Diario Vasco
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Historia de las palabras, palabras con Historia. ¿Qué quiere decir, realmente, “a palo seco”?
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Carlos Rilova | 30-12-2012 | 11:18| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No nos damos cuenta, pero está ahí. La Historia, detrás de muchas palabras, expresiones, giros, insultos y demás articulaciones de nuestro lenguaje hablado.

Por supuesto sabemos muy bien de dónde viene, y qué quiere decir, por ejemplo, eso de “nos van a dar las uvas”, aunque si usásemos esa expresión delante de un anglosajón, tanto de, por ejemplo, el año 1750 como de hoy día, éste no entendería nada de nada. Lo mismo nos ocurriría ante un español de, también por ejemplo, 1750. Éste no habría tenido ni idea de qué estábamos hablando. Principalmente porque en la época aún no se había extendido la costumbre de tomar uvas para celebrar el Año Nuevo. En el mejor de los casos nuestro hipotético castellanoparlante de 1750 pensaría que algo bueno habríamos hecho cuando alguien, al parecer, iba a venir a darnos uvas, manjar que no era en aquella época un bien precisamente abundante ni al alcance de todos los bolsillos.

Para hacernos entender correctamente con ese hipotético hablante español del siglo XVIII deberíamos haber echado mano de otra expresión que aún hoy día se utiliza, aunque cada vez menos: “nos van a dar las mil y quinientas”, que era el equivalente ya en esa época para nuestra expresión de “nos van a dar las uvas”.

Pero dejemos esta cuestión para otro día, entre otras razones porque una expresión como aquella a la que hace referencia el título del artículo de hoy, “a palo seco”, tiene de por sí bastante Historia detrás de ella como para llenar un par de páginas.

La primera reacción del ser humano de la Era de Internet, ante misterios históricos como el del verdadero significado de la expresión “a palo seco“, es, por supuesto, acudir raudo y veloz al teclado de un ordenador con acceso a esa red de redes y buscar páginas y más páginas que le puedan aclarar de dónde viene esa expresión de “a palo seco” y qué puede significar.

La mayor parte de ellas hoy por hoy le dicen lo que seguramente ya sabe. Es decir, que es una expresión, más o menos jocosa, que se utiliza de manera admirativa para referirse a alguien tan valiente como para atreverse a trasegar bebidas de alto contenido alcohólico -whisky, ginebra, vodka…- sin rebajarlas con agua o con otra bebida que no tenga alcohol.

La ya imprescindible Wikipedia es mucho más exacta y cataloga la expresión “a palo seco” entre las expresiones de origen marinero, dando, además, su verdadero significado, de un modo muy escueto, en  apenas una línea, pero bastante acertado. La criatura de Jimmy Wales, nos dice, en efecto, que “a palo seco” era la expresión que se utilizaba entre los marinos para referirse a la navegación a vela en las peores condiciones posibles.

Sin duda, a esta altura del artículo, habrá muchos que echen mano de otra expresión anticuada pero aún hoy en uso para decir que, para este viaje que acabo de darles, no necesitaban alforjas, que les bastaba con saber leer, escribir y tener a mano un ordenador con acceso a Internet para saber todo lo que necesitan sobre el significado de la expresión “a palo seco”.

Es verdad. Pero también es verdad que a cualquier cosa que ya se haya dicho en Internet, siempre se puede añadir algo nuevo que no ha sido aún vulgarizado por esa red cibernética que se ha convertido en la mayor y más ampliamente extendida biblioteca creada por el ser humano.

Vamos a intentarlo. La Wikipedia, como hemos visto, nos dice que la expresión “a palo seco” procede del mundo de los marinos. Pero no nos dice nada sobre una serie de detalles importantes para comprender el verdadero significado de esa expresión. Algo que sólo se puede lograr indagando en la cultura marinera que la creó. Es decir, la de los marinos de los tiempos de la navegación a vela, que poco -o casi nada- tienen que ver con los de la navegación a motor.

En efecto, a partir de ahí la Wikipedia ya no sirve de nada. Es preciso echar mano de algunos buenos libros de Historia como “La cultura popular en la Europa Moderna” del historiador Peter Burke. En ella hay todo un capítulo donde se explica que esas gentes, los marinos de la era de la navegación a vela, pasaban la mayor parte de su vida trabajando embarcados en largas travesías, y así acababan, forzosamente, convirtiéndose en un mundo aparte con una cultura propia que se distanciaba, en ocasiones de manera abismal, con respecto a la de tierra firme que dejaban atrás durante meses, a veces años. Es así, según nos recuerda Peter Burke, cómo los marinos acababan, entre otras cosas, desarrollando un vocabulario propio que casi daba lugar a una lengua distinta a la que en origen hablaban esos mismos marinos antes de embarcar.

Nada de particular por otra parte en una época, la de la Europa anterior a la Revolución Industrial, en la que prácticamente cada oficio tenía su jerga particular, como nos recuerda también Burke.

Es de ahí, de ese estilo de vida peculiar, del que, en efecto, surgieron expresiones como “a palo seco” que luego los marinos exportaron, por así decir, al mundo que habían dejado atrás desde el momento en el que se embarcaban para largas expediciones, de meses, de años y, en muchas ocasiones, definitivas a causa de la precariedad de los medios con los que navegaban, que hacían sus singladuras aún más peligrosas que la de los marinos actuales.

En ese contexto tan peculiar es en el que debemos entender la expresión “a palo seco” para llegar a comprender todo su verdadero significado que, por cierto, no tenía nada de gracioso, a  diferencia de lo que nos puede parecer a nosotros hoy día.

Para eso es necesario también que nos aproximemos a unos peculiares documentos: los cuadernos de bitácora, la caja negra de aquellos navíos de vela en la que sus oficiales al mando anotaban todas las incidencias de sus viajes, que no eran pocas.

Empecemos por una bitácora sencilla, ya publicada por la editorial francesa Ginko en 2004 y además anotada y comentada por Philippe Fabry. Se trata de la del navío de guerra de Su Majestad Cristianísima Luis XIV Le Breton, enviado a las Indias Orientales en el año 1671 en una delicada misión diplomática, científica, militar… de esas que tanto gustaban a un rey Sol que, como él mismo reconoció en su lecho de muerte, amaba demasiado la Guerra y estaba por lo tanto necesitado de aliados imprescindibles. Ya fuera en la Corte de Madrid en el año 1700 o en el lejano reino de Siam.

El oficial al mando de ese navío, siguiendo la pauta estipulada para llevar esos diarios de navegación, escribe prácticamente día a día lo que les va a ocurriendo.

Es así como nos podemos enterar de qué significaba, realmente, llegar a la situación en la que era preciso navegar “a palo seco”.

Tomemos una entrada de la bitácora de Le Breton del momento en el que enfila la costa de África más allá del último puerto seguro en el archipiélago de las Canarias, cuando empezaba para todos esos barcos una navegación cada vez más peligrosa, especialmente en los momentos en los que se acercaban al Ecuador africano.

El mes es julio de 1671, el día 25. En esa fecha Le Breton se aproxima ya hacia el hemisferio sur y topa con vientos lógicamente invernales que son descritos en esa bitácora como variables y tormentosos y acompañados de un gran frío. Todo ello obliga a que el capitán que, es evidente, conocía bien su oficio de navegar en esos barcos que carecían de motor con el que controlar la nave más allá de vientos y corrientes, mandase recoger velas y mantener ese navío bajo su mando a la capa hasta las 8 de la tarde, dejando sólo la vela de mesana para impulsar el barco.

Esa navegación tan peligrosa en realidad no es nada comparada con otros pasajes más dramáticos de esa misma bitácora. De hecho, esa entrada señala que esas operaciones les han permitido avanzar 21 leguas marinas gracias a ese duro viento que ha obligado a amainar y rizar las velas del Le Breton para evitar que se partiesen los palos que sostenían el único medio de propulsión de esos barcos. Es decir, las numerosas velas que colgaban de ellos.

En efecto, un mes después, en agosto de 1671, Le Breton se mueve en aguas peligrosas. El 24 de ese mes lo primero que aparece como digno de anotar en esa bitácora es que un soldado de los que transporta el navío, de nombre Nicolas Bonin y natural de La Rochelle, cayó al mar a causa de un golpe dado con una de las velas mayores del barco. No se le pudo salvar.

Las circunstancias, realmente, no favorecían un rescate. El autor de la bitácora señala que Le Breton navega con un viento del norte duro, frío y acompañado de lluvias y brumas tal y como ha ocurrido desde el 19 de agosto. El mar se agita con una fuerza que el redactor de la bitácora califica de marea espantosa. Las olas que se levantan con ella sobrepasan incluso los palos más altos de Le Breton. Se intentará evitar que las velas cacen el viento por el peor lado, pero el oficial redactor de este documento reconoce que eso fue imposible y se debió continuar la navegación en unas condiciones en las que creyeron que, como mínimo, los mástiles principales del barco se partirían y caerían sobre cubierta…

Le Breton, finalmente, consiguió salvarse manejando las velas de tal modo que, con el palo lo más seco posible, el barco continuase su singladura sin naufragar.

Muchos otros navíos, muchos de ellos tripulados y pilotados por vascos, hicieron otro tanto en esa misma ruta, o en otras parecidas, en esa misma época o cien años después. Algunos de ellos anotaron en sus diarios de a bordo que, efectivamente, hubo ocasiones en las que fue preciso reducir la nave “a palo seco” para evitar que los mástiles saltasen hechos pedazos por la violencia de un mar tan enfurecido como el que describe el oficial al mando de Le Breton.

Ese fue el caso de Manuel de Agote y Bonechea, del que ya se ha hablado en estas páginas en otras ocasiones, que en 1779 seguirá esa misma ruta de Le Breton y verá, y tomará nota en una magnífica bitácora -hoy propiedad de la Diputación guipuzcoana- de lo que era capaz de hacer el invierno austral con un barco que, en puerto, parecía una máquina impresionante, como es el caso de la fragata Hércules en la que el viaja como agente comercial, zarandeándola como una simple cáscara de nuez, obligando a su experimentado piloto, Domingo Gorosarri, a manejar las velas de tal modo que los mástiles -los palos- no acaben convertidos en astillas, condenándolos, a quedar a la deriva o enfilados a un naufragio más que seguro en las costas africanas.

Dicho esto seguramente comprenderemos mejor, quizás, en una tremenda mañana de resaca, tanto qué significaba realmente la expresión “a palo seco” como las posibles razones por las que fue “importada” a tierra para describir, entre otras situaciones críticas, la de los valientes que se atrevían a beber alcohol de alta graduación sin rebajar, exponiéndose a ingratas consecuencias…

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Tras un largo puente… Síndrome postvacacional y falsos santos. Historia de “San Lunes”
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Carlos Rilova | 07-01-2013 | 08:23| 2

Por Carlos Rilova Jericó

El estudio de las vidas de santos, la llamada Hagiografía, es una parte importante de la Historia. Especialmente para los teólogos o para los cada vez más escasos seminaristas. En la propaganda liberal -o revolucionaria, como se prefiera- esa clase de Historia, tan especial, se ha visto convertida en una de sus principales dianas, ya que esas vidas extraordinarias, llenas de sucesos también extraordinarios, conmueven especialmente los prejuicios laicos de ese sector de la opinión pública, transformando así esa disciplina, la Hagiografía, en algo que, para muchos ateos y agnósticos, no termina del todo de verse como una rama de la Historia como ciencia.

Al margen de la mayor o menor razón que pueda asistir a esa clase de reparos hay que decir que, realmente, la Hagiografía tiene unos cuantos flancos descuidados desde el punto de vista de los historiadores, esos tremendos pesados que -como ya habrán comprobado los lectores de esta página- siempre andan buscando a alguien que cometa errores de interpretación -o de algún otro tipo- con esa materia científica a la que ellos dedican sus vidas.

En efecto, la Hagiografía no parece haberse prodigado mucho en el estudio de los falsos santos de los que, según todos los indicios, hay más de uno que daría, además, para escribir unos cuantos centenares de páginas.

Como botón de muestra bastaría con recordar el caso de San Napoleón -que dejaremos para otro día- o el de San Guinefort, un santo bastante difícil de aceptar para la ortodoxia católica -incluso para la anglicana, más liberal- ya que Guinefort no era una persona sino… un perro.

No me voy a extender demasiado en su historia por dos razones. Una es que uno de nuestros colegas, el profesor Jean-Claude Schmitt, ya explicó todos los detalles de ese caso en un magnífico libro surgido, como no podía ser menos, de entre las filas de la llamada “Nueva Historia” que, recogiendo la antorcha prendida por Lucien Febvre y Marc Bloch entre las dos guerras mundiales, ha hecho avanzar a grandes pasos la investigación histórica. Sólo diré, a beneficio de los donostiarras que leen esta página, que ese falso santo medieval era invocado con una fórmula muy parecida a la que se utilizaba para pedir ayuda a San Bartolomé: “Saint Guinefort, ou la vie ou la mort”. Es decir, San Guinefort, o la vida o la muerte. Rima que, como es evidente, también casaba muy bien para pedir salud a San Bartolomé, tal y como, en efecto, se solía hacer.

La segunda razón para no contar mucho más sobre ese falso santo que fue el perro Guinefort, es que me quería centrar sobre otro falso santo que seguramente muchos desearían, a fecha de hoy, que existiese, tras un largo puente que para unos cuantos miles, probablemente, habrá durado unos quince largos días desde el 25 de octubre -día del Estatuto de Gernika- hasta el fin de estas fiestas de Todos los Santos.

El falso santo en cuestión no es ni siquiera un animal, como ocurría  en el caso de Guinefort. Ni siquiera un ser vivo. En una especie de “más difícil todavía”, en efecto, la cultura popular europea llegó a convertir en santo a un día. Concretamente al lunes, que pasó a ser “San Lunes”.

Ese santo, como los santos canónicos aprobados por las iglesias cristianas que mantienen ese tipo de culto -fundamentalmente la ortodoxa, la católica y la anglicana-, tuvo, por supuesto, sus devotos y sus invocaciones para las ocasiones de peligro.

