Diario Vasco
img
¿Día de la Hispanidad?, ¿Día del Descubrimiento?. Notas sobre una Historia mal aprovechada (1492-2012)
img
Carlos Rilova | 07-01-2013 | 08:23| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Probablemente las razones profundas que nos han permitido disfrutar de un puente tan bien colocado como el que acabó ayer, no son demasiado bien conocidas. Con todo lo que tiene que ver con la Historia, normalmente, suele ocurrir así.

Así es, si, hoy por hoy, hay una fiesta cuyos motivos históricos sean más desconocidos y confusos, quizás esa es la que celebramos el 12 de octubre de cada año. Algunos, muy probablemente, la identificarán con las fiestas patronales de Zaragoza, dedicadas a la Virgen del Pilar. Los telediarios, en general, se han encargado de reforzar esa idea metiendo el asunto en sus escaletas de la semana pasada. Habrá otros que, tal vez, recuerden que todo esto tiene que ver con Colón, con el Descubrimiento de América…

Es posible incluso que, entre los más mayores, eso del “Día de la Hispanidad”, que aún se oye por ahí, en algunas emisoras de radio y televisión, periódicos, etcétera, sin duda despertará resonancias de antiguos recuerdos. Tal vez no demasiado agradables para muchos.

Fuera de las fronteras españolas, hasta que se demuestre lo contrario, habrá que perder toda esperanza -como en el Infierno de Dante- de que se sepa las razones por las que en España se hace fiesta el 12 de octubre. Pensando mal, es posible que algunos periódicos alemanes afines a la CDU de la canciller Merkel aprovechen la circunstancia para remachar la idea de que en ese país -España- hay demasiadas fiestas, reforzando así el argumento con el que se explica toda una profunda crisis económica. Una explicación unívoca, interesada y reduccionista que, bien mirada, no deja de tener mérito. No tanto por su veracidad como por la eficacia con la que les está funcionando a los interesados en difundir esos argumentos…

Ese panorama puede resultarnos un tanto desolador, pero como cualquier hecho histórico -ya sea el Descubrimiento de América o la manera en la que es recordado hoy día- tiene una perfecta lógica.

En este caso, como en el del rampante sentimiento independentista en Cataluña del que me ocupaba -y seguro que no por última vez- en esta misma página el 17 de septiembre, una de las razones principales para que las cosas estén así, tiene que ver con la desastrosa política cultural con la que se ha manejado el recuerdo colectivo, en fin, la Historia, de esa entidad llamada “España” durante bastantes años.

Así es, las celebraciones del día 12 de octubre resultan sencillamente paupérrimas comparadas con la dinámica que utilizan otros países como Francia o Estados Unidos para recordar y celebrar la fecha de su fiesta nacional el 14 y el 4 de julio respectivamente. Fechas que, por otra parte, como habrán notado, son conocidas tanto fuera de las fronteras de Francia como de las de Estados Unidos, en tanto que la del 12 de octubre apenas dice algo a alguien, probablemente ya ni siquiera en Sudamérica, principal parte interesada en ese asunto junto con España.

Algo que no deja de ser verdaderamente chocante teniendo en cuenta que lo que ocurrió el día 12 de octubre de 1492 es el descubrimiento de todo un continente y con él -genocidios y expolios a gran escala a los originarios del mismo aparte- se confirman toda una serie de grandes avances científicos en navegación, cosmografía etc… Algo casi tan relevante como las dos revoluciones, la de 4 de julio de 1776 y la de 14 de julio de 1789, que dan origen a nuestro mundo actual y a las fiestas nacionales de Estados Unidos y de Francia.

Bien, pues ni por esas, como se suele decir. Año tras año, régimen tras régimen -monarquía parlamentaria entre 1876 y 1923, dictadura “light” primorriverista de 1924 a 1931, Segunda República entre 1931 y 1939, dictadura autocrática entre 1939 y 1975 y, nuevamente, monarquía parlamentaria entre 1977 y 2012- no parece haber habido manera de poner en valor un hecho histórico como el que se pretende celebrar cada 12 de octubre y que -es o debería ser evidente- está, o puede estar, a la altura de los que se conmemoran el 4 y el 14 de julio.

Para empezar el nombre que se eligió para identificar esa efeméride del 12 de octubre a comienzos del siglo XX, el de Fiesta de la Hispanidad, no parece haber sido la mejor idea para poner de relieve lo que se llevó a cabo en 1492.

En efecto, lo más apropiado hubiera sido haber hablado de Día del Descubrimiento -y no de la Hispanidad- teniendo en cuenta que esa confirmación de los cálculos náuticos de Cristóbal Colón era, aparte de un gran paso para la Humanidad en materia cosmográfica y en el conocimiento del planeta, la llave que abría la puerta a territorios que en los momentos en los que se opta por aquello de “Día de la Hispanidad” -hacia 1918- no eran ya legalmente parte de esa Hispanidad sino del mundo anglosajón: Nuevo México, California, Oregón, Texas, Luisiana…

Ese mal punto de partida desdibujaba, efectivamente, el verdadero alcance  de lo que se hace en el año 1492, lo descontextualizaba históricamente, lo desvirtuaba y, finalmente, tal y como hemos podido ver hace tres días, lo desvanecía hasta convertirlo en un mero día de fiesta de un estado de la Unión Europea -y poco más- en el que apenas se sabe, ni dentro ni fuera de las fronteras del mismo, lo que se está celebrando exactamente.

Un error éste del nombre de la fiesta que no corrigieron ni mejoraron, en absoluto, las políticas culturales supuestamente organizadas desde, como mínimo 1892, para rememorar y poner en valor ese acontecimiento capital en el desarrollo de la Historia humana, como lo fue ese descubrimiento de América, que confirmaba -hay que insistir en esto- las nuevas teorías científicas en las que se iba a basar el posterior desarrollo de la sociedad tecnificada en la que, con todos sus pros y contras, vivimos hoy día.

Así es. Desde los primeros años del siglo XX se ha perdido, una y otra vez, la oportunidad de recordar que la travesía de Cristóbal Colón, financiada por las coronas de Aragón y Castilla formando ya el embrión básico de España como estado moderno -como los de Inglaterra o Francia-, abre la llamada Era de los Descubrimientos, que permiten ahondar en el conocimiento del Planeta, cartografiarlo, describirlo y, en definitiva, ubicar de un modo más exacto esa Nave-Tierra en la que transcurre la Historia de todo el género humano.

Un período histórico este de la Era de los Descubrimientos en el que, aparte de arrasar civilizaciones como la azteca o la inca en nombre de esa nueva civilización europea basada en la ciencia y en la superioridad tecnológica, se levantará un detallado mapa del globo terráqueo gracias, principalmente, al viaje de circunnavegación emprendido en 1519 por el portugués Fernando de Magalhaes -españolizado como Magallanes al recibir esa naturaleza de manos del emperador Carlos V-, los de John Cabot o Jacques Cartier en ese mismo siglo XVI,  y los que los continúan sobre todo en el siglo XVIII con nombres como los de Bougainville, Jorge Juan, Ulloa, Alejandro Malaspina y el más famoso de todos ellos, con razón o sin ella, James Cook.

Una relevancia histórica evidente que, sin embargo -en esto también hay que insistir- no se ha hecho nada por destacar, por poner en valor…

Queda muy poco tiempo -siete años- en términos de celebraciones históricas para el quinto centenario del comienzo de ese viaje de circunnavegación iniciado por Magallanes en 20 de agosto de 1519, que fue heredero directo del culminado el 12 de octubre de 1492. En ese tiempo pueden pasar muchas cosas y se pueden hacer también muchas otras.

La más interesante y conveniente de todas ella -quizás la más saludable sociológicamente hablando- sería poner en práctica una política cultural en la que se pusiese en su verdadero valor histórico ese acontecimiento y el que le da origen con la culminación de la travesía de Colón el 12 de octubre de 1492.

Debería ser una política de divulgación que, desde luego, no se dedicase, por ejemplo, a pasar celuloide rancio como “Alba de América” -una película que, hoy por hoy, no se debería programar sin un debate serio en el que, como mínimo, participasen expertos de la talla del profesor Santiago Juan Navarro-, creyendo que con eso se ha hecho una gran gesta patriótica -como parece haber sido el caso de cierta televisión este 12 de octubre- sino que, por el contrario, hiciera todos los esfuerzos posibles para -como se hace con las fechas del 4 y 14 de julio- tratar de que el significado histórico profundo del 12 de octubre de 1492 y todo lo que vino después -especialmente la circunnavegación-, fuera recordado en todo momento oportuno. En libros, en cómics, en películas, en series de televisión… y no sólo con congresos o conmemoraciones gigantescas -como la de quinto centenario de 1992-, en laS que se concentran todos los esfuerzos en unos pocos años para, antes y después de ellos, no hacer nada. Especialmente después, cuando el empacho de información sobre el acontecimiento en  cuestión, acaba por hacerlo casi aborrecible. Como bien sabemos que ocurrió en el caso del quinto centenario del Descubrimiento de América.

Tenemos ejemplos muy a mano. La explotación del segundo viaje de circunnavegación mundial, llevado a cabo por sir Francis Drake es un caso perfecto de recuerdo constante -prácticamente 24 horas al día durante 365 días al año-, estudiado, difundido, rememorado, perpetuado, desde distintos ángulos y por distintos medios y personas, a diferentes niveles -desde los cuentos para niños hasta películas- de esa travesía histórica que -eso debemos tenerlo muy claro- siempre estuvo por detrás de la iniciada por Magallanes en 1519.

De no hacerlo así seguramente tendremos muchas ocasiones de lamentarnos por esa falta de método. Y de ello seríamos especialmente culpables los guipuzcoanos, especialmente los historiadores, ya que entre nosotros vivieron nada menos que cuatro de las personas más destacadas -lo cual no quiere decir, por razones obvias como las que aquí he comentado, más conocidas- de esa Era de los Descubrimientos iniciada y confirmada con la arribada a América del 12 de octubre de 1492: Juan Sebastián Elcano, último oficial superviviente de la expedición de Magallanes y encargado de culminar la travesía, y Andrés de Urdaneta, Domingo de Bonechea y Manuel de Agote, estos tres últimos figuras claves entre los siglos XVI y XVIII para establecer rutas y mapas de un Océano Pacífico prácticamente desconocido después de que la expedición de Magallanes y Elcano lo surcase.

Si no aprovechamos cada 12 de octubre, y todo otro momento más o menos oportuno a lo largo de cada año, para dejar claro todo esto deberemos ir acostumbrándonos a cualquier cosa que pueda ocurrir a partir de ese momento. Por ejemplo que, al final, como les ocurre a cientos de turistas que pasan por los “Docks” de Londres, se crea que realmente quien circunnavegó por primera vez la esfera terrestre fue un corsario inglés llamado Francis Drake. O al menos que la única travesía importante a ese respecto fue la de aquel caballero, cosa absolutamente incierta desde el punto de vista histórico, que es lo que realmente, y como es lógico, se ha querido destacar aquí…

Ver Post >
La Historia como arma de guerra. A propósito de las elecciones venezolanas. Simón Bolívar el libertador, Simón Bolívar el dictador y el presidente Hugo Chávez
img
Carlos Rilova | 08-10-2012 | 09:00| 9

Por Carlos Rilova Jericó

Para este momento en el que subo este nuevo artículo a la plataforma digital de “El Diario Vasco”, ya conocemos cuáles han sido los resultados de las elecciones presidenciales en Venezuela.

Como es razonable esperar estos han disgustado a unos y han alegrado a otros. No podía ser menos.

Sin embargo nada de eso cambia el sentido de este artículo, relacionado con ese acontecimiento en el que esa gran nación -miembro fundador de la OPEP, es decir de la Organización de Países productores de Petróleo, para decirlo todo- parece haberse jugado su destino al permitir más de la mitad de sus votantes la continuidad hasta 2018 de los catorce años de gobierno del comandante Chávez.

Así, vistos los resultados, y sobre todo las declaraciones del nuevo presidente de Venezuela, parece ser que la apropiación de la figura histórica de Simón Bolívar como bandera por parte de Hugo Chávez, ha funcionado una vez más, sustentando lo que algunos han calificado como régimen de tintes dictatoriales, o cuando menos populistas, y movilizando durante estas últimas semanas, y hasta ayer mismo, a miles de seguidores.

Tanto para ir a manifestaciones y mítines -y a alguna que otra reyerta callejera con muertos del partido opositor a Chávez, que nos recuerda a la Europa de los años 30- como a los colegios electorales.

Demasiado como para que el historiador no se fije en esa utilización de la Historia como un arma de guerra -de momento política- del mismo modo, más o menos, en el que Yves Lacoste descubrió en los años setenta del siglo pasado que la Geografía también tenía ese uso.

Es un dato poco conocido, pero bastante accesible cuando uno se pone sobre la pista de este tema, que el comandante Chávez mantuvo una relación sentimental con Herma Marksman, historiadora de ideología socialista que, sin duda, debió contribuir, y no poco, a esa apropiación por parte de Hugo Chávez de la figura histórica de Simón Bolívar como bandera para la lucha política.

Que nuestra colega terminó de manera tormentosa su relación de toda índole con el comandante Chávez es también algo poco conocido, pero igualmente notorio, cuando uno se pone a hacer indagaciones -como es el caso- sobre la peculiar relación de Hugo Chávez con la Historia en general y con Simón Bolívar en particular.

¿Cuáles pudieron ser las razones profundas que llevaron a Herma Marksman a romper esa relación, a considerar, como denuncia ella misma en una entrevista, que Chávez la había utilizado?.

Al margen de todo lo que diga en su propio nombre la profesora Marksman, se pueden encontrar algunas otras a partir de un simple paseo por una bibliografía más o menos selecta en torno a la figura de Simón Bolívar.

Empecemos por la impresión que tiene el movimiento bolivariano (gracias al que el comandante Chávez llegó y permanece en el poder presidencial de Venezuela), de que el llamado “Libertador” fue una especie de precursor de ideas socialistas que, a decir verdad, en las primeras décadas del siglo XIX en las que se desarrolla la vida política y militar de aquel criollo de origen vasco -vizcaíno para más señas- estaban en un estado poco menos que embrionario.

Ese es el primer tropiezo del movimiento bolivariano del presidente Chávez con la Historia real. Esa descontextualización del personaje histórico para convertirlo en un mito que, a su vez, se pueda convertir en una bandera seguida por miles de votantes que pueden dar -y han dado- un vuelco en las urnas a la política que dirige uno de los principales países productores de petróleo y, por tanto, un lugar que despierta un gran interés a nivel internacional. Como lo hemos visto en muchos telediarios durante años y especialmente a raíz de estas elecciones que ha vuelto a ganar el comandante Chávez, en las que casi se ha podido sentir cómo muchos contenían la respiración esperando el fin democrático de su republicana bolivariana.

