Diario Vasco
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¿Por qué muchos catalanes ya no quieren ser españoles?. Algunos apuntes históricos. De Ali Bey a la “Diada de la Independencia” (1803-2012)
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Carlos Rilova | 12-09-2013 | 07:42| 33

Desde el pasado martes no ha dejado de repercutir en distintos medios de comunicación la noticia que alguno de ellos -concretamente “El periódico de Catalunya”- han llamado “la Diada de la Independencia”. Es decir, la multitudinaria manifestación desarrollada en Barcelona ese “día nacional de Cataluña” en la que, según se dice, más de un millón de habitantes de esa comunidad autónoma pidieron la independencia de España con el presidente del gobierno catalán, el honorable Artur Mas, a la cabeza.

La reacción de la clase política española y de los medios que se editan fuera de Cataluña ha sido una bastante habitual: echarse las manos a  la cabeza y un consiguiente rasgar de vestiduras -al menos metafóricamente- guarnecido de expresiones de incredulidad que se podrían resumir en la frase “¿pero cómo es posible que muchos catalanes no quieran  ser españoles, no les basta con el Estatut?”…

Podríamos pasarnos las tres o cuatro hojas de este artículo discutiendo sobre diferentes aspectos de ese mentado “Estatut”, sobre si el grado de autonomía del que disfruta Cataluña es mayor, o menor, que el que disfrutan algunos “länder” alemanes, o el País Vasco, o Navarra y, cómo no, sobre la secular ingratitud de los catalanes con respecto a “España”, pero nada de eso añadiría nada nuevo a un debate verdaderamente manido, gastado por años de uso, a veces verdaderamente irresponsable. Y mucho menos añadiría nada interesante para los lectores que cada lunes se acercan a esta página titulada, no por casualidad, “El correo de la Historia” y que, con toda la razón del Mundo, esperan encontrar aquí alguna cosa más o menos sensata sobre cuestiones históricas relacionadas con asuntos del presente -como es el caso de esa “Diada de la Independencia”- o no.

Abordaré este asunto, pues, sólo desde la Historia y trataré de hacerlo desde un punto de vista innovador. Incluso revisionista, si se quiere. No voy a hablar, por tanto, de si tiene algún sentido histórico una fecha, el 11 de septiembre, el de la “Diada“, que pretende, oficialmente, celebrar el día en que Cataluña perdió su independencia cuando Felipe V ordenó abolir sus Fueros. Una operación administrativa propia del Antiguo Régimen que, a decir verdad, poco tendría que ver con la abolición de la independencia de una nación catalana que, como todas ellas, no adquiere el sentido que hoy damos a esa palabra -“nación”- hasta muchos años después, a partir de la revolución francesa de 1789.

Por el contrario, en lo que me voy a centrar es en tratar de hacer evidente una de las razones históricas por la cual un millón de personas estaban dispuestas a salir a la calle en Barcelona este último 11 de septiembre, no a celebrar esa “Diada” basada en una -hasta cierto punto- errónea interpretación de la abolición de los fueros catalanes como una cuestión “nacional”, sino a pedir -ya- la independencia de España.

¿Qué razón es esa?. Es una que, quizás, se ha dejado caer en el olvido durante mucho tiempo y que, quizás, tiene tanta o más importancia que otros factores -económicos, de transferencia de competencias…- para explicar lo que ocurrió en Barcelona el día 11 de septiembre de 2012. Se trata concretamente de la nefasta política cultural que las élites dirigentes españolas han llevado a cabo durante, como mínimo, los últimos ciento cincuenta años.

En efecto, si comparamos la tarea de crear una identidad nacional fuerte que se pone en práctica en los principales estados europeos desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad, el caso español resulta verdaderamente famélico comparado con el alemán, el italiano, el británico y, sobre todo, el francés, que es el modelo más acabado de esa labor de crear cohesión nacional por medio de un hábil manejo de la Cultura en general y de la Historia -sobre todo- en particular.

Así es, si se profundiza algo en esa cuestión, se descubre pronto que las élites españolas han derrochado tiempo y dinero durante ese siglo y medio enfrentándose en distintas banderías y en desprestigiar todo lo que tuviera que ver con las palabras “España” y “español” mientras otros estados europeos invertían ese tiempo y ese dinero en crear una imagen de sí mismos que provocase afecto y no rechazo.

A Cánovas del Castillo se ha atribuido uno de los más sonados ejemplos de esa, por llamarla de algún modo, política cultural. Mientras se discutía en el Parlamento de Madrid la constitución que iba a zanjar la última guerra civil del siglo XIX, en 1876, dicen que dijo que “español es el que no podía ser otra cosa”…

La famosa frase habría sido pronunciada en el mismo momento en el que la Francia de la Tercera República, salida de la derrota militar sufrida cinco años atrás a manos de la Alemania bismarckiana, impulsaba, a marchas forzadas -retomando la labor llevada a cabo durante el Segundo Imperio, su enemigo político-, una industria cultural que dotase a Francia de cohesión interna y prestigio internacional…

Así las cosas, cuando hasta los padres de la patria española -como era el caso de Cánovas, hoy enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres, esa versión hispánica, tan poco conocida, de la abadía de Westminster- se han dedicado, durante siglos, a desprestigiar a su propio país, no deberíamos extrañarnos de que, con el tiempo, el número de personas que no quieren saber nada de una patria tan vilipendiada, tan aborrecida incluso por aquellos que aspiran a gobernarla, haya aumentado de manera exponencial.

En España, en efecto, no ha habido buenos productos culturales que hayan cohesionado, que hayan creado una especie de orgullo de ser español. Mientras en la Francia de finales del siglo XIX se publicaban magníficos libros de Historia ensalzando a Napoleón I y a su fracasado imperio de menos de diez años de duración, la burguesía española se dedicaba a comprar volúmenes de formato muy similar pero llenos de artículos deprimentes sobre España como la Historia de un fracaso perpetuo…

La tónica cambió muy poco a lo largo de los años siguientes. No me voy a detener en el desastre que supusieron, por distintas razones, manuales escolares como el de “El niño republicano” o su némesis franquista, la famosa “Enciclopedia Álvarez”, que enseñó pseudohistoria de España a generaciones enteras de españoles, alguna de las cuales anda por ahí todavía en relativo buen estado de salud… Sólo diré que ambos libros, en lugar de hablar de una Historia común sobre la que fuera posible construir una identidad común, se dedicaban a decir qué parte de la Historia de España les parecía correcta. Por lo general aquella que coincidía con un catecismo político, lo cual dejaba a unos cuantos millones de españoles fuera del asunto. Algo impensable, desde luego, en la Francia de la Tercera República que perdura entre 1871 y 1940, incluso a pesar de todos los fallos y trampas historiográficas habituales en su peculiar manera de contar la, para ellos, grandiosa Historia de Francia que iba desde Vercingétorix hasta esa república pasando por el cardenal Richelieu.

Cuando el período de excepción iniciado en España por la guerra civil de 1936-1939 acabó, aparecieron durante la breve primavera de la Transición -aproximadamente entre 1975 y 1982- algunas obras que, con la mejor de las voluntades, trataban de hacer lo que no se había hecho desde finales del siglo XIX -o se había hecho rematadamente mal-. Es decir, recuperar una Historia española sobre la que era posible construir una identidad común que, además, impusiese cierto respeto frente a otras potencias europeas -caso de Francia o Gran Bretaña, por ejemplo- que basaban buena parte de su discurso nacional en la aniquilación histórica y cultural de viejos enemigos -como podía ser el caso de España- ganando sobre el papel y en las bibliotecas -esos lugares tan importantes- lo que no se había podido ganar en Bailén o en Cartagena de Indias.

Ese fue el caso, por ejemplo, de la editorial barcelonesa Toray, que en 1978 publicó varios libros dedicados a lo que el título de esa colección llamaba “Hombres Famosos”. Uno de eso volúmenes -concretamente editado en el año 1978- estaba dedicado a Domingo Badía, también conocido por el falso nombre de Ali Bey.

Aquel hombre, nacido en Barcelona en 1767, hijo de padre español y madre belga, era un acabado producto de la Europa del Siglo de las Luces y dedicó toda su vida adulta tanto al servicio de la administración pública española como a labores de exploración en el Norte de África y Asia.

Fue también el primer cristiano que entró en el santuario islámico por excelencia, La Meca, disfrazado de magnate árabe. Desde luego muchos años antes de que lo hiciera sir Richard Francis Burton que, en buena medida, se dedicó toda su vida a seguir los pasos dados entre 1803 y 1807 por Badía, aprendiendo lengua árabe, visitando Oriente Medio en labores de espionaje y exploración, buscando las fuentes del Nilo…

De esa colección de “Hombres famosos” de Toray en la que cabían desde Ali Bey-Domingo Badía hasta Cervantes pasando por Jaime I el Conquistador, Napoleón, Abraham Lincoln, Livingstone… nunca más se supo en los años que siguieron al fin de la Transición, hacia 1982.

De Domingo Badía y su vida tampoco se supo mucho más. Ni de muchos otros como él. Nacidos en Barcelona, como era su caso, o en Madrid, o en San Sebastián. La política cultural de recuperación del pasado, de la Historia, con fines didácticos volvió en la España posterior a la Transición a los viejos usos. Es decir: a repetir machaconamente una idea tan inverosímil como la de un fracaso colectivo de varios siglos o, en el mejor de los casos, a la apropiación partidista de determinadas figuras y hechos históricos. Por ejemplo la de Pedro I el Cruel -al que TVE dedicó una serie- o la de Esquilache -llevado al cine por Josefina Molina- como precursores de una futura España “progresista”. Al parecer la de finales de los ochenta y comienzos de los noventa que, en realidad, estaba sumida en la hortera cultura del pelotazo. Esa misma que, paradójicamente, no hizo sino remachar la absurda idea de que invertir en “cultura” -es decir, en obras como esa colección de “Hombres famosos” de la editorial Toray- era un gasto inútil, algo sencillamente despreciable…

Las consecuencias de semejante idea se han hecho patentes en los últimos años en una prima de riesgo disparada, por poner un ejemplo, en el apelativo de país “PIG” que ha convertido a España en el juguete de la mayor parte de especuladores financieros internacionales o, por sólo poner otro ejemplo más, en el millón de catalanes que salieron a la calle un buen día de septiembre de 2012 para decir -con bastante razón- que no quieren saber nada de un país que ha repetido machaconamente la idea de que era un fracaso. Uno en el que, sencillamente, personas como Domingo Badía o sus, en cierto modo, herederos -Iradier o el duque de Mandas del que, si quieren, les hablaré el 25 de septiembre en la biblioteca Koldo Mitxelena de San Sebastián en el marco del ciclo de conferencias de la Asociación- no podían existir, que cosas así sólo pasan en Gran Bretaña, como lo demostraba la Historia -certificada por varias películas y novelas- de sir Richard Francis Burton…

Dicho eso sólo queda felicitar -por supuesto de manera sarcástica- a los responsables de esas políticas y recomendarles que persistan en el error. Incluido el gesto de echarse las manos a la cabeza cuando comprueban que el resultado de las mismas es similar al de arrojar jarrones chinos al suelo con bastante fuerza: que, aunque no se quiera, o se pretenda lo contrario, el resultado es que se rompen, invariablemente, en muchos pedazos. La Historia, en los próximos años, los considerará, sin duda, un cómico objeto de estudio, una prueba viviente de las absurdas contradicciones en las que se basa, a veces, la existencia de ciertas comunidades humanas. En este caso la de una potencia europea que, a pesar de haber practicado una estúpida política cultural durante muchos años, se mantuvo unida, mal que bien, durante más de un siglo y medio en el que se propagó la idea de que no merecía la pena seguir formando parte de aquel desastre imaginado por hombres y mujeres con mucha influencia pero con poco discernimiento y, a veces, menos conocimiento sobre aquello de lo que hablaban.

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Hondarribia, el Alarde y el Gran Condé. Historia de una reputación mal adquirida (julio-septiembre de 1638)
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Carlos Rilova | 23-03-2013 | 21:08| 27

Por Carlos Rilova Jericó

Este fin de semana Hondarribia celebró su fiesta grande. La que comúnmente ha acabado quedando reducida al nombre genérico de “Alarde”. Quizás este lunes de resaca postfestiva sea un buen momento para reflexionar, desde el punto de vista de la Historia, sobre algunos detalles del acontecimiento que dio origen a esa fiesta.

En principio los registros documentales de 1638, el año en el que tiene lugar el asedio de la plaza que comienza en julio y acaba en septiembre, y posteriores son escasos, pero nos dejan claro que los hondarribiarras decidieron hacer un voto en acción de gracias a la Virgen de Guadalupe -ya entonces su patrona- por la protección y ayuda que les había proporcionado durante esos cerca de dos meses de feroz asedio.

El voto, según dice las reducidas actas posteriores al fin de ese asedio de 1638, consistía, principalmente, en un desfile por el casco urbano de esa población -que pronto se iba a convertir en la primera ciudad guipuzcoana- de todos los vecinos en edad militar. Esto es, de 18 a 60 años según el Fuero en vigor. Ese fue, en definitiva, el origen remoto de lo que ahora se llama “Alarde”.

¿Podríamos, o siquiera deberíamos, preguntarnos cuál fue el peso real de aquel acontecimiento, el asedio de 1638, que llevó a contraer la obligación de ese voto de acción de gracias cada septiembre?.

Consideremos tan sólo un aspecto de esa desconocida batalla de la Guerra de los Treinta Años que tuvo como escenario Hondarribia y sus alrededores durante la mayor parte del verano de 1638.

