Diario Vasco
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¿Qué está pasando y qué puede pasar en Siria?. Algunas claves sencillas para comprenderlo. De Corto Maltés al capitán Conan (1914-1920)
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Carlos Rilova | 03-04-2013 | 10:28| 8

Por Carlos Rilova Jericó

La semana pasada decía por aquí que quería hablar en esta página de Siria, pero que no lo hacía dada la aparente gravedad de la nueva crisis veraniega del euro.

No es que las cosas hayan cambiado mucho de una semana para otra en ese aspecto, pero mientras la equivocada política de la Alemania de la canciller Merkel afronta las consecuencias de sus errores y el ciclo histórico empieza a cambiar a partir de ahí, no queda ninguna razón razonable -valga la redundancia- para posponer una semana más el tratar sobre los cimientos históricos de la situación, terrible situación, que se esta viviendo en ese lugar tan delicado del mapa llamado Siria, ya claramente sumido en una guerra civil abierta de consecuencias difíciles de adivinar. Por más que los informativos sigan dejando ese asunto casi para el final del tiempo del que disponen.

Algo que, seguramente, no impedirá a muchas mentes curiosas e inquisitivas preguntarse por las razones de ese conflicto. O sencillamente por qué motivos debemos ver, en los periódicos y en las televisiones, escenas angustiosas, desagradables, deprimentes… como siempre lo son las escenas de retaguardia de una guerra, donde no hay, ni siquiera, espacio para el heroísmo, para la muerte honorable en nombre de una buena causa y todas esas altas razones con las que  justifican -siempre- cualquier guerra.

Sí, seguramente muchos espectadores y lectores se preguntarán por qué está ocurriendo esto, cómo es posible que tengamos que revivir, otra vez, de manera cotidiana, escenas que recuerdan a, por ejemplo, la guerra de los Balcanes de hace veinte años…

Sin duda hay muchas respuestas a preguntas como esas. Las del historiador parten de la base de que cosas así son, por supuesto, fruto del pasado que, como un lastre de plomo, pesa sobre ciertas regiones del Mundo situadas en unas coordenadas geográficas como mínimo conflictivas.

Ese es el caso de Siria. Desde los tiempos bíblicos -como lo prueba la ciudad de Alepo en la que ahora se libra lo peor de esa guerra civil entre El Asad y el llamado “Ejército Libre Sirio”-, el territorio que ha asumido forma de nación bajo ese nombre ha  estado situado en un estratégico lugar de paso a medio camino entre Asia y Europa, lo cual lo ha hecho susceptible de toda clase de problemas. Entre otros el haber sido puesto bajo control de un régimen dictatorial: el de la familia El Asad. Uno de esos que, como ya se sabe -o se debería saber- son la mejor opción para muchos estrategas imperiales, puesto que impiden que la opinión pública de esos países plantee exigencias o preguntas molestas y también molestos cambios de gobierno que puedan considerar enemigo al aliado de ayer y viceversa…

Hasta 1920 ese problema no existía o existía apenas. Siria, y mucho más territorio de la zona, estaba en manos del llamado Imperio Otomano fundado en el año 1280 de nuestra era. Una vasta extensión de terreno que iba desde el Turkmenistán del que eran originarios los Osmán -los amos y señores de ese imperio durante 640 años- hasta las puertas de Europa, en Grecia y los Balcanes. El punto en el que se les detuvo definitivamente y se erigió una frontera en la que el imperio de los Habsburgo -fundado en 1273- y los demás príncipes cristianos lo combatieron por mar -recordemos Lepanto- y por tierra. En varias ocasiones -en 1529 y en 1683- a las mismas puertas de Viena, ante las que se convocó a españoles, franceses, italianos, alemanes… para que defendieran el corazón del imperio ante la media luna de los Osmanlíes…

Todo eso acabó con la derrota de los llamados Imperios Centrales -Austria-Hungría y el segundo Reich alemán- en el año 1918, al acabar la Primera Guerra Mundial. En esas fechas el Imperio Otomano era ya una triste sombra de lo que había sido en su momento más alto, a mediados del siglo XV, cuando nada detenía a sus guerreros ante las puertas de Constantinopla o les impedía llegar hasta Marruecos por el Norte de África. Poco a poco se había ido desgastando, perdiendo Egipto -ya en época de Napoleón-, los Balcanes y Grecia poco más adelante y así sucesivamente, hasta quedar reducida a un pequeño reducto de tierra europea -Constantinopla- y poco más que sus tierras ancestrales de Asia Menor.

A partir de ahí el imperio de los Osmanlíes siguió el destino de todos los vencidos: quedar a merced de los vencedores -principalmente Gran Bretaña y Francia- de aquella guerra que iba a acabar con todas las guerras.

En 1920, por el llamado Tratado de Sèvres, el moribundo Imperio Otomano al que no le había quedado más salida que aliarse con sus antiguos enemigos austriacos y con una Alemania que la ayudará a modernizar su economía, sus comunicaciones y, sobre todo, su ejército -a cambio de ser una cuña de Berlín contra el flanco sur de Rusia- será dividido en distintos protectorados y verá a etnias hostiles a su dominación durante siglos -caso de los armenios a los que trata de exterminar a finales del siglo XIX en un genocidio de proporciones escandalosas- sublevadas en su contra y corroyendo lo poco que queda del Imperio Otomano en multitud de pequeñas guerras.

Siria se convertirá en zona bajo control francés. Desde ese momento hasta hoy esa relativamente pequeña franja de tierra ha sido un problema que ha habido que sofocar, entre otras opciones, favoreciendo -o no pudiendo evitar- la imposición sobre ella de un régimen dictatorial que ha mantenido las cosas al gusto de alguno imperios redivivos. Como el ruso o el persa -es decir, el actual Irán-… que parecían estar muy a gusto con la situación que existía en Siria hasta el estallido de la llamada primavera árabe en el año 2011, que, como ya sabemos, es la que ha provocado la actual guerra civil en Siria.

Para acabar les diré que, aparte de los habituales -y cada vez más abundantes- recursos electrónicos, hay unos cuantos productos de eso que llaman ahora “industria cultural” que, quizás, les ayuden a visualizar un poco mejor ese proceso que empezó en 1920 y aún se está desarrollando antes nosotros con esa guerra civil.

Se trata de un par de películas y un par de cómics. La primera de las películas es “Gallipoli”. Una producción australiana del año 1981 dirigida por Peter Weir en la que se ve el comienzo de la operación de definitivo acoso y derribo contra el imperio turco a manos de los británicos durante la Primera Guerra Mundial. La otra película que puede ayudar, más aún que “Gallipoli”, a entender la clase de polvorín en el que se convierten los Balcanes y lo que hay detrás de ellos a partir de 1918, es otra película -ésta francesa-, “Capitán Conan”. En ella se narran parte de los turbulentos últimos compases de la Primera Guerra Mundial en esa zona y cómo el ejército francés no es desmovilizado a partir de la Paz de Versalles de 1919. Con el fin evidente, aunque sólo insinuado en este film de Bertrand Tavernier, de intervenir en guerras locales para controlar territorio de los imperios en descomposición tras la guerra, como el ruso, el otomano, etc…

 

Sin embargo, tal vez lo que mejor puede ayudar a ilustrarse sobre la clase de complicaciones de las que surgió la Siria actual, es la lectura de algunos episodios de todo un clásico del llamado “noveno arte”, el cómic: el inefable Corto Maltés, el personaje más popular del escritor y dibujante italiano Hugo Pratt.

El título de los dos episodios de esas aventuras es, respectivamente, “En el nombre de Alá misericordioso y compasivo” y “La casa dorada de Samarkanda”. El primero de los dos se desarrolla un tanto lejos de lo que llegará a ser Siria, en tierras de la Península Arábiga, cerca de Yemén, pero en él Corto Maltés se involucra, de lleno, en la lucha entre británicos y turcos durante la Primera Guerra Mundial por el control de ese Oriente Medio en el que se suele incluir a Siria.

En “La casa dorada de Samarkanda” Pratt, como tenía por costumbre, nos ilustra a través de esa nueva andanza de Corto Maltés sobre el fin del Imperio turco a partir de 1920 y quiénes y por qué y para qué lo desmembran en pequeños trozos.

Como esa problemática Siria que, aunque acabe con El Asad, muy probablemente no verá el fin de sus problemas al ser un lugar demasiado importante como para dejarlo en manos de una opinión pública que podría mover las fichas del tablero en una dirección que, a algunos grandes imperios de hoy día -el ruso, el persa…-, podría no gustarles lo más mínimo.

Un panorama que, por duro que nos parezca, tiene muchas posibilidades de convertirse en el próximo futuro de esa zona tan conflictiva desde hace tantos años por una razón, en apariencia tan absurda, como la desaparición de un antiguo imperio tras el fin de algo que llamamos “Primera Guerra Mundial”…

 

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Alemania, la crisis del euro y algunas porciones de Historia. El proyecto de la Unión Monetaria Latina (1865-1927)
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Carlos Rilova | 06-08-2012 | 09:21| 0

Por  Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba hablar en esta página de Siria, de las raíces históricas de todo lo que está ocurriendo allí, pero, a decir verdad, me resulta difícil atenerme a ese plan.

La razón principal para, en cambio, hablar de Alemania y la crisis del euro y algunas porciones de Historia, etc… es porque me he fijado en las noticias de esta semana pasada y todas ellas -por lamentable que nos pueda parecer- daban un segundo puesto a la matanza que ahora mismo se perpetra en Siria. Siempre muy por detrás de las complicaciones económicas que -se dice pronto- llevamos arrastrando desde hace ya unos cuantos años por aquí, en Europa, sin que se tomen nunca las medidas que todo el mundo sabe que hay que tomar, pero que siempre abortan en el último momento por una razón que parece cada vez cada vez más evidente: sencillamente porque la canciller de uno de los estados miembros de la Unión Europea quiere que esto sea así.

En efecto, la última gran jugada de esa ruleta rusa en la que se ha convertido la supervivencia de la Unión Monetaria europea, se ha visto con mucha claridad en esta última semana de lunes a viernes: primero Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, dijo que haría todo lo necesario para salvar al euro y hacer de él algo irreversible. Los mercados se ilusionaron, las bolsas subieron, la prima de riesgo bajó y durante unos días fuimos felices.

Después, a pocos días -un par, no más- de que el señor Draghi anunciase las medidas que se iban a tomar para detener los ataques especulativos contra la tercera y cuarta economía de la Unión Monetaria -es decir, Italia y España-, la canciller alemana dijo que el BCE no estaba para comprar deuda de países en apuros, que era justo lo que esperaban oír los mercados -al parecer ya satisfechos con la cota de ganancia lograda merced a una especulación incontrolada durante cerca de un año- junto con los principales interesados en que esto acabe: Italia y España y también grandes potencias mundiales como China o Estados Unidos, que llevan meses temiendo el deterioro de la Unión Monetaria a causa de esa obcecación alemana con el tema de una deuda cada vez más difícil de pagar debido, precisamente, a ese juego especulativo que la señora Merkel se ha negado -sistemáticamente- a detener, vetando, desde hace ya más de un año (revisen, por favor, los periódicos del verano pasado), toda intervención eficaz del BCE…

De todo esto se deduce que la Alemania de la canciller Merkel no debe estar muy a gusto con el euro… O debe querer imponer una serie de condiciones sencillamente incompatibles tanto con la letra como con el espíritu de ese acuerdo de unión monetaria…

Una situación que, como bien sabemos, se está tornando cada vez más difícil de soportar y amenaza con provocar un estallido económico de proporciones incalculables… ¿Podemos encontrar algún consuelo, algún conocimiento útil en los libros de Historia para hacer frente a un momento tan crítico?. Normalmente se supone que la Historia, como ciencia, no debe usarse como “maestra de vida”, como experiencia de la que aprender, pero, estando como están las cosas, resulta casi imposible no echar con ese fin -aunque sea con disimulo- un vistazo a cierta porción de nuestra Historia no muy conocida aunque últimamente se han prodigado algunos artículos sobre ella, en ABC, “La aventura de la historia” y otras publicaciones: la Unión Monetaria Latina que realmente existió entre 1865 y 1927.