Los devotos de San Lunes, fueron los siempre sufridos trabajadores a los que costaba mucho ponerse en marcha después de un día de fiesta -lo de los fines de semana de dos días es una adquisición relativamente reciente-, el domingo, único en el que se les permitía descansar por un temor muy extendido entre sus amos, propietarios, señores, en fin, jefes… a ofender a Dios no consagrándole un día de descanso tal y como estaba recogido en las Sagradas Escrituras. El historiador británico recientemente desaparecido Eric J. Hobsbawm decía algo de todo esto en uno de los muchos libros que dedicó al estudio de la clase obrera británica en particular y europea en general. En este caso se trataba de “Industria e Imperio”, donde recordaba como, aún a comienzos del siglo XIX, cuando ya ha empezado en Gran Bretaña lo que luego se llamará “Revolución Industrial”, los artesanos seguían considerando “santo” el lunes.

Las invocaciones a ese santificado lunes que nunca había sido aprobado por el Vaticano -ni, que se sepa, por Canterbury o por ninguno de los patriarcas ortodoxos- explican mucho de la clase de santo que era “San Lunes”.

Esa curiosa tradición se remontaba, si hacemos caso a otro gran historiador de la clase obrera, Edward Palmer Thompson, a principios del siglo XVII.

Al menos de 1639 es la copla que él recogía en uno de sus artículos publicado en España en una recopilación titulada “Tradición, revuelta y consciencia de clase” dotada, la copla, de unos versos que decían así:

“Ya sabes hermano que el Lunes es Domingo

El Martes otro igual;

Los Miércoles a la Iglesia has de ir y rezar;

El Jueves es media vacación;

El Viernes muy tarde para empezar a hilar;

El Sábado es nuevamente media vacación”.

Un mal comienzo, de semana y de todo lo demás, para los dueños, amos o jefes de esa fuerza de trabajo. Una sedicente semana laboral que, por otra parte, en 1681 demostraba haberse extendido e institucionalizado, como recoge también E. P. Thompson en ese libro, recordando las palabras de indignación de John Houghton ante esas jaculatorias pseudorreligiosas que se traducían en 1681, cuando él escribe ese -para nosotros- valioso testimonio, en que los calceteros raramente trabajaban los Lunes o Martes, pasando esos días en las tabernas o jugando a los bolos. Los tejedores, por su parte también pasaban los Lunes borrachos, los Martes con resaca y los Miércoles alegaban que tenían las herramientas estropeadas. Los zapateros, por su parte, se las apañaban según ese mismo testigo para hacer del Lunes un día festivo al estar consagrado a su patrón San Crispín, prefiriendo, decía Houghton, dejarse ahorcar antes que no declarar festivo ese día.

De hecho, el mismo E. P. Thompson recogía en su estudio muchos otros casos que demostraban que apenas había un sólo oficio que no hiciera honor a “San Lunes”: zapateros, sastres, carboneros, trabajadores de imprenta, alfareros, tejedores, calceteros, cuchilleros y, además, todos los “cockneys”. Esto es, los habitantes “castizos” del centro de Londres.

Aún durante las guerras napoleónicas un testigo se lamentaba de que en el Londres de la época, donde no escaseaba precisamente trabajo por la falta de brazos -empleados muchos de ellos en combatir a Napoleón en Europa- se seguía celebrando religiosamente “San Lunes” que, a su vez, era seguido por “San Martes”.

Thompson, siempre minucioso, recordaba, sin embargo, que a finales del siglo XVIII el gremio de cuchilleros de Sheffield -hoy todavía uno de los grandes centros de producción de esa mercancía- sufrió algunos percances por causa de esa devoción a “San Lunes” que aparecía recogida en una canción en la que la esposa de uno de ellos lo pillaba “Como en un buen San Lunes,/ Sentado al fuego de la herrería,/ Contando lo hecho ese Domingo/ Y conspirando en alegre regocijo”. Ociosa actitud que culminaba en una serie de improperios y amenazas de la mujer al marido devoto de “San Lunes” que acababan en negarle eso que púdicamente se suele llamar “débito conyugal”. Para siempre…

Unas invectivas que, sin embargo, no debieron ser tomadas muy en serio por ninguna de las dos partes implicadas, dada la buena salud que disfrutó “San Lunes” hasta incluso el siglo XX, tanto en la industria siderúrgica de Sheffield, que dedicaba los lunes a reparar la maquinaría, como en muchos otros centros de trabajo. Desde Inglaterra hasta México pasando por las minas de los Estados Unidos…

Y así podríamos seguir hablando de este santo que no era ni siquiera una persona durante mucho más tiempo, acompañados de historiadores tan brillantes como E. P. Thompson, pero, vaya, hoy, precisamente, es Lunes y, como historiador coherente consigo mismo sólo me queda hacer algo más por mantener viva una bonita tradición a la que aferrarse en caso de síndrome postvacacional, aparte de resumir lo que se sabe de ella en este artículo. Es decir, predicar con el ejemplo y decir “Feliz San Lunes a todos” y decidir que, por hoy, ya es bastante y hacer, por lo menos, “media vacación”, como si ya fuera Jueves, que es lo que, de seguro, estarán haciendo ya muchos otros -con mayor o menor disimulo- sin siquiera haber leído estas páginas.

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Cuando las brujas todavía daban miedo. Un recuerdo para la noche de Todos los Santos -hoy “Halloween”- en el cuarto centenario del proceso contra las brujas de Hondarribia (1612-2012)
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Carlos Rilova | 03-11-2013 | 19:39| 2

Por Carlos Rilova Jericó

El artículo de esta semana nació de un modo digno de la materia de la que voy a  hablar. Es decir, con ciertas sorpresas inesperadas, surgidas de un horizonte más o menos anodino, tranquilo, rutinario, que trastornan esa cotidianeidad con noticias electrizantes. Fue el 24 de octubre. Ese día, el que esto firma había ido a Hondarribia para preparar los detalles de la presentación de un libro sobre Brujería que se publica bajo eso que antes llamaban los “auspicios” del Ayuntamiento de esa ciudad.

Eso me llevó al despacho de la archivera municipal, que, lógicamente, es una de las partes más interesadas en esa publicación y quien, justo es reconocerlo, más ha hecho para que “La Brujería en Hondarribia (1611-1826)” pasase de ser la tesina de doctorado del que estas líneas escribe a convertirse en un libro que ya pueden encontrar, valga la redundancia, en las librerías y que se presentará oficialmente este 8 de noviembre en el Ayuntamiento de esa ciudad, Hondarribia, que fue el escenario de uno de los episodios más llamativos -aunque paradójicamente menos conocidos- de la oscura Historia de la Gran Caza de Brujas europea que abarcó, más o menos, desde el siglo XIV hasta algunos últimos -y aislados- estertores a finales del XVIII.

Durante esa entrevista para preparar los arreglos de lo que se iba a hacer este 8 de noviembre para dar existencia ya oficial a ese nuevo libro sobre la Historia de la Brujería en Hondarribia y otras zonas del País Vasco, la archivera me comentó los últimos hallazgos obtenidos de sus últimos sondeos en los ricos fondos históricos que custodia.

En este caso los hallazgos no podían ser más oportunos. Se trataba de cuestiones recogidas en las actas municipales de ese Ayuntamiento en el año 1611, justo en el momento en el que la epidemia de pánico provocada por las investigaciones de Pierre de Lancre en la provincia vasco-francesa de Laburdi empieza a traspasar la frontera de los Pirineos, y también la del Bidasoa, haciendo que el miedo a las brujas -y brujos, que también los había- prenda como una chispa en medio de hierba seca…

Cualquiera que haya leído libros de Historia tan fascinantes -sí, créanme, los hay- como “Brujería vasca” de Julio Caro Baroja o “El abogado de las brujas” de Gustav Henningsen, quizás piense que poco hay ya que descubrir -o decir- sobre brujas vascas de principios del siglo XVII y menos aún sobre las que fueron acusadas en Hondarribia en el año 1611 y cuyo proceso se arrastró hasta bien entrado el año de 1612.

De hecho, uno de los documentos del Archivo de la Inquisición que utilizó con más profusión el mencionado profesor Henningsen para escribir “El abogado de las brujas”, fue el contenido en el legajo 1679 de ese depósito bajo el nombre de “Informe de Fuenterrabía”, que es como se conocía en la época a la actual Hondarribia.

Sin embargo, en Historia siempre es preciso rendirse ante las evidencias. Así, hay que constatar que, en efecto, el Archivo Municipal de Hondarribia, como no podía ser menos, y era lógico suponer, guarda todavía unas cuantas sorpresas inéditas sobre aquel turbio asunto que, quizás, debería ser mejor conocido y más considerado entre las Historias de la Gran Caza de Bujas europea, puesto que es uno de los primeros y más completos ejemplos de cómo esa especie de locura colectiva que atormenta a Europa entre los siglos XIV y XVIII, es frenada en seco por la determinación de un hombre -Alonso de Salazar y Frías- que, fiel a las ideas de la Nueva Ciencia que en esas mismas fechas están exponiendo hombres como sir Francis Bacon, se niega a aceptar cosas tan inverosímiles como que se puede volar por los aires con la sola ayuda de un ungüento aplicado en ciertas partes del cuerpo. O que determinadas catástrofes naturales -rayos, aguaceros…- han sido causadas por personas que, en realidad, no parecen tener ninguna clase de poder especial otorgado por pacto alguno con el Diablo, pues de otro modo difícilmente se puede entender la situación social y económica, bastante penosa, en la que se encontraban muchos de esos presuntos brujos…

En efecto, pese a todo, pese a los buenos oficios de grandes historiadores como Julio Caro Baroja o Gustav Henningsen, los documentos de los que hablé con la archivera de Hondarribia estaban ahí, describiendo, palabra a palabra, con toda claridad un hecho fundamental en la Historia de la Gran Caza de Brujas europea, pero que muchas veces pasa desapercibido en libros sobre ese tema como el que se presenta este 8 de noviembre.

Es decir, en esas actas están recogidos los primeros pasos, los primeros indicios, del pánico que se extendía en las poblaciones donde luego se iba a dar un proceso por Brujería -más o menos sonado- que, salvo excepciones -como es el caso de la magnífica obra de los profesores Boyer y Nissenbaum sobre el caso de Salem en 1692- es casi la única documentación que se acaba manejando para escribir libros de Historia sobre Brujería como el que acaba de firmar el historiador que también firma este artículo.

Esos documentos son apenas unas pocas líneas, unos párrafos en unos cuantos folios, pero realmente el hallazgo debido a los buenos oficios de la archivera de Hondarribia merece que se haga siquiera un primer esbozo de ellos en estas páginas, mientras esperan su turno para entrar en nuevas obras sobre la Historia de la Brujería con la importancia que se merecen.

Lo que se describe esas actas de la sesión del Ayuntamiento de Hondarribia a finales de la primavera de 1611, surge, de un modo que puede parecer sorprendente, de la rutina del gobierno municipal de una población como esa. Hay muy pocas cosas que distingan esas deliberaciones de otras muchas, miles, que los sucesivos Ayuntamientos de Hondarribia, elegidos año a año, llevarán a cabo para hablar sobre pesas y medidas, comercio, limpieza y alumbrado de las calles y todas esas cosas tan aburridas pero tan necesarias para que una comunidad humana -del siglo XVII o del XXI- sea más o menos viable.

Sin embargo, desde los primeros compases de esa reunión, los capitulares saben que uno de los asuntos de lo que se va a tratar es extraordinario y grave. Sus palabras no tienen nada de rutinario y, por sí solas, ya dan una idea de que es lo que está ocurriendo en un lugar conocido y real -Hondarribia- y en una fecha clara, administrativamente, bien identificada. En efecto, las actas dicen que, reunidos esos magistrados municipales un miércoles 4 de mayo de ese año de 1611 en la sala de Ayuntamiento de la que el documento llama “muy noble y leal villa de fuenterrauia”, y después de tratar de asuntos algo burocráticos como las medidas administrativas que se debían tomar para que no llegasen vinos de Burdeos mientas se cosechaba el chacolí del país -o sobre los árboles que se podían cortar dentro de los viveros de propiedad municipal-, los capitulares escucharon a uno de ellos, el capitán Miguel de Yçaguirre, jurado mayor de ese Ayuntamiento, que les expuso que “Algunas mugeres forasteras de françia que Heran brujas” habían embrujado “Algunas creaturas” en Hondarribia. De donde se seguía, según el capitán, un gran daño contra la fe católica, contra Dios y contra la población que ellos gobernaban en ese año de 1611. Motivos más que suficientes para que él pidiera a su gobierno municipal lo que el documento llamaba “el remedio del caso”…

Con esas sencillas pero a  la vez terribles palabras, pronunciadas un 4 de mayo de 1611 en un Ayuntamiento con varios asuntos que despachar, había quedado sembrado en esa comunidad tan típica, en muchos aspectos, de la Europa de comienzos del siglo XVII, sino el pánico sí una cierta desazón, un vago temor que lleva a los capitulares que han escuchado al capitán Yçaguirre a enviarlo a San Sebastián para que allí consultase con el abogado que se encarga de los asuntos judiciales de Hondarribia y que éste les diera su opinión sobre cómo se debía proceder ante semejante caso.

Una vez recibido ese informe del especialista en Leyes, los dos alcaldes que gobernaban la villa en esas fechas decidirían cómo actuar contra los que fueran declarados culpables de ese pecaminoso delito de Brujería, si bien esas actas ya avanzaban que se debería castigar “con grande rigor” a las presuntas brujas, y brujos, si los hubiere, ya que ese documento utiliza ese género masculino para hablar de los más que probables acusados…

Resulta difícil determinar hasta qué punto penetró entre los encargados de dirigir Hondarribia aquel año de 1611 el temor, el desasosiego, ante la constatación de que allí, como en muchas otras poblaciones europeas, habían aparecido algunas mujeres que podían ser brujas entre el vecindario de esa población apiñada dentro y alrededor de una importante fortaleza fronteriza.

