Diario Vasco
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El día fatal de Mata Hari: 13 de febrero de 1917
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Carlos Rilova | 13-02-2017 | 12:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este lunes era imposible elegir otro tema. Llevo, desde 2014, siguiendo los pasos a la que hoy llamamos Primera Guerra Mundial y eso ha marcado, en muchas ocasiones, el paso al que debía marchar este correo de la Historia.

Así las cosas, hoy casi tengo la obligación de hablar del fin de Mata Hari la (supuestamente) más famosa espía alemana de esa “Gran Guerra”.

Y tengo que hablar porque hoy, 13 de febrero de 2017, se cumplen exactamente cien años del momento en el que la agente H 21 -más conocida como Mata Hari- fue detenida en el número 103 de la céntrica Avenida de los Campos Elíseos de París. Donde en ese momento estaba el Hotel Palace, en el que la bailarina y aventurera se alojaba por aquel entonces al razonable precio de 30 francos al día.

Este hecho histórico que hoy cumple cien años, y ha movido metros de película y de papel de imprimir, en realidad estuvo a punto de no ocurrir.

Como nos cuenta uno de los biógrafos de Mata Hari mejor informados -el periodista Russell Warren Howe- el agente francés encargado de vigilar a Mata Hari, el capitán Ladoux, estaba metido en un buen problema en las fechas previas a aquel martes 13 de febrero de 1917.

¿Cuál era la naturaleza de esa situación problemática para el no muy brillante, pero esforzado, capitán Ladoux?. Pues sencillamente la de muchos de los agentes de los servicios secretos de la época que, tal y como los describe R. W. Howe, eran verdaderamente chapuceros. Como de opereta o salidos de las películas cómicas de cine mudo que triunfaban en aquel entonces.

Durante bastantes semanas -como mínimo entre diciembre de 1916 y mediados de enero de 1917- Ladoux había movilizado a varios agentes para que siguieran los pasos a Mata Hari, sospechando que era una agente doble. Algo que el propio capitán Ladoux tenía mucho interés en comprobar, puesto que era él quien había aceptado el ofrecimiento de Mata Hari de servir a Francia y a los aliados en calidad de espía.

De ese seguimiento, Ladoux no había sacado gran cosa. Salvo gastos considerables que sus superiores no veían precisamente con calma. Menos aún en una Francia donde la esperada victoria no llegaba y lo único que afluía hacia esa atribulada potencia eran centenares de ataúdes y hombres con diversos grados de espantosa mutilación. Provocada por la guerra tecnológica -de alto poder destructivo- que se estaba librando desde 1914.

Ladoux, que, así las cosas, no estaba en una situación precisamente fácil de explicar, se veía, en efecto, presionado por sus superiores para que encontrase -y pronto- alguna red de espías alemanes. A ser posible en París.

A decir verdad, como nos cuenta Russell Warren Howe, el capitán Ladoux no tenía muchos triunfos en la mano en esos momentos. Así que decidió apañar la menos mala de sus bazas. A saber: un mensaje cifrado alemán, captado por las radioescuchas instaladas en la torre Eiffel, en el que los alemanes revelaban los movimientos de su agente H 21.

No era gran cosa. Y Ladoux lo sabía. Más que nada porque esa información venía cifrada en una clave que los criptólogos franceses habían roto tiempo atrás. Un hecho -el de que esa clave estaba “muerta”- que los alemanes conocían perfectamente, revelando de ese modo que, en realidad, estaban tendiendo un señuelo. Una cortina de humo para despistar a los agentes franceses y desviarlos así de sus verdaderas redes de espionaje.

Como decía -y como vemos- lo que tenía Ladoux era bien poca cosa. Pero tenía que servir. Y sirvió. Con esas endebles pruebas, convirtió a Mata Hari en un perfecto chivo expiatorio de todo lo que se podía achacar a las verdaderas redes de espionaje alemanas que actuaban en Francia y, de hecho, en toda Europa.

Los superiores de Ladoux tampoco parecieron tener mayor inconveniente en que aquella exótica bailarina -de vida airada y aventurera- se convirtiera en la diana donde los franceses podrían desahogar su rabia y su frustración por la marcha de la guerra.

Todo ello según el patentado principio de que no hay nada mejor que echar la culpa a otro -u otra- de los propios errores, para de ese modo evadir cualquier responsabilidad.

Fue así como empezó el principio del fin de Mata Hari. Una penosa historia que se extendería durante casi todo el año 1917, que fue el tiempo que tardaron en juzgarla ante un tribunal militar para decidir, finalmente, en octubre de ese año, fusilarla en los fosos del castillo de Vincennes. Curiosamente la sede actual de uno de los principales archivos militares franceses de los que, a partir de hoy, todo el dossier Mata Hari debería salir desclasificado y ser puesto a disposición del público. Al haberse cumplido cien años de aquellos hechos.

¿Nos contarán esos venerables papeles algo que no sepamos ya gracias a biografías como la de Russell Warren Howe?. ¿Se confirmarán o se derrumbarán definitivamente leyendas como la que corría en San Sebastián hace cien años (y menos) acerca de que Mata Hari, en realidad, había sido vendida y traicionada por el escritor Enrique Gómez Carrillo en el Puente Internacional de Irún?.

El tiempo lo dirá. De momento, hoy, a cien años justos de la detención de la supuestamente famosa espía, lo único que está claro es que la leyenda forjada sobre ella -en gran parte gracias a la película protagonizada por Greta Garbo- es sólo eso: leyenda.

Hoy 13 de febrero de 2017, la Historia sólo puede decir que Mata Hari fue una víctima de las circunstancias. Arrastrada por una vida aventurera hasta una trampa que sólo podía cerrarse sobre ella porque un funcionario francés -a su vez- no podía permitir ser él la víctima propiciatoria de una borrascosa situación que requería víctimas, nombres, explicaciones que -mejores o peores- había que sacar de algún lado. Aunque fuera de un informe caducado de los servicios secretos alemanes que, por otra parte, era una clara trampa para los servicios secretos franceses…

Así de absurdamente se escribe, a veces, la Historia.

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¿Bienvenido Mr. Trump? o, cómo aprender algo útil de la Historia gracias a la República de Weimar (1933-2017)
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Carlos Rilova | 06-02-2017 | 12:24| 13


Por Carlos Rilova Jericó

Desde la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, me está resultando una verdadera pesadez ver programas de esos llamados “informativos” o leer periódicos.

Y es que el nivel de maniqueísmo simplón al que están llegando esos medios al ¿analizar? este tema es bastante difícil de sobrellevar. Básicamente todo parece reducirse a un pensamiento digno de un niño de 8 años: si Trump se va, todos nuestros problemas se resolverán.

A eso yo respondería que ojalá. Pero eso sería tanto como desear que las ecuaciones matemáticas se resolvieran a gusto del que las está resolviendo y no según una pauta uniforme e invariable. O, por decirlo de otro modo, creer que la desaparición de Trump acabaría con todos nuestros problemas es una forma de pensamiento mágico, en el peor de los casos. En el mejor equivaldría, en ciencia médica, a creer que el problema es la fiebre y no la enfermedad que causa ese síntoma.

Lo cierto es que, a fecha de hoy, estamos en una situación que no se había vivido en el Mundo desde el año 1933, cuando la República de Weimar colapsó y la principal potencia económica de Europa, Alemania, se arrojó en brazos de Adolf Hitler.

En efecto, la mayoría de las opiniones sobre Donald Trump están teñidas del mismo simplismo, cobarde unas veces, simplemente mezquino otras, que predominaba en la clase política y la intelectualidad alemana de esa época.

Vamos a echar un vistazo a algo de lo que hay publicado sobre Weimar en español y podrán comprobar, en persona, que el “problema Trump”, por así llamarlo, es mucho más complejo de lo que parece a vista de telediario y su solución, por supuesto, implica medidas también complejas y que no pasan, precisamente, por borrar del mapa (no sé exactamente con qué medios: manifestaciones furibundas de gente que, al parecer, se olvidó de ir a votar, “impeachments”…) al actual presidente de los Estados Unidos.

Empecemos con la obra del economista César Roa Llamazares, “La República de Weimar. Manual para destruir una democracia”. En las páginas 106 y 107 de ese libro se nos dice que una parte de la clase política que, se suponía, debía mantener la República, pensaba, por el contrario, que ésta debía ser mermada, reducida, limitada, pues estaba destruyendo la que ellos consideraban la verdadera Alemania. Peor aún, había adoptado medidas económicas que favorecían en exceso a las clases trabajadoras (seguro de desempleo, negociación colectiva…), a las que, dada la coyuntura internacional, según esa clase política, había que disciplinar con medidas de austeridad económica… Seguro que esta música un tanto siniestra les suena, ¿verdad?.

Decisiones así, y el levantamiento del interdicto contra las milicias nazis (algo finalmente inevitable en la lógica de políticos de esa talla), no tardaron en colapsar ese régimen porque sencillamente una gran mayoría de desesperados (a causa de la política económica de austeridad) ya no tenían suficiente margen de maniobra intelectual para aferrarse a otra opción política que aquella que les prometiese soluciones simples e inmediatas. Exactamente como las que prodigaba, porra en mano y de manera expeditiva, el Partido Nazi.