Así es, Bolívar fue un hombre de su tiempo -finales del siglo XVIII y principios del XIX- imbuido de las ideas ilustradas que animaron la revolución de 1789 y está claro que sostuvo en sus numerosos escritos, en sus proclamas fundamentales, diversas ideas revolucionarias, pero eso no significa -en modo alguno- que se le pueda catalogar como “socialista”. Ni siquiera como precursor del Socialismo, que iba a empezar a eclosionar como ideología revolucionaria hacia la cuarta década del siglo XIX de la mano de dos filósofos alemanes: Friedrich Engels y un tal Karl Marx, buen amigo del anterior, al que sableaba con frecuencia para poder seguir escribiendo una obra monumental sobre el Capitalismo…

Es precisamente Marx, el fundador, el símbolo indiscutible de la ideología socialista revolucionaria, el que deja claro -con la contundencia que le caracterizaba- en uno de sus escritos publicado en el año 1858 en la “The New American Cyclopaedia” de Charles Dana, lo que pensaba de Simón Bolívar, que no es precisamente lo que se pensaría de un correligionario.

En esa breve biografía, en efecto, Karl Marx comparaba a Bolívar con Napoleón y consideraba que su “Código Boliviano” era más o menos lo mismo que el “Código Napoleón”. Es decir, una base legal para poder ejercer un despotismo dictatorial que, en opinión de Karl Marx, Bolívar soñaba con imponer sobre toda América del Sur después de unificarla en una confederación de la que él sería dictador supremo.

Posiblemente, tal y como señalaba José Aricó en un artículo publicado en México en 1980 sobre ese escrito de Marx, el filósofo fundador del Socialismo quizás veía de un modo un tanto sesgado a Bolívar, pero ni el mismo Aricó se atreve a desmentir totalmente a Marx, señalando únicamente que ese viaje de Bolívar del revolucionarismo de raíz francesa al despotismo conservador, era la única reacción posible para él y para las restantes élites criollas, deseosas de librarse del dominio español, pero no de entregar el poder a las masas populares que los han ayudado a llevar a cabo ese proceso de Independencia.

Ese mismo en el que, como podemos leer, por ejemplo, en la edición de las cartas que Bolívar dirige a otro de los libertadores, el argentino José de San Martín -publicadas en Buenos Aires por el Instituto Nacional Sanmartiniano en el año 1952-, abunda la palabra “Libertad”, se identifica a los españoles con la opresión y con la imposición de un duro yugo a los pueblos americanos… pero brilla por su ausencia toda referencia a ningún plan de república socialista “avant la lettre”, quedándose el proyecto libertador reducido a una simple revolución, ni siquiera burguesa sino de la aristocracia criolla, dueña, de hecho, de grandes explotaciones esclavistas y basada en el principio de apoyarse en la burguesía y las masas populares pero sin querer hacer concesión alguna de poder político o económico a las mismas.

Así, mirando la biografía de Simón Bolívar desde el ángulo científico, a partir de documentos generados incluso por él mismo, descubrimos que hay un abismo entre la vida real del llamado “Libertador” y lo que el movimiento bolivariano, que ha sustentado la carrera política de Hugo Chávez, ha pretendido ver, y, desde luego, hacer ver, en él.

Nada de que extrañarse por otra parte. Como recogen Marcos Roitman Rosenmann y Sara Martínez Cuadrado en su “Epílogo” a la edición de esa biografía de Bolívar firmada por Marx a la que acabo de referirme -hecha en el año 2001 por la editorial madrileña Sequitur-, mucho antes de que el comandante Chávez llegase al poder, la figura de Bolívar había sido objeto de una mitificación interesada en Venezuela y en otras partes de la “Gran Colombia” fundada por su levantamiento contra España. Un proceso que había llevado a muchos miles de sudamericanos de Venezuela, de Colombia… a considerar una traición a la patria el hablar o pensar de Bolívar tal y como fue -un criollo dueño de minas y esclavos, renegado del revolucionarismo francés de 1789 que censura lo que se debe enseñar en las Universidades- en lugar del símbolo en el que se le había convertido.

Una bandera ésta, la de un Bolívar mítico, especie de santo laico defensor de los desamparados de la Fortuna y de los revolucionarios de toda índole, que el comandante Chávez ha utilizado hábilmente durante catorce años pero que, como es de imaginar, sólo puede acabar defraudando a aquellos que la han seguido, puesto que parte de unos hechos carentes de verdad histórica, de una auténtica burla hacia aquellos que han otorgado su confianza a ese símbolo estrambótico que, por dejarlo claro, equivaldría, más o menos, a que Adolf Hitler, por alguna extraña, monstruosa, paradoja, acabase convertido en símbolo del Pacifismo algún día.

Algo que, en cualquier caso, debería llevarnos a reflexionar sobre la facilidad con la que se pueden tender trampas colectivas -a veces de muy graves consecuencias- gracias a la ignorancia de la Historia. La verdadera Historia, la que escriben los historiadores, no lo vencedores, ni los cortesanos al servicio de determinados poderes después de todo opresivos, como el que representó el Bolívar histórico -no el mitificado- en su día.

Ver Post >
¿Arquitectura fascista, Arquitectura republicana, Arquitectura democrática?… San Sebastián-Roma-Bilbao-Washington D. C. (1922-2012)
img
Carlos Rilova | 11-10-2012 | 15:07| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Los cauces a través de los que se encuentra un tema con el que llenar esta página de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, cada lunes, son, a veces, de lo más inesperado.

En el caso del que va a ocupar hoy esta página todo empezó por un comentario hecho al final de una reunión de otra Asociación a la que tengo el honor de pertenecer, la de Amigos del Museo de San Telmo. Quien hizo ese comentario fue su presidenta, una verdadera especialista en temas de Historia del Arte, la profesora Montserrat Fornells, con la que él que esto suscribe aprendió -cuando sólo era un bachiller a medio cocinar- a distinguir una columna dórica de una corintia y otras cosas que, a fecha de hoy, le ayudan a quedar bien cada vez que alguien le pregunta algo sobre algún edificio, algún castillo, alguna catedral, algún cuadro más o menos famoso…

El comentario en cuestión era sobre un hecho bastante llamativo de la Geografía urbana de San Sebastián. Concretamente el escudo que campea, en ambas fachadas, de la llamada Caseta Real de Baños. Es decir, ese edificio que es el último de la serie que se elevan sobre las barandillas de la bahía de La Concha según se avanza hacia el Palacio de Miramar, el barrio del Antiguo y la playa de Ondarreta.

Yo, supongo que como muchos otros confiados paseantes de la Bahía -bien nativos o bien turistas-, no había reparado en lo que la profesora Fornells me hizo reparar enseguida: resultaba que la corona que campea sobre ambos escudos -el de la fachada que da al paseo y el de la que da sobre la playa- no era el escudo real sino el republicano, fácil de distinguir porque se compone de una serie de torres y no de una corona real.

Yo señalé a esto que ese era un dato de lo más curioso, pues indicaba que desde la proclamación de la Segunda República española en abril de 1931 el cambio de escudo había persistido hasta la actualidad. Sobreviviendo -quién sabe cómo- al expurgo franquista de ese tipo de símbolos que llegó tras la victoria del bando rebelde en la guerra de 1936 a 1939.

En este intercambio de información intervino otro historiador donostiarra, Alberto Fernández-D´Arlas, que, además de miembro de la Junta de la Asociación de Amigos del Museo de San Telmo, también sabe unas cuantas cosas sobre patrimonio histórico y artístico de San Sebastián y de lo que no es San Sebastián. Su documentada opinión señaló, apostillando mi comentario sobre la lógica histórica que había llevado al despojo de la corona monárquica en la Caseta Real de Baños, que, efectivamente, muy probablemente, cuando se acometió por parte de los técnicos de la Diputación guipuzcoana la reciente restauración del edificio, estos se limitaron a calcar el escudo presente en la caseta desde -es de imaginar- abril de 1931 en adelante sin reparar en el detalle de la corona republicana que, ciertamente, queda un tanto incongruente en un lugar que se llama Caseta Real -que no republicana- de Baños.

Con esa información fermentando en mi memoria, finalmente, como es obvio, decidí que ese tropiezo histórico-artístico bien podía ser la base de otro artículo para este blog de la Asociación de historiadores guipuzcoanos.

En efecto, el tema ofrece muchas posibilidades para que el historiador, una vez más, siente cátedra sobre una cuestión histórica al alcance de, prácticamente, cualquier mano -o más bien par de ojos- que quieran reparar en ese detalle arquitectónico. Es una cuestión, de hecho, de gran calado histórico que puede ayudarnos a entender las razones por las que, como sociedad -más que como individuos-, recordamos y cómo lo hacemos y, en fin, tenemos una ciencia que llamamos “Historia”.

No voy a descubrir nada nuevo. De hecho, ese trabajo ya lo hizo, hace años -y muy bien-, uno de nuestros colegas norteamericanos, el profesor David Lowenthal, en un magnífico libro traducido al español por la editorial de Ramón Akal no hace muchos años y que los lectores interesados pueden encontrar hoy por hoy en muchas bibliotecas. Los donostiarras -los principales aludidos por la cuestión del escudo incongruente de la Caseta Real de Baños-, por ejemplo, en la Biblioteca Koldo Mitxelena Kulturunea y, los que sean antiguos alumnos de la E.U.T.G., en la biblioteca de esta institución.

En “El pasado es un país extraño” Lowenthal, con un análisis verdaderamente exhaustivo y muy incisivo, repasaba el modo en el que en el mundo fundamentalmente anglosajón se perpetuaba el recuerdo de determinados acontecimientos. Desde batallas hasta la vida cotidiana de, por ejemplo, los primeros colonos ingleses en América que, a fecha de hoy, se ha reconstruido en lo que normalmente llamamos “parque temático” con un alto grado de especialización y veracidad que pasa, incluso, por la ausencia de retretes modernos, sustituidos para todos -historiadores al cargo del asunto y visitantes- por un realista agujero en las cuadras de las granjas reconstruidas hasta el último detalle en el estado en el que estaban hacia, más o menos, el año 1637.

La conclusión del libro de Lowenthal, grosso modo, venía a decir que nos gustaba recordar porque somos seres finitos -si fuéramos inmortales nos bastaría nuestra memoria y, sin duda, nuestra forma de recordar, de hacer Historia, sería muy distinta- y que hasta finales del siglo XX nuestro recuerdo del pasado ha estado mediatizado por lo que queríamos ver de ese fragmento del Tiempo, eliminado de él aspectos desagradables del mismo que una sociedad más tecnificada y más higienizada no podía asumir. Caso, por ejemplo, de los sospechosos retretes ubicados en los rincones de las cuadras, los olores de una curtiduría, los de cuerpos y ropas no lavados con la misma frecuencia que usamos hoy día y un largo etcétera que, me imagino, ya se irán imaginando, entre el que se incluyen habilidades como la de tejer o hilar de la que hoy muchos de nosotros no sabemos nada.

Lowenthal también dedicaba cierta atención a las cuestiones de orden político como barreras para recordar el pasado o determinados aspectos de él, pero, quizás, ese era el aspecto menos desarrollado de su, por otra parte, recomendable libro.

Ciertamente la opinión política del presente, a veces, no está muy de acuerdo con determinadas partes de la opinión política del pasado que, sin embargo, como ocurre con la Caseta Real de Baños, han quedado escritas, literalmente, en piedra.

El caso de la Caseta Real de Baños es, en efecto, uno más de esos desencuentros entre las opiniones políticas del pasado y del presente que el historiador, tal vez, puede ayudar a comprender, explicar y, si ello es posible, resolver del modo más satisfactorio posible.

Intentémoslo. Puestos ante la obligación de conservar el patrimonio histórico-artístico en su mayor integridad, lo lógico sería mantener esas piezas en el estado en el que estaban cuando empezaron a convertirse en reliquias, en restos irremplazables de un pasado ya perdido, es decir, en documentos históricos, aunque esto, como lo saben bien los restauradores, suele ser bastante más fácil de decir que de hacer.

Efectivamente, llegados al punto de preservar de la destrucción del tiempo un determinado resto, de restaurarlo, de conservarlo y de convertirlo en un instrumento que ilustre al mayor número posible de habitantes del presente sobre ese pasado, se plantean una serie de preguntas incómodas para las que, muchas veces, la respuesta no es sencilla.

Por ejemplo, ¿qué conservamos?. ¿Las estatuas de dictadores sanguinarios, otrora fieles aliados de Occidente, como Sadam Hussein?. ¿Sus palacios?.

¿Qué hacemos con las murallas de Nínive o con cualquiera de las de nuestra hoy, más o menos, unida Europa, todas ellas testimonios de sociedades altamente militarizadas, de regímenes desaparecidos que rendían culto a una violencia que hoy amedrenta a muchos habitantes del presente y les hace sentir incómodos?.

¿De qué modo los conservamos?. ¿Los dejamos tal cual estaban?, ¿se les pone una placa explicativa?. En ese caso, ¿en qué términos debe estar escrita  y por quién?.

La respuesta del historiador, por supuesto, es que, en primer lugar y ante todo, esos restos deben ser conservados porque de otro modo olvidaremos, careceremos de memoria, pero que los mismos, para ser verdaderamente útiles, deben ser convenientemente analizados y explicados para los pobladores del presente.

Una decisión que, sin embargo, resulta muchas veces verdaderamente controvertida. Y no hay que irse hasta Irak para encontrar ejemplos. Hace no muchos años el alcalde de Bilbao, el doctor Iñaki Azkuna, del Partido Nacionalista Vasco -uno de los muchos represaliados por la dictadura franquista-, se vio envuelto en una polémica bastante aguda en torno a la conservación en un edificio de la plaza Moyúa de la capital que él gobierna de un escudo de corte netamente fascista, digamos que de la época más “azul” del Franquismo, según el término acuñado por el historiador israelí Shlomo Ben Ami.

Se habló de quitar ese escudo. Hubo asociaciones como “Ahaztuak 1936-1937”, dedicada al recuerdo de las víctimas de la Guerra Civil y la posterior dictadura en el País Vasco, que protestaron enérgicamente y, finalmente,… el escudo se quedó junto con el resto del edificio y puede verse a fecha de hoy cada vez que uno pasea por esa parte de Bilbao o se ve en la obligación -generalmente penosa- de acudir a la Agencia Tributaria del Estado, que es el organismo que se aloja ahora en el interior de esas estructuras claramente fascistoides.

El doctor Azkuna, al parecer, justificó esa decisión señalando, muy acertadamente, que el escudo y el edificio en sí eran un documento, un resto del pasado que se debía conservar para que hoy y en el futuro se supiera lo que había ocurrido.