Entre los muchos regimientos que formaban parte del contingente de más de 20.000 hombres enviados por el cardenal Richelieu a rendir esa plaza para su rey Luis XIII, había uno de Caballería denominado Enghien. O, más simplemente, “regimiento Enghien”. Ese título, el de duque de Enghien, era el que ostentaba el heredero de la casa Condé, rama bastarda, pero legitimada, de la dinastía Borbón y, por tanto, con posibilidades más que fundadas de alcanzar el trono de Francia y de Navarra algún día…

Ni que decir tiene el coronel, el jefe de ese regimiento, era el propio duque de Enghien. En esos momentos un muchacho de 17 años que ya había hecho sus primeras armas en la frontera Norte de Francia, como correspondía a cualquier caballero que se preciase de sus títulos y no pensase dedicarse al servicio de la Iglesia.

Las crónicas y documentos disponibles sobre el asedio de Hondarribia en el verano de 1638 no dejan muy claro si el joven Luis II de Borbón, el duque de Enghien, se hallaba realmente presente al mando de esas tropas en esos momentos. Sólo podemos establecer conjeturas a partir de lo poco que nos dicen esas fuentes.

No hay duda de que el Condé que lleva en esos momentos la voz cantante es el padre del duque de Enghien, Henri de Borbón. Sin embargo su mala salud, y las intrigas de otros altos caballeros, celosos de su mando supremo sobre ese ejército, dejaron en entredicho, en bastantes ocasiones, esa autoridad de comandante en jefe. Como lo demuestra tanto la crónica de Palafox -encargada por el Conde-Duque de Olivares para hacer propaganda de esa gran victoria-, como algunos correosos estudios históricos del siglo XIX, caso del firmado por Édouard Ducéré, que tratan de demostrar, por todos los medios a su alcance, que la derrota de 1638 se debe no tanto al aplastante poder militar de Felipe IV, como a esa mala salud del viejo príncipe de Condé que desmoraliza a su ejército y le impide explotar a fondo sus posibilidades de victoria.

A pesar del sesgo un tanto chauvinista de ese estudio de Ducéré sobre el asedio de 1638, parece cierto que el príncipe de Condé no resultó ser un gran jefe militar y mucho menos ante las murallas y bastiones de Hondarribia.

De hecho, si nos guiamos por un artículo de Philippe Erlanger sobre el nacimiento de Luis XIV, que ocurre el 5 de septiembre de ese año 1638, es posible que el príncipe de Condé, el viejo y achacoso Condé, no estuviese ni siquiera al frente de las tropas el 7 de septiembre en el que serán batidas en desbandada por el ejército de socorro al mando del almirante de Castilla que trata de levantar el asedio de Hondarribia.

En efecto, según Erlanger, entre los altos nobles franceses invitados a presenciar la venida al Mundo del futuro rey sol -más que nada para demostrar que era hijo legítimo de la reina- estaba el condestable de Montmorency, título que en esas fechas ostentaba la familia de Henri, príncipe de Condé y comandante en jefe de las tropas de asedio de Hondarribia…

De lo que no hay ninguna duda es que aquel día 7 de septiembre de 1638 el nombre y el honor militar del hijo de Condé estaban presentes en el campo de batalla, representados por la bandera del regimiento de Caballería Enghien. Desde el punto de vista de la mentalidad barroca eso significaba tanto como si el propio Gran Condé -en esas fechas tan sólo el heredero del viejo Henri- hubiese estado allí.

La crónica de Palafox es clara en ese detalle, que ni siquiera contradice Édouard Ducéré en ese estudio que ya he mencionado y en el que ese historiador intentaba restar méritos a la derrota sufrida por el ejército francés enviado a apoderarse de Hondarribia.

El regimiento Enghien tratará de presentar resistencia cuando las líneas y las defensas del campamento fortificado francés en la ladera de Jaizquibel son rotas por el ejército de socorro y la mayor parte de los soldados franceses corren hacia el Bidasoa, ladera abajo, presas de un pánico incontrolable a quedar cogidos entre la tenaza de la fortaleza de Hondarribia y sus defensores, que continúan haciendo fuego sobre ellos, y las tropas recién llegadas en socorro de esos irreductibles defensores de la plaza.

El gesto del regimiento del futuro Gran Condé, será inútil. La carga de la Caballería del ejército de socorro es devastadora y deja prácticamente aniquilado ese regimiento que ostenta el nombre y el honor del que, con el tiempo, se convertirá en el Gran Condé, tras derrotar a los tercios españoles en la batalla de Rocroi.

Ese detalle, el de esta humillante derrota del Gran Condé en, prácticamente, su primera batalla -bien en persona o bien simbólicamente a través del estandarte del regimiento Enghien que lo representa-, es algo que fue rápidamente borrado de la memoria colectiva francesa de la época.

El cardenal Mazarino, discípulo aventajado del maquiavélico cardenal Richelieu, se encargará de que así sea, cuando desate una abrumadora campaña de propaganda que inaugura un verdadero culto al duque de Enghien tras la victoria de Rocroi que, como muy acertadamente señalaba un artículo de Juan L. Sánchez, fue sacada de contexto y convertida en un hito definitivo en el ascenso de Francia como potencia militar que estaba muy lejos de ser verdad.

El mismo Gran Condé se encargó de demostrarlo poco tiempo después, cuando traicionó la confianza que Mazarino había depositado en él al convertirse en el líder supremo de la facción de nobles que querían sacar a Luis XIV del trono francés antes de que pudiera llegar a la mayoría de edad.

En efecto, en 1652 el Gran Condé ha sitiado París, ha convertido en una guerra civil abierta lo que sólo había sido en principio una revuelta nobiliaria y ha traicionado de tal modo al incipiente estado francés que, tras su derrota militar ante las tropas del legítimo rey, no tiene más remedio que huir con la cabeza puesta a precio a, nada más y nada menos, que territorio del rey de España -concretamente a Bruselas-, donde trabajará para ese antiguo enemigo con tanta devoción como para reconquistar para las armas de Felipe IV, nada más y nada menos, que la plaza de Rocroi…

No hay duda de que el Gran Condé era un formidable general. Todo un mito en cualquier caso, como siempre lo quiso la Historia francesa más o menos áulica (que no tardará nada en rehabilitarlo como gran héroe “francés” tras el perdón que obtiene, gracias a la  Paz de los Pirineos, en 1659).

El derrotarlo, como ocurrió en las laderas de Jaizquibel a principios del mes de septiembre de 1638, casi hasta borrar su nombre de la faz de la tierra aniquilando aquel regimiento de Caballería de Enghien que lo representaba, quizás era, en efecto, por sí solo, una buena razón para hacer un voto como el que prometieron cumplir los hondarribiarras a partir de aquel día. A pesar de que, como vemos, la reputación del Gran Condé, muchas veces, no fue precisamente de las más acrisoladas…

 

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Decidnos, ¿quién quemó realmente San Sebastián en el año 1813?. Algunas reflexiones sobre la Historia y la Pseudohistoria a partir de un libro de Iñaki Egaña
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Carlos Rilova | 30-06-2013 | 08:47| 70

Primera Reflexión. Robar, matar, saquear, mentir… o, cómo era la vida de un soldado de las guerras napoleónicas

Por Carlos Rilova Jericó

Mi aportación de este lunes será bastante breve. Apenas me voy a limitar a presentar el artículo que el profesor Álvaro Aragón Ruano, presidente de la Asociación de historiadores guipuzcoanos me ha remitido para su publicación y que, por supuesto, suscribo totalmente.

En ese artículo que sigue a éste se abunda en la polémica que ha suscitado el colectivo Donostia Sutan en torno a la cuestión de quién dio la orden de quemar San Sebastián tras el asalto del 31 de agosto de 1813, plasmada principalmente en un libro firmado por Iñaki Egaña, “Donostia 1813. Quiénes, cómo y por qué provocaron la mayor tragedia en la historia de la ciudad”.

Según ese colectivo y ese autor fue el general Castaños, el vencedor de Bailén, el hombre que, cumpliendo con su deber, consiguió demostrar a Europa entera en esa localidad andaluza que los ejércitos napoleónicos no eran invencibles, que las corazas de la Caballería napoleónica no eran a prueba de bala y, en fin, que las doradas águilas de los estandartes imperiales podían ser capturadas como trofeo de guerra.

El profesor Aragón se extenderá sobre el poco fundamento que tiene esa afirmación que acusa a Castaños de ser el principal responsable del incendio de 1813 sostenida en las páginas del libro del señor Egaña.

Por mi parte sólo añadiré, a título de especialista en Historia Contemporánea, bastante centrado, por otra parte, en el período napoleónico, algunos pocos hechos documentados sobre ese escaso fundamento de las afirmaciones del señor Egaña.

Como indica el profesor Aragón en el texto que sigue a estas líneas, sólo cinco testigos de los 79 consultados por el Ayuntamiento donostiarra de 1813, reconocían haber oído a algunos soldados portugueses e ingleses decir que el general Castaños había dado la orden de quemar y pasar a cuchillo San Sebastián una vez que fueran tomadas sus defensas…

El profesor Aragón Ruano les dirá algo más respecto al valor que se puede dar a ese dato y las razones por las que, de acuerdo a las reglas del método científico, demuestra poco o nada respecto a la culpabilidad de Castaños en el incendio y destrucción de Donostia aquel 31 de agosto de 1813. Yo, por mi parte, les diré, desde ahora mismo, que para afirmar nada en base a ese dato hay que conocer muy bien cómo era la vida de un soldado de las guerras napoleónicas. Algo bastante fácil de saber en base a cientos de documentos. Como, por ejemplo, los que guardan minuciosamente muchos de nuestros  archivos más próximos, o bien a partir de los numerosos libros de memorias que editaron muchos de esos soldados años después de aquellos acontecimientos.

Les podría hablar, por sólo citar un par de casos, de “Recuerdos de este fusilero”, escrito a partir de lo que contó a su editor un anciano Benjamin Harris, soldado británico que luchó en 1808 en España, o de las “Memorias” del sargento Bourgogne.

Ambos soldados hablan en esos libros, con verdadero desparpajo, de muertes, saqueos, robos y otros varios incidentes escabrosos sin querer ocultar nada de lo que vieron, o protagonizaron, en León, en Galicia, en Moscú…, entre 1800 y 1815.

Sin embargo, quizás la obra que mejor refleja lo poco que podría valer el testimonio de un soldado de las guerras napoleónicas sobre cualquier cosa son los “Recuerdos de J. R. Coignet”. El aludido, como él mismo cuenta, fue reclutado para las tropas revolucionaras francesas en el año 1799 por medio de una leva masiva. Era entonces un joven analfabeto que trataba de aprender un oficio en su pueblo natal. A partir de esa fecha inició una fulgurante carrera que lo llevó a acabar la guerra como capitán de Estado Mayor del emperador después de haber luchado con él en Italia, en Austria, en España, en Rusia… En esos “Recuerdos” el viejo veterano señala, con el mismo desparpajo que Harris o Bourgogne -o tantos otros-, que el robo y la mentira -entre otras faltas- eran el modus operandi del soldado en campaña entre 1800 y 1815.

Algunas de las anécdotas de Coignet son realmente jocosas. Como, por ejemplo, aquella en la que cuenta cómo robaron, legalmente, una barrica de buen vino italiano después de que el furriel de su compañía firmase una orden con el nombre falso de Laplume -es decir, “la pluma” con la que había firmado, en efecto, aquel documento pseudoficial- por la que el ejército consular francés reclamaba ese vino como legítima contribución de guerra. Una canallada -una más de las muchas que cuenta el capitán Coignet- que salió a pedir de boca y con el benevolente beneplácito del oficial al mando de aquella tropa…

Juzguen ustedes mismos lo mucho, o lo poco, que uno podría fiarse de cualquier cosa que dijera uno de aquellos profesionales forzosos de la muerte, el robo, el saqueo y, en fin, el escurrir el bulto, el esconder la mano tras tirar la piedra, que fueron la mayoría de los soldados de las guerras napoleónicas.

A partir de ahí comprenderán mucho mejor todo lo que les va a contar el profesor Álvaro Aragón Ruano, al que, sin más preámbulos, cedo la palabra.

 

Segunda reflexión.   Notas sobre la Historia y la Pseudohistoria a partir de un libro de Iñaki Egaña

Por Álvaro Aragón Ruano

El pasado viernes tuvieron lugar, un año más, las fiestas de la calle 31 de agosto de San Sebastián, recordando la quema de la ciudad a manos de las tropas anglo-portuguesas comandadas por el teniente general Graham, lugarteniente del general Wellington en 1813. No seremos nosotros quienes rompamos una lanza a favor o en contra de la celebración de semejante acontecimiento, ni pongamos en cuestión la manera de hacerlo, con desfiles “militares” o de otra manera, como se hace desde algunas plataformas de reciente constitución. Tampoco en esta ocasión es nuestra intención llevar a cabo un sesudo análisis sobre tal acontecimiento y sobre su autoría, pues creemos que existe una amplia bibliografía al respecto que deja más que claros los aspectos más importantes del mismo. Lo que nos permite el mencionado acontecimiento y su celebración es reflexionar sobre un fenómeno que cada vez es más común, no sólo en nuestro entorno geográfico, sino también a nivel internacional, como está ocurriendo con la negación del holocausto nazi o el afrocentrismo: la proliferación de la pseudociencia y la pseudohistoria, como la define, por ejemplo, Michael Shermer, en su más que competente Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo -cuya lectura recomiendo a todo aquél que se precie de historiador-, esto es, “afirmaciones que por su apariencia se asemejan a las científicas aunque carezcan de pruebas plausibles que las respalden”. A modo de ejemplo, podríamos mencionar los esfuerzos que en ese campo vienen realizando asociaciones como Nabarralde o, en este caso, Donostia Sutan. Pero, por no extendernos en exceso, nos centraremos en un caso concreto, ciertamente flagrante y, en nuestra modesta opinión, de extrema gravedad, por las repercusiones que ello puede acarrear.