El director del periódico liberal republicano “Ahora”, Manuel Chaves Nogales, fue uno de los españoles que visitó Alemania en la época. Tal  como lo refleja el libro de Félix Santos que recoge esos testimonios (“Españoles en la Alemania nazi”). Chaves Nogales tenía claro en 1933, en el mes de marzo en el que las elecciones auparían a Hitler al poder absoluto, que gran parte de ese apoyo provenía de unas masas obreras que acataban sus órdenes casi con delectación. Indiferentes a la detención de unos líderes obreros que nada tenían que ofrecerles. La presencia de 300.000 obreros aclamando a Hitler en la fiesta del 1º de mayo de 1933 (de lo que fue testigo Chaves Nogales) dejaban claro hasta qué punto se había camelado a quienes deberían haberse opuesto frontalmente a aquel movimiento político en realidad al servicio de quienes, como el canciller Von Papen (finalmente asimilado también por los nazis), abogaron durante la República por más austeridad económica, menos subsidios, menos garantías económicas…  Seguramente la música y la letra de esa canción les sonarán, otra vez, mucho, ¿verdad?.

Si de los testimonios de periodistas españoles de la época pasamos a otros manuales de Historia, descubriremos más cosas sobre cómo la nación más culta de Europa, la más avanzada, la más… etc…, se dejó llevar al redil del movimiento nazi.

Consultemos, pues, “La República de Weimar. Una democracia inacabada”, de Horst Möller, profesor universitario en Munich y especialista en las relaciones históricas franco-alemanas.

Nos dice el profesor Möller que la República de Weimar colapsó, tras unos cuantos años buenos, entre 1919 y 1933, por muchas razones de orden político, intelectual y también económico pero, entre esos factores, se hundió porque, como nos refleja certeramente en la página 341 de su obra, se creó una situación que permitió a los nazis poner a sus órdenes a una “generación con escasas oportunidades laborales, socialmente desarraigada y con un fuerte sentimiento de engaño respecto a sus posibilidades de futuro”… Seguro que esa letra y esa música también les suenan mucho Y no precisamente de haberlo oído en 1933, sino hace pocos días.

Por no alargar demasiado la lista de lecturas, vamos a fijarnos finalmente en las páginas 383 a 386 del libro del profesor de la Universidad de Minessota Eric D. Weitz titulado “La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia”. En esas páginas, especialmente en la 386, el profesor Weitz describe a la élite alemana de la época (desde arzobispos católicos y clero protestante, hasta profesores universitarios pasando por generales y terratenientes prusianos) como claramente escorada a la Derecha, deseosa por un lado de gozar las mieles de los avances tecnológicos que iba ofreciendo aquella acelerada época posterior a la Gran Guerra, pero incapaz de aceptar la nivelación social que traía aparejada esa modernización económica.

La solución a esa contradicción que ansiaba algo, en efecto, tan contradictorio como una  “revolución conservadora”, acabó cayendo -por su propio peso- en manos de los nazis, que recogieron el mensaje de esas élites contra la República de Weimar y lo volvieron finalmente en su contra. Liquidando a la República, pero erigiendo al mismo tiempo un estado proteccionista, que ofrecía soluciones a todos los desamparados que, ante la debacle económica alentada o permitida por Weimar, habían buscado refugio en movimientos como el nazi, que compraban su desencanto y desesperación material y, a cambio de obedecer ciegamente sus órdenes (supusieran éstas el grado de inhumana crueldad que supusieran), les daban lo que la República no había sabido o querido darles. Es decir: seguridades materiales, horizontes…

La llamada “Globalización” ha cometido -a mayor y peor escala- esos mismos errores que devastaron a la República de Weimar. Ha creado una multitud de desheredados, de inadaptados sociales que sólo esperan, en su desesperanza, que alguien les resuelva el problema por decreto. El corolario de esto es que la democracia no está ahora en peligro en una potencia europea como lo estuvo en Alemania en 1933, sino en una superpotencia mundial como Estados Unidos y en la Confederación europea. Cuya clase conservadora no comprende cómo A + B esta dando como resultado esa “C” que representan políticos antipolíticos como Trump, Farage, Orbán o Marine Le Pen que, como en la Alemania de Weimar, llegan aupados por miles de descontentos que no han sacado nada bueno de esa Globalización. Salvo proletarización y pérdidas materiales que, acertadamente o no, sospechan han ido a parar a manos de privilegiados políticos como los Clinton, los Fillon y un largo etc… que ustedes pueden rellenar a placer con el nombre que les parezca.

Por eso es inútil clamar contra Trump, el problema no es él, sino la situación que lo ha creado.

Se ha jugado con fuego económico durante cerca de treinta y cinco años, desde 1973, cuando la ambición insaciable y el temor a un exceso de democratización -que anidaba por igual entre viejos conservadores y jóvenes leones neocapitalistas- hizo saltar por los aires todas las válvulas de seguridad implementadas en 1945 para evitar que catástrofes como la de Weimar se repitieran. El resultado está bien a la vista hoy: tenemos en la Casa Blanca a alguien que ha llegado allí prometiendo resolver los problemas de todos los perdedores (que son más de los que, por ejemplo, Starbucks podría contratar por un sueldo mísero y un contrato precario) a cambio de no importa ya qué. Justo como en la Alemania de Weimar.

¿Es posible que sabiendo todo esto, que teniendo libros como los de Möller o Weitz al alcance de la mano en nuestras bibliotecas, estemos dirigidos por gente tan avariciosa, tan estúpida (o ambas cosas a la vez) como para permitir que el Mundo haya vuelto a las puertas del infierno que se desató en 1933?.

Ustedes dirán…

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Vita monstruorum. Historia de los monstruos. El “hombre salvaje”, el Basajaun y el eminente doctor Tulp (1641-2017)
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Carlos Rilova | 30-01-2017 | 19:09| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que el correo de la Historia de hoy será bastante fácil de presentar. Sobre todo porque trata de un personaje conocido por una gran mayoría del público que (aún) lee en España. No otro que el Basajaun. El señor del bosque, literalmente traducido del euskera.

Esa figura de la Mitología vasca es bien conocida hoy, como decía, gracias a la exitosa saga de novela policíaca firmada por la escritora donostiarra Dolores Redondo y ambientada, principalmente, en el Valle del Baztán, en el Norte de Navarra.

Es, tal y como lo describen esas novelas, una especie de ser monstruoso que vaga por las zonas boscosas del País Vasco y (según la “Trilogía del Baztán”) también por las de Navarra. Un tanto ajeno, este ser fabuloso, por lo que se ve, a los contenciosos histórico-administrativos entre el viejo reino y sus vecinos del Norte. Con los que le unen una larga Historia de suspicacias y desencuentros políticos y, a veces, una estrecha comunidad de intereses. Manifestada en reuniones conjuntas de sus instituciones forales o en hacer pasar a mejor vida (a tiros de arcabuz y certeras estocadas) a otros vasallos del rey de Castilla en las estrechas calles del Potosí de finales del siglo XVI y principios del XVII.

Sea como fuere, ahí está el Basajaun, sirviendo de telúrico y misterioso telón de fondo a esa saga de novela negra leída por millares, a quienes, mal que bien, Dolores Redondo ha acercado un poco más a la rica Mitología vasca.

Esa ficción, sin embargo, se ve una vez más superada por la realidad. Así es, la leyenda del Basajaun es mucho más complicada de lo que les haya podido parecer en las visiones que sufre la inefable inspectora Amaia Salazar, la protagonista de la “Trilogía del Baztán”.

El profesor Jon Juaristi (que anda en estas fechas estrenando nuevo libro) decía cosas bastante interesantes al respecto en una de sus obras menos políticas y más fascinantemente eruditas. Me refiero a “El linaje de Aitor”, del que esta última semana no me he podido alejar mucho, ocupado como estaba en dar fin y quito a mi parte de esa nueva “Historia de Gipuzkoa”, tan generosamente financiada por muchos de quienes leen este correo de la Historia.

“El linaje de Aitor” es, como decía, un estudio muy erudito -pero no por eso menos entretenido- sobre el origen de muchas de las leyendas que han ido configurando el pensamiento de los actuales habitantes de la comunidad autónoma conocida como “Euskadi”.

En ese libro el profesor Juaristi nos describe minuciosamente qué es invención perversa (la lamia Maitagarri, por ejemplo) y qué es verdadera tradición en mucho de ese mundo mitológico vasco.

En el caso del Basajaun todo parece indicar, según Jon Juaristi, que es una tradición milenaria, que nada tiene que ver con las febriles invenciones de un personaje tan fascinante como Augustin Chaho. Un prototipo de viajero y aventurero romántico que se dejó caer por el País Vasco y Navarra durante la Primera Guerra Carlista (1833-1839), para allí dar rienda suelta a una imaginación que le acabó trayendo problemas con el Alto Mando carlista. No demasiado contento con que los viera -y describiera- como un movimiento democrático que luchaba -afirmación verdaderamente asombrosa- contra el Absolutismo de la Santa Alianza…

Así es, según el profesor Juaristi, el Basajaun es, ni más ni menos, que uno de los monstruos característicos de la cultura humana en general, y europea en particular, que, a lo largo de la Edad Antigua y Media, se sintió fascinada -por distintas razones- por figuras monstruosas como la del Basajaun.