Las actas municipales conservadas en el Archivo de Hondarribia permiten, sin embargo, hacerse una idea de cuál podía ser su estado de ánimo. Durante más de un mes el caso se estuvo investigando. Para principios de junio la instrucción estaba concluida, dando lugar a un proceso que fue manejado en su día por Juan Arzadun y Julio Caro Baroja para escribir sus respectivos trabajos sobre aquel asunto de las brujas de 1611. No era un tiempo demasiado corto ni demasiado largo para juzgar un caso de aquella magnitud, sin embargo parece que no había sido bastante para los magistrados que gobernaban Hondarribia en esas fechas.

Así es, las actas de ese Ayuntamiento del 12 al 15 de junio de 1611, hablan de que el proceso está concluido, pero todo en ellas apunta a que ese tribunal municipal no termina de atreverse a tomar medidas drásticas contra los que han sido declarados brujos entre sus vecinos, reconociendo haber apostatado de la fe cristiana. Algo muy llamativo frente a otros tribunales similares -por ejemplo los de muchos territorios alemanes- muy dados a emplear a fondo y con generosidad la horca y la hoguera para librarse de esos supuestos adoradores del Diablo que normalmente llamamos “brujos”.

El Ayuntamiento de Hondarribia, en efecto, decide, casi parece que con alivio, enviar dos mensajeros a la villa navarra de Santesteban, donde en esos momentos el que Gustav Henningsen llamará en su día “el abogado de las brujas”, el licenciado Alonso de Salazar y Frías, trata de poner orden en el caos de acusaciones de Brujería desatado en el norte de Navarra a partir de 1609.

La respuesta de ese que el documento llama “señor inquisidor” recogida en esas actas, es cortés. Salazar y Frías asegura que, tal y como le han pedido el día 13 de junio esos emisarios de Hondarribia, irá allí a indagar sobre el caso, pero en esa carta también se prefigura ya la doctrina que finalmente adoptará ese, por otras razones, terrible tribunal de la Inquisición, tan extraña en una Europa en la que se exalta la Ciencia en boca de sir Francis Bacon, Gassendi o Descartes, pero al mismo tiempo se cree, o parece que se cree, en brujas. Así es, Salazar ya da a entender a los magistrados de Hondarribia que tales seres como las brujas no existen, y para disipar todo miedo o duda al respecto, al señor inquisidor le bastaba en esos momentos con que los acusados de tales cosas como volar por los aires, fabricar ungüentos mágicos, dirigir  rayos contra casas y cosechas o tormentas contra barcos -todo ello gracias a un presunto pacto con el Diablo-, hicieran pública sumisión a la fe cristiana en el plazo de seis meses, acogiéndose a lo que el documento llama “Edicto de Gracia”…

Con esto, según todos los indicios, muchos temores a la existencia de presuntas brujas quedaron disipados en Hondarribia. Las acusadas ante aquel tribunal fueron tan sólo desterradas de la población, junto a muchos otros franceses que vivían allí y a los que ese Ayuntamiento, tan atribulado, consideraba sospechosos de extender sino una Brujería diabólica que la Inquisición les venía decir que no podía ser real, sí, al menos, un clima de cierto miedo y sospecha entre sus vecinos, pese a que algunos de ellos -por ejemplo varios soldados de la guarnición y otros tantos molineros- no habían dudado unos en casarse con mujeres de ese origen y los otros en tener sirvientes franceses que ahora debían despedir en el plazo de dos semanas…

A modo de conclusión de todo este asunto, si queremos, podemos considerar que esa calmada determinación de Salazar y Frías en 1611, reduciendo la creencia en brujas a poco más que una farsa, como se puede ver gracias al caso de Hondarribia, fue, entre otras razones de más peso, el origen remoto de esa costumbre tan curiosa de celebrar hoy la Fiesta de Difuntos demostrando que las brujas ya no nos dan ningún miedo, tal y como sí ocurría hace ahora 400 años.

Sin duda algo sobre lo que reflexionar en estos días de fiesta que se avecinan. Quizás con la “Brujería vasca” de Caro Baroja o “El abogado de las brujas” de Gustav Henningsen cerca, o, tal vez, paseando por las calles de Hondarribia con otros libros que hablan de esa oscura materia también al alcance de la mano, antes de pasarse por el Festival de cine de terror de San Sebastián o de preparar el disfraz de bruja, brujo, zombi o vampiro para acudir a la fiesta de Halloween más próxima.

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“Euskadi ez da Eskozia-Escocia no es Euskadi”. Del Tratado de la Unión Británica a las elecciones vascas (1707- 2012)
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Carlos Rilova | 30-12-2012 | 09:14| 20

Por Carlos  Rilova  Jericó

Hoy, día de resaca electoral tanto en el País Vasco como en Galicia, quizás sea un buen momento para pararse a pensar acerca del auge de proyectos independentistas calentados durante semanas -algo verdaderamente extraordinario en el mundo de las noticias, que suelen caducar a los pocos días- por los constantes desafíos lanzados desde Cataluña contra Madrid y animados -según parece- por la convocatoria de un referéndum en Escocia acerca de su posible separación de Inglaterra.

Es difícil saber, a fecha de hoy, qué clase de quiniela electoral triunfará en el País Vasco. Todo apunta, tal y como revelaban las encuestas electorales previas, que, al menos por esta vez no se han equivocado, que es muy probable un gobierno del PNV… ¿en coalición con el PSE?, ¿o tal vez con Eh Bildu?. Hoy 22 de octubre de 2012, sigue siendo una incógnita cuál será el verdadero color del nuevo gobierno vasco.

Eso, naturalmente, abre la puerta a algunas preguntas acerca de lo que podría hacer ese gobierno cuya llave parece tener en las manos el Partido Nacionalista Vasco. ¿Iniciará una deriva parecida a la de Artur Mas en Cataluña, tratando también de justificar esa decisión en base a la reclamación de secesión escocesa para 2014?.

Hemos oído y visto durante toda la campaña alguna que otra insinuación, sotto voce las más de las veces, de que algo así se podría plantear en Euskadi. Unos para agitar la bandera del miedo ante una posible ruptura de España y, sobre todo, ante el comienzo de una aventura independentista que, de momento, no se sabe ni dónde empieza ni dónde termina y que años atrás mermó considerablemente el número de votos que antes solían dirigirse, invariablemente, hacia el Partido Nacionalista Vasco. Otros han agitado esos ecos escoceses tal vez tratando de galvanizar en su favor a un electorado favorable, pese a todo, a esa aventura.

Hablando desde el punto de vista estrictamente histórico quienes animan desde las tribunas electorales esas esperanzas deberían ser muy cuidadosos. A medio plazo podrían crear una oleada del más amargo -y seguramente vengativo, electoralmente hablando- desengaño entre las filas de los que han prestado oídos a esas propuestas de independencia siguiendo lo que, más o menos, se podría llamar “modelo escocés”.

Y es que, como suele ser bastante habitual, tanto en Cataluña como en el País Vasco, da la impresión de que quienes hablan desde las tribunas políticas de reeditar en esos territorios un esquema similar al que está siguiendo Escocia, hablan desde el desconocimiento histórico más absoluto acerca de lo que podríamos llamar  “problema escocés”.

En efecto, sólo para empezar la petición de referéndum de Escocia se basa en un tratado entre dos naciones soberanas que en 1707 decidieron formalizar de derecho una unión de hecho que se había formalizado a través -como solía ser habitual en la época- de tener sentada tanto en el trono de Inglaterra como en el de Escocia a una misma dinastía. En ese caso la de los Estuardo, que ocupan el trono inglés con Jacobo I a la muerte sin descendencia de Isabel I, aquella reina pelirroja que tantos quebraderos de cabeza mutuos se dio con su antiguo novio, Felipe II de Austria, rey de España y de las Indias.

No hace falta recurrir a exóticos documentos -que los hay, como se demuestra con sólo echar un vistazo a, por ejemplo, los fondos de la British Library- para saber que en la práctica esa Unión de 1707 bajo tratado entre Inglaterra y Escocia convenientemente sellado y archivado, fue un asunto muy complicado y en el que una de las dos partes, Escocia, salía perdiendo.

Para eso basta con echar mano a un simple manual sobre la Historia de Escocia como el detallado estudio del profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas español Luis Moreno, titulado “Escocia, nación y razón”.

En él podemos apreciar, rápidamente, que la unión entre ambos estados a comienzos del siglo XVIII no era algo que entusiasmase, precisamente, ni a escoceses ni a ingleses, que, en consecuencia, si se llevó a cabo esa unión tras la firma de un tratado entre ambas partes fue, sobre todo, porque los lores espirituales y temporales escoceses, así como los  comunes, representados en el Parlamento escocés, estaban deseosos de prosperar en Londres. Empezando por un bonito escaño en el Parlamento de Westminster. A lo cual habría que añadir que, como señala Luis Moreno en su libro, los reyes ingleses habían hecho, además, una, a veces, muy sucia campaña contra los intereses económicos de Escocia para, digamos, ablandar las posibles reticencias de la parte más decisiva de la población escocesa a la unión entre ambos reinos.

Ese fue el caso de la colonia de Darién, fundada en 1698 en tierras de la actual Panamá por inversores organizados en torno al recién nacido Banco de Escocia. Los ilusionados inversores descubrieron pronto que Guillermo de Orange (rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda gracias a la llamada “Revolución gloriosa” del año 1688, con la que derroca a su suegro Jacobo II a petición de la nobleza y burguesía británicas, molestas por el criptocatolicismo de ese rey), los iba a abandonar a su suerte ante los españoles que, lógicamente, no tardaron en reclamar que ese asentamiento colonial escocés se había realizado en tierras de su católica majestad, Carlos II de Austria.

Guillermo, con muy buen criterio, obedeció las sugerencias que le envió la corte de Madrid a ese respecto y prohibió a sus súbditos de ambos lados del Atlántico que facilitasen ayuda o recurso alguno a los colonos escoceses de Darién. El resultado fue un auténtico descalabro para el Banco de Escocia y para los magnates y burgueses de esa nacionalidad que habían invertido en esa operación que hoy día aún es recordada en el mundo de habla inglesa como el desastre de Darién.

En descargo del “rey Billy” se puede decir que no estaba en disposición de desafiar los deseos de la corte española, aliado fundamental en la guerra a escala mundial que en esos momentos libra Inglaterra contra los proyectos de hegemonía de Lis XIV, pero, en definitiva, al margen de oscuras aventuras como la de Darién, está claro que Guillermo de Orange tenía una firme voluntad de presionar a las élites escocesas para que aceptasen un tratado de unión con Inglaterra.

Fue por ese camino por el que se llegó finalmente a redactar ese tratado de unión de los dos reinos que, pese a los disturbios que prenden en buena parte de Escocia por esta causa, creyendo muchos escoceses que se les “vendía” a Inglaterra con él, fue firmado y puesto en vigor a comienzos del año 1707.

Como podemos descubrir si seguimos leyendo el ya citado libro del profesor Moreno, “Escocia, nación y razón”, ese tratado tuvo una larga aunque muchas veces infeliz Historia de más de tres siglos.


Sin embargo, funcionó. Escocia, pese a haber sido la perdedora en el negocio político sellado tras la firma de ese tratado desigual, empezó a ver a lo largo del siglo XVIII y, sobre todo, del XIX, que la unión con Inglaterra resultaba de lo más conveniente al obtener, después de todo, libre entrada a un cada vez más vasto imperio colonial en el que colocar sus excedentes de población -fundamentalmente los generalmente despreciados highlanders, la mayoría pobres de solemnidad que no tenían ni para vestir con calzones- y la producción de la creciente industria radicada en las Midlands y las Downlands.

La archiconocida obra literaria de Robert Louis Stevenson, magnífico representante de la burguesía de las Tierras Bajas escocesas de finales del siglo XIX, es un perfecto resumen del ambivalente sentimiento escocés frente a la unión con Inglaterra. Por un lado hay novelas como “Secuestrado”, “Catriona” y, sobre todo, una verdadera obra maestra como “El señor de Ballantrae”, en la que se respira una leve nostalgia por lo que pudo ser y no fue tras la derrota del último levantamiento jacobita -el de 1745- que ha quedado archivado, erróneamente, en la memoria colectiva de cierto sentimiento independentista escocés como el momento en el que la independencia escocesa respecto a Londres se descalabra de modo más o menos definitivo.

Por otro la verdadera gran obra maestra de Stevenson, “La isla del tesoro”, es todo un canto a la Gran Bretaña felizmente unida que prospera haciéndose dueña de los mares y de todo lo que hay en ellos, barriendo los últimos vestigios de una Piratería que empieza a resultar más que molesta.

Ahora parece que ese débil equilibrio en el alma escocesa entre la nostalgia por la independencia de Londres y el balance económico altamente positivo del tratado de la Unión, tan bien representado en las novelas de Stevenson, se está inclinando en favor de la ruptura de ese tratado. Es difícil saber qué puede pasar a ese respecto y sí a partir de ahí Escocia entrará a formar parte de la Unión Europea como nuevo estado miembro a partir de 2014. El profesor Luis Moreno ya señalaba en “Escocia, nación y razón” que en esta historia de más de trescientos años, las autoridades inglesas han sido especialistas en, por así decir, marear la perdiz y, aprovechándose de la debilidad del sentimiento independentista escocés, incapaz de unirse, bloquear hasta sus demandas de perfil más bajo. Como la Devolution, reclamada, y obtenida, por otro referéndum celebrado en 1979 y que, en realidad sólo era una petición de descentralización. O como decimos por aquí, de autonomía.

En última instancia, como nos recuerda el profesor Moreno, el que desde 1707 es el único parlamento británico, el de Westminster, tiene en sus manos la baza definitiva: es el representante de la voluntad popular tanto de Escocia como de Inglaterra por medio del Acta de Unión de 1707 y por tanto puede invalidar cualquier demanda que contravenga ese tratado…

Ante un complejo panorama como éste, evidentemente, resulta poco prudente hacer castillos en el aire con proyectos que se inspiren en esa demanda de referéndum hecha por cierta parte de la opinión pública escocesa.

