Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Tauromaquia, Historia, tradición y razón (1651-2017)
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Carlos Rilova | 31-07-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

goya_-_ligereza_y_atrevimiento_de_juanito_apinani_en_la_de_madridLa verdad, no pensaba meterme este lunes festivo con este tema. Mejor dicho, no pensaba meterme en este tema ni este lunes ni ningún otro. ¿Por qué?. Pues porque “los toros” son algo verdaderamente escabroso en esa España actual que tan bien ha descrito Ian Gibson en su, de momento, último libro del que ya hablamos en otro de estos artículos.

Ciertamente mentar la cuestión de los toros en España es, desde hace ya muchos años, un grave problema para cualquiera que se meta en ese debate. Sin embargo, una vez más, no lo he podido evitar. Esta semana pasada se ha hablado demasiado de esto y, al final, uno acaba sintiéndose comprometido, de algún modo, a escribir alguna cosa sensata sobre algo tan inquietante como la crueldad con un ser vivo.

Esta vez la enésima polémica sobre el tema, ha venido por la decisión del gobierno autonómico de las Islas Baleares de reducir las suertes del toreo en su jurisdicción a tres astados por corrida que, además, sólo estarán en la arena 10 minutos en los que el animal será toreado, pero tratado de modo que sobreviva.

Bien, el miércoles, apenas acabado el superpuente de Santiago, hubo primeras reacciones a esa decisión. El secretario de Estado del Ministerio de Cultura español (en términos coloquiales el número 2 de esa institución) va a querellarse contra esa decisión en el tribunal pertinente, considerando que atenta contra el Arte de la Tauromaquia…

No es que yo quiera enmendar la plana a figura tan poderosa, pero tengo que deducir que el Ministerio está, tal vez, mal informado en estas cuestiones de la Tauromaquia.

Y esto es bastante extraño porque, a poco que se quiera estar informado, es sencillamente inmensa la pila de libros, artículos, etc… que hay sobre la Historia de la Tauromaquia. (Sin contar con el monumental Cossío).

Pues sí, la lista de obras sobre esta cuestión abarcaría prácticamente todo este artículo. Yo sólo mencionaré, brevemente, algunos de esos libros. Por ejemplo tenemos el volumen editado por Paulo César Juárez en el que se recogen testimonios desde el siglo XIII (sí, desde finales de la Edad Media) a favor y en contra de esa llamada “Fiesta Nacional”, convertida hace unos cuatro años en patrimonio cultural.

Se trata de una obra antitaurina. O eso es lo que se deduce de su prólogo, al menos. Paulo César Juárez dice compilar todos esos textos, que van, desde Leyes promulgadas en el siglo XIII por Alfonso X el Sabio hasta la actualidad, para recordar unos cuantos hechos que difícilmente encajarán con la mentalidad conservadora (muchas veces incluso más que ultraconservadora) que hoy defiende esa “Fiesta Nacional”. El primero de esos hechos es que una de las guardianas de ese conservadurismo español, la Iglesia católica, ha prohibido desde el siglo XVI dicha fiesta (aunque luego esa prohibición, de 1567, fue atemperada y limitada),,,

El segundo hecho es que la Monarquía española (o la castellana que fue su raíz) no ha sido tampoco muy favorable, desde la Edad Media, a esa fiesta. Alfonso X en 1265 señala como infames a los que matan toros por dinero y sólo salva de esa pena a los que lo hagan por mostrar, gratuitamente, su valor personal… Carlos III, en 1785, prohibirá en la mayor parte de España las corridas a muerte (un matiz importante, luego lo veremos) y Carlos IV, en 1805, las prohibía sin excepción por ser poco conformes “a la humanidad que caracteriza a los españoles”, por suponer un atraso para la Ganadería, la Agricultura y la Industria y demás etcétera ilustrado…

Junto a esas medidas emanadas de las instituciones, Juárez encuentra muchos otros testimonios de intelectuales españoles que han deplorado la Fiesta. Lo más curioso es que autores que hoy se han identificado por escritores mal documentados con la esencia de “lo español” -como Tirso de Molina, Quevedo o Lope de Vega- abominan de esas primitivas corridas de toros que ni siquiera eran como las de hoy día.

Otro detalle que muchos protaurinos tendrían difícil asimilar es que la fiesta se originó en España (según Mariano José de Larra lo decía en 1828, dos años antes de que se fijasen las corridas-tipo actuales) por imitación a los musulmanes. A “los moros”, que, hacia el siglo XIII, serían los únicos que lidiaban con esas bestias.

