Diario Vasco
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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (VII). Los inconvenientes de ignorar la propia Historia. La batalla de Sorauren (25-07-1813)
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Carlos Rilova | 29-07-2013 | 09:12| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana pasada, el jueves, fue, entre otras cosas, un día de Santiago que quedó marcado por una catástrofe ferroviaria de proporciones sobrecogedoras, precisamente a las puertas de Santiago de Compostela.

Para muchos otros, afortunadamente, sólo fue el comienzo de un largo puente. Para  la Historia menos reciente, pero aún contemporánea, y para todos aquellos que se interesan, de un modo u otro, por ella, fue el 200 aniversario de un hecho poco conocido, pero fundamental, en el desarrollo de aquel gran envite en el que tanto se jugaba en Europa, y en el Mundo, ahora hace dos siglos. Ese que, vulgarmente, llamamos “guerras napoleónicas”.

En efecto, ese día el ejército bajo mando de mylord Wellington, al que la semana pasada habíamos dejado estancado, dedicándose a ocupar estratégicamente la mayor cantidad de territorio guipuzcoano y navarro que le fuera posible, tendrá que afrontar dos grandes batallas.

Una de ellas se dará ante los muros de San Sebastián, la otra comenzará ese mismo día en Valcarlos, en Navarra, cuando la vanguardia de las tropas del mariscal Soult choque contra la del ejército aliado anglo-hispano-portugués que trata de mantener bloqueada la plaza de Pamplona, así como abierta la comunicación entre esas tropas y las que en ese mismo momento están asediando San Sebastián, evitando que sean divididas y vencidas por separado. Tal y como pretende el enviado de Napoleón, el ya mencionado mariscal Nicolas Jean-de-Dieu Soult.

La batalla que tiene lugar en territorio navarro es, sencillamente, formidable, en el peor sentido que se puede dar a esa palabra. Las operaciones se prolongarán durante cerca de una semana. Es decir, lo que va del día 25 de julio al 31 de ese mismo mes.

Durante esos días las tropas de Wellington deberán luchar casi constantemente, sin apenas descanso, replegándose y desplegándose de tal modo que la entrada de Soult por Valcarlos no se convierta en una desbandada de ese ejército aliado, victorioso, hasta ese momento…

Los combates se desarrollarán en condiciones verdaderamente duras.  Por ejemplo operando en medio de una niebla tan espesa que no permite siquiera ver al enemigo que, sin embargo, como nos recuerda el general Gómez de Arteche en su prolija Historia de la Guerra de Independencia -que sigo como fuente una vez más-, favorecerán la retirada de las vanguardias anglo-hispano-portuguesas hasta llegar al punto donde la retirada ya no es posible.

Es decir, a la villa  de Sorauren, a siete kilómetros de Pamplona. Es decir, el lugar en el que, por las características del terreno, resulta imposible hacer otra cosa que no sea o vencer a las tropas enemigas, o salir en desbandada por una gran llanura que es el sueño de toda División de Caballería -y en el Ejército napoleónico había alguna de las mejores de esa época- que trate de demostrar sus habilidades.

Sobre ese punto se dará un gran choque entre las tropas aliadas retiradas de los Pirineos y las que el mariscal Soult ha logrado traer, en dirección inversa a la que recorre Carlomagno según algunos el 15 de agosto del año 778 y según otros el 808, mil años antes de la invasión napoleónica.

Para ese momento, el 28 de julio de 1813, Wellington ya ha salido de Hernani, desde donde, como nos dice Gómez de Arteche, seguía la operaciones de asalto contra San Sebastián en la noche -trágica para muchos- del 25 al 26 de julio.

En ese momento, el destructor de Napoleón, el indiscutido héroe de Waterloo tendrá que demostrar su superior conocimiento del arte militar.

Deberá detener, por un lado, el intento de salida que hacen las tropas napoleónicas bloqueadas en Pamplona -para unirse a las de Soult que vienen a socorrerlas- y por otro a las del propio mariscal Soult, que avanzan sobre las líneas aliadas sin que se haya conseguido contenerlas desde el día 25 de julio. El objetivo de ese ejército francés es desbordar las tropas anglo-hispano-portuguesas y hacerse con todo ese terreno que permitiría a Nicolas Jean-de-Dieu Soult, en el mejor de los casos, tanto destrozar al grueso de las tropas del ejército aliado, como envolver a las que en ese momento tratan de apoderarse, desesperadamente, de San Sebastián.

Como dos boxeadores fajados, Wellington y Soult se asestarán un golpe tras otro entre el 28 y el 31 de julio.

Son horas desesperadas, en las que cualquier error puede ser fatal.  Si la derecha del centro aliado, defendida por unidades españolas cae, el resto del ejército caerá; si las unidades estacionadas sobre el camino que lleva a Tolosa desde Sorauren no consiguen detener los ataques que se van a lanzar contra ellas previsiblemente, Wellington puede ya darse por derrotado. Quizás no de manera total, pero sí parcialmente al menos. Lo bastante como para quetenga que retirarse a Vitoria, o incluso más hacia el Sur, una vez más…

El resultado final será favorable al vizconde de Talavera. Pero sólo tras varios días de aguantar embates de un formidable ejército bajo el mando de uno de los más celebres mariscales de Napoleón, que hará sufrir a Wellington momentos de verdadero infarto.

Por ejemplo cuando queden frustrados, gracias a las tropas bajo mando del general Carlos de España y de Enrique José O´Donnell -reaccionario tío del mucho más celebre, y liberal, Leopoldo-, los intentos de la guarnición francesa de Pamplona de romper el bloqueo y capturar a las tropas aliadas entre dos fuegos, evitando así que jornadas como la del día 28 de julio se conviertan en el más glorioso de los desastres para mylord Wellington.

El corolario final de esa tenaz y, en fin, bien organizada resistencia, será que Soult no tiene más remedio que volver por donde ha venido, retirándose al otro lado de los Pirineos, esperando una mejor ocasión.

Ante esos hechos consumados sin duda uno podría sentirse optimista de haber estado el 31 de julio de 1813 metido en el uniforme, el bicornio y las botas de Wellington, sin embargo…

Sin embargo, el verdadero Wellington sabe que se ha salvado por muy poco, él y su ejército aliado, y que ese día aún queda mucho para que la guerra esté ganada. La situación de las tropas aliadas dista, en efecto, mucho de ser la ideal ese 31 de julio de 1813.

Siguen más o menos donde estaban un mes antes. Es decir, bloqueadas ante San Sebastián que, pese a todo, ha resistido el dramático ataque nocturno de la noche del 25 al 26 de julio, logrando deshacer las columnas de asalto formadas por regimientos tan curtidos como los del tercer batallón de los Royal Scots, hacer varios cientos de prisioneros y obligar a esa sección del ejército angloportugués a retirarse del modo más desordenado bajo la mirada, es de imaginar que nada complacida, de myord Wellington.

Por otro lado, los resultados finales de esta batalla de los Pirineos, el 1 de agosto de 1813, pueden hacer que el vizconde de Talavera sienta algo de entusiasmo. Todo el que un  carácter más bien reservado como el suyo quiera permitirse. Sin duda.

Aún así, mylord no puede olvidar ese mismo día que tiene ante él un grave problema que no parece capaz de resolver. Sabe que las fuerzas de Napoleón declinan ante él, como lo demuestra esa desbandada en el paso de los Pirineos, sin embargo Wellington ve que no puede ir más allá de la frontera del Bidasoa si no logra antes acabar con la resistencia de San Sebastián.

Tardará un mes más en resolver esa situación. Un mes en el que podría haber ocurrido cualquier cosa.

Desde que Soult hubiese logrado enmendar su error de haber acudido primero en socorro de Pamplona -en lugar de haber atacado en primer lugar San Sebastián- poniendo sobre el terreno una decidida entrada a principios de agosto por el Bidasoa, como que -aún peor-, Napoleón lograse reconducir la situación en el Norte de Europa para volverse hacia España,repitiendo su éxito de la contraofensiva del otoño de 1808.

Eso, en definitiva, es lo que se estaba jugando hoy hace doscientos años en territorio guipuzcoano y navarro.

Es decir, un destino u otro para la Europa de 1813, que hubiera cambiado la Historia tal y como hoy la conocemos del mismo modo -o peor aún- en el que lo podría haber cambiado cierta batalla que tendrá lugar a mediados de junio de 1815 en un, hasta entonces, desconocido campo de Flandes llamado Waterloo 

Hoy es, quizás, una buena ocasión para recordar los hechos que tienen lugar en San Sebastián o las afueras de Pamplona entre el 25 de julio y el 1 de agosto de 1813, para darnos cuenta -al fin, después de doscientos años- de que esos lugares fueron hace dos siglos poco más o menos el equivalente a lo que fue Normandia en 1944, en el cuarto año de otra guerra mundial contra otro dictador que, según confesión propia, admiraba mucho a Napoleón…

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (VI). Vida del Napoleón negro (homenaje a Nelson Mandela)
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Carlos Rilova | 22-07-2013 | 09:00| 6

Por Carlos Rilova Jericó

El 22 de julio del año 1813, es decir, hoy mismo hace doscientos años, la situación  de las llamadas guerras napoleónicas se encontraba en un tenso punto muerto.

En el Sur del continente, los ejércitos aliados han logrado ocupar prácticamente todo el territorio guipuzcoano tocando, desde España, la frontera de Francia. Sin embargo, su mando supremo, Wellington,  sabe que esa situación es, cuando menos, precaria.

Nos cuenta el general Gómez Arteche en su Historia de la Guerra de Independencia que el vizconde de Talavera ha avanzado dejando detrás de él, muchas, demasiadas quizás, plazas fuertes aún ocupadas por los soldados de Napoleón: Pancorbo, Santoña, San Sebastián, Pamplona… Todas ellas han sido bloqueadas, ciñéndose al principio invariable en táctica militar desde el Renacimiento de no avanzar jamás dejando al enemigo, a espaldas del propio ejército, en una plaza fuerte que le permita hacer una salida a retaguardia de esas tropas.

Eso ha llevado al ejército aliado que aún combate en España a distraer considerables efectivos para mantener a esas guarniciones francesas -algunas muy numerosas, como la de San Sebastián- dentro de los muros de esas plazas fuertes que están cumpliendo, a la perfección, el papel para el que han sido diseñadas. Es decir, retrasar o impedir una ofensiva decidida y un avance claro y sin trabas de un ejército enemigo, hasta que se puedan enviar refuerzos a sus guarniciones sitiadas o bloqueadas para organizar una contraofensiva en condiciones.

Algo que, por supuesto, la calenturienta mente del emperador Napoleón ya ha previsto. Concretamente desde el 1 de julio de 1813. En esa fecha ha mandado desde Dresde, donde trata de detener el avance de sus enemigos del Norte de Europa, unas claras y tajantes instrucciones -muy en su estilo- al mariscal Soult. El objetivo de dichas instrucciones es decirle que debe recuperar el Noroeste de España a la mayor brevedad posible tomando “cuantas medidas exija el restablecimiento de mis asuntos en España para conservar Pamplona, San Sebastián y Pancorbo”. Tal y como lo refleja la completa traducción de esa orden -que incluye desplazar a Soult de incógnito- recogida por el general Gómez de Arteche en su libro…

Tras una larga preparación de más de dos semanas, el primo del emperador -asi se refiere Napoleón a Soult en esas instrucciones- dará el paso decisivo, atravesando los Pirineos y poniendo a mylord Wellington en un brete del que hablaremos, por cuestión de efemérides, la semana que viene.

Sin duda se trata de un diseño estratégico admirable y que muestra el genio militar de un  Napoleón que, en el verano de 1813, se debate en Alemania, tratando de contener, por así decir, con las manos la ofensiva de rusos y prusianos en el Norte y con la bota el comprometido, aunque aún indeciso escenario, que Wellington ha precipitado en España con la derrota de Vitoria y el frenético avance para ocupar la mayor parte del territorio guipuzcoano en, apenas, los últimos días de junio y los primeros de julio.

Cosas así son las que contribuyeron a forjar no sólo la leyenda de Napoleón, sino incluso el culto a su personalidad. Convirtiéndolo en un ser casi divino, incomparable… ¿Incomparable?, ¿realmente Napoleón no podía compararse con ninguno de sus contemporáneos, dejando aparte a mylord Wellington?.

 La respuesta a esa última pregunta es “no” y nos lleva a esa Sudáfrica que hoy está, una vez más, en el ojo del huracán informativo a causa de la enfermedad -terminal según se dice- de Nelson Mandela, durante muchos años un símbolo de la resistencia pacífica contra otro régimen tiránico y opresor.

En efecto, había en esa parte del Mundo, en ese verano de 1813 en el que Napoleón hace gala de sus habilidades de estratega, otra mente tan brillante como la suya. Aunque fuera a una escala distinta. Se trataba del futuro rey zulú, Shaka Zulú, al que, con bastante justicia, se le dio el título de Napoleón negro. Uno que comparte con el antiguo esclavo antillano Toussaint Louverture, jefe de la rebelón servil contra Francia durante la época revolucionaria en la colonia de Santo Domingo que, curiosamente, ostentó rango de general español al menos entre 1793 y 1794 .

Lo cierto es que el rey Shaka, parece merecer con mucha más razón que Toussaint ese título de “Napoleón negro”. Las hazañas de Toussaint, sin dejar de ser considerables, nunca estuvieron a la altura de aquel otro Napoleón -Bonaparte- al que él imita incluso en su florida vestimenta de general de la época revolucionaria. 

Ciertamente lo que hizo Shaka, aún, insisto, a pequeña escala, se parece mucho más a lo que realiza Napoleón, más o menos en las mismas fechas en Europa. 

