Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Victoria en Vitoria. Un monumento singular cumple cien años (1813-1917-2017)
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Carlos Rilova | 29-05-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este último sábado estuve en la ceremonia que celebró los cien años del monumento que, en la Plaza de la Virgen Blanca de Vitoria, recuerda otro de los Waterloos de Napoleón. En este caso, como no podía ser menos, la batalla de Vitoria que dejó al pobre emperador muy tocado. Especialmente cuando la noticia transcendió la frontera de los Pirineos y llegó a una Europa central que sólo estaba esperando la ocasión para caer sobre la fiera herida (es decir: el emperador) y rematarla.

Ya sé que sonará a tópico, pero fue un orgullo estar allí. Y una suerte también. Al fin y al cabo fue una de esas que llaman “ ocasiones históricas”.

Así las cosas, poder estar allí y ser parte del homenaje, fue, en efecto, muy afortunado y me dejó una sensación de esas tan tranquilizadoras de haber estado en el momento y el lugar oportunos y para hacer lo que había que hacer.

En este caso, actuar en lugar de escribir o conferenciar (y hasta pontificar a veces) sobre la Historia, su utilidad, su uso y esas cosas que, de lunes en lunes, suelen aparecer en esta página.

Pero estar allí no fue fácil. El monumento a la Batalla de Vitoria tiene la misma virtud que otros monumentos similares que se edificaron en España al calor del primer centenario de la Guerra de Independencia.

Es decir, que gustó a algunos, a otros no les gustó nada y levantó mucha polémica. Una que lo ha perseguido hasta hoy día. A pesar de que ha resistido, como un  valiente, esos cien años, sin moverse de allí, cumpliendo su función de recordar lo que pasó en Vitoria un asfixiante y tormentoso día de junio de 1813 en el que se decidían muchas cosas en las afueras de Vitoria.

Con los años la polémica se ha ido simplificando un tanto. Ya no es cuestión de la estética del monumento, ni de las barrabasadas perpetradas por la soldadesca británica -por ejemplo sobre el botín que José I se llevaba a Francia- tan aficionada a ellas (a esa clase de canalladas) que su propio jefe, el duque de Wellington, no dudaba en definirlos como “la escoria de la tierra”.

Toda esa polémica ha quedado reducida a que en ese monumento de Vitoria aparecen palabras que indican que es un homenaje a la independencia de España. Parece que eso sigue sin gustar nada en determinados medios políticos de Vitoria.

Y es que “España” es una palabra que produce cierta urticaria ideológica en una provincia como Álava, donde hay un sentimiento antiespañol que ha decrecido mucho en los últimos años, pero que aún así sabe hacerse notar.

Así están las cosas hoy, a cien años de la inauguración de ese monumento que, algo ingenuamente, decidió ponerse un lema que, ya se lo podían imaginar sus promotores, no iba a gustar nada a los militantes de un Partido Nacionalista Vasco que ya existía en 1917 y estaba en franco crecimiento. Tanto que hoy gobierna Vitoria y buena parte de las tres provincias vascas.

Comprendo, perfectamente, a esos “jeltzales”, a esos nacionalistas vascos (y sus posteriores derivados más o menos radicalizados) que han abominado, durante cien años, de ese monumento. Cualquiera que conozca la obra escrita de Sabino Arana ya sabe que el fundador y líder del Nacionalismo vasco estaba bastante preocupado con crear una Historia a la medida de sus fines políticos, que eran -fundamentalmente- independizarse de España, a la que no reconocía como patria común de los vascos.

Políticamente eso tenía toda la razón de ser. Ya sabemos que en los sistemas políticos constitucionales (como el que vivieron los hermanos Arana) o ya plenamente democráticos desde la abolición de los sufragios censitarios y la concesión del voto a la mujer, se puede justificar prácticamente cualquier opción política. Cosa muy distinta es que esas opciones políticas utilicen la Historia para esas justificaciones. Eso ya empieza a ser problemático, porque unas veces ese uso de la Historia con fines políticos tiene fundamento y otras no. En el caso de los hermanos Arana es lo segundo.