El único defecto a esa argumentación es que, a fecha de hoy, tampoco parece que se han hecho esfuerzos demasiado notables para hacer visible a nuestra generación, y a las futuras, el significado histórico de ese impresionante edificio, ejemplo local de la Arquitectura de corte fascista, que rodea esa bonita plaza bilbaína junto al Hotel Carlton, la estatua de José Antonio de Aguirre -primer presidente del primer gobierno autónomo vasco en plena guerra civil- y otros emblemáticos edificios como el palacio de Víctor Chávarri, un capitán de empresa, uno de los amos, del, para muchos, lúgubre y duro Bilbao de la Industrialización…

Volviendo al caso de la Caseta Real de Baños de La Concha, también carente, hoy por hoy, de toda explicación coherente sobre su valor histórico, por un lado se debería restaurar, al menos, uno de sus escudos tal y como era cuando servía de vestidor playero a la familia real española, mantener el otro con la corona republicana que, al parecer, sobrevivió a la purga franquista y, finalmente, redactar un sencillo pero instructivo y bien documentado texto -en los idiomas que fuera pertinente- explicando todos esos avatares: la caída de la monarquía en 1931, la incautación republicana de todos sus bienes y el resellado -por así decirlo- de los mismos con los símbolos republicanos, la supervivencia de ese símbolo republicano en la España franquista, etc, etc…

Puede que algunos encuentren discutible ese criterio -polémica, como acabamos de ver en el caso de Bilbao, no suele faltar con estos temas-, sin embargo lanzó una última reflexión acerca de dejar estas cosas como están, sin placa, sin explicaciones, o mutilándolas: si suprimiéramos toda la arquitectura que no nos gusta, que choca con la manera de ver las cosas mayoritariamente aceptada en nuestras sociedades democráticas, ¿qué pasaría con el conjunto monumental del centro de la capital de Estados Unidos?. Como se puede apreciar echando un vistazo a la imagen que cierra este artículo, sacada de parte de la fachada de los Archivos Nacionales de esa nación que dice ser la mayor democracia del Mundo, no hay mucho que separe a esos elementos arquitectónicos de los erigidos, más o menos en la misma época, por regímenes totalitarios o paratotalitarios, como el fascista -que plagó Roma de estructuras y placas, algunas de ellas aún visibles-, el franquista que dejó, entre otros, en pie el edificio de la plaza Moyúa del que acabo de hablar o, supuestamente en el extremo ideológico opuesto, el Stalinismo…

Vistas así las cosas quizás lo más inteligente, instructivo y barato resulta, en efecto, seguir, por ejemplo, la política del Ayuntamiento de París. Es decir: la de dar explicaciones escritas sobre cada edificio con valor histórico, por qué llegó a existir, cómo sobrevivió y qué significaba.

Historiadores preparados para hacer ese trabajo no faltan. Como espera estar demostrándolo semana a semana esta página.

Ver Post >
En el 60 aniversario del Festival de Cine de San Sebastián… A propósito de la crisis económica. La “Gran Depresión” en la gran pantalla (1929-2012)
img
Carlos Rilova | 24-09-2012 | 10:07| 2

Por Carlos Rilova Jericó

La redonda 60 edición del Festival de Cine de San Sebastián parece un buen pretexto para pararnos a pensar sobre ciertas imágenes cinematográficas. Concretamente sobre esas que hace unos años veíamos con un suspiro de alivio en la gran pantalla y que ahora volvemos a ver con verdadera angustia, como un reflejo nervioso de la situación que estamos viviendo -sobre todo en Europa- desde al año 2007 en adelante. Esa que se nos ha descrito como la mayor crisis económica mundial desde el año 1929…

A decir verdad nuestro Zinemaldia no parece haber hecho mucho caso de películas como “Bonnie and Clyde” o “El golpe”, que reflejaron magníficamente a finales de los sesenta y principios de los setenta la lúgubre Norteamérica de la Gran Depresión, en toda su espantosa intensidad. Como lo demuestran las primeras escenas de “El golpe”, en las que la cámara desfila ante una hilera de desahuciados, harapientos, seres humanos, sin esperanza, sin trabajo, sin nada… en el año 1936, en una ciudad del Medio Oeste americano.

En efecto, nuestro Festival tampoco dio cabida en él -por las razones que sea, sin duda totalmente acertadas- a superproducciones recientes como la última versión de “King Kong”, en la que actuaba notablemente Naomi Watts -que en estos días es una de las estrellas que da más brillo a esta nueva edición del Zinemaldia con “Lo imposible”- y devolvía a la vida -también en las escenas iniciales de esa nueva versión del mito del gigantesco rey simio- una Nueva York de principios de los “oscuros treinta” al sarcástico ritmo de “I´m sitting on Top of the World” -“Estoy sentado en la cima del Mundo”- de Al Jolson, que suena mientras la gente se muere de hambre y frío en las calles de Manhattan por falta de un trabajo y una casa que el viento de la Gran Depresión de 1929 se llevó por los aires y sólo devolvió -en el mejor de los casos- en forma de chabola en la “Hooverville” improvisada en Central Park. Sí, la misma que destroza la Policía en “Cinderella man”. Otra película reciente ambientada en la Gran Depresión con grandes estrellas como Russell Crowe y Renée Zellweger -de esas que algún día recibirán el premio Donostia, como Meryl Streep, protagonista en su día de “Tallo de hierro”, otra película sobre esa época-, que nos devuelve en toda su crudeza a esa gran crisis económica que ahora volvemos a ver en la pantalla horrorizados, preguntándonos si ya estamos así o si dentro de poco estaremos así…

Ese desencuentro casi continuo entre el Festival y ese cine sobre la Gran Depresión -con las excepciones de rigor, como el premio al protagonista masculino de “Bonnie and Clyde”-, sin embargo, no nos debería eximir de reflexionar sobre en qué se parece realmente la América, y el Mundo, de esa época -esa de la que era testigo David Carradine en “Esta es mi tierra” interpretando a Woody Guthrie, el bardo de aquellos Estados Unidos- y éste en el que, mal que bien, vivimos ahora, arrasado por otro cataclismo económico como el de 1929 y en el que muchos parecen volver a comer las uvas de la ira.

De eso precisamente se encarga el artículo que sigue a éste, firmado, una vez más, por el presidente de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, el profesor Álvaro Aragón Ruano, en el que se hace un rápido pero sorprendente paseo por la Historia de las crisis económicas periódicas que han azotado nuestro mundo desde la Edad Media hasta hoy mismo.

En él podrán descubrir algunas claves acerca de las razones por las que nuestras calles -al menos las de algunas de nuestras ciudades-, pese a todo lo que está ocurriendo y se refleja en periódicos y telediarios, aún no se parecen, tras cinco años de “Gran Depresión”, a las que hoy podemos ver en la gran pantalla con horror, no con el alivio de los espectadores de “Bonnie and Clyde” o de “El golpe”, aún a salvo en una sociedad que todavía disfrutaba una economía bien regulada…

 

Un rápido paseo por la Historia de las crisis económicas

 Por Álvaro Aragón Ruano

La crisis financiera de 2008 ha puesto de manifiesto la necesidad de reflexionar sobre dos -aunque en realidad es uno sólo- de los principales debates del pensamiento económico, concretamente, sobre la cuestión del crecimiento económico y las crisis. Si bien la actual crisis surgió del entorno financiero, ha tenido y sigue teniendo ramificaciones en todos los ámbitos productivos y cotidianos, lo cual ha supuesto un punto de inflexión en los postulados que sobre el crecimiento capitalista se habían sostenido en las últimas décadas, proclives a un liberalismo radical. El debate actual se centra en torno a si estamos ante una crisis del sistema o ante una crisis dentro del sistema, similar a las ocurridas en otras épocas.

En esta ocasión vamos a tratar de hacer un análisis sucinto de las diferentes crisis acaecidas a lo largo de la historia y de analizar su repercusión en nuestro ámbito cercano. Por ello, hablaremos de la crisis bajomedieval, la crisis del siglo XVII, las crisis de subsistencia de fines del siglo XVIII, la crisis del 98 o el crack de 1929. Hoy en día existe un intenso debate dentro de la historiografía en torno a las diferentes crisis mencionadas, sobre todo, porque en la actualidad los historiadores contamos con nuevas metodologías y fuentes inéditas, con las que hasta la fecha no se contaba, que nos dan nuevas perspectivas. Los hay que discuten la cronología, las causas, las dimensiones y las consecuencias, a pesar de que asumen que dichos períodos críticos se produjeron. Pero también hay historiadores que niegan la noción misma de crisis o, al menos, su carácter catastrófico, y prefieren hablar de reajustes o de profundas readaptaciones estructurales, como Stephan Epstein, quien habla de “creación destructiva” que permite a largo plazo mayores cotas de crecimiento. El término “crisis”, en su acepción más común, tiene un componente negativo, de descenso, declive, desplome o hundimiento súbito, sobre todo económico, cuando en su significado original grecolatino en realidad supone meramente un “punto de inflexión”, “cambio”, “evolución”, esto es, un cambio de coyuntura a corto plazo o un cambio de tendencia a largo plazo. Por tanto, podemos decir que existen diferentes tipos de crisis, dependiendo de su alcance, duración, causas, consecuencias, etc.: aquellas cuyos efectos se limitan a unos pocos meses o años, como las crisis de subsistencia o crisis agrarias; aquellas crisis bursátiles, financieras, monetarias o energéticas, como las de 1929, 1973 o la actual; o aquellas crisis seculares o incluso pluriseculares que afectaron a las bases mismas del orden social y económico, tales como las del siglo III, la del siglo XIV y la del siglo XVII.

En el caso de la crisis del siglo XIV o crisis bajomedieval, hasta fechas recientes predominaban las teorías Ricardo-malthusianas o neomalthusianas, que hacían hincapié en el descenso de la población europea, a consecuencia de la contracción económica y del impacto de la peste negra. Sin embargo, en la actualidad nuevos estudios han desechado tales teorías, que en origen se centraron en algunas regiones inglesas, la cuenca de París y la Picardía, y se generalizaron al resto del territorio europeo. Hoy día se niega que hubiese contracción demográfica antes de 1350, en un período en el que, por ejemplo, durante el siglo XIII en la Península Ibérica se estaba produciendo la reconquista, con el consiguiente trasvase de población, la expansión germánica hacia el sur y el este de Europa, o la colonización inglesa de Gales e Irlanda. También se niega que hubiese un atraso tecnológico, aunque en ese ámbito existe una gran variedad de situaciones, o que los mercados locales y regionales no estuviesen desarrollados. En el caso español historiadores como Hilario Casado o Antoni Furió -recomiendo la lectura de Las crisis a lo largo de la historia, publicado por la Universidad de Valladolid- han puesto también en tela de juicio el concepto mismo de crisis, demostrando que lejos de existir una contracción económica, fue un período de bonanza y expansión. Algo similar ocurrió en el caso vasco, donde no existen pruebas de la presencia de la peste negra y, en todo caso, la documentación nos muestra a unas villas en plena efervescencia que comercian desde finales del siglo XIII con los puertos franceses, ingleses, hanseáticos, italianos y bizantinos.

Algo similar ocurre con la crisis del siglo XVII, también en cuestión en la actualidad. Si tras los debates de Trevor-Hooper, Lublinskaya, etc. de los años setenta quedó claro que la crisis no fue general a toda Europa, sino que afectó más bien a los países mediterráneos, quedando al margen territorios como Inglaterra o los Países Bajos -a pesar incluso del episodio de la burbuja financiera relacionada con los tulipanes entre los años veinte y treinta-, que habían diversificado sus economías desde finales del siglo XV, en la actualidad también se está debatiendo su alcance en el ámbito mediterráneo. En el ámbito español, paradigma de la crisis del XVII, hay voces como las de Valentí Gual, Xavier Gil Pujol, etc. que niegan el impacto global de la crisis, puesto que como han demostrado las últimas investigaciones, el Levante y la Cornisa Cantábrica quedaron al margen de la recesión y experimentaron un proceso de expansión o, al menos, de no retraso. Incluso en el área meseteña hubo importantes reconversiones que conllevaron la sustitución del cultivo de cereales por otros cultivos más dinámicos, como la vid o los olivos que atendieron a una demanda en expansión, sobre todo gracias al desarrollo de los mercados americanos. En el caso vasco, si bien hubo dificultades coyunturales, los diferentes sectores e inversores supieron amoldarse a las nuevas circunstancias apostando por la diversificación y especialización, lo cual permitió minimizar los riesgos y cubrir posibles pérdidas. Lo típico durante los siglos XVI y XVII es que un mismo individuo fuese a la vez propietario de ferrerías, diversas caserías, invirtiera en la construcción naval, se dedicase al comercio internacional, al corso, a la pesca de altura y de la ballena, etc. Es decir, tenían presencia en todas las actividades productivas. Esa misma realidad es extensible al siglo XVIII, aunque la globalización de los mercados -y no me he confundido de término, pues es entonces cuando se produce la primera globalización, gracias al fenómeno colonial-, generó fuertes disensiones en los mercados locales, provocando cierta precariedad entre el campesinado, debido sobre todo a las prácticas especulativas, que darían lugar a fenómenos como las crisis de subsistencia, caso de las matxinadas (1718, 1755, 1766), la guerra de las Harinas (1774-1775) y la crisis de subsistencia de 1789, paso previo para la Revolución Francesa.

En el caso español, sin duda el período crítico que más influyó en el ideario colectivo fue la crisis de 1898. El fin del Imperio colonial español tuvo repercusiones en todos los ámbitos, pero su mayor consecuencia fue instaurar un clima pesimista y catastrofista que se extendió a la historia de España y al futuro, y que en la actualidad perdura, como ha demostrado recientemente Rafael Núñez Florencio en su El peso del pesimismo. Ese pesimismo histórico llevó a considerar, por ejemplo, el siglo XVII como un siglo de decadencia, mientras presentaba el siglo XVIII como un período de restauración y renovación, gracias al advenimiento de la dinastía borbónica; ni uno fue tan oscuro, ni el otro tan iluminado (El siglo de las Luces). Ese pesimismo es el que precisamente llevó a crear las dos Españas que, primero dialécticamente y luego violentamente, se enfrentaron durante décadas, dando lugar a una guerra civil, cuarenta años de franquismo, y que siguen en pie de guerra en la actualidad.

La gran depresión de 1929 es considerada por algunos autores como la primera crisis global, que provocó la desintegración del modelo económico mundial configurado desde el siglo XVIII y la primera industrialización. Los orígenes de esta crisis hay que buscarlos en los desequilibrios de la economía mundial, posteriores a la primera guerra mundial: desequilibrios en el comercio internacional, pues mientras algunos países generaban superávits otros se sumían en onerosos déficits; desequilibrios financieros, provocados por la inversión extranjera en ciertos países, movimientos especulativos a corto plazo y reparaciones de guerra; desajustes en el sistema monetario mundial, consecuencia de la vuelta de algunos países al patrón oro; sobreproducción generalizada, sobre todo de los productos agrícolas, cuyos precios cayeron en picado. A todo ello se unieron las decisiones de la reserva federal americana, cuya política a partir de 1928 fue más restrictiva, por el aumento de los tipos de interés, lo cual aceleró la burbuja especulativa, que provocó la crisis bursátil de Wall Street. Esta crisis generada en los Estados Unidos de América se generalizó al resto del mundo, lo que provocó la repatriación de capitales americanos y británicos, generando así una descapitalización del resto de países y una crisis bancaria en 1931, lo que acabaría repercutiendo en USA y Reino Unido. Entre los países que se vieron más afectados está España que, si bien se había beneficiado de su neutralidad en la primera guerra mundial, no supo aprovechar dichos beneficios para transformar su economía y realizar cambios estructurales, excesivamente basada en la agricultura y en la exportación de materias primas. El gobierno republicano optó por el proteccionismo y la devaluación de la moneda, lo cual resultó contraproducente, aunque en eso tampoco fueron tan diferentes a otros países que adoptaron medidas similares.