Por supuesto en esa extensa bibliografía no faltan defensores de la cosa. E incluso más allá de la España retrograda y primaria con la que se identifica la Tauromaquia. Es el caso de Francis Wolff, profesor de la prestigiosa Escuela Normal Superior francesa. Centro de formación de la élite de ese país de élite. Entre otras obras, ha escrito “50 razones para defender la corrida de toros”. Resulta interesante comparar sus argumentos con los que sustenta -desde el lado contrario- el filósofo español Jesús Mosterín en “La cuestión de los toros”. Para el intelectual francés es absolutamente falso que el toro de lidia no sea un animal bravo y agresivo y que se le torture en la plaza. Para el filósofo español, el toro es un herbívoro pacífico por naturaleza al que sí se tortura con los rejones y picas para incitarlo a embestir…

No faltan incluso prestigiosos historiadores de fama mundial como Bartolomé Bennassar (del que mi generación ha aprendido unas cuantas cosas del “oficio de historiador”) que son fervientes defensores (por razones históricas) de la lidia de toros…

Y eso me lleva, finalmente, a la cuestión de la supuesta tradición que el Ministerio de Cultura estaría defendiendo, ahora mismo, en los Tribunales… Siento tener que decirlo, pero me arriesgaré: desde el punto de vista de la Historia y de la razón dominante en nuestra época desde el siglo XVIII, el gobierno central se equivoca y es el gobierno balear el que acierta defendiendo esta modalidad de toreo.

Así es. La supuesta tradición que ahora querría defender el gobierno central frente al balear no existía, por ejemplo, en el San Sebastián de 1651. Ya di cuenta de esto en un artículo publicado hace 14 años, en 2003, por la revista digital de la Sociedad de Estudios Vascos, “Euskonews”. En él recogía un acta municipal donostiarra -superviviente al incendio de 1813- donde se daba cuenta de la traída de toros de las dehesas navarras, que serían toreados en Donostia en julio de ese año pero que sobrevivirían, en excelentes condiciones, a esos festejos. De hecho, causando notables daños en los campos cercanos a la futura capital guipuzcoana…

La explicación a este curioso dato de archivo ya la daba Bennassar en su “Historia de la Tauromaquia”: sin perjuicio de otras suertes como el rejoneo a caballo, en el que la nobleza española mostraba su valor hasta principios del siglo XVIII, o los encierros, (donde el elevado número de muertos por asta desmiente un tanto el carácter naturalmente pacífico del toro), hay dos clases de corridas en la España de la Edad Moderna. Serían la “corrida torneo” y la “corrida carnicería”. Evidentemente la de San Sebastián de 1651, que parece prototípica de esta ciudad, sería una de esas. En ellas se mostraba valor desafiando al toro, pero sin machacarlo con rejones y picas hasta matarlo. Tras ese desafío, sin más, se devolvía al animal al campo.

La “corrida carnicería” que, al parecer, quiere defender el Ministerio de Cultura actual, sería, en realidad, la que institucionalizó Fernando VII en 1830, a partir de modalidades de toreo tan diversas como las que nos describe la obra de Bennassar.

Así las cosas, ¿cuál sería el problema con la decisión del gobierno balear?. ¿No respetaría, más y mejor, la tradición, la Historia de ese patrimonio cultural, esa recuperación de la “corrida torneo”?. ¿En qué pierden los toros, los toreros y los ganaderos por recuperar (como quiere el gobierno balear) una muy antigua forma de toreo que, al mismo tiempo, evita males mayores al animal y la exhibición sangrienta contra la que claman los antitaurinos?.

Si lo que se quiere mantener como “patrimonio cultural” son las “corridas carnicería”, modalidad propia de los mataderos de Sevilla desde finales del siglo XVI según nos dice Bennassar, ¿no resultan falsos todos esos argumentos protaurinos acerca de que no se quiere torturar al animal y que con la Fiesta se preserva a una raza (la de los uros primigenios) extinta en el resto del Mundo?.

Sobre todas estas cuestiones se debería reflexionar a fondo, antes de proteger por Ley algo o correr a los tribunales a defenderlo. De otro modo, la imagen-país que tanto quieren cultivar los sucesivos gobiernos españoles quedaría bastante tocada, dejándonos a todos -empezando por los protaurinos- como una banda de sádicos enfermizos que, pudiendo elegir entre una tradición más o menos pacífica, festiva, y otra sangrienta y brutal, optaría por la segunda. Convirtiendo en pura hipocresía todo lo que se dice sobre la feliz vida del toro antes de ser masacrado en las plazas. O la inmensa suerte de esos animales de haber sobrevivido a la extinción gracias a esos sacrificios rituales… establecidos por un rey déspota y de tan mala fama como Fernando VII…

¿Realmente es eso lo que quiere defender el actual gobierno español?. ¿Realmente es eso lo que quiere cualquier habitante de la España del siglo XXI, pasando por alto la razón y la Historia, afirmando, de hecho, que nos dejemos de monsergas, que aquí lo único que cuenta no es el Arte, ni la preservación de una especie, sino ver correr sangre a raudales durante unas cuantas horas y con lo que -parece evidente- son refinamientos de crueldad?…

Ustedes dirán.

