Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
“La plata embustera”. El envés de la Historia (A. D. 1700)
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Carlos Rilova | 06-11-2017 | 12:34| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana el correo de la Historia cumplirá una de las funciones oficiosas que se le atribuyen. Es decir, la de dar a conocer actividades de la Asociación de historiadores guipuzcoanos o de alguno de sus miembros.

En este caso se trata de la presentación este próximo día 8 de noviembre, a las 19:00, en la biblioteca de la Diputación Foral guipuzcoana Koldo Mitxelena, de un libro titulado “La plata embustera”.

Su autor es uno de los socios más jóvenes de esta Asociación, Iker Echeberria Ayllón, que, en su día, junto con otro autor, ya nos dejó aquí mismo una primicia de lo que parecen los inicios de una brillante carrera como historiador.

En este caso escribió sobre el origen de una palabra bien conocida por los donostiarras autóctonos y por esos millares de turistas que nos visitan ya prácticamente en cualquier época del año. A saber: “zurito”. La medida más pequeña de cerveza que se puede pedir en un bar de estas latitudes desde las que escribo y que, en contra de lo que pudiera parecer, fue así bautizada por uno de los muchos toreros que, a mediados del siglo XX, ejercían en la Semana Grande donostiarra.

Abundando en esa misma línea, Iker Echeberria acaba ahora de culminar, y publicar merced a la Universidad del País Vasco, “La plata embustera”.

¿Qué es este libro? ¿Qué es lo que contiene? Bien, quienes acudan a la cita de este 8 de noviembre lo podrán descubrir (casi con toda seguridad) leyendo esta pequeña obra magna al calor de los fuegos del invierno, después de oír a su autor.

Para quienes no puedan estar allí este miércoles, les diré que “La plata embustera” es, según su subtítulo, un libro sobre “Emociones y divorcio en la Guipúzcoa del siglo XVIII”…

Este subtítulo quizás nos aclara algo más las cosas sobre qué clase de libro es “La plata embustera” pero, lógicamente, esa obra es más, mucho más.

Para empezar “La plata embustera”, gracias a los buenos oficios de su autor, recoge para la Historiografía vasca (y por ende, española) el testigo de los últimos avances en ese campo del conocimiento.

Es decir, los desarrollados por la escuela francesa de los “Annales” y, sobre todo, los de la escuela italiana de la llamada “Microhistoria”. En otras palabras, “La plata embustera” consolida y da el espaldarazo en nuestra manera de hacer y escribir Historia a lo que ya tiene décadas de práctica en esos famosos “países de nuestro entorno”.

Con “La plata embustera” queda claro que no se ha interrumpido, y continúa por buen camino, la labor inmensa de figuras del prestigio de un Julio Caro Baroja (o de otras más “amateurs” pero no por eso desdeñables, como el padre Lasa), de un Alfonso de Otazu y Llana, de un Jesús Arpal, de una Dolores Valverde o de una Paloma Miranda de Lage y de muchos otros y otras profesionales de la Historia vasca que pueden descubrir en las páginas de “La plata embustera”.

Esta es una noticia tranquilizadora, que nos dice que, pese a todas las dificultades y crisis económicas y políticas, los últimos cuarenta años no han transcurrido en vano y, aunque sea poco a poco, la Ciencia (como quería sir Francis Bacon) sigue avanzando también en estas latitudes que se extienden al Sur de los Pirineos. Donde, como es bien sabido (sobre todo para quienes siguen este correo de la Historia) las cosas no han ido muy bien.

Sí. “La plata embustera” es un libro que podrían haber firmado un Carlo Ginzburg o un Carlo María Cipolla. Los grandes nombres de la Microhistoria a nivel mundial. De hecho, “La plata embustera” es un libro que podrían reivindicar como propio muchos maestros en el campo de la Historia. A muchos de ellos, como Johan Huizinga o Lucien Febvre, desde luego, los encontrarán mencionados en las páginas de “La plata embustera”.