Por tanto, la crisis iniciada en 2008 -en palabras de Antón Costas Comesaña- nos ha enseñado cuán engañados estaban los economistas e historiadores económicos al pensar que la volatilidad macroeconómica había llegado a su fin y nos ha recordado que en la historia siguen existiendo ciclos económicos -que nadie tenga, por favor, la tentación de decir que la historia se repite-. Así mismo, ha puesto de nuevo de rabiosa actualidad las teorías de John Maynard Keynes, que propugnaban el papel del Estado como regulador de los mercados, y ha demostrado que la desregularización salvaje impuesta desde tiempos de los gobiernos de Reegan y Thatcher -ya ocurrida en otras fases de la historia- fue un error, porque ni los mercados ni sus agentes se autorregulan ni pueden controlar de forma milagrosa el comportamiento oportunista y especulativo. Lo mismo se puede decir de las grandes corporaciones financieras y empresariales. Esta crisis, por último, nos enseña que no existen mecanismos globales adecuados para responder a una crisis financiera global, y que la solución debe pasar por una solución combinada: una cierta desregularización, acompañada de reglas y normas nacionales de regulación financiera, que darán lugar a una mejor globalización.

Si algo nos enseña la historia es que aquellas zonas que tienen una estructura económica sólida y diversificada, no monolítica, aguantan mejor las dificultades y los embates de las crisis: países como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, etc. están aguantando mejor la situación. Es ahí donde quizás la economía española deba hacer mayor hincapié en los próximos años, y una prueba de la eficacia de esa realidad económica la tenemos en el País Vasco, una economía más diversificada, más volcada hacia otros mercados, no tan centrada en el ladrillo y el mercado nacional, cuya tasa de paro es la menor del Estado, mientras que las tasas de productividad son de las más altas. ¿Será casualidad que los territorios vascos no hayan sufrido a lo largo de la historia crisis profundas, si no más bien reconversiones, transformaciones, etc.? ¿Será una cuestión cultural o social? Ese es tema para otro debate….

Ver Post >
¿Por qué muchos catalanes ya no quieren ser españoles?. Algunos apuntes históricos. De Ali Bey a la “Diada de la Independencia” (1803-2012)
img
Carlos Rilova | 12-09-2013 | 07:42| 33

Desde el pasado martes no ha dejado de repercutir en distintos medios de comunicación la noticia que alguno de ellos -concretamente “El periódico de Catalunya”- han llamado “la Diada de la Independencia”. Es decir, la multitudinaria manifestación desarrollada en Barcelona ese “día nacional de Cataluña” en la que, según se dice, más de un millón de habitantes de esa comunidad autónoma pidieron la independencia de España con el presidente del gobierno catalán, el honorable Artur Mas, a la cabeza.

La reacción de la clase política española y de los medios que se editan fuera de Cataluña ha sido una bastante habitual: echarse las manos a  la cabeza y un consiguiente rasgar de vestiduras -al menos metafóricamente- guarnecido de expresiones de incredulidad que se podrían resumir en la frase “¿pero cómo es posible que muchos catalanes no quieran  ser españoles, no les basta con el Estatut?”…

Podríamos pasarnos las tres o cuatro hojas de este artículo discutiendo sobre diferentes aspectos de ese mentado “Estatut”, sobre si el grado de autonomía del que disfruta Cataluña es mayor, o menor, que el que disfrutan algunos “länder” alemanes, o el País Vasco, o Navarra y, cómo no, sobre la secular ingratitud de los catalanes con respecto a “España”, pero nada de eso añadiría nada nuevo a un debate verdaderamente manido, gastado por años de uso, a veces verdaderamente irresponsable. Y mucho menos añadiría nada interesante para los lectores que cada lunes se acercan a esta página titulada, no por casualidad, “El correo de la Historia” y que, con toda la razón del Mundo, esperan encontrar aquí alguna cosa más o menos sensata sobre cuestiones históricas relacionadas con asuntos del presente -como es el caso de esa “Diada de la Independencia”- o no.

Abordaré este asunto, pues, sólo desde la Historia y trataré de hacerlo desde un punto de vista innovador. Incluso revisionista, si se quiere. No voy a hablar, por tanto, de si tiene algún sentido histórico una fecha, el 11 de septiembre, el de la “Diada“, que pretende, oficialmente, celebrar el día en que Cataluña perdió su independencia cuando Felipe V ordenó abolir sus Fueros. Una operación administrativa propia del Antiguo Régimen que, a decir verdad, poco tendría que ver con la abolición de la independencia de una nación catalana que, como todas ellas, no adquiere el sentido que hoy damos a esa palabra -“nación”- hasta muchos años después, a partir de la revolución francesa de 1789.

Por el contrario, en lo que me voy a centrar es en tratar de hacer evidente una de las razones históricas por la cual un millón de personas estaban dispuestas a salir a la calle en Barcelona este último 11 de septiembre, no a celebrar esa “Diada” basada en una -hasta cierto punto- errónea interpretación de la abolición de los fueros catalanes como una cuestión “nacional”, sino a pedir -ya- la independencia de España.

¿Qué razón es esa?. Es una que, quizás, se ha dejado caer en el olvido durante mucho tiempo y que, quizás, tiene tanta o más importancia que otros factores -económicos, de transferencia de competencias…- para explicar lo que ocurrió en Barcelona el día 11 de septiembre de 2012. Se trata concretamente de la nefasta política cultural que las élites dirigentes españolas han llevado a cabo durante, como mínimo, los últimos ciento cincuenta años.

En efecto, si comparamos la tarea de crear una identidad nacional fuerte que se pone en práctica en los principales estados europeos desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad, el caso español resulta verdaderamente famélico comparado con el alemán, el italiano, el británico y, sobre todo, el francés, que es el modelo más acabado de esa labor de crear cohesión nacional por medio de un hábil manejo de la Cultura en general y de la Historia -sobre todo- en particular.

Así es, si se profundiza algo en esa cuestión, se descubre pronto que las élites españolas han derrochado tiempo y dinero durante ese siglo y medio enfrentándose en distintas banderías y en desprestigiar todo lo que tuviera que ver con las palabras “España” y “español” mientras otros estados europeos invertían ese tiempo y ese dinero en crear una imagen de sí mismos que provocase afecto y no rechazo.

A Cánovas del Castillo se ha atribuido uno de los más sonados ejemplos de esa, por llamarla de algún modo, política cultural. Mientras se discutía en el Parlamento de Madrid la constitución que iba a zanjar la última guerra civil del siglo XIX, en 1876, dicen que dijo que “español es el que no podía ser otra cosa”…

La famosa frase habría sido pronunciada en el mismo momento en el que la Francia de la Tercera República, salida de la derrota militar sufrida cinco años atrás a manos de la Alemania bismarckiana, impulsaba, a marchas forzadas -retomando la labor llevada a cabo durante el Segundo Imperio, su enemigo político-, una industria cultural que dotase a Francia de cohesión interna y prestigio internacional…

Así las cosas, cuando hasta los padres de la patria española -como era el caso de Cánovas, hoy enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres, esa versión hispánica, tan poco conocida, de la abadía de Westminster- se han dedicado, durante siglos, a desprestigiar a su propio país, no deberíamos extrañarnos de que, con el tiempo, el número de personas que no quieren saber nada de una patria tan vilipendiada, tan aborrecida incluso por aquellos que aspiran a gobernarla, haya aumentado de manera exponencial.

En España, en efecto, no ha habido buenos productos culturales que hayan cohesionado, que hayan creado una especie de orgullo de ser español. Mientras en la Francia de finales del siglo XIX se publicaban magníficos libros de Historia ensalzando a Napoleón I y a su fracasado imperio de menos de diez años de duración, la burguesía española se dedicaba a comprar volúmenes de formato muy similar pero llenos de artículos deprimentes sobre España como la Historia de un fracaso perpetuo…

La tónica cambió muy poco a lo largo de los años siguientes. No me voy a detener en el desastre que supusieron, por distintas razones, manuales escolares como el de “El niño republicano” o su némesis franquista, la famosa “Enciclopedia Álvarez”, que enseñó pseudohistoria de España a generaciones enteras de españoles, alguna de las cuales anda por ahí todavía en relativo buen estado de salud… Sólo diré que ambos libros, en lugar de hablar de una Historia común sobre la que fuera posible construir una identidad común, se dedicaban a decir qué parte de la Historia de España les parecía correcta. Por lo general aquella que coincidía con un catecismo político, lo cual dejaba a unos cuantos millones de españoles fuera del asunto. Algo impensable, desde luego, en la Francia de la Tercera República que perdura entre 1871 y 1940, incluso a pesar de todos los fallos y trampas historiográficas habituales en su peculiar manera de contar la, para ellos, grandiosa Historia de Francia que iba desde Vercingétorix hasta esa república pasando por el cardenal Richelieu.

Cuando el período de excepción iniciado en España por la guerra civil de 1936-1939 acabó, aparecieron durante la breve primavera de la Transición -aproximadamente entre 1975 y 1982- algunas obras que, con la mejor de las voluntades, trataban de hacer lo que no se había hecho desde finales del siglo XIX -o se había hecho rematadamente mal-. Es decir, recuperar una Historia española sobre la que era posible construir una identidad común que, además, impusiese cierto respeto frente a otras potencias europeas -caso de Francia o Gran Bretaña, por ejemplo- que basaban buena parte de su discurso nacional en la aniquilación histórica y cultural de viejos enemigos -como podía ser el caso de España- ganando sobre el papel y en las bibliotecas -esos lugares tan importantes- lo que no se había podido ganar en Bailén o en Cartagena de Indias.

Ese fue el caso, por ejemplo, de la editorial barcelonesa Toray, que en 1978 publicó varios libros dedicados a lo que el título de esa colección llamaba “Hombres Famosos”. Uno de eso volúmenes -concretamente editado en el año 1978- estaba dedicado a Domingo Badía, también conocido por el falso nombre de Ali Bey.

Aquel hombre, nacido en Barcelona en 1767, hijo de padre español y madre belga, era un acabado producto de la Europa del Siglo de las Luces y dedicó toda su vida adulta tanto al servicio de la administración pública española como a labores de exploración en el Norte de África y Asia.

Fue también el primer cristiano que entró en el santuario islámico por excelencia, La Meca, disfrazado de magnate árabe. Desde luego muchos años antes de que lo hiciera sir Richard Francis Burton que, en buena medida, se dedicó toda su vida a seguir los pasos dados entre 1803 y 1807 por Badía, aprendiendo lengua árabe, visitando Oriente Medio en labores de espionaje y exploración, buscando las fuentes del Nilo…

De esa colección de “Hombres famosos” de Toray en la que cabían desde Ali Bey-Domingo Badía hasta Cervantes pasando por Jaime I el Conquistador, Napoleón, Abraham Lincoln, Livingstone… nunca más se supo en los años que siguieron al fin de la Transición, hacia 1982.

De Domingo Badía y su vida tampoco se supo mucho más. Ni de muchos otros como él. Nacidos en Barcelona, como era su caso, o en Madrid, o en San Sebastián. La política cultural de recuperación del pasado, de la Historia, con fines didácticos volvió en la España posterior a la Transición a los viejos usos. Es decir: a repetir machaconamente una idea tan inverosímil como la de un fracaso colectivo de varios siglos o, en el mejor de los casos, a la apropiación partidista de determinadas figuras y hechos históricos. Por ejemplo la de Pedro I el Cruel -al que TVE dedicó una serie- o la de Esquilache -llevado al cine por Josefina Molina- como precursores de una futura España “progresista”. Al parecer la de finales de los ochenta y comienzos de los noventa que, en realidad, estaba sumida en la hortera cultura del pelotazo. Esa misma que, paradójicamente, no hizo sino remachar la absurda idea de que invertir en “cultura” -es decir, en obras como esa colección de “Hombres famosos” de la editorial Toray- era un gasto inútil, algo sencillamente despreciable…

Las consecuencias de semejante idea se han hecho patentes en los últimos años en una prima de riesgo disparada, por poner un ejemplo, en el apelativo de país “PIG” que ha convertido a España en el juguete de la mayor parte de especuladores financieros internacionales o, por sólo poner otro ejemplo más, en el millón de catalanes que salieron a la calle un buen día de septiembre de 2012 para decir -con bastante razón- que no quieren saber nada de un país que ha repetido machaconamente la idea de que era un fracaso. Uno en el que, sencillamente, personas como Domingo Badía o sus, en cierto modo, herederos -Iradier o el duque de Mandas del que, si quieren, les hablaré el 25 de septiembre en la biblioteca Koldo Mitxelena de San Sebastián en el marco del ciclo de conferencias de la Asociación- no podían existir, que cosas así sólo pasan en Gran Bretaña, como lo demostraba la Historia -certificada por varias películas y novelas- de sir Richard Francis Burton…

Dicho eso sólo queda felicitar -por supuesto de manera sarcástica- a los responsables de esas políticas y recomendarles que persistan en el error. Incluido el gesto de echarse las manos a la cabeza cuando comprueban que el resultado de las mismas es similar al de arrojar jarrones chinos al suelo con bastante fuerza: que, aunque no se quiera, o se pretenda lo contrario, el resultado es que se rompen, invariablemente, en muchos pedazos. La Historia, en los próximos años, los considerará, sin duda, un cómico objeto de estudio, una prueba viviente de las absurdas contradicciones en las que se basa, a veces, la existencia de ciertas comunidades humanas. En este caso la de una potencia europea que, a pesar de haber practicado una estúpida política cultural durante muchos años, se mantuvo unida, mal que bien, durante más de un siglo y medio en el que se propagó la idea de que no merecía la pena seguir formando parte de aquel desastre imaginado por hombres y mujeres con mucha influencia pero con poco discernimiento y, a veces, menos conocimiento sobre aquello de lo que hablaban.

Ver Post >
Hondarribia, el Alarde y el Gran Condé. Historia de una reputación mal adquirida (julio-septiembre de 1638)
img
Carlos Rilova | 23-03-2013 | 21:08| 27

Por Carlos Rilova Jericó

Este fin de semana Hondarribia celebró su fiesta grande. La que comúnmente ha acabado quedando reducida al nombre genérico de “Alarde”. Quizás este lunes de resaca postfestiva sea un buen momento para reflexionar, desde el punto de vista de la Historia, sobre algunos detalles del acontecimiento que dio origen a esa fiesta.

En principio los registros documentales de 1638, el año en el que tiene lugar el asedio de la plaza que comienza en julio y acaba en septiembre, y posteriores son escasos, pero nos dejan claro que los hondarribiarras decidieron hacer un voto en acción de gracias a la Virgen de Guadalupe -ya entonces su patrona- por la protección y ayuda que les había proporcionado durante esos cerca de dos meses de feroz asedio.