En efecto, desde 1876 en adelante, cuando Sabino y su hermano Luis idearon el partido y todo su aparato ideológico, es posible que empezaran a aparecer vascos que no se sentían ya ciudadanos de España y no querían saber nada de ella, ni de su Historia, ni de nada de nada que tuviera que ver con ese tema…

Sin embargo, en 1813, en la época que conmemora este monumento de Vitoria que cumple ahora cien años, las cosas eran muy distintas. Los vascos de esa época ya estaban divididos por cuestiones políticas, pero no del modo en el que lo imaginaron los hermanos Arana. Unos estaban a favor de la causa revolucionaria que había prendido en París en 1789. Otros estaban a favor de la salida autoritaria que Napoleón había dado a ese proceso revolucionario (los llamados afrancesados) y finalmente había un tercer grupo (bastante numeroso) que odiaba, por igual, a los partidarios de la revolución y a los “afrancesados”.

Los revolucionarios y este tercer grupo habían hecho, desde 1808, causa común para acabar con Napoleón, al que unos veían como un sucio traidor que había acabado con la Libertad de 1789 por medio de un golpe de estado militar y los otros, los de ese tercer grupo, como un demonio salido del Infierno que quería acabar con la tradición en la que ellos vivían tan a gusto, sin imaginar nada mejor.

De dejar de ser españoles ninguno de esos tres grupos había dicho nada. Ni siquiera se lo planteaban

Ese proceso político iniciado en 1808, culminó en 1813, con esa batalla que decidió la derrota final de Napoleón. Ni Álava, ni España, volverían a ser las mismas. El Ejército, las gentes que lo formaban (la mayoría de ellos voluntarios que no estaban dispuestos a soportar la opresión de un ejército invasor) había cambiado radicalmente. La Tradición (plasmada en los Fueros que la familia Arana defendió hasta 1876) se veía desafiada por una nueva organización política: la constitución liberal de 1812…

Había habido, y todavía iba a haber, muchas batallas (en Senpere, en Tolosa, en San Marcial, en Toulouse, en Waterloo…) para, de momento, impedir que Napoleón tiranizase a toda Europa.

Eso, y nada más, es lo que recuerda este monumento que bien merece estar allí muchos más siglos para homenajear a unas gentes que, ante todo, lucharon para ser libres de esa opresión y a las que la cuestión de separarse de España les habría parecido sencillamente tan absurda como la pretensión de inventarse una Historia que jamás existió.

Eso, la derrota de Napoleón, un tirano militar que pretendía esclavizar a toda Europa bajo su férula pretoriana, es lo que realmente se recuerda en ese monumento que cumple ahora cien años. Quien no sepa verlo así, o quien crea que hay cosas más importantes que dedicar unas horas o unos minutos a esa conmemoración, o quien quiera borrar esos hechos de un pasado común, se está equivocando. Estrepitosamente. Y desde el sentido común (que es el principal fruto que da el árbol de la Ciencia) no se le puede decir otra cosa.

A partir del año que viene, quien quiera, podrá retractarse del error de asociar ideas anacrónicas a ese monumento, de ignorarlo, o de creer que carece de valor histórico.

Cosas todas ellas impensables en esa Europa unida a la que pertenecemos y a la que tanto queremos parecernos…

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“America first?”. Hacer valer la propia Historia. Los guipuzcoanos y la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1780-1782)
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Carlos Rilova | 22-05-2017 | 11:32| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo que voy a contar, muy brevemente, en este nuevo correo de la Historia, no es totalmente original.

Ya hace muchos años, el 18 de marzo de 1993, una historiadora guipuzcoana, la tristemente desaparecida Paloma Miranda de Lage, lo había dejado dicho en uno de los muchos artículos que publicó en prensa. Recordaba ella en ese escrito, en plena Era Clinton, que aquel hubiera sido un buen momento para que el Gobierno Vasco de turno pasase una serie de facturas atrasadas (en sentido literal, no figurado) al presidente estadounidense.

Las facturas concretamente versaban sobre la ayuda dada, por lo que se ve a fondo perdido, a las Provincias Unidas de Norteamérica (finalmente convertidas en los Estados Unidos) para que combatiesen al rey Jorge. El montante era importante. Era el equivalente a bastantes millones de euros en mosquetes, pólvora, balas, piezas de Artillería, mantas, quinina o varas y más varas de paño para fabricar uniformes para un Ejército, el continental de línea bajo mando del general George Washington, que carecía de casi todo.