Pero, además de eso, esta obra de Historia con mayúsculas, es una historia de la que es difícil despegarse. En las páginas de este libro, que es sólo un capítulo de las investigaciones que está realizando su autor como tesis doctoral, hay Historia cuantitativa, económica, social… toda ella elaborada con una rara maestría que no suele ser común encontrar antes (o incluso después) de haber obtenido el título de doctor. Pero “La plata embustera” es también el retrato, recuperado en los archivos, de personas de carne y hueso, reales. Casi tangibles gracias a la esmerada escritura de su autor.

Personas como el capitán Martín de Elgorriaga y su desgraciada mujer, Manuela de Burgoa (a la que, después de leído el caso, dan ganas de abrazar y dar palmadas en su cansada espalda), que, sin ser apenas conscientes, dejaron su historia personal escrita en cientos de folios de decenas de legajos y documentos repartidos por varios archivos como el Diocesano de Pamplona o el Histórico de Euskadi.

De allí los ha sacado Iker Echeberria Ayllón para devolverlos a la vida. Gracias a ese esforzado trabajo volvemos a oír, casi a ver, al capitán Martín de Elgorriaga haciendo fortuna a finales del siglo XVII -como muchos otros vascos- en el vasto imperio español. En los filones del Cerro Rico de Potosí. Lo podemos seguir volviendo a aquella España que, aun dirigida nominalmente por un rey supuestamente “hechizado”, domina a buena parte de Europa, que se vuelve a ella, y a su plata, buscando ayuda contra la tiranía que quiere imponer sobre el continente Luis XIV.

Es una historia de esfuerzo personal, de, como dice el autor del libro, un hombre hecho a sí mismo. Uno de esos que los anglosajones describen como “self-made man” pero que, como muchos de estos emprendedores y capitanes de empresa, oculta, bajo la brillante superficie de la riqueza y el éxito, oscuros secretos.

Unos que sólo se descubrirán cuando salga del Virreinato del Perú, de la actual Argentina, y vuelva a España y a su solar original guipuzcoano, en Usurbil, para continuar su carrera de honores y éxitos; representando en aquel Gran Teatro del Mundo de su contemporáneo, Calderón de la Barca, la gran tragedia de su éxito. El que lo ha hecho un hombre rico pero, al mismo tiempo, por su propia imprudencia, lo ha dejado sumido en los abismos de una locura espasmódica. De un tormento que viene y va y que, como nos describe Iker Echeberria (una vez más con mano maestra), lo convierte en una especie de fantasma que vaga, algunas noches, por las estancias de su lujosa casa de San Sebastián.

Aterrorizando a sus criadas y, sobre todo, a su esposa, Manuela de Burgoa, con la que contraerá un matrimonio maldito desde el principio. Uno que parecía más pensado para ejercer una venganza digna del conde de Montecristo, que el de alguien que no debía de haber sido, en otras circunstancias, nada más, ni nada menos, que otro hidalgo vascongado que había prosperado gracias a ser vasallo de un imperio que abarcaba medio mundo…

Al final, por supuesto, la intriga se resuelve y la verdad histórica sale a relucir en las páginas de “La plata embustera” pero, claro, eso es algo que deben descubrir ustedes mismos leyendo ese libro -de Historia en el sentido más amplio del término- que, desde luego, no les hará perder el tiempo…

Una aventura que pueden empezar este mismo 8 de noviembre en la sala principal del Koldo Mitxelena. O preguntando por “La plata embustera” a su propio editor, a quien también hay que agradecer, desde luego, el rescate de esta otra cara de la Historia vasca. No por menos conocida, menos cierta o necesaria… https://web-argitalpena.adm.ehu.es/listaproductos.asp?IdProducts=UHHNM177093

 

 

 

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Hace (casi) 100 años. La revolución de octubre que fue en noviembre
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Carlos Rilova | 30-10-2017 | 12:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

vladimir-serov-1952-1-lenin-en-smolnyCómo no, esta semana era casi obligado hablar del centenario de la mal llamada “revolución rusa”.

Supuestamente ese centenario habría sido el miércoles de la semana pasada, el 25 de octubre. En realidad no es así porque en esos momentos, el 25 de octubre de 1917, en realidad, para Europa occidental, era el 7 de noviembre de 1917.