¿En qué consistía ese curioso proyecto?. Veamos, fundamentalmente -no lo idealicemos- parece haber sido, en gran medida, producto de la frustración francesa por el hundimiento de su breve primer imperio en el año 1815 del que ya hablé aquí el 18 de junio pasado. Pocas décadas después de esa debacle se elevaron voces muy autorizadas en Francia que hablaban de crear unos Estados Unidos de Europa. La más conocida, la del escritor Victor Hugo, que en 1849 hará un bello discurso en el que propondrá una Unión Europea basada en la armonía y la adhesión libre y solidaria y no en la imposición militar. Tal y como lo había pretendido Napoleón Bonaparte…

El discurso de Hugo cayó en un saco bastante roto. Sin embargo, parece que uno de sus grandes enemigos, el sobrino del fallido emperador le prestó un oído atento. Sí, aquel mismo Luis Napoleón que se haría coronar como Napoleón III tras dar un golpe de estado el 2 de diciembre de 1851 contra la Segunda República francesa de la que había sido elegido presidente, precisamente, en ese año 1849 en el que Hugo hace su discurso proeuropeísta ante un congreso internacional sobre la Paz, celebrado en el París que acaba de salir de la revolución de 1848.

Parece claro que Luis Napoleón no quería repetir los errores de su tío y buscó una pauta de acción que permitiera a Francia tener un Segundo Imperio que no acabase en un fiasco apenas una década después de ser proclamado. Hay que reconocer que lo consiguió. El suyo duró casi veinte años, entre 1851 y 1870…

¿Cómo lo consiguió?. En primer lugar evitó meterse en guerras en Europa, y cuando lo hizo fue contando con  el apoyo, o la aprobación, de los principales enemigos de su tío. Por ejemplo el de una Gran Bretaña que, al principio, lo mira con recelo, pero a la que convierte en su mayor aliada, especialmente contra Rusia, a la que Carlos Luis Napoleón hace pagar muy cara la derrota de su tío en 1812 con una expedición conjunta contra ella entre 1854 y 1856.

Observará la misma actitud frente a España, aunque en muchas ocasiones la prensa que controla con mano de hierro -en esto no diferirá mucho de su tío- mire con desprecio y condescendencia hacia el país al Sur de los Pirineos en el que se desangraron en centenares de batallas en regla los mejores ejércitos del Primer Imperio. En esas páginas, en efecto, se ignorará o desvirtuará, por ejemplo, la presencia de agregados militares españoles en las líneas de combate de la Guerra de Crimea -un tal Juan Prim, que les sonará del callejero de alguna que otra ciudad- o el hecho de que la emperatriz de ese Segundo Imperio -seguramente no por casualidad- era una española: Eugenia de Montijo…

Esas inteligentes maniobras también se manifestaron en la búsqueda de una Unión Monetaria, voluntaria, de las naciones latinas europeas. Así, en 1865, a instancias del nuevo emperador de los franceses, se creó un acuerdo por el que varias naciones latinas -Francia, Italia, Bélgica…- crearían una base monetaria común para facilitar una mayor cohesión -comercial, política…- entre ellas.

La idea debió parecer tan buena que incluso -asómbrense- se unieron a ella países como Luxemburgo y Suiza, naciones latinas al fin y al cabo, de habla francesa, italiana. Después vendrían también España, Grecia…

Los que no parecieron tener mucho deseo de unirse a ese acuerdo fueron los alemanes, convertidos en nación unificada precisamente gracias a la derrota del Segundo Imperio francés en 1870, que demostraba que no había rival para la superioridad militar prusiana…

Hoy, quizás, dadas las circunstancias que hemos vivido sobre todo esta última semana, puede que algunos se pregunten si éste sería un buen momento para convertir a la Europa del euro en una Unión Monetaria Latina rediviva y, por supuesto, mejorada.

Es una pregunta difícil de responde para un historiador, pero lo que sí parece seguro es que con ella la situación económica podría mejorar bastante y que la Alemania de Angela Merkel se sentiría mucho más a gusto volviendo al marco, o al nombre que quisiera dar a su nueva moneda.

Aunque puede que la canciller, tal vez, ante ese nuevo panorama, se sintiera despechada y tentada a repetir la estrategia de algunos de sus predecesores en el cargo -Otto Von Bismarck, por ejemplo- por aquello de “ni conmigo, ni sin mí”.

En ese caso, antes de tomar ninguna decisión basada en la ignorancia y la cerrazón mental tal vez debería echar un vistazo a algunas fotos con Historia como la que cierra este artículo, en la que vemos el estado en el que estaba Berlín en el año 1945, destruida y tomada por los rusos del mariscal Zhukov, despertando, abruptamente, de aquel otro sueño de hegemonía alemana que sumió a Europa en décadas de atraso y pobreza. Empezando por una Alemania que fue dividida en dos y que -hasta hace muy poco tiempo- ha arrastrado esa penosa herencia a nivel político, económico… sin que, por cierto, ninguno de los demás estados de la tan ansiada Unión Europea -ansiada para evitar cosas como las que ocurrieron entre 1914 y 1918 y entre 1939 y 1945- tratase de aprovecharse despiadadamente de esa situación de debilidad de uno de sus miembros, que hoy haría bien, en efecto, en recordar ese bonito detalle y que hubo uniones monetarias -como la latina- de las que, por una u otra razón, estuvo excluido y a las que sólo pudo destruir autodestruyéndose. Es decir, sembrando sal, calcinando los campos de Europa, incluidos los de la propia Alemania…

La Historia, sin duda, debería ser útil sólo como ciencia y no como “maestra de vida”, pero algunos líderes políticos harían bien en mejorar sus conocimientos en esa materia. Por el bien de todos…

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El fenómeno “Juego de Tronos”, o cómo la realidad (histórica) supera cualquier ficción. Oñaces, Gamboas, Lancasters, Yorks, Trastámaras y otras feroces especies de la verdadera Edad Media
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Carlos Rilova | 06-01-2014 | 11:08| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El martes pasado una de las llamadas cadenas generalistas, Antena 3, estrenó “en abierto”, la que nos están vendiendo, por doquier, como la sensación televisiva de la temporada. Esto es: la serie “Juego de tronos”, basada en la novela -en varios volúmenes- del mismo título firmada por George R. R. Martin.

¿Era para tanto?. ¿Estaban justificadas las barricadas de ejemplares que se podían ver, y aún se pueden ver, en los principales supermercados de libros de nuestras ciudades?.

Me disculparán, pero me voy a poner en plan cenizo. La verdad, a título de historiador y de consumidor de series, películas y libros, yo me atrevería a decir que no, que esto de “Juego de tronos”, huele a emboscada de especialistas en marketing. De esas en las que se vence por saturación, como en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, a fuerza de echar bombas sobre el enemigo y aplastarlo por el número, por la cantidad que, como ya sabemos, muchas veces no va unida a la calidad.

Lo que se veía en el primer episodio de la serie que emitió Antena 3 resultaba estereotipado. Ya visto en el molde original. Es decir, ese libro que uno de los columnistas de este diario, Gontzal Largo, definió en cierta ocasión -y con razón- como obsesivo: la saga del Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien.

El único giro realmente original de la trama de “Juego de tronos” lo representa Tyrion Lannister, un príncipe de la sangre de la casa reinante en el imaginario reino recreado por Martin  aquejado de enanismo. De hecho, el actor que lo interpreta -Peter Dinklage- hace un gran trabajo que eclipsa a sus compañeros de reparto, obligados a vérselas con los papeles más gastados y adocenados que se pueda imaginar: la princesa intrigante, el príncipe ambicioso, el buen salvaje, el veterano que actúa de intermediario cultural entre los buenos salvajes y la “civilización” y, por supuesto, se las sabe todas, el viejo rey que ha llegado hasta el trono a fuerza de un poderoso brazo que reparte mandobles a diestro y siniestro y al que el trono y la corona le vienen grandes, y así sucesivamente…

Eso, en definitiva, es lo malo de “Juego de tronos”, que tiene todos los elementos propios de las grandes historias pero que, en su caso, ya están demasiado vistos, demasiado manoseados.

Es cierto que cada cual es muy libre de entretenerse con lo que le parezca mejor. El que estas líneas escribe, por ejemplo, pasó grandes ratos viendo las dos primeras temporadas de “Deadwood”, otro de los “exitazos” para la televisión de HBO -la productora de “Juego de Tronos”- ambientada en ese “Salvaje Oeste” del que hablaba en esta misma página la semana pasada. Y eso a pesar de que “Deadwood” -que, a diferencia de “Juego de tronos” no tiene la excusa de describir un mundo de fantasía, sino real, histórico- también cae en los estereotipos y en los anacronismos, reproduciendo, por ejemplo, nuestro tóxico mundo laboral en los Estados Unidos de 1876, cosa que, probablemente, no tiene más objetivo que el de atraer a un público numeroso víctima de situaciones así en su vida real.

Dicho esto, sin embargo, sí me gustaría sugerir como historiador, que después de ver “Juego de tronos” -o de leerlo- sería un ejercicio muy saludable interesarse por la verdadera Edad Media a la que, eso es evidente, George R. R. Martin ha vampirizado para crear su “Juego de tronos”.

Los que elijan ese camino descubrirán que las intrigas que rodean al trono de hierro, a los Stark, a los Lannister y demás elenco de “Juego de tronos” son una bagatela comparadas con las verdaderas que tuvieron lugar no muy lejos de donde muchos de ustedes viven o pasan sus vacaciones.

Podríamos irnos hasta Inglaterra y recordar las Guerras de las Dos Rosas, que seguramente les sonarán de otra serie de televisión reciente con aspectos, también, un tanto lamentables -me refiero a “Los Tudor”. Sí ese original serial televisivo en el que el gordo Enrique VIII parece haber sido apuntado a un gimnasio de lo más estricto-, pero podemos empezar el viaje mucho más cerca. Bastaría, por ejemplo, con irse hasta Zumarraga.

Allí, en el año de gracia de 1446, se enfrentaron dos señores de la guerra opuestos, Juan López de Lezcano y Ladrón de Valda. Allí se juntaron hombres de armas de las dos casas enfrentadas, la de los Oñaz y la de los Gamboa. El cronista de esa historia -un veterano superviviente de hechos como esos, otro señor de la guerra, Lope García de Salazar- cuenta de manera tan escueta como brutal que en ese combate murieron hasta setenta hombres del bando de Gamboa tras ser vencido Ladrón de Valda. Después los Oñaz quemaron entera la villa de Miranda de Iraurgi -hoy Azkoitia- porque era partidaria del vencido…

No es ese el único episodio que nos relata el viejo banderizo recluido en su torre vizcaína de Muñatones, donde pasó el rato hasta el fin de sus días escribiendo esa crónica de “Las bienandanzas e fortunas” en las que se recoge ese episodio.