Como acabamos de ver, esa reclamación se basa en un tratado internacional, real y sólido, escrito, sellado y firmado por ambas partes -algo de lo que se carece, por completo en Euskadi y en Cataluña-, que puede, por tanto, denunciarse por una de las dos partes, aunque, como vemos, dada la correlación de fuerzas existente entre Inglaterra y la parte de la opinión pública independentista de Escocia, las posibilidades de que eso ocurra son más teóricas que reales, sin necesidad de salirse del marco estrictamente legal por parte de Londres, recurriendo, por ejemplo, otra vez a emboscadas como la del asunto de Darién de la que he hablado antes.

Por otra parte no estará de más recordar que, el ejemplo escocés de unión previa seguida de posible ruptura por la vía legal del Derecho Internacional como la que ahora parece haberse propuesto, tiene toda una serie de rincones muy oscuros que deberían tener presentes tanto los que traen a colación ese ejemplo escocés en mítines y otras tribunas políticas, como, sobre todo, quienes están dispuestos a seguir esa consigna: a partir de 1746 los herederos directos de los jefes de los clanes de las Tierras Altas escocesas, admitiendo su derrota militar ante la coalición angloescocesa favorable al rey sentado en el trono de Londres y, por tanto, al Tratado de 1707, se sumaron de manera entusiasta a las ventajas económicas que ofrecía esa unión con Inglaterra y su creciente imperio colonial. Una de las primeras medidas que adoptaron fue la que se ha llamado “Highland clearances”. Es decir, libremente traducido, “La “limpia” de las Tierras Altas”.

Un fenómeno crudamente descrito por el historiador escocés John Prebble en una obra titulada así precisamente, “The Highland clearances”, que se concretó en la expulsión de sus tierras de cientos de familias que hasta esos momentos habían seguido fielmente a esos mismos “chieftains” que, tras la derrota de 1745, se desentendían de ellos y se amoldaban rápidamente a la explotación industrial de tierra y ganado por la que tantas ventajas se les ofrecían en Londres, dando así, después de todo, por completamente prescindibles a aquellos “truaghain” -en gaélico, algo así como “pobres desgraciados”- que, sin siquiera tener dinero para hacerse un traje decente, con casaca y, sobre todo, calzones, los habían seguido ciegamente -salvo los que habían sido obligados, que también los hubo- en 1745 a la última rebelión militar contra aquel tratado de la unión firmado en 1707…

Un hecho histórico éste de la “limpia” de las Tierras Altas escocesas tras la derrota jacobita de 1745 por los herederos de los mismos que habían alentado a esa rebelión a los perjudicados por dicha “limpia”, que debería hacer que nos alegrásemos de que, después de todo, Euskadi no sea, en cuestiones como la del Tratado de 1707, como Escocia y que, por si acaso, deberíamos tener muy presente en los próximos meses, si es que oímos algo sobre posibles referéndums “a la escocesa” en Euskadi…


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¿Día de la Hispanidad?, ¿Día del Descubrimiento?. Notas sobre una Historia mal aprovechada (1492-2012)
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Carlos Rilova | 07-01-2013 | 08:23| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Probablemente las razones profundas que nos han permitido disfrutar de un puente tan bien colocado como el que acabó ayer, no son demasiado bien conocidas. Con todo lo que tiene que ver con la Historia, normalmente, suele ocurrir así.

Así es, si, hoy por hoy, hay una fiesta cuyos motivos históricos sean más desconocidos y confusos, quizás esa es la que celebramos el 12 de octubre de cada año. Algunos, muy probablemente, la identificarán con las fiestas patronales de Zaragoza, dedicadas a la Virgen del Pilar. Los telediarios, en general, se han encargado de reforzar esa idea metiendo el asunto en sus escaletas de la semana pasada. Habrá otros que, tal vez, recuerden que todo esto tiene que ver con Colón, con el Descubrimiento de América…

Es posible incluso que, entre los más mayores, eso del “Día de la Hispanidad”, que aún se oye por ahí, en algunas emisoras de radio y televisión, periódicos, etcétera, sin duda despertará resonancias de antiguos recuerdos. Tal vez no demasiado agradables para muchos.

Fuera de las fronteras españolas, hasta que se demuestre lo contrario, habrá que perder toda esperanza -como en el Infierno de Dante- de que se sepa las razones por las que en España se hace fiesta el 12 de octubre. Pensando mal, es posible que algunos periódicos alemanes afines a la CDU de la canciller Merkel aprovechen la circunstancia para remachar la idea de que en ese país -España- hay demasiadas fiestas, reforzando así el argumento con el que se explica toda una profunda crisis económica. Una explicación unívoca, interesada y reduccionista que, bien mirada, no deja de tener mérito. No tanto por su veracidad como por la eficacia con la que les está funcionando a los interesados en difundir esos argumentos…

Ese panorama puede resultarnos un tanto desolador, pero como cualquier hecho histórico -ya sea el Descubrimiento de América o la manera en la que es recordado hoy día- tiene una perfecta lógica.

En este caso, como en el del rampante sentimiento independentista en Cataluña del que me ocupaba -y seguro que no por última vez- en esta misma página el 17 de septiembre, una de las razones principales para que las cosas estén así, tiene que ver con la desastrosa política cultural con la que se ha manejado el recuerdo colectivo, en fin, la Historia, de esa entidad llamada “España” durante bastantes años.

Así es, las celebraciones del día 12 de octubre resultan sencillamente paupérrimas comparadas con la dinámica que utilizan otros países como Francia o Estados Unidos para recordar y celebrar la fecha de su fiesta nacional el 14 y el 4 de julio respectivamente. Fechas que, por otra parte, como habrán notado, son conocidas tanto fuera de las fronteras de Francia como de las de Estados Unidos, en tanto que la del 12 de octubre apenas dice algo a alguien, probablemente ya ni siquiera en Sudamérica, principal parte interesada en ese asunto junto con España.

Algo que no deja de ser verdaderamente chocante teniendo en cuenta que lo que ocurrió el día 12 de octubre de 1492 es el descubrimiento de todo un continente y con él -genocidios y expolios a gran escala a los originarios del mismo aparte- se confirman toda una serie de grandes avances científicos en navegación, cosmografía etc… Algo casi tan relevante como las dos revoluciones, la de 4 de julio de 1776 y la de 14 de julio de 1789, que dan origen a nuestro mundo actual y a las fiestas nacionales de Estados Unidos y de Francia.

Bien, pues ni por esas, como se suele decir. Año tras año, régimen tras régimen -monarquía parlamentaria entre 1876 y 1923, dictadura “light” primorriverista de 1924 a 1931, Segunda República entre 1931 y 1939, dictadura autocrática entre 1939 y 1975 y, nuevamente, monarquía parlamentaria entre 1977 y 2012- no parece haber habido manera de poner en valor un hecho histórico como el que se pretende celebrar cada 12 de octubre y que -es o debería ser evidente- está, o puede estar, a la altura de los que se conmemoran el 4 y el 14 de julio.

Para empezar el nombre que se eligió para identificar esa efeméride del 12 de octubre a comienzos del siglo XX, el de Fiesta de la Hispanidad, no parece haber sido la mejor idea para poner de relieve lo que se llevó a cabo en 1492.

En efecto, lo más apropiado hubiera sido haber hablado de Día del Descubrimiento -y no de la Hispanidad- teniendo en cuenta que esa confirmación de los cálculos náuticos de Cristóbal Colón era, aparte de un gran paso para la Humanidad en materia cosmográfica y en el conocimiento del planeta, la llave que abría la puerta a territorios que en los momentos en los que se opta por aquello de “Día de la Hispanidad” -hacia 1918- no eran ya legalmente parte de esa Hispanidad sino del mundo anglosajón: Nuevo México, California, Oregón, Texas, Luisiana…

Ese mal punto de partida desdibujaba, efectivamente, el verdadero alcance  de lo que se hace en el año 1492, lo descontextualizaba históricamente, lo desvirtuaba y, finalmente, tal y como hemos podido ver hace tres días, lo desvanecía hasta convertirlo en un mero día de fiesta de un estado de la Unión Europea -y poco más- en el que apenas se sabe, ni dentro ni fuera de las fronteras del mismo, lo que se está celebrando exactamente.

Un error éste del nombre de la fiesta que no corrigieron ni mejoraron, en absoluto, las políticas culturales supuestamente organizadas desde, como mínimo 1892, para rememorar y poner en valor ese acontecimiento capital en el desarrollo de la Historia humana, como lo fue ese descubrimiento de América, que confirmaba -hay que insistir en esto- las nuevas teorías científicas en las que se iba a basar el posterior desarrollo de la sociedad tecnificada en la que, con todos sus pros y contras, vivimos hoy día.

Así es. Desde los primeros años del siglo XX se ha perdido, una y otra vez, la oportunidad de recordar que la travesía de Cristóbal Colón, financiada por las coronas de Aragón y Castilla formando ya el embrión básico de España como estado moderno -como los de Inglaterra o Francia-, abre la llamada Era de los Descubrimientos, que permiten ahondar en el conocimiento del Planeta, cartografiarlo, describirlo y, en definitiva, ubicar de un modo más exacto esa Nave-Tierra en la que transcurre la Historia de todo el género humano.

Un período histórico este de la Era de los Descubrimientos en el que, aparte de arrasar civilizaciones como la azteca o la inca en nombre de esa nueva civilización europea basada en la ciencia y en la superioridad tecnológica, se levantará un detallado mapa del globo terráqueo gracias, principalmente, al viaje de circunnavegación emprendido en 1519 por el portugués Fernando de Magalhaes -españolizado como Magallanes al recibir esa naturaleza de manos del emperador Carlos V-, los de John Cabot o Jacques Cartier en ese mismo siglo XVI,  y los que los continúan sobre todo en el siglo XVIII con nombres como los de Bougainville, Jorge Juan, Ulloa, Alejandro Malaspina y el más famoso de todos ellos, con razón o sin ella, James Cook.

Una relevancia histórica evidente que, sin embargo -en esto también hay que insistir- no se ha hecho nada por destacar, por poner en valor…

Queda muy poco tiempo -siete años- en términos de celebraciones históricas para el quinto centenario del comienzo de ese viaje de circunnavegación iniciado por Magallanes en 20 de agosto de 1519, que fue heredero directo del culminado el 12 de octubre de 1492. En ese tiempo pueden pasar muchas cosas y se pueden hacer también muchas otras.

La más interesante y conveniente de todas ella -quizás la más saludable sociológicamente hablando- sería poner en práctica una política cultural en la que se pusiese en su verdadero valor histórico ese acontecimiento y el que le da origen con la culminación de la travesía de Colón el 12 de octubre de 1492.

Debería ser una política de divulgación que, desde luego, no se dedicase, por ejemplo, a pasar celuloide rancio como “Alba de América” -una película que, hoy por hoy, no se debería programar sin un debate serio en el que, como mínimo, participasen expertos de la talla del profesor Santiago Juan Navarro-, creyendo que con eso se ha hecho una gran gesta patriótica -como parece haber sido el caso de cierta televisión este 12 de octubre- sino que, por el contrario, hiciera todos los esfuerzos posibles para -como se hace con las fechas del 4 y 14 de julio- tratar de que el significado histórico profundo del 12 de octubre de 1492 y todo lo que vino después -especialmente la circunnavegación-, fuera recordado en todo momento oportuno. En libros, en cómics, en películas, en series de televisión… y no sólo con congresos o conmemoraciones gigantescas -como la de quinto centenario de 1992-, en laS que se concentran todos los esfuerzos en unos pocos años para, antes y después de ellos, no hacer nada. Especialmente después, cuando el empacho de información sobre el acontecimiento en  cuestión, acaba por hacerlo casi aborrecible. Como bien sabemos que ocurrió en el caso del quinto centenario del Descubrimiento de América.

Tenemos ejemplos muy a mano. La explotación del segundo viaje de circunnavegación mundial, llevado a cabo por sir Francis Drake es un caso perfecto de recuerdo constante -prácticamente 24 horas al día durante 365 días al año-, estudiado, difundido, rememorado, perpetuado, desde distintos ángulos y por distintos medios y personas, a diferentes niveles -desde los cuentos para niños hasta películas- de esa travesía histórica que -eso debemos tenerlo muy claro- siempre estuvo por detrás de la iniciada por Magallanes en 1519.

De no hacerlo así seguramente tendremos muchas ocasiones de lamentarnos por esa falta de método. Y de ello seríamos especialmente culpables los guipuzcoanos, especialmente los historiadores, ya que entre nosotros vivieron nada menos que cuatro de las personas más destacadas -lo cual no quiere decir, por razones obvias como las que aquí he comentado, más conocidas- de esa Era de los Descubrimientos iniciada y confirmada con la arribada a América del 12 de octubre de 1492: Juan Sebastián Elcano, último oficial superviviente de la expedición de Magallanes y encargado de culminar la travesía, y Andrés de Urdaneta, Domingo de Bonechea y Manuel de Agote, estos tres últimos figuras claves entre los siglos XVI y XVIII para establecer rutas y mapas de un Océano Pacífico prácticamente desconocido después de que la expedición de Magallanes y Elcano lo surcase.

Si no aprovechamos cada 12 de octubre, y todo otro momento más o menos oportuno a lo largo de cada año, para dejar claro todo esto deberemos ir acostumbrándonos a cualquier cosa que pueda ocurrir a partir de ese momento. Por ejemplo que, al final, como les ocurre a cientos de turistas que pasan por los “Docks” de Londres, se crea que realmente quien circunnavegó por primera vez la esfera terrestre fue un corsario inglés llamado Francis Drake. O al menos que la única travesía importante a ese respecto fue la de aquel caballero, cosa absolutamente incierta desde el punto de vista histórico, que es lo que realmente, y como es lógico, se ha querido destacar aquí…

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La Historia como arma de guerra. A propósito de las elecciones venezolanas. Simón Bolívar el libertador, Simón Bolívar el dictador y el presidente Hugo Chávez
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Carlos Rilova | 08-10-2012 | 09:00| 9

Por Carlos Rilova Jericó

Para este momento en el que subo este nuevo artículo a la plataforma digital de “El Diario Vasco”, ya conocemos cuáles han sido los resultados de las elecciones presidenciales en Venezuela.

