Diario Vasco
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Autor: Historiavarduli
Historia de las palabras, palabras con Historia. ¿Qué quiere decir, realmente, “a palo seco”?
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Carlos Rilova | 12-11-2012 | 12:00| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No nos damos cuenta, pero está ahí. La Historia, detrás de muchas palabras, expresiones, giros, insultos y demás articulaciones de nuestro lenguaje hablado.

Por supuesto sabemos muy bien de dónde viene, y qué quiere decir, por ejemplo, eso de “nos van a dar las uvas”, aunque si usásemos esa expresión delante de un anglosajón, tanto de, por ejemplo, el año 1750 como de hoy día, éste no entendería nada de nada. Lo mismo nos ocurriría ante un español de, también por ejemplo, 1750. Éste no habría tenido ni idea de qué estábamos hablando. Principalmente porque en la época aún no se había extendido la costumbre de tomar uvas para celebrar el Año Nuevo. En el mejor de los casos nuestro hipotético castellanoparlante de 1750 pensaría que algo bueno habríamos hecho cuando alguien, al parecer, iba a venir a darnos uvas, manjar que no era en aquella época un bien precisamente abundante ni al alcance de todos los bolsillos.

Para hacernos entender correctamente con ese hipotético hablante español del siglo XVIII deberíamos haber echado mano de otra expresión que aún hoy día se utiliza, aunque cada vez menos: “nos van a dar las mil y quinientas”, que era el equivalente ya en esa época para nuestra expresión de “nos van a dar las uvas”.

Pero dejemos esta cuestión para otro día, entre otras razones porque una expresión como aquella a la que hace referencia el título del artículo de hoy, “a palo seco”, tiene de por sí bastante Historia detrás de ella como para llenar un par de páginas.

La primera reacción del ser humano de la Era de Internet, ante misterios históricos como el del verdadero significado de la expresión “a palo seco“, es, por supuesto, acudir raudo y veloz al teclado de un ordenador con acceso a esa red de redes y buscar páginas y más páginas que le puedan aclarar de dónde viene esa expresión de “a palo seco” y qué puede significar.

La mayor parte de ellas hoy por hoy le dicen lo que seguramente ya sabe. Es decir, que es una expresión, más o menos jocosa, que se utiliza de manera admirativa para referirse a alguien tan valiente como para atreverse a trasegar bebidas de alto contenido alcohólico -whisky, ginebra, vodka…- sin rebajarlas con agua o con otra bebida que no tenga alcohol.

La ya imprescindible Wikipedia es mucho más exacta y cataloga la expresión “a palo seco” entre las expresiones de origen marinero, dando, además, su verdadero significado, de un modo muy escueto, en  apenas una línea, pero bastante acertado. La criatura de Jimmy Wales, nos dice, en efecto, que “a palo seco” era la expresión que se utilizaba entre los marinos para referirse a la navegación a vela en las peores condiciones posibles.

Sin duda, a esta altura del artículo, habrá muchos que echen mano de otra expresión anticuada pero aún hoy en uso para decir que, para este viaje que acabo de darles, no necesitaban alforjas, que les bastaba con saber leer, escribir y tener a mano un ordenador con acceso a Internet para saber todo lo que necesitan sobre el significado de la expresión “a palo seco”.

Es verdad. Pero también es verdad que a cualquier cosa que ya se haya dicho en Internet, siempre se puede añadir algo nuevo que no ha sido aún vulgarizado por esa red cibernética que se ha convertido en la mayor y más ampliamente extendida biblioteca creada por el ser humano.

Vamos a intentarlo. La Wikipedia, como hemos visto, nos dice que la expresión “a palo seco” procede del mundo de los marinos. Pero no nos dice nada sobre una serie de detalles importantes para comprender el verdadero significado de esa expresión. Algo que sólo se puede lograr indagando en la cultura marinera que la creó. Es decir, la de los marinos de los tiempos de la navegación a vela, que poco -o casi nada- tienen que ver con los de la navegación a motor.

En efecto, a partir de ahí la Wikipedia ya no sirve de nada. Es preciso echar mano de algunos buenos libros de Historia como “La cultura popular en la Europa Moderna” del historiador Peter Burke. En ella hay todo un capítulo donde se explica que esas gentes, los marinos de la era de la navegación a vela, pasaban la mayor parte de su vida trabajando embarcados en largas travesías, y así acababan, forzosamente, convirtiéndose en un mundo aparte con una cultura propia que se distanciaba, en ocasiones de manera abismal, con respecto a la de tierra firme que dejaban atrás durante meses, a veces años. Es así, según nos recuerda Peter Burke, cómo los marinos acababan, entre otras cosas, desarrollando un vocabulario propio que casi daba lugar a una lengua distinta a la que en origen hablaban esos mismos marinos antes de embarcar.

Nada de particular por otra parte en una época, la de la Europa anterior a la Revolución Industrial, en la que prácticamente cada oficio tenía su jerga particular, como nos recuerda también Burke.

Es de ahí, de ese estilo de vida peculiar, del que, en efecto, surgieron expresiones como “a palo seco” que luego los marinos exportaron, por así decir, al mundo que habían dejado atrás desde el momento en el que se embarcaban para largas expediciones, de meses, de años y, en muchas ocasiones, definitivas a causa de la precariedad de los medios con los que navegaban, que hacían sus singladuras aún más peligrosas que la de los marinos actuales.

En ese contexto tan peculiar es en el que debemos entender la expresión “a palo seco” para llegar a comprender todo su verdadero significado que, por cierto, no tenía nada de gracioso, a  diferencia de lo que nos puede parecer a nosotros hoy día.

Para eso es necesario también que nos aproximemos a unos peculiares documentos: los cuadernos de bitácora, la caja negra de aquellos navíos de vela en la que sus oficiales al mando anotaban todas las incidencias de sus viajes, que no eran pocas.

Empecemos por una bitácora sencilla, ya publicada por la editorial francesa Ginko en 2004 y además anotada y comentada por Philippe Fabry. Se trata de la del navío de guerra de Su Majestad Cristianísima Luis XIV Le Breton, enviado a las Indias Orientales en el año 1671 en una delicada misión diplomática, científica, militar… de esas que tanto gustaban a un rey Sol que, como él mismo reconoció en su lecho de muerte, amaba demasiado la Guerra y estaba por lo tanto necesitado de aliados imprescindibles. Ya fuera en la Corte de Madrid en el año 1700 o en el lejano reino de Siam.

El oficial al mando de ese navío, siguiendo la pauta estipulada para llevar esos diarios de navegación, escribe prácticamente día a día lo que les va a ocurriendo.

Es así como nos podemos enterar de qué significaba, realmente, llegar a la situación en la que era preciso navegar “a palo seco”.

Tomemos una entrada de la bitácora de Le Breton del momento en el que enfila la costa de África más allá del último puerto seguro en el archipiélago de las Canarias, cuando empezaba para todos esos barcos una navegación cada vez más peligrosa, especialmente en los momentos en los que se acercaban al Ecuador africano.