Ese desfase temporal venía de los dos diferentes calendarios utilizados en Rusia y en el resto de Europa. Rusia seguía utilizando el calendario juliano, el establecido por Julio César en el 46 antes de Cristo, y el resto de Europa (Inglaterra incluida, que aún en el siglo XVII usaba el juliano) había adoptado ya el calendario instaurado por el Papa Gregorio XIII en el año 1582.

Pero, aun así, hablemos de esa llamada revolución rusa que, en realidad, ya se había producido meses atrás, porque lo que ocurrió el 7 de noviembre de 1917 (según nuestro calendario gregoriano) fue tan sólo la revolución bolchevique, ya que la rusa propiamente dicha se había producido con la abdicación del zar Nicolás II ante un comité revolucionario en el mes de febrero (en la segunda semana de marzo según el calendario gregoriano) de 1917, del que los bolcheviques eran sólo una parte, aunque mayoritaria (que eso quiere decir “bolsehvik” en ruso), de uno de los partidos (el socialdemócrata) que formaba esa coalición que derroca al zar en febrero de 1917.

Este no es el único enredo de los hilos que forman eso que llamamos “Historia” y en los que es tan fácil caer a poco que nos descuidemos. Tanto los historiadores como quienes no pertenecen a nuestro sufrido gremio pero leen Historia.

En efecto, basta con darse una vuelta por nuestras bibliotecas en estas fechas para darse cuenta de la cantidad de hojas de papel en las que se ha escrito, en muchos libros, la Historia de ese acontecimiento que normalmente llamamos “revolución rusa” a la que, por inercia, o por culpa de Eisenstein, identificamos, sobre todo, con el golpe bolchevique de noviembre de 1917.

Si seguimos la obra de Eisenstein, o mucho de la iconografía creada por el régimen soviético que siguió a esa segunda revolución rusa del año 1917, parece que en San Petersburgo ocurrieron episodios verdaderamente épicos, con la Guardia Roja y otros elementos revolucionarios, como los marinos de la base de Kronstadt, armados hasta los dientes, con fusiles con la bayoneta calada, ametralladoras, coches blindados y, sobre todo, cartucheras y esas cintas de balas cruzadas sobre el pecho que se han convertido en todo un icono revolucionario desde entonces.

La realidad, si buceamos en esos miles de páginas plasmadas en numerosos libros, parece haber sido muy distinta.

Y esa versión de los hechos aparece en los puntos más insospechados de la gran biblioteca de la Historia.

Así, por ejemplo, si topamos, casualmente, o no, con un magnifico libro del profesor Emilio Gentile sobre la toma del poder por los fascistas italianos: “El fascismo y la marcha sobre Roma. El nacimiento de un régimen”, lo primero que nos encontramos en él es con la descripción de un Lenin, completamente disfrazado (con gorra, peluca y un vendaje) que en los momentos álgidos de aquel octubre/noviembre de 1917 se desplaza en tranvía por San Petersburgo, tratando de pasar lo más desapercibido posible… Nada que ver, desde luego con esos cuadros del llamado “realismo socialista” que lo representan, por ejemplo, en el centro de nutridos grupos de soldados y marineros en uniforme de campaña y dispuestos a barrer del mapa -con extrema violencia según parece- a los mencheviques y su Gobierno Provisional…

Esa versión la corroboran estudios aún más serios y documentados dedicados por entero a estudiar esa revolución de 1917. Como el firmado por el profesor de Harvard Richard Pipes, publicado apenas hace un año.

El relato que hace uno de los testigos o implicados más directamente en el golpe, León Trotsky, en su “Historia de la revolución rusa” reúne, desde luego, en su segundo volumen (al menos en la edición española publicada por la editorial Sarpe en 1985), algo de esa épica que luego alimentaría a los pinceles de los artistas del “realismo socialista”.

Trotsky habla de combates entre los partidarios de las directrices de los bolcheviques y los “junkers”, batallones de jóvenes escogidos, élite del Ejército revolucionario, que son llamados a defender el Palacio de Invierno en el que tenía su sede el Gobierno Provisional y era, por tanto, el objetivo del golpe bolchevique de octubre/noviembre de 1917.

