Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Cine, Historia y II Guerra Mundial… “La decisión del rey”
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Carlos Rilova | 21-08-2017 | 11:31| 0

 

Hoy, sin más dilación, pasado el tiempo suficiente desde el estreno de “La decisión del rey”, retomo la serie de artículos sobre Cine y Segunda Guerra Mundial que inicié hace dos semanas.

¿Qué es lo que nos ofrece esta película noruega de reciente fabricación? Resumiendo se podría decir que un interesante drama bélico marcado por el realismo descarnado que trajeron, a finales del siglo XX, tanto “Salvar al soldado Ryan”, de Steven Spielberg, como “La delgada línea roja” de Terrence Malick.

A ese respecto, las escenas de combate de “La decisión del rey” no quedan por debajo de nada de lo que esas dos películas sobre la Segunda Guerra Mundial ya dejaron ver con toda la crudeza que el género bélico no se había atrevido a mostrar antes en los muchos títulos que llenaron las pantallas, hasta, por lo menos, los años setenta del siglo XX.

La banda sonora que acompaña a esas escenas de guerra que el director ha sabido dosificar sabiamente, es realmente efectista y eficaz (un grave acorde, como de trompa de guerra, repetido una y otra vez, como una señal de alarma) que incrementa la sensación visual de escenas en las que se muestra, por ejemplo, los cañones de las baterías costeras noruegas disparando, sin piedad, sobre un barco de la “Kriegsmarine” nazi, que se viene abajo como un monstruo marino herido. Pero no sin antes llenar la cargada atmósfera de esas escenas con un infierno de balas trazadoras y penoles de munición que saltan por los aires.

Sin   embargo, “La decisión del rey” es mucho más que eso, que una película “de guerra”. Es una película cerebral, intelectual, un drama político en el que se ve el dilema de un rey constitucional (de hecho, como se dice en la película, elegido por votación en el año 1905) perfectamente consciente del hecho, pero cogido entre la espada y la pared. Es decir, entre obedecer a un gobierno timorato, para respetar esas reglas de juego democráticas, o ponerse (por esa misma razón) al frente del movimiento de resistencia nacional noruego que trata de detener tanto la invasión nazi, como el golpe de estado perpetrado por los nazis noruegos -con Vidkun Quisling a la cabeza- para entregar el país al Tercer Reich.

“La decisión del rey” es, sobre todo eso, la dramatización heroica de cómo el pueblo noruego se enfrenta a ese gran peligro. Todo ello personificado en el rey Haakon VII, el príncipe heredero y el resto de la exigua Familia Real noruega de esas fechas compuesta por la mujer del heredero, su hijo y sus dos hijas.

El director de la película se muestra claramente entusiasta de ese rey, de esa Familia Real, que huye -hombro con hombro con un pueblo que los respeta y venera- frente a la horda nazi que avanza implacable sobre Noruega, bombardeando y ametrallando civiles… Aplicando la pauta perfectamente ensayada durante la Guerra Civil española.

Es en escenas como esas, de pánico colectivo, bajo el terror de las bombas y las balas nazis, en las que el director de “La decisión del rey” hace brillar con más fuerza a sus héroes principales. A esa Familia Real noruega.

Pero Erik Poppe no se conforma con hacer poco más que una película de propaganda como las que se facturaron apenas Noruega había sido invadida en el año 1940. Una en la que sólo cambiaría el blanco y negro por el color y por unos mejores efectos especiales.

Por el contrario “La decisión del rey” da voz a personajes casi insignificantes, como el soldado raso Seeberg. Apenas un adolescente que entra bajo el fuego ante las curtidas tropas de asalto nazis que van a la caza y captura tanto de la Familia Real como del legítimo gobierno noruego que huye hacia el Norte del país.

Por otra parte la película de Poppe trata de contar las cosas también desde el punto de vista del enemigo. O al menos desde el punto de vista del más razonable de los enemigos. En este caso el embajador alemán en Oslo que, a su manera, trata de evitar el golpe de estado de Quisling (al que sólo admite porque Hitler así se lo ordena) y de lograr un acuerdo que garantice la neutralidad noruega sin necesidad de una ocupación militar, forzando con esas gestiones la decisión del rey noruego que da título a la película y es el clímax de la misma.

Hasta ahí llega todo lo que se puede aprender sobre este episodio de la Segunda Guerra Mundial en este producto, que retoma el testigo de otras producciones que eligieron como escenario la Noruega ocupada. Caso, por ejemplo, de “Los héroes de Telemark”.

Los títulos de crédito de “La decisión del rey” ya advierten que la película se basa en un libro (“El no del rey” del investigador noruego Alf R. Jacobsen) sobre ese punto crítico de la Historia europea y noruega y, asimismo, se da en ella cuenta del destino final de los principales protagonistas de la cinta. Desde el soldado Seeberg (que aún vivía en la época en la que se rueda la película) hasta el rey Haakon. Pasando por el embajador alemán que, finalmente, será arrastrado (tal y como se ve en la película) por la marea de la locura colectiva nazi, que lo convierte en una más de sus víctimas propiciatorias.