El mes es julio de 1671, el día 25. En esa fecha Le Breton se aproxima ya hacia el hemisferio sur y topa con vientos lógicamente invernales que son descritos en esa bitácora como variables y tormentosos y acompañados de un gran frío. Todo ello obliga a que el capitán que, es evidente, conocía bien su oficio de navegar en esos barcos que carecían de motor con el que controlar la nave más allá de vientos y corrientes, mandase recoger velas y mantener ese navío bajo su mando a la capa hasta las 8 de la tarde, dejando sólo la vela de mesana para impulsar el barco.

Esa navegación tan peligrosa en realidad no es nada comparada con otros pasajes más dramáticos de esa misma bitácora. De hecho, esa entrada señala que esas operaciones les han permitido avanzar 21 leguas marinas gracias a ese duro viento que ha obligado a amainar y rizar las velas del Le Breton para evitar que se partiesen los palos que sostenían el único medio de propulsión de esos barcos. Es decir, las numerosas velas que colgaban de ellos.

En efecto, un mes después, en agosto de 1671, Le Breton se mueve en aguas peligrosas. El 24 de ese mes lo primero que aparece como digno de anotar en esa bitácora es que un soldado de los que transporta el navío, de nombre Nicolas Bonin y natural de La Rochelle, cayó al mar a causa de un golpe dado con una de las velas mayores del barco. No se le pudo salvar.

Las circunstancias, realmente, no favorecían un rescate. El autor de la bitácora señala que Le Breton navega con un viento del norte duro, frío y acompañado de lluvias y brumas tal y como ha ocurrido desde el 19 de agosto. El mar se agita con una fuerza que el redactor de la bitácora califica de marea espantosa. Las olas que se levantan con ella sobrepasan incluso los palos más altos de Le Breton. Se intentará evitar que las velas cacen el viento por el peor lado, pero el oficial redactor de este documento reconoce que eso fue imposible y se debió continuar la navegación en unas condiciones en las que creyeron que, como mínimo, los mástiles principales del barco se partirían y caerían sobre cubierta…

Le Breton, finalmente, consiguió salvarse manejando las velas de tal modo que, con el palo lo más seco posible, el barco continuase su singladura sin naufragar.

Muchos otros navíos, muchos de ellos tripulados y pilotados por vascos, hicieron otro tanto en esa misma ruta, o en otras parecidas, en esa misma época o cien años después. Algunos de ellos anotaron en sus diarios de a bordo que, efectivamente, hubo ocasiones en las que fue preciso reducir la nave “a palo seco” para evitar que los mástiles saltasen hechos pedazos por la violencia de un mar tan enfurecido como el que describe el oficial al mando de Le Breton.

Ese fue el caso de Manuel de Agote y Bonechea, del que ya se ha hablado en estas páginas en otras ocasiones, que en 1779 seguirá esa misma ruta de Le Breton y verá, y tomará nota en una magnífica bitácora -hoy propiedad de la Diputación guipuzcoana- de lo que era capaz de hacer el invierno austral con un barco que, en puerto, parecía una máquina impresionante, como es el caso de la fragata Hércules en la que el viaja como agente comercial, zarandeándola como una simple cáscara de nuez, obligando a su experimentado piloto, Domingo Gorosarri, a manejar las velas de tal modo que los mástiles -los palos- no acaben convertidos en astillas, condenándolos, a quedar a la deriva o enfilados a un naufragio más que seguro en las costas africanas.

Dicho esto seguramente comprenderemos mejor, quizás, en una tremenda mañana de resaca, tanto qué significaba realmente la expresión “a palo seco” como las posibles razones por las que fue “importada” a tierra para describir, entre otras situaciones críticas, la de los valientes que se atrevían a beber alcohol de alta graduación sin rebajar, exponiéndose a ingratas consecuencias…

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Tras un largo puente… Síndrome postvacacional y falsos santos. Historia de “San Lunes”
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Carlos Rilova | 05-11-2012 | 12:01| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El estudio de las vidas de santos, la llamada Hagiografía, es una parte importante de la Historia. Especialmente para los teólogos o para los cada vez más escasos seminaristas. En la propaganda liberal -o revolucionaria, como se prefiera- esa clase de Historia, tan especial, se ha visto convertida en una de sus principales dianas, ya que esas vidas extraordinarias, llenas de sucesos también extraordinarios, conmueven especialmente los prejuicios laicos de ese sector de la opinión pública, transformando así esa disciplina, la Hagiografía, en algo que, para muchos ateos y agnósticos, no termina del todo de verse como una rama de la Historia como ciencia.

Al margen de la mayor o menor razón que pueda asistir a esa clase de reparos hay que decir que, realmente, la Hagiografía tiene unos cuantos flancos descuidados desde el punto de vista de los historiadores, esos tremendos pesados que -como ya habrán comprobado los lectores de esta página- siempre andan buscando a alguien que cometa errores de interpretación -o de algún otro tipo- con esa materia científica a la que ellos dedican sus vidas.

En efecto, la Hagiografía no parece haberse prodigado mucho en el estudio de los falsos santos de los que, según todos los indicios, hay más de uno que daría, además, para escribir unos cuantos centenares de páginas.

Como botón de muestra bastaría con recordar el caso de San Napoleón -que dejaremos para otro día- o el de San Guinefort, un santo bastante difícil de aceptar para la ortodoxia católica -incluso para la anglicana, más liberal- ya que Guinefort no era una persona sino… un perro.

No me voy a extender demasiado en su historia por dos razones. Una es que uno de nuestros colegas, el profesor Jean-Claude Schmitt, ya explicó todos los detalles de ese caso en un magnífico libro surgido, como no podía ser menos, de entre las filas de la llamada “Nueva Historia” que, recogiendo la antorcha prendida por Lucien Febvre y Marc Bloch entre las dos guerras mundiales, ha hecho avanzar a grandes pasos la investigación histórica. Sólo diré, a beneficio de los donostiarras que leen esta página, que ese falso santo medieval era invocado con una fórmula muy parecida a la que se utilizaba para pedir ayuda a San Bartolomé: “Saint Guinefort, ou la vie ou la mort”. Es decir, San Guinefort, o la vida o la muerte. Rima que, como es evidente, también casaba muy bien para pedir salud a San Bartolomé, tal y como, en efecto, se solía hacer.

La segunda razón para no contar mucho más sobre ese falso santo que fue el perro Guinefort, es que me quería centrar sobre otro falso santo que seguramente muchos desearían, a fecha de hoy, que existiese, tras un largo puente que para unos cuantos miles, probablemente, habrá durado unos quince largos días desde el 25 de octubre -día del Estatuto de Gernika- hasta el fin de estas fiestas de Todos los Santos.

El falso santo en cuestión no es ni siquiera un animal, como ocurría  en el caso de Guinefort. Ni siquiera un ser vivo. En una especie de “más difícil todavía”, en efecto, la cultura popular europea llegó a convertir en santo a un día. Concretamente al lunes, que pasó a ser “San Lunes”.

Ese santo, como los santos canónicos aprobados por las iglesias cristianas que mantienen ese tipo de culto -fundamentalmente la ortodoxa, la católica y la anglicana-, tuvo, por supuesto, sus devotos y sus invocaciones para las ocasiones de peligro.