Si seguimos lo que nos cuenta el periodista cartagenero Carlos Roca en su interesante obra de divulgación “Zulú”, dedicada, principalmente, a tratar de la batalla de Isandlwana -en la que la nación Zulú aplasta al ejército británico el 22 de enero de 1879-, Shaka nació de una relación irregular del rey de un pequeño clan, los zulú -“cielo”- en el año 1787.

Su padre, Senzangakoma, no le ahorrará desprecios. Su madre, Nandi, decidirá llevarlo al poblado principal de los methehwa, un clan en esos momentos infinitamente más poderoso que el zulú, donde Shaka -el escarabajo, así llamado porque los zulúes decían que en realidad la preñez de Nandi era fruto de un parásito intestinal con ese nombre: Ishaka- medrará rápidamente bajo la protectora sombra del rey methehwa Dingiswayo, que ve su gran potencial.

 Tal y como recoge Carlos Roca en “Zulú”, el Shaka adolescente ganará adeptos rápidamente entre sus compañeros de regimiento en el ejército methehwa gracias a sus evidentes cualidades, que van desde una notable fuerza y altura -al parecer superior al metro noventa- a unas evidentes capacidades de liderazgo y organización que, con el apoyo de Dingiswayo, le llevan en 1816 a tomar el control absoluto del clan zulú tras la muerte de su padre Senzangakoma.

Lo hará de un modo que recuerda al 18 de Brumario de Napoleón. Shaka se presentará en el poblado principal del clan zulú, Kwabulabayo -que Carlos Roca traduce como “el lugar de la muerte”- y reclamará allí su derecho al trono vacante por la muerte de su padre. Toda oposición es aplastada y desde ese momento Shaka introducirá una serie de cambios radicales en la organización militar zulú.

Los regimientos -o amabutho- en los que se encuadra a los jóvenes desde que están en edad militar, pasan de ser unas asociaciones masculinas de carácter más social y festivo que bélico, a adquirir un carácter eminentemente militar sin ninguna clase de paliativos.

En efecto, los amabutho, hasta ese momento se han dedicado a una guerra ritual que, más que una verdadera guerra, es una especie de “kermesse” un poco sangrienta para ajustar diferencias con un mínimo de bajas, de acuerdo a las tácticas guerreras propias de los pueblos llamados por los europeos “primitivos”, que reducen el choque violento a un combate simulado, o a una pelea entre campeones, similar, por ejemplo, a la que habrán visto escenificada en el comienzo de “Troya” de Wolfgang Petersen.

Shaka desecha ese equilibrio y hace que sus amabutho se conviertan en verdaderas unidades de aniquilación  con el objetivo claro de localizar al enemigo y aplastarlo sin atender al número de bajas propias ni  ajenas.

Para ello Shaka introducirá innovaciones tácticas en el equipo militar zulú. Es el caso de la lanza corta iklwa, que debe utilizarse en el cuerpo a cuerpo y, según dicen, Shaka, tan febril organizador y supervisor como el propio Napoleón, vigilaba si estaba manchada de sangre o no tras cada combate, ejecutando a los guerreros que no pudieran mostrar ese trofeo tras cada batalla.

Sin embargo, el cambio que mejor dibuja el radical giro que Shaka introduce en el África de comienzos del siglo XIX, será su táctica -revolucionaria en África del Sur- llamada “Impondo Zankomo”. Es decir, “los cuernos del búfalo”, que consistía en una variante de la bien conocida táctica puesta en práctica por Aníbal en la batalla de Cannas durante las Guerras Púnicas contra Roma. Una doble envolvente que flanqueaba al enemigo a izquierda y derecha, permitiendo al centro del ejército atacante -en este caso el zulú- hundir el centro de las fuerzas oponentes.

Gracias a esa decidida política y no menos decidida táctica, Shaka logrará, entre 1816 y 1828, la fecha de su muerte, asesinado por su hermanastro Dingane, unir en una sola nación a 383 clanes dispersos y controlar un territorio equivalente a Portugal y al Norte de España.

Un imperio, digno -en su escala- de Napoleón, que perdurará hasta el año 1879, cuando los herederos de Shaka sean barridos por la superior tecnología militar europea. Sobre la que, sin embargo, se cobrarán la gran victoria de 22 de enero de 1879, en la que los rifles de repetición británicos Martini-Henry no podrán nada contra miles de guerreros zulúes. Los mismos que se desplegarán sobre el ejército de Su Graciosa Majestad la reina Victoria formando “los cuernos del búfalo”, aniquilándolos por el sólo peso del número, acabando con la vida, también, de un descendiente de Napoleón, hijo de su sobrino -el derrocado Napoleón III- que es oficial en el ejército británico en esos momentos. Episodio poco conocido, pero al que se dará cierto pábulo en obras como”Cato Zulu”, de Hugo Pratt.

Una victoria pírrica y que ya llevaba en sí el guión de la destrucción de la nación zulú creada por Shaka, tan capaz de aniquilar un ejército británico a campo abierto, como ocurre en Isandlwana, como de tener que dejar por imposible a la heroica guarnición que, en ese mismo momento, es capaz de resistir, gracias a sus tácticas y tecnología militar superior, tras las barricadas de Rorke´s drift. Tal y como se cuenta, con algo más de romanticismo, en una película por lo demás tan recomendable como “Zulú” de Cy Endfield, autor del guión de otra producción posterior -“Amanecer zulú”- estrenada en el centenario de Isandlwana, en 1979, donde se refleja gran parte de lo que les he contado.

Con ello se abrirá un panorama que acaba en el sometimiento del imperio de Shaka a británicos y, especialmente, holandeses, los famosos “boers” con los que Gran Bretaña lucha por el control de Sudáfrica a principios del siglo XX.

Lo que años después permitirá crear el régimen del “Apartheid”, contra el que otro gran general africano, Nelson Mandela, combatirá hasta el año 1990.

Con medios violentos en ocasiones -origen de su larga condena del año 1962-, y posteriormente volviendo a la ideología de la resistencia pacífica puesta en práctica, con éxito, contra el imperialismo europeo en la India tras la Segunda Guerra Mundial por otro sudafricano -de adopción al menos-, el abogado Mahatma -léase “Móhandas”- Karamchánd, más conocido, simplemente, como “Gandhi”, culminando así, Mandela, un largo y sangriento viaje iniciado -tanto en Europa como en África- por dos Napoleones muy distintos en muchos aspectos, pero idénticos en lo elemental.

    

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (V). El 14 de julio y el general Castaños
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Carlos Rilova | 07-07-2014 | 08:47| 8

Por Carlos Rilova Jericó

Este domingo, ayer mismo, habrán visto por la televisión el apabullante desfile con el que Francia celebra su principal fiesta nacional.

Al igual que la de los Estados Unidos se conmemora en el mes de julio y también al igual que la de los Estados Unidos, tiene su origen en acontecimientos revolucionarios puestos en la escena histórica durante las últimas décadas del siglo XVIII.

En el caso de Francia, el acontecimiento en cuestión es la toma, un 14 de julio de 1789, de la prisión de la Bastilla, de la que no quedó piedra sobre piedra, utilizándose éstas para hacer ”souvenirs”, tallando en cada una de ellas pequeños modelos a escala de esa cárcel de Estado para los entusiastas de la revolución recién triunfante.

Es lógico que la actual República francesa, heredera directa de aquellos acontecimientos, haya institucionalizado el 14 de julio como Fiesta Nacional y la celebre atronando los Campos Elíseos con la sobrecogedora marcha a toque de timbal y corneta de la Guardia Republicana a caballo. O con el despliegue, no menos impresionante, de la mítica Legión Extranjera -curiosamente fogueada en 1835, en sus inicios, durante la primera de las guerras carlistas- cantando sobre marchar o morir.

Al fin y al cabo el asalto a la Bastilla el 14 de julio era el punto de no retorno de lo iniciado días atrás en la reunión de los Estados Generales, que juran no separarse hasta dar a Francia un sistema de libertades que nada tenga que ver con el origen -noble o plebeyo- de los que la habitan y van a recibir pronto el título, verdaderamente revolucionario, de “ciudadano”. Ese que los diferencia de los antiguos súbditos de los reyes absolutos, de esos que la más incendiaria documentación de la época califica de “esclavos”.

Pero, en plenas guerras napoleónicas, en un 14 de julio de 1813, por ejemplo, ¿qué pasaba con esa fecha?.¿Alguien la celebraba?. ¿Alguien la recordaba, a ella y a lo que representaba, para bien o para mal?. ¿Tendría lógica?. Al fin y al cabo, el 14 de julio de 1789 desencadenará las guerras revolucionarias en las que se forjan tanto Napoleón como sus ejércitos, esos que aún siguen dando guerra -y mucha- en 1813…

Quizás encontremos algunas respuestas a todas esas preguntas en un documento conservado en el folio 604 del Libro de Actas del Ayuntamiento de Tolosa, custodiado hoy en su archivo municipal  bajo la signatura A 1, 65.

Se trata de una petición que el nuevo Ayuntamiento de Tolosa eleva el 14 de julio de 1813 al capitán general de los llamados Ejércitos Nacionales, que tiene en esos momentos su cuartel general en Tolosa precisamente.

La petición no puede ser más propia de los llamados “patriotas finos” con los que se han ido formando los nuevos Ayuntamientos, a medida que los ejércitos aliados avanzan desde el Sur y remueven a las autoridades impuestas “manu militari” por el ejército napoleónico durante cerca de cinco años, a contar desde 1808.

En esa carta a la más alta autoridad militar española en ese momento y lugar, los magistrados municipales de esa villa guipuzcoana recuerdan que les es imposible pagar más contribuciones extraordinarias para mantener a esos ejércitos que, por otra parte, consideran merecedores de todo el bien que se les pueda hacer.

La justificación de tal negativa no puede ser más gráfica. Dicen que Tolosa, sus vecinos más pudientes al menos, pagaron lo que pudieron para mantener a los batallones de voluntarios guipuzcoanos y en una ocasión, dieron la considerable cantidad de 50.000 reales de una sola vez. Todo ello hecho de contrabando, burlando la vigilancia impuesta por los franceses y el terror, tal y como dicen los redactores de este documento, que los jefes de ese ejército de invasión les infundían.

Algo bastante real, que se concretaba, por ejemplo, en las amenazas de muerte que esgrimió ante ellos el general-conde Dorsenne y luego conmutó por el pago del doble de la cantidad que habían dado a las tropas de Jauregui, integradas en lo que luego serán esos Ejércitos Nacionales, que ya han expulsado ese 14 de julio de 1813 a prácticamente todos los restos del ejército imperial francés de territorio guipuzcoano. Salvo por la plaza fuerte de San Sebastián, donde el general Rey se encastilla a la espera de que su emperador le pueda enviar un ejército que libere el cerco sobre él y, al tiempo, desbarate la, de momento, triunfante ofensiva iniciada el 26 de mayo por las tropas aliadas en Salamanca.

Una cuestión crítica, de verdadera emergencia militar, que podría explicar una respuesta cuando menos áspera por parte de ese capitán general de esos Ejércitos Nacionales, que bien podría haber respondido que no era momento para esos escrúpulos y esas quejas, siendo imprescindible sacar recursos de donde fuera posible para mantener sobre el terreno a esas tropas que están a punto, tras cinco años de sangrientas luchas, de invadir el mismo corazón del imperio napoleónico, cruzando el Bidasoa.

La respuesta de ese alto oficial, sin embargo, no podrá ser más suave ni más favorable a los razonamientos del Ayuntamiento patriota de Tolosa. Son las mismas que pueden leer, si quieren, en una de las imágenes que ilustra este artículo y que les transcribo aquí: considero muy justa esta solicitud, y los comisionados para la recoleccion de los repartos no molestaran á esta villa (es decir, Tolosa) por pedidos procedentes de repartos hechos anteriormente extendiendose sus facultades á los impuestos al presente por la Diputacion”.

Una respuesta verdaderamente llamativa. En primer lugar porque el que la firma es, en efecto, el capitán general de los Ejércitos Nacionales destinados a esta penúltima ofensiva contra Napoleón en territorio vasco. Es decir, Francisco Xavier de Castaños y Aragorri. O, más simplemente, el hoy controvertido general Castaños.

Si nos atenemos a ella, vemos que en Tolosa, en 1813, nadie recuerda, ni para bien ni para mal, aquel 14 de julio como la fecha especial en la que la revolución francesa pasa de su punto de no retorno y engendra a Napoleón y a todo lo que ha ocurrido entre 1789 y 1813.

Algo especialmente notable en el caso de Castaños, al que inopinada e indocumentadamente -como vemos por el caso que hoy cito- se le ha querido atribuir una misión vengadora durante ese año 1813 contra pueblos “vascos” afectos a los principios revolucionarios de 1794. Esos que casi llevan a la separación de territorio guipuzcoano de la corona española. Misión vengadora y destructora que, supuestamente, alcanzaría su clímax en San Sebastián el 31 de agosto de 1813.

Es evidente por este documento que acabo de citar, que el general nada recuerda, o quiere recordar, en ese 14 de julio de 1813, de lo que pasó en Tolosa entre 1794 y 1795, cuando es ocupada -o liberada, en opinión de muchos de sus vecinos- por las tropas de la Convención francesa. Y eso que se trata de hechos públicos y muy graves. Como los descritos en el libro que en 1989 se publicará bajo la dirección del profesor Jean-René Aymes para describir el impacto de la revolución francesa en España.

Son fragmentos de Historia en los que se describe una Tolosa llena de muchos entusiastas de la revolución, adornados hasta con escarapelas tricolor. Detalles que sólo vienen a corroborar otros que podemos encontrar en los archivos militares franceses de Vincennes, donde se habla de la plantación de un Árbol de la Libertad -supremo símbolo revolucionario junto con el otro “árbol” de la Libertad, la guillotina- en la actual plaza del Ayuntamiento de esa villa guipuzcoana.