Sin duda, la película tiene una gran voluntad de veracidad, como se puede deducir de esos rasgos.

Pero eso no significa que la película de Erik Poppe nos cuente toda la verdad y nada más que la verdad sobre aquellos días oscuros del año 1940 y los que siguieron hasta la capitulación nazi en 1945.

En efecto, “La decisión del rey” es un relato, como decía, en el que prácticamente sólo caben héroes y villanos bien definidos. Los primeros representados por los noruegos y los segundos por los alemanes. Los matices que el director de la película incorpora a ese esquema no van más allá de los dilemas del embajador alemán o de aludir claramente a la existencia de un nutrido partido pronazi noruego -el de Vidkun Quisling- pero que ni siquiera tiene rostro en la película. Limitándose su aparición a alusiones indirectas a ese personaje y a reproducir el discurso con el que justifica su golpe de estado.

Poppe, en efecto, deja fuera de ese discurso las brutales represalias que se ejercieron durante años, tras 1945, con los colaboracionistas noruegos y sus familias en una Noruega que, en esas fechas, está más cerca de la de la época vikinga que de la del triunfante estado del bienestar de posguerra. Ese que convierte a Noruega y a los demás países escandinavos (al menos hasta la crisis política neocon de 1981) en un ejemplo para todo el Mundo.

No voy a reproducir aquí esos horrores. Se han comentado ya y circulan (cómo no) por la red. Basta con que empiecen por consultar ahí la reproducción digital de unas tristes declaraciones al papel de, curiosamente, una de las celebres cantantes del grupo “ABBA”, que conoce el caso de primera mano, por su (para ella) desdichada ascendencia noruega…

Otro de los aspectos que Poppe ha olvidado mencionar en su película, es el apoyo que la tenaz resistencia noruega recibió por parte de los aliados. Hay vagas referencias a esto al final de la película, pero, una vez más, el protagonismo absoluto en esos hechos parece estar reservado a la Familia Real noruega. Así pues, no hay referencias al desembarco de Narvik que costó miles de muertos a las tropas aliadas. Entre ellos muchos españoles integrados en ese Ejército aliado, que dieron la vida por liberar a Noruega del yugo nazi antes que a su propio país.

Obviamente no se puede pedir demasiado a Erik Poppe en ese aspecto. Más aún cuando en España ese hecho apenas se ha recogido en unos cuantos artículos dispersos o en capítulos de libros como “Los españoles de Churchill”.

Sin embargo, las cosas fueron así y es una pena que las películas que recuerdan esos hechos (o lo pretenden) pasen por alto el desembarco de Narvik y, ya de paso, a los varios cientos de combatientes españoles que cayeron allí por la causa noruega (y aliada) y siguen hoy día en Narvik. Enterrados y, aún peor, olvidados. Puede que incluso repudiados por un lamentable sector de la sociedad española actual, que, al parecer, no entiende aún que vivir realmente en democracia implica acabar con el olvido de los que murieron por defenderla y con los inmerecidos homenajes (estatuas, mausoleos, nombres de calles…) a quienes trataron de destruirla haciendo causa común con los mismos a los que se enfrentó -con un rotundo no- el rey constitucional de Noruega en 1940…

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Historia y Turismofobia
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Carlos Rilova | 14-08-2017 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El retraso en el estreno de “La decisión del rey” hasta este viernes pasado, es lo que me ha llevado hoy a abrir este pequeño paréntesis en la serie de artículos que inicié la semana pasada sobre la oleada -en este verano de 2017- de películas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial.

Además la avalancha de noticias acerca de la Turismofobia, y el hecho de que no pocas de ellas estén relacionadas con San Sebastián, han hecho casi imposible no dedicar este nuevo correo de la Historia a ese tema.

Antes de empezar a hablar de cuestiones históricas sobre esa problemática que nos orienten en el Presente que vivimos, sería conveniente hacer un breve estado de la cuestión acerca de cómo ha empezado y se ha difundido esta oleada de Turismofobia.

A ese respecto todo parece apuntar a la actitud de determinados medios de comunicación mayoritarios que, por diversas razones, se han convertido (como es costumbre en ellos) en caja de resonancia de los primeros brotes de Turismofobia, a los que han revestido de ese habitual carácter de catástrofe apocalíptica por el que dichos medios parecen sentir una irresistible atracción.

Quizás esos medios no buscaban que la problemática de Venecia, Barcelona o Palma de Mallorca se extendiera a San Sebastián, pero lo cierto es que es justamente eso es lo que parecen haber conseguido. Por ejemplo inspirando a determinados grupos sociales y políticos vascos que se han sentido casi obligados -como el pobre príncipe Bolkonsky en “Guerra y Paz”- a hacer algo, puesto que sus iguales políticos en Barcelona o Palma lo estaban haciendo. Convirtiendo así un vago (a veces inexistente) malestar social, en una reacción visceral y mucho más extendida de lo que en principio nunca lo hubiera estado sin la ayuda de esa histeria mediática.