Los devotos de San Lunes, fueron los siempre sufridos trabajadores a los que costaba mucho ponerse en marcha después de un día de fiesta -lo de los fines de semana de dos días es una adquisición relativamente reciente-, el domingo, único en el que se les permitía descansar por un temor muy extendido entre sus amos, propietarios, señores, en fin, jefes… a ofender a Dios no consagrándole un día de descanso tal y como estaba recogido en las Sagradas Escrituras. El historiador británico recientemente desaparecido Eric J. Hobsbawm decía algo de todo esto en uno de los muchos libros que dedicó al estudio de la clase obrera británica en particular y europea en general. En este caso se trataba de “Industria e Imperio”, donde recordaba como, aún a comienzos del siglo XIX, cuando ya ha empezado en Gran Bretaña lo que luego se llamará “Revolución Industrial”, los artesanos seguían considerando “santo” el lunes.

Las invocaciones a ese santificado lunes que nunca había sido aprobado por el Vaticano -ni, que se sepa, por Canterbury o por ninguno de los patriarcas ortodoxos- explican mucho de la clase de santo que era “San Lunes”.

Esa curiosa tradición se remontaba, si hacemos caso a otro gran historiador de la clase obrera, Edward Palmer Thompson, a principios del siglo XVII.

Al menos de 1639 es la copla que él recogía en uno de sus artículos publicado en España en una recopilación titulada “Tradición, revuelta y consciencia de clase” dotada, la copla, de unos versos que decían así:

“Ya sabes hermano que el Lunes es Domingo

El Martes otro igual;

Los Miércoles a la Iglesia has de ir y rezar;

El Jueves es media vacación;

El Viernes muy tarde para empezar a hilar;

El Sábado es nuevamente media vacación”.

Un mal comienzo, de semana y de todo lo demás, para los dueños, amos o jefes de esa fuerza de trabajo. Una sedicente semana laboral que, por otra parte, en 1681 demostraba haberse extendido e institucionalizado, como recoge también E. P. Thompson en ese libro, recordando las palabras de indignación de John Houghton ante esas jaculatorias pseudorreligiosas que se traducían en 1681, cuando él escribe ese -para nosotros- valioso testimonio, en que los calceteros raramente trabajaban los Lunes o Martes, pasando esos días en las tabernas o jugando a los bolos. Los tejedores, por su parte también pasaban los Lunes borrachos, los Martes con resaca y los Miércoles alegaban que tenían las herramientas estropeadas. Los zapateros, por su parte, se las apañaban según ese mismo testigo para hacer del Lunes un día festivo al estar consagrado a su patrón San Crispín, prefiriendo, decía Houghton, dejarse ahorcar antes que no declarar festivo ese día.

De hecho, el mismo E. P. Thompson recogía en su estudio muchos otros casos que demostraban que apenas había un sólo oficio que no hiciera honor a “San Lunes”: zapateros, sastres, carboneros, trabajadores de imprenta, alfareros, tejedores, calceteros, cuchilleros y, además, todos los “cockneys”. Esto es, los habitantes “castizos” del centro de Londres.

Aún durante las guerras napoleónicas un testigo se lamentaba de que en el Londres de la época, donde no escaseaba precisamente trabajo por la falta de brazos -empleados muchos de ellos en combatir a Napoleón en Europa- se seguía celebrando religiosamente “San Lunes” que, a su vez, era seguido por “San Martes”.

Thompson, siempre minucioso, recordaba, sin embargo, que a finales del siglo XVIII el gremio de cuchilleros de Sheffield -hoy todavía uno de los grandes centros de producción de esa mercancía- sufrió algunos percances por causa de esa devoción a “San Lunes” que aparecía recogida en una canción en la que la esposa de uno de ellos lo pillaba “Como en un buen San Lunes,/ Sentado al fuego de la herrería,/ Contando lo hecho ese Domingo/ Y conspirando en alegre regocijo”. Ociosa actitud que culminaba en una serie de improperios y amenazas de la mujer al marido devoto de “San Lunes” que acababan en negarle eso que púdicamente se suele llamar “débito conyugal”. Para siempre…

Unas invectivas que, sin embargo, no debieron ser tomadas muy en serio por ninguna de las dos partes implicadas, dada la buena salud que disfrutó “San Lunes” hasta incluso el siglo XX, tanto en la industria siderúrgica de Sheffield, que dedicaba los lunes a reparar la maquinaría, como en muchos otros centros de trabajo. Desde Inglaterra hasta México pasando por las minas de los Estados Unidos…

Y así podríamos seguir hablando de este santo que no era ni siquiera una persona durante mucho más tiempo, acompañados de historiadores tan brillantes como E. P. Thompson, pero, vaya, hoy, precisamente, es Lunes y, como historiador coherente consigo mismo sólo me queda hacer algo más por mantener viva una bonita tradición a la que aferrarse en caso de síndrome postvacacional, aparte de resumir lo que se sabe de ella en este artículo. Es decir, predicar con el ejemplo y decir “Feliz San Lunes a todos” y decidir que, por hoy, ya es bastante y hacer, por lo menos, “media vacación”, como si ya fuera Jueves, que es lo que, de seguro, estarán haciendo ya muchos otros -con mayor o menor disimulo- sin siquiera haber leído estas páginas.

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Cuando las brujas todavía daban miedo. Un recuerdo para la noche de Todos los Santos -hoy “Halloween”- en el cuarto centenario del proceso contra las brujas de Hondarribia (1612-2012)
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Carlos Rilova | 29-10-2012 | 12:05| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El artículo de esta semana nació de un modo digno de la materia de la que voy a  hablar. Es decir, con ciertas sorpresas inesperadas, surgidas de un horizonte más o menos anodino, tranquilo, rutinario, que trastornan esa cotidianeidad con noticias electrizantes. Fue el 24 de octubre. Ese día, el que esto firma había ido a Hondarribia para preparar los detalles de la presentación de un libro sobre Brujería que se publica bajo eso que antes llamaban los “auspicios” del Ayuntamiento de esa ciudad.

Eso me llevó al despacho de la archivera municipal, que, lógicamente, es una de las partes más interesadas en esa publicación y quien, justo es reconocerlo, más ha hecho para que “La Brujería en Hondarribia (1611-1826)” pasase de ser la tesina de doctorado del que estas líneas escribe a convertirse en un libro que ya pueden encontrar, valga la redundancia, en las librerías y que se presentará oficialmente este 8 de noviembre en el Ayuntamiento de esa ciudad, Hondarribia, que fue el escenario de uno de los episodios más llamativos -aunque paradójicamente menos conocidos- de la oscura Historia de la Gran Caza de Brujas europea que abarcó, más o menos, desde el siglo XIV hasta algunos últimos -y aislados- estertores a finales del XVIII.

Durante esa entrevista para preparar los arreglos de lo que se iba a hacer este 8 de noviembre para dar existencia ya oficial a ese nuevo libro sobre la Historia de la Brujería en Hondarribia y otras zonas del País Vasco, la archivera me comentó los últimos hallazgos obtenidos de sus últimos sondeos en los ricos fondos históricos que custodia.