Nada de eso parece tener ya importancia para el general Castaños, que, es evidente por el documento citado, nada tiene que reprochar a los tolosarras, aprovechando su negativa a pagar más dinero para mantener a su ejército. Ni siquiera a gente con la que no debía simpatizar mucho. Caso de Pablo Carrese, de una de las principales familias de Tolosa -por tanto una de las elegidas para financiar al ejército aliado-, y que, como se deduce, de las investigaciones realizadas por el profesor Álvaro Aragón -ya conocido de los lectores de esta página- en otra documentación -ésta del Archivo Nacional español- fue una de las que había recibido con vítores desde su casa principal en las afueras de Tolosa a las tropas convencionales en 1794, agitando hombres y mujeres de esa familia banderas tricolor…

Algo perfectamente lógico, ese olvido del general Castaños de todos esos hechos, tan relacionados con el 14 de julio de 1789, y tan visceralmente opuestos a sus ideas políticas.

Por una parte, el general Castaños es un militar que se pliega, como todos los de esa época que hacen armas en aquellos “Ejércitos Nacionales” bajo su mando, a la autoridad civil representada por la Regencia y las Cortes de Cádiz, como consta en diversa documentación. Desde la de Ayuntamientos y Diputación guipuzcoana hasta la del Archivo General Militar de Segovia.

Por otra parte, los Carrese, y muchos otros como ellos, estaban perdonados desde 1800 -cuando la corona española se alía ella misma con la República francesa- y se habían convertido desde 1808 en “patriotas finos”, que ven en Napoleón tan sólo a un opresor militar y un traidor a los principios revolucionarios que ellos han vitoreado, tricolor en mano, en 1794, y contra el que hay que combatir desde el mimo año 1808.

Poco podía hacer contra ellos, por tanto, el general Castaños. Ni siquiera aunque hubiera sido el monstruo incendiario y genocida que algunos quieren imaginarse ahora, juntando algunas líneas sacadas de contexto de un único documento, y que, sin duda, habría tenido una excelente ocasión de manifestarse aquel 14 de julio de 1813, en el que antiguos revolucionarios del 94 venían -a quién y a él- con excusas para no pagar la manutención de los Ejércitos Nacionales y sus tropas aliadas.

Un resultado tan esclarecedor sobre el verdadero comportamiento del general Castaños, uno de los protagonistas de esa penúltima campaña de las guerras napoleónicas, debería hacernos reflexionar a todos sobre las dificultades profesionales de escribir Historia. Un ejercicio que requiere rigor, método científico y otras cosas que, desgraciadamente, están brillando por su ausencia en este bicentenario de aquellos hechos.

Una lacra especialmente visible en el falseamiento de la verdadera conducta de  protagonistas de aquellos hechos, como Francisco Xavier de Castaños y Aragorri, deformado y caricaturizado desde una honda ignorancia de la Historia -de nuestra Historia- que nada sabe de documentos como el que acabamos de recuperar hoy. Uno que, desde luego, no va a ser el último a exponer en esta y en otras tribunas.

No al menos hasta que los hechos y los protagonistas de esa penúltima campaña de la guerra contra Napoleón hayan sido contados y descritos con el mismo rigor que el que se ha empleado en otros países civilizados para reconstruir la Historia de, por ejemplo, la batalla de Waterloo. Por sólo citar un caso que nos sitúe a todos en un plano más realista sobre qué es un artículo o un libro “de Historia” sobre las guerras napoleónicas y su bicentenario y qué no lo es.

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (IV). Del 4 de julio al 7 de julio. Navarros, yankees y guerras de independencia
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Carlos Rilova | 14-07-2013 | 22:33| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Tal día como hoy hace doscientos años, los ejércitos aliados hispano-anglo-portugueses habían conseguido, desde el 29 de junio de 1813, acorralar a la guarnición napoleónica en San Sebastián. Esa plaza fuerte que es esencial en esa penúltima campaña de las guerras napoleónicas iniciada el 26 de mayo en Salamanca.

Según la documentada “Historia” del general Gómez de Arteche, el 29 de junio el general Mendizabal y las tropas del denominado Séptimo Ejército Nacional han logrado cortar el acueducto que suministra agua a la ciudad y han rechazado una salida de la guarnición francesa, obligándola a encerrarse tras los formidables baluartes que defienden esa gran piedra en el camino que lleva a la victoria final, a las puertas de París o de la ciudad francesa más próxima en la que se proclame la muerte o abdicación de Napoleón.

El día 10 de julio el general Mendizabal dejará el campo libre a las tropas angloportuguesas del general escocés Graham, que se encargarán de poner sitio a San Sebastián mediante el tren de Artillería que les sigue desde Vitoria por ese Camino Real, sembrado de cadáveres, combates y batallas que hoy llamamos “N-1”.

Esa es la situación que se vive en ese pedazo del mapa de la Europa de las guerras napoleónicas hace ahora exactamente 200 años, el 8 de julio de 1813.

¿Les parecería muy extraño si les dijera que los acontecimientos de ese día guardan alguna relación, histórica, con otras dos efemérides que han resonado mucho a lo largo de esta última semana?. Me refiero, concretamente, al 7 de julio con el que la capital del “viejo reyno” de Navarra inaugura -una vez más- sus fiestas mayores, y más internacionales, y al 4 de julio estadounidense.

Esa fecha, celebrada también una vez más por todo lo alto en los Estados Unidos -como seguramente no se les habrá pasado desapercibido-, como tantas otras “Fiestas Nacionales” estará un tanto desdibujada, para muchos, en sus términos históricos. Habrá que recordar entonces que se eligió porque fue un 4 de julio, de 1776, cuando los rebeldes a la autoridad del rey Jorge III de Gran Bretaña e Irlanda decidieron sublevarse abiertamente contra él y formar una nueva nación a causa de no soportar ya una serie de injustos abusos. Tal y como se recoge en el documento de Declaración de Independencia firmado por un ilustre elenco -el editor e inventor Benjamin Franklin, por ejemplo- perpetuado, en algunos casos, en los actuales billetes de curso legal en Estados Unidos.

Gracias a Hollywood y también a los novelistas que lo nutren, ha quedado fijado en nuestro imaginario colectivo que la guerra revolucionaria que sigue a ese acto de rebelión fue ganada con ayuda exterior… pero francesa, que, por lo que se ve, da mejor en cámara. Como lo demostraba, por ejemplo, Tchéky Karyo en “El Patriota” de Roland Emmerich que, seguramente, será la imagen que ahora mismo les pase por la cabeza.

Como no podía ser menos en producciones “para toda la familia” como esa, la ayuda española, si era mencionada, quedaba reducida al folklórico argumento de facilitar a los guerrilleros protagonistas de esa cinta  una antigua misión en ruinas donde se escondían de la incansable persecución de los casacas rojas británicos.

Justo la clase de idea grabada a fuego en el público americano medio, que asocia inmediatamente a España con -además de toros y sol- procesiones y cosas así con muchas velas y religiosidad barroca.

Sin embargo, la realidad histórica, una vez más, no puede distar más de tan burdos tópicos y es en ella donde vamos a ver los vínculos históricos que pueden existir entre fechas como el 4 de julio y el 7 de julio, o guerras de independencia  separadas en el tiempo y el espacio, como la estadounidense y la española.

En efecto, lo primero que buscaron los rebeldes yankees de 1776 fue la ayuda del más poderoso enemigo de Gran Bretaña que les quedaba a mano. Esto es, no precisamente Francia, sino las guarniciones españolas estacionadas a lo largo del bajo curso del río Mississippi, presentes allí para defender los intereses imperiales españoles en los actuales estados de Luisiana, Nuevo México, Arizona, Téjas, California, Oregón, etc…

A los reyes absolutistas, por más que fueran ya tan sólo déspotas ilustrados, la actitud del señor Franklin y sus amigos y seguidores, no les resultaba particularmente agradable. Era difícil ignorar que lo que le estaba pasando al rey Jorge podía pasarles igualmente a ellos. En especial a Carlos III, rey de España y de unas vastas “Indias” que podían tomar nota de la actitud de aquellos colonos rebeldes y sus contagiosas ideas de Libertad o Muerte.

Sin embargo la posibilidad de debilitar a su gran rival, Gran Bretaña, pesó más entre los ministros de Francia y España que toda otra consideración.

Así fue como se decidió ayudar, primero bajo cuerda y después descarada y abiertamente, con declaración de guerra formal por medio desde 1779, a los rebeldes yankees. 

 

Eso se concretó en considerables operaciones de suministro financiero y de armamento como la descrita por María Jesús y Begoña Cava Mesa, protagonizada por la casa de comercio bilbaína Gardoqui, encargada de nutrir al Ejército continental de línea yankee de mosquetes, tiendas de campaña, medicinas, balas, pólvora y más de doscientas piezas de Artillería. Unos suministros que permiten al general Washington obtener la victoria de Saratoga, la misma que decide a Francia a entrar en liza a su lado y cambiar así el signo de esa guerra. Sin embargo, como vamos a ver, en esa labor colaboraron activamente muchos otros leales súbditos, de toda latitud y color de piel, de su católica majestad. Entre ellos varios cientos de navarros.

Su contribución fue de un porte mucho más épico que otras más fundamentales, como la prestada a través de Gardoqui e hijos. De hecho, sus hazañas en favor de la causa yankee fueron aptas incluso para que Antonio Banderas y el “lobby” hispano de Hollywood se planteasen dar una réplica adecuada -y seguramente, por aquello de la novedad, de éxito comercial- a producciones como la de Roland Emmerich y su mezquino recuerdo de lo que, en realidad, pasó en aquella Guerra de Independencia de Estados Unidos.

En efecto, la parte que juegan los navarros en aquella guerra fue una apabullante realidad que quedó plasmada en un libro, no menos apabullante, de la historiadora Carmen de Reparaz: “Yo solo: Bernardo de Galvez y la toma de Panzacola en 1781”.

En ese magnífico libro de Historia, verdaderamente ejemplar, la profesora De Reparaz nos explica, con todos los detalles posibles, las sucesivas expediciones del gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez, contra Florida y el actual Sur de Estados Unidos, para acorralar entre dos fuegos -el combinado francoestadounidense desde el Norte y el español desde el Sur- a los cada vez más aislados casacas rojas británicos.

La fuerza que se pone en pie por tierra y mar es verdaderamente formidable y en ella jugaron, en efecto, un papel notable muchos navarros implicados en batallas de esas que se suelen describir como “de película”.

Así es, soldados de línea o granaderos -la sección de élite- del regimiento Navarra tomarán parte en las expediciones de Gálvez contra Pensacola y otros puntos de los actuales Estados Unidos y se batirán frente a frente con los casacas rojas del flamante general Cornwallis. El mismo que se pasa toda la película de Roland Emmerich quejándose de tener que combatir contra campesinos armados con bieldos y fantasmas de los pantanos.

Cosas ambas que, como podrán apreciar por alguna de las ilustraciones de este artículo, distaban mucho de ser aquellos soldados navarros, que se distinguen apenas en el color de sus uniformes de las tropas que manda el propio Cornwallis con los malos resultados ya conocidos. Unas tropas, por otra parte, a las que sería muy justo reconocer, hoy, segundo día de las fiestas de San Fermín, aquel curioso, y notable, papel en esa Guerra de Independencia de los Estados Unidos que siempre parecemos considerar como una epopeya ajena a nosotros.

Algo bastante difícil de creer si seguimos pasando las páginas de “Yo solo” y leemos allí sobre, por ejemplo, los marinos de guerra de origen vasco que también toman parte en esas expediciones. Caso del capitán de navío José Calvo de Irazabal, al mando del San Ramón, navío de guerra de 64 cañones, Gabriel de Aristizabal, al mando de la fragata Nuestra Señora de la O, que porta 42 cañones, Manuel Bilbao, al mando del bergantín Santa Teresa, que sólo porta 14 cañones, o Miguel Goicoechea, que manda la fragata El cayman.

Una lista junto a la que, de manera bastante lógica, aparece otra nutrida por muchos catalanes puestos al mando de las llamadas “fuerzas sutiles”. Es decir, embarcaciones de poco calado y muy rápidas usadas como transportes y correos en grandes flotas como la que sitia Pensacola. En ella se incluyen los capitanes de saetias Jaime Fornell, Cristobal Rosell, Jaime Tremoll, Rafael Ferret, Josef Antonio Gatell, Félix Grau, José Soler, José Blanch o los de bergantines como Mariano Fontrodona o Juan Vilaró, al mando, respectivamente, del Santa Eulalia y el San Juan Bauptista.

Todos ellos, y muchos otros más, como los soldados del regimiento Navarra, contribuyeron a dar pábulo a aquella guerra que no era más que el consabido reguero de pólvora que estallaría después en Francia y de ahí se transmitiría al resto de Europa y del Mundo para horror, incluso, de los antiguos revolucionarios yankees. Los mismos que ven ir las cosas demasiado lejos en 1789 y acaban, de rechazo, involucrados en esas guerras napoleónicas con una Gran Bretaña que, en 1812, aprovecha para invadir sus antiguas colonias desde la única leal -Canadá- en respuesta a la expedición de los yankees sobre Montreal. Esa con la que habían tratado, por enésima vez, de atraer a su redil revolucionario a los recalcitrantes canadienses, aprovechando -según creían- que Londres está demasiado ocupado con “Boney” en Europa. Especialmente librando la que luego se conocerá como Guerra de Independencia de España…

La invasión y la guerra contra los canadienses entre 1812 y 1815 provocará -además de la lógica petición de asilo de un avisado José Bonaparte- el épico incendio del capitolio estadounidense en 1814 mientras se libra la batalla de Baltimore, que inspirará ese himno -tan oído este jueves pasado- sobre la bandera de barras y estrellas que ondea en medio del fuego enemigo apocalípticamente iluminado por cohetes trazadores de color rojo.