Parece, pues, que nos encontramos con este tema ante un episodio más de esos en los que una inofensiva gallina (por poner un caso) no se ve igual antes que después de haber sufrido un completo lavado de cerebro en esa clase de medios sobre una supuesta epidemia de gripe aviar (por poner otro ejemplo) que luego se descubrió era tan sólo un fraude a gran escala para vender vacunas contra esa enfermedad…

Ese sería, pues, el origen exacto de esa Turismofobia que, localizada hasta ahora en Barcelona, ha empezado a extenderse como una mancha de aceite hacia otros lugares. Como San Sebastián.

Y ahora cabe preguntarse, considerado todo esto en perspectiva histórica,
¿resulta anormal lo que estamos viendo con respecto al volumen de visitantes, por ejemplo, en San Sebastián? ¿Hubo alguna supuesta “Edad de Oro” antes de la llegada del Turismo a la que, por tanto, habría que regresar?

Para responder a esas preguntas, conviene saber, en primer lugar, que no querer estar abierto al exterior, odiar las visitas, el intercambio cultural que traen el Turismo y la facilidad con la que ahora se puede viajar, no suelen conducir precisamente a sociedades más avanzadas. Por ejemplo a esas en las que una mujer pueda llevar pantalones, conducir, votar y hasta ser elegida, por poner un caso, alcaldesa de una gran ciudad.

Eso se puede observar, fácilmente, gracias a un par de ejemplos sacados, cómo no, de la Historia.

El primero de ellos es un curioso país que, hasta los años 70 del siglo XX, fue una especie de fósil: Bután, en las estribaciones de la mítica cordillera de los Himalayas. Ese país, en conjunto y hasta hace bien poco, ha sido un reino anclado en un nivel de desarrollo político y social similar al de la Europa de la Alta Edad Media. Ya saben, una época con una esperanza de vida de unos 40 años y en la que no existían Twitter, Facebook (y demás redes tan hábilmente utilizadas por quienes ahora abominan del Turismo), Internet, los smartphones y las tablets. Tampoco, por cierto, existían en tal época los antibióticos o los trenes de alta velocidad.

Sin duda Bután no tiene problema alguno con el Turismo, del que se ha preservado cerrando, herméticamente, todas sus fronteras y permitiendo pasar por ellas tan sólo a un número muy limitado y controlado de visitantes. Sin embargo, ese aparentemente idílico status se ha conseguido con un nivel de desarrollo político y social aún muy por debajo de lo que incluso los turismófobos considerarían aceptable.

El otro ejemplo de Turismofobia sobre el que habría que reflexionar es una noticia publicada en el diario “¡Arriba España!”, que se distribuía precisamente desde San Sebastián apenas las tropas franquistas arrebataron esa ciudad al gobierno legítimo.

En la edición de ese periódico de 28 de septiembre de 1936, se decía que San Sebastián era una ciudad “femenina”, pecadora, blanda, desagradecida y a la que sólo le interesaba el Turismo. Algo absolutamente cierto si nos fijamos en la imagen que acompaña a este texto, donde vemos una Playa de La Concha totalmente saturada (puede que tanto o más que hoy) a comienzos del siglo XX…

¿Quién sostenía esa opinión en contra de San Sebastián como la ciudad turística que era desde mediados del siglo XIX? Bueno, espero que quien cree estar defendiendo una causa “popular” y progresista al combatir el Turismo actual, tome nota de que esas invectivas las escribía un fascista español en un rotativo fascista español. Concretamente uno de los varios que dirigía Falange Española y en cuyas páginas se podían encontrar reveladoras soflamas prohitlerianas y promussolinianas (incluyendo características fotos propagandísticas de ambos monstruos políticos)…

Todo esto debería ayudarnos a reflexionar un poco más sobre cuál es el verdadero problema que supone el Turismo. Evidentemente si hay algo que regular deberá regularse, pero pretender extirparlo de raíz, como vemos por casos como los mencionados, no tiene nada de atractivo, ni de progresista. Tanto en Palma de Mallorca, como en Barcelona -como ahora en San Sebastián- las peticiones contra el Turismo tienen un carácter excluyente y amenazante. Véase el caso mallorquín, en el que la propaganda anti-turistas usa la silueta de una anciana blandiendo un bastón contra un par de turistas que huyen despavoridos bajo el lema -tajante- de que la ciudad es de los que viven en ella y no de los que la visitan… Lo mismo parece estar ocurriendo en el caso donostiarra, en el que -por si no lo saben- gran parte de la reacción contra el Turismo viene de vecinos de la Parte Vieja. Probablemente los mismos a quienes tradicionalmente les molestan no sólo los ingleses, alemanes, franceses o madrileños, sino los mismos vecinos de San Sebastián que viven fuera de la Parte Vieja, a los que no consideran siquiera como donostiarras genuinos…

¿Qué buscan, pues, quienes dirigen esas plataformas ciudadanas? ¿Que nadie pueda visitar Palma de Mallorca, o Barcelona, o San Sebastián? ¿Que esas ciudades se conviertan en pequeños reinos taifas al estilo de lo que fue Bután hasta 1981? ¿Ya saben quienes, desde una supuesta Izquierda política, se van a manifestar en San Sebastián esta semana, que están recogiendo el testigo de la lucha contra el Turismo de manos del más puro Fascismo español y no de los “herrikoshemeak” (los tipos castizos de la Parte Vieja) que, en plena “Belle Époque”, se manifestaban en favor de un veraneo donostiarra más largo?