En este caso los hallazgos no podían ser más oportunos. Se trataba de cuestiones recogidas en las actas municipales de ese Ayuntamiento en el año 1611, justo en el momento en el que la epidemia de pánico provocada por las investigaciones de Pierre de Lancre en la provincia vasco-francesa de Laburdi empieza a traspasar la frontera de los Pirineos, y también la del Bidasoa, haciendo que el miedo a las brujas -y brujos, que también los había- prenda como una chispa en medio de hierba seca…

Cualquiera que haya leído libros de Historia tan fascinantes -sí, créanme, los hay- como “Brujería vasca” de Julio Caro Baroja o “El abogado de las brujas” de Gustav Henningsen, quizás piense que poco hay ya que descubrir -o decir- sobre brujas vascas de principios del siglo XVII y menos aún sobre las que fueron acusadas en Hondarribia en el año 1611 y cuyo proceso se arrastró hasta bien entrado el año de 1612.

De hecho, uno de los documentos del Archivo de la Inquisición que utilizó con más profusión el mencionado profesor Henningsen para escribir “El abogado de las brujas”, fue el contenido en el legajo 1679 de ese depósito bajo el nombre de “Informe de Fuenterrabía”, que es como se conocía en la época a la actual Hondarribia.

Sin embargo, en Historia siempre es preciso rendirse ante las evidencias. Así, hay que constatar que, en efecto, el Archivo Municipal de Hondarribia, como no podía ser menos, y era lógico suponer, guarda todavía unas cuantas sorpresas inéditas sobre aquel turbio asunto que, quizás, debería ser mejor conocido y más considerado entre las Historias de la Gran Caza de Bujas europea, puesto que es uno de los primeros y más completos ejemplos de cómo esa especie de locura colectiva que atormenta a Europa entre los siglos XIV y XVIII, es frenada en seco por la determinación de un hombre -Alonso de Salazar y Frías- que, fiel a las ideas de la Nueva Ciencia que en esas mismas fechas están exponiendo hombres como sir Francis Bacon, se niega a aceptar cosas tan inverosímiles como que se puede volar por los aires con la sola ayuda de un ungüento aplicado en ciertas partes del cuerpo. O que determinadas catástrofes naturales -rayos, aguaceros…- han sido causadas por personas que, en realidad, no parecen tener ninguna clase de poder especial otorgado por pacto alguno con el Diablo, pues de otro modo difícilmente se puede entender la situación social y económica, bastante penosa, en la que se encontraban muchos de esos presuntos brujos…

En efecto, pese a todo, pese a los buenos oficios de grandes historiadores como Julio Caro Baroja o Gustav Henningsen, los documentos de los que hablé con la archivera de Hondarribia estaban ahí, describiendo, palabra a palabra, con toda claridad un hecho fundamental en la Historia de la Gran Caza de Brujas europea, pero que muchas veces pasa desapercibido en libros sobre ese tema como el que se presenta este 8 de noviembre.

Es decir, en esas actas están recogidos los primeros pasos, los primeros indicios, del pánico que se extendía en las poblaciones donde luego se iba a dar un proceso por Brujería -más o menos sonado- que, salvo excepciones -como es el caso de la magnífica obra de los profesores Boyer y Nissenbaum sobre el caso de Salem en 1692- es casi la única documentación que se acaba manejando para escribir libros de Historia sobre Brujería como el que acaba de firmar el historiador que también firma este artículo.

Esos documentos son apenas unas pocas líneas, unos párrafos en unos cuantos folios, pero realmente el hallazgo debido a los buenos oficios de la archivera de Hondarribia merece que se haga siquiera un primer esbozo de ellos en estas páginas, mientras esperan su turno para entrar en nuevas obras sobre la Historia de la Brujería con la importancia que se merecen.

Lo que se describe esas actas de la sesión del Ayuntamiento de Hondarribia a finales de la primavera de 1611, surge, de un modo que puede parecer sorprendente, de la rutina del gobierno municipal de una población como esa. Hay muy pocas cosas que distingan esas deliberaciones de otras muchas, miles, que los sucesivos Ayuntamientos de Hondarribia, elegidos año a año, llevarán a cabo para hablar sobre pesas y medidas, comercio, limpieza y alumbrado de las calles y todas esas cosas tan aburridas pero tan necesarias para que una comunidad humana -del siglo XVII o del XXI- sea más o menos viable.

Sin embargo, desde los primeros compases de esa reunión, los capitulares saben que uno de los asuntos de lo que se va a tratar es extraordinario y grave. Sus palabras no tienen nada de rutinario y, por sí solas, ya dan una idea de que es lo que está ocurriendo en un lugar conocido y real -Hondarribia- y en una fecha clara, administrativamente, bien identificada. En efecto, las actas dicen que, reunidos esos magistrados municipales un miércoles 4 de mayo de ese año de 1611 en la sala de Ayuntamiento de la que el documento llama “muy noble y leal villa de fuenterrauia”, y después de tratar de asuntos algo burocráticos como las medidas administrativas que se debían tomar para que no llegasen vinos de Burdeos mientas se cosechaba el chacolí del país -o sobre los árboles que se podían cortar dentro de los viveros de propiedad municipal-, los capitulares escucharon a uno de ellos, el capitán Miguel de Yçaguirre, jurado mayor de ese Ayuntamiento, que les expuso que “Algunas mugeres forasteras de françia que Heran brujas” habían embrujado “Algunas creaturas” en Hondarribia. De donde se seguía, según el capitán, un gran daño contra la fe católica, contra Dios y contra la población que ellos gobernaban en ese año de 1611. Motivos más que suficientes para que él pidiera a su gobierno municipal lo que el documento llamaba “el remedio del caso”…

Con esas sencillas pero a  la vez terribles palabras, pronunciadas un 4 de mayo de 1611 en un Ayuntamiento con varios asuntos que despachar, había quedado sembrado en esa comunidad tan típica, en muchos aspectos, de la Europa de comienzos del siglo XVII, sino el pánico sí una cierta desazón, un vago temor que lleva a los capitulares que han escuchado al capitán Yçaguirre a enviarlo a San Sebastián para que allí consultase con el abogado que se encarga de los asuntos judiciales de Hondarribia y que éste les diera su opinión sobre cómo se debía proceder ante semejante caso.

Una vez recibido ese informe del especialista en Leyes, los dos alcaldes que gobernaban la villa en esas fechas decidirían cómo actuar contra los que fueran declarados culpables de ese pecaminoso delito de Brujería, si bien esas actas ya avanzaban que se debería castigar “con grande rigor” a las presuntas brujas, y brujos, si los hubiere, ya que ese documento utiliza ese género masculino para hablar de los más que probables acusados…

Resulta difícil determinar hasta qué punto penetró entre los encargados de dirigir Hondarribia aquel año de 1611 el temor, el desasosiego, ante la constatación de que allí, como en muchas otras poblaciones europeas, habían aparecido algunas mujeres que podían ser brujas entre el vecindario de esa población apiñada dentro y alrededor de una importante fortaleza fronteriza.