(Nota: Por razones técnicas, ajenas al autor, esta entrada programada para ayer lunes 31 de julio de 2017, no ha podido ser publicada hasta hoy. Añado esta explicación por los inconvenientes o malentedidos a que pueda haber dado o dar lugar este problema técnico que ha retrasado en un día la habitual publicación de este artículo semanal).

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Una Historia española del automóvil eléctrico. (Año 1891)
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Carlos Rilova | 24-07-2017 | 11:59| 0

Por Carlos Rilova Jericó

triciclo-bonet-en-1889-licencia-creative-commonsFue Pablo Picasso quien dijo que la inspiración tenía que encontrarle a uno trabajando. Doy fe de que esta semana ha sido así por lo que respecta a este nuevo correo de la Historia.

La inspiración para él me encontró trabajando. En este caso en un proyecto en el que está implicada la ciudad de Barcelona.

Así, mientras repasaba las “Historias notables de Barcelona” de José María de Mena, encontré algo que me pareció demasiado bueno como para dejarlo pasar de largo. Más ahora, en estas fechas en las que el futuro referéndum de independencia de Cataluña, ha hecho subir más alto (si es que eso era posible) el nivel de cutrez del discurso público sobre esa (todavía, de momento) parte de España.

La aparente anécdota que nos contaba Mena en su ameno libro, se refería al que, para ese autor, sería el primer fabricante de coches español. Un inventor ciertamente precoz que tuvo el desacierto de nacer al Sur de los Pirineos, por lo que su nombre hoy es prácticamente ignorado. Y su historia personal desconocida. O, lo que es casi peor, muy mal conocida. A diferencia de lo que ocurre con Edison (con el que tanto tuvo que ver como inventor, aunque no consta que lo tratase personalmente), Ford, Benz o Daimler.

El personaje en cuestión se llamaba Francisco Bonet Dalmau y, según nos dice Mena, estaba a la altura de todas esas grandes figuras de la Historia del Automovilismo.

Su prototipo, patentado desde fecha tan temprana como el año 1889 (recordemos que Daimler, con el que Bonet Dalmau tuvo relación directa, andaba trabajando en esas mismas fechas, en 1885, con no mucho éxito) consistía en lo que entonces llamaban un vehículo auto-motor alimentado por electricidad. En este caso un eficaz juego de baterías.

El modelo, como Mena insiste en señalar, era verdaderamente original. No una mera copia de una patente extranjera. Y superó a modelos como el del ingeniero escocés Dunlop, que en 1888 había probado un modelo de coche eléctrico pero con muy escasa autonomía. Y eso que las primeras experiencias de vehículos así se habían hecho en su Escocia natal hacia 1832…

Ese defecto, y otros que se podían detectar en otros coches eléctricos, no estaban presentes en el modelo de Bonet Dalmau. Siempre según el libro de Mena…

De hecho, nos dice Mena, de no haber sido porque Estados Unidos descubrió numerosos pozos de petróleo en esas fechas, facilitando la recarga de los motores de explosión, es muy probable que el coche de Bonet Dalmau hubiera sido el modelo dominante en Automoción hasta hoy día.

Sin embargo, según otras versiones, y aunque Mena también lo menciona, parece ser que quien realmente lanzó el primer modelo de coche eléctrico español fabricado con carácter industrial, fue el ingeniero (y oficial artillero) Emilio de la Cuadra y Albiol, nacido en Valencia pero residente en Barcelona. Entre 1898 y 1901 fabricará vehículos automóviles (incluido un autobús) movidos por motores de explosión que, a su vez, movían una dínamo para acumular energía eléctrica en juegos de baterías instalados en el vehículo que, a diferencia de los motores de explosión, que también llegó a fabricar, no tuvieron demasiado éxito…

Todo esto, evidentemente muchos años antes de que oyéramos siquiera mencionar la palabra “Prius” o “coche híbrido”.

Lo curioso de todo este asunto, aparte de saber que, en realidad, la Historia de la Automoción debería empezar a contarse no sólo por Menlo Park y Detroit, o por Alemania, sino también por Barcelona, es el modo en el que Bonet Dalmau o De la Cuadra y Albiol han caído, prácticamente, en el olvido y cómo no se ha investigado más a fondo las divergentes versiones que circulan sobre el fracaso y el éxito de sus ensayos de coches eléctricos. Caso de la que nos ofrece Mena o la “copiapegada”, mil y una veces, en distintos artículos de Internet que se repiten unos a otros como los reflejos en una galería de espejos de parque de atracciones. Algo que hace de todo esto un auténtico galimatías sobre la verdadera eficacia de esos primeros ensayos de coches eléctricos en la España de la “Belle Époque” y cómo valorar, realmente, su alcance.