Paloma Miranda de Lage no descubría con esto tampoco nada nuevo. Había habido estudios históricos anteriores que trataban del asunto. Y también los ha habido posteriores. Por sólo citar algunos ahí estaban los del profesor Yela Utrilla que databan de los años 20 del siglo pasado (pese a ser una temática curiosa para un falangista “camisa vieja” como él), los de Carmen de Reparaz sobre el principal jefe militar español que comandó las tropas destinadas a combatir al lado de las estadounidenses y, ya más cerca de nosotros, el de Julio César Santoyo sobre la embajada de Arthur Lee o los que Begoña y María Jesús Cava Mesa o Natividad Rueda dedicaron al cerebro financiero de esa operación de ayuda a los nacientes Estados Unidos de Norteamérica: la firma bilbaína Gardoqui…

El caso es que, pese a esos notables esfuerzos, este tema, la ayuda española a la independencia de los Estados Unidos, sigue sin tener visibilidad histórica, más allá de esos relativamente modestos y dispersos impulsos. Un dato curioso, para que nos hagamos una idea: en dos siglos en España sólo se han publicado dos novelas históricas sobre este tema, “Gritos de Independencia” y muy recientemente, este mismo año, “Fuego en el Misisipi”. Esto debe de ser alguna clase de récord, pero no me atrevería a decir de qué signo, si positivo o negativo…

En efecto. Yo mismo he tenido ocasión de comprobar la opacidad de esos hechos históricos para un gran público y no digamos ya para un gran público fuera de España.

Ha sido a lo largo de los últimos meses, en los que he dedicado todo el tiempo que he podido a responder una impertinente pregunta que me hacía desde muchos años atrás, desde que allá por 1976 mi padre me recordase que un tal Marqués de La Fayette había pasado por el puerto de Pasajes. Algo que resultaba cuando menos fantástico para la imaginación de un niño, como salido de una de esas películas que echaban por la tele los sábados por la tarde. Como “Corazones indomables” de John Ford.

La pregunta en cuestión era, “¿pero no pasó nada más aquí entre los años 1776 y 1782?”. Yo sabía que era imposible que no hubiese pasado nada más. Por supuesto. Con el tiempo, a medida que subía por la escala que llevaba al título de licenciado y doctor, iba descubriendo indicios. En los archivos. O en libros de Historia como el que Montserrat Garate Ojanguren dedicó a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Ahí se decía que la “Guipuzcoana”, el buque insignia de la economía dieciochesca de esa provincia que tenía en Pasajes su principal puerto, había sufrido duramente esa Guerra de Independencia de Estados Unidos.

En estos últimos meses, como decía, he tenido ocasión de descubrir más detalles que aparecerán publicados en breve en, al menos, dos artículos en sendas revistas científicas del País Vasco.

En efecto, registrando de nuevo los archivos he descubierto, con nombres y apellidos, descendiendo al nivel de la calle, como quiere la Historiografía moderna, a guipuzcoanos que, a centenares, fueron sacrificados a esa Guerra de Independencia de Estados Unidos.

De hecho, en dos años de guerra abierta, los que van de 1780 a 1782, según demostraban -sin género de dudas- los documentos del archivo general guipuzcoano, la Muy Noble y Muy Leal (al rey de España y de las Indias en esas fechas) Provincia, (escarpada, pequeña, escasamente rica en productos agrícolas) había quedado económicamente devastada.

Las heroicidades de los corsarios guipuzcoanos (que incluso tienen una calle dedicada en Donostia) ante la flota británica, habían salido muy caras. Se habían perdido hombres y barcos. Aún así, en ese aspecto a los guipuzcoanos les había ido casi tan bien como a los yankees, que gracias a capitanes hoy elevados a la categoría de mito nacional (como John Paul Jones) se habían anotado notables tantos sobre la Marina mercante y de guerra del rey Jorge.

Peor, desde luego, le había ido a la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. Sus barcos habían sido reforzados como barcos de guerra (en realidad, en la época todo mercante era un buque armado con mayor o menor potencia de fuego) e incluso tuvieron que costear costosos barcos de escolta como el Nuestra Señora de la Asunción. La aventura se hizo pronto demasiado peligrosa. Esos convoyes de la Guipuzcoana con carga para América del Sur y del Norte, incluso con escolta, eran presa fácil para las distintas flotas de Gran Bretaña.