Este monstruo que corría de boca en boca en las leyendas que se contaban de padres a hijos en el País Vasco (hasta llegar a la “Trilogía del Baztán”), sería tan sólo uno más de los muchos “hombres salvajes” que han poblado, durante siglos, la imaginación (y los escudos y la decoración de las iglesias medievales) de los europeos.

Una monstruosidad más del completo catálogo que ofrece un magnífico artículo -consultado en su día por Jon Juaristi- firmado por el reputado Rudolf Wittkower y titulado “Maravillas de Oriente: estudio sobre la Historia de los monstruos”.

Así, el Basajaun sería uno más en la larga lista que va desde las tradiciones hindús hasta las medievales y renacentistas y recoge desde seres de aspecto humano pero con cabeza de grulla o de perro (los cinocéfalos), o, al revés, las mantícoras (seres cuadrúpedos pero con cara humana), sátiros o acéfalos (es decir, seres sin cabeza tal y como la entendemos, pues sus ojos, nariz, boca… estaban en lo que sería el tórax humano).

Como nos explica el profesor Wittkower, la razón por la cual los seres humanos han creado y dado pábulo a esos seres monstruosos a lo largo de los siglos, ha variado con el paso de los años. Así, en la Edad Antigua, en la que Plinio escribía su “Historia naturalis” (acabada en el año 77 después de Cristo), las historias de monstruos y seres fabulosos que provenían de Oriente eran rechazadas como fábulas por los geógrafos griegos de la época (Estrabón, por ejemplo), pero igualmente eran aceptadas -con fascinación incluso- por otros representantes de ese mundo clásico como el propio Plinio.

De ahí, a través de uno de los llamados padres de la Iglesia, San Agustín de Hipona, pasaron esas historias de monstruos y seres fabulosos al Occidente medieval. Según San Agustín, todos ellos debían ser aceptados como parte de la Creación de Dios, que se manifiesta en estos portentos mágicos. De esto se acabó deduciendo, en el Occidente medieval, que esos monstruos habían sido creados para dar ejemplo a la Humanidad, para advertirle de sus vicios. Así, por ejemplo, los seres con cuerpo humano y cabeza de perro, los cinocéfalos, recordarían lo reprobables que eran las personas pendencieras, los buscabullas…

Los hombres salvajes, como el Basajaun, evidentemente, serían una metáfora de los paganos, de quienes no habían recibido la Luz de la verdadera fe y vagaban fuera de los lugares habitados…

Así hasta que llegó el Renacimiento, la Preilustración, el siglo XVI, el siglo XVII y con él una curiosa raza de eruditos que se debatían entre la Religión, la Magia y la Ciencia…. como buena prueba de ello da la vida -y obra- de (por sólo citar dos casos anglosajones) el doctor Thomas Browne o sir Isaac Newton. Otro miembro de esa raza erudita, el doctor Nicolaes Tulp -un holandés nacido al iniciarse la guerra contra España y muerto en 1674, cuando Holanda debe buscar, otra vez, protección española- desmitificó la existencia de tales hombres salvajes.

Lo hizo basándose en la observación de una de las supuestas maravillas de las primeras colonias holandesas en Asia: la bestia que hoy conocemos como orangután. Un gran simio considerado por los autóctonos como un hombre que, en realidad, se había hecho pasar por salvaje porque, si se descubriese que sabía hablar, se le obligaría a trabajar…

Para el doctor Tulp, inmortalizado por Rembrandt en uno de sus más celebres cuadros, el orangután, aun siendo clasificable como “Homo sylvestris” o “Satyrus Indicus” (es decir, un hombre salvaje o un sátiro del Océano Índico) era, tan sólo un animal pues, sentenciaba el eminente doctor Tulp, tales cosas como los sátiros no podían existir…

Curioso corolario para criaturas que han catado las mieles del éxito literario en nuestro siglo, como lo atestigua la “Trilogía del Baztán”. Algo que, quizás, debería decirnos mucho sobre las cosas que fascinan nuestra imaginación, de manera magnética, durante siglos…

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Currutacos, “maravillosas”, “increíbles”, hipsters, it-girls y gafapastas. A propósito de Historia y de un libro de Víctor Lenore (1794-2016)
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Carlos Rilova | 23-01-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Me he llevado una grata sorpresa esta semana pasada. Cuando creía muerto y enterrado en España eso que llaman “Periodismo de investigación” o limitado, casi en exclusiva, a esa labor de servicio público que es informar del grado de corrupción rampante (y sumamente peligroso, casi letal) que se ha alcanzado en dicho país, me descubren un libro del que ya hacía tiempo había oído hablar.

Se trata de “Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural”. El destino de ese libro -que hay quien reclama (no sin razón desde luego) como lectura obligada en los institutos- ha sido el de ser publicado en una pequeña editorial de Madrid y de nombre evocador. Sobre todo para quienes trabajamos en el campo de la Historia: Capitán Swing. Es decir, aquel grupo de los que Eric J. Hobsbawm llamó “rebeldes primitivos”, que en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX se oponían a la proletarización de los campesinos. Empujados a las terribles urbes industriales por la nueva maquinaría agrícola que a ellos les estropeó y acortó la vida y privó a Jane Austen del bucólico, romántico y apacible marco en el que se desarrollan la mayor parte de sus novelas.

Podría decirse que, con tal editor, el libro de Víctor Lenore ya estaba casi predestinado a ser piedra de escándalo. El escándalo me interesa bastante poco. Ustedes juzgarán. Después de leer este artículo y después de leer su libro. Cosa que les ruego hagan encarecidamente, porque nos describe la raíz de muchos de los males que están paralizando (y, de hecho, destruyendo) a la actual sociedad española.

Lo que describe y sistematiza de manera magistral Víctor Lenore en “Indies, hipsters y gafapastas” es preocupante, muy preocupante, visto en perspectiva histórica, que, ya se habrán dado cuenta, es la que adopta siempre todo lo que pasa por estas páginas semanales.

Para empezar ha incluido en su análisis los orígenes políticos y económicos de los que surgen esos, en apariencia (sólo en apariencia, insisto) inofensivos muchachos y muchachas de aspecto un poco excéntrico en el vestir y de trato bastante relamido, que invita a no sostener con ellos, o con ellas, ninguna clase de conversación demasiado larga. Cosa que, por otra parte, no parecen estar muy preparados para mantener (fueron ellos los que acuñaron el icono “Mono con platillos” para indicar que les aburría cualquier conversación profunda).

Nos dice Víctor Lenore que esas raíces políticas y económicas de indies, gafapastas, hipsters, it-girls…, se hunden fuertemente en la ideología neoconservadora fomentada -como bien indica Lenore- en las políticas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher que, por desgracia para toda una generación -la mía concretamente- fueron rápidamente mimetizadas y aplicadas en todo el Mundo desde 1980, cebando la bomba de la crisis económica estructural que ahora estamos viviendo.

Tal y como nos lo cuenta Lenore, esos excéntricos que llevan el pantalón por el tobillo, cuidados tupés, gafas llamativas, barbas cuadradas y camisas de cuadros o blancas, grises… con el último botón atado pero sin corbata, son algo más que una moda. Son todo un modo de entender la vida. Se trata de gente que va de la clase media baja hasta la élite y todos ellos tienen en común la liviandad de juicio, el no querer preocuparse de nada, ser pura superficialidad, vivir un consumo conspicuo y ostentoso (vacaciones exóticas, caras y “diferentes”, tatuajes, caros cachivaches electrónicos que hay que renovar cada poco tiempo y, sobre todo, exhibir en público en cafés a la última, en apariencia muy modernos y cosmopolitas) y otras características bien conocidas y popularizadas incluso por la prensa satírica.

En resumen, el indie, el hipster, el gafapasta, y sus contrapartidas femeninas, que se pueden agrupar bajo el nombre de it-girl (algo que se traduciría del inglés como chica con encanto, con “it”, con “eso”, pero que sería más apropiado describir como “chica-cosa”, “chica objeto”… de consumo), son gente que ha renunciado a pensar en nada profundo, que han hecho de la superficialidad intencionada una bandera…

Por supuesto, como nos va desgranando la crónica de Víctor Lenore, que conoce todo esto de primera mano, ellos y ellas, como no podía ser menos, creen que todo esto es muy moderno… Y aquí es donde el historiador se ríe. Sarcástica, tristemente. Esto no tiene nada de moderno. Esto se vivió en Europa hace ya dos siglos. En el tiempo de la Revolución francesa.

En 1794 París y el resto de la Francia urbana estaban llenos de “modernos” que coinciden casi punto por punto con lo que hoy es un indie, un hipster, un gafapasta o una it-girl tal y como descarnada, pero certeramente, los describe el libro de Lenore. Se trataba de los llamados “muscadins” (en España se tradujo como “currutacos”), así llamados por su afición a perfumarse hiperbólicamente con esencias que contenían “musc”. Es decir: almizcle. También se les llamó “increíbles”, a ellos, y “maravillosas”, a ellas. Se distinguían por una vestimenta extravagante. Ellos llevaban llamativos fracs, se ataban las boquillas de los calzones con largas cintas de colores, se peinaban con greñas que caían a ambos lados de las sienes (peinado en “orejas de perro” se le llamaba), y, lo necesitasen o no, portaban una varilla de metal con una lente de aumento montada en ella (generalmente en forma de pirámide truncada) y a través de esa lente miraban el mundo que les rodeaba con un impostado mohín de desdén y superioridad.