¿Por qué estamos ante tan singular panorama histórico?. Bueno, no creo que sea precisamente por la chapuza del proyecto vasco de coche eléctrico “Hiriko”, tocado, y lamentablemente hundido, en el año 2013. Si han seguido con asiduidad este correo de la Historia ya sabrán el porqué de ese olvido y de ese deficitario y confuso relato sobre quienes, como Bonet Dalmau y De la Cuadra y Albiol, según parece, intentaron desarrollar con seriedad -aunque con desigual éxito- los coches de explosión, híbridos y eléctricos en la Cataluña del 1900. Parece evidente que el olvido y desvalorización histórica de figuras así provendría de que la España actual, que es quien debería reivindicarlas, es un país bastante atrasado en algunos aspectos.

Uno de ellos -y no el menos importante, desde luego- es el de considerar la Historia un campo de aficionados voluntariosos o de funcionarios de instituciones que, como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ya han pasado, en la práctica, a mejor vida -gracias a una desastrosa política económica impuesta, desde 2011, por potencias extranjeras- quedando excluida toda otra opción de alta divulgación histórica que no sea repetir memeces -sacadas de contexto histórico- sobre el Cid, la Armada Invencible y cosas parecidas. Así como hurgar -tan hondo como se pueda- en ensayos fallidos y otras derrotas varias. Aparte de exhibir todos esos fracasos, a bombo y platillo, y con un regodeo sadomasoquista digno de estudio psicológico.

Mañana, que es día de Santiago, el patrón de ese curioso país, quizás sea un buen momento para parar a pensar, en serio, cómo es que hay unos cuantos millones de catalanes que prefieren no ser españoles.

Seguramente una de las razones tenga mucho que ver con este casi total olvido y devaluación histórica de figuras como los pioneros de los coches híbridos y eléctricos: Francisco Bonet Dalmau o Emilio de la Cuadra y Albiol.

Tomen nota del hecho para saber en qué nos hemos equivocado y corregirlo. Posiblemente aún estamos a tiempo de cambiar ese rumbo tan confuso, tan enfermizo…

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Algo más de Historia para el 14 de julio de 1789
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Carlos Rilova | 17-07-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana como ya habrán notado, se celebraba, otra vez, la revolución francesa del 14 de julio de 1789.

No sé si será casualidad, pero el caso es que justo la víspera de tan señalado día di con unos interesantes datos sobre cómo, al Sur de los Pirineos, se pudo desencadenar todo ese proceso revolucionario. Sorprendentemente (o tal vez no tanto, como sospecho desde hace tiempo junto con otros historiadores como Rosa Ayerbe o Álvaro Aragón) la siembra de ideas revolucionarias habría empezado entre los vascos (y entre otros muchos súbditos de la Corona española dieciochesca) bastantes años antes de aquel, para el Absolutismo, fatídico 14 de julio de 1789.

Pues sí, preparando un largo artículo -a publicar en noviembre- sobre el impacto de la primera guerra revolucionaria del siglo XVIII (la norteamericana) en territorio guipuzcoano, estuve indagando en las órdenes de movilización y leva giradas a las distintas poblaciones guipuzcoanas en 1779. Allí descubri detalles curiosos, que dan qué pensar sobre cómo pensaban esos súbditos vascos del rey Carlos III ya en esas fechas.

Daré un pequeño avance de todo eso. He descubierto una curiosa coincidencia. La mayor parte de esas villas y uniones de villas se limitan a cumplir, con cortesía y devoción, las órdenes que su Diputación les transmite -en nombre de la Corte- para que apresten todos sus recursos militares a fin de hacer frente al rey de Gran Bretaña. Al que esa Corte de Madrid, regida por Carlos III, ha decidido enfrentarse abiertamente, poniéndose del lado de los revolucionarios norteamericanos tras hacer unos complicados cálculos políticos.

Sin embargo, en algunas de esas poblaciones se registra una llamativa oleada de entusiasmo vecinal entre los hombres que deberían ser integrados en esas milicias. Teóricamente debían ser todos los vecinos, pues eso era lo que mandaba el privilegio foral disfrutado por los guipuzcoanos. Aun así, en estos casos con los que di este miércoles pasado, los futuros soldados no esperarán a que se sortee entre ellos una primera remesa para acudir adonde fuera necesario combatir. Por el contrario, todos ellos se presentarán voluntarios…

Ahí no termina la curiosidad de ese hecho. Tolosa y Urnieta son dos de las villas que presentan ese alto índice de voluntarios para luchar en una guerra que dará el triunfo a una república revolucionaria frente a una monarquía -más o menos- despótica…

¿Qué tiene eso de particular?. Pues sencillamente esto: apenas quince años después (y subrayo lo de “quince años”), en 1794, esas dos villas presentarán también un alto grado de adhesión a las ideas revolucionarias francesas, cuando las tropas de esa Convención entren en territorio guipuzcoano y ocupen una buena parte del mismo, como ya lo demostraron en su día investigaciones de historiadores como Antonio Elorza, Juan Carlos Mora o David Zapirain sobre ambas villas en esa época, convulsa y revolucionaria en muchos sentidos…

La coincidencia de ese fervor voluntario en Tolosa y Urnieta, tanto para ponerse al lado de los revolucionarios norteamericanos como, con más claridad aún, del de los franceses, obviamente nos da un valioso indicio (un hilo del que sacar una madeja histórica mayor) que nos debería llevar a concluir, a partir de hechos así, que las ideas revolucionarias habían empezado a calar al Sur de los Pirineos en fecha tan temprana como el año 1779; que, en fin, fieles (teóricamente) vasallos vascos del rey Carlos III habían empezado a recibir noticias, rumores, ideas nuevas que hablaban de un panorama político verdaderamente interesante. Al menos para ese común de los mortales que, en América, ya habían empezado a tomar las armas para dotarse de un sistema político que los representase mejor que anquilosadas oligarquías parlamentarias como la británica o, directamente, despotismos -más o menos ilustrados- como el francés y el español.

