Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Algo de Historia sobre la inmortalidad (y sus consecuencias). A propósito de unas declaraciones del profesor José Luis Cordeiro (17-04-2017)
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Carlos Rilova | 24-04-2017 | 11:27| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Desde este Lunes de Pascua (hace hoy una semana) ya tenía claro el tema al que iba a dedicar este nuevo correo de  la Historia.

Todo vino de uno de esos “zapping” -saltando de canal en canal, buscando algo que no agreda demasiado a mis sentidos- que en mi caso -y supongo en el de muchos otros sufridos televidentes- precede a eso que Homero llamaba “el dulce sueño”.

En eso andaba cuando caí en el canal 1 de la Televisión pública española. Allí estaba Javier Cárdenas entrevistando (no sé si por casualidad) a un eminente profesor, José Luis Cordeiro, con un (a primera vista) impresionante currículum que pasaba por la NASA, por Google y por la fundación de una universidad en Silicon Valley, la Singularity University.

Las declaraciones que el profesor Cordeiro hizo en el programa de Javier Cárdenas eran demasiado impactantes como para continuar apretando el botón y seguir buscando algo mejor. Sí, eso era difícil incluso para alguien que (lo confieso) no es seguidor, en absoluto, de ese programa, “Hora Punta”.

Según José Luis Cordeiro, la posibilidad de que la Ciencia nos haga inmortales es real e inminente. De hecho, ponía fecha a la llegada de esa revolucionaria situación para el animal que más miedo tiene a la Muerte. Es decir, el ser humano. Según el profesor Cordeiro eso se conseguiría en, a lo sumo, unos 20 a 30 años…

Ahí quedaba eso, como se suele decir, y la memoria del historiador empezó a funcionar a partir de ese momento.

Lo primero que recordé es que hace más de 20 años ya había oído esto. Y no precisamente en un programa o documental de esos en los que lo mismo mezclan nazis con extraterrestres y cosas por el estilo. Nada de eso. Lo había oído en clase de Historia Moderna. En plena Universidad de Deusto, nuestra profesora nos dijo, hablando de la esperanza de vida en los siglos XVII y XVIII, que ésta (la esperanza de vida) se iba alargando a medida que pasaban las décadas y que algún día no muy lejano llegaría el momento en el que el ser humano, gracias a los adelantos científicos, lograría vencer a la Muerte. En principio, la provocada por el proceso de envejecimiento.

Recuerdo, si es que no estoy yo ya muy envejecido, que la afirmación fue recibida con un murmullo de incredulidad que nuestra profesora dio por amortizado con palabras y actitud que podrían resumirse en “ya veréis como eso acaba llegando”.

Después de ese recuerdo activado por las declaraciones del profesor José Luis Cordeiro, me vino a la memoria un pasaje de “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift.

Es un capítulo bastante poco conocido y, desde luego, una de las muchas partes de ese libro eliminadas en las muchas adaptaciones que se han hecho de esa obra. Salvo en la película para Televisión protagonizada por Ted Danson y Mary Steenburgen. Por supuesto ese desagradable episodio (que lo es, y mucho) está descartado en las versiones de la obra de Swift dedicadas a los niños. En ellas, una vez que el inefable doctor Lemuel Gulliver se va de Liliput para enfrentarse a los gigantes de ese otro país de nombre casi impronunciable -“Brobdingnag”-, no se dice nada de cómo llega hasta otro lugar, Luggnagg, donde descubre una raza de inmortales…

Swift, aparte de ironizar, que es lo que hace en la mayor parte de sus “Viajes de Gulliver”, también sabía moralizar y en esas paginas del libro desde luego que lo hace. Para decirnos que eso de ser inmortal no es ninguna ganga. Lo que se encuentra Gulliver no es, precisamente, una corte  de Venus y Apolos inteligentes, en excelente forma física y convertidos, en fin, en una especie de admirables semidioses y semidiosas. Ni mucho menos. Los inmortales que ve Gulliver son gente amargada, cruel y avariciosa, que no puede morir, pero que sí puede envejecer. Y vaya si envejece, convirtiéndose en una versión al cubo de todo lo que en el siglo XVIII, y en el nuestro en gran medida todavía, se identifica con un anciano.

Es decir, alguien siempre molesto, achacoso, cascarrabias, suspicaz, dispuesto a enzarzarse en querellas con los más jóvenes sólo porque tiene la sensación de que un joven, aparte de todas las ventajas que suele tener eso de ser joven, ha sido más favorecido por la suerte que el anciano en cuestión…

Y eso, y más, es lo que me sugirió la entrevista al profesor Cordeiro. Si en 2045, como él asegura y ha asegurado en varios medios, es posible ser inmortal, ¿qué pasará?. Se plantean esa y muchas otras preguntas cuando alguien asegura, como él lo hace, que la Muerte será opcional, que sólo morirá quien quiera morir.