Las actas municipales conservadas en el Archivo de Hondarribia permiten, sin embargo, hacerse una idea de cuál podía ser su estado de ánimo. Durante más de un mes el caso se estuvo investigando. Para principios de junio la instrucción estaba concluida, dando lugar a un proceso que fue manejado en su día por Juan Arzadun y Julio Caro Baroja para escribir sus respectivos trabajos sobre aquel asunto de las brujas de 1611. No era un tiempo demasiado corto ni demasiado largo para juzgar un caso de aquella magnitud, sin embargo parece que no había sido bastante para los magistrados que gobernaban Hondarribia en esas fechas.

Así es, las actas de ese Ayuntamiento del 12 al 15 de junio de 1611, hablan de que el proceso está concluido, pero todo en ellas apunta a que ese tribunal municipal no termina de atreverse a tomar medidas drásticas contra los que han sido declarados brujos entre sus vecinos, reconociendo haber apostatado de la fe cristiana. Algo muy llamativo frente a otros tribunales similares -por ejemplo los de muchos territorios alemanes- muy dados a emplear a fondo y con generosidad la horca y la hoguera para librarse de esos supuestos adoradores del Diablo que normalmente llamamos “brujos”.

El Ayuntamiento de Hondarribia, en efecto, decide, casi parece que con alivio, enviar dos mensajeros a la villa navarra de Santesteban, donde en esos momentos el que Gustav Henningsen llamará en su día “el abogado de las brujas”, el licenciado Alonso de Salazar y Frías, trata de poner orden en el caos de acusaciones de Brujería desatado en el norte de Navarra a partir de 1609.

La respuesta de ese que el documento llama “señor inquisidor” recogida en esas actas, es cortés. Salazar y Frías asegura que, tal y como le han pedido el día 13 de junio esos emisarios de Hondarribia, irá allí a indagar sobre el caso, pero en esa carta también se prefigura ya la doctrina que finalmente adoptará ese, por otras razones, terrible tribunal de la Inquisición, tan extraña en una Europa en la que se exalta la Ciencia en boca de sir Francis Bacon, Gassendi o Descartes, pero al mismo tiempo se cree, o parece que se cree, en brujas. Así es, Salazar ya da a entender a los magistrados de Hondarribia que tales seres como las brujas no existen, y para disipar todo miedo o duda al respecto, al señor inquisidor le bastaba en esos momentos con que los acusados de tales cosas como volar por los aires, fabricar ungüentos mágicos, dirigir  rayos contra casas y cosechas o tormentas contra barcos -todo ello gracias a un presunto pacto con el Diablo-, hicieran pública sumisión a la fe cristiana en el plazo de seis meses, acogiéndose a lo que el documento llama “Edicto de Gracia”…

Con esto, según todos los indicios, muchos temores a la existencia de presuntas brujas quedaron disipados en Hondarribia. Las acusadas ante aquel tribunal fueron tan sólo desterradas de la población, junto a muchos otros franceses que vivían allí y a los que ese Ayuntamiento, tan atribulado, consideraba sospechosos de extender sino una Brujería diabólica que la Inquisición les venía decir que no podía ser real, sí, al menos, un clima de cierto miedo y sospecha entre sus vecinos, pese a que algunos de ellos -por ejemplo varios soldados de la guarnición y otros tantos molineros- no habían dudado unos en casarse con mujeres de ese origen y los otros en tener sirvientes franceses que ahora debían despedir en el plazo de dos semanas…

A modo de conclusión de todo este asunto, si queremos, podemos considerar que esa calmada determinación de Salazar y Frías en 1611, reduciendo la creencia en brujas a poco más que una farsa, como se puede ver gracias al caso de Hondarribia, fue, entre otras razones de más peso, el origen remoto de esa costumbre tan curiosa de celebrar hoy la Fiesta de Difuntos demostrando que las brujas ya no nos dan ningún miedo, tal y como sí ocurría hace ahora 400 años.

Sin duda algo sobre lo que reflexionar en estos días de fiesta que se avecinan. Quizás con la “Brujería vasca” de Caro Baroja o “El abogado de las brujas” de Gustav Henningsen cerca, o, tal vez, paseando por las calles de Hondarribia con otros libros que hablan de esa oscura materia también al alcance de la mano, antes de pasarse por el Festival de cine de terror de San Sebastián o de preparar el disfraz de bruja, brujo, zombi o vampiro para acudir a la fiesta de Halloween más próxima.

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“Euskadi ez da Eskozia-Escocia no es Euskadi”. Del Tratado de la Unión Británica a las elecciones vascas (1707- 2012)
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Carlos Rilova | 22-10-2012 | 11:03| 0

Por Carlos  Rilova  Jericó

Hoy, día de resaca electoral tanto en el País Vasco como en Galicia, quizás sea un buen momento para pararse a pensar acerca del auge de proyectos independentistas calentados durante semanas -algo verdaderamente extraordinario en el mundo de las noticias, que suelen caducar a los pocos días- por los constantes desafíos lanzados desde Cataluña contra Madrid y animados -según parece- por la convocatoria de un referéndum en Escocia acerca de su posible separación de Inglaterra.

Es difícil saber, a fecha de hoy, qué clase de quiniela electoral triunfará en el País Vasco. Todo apunta, tal y como revelaban las encuestas electorales previas, que, al menos por esta vez no se han equivocado, que es muy probable un gobierno del PNV… ¿en coalición con el PSE?, ¿o tal vez con Eh Bildu?. Hoy 22 de octubre de 2012, sigue siendo una incógnita cuál será el verdadero color del nuevo gobierno vasco.

Eso, naturalmente, abre la puerta a algunas preguntas acerca de lo que podría hacer ese gobierno cuya llave parece tener en las manos el Partido Nacionalista Vasco. ¿Iniciará una deriva parecida a la de Artur Mas en Cataluña, tratando también de justificar esa decisión en base a la reclamación de secesión escocesa para 2014?.

Hemos oído y visto durante toda la campaña alguna que otra insinuación, sotto voce las más de las veces, de que algo así se podría plantear en Euskadi. Unos para agitar la bandera del miedo ante una posible ruptura de España y, sobre todo, ante el comienzo de una aventura independentista que, de momento, no se sabe ni dónde empieza ni dónde termina y que años atrás mermó considerablemente el número de votos que antes solían dirigirse, invariablemente, hacia el Partido Nacionalista Vasco. Otros han agitado esos ecos escoceses tal vez tratando de galvanizar en su favor a un electorado favorable, pese a todo, a esa aventura.

Hablando desde el punto de vista estrictamente histórico quienes animan desde las tribunas electorales esas esperanzas deberían ser muy cuidadosos. A medio plazo podrían crear una oleada del más amargo -y seguramente vengativo, electoralmente hablando- desengaño entre las filas de los que han prestado oídos a esas propuestas de independencia siguiendo lo que, más o menos, se podría llamar “modelo escocés”.