No se debería dar un paso más en esta cuestión sin meditar mucho sobre este poso histórico. Más oscuro y espeso que la caricatura representada, tanto por “antisistemas” como por algunos medios de comunicación, sobre este “nuevo” problema en el que parece haberse convertido ese fenómeno llamado “Turismo”. Creado a mediados del siglo XIX, pero que hoy parece convertirse, como por arte de magia, en una atroz plaga que hay que combatir…

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Cine, Historia y II Guerra Mundial… “Dunkerque”
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Carlos Rilova | 07-08-2017 | 11:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

portada-de-dunkirk-retreat-to-victoryEmpiezo este lunes con una breve serie de artículos dedicados a un, hasta cierto punto, sorprendente “revival” del cine “de guerra” que parece estamos viviendo este verano del año 2017.

Empezaré con “Dunkerque” de Christopher Nolan y seguiré por “La decisión del rey” y “El hombre del corazón de hierro”. Más que nada por respetar el orden cronológico de los acontecimientos narrados por estas películas, que recuperan la oleada de cine bélico de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Esa que dio títulos tan brillantes como “La batalla de Inglaterra”, “El puente de Remagen” o, sin ánimo de agotar la lista, “Un puente lejano”.

¿Qué se puede decir del “Dunkerque” de Christopher Nolan que no se haya dicho ya?. En las páginas del Diario Vasco, tanto en las digitales como en las de papel, ya se ha analizado. Como espectáculo cinematográfico y como vehículo ideológico.

En la edición impresa del jueves pasado se publicaba, en efecto, un enjundioso artículo en las páginas de opinión cuyo autor no daba crédito al hecho de que la película haya levantado tal oleada de admiración en España. Asimismo señalaba que era una película probritánica, que gustaría -sobre todo- a los líderes xenófobos de ese país y demás partidarios del Brexit.

Estoy básicamente de acuerdo con el autor de tales palabras. Sin embargo se puede ir más lejos de lo que él iba en el análisis de esta película.

Para empezar, no me extraña nada que Nolan consiga hipnotizar a su público, que se lo meta en el bolsillo, como se suele decir. La película, salvo algún detalle chirriante, de las escenas finales, es una maravilla técnica. Precisamente porque ha vuelto al Cine bélico de los sesenta, desdeñando los efectos especiales digitales que, como se ha podido ver en demasiadas películas (empezando por las bélicas) se han demostrado absolutamente penosos. Basta con comparar películas de los años setenta como “El barón rojo” de 1971, realizada con auténticos aviones de época, y la muy posterior “Flyboys”, a la que ni siquiera conseguía salvar el buen oficio de actor de Jean Reno. Uno de sus protagonistas.

Efectivamente, como el mismo Christopher Nolan ha señalado, con legítimo orgullo, en alguna de las entrevistas promocionales de “Dunkerque”, ha utilizado auténticos aviones, Heinkels, Spitfires… Y eso, y la manera en la que toda la película (salvo en las escenas finales) respira autenticidad, atmósfera de época… ha ayudado mucho al éxito de esta película. “Dunkerque” es, en definitiva, un espectáculo de reconstrucción histórica sencillamente magnífico.

Pero, por lo demás, lo que nos cuenta esta película en términos de hechos históricos, fechas, acontecimientos verídicos supuestamente reconstituidos… ¿”Dunkerque” nos aporta realmente algo o es tan sólo épica al servicio de los “brexiters” británicos, como se decía en el artículo de opinión publicado en el DV de este jueves?.

Lo cierto es que es ambas cosas a la vez. La épica en esta película es, una vez más, puesta al servicio del mundo anglosajón. Tratando de demostrar, una vez más, que Gran Bretaña salvó al Mundo en esas horas críticas.

Pero también es cierto que el modo en el que eso es narrado, desde distintos puntos de vista (el de los civiles que se juegan la vida en el rescate de las tropas, el de los pilotos de la RAF que acuden a dar cobertura aérea a la operación, el de los marinos, el de los propios soldados…), puede ser más o menos discutible, pero ciertamente Nolan adopta así un estilo narrativo para describir una batalla completamente habitual en los libros de Historia.

Desde ese punto de vista “Dunkerque” puede resultar un muy interesante primer paso para informarse sobre la “Operación Dinamo”, que sacó a la mayor parte del Ejército británico de aquel atolladero.

“Dunkerque” es, pues, verídica en lo básico. Nos cuenta, de manera más o menos dramatizada la retirada de un gran número de tropas británicas que resultarían esenciales para mantener la resistencia contra los nazis hasta la entrada en guerra de rusos y norteamericanos contra el Eje. Algo que sólo ocurriría entre uno y dos años después de los acontecimientos narrados en la película de Nolan.