Sin embargo, como subraya el libro del profesor Gentile ya señalado, Trotsky, en su versión de los hechos, concluye que todo se hizo con escaso derramamiento de sangre, simplemente desplazando de los lugares del poder a aquellos que los habían ocupado hasta entonces. Bien fuera en el Palacio de Invierno, (Kerensky huye disfrazado de oficial serbio y en un coche facilitado por la embajada norteamericana a buscar ayuda entre tropas leales) o en los grandes centros de comunicación que son la clave para que el golpe funcione, impidiendo al Gobierno Provisional recabar fuerzas…

En eso, según las opiniones más documentadas, habría consistido, después de todo, esa famosa revolución “rusa” de octubre que, en realidad, ocurrió en noviembre porque el Zar (que es al fin y al cabo es la forma eslava de la palabra “césar”) no podía aceptar el calendario impuesto por un Papa romano al que la Iglesia ortodoxa, por supuesto, no tenía porqué obedecer…

Todo ello, sin duda, algo en lo que pensar en esta breve semana que empieza hoy y que nos llevará, de cabeza, al centenario exacto de aquella segunda revolución rusa de 1917.

 

 

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Los mayores males de la Historia… ¿por culpa del Nacionalismo?
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Carlos Rilova | 23-10-2017 | 11:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este semana me ha parecido interesante (aunque quizás no sea lo más prudente) dedicar este nuevo correo de la Historia a las relativamente polémicas declaraciones de uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. No otras que las del cantautor madrileño Joaquín Sabina acerca de que los mayores males que ha sufrido recientemente Europa, han sido por culpa del Nacionalismo.

Una observación no por bien conocida y difundida, menos certera. Ciertamente ahora mismo, hace cien años, en octubre de 1917, había centenares de hombres muriendo en el corazón de Europa. Por Francia, por la Gran Alemania, por el rey y por Gran Bretaña… convertidos en carne de obús y de ametralladora en cargas tan absurdas como heroicas.

Sin embargo, yo tengo mis dudas sobre que todos los males de Europa en los últimos cien -o más- años puedan ser achacados al Nacionalismo. Más aún en el caso catalán -que fue el que motivó las declaraciones de Joaquín Sabina- y que, por más que se esfuerce, no llega a la altura de las botas de, por ejemplo, el Nacionalismo fomentado por el káiser Guillermo II, quedándose en una cosa muy de andar por casa.

Esa complicada situación, la de Cataluña, se debe, en gran parte, no tanto al exceso de Nacionalismo (catalán), como a la ausencia de Nacionalismo español.

Sé que es un tema casi recurrente en estos correos de la Historia, pero es que es muy difícil sustraerse a la evidencia de que el Nacionalismo español (si así se le puede llamar) es casi inexistente. En cualquier caso, como señalaba el novelista barcelonés Eduardo Mendoza en un celebrado artículo aparecido a raíz de todo esto, lo cierto es que ese Nacionalismo es de recursos intelectuales bastante limitados. Y no sólo por parte de sus representantes oficiales, como indicaba Mendoza, sino en general.

La llamada “crisis catalana” lo está dejando ver bien claro. La exaltación patriótica española, lo que podríamos llamar Nacionalismo español, se está manifestando, prácticamente en exclusiva, por medio de vociferantes masas que agitan banderas en ocasiones de una más que sospechosa índole política. Al menos para un sistema democrático consolidado y digno de tal nombre. El colmo de todo esto, es la orquestación del principal grito de guerra de dichas masas.

Me refiero al “yo soy español, español, español…”. Esa especie de mini-himno nacional, divulgado gracias a las victorias de la selección española en el Mundial de Sudáfrica, en 2010, y que se canta con el estribillo de una popular canción… ¡rusa! Concretamente la celebre “Kalinka”, compuesta para una ópera (rusa, naturalmente) en el año 1860…

Todo eso, por supuesto, es el fruto de una cuesta abajo histórica que podemos remontar a mediados del siglo XIX. Desde esas fechas, España ha tenido un nacionalismo precario, claudicante, acomplejado… El caso de Antonio Cánovas del Castillo es una buena muestra de esto. Su obra histórica, escrita y publicada a mediados del siglo XIX, abundaba en esa negatividad, considerando con un pesimismo más enfermizo que bien documentado, que España estaba en “decadencia” desde la época de Felipe III. Es decir, desde comienzos del siglo XVII.