Pronto las prisiones y los pontones británicos se llenaron de prisioneros guipuzcoanos. Durante mi investigación he averiguado, gracias a las memorias médicas publicadas por doctores como James Carmichael Smyth (médico de Su Majestad Jorge III), que las condiciones de insalubridad en algunos de esos depósitos eran infectas y pronto prendieron en ellos enfermedades epidémicas que dejaron desoladas a poblaciones guipuzcoanas como Pasajes y Rentería. Las mismas en las que, de día en día, se publicaban noticias sobre los vecinos que habían muerto en esas prisiones…

El balance histórico que se saca de ese y otros documentos, es que los guipuzcoanos se sacrificaron a decenas, a centenares, por la causa de la Independencia de Estados Unidos entre 1780 y 1782.

Sería bueno no olvidarlo, cada vez que oigamos ese eslogan de “America first!” tan en boga últimamente. Sin ese esfuerzo de guerra de, entre otros, los hombres -y mujeres- del litoral guipuzcoano, tal cosa, Estados Unidos, “America”, jamás habría llegado a existir.

A ese respecto bienvenidas sean iniciativas como convertir a Pasajes -como es obligado y ha hecho el Departamento de Cultura de la Diputación guipuzcoana- en una escala de los viajes de la réplica de la Hermione -la fragata que llevó al marqués de La Fayette a Estados Unidos- dando continuidad a una iniciativa lanzada en esa localidad hace dos años, pero, obviamente, se va a necesitar algo más.

Es nuestro deber hacer valer nuestra propia Historia, o resignarnos a no valer nada, a resistir con la mirada baja eslóganes como ese de “America first!”. La culpa, una vez más, no será de quien lanza esas arengas, sino de la actitud de quienes son depositarios y herederos de una Historia que tendría mucho que decir a ese respecto. Y debería decirlo y no callarlo, olvidarlo, menospreciarlo…

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Exequias en honor a Lord Hugh Thomas, hispanista. Notas sobre “Orgullo y pasión”(1808-2017)
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Carlos Rilova | 15-05-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

¿Cómo medimos la pérdida de una persona, de un familiar, de un colega, de una esposa?. Habrá, probablemente, tantas respuestas a esa dolorosa pregunta como personas en el Mundo son, han sido y serán.

Yo, hoy, 15 de mayo de 2017, me conformo con una tarea, quizás, más modesta. Tan sólo quiero que esta página gestionada -como ya saben quienes la leen habitualmente- por una  asociación de historiadores, rinda un homenaje -por modesto que sea- a otro historiador que se ha ido: Lord Thomas. Más conocido como Hugh Thomas.

¿Cuál sería la razón para rendir ese último homenaje?. En este caso podrían darse múltiples respuestas, también. Pero me conformaré con dar sólo un par de ellas. La primera es que la muerte de un historiador eminente no debe pasar desapercibida para otros historiadores que además, como es el caso de la Asociación “Miguel de Aranburu”, tienen una tribuna pública en la edición digital de un venerable diario de gran difusión.

La otra razón que se puede alegar para rendir homenaje a Lord Thomas, a un hispanista como Hugh Thomas, es que una notable cantidad de quienes optamos por esta carrera profesional nos formamos con sus libros. Hasta donde yo recuerdo, los dos volúmenes de su obra sobre la guerra civil española de 1936-1939, fueron de los primeros libros de Historia que me estuvieron acompañando desde que era un imberbe. Traídos a casa por mi padre, lector ávido de Lord Thomas, apenas la dictadura franquista comenzó a extinguirse y fue legal publicar en España ese libro (allá por 1976) que hasta entonces, como gran parte de lo mejor de España, había vivido en el exilio. En este caso en las ediciones clandestinas (clandestinas para aquella España que era “different”) de la editorial Ruedo Ibérico.

Pero la obra de Lord Thomas fue muy variada. Yo me topé con ella varias veces cuando ya me había licenciado. Por ejemplo, allá a mediados de los años 90 del siglo pasado, descubrí que Lord Thomas había dedicado parte de su tiempo a escribir un libro sobre la Historia del tráfico de esclavos donde, como el hispanista que siempre fue, nos revelaba que los últimos traficantes de esclavos habían sido españoles…

Lord Thomas también, como la mayoría de hispanistas, se dedicó a estudiar la época del Imperio español, la de Carlos V, Felipe II… pero ese campo era demasiado estrecho para alguien que, en la hora de su muerte, ha sido definido como “príncipe” de esos hispanistas.