Como es razonable esperar estos han disgustado a unos y han alegrado a otros. No podía ser menos.

Sin embargo nada de eso cambia el sentido de este artículo, relacionado con ese acontecimiento en el que esa gran nación -miembro fundador de la OPEP, es decir de la Organización de Países productores de Petróleo, para decirlo todo- parece haberse jugado su destino al permitir más de la mitad de sus votantes la continuidad hasta 2018 de los catorce años de gobierno del comandante Chávez.

Así, vistos los resultados, y sobre todo las declaraciones del nuevo presidente de Venezuela, parece ser que la apropiación de la figura histórica de Simón Bolívar como bandera por parte de Hugo Chávez, ha funcionado una vez más, sustentando lo que algunos han calificado como régimen de tintes dictatoriales, o cuando menos populistas, y movilizando durante estas últimas semanas, y hasta ayer mismo, a miles de seguidores.

Tanto para ir a manifestaciones y mítines -y a alguna que otra reyerta callejera con muertos del partido opositor a Chávez, que nos recuerda a la Europa de los años 30- como a los colegios electorales.

Demasiado como para que el historiador no se fije en esa utilización de la Historia como un arma de guerra -de momento política- del mismo modo, más o menos, en el que Yves Lacoste descubrió en los años setenta del siglo pasado que la Geografía también tenía ese uso.

Es un dato poco conocido, pero bastante accesible cuando uno se pone sobre la pista de este tema, que el comandante Chávez mantuvo una relación sentimental con Herma Marksman, historiadora de ideología socialista que, sin duda, debió contribuir, y no poco, a esa apropiación por parte de Hugo Chávez de la figura histórica de Simón Bolívar como bandera para la lucha política.

Que nuestra colega terminó de manera tormentosa su relación de toda índole con el comandante Chávez es también algo poco conocido, pero igualmente notorio, cuando uno se pone a hacer indagaciones -como es el caso- sobre la peculiar relación de Hugo Chávez con la Historia en general y con Simón Bolívar en particular.

¿Cuáles pudieron ser las razones profundas que llevaron a Herma Marksman a romper esa relación, a considerar, como denuncia ella misma en una entrevista, que Chávez la había utilizado?.

Al margen de todo lo que diga en su propio nombre la profesora Marksman, se pueden encontrar algunas otras a partir de un simple paseo por una bibliografía más o menos selecta en torno a la figura de Simón Bolívar.

Empecemos por la impresión que tiene el movimiento bolivariano (gracias al que el comandante Chávez llegó y permanece en el poder presidencial de Venezuela), de que el llamado “Libertador” fue una especie de precursor de ideas socialistas que, a decir verdad, en las primeras décadas del siglo XIX en las que se desarrolla la vida política y militar de aquel criollo de origen vasco -vizcaíno para más señas- estaban en un estado poco menos que embrionario.

Ese es el primer tropiezo del movimiento bolivariano del presidente Chávez con la Historia real. Esa descontextualización del personaje histórico para convertirlo en un mito que, a su vez, se pueda convertir en una bandera seguida por miles de votantes que pueden dar -y han dado- un vuelco en las urnas a la política que dirige uno de los principales países productores de petróleo y, por tanto, un lugar que despierta un gran interés a nivel internacional. Como lo hemos visto en muchos telediarios durante años y especialmente a raíz de estas elecciones que ha vuelto a ganar el comandante Chávez, en las que casi se ha podido sentir cómo muchos contenían la respiración esperando el fin democrático de su republicana bolivariana.

Así es, Bolívar fue un hombre de su tiempo -finales del siglo XVIII y principios del XIX- imbuido de las ideas ilustradas que animaron la revolución de 1789 y está claro que sostuvo en sus numerosos escritos, en sus proclamas fundamentales, diversas ideas revolucionarias, pero eso no significa -en modo alguno- que se le pueda catalogar como “socialista”. Ni siquiera como precursor del Socialismo, que iba a empezar a eclosionar como ideología revolucionaria hacia la cuarta década del siglo XIX de la mano de dos filósofos alemanes: Friedrich Engels y un tal Karl Marx, buen amigo del anterior, al que sableaba con frecuencia para poder seguir escribiendo una obra monumental sobre el Capitalismo…

Es precisamente Marx, el fundador, el símbolo indiscutible de la ideología socialista revolucionaria, el que deja claro -con la contundencia que le caracterizaba- en uno de sus escritos publicado en el año 1858 en la “The New American Cyclopaedia” de Charles Dana, lo que pensaba de Simón Bolívar, que no es precisamente lo que se pensaría de un correligionario.

En esa breve biografía, en efecto, Karl Marx comparaba a Bolívar con Napoleón y consideraba que su “Código Boliviano” era más o menos lo mismo que el “Código Napoleón”. Es decir, una base legal para poder ejercer un despotismo dictatorial que, en opinión de Karl Marx, Bolívar soñaba con imponer sobre toda América del Sur después de unificarla en una confederación de la que él sería dictador supremo.

Posiblemente, tal y como señalaba José Aricó en un artículo publicado en México en 1980 sobre ese escrito de Marx, el filósofo fundador del Socialismo quizás veía de un modo un tanto sesgado a Bolívar, pero ni el mismo Aricó se atreve a desmentir totalmente a Marx, señalando únicamente que ese viaje de Bolívar del revolucionarismo de raíz francesa al despotismo conservador, era la única reacción posible para él y para las restantes élites criollas, deseosas de librarse del dominio español, pero no de entregar el poder a las masas populares que los han ayudado a llevar a cabo ese proceso de Independencia.

Ese mismo en el que, como podemos leer, por ejemplo, en la edición de las cartas que Bolívar dirige a otro de los libertadores, el argentino José de San Martín -publicadas en Buenos Aires por el Instituto Nacional Sanmartiniano en el año 1952-, abunda la palabra “Libertad”, se identifica a los españoles con la opresión y con la imposición de un duro yugo a los pueblos americanos… pero brilla por su ausencia toda referencia a ningún plan de república socialista “avant la lettre”, quedándose el proyecto libertador reducido a una simple revolución, ni siquiera burguesa sino de la aristocracia criolla, dueña, de hecho, de grandes explotaciones esclavistas y basada en el principio de apoyarse en la burguesía y las masas populares pero sin querer hacer concesión alguna de poder político o económico a las mismas.

Así, mirando la biografía de Simón Bolívar desde el ángulo científico, a partir de documentos generados incluso por él mismo, descubrimos que hay un abismo entre la vida real del llamado “Libertador” y lo que el movimiento bolivariano, que ha sustentado la carrera política de Hugo Chávez, ha pretendido ver, y, desde luego, hacer ver, en él.

Nada de que extrañarse por otra parte. Como recogen Marcos Roitman Rosenmann y Sara Martínez Cuadrado en su “Epílogo” a la edición de esa biografía de Bolívar firmada por Marx a la que acabo de referirme -hecha en el año 2001 por la editorial madrileña Sequitur-, mucho antes de que el comandante Chávez llegase al poder, la figura de Bolívar había sido objeto de una mitificación interesada en Venezuela y en otras partes de la “Gran Colombia” fundada por su levantamiento contra España. Un proceso que había llevado a muchos miles de sudamericanos de Venezuela, de Colombia… a considerar una traición a la patria el hablar o pensar de Bolívar tal y como fue -un criollo dueño de minas y esclavos, renegado del revolucionarismo francés de 1789 que censura lo que se debe enseñar en las Universidades- en lugar del símbolo en el que se le había convertido.

Una bandera ésta, la de un Bolívar mítico, especie de santo laico defensor de los desamparados de la Fortuna y de los revolucionarios de toda índole, que el comandante Chávez ha utilizado hábilmente durante catorce años pero que, como es de imaginar, sólo puede acabar defraudando a aquellos que la han seguido, puesto que parte de unos hechos carentes de verdad histórica, de una auténtica burla hacia aquellos que han otorgado su confianza a ese símbolo estrambótico que, por dejarlo claro, equivaldría, más o menos, a que Adolf Hitler, por alguna extraña, monstruosa, paradoja, acabase convertido en símbolo del Pacifismo algún día.

Algo que, en cualquier caso, debería llevarnos a reflexionar sobre la facilidad con la que se pueden tender trampas colectivas -a veces de muy graves consecuencias- gracias a la ignorancia de la Historia. La verdadera Historia, la que escriben los historiadores, no lo vencedores, ni los cortesanos al servicio de determinados poderes después de todo opresivos, como el que representó el Bolívar histórico -no el mitificado- en su día.

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¿Arquitectura fascista, Arquitectura republicana, Arquitectura democrática?… San Sebastián-Roma-Bilbao-Washington D. C. (1922-2012)
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Carlos Rilova | 11-10-2012 | 15:07| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Los cauces a través de los que se encuentra un tema con el que llenar esta página de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, cada lunes, son, a veces, de lo más inesperado.

En el caso del que va a ocupar hoy esta página todo empezó por un comentario hecho al final de una reunión de otra Asociación a la que tengo el honor de pertenecer, la de Amigos del Museo de San Telmo. Quien hizo ese comentario fue su presidenta, una verdadera especialista en temas de Historia del Arte, la profesora Montserrat Fornells, con la que él que esto suscribe aprendió -cuando sólo era un bachiller a medio cocinar- a distinguir una columna dórica de una corintia y otras cosas que, a fecha de hoy, le ayudan a quedar bien cada vez que alguien le pregunta algo sobre algún edificio, algún castillo, alguna catedral, algún cuadro más o menos famoso…

El comentario en cuestión era sobre un hecho bastante llamativo de la Geografía urbana de San Sebastián. Concretamente el escudo que campea, en ambas fachadas, de la llamada Caseta Real de Baños. Es decir, ese edificio que es el último de la serie que se elevan sobre las barandillas de la bahía de La Concha según se avanza hacia el Palacio de Miramar, el barrio del Antiguo y la playa de Ondarreta.

Yo, supongo que como muchos otros confiados paseantes de la Bahía -bien nativos o bien turistas-, no había reparado en lo que la profesora Fornells me hizo reparar enseguida: resultaba que la corona que campea sobre ambos escudos -el de la fachada que da al paseo y el de la que da sobre la playa- no era el escudo real sino el republicano, fácil de distinguir porque se compone de una serie de torres y no de una corona real.

Yo señalé a esto que ese era un dato de lo más curioso, pues indicaba que desde la proclamación de la Segunda República española en abril de 1931 el cambio de escudo había persistido hasta la actualidad. Sobreviviendo -quién sabe cómo- al expurgo franquista de ese tipo de símbolos que llegó tras la victoria del bando rebelde en la guerra de 1936 a 1939.

En este intercambio de información intervino otro historiador donostiarra, Alberto Fernández-D´Arlas, que, además de miembro de la Junta de la Asociación de Amigos del Museo de San Telmo, también sabe unas cuantas cosas sobre patrimonio histórico y artístico de San Sebastián y de lo que no es San Sebastián. Su documentada opinión señaló, apostillando mi comentario sobre la lógica histórica que había llevado al despojo de la corona monárquica en la Caseta Real de Baños, que, efectivamente, muy probablemente, cuando se acometió por parte de los técnicos de la Diputación guipuzcoana la reciente restauración del edificio, estos se limitaron a calcar el escudo presente en la caseta desde -es de imaginar- abril de 1931 en adelante sin reparar en el detalle de la corona republicana que, ciertamente, queda un tanto incongruente en un lugar que se llama Caseta Real -que no republicana- de Baños.

Con esa información fermentando en mi memoria, finalmente, como es obvio, decidí que ese tropiezo histórico-artístico bien podía ser la base de otro artículo para este blog de la Asociación de historiadores guipuzcoanos.

En efecto, el tema ofrece muchas posibilidades para que el historiador, una vez más, siente cátedra sobre una cuestión histórica al alcance de, prácticamente, cualquier mano -o más bien par de ojos- que quieran reparar en ese detalle arquitectónico. Es una cuestión, de hecho, de gran calado histórico que puede ayudarnos a entender las razones por las que, como sociedad -más que como individuos-, recordamos y cómo lo hacemos y, en fin, tenemos una ciencia que llamamos “Historia”.

No voy a descubrir nada nuevo. De hecho, ese trabajo ya lo hizo, hace años -y muy bien-, uno de nuestros colegas norteamericanos, el profesor David Lowenthal, en un magnífico libro traducido al español por la editorial de Ramón Akal no hace muchos años y que los lectores interesados pueden encontrar hoy por hoy en muchas bibliotecas. Los donostiarras -los principales aludidos por la cuestión del escudo incongruente de la Caseta Real de Baños-, por ejemplo, en la Biblioteca Koldo Mitxelena Kulturunea y, los que sean antiguos alumnos de la E.U.T.G., en la biblioteca de esta institución.

En “El pasado es un país extraño” Lowenthal, con un análisis verdaderamente exhaustivo y muy incisivo, repasaba el modo en el que en el mundo fundamentalmente anglosajón se perpetuaba el recuerdo de determinados acontecimientos. Desde batallas hasta la vida cotidiana de, por ejemplo, los primeros colonos ingleses en América que, a fecha de hoy, se ha reconstruido en lo que normalmente llamamos “parque temático” con un alto grado de especialización y veracidad que pasa, incluso, por la ausencia de retretes modernos, sustituidos para todos -historiadores al cargo del asunto y visitantes- por un realista agujero en las cuadras de las granjas reconstruidas hasta el último detalle en el estado en el que estaban hacia, más o menos, el año 1637.

La conclusión del libro de Lowenthal, grosso modo, venía a decir que nos gustaba recordar porque somos seres finitos -si fuéramos inmortales nos bastaría nuestra memoria y, sin duda, nuestra forma de recordar, de hacer Historia, sería muy distinta- y que hasta finales del siglo XX nuestro recuerdo del pasado ha estado mediatizado por lo que queríamos ver de ese fragmento del Tiempo, eliminado de él aspectos desagradables del mismo que una sociedad más tecnificada y más higienizada no podía asumir. Caso, por ejemplo, de los sospechosos retretes ubicados en los rincones de las cuadras, los olores de una curtiduría, los de cuerpos y ropas no lavados con la misma frecuencia que usamos hoy día y un largo etcétera que, me imagino, ya se irán imaginando, entre el que se incluyen habilidades como la de tejer o hilar de la que hoy muchos de nosotros no sabemos nada.