En las mismas fechas en las que Cánovas sentaba cátedra sobre cuál debería ser el talante del sentimiento nacionalista español (si es que había algo digno realmente de ese nombre y no una mera caricatura española del francés o británico) en Cataluña surgía un movimiento intelectual que forjaba -prácticamente de la nada- ese Nacionalismo catalán que sólo podía irse reforzando con el paso de los años, a medida que en España se consolidaba su imagen contraria. Es decir, la de un Nacionalismo español doliente, que consideraba que la nación sólo existía porque se negaba a sí misma, por ser inoperante, por ser, en fin, un ejemplo práctico de fracaso colectivo que sólo podía resolverse por medio de medidas drásticas, cuando no brutales.

En esto hubo una rara unanimidad. Desde las ilustraciones de desopilantes caricaturistas españoles de la segunda mitad del XIX, que representaban a España como un viejo león piojoso y medio muerto, hasta los inefables libros de la escuela franquista, que mostraban un mapa de España no menos piojoso y destruido desde la época de Felipe III. Una nación a la que hubo que revitalizar (según el guion de ese régimen) por medio de una medida verdaderamente drástica, más bien brutal. Como lo fue la Guerra Civil que ese régimen, además, se atrevió a calificar de “Cruzada”. En pleno siglo XX…

Obviamente, datos históricos como estos, muestran que el Nacionalismo español que debía haberse consolidado en la misma época en la que se consolidaban el alemán, el francés o el británico, era o sumamente discreto o casi evanescente. Inexistente a fuerza de negarse a sí mismo los méritos que los demás nacionalismos (tanto “grandes” nacionalismos como el alemán, o “pequeños” como el catalán) nunca dudan en atribuirse con mejores o peores fundamentos históricos.

Esta tesis, como muchas otras tesis históricas, podrá ser más o menos discutida, pero lo cierto es que tanto en el presente -como a futuro- será muy difícil comprender lo ocurrido en Cataluña sin acudir a la ausencia de un Nacionalismo español que ahora mismo está resquebrajando a España y haciendo temer a las cancillerías de la Europa unida lo peor.

Algo que, quizás, haría bien en llevar a ese -y otros gobiernos con intereses estratégicos en España- a plantearse hasta qué punto resulta inteligente mantener y fomentar en España -como se ha hecho hasta ahora- un bajo perfil intelectual y político que, obviamente, ha puesto en marcha una verdadera catástrofe en el corazón de ese continente tan opulento y estable. No desde luego por un exceso de Nacionalismo (catalán) sino, precisamente, por ausencia de un verdadero Nacionalismo (español).

Inexistente, como estamos viendo, más allá de manifestaciones desesperadas y mal articuladas, que lo único que hacen es mostrar la precariedad, en la España actual, del tejido nacionalizador del que toda nación debe disponer.

Al menos si es que quiere sobrevivir como tal de una manera más o menos viable y no de forma espasmódica, como ha estado ocurriendo en España durante el último siglo y medio. Agitada, esa nación, por sucesivas crisis de las que la actual que vivimos en Cataluña (conviene no engañarse al respecto) es sólo un episodio más de algo que empezó a fraguarse a mediados del siglo XIX y que, desde luego, para solventarse sin una verdadera catástrofe política, requerirá medidas mucho más eficaces que cambiar la letra a la canción rusa “Kalinka”. O, por poner otro ejemplo funesto, contar los beneficios de las empresas que fabrican banderas españolas… con o sin adornos heráldicos propios de la época en la que España estaba sometida a un régimen muy poco democrático.

Uno que ganó una guerra civil gracias, principalmente, a la ayuda de Adolf Hitler. Dicho sea esto por no olvidar detalles políticos de una importancia capital para una sociedad bien estructurada y asentada…

 

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“La reina Victoria y Abdul”. Algunos comentarios sobre “Cine histórico”
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Carlos Rilova | 16-10-2017 | 11:39| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ya tenía decidido desde unas semanas atrás dedicar uno de estos correos de la Historia a la nueva película histórica de Stephen Frears -“La reina Victoria y Abdul”- que vuelve, una vez más, al Cine llamado “histórico” y esta vez con un toque menos teatral (al fin y al cabo esos son sus orígenes en el mundo de la escena) que en ocasiones anteriores. Como ocurrió con “Las amistades peligrosas” o “Mary Reilly”.