El voto, según dice las reducidas actas posteriores al fin de ese asedio de 1638, consistía, principalmente, en un desfile por el casco urbano de esa población -que pronto se iba a convertir en la primera ciudad guipuzcoana- de todos los vecinos en edad militar. Esto es, de 18 a 60 años según el Fuero en vigor. Ese fue, en definitiva, el origen remoto de lo que ahora se llama “Alarde”.

¿Podríamos, o siquiera deberíamos, preguntarnos cuál fue el peso real de aquel acontecimiento, el asedio de 1638, que llevó a contraer la obligación de ese voto de acción de gracias cada septiembre?.

Consideremos tan sólo un aspecto de esa desconocida batalla de la Guerra de los Treinta Años que tuvo como escenario Hondarribia y sus alrededores durante la mayor parte del verano de 1638.

Entre los muchos regimientos que formaban parte del contingente de más de 20.000 hombres enviados por el cardenal Richelieu a rendir esa plaza para su rey Luis XIII, había uno de Caballería denominado Enghien. O, más simplemente, “regimiento Enghien”. Ese título, el de duque de Enghien, era el que ostentaba el heredero de la casa Condé, rama bastarda, pero legitimada, de la dinastía Borbón y, por tanto, con posibilidades más que fundadas de alcanzar el trono de Francia y de Navarra algún día…

Ni que decir tiene el coronel, el jefe de ese regimiento, era el propio duque de Enghien. En esos momentos un muchacho de 17 años que ya había hecho sus primeras armas en la frontera Norte de Francia, como correspondía a cualquier caballero que se preciase de sus títulos y no pensase dedicarse al servicio de la Iglesia.

Las crónicas y documentos disponibles sobre el asedio de Hondarribia en el verano de 1638 no dejan muy claro si el joven Luis II de Borbón, el duque de Enghien, se hallaba realmente presente al mando de esas tropas en esos momentos. Sólo podemos establecer conjeturas a partir de lo poco que nos dicen esas fuentes.

No hay duda de que el Condé que lleva en esos momentos la voz cantante es el padre del duque de Enghien, Henri de Borbón. Sin embargo su mala salud, y las intrigas de otros altos caballeros, celosos de su mando supremo sobre ese ejército, dejaron en entredicho, en bastantes ocasiones, esa autoridad de comandante en jefe. Como lo demuestra tanto la crónica de Palafox -encargada por el Conde-Duque de Olivares para hacer propaganda de esa gran victoria-, como algunos correosos estudios históricos del siglo XIX, caso del firmado por Édouard Ducéré, que tratan de demostrar, por todos los medios a su alcance, que la derrota de 1638 se debe no tanto al aplastante poder militar de Felipe IV, como a esa mala salud del viejo príncipe de Condé que desmoraliza a su ejército y le impide explotar a fondo sus posibilidades de victoria.

A pesar del sesgo un tanto chauvinista de ese estudio de Ducéré sobre el asedio de 1638, parece cierto que el príncipe de Condé no resultó ser un gran jefe militar y mucho menos ante las murallas y bastiones de Hondarribia.

De hecho, si nos guiamos por un artículo de Philippe Erlanger sobre el nacimiento de Luis XIV, que ocurre el 5 de septiembre de ese año 1638, es posible que el príncipe de Condé, el viejo y achacoso Condé, no estuviese ni siquiera al frente de las tropas el 7 de septiembre en el que serán batidas en desbandada por el ejército de socorro al mando del almirante de Castilla que trata de levantar el asedio de Hondarribia.

En efecto, según Erlanger, entre los altos nobles franceses invitados a presenciar la venida al Mundo del futuro rey sol -más que nada para demostrar que era hijo legítimo de la reina- estaba el condestable de Montmorency, título que en esas fechas ostentaba la familia de Henri, príncipe de Condé y comandante en jefe de las tropas de asedio de Hondarribia…

De lo que no hay ninguna duda es que aquel día 7 de septiembre de 1638 el nombre y el honor militar del hijo de Condé estaban presentes en el campo de batalla, representados por la bandera del regimiento de Caballería Enghien. Desde el punto de vista de la mentalidad barroca eso significaba tanto como si el propio Gran Condé -en esas fechas tan sólo el heredero del viejo Henri- hubiese estado allí.

La crónica de Palafox es clara en ese detalle, que ni siquiera contradice Édouard Ducéré en ese estudio que ya he mencionado y en el que ese historiador intentaba restar méritos a la derrota sufrida por el ejército francés enviado a apoderarse de Hondarribia.

El regimiento Enghien tratará de presentar resistencia cuando las líneas y las defensas del campamento fortificado francés en la ladera de Jaizquibel son rotas por el ejército de socorro y la mayor parte de los soldados franceses corren hacia el Bidasoa, ladera abajo, presas de un pánico incontrolable a quedar cogidos entre la tenaza de la fortaleza de Hondarribia y sus defensores, que continúan haciendo fuego sobre ellos, y las tropas recién llegadas en socorro de esos irreductibles defensores de la plaza.

El gesto del regimiento del futuro Gran Condé, será inútil. La carga de la Caballería del ejército de socorro es devastadora y deja prácticamente aniquilado ese regimiento que ostenta el nombre y el honor del que, con el tiempo, se convertirá en el Gran Condé, tras derrotar a los tercios españoles en la batalla de Rocroi.

Ese detalle, el de esta humillante derrota del Gran Condé en, prácticamente, su primera batalla -bien en persona o bien simbólicamente a través del estandarte del regimiento Enghien que lo representa-, es algo que fue rápidamente borrado de la memoria colectiva francesa de la época.

El cardenal Mazarino, discípulo aventajado del maquiavélico cardenal Richelieu, se encargará de que así sea, cuando desate una abrumadora campaña de propaganda que inaugura un verdadero culto al duque de Enghien tras la victoria de Rocroi que, como muy acertadamente señalaba un artículo de Juan L. Sánchez, fue sacada de contexto y convertida en un hito definitivo en el ascenso de Francia como potencia militar que estaba muy lejos de ser verdad.

El mismo Gran Condé se encargó de demostrarlo poco tiempo después, cuando traicionó la confianza que Mazarino había depositado en él al convertirse en el líder supremo de la facción de nobles que querían sacar a Luis XIV del trono francés antes de que pudiera llegar a la mayoría de edad.

En efecto, en 1652 el Gran Condé ha sitiado París, ha convertido en una guerra civil abierta lo que sólo había sido en principio una revuelta nobiliaria y ha traicionado de tal modo al incipiente estado francés que, tras su derrota militar ante las tropas del legítimo rey, no tiene más remedio que huir con la cabeza puesta a precio a, nada más y nada menos, que territorio del rey de España -concretamente a Bruselas-, donde trabajará para ese antiguo enemigo con tanta devoción como para reconquistar para las armas de Felipe IV, nada más y nada menos, que la plaza de Rocroi…

No hay duda de que el Gran Condé era un formidable general. Todo un mito en cualquier caso, como siempre lo quiso la Historia francesa más o menos áulica (que no tardará nada en rehabilitarlo como gran héroe “francés” tras el perdón que obtiene, gracias a la  Paz de los Pirineos, en 1659).

El derrotarlo, como ocurrió en las laderas de Jaizquibel a principios del mes de septiembre de 1638, casi hasta borrar su nombre de la faz de la tierra aniquilando aquel regimiento de Caballería de Enghien que lo representaba, quizás era, en efecto, por sí solo, una buena razón para hacer un voto como el que prometieron cumplir los hondarribiarras a partir de aquel día. A pesar de que, como vemos, la reputación del Gran Condé, muchas veces, no fue precisamente de las más acrisoladas…

 

Ver Post >
Decidnos, ¿quién quemó realmente San Sebastián en el año 1813?. Algunas reflexiones sobre la Historia y la Pseudohistoria a partir de un libro de Iñaki Egaña
img
Carlos Rilova | 30-06-2013 | 08:47| 70

Primera Reflexión. Robar, matar, saquear, mentir… o, cómo era la vida de un soldado de las guerras napoleónicas

Por Carlos Rilova Jericó

Mi aportación de este lunes será bastante breve. Apenas me voy a limitar a presentar el artículo que el profesor Álvaro Aragón Ruano, presidente de la Asociación de historiadores guipuzcoanos me ha remitido para su publicación y que, por supuesto, suscribo totalmente.

En ese artículo que sigue a éste se abunda en la polémica que ha suscitado el colectivo Donostia Sutan en torno a la cuestión de quién dio la orden de quemar San Sebastián tras el asalto del 31 de agosto de 1813, plasmada principalmente en un libro firmado por Iñaki Egaña, “Donostia 1813. Quiénes, cómo y por qué provocaron la mayor tragedia en la historia de la ciudad”.

Según ese colectivo y ese autor fue el general Castaños, el vencedor de Bailén, el hombre que, cumpliendo con su deber, consiguió demostrar a Europa entera en esa localidad andaluza que los ejércitos napoleónicos no eran invencibles, que las corazas de la Caballería napoleónica no eran a prueba de bala y, en fin, que las doradas águilas de los estandartes imperiales podían ser capturadas como trofeo de guerra.

El profesor Aragón se extenderá sobre el poco fundamento que tiene esa afirmación que acusa a Castaños de ser el principal responsable del incendio de 1813 sostenida en las páginas del libro del señor Egaña.

Por mi parte sólo añadiré, a título de especialista en Historia Contemporánea, bastante centrado, por otra parte, en el período napoleónico, algunos pocos hechos documentados sobre ese escaso fundamento de las afirmaciones del señor Egaña.

Como indica el profesor Aragón en el texto que sigue a estas líneas, sólo cinco testigos de los 79 consultados por el Ayuntamiento donostiarra de 1813, reconocían haber oído a algunos soldados portugueses e ingleses decir que el general Castaños había dado la orden de quemar y pasar a cuchillo San Sebastián una vez que fueran tomadas sus defensas…

El profesor Aragón Ruano les dirá algo más respecto al valor que se puede dar a ese dato y las razones por las que, de acuerdo a las reglas del método científico, demuestra poco o nada respecto a la culpabilidad de Castaños en el incendio y destrucción de Donostia aquel 31 de agosto de 1813. Yo, por mi parte, les diré, desde ahora mismo, que para afirmar nada en base a ese dato hay que conocer muy bien cómo era la vida de un soldado de las guerras napoleónicas. Algo bastante fácil de saber en base a cientos de documentos. Como, por ejemplo, los que guardan minuciosamente muchos de nuestros  archivos más próximos, o bien a partir de los numerosos libros de memorias que editaron muchos de esos soldados años después de aquellos acontecimientos.

Les podría hablar, por sólo citar un par de casos, de “Recuerdos de este fusilero”, escrito a partir de lo que contó a su editor un anciano Benjamin Harris, soldado británico que luchó en 1808 en España, o de las “Memorias” del sargento Bourgogne.

Ambos soldados hablan en esos libros, con verdadero desparpajo, de muertes, saqueos, robos y otros varios incidentes escabrosos sin querer ocultar nada de lo que vieron, o protagonizaron, en León, en Galicia, en Moscú…, entre 1800 y 1815.

Sin embargo, quizás la obra que mejor refleja lo poco que podría valer el testimonio de un soldado de las guerras napoleónicas sobre cualquier cosa son los “Recuerdos de J. R. Coignet”. El aludido, como él mismo cuenta, fue reclutado para las tropas revolucionaras francesas en el año 1799 por medio de una leva masiva. Era entonces un joven analfabeto que trataba de aprender un oficio en su pueblo natal. A partir de esa fecha inició una fulgurante carrera que lo llevó a acabar la guerra como capitán de Estado Mayor del emperador después de haber luchado con él en Italia, en Austria, en España, en Rusia… En esos “Recuerdos” el viejo veterano señala, con el mismo desparpajo que Harris o Bourgogne -o tantos otros-, que el robo y la mentira -entre otras faltas- eran el modus operandi del soldado en campaña entre 1800 y 1815.

Algunas de las anécdotas de Coignet son realmente jocosas. Como, por ejemplo, aquella en la que cuenta cómo robaron, legalmente, una barrica de buen vino italiano después de que el furriel de su compañía firmase una orden con el nombre falso de Laplume -es decir, “la pluma” con la que había firmado, en efecto, aquel documento pseudoficial- por la que el ejército consular francés reclamaba ese vino como legítima contribución de guerra. Una canallada -una más de las muchas que cuenta el capitán Coignet- que salió a pedir de boca y con el benevolente beneplácito del oficial al mando de aquella tropa…

Juzguen ustedes mismos lo mucho, o lo poco, que uno podría fiarse de cualquier cosa que dijera uno de aquellos profesionales forzosos de la muerte, el robo, el saqueo y, en fin, el escurrir el bulto, el esconder la mano tras tirar la piedra, que fueron la mayoría de los soldados de las guerras napoleónicas.

A partir de ahí comprenderán mucho mejor todo lo que les va a contar el profesor Álvaro Aragón Ruano, al que, sin más preámbulos, cedo la palabra.

 

Segunda reflexión.   Notas sobre la Historia y la Pseudohistoria a partir de un libro de Iñaki Egaña

Por Álvaro Aragón Ruano

El pasado viernes tuvieron lugar, un año más, las fiestas de la calle 31 de agosto de San Sebastián, recordando la quema de la ciudad a manos de las tropas anglo-portuguesas comandadas por el teniente general Graham, lugarteniente del general Wellington en 1813. No seremos nosotros quienes rompamos una lanza a favor o en contra de la celebración de semejante acontecimiento, ni pongamos en cuestión la manera de hacerlo, con desfiles “militares” o de otra manera, como se hace desde algunas plataformas de reciente constitución. Tampoco en esta ocasión es nuestra intención llevar a cabo un sesudo análisis sobre tal acontecimiento y sobre su autoría, pues creemos que existe una amplia bibliografía al respecto que deja más que claros los aspectos más importantes del mismo. Lo que nos permite el mencionado acontecimiento y su celebración es reflexionar sobre un fenómeno que cada vez es más común, no sólo en nuestro entorno geográfico, sino también a nivel internacional, como está ocurriendo con la negación del holocausto nazi o el afrocentrismo: la proliferación de la pseudociencia y la pseudohistoria, como la define, por ejemplo, Michael Shermer, en su más que competente Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo -cuya lectura recomiendo a todo aquél que se precie de historiador-, esto es, “afirmaciones que por su apariencia se asemejan a las científicas aunque carezcan de pruebas plausibles que las respalden”. A modo de ejemplo, podríamos mencionar los esfuerzos que en ese campo vienen realizando asociaciones como Nabarralde o, en este caso, Donostia Sutan. Pero, por no extendernos en exceso, nos centraremos en un caso concreto, ciertamente flagrante y, en nuestra modesta opinión, de extrema gravedad, por las repercusiones que ello puede acarrear.