Hay más, muchos mas en esas páginas. Tanto del País Vasco como de fuera de él, remontándose incluso hasta el Cid Campeador, o a la guerra entre los príncipes de la casa Trastámara, Pedro y Enrique, que acaba con la muerte del primero en 1369.

Pero sin necesidad de ir tan lejos, a esos tiempos casi míticos incluso para un hombre medieval como Lope García de Salazar, hay otros ejemplos más a mano, más próximos.

En efecto, parece ser que lo de la quema del territorio azcoitiano en 1446 no fue bastante para los Gamboa. Dice Lope que después de esa tuvieron otra batalla. En esa ocasión se enfrentaron el mismo Juan López de Lezcano, los Loyola, los Emparan, los Zarauz y un Ladrón de Valda que ya parece haberse recuperado de su anterior derrota. En ese nuevo combate, que durará hasta que anochezca, murieron muchos de los mejores hombres de los Oñaz, como Martín Pérez de Emparan, y de los Gamboa, como Martín de Ybarra…

Algo más serio fue lo que ocurrió un par de años después, en 1448. Los Valda y sus aliados cercaron a los San Millán en su casa fuerte de Berastegi. La cosa era realmente seria porque los gamboínos habían traído para ese sitio más de 1500 hombres y contaban con ejemplares de la primera Artillería que ya se estaba utilizando en la Europa medieval desde hacia casi cien años. Según Lope García de Salazar se trataba de varias lombardas.

En está nueva batalla intervino también un caballero del otro lado del Bidasoa, el señor de Urtubia, cuyo castillo -casi irreconocible con los añadidos de épocas posteriores- es hoy día un hotel cerca de la localidad de Urruña, en el País Vasco-francés.

Ese nuevo episodio épico de nuestra Edad Media real, no inventada, concluyó cuando los sitiadores fueron sitiados a su vez por un ejército oñacino de socorro. El ejército de los Gamboa se batió en retirada tras causarse algunas bajas por ambas partes, entre las que se incluyó el caballo del señor de Urtubia…

Se podría seguir así páginas y más páginas, hablando, por ejemplo de cómo ambas casas rivales y sus aliados pelearon un día entero sobre el vado de Usurbil, muriendo muchos de los mejores hombres de ambos bandos. O de cómo en 1370 los Gamboa quemaron en la localidad vizcaína de Marquina (hoy Markina-Xemein) la casa fuerte del oñacino Gonzalo Ybáñez junto con sus hijos y hombres de armas, al amanecer de una noche de luna que había permitido a los de Gamboa cabalgar hasta allí al amparo de esas horas nocturnas. Podríamos recordar también más asedios con lombardas que arrasaban casas fuertes en cuestión de horas, dando paso a asaltos que hoy nos parecerían cosa de película, de novela o de serie de televisión, pero creo que ya nos hacemos una idea…

Evidentemente con historias como éstas, o con la que reconstruyó fielmente  Darío de Areitio en 1926 sobre la muerte de Lope García de Salazar, perseguido por sus propios hijos hasta Portugalete después de que el primogénito lo ha asediado en Muñatones por desheredarlo, entre otras razones, por birlarle a Catalina de Guinea, una de sus concubinas, uno se pregunta qué necesidad hay de inventar ningún “Juego de tronos”. No sería necesario para superar a ficciones como esas ni siquiera seguir los pasos de muchos de esos feroces guerreros hasta los campos de batalla europeos, a los de la Guerra de los Cien Años -que también es una guerra de bandos entre Armagnacs y Borgoñones- como si lo han hecho, entre otros, uno de los más conspicuos medievalistas fundadores de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, el profesor José Ángel Lema.

La única excusa para que cosas como “Juego de tronos” sean preferidas a historias como las aquí contadas sería, lógicamente, que apenas se ha escrito algo para la industria del entretenimiento en base a ellas. De hecho, sólo “El señor de la Guerra” de Toti Martínez  de Lezea parece llenar, y apenas, ese vacío.

Es cierto, pero, para acabar ya con esta cuestión, les tengo que decir que de eso, no tenemos la culpa los historiadores. Pregunten en HBO. O en productoras y editoriales más próximas a nosotros, a ver qué les dicen…

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¿De dónde salen las películas “del Oeste”?. Comparando algunos hechos históricos. De la Expedición Henry al Ejército Independiente de Muñagorri (1820-1839)
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Carlos Rilova | 23-07-2012 | 10:42| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Es muy posible que muchos espectadores se hayan preguntado de dónde han sacado sus historias los guionistas que han fabricado -algunas veces en serie, otras en serio- esas películas que llamamos “del Oeste”. Esas que no solemos considerar como cine histórico pero que, aunque sea de un modo vago, sí podemos identificar, más allá del género, con películas que nos cuentan hechos que han tenido lugar en épocas pasadas, en fechas que no son las nuestras.

Algo que se fue haciendo cada vez más común en ese género cinematográfico desde que acaba la que se considera su época dorada -más o menos entre los años 40 y 50 del siglo XX- y, a partir de los 70 de esa misma centuria, se abre paso al llamado “Western crepuscular”. Ese en el que ya no hay héroes de sombrero y caballo blanco enfrentados a los “malos”, fácilmente identificables también por un sombrero y un caballo de color negro o, como mínimo, oscuro, y en el que se trata de reflejar no tanto historias atemporales como las que nos narraban las de la época clásica del Western como “El hombre que mató a Liberty Valance” o “Solo ante el peligro”, sino hechos producto de una determinada época histórica que, en ocasiones, queda claramente señalada desde el comienzo del film.

Es lo que ocurre, por ejemplo, en “Tom Horn”, dirigida por William Wiard magníficamente interpretada por Steve McQueen y Linda Evans y uno de los ejemplos más acabados de ese “Western crepuscular”, que nos sitúa a comienzos del siglo XX en el territorio -ni siquiera estado de la Unión todavía- de Wyoming que será el escenario en el que se representará la muerte del “Viejo Oeste” a través de la de Tom Horn, un personaje histórico, real, documentado, que en esas fechas se encuentra ya fuera de lugar en una sociedad en la que la ley de las armas, el estado de excepción permanente, los grandes espacios abiertos y sin otra ley que la de la defensa propia, se están desvaneciendo ante el modelo de civilización a la europea importado desde la Costa Este norteamericana.

Otra de las producciones que utiliza esa misma técnica, y además, nos la subraya indicando que lo que se va a narrar en ella es un hecho absolutamente histórico, es “El hombre de una tierra salvaje” de Richard C. Sarafian.

Así es, desde el comienzo del metraje de esa película una voz en off y unos títulos sobreimpresionados en la pantalla nos dicen que lo que vamos a ver se basa en una empresa desesperada que realmente tuvo lugar hacia el año 1820. La de un grupo de tramperos y cazadores contratados por un tal capitán Henry -interpretado por uno de los directores del Western de la Edad de Oro más aclamados, John Huston- que regresan a los Estados Unidos tras dos años acumulando una verdadera fortuna en pieles de diversos animales en lo que entonces es territorio indio en el actual Noroeste de ese país.

Estos hombres, como se ve desde las primeras escenas de la película, escoltan su preciosa carga en un barco montado sobre la estructura de varios carros que es arrastrada por tiros de mulas a través de esas inmensas llanuras -pobladas sólo por naciones indias como los crows y los cheyennes- bajo las aguardentosas y tiránicas órdenes de ese capitán Henry interpretado por Huston. Su objetivo, según se nos dice también en esos títulos iniciales, era llegar hasta el Missouri, bajar por él y colocar su preciosa carga en los mercados de pieles del Este.

Los comentarios sobre la película, que no son muchos, destacan en ocasiones que hay inexactitudes históricas en esa narración que se deben pasar por alto en beneficio de la calidad general de la obra, pero lo cierto es que si nos atenemos a lo que dice la escueta entrada dedicada a esta película en la ya imprescindible -para bien o para mal- Wikipedia, parece ser que todo encaja. No sólo se trata de que la historia que se cuenta en la película se base en las experiencias del trampero Hugh Glass. También parece haber existido una llamada “Expedición del Missouri” dirigida en 1822 por el comandante Andrew Henry, miembro de la Compañía de pieles de las Montañas Rocosas, un veterano de ese negocio que ya había fundado otra similar en 1809, asociado con traficantes de pieles españoles como Manuel Lisa o franceses como  Jean-Pierre Chouteau.

Puede que esa empresa dirigida por Andrew Henry no fuera realmente tan desesperada como la que nos cuenta la película de Sarafian, pero las cosas, habida cuenta del lugar y del momento histórico en el que se desarrollan, en el territorio de Missouri en 1822, no debieron ir muy a la zaga de lo que podemos ver en la pantalla.

¿Algo así podría haber ocurrido en la vieja Europa, más o menos en las mismas fechas?.

En más de una ocasión se ha dicho que en España, y más aún en el País Vasco, se ha desaprovechado, para la industria del Cine, el excelente material que ofrecían las guerras carlistas.

En efecto, salvo excepciones como la “Karlistadaren kronika” de José María Tuduri del año 1988, o “Vacas” de Julio Medem que, al fin y al cabo, sólo la utiliza como un vago trasfondo, brillan por su ausencia producciones propias sobre lo que podría haber sido nuestro propio género Western o, por lo menos, haber inspirado películas como la de Sarafian o el “Jeremías Johnson” de Sidney Pollack con la que tantos parecidos tiene “El hombre de una tierra salvaje”. La prueba es que libros como “Las historias naturales” de Juan Perucho y “Un espía llamado Sara” de Bernardo Atxaga no han pasado, en muchos años, del estado de libro al de celuloide.

Y esto siempre a pesar de que las guerras carlistas proporcionan, sin duda, más de una empresa desesperada con la que se podría haber hecho más de una película.

Quizás la más desesperada de todas fue la del escribano José Antonio Muñagorri conocida como “Paz y Fueros”.

Él fue un hombre hasta cierto punto misterioso -como muchos de los que han sido llevados a la pantalla con la excusa de un Western-, sin pasado o con un pasado nebuloso que no empieza a dejar rastros tras de sí hasta el momento en el que estalla la Primera Guerra Carlista (1833-1839) y Muñagorri se ve atrapado por sus negocios, de escribano de Berastegui y de administrador de ferrerías, en la zona bajo dominio carlista pese a que sus simpatías se orientan más hacia la causa de los liberales.

Una fidelidad que no se hace notable hasta el año 1835. El mismo en el que empieza a conspirar con las autoridades de Madrid para crear un tercer partido en liza que, garantizando los Fueros -supuestamente el principal motivo que animaba a los voluntarios vascos y navarros a luchar junto al Pretendiente carlista-, consiguiese el fin de una guerra especialmente desastrosa para el País Vasco y Navarra, principales escenarios de la lucha.

El proyecto no se convertirá en realidad hasta 1838, aunque Muñagorri ya había levantado sospechas entre algunos conspicuos carlistas desde 1837.