Ellas, las “maravillosas”, llevaban vestidos de talle alto (el luego llamado “estilo imperio”, inspirado en la moda imperial romana), peinados similares o bastante extravagantes, con gran cantidad de tufos, lazos y rizos y sombreros no menos llamativos que les ocultaban el rostro bajo una amplia capota o pétalo.

Su habla particular y distintiva era una burla hacia otras razas. Concretamente a los negros esclavizados de África. Lo llamaban “hablar como un pequeño negro”. Es decir, comiéndose determinadas consonantes como las “r”. La novela policíaca de Daniel Picouly, “Tête de Nègre”, ambientada en el París revolucionario, parodia esa jerga magistralmente.

Aparte de eso los “increíbles” solían calzar sólidas, aunque, por supuesto, extravagantes, botas de montar y se apoyaban en nudosos bastones cargados con plomo. Eran parte imprescindible de su atuendo, ya que era frecuente que recorriesen las calles de los barrios pobres de París apalizando a los otrora todopoderosos “sans-culottes”. La masa de maniobra de la revolución que, tras la caída del llamado “Terror” jacobino, pasaban horas bajas en una sociedad que -muy razonablemente- no quería que la revolución acabase en un baño de sangre. La intención de los currutacos, o “increíbles” y “maravillosas”, era, sin embargo, muy otra: lo que no querían era ninguna clase de revolución. Estaban a gusto viviendo en su precario universo de pequeños empleados, dependientes de tiendas, oficinistas, etc… No querían que el Mundo cambiase, tan sólo esperaban salir ganadores en la descarnada carrera hacia la cúspide de una sociedad basada en el privilegio… Exactamente lo mismo que ahora, dos siglos después, quieren indies, hipsters, it-girls y similares personajes, según nos dice Víctor Lenore.

Lean su libro y compárenlo con lo que nos cuenta de currutacos, “maravillosas” e “increíbles” la obra de un historiador como Albert Soboul, dedicada al estudio de sus grandes enemigos, los “sans-culottes”.

Descubrirán que, avances tecnológicos aparte, estamos hoy, prácticamente, en la misma situación en la que estaba el Mundo en 1794. Con una guardia pretoriana disfrazada de “moderna” que se dedica a abortar cualquier clase de avance social, de democratización. Aunque sea tirando piedras contra el propio tejado de la manera más estúpida que quepa imaginar (sólo posible en cabezas tan voluntariamente vaciadas y ahuecadas como la de un currutaco, un “increíble”, o un “indie”, o un hipster).

Un peligroso proceso para una sociedad realmente sana y viable que, como descubrirán, no está ocurriendo en la Luna. Muy al contrario lleva años (principalmente en la oscura década de los 90 del siglo pasado) fabricándose muy cerca de nuestra casa. Por ejemplo, los y las donostiarras que lean el libro de Lenore (y deberían leerlo), descubrirán que gran parte de esa operación que, al final, sólo funciona en beneficio de unos pocos y en perjuicio de la mayoría (¿o cómo creen que Donald Trump ha llegado hasta la Casa Blanca?), se fraguó en parte -con nombres y apellidos reconocibles- en, quién lo iba a decir, ¿verdad?, la propia Bella Easo.

Esa capital que en su día fue una de las primeras ciudades europeas en subirse al carro de la revolución de 1789 y que, hoy, apenas en el primer mes de 2017, debería preguntarse si no se han estado riendo de ella (desde los siniestros años 90 y, más aún, todo el año pasado y, además, a cargo del dinero público) los herederos intelectuales (y sociales, y políticos, y económicos…) de los “increíbles” y las “maravillosas” que, sólo para empezar, hoy, en esa ciudad y en todo Occidente, están haciendo tierra quemada de todo aquello que sea verdadera Cultura. Tal y como lo describe, con verdadera, dolorosa pero necesaria lucidez el libro de Víctor Lenore “Indies, hipsters y gafapastas”…

 

 

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De Historia, mito y leyenda. San Sebastián y el Segundo Imperio francés (A. D. 1864)
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Carlos Rilova | 16-01-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes leen asiduamente este correo de la Historia la Asociación tiene una deuda pendiente con algunos de ellos. Se trata de la nueva “Historia de Gipuzkoa” para la cual, desde estas mismas páginas, se pidió un mecenazgo que, es necesario decirlo, fue generosamente otorgado.

Estaba yo, pues, esta semana cumpliendo con la parte que me toca de esa deuda, la relativa al revuelto, romántico y, por eso mismo, interesante, siglo XIX guipuzcoano, cuando di con unos hechos que no sé bien cómo calificar (¿retazo?, ¿anécdota?), que no encajaban en el marco de ese capítulo, pero a los que no quería dejar olvidados otros sesenta años, en el mismo sitio en el que yo me los encontré.

Estaban en una revista titulada “San Sebastián”, en el nº 21, publicado en el año 1955, que apareció, como todos sus números, el 20 de enero, que es, justo, aparte del día en el que juran los presidentes de Estados Unidos su cargo (como lo van a comprobar esta misma semana), aquel en el que se celebra el santo de la ciudad.

Bien, pues justo debajo del artículo que José Berruezo dedicaba a la cuestión -tan traída y llevada- de cómo San Sebastián logró ser capital de Gipuzkoa en 1854 (desplazando a Tolosa, que lo era desde 1844) estaba ese otro insólito artículo, firmado por Fausto Arocena, autor de obras de Historia que aún hoy conservan su vigencia.

Lo que contaba parecía sacado de uno de esos “Western” crepusculares de los años setenta del siglo pasado. De hecho, podría haber sido un guión firmado por Sergio Leone o un episodio más del momento culminante de la serie de aventuras del teniente Blueberry. Esa que empieza con “Chihuahua Pearl” y tiene su apoteosis en “La última carta”, pasando por “Balada por un ataúd”, “Fuera de la ley” o “Angel Face”.

Los hechos son los siguientes: en 1864 durante la guerra entre los patriotas mejicanos y el Ejército expedicionario enviado por el emperador francés Napoleón III para imponer en ese país otro emperador -de nombre Maximiliano y cuyo principal objetivo era convertir México en un satélite del ambicioso imperio francés- se hicieron prisioneros. Una parte de ellos -al parecer sumamente peligrosos y recalcitrantes- fueron deportados nada menos que a la propia Francia para evitar que siguieran liderando a los ejércitos patriotas en contra del invasor francés, del emperador Maximiliano y de esa alta burguesía mexicana que, bajo diferentes regímenes y desde la Independencia de España hasta hace poco menos de cien años, desangró el país en guerras civiles como aquella y en otras posteriores en las que (como ya contamos en algún que otro correo de la Historia) empujaron al campo de batalla a enormes masas de desesperados, que para nada necesitaban un emperador lleno de entorchados, ni empresas “científicas” que los trataban de manera bestial.

El caso es que, siempre según el relato de Arocena, en Francia se ofreció a esos soldados patriotas volver a México. Siempre y cuando rindieran pleitesía y acatamiento a los planes de Napoleón III. Como se negaron, acabaron deportados en Francia y de allí, según Arocena, para evitarse el ambiente hostil en el que se encontraban, pasaron a España. No sabe nuestro autor si por Behobia, junto a Irún, o por Dantxarinea, en la cabeza de Navarra.

De allí llegaron hasta San Sebastián y quedaron en un difícil limbo. No podían regresar a México y no tenían recursos para vivir. Así (e insisto: siempre según el relato de Fausto Arocena) su situación llegó a ser tan desesperada que, para poder seguir pagándose el alojamiento y la manutención, se ofrecieron a trabajar como albañiles en las obras de fortificación del Castillo de Urgull.

Así lo hicieron hasta que los patriotas se hicieron con el poder en México y, naturalmente, también se hicieron cargo de ellos. Antes de irse, los deportados dejaron un par de recuerdos -siempre al decir de Fausto Arocena- en aquel San Sebastián de la época de la Guerra de Secesión erizado de chisteras, paletós, crinolinas y otras novedades de París (víctimas mejicanas de la política imperialista de Napoleón III incluidas).

Una fue una marca en el arranque de uno de los arcos de la galería Norte del Castillo de Urgull, en la cumbre del monte, que decía “1864 MÉXICO”. La otra fue la promesa formal a su casera, Micaela Zugasti, de abonar todos los gastos en que habían incurrido y que sus escasos recursos dejaban impagados. Una promesa que, años después, habría sido cumplida, pagándose religiosamente lo debido por las arcas del nuevo estado mejicano salido de la victoria sobre Napoleón III…

Hasta ahí los retazos de lo que podríamos considerar una especie de relato mítico, de leyenda urbana que Fausto Arocena decía haber sacado de una revista y de un libro de la Colección Austral de los que, desgraciadamente, no daba ningún título ni referencia.