Para empezar la primera duda que me surge es quién va a disponer de los medios para no morir. ¿Sólo los muy ricos?. ¿La clase media empobrecida y precarizada por la crisis de 2007 también?. ¿Y los que literalmente viven (es un decir) de recoger las basuras de la que el economista J. K. Galbraith llamó “sociedad opulenta”?. ¿Lo de ser inmortal será un privilegio o un derecho?. El mundo que propone el profesor Cordeiro, dadas las características del que partimos, bien podría convertirse en el que describía la película “Elysium”, de la que en su día ya hablamos por aquí. Es decir, unan sociedad con una tecnología hipersofisticada pero, por pura lógica material, muy cara y, por tanto, sólo accesible para un pequeño grupo de privilegiados que pueden pagar el precio. Tal y como lo exigiría una sociedad -como la nuestra- basada en cálculos de coste y beneficio, sin atender a ninguna consideración de tipo solidario, al margen de meros gestos. En muchas ocasiones vacuos y propagandísticos…

Más allá de las complicaciones socioeconómicas del asunto, están las teológicas. La mayor parte de las religiones han prometido, desde hace milenios, una vida tras la Muerte que será paradisíaca si en ésta nos comportamos bondadosamente… Si morir es ya tan sólo una opción para verdaderos valientes que siguen creyendo en eso que los ateos definen, sin ambages, como un cuento… ¿qué va a pasar con nuestros sistemas de creencias que han mantenido y dado forma a nuestras sociedades desde, por lo menos, el 8000 antes de Cristo?. La predicación en las diferentes iglesias y templos tendrá, probablemente, que variar radicalmente. Tal vez se deberá agarrar a que podemos morir asesinados, o por un accidente, y, por lo tanto, siempre estaremos expuestos a enfrentarnos con nuestro Creador y el juicio que haga de nosotros, castigándonos o premiándonos según lo merezcamos. Y probablemente no lo vamos a encontrar de muy buen humor, pues, en las Sagradas Escrituras cristianas, sólo se insinúa en el evangelio de San Mateo (16:28) que habrá algunos que no conozcan la Muerte hasta el día de la Segunda Venida de Cristo. Ese momento en el que, se supone, el ser humano alcanzará, sin necesidad de morir, la Vida Eterna. Cuestión que, de momento, poco tendría que ver con lo que nos propone el profesor Cordeiro. A menos, claro, que su proyecto sea, precisamente, el cumplimiento de esa profecía de nuestro Evangelio…

El Arte, en general, ya no será lo mismo, pues si una gran mayoría de humanos saben que no van a morir, cuadros como “La muerte de Nelson”, o elegías como las del poeta renacentista español Jorge Manrique, ya no les van a causar el mismo impacto que causaron en su momento. Una época histórica en la que la Muerte era un final inevitable, cierto, ineludible… que nos ponía ante un cúmulo de incertidumbres y, si nos dejábamos llevar por la desesperación, nos empujaba a creer que nada tenía sentido, que todo lo que nos ocurría en esta vida era fruto del azar y no de un plan ideado, con un fin que se nos escapaba -inescrutable-, por un Ser Supremo llamado Dios…

Y ya para ir acabando, la Historia, como Ciencia, también cambiaría radicalmente, convirtiéndose, a partir del año 2045, en, sobre todo, una compleja tarea de Historia oral, recogiendo datos de grupos de humanos que recordarían tales y cuales acontecimientos y los podrían contar de viva voz para que los historiadores creasen un relato a partir de ellos y, claro está, otras fuentes secundarias. Pues, como bien sabemos, la memoria humana, por mucho que no envejezca, nunca es perfecta y tiende a dar una versión de los hechos subjetiva y siempre, o casi siempre, a favor de quien recuerda hechos de los que fue protagonista.

Por otra parte, como ya nos advertía nuestro colega David Lowenthal en “El pasado es un país extraño”, si no morimos, quizás tendríamos mucho menos interés por la Historia. Puesto que hoy la contemplamos y la consideramos, entre otras razones, para tener la certeza de que la larga sucesión de generaciones que han vivido y han muerto, se movían en alguna dirección racional y razonable…

En pocas palabras: si la promesa de inmortalidad va a ser cierta a partir del 2045, es un proceso (histórico, desde luego) que, a nivel técnico, podría estar impecablemente resuelto, pero que a otros niveles plantea una serie de profundas incertidumbres que los diseñadores de esa tecnología harían bien en considerar y tener en cuenta, si es que no lo han hecho ya… Siquiera sea para que la cosa no acabe como en aquel famoso relato gótico, esbozado una noche tormentosa en la Suiza superviviente de las guerras napoleónicas por una tal Mary Shelley. Ese en el que el doctor que sueña con ser un nuevo Prometeo, es castigado por esa soberbia, obligado a contemplar cómo el ser humano inmortal que quería crear es, tan sólo, una burda imitación, una caricatura, un monstruo…

Y todo esto por no hablar del tema de la reproducción. Y ahí queda la última pregunta -histórica- para ese proyecto que nos quiere hacer inmortales a partir del año 2045: si fuéramos inmortales ¿seguiríamos teniendo ese deseo tan humano, tan profundamente grabado en nuestros genes (o eso dicen) de tener hijos?… En tal caso, ¿cuántos planetas como la Tierra necesitaríamos para poder asegurar la existencia de esa raza humana ya inmortal, pero aún así deseosa, por otras razones, de seguir teniendo descendencia?…

 

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Malas horas en el desfiladero de Inzell. Historia de las tropas españolas que tomaron el “Nido del Águila” de Adolf Hitler (1945-2017)
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Carlos Rilova | 17-04-2017 | 11:28| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, supongo, era casi obligado hablar de algo que tuviera que ver con la Segunda República española.