Conozco -bastante bien, creo- la escabrosa historia que se relata en esta película y que Frears, sin embargo, ha arrimado un tanto a una lectura más romántica que realista, condensando en pocos meses, incluso semanas, algo que se desarrolló, en realidad, entre 1887 y 1901.

Mi conocimiento, más o menos directo, del asunto venía de mi tesis doctoral. Ventajas, supongo, de que el tema de la misma fuera un hombre tan minucioso como el último embajador español que vio viva a la reina-emperatriz Victoria entre 1900 y 1901.

En efecto, Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas (de cuya muerte se cumplirán, pronto, cien años), un eminente victoriano donostiarra, estuvo destinado como ministro plenipotenciario en la embajada española de Londres a partir del año 1900. Entre otras cosas para paliar las consecuencias del mal llamado “Desastre del 98”, solicitando a Gran Bretaña (arbitro del Mundo en esas fechas) una justa reparación por los daños infligidos a España, por Estados Unidos, en las Antillas y en Asia.

El duque tenía la buena costumbre de apuntarlo todo. Y en el caso de su interesante embajada en el Londres de la reina Victoria, no hizo ninguna excepción.

Entre las muchas cosas de las que tomó nota -y transmitió pulcra y rápidamente a Madrid- se contaba la rapidez con la que la reina Victoria lo había convidado a Windsor y el disgusto de la reina-emperatriz porque la reina María Cristina no le había devuelto la visita que ella, Victoria, le había hecho a la corte de verano de San Sebastián…

En esos trances, el duque descubrió algo que, de algún modo aunque no completamente, queda reflejado en la película de Stepehen Frears.

A saber: que la mesa de Palacio estaba servida por exóticos criados hindúes…

Comprobando este hecho (como es de rigor en toda tesis doctoral) fue como descubrí el caso de uno de esos sirvientes que alcanzó un status privilegiado: el Munshi, que es de quien trata, precisamente, la película de Frears.

Sus avatares -los del Munshi- estaban bastante bien descritos en una completa biografía firmada por Philippe Alexandre y Béatrix de L´Aulnoit y titulada “Victoria (1819-1901). Reina y emperatriz”. El libro fue traducido y publicado por la editorial Edhasa en el año 2001.

Eso, ya de por sí, nos ofrece una referencia sobre el paseo histórico que nos da Frears en “La reina Victoria y Abdul”. Es decir: en esa película, que goza de una magnífica reconstrucción histórica y de un ritmo ágil y divertido (es más una comedia que un drama), no se ha descubierto un hecho injustamente olvidado que, supuestamente, habría permanecido oculto hasta el descubrimiento de los diarios personales del Munshi en 2010. Tan sólo se ha divulgado. Y tal vez ni siquiera eso, porque el analista -casi oficial- de la época victoriana, el descarado y escandaloso Lytton Strachey, ya lo había insinuado con mucha claridad en su, por otra parte, denostada biografía titulada “La reina Victoria”, que databa de 1921…

En efecto, como se ve -o se deja insinuado- en la película, la reina Victoria, tras la muerte de su amado rey consorte, Alberto, en 1861, a la temprana edad de 42 años, no volvió a casarse oficialmente, pero mantuvo devaneos con hombres considerados muy por debajo de su condición.

Es el caso de John Brown, uno de sus “ghillies”. Es decir, un montero de las Highlands, de su hacienda de Balmoral, que es una parte importante de los escenarios de “La reina Victoria y Abdul”, donde Frears desarrolla, una vez más, su talento para la comedia y el drama histórico.

Según Alexandre y De L´Aulnoit, parece que la reina que dio nombre a una de las épocas más reprimidas y represoras en cuestiones de índole sexual, no se aplicó a sí misma ese rasero. No se privó, desde luego, de una larga aventura con John Brown que, dicen, terminó en un matrimonio morganático. Y secreto… Aunque fuera un secreto a voces.