En efecto, el título estaba bien ganado, Lord Thomas, el doctor Hugh Thomas, escribió sobre el cuadro de Goya donde se reflejaban los fusilamientos en represalia por la resistencia española contra la invasión napoleónica, sobre un empresario (de éxito) de la era franquista como Barreiros o, sin agotar la lista, sobre el desconocido Madrid de 1764 visto por los ojos de un aventurero francés, Beaumarchais, que bien podría haber servido de escenario al “Barry Lyndon” de Stanley Kubrick.

La pérdida de Lord Thomas ha sido, pues, sustancial para la Historia de España, para su estudio, para su mejor conocimiento.

Y esa pérdida se deja notar no sólo repasando en las bibliotecas los libros expuestos en homenaje fúnebre a él. Se puede percibir en muchos detalles. Lord Thomas murió un sábado 6 de mayo. Justo al día siguiente, el 7, una cadena española  de las llamadas “generalistas”, (13Tv) programaba una curiosa película que no se puede ver sin una sensación de bochorno. Tanto si se es un historiador especializado en guerras napoleónicas, como si no.

Se trataba de “Orgullo y pasión”. Fue estrenada en 1957. Un momento delicado para el régimen franquista, a medio camino entre los Acuerdos de Madrid de 1953 con los que se le empezaba a sacar de su condición de apestado internacional, antiguo aliado de Hitler y Mussolini, y el punto de colapso del año 1959. Del que sólo le salvó -otra vez- la necesidad que el bloque occidental tenía de que las cosas estuvieran tranquilas en España, así como -entre otros factores- la patriótica ayuda recibida de economistas que se habían tenido que exiliar por ser leales al gobierno legítimo de España, abolido por el golpe de estado de 1936. Como, por ejemplo, el doctor Juan Sardá Dexeus.

El contenido de esa película que, obviamente, empezaba a aprovecharse de la que, con el tiempo, sería una de las fuentes de divisas que mantuvo al régimen (es decir: la de servir de plató de superproducciones de Hollywood) es más o menos delirante.

“Orgullo y pasión”, eso es evidente, quería ser una de esas grandes superproducciones. Contaba con un plantel de grandes estrellas. Los dos principales protagonistas masculinos eran Frank Sinatra y Cary Grant. La protagonista femenina era nada menos que Sofía Loren. A partir de ahí todo era, por así decir, cuesta abajo. El guión de la película se enfangaba en todos los tópicos habidos y por haber sobre lo que fue la Guerra de Independencia española. Después de un comienzo en el que se sentenciaba a desaparecer de la Historia al Ejército español de la época (por cierto bastante bien representado en esas escenas iniciales), la trama se desarrollaba a partir de la llegada de un oficial naval inglés -interpretado por Cary Grant- a un soleado Santiago de Compostela que más bien parecía los bajos fondos del Nápoles romántico si tenemos en cuenta la gente que llena la plaza del Obradoiro en esos momentos. El objetivo del oficial inglés es recuperar un cañón gigantesco abandonado por el Ejército español en retirada y llevarlo a Santander, evitando que ese símbolo de prestigio caiga en manos de los franceses, que lo quieren por esa misma razón.

La ayuda con la que el oficial inglés cuenta en ese año de 1810 es la de unos astrosos guerrilleros capitaneados por un fanático religioso (Frank Sinatra) que, en realidad, quiere el gran cañón para liberar Ávila porque es la tumba de Santa Teresa de Jesús).

En medio de esa lucha de egos y destinos estará la bella Sofía Loren, interpretando a una avezada seguidora de ese fantástico (en el sentido insultante del término) ejército guerrillero que nada tiene que ver con la realidad histórica.

No entraré en más detalles, por cuestión de espacio. Sólo diré que todo lo que se ve en la película es, por supuesto, rematadamente falso y no refleja lo que realmente fue la Guerra de Independencia española. Basta con ver el estrambótico recorrido de los protagonistas que, según el mapa en poder de los franceses, avanzan por Galicia cuando en realidad los estamos viendo en medio de una tormenta de polvo en las estepas manchegas, bajo unos característicos molinos. La serie de despropósitos es, en definitiva, prácticamente continua en esta producción en la que, por un puñado de divisas, el régimen franquista se daba -además- una ración de autobombo convirtiendo la Historia de España en un bochornoso espectáculo que nada tenía que ver con una realidad que, a medida que la vamos conociendo mejor, supera toda ficción. Y en especial las más acartonadas, como la que se ve en “Orgullo y pasión”.