A partir de entonces el escribano, seguido por unos doscientos fieles -muchos de ellos trabajadores suyos- se armará -magníficamente gracias a las aportaciones de la Legión Británica que lucha del lado liberal- y se declarará en abierta rebelión contra don Carlos, debiendo huir a través de territorio carlista hacia una zona segura que, de hecho, no existe para alguien que, como él, se ha declarado rebelde al Pretendiente pero al que oficialmente el bando liberal no puede reconocer, ya que es una supuesta fuerza independiente de ambos bandos beligerantes…

Comenzará así un desesperado viaje de cerca de un año en el que Muñagorri y su Ejército Independiente vagaran entre localidades vascofrancesas como Sara, Irun y el pueblo navarro de Urdax, donde harán el que probablemente fue su único hecho de armas, tomando al asalto un fuerte que los carlistas tienen en esa población fronteriza…

Después de eso el Ejército Independiente de Muñagorri se fue desintegrando. Casi literalmente. La propuesta de “Paz y Fueros”, como nos cuentan algunos de los biógrafos de Muñagorri -Labayen, Cajal Valero…-, sólo había atraído a desertores de ambos bandos y a aventureros, aparte de algunos competentes oficiales profesionales, pero no logró nada más.

Al parecer, para que esa propuesta triunfase, se necesitaba algo más que la buena voluntad de Muñagorri o los manejos de un personaje tan retorcido como Eugenio de Aviraneta. Al menos sólo un militar profesional muy fogueado, como el general Espartero, fue quien logró que el acuerdo de Fueros por Paz se convirtiera en realidad en el famoso abrazo de Vergara.

La aventura de Muñagorri quedó en eso, en una aventura que atrajo junto a sí a aventureros que bien se podían haber enrolado en una expedición de dos años en busca de pieles en territorio indio. Basta con ver la descripción que hace de ellos un avezado periodista del “United Service Journal” en el año 1839, cuando los ve reunidos ante el patio de una casa de Sara -que a él le recuerda a las granjas de Cincinatti en Estados Unidos, sobre todo por su seto- donde Muñagorri ha organizado su cuartel general y le ha citado para entrevistarse con él.

Estos días de julio son quizás un buen momento para seguir por Urdax los pasos de ese ejército de aventureros desesperados, por el llamado puente de los carlistas, por el camino de la ferrería, en un terreno magníficamente conservado en torno a esa población que, quizás, algún día, podría servir para rodar una película que permitiera recordar a muchos quién fue Muñagorri y qué hizo o, al menos, qué intentó hacer. Algo casi tan absurdo -y a la vez tan razonable- como lo que podemos ver en una película que refleja su propia época como “El hombre de una tierra salvaje” que, después de todo, fue rodada en la Sierra de Almería, como tantos otros Western crepusculares…

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¿Qué eran los países “BRIC” antes de ser países “BRIC”?. Un esbozo de la vida de Tipu Sultán y la caída de la India en manos británicas (1757-1799)
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Carlos Rilova | 16-07-2012 | 08:26| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Seguramente no hace falta ser un especialista en Historia para saber mucho sobre el papel de Gran Bretaña como potencia imperial en la India. El cine ya ha hecho ese trabajo por muchos de nosotros, incluso antes de que pisásemos ni siquiera el umbral de los Estudios Universitarios y Técnicos de Guipúzcoa con la sana intención de sacar un título en la materia.

En efecto, desde “Gunga Din” a la magnífica “El hombre que pudo reinar” pasando por “Kim”, “Tres lanceros bengalíes” y algunos otros títulos, lo sabemos casi todo sobre esa cuestión. Desde el motín cipayo de mediados del siglo XIX, hasta la resistencia no violenta de Gandhi, sin olvidarnos de cómo localizar el paso Khyber.

Así se ha forjado nuestra imagen de la India antes de que Bollywood y sus chocantes musicales empezasen a cambiar las cosas y se nos señalase al subcontinente del Ganges como uno de los alumnos aventajados de la Economía mundial -uno de esos países “BRIC”, junto con Brasil, Rusia y China- que ahora nos vende acero, todoterrenos y otras cosas que, al parecer, nuestra pereza mental -y física- nos impide ya fabricar en una Europa que no hace tantos años era uno de los talleres del Mundo.

Sin embargo, seguro que es mucho menos lo que sabemos sobre cómo llegaron los británicos allí. Es lógico puesto que el cine de ese país y, por extensión, el anglosajón, ha preferido centrarse en el relato que Gran Bretaña estableció entre finales del siglo XIX y comienzos del XX gracias, fundamentalmente, a escritores como Rudyard Kipling. Es decir, aquel en el que el imperio británico sobre la India estaba en su máximo esplendor y parecía ser una realidad tan inamovible como la estatua de la ya más que madura reina-emperatriz Victoria erigida en uno de los principales conjuntos monumentales de Calcuta.

Al parecer los muy pagados de sí mismos británicos de clase alta -justo los que tenían tiempo para escribir- de esos finales del XIX y comienzos del XX preferían pensar en los buenos resultados obtenidos -seguramente paladeando una taza de té Darjeeling frente al fuego de una chimenea neogótica, en un salón recubierto de mullidas alfombras Wilton- antes que recordar los apuros y dificultades que pasaron para conseguir esa victoria sin paliativos que sólo se vino abajo tras la Segunda Guerra Mundial, gracias a la resistencia pacífica inventada por un antiguo abogado hindú conocido universalmente como Mahatma Gandhi…

Y es que realmente los británicos pasaron grandes apuros antes de conseguir doblegar toda resistencia en el subcontinente indio y ponerlo al servicio de sus grandes ambiciones coloniales. Incluso sir Winston Churchill que lo contó todo -o casi todo- en su gigantesca “Historia de los pueblos de habla inglesa” parecía pasar casi de puntillas sobre la poco edificante historia de Warren Hastings y Clive, los dos héroes -por llamarlos de alguna forma- que pusieron en manos de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales -y, a través de ella, en las de Gran Bretaña- las llaves de la conquista total de la India.

En pocas palabras la clave de todo estuvo en una batalla entre el ejército de esa empresa británica -fundamentalmente compuesto por mercenarios y tropas nativas- celebrada en la aldea de Plassey en el año 1757. Con ella, que fue una más de la llamada Guerra de los Siete Años -sí, la de “El último mohicano”, por seguir hablando de cine histórico-, se logró anular la presencia del principal rival británico en la India. Es decir, la corona francesa y su propia compañía de las Indias Orientales.

Sin embargo, después de eso tuvieron que pasar muchos años más hasta que Gran Bretaña y sus agentes comerciales en la zona pudiera decir que la India era suya.

La situación en la India de 1757 se reducía, a grandes rasgos, a que el imperio mogol, el creador de maravillas como el Taj Majal, se había apoderado de esa gran península que ahora ambicionaban los británicos en el siglo XV, pero su autoridad era más nominal que real y se basaba, en buena medida, en lazos de vasallaje y alianza con reyezuelos y príncipes locales a los que se concedía una notable autonomía a cambio de una más o menos teórica lealtad al Gran Mogol.

Un panorama más que grato para antiguos delincuentes juveniles como Warren Hastings -así es como lo describe Churchill- que supieron jugar con verdadera ferocidad usando todas las bazas a su alcance para debilitar un posible frente común franco-hindú que pudiera combatir con algo más que éxito la, en principio, débil presencia británica en la India al filo del año 1757.

Justo la estrategia que trató de poner en marcha desde 1760 en adelante uno de los más inteligentes y decididos gobernantes de la atomizada India de mediados del siglo XVIII: Heyder Ali Kan.

Él, y después de él su hijo conocido como Tipu Sahib o Tipu Sultán, formaron entre 1760 y 1799 poderosas alianzas de príncipes indios de toda laya en torno a los ejércitos de su principado de Mysore, en los que trataron de combinar la tradición militar mogol -apenas evolucionada desde el siglo XV- con las nuevas técnicas y tácticas europeas que les fueron facilitadas, con relativa facilidad, por una resentida Francia. Primero por la monárquica y después por la revolucionaria, en los años de apogeo de Tipu Sultán, que logró hacerse célebre en el Mundo entero llenando páginas y más páginas de las gacetas de Europa con sus hazañas militares, convirtiéndose en eso que ahora se llama un personaje mediático.

Sólo para empezar, apenas unos pocos años después de la victoria de Clive en Plassey, el joven Tipu, apenas un adolescente, metió el miedo y el respeto en el cuerpo de los funcionarios de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales a los que sorprendió tomando el desayuno, completamente confiados, en las afueras de su gran base de Madrás, desde la que ya soñaban con imponer su ley a todo el subcontinente.

Aquello, y la destrucción de todas las fincas de recreo de los “nababs” británicos elevadas más allá de las defensas de Madrás, fue sólo la primera de muchas otras acciones que dieron esa fama mundial a Tipu Sultán a través de un enconado enfrentamiento que sólo acabó en 1799, con el asedio y caída de la capital de Tipu y su muerte…

Todas esas hazañas fueron conocidas por el público de habla española desde el año 1800, el mismo en el que se tradujeron a esa lengua las llamadas “Memorias de Typoo-Zaïb Sultán del Masur”.

Se trata de un libro apasionante, a pesar del arcaísmo de esa traducción hecha por el teniente coronel Bernardo María de Calzada a partir de la francesa, lleno de nombres exóticos -Pondichery, Nizam, Chandernagor, Heyder-Gangur…- y de episodios muy reales, pero aún así cargados de acción digna de la mejor película de los hermanos Korda. Hoy día se puede admirar en su edición original -muy rara, según algunas fuentes- entre los fondos de la Biblioteca Koldo Mitxelena de San Sebastián, que ha tenido la buena idea de convertirlo en recurso electrónico para que se consulte desde cualquier ordenador, o disfrutar en la edición moderna que en el año 2001 hizo el Círculo de Lectores con un prólogo, muy recomendable, de Juan Vernet.

En estos días de verano esas “Memorias” de Tipu Sultán son, en cualquier caso, una manera de divertirse sin perder el tiempo. Gracias a ellas se puede ver el punto de vista de los que entraron a formar parte del imperio británico en calidad de potencias vencidas y no el que dan británicos como Bernard Cornwell en alguna que otra de sus novelas del fusilero Sharpe.

No está de más saberlo teniendo en cuenta que, según se nos dice, los descendientes de los jinetes silladar, de las tropas cipayas, de, en fin, todos los que siguieron los estandartes de Heyder Ali Kan y su hijo hasta que las últimas defensas de Siring-Patnam cayeron ante las tropas británicas, van a ser, ahora, uno de los nuevos amos del Mundo, cumpliendo así, después de todo, el sueño de gloria de Tipu Sultán…

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Una historia de traidores, corsarios, príncipes y leales oficiales del Rey. De la búsqueda de Eldorado a la Guerra de los Treinta Años (1595-1638)
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Carlos Rilova | 03-04-2013 | 10:22| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy hace más de tres siglos y dos días que comenzó el que, sin exagerar, podemos llamar Gran Asedio de Hondarribia.

Fue el 7 de julio de 1638. Entonces, desde los puestos de vigilancia de los baluartes de la que poco después se convertiría en ciudad muy noble, muy leal y muy valerosa, se avistó la inmensidad del ejército que el cardenal Richelieu y su amo Luis XIII el melancólico enviaban sobre aquella plaza fuerte. Más de 20.000 hombres de guerra junto con todos sus pertrechos, incluido, por supuesto, un imponente tren de Artillería de sitio que, durante dos largos meses, iba a someter a una dura prueba las defensas de la fortaleza que se interponía entre el cardenal y sus ambiciosos planes para poner en jaque a la monarquía imperial de los Austrias españoles.