Me estoy refiriendo a la reciente publicación del libro de Iñaki Egaña titulado Donostia 1813. Quiénes, cómo y por qué provocaron la mayor tragedia en la historia de la ciudad. En dicha obra el autor viene a defender la hipótesis -que no se convierte en tesis, puesto que el autor no llega a demostrar ni una sola de sus afirmaciones- de que fueron las autoridades “españolas” y, sobre todo, el general Castaños -amén del general Álava- los responsables máximos y últimos de dicha quema y de todos los excesos cometidos por la soldadesca portuguesa e inglesa, debido a su fobia contra la foralidad guipuzcoana -curioso en dos personajes de origen vasco y en un momento en el que en realidad lo que se pretendía era la modificación de los mismos, no su supresión-. Pues bien, la única prueba que aporta dicho autor son una serie de rumores y testimonios indirectos, a los que da pábulo y la máxima credibilidad. Una vez más, repetimos que a día de hoy la única certeza histórica que existe es que fueron los soldados portugueses e ingleses los únicos autores y protagonistas de tal hecho. La prueba de mayor peso aportada en tal obra es el testimonio de 79 donostiarras -en el que se basarían los manifiestos del ayuntamiento-, de los que -ojo al dato-, únicamente 5 manifiestan en sus declaraciones haber oído a los soldados portugueses e ingleses hechos prisioneros por los franceses durante el asalto que tenían orden del General Castaños de arrasar la ciudad y pasar a cuchillo a todos sus habitantes. Desde luego, transcurridos los acontecimientos, dichos soldados debieron haber sufrido juicio sumarísimo y consejo de guerra por no haber cumplido las órdenes, puesto que ni arrasaron toda la ciudad ni pasaron a cuchillo a todos sus habitantes. Como ya ha tratado de explicar el vicepresidente de la Asociación en el texto que precede a éste, los soldados de aquella época eran gentes de mala vida y poco honor y credibilidad. Puestos en sus carnes -aunque nos cuesta creer que los franceses les preguntasen por el origen de la orden recibida-, nos imaginamos que, de ninguna de las maneras, responsabilizaríamos a  nuestro jefe superior, el general Wellington, ni a los propios franceses, ante los que nos hallábamos; así que lo más fácil sería echarle la culpa al único ausente, el general Castaños. Si hubo más responsabilidades o intencionalidades veladas será difícil de precisar, pues la documentación existente no da para más -que, a pesar de lo que dice Egaña en una entrevista, ya se conoce desde la década de los años 70 y está toda ella publicada, tanto la extranjera como la local-. Todo lo demás son hipótesis de difícil probatura y vanos intentos de hacer historia hipotética.

Las razones contra la posible responsabilidad de Castaños, no obstante, son de peso. Por un lado, se debe tener en cuenta que el general Castaños tenía responsabilidad y mando sobre las tropas “españolas”, incluidos los tercios guipuzcoanos, que como sabemos no tuvieron protagonismo en el asedio y fueron enviados a contener los intentos del mariscal francés Soult en Cinco Villas y San Marcial. De ninguna de las maneras, tenía o podía ejercer mando alguno o decretar orden alguna sobre los contingentes lusobritánicos, al mando de Wellington. Por otro lado, y como demuestra una carta escrita el 23 de agosto por José Ignacio de Sagasti -transcrita en su día por Pedro de Soraluce para la Real Academia de la Historia, pdf que se puede obtener por Internet-, el general Castaños ya se había retirado del País Vasco; por tanto, no estaba presente cuando ocurrieron los hechos. Las razones que prueban la responsabilidad única y exclusiva de los mandos ingleses son de más peso aún, como lo demuestran la actitud del propio Wellington y el mea culpa entonado por diferentes autores británicos a lo largo de todo el siglo XIX, tanto soldados que participaron en los hechos o en las campañas peninsulares, como cronistas y documentalistas avezados.

Pero más allá del debate sobre la responsabilidad última de aquellos hechos, lo que nos interesa subrayar, en tanto que asociación de historiadores, sobre la mencionada obra acerca de aquellos acontecimientos del año 1813 firmada por Iñaki Egaña es su carácter pseudohistórico, por más que el autor pretenda presentarlo como un concienzudo y documentado análisis científico. No seremos nosotros quienes critiquemos al autor por no tener un doctorado en historia y haberse dedicado hasta la fecha más a cuestiones contemporáneas, como la guerra civil o ETA, que a temas que hunden sus raíces en los siglos modernos. Como perfectamente defiende John Lukacs en su El futuro de la Historia, “…tanto la cantidad como la calidad de las obras escritas por aficionados (o, hablando con más precisión, por personas que carecen de un doctorado en historia) aumentó y continúa aumentando hoy día, al tiempo que en las escuelas se enseña cada vez menos historia.”. La historia o mejor el relato de la historia puede ser escrito por cualquiera, profesional o no, pero siempre y cuando respete las reglas del juego y aplique el “método científico”. El pensamiento científico, como afirma Shermer, ha de contar con los siguientes elementos: inducción o formulación de hipótesis extrayendo conclusiones de los datos con los que se cuenta; deducción o elaboración de predicciones concretas basadas en las hipótesis; observación o recopilación de datos guiados por las hipótesis; y verificación de las predicciones con nuevas observaciones para confirmar la veracidad o falsedad de las hipótesis iniciales.

Con el método científico se busca objetividad, esto es, conclusiones basadas en la validación externa, y se evita el misticismo, es decir, conclusiones basadas en intuiciones personales que eluden la validación externa. La intuición no tiene nada de malo si se utiliza como punto de partida, pero las “verdades místicas” son exclusivamente personales y no pueden validarse externamente. La ciencia nos conduce al racionalismo, pues se establecen conclusiones basadas en la lógica y las pruebas. Las conclusiones dogmáticas, sin embargo, aunque no son necesariamente erróneas, inducen a nuevas preguntas, en esta ocasión sobre el autor: ¿cómo ha llegado a dichas conclusiones?, ¿le guiaba la ciencia u otra cosa a la hora de hacer esas afirmaciones? Es cierto que todos podemos tener nuestro punto de vista sobre la historia, pero no todos los puntos de vista son igualmente válidos. Algunos son históricos y otros pseudohistóricos, es decir, no hay pruebas que los apoyen ni son plausibles y quien los sostiene lo hace sobre todo por razones políticas o ideológicas. Quien hace pseudohistoria sabe, como afirma Shermer, que “la ideología influye en el conocimiento, hurga en la ignorancia o apatía del público con respecto a los hechos históricos, mezcla algunos acontecimientos reales con una serie de excéntricas inferencias sobre el pasado, y hace pseudohistoria”.

Tres son las carencias más flagrantes de la obra que venimos analizando. En primer lugar, el autor no utiliza aparato crítico, es decir, ni una sola nota a pie de página o final, con lo cual ninguna de sus afirmaciones puede ser contrastada. Ni siquiera, en un apartado final de anexos, aparecen transcritos ni total ni parcialmente los documentos a los que hace referencia: los manifiestos del ayuntamiento, la carta enviada por 21 vecinos de San Sebastián desde Pasajes a Wellington el 4 de agosto de 1813, los testimonios de los vecinos, etc. Tal vez sea, porque ninguno de esos documentos y testimonios son pruebas concluyentes para sus hipótesis, más bien al contrario. En segundo lugar, el autor da credibilidad absoluta a los testimonios de 5 de los 79 donostiarras, precisamente aquellos que mencionan haber oído a los soldados asaltantes responsabilizar a Castaños. No seremos nosotros quien pongamos en duda lo que oyeron los cinco testigos mencionados, no obstante, el problema de estos testimonios es que son escasos y no vienen apoyados por el resto de testigos (74), son indirectos y se basan en una serie de prejuicios, pues, como demuestra la carta redactada en Pasajes el 4 de agosto, corrió por aquellas fechas el rumor -nunca demostrado- de que los ingleses y portugueses tenían orden de entrar en la ciudad a sangre y fuego. Todo documento histórico necesita ser contrastado, pues contiene una carga de subjetividad; no debe olvidarse que “los documentos son escritos por humanos, seres extraordinariamente selectivos, que añaden, borran y alteran las pruebas” o simplemente tienen su propia visión de la realidad, que no tiene por qué ser la “verdadera”. Por último, el autor llega a utilizar expresiones como “tengo la convicción”, “estoy convencido”, etc., pero sin llegar a aportar pruebas concluyentes. Este voluntarismo revela ciertos prejuicios políticos, más aún cuando compara los acontecimientos descritos con el bombardeo de Gernika. Como acertadamente afirma Lukacs “La historia no se repite, ni se repiten tampoco los motivos y las condiciones del conocimiento histórico”. Más aún, y siguiendo al mismo autor, “…el objetivo de la historia no es tanto el de establecer una verdad de forma definitiva como el de reducir la mentira… La tarea principal de los historiadores, quizá en especial hoy día, es recordarle a la gente esas conexiones innumerables e infinitas (y también misteriosas) que ligan el presente y el pasado.”. Como afirma José Enrique Ruiz-Domènec en El reto del historiador, “La respuesta al reto del siglo XXI debe ser una historia basada en una educación responsable, lejos del positivismo ciego, de la tentación dogmática… El historiador debe conseguir una escritura que reúna rigor y capacidad comunicativa, que se haga entender, si puede”.

Egaña incurre en los problemas más comunes del pensamiento pseudocientífico, una vez más, según Shermer. En primer lugar, la teoría influye en la observación, por ello rechaza pruebas reveladoras y únicamente se queda con las que le interesan, precisamente las menos concluyentes. En segundo lugar, se centra en anécdotas sin contextualizar en el pasado, presente y futuro los acontecimientos que describe, esto es, analizando los antecedentes, el desarrollo de los acontecimientos y las consecuencias de los mismos, interrelacionando y trabando factores diversos. En tercer lugar, que una afirmación sea rotunda no quiere decir que sea cierta; es probable que algo sea pseudocientífico si se hacen afirmaciones tajantes de su poder y veracidad, pero las pruebas que las apoyan son escasas. En cuarto lugar, herejía no es sinónimo de verdad: quien desee hacer ciencia, debe aprender a jugar el juego de la ciencia, lo cual supone, primero, conocer a los científicos de su propio campo de estudio, y segundo, intercambiar datos e ideas con compañeros y presentar resultados en conferencias, publicaciones especializadas y libros, para que puedan ser contrastados. En quinto y último lugar, rumor no equivale a realidad, aunque puede dar lugar a cuentos muy bonitos.

Es cierto que los historiadores tenemos mucha culpa de lo que está ocurriendo, pues no dejamos oír nuestra voz y permitimos el intrusismo de algunos miembros de otros campos del conocimiento científico -Derecho, Ciencias de la Comunicación…- que tienden, desgraciadamente, a comportarse como pseudohistoriadores. Echando mano de la archiconocida expresión de J.A. Artze para el euskera, deberíamos decir que Euskal Herriko historia ez da galduko, sasihistorialariek historia idazten dutelako, historialari profesionalek defendatzen ez dutelako baizik (es decir: “la historia de Euskal Herria no se pierde porque la escriban los pseudohistoriadores, sino porque los historiadores profesionales no la defienden”). Somos conscientes de que a más de uno no le satisfará, pero la historia no puede dejarse llevar por ideologías políticas ni maniqueísmos. La historia debe ser neutra y tratar de desentrañar los factores y realidades que están detrás de los acontecimientos, no debe hacer juicios de valor, pues entonces deja de ser historia para convertirse en ideología y pseudociencia.

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Apuntes para una Historia del Machismo. La Edad Media vista por la Norteamérica del senador McCarthy. Extractos del “Príncipe Valiente” de Harold Foster (1949-1959)
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Carlos Rilova | 21-08-2012 | 22:00| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Se llenarían páginas y más páginas con las aventuras del Príncipe Valiente. A algunos de los que lean estas líneas, les sonará, lo habrán leído, tal vez hayan visto alguna de las películas que se han hecho sobre él. Hay muchas facilidades, por así decir, para haber trabado conocimiento con el personaje creado por Harold Foster con el fin de publicar sus aventuras por entregas en distintos periódicos a partir de 1931. Aproximadamente cuando otro personaje, casi tan mítico como sir Valiente, el magnate de la prensa William Randolph Hearst, que inspiraría en su día el “Ciudadano Kane” de Orson Welles, ofreció a Foster la posibilidad de publicar su cómic en los diarios que él controlaba, que, como ya sabemos, no eran pocos.

Nace así el Príncipe Valiente, que, en principio, parece ser, se iba a llamar Derek, hijo de Thane. En plena Gran Depresión y de mano del rey del papel periódico.

Sin embargo, ese serial que en España ha sido publicado por distintas editoriales hasta hoy día, incluida la donostiarra Burulan, Ediciones B. O. -en blanco y negro-, o Ediciones B, podría haber sido hecho, tanto por estética como por guión, a finales del siglo XIX.

En efecto, Foster, además de un gusto enfermizo por el anacronismo histórico, adopta en sus viñetas una estética propia de la sociedad victoriana. En otras palabras: sus dibujos hubieran gustado sobremanera en la Europa, o la América, de 1880 o 1890.

Es triste decir que sus ideas, probablemente, también hubieran parecido razonables en esa época.