Esa es, o sería, pues, la medida de la pérdida de Lord Thomas. Fue uno de esos historiadores británicos o franceses (eso es lo que significa ser hispanista) que como maestro y colega de historiadores españoles evitó, con toda una vida de trabajo, que hoy la única Historia de España conocida fuera el cuadro absurdo, falso y delirante que ofrecían películas como “Orgullo y pasión”.

Ahora, dicho todo esto, sólo queda decir que la tierra te sea leve Lord Thomas y que tu legado nos sea de utilidad. Goian bego, maisu. Descansa en paz, maestro.

 

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Historia para unas históricas elecciones francesas. Emmanuel Macron, Marine Le Pen y “El Gran miedo”(1789-2017)
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Carlos Rilova | 08-05-2017 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ahora, cuando este nuevo correo de la Historia ha sido publicado, ya sabemos, al fin, quién va a presidir Francia.

Entre los que hasta ayer no eran más que simples candidatos a decidir el destino de ese país que, nos han dicho, decide también la continuidad de la Unión Europea, hubo palabras gruesas, enfrentamiento a cara de perro en los debates, aparición -a última y oportuna hora- de supuestas cuentas en paraísos fiscales, pero de toda esa panoplia política, lo que más me interesó fueron las palabras que el candidato Macron lanzó contra la candidata Le Pen acusándola de ser instigadora de “La Grande peur”. Es decir, traducido, “El Gran miedo”

Eso me llegó al corazón de historiador, porque eran palabras cargadas de sentido histórico. Y, por tanto, con bastante peso como para ser el eje de este nuevo correo de la Historia, que llega justo para la fuerte resaca electoral de este histórico 8 de mayo de 2017.

La alusión de Macron al “Gran miedo” fue todo un cañonazo contra la línea de flotación política de su, hasta ayer, rival por la presidencia de Francia.

En un país con un envidiable amor desmedido por la propia Historia -como es el caso de Francia- Macron sabía muy bien lo que hacía cuando trataba de resumir el programa político de su oponente con esas palabras, acusándola de vivir -políticamente- de explotar el “Gran miedo”.

En efecto, desde los años 30 del siglo XX, los franceses, en su mayoría, saben qué es el “Gran miedo” y lo que significa históricamente.

El asunto lo investigó el historiador Georges Lefebvre y lo dio a conocer en un libro titulado así: “La Grande peur de 1789”, “El Gran miedo de 1789”.

Lo que describía ese ensayo histórico, era la reacción de pánico que había seguido al estallido de la revolución francesa de julio de 1789. Apenas unos pocos días después de la Toma de la Bastilla el 14 de julio, el ambiente político se empezó a espesar mucho en el mundo rural francés. Especialmente en las regiones agrícolas cerca de París. Las más expuestas a recibir los ecos que llegaban de una capital en la que la monarquía absoluta se tambaleaba. Tanto por el acoso político de los Estados Generales reunidos allí por el propio rey, convertidos ya en Asamblea revolucionaria, como por los enfrentamientos abiertos entre una población que estaba tomando las armas en esos mismos momentos y las tropas aún leales al rey absoluto.

Los campesinos franceses habían sufrido en aquel año de 1789 cosechas pésimas y el hambre, física, literal, estaba a la puerta de muchos hogares. Esa situación de miseria extrema no fue nunca buena consejera, ni el mejor estado de ánimo para conservar la calma. Menos aún en una sociedad donde el porcentaje de analfabetismo y la carencia de instrucción eran todavía altísimos y en la que los llamados “intermediarios culturales” (clero, nobleza…) estaban perdiendo su autoridad moral y política a pasos agigantados.

No parecerá exagerado describir todo eso como una situación explosiva. La explosión se concretó en rumores que crecieron como la levadura que no se podía echar en un pan que, en la Francia de aquella época, escaseaba cada vez más. La mayoría de los campesinos, pasada la primera oleada de pánico, empezó a deducir -y a lanzar a los cuatro vientos- la idea de que los nobles habían instigado a bandas de salteadores para que destruyesen las cosechas aún verdes y robasen el escaso grano almacenado.