Una última consecuencia de lo que habían conseguido apenas treinta años atrás muchos navarros batiéndose en una guerra digna de la gran pantalla.

Los cientos de yankees que hoy mismo rebosan en las atestadas calles de Pamplona para celebrar el 7 de julio, deberían traer con ellos el recuerdo de los cientos de navarros que arriesgaron sus vidas en el Sur de los actuales Estados Unidos en 1779, 1780, 1781…

Los navarros harían bien, por su parte, en recordar en estas mismas fechas que Mina el mozo y sus ideas de guerra y revolución contra el tirano Napoleón en 1808 bien pudieron ser importadas por veteranos del regimiento Navarra participantes en las campañas de 1779, 1780, 1781… llevadas a cabo para defender a aquellos colonos que se lanzaban a la batalla contra los casacas rojas británicos al grito de “Libertad o Muerte”.

Sobre todo porque esos veteranos bien pudieron hacer la misma labor que hizo en Francia ese marqués de Lafayette recordado hoy por una placa apenas visible en un muelle de lo que en 1779 se llamaba “puerto de los Pasajes” y hoy se conoce como Pasai Donibane. La misma donde se conmemora su viaje a América para hacer lo mismo que hicieron esos soldados del regimiento Navarra. Algo que merecería la pena investigar, recordar…Y más en este año de bicentenario de unas guerras, las napoleónicas, estrechamente ligadas a lo que empezó, y aún no ha terminado, en un lejano 4 de julio de 1776. 

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (III). “Opio ta esklabuak”. Dos reflexiones sobre los sucesos de 1813, los vascos y la trata de opio y esclavos
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Carlos Rilova | 16-07-2013 | 10:11| 19

Primera reflexión.  “Donostia 1813, ¿Víctimas o beneficiarios de tres o de cuatro imperios?”

Por Carlos Rilova Jericó 

Esta semana pasada, el miércoles 26 de junio concretamente, fue, otra vez, el Día contra el uso indebido de drogas y su tráfico ilícito. Una ocasión verdaderamente oportuna para recordar en este correo de la Historia la relación entre los vascos de 1813, y fechas posteriores, con  ese turbio negocio.

Lo es -una ocasión verdaderamente oportuna- porque en estos momentos en los que la conmemoración de la destrucción y reconstrucción de Donostia-San Sebastián está en su punto álgido, no debería pasarse por alto el hecho fundamental que nos recuerda el profesor Álvaro Aragón Ruano -presidente de la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”- en el texto que sigue a éste. 

Se trata de una cuestión verdaderamente repelente desde nuestro punto de vista de europeos civilizados de comienzos del siglo XXI. Dicho de manera abrupta, se trata de recordar que nuestro, en muchos sentidos, envidiable nivel de vida, o la misma reconstrucción de San Sebastián a partir del 31 de agosto de 1813, tras la destrucción provocada por la batalla en torno a sus murallas de los ejércitos aliados y napoleónicos, fue debida, en buena medida, a dinero obtenido de negocios tan turbios como el tráfico -lícito en esos momentos (a comienzos del siglo XIX)- de seres humanos y droga en forma, sobre todo, de panes de opio.

Un tráfico, en especial el de opio, además, fruto de la cordial relación de muchos vascos -como verdugos, no como víctimas- con los imperios español, británico y portugués. 

Una circunstancia ésta -la de las excelentes relaciones de muchos comerciantes vascos con los imperios español, portugués y británico- que hace, quizás, aún más oportunas estas dos reflexiones que hoy publicamos, puesto que recientemente se produjo y presentó en el marco de las conmemoraciones de la destrucción y reconstrucción de San Sebastián en el año 1813, un video en el que se aseguraba que tal destrucción -como lo proclamaba su propio título, “Donostia 1813: víctima de tres imperios”- era fruto de las guerras entre, precisamente, tres imperios que, desafortunadamente, habían utilizado como reñidero a Donostia, dejándola, a ella y a muchos de sus habitantes, en un estado -eso no hay quien lo pueda negar y seguir llamándose historiador- lamentable.

Esa afirmación era corroborada en dicho video incluso por historiadores como el profesor Xosé Estévez, miembro, además, de esta asociación de historiadores “Miguel de  Aranburu” que yo dignamente intento representar en estas páginas cada lunes.

Sin embargo asertos como ese, sacados de su contexto por un opinable montaje final de dicho video, y por mucho que procedan de historiadores, sólo ofrecen una versión un tanto sesgada y parcial, muy parcial, de la realidad de aquellos trágicos sucesos perpetrados por tropas angloportuguesas durante la batalla de San Sebastián el 31 de agosto de 1813.

Vayamos, pues, a los detalles que faltan en productos que, como dicho video, se han presentado con aspiraciones histórico-conmemorativas  de aquellos hechos.

En primer lugar hay que señalar que, en realidad, si la ciudad de San Sebastián es  víctima de alguien en aquellas horas de horror que van desde la tarde del 31 de agosto a, aproximadamente, el 3 de septiembre de 1813, es de soldados, en efecto, de dos imperios: el británico y el portugués. Este último por otra parte, curiosamente y muy de acuerdo con una costumbre muy española -mirar por encima del hombro a los portugueses-, no era considerado en dicho video, “Donostia 1813: víctima de tres imperios”, como un imperio más -el cuarto, junto con el británico, el español y el napoleónico- de los que, según la argumentación de dicho video, convierten en víctima inocente de aquella batalla a la ciudad de Donostia el 31 de agosto de 1813 y días posteriores. 

Un detalle capital ese despectivo olvido que hace muy poco por recuperar la esencia de dichos acontecimientos tan lamentables como condenables -incluso en la época, como se puede leer en la “Historia” de sir William Napier, una fuente documental básica sobre esos hechos-, ya que, de los cuatro imperios enfangados en aquella larga guerra que sacude al Mundo desde 1805 hasta 1815, el portugués es uno de los más longevos. No dándose por desaparecido hasta, nada menos, que el año 1974. Cuando unos cuantos militares portugueses con una gran fe en la democracia, se rebelan contra la dictadura de profesores universitarios -que también las hay- puesta en marcha en Portugal por Oliveira Salazar en la era del ascenso de los Fascismos, en la ominosa Europa de los años treinta del siglo XX.

Resulta, sí, verdaderamente asombroso el olvido de detalles así en “Donostia 1813: víctima de tres imperios”, cuando tenemos a mano películas como “Capitanes de abril” de María de Medeiros -cineasta invitada en su día al Festival de Cine de San Sebastián-, o, por sólo citar otro ejemplo, los relatos de uno de los principales literatos portugueses de la actualidad, António Lobo Antunes. 

Unos en los que se recuerda, a menudo, su etapa en el ejército de aquel Tardosalazarismo, como uno más de los jóvenes oficiales que no están dispuestos ni a morir en Angola, ni a soportar un día más una dictadura en la metrópoli. Los mismos que en aquel abril de 1974 aguardan pegados a sus radios y transistores la emisión -emocionante emisión- de la canción “Grândola,  Vila Morena” de José Afonso. La consigna convenida para echarse a las calles y aplastar los restos de aquella dictadura -evidentemente de corte imperialista- que se resiste desde Lisboa a renunciar -costase lo que costase- al gigantesco imperio portugués erigido desde comienzos del siglo XV en África central.

Al margen de ese despectivo -y garrafal desde el punto de vista histórico- olvido del cuarto imperio en liza en torno a San Sebastián en 1813, el descuido más grave, sin embargo, en esa argumentación sacada de contexto en el montaje final de dicho video “Donostia 1813: víctima de tres imperios”, es olvidar que, independientemente de los donostiarras -y sobre todo las donostiarras- convertidas en víctimas circunstanciales el 31 de agosto y los primeros días de septiembre de 1813, los vascos -y entre ellos muchos donostiarras- han jugado, antes y después de esos días de oprobio, de verdadera revulsión para cualquier donostiarra que los recuerde o los conmemore con un lógico -y justificable- resentimiento, el papel de verdugos de muchos otros seres humanos. Encuadrados para tan desagradable papel -el de verdugos- entre las filas dirigentes tanto del imperio español como del británico y su fiel aliado, el portugués. 

En diversas ocasiones les he hablado de un navegante getariarra, Manuel de Agote y Bonechea, de quien he publicado varias cosas y entre otras una pequeña biografía en la Enciclopedia Auñamendi que pueden recuperar online con sólo consultar los índices de esa obra de referencia.

Fue contemporáneo de cierto general “Buonaparte” cuyos  progresos seguía con tanta admiración como inquietud en 1797, cuando a él, a Manuel de Agote y Bonechea, se le ordena volver desde China a Europa, porque la Real Compañía de Filipinas española -constituida en buena parte por capitales vascos- consideraba que tanto su estado de salud, como otras circunstancias hacían necesario su pase a un segundo plano y a un merecido y opulento descanso en su villa natal de Guetaria -hoy Getaria- al que él, sin embargo, no quiso resignarse. 

Los irremplazables “diarios” de Manuel de Agote y Bonechea -en posesión de la Diputación guipuzcoana a fecha de hoy-, en parte fruto de su frenética actividad hasta el día de su muerte prematura, nos hablan de muchas cosas sobre la región de Asia-Pacífico a finales del siglo XVIII. Por ejemplo, la cada vez más enconada rivalidad con la Compañía de las Indias Orientales británica que en esos momentos -en los días del “taipan” Manuel de Agote-, se encuentra en una situación desesperada al ser incapaz de equilibrar su balanza comercial con China, al carecer de plata de alta calidad -justo la que se produce en la América española- para poder comerciar con otro imperio: el del Centro, más vulgarmente conocido como “China”.

Algo que provoca en tiempos de Manuel de Agote gestos desesperados -casi abyectos- por parte de los “taipanes” británicos para poder atraerse la amistad y benevolencia del getariarra, que es el hombre que controla en ese momento y lugar el flujo de la  plata imperial española, y asimismo tratar de involucrarlo en el tráfico de opio que en esos momentos ya están estudiando desde Londres como medio para hundir definitivamente  a la orgullosa estirpe de los Hijos del Cielo. 

Algo en lo que Manuel de Agote no querrá entrar, zafándose cortésmente de las propuestas de los “taipanes” británicos…

 Pero la Historia no acaba con ese gesto decente de Manuel de Agote y Bonechea  rechazando un tráfico de opio peligroso y en el que, por otra parte, con su control del flujo de plata americana, no tenía ningún motivo para entrar. 

Continúa en detalles, por ejemplo, como la astronómica confiscación de bienes de la Real Compañía de Filipinas durante la invasión de las tropas convencionales de territorio vasco en 1794, como recogí en detalle en un artículo publicado en el Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián no hace muchos años.

O, si se quiere, en desencuentros entre británicos y españoles sobre la explotación de Asia, manifestados incluso durante la Guerra de Independencia. De los que la destrucción de Donostia podría haber sido -según indicios bastante razonables- el más lamentable de todos ellos. 

Unos desencuentros que, sin embargo, no durarán demasiado, teniendo en cuenta las cordiales relaciones que se restablecen entre españoles y británicos en las primeras décadas del siglo XIX para, por ejemplo, despedazar China por medio del tráfico de opio y plata. Uno en el que muchos comerciantes vascos afincados en Asia-Pacífico serán una pieza clave, como a partir de aquí nos lo cuenta con más detalle el profesor Álvaro Aragón.

Se trata de un hecho fundamental cuyo recuerdo debemos en estas fechas, en cualquier video, en cualquier libro que se precie del adjetivo “de Historia”, a los muchos miles de víctimas asiáticas o africanas causadas por comerciantes vascos -en connivencia con británicos y portugueses- durante muchos años después de que San Sebastián fuera arrasada el 31 de agosto de 1813, y días subsiguientes, en un episodio que muy bien pudo tener su origen en una nueva escenificación de las enconadas rivalidades entre imperios coloniales como el español, el británico, o, no lo olvidemos, el portugués.

 

2. Segunda reflexión. Del tráfico de opio y esclavos a la Filantropía. Vida de algunos magnates decimonónicos vascos (Menchacatorre, Zulueta, Matía…) 

Por Álvaro Aragón Ruano 

El maniqueísmo, esto es, diferenciar entre buenos y malos, es en Historia un arma peligrosa, que incluso se puede volver en contra de quien la utiliza. Los juicios históricos, que más bien son juicios ideológicos, nos llevan a prejuzgar ciertos fenómenos históricos como buenos o malos en función de nuestros valores actuales, pero como bien sabe el lector también estos, los valores, tienen su propia historia y son cambiantes: lo que antaño era algo asumido, en la actualidad es considerado inenarrable, condenable, criticable; lo que hoy es considerado positivo, aceptable, asumible, tal vez en un futuro no muy lejano sea rechazable, inasumible.

Por ello, hacer juicios de valor, dividir la historia entre buenos y malos, es ciertamente peligroso y no es una de las finalidades de la historia. Por mucho que les pese a algunos, la historia no está para enjuiciar el pasado, sino para conocerlo, desentrañarlo, descifrarlo, para obtener lecciones que nos ayuden a entender el presente y a afrontar el futuro. 