La realidad que se puede documentar -a fecha de hoy, a falta de concluir la campaña de investigaciones para este año entrante de 2017- parece ser bastante diferente: en 1864 San Sebastián y otras partes de España y Francia retenían a fuertes contingentes de prisioneros mexicanos. Al parecer eran los defensores de Puebla. Una localidad mexicana que en 1863 había resistido ferozmente al Ejército expedicionario francés que venía a imponer el llamado “Imperio Mexicano”.

Eso es lo que nos cuenta documentación recientemente publicada (en el año 2013) bajo los auspicios de las autoridades de ese estado mexicano (el de Puebla) en un libro titulado “Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla que fueron deportados a Francia”. En ese volumen se reúnen escritos diversos manejados por un testigo y protagonista de los hechos: el general Epitacio Huerta, encargado, precisamente, de las cuestiones administrativas de ese Ejército patriota y que se movió entre París, Tours, Nueva York, Madrid y San Sebastián para hacerse cargo de estos deportados, sus deudas, su regreso a México…

Para ser más exactos, el general Epitacio Huerta sólo se hizo cargo de aquellos de entre los 532 deportados que se negaron a aceptar la sumisión al imperio francés y fueron dispersados, a su suerte, recalando algunos de ellos en San Sebastián. Ciudad en la que, en efecto, contrajeron fuertes deudas que el general Huerta -recurriendo incluso al general Prim en Madrid- trató de saldar. Por el momento es todo lo que se puede contar de esa interesante aventura de la Historia que ocurrió, por increíble que parezca, no en una pantalla de cine o en las viñetas de un cómic, sino en una ciudad vasca, donde pasaron horas amargas muchos oficiales patriotas mexicanos que se negaron a aceptar los designios de Napoleón III. Algunos de ellos descendientes de vascos, por cierto, con apellidos como Ortíz de Zarate, Echenique, Rentería, Guevara, Letechipia…

Este viernes 20 de enero, cuando se celebren las tamborradas en honor de San Sebastián, será un buen momento para recordar que el Segundo Imperio francés -como el primero- dejó en la capital guipuzcoana algo más que inspiración para los uniformes de algunos de esos tamborreros.

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¿Qué pasaba en el Mundo hace cien años? Trincheras, revoluciones y espías (1917-2017)
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Carlos Rilova | 23-01-2017 | 09:25| 2

 

Por Carlos Rilova Jericó

Supongo que un lunes como hoy, después de más de quince días envueltos en un régimen festivo de casi obligado cumplimiento, ni el redactor de estas páginas ni quienes suelen leerlas, tienen muchas ganas de pensar demasiado.

Por eso procuraré que este nuevo correo de la Historia (el primero de 2017) sea, aparte de entretenido, breve y bastante escaso de reflexiones demasiado transcendentales. Aunque con la delicada materia con la que siempre tratamos (la Historia) esto último, probablemente, sea más bien difícil.

Sin más preámbulo pues, pasaremos a plantearnos el tema de este lunes y, por tanto, a preguntarnos “¿cuál era el estado del Mundo en el año 1917?”. Es decir, ahora hace cien años.

La respuesta es relativamente sencilla. Hace ahora cien años la mayor parte del Mundo estaba sumido en una guerra descomunal (con el tiempo la llamarían “mundial”) que duraba ya cerca de tres años.

La mayor parte de Europa, excepto unos pocos países neutrales (Suiza, España…) estaba involucrada en esa guerra. Desde Portugal hasta Rusia pasando por las Islas Británicas.

Nadie había esperado aquello en agosto de 1914, cuando la guerra, tan temida como esperada, se hizo una realidad inevitable y los cañones y las ametralladoras sustituyeron a una Diplomacia que había hecho bien poco por evitar aquello.

El resultado, contabilizado en el año 1917, es decir, hace ahora cien años, era bastante desolador.

Para empezar la guerra no había sido ningún paseo militar -como también se esperaba en 1914- y la mayor parte de los ejércitos en liza estaban enfangados, literalmente, en una línea de trincheras que apenas había variado en esos casi tres años debido a que los contendientes tenían fuerzas humanas y técnicas muy igualadas.

La bien pagada de sí misma sociedad europea de la “Belle Époque”, descubrió en esos momentos que la guerra nada tenía que ver con las bellas estampas coloreadas de guerras “románticas”, como las napoleónicas.

También descubrió que la Ciencia, esa nueva religión laica predicada por Auguste Comte desde la primera mitad del siglo XIX, había servido para crear grandes avances científicos que hacían la vida mejor y más fácil para muchos, pero también para fabricar armas con un poder de aniquilación desconocido, capaces de matar hombres por millares en cuestión de minutos o de bombardear desde el aire ciudades como Londres o París. En esta última capital, hace ahora cien años, quedaba muy claro lo que había pasado, expresado de manera muy gráfica: la Torre Eiffel, todo un símbolo de esa creencia en la Ciencia como salvadora de la Humanidad, se había convertido en un puesto de comunicaciones y observación para prevenir ataques aéreos sobre la capital francesa, que los estaba sufriendo desde hacía tiempo. Por aire y también por tierra con grandes cañones utilizados por los alemanes. Maquinaría bélica en la que el ferrocarril y el cálculo matemático avanzado servían para lanzar proyectiles de alto poder explosivo al centro de París desde kilómetros de distancia.

En el resto del Mundo, salvo en los países neutrales de Sudamérica o Europa, las cosas no estaban mucho mejor. Se hacían grandes negocios gracias a esa guerra, pero coger un barco transatlántico era una lotería mortal. Una vez más gracias a otro invento de esa Ciencia de la que tanto se había esperado. En este caso los submarinos que la Marina Imperial alemana estaba empleando en algo que se llamó “guerra submarina sin restricciones” y que se llevó por delante desde “arrantzales” (es decir, pescadores vascos, para quienes leen esto más allá de las fronteras del euskera) hasta grandes barcos de pasajeros como el Lusitania.

Cosas así provocaron la entrada en guerra de los Estados Unidos de Norteamérica a partir de ese año 1917. Esa circunstancia demostró, por si no estaba bastante claro, que la guerra la ganarían quienes dispusieran de un mayor y más avanzado poder industrial. Como era el caso de esa potencia.

Los demás gigantes mundiales no estaban para demasiadas reflexiones de ese tenor hace ahora cien años. Rusia, víctima de su atrasado sistema político y económico, estaba siendo devorada por una guerra a la que aportaba, sobre todo, carne de cañón, sacada de su inmenso mundo rural en el que las cosas poco habían variado desde la Edad Media. Los centros urbanos e industriales, más avanzados, acabaron, bajo la presión de aquella guerra inhumana, impulsando una revolución que si no llegó a cambiar el Mundo, desde octubre de aquel año 1917, lo hizo temblar un poco más. Hasta 1989.

En Asia, otra reliquia del pasado -la China imperial- se desmoronaba ante movimientos modernizadores que trataban de imitar las ideas políticas que venían de aquella culta Europa que se hundía -una vez más literalmente- en el fango provocado por sus propias contradicciones internas. Por un lado estaban en aquella China imperial agonizante los comunistas, bien organizados (como suele ser costumbre en ellos) y por otro los nacionalistas del Kuomintang, decididos a modernizar China de una vez por todas al estilo del Japón Meiji que, en esos momentos, era parte de la Entente y, por tanto, beligerante en la que luego sería conocida como “Primera Guerra Mundial”.

No creo que haga falta decir que las diferencias entre nacionalistas y comunistas dejaron servida una guerra civil que asoló al país hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Con respecto a Oceanía y África las cosas no estaban mucho mejor. El primero de esos dos continentes se había convertido en otra fábrica de carne de cañón para Gran Bretaña y su espléndida guerra en el Hemisferio Norte y en otros frentes secundarios como el africano. Donde la supuesta superioridad del hombre blanco estaba quedando en entredicho entre los “nativos” que Europa había ido a “civilizar” en la segunda mitad del siglo XIX.

Poco más pasaba en el Mundo hace ahora cien años. Los espías que trabajaban para esas vastas fuerzas contendientes seguían a lo suyo: a ganar la guerra de las trincheras lejos de las trincheras. Algunos (la mayoría) hicieron esto con gran habilidad. Tanta que hoy ni siquiera conocemos sus nombres, aunque sí sus acciones y las consecuencias de las mismas. Otros fueron más estruendosos, pero menos hábiles. Como el agente intoxicador Bolo Pachá o Mata Hari, que el martes 13 de febrero de 1917 sería detenida por los Servicios Secretos franceses para, sobre todo, servir de chivo expiatorio por todo lo malo que le estaba ocurriendo a Francia desde 1914. De ella, quizás, volveremos a hablar en el correo de la Historia correspondiente a esa semana…

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Ritos y mitos del Año Nuevo. De Jano Bifronte y otras contradicciones humanas
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Carlos Rilova | 02-01-2017 | 10:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como suele ser habitual la duda me asalta cuando me pongo, como cada semana, a pensar sobre qué tema escribir para el nuevo correo de la Historia de cada lunes.

Por una parte me tentaba hablar hoy de Grigori Rasputín, ya que -según nuestro calendario- este jueves pasado se cumplieron 100 años de su ejecución a manos del príncipe Yusupov y sus secuaces, dando así una señal de aviso inequívoca del grado de descomposición que estaba alcanzando la monarquía zarista, que iba a caer víctima de varias revoluciones. La definitiva en octubre del año 1917, a manos del partido bolchevique que se quitó de en medio a competidores más escrupulosos. Empezando por los mencheviques y el, por breve tiempo, hombre fuerte de Rusia tras la caída de la monarquía zarista: Kerensky.