Sin embargo, los peores temores que pudieran albergar Richelieu y su regio amo sobre el posible fracaso de esa operación pronto se vieron cumplidos ante aquellas murallas. La resistencia fue enconada. Incluso si consideramos que la versión que en su día dio de aquellos hechos un historiador francés -Édouard Ducéré- es totalmente cierta y realmente la furia de los asaltos contra las defensas hondarribiarras fue menor de lo que dice la crónica española encargada por el conde-duque de Olivares para seguir la guerra contra su gran rival por otros medios. En este caso la propaganda a nivel internacional que trataba de extraer todos los réditos posibles de aquella rotunda, aplastante, victoria lograda, tras dos inútiles meses de asedio, a comienzos de septiembre de 1638.

Son estos unos hechos verdaderamente interesantes en su conjunto, porque nos hablan de una de las pocas batallas de la famosa Guerra de los Treinta Años que se dieron en suelo del País Vasco, pero de los que, sin embargo, habrá ocasión de ocuparse en otro momento. Hoy vamos a fijarnos sólo en una faceta de ese asunto. Concretamente en qué clase de botín podrían haber conseguido las tropas de Richelieu de haber logrado su último objetivo.

En las crónicas del asedio y posterior victoria a la que me acabo de referir, se relata que uno de los alcaldes de Hondarribia acabó utilizando monedas de oro de su tesoro personal para fundir munición cuando empezó a escasear el plomo a medida que se gastaba en frenar cada nuevo asalto francés.

Es sólo una muestra, exagerada pero sostenida, y no enmendada por el interesado en todas las pesquisas posteriores sobre el Gran Asedio, de la riqueza que podía esperar encontrar en Hondarribia el ejército enviado por Richelieu frente a aquellas murallas en julio de 1638. Al fin y al cabo esta población era un enclave comercial con extensas redes de tráfico marítimo que aportaban lucrativos beneficios a esa comunidad.

El botín habría sido, pues, muy considerable si las maltratadas tropas de Richelieu hubieran logrado pasar más allá de las brechas abiertas por su Artillería de asedio y por las implacables minas que hasta el fin de las operaciones se estuvieron excavando bajo las defensas de la futura ciudad.

Sin embargo, las órdenes para esas tropas bajo el nominal mando del viejo príncipe de Condé eran buscar ventajas de tipo estratégico más que esos inmediatos beneficios monetarios. Es decir, se les había enviado allí, principalmente, para controlar una plaza fuerte clave en las comunicaciones peninsulares y, fundamentalmente, los puertos cantábricos para así hostilizar al enemigo durante un tiempo indefinido y en un espacio sensible y muy amplio. El botín material para la soldadesca y sus oficiales, así  como la destrucción que se causase a la población en sí, era absolutamente secundario…

Eso debería llevarnos a una reflexión sobre lo absurdas que resultan las guerras. Incluso la mejor diseñada de las campañas -en no pocas ocasiones las más desastrosas- como lo pudo ser esta que en el verano de 1638 lanza el cardenal Richelieu contra la yugular del imperio de los Austrias españoles vadeando el Bidasoa a la altura de Irun.

La cosa no deja de tener su gracia. Es posible que si las banderas de los Condé -incluidas las del futuro Gran Condé- no hubieran sido arrastradas sobre el polvo por el ejército de socorro enviado por el conde-duque, las tropas francesas habrían logrado acceder tanto a los bienes atesorados en el interior de Hondarribia, como al control estratégico de una plaza fuerte extraordinariamente capacitada para ofrecer una resistencia militar considerable sobre un punto de alto valor estratégico que creaba una cabeza de playa, una punta de lanza, en los dominios peninsulares de los Austrias, en lo que se podía llamar el corazón de su imperio.

Sin embargo, también es más que probable que en ese intento hubieran perdido toda posibilidad de hacerse con un legajo de papeles que, bien utilizados, tal vez, podrían haber llevado a la Francia de Richelieu hasta un reino de riquezas tan fabulosas como las que Cortés encontró en Tenochtitlan o Pizarro en Cuzco.

En efecto, las crónicas disponibles sobre el asedio de 1638, lo mismo que la escasa documentación relativa a esos momentos, confirman que Hondarribia fue sistemáticamente maltratada por la Artillería francesa. Especialmente por el uso de morteros que lanzaban bombas explosivas, dotadas de un mayor poder destructivo al caer no contra el casco urbano -al fin y al cabo bien protegido tras las murallas- sino sobre él, haciendo saltar por los aires la mayor parte de sus casas tras atravesarlas desde el tejado hasta el zaguán.

Ese sistema, verdaderamente eficaz para doblegar cualquier resistencia, sumado a un posible saqueo incontrolado caso de haber caído las últimas defensas de Hondarribia, muy probablemente, en efecto, habrían acabado con una parte sustancial del archivo municipal. Incluso con los algo más de doce folios en los que una mano anónima describía con pormenorizados detalles el posible emplazamiento de la ciudad del Lago Manoa. En otras palabras, el famoso Eldorado. Un documento del que poco se ha sabido hasta que el que esto firma algo ha contado este mismo viernes, víspera del inicio del Gran Asedio de Hondarribia, en un pequeño artículo publicado en Euskonews & Media…

Hoy solemos tender a identificar la búsqueda de esa ciudad con un personaje excesivo y demencial -más excesivo y demencial todavía después de caer en manos de algunos directores de cine fascinados por su tragedia-, el oñatiarra Lope de Aguirre. A partir de ahí parece haberse establecido una inercia que reduce la búsqueda de ese reino a, simplemente, una locura, la aventura alucinada de un traidor al torvo Felipe II en pos de una ciudad que jamás existió, buena sólo, por ejemplo, para activar la mente de artistas enfebrecidos. Como Edgar Allan Poe, que le dedicó uno de sus más bellos poemas.

La realidad de la que habla ese documento que, tal vez, hubiera sido el mejor botín de aquel Gran Asedio de 1638, dista bastante de ese estereotipo. Esas doce páginas demostrarían, por el contrario, que las potencias europeas buscaban muy en serio esa ciudad. La buscaron antes de que Lope de Aguirre y Ursua entrasen en escena y la siguieron buscando después de que los dos saliesen de escena. Para los funcionarios y oficiales del rey de España, como Antonio de Berrio o Domingo de Vera e Ybargoyen, o del de Inglaterra, Eldorado tenía, en definitiva, tantas posibilidades de existir como el Imperio azteca o el inca, y ese legajo depositado en el archivo municipal de Hondarribia es, en efecto, una de las mejores pruebas de la seriedad con la que se buscó hasta las primeras décadas del siglo XVII esa ciudad que hoy solemos llamar “mítica”

Un hombre tan calculador, tan pragmático, como el corsario inglés Walter Raleigh hubiera pagado un buen precio por hacerse con esa docena de hojas que hablan de dónde podría estar la ciudad del Lago Manoa. Raleigh, en efecto, la buscó sin descanso hasta que, por orden de Felipe III de España, fue decapitado en Londres por intentarlo con tanto afán como para infiltrarse en el territorio español en América o secuestrar a súbditos de su católica majestad con el fin de sonsacarles con métodos poco civilizados todo lo que habían averiguado al respecto..

El cardenal Richelieu probablemente también habría recibido con no poca alegría esos papeles de haber logrado los Condé tomar la ciudad sin llegar a destruirla del todo.

Eso como ya se sabe, no sucedió. La ciudad no cayó y su archivo no fue destruido, permitiendo que haya llegado hasta nosotros esa docena de hojas que aseguran saber la dirección que había que tomar para llegar al Paipiti, al país de Eldorado.

Recuerden todo esto cada vez que vayan a Hondarribia y suban por su calle mayor tras pasar la puerta de la muralla que uno de los más poderosos ejércitos del cardenal Richelieu jamás llegó a traspasar. Recuérdenlo, sobre todo, porque ha estado  olvidado mucho, demasiado, tiempo, oculto en gran parte por la sombra de un personaje tan excesivo como Lope de Aguirre, que se habría llevado más fama de la que, tal vez, realmente le correspondía en la aventura de la búsqueda de Eldorado.

 

 

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¿Estaba el rey hechizado realmente tan hechizado?. Unos apuntes sobre los astilleros militares de Usurbil durante el reinado de Carlos II (1665-1700)
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Carlos Rilova | 02-07-2012 | 08:34| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Si hay un rey que haya tenido mala prensa a lo largo de la Historia ese, probablemente, ha sido el desdichado Carlos II de Austria, último de esa dinastía que reina sobre una monarquía que abarca dos hemisferios en toda su extensión. De Asia a Europa, pasando por una buena parte de América del Norte, central y del Sur.

De hecho, en Internet se pueden encontrar, al menos a fecha de hoy, cosas tan curiosas como la página http://www.madmonarchs.nl en la que se despliega lo que quién quiera que lo haya escrito llama “Joan´s mad monarchs series”. Es decir, algo así como “la serie de reyes locos de Joan”. Entre ellos se reserva un lugar destacado a Carlos II de Austria, que está en un epígrafe titulado “Kinky kings of Spain” (libremente traducido “reyes cutres de España”) compartiendo espacio con, por supuesto, Juana la Loca o el malogrado hijo de Felipe II, el príncipe don Carlos.

Es sólo un ejemplo, extremo si se quiere, de esa mala prensa. Porque, de hecho, en los libros de Historia tampoco faltarían firmas que vendrían a corroborar esa mala prensa sobre Carlos II.

Así las cosas, no deberían caber muchas dudas sobre lo poco edificante del reinado que se desarrolló entre 1665 y 1700 bajo el poder -más teórico que real- de Carlos II de Austria.

Pero en Historia, ya se sabe -o se debería saber-, siempre hay un “sin embargo” a mano. En este caso el “sin embargo” que habría que tener en cuenta antes de dar por desahuciado, históricamente hablado, ese reinado y ese rey, es el que aportó en su momento uno de los principales especialistas en la época, el profesor Pere Molas Ribalta.

En efecto, él estuvo encargado del tomo de la principal enciclopedia de Historia de España -la iniciada en su día por Ramón Menéndez-Pidal- dedicado al reinado de Carlos II, y allí advertía que era uno de los periodos históricos peor estudiados…

Nada más cierto, se podría añadir. Sólo para empezar está la cuestión del enfoque. Generalmente se ha considerado que todo fue mal entre 1665 y 1700 para esa gran parte del Mundo entonces gobernada desde el trono de Madrid sólo porque el rey, que muere sin descendencia a los 38 años, estaba en un estado físico y mental deplorable.

Una idea sin demasiada sustancia científica -que es de lo que aquí se trata- si consideramos que el estado de salud de alguno de sus rivales -Luis XIV, por ejemplo- no era mucho mejor. Y el físico y mental de alguno de sus aliados -Guillermo de Orange, estatúder de Holanda y después rey de Gran Bretaña- también dejaba bastante que desear. De hecho, éste último, tal y como confiesa Lord Macaulay, un historiador británico nada sospechoso de desafección, quedó sumido en tal estado de estupor mental poco después de acceder al trono en 1688, tras la incruenta revolución llamada “Gloriosa” -Macaulay dice que por causa de la contaminación ambiental que ya padecía Londres en la época-, que lo incapacitó para dirigir los negocios de Estado durante bastante tiempo.

Pero aparte de matices como éstos, que ponen el estado de salud -física y mental- de Carlos II en su verdadero contexto -uno en el que no destacarían demasiado, o menos de lo que a nosotros nos parece-, está la cuestión de que no tiene nada de raro encontrarse documentos inéditos que contradicen esa imagen tan negativa de ese rey y ese reinado que acaba en 1700 con un cambio de dinastía.