Hechos así -esa masiva cantidad de voluntarios en 1779 en los mismos lugares donde se recibe, a brazos abiertos, a la revolución de 1789- harían evidente que, al Sur de los Pirineos, ya incluso antes del 14 de julio de 1789, una buena parte de la población había empezado a sumar -en términos políticos- dos más dos y a sacar conclusiones a partir de ahí.

Durante bastante tiempo cierto sector de la opinión política y académica española negó que tal cosa pudiera ser posible, excluyendo que entre un pueblo tan eminentemente católico como lo era -o se creía debía serlo- el español (y por ende el vasco peninsular)  pudiera haber seguidores de ideas revolucionarias.

Un eminente historiador donostiarra como Fermín Lasala y Collado, figura señera del conservadurismo español de finales del XIX, así lo sostuvo en su gran obra sobre la Guerra de la Convención en territorio, precisamente, guipuzcoano.

Siento tener que discrepar de una figura que siempre me ha resultado bastante simpática (entre otras cosas porque sobre su vida y obra hice mi tesis doctoral) pero estoy seguro de que Fermín Lasala hijo, el duque de Mandas, allí donde quiera que esté desde 1917, seguro que reconocerá, como buen historiador, que el comportamiento de los urnietarras y tolosarras en 1779 y en 1794 da mucho qué pensar.

Por ejemplo sobre esa abrupta caracterización de lo español -o lo vasco- como eminentemente católico a lo largo de siglos y más siglos, como si nada hubiera ocurrido después de la conversión al Catolicismo de Recaredo.

Algo que cualquier historiador, como era el caso del duque de Mandas, sabía imposible. Pues el Renacimiento no pasó en vano por ese país al Sur de los Pirineos, los cambios de dinastía tampoco. Menos aún la llegada de las ideas de la llamada Ilustración. Y menos todavía -como ahora vendríamos a ver por ese entusiasmo en ciertos pueblos guipuzcoanos del año 1779- los acontecimientos que habían desencadenado esas ideas ilustradas, dando finalmente lugar a procesos revolucionarios como el de 1776, el de 1789, el español de 1808 a 1814 (y los muchos que siguieron a partir de ahí)…

Habría que concluir, en efecto, a la vista de esos datos, que no es que los súbditos de Carlos III (vascos, por supuesto, incluidos) fueran más impermeables (por sus creencias religiosas) que los de, por ejemplo, Luis XV. Lo que ocurriría en este caso es que, a diferencia de lo que ha pasado en Francia (donde se ha tenido a gala, durante cerca de dos siglos, la participación en la epopeya norteamericana), en España parece haber estado prohibido siquiera plantearse la incidencia de aquellos hechos revolucionarios en la opinión pública. Una que, por lo que se deduce de la actitud de los urnietarras y tolosarras de 1779, existía y debía estar más despierta y activa de lo que ciertos censores intelectuales hubieran deseado…

Todo ello, desde luego, una materia que da mucho que pensar. Especialmente en esta semana, posterior a un nuevo cumpleaños de la revolución de 1789 que, desde luego, no pasó en vano por las latitudes que quedaban al Sur de la frontera de Irún…

 

 

 

 

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¿La verdadera Historia de Jesse James? (1876-2017)
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Carlos Rilova | 10-07-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No he podido (como en muchas otras ocasiones) resistir la tentación de hablar hoy de un tema que quizás pueda parecer algo peculiar.

Pero es que para mí siempre ha sido evidente que esta cuestión, la verdadera Historia del fuera de la ley sudista Jesse James, merecía la pena desde el punto de vista histórico y, cuando pensaba sobre qué escribir esta semana, se me hizo aún más evidente cuando vi en televisión, por enésima vez, “Forajidos de leyenda”. Una película que es, salvo algunas escenas, quizás una de las mejores reconstrucciones de la vida y época del mítico y mitificado salteador de caminos Jesse James.

“Forajidos de leyenda” no es la primera película que se hizo sobre Jesse James. De hecho bien podría haber sido la última, pues por su fecha de estreno (1980) fue rodada en un momento en el que el género “del Oeste” estaba empezando una cuesta abajo que sólo acabaría doce años después con la magnífica “Sin perdón”, que consagró a Clint Eastwood como cineasta y abrió las puertas a toda clase de “Westerns”. Unos peores (incluyendo alguna versión semifantástica de la vida de Jesse James) y otros mejores como “Cabalga con el Diablo”.