Sin embargo, al final, no sé si acertadamente, he decidido prescindir de Rasputín y su muerte. Principalmente porque del tema ya se ha hablado bastante. Empezando por el que estas líneas escribe, que recordó todo esto en una conferencia el martes pasado en la que -por difícil de creer que parezca- se encontraba una relación entre el accidentado monje ortodoxo y el Carlismo vasco en el marco de una serie de conferencias sobre ese tema (el Carlismo) a las que daremos -espero- brillante conclusión este miércoles 4 de enero a las 19:30 en la Sala Arrupe, en la calle Garibay. En pleno centro de San Sebastián que, como antes de su capitalidad, sigue siendo una ciudad que ha trabajado y trabajará por la Cultura. Por la de verdad. Por la que algunos indocumentados se han atrevido a llamar recientemente “lo de siempre”.

Así las cosas, dejo aquí al magnético monje recomendándoles que, si quieren saber más de Rasputín, aparte de lo publicado en revistas de divulgación histórica y suplementos varios, se lean su biografía firmada por Henri Troyat. O, al menos, vean “Nicolás y Alejandra”, donde su personaje tiene un papel estelar y un fin no menos espectacular aunque, quizás, más adornado que el que verdaderamente sufrió.

En lugar de hablar de él y de su obituario -más allá de lo ya dicho- me centraré en algo más propio de las fechas. Es decir, hablar del Año Nuevo. Empezando por explicar de dónde viene el nombre de este mes que acabamos de estrenar.

Viene, supongo que no les sorprenderá, de un dios tutelar romano que, a diferencia de lo que ocurre con muchos otros de su Panteón, no fue copiado del griego.

El nombre del dios era Jano. De ahí derivo a Janero, Janeiro (en portugués) y finalmente, en castellano, a Enero.

En realidad, si tomamos en cuenta lo que nos dice el Diccionario de Mitología griega y romana de Espasa dirigido por René Martin, Jano, más que un dios era eso que se ha llamado un “héroe civilizador”, que suele ser la antesala para convertirse en dios. Como bien se puede ver en panteones como el egipcio o el hindú.

Jano, pues, habría existido y habría realizado una serie de hazañas que lo llevaron a ser divinizado después de su muerte. Entre estas se contaría ser uno de los fundadores de Roma junto a los gemelos Rómulo y Remo y haber parado -haciendo brotar agua hirviente ante el Capitolio- un ataque de los sabinos (viejos enemigos de Roma cuando Roma no era nada más que una ciudad-estado que trataba de defenderse de otras muchas ciudades-estado desperdigadas por el Lacio).

También se decía que había inventado el dinero y la navegación. En cualquier caso se le invocaba incluso antes que a Júpiter, padre de los dioses equivalente al Zeus griego. Era el dios que protegía los umbrales, las entradas y las salidas, y aseguraba buenos inicios y mejores finales.

Según otras versiones más sofisticadas, como la que da otro diccionario de Mitología griega y romana (éste dirigido por Pierre Grimal), Jano habría llegado a Roma exiliado desde Tesalia (un territorio con fama de tener entre sus habitantes, de ambos sexos, abundantes magos) y en la Ciudad Eterna fue acogido por uno de sus reyes míticos: Cameses.

Al parecer Cameses habría gobernado junto a él y Jano habría engrandecido Roma elevando una pequeña urbanización en la colina que sería conocida después como Janículo. No sólo eso, para que no pare esa mezcla de Historia y Mito, Pierre Grimal nos dice que Jano llegó desterrado desde su Tesalia natal acompañado por su esposa, llamada Camise o Camasena. Habría tenido varios hijos. Uno de ellos llamado Tíber. Como el río que pasa por Roma en la actualidad.

Con todo esto era lógico que fuera el dios propicio para proteger el final del año que se cerraría sobre sí mismo pasados varios meses. Otra vez. Él lo vigilaría gracias  a sus dos rostros barbados, que miraban en una dirección y en otra y le otorgaban capacidad para ver el pasado y el futuro.

Aparte de eso, Jano, con el tiempo, por esas mismas características, pasó a convertirse en un dios que reflejaba las contradicciones propias de la existencia. Especialmente las de cada persona que, sumadas unas a otras, generan las contradicciones de cada época y cada sociedad con las que, de un modo u otro, debemos vivir. O tratar de vivir.

En ese aspecto, Jano es también un dios de lo más apropiado para consagrar la llegada de un nuevo año en el que, desde el tiempo de los romanos, se formulaban buenos deseos o augurios. Tal y como se dice hoy día en la actual Italia, donde se desea eso, precisamente: buenos augurios para la Navidad y el nuevo año.

Sí, no está nada mal recordar al viejo dios pagano en estas fechas en un mundo tan lleno de contradicciones como éste en el que vivimos. Uno en el que, por ejemplo, hay gente que vive -espléndidamente- de ser un tahúr intelectual -como esos que Paolo Sorrentino desenmascaraba genialmente en “La gran belleza”- capaces -por ejemplo y por decirlo con una hipérbole- de montar una exposición sobre temas históricos con instrumentos comprados en la sección de Juguetería de un “Todo a cien”, mientras se trata de convencer al público que paga la Fiesta de que se es, en realidad, todo un Montesquieu o un Voltaire. Sin ir más lejos.

Sí, Jano, el gran dios Jano que marcaba el inicio y el fin del año, y recordaba las contradicciones del ser humano, es, como todo lo que podemos sacar de la Cultura clásica (la sólida, la de verdad, no la que vive de -por seguir con las hipérboles- poner tapones de botellas en la barandilla de La Concha y performances similares, que dejan a los contribuyentes que lo pagan con cara de idiotas) una gran metáfora, una fábula con una moraleja que nos enseña lo difícil, a veces imposible, que es intentar mantener dos cosas contradictorias al mismo tiempo que, tarde o temprano, tendrán que colisionar.

Tengámoslo presente a la hora de formular buenos deseos para este año que empieza. Especialmente aquellas personas que tienen en su mano los resortes de poder que pueden impedir, por ejemplo, que se llame “Cultura” a lo que no es, ni más ni menos, que un insulto a la inteligencia salido de cabezas poco amuebladas pero tan llenas de astucia como un vendedor de medicinas curalotodo de esos habituales en los “Western“ crepusculares. O intentar mantener un Estado del Bienestar (con su Hacienda, sus pensiones, su Salud Pública) en el marco de un sistema económico que -paños calientes de Telediario aparte- está dominado y parasitado por una ideología que demanda la destrucción de tales seguridades implantadas un ya lejano 1945, en el que en Europa humeaban aún las ruinas de la última gran guerra provocada por esas mismas ideas…

Sí. Será bueno que recordemos en este comienzo de año lo que en realidad nos quiere decir el dios bifronte: que querer una cosa y su contraria al mismo tiempo suele ser un camino directo al desastre. Por ejemplo el de vivir en una sociedad en la que se administran la cosa pública (la Cultura, las pensiones, la Sanidad) de acuerdo al programa de aquel rey de otra fábula más cercana a nosotros.

Ese al que unos cuantos estafadores que se hacían pasar pos sastres le vendieron un traje muy caro que, en realidad, no existía, y, para mayor escarnio, le hicieron pasearse desnudo por la calle, haciendo ver -qué remedio- que, en realidad, iba vestido con unas sedas, tafetanes, terciopelos y oro que sólo existían en su imaginación y en la caradura de los estafadores que le habían sacado el dinero y se reían a mandíbula batiente del éxito de tanta tontería y tanta malicia redomada.

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Cine y Navidades. Aprendiendo Historia del Tiempo Presente gracias a “Rogue One”
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Carlos Rilova | 26-12-2016 | 11:29| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente estoy padeciendo otra de esas rachas en las que voy al cine casi todas las semanas.

En esta ocasión no me quise perder ver en pantalla grande una de las sensaciones de la temporada. Por supuesto oportunamente estrenada en Navidades.

Me refiero a “Rogue One”, una película de ciencia-ficción que cierra el ciclo de esa serie que en España, desde 1977, se tradujo (no sé si acertadamente) como “Guerra de las Galaxias”.

Se supone, en efecto, que “Rogue One” cierra esa larga saga que empezó en el año 1977 y que en el caso de algunos (en el mío por ejemplo) ha durado toda una vida desde la Infancia hasta eso que llaman (o llamaban antes) “mediana edad”.

Así es, “Rogue One” (título que, por suerte, no ha sido traducido porque sonaría algo así como “Rufián Uno”), cuenta el momento inmediatamente anterior al inicio de la primera de todas las películas de esta longeva saga cinematográfica que, después de ser estrenada en el año 1977, revolucionó tanto el Cine como el género de la ciencia-ficción.

Después de verla en la pantalla grande (para evitar que me pasase lo mismo que con la primera de todo el lote, que jamás vi en ese formato) salí desconcertado del cine y eso es lo que me ha llevado a convertir el tema de esa película en un correo de la Historia. Por difícil de creer que parezca.