Frears da, desde luego, cumplida cuenta en “La reina Victoria y Abdul” de esa confesada debilidad de la reina Victoria por los “ghillies” y sus faldas cortas, que dejaban ver más anatomía masculina de la que era permisible en aquella encorsetada sociedad y que llevó a la reina a esa relación, ya convertida en Cine en el año 1997 en la película titulada “Su Majestad Mrs. Brown”.

Así, en “La reina Victoria y Abdul” la ya declinante Victoria, magníficamente interpretada, otra vez, por Judi Dench, se deleita (para desdicha de su abrumada corte) con repetidos bailes de las Highlands; interpretados por un incansable gaitero y un bien dispuesto “ghillie” físicamente muy parecido al ya desaparecido John Brown…

Donde la película ya flaquea más, es en considerar que la relación de Victoria con el Munshi pudo ser tan sólo platónica (como se subraya abundantemente en “La reina Victoria y Abdul”) o que éste fue violentamente despojado de sus cartas y recuerdos personales que, naturalmente, el futuro Eduardo VII (otra notable interpretación de esta película de Frears, a cargo en este caso de Eddie Izzard), consideraba altamente comprometedores para la Corona británica.

Según la biografía de Alexandre y De L´Aulnoit, a lo más que llegó “Bertie” -es decir, Eduardo VII- fue a chantajear a el Munshi diciéndole que le permitiría ver por última vez a la reina Victoria ya fallecida si le entregaba hasta el último de los papeles en los que se relataba la relación que éste, el Munshi, había tenido con la difunta reina-emperatriz.

Estos detalles nos indican, pues, hasta dónde llega, al parecer, esa mezcla entre ficción y hechos históricos en “La reina Victoria y Abdul”.

Una película, en cualquier caso, muy recomendable para introducirse en el sinuoso mundo de una de las cortes europeas del siglo XIX más poderosas (y que más fascinan aún nuestro imaginario colectivo).

Siempre, claro está, que se tenga en cuenta que, a veces, la realidad histórica supera toda ficción cinematográfica. Como podemos aprender gracias a biografías como la del duque de Mandas que, en compañía de su mujer, tuvo que disfrutar (varios años) la amabilidad del extravagante “Bertie”, que le dispensó el mismo trato de favor -como embajador- que su difunta madre. O la que Philippe Alexandre y Béatrix de L´Aulnoit dedicaron hace 16 años a esa reina-emperatriz llevada ahora a la pantalla por Frears en una versión un tanto personal…

 

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Historia de las palabras (y de la Moda): “jurar como un carretero” (A. D. 1800)
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Carlos Rilova | 09-10-2017 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

rowlandson-requisitos-para-er-un-hombre-a-la-moda-1814Como todas las expresiones que tienen, por lo menos, dos siglos a las espaldas ésta de la que voy a hablar hoy en este nuevo correo de la Historia, ha perdido ya todo su significado. Hasta para los historiadores. A menos que nos tomemos la molestia de indagar un poco en el tema

Y la verdad es que la cosa tiene su profundidad histórica. En efecto, para llegar a saber de dónde viene y qué significa esa expresión de “jurar como un carretero” tenemos que viajar, en el Tiempo y en el Espacio, hasta por lo menos la Inglaterra de las guerras napoleónicas, haciendo una larga parada en el rutilante Londres de la llamada “Regencia”.

Para entrar en ese complejo y sofisticado mundo uno de los mejores guías es el historiador británico J. B. Priestley. En su detallada obra sobre ese período histórico -“The prince of pleasure and his Regency”, imprescindible para comprender esa época- nos descubría detalles muy curiosos. Por ejemplo la verdadera locura del rey Jorge (poco que ver con la obra de teatro y la película que se basó en ella) y como ésta provocó la instauración de la Regencia al ser imposible ya que el monarca siguiera ostentando siquiera su simbólico poder.

La Inglaterra y, sobre todo, el Londres de esa época -la Regencia (“Regency” para los anglosajones, “Imperio” para los europeos continentales)- son los lugares en los que se desarrolla y vive una sociedad convulsa y agitada, que ve cómo se derrumban rápidamente las estructuras sociales, políticas y hasta económicas que, hasta la irrupción de la revolución francesa de 1789, se habían mantenido más o menos estables.