Y es que, como suele ser bastante habitual, tanto en Cataluña como en el País Vasco, da la impresión de que quienes hablan desde las tribunas políticas de reeditar en esos territorios un esquema similar al que está siguiendo Escocia, hablan desde el desconocimiento histórico más absoluto acerca de lo que podríamos llamar  “problema escocés”.

En efecto, sólo para empezar la petición de referéndum de Escocia se basa en un tratado entre dos naciones soberanas que en 1707 decidieron formalizar de derecho una unión de hecho que se había formalizado a través -como solía ser habitual en la época- de tener sentada tanto en el trono de Inglaterra como en el de Escocia a una misma dinastía. En ese caso la de los Estuardo, que ocupan el trono inglés con Jacobo I a la muerte sin descendencia de Isabel I, aquella reina pelirroja que tantos quebraderos de cabeza mutuos se dio con su antiguo novio, Felipe II de Austria, rey de España y de las Indias.

No hace falta recurrir a exóticos documentos -que los hay, como se demuestra con sólo echar un vistazo a, por ejemplo, los fondos de la British Library- para saber que en la práctica esa Unión de 1707 bajo tratado entre Inglaterra y Escocia convenientemente sellado y archivado, fue un asunto muy complicado y en el que una de las dos partes, Escocia, salía perdiendo.

Para eso basta con echar mano a un simple manual sobre la Historia de Escocia como el detallado estudio del profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas español Luis Moreno, titulado “Escocia, nación y razón”.

En él podemos apreciar, rápidamente, que la unión entre ambos estados a comienzos del siglo XVIII no era algo que entusiasmase, precisamente, ni a escoceses ni a ingleses, que, en consecuencia, si se llevó a cabo esa unión tras la firma de un tratado entre ambas partes fue, sobre todo, porque los lores espirituales y temporales escoceses, así como los  comunes, representados en el Parlamento escocés, estaban deseosos de prosperar en Londres. Empezando por un bonito escaño en el Parlamento de Westminster. A lo cual habría que añadir que, como señala Luis Moreno en su libro, los reyes ingleses habían hecho, además, una, a veces, muy sucia campaña contra los intereses económicos de Escocia para, digamos, ablandar las posibles reticencias de la parte más decisiva de la población escocesa a la unión entre ambos reinos.

Ese fue el caso de la colonia de Darién, fundada en 1698 en tierras de la actual Panamá por inversores organizados en torno al recién nacido Banco de Escocia. Los ilusionados inversores descubrieron pronto que Guillermo de Orange (rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda gracias a la llamada “Revolución gloriosa” del año 1688, con la que derroca a su suegro Jacobo II a petición de la nobleza y burguesía británicas, molestas por el criptocatolicismo de ese rey), los iba a abandonar a su suerte ante los españoles que, lógicamente, no tardaron en reclamar que ese asentamiento colonial escocés se había realizado en tierras de su católica majestad, Carlos II de Austria.

Guillermo, con muy buen criterio, obedeció las sugerencias que le envió la corte de Madrid a ese respecto y prohibió a sus súbditos de ambos lados del Atlántico que facilitasen ayuda o recurso alguno a los colonos escoceses de Darién. El resultado fue un auténtico descalabro para el Banco de Escocia y para los magnates y burgueses de esa nacionalidad que habían invertido en esa operación que hoy día aún es recordada en el mundo de habla inglesa como el desastre de Darién.

En descargo del “rey Billy” se puede decir que no estaba en disposición de desafiar los deseos de la corte española, aliado fundamental en la guerra a escala mundial que en esos momentos libra Inglaterra contra los proyectos de hegemonía de Lis XIV, pero, en definitiva, al margen de oscuras aventuras como la de Darién, está claro que Guillermo de Orange tenía una firme voluntad de presionar a las élites escocesas para que aceptasen un tratado de unión con Inglaterra.

Fue por ese camino por el que se llegó finalmente a redactar ese tratado de unión de los dos reinos que, pese a los disturbios que prenden en buena parte de Escocia por esta causa, creyendo muchos escoceses que se les “vendía” a Inglaterra con él, fue firmado y puesto en vigor a comienzos del año 1707.

Como podemos descubrir si seguimos leyendo el ya citado libro del profesor Moreno, “Escocia, nación y razón”, ese tratado tuvo una larga aunque muchas veces infeliz Historia de más de tres siglos.


Sin embargo, funcionó. Escocia, pese a haber sido la perdedora en el negocio político sellado tras la firma de ese tratado desigual, empezó a ver a lo largo del siglo XVIII y, sobre todo, del XIX, que la unión con Inglaterra resultaba de lo más conveniente al obtener, después de todo, libre entrada a un cada vez más vasto imperio colonial en el que colocar sus excedentes de población -fundamentalmente los generalmente despreciados highlanders, la mayoría pobres de solemnidad que no tenían ni para vestir con calzones- y la producción de la creciente industria radicada en las Midlands y las Downlands.

La archiconocida obra literaria de Robert Louis Stevenson, magnífico representante de la burguesía de las Tierras Bajas escocesas de finales del siglo XIX, es un perfecto resumen del ambivalente sentimiento escocés frente a la unión con Inglaterra. Por un lado hay novelas como “Secuestrado”, “Catriona” y, sobre todo, una verdadera obra maestra como “El señor de Ballantrae”, en la que se respira una leve nostalgia por lo que pudo ser y no fue tras la derrota del último levantamiento jacobita -el de 1745- que ha quedado archivado, erróneamente, en la memoria colectiva de cierto sentimiento independentista escocés como el momento en el que la independencia escocesa respecto a Londres se descalabra de modo más o menos definitivo.

Por otro la verdadera gran obra maestra de Stevenson, “La isla del tesoro”, es todo un canto a la Gran Bretaña felizmente unida que prospera haciéndose dueña de los mares y de todo lo que hay en ellos, barriendo los últimos vestigios de una Piratería que empieza a resultar más que molesta.

Ahora parece que ese débil equilibrio en el alma escocesa entre la nostalgia por la independencia de Londres y el balance económico altamente positivo del tratado de la Unión, tan bien representado en las novelas de Stevenson, se está inclinando en favor de la ruptura de ese tratado. Es difícil saber qué puede pasar a ese respecto y sí a partir de ahí Escocia entrará a formar parte de la Unión Europea como nuevo estado miembro a partir de 2014. El profesor Luis Moreno ya señalaba en “Escocia, nación y razón” que en esta historia de más de trescientos años, las autoridades inglesas han sido especialistas en, por así decir, marear la perdiz y, aprovechándose de la debilidad del sentimiento independentista escocés, incapaz de unirse, bloquear hasta sus demandas de perfil más bajo. Como la Devolution, reclamada, y obtenida, por otro referéndum celebrado en 1979 y que, en realidad sólo era una petición de descentralización. O como decimos por aquí, de autonomía.

En última instancia, como nos recuerda el profesor Moreno, el que desde 1707 es el único parlamento británico, el de Westminster, tiene en sus manos la baza definitiva: es el representante de la voluntad popular tanto de Escocia como de Inglaterra por medio del Acta de Unión de 1707 y por tanto puede invalidar cualquier demanda que contravenga ese tratado…

Ante un complejo panorama como éste, evidentemente, resulta poco prudente hacer castillos en el aire con proyectos que se inspiren en esa demanda de referéndum hecha por cierta parte de la opinión pública escocesa.