Antes de “Forajidos de leyenda” hubo unas cuantas películas sobre el supuestamente generoso bandido sureño. La más famosa, acaso, la dirigida por Henry King, en 1939, en la época del Hollywood que llaman clásico. Después, en 1972, llegó “Sin ley ni esperanza” que prefiguraba  a “Forajidos de leyenda”, entrando ya en eso que llaman “Western crepuscular”, y daba una versión casi diametralmente opuesta a la película de Henry King, que era más bien elogiosa para Jesse James.

“Sin ley ni esperanza” se centraba en los últimos momentos de la banda de los hermanos James-Younger, cuando deciden asaltar el banco nacional de Northfield y ambas familias de forajidos y sus adláteres son combatidos en una verdadera batalla campal.

En esa película, “Sin ley ni esperanza”, Jesse James ya aparece retratado como un maquiavélico rufián y no como el bandido generoso que robaba a grandes empresas para (hipotéticamente) dárselo a los pobres. Sobre todo a los sureños de clase baja despojados por el que los James y los Younger consideraban (como buenos veteranos confederados) el invasor yankee…

Esa visión negativa, aunque algo mitigada, de Jesse James como un verdadero canalla que robaba a los ricos sólo para enriquecerse él, aparece también muy marcada en gran parte del metraje de “Forajidos de leyenda”. En esta película, Jesse James es un personaje gélido como un témpano. De hecho, aparece casi siempre malhumorado, incapaz de reírse ni una sola vez frente a un Cole Younger que no es precisamente un dechado de virtudes (en especial por lo que respecta al trato que da a alguna de sus amantes de pago, como Belle Starr), pero es representado como un hombre divertido y, sobre todo, leal a sus compañeros hasta el fin.

Cosa de la que Jesse James se muestra incapaz después del accidentado fin del asalto al banco de Northfield. Un hecho descrito en esta película tras el escalofriante momento en el que la banda -acribillada a balazos- huye cabalgando en unas sobrecogedoras escenas a cámara lenta, mientras suena una versión crepuscular de la canción confederada “Soy un viejo rebelde”.

Esa visión negativa de Jesse James se acentúa aún más en la última película (de momento) sobre el famoso forajido. La impresionante “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” del año 2007. En esta película, con un absoluto protagonismo de Brad Pitt interpretando a Jesse James, se cuenta la versión de los hechos dada por Robert Ford. El hombre que vivió, lo que pudo, tras asesinar a Jesse James.

En “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, se describe un Jesse James que no es simplemente un gélido y calculador malvado como el que se veía en “Sin ley ni esperanza” o en “Forajidos de leyenda”. Se trata de un verdadero psicópata, que simula tener sentimientos humanos si es necesario, pero vive dominado por un pavor paranoico que le lleva a convertirse en una máquina de matar. Tanto a víctimas anónimas que se cruzan en el camino de sus asaltos, como entre sus propios compañeros.

Así, Robert Ford entra en escena en “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” no como un oportunista rufián (como el descrito en “Forajidos de leyenda ”) sino como una especie de ángel vengador. Uno que, además, detiene no a uno de esos famosos “bandidos generosos” descritos por estudios como el “Rebeldes primitivos” del profesor Eric J. Hobsbawm, sino a un asesino en serie…

Ahora, ya descritas algunas de las principales películas que describen, a su vez, la que pudo ser la verdadera vida de Jesse James, habría que preguntarse qué hay de verdad en todas esas versiones cinematográficas ligeramente divergentes. ¿Cómo era, pues, en realidad ese personaje histórico llamado Jesse James?.

Se dice que quienes mejor han comprendido, y estudiado, el “Western” han sido no los estadounidenses sino los europeos. Entre ellos, quizás, los que más habrían aportado al género, serían los italianos, los españoles y los franceses. Entre estos últimos no faltan diversos estudios en los que poder encontrar respuestas a preguntas como esa. Si tomamos, por ejemplo, el ensayo del historiador especialista en el tema Jean-Louis Rieupeyrout, “Sheriffs et hors-la-loi”, publicado por Gallimard en 1973, la respuesta es categórica: Jesse James y sus parientes y compañeros nunca fueron “bandidos generosos”, sino asesinos a sangre fría…

Si de esta obra pasamos a otras más modernas, como el volumen colectivo que la revista “Historia” dedicaba en 2013 a desentrañar -con diversos especialistas de universidades tan prestigiosas como la Sorbona- la realidad histórica de personajes del cómic “Lucky Luke”, descubriremos opiniones algo menos categóricas, pero no mucho más indulgentes con el verdadero Jesse James.