Finalmente, ese nuevo rumor que llevó a una gran mayoría de campesinos franceses a tomar las armas en aquel convulso verano de 1789, acabó creciendo hasta convertirse en el detonante de una serie de asaltos que se volvieron contra el que había parecido ser el origen de todos aquellos, en definitiva, estúpidos rumores sobre peligros imaginarios, inexistentes, nebulosos, evanescentes…

Es decir, contra la propia nobleza francesa, a la que se acusó de estar acaparando grano y haciendo, al mismo tiempo, correr la especie de que éste -el grano- iba a escasear todavía más.

Así, el campo francés empezó a llenarse de castillos y mansiones señoriales saqueadas e incendiadas por aquellos que habían sido las víctimas de todos esos rumores sobre enemigos imaginarios, escasez, hambruna…

Obviamente la moraleja política que se deduce de esto es que la nobleza francesa, con el fin de seguir manteniendo sus privilegios y sus beneficios económicos, detonó  una reacción política de caos que, finalmente, se acabó volviendo contra ella misma. Es decir, contra los que habían creído poder manejar ese caos para seguir en la cúspide de aquella sociedad que, en realidad, se estaba desmoronando rápidamente.

Vistas las cosas así, el candidato Macron, aprovechando la recta final de la campaña electoral, lanzó un disparo muy afortunado contra los cimientos que han sustentado -casi hasta las puertas del Palacio del Elíseo- a Marine Le Pen, al identificarla con aquellos abstrusos nobles franceses del verano de 1789, que no se daban cuenta del volátil terreno político en el que se movían, tratando de manipular, en provecho propio, algo tan difícil de manipular como el pánico colectivo. Ya sea el origen de éste el miedo al hambre física, a supuestas bandas errantes que destruían cosechas, o a sus ediciones actuales. A saber: emigrantes indocumentados o no, sistemas de seguridad social a punto de colapsarse… y cosas por el estilo que nos recuerdan que no estamos tan lejos -a veces- de aquellos campesinos franceses, analfabetos en su mayoría, y dominados por un miedo que, finalmente, sin embargo, no les impidió volver sus fuerzas contra quienes, en definitiva, eran los responsables de muchos de sus males. Unos que, por cierto, poco tenían de imaginarios…

Aunque el hoy ya presidente Emmanuel Macron quizás no se lo plantee, ni pensase que ese argumento sobre el “Gran miedo” pudiera ir más allá de ayudarle a ganar las elecciones, esa es una lección de Historia de la que, sin duda, debería aprender algo quien utilizó ese argumento histórico para ganar las elecciones francesas de ayer. Esas de las que dependía (y aún depende), de hecho, la viabilidad de la Unión Europea. Quedaría, pues, hoy, 8 de mayo de 2017, sacar las conclusiones correctas de nuestro propio pasado, empezando por la Francia de Macron. Porque la revolución de 1789, y todo lo que vino con ella, como el “Gran miedo”, es algo que nos afecta a todos los europeos.

Tanto como hoy nos habría afectado tener a una ultraderechista xenófoba y antieuropeísta en la presidencia francesa, o, por el contrario, nos afectará tener ahí a alguien como Emmanuel Macron que, se dice, quiere mantener la Unión Europea. Aunque no sabemos, después de todo, si a costa de sacrificar a miles de europeos a unas políticas económicas tan absurdas como las que llevaron al estallido del 14 de julio de 1789 o al “Gran miedo” de 20 de julio de ese mismo año. O -quién sabe, y es de temer- acaben dando a gente como Marine Le Pen una segunda oportunidad para que, alzándose sobre una masa creciente de desesperados, nos devuelva, más o menos, a la oscura Europa de 1939…

 

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Sólo por recordar. Un poco de Historia sobre el 1º de Mayo (1886-2017)
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Carlos Rilova | 01-05-2017 | 11:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy lunes 1 de mayo de 2017 en una, mal que bien, democracia occidental quizás resulta un tanto difuso saber la razón por la que no se trabaja y se sale a la calle a hacer una serie de (por lo general) ordenadas manifestaciones detrás de la bandera del sindicato de cada uno.

Tiene esto algo de ritual, algo gastado. Casi como el desfile que, seguramente, veremos en las televisiones, recordando cómo una potencia teóricamente socialista (muy teóricamente, desde luego) como Corea del Norte obliga (para que nos vamos a engañar) a sus súbditos a celebrar el 1º de Mayo.