Como acabamos de ver, esa reclamación se basa en un tratado internacional, real y sólido, escrito, sellado y firmado por ambas partes -algo de lo que se carece, por completo en Euskadi y en Cataluña-, que puede, por tanto, denunciarse por una de las dos partes, aunque, como vemos, dada la correlación de fuerzas existente entre Inglaterra y la parte de la opinión pública independentista de Escocia, las posibilidades de que eso ocurra son más teóricas que reales, sin necesidad de salirse del marco estrictamente legal por parte de Londres, recurriendo, por ejemplo, otra vez a emboscadas como la del asunto de Darién de la que he hablado antes.

Por otra parte no estará de más recordar que, el ejemplo escocés de unión previa seguida de posible ruptura por la vía legal del Derecho Internacional como la que ahora parece haberse propuesto, tiene toda una serie de rincones muy oscuros que deberían tener presentes tanto los que traen a colación ese ejemplo escocés en mítines y otras tribunas políticas, como, sobre todo, quienes están dispuestos a seguir esa consigna: a partir de 1746 los herederos directos de los jefes de los clanes de las Tierras Altas escocesas, admitiendo su derrota militar ante la coalición angloescocesa favorable al rey sentado en el trono de Londres y, por tanto, al Tratado de 1707, se sumaron de manera entusiasta a las ventajas económicas que ofrecía esa unión con Inglaterra y su creciente imperio colonial. Una de las primeras medidas que adoptaron fue la que se ha llamado “Highland clearances”. Es decir, libremente traducido, “La “limpia” de las Tierras Altas”.

Un fenómeno crudamente descrito por el historiador escocés John Prebble en una obra titulada así precisamente, “The Highland clearances”, que se concretó en la expulsión de sus tierras de cientos de familias que hasta esos momentos habían seguido fielmente a esos mismos “chieftains” que, tras la derrota de 1745, se desentendían de ellos y se amoldaban rápidamente a la explotación industrial de tierra y ganado por la que tantas ventajas se les ofrecían en Londres, dando así, después de todo, por completamente prescindibles a aquellos “truaghain” -en gaélico, algo así como “pobres desgraciados”- que, sin siquiera tener dinero para hacerse un traje decente, con casaca y, sobre todo, calzones, los habían seguido ciegamente -salvo los que habían sido obligados, que también los hubo- en 1745 a la última rebelión militar contra aquel tratado de la unión firmado en 1707…

Un hecho histórico éste de la “limpia” de las Tierras Altas escocesas tras la derrota jacobita de 1745 por los herederos de los mismos que habían alentado a esa rebelión a los perjudicados por dicha “limpia”, que debería hacer que nos alegrásemos de que, después de todo, Euskadi no sea, en cuestiones como la del Tratado de 1707, como Escocia y que, por si acaso, deberíamos tener muy presente en los próximos meses, si es que oímos algo sobre posibles referéndums “a la escocesa” en Euskadi…


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¿Día de la Hispanidad?, ¿Día del Descubrimiento?. Notas sobre una Historia mal aprovechada (1492-2012)
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Carlos Rilova | 15-10-2012 | 10:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Probablemente las razones profundas que nos han permitido disfrutar de un puente tan bien colocado como el que acabó ayer, no son demasiado bien conocidas. Con todo lo que tiene que ver con la Historia, normalmente, suele ocurrir así.

Así es, si, hoy por hoy, hay una fiesta cuyos motivos históricos sean más desconocidos y confusos, quizás esa es la que celebramos el 12 de octubre de cada año. Algunos, muy probablemente, la identificarán con las fiestas patronales de Zaragoza, dedicadas a la Virgen del Pilar. Los telediarios, en general, se han encargado de reforzar esa idea metiendo el asunto en sus escaletas de la semana pasada. Habrá otros que, tal vez, recuerden que todo esto tiene que ver con Colón, con el Descubrimiento de América…

Es posible incluso que, entre los más mayores, eso del “Día de la Hispanidad”, que aún se oye por ahí, en algunas emisoras de radio y televisión, periódicos, etcétera, sin duda despertará resonancias de antiguos recuerdos. Tal vez no demasiado agradables para muchos.

Fuera de las fronteras españolas, hasta que se demuestre lo contrario, habrá que perder toda esperanza -como en el Infierno de Dante- de que se sepa las razones por las que en España se hace fiesta el 12 de octubre. Pensando mal, es posible que algunos periódicos alemanes afines a la CDU de la canciller Merkel aprovechen la circunstancia para remachar la idea de que en ese país -España- hay demasiadas fiestas, reforzando así el argumento con el que se explica toda una profunda crisis económica. Una explicación unívoca, interesada y reduccionista que, bien mirada, no deja de tener mérito. No tanto por su veracidad como por la eficacia con la que les está funcionando a los interesados en difundir esos argumentos…

Ese panorama puede resultarnos un tanto desolador, pero como cualquier hecho histórico -ya sea el Descubrimiento de América o la manera en la que es recordado hoy día- tiene una perfecta lógica.

En este caso, como en el del rampante sentimiento independentista en Cataluña del que me ocupaba -y seguro que no por última vez- en esta misma página el 17 de septiembre, una de las razones principales para que las cosas estén así, tiene que ver con la desastrosa política cultural con la que se ha manejado el recuerdo colectivo, en fin, la Historia, de esa entidad llamada “España” durante bastantes años.

Así es, las celebraciones del día 12 de octubre resultan sencillamente paupérrimas comparadas con la dinámica que utilizan otros países como Francia o Estados Unidos para recordar y celebrar la fecha de su fiesta nacional el 14 y el 4 de julio respectivamente. Fechas que, por otra parte, como habrán notado, son conocidas tanto fuera de las fronteras de Francia como de las de Estados Unidos, en tanto que la del 12 de octubre apenas dice algo a alguien, probablemente ya ni siquiera en Sudamérica, principal parte interesada en ese asunto junto con España.

Algo que no deja de ser verdaderamente chocante teniendo en cuenta que lo que ocurrió el día 12 de octubre de 1492 es el descubrimiento de todo un continente y con él -genocidios y expolios a gran escala a los originarios del mismo aparte- se confirman toda una serie de grandes avances científicos en navegación, cosmografía etc… Algo casi tan relevante como las dos revoluciones, la de 4 de julio de 1776 y la de 14 de julio de 1789, que dan origen a nuestro mundo actual y a las fiestas nacionales de Estados Unidos y de Francia.

Bien, pues ni por esas, como se suele decir. Año tras año, régimen tras régimen -monarquía parlamentaria entre 1876 y 1923, dictadura “light” primorriverista de 1924 a 1931, Segunda República entre 1931 y 1939, dictadura autocrática entre 1939 y 1975 y, nuevamente, monarquía parlamentaria entre 1977 y 2012- no parece haber habido manera de poner en valor un hecho histórico como el que se pretende celebrar cada 12 de octubre y que -es o debería ser evidente- está, o puede estar, a la altura de los que se conmemoran el 4 y el 14 de julio.