Así que, al final, me he decidido por rememorar un episodio que parece sacado de una de esas películas “de guerra” tipo “El puente de Remagen” o “Un puente lejano”.

Ocurrió durante la última ofensiva aliada sobre el corazón del Tercer Reich alemán en mayo de 1945.

Se ha contado poco ese suceso de la Segunda Guerra Mundial. El escritor y periodista Eduardo Pons Prades, que, además, fue protagonista de esa epopeya en otras latitudes de la Europa ocupada, lo despacha en apenas dos páginas de su recomendable “Republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial”.

En esencia lo que ocurrió es que a los escasos supervivientes españoles de la Novena división aliada Leclerc (integrada en las Fuerzas de la Francia Libre) se les mandó llegar hasta el corazón simbólico del imperio nazi (el “Nido del Águila”) abriéndose paso por una carretera y vía férrea minada, enfrentándose con lo más florido de los fanáticos que se quedaron al lado de Hitler hasta el final.

Es decir, dos compañías de las SS que resistieron obstinadamente en ese punto de la carretera de los Alpes, defendiendo el túnel que daba paso a aquel elegante chalet en el que el Führer había pasado tantos buenos días y se había hecho unas cuantas películas caseras, hoy repetidas hasta la saciedad en diversos documentales.

Según los testimonios que recoge Pons Prades (de los participantes en esa operación, Federico Moreno y Martín Bernal) los SS contaban con varias baterías tipo Flak calibre 88.

Con ellas machacaron las líneas de aquellos españoles que trataban de abrirse paso hasta el último símbolo del poder nazi.

Los combates fueron realmente duros. Según el testimonio de Bernal, Moreno, al mando de las líneas españolas, repetía constantemente que se avanzase con extremo cuidado, que si se descuidaban no quedaría un sólo español para contar aquello. Según estos soldados, apenas distinguibles de los miles de norteamericanos de esa época que habrán visto en metros y metros de películas como “El puente de Remagen” o “Un puente lejano”, se consiguió avanzar palmo a palmo por aquella vía férrea y por los senderos laterales -todos completamente minados- desafiando aquel fuego de la élite nazi hasta romper sus líneas y, como dicen ellos mismos en sus testimonios, hacer “cisco” sus baterías Flak del 88.

La aventura, como cuentan Moreno y Bernal, acabó con un regusto bastante amargo: los españoles descubrieron al entrar en Berchtesgaden que las tropas francesas de Barboteux y Guillebon habían llegado hasta allí con mucho menos riesgo, justo el día anterior, por un camino despejado de toda resistencia nazi…

El mando francés de las tropas españolas integradas en la Nueve reconoció el sacrificio de los españoles que, en cualquier caso, habían barrido los últimos núcleos de resistencia donde los nazis, según las últimas directrices del finiquitado Führer, esperaban hacerse fuertes, acaso durante años, en forma de guerrilla.

Así, el capitán Touyeres montó en su “Jeep” tras la llegada de las tropas españolas a las puertas del “Nido del Águila” y se hizo escoltar por los blindados de las secciones 1 y 2 de la Nueve, que estaban al mando, precisamente, de Moreno y Bernal. El capitán francés les reconoció expresamente que ese puesto de honor les era cedido “Por lo de Inzell”.

Fue así como esos soldados españoles entraron, en cabeza de las tropas aliadas, en el último santuario del régimen nazi.

En estos días en los que se rememora la proclamación de la Segunda República era casi inevitable rendir este pequeño homenaje a estos soldados que tuvieron, acaso, el más digno papel entre todos los españoles que combatieron en el bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial.

Poco más se puede decir, por hoy, salvo que estos soldados españoles que se negaron a rendirse a la coalición nazifascista que ocupó España en 1939 y siguieron luchando, palmo a palmo, hasta ver caer el águila con la svástica en su último reducto, bien podrían ser ese “pelotón de soldados” que, según el generalmente desorientado Oswald Spengler, acaban por salvar la civilización.

Para quienes significan algo las palabras “sociedad abierta y democrática”, aparte de lo dicho, lo coherente sería también rendir honores cuando pasen ante la bandera española que ellos defendieron en varios frentes de la Segunda Guerra Mundial, o ante las  placas que, desde Sainte-Mère-l´Église, en Normandía, hasta Berchtesgaden, recuerdan a esos soldados españoles que cayeron por el camino, luchando contra soldados con la svástica pintada en sus cascos o sobre el blindaje de sus vehículos.

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“Cuando las barbas de tu rey quieran chamuscar… Ponte a leer libros de Historia”. Una vez más el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1613-2017)
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Carlos Rilova | 10-04-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Pues sí. Ya lo siento, pero esta semana, otra vez, voy a dedicar este correo de la Historia al tema del Brexit y la Historia. Por alusiones, como se suele decir en el Parlamento.