En ese aspecto “Dunkerque” pasa a la acción cinematográfica la labor investigadora de los historiadores británicos de los últimos años. Como puede ser el caso de “Dunkirk. Retreat to Victory”. Un pulcro libro de Historia de la escuela anlosajona que tantos pulcros libros de Historia lleva dándonos desde hace años. Lo que vemos en la película es ciertamente una retirada hacia la victoria. Aunque esa victoria tardase cuatro años en llegar y estuviese jalonada de horas muy amargas en las que Gran Bretaña se vio al borde del desastre. Con la Familia Real a punto de hacer las maletas para salir hacia Escocia primero. Tal vez, más probablemente, poco después, hacia Canadá…

Sin embargo, hay otros puntos de esta película que pueden llevar a error en cuestiones históricas. Siento discrepar, al menos en parte, del artículo de opinión publicado en la edición impresa de este diario el jueves pasado al que ya he aludido.

En él se señalaba que la película maltrataba a los franceses. Lo cierto es que “Dunkerque” muestra el afloramiento de miseria humana habitual en todas las guerras junto al heroísmo. Y esa miseria humana que Nolan refleja con acierto, no tiene, desde luego, un tinte jingoista (es decir: de chovinismo anglosajón).

En efecto, cuando uno de los protagonistas, británico él mismo, se pone en una de las colas para embarcar, otro soldado británico lo echa de muy malas maneras de allí diciéndole que esa cola es sólo para un determinado regimiento al que él no pertenece, con lo cual ya sabe lo que le queda…

Ese mismo soldado ha sido salvado poco antes por un soldado francés que está defendiendo una barricada. Una de las muchas con la que ese Ejercito defiende la retirada de sus aliados británicos.

Con detalles como estos es evidente que la película de Nolan no maltrata demasiado a los franceses. De hecho, los defiende hasta el error histórico. En las escenas finales en el espigón por donde se ha evacuado a parte del Ejército, el oficial naval al mando de la retirada -interpretado de modo más que notable por Kenneth Branagh- dice que se queda para ayudar a la evacuación de los franceses que han estado cubriendo la retirada británica. El hecho histórico es rigurosamente cierto. La “Operación Dinamo” continuó hasta que se evacuó a la mayor parte de los soldados franceses embolsados en Dunkerque

Lo que no nos cuenta Christopher Nolan es que esa operación fue un sacrificio muy mal agradecido por esos mismos evacuados. En efecto, si consultamos otro pulcro libro de Historia de fábrica británica “Combatientes en la sombra. La Historia definitiva de la Resistencia francesa”, que ha sido recientemente traducido al español, descubrimos gracias a la exhaustiva investigación documental de su autor, el profesor Robert Gildea, que la mayor parte de los evacuados franceses, en un altísimo porcentaje, decidió regresar a Francia desoyendo los llamamientos de De Gaulle y considerando legítimo al gobierno títere del mariscal Pétain, enteramente entregado a los designios nazis.

De hecho, nos dice el libro del profesor Gildea, la mayor parte de los españoles enrolados en fuerzas francesas para continuar la lucha contra el Fascismo tras 1939, abandonaron rápidamente esos destinos para solicitar el ingreso en fuerzas británicas, temiendo que sus propios jefes los entregarán a los franquistas una vez de regreso a la Francia ocupada…

Esos serían, pues, los límites históricos de lo que nos enseña “Dunkerque” que, salvo pequeños detalles como los indicados, es, sin duda, una magnífica película de Cine bélico y una muy interesante primera aproximación a esos hechos históricos. Siempre que tengamos en cuenta, claro está, el punto en el que el Arte (o la propaganda) desplazan a la Historia…

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Tauromaquia, Historia, tradición y razón (1651-2017)
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Carlos Rilova | 31-07-2017 | 11:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

goya_-_ligereza_y_atrevimiento_de_juanito_apinani_en_la_de_madridLa verdad, no pensaba meterme este lunes festivo con este tema. Mejor dicho, no pensaba meterme en este tema ni este lunes ni ningún otro. ¿Por qué?. Pues porque “los toros” son algo verdaderamente escabroso en esa España actual que tan bien ha descrito Ian Gibson en su, de momento, último libro del que ya hablamos en otro de estos artículos.

Ciertamente mentar la cuestión de los toros en España es, desde hace ya muchos años, un grave problema para cualquiera que se meta en ese debate. Sin embargo, una vez más, no lo he podido evitar. Esta semana pasada se ha hablado demasiado de esto y, al final, uno acaba sintiéndose comprometido, de algún modo, a escribir alguna cosa sensata sobre algo tan inquietante como la crueldad con un ser vivo.

Esta vez la enésima polémica sobre el tema, ha venido por la decisión del gobierno autonómico de las Islas Baleares de reducir las suertes del toreo en su jurisdicción a tres astados por corrida que, además, sólo estarán en la arena 10 minutos en los que el animal será toreado, pero tratado de modo que sobreviva.