En esta ocasión vamos a recordar un pasaje de la historia vasca que bajo la perspectiva y los valores actuales sería totalmente execrable y que haría que nos rasgásemos las vestiduras, clamáramos al cielo y nos sonrojásemos, pero que en la época fue moneda habitual, totalmente aceptada, no sólo entre los vascos y los españoles, sino entre todos los estados y potencias del momento. Nos estamos refiriendo a dos cuestiones íntimamente relacionadas, a pesar de que a priori pueda parecer que no tienen conexión alguna, de las que ya nos previno de manera muy sibilina el genial Pío Baroja en sus novelas marítimas, con títulos como La Estrella del capitán Chimista: la participación de los vascos en la trata asiática y el comercio de opio durante el siglo XIX, que permitieron a personajes como José Matía Calvo amasar increíbles fortunas, gracias a las cuales en la etapa final de sus vidas pudieron realizar obras de caridad y proyectos asistenciales.

En cuanto a la participación vasca y española en el negocio del opio fue Josep María Fradera quien ya hace unos años ilustró esta historia. El origen del opio, el anfión de los españoles, término derivado del árabe afiyun, es muy antiguo, pues parece que los sumerios allá por el 2.000 a.C. ya lo utilizaban. Durante el Imperio Romano tuvo gran difusión, gracias a la protección del estado. Sin embargo, con el advenimiento del cristianismo se prohibió su uso, aunque el mundo islámico lo toleró. Precisamente, esta tolerancia facilitó su expansión en el Próximo Oriente y Asia Central durante los siglos XVI y XVII, siendo el Imperio Otomano y la Persia Safawida los principales centros de producción. 

Pero fue la llegada de los europeos, portugueses, holandeses, franceses e ingleses a Asia, lo que imprimió una escala superior al comercio del opio, sobre todo cuando la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) se implicó en dicho negocio, siendo sustituida en el siglo XVIII por la Compañía Inglesa de las Indias Orientales (EIC), que entre 1770 y 1780 produjo una auténtica revolución, todo ello en el marco de la conquista de la India, que desde entonces se convirtió en el principal centro productor. Inglaterra, donde el opio era consumido a través de su ingesta con fines terapéuticos, y la EIC mantuvieron el monopolio sobre su comercio hasta 1911, momento en el que el rechazo de la opinión pública internacional hizo imposible seguir con ese tráfico. Fue de tal magnitud el negocio del opio que en torno a 1858 se llegaron a obtener casi 40 millones de libras esterlinas. Tal vez en otra ocasión hablemos de las diferentes guerras del opio que libró el Imperio Británico en pos de introducirse en los mercados asiáticos y chino.

La Compañía de Filipinas, sustituta de la Real Compañía de Caracas, a partir de 1785, fue el principal vínculo de España con las posesiones y comercio británicos en el sudeste asiático; gracias a su base en Cantón se especializó en el comercio de tejidos de algodón indios. En 1819 Lorenzo Calvo y el vasco Gabriel Iruretagoyena, que habían sustituido en Cantón a los anteriores factores, Pedro Echebagaray y Francisco López de Omara, se introdujeron rápidamente en el negocio del opio. Aprovechando las posibilidades abiertas por la compañía, varios vascos se establecieron en Calcuta (Laruleta, Mendieta o Uriarte), junto a aragoneses como Irisarri, desde la que exportaron hacia China. Dichos comerciantes vascos se asociaron con varios comerciantes escoceses que operaban allí; los primeros aportaban sus contactos desde Manila -y desde México y Cuba, lo cual será esencial para la trata- y los segundos sus contactos en Calcuta y capital. 

Entre 1823 y 1830 algunos de estos comerciantes vascos y españoles, como Gabriel Iruretagoyena y Eugenio Otaduy, ya de forma independiente, se trasladaron a Macao, ciudad portuguesa en China desde la que el Imperio Británico operó y se introdujo en el mercado chino hasta la fundación de Hong Kong en 1842.

Precisamente, ese es el momento en el que los Zulueta entraron en el negocio de la trata de esclavos, los años treinta del siglo XIX. La participación de los vascos en la trata de esclavos negros africanos, ya desde el siglo XVI, es conocida gracias a libros como Esclavos y traficantes. Historias ocultas del País Vasco, publicado por José Antonio Azpiazu o incluso por obras de carácter más general, como La trata de esclavos. Historia del tráfico de seres humanos de 1440 a 1870. Aunque sin duda las aventuras de los mencionados Zulueta son las que más ríos de tinta han producido entre la historiografía vasca, con infinidad de artículos y monografías, de las que destacamos las realizadas por autores como Joseba Agirreazkuenaga, Xabier Ibarzabal, Ángel Bahamonde y Gregorio Cayuela, Urko Apaolaza o Félix Luengo. 

Por esas fechas, y a pesar del tratado firmado entre Inglaterra y España en 1817 prohibiendo el tráfico de esclavos negros, Julián de Zulueta y Amondo (1814-1878) -primer marqués de Álava y vizconde de Casa Blanca- estableció tratos con los negreros portugueses Pedro Blanco, Cardozo, etc., con el apoyo de la casa comercial Zulueta y Cía de Londres, de la que era factor en La Habana. A partir de 1847 los Zulueta entraron en el negocio de la trata de indios del Yucatán y Venezuela y en el transporte y colocación de coolies o culies chinos desde Macao con destino a Cuba. Aunque la compañía Zulueta y Cía se retiró del negocio para la década de los años cincuenta, Julián Zulueta siguió en él a partir de la década de los años sesenta hasta su muerte: entre 1858 y 1862 entraron en Cuba más de 100.000 esclavos negros, muchos de los cuales fueron introducidos por Zulueta. Gracias al negocio negrero, Julian Zulueta pudo comprar una serie de posesiones en Cuba en las que estableció ingenios de azúcar, con el nombre de Alava y Vizcaya, convirtiéndose en el tercer productor de Cuba.

En el caso concreto de la trata asiática, los coolies -que en teoría eran esclavos contratados por un período de tiempo, tras el cual serían liberados- eran suministrados desde Cantón, Macao, Wampoa y Anoy. Como hemos visto, en estas ciudades, sobre todo las dos primeras, existía una numerosa colonia comercial española y vasca, amén de otras europeas. Además de ser comerciantes, la mayoría de ellos realizaba una función diplomática: vascos como Garreta y José Ramón Orbeta comerciaban con seda y eran diplomáticos del gobierno español acreditados en China. Así mismo, cerca, en Filipinas, residía una nutrida colonia de vascos, entre los que destacan los Zubiri, Aldecoa, Eguiruz, Inchausti, Matía Calvo, Aguirre, Arrechea, Olaguibel o Rotaeche, que mantenían estrechos vínculos comerciales y personales con las Antillas. Muchos de ellos volverían a la península una vez amasadas sus fabulosas fortunas. 

En 1846 la casa comercial Matía, Menchacatorre y Cía de Manila fue la primera en aportar los barcos y medios necesarios para el transporte de los 600 primeros asiáticos que llegaron a la Habana. José Matía Calvo había nacido en Llodio el 6 de julio de 1806, pero emigró a La Habana y finalmente se trasladaría a Cádiz, desde donde gestionaría sus negocios. En la mencionada compañía estaban también el vizcaíno Claudio Menchacatorre y el guipuzcoano Fernando Aguirre, además del escocés -una vez más vascos y escoceses juntos- James Tait, que tenía como base de operaciones Amoy, desde la que contrataba a los chinos que luego serían trasladados a Cuba, Perú -para la extracción del codiciado guano- y otros lugares.

El círculo se cerraba con Juan Bautista Arrechea, quien operaba desde Manila. Todos ellos combinaban la venta de sedas chinas, azúcar, tabaco, maderas y especias con la trata. Matía Calvo pretendía introducir en Cuba hasta 20.000 asiáticos, aunque finalmente sus proyectos no se llegaron a cumplir al cien por cien, y los introducidos fueron menos, si bien comerciantes como el cántabro Manuel Bernabé Pereda introdujeron unos 10.868 asiáticos entre 1853 y 1858. Para llevar a cabo sus negocios Matía Calvo contaba en la corte de Madrid con la inestimable ayuda de varios amigos, como José Antonio Orbeta, representante del grupo Cucullu-Orbeta, y del financiero Carlos Jiménez del Castillo, representante de la firma londinense Zulueta y Cía; de hecho Matía Calvo mantuvo correspondencia fluida con Pedro José de Zulueta, II Conde de Torre Díaz, cabeza del clan Zulueta. Junto a Julián Zulueta, del que ya hemos hablado, figuraban como los primeros compradores de chinos otros hacendados vascos como Ignacio Arrieta o Domingo Aldama. 

José Matía Calvo, que murió soltero y sin descendencia en Cádiz en 1871, dejó en su testamento -redactado en 1870- la mayor parte de su fortuna a la creación de dos asilos, uno en Cádiz y otro en Donostia; concretamente, en Cádiz el asilo de Balón, en la plaza Mina, construido a partir de 1883, cuyo edificio sirve hoy de sede de la Delegación de la Junta de Andalucía, y en Donostia el asilo de Ibaeta, donde hoy se sitúa la Fundación Matía Calvo, por todos conocida y a través de la cual su fundador -el aludido José Matía Calvo- trató de redimir -no se puede decir que sin éxito- sus pasadas audacias mercantiles por medio de esa obra social aún hoy en funcionamiento.

Por tanto, que nadie saque conclusiones precipitadas ni tenga la insana tentación de enjuiciar esta parte poco conocida de la historia vasca, porque si siempre actuásemos desde planteamientos maniqueos nos quedaríamos sin monumentos, palacios, museos, plazas, nombres de calles y memoria histórica, pues en la mayoría de los casos, tras las épicas y heróicas historias de los personajes históricos se esconden, lo que en la actualidad consideraríamos oscuras, sucias y repugnantes realidades. Cada acontecimiento histórico corresponde a un contexto y a una realidad históricas que no pueden ser enjuiciadas desde prejuicios y valores actuales y presentistas. 

Los historiadores, y sus lectores, deberíamos hacer el esfuerzo -lo que no siempre ocurre- de trasladarnos a aquellas épocas y ponernos en la piel y en la mente de aquellos personajes, con sus mentalidades, expectativas, valores, desgracias y fortunas, y no hacer juicios apresurados y banales, desde intereses políticos y partidistas, que no llevan a ninguna parte. La Historia es historia y no hay buenos ni malos, puesto que lo que para unos puede ser bueno, para otros es malo. 

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (II). La batalla de Vitoria. ¿Una victoria decisiva? (21-06-1813)
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Carlos Rilova | 12-02-2014 | 19:02| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Esta pasada semana, y sobre todo este pasado fin de semana, se han celebrado los dos siglos de uno de los grandes hitos de este  bicentenario de la llamada “Guerra de Independencia”. Es decir, el de la batalla de Vitoria que tuvo lugar en 21 de junio de 1813.

Aquel asunto fue algo verdaderamente complejo desde el punto de vista militar. Se pusieron sobre un terreno muy extenso, de 17 kilómetros de largo -la distancia que hay, aproximadamente, entre La Puebla de Arganzón- y las puertas de Vitoria, unos 70.000 hombres por parte del ejército aliado hispano-anglo-portugués y algo más por parte del ejército imperial francés. Así, el despliegue de esas tropas tuvo que cubrir un vasto terreno caracterizado, especialmente, por la presencia de numerosos puntos cortados por cursos de agua, con el río Zadorra como fuente principal.

En otras palabras mylord Wellington y su Estado Mayor debían resolver como principal problema táctico, aparte del control de las eminencias del terreno, caminos, sendas, formaciones boscosas, etc…, el de los puentes que les permitirían llegar hasta el grueso de las tropas imperiales que se interponían entre ellos y la victoria total.

Bien, no voy a meterme en más detalles sobre esa compleja operación táctica. Se lo pueden explicar mucho mejor historiadores militares como el general Gómez de Arteche, todo un clásico que data del primer bicentenario de esta guerra, o más reciente, y divulgativamente, Emilio Larreina.

Lo que más me importa es que valoremos adecuadamente el hecho histórico que tuvo lugar en Vitoria -hoy Vitoria-Gasteiz- hace ahora doscientos años.

Me consta que entre las actividades programadas para este bicentenario hay algunas en las que se ha dejado caer el adjetivo “decisiva” junto a las palabras “batalla de Vitoria”.

Desde el punto de vista del historiador -desde el que siempre se escribe esta página-, eso, quizás, es una exageración de lo más extemporánea, que nos habla de los errores que se suelen cometer habitualmente en este tipo de conmemoraciones históricas.

No cabe duda -me remito otra vez a los autores ya citados para la cuestión de los detalles- que hace ahora doscientos años, en Vitoria, hubo una batalla formidable. Tan formidable como lo pudo ser la de Bailén o Waterloo, por sólo poner dos ejemplos.

Una que incluso, cuando se supo de ella, atrajo la atención de nada más y nada menos que Ludwig Van Beethoven, que le dedicó una composición musical, pero, sin embargo de todo esto, como ya les adelanté la semana pasada, en el primer artículo de esta serie sobre el Bicentenario de la Guerra de Independencia, que debe acabar el 9 de septiembre, Vitoria fue sólo uno de los acontecimientos que tienen lugar durante una larga y durísima campaña -la penúltima de las guerras napoleónicas-, que empieza un 26 de mayo de 1813 en Salamanca y acaba sólo en la ciudad francesa de Tolouse en abril de 1814.

Desde el punto de vista estrictamente histórico, es decir, el de personajes como el general Álava, Longa, el general Foy, el general Clauzel, lord Wellington o, sin ánimo de agotar la lista, el general Mendizabal, lo ocurrido en Vitoria el 21 de junio de 1813 es una gran victoria que desbarata a un ejército imperial en franca retirada, que retrocede a marchas forzadas, y que demuestra en esa vasta operación, resuelta en apenas un día -el 21 de junio- su estado de declive -subrayado por Gómez de Arteche en su vasta obra-, incapaz de plantear una batalla con posibilidades de éxito que permita a Napoleón ganar más tiempo para rehacerse y retrasar lo que ya entonces parece inevitable. Es decir, la quiebra definitiva del Primer Imperio francés.