Las alusiones, en concreto, proceden de caballeros británicos de tan alta alcurnia como Lord Howard y del contra-almirante Christopher John Parry. Las de este último han sido de lo más llamativas.

En efecto, si Lord Howard se las prometía -hace ya más de una semana- muy felices pensando que, de ser menester, la Royal Navy y el Ejército de Su Majestad harían en Gibraltar lo mismo que se hizo en las Malvinas allá por 1982, el almirante (retirado) Parry (veterano de esa guerra) fue aún más lejos y declaró que la capacidad ofensiva de las fuerzas británicas era muy superior a las españolas y que la Historia demostraba que los enfrentamientos entre España y Gran Bretaña siempre se habían saldado con la victoria británica. Como colofón añadía el almirante Parry una jocosa advertencia, indicando que, así las cosas, la barba del actual rey español, Felipe VI, podría salir chamuscada de ese enfrentamiento.

Bien, estoy sorprendido. La imagen tópica que se ha ido difundiendo por el Mundo, desde hace años, de caballeros como Lord Howard y el almirante Parry es que poseen magníficas casas (a ser posible de campo) con no menos magníficas bibliotecas con estanterías de nobles maderas, alfombras Wilton, sillas Chippendale, cómodos tresillos Chester y cosas así. Pensemos, una vez más, en David Niven interpretando al embajador británico ante la corte imperial china durante la rebelión boxer (allá por 1900) en aquella bizarra película, “55 días en Pekín”, convirtiendo (con harto dolor) los libros de una de esas magníficas bibliotecas en barricadas para contener a los salvajes boxers…

Y ahí surgen, inevitables, las preguntas: ¿qué clase de libros de Historia hay en esas bibliotecas tan predicadas en la Mitología de la gran pantalla?. ¿Acaso sólo existen ahí, en las películas y en series de Televisión como “Downton Abbey”?. ¿Los libros que contienen sólo son carcasas falsas de esas en las que se guardan secretos familiares, pistolas de duelo o una secreta colección de afamado coñac?…

No quiero ponerme sarcástico, pero tanto Lord Howard como el almirante Parry, con sus imprudentes declaraciones, dan pábulo a esa clase de sospechas. Tanto uno como otro parecen tener serios déficits en su formación sobre Historia.

Empecemos por Lord Howard. Para cualquiera que conozca más o menos el reinado del rey español Felipe III (1598-1621), resulta cuando menos pasmoso que un Howard, nada menos que un Howard, pretenda llevar la guerra a España y, además, esté seguro de ganarla. Como se diría en aquella época, “habla quien más tendría que callar”…

¿Por qué digo esto?. Sumerjámonos en los libros de nuestras bibliotecas públicas y privadas que, parece cada vez más evidente, nada tienen que envidiar a las cinematográficas bibliotecas de los nobles lores y caballeros británicos. Por ejemplo en un libro del marqués de Villaurrutia escrito nada menos que hace más de un siglo, en 1913: “La embajada de Gondomar a Inglaterra en 1613”.

Las instrucciones de este caballero español, el conde de Gondomar, veterano de la última guerra contra Inglaterra, indicaban que debía forzar en la Corte de Londres acuerdos con el grupo de cortesanos llamados “los bien intencionados”. Todos, o la mayoría de ese grupo, eran próximos a los “recusants”. Es decir, católicos camuflados en la Alta Iglesia de Inglaterra y, por tanto, muy favorables a acuerdos con la principal potencia defensora de su verdadera religión. Esa que, ante todo, era un muro de contención frente a los puritanos, favorables a la guerra contra el que ellos llamaban “Anticristo romano” y sus defensores. Esos mismos caballeros que olían a dinero viejo y a privilegios cortesanos y, por supuesto, la maquiavélica España de Felipe III…

Vamos con la lista de nombres que integraba ese “lobby” de cortesanos ingleses. Mucha atención por favor. Eran Henry Howard, conde de Northampton, Thomas Howard, conde de Suffolk y Lord Alto Tesorero,  Charles  Howard, conde de Nottingham y, además, Lord Alto Almirante y Thomas Howard, conde de Arundel…  En fin, ya lo ven, la familia Howard, al completo, no deseaba la guerra con España en 1613 y su disposición de ánimo era tan generosa que aceptaron generosos subsidios de la corte española (que, desde luego, se los podía permitir gracias a las minas americanas). Subsidios que personas más cáusticas que el historiador que escribe estas líneas no dudan en calificar con otro sustantivo más calificativo: sobornos…

Bien, ahí lo tenemos. El descendiente de tan ilustre familia, los Howard, apelando hoy a la parte de la Historia de Inglaterra que más le interesa y olvidando esa otra parte, en la que, además, su propia familia y linaje fueron protagonistas, diciéndonos que Gran Bretaña defenderá hasta el último cartucho Gibraltar si fuera menester… El cuadro en su conjunto, si me permiten, es ciertamente triste, decepcionante. Lord Howard, descendiente directo de “los bien intencionados” del tiempo del rey Jacobo I, demuestra conocer muy mal la Historia de su propio país -y la de su propia familia- y comete lo que, visto bajo esa luz, es una inoportuna indiscreción indigna de un noble lord inglés. O de lo que nos han hecho creer hasta ahora que es un noble lord inglés: discreto, juicioso, comedido, diplomático, bien educado en todas las ciencias y en el trato diario…