Así es, por tomar sólo un aspecto de la cuestión, si hiciéramos caso de esa imagen de pintura negra a la que se ha reducido esa época, deberíamos encontrarnos con un panorama de absoluta desolación a cada paso que diéramos en los archivos entre los legajos fechados entre 1665 y 1700. Esas páginas amarilleadas por el tiempo dirían -o deberían decir- que nada funcionaba, que los negocios se habrían paralizado, que el hambre y la enfermedad se habrían enseñoreado de los vastos pero tambaleantes dominios del rey hechizado…

Así las cosas, el capitán Ignacio de Soroa sería poco más o menos una fantasía, un ser irreal. ¿Por qué?. Pues sencillamente porque este vecino de la noble y leal villa de Usurbil, en el no menos noble y leal territorio guipuzcoano, no demasiado lejos de la también no menos noble y leal ciudad de San Sebastián, era un hombre rico y poderoso y se dedicó la mayor parte de su vida a ganarse la vida fabricando barcos de guerra para el rey hechizado.

Puede resultar chocante que algo así sea cierto. Es  algo lógico tras años de ver, oír y leer las peores cosas que se puedan ver, oír y leer sobre Carlos II y su época. Sin embargo hay unos cuantos documentos del archivo general guipuzcoano que demuestran que Ignacio de Soroa fue real, existió, vivió, se enriqueció y, finalmente, murió dejando un considerable legado tras de sí que quedó plasmado en alguno que otro de esos documentos.

Por ejemplo en el pleito iniciado para garantizar su herencia, que está fechado cinco años antes de que muera el rey, es decir, en 1695. En él se dice que el capitán Ignacio de Soroa había muerto, a su vez, en su casa de la plaza Elizalde de Usurbil el 6 de agosto de 1689. Ese mismo día lo llevaron a enterrar a la iglesia de San Salvador de la villa, que, lógicamente, no estaba muy lejos de esa su penúltima morada.

En ese mismo momento se hizo inventario de lo que dejaba el capitán a su vástago llamado, como él, Ignacio de Soroa, al parecer hijo ilegítimo del capitán pero, en todo caso, reconocido por su padre y nombrado su heredero. Una situación muy típica de la época, como bien se sabía en la corte de Versalles, repleta de “príncipes legitimados” pese a ser fruto de relaciones extramatrimoniales del rey Sol.

El lote de bienes que quedaban para este afortunado heredero era considerable y debería alejar de nuestra imaginación toda idea de un reinado decadente y un rey hechizado. Lo primero que hizo el albacea encargado de la herencia, Miguel de Soroa, teniente general de la Artillería del rey que defendía las distintas plazas fuertes guipuzcoanas, fue mandar abrir un arca. En ella se encontraron abundantes monedas de oro. Las famosas piezas de a ocho sin las cuales nunca estaría completa una buena novela de piratas.

Además de ese pequeño tesoro, había por allí lo que los ingleses de la época llamaban “bits”. Es decir, recortes de monedas de más valor usados como calderilla para determinadas transacciones sencillas, en las que no se quería soltar monedas de gran valor y bien acuñadas. Esos “bits” o recortes que guardaba el capitán Soroa en lo que el documento llama “una cajita” eran de escudos de a ocho, de a cuatro y de a dos. Estaban con una moneda segoviana de 50 reales de plata y seis escudos también de plata de a diez reales. Junto a más cantidades de dinero, había también en casa del capitán un tesoro verdaderamente principesco, compuesto de joyas y diamantes. El inventario destaca especialmente una sortija de diamantes a modo de rosa en una “caxita negra”…

Con respecto a la ropa del capitán, el vestuario que se describe en ese documento también reflejaba su buena situación económica. Era un tanto sobrio, pero a la última moda. Compuesto, sobre todo, por casacas hongarinas, calzones, medias y demás elementos propios de la vestimenta elegante de la época que no parecían diferenciarse en nada de los que podemos ver en el detalle del frontispicio de “Le traité général du comerce” que ilustra este artículo.

Pero es quizás el capítulo de deudas el más interesante para reconstruir lo que fue la vida del capitán Soroa durante el reinado del rey hechizado. En ese apartado se habla de un prospero negocio de astilleros -emplazados sobre las riberas del Oria, en Mapil- que abastece a la flota del rey Carlos. Es lo que se deduce, por ejemplo, del hierro, herraje y demás géneros que el capitán remitió en el navío La familia sacra al almirante Manuel de Casadebante, gobernador del puerto de Sanlúcar. Unos efectos navales con un precio que ascendía a 14. 193 reales y medio, hablando en plata, como se dice en el documento. También le debía el importe de 300 remos que le había enviado con una fragata holandesa que había salido de San Sebastián y el valor de 240 “motones, quadernales y vigotas”, remitidos en el navío llamado San Juan Bautista, estibado con esa carga en el puerto del Pasaje. Al parecer, esa deuda había quedado sin cobrar porque el almirante había encontrado defectos en el herraje que el capitán le enviaba y le pedía que los corrigiera, según se lo indicaba en una carta que éste último recibió poco antes de morir, el 24 de julio de 1689.

Ese negocio de construcción naval, según se deduce de otros documentos relacionados con Ignacio de Soroa, no se limitaba a facilitar piezas para armar barcos para la flota del rey hechizado. De hecho, en Mapil se fabricaron algunas de las unidades de mayor porte de esa flota.

Baltasar de Guilisasti, uno de los criados del capitán, habla de la que llama “Capitana Real”, que describe como uno de los mayores barcos construidos allí y enviados después a mar abierto para ser rematados en todos sus detalles -arboladura, artillería…-, gracias a las habilidades de los marineros que viven en Usurbil y conocen el camino seguro hasta la desembocadura del Oria. Algunos otros barcos construidos allí, por su parte, sirvieron en la llamada “Carrera de Indias”. Es decir, en el comercio naval entre América y Cádiz y Sevilla que, a juzgar por el estado de las finanzas del capitán Soroa el día de su muerte, siguió dando notables beneficios. Independientemente de lo hechizado que pudo llegar a estar el pobre Carlos II que, como vemos, quizás hubiera merecido una mejor prensa, una mejor fama, un recuerdo histórico más exacto…

 

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Un tiempo para la guerra y un tiempo para otras cosas. Reflexiones sobre la Historia de la llamada “prensa del corazón”
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Carlos Rilova | 25-06-2012 | 08:37| 7

Por Carlos Rilova Jercó

La semana pasada recordábamos el aniversario de la batalla de Waterloo. No ha pasado mucho tiempo y hoy, tan sólo una semana después, podríamos dedicarnos a recordar otra batalla que es celebrada, por todo lo alto, en Irun. Y no sería para menos, teniendo en cuenta lo que ocurrió en aquellos días finales del mes de junio de 1522  que los irundarras recuerdan ahora desfilando por sus calles y plazas.

Esa primera batalla de San Marcial se dio en el marco de las guerras entre Francia y España por la hegemonía sobre Europa que se desarrollaron entre finales del siglo XV y comienzos del XVIII. El choque que se conmemora en Irun estos días fue tan formidable como sólo se podía esperar del enfrentamiento de una potencia media -Francia en este caso- y la superpotencia del momento, una España respaldada por su inmenso imperio americano.

Las crónicas de la época, o sobre la época, están llenas de sucesos así. Los documentos de archivo, por su parte, las corroboran ampliamente. Por esas páginas desfilan escenas y personajes que hoy sólo concebimos en las páginas de esas llamadas “novelas históricas” y en las pantallas de cine. Caballeros acorazados de pies a cabeza cruzan el Bidasoa y presentan batalla, asaltan caminos y casas fuertes, ponen cerco a las fortalezas de la zona, dan cargas que son resistidas por escuadrones de piqueros y saludadas con cerradas descargas de arcabuceros, en Hondarribia o San Sebastián se entablan duelos artilleros moviendo piezas de un calibre más que considerable y que causan daños también más que considerables y un largo etcétera guerrero que sería imposible detallar en pocas líneas, pero que es el único escenario posible en una frontera como la guipuzcoana a lo largo de los siglos XVI, XVII, XVIII…

De semejantes despliegues bélicos se podría deducir que en esta franja de terreno fronterizo que se extiende entre las estribaciones de los Pirineos y eso que se ha dado en llamar “País del Bidasoa“, sus habitantes, durante siglos, no tuvieron mejor cosa que hacer que guerrear, implicándose en batallas tan impresionantes como, por ejemplo, la de Waterloo.

No sería una deducción equivocada. Pero eso tampoco significa que fuera totalmente cierta. Si echamos un vistazo a la “Historia de Hondarribia”, por ejemplo, dirigida por el profesor José Luis Orella, uno de los fundadores de la Asociación Miguel de Aranburu, y en la que colaboraron también otros miembros de ella como nuestro presidente, el profesor Álvaro Aragón, descubriremos entre los distintos apartados que esa comarca tan atravesada por guerras e incursiones bélicas tan graves también hay sitio para otras actividades que no tienen necesariamente que ver con guerra y batallas y asuntos de alta estrategia internacional.

Además de una gran plaza fuerte en disputa entre las distintas coronas que combaten en torno a la frontera del Bidasoa (Inglaterra, Navarra, Francia, Castilla…), hay por allí comercio, hay manufactura, hay vida cotidiana ligada a actividades productivas como la Silvicultura, la Ganadería o la Agricultura… como no podía ser de otro modo, pues todo eso es necesario para sostener las vidas de los que algún día, alguna vez -quizás demasiado a menudo- son llamados al ban del rey, reunidos por los tambores y los pífanos bajo las banderas de combate en torno a las que se forman escuadrones, tercios, regimientos… dispuestos -al menos en teoría- a todo.

Es más, además de esas actividades productivas, más bien prosaicas pero imprescindibles, también podemos descubrir -si buscamos con atención- indicios acerca de que la vida que existe en una frontera de guerra como lo es la guipuzcoana hasta entrado el siglo XIX daba, aparte de para memorables choques bélicos, para entretenimientos verdaderamente curiosos que, en principio, no asociaríamos con la imagen que tenemos de una época que, acertadamente, vemos como una sucesión de guerras, batallas y escaramuzas como para hacer feliz a cualquier guionista de cine de acción.

Así es, entre los cientos de documentos sobre guerra, fortificaciones, suministros militares y esa contabilidad de la Muerte con la que pasamos tantas horas los historiadores y que ha quedado conservada en ricos archivos municipales como el de Hondarribia o el de Irun -poblaciones muy afectadas por esa clase de vaivenes fronterizos- descubrimos, no sin cierta sorpresa, que se han conservado en alguno de ellos ejemplares de lo que hoy llamaríamos “prensa del corazón” de esa época de guerra continua. Un indicio -como poco- de a qué dedicaba el tiempo libre una sociedad en armas, preparada para la guerra en cuestión de minutos, entre batalla y batalla en torno a sus murallas, bastiones, atrincheramientos…

En este caso es el Archivo Municipal de Hondarribia el que conserva una decena larga de ejemplares encuadernados de la revista francesa “La Clef du cabinet des princes de l´ Europe” y su continuación a lo largo de todo el siglo XVIII. Es decir, la “Suite de la Clef” pertenecientes a los fondos históricos de la Biblioteca Municipal de esa misma localidad .