Sin embargo, esos mismos personajes históricos, y muchos otros implicados, a miles, en ese acontecimiento, saben perfectamente que esa batalla no ha sido decisiva. O no lo va a ser al menos hasta que se tome todo el territorio alavés, navarro y guipuzcoano que se extiende entre el perímetro de Vitoria, el Bidasoa y los Pirineos.

Los soldados que no estaban saqueando el llamado “equipaje” del rey José, pudieron pasar por unas horas de euforia al saber que habían sobrevivido a una gran batalla, otra más, pero como veteranos de esa que los británicos llaman “Guerra peninsular”, sabían que en cualquier momento las tornas se podían volver, de nuevo, en su contra. Los cuatro años anteriores se había repetido siempre, o casi siempre, el mismo esquema: una o varias grandes batallas ganadas, un avance hacia el Norte de la Península, un contraataque francés y una nueva retirada a las posiciones de origen del ejército hispano-anglo-portugués, quedando el territorio ocupado en manos de unas tropas napoleónicas hostilizadas de forma continúa -pero no decisiva- por tropas locales organizadas a partir de las guerrillas de primera hora de los años 1808, 1809, 1810…

Caso, por ejemplo, de las unidades ligeras bajo mando de Gaspar de Jauregui, organizadas en los batallones guipuzcoanos 1, 2 y 3, que forman la sección guipuzcoana del Cuarto Ejército español, o los húsares de la División Yberia bajo mando del vizcaíno Francisco de Longa.

El 21 de junio de 1813 Wellington logra romper, por primera vez, esa especie de maldición que le impide avanzar sobre el Camino Real -la actual N-1- más allá de territorio castellano, apoderándose así de la arteria principal que mantiene comunicado el frente peninsular -en el que Gran Bretaña arriesga el todo por el todo, invirtiendo miles de libras y el grueso de sus ejércitos- con el corazón del Imperio napoleónico.

Vitoria es el lugar en el que ocurre ese hecho fundamental. Sin embargo, como decía, mylord Wellington tenía desde la noche del mismo 21 de junio de 1813 aún una ardua tarea por delante: llegar al mar y conquistar todo el territorio ante él -hablamos de muchos kilómetros como bien sabemos-, evitando que las tropas francesas se reorganizasen y se hicieran fuertes para poder esperar un nuevo contraataque. Uno que se daría en cuanto Napoleón se reorganizase, a su vez, diplomáticamente y, de rechazo, militarmente, explotando a fondo sus victorias de Lützen y Bautzen mientras, como nos recuerda Dominique de Villepin en su obra “La chute”, ocultaba a los austriacos lo ocurrido en Vitoria para evitar que se formase una nueva coalición en el Norte de Europa, que lo pondría en serio peligro. Justo lo que, en definitiva, ocurrirá, en otoño de ese año de 1813, cuando sea derrotado en la llamada batalla de las naciones, en Leizpig.

Un último golpe que venía a rematar todo lo que había ocurrido en la Península tras la batalla de Vitoria en 1813. A saber: la ofensiva  a marchas forzadas sobre territorio guipuzcoano dirigida por Francisco de Longa y sus Húsares de Yberia sobre la actual N-1 y por el segundo de Wellington, el general Thomas Graham, que caen como un verdadero rayo sobre la retaguardia del ejército imperial. Ese mismo que se retira casi presa del pánico desde las afueras de Vitoria. Una operación fundamental que desbarata la línea de resistencia que generales como Maximilien-Sébastien Foy tratan de organizar allí. Por ejemplo en puntos tan a propósito como los lugares que Napier -testigo e historiador de esos hechos a un mismo tiempo- llama “Veasaya” y “Villarreal”, respectivamente las actuales Beasain y Ordizia. Algo que, con muy buen criterio, recordó este mismo 21 de junio de 2013 la Sociedad de Ciencias Lemniskata con una doble conferencia.

De ahí, en apenas dos días esas tropas de vanguardia, unidas a las que avanzan desde Galicia, Santander… y han entrado ya en territorio guipuzcoano desde la derrota francesa del mismo día 21 de junio, deberán plantear una nueva y dura batalla en Tolosa, desalojando al general Foy de esa villa amurallada y reforzada con numerosos blocaos desde el principio de la ocupación.

Tras la retirada de Foy de ese punto entre el 25 y el 26 de junio, la matanza continuará en el camino a Hernani y San Sebastián, persiguiendo las tropas aliadas a un ejército que se bate en retirada. Es decir, disputando en pequeños combates cada palmo de terreno. No por obstinación, no por eso que algunos llaman “honor militar” (o no sólo por eso), sino por razones tácticas fundamentales.

Es decir, para retrasar en todo lo posible el avance aliado, para desvirtuar así la victoria de Vitoria, dando tiempo a que se reorganicen las tropas imperiales. Primero en San Sebastián y después al otro lado del Bidasoa para, naturalmente, lanzar un nuevo contraataque que arruine esta nueva ofensiva de Wellington de la primavera de 1813, que bien podría haber acabado como todas las anteriores.

La batalla de San Sebastián y la de San Marcial, que sólo se deciden más de dos meses después de la victoria de 21 de junio de 1813, el 31 de agosto de ese mismo año, deberían llevarnos a reflexionar sobre lo que realmente ocurrió en territorio guipuzcoano y alavés hace ahora doscientos años y sobre cómo debería ser conmemorado. Desde luego la actual descoordinación entre las principales poblaciones implicadas en esa penúltima campaña no parece el camino correcto.

Esa circunstancia tan poco afortunada, de momento, sólo nos muestra cómo la Historia, que es lo que se supone deben recuperar estos centenarios, puede acabar absolutamente desvirtuada, irreconocible para aquellos que fueron sus protagonistas.

Por ejemplo, para aquellos soldados vencedores de la batalla de Vitoria que, seguramente, debieron sentir un gélido espasmo en el fondo de sus ya muy castigados estómagos -por las marchas forzadas, por la mala comida, por el miedo…- cuando oyeron redoblar los  tambores de sus regimientos y oyeron decir, por enésima vez, a sus oficiales y suboficiales, “¡marchen!”. Marchen hacia una nueva escaramuza, un nuevo combate, una nueva batalla, en fin, hacia una nueva ocasión a la que tal vez no sobrevivieran para ver por el suelo las insignias imperiales de aquel Napoleón Bonaparte que le había amargado la vida, a un buen número de ellos, durante muchos años.

Son hechos fundamentales como esos los que deberíamos tener presentes cuando nos preguntemos qué es lo que vamos conmemorando en este año de 2013 y que es lo que, en definitiva, deberíamos recordar, convertir en Historia.

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (I). Una reflexión sobre la Historia de la conmemoración de un centenario: “Donostia 1813-2013”
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Carlos Rilova | 16-07-2013 | 10:24| 23

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy comenzamos en este correo de la Historia, que ya ha cumplido su primer año, una serie de artículos que llegarán hasta el 9 de septiembre. Todos ellos tendrán un mismo denominador común: estarán dedicados a reconstruir los hechos históricos que tuvieron lugar, fundamentalmente, en territorio alavés y guipuzcoano hace ahora doscientos años, y tratarán de ofrecer información inédita, y de primera mano, sobre ellos.

Ese objetivo es producto tanto de la mera inercia del trabajo del historiador -se supone que eso, precisamente, es lo que debe de hacer-, como del preocupante horizonte que plantea el modo en el que, según los indicios disponibles, se ha decidido conmemorar alguno de los principales hechos históricos de esa penúltima campaña de las guerras napoleónicas liderada nada más, y tampoco nada menos, que por el general que acabará con Napoleón en Waterloo: sir Arthur Wellesley, desde 1809 conocido como Lord Wellington.

Para mí, quizás, habría sido más fácil pasar por alto un hecho fundamental. A saber: que hoy mismo todo apunta a que, si no hacemos algo para remediarlo, la conmemoración de esos hechos históricos no dejará un relato históricamente válido.

Sólo para centrarnos en un único caso, el  título oficial de la conmemoración dirigida desde el Ayuntamiento de San Sebastián, y el enfoque de la misma, resultan terriblemente reduccionistas, localistas -un fallo que comparte con el otro gran hito de este bicentenario, la batalla de Vitoria- y, por lo tanto, terriblemente empobrecedores de ese relato histórico que, se supone, sería precisamente lo que deberían generar este tipo de conmemoraciones.

El título oficial de ese evento es “Bicentenario 1813-2013. 200 años construyendo San Sebastián”. Una afirmación excesivamente neutra, incluso aparentemente cándida vista desde el punto de vista del historiador -que algo, se supone, podrá decir respecto a algo que, se supone, es una conmemoración histórica- y que no mejora mucho con la explicación que da el programa oficial del Ayuntamiento de San Sebastián, donde se señala, literalmente, que lo que se pretende conmemorar es “la quema, destrucción y reconstrucción de Donostia/San Sebastián”. A lo que sólo se añade, para contextualizar ese hecho histórico, que dicha “quema, destrucción y reconstrucción” fue producto de “un trágico episodio de las Guerras Napoleónicas” perpetrado por tropas aliadas anglo-portuguesas…

Si seguimos leyendo dicho programa descubriremos que, básicamente, se pretende dar a conocer ese hecho, pero en ningún momento se habla de aprovechar esta fecha redonda para realizar la trabajosa -y necesaria- tarea de reconstruir aquellos hechos, ahondando en el conocimiento histórico de los mismos.

Así las cosas, a fecha de hoy, y ya sólo con ese punto de partida, entramos en un discurso histórico que, voluntariamente o no, deforma, y aliena, el recuerdo de esos acontecimientos. Para empezar se aísla ese hecho,“la quema, destrucción y reconstrucción de Donostia/San Sebastián”, del contexto histórico que lo generó.

Es decir, de una importante campaña militar que, como nos indica la obra clásica de José Gómez de Arteche, comienza el 26 de mayo de 1813 en Salamanca, donde se inicia una decidida marcha hacia el Norte con hitos como Osma, San Millán, Subijana… que culmina en la batalla de Vitoria el 21 de junio de 1813 y se remata -en territorio peninsular, ya que la última batalla se libra en Tolouse en abril de 1814- con la de San Marcial el mismo 31 de agosto en el que San Sebastián es tomada por las citadas tropas anglo-portuguesas. Algo que sólo se logra después de vencer la obstinada resistencia del general Rey, mantenida durante dos meses, y que hará pagar a esas tropas anglo-portuguesas un altísimo saldo de bajas, que superan los dos mil efectivos muertos ante la brecha por la que San Sebastián es tomada al asalto para desalojar a las tropas napoleónicas acantonadas en ella.

Se nos priva así de saber que la ciudad es un punto clave, estratégicamente hablando, en dicha campaña de la que depende en esos momentos el destino de toda Europa. El mismo que se está jugando sobre una mesa de negociaciones en Dresde, donde el emperador Napoleón se esfuerza por ocultar la derrota de Vitoria y la pérdida, ya casi definitiva, de toda la Península, a excepción de Pamplona y Cataluña.

Se nos priva así también con ese enfoque reduccionista de saber que el objetivo inicial de esas tropas organizadas para batir a los restos de la “Grande Armée” napoleónica en Portugal y España, era hacerse con un recurso estratégico de primer orden, fundamental para que el ejército aliado de España, Portugal y Gran Bretaña no sufriera un descalabro quizás definitivo. También se nos priva así de considerar que el fin oficial y declarado de ese ejército aliado -dejando aparte, de momento, desmanes aún por esclarecer- era, tal y como lo esperaban sus habitantes, liberar una ciudad invadida, tomada por un golpe de mano desde el año 1807, del mismo modo que, de acuerdo al designio de Napoleón para apoderarse de España sin disparar un sólo tiro, se toman otras plazas fuertes y depósitos militares estratégicos de esa monarquía.

Una ciudad, San Sebastián, que, partidarios de la causa bonapartista aparte -caso, por sólo citar un ejemplo, de José María Soroa, que, a la sombra de las bayonetas francesas, actúa como un verdadero tirano-, vive en una incómoda y tensa situación con un ejército de invasión que se mantiene, básicamente, esquilmando la Hacienda pública de esa ciudad como la del resto de las poblaciones de tránsito de la “Grande Armée” napoleónica.

Es éste un panorama nada alentador y que, a medida que nos acercamos a la recta final de esa conmemoración, quedaría reforzado -incluso se podría decir que definitivamente sellado- por la ausencia para el recuerdo, para el Futuro, de algo que explique realmente la Historia -no el Mito, ni la Leyenda o leyendas, o las omisiones deliberadas o no- de aquellos acontecimientos con el nivel y la calidad de las obras que vieron la luz en el año 1963. El año en el que se cumplió el 150 aniversario de esa que, con toda corrección histórica, podríamos llamar la batalla de San Sebastián, pues, salvando ciertas distancias, responde, en sus características básicas, a un esquema muy similar, por ejemplo, al de una de las más vastas operaciones de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, la lucha por el control estratégico de la ciudad de Stalingrado por medio de un férreo asedio entre agosto de 1942 y febrero de 1943, que actualmente se conoce, precisamente, como “batalla de Stalingrado”.

Se han invertido cantidades notables en organizar multitud de pequeños actos para recordar esos hechos de esta penúltima campaña de las guerras napoleónicas en el País Vasco a través de esa conmemoración histórica -“Bicentenario 1813-2013. 200 años construyendo San Sebastián”- tan mal enfocada desde el punto de vista del historiador. Unos han sido populares -como el Carnaval de este 2013-, otros más académicos, como visitas guiadas, ciclos de conferencias, algún que otro curso de verano y un largo etcétera que ha abrumado, o aún va a abrumar, la agenda de los donostiarras y los turistas que han visitado, o visitarán, la ciudad.