¿Qué decir sobre el desafío lanzado por el almirante Parry?. Pues prácticamente lo mismo. El veterano marino parece conocer tan mal la Historia de Gran Bretaña como Lord Howard. Parece que el tiempo se detuvo para su imaginario histórico en el año 1588, que después no pasó nada, que la derrota de la Armada de ese año selló el dominio de los mares para “Britania” desde entonces. No voy a volver sobre los años negros (para Inglaterra) de la época en la que su alta nobleza, como los Howard, preferían recibir subsidios españoles (o sobornos, si les gusta más esa palabra) antes que ir a la guerra contra Felipe III. Tampoco volveré, como la semana pasada, a las desastrosas campañas de la Guerra del Asiento y la de Sucesión austriaca, entre 1738 y 1748. En las que los éxitos de la Marina británica se contaron con los dedos de la mano, y estaba prácticamente inerme ante la potencia de fuego de las fuerzas españolas. Bien por separado, bien en conjunto con Francia.

Y es que hay ejemplos abundantes. El almirante Parry parece no saber nada de la Guerra de Independencia de Estados Unidos (entre 1776 y 1783) donde la Royal Navy, una vez más, fue incapaz de controlar las rutas atlánticas, enfrentada a la Marina española y a los numerosos corsarios armados para la ocasión. Los mismos que hicieron trizas toda posibilidad de abastecimiento a las tropas británicas en Norteamérica. Sometidas así a un lento desgaste que las condujo a la derrota final de Yorktown, ante una potente flota francesa que, por cierto, estaba allí gracias a la inestimable ayuda de España y sus leales súbditos cubanos, que la acogieron en La Habana y la financiaron. Eso por no hablar de todas las unidades terrestres españolas desplegadas entre la actual Luisiana y el estado de Illinois, que, sobre el campo de batalla, contribuyeron notablemente al desgaste de los cada vez más escasos recursos británicos en Norteamérica…

Ciertamente en esos años, el intento de recuperar Gibraltar por la fuerza, acabó en fiasco. Pero esa pequeña victoria -si así se quiere ver- fue simplemente simbólica. Los británicos perdieron en esas fechas Menorca, que habían ocupado en 1763 y, ya de paso, toda Norteamérica salvo Canadá. Aparte de tener que aceptar toda clase de condiciones de España y Francia en la mesa de negociaciones de París…

¿Qué pasará ahora?. Probablemente que declaraciones como las de Lord Howard y el almirante Parry se queden en nada. Pero bueno es saber que la Historia jamás podrá respaldarlas. Si leemos libros de Historia, no panfletos, es evidente que, por tradición histórica, debería ser España quien ganase. Por más que les pese a los tan mal informados Lord Howard y almirante Parry.

Mientras llega ese momento, sin embargo, sería muy oportuno que las autoridades españolas se hicieran un favor a sí mismas y a los británicos traduciendo al inglés y difundiendo por esas latitudes todo lo que historiadores y otros cultivadores del género (escritores de novela histórica de calidad más que aceptable, que también la hay en España. Ahí está la magnífica “Ladrones de tinta”) llevamos escribiendo desde hace años sobre cosas como los sobornos aceptados por los altos lores ingleses (como los Howard) en 1613 para no tener que ir a la guerra. O sobre la contribución española a la victoria de los estadounidenses en 1783. Cuando menos se conseguiría que caballeros tan estimables por otros conceptos, como Lord Howard o el almirante Parry, se callarán a tiempo, antes de dejar salir de sus bocas palabras tan imprudentes como mal informadas y que (es necesario decirlo) dejan en muy mal lugar a las clases supuestamente bien educadas de Gran Bretaña…

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Mala idea, primera ministra, mala idea. El retrato de sir Robert Walpole, el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1742-2017)
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Carlos Rilova | 03-04-2017 | 11:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo siento pero no me he podido resistir. Esta semana sabía, a ciencia cierta, que iba a escribir en este nuevo correo de la Historia -pasase lo que pasase- sobre la  ocurrencia de la primera ministra británica (de momento) de firmar los papeles para activar el “Brexit” bajo la mirada petrificada al óleo del que pasa por ser (eso repitieron hasta la saciedad todos los telediarios) el primer ministro británico de la Historia. Nada más y tampoco nada menos, que sir Robert Walpole.

Me he quedado asombrado por esa elección. En España existe una lista de defectos más que considerable en los que me he sumergido de la mano del profesor Ian Gibson y su recentísimo “Aventuras ibéricas. Recorridos, reflexiones e irreverencias”. Libro que les encarezco lean porque, se esté más o menos de acuerdo con este hispanista dublinés y lo que nos cuenta, se puede aprender mucho de ese país llamado España del que algunos, todavía, lucimos pasaporte por el Mundo.