Bien, el miércoles, apenas acabado el superpuente de Santiago, hubo primeras reacciones a esa decisión. El secretario de Estado del Ministerio de Cultura español (en términos coloquiales el número 2 de esa institución) va a querellarse contra esa decisión en el tribunal pertinente, considerando que atenta contra el Arte de la Tauromaquia…

No es que yo quiera enmendar la plana a figura tan poderosa, pero tengo que deducir que el Ministerio está, tal vez, mal informado en estas cuestiones de la Tauromaquia.

Y esto es bastante extraño porque, a poco que se quiera estar informado, es sencillamente inmensa la pila de libros, artículos, etc… que hay sobre la Historia de la Tauromaquia. (Sin contar con el monumental Cossío).

Pues sí, la lista de obras sobre esta cuestión abarcaría prácticamente todo este artículo. Yo sólo mencionaré, brevemente, algunos de esos libros. Por ejemplo tenemos el volumen editado por Paulo César Juárez en el que se recogen testimonios desde el siglo XIII (sí, desde finales de la Edad Media) a favor y en contra de esa llamada “Fiesta Nacional”, convertida hace unos cuatro años en patrimonio cultural.

Se trata de una obra antitaurina. O eso es lo que se deduce de su prólogo, al menos. Paulo César Juárez dice compilar todos esos textos, que van, desde Leyes promulgadas en el siglo XIII por Alfonso X el Sabio hasta la actualidad, para recordar unos cuantos hechos que difícilmente encajarán con la mentalidad conservadora (muchas veces incluso más que ultraconservadora) que hoy defiende esa “Fiesta Nacional”. El primero de esos hechos es que una de las guardianas de ese conservadurismo español, la Iglesia católica, ha prohibido desde el siglo XVI dicha fiesta (aunque luego esa prohibición, de 1567, fue atemperada y limitada),,,

El segundo hecho es que la Monarquía española (o la castellana que fue su raíz) no ha sido tampoco muy favorable, desde la Edad Media, a esa fiesta. Alfonso X en 1265 señala como infames a los que matan toros por dinero y sólo salva de esa pena a los que lo hagan por mostrar, gratuitamente, su valor personal… Carlos III, en 1785, prohibirá en la mayor parte de España las corridas a muerte (un matiz importante, luego lo veremos) y Carlos IV, en 1805, las prohibía sin excepción por ser poco conformes “a la humanidad que caracteriza a los españoles”, por suponer un atraso para la Ganadería, la Agricultura y la Industria y demás etcétera ilustrado…

Junto a esas medidas emanadas de las instituciones, Juárez encuentra muchos otros testimonios de intelectuales españoles que han deplorado la Fiesta. Lo más curioso es que autores que hoy se han identificado por escritores mal documentados con la esencia de “lo español” -como Tirso de Molina, Quevedo o Lope de Vega- abominan de esas primitivas corridas de toros que ni siquiera eran como las de hoy día.

Otro detalle que muchos protaurinos tendrían difícil asimilar es que la fiesta se originó en España (según Mariano José de Larra lo decía en 1828, dos años antes de que se fijasen las corridas-tipo actuales) por imitación a los musulmanes. A “los moros”, que, hacia el siglo XIII, serían los únicos que lidiaban con esas bestias.

Por supuesto en esa extensa bibliografía no faltan defensores de la cosa. E incluso más allá de la España retrograda y primaria con la que se identifica la Tauromaquia. Es el caso de Francis Wolff, profesor de la prestigiosa Escuela Normal Superior francesa. Centro de formación de la élite de ese país de élite. Entre otras obras, ha escrito “50 razones para defender la corrida de toros”. Resulta interesante comparar sus argumentos con los que sustenta -desde el lado contrario- el filósofo español Jesús Mosterín en “La cuestión de los toros”. Para el intelectual francés es absolutamente falso que el toro de lidia no sea un animal bravo y agresivo y que se le torture en la plaza. Para el filósofo español, el toro es un herbívoro pacífico por naturaleza al que sí se tortura con los rejones y picas para incitarlo a embestir…

No faltan incluso prestigiosos historiadores de fama mundial como Bartolomé Bennassar (del que mi generación ha aprendido unas cuantas cosas del “oficio de historiador”) que son fervientes defensores (por razones históricas) de la lidia de toros…

Y eso me lleva, finalmente, a la cuestión de la supuesta tradición que el Ministerio de Cultura estaría defendiendo, ahora mismo, en los Tribunales… Siento tener que decirlo, pero me arriesgaré: desde el punto de vista de la Historia y de la razón dominante en nuestra época desde el siglo XVIII, el gobierno central se equivoca y es el gobierno balear el que acierta defendiendo esta modalidad de toreo.