Sin embargo, pese a esa nutrida agenda, un historiador no podría -de hecho, no debería- cerrar los ojos ante el hecho, fundamental, de que no hay, de momento, ni un sólo libro de Historia similar a esa “Historia de la reconstrucción de San Sebastián” firmada en 1963 por el profesor Miguel Artola, que nos explique, correcta y documentadamente, de qué circunstancias históricas reales sale esa “quema, destrucción y reconstrucción de Donostia/San Sebastián”.

Desde luego incógnitas en torno a la destrucción de la ciudad -según los indicios documentales disponibles, sistemática, y probablemente intencionada- no parecen, a fecha de hoy, ir a quedar resueltas -ni investigadas- en una monografía similar a la escrita por Artola por lo que se ha puesto hasta ahora al alcance de los lectores a raíz de esta conmemoración. La misma que parece pretender reducir unos hechos diversos y complejos únicamente a “la quema, destrucción y reconstrucción de Donostia/San Sebastián”, aislando todo eso del resto de acontecimientos históricos de los que fue el sobrecogedor producto final.

La aportación de información documental completamente inédita sobre ese asunto, ha sido, hasta este momento, poco más que irrelevante y no ha servido, desde luego, para esclarecer los hechos del incendio de ese mismo 31 de agosto de 1813, ni para situar esos hechos de armas claves en el desarrollo de la fase final de las guerras napoleónicas que se luchan, casi simultáneamente, en Vitoria o San Marcial, sí, pero también en Lützen y Bautzen, donde Napoleón aún cree posible derrotar la coalición de potencias -Rusia, Prusia, Portugal, Suecia, Gran Bretaña, España…- que lo van acorralando, poco a poco, en el hexágono francés, obligándole a retroceder a sus fronteras anteriores incluso a las guerras revolucionarias.

En ese panorama tan desolador para el historiador y para los que quieren leer Historia, ha habido, en el caso de San Sebastián, además, reclamaciones verdaderamente estrambóticas por parte de algunos colectivos y asociaciones culturales acerca de la necesidad de una mayor investigación sobre esos hechos.

Algo verdaderamente chocante teniendo en cuenta que algunos productos de esa conmemoración, avalados por dichas asociaciones -y, lo que es más preocupante, financiados con dinero público-, han ignorado -sistemáticamente- las más recientes aportaciones historiográficas sobre ese tema. Como podría ser el caso -por sólo citar los ejemplos que mejor conozco- del artículo “Cuatro años de traición” -firmado por el que estas líneas escribe-, donde se aclaraba, con documentos a la vista, hasta dónde había llegado realmente la supuesta inquina de la Corona española contra algunos de sus súbditos guipuzcoanos por el conato secesionista de adhesión a la república francesa de 1789 que promovieron en 1794, al amparo de las tropas de esa Convención.

Un tema que quedaba oficialmente olvidado por un perdón real fechado en el año de 1798, dejando esa cuestión zanjada y el camino abierto a los antiguos traidores -vistos así desde la óptica de la Corona española- para redimirse, a partir de 1808, alistándose bajo las banderas españolas que combaten a un Napoleón igualmente antipático para esos antiguos revolucionarios, como los Echave Asu y Romero, -que lo ven como un traidor a los ideales de 1794- y, también, para acérrimos absolutistas.

Igualmente quienes tal afán investigador piden ahora, casi al final del bicentenario de esa que, por exactitud histórica, deberíamos acostumbrarnos a llamar la batalla de San Sebastián, parecen ignorarlo todo sobre las recientes biografías del general Gabriel de Mendizabal -también firmadas por el que estas líneas escribe- publicadas en la Enciclopedia vasca de referencia -Auñamendi- y en el Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián, basadas, principalmente, en documentación inédita del Archivo Histórico Nacional y del Archivo Militar de Segovia.

Una circunstancia, como decía, chocante, teniendo en cuenta que dichas asociaciones reclamantes de “investigación histórica”, y lo que ellas pretenden dejar como relato histórico homologado -¿quizás definitivo?- de esos acontecimientos de 1813, otorgan al general guipuzcoano Gabriel de Mendizabal un papel de benefactor, casi mesiánico, de un entonces inexistente “pueblo vasco”-si acaso todo lo más vascongado, según la denominación de la época-.

Algo bastante difícil de atribuir -ese papel de benefactor casi mesiánico de ese supuesto pueblo vasco independentista- a un militar profesional al servicio de la Corona española desde sus veinte años en regimientos como el España, destinado a África, en el que se fogueará combatiendo contra los habitantes del Norte de ese continente. Los mismos que no ven precisamente con buenos ojos la presencia de plazas fuertes del imperio español en lo que consideran -en buena lógica- su territorio. Eso hasta que el futuro general nativo de Bergara es destinado a los frentes catalán y vasco en 1794, para combatir a los secesionistas guipuzcoanos que, en esas mismas fechas, pasan a sangre y fuego poblaciones como Ondarroa y Eibar por negarse a secundar su proyecto de separación de la corona española…

Brillan por su ausencia también -pese a tales reclamaciones de investigación tan gratuitas que, por lo que se ve, sólo ocultan ignorancia de la que ya se ha realizado- nuevos estudios y sondeos de archivos a fondo sobre figuras como la del general Castaños, que ha sido convertido en el eje de gran parte de la actualmente estéril -para la Historia- controversia en torno a quién dio realmente las órdenes de incendiar San Sebastián en 1813.

Así por ejemplo, ninguna publicación de las realizadas hasta hoy en el marco de este bicentenario en torno a esa cuestión -que se ha convertido casi en el eje único, obsesivo, de la conmemoración de esos hechos históricos de 1813- ha analizado seriamente la correspondencia inédita de Francisco Xavier de Castaños -ese general español de origen vasco- en el momento en el que entra en territorio guipuzcoano en junio de 1813 y se pone en relación con las autoridades locales.

Tampoco parece que se haya revisado su larga hoja de servicios, depositada como muchas otras en el Archivo General Militar de Segovia, o, siquiera, que se hayan sacado conclusiones acerca de su forzada obediencia debida a la Regencia de Cádiz. La misma disciplina militar que le obliga a él, un reaccionario, un partidario del Absolutismo al menos hasta la muerte de Fernando VII en 1833, a proclamar la constitución de 1812 en territorio guipuzcoano, pese a odiar cordialmente esas novedades políticas de corte revolucionario. Una ideología reaccionara que, por cierto, compartía con los oficiales al mando en el asedio de San Sebastián en 1813, el general escocés Thomas Graham  y  Lord Wellington, sirviendo de base a una estrecha amistad con este último. Tal y como lo señalaba, por ejemplo, alguna prensa británica del momento que, por lo visto, tampoco se ha investigado por esas asociaciones que ahora reclaman más investigación.

Ese poco optimista panorama en el que, según todos los indicios, una politización de hechos históricos a la que no se ha querido o sabido poner coto -a causa de querer dar voz a todas las opiniones, sin mirar si dichas opiniones cumplían con un mínimo de requisitos de seriedad científica, historiográfica…-, nos conduce, al menos de momento, a esa ausencia de libros de Historia a la altura del ya mencionado que firmaba Artola en 1963.

Esa carencia de verdaderos libros de Historia sobre hechos como aquella luctuosa batalla de San Sebastián, parte capital de esa penúltima campaña de las guerras napoleónicas, es lo que se tratará de subsanar a lo largo de esta serie de artículos que empieza hoy y seguirá el próximo lunes con una reseña sobre la batalla de Vitoria. La misma que empieza a cambiar el curso de la guerra en Portugal y España y, de hecho, el de esta penúltima campaña que conduce, directamente, a la abdicación del que ha sido el árbitro -y el tirano- de Europa desde el año 1800 en adelante -Napoleón Bonaparte- en la, para él, aciaga primavera de 1814.


Tengan listas pues las memorias de sus Kindle, sus Papyre, sus Ipad… porque, tal vez, no tengan otra oportunidad para reunir un conocimiento histórico sistemático contrastado y correctamente documentado sobre hechos históricos que aún siguen pesando, y mucho, en nuestro presente y, en cualquier caso, son un patrimonio cultural que nos pertenece y no deberíamos permitir que se perdiera, cayera en el olvido o fuera deformado hasta lo ridículo, hasta hacerlo simplemente absurdo, que es casi lo mismo que perderlo, que es casi lo mismo que olvidarlo…

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Historia, política y ferrocarriles
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Carlos Rilova | 10-06-2013 | 09:31| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Me gustaría que los donostiarras que leen este correo de la Historia y los visitantes que esa ciudad va a recibir en muy pocos días, se pasasen por la sala de exposiciones de Kutxa, en el boulevard de San Sebastián. Allí podrán ver hasta el 18 de agosto una exposición que, seguramente, les va a saber a poco. Se trata de “Gipuzkoako Pintore Erromantikoak-Pintores Románticos guipuzcoanos”.

La comisaria de la misma es la profesora Montserrat Fornells, que, voluntaria o involuntariamente, ha dado en alguna ocasión alguna que otra idea para este correo de la Historia.

De todos los magníficos cuadros que se exponen en los tres pisos hábiles de esa sala -desde el Historicismo más relamido de Isidro Gil, hijo del médico de Cestona, hasta primeras aproximaciones al Impresionismo del militar pasaitarra Pedro Venancio Gassis Minondo-, quiero que se fijen en uno de Antonio María Lecuona Echaniz, a quien podríamos considerar pintor áulico de Carlos VII, el pretendiente carlista al trono de España, al que ese pintor tolosarra, acérrimo defensor -como muchos otros vascos- de las fuerzas de la reacción, retratará en todo su esplendor en diversas ocasiones.

El cuadro que me interesa que estudien está en la planta –1 del edificio, se titula  “Camino del molino” y data del período que va de 1839, fin de la primera Carlistada, a 1873, comienzo de la última, que es también el momento en el que se estaban tendiendo las primeras líneas de ferrocarril en el País Vasco.

. Se muestra en ese pequeño lienzo a dos aldeanos vascos que tratan, a palos y empellones, de que su burro, cargado con sacos de cereal que, evidentemente, se llevan al molino más próximo, salga de en medio de las vías férreas sobre las cuales se aproxima, amenazante, una locomotora resoplando y lanzando columnas de vapor que hubieran hecho las delicias de otro pintor, en este caso el británico Turner.

El tono del cuadro, podrán apreciarlo si van a verlo, es casi jocoso. De hecho, parece más uno de esos grabados satíricos, tan abundantes en la época, que un cuadro al óleo, formato reservado para asuntos, en general, mucho más serios que los destinados al papel de los grabados de gran difusión, o a la corrosiva prensa satírica de esas fechas.

Los aldeanos de “Camino del molino” parecen un compendio de los tópicos habituales entre los vascos urbanos que en esas fechas los han reducidos al estereotipo de “bato barragarri”. Es decir, de aldeanos graciosos, con sus anticuadas ropas, sus abarcas o alpargatas por todo calzado, su mal uso del castellano y otras lacras, pero la intención de Lecuona parece ser la de pintar una denuncia mucho más seria. De hecho, “Camino del molino” es todo un canto a uno de los principales puntos, más o menos ocultos, del programa político carlista. Es decir, detener la máquina del progreso industrial -y económico y social también- aparejado a ese mundo de chimeneas que vomitan humo y locomotoras cada vez más rápidas que están sacando del aislamiento a regiones como esa de la que parecen proceder los dos desesperados “jebos” del cuadro de Lecuona, que ven su trigo -o su maíz, o lo que sea- tan despedazado como su burro si la locomotora, representante del mundo urbano, industrial, finalmente lo alcanza.

No puede haber declaración de intenciones más clara. Habría que recurrir a algunos  sermones de predicadores carlistas en los que se condenaba al mundo urbano vasco como representante del Liberalismo y, por tanto, de todas las nuevas ideas peligrosas que había que destruir por medio de un fuego purificador. Uno que se concreta, por ejemplo, en las baterías de asedio carlista que, entre 1875 y 1876, arrasan San Sebastián desde las cumbres próximas al barrio de Igueldo por medio de, paradójicamente, cañones de retrocarga “Krupp” verdaderamente modernos y mortalmente eficaces. Como lo experimentó en persona el poeta en lengua euskara “Bilintx”, liberal acérrimo y defensor de la ciudad durante ese asedio como ya señalé en estas mismas páginas en otra ocasión…

La guerra acabó, con la derrota de los carlistas, en la primavera del año 1876, sin embargo la polémica ante los nuevos medios de transporte sigue aún viva, de algún modo, que, probablemente, tiene que ver con la genealogía carlista de muchos habitantes del actual País Vasco. Hoy el problema parece estar en la llamada “Y” griega vasca, que es presentada por diversos movimientos aglutinados en torno al slogan “AHT Gelditu! (Paremos el Tren de Alta Velocidad)” que,.con unos mimbres ideológicos en apariencia distintos a los predicados desde tribunas carlistas como la de Antonio María Lecuona y otros, tratan de detener, una vez más, las locomotoras, las líneas férreas portadoras, según parece, de muchos males y ningún bien.

Desde la tribuna de la Historia uno se pregunta, sin embargo, qué motivos impulsan realmente ese rechazo. Básicamente parece que todo se puede reducir a que el Tren de Alta Velocidad es un proyecto destructor del medio ambiente y del patrimonio. Ante eso cabe plantearse la pregunta de, exactamente, qué parte de nuestro patrimonio ecológico está aún sin humanizar desde una Edad Media que creó -con fines de defensa del territorio ante los desmanes banderizos- una compacta red de núcleos urbanos comunicados por vías rápidas que, en cuestión casi de minutos, permitían convocar a toda la milicia urbana de cada una de esas villas para dar su merecido a los señores de la guerra y de la tierra y a sus siniestros esbirros allá por el siglo XV.