Lowenthal también dedicaba cierta atención a las cuestiones de orden político como barreras para recordar el pasado o determinados aspectos de él, pero, quizás, ese era el aspecto menos desarrollado de su, por otra parte, recomendable libro.

Ciertamente la opinión política del presente, a veces, no está muy de acuerdo con determinadas partes de la opinión política del pasado que, sin embargo, como ocurre con la Caseta Real de Baños, han quedado escritas, literalmente, en piedra.

El caso de la Caseta Real de Baños es, en efecto, uno más de esos desencuentros entre las opiniones políticas del pasado y del presente que el historiador, tal vez, puede ayudar a comprender, explicar y, si ello es posible, resolver del modo más satisfactorio posible.

Intentémoslo. Puestos ante la obligación de conservar el patrimonio histórico-artístico en su mayor integridad, lo lógico sería mantener esas piezas en el estado en el que estaban cuando empezaron a convertirse en reliquias, en restos irremplazables de un pasado ya perdido, es decir, en documentos históricos, aunque esto, como lo saben bien los restauradores, suele ser bastante más fácil de decir que de hacer.

Efectivamente, llegados al punto de preservar de la destrucción del tiempo un determinado resto, de restaurarlo, de conservarlo y de convertirlo en un instrumento que ilustre al mayor número posible de habitantes del presente sobre ese pasado, se plantean una serie de preguntas incómodas para las que, muchas veces, la respuesta no es sencilla.

Por ejemplo, ¿qué conservamos?. ¿Las estatuas de dictadores sanguinarios, otrora fieles aliados de Occidente, como Sadam Hussein?. ¿Sus palacios?.

¿Qué hacemos con las murallas de Nínive o con cualquiera de las de nuestra hoy, más o menos, unida Europa, todas ellas testimonios de sociedades altamente militarizadas, de regímenes desaparecidos que rendían culto a una violencia que hoy amedrenta a muchos habitantes del presente y les hace sentir incómodos?.

¿De qué modo los conservamos?. ¿Los dejamos tal cual estaban?, ¿se les pone una placa explicativa?. En ese caso, ¿en qué términos debe estar escrita  y por quién?.

La respuesta del historiador, por supuesto, es que, en primer lugar y ante todo, esos restos deben ser conservados porque de otro modo olvidaremos, careceremos de memoria, pero que los mismos, para ser verdaderamente útiles, deben ser convenientemente analizados y explicados para los pobladores del presente.

Una decisión que, sin embargo, resulta muchas veces verdaderamente controvertida. Y no hay que irse hasta Irak para encontrar ejemplos. Hace no muchos años el alcalde de Bilbao, el doctor Iñaki Azkuna, del Partido Nacionalista Vasco -uno de los muchos represaliados por la dictadura franquista-, se vio envuelto en una polémica bastante aguda en torno a la conservación en un edificio de la plaza Moyúa de la capital que él gobierna de un escudo de corte netamente fascista, digamos que de la época más “azul” del Franquismo, según el término acuñado por el historiador israelí Shlomo Ben Ami.

Se habló de quitar ese escudo. Hubo asociaciones como “Ahaztuak 1936-1937”, dedicada al recuerdo de las víctimas de la Guerra Civil y la posterior dictadura en el País Vasco, que protestaron enérgicamente y, finalmente,… el escudo se quedó junto con el resto del edificio y puede verse a fecha de hoy cada vez que uno pasea por esa parte de Bilbao o se ve en la obligación -generalmente penosa- de acudir a la Agencia Tributaria del Estado, que es el organismo que se aloja ahora en el interior de esas estructuras claramente fascistoides.

El doctor Azkuna, al parecer, justificó esa decisión señalando, muy acertadamente, que el escudo y el edificio en sí eran un documento, un resto del pasado que se debía conservar para que hoy y en el futuro se supiera lo que había ocurrido.

El único defecto a esa argumentación es que, a fecha de hoy, tampoco parece que se han hecho esfuerzos demasiado notables para hacer visible a nuestra generación, y a las futuras, el significado histórico de ese impresionante edificio, ejemplo local de la Arquitectura de corte fascista, que rodea esa bonita plaza bilbaína junto al Hotel Carlton, la estatua de José Antonio de Aguirre -primer presidente del primer gobierno autónomo vasco en plena guerra civil- y otros emblemáticos edificios como el palacio de Víctor Chávarri, un capitán de empresa, uno de los amos, del, para muchos, lúgubre y duro Bilbao de la Industrialización…

Volviendo al caso de la Caseta Real de Baños de La Concha, también carente, hoy por hoy, de toda explicación coherente sobre su valor histórico, por un lado se debería restaurar, al menos, uno de sus escudos tal y como era cuando servía de vestidor playero a la familia real española, mantener el otro con la corona republicana que, al parecer, sobrevivió a la purga franquista y, finalmente, redactar un sencillo pero instructivo y bien documentado texto -en los idiomas que fuera pertinente- explicando todos esos avatares: la caída de la monarquía en 1931, la incautación republicana de todos sus bienes y el resellado -por así decirlo- de los mismos con los símbolos republicanos, la supervivencia de ese símbolo republicano en la España franquista, etc, etc…

Puede que algunos encuentren discutible ese criterio -polémica, como acabamos de ver en el caso de Bilbao, no suele faltar con estos temas-, sin embargo lanzó una última reflexión acerca de dejar estas cosas como están, sin placa, sin explicaciones, o mutilándolas: si suprimiéramos toda la arquitectura que no nos gusta, que choca con la manera de ver las cosas mayoritariamente aceptada en nuestras sociedades democráticas, ¿qué pasaría con el conjunto monumental del centro de la capital de Estados Unidos?. Como se puede apreciar echando un vistazo a la imagen que cierra este artículo, sacada de parte de la fachada de los Archivos Nacionales de esa nación que dice ser la mayor democracia del Mundo, no hay mucho que separe a esos elementos arquitectónicos de los erigidos, más o menos en la misma época, por regímenes totalitarios o paratotalitarios, como el fascista -que plagó Roma de estructuras y placas, algunas de ellas aún visibles-, el franquista que dejó, entre otros, en pie el edificio de la plaza Moyúa del que acabo de hablar o, supuestamente en el extremo ideológico opuesto, el Stalinismo…

Vistas así las cosas quizás lo más inteligente, instructivo y barato resulta, en efecto, seguir, por ejemplo, la política del Ayuntamiento de París. Es decir: la de dar explicaciones escritas sobre cada edificio con valor histórico, por qué llegó a existir, cómo sobrevivió y qué significaba.

Historiadores preparados para hacer ese trabajo no faltan. Como espera estar demostrándolo semana a semana esta página.

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En el 60 aniversario del Festival de Cine de San Sebastián… A propósito de la crisis económica. La “Gran Depresión” en la gran pantalla (1929-2012)
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Carlos Rilova | 24-09-2012 | 10:07| 2

Por Carlos Rilova Jericó

La redonda 60 edición del Festival de Cine de San Sebastián parece un buen pretexto para pararnos a pensar sobre ciertas imágenes cinematográficas. Concretamente sobre esas que hace unos años veíamos con un suspiro de alivio en la gran pantalla y que ahora volvemos a ver con verdadera angustia, como un reflejo nervioso de la situación que estamos viviendo -sobre todo en Europa- desde al año 2007 en adelante. Esa que se nos ha descrito como la mayor crisis económica mundial desde el año 1929…

A decir verdad nuestro Zinemaldia no parece haber hecho mucho caso de películas como “Bonnie and Clyde” o “El golpe”, que reflejaron magníficamente a finales de los sesenta y principios de los setenta la lúgubre Norteamérica de la Gran Depresión, en toda su espantosa intensidad. Como lo demuestran las primeras escenas de “El golpe”, en las que la cámara desfila ante una hilera de desahuciados, harapientos, seres humanos, sin esperanza, sin trabajo, sin nada… en el año 1936, en una ciudad del Medio Oeste americano.

En efecto, nuestro Festival tampoco dio cabida en él -por las razones que sea, sin duda totalmente acertadas- a superproducciones recientes como la última versión de “King Kong”, en la que actuaba notablemente Naomi Watts -que en estos días es una de las estrellas que da más brillo a esta nueva edición del Zinemaldia con “Lo imposible”- y devolvía a la vida -también en las escenas iniciales de esa nueva versión del mito del gigantesco rey simio- una Nueva York de principios de los “oscuros treinta” al sarcástico ritmo de “I´m sitting on Top of the World” -“Estoy sentado en la cima del Mundo”- de Al Jolson, que suena mientras la gente se muere de hambre y frío en las calles de Manhattan por falta de un trabajo y una casa que el viento de la Gran Depresión de 1929 se llevó por los aires y sólo devolvió -en el mejor de los casos- en forma de chabola en la “Hooverville” improvisada en Central Park. Sí, la misma que destroza la Policía en “Cinderella man”. Otra película reciente ambientada en la Gran Depresión con grandes estrellas como Russell Crowe y Renée Zellweger -de esas que algún día recibirán el premio Donostia, como Meryl Streep, protagonista en su día de “Tallo de hierro”, otra película sobre esa época-, que nos devuelve en toda su crudeza a esa gran crisis económica que ahora volvemos a ver en la pantalla horrorizados, preguntándonos si ya estamos así o si dentro de poco estaremos así…

Ese desencuentro casi continuo entre el Festival y ese cine sobre la Gran Depresión -con las excepciones de rigor, como el premio al protagonista masculino de “Bonnie and Clyde”-, sin embargo, no nos debería eximir de reflexionar sobre en qué se parece realmente la América, y el Mundo, de esa época -esa de la que era testigo David Carradine en “Esta es mi tierra” interpretando a Woody Guthrie, el bardo de aquellos Estados Unidos- y éste en el que, mal que bien, vivimos ahora, arrasado por otro cataclismo económico como el de 1929 y en el que muchos parecen volver a comer las uvas de la ira.

De eso precisamente se encarga el artículo que sigue a éste, firmado, una vez más, por el presidente de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, el profesor Álvaro Aragón Ruano, en el que se hace un rápido pero sorprendente paseo por la Historia de las crisis económicas periódicas que han azotado nuestro mundo desde la Edad Media hasta hoy mismo.

En él podrán descubrir algunas claves acerca de las razones por las que nuestras calles -al menos las de algunas de nuestras ciudades-, pese a todo lo que está ocurriendo y se refleja en periódicos y telediarios, aún no se parecen, tras cinco años de “Gran Depresión”, a las que hoy podemos ver en la gran pantalla con horror, no con el alivio de los espectadores de “Bonnie and Clyde” o de “El golpe”, aún a salvo en una sociedad que todavía disfrutaba una economía bien regulada…

 

Un rápido paseo por la Historia de las crisis económicas

 Por Álvaro Aragón Ruano

La crisis financiera de 2008 ha puesto de manifiesto la necesidad de reflexionar sobre dos -aunque en realidad es uno sólo- de los principales debates del pensamiento económico, concretamente, sobre la cuestión del crecimiento económico y las crisis. Si bien la actual crisis surgió del entorno financiero, ha tenido y sigue teniendo ramificaciones en todos los ámbitos productivos y cotidianos, lo cual ha supuesto un punto de inflexión en los postulados que sobre el crecimiento capitalista se habían sostenido en las últimas décadas, proclives a un liberalismo radical. El debate actual se centra en torno a si estamos ante una crisis del sistema o ante una crisis dentro del sistema, similar a las ocurridas en otras épocas.

En esta ocasión vamos a tratar de hacer un análisis sucinto de las diferentes crisis acaecidas a lo largo de la historia y de analizar su repercusión en nuestro ámbito cercano. Por ello, hablaremos de la crisis bajomedieval, la crisis del siglo XVII, las crisis de subsistencia de fines del siglo XVIII, la crisis del 98 o el crack de 1929. Hoy en día existe un intenso debate dentro de la historiografía en torno a las diferentes crisis mencionadas, sobre todo, porque en la actualidad los historiadores contamos con nuevas metodologías y fuentes inéditas, con las que hasta la fecha no se contaba, que nos dan nuevas perspectivas. Los hay que discuten la cronología, las causas, las dimensiones y las consecuencias, a pesar de que asumen que dichos períodos críticos se produjeron. Pero también hay historiadores que niegan la noción misma de crisis o, al menos, su carácter catastrófico, y prefieren hablar de reajustes o de profundas readaptaciones estructurales, como Stephan Epstein, quien habla de “creación destructiva” que permite a largo plazo mayores cotas de crecimiento. El término “crisis”, en su acepción más común, tiene un componente negativo, de descenso, declive, desplome o hundimiento súbito, sobre todo económico, cuando en su significado original grecolatino en realidad supone meramente un “punto de inflexión”, “cambio”, “evolución”, esto es, un cambio de coyuntura a corto plazo o un cambio de tendencia a largo plazo. Por tanto, podemos decir que existen diferentes tipos de crisis, dependiendo de su alcance, duración, causas, consecuencias, etc.: aquellas cuyos efectos se limitan a unos pocos meses o años, como las crisis de subsistencia o crisis agrarias; aquellas crisis bursátiles, financieras, monetarias o energéticas, como las de 1929, 1973 o la actual; o aquellas crisis seculares o incluso pluriseculares que afectaron a las bases mismas del orden social y económico, tales como las del siglo III, la del siglo XIV y la del siglo XVII.