Me estoy refiriendo a la reciente publicación del libro de Iñaki Egaña titulado Donostia 1813. Quiénes, cómo y por qué provocaron la mayor tragedia en la historia de la ciudad. En dicha obra el autor viene a defender la hipótesis -que no se convierte en tesis, puesto que el autor no llega a demostrar ni una sola de sus afirmaciones- de que fueron las autoridades “españolas” y, sobre todo, el general Castaños -amén del general Álava- los responsables máximos y últimos de dicha quema y de todos los excesos cometidos por la soldadesca portuguesa e inglesa, debido a su fobia contra la foralidad guipuzcoana -curioso en dos personajes de origen vasco y en un momento en el que en realidad lo que se pretendía era la modificación de los mismos, no su supresión-. Pues bien, la única prueba que aporta dicho autor son una serie de rumores y testimonios indirectos, a los que da pábulo y la máxima credibilidad. Una vez más, repetimos que a día de hoy la única certeza histórica que existe es que fueron los soldados portugueses e ingleses los únicos autores y protagonistas de tal hecho. La prueba de mayor peso aportada en tal obra es el testimonio de 79 donostiarras -en el que se basarían los manifiestos del ayuntamiento-, de los que -ojo al dato-, únicamente 5 manifiestan en sus declaraciones haber oído a los soldados portugueses e ingleses hechos prisioneros por los franceses durante el asalto que tenían orden del General Castaños de arrasar la ciudad y pasar a cuchillo a todos sus habitantes. Desde luego, transcurridos los acontecimientos, dichos soldados debieron haber sufrido juicio sumarísimo y consejo de guerra por no haber cumplido las órdenes, puesto que ni arrasaron toda la ciudad ni pasaron a cuchillo a todos sus habitantes. Como ya ha tratado de explicar el vicepresidente de la Asociación en el texto que precede a éste, los soldados de aquella época eran gentes de mala vida y poco honor y credibilidad. Puestos en sus carnes -aunque nos cuesta creer que los franceses les preguntasen por el origen de la orden recibida-, nos imaginamos que, de ninguna de las maneras, responsabilizaríamos a  nuestro jefe superior, el general Wellington, ni a los propios franceses, ante los que nos hallábamos; así que lo más fácil sería echarle la culpa al único ausente, el general Castaños. Si hubo más responsabilidades o intencionalidades veladas será difícil de precisar, pues la documentación existente no da para más -que, a pesar de lo que dice Egaña en una entrevista, ya se conoce desde la década de los años 70 y está toda ella publicada, tanto la extranjera como la local-. Todo lo demás son hipótesis de difícil probatura y vanos intentos de hacer historia hipotética.

Las razones contra la posible responsabilidad de Castaños, no obstante, son de peso. Por un lado, se debe tener en cuenta que el general Castaños tenía responsabilidad y mando sobre las tropas “españolas”, incluidos los tercios guipuzcoanos, que como sabemos no tuvieron protagonismo en el asedio y fueron enviados a contener los intentos del mariscal francés Soult en Cinco Villas y San Marcial. De ninguna de las maneras, tenía o podía ejercer mando alguno o decretar orden alguna sobre los contingentes lusobritánicos, al mando de Wellington. Por otro lado, y como demuestra una carta escrita el 23 de agosto por José Ignacio de Sagasti -transcrita en su día por Pedro de Soraluce para la Real Academia de la Historia, pdf que se puede obtener por Internet-, el general Castaños ya se había retirado del País Vasco; por tanto, no estaba presente cuando ocurrieron los hechos. Las razones que prueban la responsabilidad única y exclusiva de los mandos ingleses son de más peso aún, como lo demuestran la actitud del propio Wellington y el mea culpa entonado por diferentes autores británicos a lo largo de todo el siglo XIX, tanto soldados que participaron en los hechos o en las campañas peninsulares, como cronistas y documentalistas avezados.

Pero más allá del debate sobre la responsabilidad última de aquellos hechos, lo que nos interesa subrayar, en tanto que asociación de historiadores, sobre la mencionada obra acerca de aquellos acontecimientos del año 1813 firmada por Iñaki Egaña es su carácter pseudohistórico, por más que el autor pretenda presentarlo como un concienzudo y documentado análisis científico. No seremos nosotros quienes critiquemos al autor por no tener un doctorado en historia y haberse dedicado hasta la fecha más a cuestiones contemporáneas, como la guerra civil o ETA, que a temas que hunden sus raíces en los siglos modernos. Como perfectamente defiende John Lukacs en su El futuro de la Historia, “…tanto la cantidad como la calidad de las obras escritas por aficionados (o, hablando con más precisión, por personas que carecen de un doctorado en historia) aumentó y continúa aumentando hoy día, al tiempo que en las escuelas se enseña cada vez menos historia.”. La historia o mejor el relato de la historia puede ser escrito por cualquiera, profesional o no, pero siempre y cuando respete las reglas del juego y aplique el “método científico”. El pensamiento científico, como afirma Shermer, ha de contar con los siguientes elementos: inducción o formulación de hipótesis extrayendo conclusiones de los datos con los que se cuenta; deducción o elaboración de predicciones concretas basadas en las hipótesis; observación o recopilación de datos guiados por las hipótesis; y verificación de las predicciones con nuevas observaciones para confirmar la veracidad o falsedad de las hipótesis iniciales.

Con el método científico se busca objetividad, esto es, conclusiones basadas en la validación externa, y se evita el misticismo, es decir, conclusiones basadas en intuiciones personales que eluden la validación externa. La intuición no tiene nada de malo si se utiliza como punto de partida, pero las “verdades místicas” son exclusivamente personales y no pueden validarse externamente. La ciencia nos conduce al racionalismo, pues se establecen conclusiones basadas en la lógica y las pruebas. Las conclusiones dogmáticas, sin embargo, aunque no son necesariamente erróneas, inducen a nuevas preguntas, en esta ocasión sobre el autor: ¿cómo ha llegado a dichas conclusiones?, ¿le guiaba la ciencia u otra cosa a la hora de hacer esas afirmaciones? Es cierto que todos podemos tener nuestro punto de vista sobre la historia, pero no todos los puntos de vista son igualmente válidos. Algunos son históricos y otros pseudohistóricos, es decir, no hay pruebas que los apoyen ni son plausibles y quien los sostiene lo hace sobre todo por razones políticas o ideológicas. Quien hace pseudohistoria sabe, como afirma Shermer, que “la ideología influye en el conocimiento, hurga en la ignorancia o apatía del público con respecto a los hechos históricos, mezcla algunos acontecimientos reales con una serie de excéntricas inferencias sobre el pasado, y hace pseudohistoria”.

Tres son las carencias más flagrantes de la obra que venimos analizando. En primer lugar, el autor no utiliza aparato crítico, es decir, ni una sola nota a pie de página o final, con lo cual ninguna de sus afirmaciones puede ser contrastada. Ni siquiera, en un apartado final de anexos, aparecen transcritos ni total ni parcialmente los documentos a los que hace referencia: los manifiestos del ayuntamiento, la carta enviada por 21 vecinos de San Sebastián desde Pasajes a Wellington el 4 de agosto de 1813, los testimonios de los vecinos, etc. Tal vez sea, porque ninguno de esos documentos y testimonios son pruebas concluyentes para sus hipótesis, más bien al contrario. En segundo lugar, el autor da credibilidad absoluta a los testimonios de 5 de los 79 donostiarras, precisamente aquellos que mencionan haber oído a los soldados asaltantes responsabilizar a Castaños. No seremos nosotros quien pongamos en duda lo que oyeron los cinco testigos mencionados, no obstante, el problema de estos testimonios es que son escasos y no vienen apoyados por el resto de testigos (74), son indirectos y se basan en una serie de prejuicios, pues, como demuestra la carta redactada en Pasajes el 4 de agosto, corrió por aquellas fechas el rumor -nunca demostrado- de que los ingleses y portugueses tenían orden de entrar en la ciudad a sangre y fuego. Todo documento histórico necesita ser contrastado, pues contiene una carga de subjetividad; no debe olvidarse que “los documentos son escritos por humanos, seres extraordinariamente selectivos, que añaden, borran y alteran las pruebas” o simplemente tienen su propia visión de la realidad, que no tiene por qué ser la “verdadera”. Por último, el autor llega a utilizar expresiones como “tengo la convicción”, “estoy convencido”, etc., pero sin llegar a aportar pruebas concluyentes. Este voluntarismo revela ciertos prejuicios políticos, más aún cuando compara los acontecimientos descritos con el bombardeo de Gernika. Como acertadamente afirma Lukacs “La historia no se repite, ni se repiten tampoco los motivos y las condiciones del conocimiento histórico”. Más aún, y siguiendo al mismo autor, “…el objetivo de la historia no es tanto el de establecer una verdad de forma definitiva como el de reducir la mentira… La tarea principal de los historiadores, quizá en especial hoy día, es recordarle a la gente esas conexiones innumerables e infinitas (y también misteriosas) que ligan el presente y el pasado.”. Como afirma José Enrique Ruiz-Domènec en El reto del historiador, “La respuesta al reto del siglo XXI debe ser una historia basada en una educación responsable, lejos del positivismo ciego, de la tentación dogmática… El historiador debe conseguir una escritura que reúna rigor y capacidad comunicativa, que se haga entender, si puede”.

Egaña incurre en los problemas más comunes del pensamiento pseudocientífico, una vez más, según Shermer. En primer lugar, la teoría influye en la observación, por ello rechaza pruebas reveladoras y únicamente se queda con las que le interesan, precisamente las menos concluyentes. En segundo lugar, se centra en anécdotas sin contextualizar en el pasado, presente y futuro los acontecimientos que describe, esto es, analizando los antecedentes, el desarrollo de los acontecimientos y las consecuencias de los mismos, interrelacionando y trabando factores diversos. En tercer lugar, que una afirmación sea rotunda no quiere decir que sea cierta; es probable que algo sea pseudocientífico si se hacen afirmaciones tajantes de su poder y veracidad, pero las pruebas que las apoyan son escasas. En cuarto lugar, herejía no es sinónimo de verdad: quien desee hacer ciencia, debe aprender a jugar el juego de la ciencia, lo cual supone, primero, conocer a los científicos de su propio campo de estudio, y segundo, intercambiar datos e ideas con compañeros y presentar resultados en conferencias, publicaciones especializadas y libros, para que puedan ser contrastados. En quinto y último lugar, rumor no equivale a realidad, aunque puede dar lugar a cuentos muy bonitos.

Es cierto que los historiadores tenemos mucha culpa de lo que está ocurriendo, pues no dejamos oír nuestra voz y permitimos el intrusismo de algunos miembros de otros campos del conocimiento científico -Derecho, Ciencias de la Comunicación…- que tienden, desgraciadamente, a comportarse como pseudohistoriadores. Echando mano de la archiconocida expresión de J.A. Artze para el euskera, deberíamos decir que Euskal Herriko historia ez da galduko, sasihistorialariek historia idazten dutelako, historialari profesionalek defendatzen ez dutelako baizik (es decir: “la historia de Euskal Herria no se pierde porque la escriban los pseudohistoriadores, sino porque los historiadores profesionales no la defienden”). Somos conscientes de que a más de uno no le satisfará, pero la historia no puede dejarse llevar por ideologías políticas ni maniqueísmos. La historia debe ser neutra y tratar de desentrañar los factores y realidades que están detrás de los acontecimientos, no debe hacer juicios de valor, pues entonces deja de ser historia para convertirse en ideología y pseudociencia.

Ver Post >
Apuntes para una Historia del Machismo. La Edad Media vista por la Norteamérica del senador McCarthy. Extractos del “Príncipe Valiente” de Harold Foster (1949-1959)
img
Carlos Rilova | 21-08-2012 | 22:00| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Se llenarían páginas y más páginas con las aventuras del Príncipe Valiente. A algunos de los que lean estas líneas, les sonará, lo habrán leído, tal vez hayan visto alguna de las películas que se han hecho sobre él. Hay muchas facilidades, por así decir, para haber trabado conocimiento con el personaje creado por Harold Foster con el fin de publicar sus aventuras por entregas en distintos periódicos a partir de 1931. Aproximadamente cuando otro personaje, casi tan mítico como sir Valiente, el magnate de la prensa William Randolph Hearst, que inspiraría en su día el “Ciudadano Kane” de Orson Welles, ofreció a Foster la posibilidad de publicar su cómic en los diarios que él controlaba, que, como ya sabemos, no eran pocos.

Nace así el Príncipe Valiente, que, en principio, parece ser, se iba a llamar Derek, hijo de Thane. En plena Gran Depresión y de mano del rey del papel periódico.

Sin embargo, ese serial que en España ha sido publicado por distintas editoriales hasta hoy día, incluida la donostiarra Burulan, Ediciones B. O. -en blanco y negro-, o Ediciones B, podría haber sido hecho, tanto por estética como por guión, a finales del siglo XIX.

En efecto, Foster, además de un gusto enfermizo por el anacronismo histórico, adopta en sus viñetas una estética propia de la sociedad victoriana. En otras palabras: sus dibujos hubieran gustado sobremanera en la Europa, o la América, de 1880 o 1890.

Es triste decir que sus ideas, probablemente, también hubieran parecido razonables en esa época.

Quizás algún severo medievalista de los que entonces empezaban a descollar o formaron a grandes de esa especialidad como Runciman, hubiera gruñido ante las coloridas páginas de Foster y su escaso contacto con la verdadera realidad de los comienzos de la Alta Edad Media en los que, se supone, transcurre la acción de esas aventuras. Sin embargo, es casi seguro que muchos de esos caballeros victorianos en cuyas manos hubieran caído esos volúmenes habrían asentido con agrado ante situaciones e imágenes plasmadas en sus páginas.

Por ejemplo sobre el modo en el que el Príncipe Valiente -también conocido, simplemente, como Val- trataba a su mujer, Aleta, la reina de las Islas Misty. Una complicada historia esa que empieza en las páginas del serial publicadas entre 1944 y 1945.

En ellas el príncipe se vuelve loco de dolor -en tonos homéricos, a medio camino entre otro Aquiles trastornado por la muerte de Patróclo y Ulises- al ver la muerte de sus compañeros de viaje, tomados por piratas, en esas Islas Misty.

A partir de ese momento Val toma prisionera a la bella Aleta y la lleva, literalmente, encadenada y a rastras por lo que hoy es Palestina y buena parte del Norte de África, tratándola como una esclava.

Aleta, en esos momentos empieza a dar muestras de ser lo que, al parecer, algunas feministas del Women´s Lib de los años sesenta llamaban una “tía Dora”. Es decir, mujeres con el síndrome de Estocolmo doméstico. Contentas de su posición subordinada porque esa falta de libertad se veía compensada por la protectora mano del macho proveedor y por un cierto ascendiente sobre los hijos de la pareja y las mujeres solteras.

Así, el primer impulso de Aleta no es el de tomar represalias contra el príncipe por esos malos tratos, sino declararse enamorada de él hasta lo más hondo de su ser.

A partir de ahí Val y Aleta se ven envueltos en las más rocambolescas aventuras por medio mundo. Se casan, tienen hijos y son felices, pero también tienen algunos desencuentros domésticos que se resuelven de un modo muy llamativo pero que nos puede servir para trazar algunas líneas -aunque sean pocas- de lo que podríamos llamar “Historia del Machismo”.