La encargada de analizar su caso, la historiadora Anne Bernet, señala que Jesse James trató de rehacer su vida al acabar la Guerra de Secesión pero se vio imposibilitado. Lo primero porque las fuerzas federales tratarán de asesinarlo a él y a otros compañeros que quieren rendirse tras la capitulación de Appomattox (un hecho dramatizado tangencialmente en otro “Western” no relacionado con los James: “El fuera de la Ley” de Clint Eastwood), considerándolos forajidos comunes por haber sido parte de las guerrillas sudistas dirigidas por Quantrill.

Otra de las razones que impide a los James, o a los Younger, reconstruir su vida tras la guerra fue, según Bernet, su endeudamiento “hasta el cuello” con diversos bancos lógicamente controlados por los vencedores.

Sin embargo, Bernet señala que la leyenda de Jesse James poco tuvo que ver con la realidad. Gran parte de esa mitificación fue creada por un antiguo oficial sudista, de apellido Edwards, que dirigía el “The Kansas City Times”. Rotativo desde el que se alimentó -por evidentes razones de revancha política- esa leyenda de “bandido generoso” que luego ha ido dando tumbos por las pantallas de cine durante más de cien años.

Eso no quita para que, como nos dice la obra de Rieupeyrout, a Jesse James sólo se le pudieran achacar 16 muertes durante su larga carrera de salteador entre 1866 y 1881. O que, como señala Anne Bernet, la tumba de Jesse se convirtiera en lugar de peregrinación. O que su hermano Frank, tras entregarse a las autoridades en 1883, fuera declarado inocente poco menos que por aclamación de una opinión pública sudista enteramente favorable, muriendo tranquilamente en el año 1915…

Esos parecen ser, pues, los límites entre ficción y realidad cuando nos preguntamos cuál pudo ser la verdadera Historia del famoso fuera de la ley Jesse James más allá de la imaginación de los guionistas de Hollywood.

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Historia del largo viaje de un soldado (1813-2017)
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Carlos Rilova | 03-07-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta última semana he estado realmente atareado con una visita que ha llegado a San Sebastián desde, nada menos, que las Antípodas. Es decir, desde Australia. Se trataba de Michael Osborne, profesor de la Universidad de Newcastle (una ciudad cerca de Sidney que lleva el mismo nombre que la ciudad minera inglesa), ingeniero y concejal del Ayuntamiento de esa ciudad. Aparte de eso Michael Osborne es descendiente del soldado voluntario (y la diferencia con un simple soldado es importante, ya que el voluntario era un aspirante a suboficial u oficial) que se enroló en 1810, con apenas quince años, como reemplazo en el Ejército hispano-anglo-portugués que derrotó a Napoleón en la Península.

El nombre de ese adolescente que eligió entrar en un Ejército que sumaba, por cientos, sus bajas a medida que transcurrían los meses y los años de la guerra, era John McCrohon. Era natural de la ciudad portuaria irlandesa de Limerick. Desde allí viajó hasta Ceuta, donde, en el año 1810, se enroló en el banderín de enganche que tenía allí la guarnición británica que defendía esa plaza fuerte española.

El objetivo de Michael Osborne y su pareja Emma Isherwood (ya casi culminado) ha sido viajar por toda la Península, y Francia, y visitar el mayor número de lugares en los que John McCrohon se jugó la vida en circunstancias dramáticas. Tanto para él como para otros.

Ha sido un largo viaje hecho, en gran parte, en condiciones similares a las que tuvo que afrontar ese Ejército del que ya formaba parte el joven voluntario McCrohon desde 1810.

Así es como llegaron a Vitoria hace una semana, y así es como llegaron a Andoain el miércoles pasado, desde donde el que estas líneas escribe les ha conducido a distintos archivos (general guipuzcoano, municipal de Tolosa…) y puntos de territorio guipuzcoano, y navarro, que tuvieron que ver con el viaje del soldado voluntario John McCrohon.

Lo más interesante de todo esto, aparte de poder ayudar a alguien como historiador en esta odisea, ha sido descubrir una persona que, como Michael Osborne, trata de reconstruir la historia de una pequeña pieza de la gran Historia. Esa escrita por reyes y generales.

Así he ido aprendiendo más sobre aquellos hechos a medida que visitaba con Michael y Emma los lugares donde se suponía había estado John McCrohon o aquellos que, como Pasajes, Fuenterrabía, el monte San Marcial, Vera de Bidasoa…, fueron el escenario de hechos que decidieron el destino final de John McCrohon.

Michael Osborne lo ha querido saber todo. Lo peor, lo malo, lo regular y lo bueno de esa fase guipuzcoana, y navarra, de aquella guerra librada contra el llamado “Tirano de Europa”. Lo ha grabado todo, lo ha fotografiado todo. Y lo ha preguntado todo.

No era para menos en estas latitudes, porque John McCrohon fue, o así parece, uno de los supervivientes de la “forlorn hope” y subsiguientes oleadas suicidas que el 31 de agosto de 1813 tomaron la brecha que permitió, a su vez, tomar San Sebastián.