Quizás algún severo medievalista de los que entonces empezaban a descollar o formaron a grandes de esa especialidad como Runciman, hubiera gruñido ante las coloridas páginas de Foster y su escaso contacto con la verdadera realidad de los comienzos de la Alta Edad Media en los que, se supone, transcurre la acción de esas aventuras. Sin embargo, es casi seguro que muchos de esos caballeros victorianos en cuyas manos hubieran caído esos volúmenes habrían asentido con agrado ante situaciones e imágenes plasmadas en sus páginas.

Por ejemplo sobre el modo en el que el Príncipe Valiente -también conocido, simplemente, como Val- trataba a su mujer, Aleta, la reina de las Islas Misty. Una complicada historia esa que empieza en las páginas del serial publicadas entre 1944 y 1945.

En ellas el príncipe se vuelve loco de dolor -en tonos homéricos, a medio camino entre otro Aquiles trastornado por la muerte de Patróclo y Ulises- al ver la muerte de sus compañeros de viaje, tomados por piratas, en esas Islas Misty.

A partir de ese momento Val toma prisionera a la bella Aleta y la lleva, literalmente, encadenada y a rastras por lo que hoy es Palestina y buena parte del Norte de África, tratándola como una esclava.

Aleta, en esos momentos empieza a dar muestras de ser lo que, al parecer, algunas feministas del Women´s Lib de los años sesenta llamaban una “tía Dora”. Es decir, mujeres con el síndrome de Estocolmo doméstico. Contentas de su posición subordinada porque esa falta de libertad se veía compensada por la protectora mano del macho proveedor y por un cierto ascendiente sobre los hijos de la pareja y las mujeres solteras.

Así, el primer impulso de Aleta no es el de tomar represalias contra el príncipe por esos malos tratos, sino declararse enamorada de él hasta lo más hondo de su ser.

A partir de ahí Val y Aleta se ven envueltos en las más rocambolescas aventuras por medio mundo. Se casan, tienen hijos y son felices, pero también tienen algunos desencuentros domésticos que se resuelven de un modo muy llamativo pero que nos puede servir para trazar algunas líneas -aunque sean pocas- de lo que podríamos llamar “Historia del Machismo”.

Consideremos, por ejemplo, la página publicada a comienzos de febrero de año 1949. Val y su mujer se encuentran en esa ocasión en Camelot -se supone que Val es caballero de la Tabla Redonda- descansando de sus últimas aventuras.

Aprovechando esa feliz circunstancia, el rey Arturo manda a Val a una misión y Aleta se lo reprocha con estas palabras: “¿Por qué no le dices que envíe a otro? ¡No quiero quedarme sola!.”  A Val  no le gusta mucho esa objeción de su mujer y calla a Aleta con una dura mirada, a la que añade, agarrándola con énfasis, que no debe interponerse entre él y su deber de caballero de la Tabla Redonda.

Ante ese golpe de autoridad Aleta se queda, según nos dice Foster en el texto explicativo de la escena, “un poco asustada”, pero finalmente decide hacer el equipaje de su marido tal y como éste se lo ha ordenado. El texto que acompaña a la imagen resulta, una vez más, de lo más revelador. Aleta, nos dice Foster, “Carga las alforjas con sus propias manos”. Y su estado de ánimo al hacer esa tarea es descrito en unos términos de lo más floridos y también de lo más reveladores: “¡es tan delicioso ser obediente!”. A lo que el dibujante y guionista añade que no ha amado tanto a Val desde aquella vez en la que la echó a un estanque…

No es esa la única escena de la serie en la que Aleta se somete, bajo la amenaza de la fuerza masculina de su rudo esposo, a estas pequeñas exigencias de trabajo doméstico.

En efecto, las viñetas publicadas en noviembre de 1959 alcanzaron un mayor grado de obscenidad a ese respecto.

En esta ocasión la pareja vuelve a encontrarse alojada en Camelot y vuelven a producirse una serie de desencuentros motivados por nuevas misiones caballerescas encargadas por el rey Arturo.

Esta vez es el propio Val el que prepara sus alforjas, ya que previamente ha discutido con su mujer. La situación, sin embargo, hace crisis cuando Aleta, no contenta con no querer disfrutar, otra vez, las supuestas delicias de ser obediente haciendo gustosa el equipaje de su marido, le reprocha que esté aceptando constantemente misiones que lo alejan de ella. Cuando una airada Aleta advierte a su marido que va a ir a ver al rey para pedirle que le anule esa nueva misión, Val tratará de detenerla agarrándola por un brazo. Gesto al que la reina de las Islas Misty responderá con un bofetón, al tiempo que recuerda a Val que una reina siempre está por encima de un príncipe. Val responderá llevándosela hasta el interior de sus aposentos. Allí la besa cálidamente en la boca para después… echarla sobre sus rodillas y darle una tanda de golpes en su real trasero al tiempo que le dice “recuerda que no eres una reina, sino la esposa consentida de un trabajador caballero”.

A eso, una vez que ha concluido el correctivo, Aleta no dice nada pues, como señala Foster en el texto explicativo, no tiene ante ella la cara de su desatinado y alto marido “al que podría manejar fácilmente” sino el “severo rostro de un caballero que tiene un trabajo por hacer”.

La siguiente viñeta muestra a Val en camino a lomos de su caballo ya completamente armado para la ocasión y un tanto arrepentido, deseoso, dice Foster, de volver, hincarse de rodillas y suplicar perdón por la paliza.

Ese ataque de arrepentimiento que, por desgracia, suele ser tan habitual en los maltratadores como hoy sabemos, sin embargo no llega a escenificarse. Por dos razones a cada cual más difícil de digerir por una sociedad tan sensibilizada como la nuestra con cuestiones como éstas y en la que -todo hay que decirlo- se ha aprendido con sangre derramada a no tolerar ni alentar comportamientos como esos.

Por un lado Val debe cumplir su misión, y eso es lo primero. Por otro, y eso es lo más llamativo de esta historieta que tanto nos dice sobre lo que pensaba la sociedad norteamericana  -y el resto de las llamadas “occidentales”- a ese respecto, Aleta no quiere saber nada de excusas.

Así es, en la última viñeta de esa plancha una meditabunda reina de las Islas Misty, recostada lánguidamente sobre el alfeizar de una de las ventanas de aquel Camelot de ensueño que solía dibujar Foster, piensa en lo ocurrido y la única conclusión a la que llega su linda cabecita rubia es echar de menos al esposo maltratador al que dedica estos pensamientos que, sin más explicaciones, ya nos lo dicen todo no sobre esa Edad Media tan fantástica imaginada por Harold Foster, sino sobre este pequeño episodio de la Historia del Machismo en la Norteamérica del senador McCarthy: “¡Oh, tú magnífica bestia! (se refiere al Príncipe Valiente) ¡Limítate a volver a mí sano y salvo y dejaré que me zurres todo lo que quieras!”…

¿Qué más se puede añadir a todo eso desde el punto de vista del historiador que, al fin y al cabo, es lo que se pretende en esta página?.

Para empezar que la Norteamérica que lideraba en esos momentos al llamado mundo occidental era un lugar un tanto lúgubre. Incluso a pesar de que el símbolo más visible de ese asfixiante ambiente de opresión social y cultural, el senador Joseph Mc Carthy, llevaba muerto -a causa de una cirrosis provocada por su alcoholismo- un par de años.

Eso, sin embargo, como podemos comprobar a través de las viñetas de Harold Foster, que formaban a miles de jóvenes en todo el Mundo, no impidió que ese tipo de ideas que hoy rechinan tanto en nuestro imaginario colectivo, siguiesen en vigor durante casi diez años más, hasta la explosión social y cultural de finales de la década de los sesenta que pone en solfa los pilares de aquella América.

Empezando por cuestionar a fieles discípulos de Joe McCarthy como Richard Nixon y acabando por crear un cómic abismalmente diferente al “Príncipe Valiente”. Como, por ejemplo, el que reflejan las viñetas de Stan Lee, ocupadas por superhéroes que viven al margen del Sistema, enfrentados a ese “Establishment” arcaico y brutal en muchos aspectos, representado -en el caso de las historietas de Lee- por el director del periódico “Daily Bugle”. Un periodista veterano que tiene mucho del Hearst que dio el espaldarazo a los cómics de Harold Foster y los difundió por medio mundo.

Para finalizar el historiador también debe recordar que aquella época tan lúgubre, caracterizada por algo más que una benevolente tolerancia hacia comportamientos como los que reflejan las viñetas de Foster, no necesitaba siquiera de estímulos como esos. En la misma Unión Soviética contra la que lucha obsesivamente el senador McCarthy, libre -al menos teóricamente- de toda perniciosa influencia “capitalista” como podían ser los decadentes cómics de Harold Foster, el maltrato a las mujeres -muchas veces relacionado con altas tasas de alcoholismo en aquella sociedad ciertamente aún más lúgubre que la Norteamérica de los años 50- estará también a la orden del día. Como lo recogían en “La calle del proletario rojo”, aunque fuera de soslayo, dos comunistas franceses, Nina y Jean Kéhayan, que harán una desmoralizante visita al supuesto paraíso soviético a finales de los sesenta.

Un detalle que, sin  embargo, no debería desmerecer el relevante papel que una serie como la de Harold Foster -de hecho publicada hasta 1971- debería tener en una futura Historia del Machismo gracias a episodios tan bizarros -en el mal sentido de esa palabra- como los dos que se recogen hoy aquí.

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Piratas, abordajes y capitanes de mar y guerra. El secreto mejor guardado de la Casa de Alba. Vida de Pedro Fitz-James Stuart (1720-1790)
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Carlos Rilova | 07-01-2013 | 07:03| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Últimamente, cada verano, San Sebastián recibe una visita ilustre durante unos días que revive, de alguna manera, aquella “Belle Époque” en la que toda la corte de Madrid se trasladaba hasta las orillas de La Concha, y de la que ya hablamos en esta página.

Se trata de Cayetana de Alba, duquesa de ese mismo nombre, que mantiene el palacio de la familia en la ciudad y hace uso de él, continuando la tradición iniciada a mediados del siglo XIX, cuando la controvertida Isabel II puso de moda los “baños de mar” y decidió que el reino se gobernase, durante los veranos, desde las orillas del Cantábrico, con el consiguiente traslado de toda su corte hasta allí.

Sobre la duquesa de Alba sabemos muchas cosas. Como dijo una bella modelo años ha en un lapsus de lo más recordado, suele estar casi siempre “en el candelabro”.

Lo que seguramente ya es más difícil que sepamos son otras cosas sobre la familia de la que proviene esta aristócrata y cómo llegaron a ganarse esa confianza que los llevó a convertirse en parte imprescindible de esa corte que se trasladaba con el rey -o la regente- de Madrid a San Sebastián cada verano. Son asuntos que parecen un secreto, a pesar de no serlo, más que nada porque se han pasado por alto frente a otras cuestiones relacionadas con los Alba….

Ese sería el caso de la vida del capitán de navío Pedro Fitz-James Stuart. Para empezar hay que decir que de los Fitz-James Stuart nada se sabía por aquí hasta comienzos del siglo XVIII, cuando el testamento de Carlos II cedió el trono español a la casa Borbón. De los duques de Alba, con los que los Fitz-James Stuart acabarán emparentando, sí se sabía. Por supuesto.

Desde el siglo XVI, por lo menos, eran una parte, una vez más imprescindible, de la maquinaría que gobernaba una monarquía que abarcaba dos hemisferios y que, como todas las grandes potencias, estaba obligada a sostener muchas guerras para seguir siendo eso, una gran potencia. Uno de los Alba, el llamado gran duque de Alba, al que Tiziano pintó un retrato en el que aparece revestido de armadura y con una impresionante barba bífida, se ha convertido, por ejemplo, en un tópico famoso, un verdadero ogro para los niños de la actual Holanda, donde todavía se les dice que vendrá el duque de Alba si no se portan bien…

En el polo opuesto estaría Pedro Fitz-James Stuart y Colón de Portugal, de Boiurk y Ayala, nacido en Madrid el 6 de noviembre de 1720.

La vida de este hombre, tan poco conocida, eclipsada por antepasados con retratos pintados por Tiziano, fue, sin embargo, de la clase de las que han inspirado a los autores de eso que llaman “novelas navales”. Fundamentalmente británicos como C. S. Forester, el padre literario del famoso Horatio Hornblower, Alexander Kent, o el más conocido de todos: el también famoso Patrick O´Brian, que ha batido records de ventas con su serie del capitán de la Marina de Su Graciosa Majestad, Jack Aubrey, al que muchos pondrán la cara de Russell Crowe, que lo interpretó en la versión cinematográfica de alguna de esas novelas rodada por Peter Weir a comienzos de este siglo XXI.

Así es, Pedro Fitz-James era uno de esos marinos reales pero con una vida que podría haber sido de leyenda o, por lo menos, de novela, y en la biblioteca Koldo Mitxelena de la Diputación guipuzcoana hay un documento que lo corrobora. Se trata de un pequeño libro de edición muy cuidadosa -más aún para una época tan descuidada en estas y otras cosas como la de la España de los años 50- digna, de hecho, de la Editorial Siruela, fundada por otro Alba, y dedicada desde hace más de dos décadas a la edición de alta calidad.