Entre otros defectos, aparte de la maldita manía de hacer ruido a todas horas y en casi todas partes, Gibson señala en su capítulo final la desidia con respecto a muchas cosas. Por ejemplo, la investigación científica. No falta algo más que un inquietante fondo de verdad en lo que Gibson, más que decirnos o contarnos, nos advierte.

Sin embargo, en eso, como en tantas otras cosas que se han señalado como defectos “hispanos”, está claro que la famosa “piel de toro”, ese país que Gibson describe (con acierto) como un minicontinente único en el Mundo, no tiene la exclusiva. Si así fuera, muy probablemente la actual premier británica habría puesto el retrato de cualquier otro eminente británico (o británica) para que asistiese, como egregio testigo al óleo, a la histórica decisión de abandonar la Unión Europea por parte de Gran Bretaña.

¿Por qué digo esto?. Me imagino que ya supondrán que por buenas razones, contrastadas documento a documento. Algo que, seguro, ya se imaginarán hasta los trolls que suelen dejarse caer, furibundos, por esta página cada vez que oso decir algo sobre Gran Bretaña y una Historia de ese país mejor documentada, que a ellos, en su simpleza primaria, no les encaja.

Es obvio que la primera ministra británica, al decidir arroparse con ese cuadro en ese acto que podemos llamar “histórico”, demuestra estar intoxicada por los tópicos románticos sobre España y la Historia. Esos que afirman que la Historia de Gran Bretaña frente a España es una Historia de constante éxito y la de España frente a Gran Bretaña, necesariamente, una de constante fracaso. Nada menos cierto. Como queda cada vez más claro a medida que avanzamos en nuestros estudios históricos sobre esta cuestión. Unos que -sorpréndanse- nos llevan a descubrir en toda su chocante naturaleza, casi patética, lo inapropiado que resulta tener un retrato de sir Robert Walpole a las espaldas mientras se firma, sin perder una sonrisa de lo más satisfecha, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

Es posible que, en efecto, Walpole fuera el primer británico digno de tal nombre, sin embargo su gestión fue, sencillamente, desastrosa y, por esa misma razón, no se puede concebir, desde el punto de vista histórico, mayor error que utilizarlo como bandera triunfal para marcar el hito de la deserción europeísta de, de momento, una Gran Bretaña que, sólo para empezar, podría acabar perdiendo por esa decisión, en corto o medio plazo, Escocia, acaso el viejo “Pale” del Ulster, tal vez Gibraltar (veremos, pronto, en qué quedan las amenazas militares que se han dejado caer hoy mismo por parte británica)…

Repasemos la breve carrera de Walpole como primer “premier” británico.

Es posible, como nos recopila y cuenta el libro de Ian Gibson ya mencionado, que los visitantes anglosajones creyeran que, en la segunda mitad del siglo XVIII, España estaba hundida, que nada funcionaba, que, como decía uno de ellos, el “genio español” estaba siendo minado por la herrumbre de la desidia. La falsedad del tópico es manifiesta en cuanto leemos todo eso a la lumbre de cualquier documento de la época.

Independientemente de posibles descuidos en la administración pública, como los que encontraron -o creyeron encontrar- viajeros como Swinburne (que, además, tenían la insólita pretensión de ser los primeros “extranjeros” en pisar España, ignorándolo todo de las numerosas colonias de comerciantes alemanes, flamencos, genoveses, holandeses, ingleses… en ciudades como San Sebastián, Bilbao, Cádiz…), lo cierto es que la España dieciochesca era un conglomerado que, en esas fechas, abarcaba dos hemisferios y que, le pesase al curioso impertinente que le pesase, funcionaba. Algo mejor que bastante bien.

Hecho que tuvieron ocasión de comprobar la Marina, las tropas y la clase política británica bajo el breve, y desastroso, gobierno de ese mismo Walpole que Theresa May ha escogido, muy inoportunamente, para sellar la salida de Gran Bretaña de la UE.

En efecto, sir Robert se dejó arrastrar a una ruinosa guerra contra España a partir de 1738. Desde ese día, y sólo para empezar, la mayor parte de las fuerzas navales y terrestres de las que disponía Gran Bretaña, se estrellaron contra las defensas de España en Cartagena de Indias. En un episodio que se ha hecho famoso gracias al inopinado resucitar de la vida del almirante guipuzcoano Blas de Lezo a través de ensayos y novelas de desigual fortuna y acierto.

La realidad de esos hechos fue aún más compleja que esa batalla de Cartagena de Indias hoy algo manida y desgastada por cierto chusco paleterio patrio, que primero olvida y luego exalta lo olvidado del modo más zafio.

La realidad histórica, sí, es que Gran Bretaña, bajo el mando de Walpole, estaba mal organizada y contaba con muchos menos recursos que la España de Felipe V. Después de Cartagena de Indias y hasta que sir Robert fue obligado a dimitir en 1742, Gran Bretaña endosó más desairados incidentes en esa guerra en la que España (y no a la inversa, como se ha dicho hasta ahora) arrastró finalmente a la Francia de Luis XV a un conflicto internacional que se prolongaría hasta 1748. Aparte del sonado incidente de Cartagena de Indias, los intentos de ataques británicos en la costa cantábrica, especialmente en el sector vizcaíno y guipuzcoano, resultaron indicios reveladores de la debilidad del poder británico bajo Walpole frente al combinado hispano-francés.