Me explico. Dentro del campo de la Historia hay especialistas que se dedican a utilizar como materia de estudio el Cine, abordándolo no sólo desde el punto de vista de Historia del Arte, sino como fuente de información sobre una determinada época o sobre cómo una época en concreto -la nuestra, por ejemplo- ha reflejado determinados acontecimientos o ha expresado determinadas ideas que, como es lógico, influyen en muchos millones de personas, al ser el Cine un medio de difusión masivo.

E so es válido no sólo para el Cine que llamamos “histórico”, que reproduce -con mejor o peor fortuna- una época del pasado, sino para otro tipo de películas. Incluso de las que hablan de un lejano futuro. Como podría ser el caso de la que nos ocupa.

De hecho, hay teóricos de la Historia del Cine que sostienen que el trasfondo de las películas dice más sobre la época en la que fueron hechas, que lo que cuenta explícitamente la película en sí.

Es lo que me pareció en el caso de “Rogue One”. Sigo explicándome. Esta película ha sido hecha en el año 2016 y en su desarrollo muestra unas diferencias abismales con la de 1977 (la llamada “Guerra de las Galaxias”) a la que se supone precede en el tiempo.

Así es, “Rogue One” trata de emular -tal y como sus productores prometieron- el estilo casi artesanal -y aun así impresionante- con la que se hizo la del año 1977. Sin embargo, más allá de respetar la estética de la primera película de la serie estrenada en ese año, “Rogue One” es el producto de una época (la de la segunda década del siglo XXI) que difiere mucho de 1977.

“La Guerra de las Galaxias” estrenada en ese año era el resultado de una época que todavía tenía ilusiones, esperanzas de un  futuro mejor, más prospero y con menos miedo.

Por esa razón, probablemente entre otras, “La Guerra de las Galaxias” se basaba en uno de los temas básicos de la Narrativa. Es decir, el que llama el “Motif Index” (que recoge todos los temas narrativos de la Humanidad y sus diversas variantes) “el viaje del héroe”.

La pauta de ese tema narrativo es como sigue: un muchacho insignificante con sueños de gloria, logra finalmente verlos hechos realidad después de haber vencido numerosas pruebas y peligros que lo hacen merecedor de las mayores recompensas y reconocimientos. Unos que, en la mayoría de ocasiones, se catalizan en la conquista sexual (más o menos sublimada) de una princesa, que lo eleva por esa vía a rango de rey.

Con pequeñas variantes, esa era la temática de “La Guerra de las Galaxias”. Seguro que lo recuerdan.

En “Rogue One” todo eso ha desaparecido casi completamente. Es una película más oscura y gastada que “La Guerra de las Galaxias”. Ciertamente la heroína protagonista de la película realiza algo parecido al “viaje del héroe” que en 1977 correspondía llevar a cabo a Luke Skywalker, pero el desarrollo de la película se pierde en meandros cada vez más oscuros. Sobre todo para el público occidental. En especial el de países que tienen tropas destinadas en frentes como Irak, a causa de las llamadas “Guerras del Golfo” de 1991 y 2003.

La escena en la que en “Rogue One” las tropas imperiales sacan de la ciudad santuario de Jedha los cristales de Kyber que -se supone- son una fuente de energía esencial para el sistema de armas avanzadas del Imperio Galáctico, parece sacada de cualquiera de los muchos telediarios en los que -desde 2003- se nos han contado  ataques de milicias insurgentes post-Saddam contra unidades norteamericanas, británicas, españolas… patrullando fuera de la llamada “Zona Verde” de Bagdad o más allá de Kabul.

De hecho, es difícil, muy difícil, no ver ese trasfondo en esa escena en la que un sistema imperial roba un mineral energético (como el petróleo) para seguir manteniendo en marcha esa misma maquinaria imperial que exige esa expolio seguido de una destrucción masiva, sin paliativos, de todo lo que se opone a esa misma lógica imperial.

No contaré nada más, para no hacer eso que ahora llaman “spoiler” que, traducido al español, sería algo así como “chafar el final de la película”, porque seguro que habrá más público dispuesto a ver esta cinta que, por cierto, ha intentado ser boicoteada (como “La reina de España” entre nosotros) por elementos que demuestran hasta dónde podría llegar la “Era Trump” en la, hasta ahora, considerada mayor democracia del Mundo. Una en la que, sin embargo, hay elementos a los que no parece gustarles demasiado (como a los “ultras” españoles) que les señalen algunas crudas verdades desde la pantalla de un cine. Aunque sea en metáforas como las que expresa “Rogue One”.

Sólo les diré que esa película nos cuenta una historia desesperada. La de una sociedad que debe imponerse por medio del terror militar para seguir viviendo y tiene que racionalizar la lógica imperialista para no venirse abajo al tiempo que enfrenta una guerra civil.

Por ejemplo, es seguro que el nombre de Kyber (en la versión española lo pronuncian como “kaiber”) dado a los cristales de energía que el Imperio necesita expoliar, no ha sido elegido inocentemente por los dos guionistas de la película ahora en la lista negra de las hordas que votaron a Trump (ese presidente que quiere hacer entrar en razón al Mundo aumentando el arsenal nuclear, según sus últimas declaraciones).

Kyber, o Khyber, no es una palabra inocente. Es el nombre de un paso de montaña fundamental para controlar ese estratégico pedregal que es Afganistán y por el que distintos imperios llevan luchando desde los tiempos de Alejandro Magno. Si tienen ocasión, echen mano del DVD (o de lo que usen en estos casos) para ver otra magnífica película de los años setenta, también muy “de Navidad”: “El hombre que pudo reinar”. En ella dos grandes actores como Michael Caine y Sean Connery dan vida a un par de soldados británicos de la época imperial victoriana que tratan de emular a Alejandro -y a la mismísima reina-emperatriz Victoria- creando un imperio con lo que se extiende más allá del Paso Khyber.

Quizás eso les ayudará a comprender mejor el oscuro mensaje que relata “Rogue One”, que es tan sólo un síntoma de nuestra Historia del Tiempo Presente. El de la cuesta abajo, hacia un mundo más negativo, más oscuro, más desesperanzado, que hemos andado entre 1977 y 2016 y que queda perfectamente reflejado en las diferencias entre “La Guerra de las Galaxias” y su precuela “Rogue One”.

 

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Una serie de conferencias sobre una larga serie de guerras civiles. España entre 1833 y 1973
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Carlos Rilova | 18-12-2016 | 21:00| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya advertía la semana pasada, este lunes, al igual que el anterior, este correo de la Historia se dedicará, aunque sea brevemente, a hablar de actividades de la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”.

Si la semana pasada anunciábamos la inauguración de una exposición patrocinada por el Ayuntamiento de Irun sobre el siglo XVIII, que, felizmente, empezó su andadura este miércoles pasado y la continuará hasta el día 8 de enero, éste tenemos el honor, y la satisfacción, de anunciar, para los que están en Donostia en estas fechas, el inicio de un ciclo de conferencias en la céntrica calle Garibay (nº 19) sobre las guerras carlistas.

Todo esto empezará el día 20, a partir de las 19:30. Nos hablará Javier Sada, cronista de la ciudad, acerca del interesante estado en el que San Sebastián se encontraba durante esas dos guerras carlistas que la afectaron intensamente, con dos asedios (1833-1839) y (1873-1876).

Posteriormente, el día 27, hablará el que estas líneas escribe, sobre un tema poco conocido: ¿qué pasa cuando el Carlismo empieza a convertirse en un anacronismo, en la Europa de la “Gran Guerra” en la que las ametralladoras, y revoluciones como la de 1917, acaban, de raíz, con cualquier causa “romántica” como lo podría haber sido la carlista?.

Finalmente el día 4 de enero de 2017 hablará Jorge Garris, doctor en Historia Contemporánea, especialista en Geopolítica y el, por ahora, mas reciente socio de “Miguel de Aranburu”.

Su tema será, en el mismo lugar, y a la misma hora, la vida del general Cabrera. Una biografía novelesca pero, sin embargo, real. La de un alto mando carlista que rechaza el famoso “Abrazo de Vergara” en 1839, siguiendo la lucha hasta convertirse en un personaje de leyenda (y, desde luego, de novela, como bien lo pudo comprobar Pío Baroja) pero que, sin embargo, tras seducir a una sensible damisela británica, volverá la espalda a la causa carlista. E incluso se pondrá en contra de ella en el año 1875…

En principio, este es el plan de ese ciclo de conferencias con el que la Asociación de historiadores tiene planeado acabar este intenso año 2016.

A primera vista, sin duda, todo se reduce a hablar de viejas guerras con generales y soldados de entrañable aspecto, con sus románticas trazas, sus exagerados adornos capilares (fundamentalmente patillas y mostachos), sus poses enfáticas en grabados y fotografías que, a pesar de ser un asunto muy serio en 1833, o en 1876, hoy nos parecen casi cosa de risa.

La realidad es muy distinta. ¿Por qué?. Muy sencillo, el día 20 de diciembre (es decir, este martes en el que iniciamos este ciclo) se cumple el aniversario -otro más- de la muerte, en atentado, del almirante Luis Carrero Blanco.

En principio, la organización del evento de este ciclo de conferencias para esa fecha no tiene la menor carga simbólica. De hecho, estábamos pensando en dar la primera charla para el día 14 de diciembre. Sin  embargo, por cuestiones de agenda, el inicio de ese ciclo acabó coincidiendo con la mismísima fecha en la que el régimen franquista se quedó sin sucesor por la vía más abrupta que cupiera imaginar.