Es una copia de lo que los editores del texto -el Museo Naval de Madrid- llaman “la Relación del Capitán de Navío don Pedro Stuart, comandante del Dragón”, fechada en el año 1751. Lo primero que hace ese pequeño libro editado en 1952, es contarnos la vida del capitán Fitz-James Stuart. El encargado de hacerlo es otro capitán de mar y guerra como él, Julio F. Guillen. Él nos dice que Pedro Fitz-James era el hijo segundogénito de James -Jacobo-, duque de Liria, Xerica y Berwick, y Catalina Nuño, hermana de don Pedro Nuño, Almirante mayor de las Indias, duque de Veraguas (sic), títulos que ella hereda en 1733 cuando él muere. También tenían título de marquesado de San Leonardo, que don Pedro Fitz -James Stuart usará desde 1764. Todo eso, en definitiva, hacía del capitán descendiente de, nada menos, que Cristóbal Colón.

La carrera de Pedro Fitz-James empezó cuando Felipe V, al que su padre, el duque de Berwick, había servido tan bien durante la Guerra de Sucesión -aunque después, en 1719, se enfrentase a él, asediando y capturando Hondarribia-, le concede un despacho de capitán de Caballería. Una comisión que no le aprovechará mucho prefiriendo hacer honor a sus ancestros enrolándose en el servicio naval el 9 de mayo de 1736 como guardiamarina en Cádiz.

Embarca por primera vez en 29 de agosto de 1737, en un jabeque. Un tipo de embarcación habitual en la lucha de corso contra los corsarios -o piratas, dependiendo del punto de vista- berberiscos. A bordo de él aprenderá su oficio de marino de guerra protegiendo a los convoyes que abastecen las plazas fuertes españolas en África del Norte.

Después de eso pasará a formar parte de la dotación del Astuto, un navío de 70 cañones. En él dará escolta desde Canarias a los convoyes de América. En agosto de 1740 lo ascenderán a capitán de fragata. Con ese mando tomará parte en el asedio de Cartagena de Indias en 1741, donde Blas de Lezo detendrá el asalto de un más que considerable ejército británico enviado, bajo mando del almirante Vernon, a hacerse con el control de esa plaza, considerada como la llave de la América española. En 1745, mientras otro Stuart, Carlos -el llamado “bello príncipe Charlie”-, intenta recuperar para esta casa el trono británico con la inestimable ayuda de España y Francia, sublevando, por última vez, a sus partidarios escoceses, Pedro Fitz-James Stuart, su primo más o menos lejano, obtendrá el rango de capitán de navío en la fragata Aurora, de 28 cañones. Con ella navegará por el Mediterráneo.

En 1750, finalmente, el capitán Fitz-James Stuart obtendrá el mando del Dragón, de 60 cañones, y el América, de igual porte, que capitanea Luis de Córdoba.

La misión de esa pequeña escuadra de dos navíos bajo su mando será limpiar de berberiscos el Mare Nostrum. Llevándola a cabo tendrá varios encuentros con esos corsarios -o piratas, dependiendo del punto de vista- al servicio de la regencia de Argel que, al menos teóricamente, obedece a ese Imperio Turco, de cuyo fin hablaba la semana pasada en esta misma página. Sin embargo, sólo alcanzará categoría de memorable el choque que sostiene contra el Danzik y el Castillo Nuevo. Respectivamente de 60 y 50 cañones.

Ese combate naval dio, en efecto, origen a un poema y se quisieron hacer medallas conmemorativas por parte de la Real Academia de la Historia española, ya fundada en aquel entonces. ¿Era para tanto?. Veamos.

La relación impresa del combate con esos dos navíos berberiscos que acabó publicándose y se reprodujo doscientos años después, en 1952, es de corte militar, claro está, por lo tanto bastante escueta y seca. Aún así nos puede contar muchas cosas.

Dice, por ejemplo, que el 28 de noviembre de 1751, al amanecer, al O.S.O del Cabo de San Vicente, a 52 leguas por Barlovento, los serviolas del Dragón y el América  avistan a dos leguas de ellos dos navíos grandes, a los que darán alcance por la popa. En ese momento los navíos desconocidos harán lo único que se podía hacer para identificarse antes de la Era de las Telecomunicaciones. Es decir, largar bandera en la popa del navío. En ese caso la elegida fue la holandesa. Los españoles responden con la británica -en el caso de Fitz-James una elección totalmente justificada, por otra parte-. Por supuesto aquel truco de las falsas banderas sólo podía engañar a marinos muy novatos. Justo lo que no era el capitán Fitz-James Stuart, que ordena a sus hombres que sigan a los dos barcos desconocidos, tratando de alcanzarlos por Barlovento para poder saber quiénes son de verdad.

Los corsarios berberiscos no darán tiempo a esa maniobra que los iba a descubrir. Cuando el Dragón se les acerca por la aleta de Babor, largan bandera argelina y confirman que ese era su verdadero origen disparando el cañonazo de aviso habitual en esos casos. El Dragón, tras un rato, izó la bandera española y rodeará a los berberiscos seguido por el América. En ese momento, según dice la “Relación”  descubren que se van a enfrentar a los dos mayores navíos de la Regencia de Argel: el  Danzik de 60 cañones y el que ese documento llamaba Navío Nuevo, de 54.

Las primeras órdenes de combate del capitán Fitz-James Stuart serán tratar de separar a los dos enemigos. Ese objetivo fundamental se conseguirá a las 11 de esa mañana de finales de noviembre de 1751. Tras dos andanadas pondrán en fuga al Navío Nuevo. Desde ese momento el Dragón, bajo el mando directo de Pedro Fitz-James, persigue al Danzik a toda vela. Lo cañoneará toda la tarde, pero no puede ponerse a su altura hasta las cinco y media. A partir de esa hora los dos navíos se enfrentarán costado contra costado, muy cerca. A tiro de fusil, como dice la “Relación”. Se inicia así un combate que dura hasta las dos y media de la madrugada.

En esos momentos el Danzik estaba muy tocado, sin mastelero de gavia y cortada su driza mayor. El Dragón, por su parte, se retirará a recomponer sus velas, todas hechas pedazos por el fuego enemigo “que fué horroroso”, según dice la “Relación”, siendo relevado por el América.

Hasta las ocho y media de la mañana del 29 de noviembre no está en condiciones de volver a combatir y eso sólo tras envergar una gavia nueva, que le habían hecho añicos en el primer encuentro.

En ese momento el América, que también ha sufrido daños considerables en ese combate nocturno, tendrá que ser relevado entonces, a su vez, por el Dragón. El navío del capitán Fitz-James Stuart combatirá con el berberisco hasta las dos y media de la tarde, hasta que la mar, movida con viento N.O., los separa. Sin embargo, el Danzik ha quedado muy castigado tras ese segundo encuentro con el Dragón. La “Relación” dice que había perdido el palo de Mesana, estaba “con la Popa hecha mil pedazos”, sin posibilidad de maniobra y con las velas cribadas de cañonazos españoles. El Dragón, además, le había colocado ocho balazos a la lumbre del agua. Es decir, en la línea de flotación. Una situación muy peligrosa, que podía enviar a pique al navío, y llevó a Mahomet Chirif, arráez del Danzik, a tratar de arriar la bandera en señal de rendición. Según dice la “Relación” no llegará a hacerlo porque los turcos de la Tayfa a bordo del Danzik mandan volver a levantar bandera amenazando, además, con matar al arráez .

Un esfuerzo inútil porque a las cuatro y media del 1 de diciembre el Danzik tendrá finalmente que arriar tras soportar descargas continuadas por parte de los españoles. En ese momento arbolará bandera blanca al ver que se iba a pique según cuentan los cautivos cristianos a bordo de esa nave berberisca después de la rendición al teniente de fragata Domingo Martineli.

Los carpinteros y calafates del Dragón dirán que, en efecto, no hay manera de mantener a flote al Danzik, que tenía el casco pasado y repasado a balazos. Muchos en la lumbre del agua. No habrá pues botín. Sólo algo de pendolaje -frioleras dice la “Relación”- que cogen los que ayudan a transbordar a moros y cautivos al Dragón y al  América. Se decidirá, en efecto, dar fuego a los restos del Danzik, que arde entre las 9 de la noche y las 2 de la mañana del día 4 de diciembre, que será cuando la pequeña escuadra del capitán  Fitz-James ponga proa a Cádiz.

Dice la “Relación” que así acaba la Capitana de Argel. Ese documento que, al fin y al cabo, es también propaganda de guerra española, censurará la barbarie con la que luchan los berberiscos, negándose a rendirse al segundo día de combate, de acuerdo a los civilizados usos de los europeos del siglo XVIII. También censurará ese documento el suicidio de algunos berberiscos, arrojándose al mar con todas sus armas, al ver que el Danzik se rendía. Tras eso la “Relación” ya sólo tenía espacio para las estadísticas de aquella formidable batalla naval: durante los cuatro ataques se habían disparado 4.444 cañonazos y 4.600 fusilazos. Se mató a 190 turcos, cayendo prisioneros 323 más 6 renegados -cristianos pasados al Islam- y se liberará a 50 cautivos, esclavizando en cambio a 69 argelinos.

Gracias a esa victoria Pedro Fitz-James Stuart ascenderá a Jefe de Escuadra, quedando al mando de una de tres navíos y dos fragatas. Con ella hace la ruta de El Ferrol al Canal de la Mancha, pasando por los arsenales de Plymouth, Brest y Rochefort. Dará también escolta al embajador de España en Lisboa.

Luego vuelve al Mediterráneo. Cuando Carlos III pasa del trono de Nápoles al de España, su insignia se arbola en el Galicia, de 70 cañones. No habrá muchos incidentes en esa última misión del capitán Fitz-James. Aquel viaje, que iba a inaugurar uno de los reinados más brillantes de España, sólo causó algunos mareos a la reina y a varios tripulantes por la muy mala mar que se tuvo que afrontar…

Después de eso el capitán Fitz-James Stuart no hará más servicio de mar. Pasará a la corte y acabará su servicio en ella en 1789 con cargo de Capitán General de la Armada. Morirá en 1790, retirado en el monasterio de Nuestra Señora de Sopetran.

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¿Qué está pasando y qué puede pasar en Siria?. Algunas claves sencillas para comprenderlo. De Corto Maltés al capitán Conan (1914-1920)
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Carlos Rilova | 03-04-2013 | 10:28| 8

Por Carlos Rilova Jericó

La semana pasada decía por aquí que quería hablar en esta página de Siria, pero que no lo hacía dada la aparente gravedad de la nueva crisis veraniega del euro.

No es que las cosas hayan cambiado mucho de una semana para otra en ese aspecto, pero mientras la equivocada política de la Alemania de la canciller Merkel afronta las consecuencias de sus errores y el ciclo histórico empieza a cambiar a partir de ahí, no queda ninguna razón razonable -valga la redundancia- para posponer una semana más el tratar sobre los cimientos históricos de la situación, terrible situación, que se esta viviendo en ese lugar tan delicado del mapa llamado Siria, ya claramente sumido en una guerra civil abierta de consecuencias difíciles de adivinar. Por más que los informativos sigan dejando ese asunto casi para el final del tiempo del que disponen.

Algo que, seguramente, no impedirá a muchas mentes curiosas e inquisitivas preguntarse por las razones de ese conflicto. O sencillamente por qué motivos debemos ver, en los periódicos y en las televisiones, escenas angustiosas, desagradables, deprimentes… como siempre lo son las escenas de retaguardia de una guerra, donde no hay, ni siquiera, espacio para el heroísmo, para la muerte honorable en nombre de una buena causa y todas esas altas razones con las que  justifican -siempre- cualquier guerra.

Sí, seguramente muchos espectadores y lectores se preguntarán por qué está ocurriendo esto, cómo es posible que tengamos que revivir, otra vez, de manera cotidiana, escenas que recuerdan a, por ejemplo, la guerra de los Balcanes de hace veinte años…

Sin duda hay muchas respuestas a preguntas como esas. Las del historiador parten de la base de que cosas así son, por supuesto, fruto del pasado que, como un lastre de plomo, pesa sobre ciertas regiones del Mundo situadas en unas coordenadas geográficas como mínimo conflictivas.

Ese es el caso de Siria. Desde los tiempos bíblicos -como lo prueba la ciudad de Alepo en la que ahora se libra lo peor de esa guerra civil entre El Asad y el llamado “Ejército Libre Sirio”-, el territorio que ha asumido forma de nación bajo ese nombre ha  estado situado en un estratégico lugar de paso a medio camino entre Asia y Europa, lo cual lo ha hecho susceptible de toda clase de problemas. Entre otros el haber sido puesto bajo control de un régimen dictatorial: el de la familia El Asad. Uno de esos que, como ya se sabe -o se debería saber- son la mejor opción para muchos estrategas imperiales, puesto que impiden que la opinión pública de esos países plantee exigencias o preguntas molestas y también molestos cambios de gobierno que puedan considerar enemigo al aliado de ayer y viceversa…

Hasta 1920 ese problema no existía o existía apenas. Siria, y mucho más territorio de la zona, estaba en manos del llamado Imperio Otomano fundado en el año 1280 de nuestra era. Una vasta extensión de terreno que iba desde el Turkmenistán del que eran originarios los Osmán -los amos y señores de ese imperio durante 640 años- hasta las puertas de Europa, en Grecia y los Balcanes. El punto en el que se les detuvo definitivamente y se erigió una frontera en la que el imperio de los Habsburgo -fundado en 1273- y los demás príncipes cristianos lo combatieron por mar -recordemos Lepanto- y por tierra. En varias ocasiones -en 1529 y en 1683- a las mismas puertas de Viena, ante las que se convocó a españoles, franceses, italianos, alemanes… para que defendieran el corazón del imperio ante la media luna de los Osmanlíes…

Todo eso acabó con la derrota de los llamados Imperios Centrales -Austria-Hungría y el segundo Reich alemán- en el año 1918, al acabar la Primera Guerra Mundial. En esas fechas el Imperio Otomano era ya una triste sombra de lo que había sido en su momento más alto, a mediados del siglo XV, cuando nada detenía a sus guerreros ante las puertas de Constantinopla o les impedía llegar hasta Marruecos por el Norte de África. Poco a poco se había ido desgastando, perdiendo Egipto -ya en época de Napoleón-, los Balcanes y Grecia poco más adelante y así sucesivamente, hasta quedar reducida a un pequeño reducto de tierra europea -Constantinopla- y poco más que sus tierras ancestrales de Asia Menor.