Parece que, a fecha de hoy, por una razón y su contraria, el 1º de Mayo ha  perdido su significado, en gran parte.

Por eso hoy no voy a hacer ninguna proeza de reconstrucción histórica en este correo de la Historia, que coincide justo con la fecha del 1º de Mayo.

No, me voy a limitar a contar algo que puede leerse haciendo un -creo- pequeño esfuerzo. Tan pequeño como consultar a “Mr. Google”, preguntándole, como si fuéramos ese Donald Trump de chiste interpretado por Alec Baldwin, la razón por la qué el 1º de Mayo es fiesta y además se sale en manifestación a la calle porque lo ordena un monarca hereditario comunista o porque tu sindicato te invita a ello.

El problema con esto de hacer esa simple consulta, es que los humanos tendemos a ser vagos y olvidadizos, a dejarnos llevar, a dar por supuestas demasiadas cosas, y así nos cuesta incluso hasta hacer la pregunta.

Por eso daré la respuesta que es tan fácil encontrar. El 1º de Mayo se celebra porque un grupo de sindicalistas de Chicago se negaron a trabajar hasta que se concediesen las tres series de 8 horas a los trabajadores. Es decir, 8 horas de trabajo, 8 horas de formación y 8 horas de descanso.

Después de tanta película de Hollywood en la que se nos ha relatado el llamado “sueño americano”, puede resultar difícil creer que, en un Estados Unidos que nos parece que conocemos tan bien, pudieran ser negadas cosas tan básicas concedidas a la mayoría de los que todavía tienen un trabajo regular. Al menos en Occidente.

No es nada extraño. Hollywood especialmente entre los años cuarenta y mediados de los sesenta y a partir de los ochenta del siglo pasado, quitado el paréntesis de los plenos setenta, nunca ha permitido que se vean en la gran pantalla determinadas cosas como las que se vieron en esas fechas, en tono de comedia, en “Harry y Walter van a Nueva York”, de manera velada en la versión para el cine de la magnífica novela de E. L. Doctorow “Ragtime”, o, crudamente, en “Odio en las entrañas” o “La puerta del cielo” de Michael Cimino.

Es decir, que la alta burguesía de la Norteamérica de la última mitad del siglo XIX, no se andaba con bromas de ninguna clase por lo que respectaba a sus tasas de beneficio y su alergia a todo lo que oliera a reivindicación de derechos.

Como se ve en “La puerta del cielo” o, más aún, en “Odio en las entrañas”, esas élites empresariales no dudaban en echar mano de pistoleros y ejércitos privados e incluso, si finalmente era necesario, de las fuerzas de seguridad. Desde la Policía hasta la Guardia Nacional.

No sólo está esta Historia oculta de Estados Unidos en el metraje reivindicativo de películas como “Odio en las entrañas” o “La puerta del cielo”. Hay libros de historiadores norteamericanos como “The robber barons”, de Matthew Josephson, que describen cómo se llegaron a utilizar incluso ametralladoras manejadas por esas tropas estatales para dispersar a obreros que exigían mejoras en sus salarios o sus condiciones de vida.

En otras palabras, en 1886, no hace tanto tiempo, en un mundo tan familiar para nosotros como los Estados Unidos de esa época, pedir lo que ahora es normal (o lo era no hace tantos años) implicaba jugarse la vida.

Eso es lo que les ocurrió a George Engel, Adolf Fischer, Albert Parsons, August Vincent Theodor Spies y Louis Lingg, a los que se ejecutó por considerarlos instigadores y líderes de las revueltas y disturbios organizados en Chicago para reivindicar esos derechos. Empezando por reducir la jornada laboral a 8 horas.

Así de sencillo. Así fue y así ocurrió, y así acabó todo un 11 de noviembre de 1887 con su ejecución.

Eso es lo que se recuerda, más que celebra, hoy 1 de mayo. Al menos en los países donde todavía existen eso que llaman “democracias avanzadas”. Más avanzadas al menos que la que existía en aquel Chicago de 1886 que, algunos de los que lo visitaron, definieron como la copia más exacta del Infierno en la Tierra…

Convendría no olvidarlo.  Hoy, 1 de mayo, 1º de Mayo.

 

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