La llamada “Channel Fleet”, al mando del anciano almirante Norris, contaba con apenas cinco barcos de combate dignos de tal nombre. Su incapacidad para intentar algo siquiera mínimamente serio en las costas septentrionales españolas quedó manifiesta en muchas ocasiones. Así, un amago de desembarco en La Concha de San Sebastián durante la Guerra de Sucesión austriaca se saldó tras disparar los expertos artilleros de la fortaleza de Urgull un par de cañonazos sobre los barcos que Norris destacó hasta allí. Aparentemente, dado su escaso número, sus capitanes debían tener órdenes de no arriesgarse a quedar hundidos, mermando a la ya muy mermada Flota del Canal…

Obviamente, ese aumento reciente de nuestro caudal de conocimientos sobre la Guerra del Asiento, que derivó en la Guerra de Sucesión austriaca, es algo de lo que carece la actual primera ministra británica. De otro modo habría elegido otra imagen “histórica” para firmar una salida de la Unión Europea que, muy probablemente, con el tiempo, resultará un episodio tan poco brillante como el breve gobierno de Walpole.

A menos que Theresa May sepa español, se haya leído, entre otras muchas cosas sobre la Guerra del Asiento, el trabajo del que esto suscribe sobre el fiasco, casi general, de las expediciones al Cantábrico publicado a finales de 2016 y así, conscientemente, lo que haya querido escenificar con el retrato de Walpole a sus espaldas, mientras firmaba el Brexit, es que está muy al tanto de que, con él, lleva a Gran Bretaña por la misma vía de desastre histórico. Todo podría ser… Pues cuanto más sabemos sobre nuestra propia Historia, más claras están (o deberían estar) algunas cosas. Como, por ejemplo, el lugar en el que nos deja (o nos debería dejar), a todos nosotros, de Irún a Algeciras, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea…

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Mala idea, primera ministra, mala idea. El retrato de sir Horace Walpole, el “Brexit” y algo de Historia angloespañola (1742-2017)
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Carlos Rilova | 03-04-2017 | 11:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Lo siento pero no me he podido resistir. Esta semana sabía, a ciencia cierta, que iba a escribir en este nuevo correo de la Historia -pasase lo que pasase- sobre la  ocurrencia de la primera ministra británica (de momento) de firmar los papeles para activar el “Brexit” bajo la mirada petrificada al óleo del que pasa por ser (eso repitieron hasta la saciedad todos los telediarios) el primer ministro británico de la Historia. Nada más y tampoco nada menos, que sir Robert Walpole.

Me he quedado asombrado por esa elección. En España existe una lista de defectos más que considerable en los que me he sumergido de la mano del profesor Ian Gibson y su recentísimo “Aventuras ibéricas. Recorridos, reflexiones e irreverencias”. Libro que les encarezco lean porque, se esté más o menos de acuerdo con este hispanista dublinés y lo que nos cuenta, se puede aprender mucho de ese país llamado España del que algunos, todavía, lucimos pasaporte por el Mundo.

Entre otros defectos, aparte de la maldita manía de hacer ruido a todas horas y en casi todas partes, Gibson señala en su capítulo final la desidia con respecto a muchas cosas. Por ejemplo, la investigación científica. No falta algo más que un inquietante fondo de verdad en lo que Gibson, más que decirnos o contarnos, nos advierte.

Sin embargo, en eso, como en tantas otras cosas que se han señalado como defectos “hispanos”, está claro que la famosa “piel de toro”, ese país que Gibson describe (con acierto) como un minicontinente único en el Mundo, no tiene la exclusiva. Si así fuera, muy probablemente la actual premier británica habría puesto el retrato de cualquier otro eminente británico (o británica) para que asistiese, como egregio testigo al óleo, a la histórica decisión de abandonar la Unión Europea por parte de Gran Bretaña.

¿Por qué digo esto?. Me imagino que ya supondrán que por buenas razones, contrastadas documento a documento. Algo que, seguro, ya se imaginarán hasta los trolls que suelen dejarse caer, furibundos, por esta página cada vez que oso decir algo sobre Gran Bretaña y una Historia de ese país mejor documentada, que a ellos, en su simpleza primaria, no les encaja.

Es obvio que la primera ministra británica, al decidir arroparse con ese cuadro en ese acto que podemos llamar “histórico”, demuestra estar intoxicada por los tópicos románticos sobre España y la Historia. Esos que afirman que la Historia de Gran Bretaña frente a España es una Historia de constante éxito y la de España frente a Gran Bretaña, necesariamente, una de constante fracaso. Nada menos cierto. Como queda cada vez más claro a medida que avanzamos en nuestros estudios históricos sobre esta cuestión. Unos que -sorpréndanse- nos llevan a descubrir en toda su chocante naturaleza, casi patética, lo inapropiado que resulta tener un retrato de sir Robert Walpole a las espaldas mientras se firma, sin perder una sonrisa de lo más satisfecha, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

Es posible que, en efecto, Walpole fuera el primer británico digno de tal nombre, sin embargo su gestión fue, sencillamente, desastrosa y, por esa misma razón, no se puede concebir, desde el punto de vista histórico, mayor error que utilizarlo como bandera triunfal para marcar el hito de la deserción europeísta de, de momento, una Gran Bretaña que, sólo para empezar, podría acabar perdiendo por esa decisión, en corto o medio plazo, Escocia, acaso el viejo “Pale” del Ulster, tal vez Gibraltar (veremos, pronto, en qué quedan las amenazas militares que se han dejado caer hoy mismo por parte británica)…

Repasemos la breve carrera de Walpole como primer “premier” británico.