A partir de ahí el imperio de los Osmanlíes siguió el destino de todos los vencidos: quedar a merced de los vencedores -principalmente Gran Bretaña y Francia- de aquella guerra que iba a acabar con todas las guerras.

En 1920, por el llamado Tratado de Sèvres, el moribundo Imperio Otomano al que no le había quedado más salida que aliarse con sus antiguos enemigos austriacos y con una Alemania que la ayudará a modernizar su economía, sus comunicaciones y, sobre todo, su ejército -a cambio de ser una cuña de Berlín contra el flanco sur de Rusia- será dividido en distintos protectorados y verá a etnias hostiles a su dominación durante siglos -caso de los armenios a los que trata de exterminar a finales del siglo XIX en un genocidio de proporciones escandalosas- sublevadas en su contra y corroyendo lo poco que queda del Imperio Otomano en multitud de pequeñas guerras.

Siria se convertirá en zona bajo control francés. Desde ese momento hasta hoy esa relativamente pequeña franja de tierra ha sido un problema que ha habido que sofocar, entre otras opciones, favoreciendo -o no pudiendo evitar- la imposición sobre ella de un régimen dictatorial que ha mantenido las cosas al gusto de alguno imperios redivivos. Como el ruso o el persa -es decir, el actual Irán-… que parecían estar muy a gusto con la situación que existía en Siria hasta el estallido de la llamada primavera árabe en el año 2011, que, como ya sabemos, es la que ha provocado la actual guerra civil en Siria.

Para acabar les diré que, aparte de los habituales -y cada vez más abundantes- recursos electrónicos, hay unos cuantos productos de eso que llaman ahora “industria cultural” que, quizás, les ayuden a visualizar un poco mejor ese proceso que empezó en 1920 y aún se está desarrollando antes nosotros con esa guerra civil.

Se trata de un par de películas y un par de cómics. La primera de las películas es “Gallipoli”. Una producción australiana del año 1981 dirigida por Peter Weir en la que se ve el comienzo de la operación de definitivo acoso y derribo contra el imperio turco a manos de los británicos durante la Primera Guerra Mundial. La otra película que puede ayudar, más aún que “Gallipoli”, a entender la clase de polvorín en el que se convierten los Balcanes y lo que hay detrás de ellos a partir de 1918, es otra película -ésta francesa-, “Capitán Conan”. En ella se narran parte de los turbulentos últimos compases de la Primera Guerra Mundial en esa zona y cómo el ejército francés no es desmovilizado a partir de la Paz de Versalles de 1919. Con el fin evidente, aunque sólo insinuado en este film de Bertrand Tavernier, de intervenir en guerras locales para controlar territorio de los imperios en descomposición tras la guerra, como el ruso, el otomano, etc…

 

Sin embargo, tal vez lo que mejor puede ayudar a ilustrarse sobre la clase de complicaciones de las que surgió la Siria actual, es la lectura de algunos episodios de todo un clásico del llamado “noveno arte”, el cómic: el inefable Corto Maltés, el personaje más popular del escritor y dibujante italiano Hugo Pratt.

El título de los dos episodios de esas aventuras es, respectivamente, “En el nombre de Alá misericordioso y compasivo” y “La casa dorada de Samarkanda”. El primero de los dos se desarrolla un tanto lejos de lo que llegará a ser Siria, en tierras de la Península Arábiga, cerca de Yemén, pero en él Corto Maltés se involucra, de lleno, en la lucha entre británicos y turcos durante la Primera Guerra Mundial por el control de ese Oriente Medio en el que se suele incluir a Siria.

En “La casa dorada de Samarkanda” Pratt, como tenía por costumbre, nos ilustra a través de esa nueva andanza de Corto Maltés sobre el fin del Imperio turco a partir de 1920 y quiénes y por qué y para qué lo desmembran en pequeños trozos.

Como esa problemática Siria que, aunque acabe con El Asad, muy probablemente no verá el fin de sus problemas al ser un lugar demasiado importante como para dejarlo en manos de una opinión pública que podría mover las fichas del tablero en una dirección que, a algunos grandes imperios de hoy día -el ruso, el persa…-, podría no gustarles lo más mínimo.

Un panorama que, por duro que nos parezca, tiene muchas posibilidades de convertirse en el próximo futuro de esa zona tan conflictiva desde hace tantos años por una razón, en apariencia tan absurda, como la desaparición de un antiguo imperio tras el fin de algo que llamamos “Primera Guerra Mundial”…

 

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Alemania, la crisis del euro y algunas porciones de Historia. El proyecto de la Unión Monetaria Latina (1865-1927)
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Carlos Rilova | 06-08-2012 | 09:21| 0

Por  Carlos Rilova Jericó

Hoy pensaba hablar en esta página de Siria, de las raíces históricas de todo lo que está ocurriendo allí, pero, a decir verdad, me resulta difícil atenerme a ese plan.

La razón principal para, en cambio, hablar de Alemania y la crisis del euro y algunas porciones de Historia, etc… es porque me he fijado en las noticias de esta semana pasada y todas ellas -por lamentable que nos pueda parecer- daban un segundo puesto a la matanza que ahora mismo se perpetra en Siria. Siempre muy por detrás de las complicaciones económicas que -se dice pronto- llevamos arrastrando desde hace ya unos cuantos años por aquí, en Europa, sin que se tomen nunca las medidas que todo el mundo sabe que hay que tomar, pero que siempre abortan en el último momento por una razón que parece cada vez cada vez más evidente: sencillamente porque la canciller de uno de los estados miembros de la Unión Europea quiere que esto sea así.

En efecto, la última gran jugada de esa ruleta rusa en la que se ha convertido la supervivencia de la Unión Monetaria europea, se ha visto con mucha claridad en esta última semana de lunes a viernes: primero Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, dijo que haría todo lo necesario para salvar al euro y hacer de él algo irreversible. Los mercados se ilusionaron, las bolsas subieron, la prima de riesgo bajó y durante unos días fuimos felices.

Después, a pocos días -un par, no más- de que el señor Draghi anunciase las medidas que se iban a tomar para detener los ataques especulativos contra la tercera y cuarta economía de la Unión Monetaria -es decir, Italia y España-, la canciller alemana dijo que el BCE no estaba para comprar deuda de países en apuros, que era justo lo que esperaban oír los mercados -al parecer ya satisfechos con la cota de ganancia lograda merced a una especulación incontrolada durante cerca de un año- junto con los principales interesados en que esto acabe: Italia y España y también grandes potencias mundiales como China o Estados Unidos, que llevan meses temiendo el deterioro de la Unión Monetaria a causa de esa obcecación alemana con el tema de una deuda cada vez más difícil de pagar debido, precisamente, a ese juego especulativo que la señora Merkel se ha negado -sistemáticamente- a detener, vetando, desde hace ya más de un año (revisen, por favor, los periódicos del verano pasado), toda intervención eficaz del BCE…

De todo esto se deduce que la Alemania de la canciller Merkel no debe estar muy a gusto con el euro… O debe querer imponer una serie de condiciones sencillamente incompatibles tanto con la letra como con el espíritu de ese acuerdo de unión monetaria…

Una situación que, como bien sabemos, se está tornando cada vez más difícil de soportar y amenaza con provocar un estallido económico de proporciones incalculables… ¿Podemos encontrar algún consuelo, algún conocimiento útil en los libros de Historia para hacer frente a un momento tan crítico?. Normalmente se supone que la Historia, como ciencia, no debe usarse como “maestra de vida”, como experiencia de la que aprender, pero, estando como están las cosas, resulta casi imposible no echar con ese fin -aunque sea con disimulo- un vistazo a cierta porción de nuestra Historia no muy conocida aunque últimamente se han prodigado algunos artículos sobre ella, en ABC, “La aventura de la historia” y otras publicaciones: la Unión Monetaria Latina que realmente existió entre 1865 y 1927.

¿En qué consistía ese curioso proyecto?. Veamos, fundamentalmente -no lo idealicemos- parece haber sido, en gran medida, producto de la frustración francesa por el hundimiento de su breve primer imperio en el año 1815 del que ya hablé aquí el 18 de junio pasado. Pocas décadas después de esa debacle se elevaron voces muy autorizadas en Francia que hablaban de crear unos Estados Unidos de Europa. La más conocida, la del escritor Victor Hugo, que en 1849 hará un bello discurso en el que propondrá una Unión Europea basada en la armonía y la adhesión libre y solidaria y no en la imposición militar. Tal y como lo había pretendido Napoleón Bonaparte…

El discurso de Hugo cayó en un saco bastante roto. Sin embargo, parece que uno de sus grandes enemigos, el sobrino del fallido emperador le prestó un oído atento. Sí, aquel mismo Luis Napoleón que se haría coronar como Napoleón III tras dar un golpe de estado el 2 de diciembre de 1851 contra la Segunda República francesa de la que había sido elegido presidente, precisamente, en ese año 1849 en el que Hugo hace su discurso proeuropeísta ante un congreso internacional sobre la Paz, celebrado en el París que acaba de salir de la revolución de 1848.

Parece claro que Luis Napoleón no quería repetir los errores de su tío y buscó una pauta de acción que permitiera a Francia tener un Segundo Imperio que no acabase en un fiasco apenas una década después de ser proclamado. Hay que reconocer que lo consiguió. El suyo duró casi veinte años, entre 1851 y 1870…

¿Cómo lo consiguió?. En primer lugar evitó meterse en guerras en Europa, y cuando lo hizo fue contando con  el apoyo, o la aprobación, de los principales enemigos de su tío. Por ejemplo el de una Gran Bretaña que, al principio, lo mira con recelo, pero a la que convierte en su mayor aliada, especialmente contra Rusia, a la que Carlos Luis Napoleón hace pagar muy cara la derrota de su tío en 1812 con una expedición conjunta contra ella entre 1854 y 1856.

Observará la misma actitud frente a España, aunque en muchas ocasiones la prensa que controla con mano de hierro -en esto no diferirá mucho de su tío- mire con desprecio y condescendencia hacia el país al Sur de los Pirineos en el que se desangraron en centenares de batallas en regla los mejores ejércitos del Primer Imperio. En esas páginas, en efecto, se ignorará o desvirtuará, por ejemplo, la presencia de agregados militares españoles en las líneas de combate de la Guerra de Crimea -un tal Juan Prim, que les sonará del callejero de alguna que otra ciudad- o el hecho de que la emperatriz de ese Segundo Imperio -seguramente no por casualidad- era una española: Eugenia de Montijo…

Esas inteligentes maniobras también se manifestaron en la búsqueda de una Unión Monetaria, voluntaria, de las naciones latinas europeas. Así, en 1865, a instancias del nuevo emperador de los franceses, se creó un acuerdo por el que varias naciones latinas -Francia, Italia, Bélgica…- crearían una base monetaria común para facilitar una mayor cohesión -comercial, política…- entre ellas.

La idea debió parecer tan buena que incluso -asómbrense- se unieron a ella países como Luxemburgo y Suiza, naciones latinas al fin y al cabo, de habla francesa, italiana. Después vendrían también España, Grecia…

Los que no parecieron tener mucho deseo de unirse a ese acuerdo fueron los alemanes, convertidos en nación unificada precisamente gracias a la derrota del Segundo Imperio francés en 1870, que demostraba que no había rival para la superioridad militar prusiana…

Hoy, quizás, dadas las circunstancias que hemos vivido sobre todo esta última semana, puede que algunos se pregunten si éste sería un buen momento para convertir a la Europa del euro en una Unión Monetaria Latina rediviva y, por supuesto, mejorada.

Es una pregunta difícil de responde para un historiador, pero lo que sí parece seguro es que con ella la situación económica podría mejorar bastante y que la Alemania de Angela Merkel se sentiría mucho más a gusto volviendo al marco, o al nombre que quisiera dar a su nueva moneda.

Aunque puede que la canciller, tal vez, ante ese nuevo panorama, se sintiera despechada y tentada a repetir la estrategia de algunos de sus predecesores en el cargo -Otto Von Bismarck, por ejemplo- por aquello de “ni conmigo, ni sin mí”.