En el caso de la crisis del siglo XIV o crisis bajomedieval, hasta fechas recientes predominaban las teorías Ricardo-malthusianas o neomalthusianas, que hacían hincapié en el descenso de la población europea, a consecuencia de la contracción económica y del impacto de la peste negra. Sin embargo, en la actualidad nuevos estudios han desechado tales teorías, que en origen se centraron en algunas regiones inglesas, la cuenca de París y la Picardía, y se generalizaron al resto del territorio europeo. Hoy día se niega que hubiese contracción demográfica antes de 1350, en un período en el que, por ejemplo, durante el siglo XIII en la Península Ibérica se estaba produciendo la reconquista, con el consiguiente trasvase de población, la expansión germánica hacia el sur y el este de Europa, o la colonización inglesa de Gales e Irlanda. También se niega que hubiese un atraso tecnológico, aunque en ese ámbito existe una gran variedad de situaciones, o que los mercados locales y regionales no estuviesen desarrollados. En el caso español historiadores como Hilario Casado o Antoni Furió -recomiendo la lectura de Las crisis a lo largo de la historia, publicado por la Universidad de Valladolid- han puesto también en tela de juicio el concepto mismo de crisis, demostrando que lejos de existir una contracción económica, fue un período de bonanza y expansión. Algo similar ocurrió en el caso vasco, donde no existen pruebas de la presencia de la peste negra y, en todo caso, la documentación nos muestra a unas villas en plena efervescencia que comercian desde finales del siglo XIII con los puertos franceses, ingleses, hanseáticos, italianos y bizantinos.

Algo similar ocurre con la crisis del siglo XVII, también en cuestión en la actualidad. Si tras los debates de Trevor-Hooper, Lublinskaya, etc. de los años setenta quedó claro que la crisis no fue general a toda Europa, sino que afectó más bien a los países mediterráneos, quedando al margen territorios como Inglaterra o los Países Bajos -a pesar incluso del episodio de la burbuja financiera relacionada con los tulipanes entre los años veinte y treinta-, que habían diversificado sus economías desde finales del siglo XV, en la actualidad también se está debatiendo su alcance en el ámbito mediterráneo. En el ámbito español, paradigma de la crisis del XVII, hay voces como las de Valentí Gual, Xavier Gil Pujol, etc. que niegan el impacto global de la crisis, puesto que como han demostrado las últimas investigaciones, el Levante y la Cornisa Cantábrica quedaron al margen de la recesión y experimentaron un proceso de expansión o, al menos, de no retraso. Incluso en el área meseteña hubo importantes reconversiones que conllevaron la sustitución del cultivo de cereales por otros cultivos más dinámicos, como la vid o los olivos que atendieron a una demanda en expansión, sobre todo gracias al desarrollo de los mercados americanos. En el caso vasco, si bien hubo dificultades coyunturales, los diferentes sectores e inversores supieron amoldarse a las nuevas circunstancias apostando por la diversificación y especialización, lo cual permitió minimizar los riesgos y cubrir posibles pérdidas. Lo típico durante los siglos XVI y XVII es que un mismo individuo fuese a la vez propietario de ferrerías, diversas caserías, invirtiera en la construcción naval, se dedicase al comercio internacional, al corso, a la pesca de altura y de la ballena, etc. Es decir, tenían presencia en todas las actividades productivas. Esa misma realidad es extensible al siglo XVIII, aunque la globalización de los mercados -y no me he confundido de término, pues es entonces cuando se produce la primera globalización, gracias al fenómeno colonial-, generó fuertes disensiones en los mercados locales, provocando cierta precariedad entre el campesinado, debido sobre todo a las prácticas especulativas, que darían lugar a fenómenos como las crisis de subsistencia, caso de las matxinadas (1718, 1755, 1766), la guerra de las Harinas (1774-1775) y la crisis de subsistencia de 1789, paso previo para la Revolución Francesa.

En el caso español, sin duda el período crítico que más influyó en el ideario colectivo fue la crisis de 1898. El fin del Imperio colonial español tuvo repercusiones en todos los ámbitos, pero su mayor consecuencia fue instaurar un clima pesimista y catastrofista que se extendió a la historia de España y al futuro, y que en la actualidad perdura, como ha demostrado recientemente Rafael Núñez Florencio en su El peso del pesimismo. Ese pesimismo histórico llevó a considerar, por ejemplo, el siglo XVII como un siglo de decadencia, mientras presentaba el siglo XVIII como un período de restauración y renovación, gracias al advenimiento de la dinastía borbónica; ni uno fue tan oscuro, ni el otro tan iluminado (El siglo de las Luces). Ese pesimismo es el que precisamente llevó a crear las dos Españas que, primero dialécticamente y luego violentamente, se enfrentaron durante décadas, dando lugar a una guerra civil, cuarenta años de franquismo, y que siguen en pie de guerra en la actualidad.

La gran depresión de 1929 es considerada por algunos autores como la primera crisis global, que provocó la desintegración del modelo económico mundial configurado desde el siglo XVIII y la primera industrialización. Los orígenes de esta crisis hay que buscarlos en los desequilibrios de la economía mundial, posteriores a la primera guerra mundial: desequilibrios en el comercio internacional, pues mientras algunos países generaban superávits otros se sumían en onerosos déficits; desequilibrios financieros, provocados por la inversión extranjera en ciertos países, movimientos especulativos a corto plazo y reparaciones de guerra; desajustes en el sistema monetario mundial, consecuencia de la vuelta de algunos países al patrón oro; sobreproducción generalizada, sobre todo de los productos agrícolas, cuyos precios cayeron en picado. A todo ello se unieron las decisiones de la reserva federal americana, cuya política a partir de 1928 fue más restrictiva, por el aumento de los tipos de interés, lo cual aceleró la burbuja especulativa, que provocó la crisis bursátil de Wall Street. Esta crisis generada en los Estados Unidos de América se generalizó al resto del mundo, lo que provocó la repatriación de capitales americanos y británicos, generando así una descapitalización del resto de países y una crisis bancaria en 1931, lo que acabaría repercutiendo en USA y Reino Unido. Entre los países que se vieron más afectados está España que, si bien se había beneficiado de su neutralidad en la primera guerra mundial, no supo aprovechar dichos beneficios para transformar su economía y realizar cambios estructurales, excesivamente basada en la agricultura y en la exportación de materias primas. El gobierno republicano optó por el proteccionismo y la devaluación de la moneda, lo cual resultó contraproducente, aunque en eso tampoco fueron tan diferentes a otros países que adoptaron medidas similares.

Por tanto, la crisis iniciada en 2008 -en palabras de Antón Costas Comesaña- nos ha enseñado cuán engañados estaban los economistas e historiadores económicos al pensar que la volatilidad macroeconómica había llegado a su fin y nos ha recordado que en la historia siguen existiendo ciclos económicos -que nadie tenga, por favor, la tentación de decir que la historia se repite-. Así mismo, ha puesto de nuevo de rabiosa actualidad las teorías de John Maynard Keynes, que propugnaban el papel del Estado como regulador de los mercados, y ha demostrado que la desregularización salvaje impuesta desde tiempos de los gobiernos de Reegan y Thatcher -ya ocurrida en otras fases de la historia- fue un error, porque ni los mercados ni sus agentes se autorregulan ni pueden controlar de forma milagrosa el comportamiento oportunista y especulativo. Lo mismo se puede decir de las grandes corporaciones financieras y empresariales. Esta crisis, por último, nos enseña que no existen mecanismos globales adecuados para responder a una crisis financiera global, y que la solución debe pasar por una solución combinada: una cierta desregularización, acompañada de reglas y normas nacionales de regulación financiera, que darán lugar a una mejor globalización.

Si algo nos enseña la historia es que aquellas zonas que tienen una estructura económica sólida y diversificada, no monolítica, aguantan mejor las dificultades y los embates de las crisis: países como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, etc. están aguantando mejor la situación. Es ahí donde quizás la economía española deba hacer mayor hincapié en los próximos años, y una prueba de la eficacia de esa realidad económica la tenemos en el País Vasco, una economía más diversificada, más volcada hacia otros mercados, no tan centrada en el ladrillo y el mercado nacional, cuya tasa de paro es la menor del Estado, mientras que las tasas de productividad son de las más altas. ¿Será casualidad que los territorios vascos no hayan sufrido a lo largo de la historia crisis profundas, si no más bien reconversiones, transformaciones, etc.? ¿Será una cuestión cultural o social? Ese es tema para otro debate….

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¿Por qué muchos catalanes ya no quieren ser españoles?. Algunos apuntes históricos. De Ali Bey a la “Diada de la Independencia” (1803-2012)
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Carlos Rilova | 12-09-2013 | 07:42| 33

Desde el pasado martes no ha dejado de repercutir en distintos medios de comunicación la noticia que alguno de ellos -concretamente “El periódico de Catalunya”- han llamado “la Diada de la Independencia”. Es decir, la multitudinaria manifestación desarrollada en Barcelona ese “día nacional de Cataluña” en la que, según se dice, más de un millón de habitantes de esa comunidad autónoma pidieron la independencia de España con el presidente del gobierno catalán, el honorable Artur Mas, a la cabeza.

La reacción de la clase política española y de los medios que se editan fuera de Cataluña ha sido una bastante habitual: echarse las manos a  la cabeza y un consiguiente rasgar de vestiduras -al menos metafóricamente- guarnecido de expresiones de incredulidad que se podrían resumir en la frase “¿pero cómo es posible que muchos catalanes no quieran  ser españoles, no les basta con el Estatut?”…

Podríamos pasarnos las tres o cuatro hojas de este artículo discutiendo sobre diferentes aspectos de ese mentado “Estatut”, sobre si el grado de autonomía del que disfruta Cataluña es mayor, o menor, que el que disfrutan algunos “länder” alemanes, o el País Vasco, o Navarra y, cómo no, sobre la secular ingratitud de los catalanes con respecto a “España”, pero nada de eso añadiría nada nuevo a un debate verdaderamente manido, gastado por años de uso, a veces verdaderamente irresponsable. Y mucho menos añadiría nada interesante para los lectores que cada lunes se acercan a esta página titulada, no por casualidad, “El correo de la Historia” y que, con toda la razón del Mundo, esperan encontrar aquí alguna cosa más o menos sensata sobre cuestiones históricas relacionadas con asuntos del presente -como es el caso de esa “Diada de la Independencia”- o no.

Abordaré este asunto, pues, sólo desde la Historia y trataré de hacerlo desde un punto de vista innovador. Incluso revisionista, si se quiere. No voy a hablar, por tanto, de si tiene algún sentido histórico una fecha, el 11 de septiembre, el de la “Diada“, que pretende, oficialmente, celebrar el día en que Cataluña perdió su independencia cuando Felipe V ordenó abolir sus Fueros. Una operación administrativa propia del Antiguo Régimen que, a decir verdad, poco tendría que ver con la abolición de la independencia de una nación catalana que, como todas ellas, no adquiere el sentido que hoy damos a esa palabra -“nación”- hasta muchos años después, a partir de la revolución francesa de 1789.

Por el contrario, en lo que me voy a centrar es en tratar de hacer evidente una de las razones históricas por la cual un millón de personas estaban dispuestas a salir a la calle en Barcelona este último 11 de septiembre, no a celebrar esa “Diada” basada en una -hasta cierto punto- errónea interpretación de la abolición de los fueros catalanes como una cuestión “nacional”, sino a pedir -ya- la independencia de España.

¿Qué razón es esa?. Es una que, quizás, se ha dejado caer en el olvido durante mucho tiempo y que, quizás, tiene tanta o más importancia que otros factores -económicos, de transferencia de competencias…- para explicar lo que ocurrió en Barcelona el día 11 de septiembre de 2012. Se trata concretamente de la nefasta política cultural que las élites dirigentes españolas han llevado a cabo durante, como mínimo, los últimos ciento cincuenta años.

En efecto, si comparamos la tarea de crear una identidad nacional fuerte que se pone en práctica en los principales estados europeos desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad, el caso español resulta verdaderamente famélico comparado con el alemán, el italiano, el británico y, sobre todo, el francés, que es el modelo más acabado de esa labor de crear cohesión nacional por medio de un hábil manejo de la Cultura en general y de la Historia -sobre todo- en particular.

Así es, si se profundiza algo en esa cuestión, se descubre pronto que las élites españolas han derrochado tiempo y dinero durante ese siglo y medio enfrentándose en distintas banderías y en desprestigiar todo lo que tuviera que ver con las palabras “España” y “español” mientras otros estados europeos invertían ese tiempo y ese dinero en crear una imagen de sí mismos que provocase afecto y no rechazo.

A Cánovas del Castillo se ha atribuido uno de los más sonados ejemplos de esa, por llamarla de algún modo, política cultural. Mientras se discutía en el Parlamento de Madrid la constitución que iba a zanjar la última guerra civil del siglo XIX, en 1876, dicen que dijo que “español es el que no podía ser otra cosa”…

La famosa frase habría sido pronunciada en el mismo momento en el que la Francia de la Tercera República, salida de la derrota militar sufrida cinco años atrás a manos de la Alemania bismarckiana, impulsaba, a marchas forzadas -retomando la labor llevada a cabo durante el Segundo Imperio, su enemigo político-, una industria cultural que dotase a Francia de cohesión interna y prestigio internacional…

Así las cosas, cuando hasta los padres de la patria española -como era el caso de Cánovas, hoy enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres, esa versión hispánica, tan poco conocida, de la abadía de Westminster- se han dedicado, durante siglos, a desprestigiar a su propio país, no deberíamos extrañarnos de que, con el tiempo, el número de personas que no quieren saber nada de una patria tan vilipendiada, tan aborrecida incluso por aquellos que aspiran a gobernarla, haya aumentado de manera exponencial.

En España, en efecto, no ha habido buenos productos culturales que hayan cohesionado, que hayan creado una especie de orgullo de ser español. Mientras en la Francia de finales del siglo XIX se publicaban magníficos libros de Historia ensalzando a Napoleón I y a su fracasado imperio de menos de diez años de duración, la burguesía española se dedicaba a comprar volúmenes de formato muy similar pero llenos de artículos deprimentes sobre España como la Historia de un fracaso perpetuo…

La tónica cambió muy poco a lo largo de los años siguientes. No me voy a detener en el desastre que supusieron, por distintas razones, manuales escolares como el de “El niño republicano” o su némesis franquista, la famosa “Enciclopedia Álvarez”, que enseñó pseudohistoria de España a generaciones enteras de españoles, alguna de las cuales anda por ahí todavía en relativo buen estado de salud… Sólo diré que ambos libros, en lugar de hablar de una Historia común sobre la que fuera posible construir una identidad común, se dedicaban a decir qué parte de la Historia de España les parecía correcta. Por lo general aquella que coincidía con un catecismo político, lo cual dejaba a unos cuantos millones de españoles fuera del asunto. Algo impensable, desde luego, en la Francia de la Tercera República que perdura entre 1871 y 1940, incluso a pesar de todos los fallos y trampas historiográficas habituales en su peculiar manera de contar la, para ellos, grandiosa Historia de Francia que iba desde Vercingétorix hasta esa república pasando por el cardenal Richelieu.