Como se puede apreciar por las ilustraciones que acompañan a este nuevo “post” sus características distan bastante de lo que hoy día se asocia a esa “prensa del corazón”. Las imágenes, el plato fuerte de ese tipo de publicaciones, son inexistentes en “La Clef” y la “Suite de la Clef” salvo por la que ilustra la portada general. El resto es sólo letra  que los lectores, o los oyentes -que es la única manera en la que una gran mayoría de hombres y mujeres de la Europa de los siglos XVI, XVII, XVIII… puede acceder a esos textos-, deben ilustrar recurriendo únicamente a su imaginación.

Los contenidos de “La Clef” o de la “Suite de la Clef” también varían bastante con respecto a los que se pueden encontrar hoy día en esa “prensa del corazón”. En principio no faltan en ellas toda clase de noticias sobre lo que hacen las distintas cortes europeas. Sobre las bodas, bautizos, funerales y otros eventos similares de las principales casas reinantes de Europa. No podía ser menos en una publicación que se vendía como la dueña de la llave del gabinete de todos los príncipes de Europa y, por tanto, del camino abierto a todos sus secretos…

Sin embargo “La Clef” y su continuación abarcan un espectro mucho más amplio y mucho más variado, en cantidad y calidad, del que cubren sus herederas actuales.

Así, en sus páginas se recogen poemas -algunos de gran calidad-, reseñas literarias, comentarios sobre lo que hoy llamaríamos “descubrimientos científicos” y una miscelánea de curiosidades entre las que entran, por ejemplo, la recopilación de datos sobre personas que, a lo largo y ancho de Europa, han pasado de los cien años. Toda una hazaña hoy día y más aún, lógicamente, en una época en la que pasar de los cuarenta era casi imposible para la mayoría.

En las páginas de “La Clef” y la “Suite de la Clef” -para decirlo todo sobre ellas- tampoco son raras las alusiones, muy detalladas, a operaciones de guerra dentro y fuera de Europa, demostrando así que una sociedad como aquella, como la europea, como la guipuzcoana de esos siglos, que vive prácticamente en pie de guerra, no es capaz de olvidarse de esa actividad por demasiado tiempo. Ni siquiera en momentos en los que se dedica a un ocio intranscendente como el que, según todos los indicios, siempre han procurado vender esas revistas llamadas “del corazón”.

Sin duda una curiosa paradoja pero que, como todas ellas, nos ayuda a comprender mejor ese pasado del que procede nuestro presente, que, al fin y al cabo, es lo que, se supone, deben hacer la Historia y los historiadores que sirven a esa rama del, a veces, controvertido, árbol de la Ciencia.

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El día de Waterloo (18 de junio de 1815), o como la Historia no siempre la escriben los vencedores
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Carlos Rilova | 18-06-2012 | 07:42| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy es el aniversario de una de las batallas más famosas de la Historia. La de Waterloo. Esa misma que se ha convertido en una frase proverbial. A la que aludimos cuando queremos decir que alguien, o algo, ha sufrido un revés definitivo del que es más que dudoso que llegue a recuperarse nunca. Por ejemplo, hoy sería oportuno decir -siendo optimistas, claro está- que tras las elecciones griegas de ayer, el euro ha evitado su Waterloo.

Dejando aparte este reflejo de nuestros temores cotidianos del que, seguramente, -siendo otra vez optimistas- algún o alguna colega nuestro se reirá dentro de un par de décadas, este 18 de junio de 2012 es una buena ocasión para reflexionar acerca de ese hecho histórico, de esa batalla de Waterloo, que ya en su momento fue considerada como un hecho capital que cambió, radicalmente, la Historia.

No suele ser muy habitual que un episodio que apenas duró unos tres días -las primeras operaciones comienzan a desarrollarse el día 16- tenga unas características tan complejas como para poder hablar sobre él durante cientos y cientos de páginas escritas por distintas manos que, por así decir, se han ido pasando el testigo unas a otras durante los últimos dos siglos, pero en el caso de la batalla de Waterloo sí es así. Uno de los principales especialistas sobre el tema, el historiador Peter Hofschröer, de hecho, le dedica cerca de novecientas páginas en un sólo libro titulado, precisamente, “Waterloo”.

Eso demuestra -o debería demostrar- que no resulta nada fácil esclarecer qué  pasó en aquellas llanuras cerca de Bruselas hace ahora 197 años. Hofschröer da, en efecto, en esa obra numerosos ejemplos de la complejidad de aquellos hechos decisivos, concentrados entre los días 16 y 18 de junio de 1815, analizando, o más bien diseccionando, con la precisión de un orfebre, todas y cada una de las palabras, actos, escritos, gestos, anécdotas… que se representaron en el gran teatro de la Historia aquellos lluviosos días de mediados del mes de junio. Desde cómo reaccionó Lord Wellington en el momento en el que recibe las noticias de que Napoleón se ha atrevido a avanzar sobre lo que hoy es Bélgica y entonces -y hasta 1830- era parte del reino de Holanda -algo de lo que, espero, hablaremos otro día- hasta cómo estaba organizado el sistema de espionaje británico en el París de los cien días que -evidentemente- falló estrepitosamente, pasando por muchos otros aspectos de esos pocos días del mes de junio hasta completar las más de 900 páginas que componen su “Waterloo”.

Entre todos esos detalles a los que pasa revista esa obra de Hofschröer hay uno particularmente llamativo. Vamos a fijarnos en él para descubrir que todavía hay algo nuevo que contar sobre esa batalla que está ya cerca de cumplir sus dos siglos.

Se trata de la frase que se atribuyó al oficial al mando de la élite de los ejércitos napoleónicos que se hundirán definitivamente en el barro de Waterloo, el general Cambronne que, en efecto, en esas horas de aflicción -como se decía en la época- se pondrá al frente de la Guardia Imperial -o lo que quedaba de ella- cuando las líneas del último ejército de Napoleón se vinieron abajo.

Según Alessandro Barbero, otro de los historiadores que ha dedicado buena parte de su vida a esclarecer lo que ocurrió aquel 18 de junio de 1815, un periódico de París atribuyó al valeroso Cambronne una frase, “La Guardia muere pero no se rinde”, que, como podemos ver en la primera ilustración que ilumina este “post”, se convirtió en uno de esos racimos de palabras celebres, para el recuerdo, para pronunciar en grandes ocasiones, como, por ejemplo, “La suerte está echada”, “No envié a mis naves a luchar contra los elementos”, “Después de nosotros el Diluvio”, “Desde esta alturas 20 siglos nos contemplan”, “Volveré” y todas las que en estos momentos podamos recordar…

Según esa fuente eso -“La Guardia muere pero no se rinde”- sería lo que Cambronne habría respondido cuando las tropas aliadas, que habían sido puestas por Lord Wellington tras los pasos de los restos del ejército napoleónico en fuga, le intimaron a rendir lo que quedaba de la Guardia Imperial, que en esos momentos hacía poco más que cubrir la retirada de las demás unidades.

Alessandro Barbero sostiene que lo más probable es que Cambronne exclamase más bien algo relacionado con el producto sobrante de la digestión -ese que en su variante animal se usa para abonar campos- al ver que era incapaz de mantener las líneas de los “Invencibles” lo bastante compactas como para detener el avance de las tropas aliadas que cerraban sobre ellos.

El detallado libro de Peter Hofschröer sobre la batalla al que ya me he referido antes, corrobora enteramente la versión de Barbero. También lo hace de un modo algo más displicente uno de los principales especialistas en Wellington, el británico Andrew Roberts, que en su magnífica obra “Napoleón y Wellington” recoge la versión de esos hechos sostenida por el mariscal británico, que aseguraba que Cambronne jamás llegó a decir una cosa, en su ducal opinión, “tan ridícula”. Menos aún si se tenía en cuenta que el general francés no se mostró nada solemne una vez hecho prisionero, pues tuvo la desfachatez de autoinvitarse a cenar esa misma noche a la mesa de Lord Wellington, que renunció a compartirla con él puesto que, otra vez en su ducal opinión, Cambronne, como traidor a la dinastía legítima de Francia, no era digno de tal honor…

Hay finalmente otros documentos que demuestran la falta de fundamento histórico de esa frase tan trascendente. Los podemos encontrar en uno de los muchos tesoros bibliográficos que guarda la biblioteca Koldo Mitxelena y que, como se podrá apreciar sin dificultad, ilustran estas páginas junto al falso cuadro de Cambronne luchando con la Guardia Imperial hasta el último cartucho.

Se trata de un pequeño libro “in-quarto”, publicado en Madrid en 1817, titulado “Relacion circunstanciada de la ultima campaña de Buonaparte terminada por la batalla de Mont-Saint-Jean llamada tambien de Waterloo”. La obra era una traducción de textos ingleses y franceses hecha y anotada por un militar de ideas más bien liberales que firmaba, modestamente, como D. C. R y que tuvo el más que probable honor de ser el primer español en describir esa batalla que hoy cumple casi doscientos años. En ella se consignaban muchos detalles sobre aquel hecho -mapas incluidos como podemos ver- y, entre ellos, los partes oficiales en los que los distintos mandos implicados daban su versión de lo que había ocurrido en aquella llanura belga.

Entre ellos se incluía el del general vitoriano Miguel de Álava, que está allí, en Waterloo, en representación de España, agregado al Estado Mayor de su viejo amigo Wellington. Álava, tal y como relata en ese parte que se publica en la “Gaceta de Madrid” el 13 de julio de 1815, está situado en una posición privilegiada, tan cerca de la acción como para destacar que de todos los miembros de esa plana mayor sólo él y el duque salen ilesos. Sin embargo no es testigo desde ese puesto eminente de ninguna frase rimbombante sobre lo que prefería hacer la Guardia Imperial antes que rendirse a los británicos. Álava, en efecto, sólo dedica en su parte de guerra una pequeña posdata a Cambronne, señalando que fue uno de los principales prisioneros de aquella batalla y destacando su lealtad a Napoleón, al que siguió incluso a su exilio en la Isla de Elba…

Finalmente, y ya para disipar las dudas que pudieran quedar sobre que la Historia no siempre la escriben los vencedores, en ese mismo libro sobre la batalla de Waterloo firmado por D. C. R. se recogía el parte oficial de la batalla emitido por el ejército francés.

Tampoco había en ese documento extraordinariamente favorable al ejército imperial, como no podía ser menos, ninguna alusión a la famosa frase.

Y sin embargo… sin embargo el mito de “La Guardia muere pero no se rinde” se convirtió en hecho porque así lo quiso un periódico francés publicado aquel sangriento mes de junio de 1815. Uno que, naturalmente, había medido con precisión milimétrica todo lo que decía, como todos los que salían a la calle en la Francia napoleónica, que eran sólo los que el emperador quería que saliesen desde que se había coronado diez años atrás.

Una llamativa circunstancia ésta de la Historia cortada al gusto de los vencidos a partir de una mentira piadosa, de un mito incubado al calor de la derrota definitiva de un hombre tan temido y admirado como Napoleón Bonaparte, sobre la que podemos dedicarnos a meditar durante este día en el que esa batalla de Waterloo, que hizo correr ríos de sangre primero y de tinta después, cumple un año más.

Para eso, aparte de todo lo dicho hasta aquí, la película “Waterloo” de Sergei Bondarchuk es una excelente compañía. En ella podrán ver, además de apabullantes actuaciones de Rod Steiger o el recientemente homenajeado Christopher Plummer, magníficas reconstrucciones de los principales momentos de la batalla, incluida una bastante imaginativa -a medio camino entre el mito y la Historia- del momento en el que, se supone, la Guardia Imperial prefirió morir antes que rendirse a la Caballería inglesa.