En efecto, en el Londres de, por ejemplo, 1810, ya nada es como podía haber sido en 1788. La vestimenta sobre todo, ha sufrido cambios alarmantes. Acaso el dato más frívolo pero, al mismo tiempo, más revelador para descubrir un verdadero cambio de época en una sociedad (como nos lo indicó Fernand Braudel en su monumental obra sobre la llamada “larga duración” en la Historia).

En efecto, los elegantes de Inglaterra, de la “City” londinense, visten en esa época ropas que hoy nos pueden parecer llenas de elegancia y magnificencia pero, en realidad, revelan una curiosa forma de casticismo equivalente a la moda del Majismo extendida entre la nobleza española de unos pocos años antes.

Así es, los caballeros londinenses e ingleses admirados por las heroínas de Jane Austen, con sus botas cortas y sus fracs ligeros, así como con sus chisteras, no quieren dar lecciones de aristocrática elegancia como sí lo pudieron pretender los petimetres de la época inmediatamente anterior; la llamada “georgiana”, que vendría a coincidir con la de la segunda mitad del siglo XVIII, previa al estallido revolucionario de 1789.

Nada de eso. Nada de elegancia de pelucas empolvadas, caras cubiertas de albayalde y arrebol y trajes completos de seda, satén, terciopelo y otras delicadas materias.

El dandy de la época Regencia aborrece de esos amaneramientos. Así es, el dandy londinense de la Regencia (o época napoleónica si lo preferimos), y de rechazo el del resto de aquella Europa convulsionada por la revolución plebeya de 1789, quiere parecer, en realidad, un cochero. Y no sólo en esa aproximación a la vestimenta. En sus maneras también quiere ser ese proletario elegante que es el cochero. Y para ello no duda en imitar sus rudas maneras revestido, además, con su indumentaria. Quiere aprender a pelear como un cochero, a beber como un cochero, a manejar su coche de caballos como un cochero, a jurar como un cochero (tanto vale decir un carretero) e incluso a escupir como un cochero…

El libro de J. B. Priestley nos dice que, en efecto, uno de los más conspicuos elegantes del Londres de la Regencia, el señor Akers, llegó a pagar la nada desdeñable suma de 50 guineas para que un conductor de la línea de diligencias Cambridge Telegraph le enseñase a escupir al estilo de los cocheros.

Priestley también nos cuenta que otros de mayor alcurnia, como sir John Lade y su mujer, amante en su día de un bandolero que acabó colgado en 1770, conducían sin intermediarios su propio coche de caballos (algo muy habitual en aquella Inglaterra con inclinación al plebeyismo) y comportándose del modo más soez que pueda imaginarse. A la altura, desde luego, de esos cocheros convertidos en objeto de imitación. Ella, nos dice Priestley, se destacaba aún más precisamente por jurar como una auténtica “cochera” (o “carretera” si así lo preferimos) en cuanto se le presentaba la ocasión de abrir la boca…

Naturalmente los humoristas gráficos de la época se hicieron eco de todo esto. Especialmente elocuente es la caricatura de Rowlandson del año 1814 que ilustra hoy este artículo y que él tituló “Tres requisitos para hacer un Hombre a la moda”. Uno de ellos era vestir como un cochero, otro aprender boxeo y, finalmente, hablar como un barriobajero de manera fluida…

Al menos dos cuadros de Goya nos indican que la nobleza española de la época tampoco fue, en absoluto, ajena, a esa moda que venía de Londres. Basta, desde luego, con comparar imágenes como la de Rowlandson con cuadros como el del Marqués de San Adrián del Museo de Navarra o el del duque de Osuna, en el Museo Bonnat de Bayona.

El parecido es, desde luego, sorprendente y muy a tener en cuenta antes de decir nada sobre el Majismo de esa nobleza española y sus trajes mal llamados “goyescos” identificados como tales, simplemente, por el uso de la redecilla para el pelo y la chaqueta corta conocida como “marselles”, obviando el amplio catálogo de atuendos españoles en boga en esa época que nos ofrece la obra de Goya. Perfectamente visible en estos dos altos aristócratas españoles que, paradójicamente, a imitación de sus pares británicos, también se empeñan en vestir como cocheros y, probablemente, en jurar como carreteros si era preciso…

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