Para empezar el nombre que se eligió para identificar esa efeméride del 12 de octubre a comienzos del siglo XX, el de Fiesta de la Hispanidad, no parece haber sido la mejor idea para poner de relieve lo que se llevó a cabo en 1492.

En efecto, lo más apropiado hubiera sido haber hablado de Día del Descubrimiento -y no de la Hispanidad- teniendo en cuenta que esa confirmación de los cálculos náuticos de Cristóbal Colón era, aparte de un gran paso para la Humanidad en materia cosmográfica y en el conocimiento del planeta, la llave que abría la puerta a territorios que en los momentos en los que se opta por aquello de “Día de la Hispanidad” -hacia 1918- no eran ya legalmente parte de esa Hispanidad sino del mundo anglosajón: Nuevo México, California, Oregón, Texas, Luisiana…

Ese mal punto de partida desdibujaba, efectivamente, el verdadero alcance  de lo que se hace en el año 1492, lo descontextualizaba históricamente, lo desvirtuaba y, finalmente, tal y como hemos podido ver hace tres días, lo desvanecía hasta convertirlo en un mero día de fiesta de un estado de la Unión Europea -y poco más- en el que apenas se sabe, ni dentro ni fuera de las fronteras del mismo, lo que se está celebrando exactamente.

Un error éste del nombre de la fiesta que no corrigieron ni mejoraron, en absoluto, las políticas culturales supuestamente organizadas desde, como mínimo 1892, para rememorar y poner en valor ese acontecimiento capital en el desarrollo de la Historia humana, como lo fue ese descubrimiento de América, que confirmaba -hay que insistir en esto- las nuevas teorías científicas en las que se iba a basar el posterior desarrollo de la sociedad tecnificada en la que, con todos sus pros y contras, vivimos hoy día.

Así es. Desde los primeros años del siglo XX se ha perdido, una y otra vez, la oportunidad de recordar que la travesía de Cristóbal Colón, financiada por las coronas de Aragón y Castilla formando ya el embrión básico de España como estado moderno -como los de Inglaterra o Francia-, abre la llamada Era de los Descubrimientos, que permiten ahondar en el conocimiento del Planeta, cartografiarlo, describirlo y, en definitiva, ubicar de un modo más exacto esa Nave-Tierra en la que transcurre la Historia de todo el género humano.

Un período histórico este de la Era de los Descubrimientos en el que, aparte de arrasar civilizaciones como la azteca o la inca en nombre de esa nueva civilización europea basada en la ciencia y en la superioridad tecnológica, se levantará un detallado mapa del globo terráqueo gracias, principalmente, al viaje de circunnavegación emprendido en 1519 por el portugués Fernando de Magalhaes -españolizado como Magallanes al recibir esa naturaleza de manos del emperador Carlos V-, los de John Cabot o Jacques Cartier en ese mismo siglo XVI,  y los que los continúan sobre todo en el siglo XVIII con nombres como los de Bougainville, Jorge Juan, Ulloa, Alejandro Malaspina y el más famoso de todos ellos, con razón o sin ella, James Cook.

Una relevancia histórica evidente que, sin embargo -en esto también hay que insistir- no se ha hecho nada por destacar, por poner en valor…

Queda muy poco tiempo -siete años- en términos de celebraciones históricas para el quinto centenario del comienzo de ese viaje de circunnavegación iniciado por Magallanes en 20 de agosto de 1519, que fue heredero directo del culminado el 12 de octubre de 1492. En ese tiempo pueden pasar muchas cosas y se pueden hacer también muchas otras.

La más interesante y conveniente de todas ella -quizás la más saludable sociológicamente hablando- sería poner en práctica una política cultural en la que se pusiese en su verdadero valor histórico ese acontecimiento y el que le da origen con la culminación de la travesía de Colón el 12 de octubre de 1492.

Debería ser una política de divulgación que, desde luego, no se dedicase, por ejemplo, a pasar celuloide rancio como “Alba de América” -una película que, hoy por hoy, no se debería programar sin un debate serio en el que, como mínimo, participasen expertos de la talla del profesor Santiago Juan Navarro-, creyendo que con eso se ha hecho una gran gesta patriótica -como parece haber sido el caso de cierta televisión este 12 de octubre- sino que, por el contrario, hiciera todos los esfuerzos posibles para -como se hace con las fechas del 4 y 14 de julio- tratar de que el significado histórico profundo del 12 de octubre de 1492 y todo lo que vino después -especialmente la circunnavegación-, fuera recordado en todo momento oportuno. En libros, en cómics, en películas, en series de televisión… y no sólo con congresos o conmemoraciones gigantescas -como la de quinto centenario de 1992-, en laS que se concentran todos los esfuerzos en unos pocos años para, antes y después de ellos, no hacer nada. Especialmente después, cuando el empacho de información sobre el acontecimiento en  cuestión, acaba por hacerlo casi aborrecible. Como bien sabemos que ocurrió en el caso del quinto centenario del Descubrimiento de América.

Tenemos ejemplos muy a mano. La explotación del segundo viaje de circunnavegación mundial, llevado a cabo por sir Francis Drake es un caso perfecto de recuerdo constante -prácticamente 24 horas al día durante 365 días al año-, estudiado, difundido, rememorado, perpetuado, desde distintos ángulos y por distintos medios y personas, a diferentes niveles -desde los cuentos para niños hasta películas- de esa travesía histórica que -eso debemos tenerlo muy claro- siempre estuvo por detrás de la iniciada por Magallanes en 1519.

De no hacerlo así seguramente tendremos muchas ocasiones de lamentarnos por esa falta de método. Y de ello seríamos especialmente culpables los guipuzcoanos, especialmente los historiadores, ya que entre nosotros vivieron nada menos que cuatro de las personas más destacadas -lo cual no quiere decir, por razones obvias como las que aquí he comentado, más conocidas- de esa Era de los Descubrimientos iniciada y confirmada con la arribada a América del 12 de octubre de 1492: Juan Sebastián Elcano, último oficial superviviente de la expedición de Magallanes y encargado de culminar la travesía, y Andrés de Urdaneta, Domingo de Bonechea y Manuel de Agote, estos tres últimos figuras claves entre los siglos XVI y XVIII para establecer rutas y mapas de un Océano Pacífico prácticamente desconocido después de que la expedición de Magallanes y Elcano lo surcase.

Si no aprovechamos cada 12 de octubre, y todo otro momento más o menos oportuno a lo largo de cada año, para dejar claro todo esto deberemos ir acostumbrándonos a cualquier cosa que pueda ocurrir a partir de ese momento. Por ejemplo que, al final, como les ocurre a cientos de turistas que pasan por los “Docks” de Londres, se crea que realmente quien circunnavegó por primera vez la esfera terrestre fue un corsario inglés llamado Francis Drake. O al menos que la única travesía importante a ese respecto fue la de aquel caballero, cosa absolutamente incierta desde el punto de vista histórico, que es lo que realmente, y como es lógico, se ha querido destacar aquí…

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