene una calle en San Sebastián-, su también maldita manía de conducir por la izquierda y su aún más maldito sistema de pesas y medidas. Todo sea porque no se alejen más de nosotros, nos priven así de esa parte de nuestra Historia común y acaben, quién sabe, convertidos en el ridículo asilo para lunáticos que Julian Barnes caricaturizaba en la divertida, y cruel pero certera, “Inglaterra, Inglaterra”.

Así pues, estimada nación inglesa, si es posible, no os vayáis. En la Europa unida os necesitamos para poder decir que, al fin, nuestra Historia común está completa. Y lo que sería peor para Inglaterra: si os vais -o pedís más concesiones para no iros que no se os podrán conceder-, quizás quien más va a perder sea vuestra isla como os lo advirtió, hace ya años, la “Inglaterra, Inglaterra” de Julian Barnes, que, por cierto, y que se sepa, es un británico cien por cien.

 

 

 

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