A partir de ahí Michael Osborne ha querido saber qué pudo ser de su ascendiente en medio de aquel feo asunto que conocemos perfectamente, con su cohorte de asesinato de civiles desarmados, violaciones, robo, saqueo y escenas absolutamente lamentables que tuvieron como escenario una ciudad de San Sebastián que fue quemada hasta los cimientos en su mayor parte.

La respuesta a esa pregunta no es sencilla. Sabemos los grados, al menos los grados, de algunos de los oficiales que se comportaron como personas decentes dentro de la ciudad ya tomada y librada a los excesos de la peor soldadesca que marchaba bajo las banderas británicas y portuguesas. Pero el interrogatorio del juez provincial Pablo de Arizpe, el documento principal donde se recogen los detalles de lo que ocurrió aquella noche y los días siguientes, apenas dice nada de nombres de los militares que tomaron parte en esa acción. No, desde luego, más allá de los de los generales responsables de los condenables sucesos. Como por ejemplo el escocés sir Thomas Graham.

Del resto, apenas sabemos nada. Salvo cómo se condujeron en aquellas circunstancias. Hubo gente que actuó de manera sencillamente infame (y fueron la mayoría). Otros, justo al contrario.

Si leemos la transcripción de ese documento hecha por Luis Murugarren, podemos descubrir escenas macabras tales como la que vio José María de Estibaus, encargado de la Oficina de Correos de la ciudad. Contaba este funcionario que los soldados, tanto “yngleses” como portugueses, trataron de robarle. Si no lo consiguieron fue porque sus oficiales los detuvieron. Aunque no por mucho tiempo. Cuando estos tuvieron que ir a atender la continuación del ataque, los soldados convenientemente rezagados y escaqueados volvieron a las andadas. E incluso le dispararon mientas Estibaus trataba de conseguir la ayuda de otro oficial.

Estibaus también vio cómo en la casa de enfrente a la suya, donde habían matado a su dueño, Bernardo Campos, más soldados “yngleses” y portugueses despachaban varias botellas de aguardiente sin inmutarse por el cadáver, aún caliente, de aquel hombre al que también habían despachado.

En otros casos conocemos, gracias a ese documento, incluso el nombre de oficiales de bajo rango que hicieron justo lo contrario de lo que habían hecho esos soldados. Es lo que ocurre con el alférez portugués del 8º regimiento de cazadores José Carrasco, que libró a unos cuantos donostiarras, hombres y mujeres, de tratos tan infames. Como ya recordamos en otro correo de la Historia anterior a éste. Fechado el 2 de septiembre de 2013.

Entre estos hombres que actuaron correctamente, como nos dice el segundo testimonio recogido por Arizpe -el del tesorero de San Sebastián, Pedro Ygnacio de Olañeta- se destacó algún soldado irlandés, descrito precisamente con esa distinción, y no dentro de ese cajón de sastre de la época -“inglés”- en el que se metía tanto a escoceses, galeses e irlandeses como a ingleses genuinos.

¿Fue John McCrohon ese soldado irlandés (un granadero para ser exacto) o cualquier otro de los muchos soldados y oficiales del “forlorn hope” y la segunda oleada que se comportó como un ser humano decente en medio de aquella locura?.

Creo que es probable. Sobre todo porque McCrohon no era un vulgar soldado. Era un voluntario, alguien que esperaba un ascenso a oficial y, por lo tanto, alguien que debía presentar una conducta intachable (pese a que algunos oficiales, como sabemos por otros testimonios, no actuaron precisamente según esa norma en San Sebastián).

Por otra parte, McCrohon, según me ha sido relatado por su descendiente, tuvo una larga vida, muriendo en el año 1839, con 45 años, destinado en la colonia más lejana de aquella Gran Bretaña a la que él sirvió con tanta dedicación.

Tras los horrores de San Sebastián, estuvo a principios de octubre en el paso del Bidasoa. Cuando comenzó, en serio, la invasión aliada del corazón del Primer Imperio francés. Desde allí marchó hacia el Norte. Estuvo en París, siendo parte de las tropas que ocuparon la capital francesa derrotada. Viajó de nuevo a Inglaterra, pero sólo para ser destinado a la nueva guerra entre británicos y norteamericanos que estaba teniendo lugar en esas fechas y que se prolongó hasta 1815. Después de eso estuvo sirviendo en el clima extremo de las Indias Occidentales. Así hasta recalar en una guarnición australiana seis generaciones atrás a la actual.

Parece pues evidente que el voluntario McCrohon vivió largos años sin necesidad de alcoholizarse y morir joven, acallando con ese método, tan usual entre las filas, una conciencia llena de espantosos fantasmas de pasadas campañas.

Probablemente nunca lo sabremos con certeza. Aunque el descendiente de John McCrohon ya ha dado muchos pasos en la dirección correcta, atreviéndose a saber, a preguntar, a indagar sobre el largo viaje de aquel soldado de las guerras napoleónicas.

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