En ese caso, antes de tomar ninguna decisión basada en la ignorancia y la cerrazón mental tal vez debería echar un vistazo a algunas fotos con Historia como la que cierra este artículo, en la que vemos el estado en el que estaba Berlín en el año 1945, destruida y tomada por los rusos del mariscal Zhukov, despertando, abruptamente, de aquel otro sueño de hegemonía alemana que sumió a Europa en décadas de atraso y pobreza. Empezando por una Alemania que fue dividida en dos y que -hasta hace muy poco tiempo- ha arrastrado esa penosa herencia a nivel político, económico… sin que, por cierto, ninguno de los demás estados de la tan ansiada Unión Europea -ansiada para evitar cosas como las que ocurrieron entre 1914 y 1918 y entre 1939 y 1945- tratase de aprovecharse despiadadamente de esa situación de debilidad de uno de sus miembros, que hoy haría bien, en efecto, en recordar ese bonito detalle y que hubo uniones monetarias -como la latina- de las que, por una u otra razón, estuvo excluido y a las que sólo pudo destruir autodestruyéndose. Es decir, sembrando sal, calcinando los campos de Europa, incluidos los de la propia Alemania…

La Historia, sin duda, debería ser útil sólo como ciencia y no como “maestra de vida”, pero algunos líderes políticos harían bien en mejorar sus conocimientos en esa materia. Por el bien de todos…

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El fenómeno “Juego de Tronos”, o cómo la realidad (histórica) supera cualquier ficción. Oñaces, Gamboas, Lancasters, Yorks, Trastámaras y otras feroces especies de la verdadera Edad Media
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Carlos Rilova | 06-01-2014 | 11:08| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El martes pasado una de las llamadas cadenas generalistas, Antena 3, estrenó “en abierto”, la que nos están vendiendo, por doquier, como la sensación televisiva de la temporada. Esto es: la serie “Juego de tronos”, basada en la novela -en varios volúmenes- del mismo título firmada por George R. R. Martin.

¿Era para tanto?. ¿Estaban justificadas las barricadas de ejemplares que se podían ver, y aún se pueden ver, en los principales supermercados de libros de nuestras ciudades?.

Me disculparán, pero me voy a poner en plan cenizo. La verdad, a título de historiador y de consumidor de series, películas y libros, yo me atrevería a decir que no, que esto de “Juego de tronos”, huele a emboscada de especialistas en marketing. De esas en las que se vence por saturación, como en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, a fuerza de echar bombas sobre el enemigo y aplastarlo por el número, por la cantidad que, como ya sabemos, muchas veces no va unida a la calidad.

Lo que se veía en el primer episodio de la serie que emitió Antena 3 resultaba estereotipado. Ya visto en el molde original. Es decir, ese libro que uno de los columnistas de este diario, Gontzal Largo, definió en cierta ocasión -y con razón- como obsesivo: la saga del Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien.

El único giro realmente original de la trama de “Juego de tronos” lo representa Tyrion Lannister, un príncipe de la sangre de la casa reinante en el imaginario reino recreado por Martin  aquejado de enanismo. De hecho, el actor que lo interpreta -Peter Dinklage- hace un gran trabajo que eclipsa a sus compañeros de reparto, obligados a vérselas con los papeles más gastados y adocenados que se pueda imaginar: la princesa intrigante, el príncipe ambicioso, el buen salvaje, el veterano que actúa de intermediario cultural entre los buenos salvajes y la “civilización” y, por supuesto, se las sabe todas, el viejo rey que ha llegado hasta el trono a fuerza de un poderoso brazo que reparte mandobles a diestro y siniestro y al que el trono y la corona le vienen grandes, y así sucesivamente…

Eso, en definitiva, es lo malo de “Juego de tronos”, que tiene todos los elementos propios de las grandes historias pero que, en su caso, ya están demasiado vistos, demasiado manoseados.

Es cierto que cada cual es muy libre de entretenerse con lo que le parezca mejor. El que estas líneas escribe, por ejemplo, pasó grandes ratos viendo las dos primeras temporadas de “Deadwood”, otro de los “exitazos” para la televisión de HBO -la productora de “Juego de Tronos”- ambientada en ese “Salvaje Oeste” del que hablaba en esta misma página la semana pasada. Y eso a pesar de que “Deadwood” -que, a diferencia de “Juego de tronos” no tiene la excusa de describir un mundo de fantasía, sino real, histórico- también cae en los estereotipos y en los anacronismos, reproduciendo, por ejemplo, nuestro tóxico mundo laboral en los Estados Unidos de 1876, cosa que, probablemente, no tiene más objetivo que el de atraer a un público numeroso víctima de situaciones así en su vida real.

Dicho esto, sin embargo, sí me gustaría sugerir como historiador, que después de ver “Juego de tronos” -o de leerlo- sería un ejercicio muy saludable interesarse por la verdadera Edad Media a la que, eso es evidente, George R. R. Martin ha vampirizado para crear su “Juego de tronos”.

Los que elijan ese camino descubrirán que las intrigas que rodean al trono de hierro, a los Stark, a los Lannister y demás elenco de “Juego de tronos” son una bagatela comparadas con las verdaderas que tuvieron lugar no muy lejos de donde muchos de ustedes viven o pasan sus vacaciones.

Podríamos irnos hasta Inglaterra y recordar las Guerras de las Dos Rosas, que seguramente les sonarán de otra serie de televisión reciente con aspectos, también, un tanto lamentables -me refiero a “Los Tudor”. Sí ese original serial televisivo en el que el gordo Enrique VIII parece haber sido apuntado a un gimnasio de lo más estricto-, pero podemos empezar el viaje mucho más cerca. Bastaría, por ejemplo, con irse hasta Zumarraga.

Allí, en el año de gracia de 1446, se enfrentaron dos señores de la guerra opuestos, Juan López de Lezcano y Ladrón de Valda. Allí se juntaron hombres de armas de las dos casas enfrentadas, la de los Oñaz y la de los Gamboa. El cronista de esa historia -un veterano superviviente de hechos como esos, otro señor de la guerra, Lope García de Salazar- cuenta de manera tan escueta como brutal que en ese combate murieron hasta setenta hombres del bando de Gamboa tras ser vencido Ladrón de Valda. Después los Oñaz quemaron entera la villa de Miranda de Iraurgi -hoy Azkoitia- porque era partidaria del vencido…

No es ese el único episodio que nos relata el viejo banderizo recluido en su torre vizcaína de Muñatones, donde pasó el rato hasta el fin de sus días escribiendo esa crónica de “Las bienandanzas e fortunas” en las que se recoge ese episodio.

Hay más, muchos mas en esas páginas. Tanto del País Vasco como de fuera de él, remontándose incluso hasta el Cid Campeador, o a la guerra entre los príncipes de la casa Trastámara, Pedro y Enrique, que acaba con la muerte del primero en 1369.

Pero sin necesidad de ir tan lejos, a esos tiempos casi míticos incluso para un hombre medieval como Lope García de Salazar, hay otros ejemplos más a mano, más próximos.

En efecto, parece ser que lo de la quema del territorio azcoitiano en 1446 no fue bastante para los Gamboa. Dice Lope que después de esa tuvieron otra batalla. En esa ocasión se enfrentaron el mismo Juan López de Lezcano, los Loyola, los Emparan, los Zarauz y un Ladrón de Valda que ya parece haberse recuperado de su anterior derrota. En ese nuevo combate, que durará hasta que anochezca, murieron muchos de los mejores hombres de los Oñaz, como Martín Pérez de Emparan, y de los Gamboa, como Martín de Ybarra…

Algo más serio fue lo que ocurrió un par de años después, en 1448. Los Valda y sus aliados cercaron a los San Millán en su casa fuerte de Berastegi. La cosa era realmente seria porque los gamboínos habían traído para ese sitio más de 1500 hombres y contaban con ejemplares de la primera Artillería que ya se estaba utilizando en la Europa medieval desde hacia casi cien años. Según Lope García de Salazar se trataba de varias lombardas.

En está nueva batalla intervino también un caballero del otro lado del Bidasoa, el señor de Urtubia, cuyo castillo -casi irreconocible con los añadidos de épocas posteriores- es hoy día un hotel cerca de la localidad de Urruña, en el País Vasco-francés.

Ese nuevo episodio épico de nuestra Edad Media real, no inventada, concluyó cuando los sitiadores fueron sitiados a su vez por un ejército oñacino de socorro. El ejército de los Gamboa se batió en retirada tras causarse algunas bajas por ambas partes, entre las que se incluyó el caballo del señor de Urtubia…

Se podría seguir así páginas y más páginas, hablando, por ejemplo de cómo ambas casas rivales y sus aliados pelearon un día entero sobre el vado de Usurbil, muriendo muchos de los mejores hombres de ambos bandos. O de cómo en 1370 los Gamboa quemaron en la localidad vizcaína de Marquina (hoy Markina-Xemein) la casa fuerte del oñacino Gonzalo Ybáñez junto con sus hijos y hombres de armas, al amanecer de una noche de luna que había permitido a los de Gamboa cabalgar hasta allí al amparo de esas horas nocturnas. Podríamos recordar también más asedios con lombardas que arrasaban casas fuertes en cuestión de horas, dando paso a asaltos que hoy nos parecerían cosa de película, de novela o de serie de televisión, pero creo que ya nos hacemos una idea…

Evidentemente con historias como éstas, o con la que reconstruyó fielmente  Darío de Areitio en 1926 sobre la muerte de Lope García de Salazar, perseguido por sus propios hijos hasta Portugalete después de que el primogénito lo ha asediado en Muñatones por desheredarlo, entre otras razones, por birlarle a Catalina de Guinea, una de sus concubinas, uno se pregunta qué necesidad hay de inventar ningún “Juego de tronos”. No sería necesario para superar a ficciones como esas ni siquiera seguir los pasos de muchos de esos feroces guerreros hasta los campos de batalla europeos, a los de la Guerra de los Cien Años -que también es una guerra de bandos entre Armagnacs y Borgoñones- como si lo han hecho, entre otros, uno de los más conspicuos medievalistas fundadores de la Asociación de historiadores guipuzcoanos, el profesor José Ángel Lema.

La única excusa para que cosas como “Juego de tronos” sean preferidas a historias como las aquí contadas sería, lógicamente, que apenas se ha escrito algo para la industria del entretenimiento en base a ellas. De hecho, sólo “El señor de la Guerra” de Toti Martínez  de Lezea parece llenar, y apenas, ese vacío.

Es cierto, pero, para acabar ya con esta cuestión, les tengo que decir que de eso, no tenemos la culpa los historiadores. Pregunten en HBO. O en productoras y editoriales más próximas a nosotros, a ver qué les dicen…

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¿De dónde salen las películas “del Oeste”?. Comparando algunos hechos históricos. De la Expedición Henry al Ejército Independiente de Muñagorri (1820-1839)
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Carlos Rilova | 23-07-2012 | 10:42| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Es muy posible que muchos espectadores se hayan preguntado de dónde han sacado sus historias los guionistas que han fabricado -algunas veces en serie, otras en serio- esas películas que llamamos “del Oeste”. Esas que no solemos considerar como cine histórico pero que, aunque sea de un modo vago, sí podemos identificar, más allá del género, con películas que nos cuentan hechos que han tenido lugar en épocas pasadas, en fechas que no son las nuestras.

Algo que se fue haciendo cada vez más común en ese género cinematográfico desde que acaba la que se considera su época dorada -más o menos entre los años 40 y 50 del siglo XX- y, a partir de los 70 de esa misma centuria, se abre paso al llamado “Western crepuscular”. Ese en el que ya no hay héroes de sombrero y caballo blanco enfrentados a los “malos”, fácilmente identificables también por un sombrero y un caballo de color negro o, como mínimo, oscuro, y en el que se trata de reflejar no tanto historias atemporales como las que nos narraban las de la época clásica del Western como “El hombre que mató a Liberty Valance” o “Solo ante el peligro”, sino hechos producto de una determinada época histórica que, en ocasiones, queda claramente señalada desde el comienzo del film.

Es lo que ocurre, por ejemplo, en “Tom Horn”, dirigida por William Wiard magníficamente interpretada por Steve McQueen y Linda Evans y uno de los ejemplos más acabados de ese “Western crepuscular”, que nos sitúa a comienzos del siglo XX en el territorio -ni siquiera estado de la Unión todavía- de Wyoming que será el escenario en el que se representará la muerte del “Viejo Oeste” a través de la de Tom Horn, un personaje histórico, real, documentado, que en esas fechas se encuentra ya fuera de lugar en una sociedad en la que la ley de las armas, el estado de excepción permanente, los grandes espacios abiertos y sin otra ley que la de la defensa propia, se están desvaneciendo ante el modelo de civilización a la europea importado desde la Costa Este norteamericana.

Otra de las producciones que utiliza esa misma técnica, y además, nos la subraya indicando que lo que se va a narrar en ella es un hecho absolutamente histórico, es “El hombre de una tierra salvaje” de Richard C. Sarafian.

Así es, desde el comienzo del metraje de esa película una voz en off y unos títulos sobreimpresionados en la pantalla nos dicen que lo que vamos a ver se basa en una empresa desesperada que realmente tuvo lugar hacia el año 1820. La de un grupo de tramperos y cazadores contratados por un tal capitán Henry -interpretado por uno de los directores del Western de la Edad de Oro más aclamados, John Huston- que regresan a los Estados Unidos tras dos años acumulando una verdadera fortuna en pieles de diversos animales en lo que entonces es territorio indio en el actual Noroeste de ese país.

Estos hombres, como se ve desde las primeras escenas de la película, escoltan su preciosa carga en un barco montado sobre la estructura de varios carros que es arrastrada por tiros de mulas a través de esas inmensas llanuras -pobladas sólo por naciones indias como los crows y los cheyennes- bajo las aguardentosas y tiránicas órdenes de ese capitán Henry interpretado por Huston. Su objetivo, según se nos dice también en esos títulos iniciales, era llegar hasta el Missouri, bajar por él y colocar su preciosa carga en los mercados de pieles del Este.

Los comentarios sobre la película, que no son muchos, destacan en ocasiones que hay inexactitudes históricas en esa narración que se deben pasar por alto en beneficio de la calidad general de la obra, pero lo cierto es que si nos atenemos a lo que dice la escueta entrada dedicada a esta película en la ya imprescindible -para bien o para mal- Wikipedia, parece ser que todo encaja. No sólo se trata de que la historia que se cuenta en la película se base en las experiencias del trampero Hugh Glass. También parece haber existido una llamada “Expedición del Missouri” dirigida en 1822 por el comandante Andrew Henry, miembro de la Compañía de pieles de las Montañas Rocosas, un veterano de ese negocio que ya había fundado otra similar en 1809, asociado con traficantes de pieles españoles como Manuel Lisa o franceses como  Jean-Pierre Chouteau.