Es posible, como nos recopila y cuenta el libro de Ian Gibson ya mencionado, que los visitantes anglosajones creyeran que, en la segunda mitad del siglo XVIII, España estaba hundida, que nada funcionaba, que, como decía uno de ellos, el “genio español” estaba siendo minado por la herrumbre de la desidia. La falsedad del tópico es manifiesta en cuanto leemos todo eso a la lumbre de cualquier documento de la época.

Independientemente de posibles descuidos en la administración pública, como los que encontraron -o creyeron encontrar- viajeros como Swinburne (que, además, tenían la insólita pretensión de ser los primeros “extranjeros” en pisar España, ignorándolo todo de las numerosas colonias de comerciantes alemanes, flamencos, genoveses, holandeses, ingleses… en ciudades como San Sebastián, Bilbao, Cádiz…), lo cierto es que la España dieciochesca era un conglomerado que, en esas fechas,  abarcaba dos hemisferios y que, le pesase al curioso impertinente que le pesase, funcionaba. Algo mejor que bastante bien.

Hecho que tuvieron ocasión de comprobar la Marina, las tropas y la clase política británica bajo el breve, y desastroso, gobierno de ese mismo Walpole que Theresa May ha escogido, muy inoportunamente, para sellar la salida de Gran Bretaña de la UE.

En efecto, Robert se dejó arrastrar a una ruinosa guerra contra España a partir de 1738. Desde ese día, y sólo para empezar, la mayor parte de las fuerzas navales y terrestres de las que disponía Gran Bretaña, se estrellaron contra las defensas de España en Cartagena de Indias. En un episodio que se ha hecho famoso gracias al inopinado resucitar de la vida del almirante guipuzcoano Blas de Lezo a través de ensayos y novelas de desigual fortuna y acierto.

La realidad de esos hechos fue aún más compleja que esa batalla de Cartagena de Indias hoy algo manida y desgastada por cierto chusco paleterio patrio, que primero olvida y luego exalta lo olvidado del modo más zafio.

La realidad histórica, sí, es que Gran Bretaña, bajo el mando de Walpole, estaba mal organizada y contaba con muchos menos recursos que la España de Felipe V. Después de Cartagena de Indias y hasta que sir Robert fue obligado a dimitir en 1742, Gran Bretaña endosó más desairados incidentes en esa guerra en la que España (y no a la inversa, como se ha dicho hasta ahora) arrastró finalmente a la Francia de Luis XV a un conflicto internacional que se prolongaría hasta 1748. Aparte del sonado incidente de Cartagena de Indias, los intentos de ataques británicos en la costa cantábrica, especialmente en el sector vizcaíno y guipuzcoano, resultaron indicios reveladores de la debilidad del poder británico bajo Walpole frente al combinado hispano-francés.

La llamada “Channel Fleet”, al mando del anciano almirante Norris, contaba con apenas cinco barcos de combate dignos de tal nombre. Su incapacidad para intentar algo siquiera mínimamente serio en las costas septentrionales españolas quedó manifiesta en muchas ocasiones. Así, un amago de desembarco en La Concha de San Sebastián durante la Guerra de Sucesión austriaca se saldó tras disparar los expertos artilleros de la fortaleza de Urgull un par de cañonazos sobre los barcos que Norris destacó hasta allí. Aparentemente, dado su escaso número, sus capitanes debían tener órdenes de no arriesgarse a quedar hundidos, mermando a la ya muy mermada Flota del Canal…

Obviamente, ese aumento reciente de nuestro caudal de conocimientos sobre la Guerra del Asiento, que derivó en la Guerra de Sucesión austriaca, es algo de lo que carece la actual primera ministra británica. De otro modo habría elegido otra imagen “histórica” para firmar una salida de la Unión Europea que, muy probablemente, con el tiempo, resultará un episodio tan poco brillante como el breve gobierno de Walpole.

A menos que Theresa May sepa español, se haya leído, entre otras muchas cosas sobre la Guerra del Asiento, el trabajo del que esto suscribe sobre el fiasco, casi general, de las expediciones de Norris al Cantábrico publicado a finales de 2016 y así, conscientemente, lo que haya querido escenificar con el retrato de Walpole a sus espaldas, mientras firmaba el Brexit, es que está muy al tanto de que, con él, lleva a Gran Bretaña por la misma vía de desastre histórico. Todo podría ser… Pues cuanto más sabemos sobre nuestra propia Historia, más claras están (o deberían estar) algunas cosas. Como, por ejemplo, el lugar en el que nos deja (o nos debería dejar), a todos nosotros, de Irún a Algeciras, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea…

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