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Una breve presentación y un primer post
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Carlos Rilova | 11-06-2012 | 10:17| 4


 La Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”, dedicada tanto al estudio de nuestro pasado como a su mejor difusión, ha aceptado desde el 11 de junio de 2012 la amable invitación de la plataforma digital de “El Diario Vasco” para comentar o ilustrar en este blog diversos aspectos de esos hechos que, acumulados en el tiempo, llamamos “Historia”. Así, el objetivo de los sucesivos “posts” que se irán subiendo regularmente a este “Correo de la Historia” cada lunes por la mañana, será el de informar sobre distintos aspectos de interés de esa materia a un público amplio -especializado o simplemente interesado en estas cuestiones- tratando de combinar el rigor científico con un lenguaje ameno y asequible.

El doctor en Historia Contemporánea por la UPV-EHU Carlos Rilova Jericó, uno de los fundadores de la asociación, será el encargado de dar una rigurosa continuidad a este “Correo de la Historia” semana a semana y hacer las oportunas presentaciones cuando otros miembros de la asociación hagan su contribución a esta página.

 

Un paseo por el San Sebastián de la “Belle Époque”. Del canotier a la ametralladora. Lo que realmente vive bajo el recuerdo histórico

Por Carlos Rilova Jericó

¿Es una buena idea comenzar la andadura de una publicación semanal dedicada a la Historia con un paseo por el San Sebastián de la “Belle Époque”?. Resulta  bastante difícil dar una respuesta rotunda a esa interrogante. Hablo desde una plataforma digital de un gran grupo de comunicación y en un medio que, por su propia naturaleza, puede llegar tanto a los que las palabras “San Sebastián de la “Belle Époque” ” les dicen algo, como a los que les resultan completamente desconocidas e incluso faltas de todo interés a primera vista. Así las cosas, no parece una muy buena idea poner en marcha este “Correo de la Historia” con un “post”, en principio, de orientación tan localista, tan limitada en el espacio y en el tiempo

Sin embargo -y espero demostrarlo a lo largo de las siguientes líneas- quizás ese paseo por el San Sebastián de finales del siglo XIX y principios del XX no sea tan banal, tan limitado como fuente de conocimiento histórico, como podría parecer a primera vista.

En efecto, si miramos con atención bajo la superficie de los restos de esa “bella época” que se ha constituido casi en una de las señas de identidad de la capital guipuzcoana, no se tarda mucho en encontrar entre ellos hechos, personas, detalles, circunstancias que son algo más que una anécdota histórica a recordar mientras se pasea por La Concha y se contemplan los vestigios de esa época de esplendor que han quedado impregnados -o sería mejor decir incorporados- a lugares como ése.

Sí, hay mucha más Historia y de mucho más alcance del que podríamos creer bajo reminiscencias del pasado “Belle Époque” de San Sebastián como las que atisbamos en fotos de revistas como la primera de las que ilustra este artículo, o las que, hoy por hoy, podemos ver en la Avenida en la antigua tienda de Ramón Hernández, en figuras ya irrepetibles -por distintas razones- como el inefable joven de raza negra que preside el escaparate de la calle Churruca de una de las principales tiendas de café de la ciudad -vestido de pies a cabeza con el traje de verano de dandy de la “Belle Époque”, desde los zapatos flexibles hasta el imprescindible canotier, pasando por la chaqueta “sport”-, en edificios como el actual Ayuntamiento o en el Palacio de Miramar, al final del Paseo de la Concha.

Precisamente a partir de él, de ese palacio, podemos empezar a descubrir que el San Sebastián de, digamos, 1876 a 1917, fue algo más que esa bella “Perla del Cantábrico”. Una más de las ciudades-balneario europeas -Baden-Baden, Bath, Biarritz, Niza…- en las que señoras encorsetadas y caballeros de bigotes encerados e insoportables cuellos almidonados “veraneaban” como mejor podían y hasta, con mucha precaución, tomaban salutíferos o -si así lo preferimos, por usar una expresión más de nuestra época- saludables “baños de mar”.

Efectivamente, el San Sebastián de aquellas fechas era la corte de verano de España, tal como lo demuestra ese Palacio de Miramar. El lugar desde el que se administraba durante varios meses al año una de esas potencias europeas que, a diferentes escalas, se estaban repartiendo en esos momentos el Mundo y se miraban entre ellas recelosas, esperando y temiendo al mismo tiempo el momento en el que estallaría la “Gran Guerra” en la que las más poderosas entre ellas y los aliados que se les sumasen decidirían quién sería el amo de ese Mundo que, en esos momentos, se reparte con tiralíneas en las cancillerías europeas y de todos los recursos que hacían cada día más opulenta a esa sociedad europea almidonada, encorsetada y orgullosa de sí misma.

Así es, de la misma revista “Actualdades” de la que sale esta foto en la que vemos una concurrida terraza del casino -hoy Ayuntamiento- de San Sebastián, llena de señoras con vestidos de verano que hoy darían lugar a una cascada de sofocos y lipotimias entre sus descendientes y cabezas masculinas tocadas con el inevitable canotier, se pueden extraer otras fotos y noticias de ese verano y otoño del año 1908, de la plena “Belle Époque”, que dicen que San Sebastián era algo más que una bella ciudad-balneario, transitada por personajes que dan envarados paseos por La Concha y se permiten baños de mar que necesitaban -según la prosapia del o la bañista- de una logística verdaderamente complicada y que hoy contemplamos con una incrédula y burlona sonrisa.

Así, por ejemplo, el número de 19 de agosto de 1908 de “Actualidades”, informaba a los ociosos veraneantes -de San Sebastián y de cualquier otro lado en el que se leyera esa revista- de que la escuadra naval británica había hecho una visita de cortesía al puerto de Barcelona. El mismo en el que el rey Alfonso XIII había pasado unos días ese verano… Un detalle que, más allá de las deferentes buenas maneras tan propias de la época, significaba -de manera bastante inequívoca- que la más poderosa escuadra naval del Mundo en esos momentos exhibía parte de su poderío ante España, bien para amedrentarla o, por lo menos, para conseguir de ella una “Entente cordiale” como la que pocos años antes había logrado Gran Bretaña con Francia frente a los llamados “imperios centrales” -Alemania, Austria-Hungria…- de cara a esa “Gran Guerra“ que todos esperaban y temían y, en esos momentos, es considerada ya casi inminente, a pesar de que la realeza que controla la mayor parte de las futuras potencias contendientes está emparentada entre sí. Como lo prueba la propia reina madre española -una de las primeras inquilinas del Palacio de Miramar-, o la esposa de Alfonso XIII elegida entre las princesas de la casa reinante británica que, a su vez, estaba estrechamente emparentada con la del káiser alemán.

También en el número del 19 de agosto de “Actualidades” se podía leer, más allá de esas crónicas de sociedad sólo levemente inquietantes, que el caos político en Marruecos -uno más de los espacios sobre los que varias potencias europeas quieren extender su dominio- continuaba y que, tras un golpe palaciego, se había instalado en el precario poder que representa en esos momentos el trono del imperio marroquí Muley Hafid. Por supuesto después de aplastar toda resistencia del legítimo heredero Abd-el Aziz, su propio hermano…

Una más de las muchas turbulencias que sacuden a esa zona del Magreb en esos momentos y que, aunque el redactor de “Actualidades” ni se moleste en comentarlo, hacen ya casi inevitable la intervención de las potencias europeas -entre ellas la corte española que veranea en San Sebastián- en ese territorio, rico en materias primas -hierro, fosfatos…- además de sumamente estratégico para controlar  el paso a través del estrecho de Gibraltar y que, por todas esas razones, bien podría valer una “Gran Guerra” como la que estallará en 1914…

El atento seguimiento que se hace en la misma “Actualidades” a las idas y venidas de Tánger a Inglaterra, pasando por España y por Francia, de El Mokri, el último dignatario aún fiel -al menos en teoría- al destronado Abd-el-Aziz, es una buena prueba de lo mucho que se estaba jugando en ese envite la corte española veraneante en Miramar. La misma que, cautamente, como lo recoge -foto incluida- el número de esa revista de 14 de octubre de 1908, deja en manos del duque de Tovar loa agasajos al dignatario marroquí a la vuelta de sus gestiones en Inglaterra y Francia, materializados en una invitación a la magnífica finca del duque -que contaba con vistas privilegiadas a La Concha- hasta que coja el tren que los llevaría, a él y a su séquito, desde la Estación del Norte a Madrid y de allí a Sevilla y al estrecho desde el que saltarían de nuevo a Tánger. A aquel Marruecos asediado por su propia descomposición interna y por distintas potencias europeas que no quieren ser las últimas en apoderarse de, al menos, parte de él cuando se resquebraje definitivamente.

Algo que quedaba también patente de un modo bastante claro en la foto de otro número de “Actualidades”. Concretamente el de 12 de agosto de 1908,  en el que se recogían, como en muchas otras ocasiones, ejercicios de maniobras del ejército español.

El lugar donde se realizan y el tipo de entrenamiento resultan muy reveladores. Los soldados se han desplegado, como se ve en la foto, en el campo de Gibraltar, por tanto esas maniobras resultan un claro desafío a Gran Bretaña y una señal también bastante clara de las tropas que España podría desplegar en un Marruecos colapsado en cuestión de días. El tipo de entrenamiento que realizan esas tropas es el de combate con ametralladoras. La futura reina de los campos de batalla que, desde agosto de 1914, se convertirán en inmensos mataderos, en un paisaje de pesadilla en el que no quedará ni un sólo vestigio de aquella “Belle Époque” que moría con cada explosión de obús y con el monótono tableteo de las “Hotchkiss” o las “Maxim” que aniquilan, maquinal, industrialmente, línea tras línea de hombres salidos de la inmunda red de trincheras que cruza Europa de parte a parte hasta 1918…

San Sebastián será un escenario privilegiado de esa descomposición, del fin de esa “bella época” de la que, como acabamos de ver, ha sido también uno de los escenarios privilegiados.

En principio los archivos de la ciudad no dicen mucho sobre esos años. Hablan de trabajadores españoles que vuelven de Francia y de franceses que vuelven a Francia para sumarse a la movilización de su ejército, de aumento de precios en las mercancías básicas y del control que el consistorio trata de ejercer sobre ellas para conseguir que la vida siga igual a los días anteriores al  estallido de la guerra. Al menos en la medida de lo posible.

Sin embargo, San Sebastián, como la mayor parte de las poblaciones fronterizas de cierta entidad de las potencias neutrales, y en tanto que sede de la corte de una potencia que, después de todo, ha sabido mantenerse sabiamente neutral pese a las presiones de unos y otros beligerantes, se convertirá en el escenario de una guerra secreta de espías y agentes de ambos bandos que aún está, en buena medida, por escribir.

Un tema, como muchos otros, del que, en efecto, podremos hablar en otra ocasión. Más aún si tenemos en cuenta que en apenas dos años se cumple el primer centenario de esa guerra, incubada en la “Belle Époque” que aún atisbamos en las calles de San Sebastián, que volvió el mundo del revés y en la que, lo crean o no, muchos vascos de este lado del Bidasoa tomaron parte, como voluntarios, bajo la bandera francesa, cambiando sus canotiers por los cascos de acero “Adrian” pintados de azul Francia y sus bastones flexibles de bambú por el fusil y la mortífera bayoneta-espada .Unos incondicionales servicios de guerra que, por otra parte, aquella República no olvidó y supo agradecer.

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