Cuando el período de excepción iniciado en España por la guerra civil de 1936-1939 acabó, aparecieron durante la breve primavera de la Transición -aproximadamente entre 1975 y 1982- algunas obras que, con la mejor de las voluntades, trataban de hacer lo que no se había hecho desde finales del siglo XIX -o se había hecho rematadamente mal-. Es decir, recuperar una Historia española sobre la que era posible construir una identidad común que, además, impusiese cierto respeto frente a otras potencias europeas -caso de Francia o Gran Bretaña, por ejemplo- que basaban buena parte de su discurso nacional en la aniquilación histórica y cultural de viejos enemigos -como podía ser el caso de España- ganando sobre el papel y en las bibliotecas -esos lugares tan importantes- lo que no se había podido ganar en Bailén o en Cartagena de Indias.

Ese fue el caso, por ejemplo, de la editorial barcelonesa Toray, que en 1978 publicó varios libros dedicados a lo que el título de esa colección llamaba “Hombres Famosos”. Uno de eso volúmenes -concretamente editado en el año 1978- estaba dedicado a Domingo Badía, también conocido por el falso nombre de Ali Bey.

Aquel hombre, nacido en Barcelona en 1767, hijo de padre español y madre belga, era un acabado producto de la Europa del Siglo de las Luces y dedicó toda su vida adulta tanto al servicio de la administración pública española como a labores de exploración en el Norte de África y Asia.

Fue también el primer cristiano que entró en el santuario islámico por excelencia, La Meca, disfrazado de magnate árabe. Desde luego muchos años antes de que lo hiciera sir Richard Francis Burton que, en buena medida, se dedicó toda su vida a seguir los pasos dados entre 1803 y 1807 por Badía, aprendiendo lengua árabe, visitando Oriente Medio en labores de espionaje y exploración, buscando las fuentes del Nilo…

De esa colección de “Hombres famosos” de Toray en la que cabían desde Ali Bey-Domingo Badía hasta Cervantes pasando por Jaime I el Conquistador, Napoleón, Abraham Lincoln, Livingstone… nunca más se supo en los años que siguieron al fin de la Transición, hacia 1982.

De Domingo Badía y su vida tampoco se supo mucho más. Ni de muchos otros como él. Nacidos en Barcelona, como era su caso, o en Madrid, o en San Sebastián. La política cultural de recuperación del pasado, de la Historia, con fines didácticos volvió en la España posterior a la Transición a los viejos usos. Es decir: a repetir machaconamente una idea tan inverosímil como la de un fracaso colectivo de varios siglos o, en el mejor de los casos, a la apropiación partidista de determinadas figuras y hechos históricos. Por ejemplo la de Pedro I el Cruel -al que TVE dedicó una serie- o la de Esquilache -llevado al cine por Josefina Molina- como precursores de una futura España “progresista”. Al parecer la de finales de los ochenta y comienzos de los noventa que, en realidad, estaba sumida en la hortera cultura del pelotazo. Esa misma que, paradójicamente, no hizo sino remachar la absurda idea de que invertir en “cultura” -es decir, en obras como esa colección de “Hombres famosos” de la editorial Toray- era un gasto inútil, algo sencillamente despreciable…

Las consecuencias de semejante idea se han hecho patentes en los últimos años en una prima de riesgo disparada, por poner un ejemplo, en el apelativo de país “PIG” que ha convertido a España en el juguete de la mayor parte de especuladores financieros internacionales o, por sólo poner otro ejemplo más, en el millón de catalanes que salieron a la calle un buen día de septiembre de 2012 para decir -con bastante razón- que no quieren saber nada de un país que ha repetido machaconamente la idea de que era un fracaso. Uno en el que, sencillamente, personas como Domingo Badía o sus, en cierto modo, herederos -Iradier o el duque de Mandas del que, si quieren, les hablaré el 25 de septiembre en la biblioteca Koldo Mitxelena de San Sebastián en el marco del ciclo de conferencias de la Asociación- no podían existir, que cosas así sólo pasan en Gran Bretaña, como lo demostraba la Historia -certificada por varias películas y novelas- de sir Richard Francis Burton…

Dicho eso sólo queda felicitar -por supuesto de manera sarcástica- a los responsables de esas políticas y recomendarles que persistan en el error. Incluido el gesto de echarse las manos a la cabeza cuando comprueban que el resultado de las mismas es similar al de arrojar jarrones chinos al suelo con bastante fuerza: que, aunque no se quiera, o se pretenda lo contrario, el resultado es que se rompen, invariablemente, en muchos pedazos. La Historia, en los próximos años, los considerará, sin duda, un cómico objeto de estudio, una prueba viviente de las absurdas contradicciones en las que se basa, a veces, la existencia de ciertas comunidades humanas. En este caso la de una potencia europea que, a pesar de haber practicado una estúpida política cultural durante muchos años, se mantuvo unida, mal que bien, durante más de un siglo y medio en el que se propagó la idea de que no merecía la pena seguir formando parte de aquel desastre imaginado por hombres y mujeres con mucha influencia pero con poco discernimiento y, a veces, menos conocimiento sobre aquello de lo que hablaban.

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Hondarribia, el Alarde y el Gran Condé. Historia de una reputación mal adquirida (julio-septiembre de 1638)
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Carlos Rilova | 23-03-2013 | 21:08| 27

Por Carlos Rilova Jericó

Este fin de semana Hondarribia celebró su fiesta grande. La que comúnmente ha acabado quedando reducida al nombre genérico de “Alarde”. Quizás este lunes de resaca postfestiva sea un buen momento para reflexionar, desde el punto de vista de la Historia, sobre algunos detalles del acontecimiento que dio origen a esa fiesta.

En principio los registros documentales de 1638, el año en el que tiene lugar el asedio de la plaza que comienza en julio y acaba en septiembre, y posteriores son escasos, pero nos dejan claro que los hondarribiarras decidieron hacer un voto en acción de gracias a la Virgen de Guadalupe -ya entonces su patrona- por la protección y ayuda que les había proporcionado durante esos cerca de dos meses de feroz asedio.

El voto, según dice las reducidas actas posteriores al fin de ese asedio de 1638, consistía, principalmente, en un desfile por el casco urbano de esa población -que pronto se iba a convertir en la primera ciudad guipuzcoana- de todos los vecinos en edad militar. Esto es, de 18 a 60 años según el Fuero en vigor. Ese fue, en definitiva, el origen remoto de lo que ahora se llama “Alarde”.

¿Podríamos, o siquiera deberíamos, preguntarnos cuál fue el peso real de aquel acontecimiento, el asedio de 1638, que llevó a contraer la obligación de ese voto de acción de gracias cada septiembre?.

Consideremos tan sólo un aspecto de esa desconocida batalla de la Guerra de los Treinta Años que tuvo como escenario Hondarribia y sus alrededores durante la mayor parte del verano de 1638.

Entre los muchos regimientos que formaban parte del contingente de más de 20.000 hombres enviados por el cardenal Richelieu a rendir esa plaza para su rey Luis XIII, había uno de Caballería denominado Enghien. O, más simplemente, “regimiento Enghien”. Ese título, el de duque de Enghien, era el que ostentaba el heredero de la casa Condé, rama bastarda, pero legitimada, de la dinastía Borbón y, por tanto, con posibilidades más que fundadas de alcanzar el trono de Francia y de Navarra algún día…

Ni que decir tiene el coronel, el jefe de ese regimiento, era el propio duque de Enghien. En esos momentos un muchacho de 17 años que ya había hecho sus primeras armas en la frontera Norte de Francia, como correspondía a cualquier caballero que se preciase de sus títulos y no pensase dedicarse al servicio de la Iglesia.

Las crónicas y documentos disponibles sobre el asedio de Hondarribia en el verano de 1638 no dejan muy claro si el joven Luis II de Borbón, el duque de Enghien, se hallaba realmente presente al mando de esas tropas en esos momentos. Sólo podemos establecer conjeturas a partir de lo poco que nos dicen esas fuentes.

No hay duda de que el Condé que lleva en esos momentos la voz cantante es el padre del duque de Enghien, Henri de Borbón. Sin embargo su mala salud, y las intrigas de otros altos caballeros, celosos de su mando supremo sobre ese ejército, dejaron en entredicho, en bastantes ocasiones, esa autoridad de comandante en jefe. Como lo demuestra tanto la crónica de Palafox -encargada por el Conde-Duque de Olivares para hacer propaganda de esa gran victoria-, como algunos correosos estudios históricos del siglo XIX, caso del firmado por Édouard Ducéré, que tratan de demostrar, por todos los medios a su alcance, que la derrota de 1638 se debe no tanto al aplastante poder militar de Felipe IV, como a esa mala salud del viejo príncipe de Condé que desmoraliza a su ejército y le impide explotar a fondo sus posibilidades de victoria.

A pesar del sesgo un tanto chauvinista de ese estudio de Ducéré sobre el asedio de 1638, parece cierto que el príncipe de Condé no resultó ser un gran jefe militar y mucho menos ante las murallas y bastiones de Hondarribia.

De hecho, si nos guiamos por un artículo de Philippe Erlanger sobre el nacimiento de Luis XIV, que ocurre el 5 de septiembre de ese año 1638, es posible que el príncipe de Condé, el viejo y achacoso Condé, no estuviese ni siquiera al frente de las tropas el 7 de septiembre en el que serán batidas en desbandada por el ejército de socorro al mando del almirante de Castilla que trata de levantar el asedio de Hondarribia.

En efecto, según Erlanger, entre los altos nobles franceses invitados a presenciar la venida al Mundo del futuro rey sol -más que nada para demostrar que era hijo legítimo de la reina- estaba el condestable de Montmorency, título que en esas fechas ostentaba la familia de Henri, príncipe de Condé y comandante en jefe de las tropas de asedio de Hondarribia…

De lo que no hay ninguna duda es que aquel día 7 de septiembre de 1638 el nombre y el honor militar del hijo de Condé estaban presentes en el campo de batalla, representados por la bandera del regimiento de Caballería Enghien. Desde el punto de vista de la mentalidad barroca eso significaba tanto como si el propio Gran Condé -en esas fechas tan sólo el heredero del viejo Henri- hubiese estado allí.

La crónica de Palafox es clara en ese detalle, que ni siquiera contradice Édouard Ducéré en ese estudio que ya he mencionado y en el que ese historiador intentaba restar méritos a la derrota sufrida por el ejército francés enviado a apoderarse de Hondarribia.

El regimiento Enghien tratará de presentar resistencia cuando las líneas y las defensas del campamento fortificado francés en la ladera de Jaizquibel son rotas por el ejército de socorro y la mayor parte de los soldados franceses corren hacia el Bidasoa, ladera abajo, presas de un pánico incontrolable a quedar cogidos entre la tenaza de la fortaleza de Hondarribia y sus defensores, que continúan haciendo fuego sobre ellos, y las tropas recién llegadas en socorro de esos irreductibles defensores de la plaza.

El gesto del regimiento del futuro Gran Condé, será inútil. La carga de la Caballería del ejército de socorro es devastadora y deja prácticamente aniquilado ese regimiento que ostenta el nombre y el honor del que, con el tiempo, se convertirá en el Gran Condé, tras derrotar a los tercios españoles en la batalla de Rocroi.

Ese detalle, el de esta humillante derrota del Gran Condé en, prácticamente, su primera batalla -bien en persona o bien simbólicamente a través del estandarte del regimiento Enghien que lo representa-, es algo que fue rápidamente borrado de la memoria colectiva francesa de la época.

El cardenal Mazarino, discípulo aventajado del maquiavélico cardenal Richelieu, se encargará de que así sea, cuando desate una abrumadora campaña de propaganda que inaugura un verdadero culto al duque de Enghien tras la victoria de Rocroi que, como muy acertadamente señalaba un artículo de Juan L. Sánchez, fue sacada de contexto y convertida en un hito definitivo en el ascenso de Francia como potencia militar que estaba muy lejos de ser verdad.

El mismo Gran Condé se encargó de demostrarlo poco tiempo después, cuando traicionó la confianza que Mazarino había depositado en él al convertirse en el líder supremo de la facción de nobles que querían sacar a Luis XIV del trono francés antes de que pudiera llegar a la mayoría de edad.

En efecto, en 1652 el Gran Condé ha sitiado París, ha convertido en una guerra civil abierta lo que sólo había sido en principio una revuelta nobiliaria y ha traicionado de tal modo al incipiente estado francés que, tras su derrota militar ante las tropas del legítimo rey, no tiene más remedio que huir con la cabeza puesta a precio a, nada más y nada menos, que territorio del rey de España -concretamente a Bruselas-, donde trabajará para ese antiguo enemigo con tanta devoción como para reconquistar para las armas de Felipe IV, nada más y nada menos, que la plaza de Rocroi…

No hay duda de que el Gran Condé era un formidable general. Todo un mito en cualquier caso, como siempre lo quiso la Historia francesa más o menos áulica (que no tardará nada en rehabilitarlo como gran héroe “francés” tras el perdón que obtiene, gracias a la  Paz de los Pirineos, en 1659).

El derrotarlo, como ocurrió en las laderas de Jaizquibel a principios del mes de septiembre de 1638, casi hasta borrar su nombre de la faz de la tierra aniquilando aquel regimiento de Caballería de Enghien que lo representaba, quizás era, en efecto, por sí solo, una buena razón para hacer un voto como el que prometieron cumplir los hondarribiarras a partir de aquel día. A pesar de que, como vemos, la reputación del Gran Condé, muchas veces, no fue precisamente de las más acrisoladas…

 

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