Así es. La supuesta tradición que ahora querría defender el gobierno central frente al balear no existía, por ejemplo, en el San Sebastián de 1651. Ya di cuenta de esto en un artículo publicado hace 14 años, en 2003, por la revista digital de la Sociedad de Estudios Vascos, “Euskonews”. En él recogía un acta municipal donostiarra -superviviente al incendio de 1813- donde se daba cuenta de la traída de toros de las dehesas navarras, que serían toreados en Donostia en julio de ese año pero que sobrevivirían, en excelentes condiciones, a esos festejos. De hecho, causando notables daños en los campos cercanos a la futura capital guipuzcoana…

La explicación a este curioso dato de archivo ya la daba Bennassar en su “Historia de la Tauromaquia”: sin perjuicio de otras suertes como el rejoneo a caballo, en el que la nobleza española mostraba su valor hasta principios del siglo XVIII, o los encierros, (donde el elevado número de muertos por asta desmiente un tanto el carácter naturalmente pacífico del toro), hay dos clases de corridas en la España de la Edad Moderna. Serían la “corrida torneo” y la “corrida carnicería”. Evidentemente la de San Sebastián de 1651, que parece prototípica de esta ciudad, sería una de esas. En ellas se mostraba valor desafiando al toro, pero sin machacarlo con rejones y picas hasta matarlo. Tras ese desafío, sin más, se devolvía al animal al campo.

La “corrida carnicería” que, al parecer, quiere defender el Ministerio de Cultura actual, sería, en realidad, la que institucionalizó Fernando VII en 1830, a partir de modalidades de toreo tan diversas como las que nos describe la obra de Bennassar.

Así las cosas, ¿cuál sería el problema con la decisión del gobierno balear?. ¿No respetaría, más y mejor, la tradición, la Historia de ese patrimonio cultural, esa recuperación de la “corrida torneo”?. ¿En qué pierden los toros, los toreros y los ganaderos por recuperar (como quiere el gobierno balear) una muy antigua forma de toreo que, al mismo tiempo, evita males mayores al animal y la exhibición sangrienta contra la que claman los antitaurinos?.

Si lo que se quiere mantener como “patrimonio cultural” son las “corridas carnicería”, modalidad propia de los mataderos de Sevilla desde finales del siglo XVI según nos dice Bennassar, ¿no resultan falsos todos esos argumentos protaurinos acerca de que no se quiere torturar al animal y que con la Fiesta se preserva a una raza (la de los uros primigenios) extinta en el resto del Mundo?.

Sobre todas estas cuestiones se debería reflexionar a fondo, antes de proteger por Ley algo o correr a los tribunales a defenderlo. De otro modo, la imagen-país que tanto quieren cultivar los sucesivos gobiernos españoles quedaría bastante tocada, dejándonos a todos -empezando por los protaurinos- como una banda de sádicos enfermizos que, pudiendo elegir entre una tradición más o menos pacífica, festiva, y otra sangrienta y brutal, optaría por la segunda. Convirtiendo en pura hipocresía todo lo que se dice sobre la feliz vida del toro antes de ser masacrado en las plazas. O la inmensa suerte de esos animales de haber sobrevivido a la extinción gracias a esos sacrificios rituales… establecidos por un rey déspota y de tan mala fama como Fernando VII…

¿Realmente es eso lo que quiere defender el actual gobierno español?. ¿Realmente es eso lo que quiere cualquier habitante de la España del siglo XXI, pasando por alto la razón y la Historia, afirmando, de hecho, que nos dejemos de monsergas, que aquí lo único que cuenta no es el Arte, ni la preservación de una especie, sino ver correr sangre a raudales durante unas cuantas horas y con lo que -parece evidente- son refinamientos de crueldad?…

Ustedes dirán.

(Nota: Por razones técnicas, ajenas al autor, esta entrada programada para ayer lunes 31 de julio de 2017, no ha podido ser publicada hasta hoy. Añado esta explicación por los inconvenientes o malentedidos a que pueda haber dado o dar lugar este problema técnico que ha retrasado en un día la habitual publicación de este artículo semanal).

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Una Historia española del automóvil eléctrico. (Año 1891)
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Carlos Rilova | 24-07-2017 | 11:59| 0

Por Carlos Rilova Jericó

triciclo-bonet-en-1889-licencia-creative-commonsFue Pablo Picasso quien dijo que la inspiración tenía que encontrarle a uno trabajando. Doy fe de que esta semana ha sido así por lo que respecta a este nuevo correo de la Historia.

La inspiración para él me encontró trabajando. En este caso en un proyecto en el que está implicada la ciudad de Barcelona.

Así, mientras repasaba las “Historias notables de Barcelona” de José María de Mena, encontré algo que me pareció demasiado bueno como para dejarlo pasar de largo. Más ahora, en estas fechas en las que el futuro referéndum de independencia de Cataluña, ha hecho subir más alto (si es que eso era posible) el nivel de cutrez del discurso público sobre esa (todavía, de momento) parte de España.

La aparente anécdota que nos contaba Mena en su ameno libro, se refería al que, para ese autor, sería el primer fabricante de coches español. Un inventor ciertamente precoz que tuvo el desacierto de nacer al Sur de los Pirineos, por lo que su nombre hoy es prácticamente ignorado. Y su historia personal desconocida. O, lo que es casi peor, muy mal conocida. A diferencia de lo que ocurre con Edison (con el que tanto tuvo que ver como inventor, aunque no consta que lo tratase personalmente), Ford, Benz o Daimler.