Es decir, un atentado terrorista que se convirtió en parte de la cultura popular española de la época de la Transición.

Carrero era extremadamente impopular en una España en la que – mayoritariamente- se esperaba que, tras la inminente muerte del dictador Franco, todo volvería a la relativa normalidad de 1931 definitivamente interrumpida en 1936 por la Guerra Civil. Carrero molestaba. Enormemente. No sólo a la banda terrorista ETA, que fue quien lo eliminó. También a muchos otros.

No voy a entrar en esos escabrosos detalles. Lo primero porque lo importante para nosotros es, aquí y ahora, esta serie de tres charlas sobre las guerras carlistas. Lo segundo porque un  grupo de historiadores diversos ha publicado un volumen en el que reúnen  diversos estudios en los que se considera la significación histórica de ese atentado. Su título, algo complicado pero verdaderamente sugerente, es “El atentado contra Carrero Blanco como lugar de (no-)memoria. Narraciones históricas y representaciones culturales”.

Sus editores son Patrick Eser y Stefan Peters. Contiene estremecedores relatos, recopilados por, por ejemplo, Joseba Zulaika. Antropólogo pero, a su vez, testigo directo, de aquellos años de disimulada, pero no por eso menos intensa, barbarie con los que el régimen vencedor de la Guerra Civil agonizó y se transformó.

Lo interesante del libro es, quizás y sobre todo, cómo expone la descomposición final de una España que, desde 1833, desde la muerte del último rey absoluto español (en efecto, Fernando VII), había sido incapaz, a diferencia del resto de países occidentales europeos, de ir creando a partir de esas fechas el camino político hacia una democracia sólida y viable como las que se consolidaron -parece que definitivamente- en esas latitudes tras la Segunda Guerra Mundial.

El atentado de Carrero, que tuvo lugar un 20 de diciembre de 1973, es acaso la imagen más impactante de ese fracaso -si se puede llamar así- que sumió a España en cinco guerras civiles desde 1823 en adelante en las que una facción afecta al Absolutismo (en todas sus variadas formas. Desde el Carlismo hasta el Fascismo puro y duro de Falange Española de las JONS) trató de aniquilar (en el sentido más gráfico y literal de ese término) a los españoles que habían hecho suya la bandera de las ideas revolucionarias de 1789.

Carrero y su atentado, en 20 de diciembre de 1973, como nos cuenta el libro de Peters y Eser, pusieron fin -esperemos que para siempre- a ese ciclo infernal.

Si quieren saber más sobre cómo España se fue contaminando de esa podredumbre ideológica, de esa incapacidad de articular un sistema político razonable entre 1833 y 1936, sólo tienen que pasarse este martes por la donostiarra calle Garibay a las 19:30.

Hablaremos, largo y tendido, de esas guerras, las carlistas, que fueron el primer y variado síntoma de una sociedad -la vasca y la española- que no entraba con muy buen pie en la Historia contemporánea…

Nos vemos, pues, allí, para comprender mejor la Historia detrás de ciertos acontecimientos. Como por ejemplo la voladura, controlada, del delfín de una anomalía política en el Mundo occidental de 1973 como lo era el régimen del general Francisco Franco. Último heredero, y algo así como un albacea algo aprovechado, de las ideas carlistas que alimentaron guerra civil tras guerra civil en la España del siglo XIX y XX.

 

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¿El “Siglo de las Luces” es algo que sólo les pasó a otros?. Invitación a una exposición (1766-2016)
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Carlos Rilova | 23-01-2017 | 16:33| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana, y la que viene, dedicaré el correo de la Historia a hablar de algunas de las actividades organizadas por nuestra Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu” para cerrar este 2016.

A comienzos de ese año la Asociación se comprometió con el Ayuntamiento de Irun para realizar una serie de actividades a lo largo de este 2016 que ya acaba. El objetivo principal de las mismas era que recordasen a su ciudadanía cómo hace 250 años, en 1766, en pleno Siglo de las Luces, esa ciudad consiguió independizarse de lo poco que quedaba ya de la tutela política a la que -desde la Edad Media- la tenía sometida la vecina plaza fuerte de Fuenterrabía (hoy Hondarribia).

De algunas de ellas ya se habló en otros correos de la Historia. Pero hoy nos toca hablar de la exposición “Irun Argien Mendean”, o, por su título en castellano, “Irun en el Siglo de las Luces”.

Los comisarios de la misma somos Ana Galdós Monfort, una de las socias de “Miguel de Aranburu” con amplia experiencia en estas cuestiones, y el que estas líneas escribe éste como, casi, todos los demás lunes desde el año 2012.

¿Cuál es el fin, el eje en torno al que gira esa exposición que se abrirá este 14 de diciembre a las 18:00 en el centro Palmera Montero de Irun?.

Yo lo resumiría (con permiso de la otra comisaría) con una frase mordaz que usaba el inefable Rowan Atkinson en una no menos mordaz serie de Televisión histórico-satírica: “Blackadder”. Seguro que la recuerdan. Especialmente los lectores del País Vasco que la vieron en castellano y euskera en varias ocasiones, merced a nuestra EITB.

Se trataba de contar la Historia de Gran Bretaña de manera jocosa a través de las (des)venturas de una imaginaría familia de nobles ingleses, los Blackadder (traducido: los Víboranegra, o, en euskera, Sugegorri Beltza) entre las turbulencias de la Baja Edad Media y el dramático final  de la serie en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

En los episodios dedicados al período de la llamada Inglaterra isabelina, la que corresponde con lo que normalmente llamamos “Renacimiento”, el Blackadder de turno (como siempre interpretado por un versátil Rowan Atkinson) intentaba que su tosco criado -Baldrick- aprendiese algo de la Nueva Ciencia que se empieza a desarrollar en la época.

El resultado, naturalmente, era tragicómico, porque Blackadder era incapaz de hacer que entrase nada en esa dura cabeza. La sarcástica conclusión del frustrado caballero era que, para Baldrick, “El Renacimiento era algo que les pasaba a los demás”…

Eso, precisamente, es lo que trata de demostrar nuestra exposición irundarra: que el siglo XVIII, la Ilustración, el Siglo de las Luces, no fue, precisamente algo que “les pasó a los demás”.

Por medio de diversos objetos e imágenes históricas, sacados unos y otras de los archivos municipales de la zona o de recursos propios, se ha reconstruido en varios paneles y vitrinas una Historia en la que, quien quiera, podrá, desde este 14 de diciembre, ver las conexiones -a veces insospechadas- entre una localidad guipuzcoana (Irun, claro está) y los grandes acontecimientos que, normalmente (como es desgraciadamente habitual), siempre creemos que ocurren en otras partes del Mundo y, ni por asomo, asociamos con nada que tuviera que ver con lo que ocurrió aquí.

Tratamos, en definitiva, de mostrar, por medio de esos objetos históricos y esas imágenes, que el juicio de uno de los principales ilustrados -Voltaire- sobre los vascos, no fue, precisamente, su pensamiento más acertado. Exactamente cuando dijo que los vascos eran un pueblo feliz que danzaba al son del tamboril a ambos lados de los Pirineos… Como, si en efecto, la Ilustración, el Siglo de las Luces, el convulso Siglo XVIII, fuera para ellos algo que, como el Renacimiento para el criado de Lord Blackadder, sólo les ocurría a los demás.

Gracias a la exposición podrán vislumbrar al menos que la Ilustración no pasó de largo por Irun, que a ella llegaron las mismas ideas innovadoras que exponía la Enciclopedia de Diderot y D´Alembert, que las costumbres y las ideas políticas también evolucionaron allí y que la Economía también cambió, al mismo ritmo que en el resto de la Europa dieciochesca y, finalmente, que las guerras constantes entre los distintos reyes europeos, tampoco pasaron de largo por Irun y, menos aún, la última consecuencia de todo aquello.

Es decir: el cataclismo revolucionario del año 1789 que trajo hasta Irun la última guerra de aquel Siglo de las Luces y con ella, aparte de todos los problemas que traen las guerras, una serie de ideas (constitución, derechos individuales, Libertad…) que ya no se irían jamás de esas latitudes. Por mucho que fueran la causa de unos siglos XIX y XX aún más convulsos, donde los partidarios de todas las promesas del siglo XVIII estuvieron guerreando, durante más de cien años, con los que pensaban que todo eso debía ser debelado, incluso destruido hasta la raíz…

Si están estas vacaciones de Adviento por la hoy muy visitada Capital Cultural de Europa (es decir, San Sebastián) o por el bello “País del Bidasoa” que decía el casi siempre malhumorado Pío Baroja (hijo gruñón de aquel Siglo de las Luces y del que vino después) pásense por el centro Palmera Montero de Irun y contemplen cómo los reflejos, a veces deslumbrantes, del Siglo de las Luces llegaron, por supuesto, hasta Irun. Donde ocurrieron en esas fechas cosas que ya han visto en el Cine. Aunque tal vez nunca se imaginaron que, en efecto, ocurrieran también, cerca, muy cerca, de sus propias casas, en la misma ciudad de Irun…   

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