Consideremos, por ejemplo, la página publicada a comienzos de febrero de año 1949. Val y su mujer se encuentran en esa ocasión en Camelot -se supone que Val es caballero de la Tabla Redonda- descansando de sus últimas aventuras.

Aprovechando esa feliz circunstancia, el rey Arturo manda a Val a una misión y Aleta se lo reprocha con estas palabras: “¿Por qué no le dices que envíe a otro? ¡No quiero quedarme sola!.”  A Val  no le gusta mucho esa objeción de su mujer y calla a Aleta con una dura mirada, a la que añade, agarrándola con énfasis, que no debe interponerse entre él y su deber de caballero de la Tabla Redonda.

Ante ese golpe de autoridad Aleta se queda, según nos dice Foster en el texto explicativo de la escena, “un poco asustada”, pero finalmente decide hacer el equipaje de su marido tal y como éste se lo ha ordenado. El texto que acompaña a la imagen resulta, una vez más, de lo más revelador. Aleta, nos dice Foster, “Carga las alforjas con sus propias manos”. Y su estado de ánimo al hacer esa tarea es descrito en unos términos de lo más floridos y también de lo más reveladores: “¡es tan delicioso ser obediente!”. A lo que el dibujante y guionista añade que no ha amado tanto a Val desde aquella vez en la que la echó a un estanque…

No es esa la única escena de la serie en la que Aleta se somete, bajo la amenaza de la fuerza masculina de su rudo esposo, a estas pequeñas exigencias de trabajo doméstico.

En efecto, las viñetas publicadas en noviembre de 1959 alcanzaron un mayor grado de obscenidad a ese respecto.

En esta ocasión la pareja vuelve a encontrarse alojada en Camelot y vuelven a producirse una serie de desencuentros motivados por nuevas misiones caballerescas encargadas por el rey Arturo.

Esta vez es el propio Val el que prepara sus alforjas, ya que previamente ha discutido con su mujer. La situación, sin embargo, hace crisis cuando Aleta, no contenta con no querer disfrutar, otra vez, las supuestas delicias de ser obediente haciendo gustosa el equipaje de su marido, le reprocha que esté aceptando constantemente misiones que lo alejan de ella. Cuando una airada Aleta advierte a su marido que va a ir a ver al rey para pedirle que le anule esa nueva misión, Val tratará de detenerla agarrándola por un brazo. Gesto al que la reina de las Islas Misty responderá con un bofetón, al tiempo que recuerda a Val que una reina siempre está por encima de un príncipe. Val responderá llevándosela hasta el interior de sus aposentos. Allí la besa cálidamente en la boca para después… echarla sobre sus rodillas y darle una tanda de golpes en su real trasero al tiempo que le dice “recuerda que no eres una reina, sino la esposa consentida de un trabajador caballero”.

A eso, una vez que ha concluido el correctivo, Aleta no dice nada pues, como señala Foster en el texto explicativo, no tiene ante ella la cara de su desatinado y alto marido “al que podría manejar fácilmente” sino el “severo rostro de un caballero que tiene un trabajo por hacer”.

La siguiente viñeta muestra a Val en camino a lomos de su caballo ya completamente armado para la ocasión y un tanto arrepentido, deseoso, dice Foster, de volver, hincarse de rodillas y suplicar perdón por la paliza.

Ese ataque de arrepentimiento que, por desgracia, suele ser tan habitual en los maltratadores como hoy sabemos, sin embargo no llega a escenificarse. Por dos razones a cada cual más difícil de digerir por una sociedad tan sensibilizada como la nuestra con cuestiones como éstas y en la que -todo hay que decirlo- se ha aprendido con sangre derramada a no tolerar ni alentar comportamientos como esos.

Por un lado Val debe cumplir su misión, y eso es lo primero. Por otro, y eso es lo más llamativo de esta historieta que tanto nos dice sobre lo que pensaba la sociedad norteamericana  -y el resto de las llamadas “occidentales”- a ese respecto, Aleta no quiere saber nada de excusas.

Así es, en la última viñeta de esa plancha una meditabunda reina de las Islas Misty, recostada lánguidamente sobre el alfeizar de una de las ventanas de aquel Camelot de ensueño que solía dibujar Foster, piensa en lo ocurrido y la única conclusión a la que llega su linda cabecita rubia es echar de menos al esposo maltratador al que dedica estos pensamientos que, sin más explicaciones, ya nos lo dicen todo no sobre esa Edad Media tan fantástica imaginada por Harold Foster, sino sobre este pequeño episodio de la Historia del Machismo en la Norteamérica del senador McCarthy: “¡Oh, tú magnífica bestia! (se refiere al Príncipe Valiente) ¡Limítate a volver a mí sano y salvo y dejaré que me zurres todo lo que quieras!”…

¿Qué más se puede añadir a todo eso desde el punto de vista del historiador que, al fin y al cabo, es lo que se pretende en esta página?.

Para empezar que la Norteamérica que lideraba en esos momentos al llamado mundo occidental era un lugar un tanto lúgubre. Incluso a pesar de que el símbolo más visible de ese asfixiante ambiente de opresión social y cultural, el senador Joseph Mc Carthy, llevaba muerto -a causa de una cirrosis provocada por su alcoholismo- un par de años.

Eso, sin embargo, como podemos comprobar a través de las viñetas de Harold Foster, que formaban a miles de jóvenes en todo el Mundo, no impidió que ese tipo de ideas que hoy rechinan tanto en nuestro imaginario colectivo, siguiesen en vigor durante casi diez años más, hasta la explosión social y cultural de finales de la década de los sesenta que pone en solfa los pilares de aquella América.

Empezando por cuestionar a fieles discípulos de Joe McCarthy como Richard Nixon y acabando por crear un cómic abismalmente diferente al “Príncipe Valiente”. Como, por ejemplo, el que reflejan las viñetas de Stan Lee, ocupadas por superhéroes que viven al margen del Sistema, enfrentados a ese “Establishment” arcaico y brutal en muchos aspectos, representado -en el caso de las historietas de Lee- por el director del periódico “Daily Bugle”. Un periodista veterano que tiene mucho del Hearst que dio el espaldarazo a los cómics de Harold Foster y los difundió por medio mundo.

Para finalizar el historiador también debe recordar que aquella época tan lúgubre, caracterizada por algo más que una benevolente tolerancia hacia comportamientos como los que reflejan las viñetas de Foster, no necesitaba siquiera de estímulos como esos. En la misma Unión Soviética contra la que lucha obsesivamente el senador McCarthy, libre -al menos teóricamente- de toda perniciosa influencia “capitalista” como podían ser los decadentes cómics de Harold Foster, el maltrato a las mujeres -muchas veces relacionado con altas tasas de alcoholismo en aquella sociedad ciertamente aún más lúgubre que la Norteamérica de los años 50- estará también a la orden del día. Como lo recogían en “La calle del proletario rojo”, aunque fuera de soslayo, dos comunistas franceses, Nina y Jean Kéhayan, que harán una desmoralizante visita al supuesto paraíso soviético a finales de los sesenta.

Un detalle que, sin  embargo, no debería desmerecer el relevante papel que una serie como la de Harold Foster -de hecho publicada hasta 1971- debería tener en una futura Historia del Machismo gracias a episodios tan bizarros -en el mal sentido de esa palabra- como los dos que se recogen hoy aquí.

Ver Post >
Piratas, abordajes y capitanes de mar y guerra. El secreto mejor guardado de la Casa de Alba. Vida de Pedro Fitz-James Stuart (1720-1790)
img
Carlos Rilova | 07-01-2013 | 07:03| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente, cada verano, San Sebastián recibe una visita ilustre durante unos días que revive, de alguna manera, aquella “Belle Époque” en la que toda la corte de Madrid se trasladaba hasta las orillas de La Concha, y de la que ya hablamos en esta página.

Se trata de Cayetana de Alba, duquesa de ese mismo nombre, que mantiene el palacio de la familia en la ciudad y hace uso de él, continuando la tradición iniciada a mediados del siglo XIX, cuando la controvertida Isabel II puso de moda los “baños de mar” y decidió que el reino se gobernase, durante los veranos, desde las orillas del Cantábrico, con el consiguiente traslado de toda su corte hasta allí.

Sobre la duquesa de Alba sabemos muchas cosas. Como dijo una bella modelo años ha en un lapsus de lo más recordado, suele estar casi siempre “en el candelabro”.

Lo que seguramente ya es más difícil que sepamos son otras cosas sobre la familia de la que proviene esta aristócrata y cómo llegaron a ganarse esa confianza que los llevó a convertirse en parte imprescindible de esa corte que se trasladaba con el rey -o la regente- de Madrid a San Sebastián cada verano. Son asuntos que parecen un secreto, a pesar de no serlo, más que nada porque se han pasado por alto frente a otras cuestiones relacionadas con los Alba….

Ese sería el caso de la vida del capitán de navío Pedro Fitz-James Stuart. Para empezar hay que decir que de los Fitz-James Stuart nada se sabía por aquí hasta comienzos del siglo XVIII, cuando el testamento de Carlos II cedió el trono español a la casa Borbón. De los duques de Alba, con los que los Fitz-James Stuart acabarán emparentando, sí se sabía. Por supuesto.

Desde el siglo XVI, por lo menos, eran una parte, una vez más imprescindible, de la maquinaría que gobernaba una monarquía que abarcaba dos hemisferios y que, como todas las grandes potencias, estaba obligada a sostener muchas guerras para seguir siendo eso, una gran potencia. Uno de los Alba, el llamado gran duque de Alba, al que Tiziano pintó un retrato en el que aparece revestido de armadura y con una impresionante barba bífida, se ha convertido, por ejemplo, en un tópico famoso, un verdadero ogro para los niños de la actual Holanda, donde todavía se les dice que vendrá el duque de Alba si no se portan bien…

En el polo opuesto estaría Pedro Fitz-James Stuart y Colón de Portugal, de Boiurk y Ayala, nacido en Madrid el 6 de noviembre de 1720.

La vida de este hombre, tan poco conocida, eclipsada por antepasados con retratos pintados por Tiziano, fue, sin embargo, de la clase de las que han inspirado a los autores de eso que llaman “novelas navales”. Fundamentalmente británicos como C. S. Forester, el padre literario del famoso Horatio Hornblower, Alexander Kent, o el más conocido de todos: el también famoso Patrick O´Brian, que ha batido records de ventas con su serie del capitán de la Marina de Su Graciosa Majestad, Jack Aubrey, al que muchos pondrán la cara de Russell Crowe, que lo interpretó en la versión cinematográfica de alguna de esas novelas rodada por Peter Weir a comienzos de este siglo XXI.

Así es, Pedro Fitz-James era uno de esos marinos reales pero con una vida que podría haber sido de leyenda o, por lo menos, de novela, y en la biblioteca Koldo Mitxelena de la Diputación guipuzcoana hay un documento que lo corrobora. Se trata de un pequeño libro de edición muy cuidadosa -más aún para una época tan descuidada en estas y otras cosas como la de la España de los años 50- digna, de hecho, de la Editorial Siruela, fundada por otro Alba, y dedicada desde hace más de dos décadas a la edición de alta calidad.

Es una copia de lo que los editores del texto -el Museo Naval de Madrid- llaman “la Relación del Capitán de Navío don Pedro Stuart, comandante del Dragón”, fechada en el año 1751. Lo primero que hace ese pequeño libro editado en 1952, es contarnos la vida del capitán Fitz-James Stuart. El encargado de hacerlo es otro capitán de mar y guerra como él, Julio F. Guillen. Él nos dice que Pedro Fitz-James era el hijo segundogénito de James -Jacobo-, duque de Liria, Xerica y Berwick, y Catalina Nuño, hermana de don Pedro Nuño, Almirante mayor de las Indias, duque de Veraguas (sic), títulos que ella hereda en 1733 cuando él muere. También tenían título de marquesado de San Leonardo, que don Pedro Fitz -James Stuart usará desde 1764. Todo eso, en definitiva, hacía del capitán descendiente de, nada menos, que Cristóbal Colón.

La carrera de Pedro Fitz-James empezó cuando Felipe V, al que su padre, el duque de Berwick, había servido tan bien durante la Guerra de Sucesión -aunque después, en 1719, se enfrentase a él, asediando y capturando Hondarribia-, le concede un despacho de capitán de Caballería. Una comisión que no le aprovechará mucho prefiriendo hacer honor a sus ancestros enrolándose en el servicio naval el 9 de mayo de 1736 como guardiamarina en Cádiz.

Embarca por primera vez en 29 de agosto de 1737, en un jabeque. Un tipo de embarcación habitual en la lucha de corso contra los corsarios -o piratas, dependiendo del punto de vista- berberiscos. A bordo de él aprenderá su oficio de marino de guerra protegiendo a los convoyes que abastecen las plazas fuertes españolas en África del Norte.

Después de eso pasará a formar parte de la dotación del Astuto, un navío de 70 cañones. En él dará escolta desde Canarias a los convoyes de América. En agosto de 1740 lo ascenderán a capitán de fragata. Con ese mando tomará parte en el asedio de Cartagena de Indias en 1741, donde Blas de Lezo detendrá el asalto de un más que considerable ejército británico enviado, bajo mando del almirante Vernon, a hacerse con el control de esa plaza, considerada como la llave de la América española. En 1745, mientras otro Stuart, Carlos -el llamado “bello príncipe Charlie”-, intenta recuperar para esta casa el trono británico con la inestimable ayuda de España y Francia, sublevando, por última vez, a sus partidarios escoceses, Pedro Fitz-James Stuart, su primo más o menos lejano, obtendrá el rango de capitán de navío en la fragata Aurora, de 28 cañones. Con ella navegará por el Mediterráneo.

En 1750, finalmente, el capitán Fitz-James Stuart obtendrá el mando del Dragón, de 60 cañones, y el América, de igual porte, que capitanea Luis de Córdoba.

La misión de esa pequeña escuadra de dos navíos bajo su mando será limpiar de berberiscos el Mare Nostrum. Llevándola a cabo tendrá varios encuentros con esos corsarios -o piratas, dependiendo del punto de vista- al servicio de la regencia de Argel que, al menos teóricamente, obedece a ese Imperio Turco, de cuyo fin hablaba la semana pasada en esta misma página. Sin embargo, sólo alcanzará categoría de memorable el choque que sostiene contra el Danzik y el Castillo Nuevo. Respectivamente de 60 y 50 cañones.

Ese combate naval dio, en efecto, origen a un poema y se quisieron hacer medallas conmemorativas por parte de la Real Academia de la Historia española, ya fundada en aquel entonces. ¿Era para tanto?. Veamos.

La relación impresa del combate con esos dos navíos berberiscos que acabó publicándose y se reprodujo doscientos años después, en 1952, es de corte militar, claro está, por lo tanto bastante escueta y seca. Aún así nos puede contar muchas cosas.