El personaje en cuestión se llamaba Francisco Bonet Dalmau y, según nos dice Mena, estaba a la altura de todas esas grandes figuras de la Historia del Automovilismo.

Su prototipo, patentado desde fecha tan temprana como el año 1889 (recordemos que Daimler, con el que Bonet Dalmau tuvo relación directa, andaba trabajando en esas mismas fechas, en 1885, con no mucho éxito) consistía en lo que entonces llamaban un vehículo auto-motor alimentado por electricidad. En este caso un eficaz juego de baterías.

El modelo, como Mena insiste en señalar, era verdaderamente original. No una mera copia de una patente extranjera. Y superó a modelos como el del ingeniero escocés Dunlop, que en 1888 había probado un modelo de coche eléctrico pero con muy escasa autonomía. Y eso que las primeras experiencias de vehículos así se habían hecho en su Escocia natal hacia 1832…

Ese defecto, y otros que se podían detectar en otros coches eléctricos, no estaban presentes en el modelo de Bonet Dalmau. Siempre según el libro de Mena…

De hecho, nos dice Mena, de no haber sido porque Estados Unidos descubrió numerosos pozos de petróleo en esas fechas, facilitando la recarga de los motores de explosión, es muy probable que el coche de Bonet Dalmau hubiera sido el modelo dominante en Automoción hasta hoy día.

Sin embargo, según otras versiones, y aunque Mena también lo menciona, parece ser que quien realmente lanzó el primer modelo de coche eléctrico español fabricado con carácter industrial, fue el ingeniero (y oficial artillero) Emilio de la Cuadra y Albiol, nacido en Valencia pero residente en Barcelona. Entre 1898 y 1901 fabricará vehículos automóviles (incluido un autobús) movidos por motores de explosión que, a su vez, movían una dínamo para acumular energía eléctrica en juegos de baterías instalados en el vehículo que, a diferencia de los motores de explosión, que también llegó a fabricar, no tuvieron demasiado éxito…

Todo esto, evidentemente muchos años antes de que oyéramos siquiera mencionar la palabra “Prius” o “coche híbrido”.

Lo curioso de todo este asunto, aparte de saber que, en realidad, la Historia de la Automoción debería empezar a contarse no sólo por Menlo Park y Detroit, o por Alemania, sino también por Barcelona, es el modo en el que Bonet Dalmau o De la Cuadra y Albiol han caído, prácticamente, en el olvido y cómo no se ha investigado más a fondo las divergentes versiones que circulan sobre el fracaso y el éxito de sus ensayos de coches eléctricos. Caso de la que nos ofrece Mena o la “copiapegada”, mil y una veces, en distintos artículos de Internet que se repiten unos a otros como los reflejos en una galería de espejos de parque de atracciones. Algo que hace de todo esto un auténtico galimatías sobre la verdadera eficacia de esos primeros ensayos de coches eléctricos en la España de la “Belle Époque” y cómo valorar, realmente, su alcance.

¿Por qué estamos ante tan singular panorama histórico?. Bueno, no creo que sea precisamente por la chapuza del proyecto vasco de coche eléctrico “Hiriko”, tocado, y lamentablemente hundido, en el año 2013. Si han seguido con asiduidad este correo de la Historia ya sabrán el porqué de ese olvido y de ese deficitario y confuso relato sobre quienes, como Bonet Dalmau y De la Cuadra y Albiol, según parece, intentaron desarrollar con seriedad -aunque con desigual éxito- los coches de explosión, híbridos y eléctricos en la Cataluña del 1900. Parece evidente que el olvido y desvalorización histórica de figuras así provendría de que la España actual, que es quien debería reivindicarlas, es un país bastante atrasado en algunos aspectos.

Uno de ellos -y no el menos importante, desde luego- es el de considerar la Historia un campo de aficionados voluntariosos o de funcionarios de instituciones que, como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ya han pasado, en la práctica, a mejor vida -gracias a una desastrosa política económica impuesta, desde 2011, por potencias extranjeras- quedando excluida toda otra opción de alta divulgación histórica que no sea repetir memeces -sacadas de contexto histórico- sobre el Cid, la Armada Invencible y cosas parecidas. Así como hurgar -tan hondo como se pueda- en ensayos fallidos y otras derrotas varias. Aparte de exhibir todos esos fracasos, a bombo y platillo, y con un regodeo sadomasoquista digno de estudio psicológico.

Mañana, que es día de Santiago, el patrón de ese curioso país, quizás sea un buen momento para parar a pensar, en serio, cómo es que hay unos cuantos millones de catalanes que prefieren no ser españoles.

Seguramente una de las razones tenga mucho que ver con este casi total olvido y devaluación histórica de figuras como los pioneros de los coches híbridos y eléctricos: Francisco Bonet Dalmau o Emilio de la Cuadra y Albiol.

Tomen nota del hecho para saber en qué nos hemos equivocado y corregirlo. Posiblemente aún estamos a tiempo de cambiar ese rumbo tan confuso, tan enfermizo…

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