Puede que esa empresa dirigida por Andrew Henry no fuera realmente tan desesperada como la que nos cuenta la película de Sarafian, pero las cosas, habida cuenta del lugar y del momento histórico en el que se desarrollan, en el territorio de Missouri en 1822, no debieron ir muy a la zaga de lo que podemos ver en la pantalla.

¿Algo así podría haber ocurrido en la vieja Europa, más o menos en las mismas fechas?.

En más de una ocasión se ha dicho que en España, y más aún en el País Vasco, se ha desaprovechado, para la industria del Cine, el excelente material que ofrecían las guerras carlistas.

En efecto, salvo excepciones como la “Karlistadaren kronika” de José María Tuduri del año 1988, o “Vacas” de Julio Medem que, al fin y al cabo, sólo la utiliza como un vago trasfondo, brillan por su ausencia producciones propias sobre lo que podría haber sido nuestro propio género Western o, por lo menos, haber inspirado películas como la de Sarafian o el “Jeremías Johnson” de Sidney Pollack con la que tantos parecidos tiene “El hombre de una tierra salvaje”. La prueba es que libros como “Las historias naturales” de Juan Perucho y “Un espía llamado Sara” de Bernardo Atxaga no han pasado, en muchos años, del estado de libro al de celuloide.

Y esto siempre a pesar de que las guerras carlistas proporcionan, sin duda, más de una empresa desesperada con la que se podría haber hecho más de una película.

Quizás la más desesperada de todas fue la del escribano José Antonio Muñagorri conocida como “Paz y Fueros”.

Él fue un hombre hasta cierto punto misterioso -como muchos de los que han sido llevados a la pantalla con la excusa de un Western-, sin pasado o con un pasado nebuloso que no empieza a dejar rastros tras de sí hasta el momento en el que estalla la Primera Guerra Carlista (1833-1839) y Muñagorri se ve atrapado por sus negocios, de escribano de Berastegui y de administrador de ferrerías, en la zona bajo dominio carlista pese a que sus simpatías se orientan más hacia la causa de los liberales.

Una fidelidad que no se hace notable hasta el año 1835. El mismo en el que empieza a conspirar con las autoridades de Madrid para crear un tercer partido en liza que, garantizando los Fueros -supuestamente el principal motivo que animaba a los voluntarios vascos y navarros a luchar junto al Pretendiente carlista-, consiguiese el fin de una guerra especialmente desastrosa para el País Vasco y Navarra, principales escenarios de la lucha.

El proyecto no se convertirá en realidad hasta 1838, aunque Muñagorri ya había levantado sospechas entre algunos conspicuos carlistas desde 1837.

A partir de entonces el escribano, seguido por unos doscientos fieles -muchos de ellos trabajadores suyos- se armará -magníficamente gracias a las aportaciones de la Legión Británica que lucha del lado liberal- y se declarará en abierta rebelión contra don Carlos, debiendo huir a través de territorio carlista hacia una zona segura que, de hecho, no existe para alguien que, como él, se ha declarado rebelde al Pretendiente pero al que oficialmente el bando liberal no puede reconocer, ya que es una supuesta fuerza independiente de ambos bandos beligerantes…

Comenzará así un desesperado viaje de cerca de un año en el que Muñagorri y su Ejército Independiente vagaran entre localidades vascofrancesas como Sara, Irun y el pueblo navarro de Urdax, donde harán el que probablemente fue su único hecho de armas, tomando al asalto un fuerte que los carlistas tienen en esa población fronteriza…

Después de eso el Ejército Independiente de Muñagorri se fue desintegrando. Casi literalmente. La propuesta de “Paz y Fueros”, como nos cuentan algunos de los biógrafos de Muñagorri -Labayen, Cajal Valero…-, sólo había atraído a desertores de ambos bandos y a aventureros, aparte de algunos competentes oficiales profesionales, pero no logró nada más.

Al parecer, para que esa propuesta triunfase, se necesitaba algo más que la buena voluntad de Muñagorri o los manejos de un personaje tan retorcido como Eugenio de Aviraneta. Al menos sólo un militar profesional muy fogueado, como el general Espartero, fue quien logró que el acuerdo de Fueros por Paz se convirtiera en realidad en el famoso abrazo de Vergara.

La aventura de Muñagorri quedó en eso, en una aventura que atrajo junto a sí a aventureros que bien se podían haber enrolado en una expedición de dos años en busca de pieles en territorio indio. Basta con ver la descripción que hace de ellos un avezado periodista del “United Service Journal” en el año 1839, cuando los ve reunidos ante el patio de una casa de Sara -que a él le recuerda a las granjas de Cincinatti en Estados Unidos, sobre todo por su seto- donde Muñagorri ha organizado su cuartel general y le ha citado para entrevistarse con él.

Estos días de julio son quizás un buen momento para seguir por Urdax los pasos de ese ejército de aventureros desesperados, por el llamado puente de los carlistas, por el camino de la ferrería, en un terreno magníficamente conservado en torno a esa población que, quizás, algún día, podría servir para rodar una película que permitiera recordar a muchos quién fue Muñagorri y qué hizo o, al menos, qué intentó hacer. Algo casi tan absurdo -y a la vez tan razonable- como lo que podemos ver en una película que refleja su propia época como “El hombre de una tierra salvaje” que, después de todo, fue rodada en la Sierra de Almería, como tantos otros Western crepusculares…

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¿Qué eran los países “BRIC” antes de ser países “BRIC”?. Un esbozo de la vida de Tipu Sultán y la caída de la India en manos británicas (1757-1799)
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Carlos Rilova | 16-07-2012 | 08:26| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Seguramente no hace falta ser un especialista en Historia para saber mucho sobre el papel de Gran Bretaña como potencia imperial en la India. El cine ya ha hecho ese trabajo por muchos de nosotros, incluso antes de que pisásemos ni siquiera el umbral de los Estudios Universitarios y Técnicos de Guipúzcoa con la sana intención de sacar un título en la materia.

En efecto, desde “Gunga Din” a la magnífica “El hombre que pudo reinar” pasando por “Kim”, “Tres lanceros bengalíes” y algunos otros títulos, lo sabemos casi todo sobre esa cuestión. Desde el motín cipayo de mediados del siglo XIX, hasta la resistencia no violenta de Gandhi, sin olvidarnos de cómo localizar el paso Khyber.

Así se ha forjado nuestra imagen de la India antes de que Bollywood y sus chocantes musicales empezasen a cambiar las cosas y se nos señalase al subcontinente del Ganges como uno de los alumnos aventajados de la Economía mundial -uno de esos países “BRIC”, junto con Brasil, Rusia y China- que ahora nos vende acero, todoterrenos y otras cosas que, al parecer, nuestra pereza mental -y física- nos impide ya fabricar en una Europa que no hace tantos años era uno de los talleres del Mundo.

Sin embargo, seguro que es mucho menos lo que sabemos sobre cómo llegaron los británicos allí. Es lógico puesto que el cine de ese país y, por extensión, el anglosajón, ha preferido centrarse en el relato que Gran Bretaña estableció entre finales del siglo XIX y comienzos del XX gracias, fundamentalmente, a escritores como Rudyard Kipling. Es decir, aquel en el que el imperio británico sobre la India estaba en su máximo esplendor y parecía ser una realidad tan inamovible como la estatua de la ya más que madura reina-emperatriz Victoria erigida en uno de los principales conjuntos monumentales de Calcuta.

Al parecer los muy pagados de sí mismos británicos de clase alta -justo los que tenían tiempo para escribir- de esos finales del XIX y comienzos del XX preferían pensar en los buenos resultados obtenidos -seguramente paladeando una taza de té Darjeeling frente al fuego de una chimenea neogótica, en un salón recubierto de mullidas alfombras Wilton- antes que recordar los apuros y dificultades que pasaron para conseguir esa victoria sin paliativos que sólo se vino abajo tras la Segunda Guerra Mundial, gracias a la resistencia pacífica inventada por un antiguo abogado hindú conocido universalmente como Mahatma Gandhi…

Y es que realmente los británicos pasaron grandes apuros antes de conseguir doblegar toda resistencia en el subcontinente indio y ponerlo al servicio de sus grandes ambiciones coloniales. Incluso sir Winston Churchill que lo contó todo -o casi todo- en su gigantesca “Historia de los pueblos de habla inglesa” parecía pasar casi de puntillas sobre la poco edificante historia de Warren Hastings y Clive, los dos héroes -por llamarlos de alguna forma- que pusieron en manos de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales -y, a través de ella, en las de Gran Bretaña- las llaves de la conquista total de la India.

En pocas palabras la clave de todo estuvo en una batalla entre el ejército de esa empresa británica -fundamentalmente compuesto por mercenarios y tropas nativas- celebrada en la aldea de Plassey en el año 1757. Con ella, que fue una más de la llamada Guerra de los Siete Años -sí, la de “El último mohicano”, por seguir hablando de cine histórico-, se logró anular la presencia del principal rival británico en la India. Es decir, la corona francesa y su propia compañía de las Indias Orientales.

Sin embargo, después de eso tuvieron que pasar muchos años más hasta que Gran Bretaña y sus agentes comerciales en la zona pudiera decir que la India era suya.

La situación en la India de 1757 se reducía, a grandes rasgos, a que el imperio mogol, el creador de maravillas como el Taj Majal, se había apoderado de esa gran península que ahora ambicionaban los británicos en el siglo XV, pero su autoridad era más nominal que real y se basaba, en buena medida, en lazos de vasallaje y alianza con reyezuelos y príncipes locales a los que se concedía una notable autonomía a cambio de una más o menos teórica lealtad al Gran Mogol.

Un panorama más que grato para antiguos delincuentes juveniles como Warren Hastings -así es como lo describe Churchill- que supieron jugar con verdadera ferocidad usando todas las bazas a su alcance para debilitar un posible frente común franco-hindú que pudiera combatir con algo más que éxito la, en principio, débil presencia británica en la India al filo del año 1757.

Justo la estrategia que trató de poner en marcha desde 1760 en adelante uno de los más inteligentes y decididos gobernantes de la atomizada India de mediados del siglo XVIII: Heyder Ali Kan.

Él, y después de él su hijo conocido como Tipu Sahib o Tipu Sultán, formaron entre 1760 y 1799 poderosas alianzas de príncipes indios de toda laya en torno a los ejércitos de su principado de Mysore, en los que trataron de combinar la tradición militar mogol -apenas evolucionada desde el siglo XV- con las nuevas técnicas y tácticas europeas que les fueron facilitadas, con relativa facilidad, por una resentida Francia. Primero por la monárquica y después por la revolucionaria, en los años de apogeo de Tipu Sultán, que logró hacerse célebre en el Mundo entero llenando páginas y más páginas de las gacetas de Europa con sus hazañas militares, convirtiéndose en eso que ahora se llama un personaje mediático.

Sólo para empezar, apenas unos pocos años después de la victoria de Clive en Plassey, el joven Tipu, apenas un adolescente, metió el miedo y el respeto en el cuerpo de los funcionarios de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales a los que sorprendió tomando el desayuno, completamente confiados, en las afueras de su gran base de Madrás, desde la que ya soñaban con imponer su ley a todo el subcontinente.

Aquello, y la destrucción de todas las fincas de recreo de los “nababs” británicos elevadas más allá de las defensas de Madrás, fue sólo la primera de muchas otras acciones que dieron esa fama mundial a Tipu Sultán a través de un enconado enfrentamiento que sólo acabó en 1799, con el asedio y caída de la capital de Tipu y su muerte…

Todas esas hazañas fueron conocidas por el público de habla española desde el año 1800, el mismo en el que se tradujeron a esa lengua las llamadas “Memorias de Typoo-Zaïb Sultán del Masur”.

Se trata de un libro apasionante, a pesar del arcaísmo de esa traducción hecha por el teniente coronel Bernardo María de Calzada a partir de la francesa, lleno de nombres exóticos -Pondichery, Nizam, Chandernagor, Heyder-Gangur…- y de episodios muy reales, pero aún así cargados de acción digna de la mejor película de los hermanos Korda. Hoy día se puede admirar en su edición original -muy rara, según algunas fuentes- entre los fondos de la Biblioteca Koldo Mitxelena de San Sebastián, que ha tenido la buena idea de convertirlo en recurso electrónico para que se consulte desde cualquier ordenador, o disfrutar en la edición moderna que en el año 2001 hizo el Círculo de Lectores con un prólogo, muy recomendable, de Juan Vernet.

En estos días de verano esas “Memorias” de Tipu Sultán son, en cualquier caso, una manera de divertirse sin perder el tiempo. Gracias a ellas se puede ver el punto de vista de los que entraron a formar parte del imperio británico en calidad de potencias vencidas y no el que dan británicos como Bernard Cornwell en alguna que otra de sus novelas del fusilero Sharpe.

No está de más saberlo teniendo en cuenta que, según se nos dice, los descendientes de los jinetes silladar, de las tropas cipayas, de, en fin, todos los que siguieron los estandartes de Heyder Ali Kan y su hijo hasta que las últimas defensas de Siring-Patnam cayeron ante las tropas británicas, van a ser, ahora, uno de los nuevos amos del Mundo, cumpliendo así, después de todo, el sueño de gloria de Tipu Sultán…

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