Dice, por ejemplo, que el 28 de noviembre de 1751, al amanecer, al O.S.O del Cabo de San Vicente, a 52 leguas por Barlovento, los serviolas del Dragón y el América  avistan a dos leguas de ellos dos navíos grandes, a los que darán alcance por la popa. En ese momento los navíos desconocidos harán lo único que se podía hacer para identificarse antes de la Era de las Telecomunicaciones. Es decir, largar bandera en la popa del navío. En ese caso la elegida fue la holandesa. Los españoles responden con la británica -en el caso de Fitz-James una elección totalmente justificada, por otra parte-. Por supuesto aquel truco de las falsas banderas sólo podía engañar a marinos muy novatos. Justo lo que no era el capitán Fitz-James Stuart, que ordena a sus hombres que sigan a los dos barcos desconocidos, tratando de alcanzarlos por Barlovento para poder saber quiénes son de verdad.

Los corsarios berberiscos no darán tiempo a esa maniobra que los iba a descubrir. Cuando el Dragón se les acerca por la aleta de Babor, largan bandera argelina y confirman que ese era su verdadero origen disparando el cañonazo de aviso habitual en esos casos. El Dragón, tras un rato, izó la bandera española y rodeará a los berberiscos seguido por el América. En ese momento, según dice la “Relación”  descubren que se van a enfrentar a los dos mayores navíos de la Regencia de Argel: el  Danzik de 60 cañones y el que ese documento llamaba Navío Nuevo, de 54.

Las primeras órdenes de combate del capitán Fitz-James Stuart serán tratar de separar a los dos enemigos. Ese objetivo fundamental se conseguirá a las 11 de esa mañana de finales de noviembre de 1751. Tras dos andanadas pondrán en fuga al Navío Nuevo. Desde ese momento el Dragón, bajo el mando directo de Pedro Fitz-James, persigue al Danzik a toda vela. Lo cañoneará toda la tarde, pero no puede ponerse a su altura hasta las cinco y media. A partir de esa hora los dos navíos se enfrentarán costado contra costado, muy cerca. A tiro de fusil, como dice la “Relación”. Se inicia así un combate que dura hasta las dos y media de la madrugada.

En esos momentos el Danzik estaba muy tocado, sin mastelero de gavia y cortada su driza mayor. El Dragón, por su parte, se retirará a recomponer sus velas, todas hechas pedazos por el fuego enemigo “que fué horroroso”, según dice la “Relación”, siendo relevado por el América.

Hasta las ocho y media de la mañana del 29 de noviembre no está en condiciones de volver a combatir y eso sólo tras envergar una gavia nueva, que le habían hecho añicos en el primer encuentro.

En ese momento el América, que también ha sufrido daños considerables en ese combate nocturno, tendrá que ser relevado entonces, a su vez, por el Dragón. El navío del capitán Fitz-James Stuart combatirá con el berberisco hasta las dos y media de la tarde, hasta que la mar, movida con viento N.O., los separa. Sin embargo, el Danzik ha quedado muy castigado tras ese segundo encuentro con el Dragón. La “Relación” dice que había perdido el palo de Mesana, estaba “con la Popa hecha mil pedazos”, sin posibilidad de maniobra y con las velas cribadas de cañonazos españoles. El Dragón, además, le había colocado ocho balazos a la lumbre del agua. Es decir, en la línea de flotación. Una situación muy peligrosa, que podía enviar a pique al navío, y llevó a Mahomet Chirif, arráez del Danzik, a tratar de arriar la bandera en señal de rendición. Según dice la “Relación” no llegará a hacerlo porque los turcos de la Tayfa a bordo del Danzik mandan volver a levantar bandera amenazando, además, con matar al arráez .

Un esfuerzo inútil porque a las cuatro y media del 1 de diciembre el Danzik tendrá finalmente que arriar tras soportar descargas continuadas por parte de los españoles. En ese momento arbolará bandera blanca al ver que se iba a pique según cuentan los cautivos cristianos a bordo de esa nave berberisca después de la rendición al teniente de fragata Domingo Martineli.

Los carpinteros y calafates del Dragón dirán que, en efecto, no hay manera de mantener a flote al Danzik, que tenía el casco pasado y repasado a balazos. Muchos en la lumbre del agua. No habrá pues botín. Sólo algo de pendolaje -frioleras dice la “Relación”- que cogen los que ayudan a transbordar a moros y cautivos al Dragón y al  América. Se decidirá, en efecto, dar fuego a los restos del Danzik, que arde entre las 9 de la noche y las 2 de la mañana del día 4 de diciembre, que será cuando la pequeña escuadra del capitán  Fitz-James ponga proa a Cádiz.

Dice la “Relación” que así acaba la Capitana de Argel. Ese documento que, al fin y al cabo, es también propaganda de guerra española, censurará la barbarie con la que luchan los berberiscos, negándose a rendirse al segundo día de combate, de acuerdo a los civilizados usos de los europeos del siglo XVIII. También censurará ese documento el suicidio de algunos berberiscos, arrojándose al mar con todas sus armas, al ver que el Danzik se rendía. Tras eso la “Relación” ya sólo tenía espacio para las estadísticas de aquella formidable batalla naval: durante los cuatro ataques se habían disparado 4.444 cañonazos y 4.600 fusilazos. Se mató a 190 turcos, cayendo prisioneros 323 más 6 renegados -cristianos pasados al Islam- y se liberará a 50 cautivos, esclavizando en cambio a 69 argelinos.

Gracias a esa victoria Pedro Fitz-James Stuart ascenderá a Jefe de Escuadra, quedando al mando de una de tres navíos y dos fragatas. Con ella hace la ruta de El Ferrol al Canal de la Mancha, pasando por los arsenales de Plymouth, Brest y Rochefort. Dará también escolta al embajador de España en Lisboa.

Luego vuelve al Mediterráneo. Cuando Carlos III pasa del trono de Nápoles al de España, su insignia se arbola en el Galicia, de 70 cañones. No habrá muchos incidentes en esa última misión del capitán Fitz-James. Aquel viaje, que iba a inaugurar uno de los reinados más brillantes de España, sólo causó algunos mareos a la reina y a varios tripulantes por la muy mala mar que se tuvo que afrontar…

Después de eso el capitán Fitz-James Stuart no hará más servicio de mar. Pasará a la corte y acabará su servicio en ella en 1789 con cargo de Capitán General de la Armada. Morirá en 1790, retirado en el monasterio de Nuestra Señora de Sopetran.

Ver Post >
¿Qué está pasando y qué puede pasar en Siria?. Algunas claves sencillas para comprenderlo. De Corto Maltés al capitán Conan (1914-1920)
img
Carlos Rilova | 03-04-2013 | 10:28| 8

Por Carlos Rilova Jericó

La semana pasada decía por aquí que quería hablar en esta página de Siria, pero que no lo hacía dada la aparente gravedad de la nueva crisis veraniega del euro.

No es que las cosas hayan cambiado mucho de una semana para otra en ese aspecto, pero mientras la equivocada política de la Alemania de la canciller Merkel afronta las consecuencias de sus errores y el ciclo histórico empieza a cambiar a partir de ahí, no queda ninguna razón razonable -valga la redundancia- para posponer una semana más el tratar sobre los cimientos históricos de la situación, terrible situación, que se esta viviendo en ese lugar tan delicado del mapa llamado Siria, ya claramente sumido en una guerra civil abierta de consecuencias difíciles de adivinar. Por más que los informativos sigan dejando ese asunto casi para el final del tiempo del que disponen.

Algo que, seguramente, no impedirá a muchas mentes curiosas e inquisitivas preguntarse por las razones de ese conflicto. O sencillamente por qué motivos debemos ver, en los periódicos y en las televisiones, escenas angustiosas, desagradables, deprimentes… como siempre lo son las escenas de retaguardia de una guerra, donde no hay, ni siquiera, espacio para el heroísmo, para la muerte honorable en nombre de una buena causa y todas esas altas razones con las que  justifican -siempre- cualquier guerra.

Sí, seguramente muchos espectadores y lectores se preguntarán por qué está ocurriendo esto, cómo es posible que tengamos que revivir, otra vez, de manera cotidiana, escenas que recuerdan a, por ejemplo, la guerra de los Balcanes de hace veinte años…

Sin duda hay muchas respuestas a preguntas como esas. Las del historiador parten de la base de que cosas así son, por supuesto, fruto del pasado que, como un lastre de plomo, pesa sobre ciertas regiones del Mundo situadas en unas coordenadas geográficas como mínimo conflictivas.

Ese es el caso de Siria. Desde los tiempos bíblicos -como lo prueba la ciudad de Alepo en la que ahora se libra lo peor de esa guerra civil entre El Asad y el llamado “Ejército Libre Sirio”-, el territorio que ha asumido forma de nación bajo ese nombre ha  estado situado en un estratégico lugar de paso a medio camino entre Asia y Europa, lo cual lo ha hecho susceptible de toda clase de problemas. Entre otros el haber sido puesto bajo control de un régimen dictatorial: el de la familia El Asad. Uno de esos que, como ya se sabe -o se debería saber- son la mejor opción para muchos estrategas imperiales, puesto que impiden que la opinión pública de esos países plantee exigencias o preguntas molestas y también molestos cambios de gobierno que puedan considerar enemigo al aliado de ayer y viceversa…

Hasta 1920 ese problema no existía o existía apenas. Siria, y mucho más territorio de la zona, estaba en manos del llamado Imperio Otomano fundado en el año 1280 de nuestra era. Una vasta extensión de terreno que iba desde el Turkmenistán del que eran originarios los Osmán -los amos y señores de ese imperio durante 640 años- hasta las puertas de Europa, en Grecia y los Balcanes. El punto en el que se les detuvo definitivamente y se erigió una frontera en la que el imperio de los Habsburgo -fundado en 1273- y los demás príncipes cristianos lo combatieron por mar -recordemos Lepanto- y por tierra. En varias ocasiones -en 1529 y en 1683- a las mismas puertas de Viena, ante las que se convocó a españoles, franceses, italianos, alemanes… para que defendieran el corazón del imperio ante la media luna de los Osmanlíes…

Todo eso acabó con la derrota de los llamados Imperios Centrales -Austria-Hungría y el segundo Reich alemán- en el año 1918, al acabar la Primera Guerra Mundial. En esas fechas el Imperio Otomano era ya una triste sombra de lo que había sido en su momento más alto, a mediados del siglo XV, cuando nada detenía a sus guerreros ante las puertas de Constantinopla o les impedía llegar hasta Marruecos por el Norte de África. Poco a poco se había ido desgastando, perdiendo Egipto -ya en época de Napoleón-, los Balcanes y Grecia poco más adelante y así sucesivamente, hasta quedar reducida a un pequeño reducto de tierra europea -Constantinopla- y poco más que sus tierras ancestrales de Asia Menor.

A partir de ahí el imperio de los Osmanlíes siguió el destino de todos los vencidos: quedar a merced de los vencedores -principalmente Gran Bretaña y Francia- de aquella guerra que iba a acabar con todas las guerras.

En 1920, por el llamado Tratado de Sèvres, el moribundo Imperio Otomano al que no le había quedado más salida que aliarse con sus antiguos enemigos austriacos y con una Alemania que la ayudará a modernizar su economía, sus comunicaciones y, sobre todo, su ejército -a cambio de ser una cuña de Berlín contra el flanco sur de Rusia- será dividido en distintos protectorados y verá a etnias hostiles a su dominación durante siglos -caso de los armenios a los que trata de exterminar a finales del siglo XIX en un genocidio de proporciones escandalosas- sublevadas en su contra y corroyendo lo poco que queda del Imperio Otomano en multitud de pequeñas guerras.

Siria se convertirá en zona bajo control francés. Desde ese momento hasta hoy esa relativamente pequeña franja de tierra ha sido un problema que ha habido que sofocar, entre otras opciones, favoreciendo -o no pudiendo evitar- la imposición sobre ella de un régimen dictatorial que ha mantenido las cosas al gusto de alguno imperios redivivos. Como el ruso o el persa -es decir, el actual Irán-… que parecían estar muy a gusto con la situación que existía en Siria hasta el estallido de la llamada primavera árabe en el año 2011, que, como ya sabemos, es la que ha provocado la actual guerra civil en Siria.

Para acabar les diré que, aparte de los habituales -y cada vez más abundantes- recursos electrónicos, hay unos cuantos productos de eso que llaman ahora “industria cultural” que, quizás, les ayuden a visualizar un poco mejor ese proceso que empezó en 1920 y aún se está desarrollando antes nosotros con esa guerra civil.

Se trata de un par de películas y un par de cómics. La primera de las películas es “Gallipoli”. Una producción australiana del año 1981 dirigida por Peter Weir en la que se ve el comienzo de la operación de definitivo acoso y derribo contra el imperio turco a manos de los británicos durante la Primera Guerra Mundial. La otra película que puede ayudar, más aún que “Gallipoli”, a entender la clase de polvorín en el que se convierten los Balcanes y lo que hay detrás de ellos a partir de 1918, es otra película -ésta francesa-, “Capitán Conan”. En ella se narran parte de los turbulentos últimos compases de la Primera Guerra Mundial en esa zona y cómo el ejército francés no es desmovilizado a partir de la Paz de Versalles de 1919. Con el fin evidente, aunque sólo insinuado en este film de Bertrand Tavernier, de intervenir en guerras locales para controlar territorio de los imperios en descomposición tras la guerra, como el ruso, el otomano, etc…

 

Sin embargo, tal vez lo que mejor puede ayudar a ilustrarse sobre la clase de complicaciones de las que surgió la Siria actual, es la lectura de algunos episodios de todo un clásico del llamado “noveno arte”, el cómic: el inefable Corto Maltés, el personaje más popular del escritor y dibujante italiano Hugo Pratt.

El título de los dos episodios de esas aventuras es, respectivamente, “En el nombre de Alá misericordioso y compasivo” y “La casa dorada de Samarkanda”. El primero de los dos se desarrolla un tanto lejos de lo que llegará a ser Siria, en tierras de la Península Arábiga, cerca de Yemén, pero en él Corto Maltés se involucra, de lleno, en la lucha entre británicos y turcos durante la Primera Guerra Mundial por el control de ese Oriente Medio en el que se suele incluir a Siria.

En “La casa dorada de Samarkanda” Pratt, como tenía por costumbre, nos ilustra a través de esa nueva andanza de Corto Maltés sobre el fin del Imperio turco a partir de 1920 y quiénes y por qué y para qué lo desmembran en pequeños trozos.

Como esa problemática Siria que, aunque acabe con El Asad, muy probablemente no verá el fin de sus problemas al ser un lugar demasiado importante como para dejarlo en manos de una opinión pública que podría mover las fichas del tablero en una dirección que, a algunos grandes imperios de hoy día -el ruso, el persa…-, podría no gustarles lo más mínimo.

Un panorama que, por duro que nos parezca, tiene muchas posibilidades de convertirse en el próximo futuro de esa zona tan conflictiva desde hace tantos años por una razón, en apariencia tan absurda, como la desaparición de un antiguo imperio tras el fin de algo que llamamos “Primera Guerra Mundial”…

 

Ver Post >

Otros Blogs de Autor