El historiador comprendería mejor la toma de postura de los que se escudan tras el slogan de “AHT Gelditu!” si las nuevas líneas de Alta Velocidad, la famosa “Y” griega vasca, fueran a masacrar, por ejemplo, la reserva de Urdaibai o el ominoso y sobrecogedor paisaje del Señorío de Bertiz. Como no parece que ese vaya a ser el caso, el historiador -el que esto escribe en concreto- piensa que, tal vez, lo que hay detrás de ese afán de prohibir la culminación de las líneas de Alta Velocidad vasca -a desarrollar, básicamente, sobre las que maldecía Antonio María Lecuona a mediados del siglo XIX en su “Camino del molino”- debe de ser más producto de prejuicios políticos que de preocupaciones ecológicas.

¿De qué prejuicios políticos se trataría exactamente, tal vez se pregunten ustedes?. Bueno, puesto que tengo que hablar como historiador, y no como adivino, les diré que gran parte de lo que veo subyaciendo a discursos como los que se barajan contra el Tren de Alta Velocidad, recuerda bastante a la política de los confederados durante la llamada Guerra de Secesión de Estados Unidos. Si quieren aclararse las ideas a ese respecto, les voy a recomendar, como ya he hecho en ocasiones anteriores, un par de películas sobre ese tema.

Las dos son “Western”. Una, “Kansas Pacific”, del período clásico, y otra, “Cabalga con el diablo”, más actual, y que podría encuadrarse en el llamado “Western crepuscular”. La primera de esas dos películas, del año 1953 y dirigida por Ray Nazarro, “Kansas Pacific”, no es ninguna maravilla, pero nos muestra las razones de los sudistas para oponerse al tendido del ferrocarril Kansas-Pacific, incluso a cañonazos si fuere menester. Fundamentalmente evitar que los nordistas se hagan fuertes en la zona que va del Medio Oeste hasta el Pacífico. Quizás esto no les diga mucho, sin embargo lo que apenas vemos dibujado en la irregular “Kansas Pacific” queda mucho mejor explicado en un sobrecogedor monólogo recogido en “Cabalga con el diablo”, de Ang Lee.

En esa película, también ambientada durante la Guerra de Secesión en la conflictiva frontera entre Kansas y Missouri, pasto de fuerzas irregulares desplegadas en la zona por ambos bandos, y con similares aficiones a la matanza indiscriminada -a ser posible de civiles desarmados-, un partidario de los esclavistas que ha dado refugio a la partida que protagoniza la película, deja totalmente claro por qué se debería impedir que los “yankees”, a los que califica de “invasores”, infesten el sagrado territorio sureño.

Hablando de la ciudad de Lawrence, en Kansas, lamenta que en ella, antes incluso de construirse la iglesia, los nordistas hubieran levantado una escuela. Lugar donde “educaron a todos los hijos de sastre y a todas las hijas de granjero de la región” en lo que ese emblemático personaje define como el “librepensamiento” que los invasores “yankees” estaban enseñando a todos “sin tener en cuenta ni clase, ni costumbres, ni decencia”…

Sobran más explicaciones. Esa ciudad y las vías de comunicación que la alimentan, como los ferrocarriles, por ejemplo, debían, por tanto, ser borrados del mapa para que notabilidades locales como el autor de ese monólogo puedan seguir respirando tranquilos, sabiendo que no se difundirán ideas que pongan en solfa su autoridad, basada, esencialmente, en el aislamiento rural de la población sobre la que dominan gracias a esa ausencia de “librepensamiento”. Y eso, justamente, es lo que tratarán de hacer los guerrilleros esclavistas en el clímax de “Cabalga con el diablo”…

Sin duda la militancia ecológica, incluso en su forma conservadora -que también existe, especialmente en Estados Unidos- es digna de admiración. Sobre todo si evita que el medio natural en el que vivimos acabe convertido en un siniestro, y letal, vertedero.

Sin embargo, resulta cuando menos inquietante pensar, siquiera sospechar, que tras la oposición a la mejora -que no nueva creación- de vías de comunicación más rápidas haya algo que no sea precisamente eso, sino, en realidad, evitar que aparezcan ciudades y escuelas que traigan el, para algunas mentes reaccionarias, maldito “librepensamiento” del que hablaba el esclavista acérrimo retratado en “Cabalga con el diablo”.

Un personaje del que deberíamos acordarnos cada vez que alguien nos proponga detener las nuevas líneas de Alta Velocidad que, en definitiva, aproximarán el territorio vasco a grandes centros urbanos de decisión política y económica como París, Madrid, Londres, Bruselas… evitando que caigamos en un aislamiento que podría ser explotado no por bienintencionados ecologistas, sino por personajes nada amables, como el que vomita su odio contra el “librepensamiento” en esa película de Ang Lee que no deberían dejar de ver, como no deberían dejar de ver el cuadro “Camino del molino”…    

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Ingenuamente perversa. La Pornografía de la “Belle Époque” (circa 1890)
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Carlos Rilova | 03-06-2013 | 09:30| 8

Por Carlos Rilova Jericó

En cierta ocasión me comentaba otro historiador que me pasaba la vida hablando de guerras, ejecuciones, muertes, piratas, brujas, etc… No le faltaba razón a mi colega. Más si tenemos en cuenta que él se dedicaba, y se dedica, a investigar la vida política de finales del siglo XIX en el País Vasco, donde, a decir verdad, las cosas estaban mucho más calmadas que en los siglos XVI, XVII, XVIII… y para los historiadores es más difícil -aunque no imposible- dar con brujas, piratas, guerras y otros episodios épicos similares que han llenado bastantes páginas del curriculum del que cada lunes firma estas páginas.

Debo decir, en mi descargo, que esa clase de temas más que ser buscados por el historiador, le salen al encuentro. Desgraciadamente el 90% de la Historia de la Humanidad tiende bastante a la violencia, sobre todo bajo su forma más organizada -lo que vulgarmente llamamos “guerra”- y escribir Historia es, en gran media, escribir la Historia de muchas guerras y de los escasos intervalos de paz entre el fin de una y el preludio de otra. Una curiosa secuencia de hechos, tantas veces repetida a lo largo de varios siglos, sobre la que, la verdad, deberíamos pensar todos -no sólo los historiadores- más a menudo.

Pero también es cierto que con el 10% restante de la actividad humana se puede -y hasta se debe- escribir otra Historia. Por ejemplo la del sexo, el Erotismo, la Pornografía… que, al fin y al cabo, es escribir -cómo negarlo- la Historia de otra de las actividades favoritas del género humano. De hecho, los breves apuntes que voy a dar aquí este lunes no van a constituir, ni mucho menos, la primera vez que un historiador se meta en ese terreno, ni la última ocasión en la que el que esto escribe -o cualquier otro u otra colega- puedan decir algo interesante sobre esa cuestión histórica.

La gama de temas al respecto es verdaderamente infinita. Por sólo citar unos cuantos ejemplos podría aludir a la serie de artículos publicados en 1977 por Luis Alonso Tejada en “Historia 16” sobre la represión sexual en la España franquista -que para algunos, más que Historia, será recuerdo, incluidas excursiones maratonianas a los cines “X” de Perpignan como las que describe Tejada-, o el sesudo estudio de Emma Sánchez Montañés y Germán Vázquez Chamorro publicado en esa misma revista al año siguiente, que trataba sobre la cerámica preincaica en la que esos pueblos americanos, anteriores incluso al imperio que sojuzgará Pizarro, desplegaban un catálogo de habilidades que podría haber hecho palidecer al “Hustler”de Larry Flint o al “Playboy” de Hugh Hefner.

Lo que yo tenía intención de contar hoy es algo mucho más sencillo, pero que, creo, puede resultar relevante a la hora de reconstruir ese otro aspecto de nuestra Historia. Sobre todo de esa parte de la Historia que se ha dado en llamar “de las mentalidades”.

En este caso se trata de la que existía con respecto al sexo apenas dos generaciones anteriores a la nuestra, en la llamada “Belle Époque”. Generalmente identificamos -y ridiculizamos- a dicha época por estar caracterizada por una represión sexual que hace que nos doblemos de risa observándola desde la superioridad de un mundo posterior a la liberación sexual iniciada -junto con otras muchas revoluciones- en el no hace tanto tiempo famoso Mayo de 1968.

Hay varios episodios de la popular serie “Los Simpson”, por poner un ejemplo asequible, en los que, en efecto, se caricaturiza a mansalva esa época como dominada por una represión de los impulsos sexuales verdaderamente sofocante. En uno de ellos el señor Burns -recurrente fósil viviente de la “Belle Époque” en esa serie- trata de hacerse el millonario simpático y moderno -al estilo de Richard Branson- y para ello contrata un número de supuestas animadoras que lleva a una cancha de baloncesto. En lugar de un conjunto de “cheerleaders” muy ligeras de ropa, Burns presenta a un grupo de recatadas señoritas vestidas a la moda de 1900 -con sombrilla incluida- que se contonean modosamente al ritmo de un conocido “ragtime” de Scott Joplin -“Maple Leaf Rag”- para acabar mostrando de manera sugerente sus tobillos y pantorrillas… castamente cubiertos por botines y medias blancas que no dejan ver nada. Momento en el que Monty Burns las echa de la cancha tildándolas de desvergonzadas, ante un cada vez más estupefacto público…

Más allá de ese impagable chiste hay en esa escena, sin embargo, aspectos verídicos de la Historia del sexo. Para empezar hoy el “ragtime” no causa el menor escándalo, pero hacia 1900 era la música que se tocaba en burdeles o, como mínimo, casas de baile de moralidad dudosa. Scott Joplin o Tom Million Turpin, dos de los principales compositores de “ragtime”, eran, además de geniales músicos, personas con estrechos contactos con los bajos fondos de su época. De hecho, Joplin murió en 1917 a causa de la sífilis contraída en los turbulentos medios que frecuentó en su calidad, principalmente, de músico animador de esas llamadas casas “de mala nota”.

Por lo que respecta a la exhibición de tobillos y pantorrillas femeninas, por imposible de creer que nos parezca a fecha de hoy, es cierto que para la mayoría de los hombres de la época victoriana esa visión constituía algo sencillamente turbador. Casi tanto como la más brutal exhibición frontal de porno “hard” que la llamada “Sociedad de la Información” nos pueda proporcionar hoy día. Y las imágenes que ilustran este artículo son documentos gráficos que lo demuestran con total claridad. 

La primera de ellas es tan sólo una representación muy formal de una pareja de clase alta de hacia 1890 en la que la posible carga sexual de la situación parece, cuando menos, difusa. La segunda, sin embargo, sí nos permite ver qué había realmente detrás de esas engominadas y encorsetadas cabezas y hasta qué punto eso nos puede parecer sencillamente increíble como Pornografía apenas cien años después. 

La imagen de la bella panadera supuestamente seducida por una no tan bella colegiala -un clásico en estos asuntos, como ya es proverbial-  forma parte de una serie de postales en las que se cuenta, como en una especie de fotogramas, las desdichas de la pobre panadera, enviada por su jefe a entregar una remesa de bollos y pasteles. Éste quedará interrumpido por la aparición de la glotona colegiala, que interpela a la panadera y acaba convenciéndola para que le autorice a comer todo el contenido de la cesta… tras lo cual la abandonará, dejándola burlada, desolada y expuesta a la venganza de su jefe. Éste, en efecto, la despedirá por el expeditivo recurso de una patada en el trasero por haber cedido a esa “primera seducción”, que es la que da título a esta serie de postales. Todas ellas cargadas de sentidos equívocos, insinuando una especie de relación sáfica entre ambas interpretes, que nunca llega a ser explícita, y exhibiendo la pierna de la panadera de arriba a abajo sin más obstáculo a la vista que un breve escarpín, una sutil media y un ajustado calzón. Elementos que, con toda seguridad, debían resultar sumamente perturbadores para cualquier eminente victoriano.

La última de las tres imágenes es “el otro lado del espejo” de la que da comienzo a este artículo y nos ofrece una idea más exacta sobre los límites que realmente podía llegar a traspasar la Pornografía de aquella época a veces, en efecto, tan remilgada, tan risible para nosotros. En ella -no hace falta dar muchas explicaciones- podemos ver ya sexo casi explícito entre un hombre y una mujer que se están desvistiendo mutuamente.

Más allá de esos gestos, lógicamente abrumadores para quienes se sofocaban con la vista de un tobillo femenino, aunque fuera enfundado en calzado y ropa, hay más partes de esa otra Historia de la Humanidad, por supuesto. Bastantes como para escribir otro día sobre ellas, una vez que ustedes hayan hecho la digestión de estas primeras breves notas sobre la, por otra parte, para nosotros, recatada y pacata Pornografía de la “Belle Époque”. 

 

 

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Un mal día para el oficio de historiador. De la batalla de Little Big Horn al tornado de Oklahoma pasando por el atentado de Londres (1876-2013)
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Carlos Rilova | 27-05-2013 | 09:33| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, aparte de ser lunes -lo cual ya es un agravante para casi cualquier cosa que se intente-, los temas de los que puede hablar un historiador en un periódico -digital como éste, o de papel- no son precisamente para estar muy animado.

En menos de siete días hemos tenido varias tragedias de eso que los especialistas llaman “gran impacto mediático”. Lo que podríamos traducir como que han sido hechos de los que se ha hablado, casi a todas horas, en todos los medios de comunicación.

Naturalmente me refiero al tornado de Oklahoma que ha acabado con la vida de más de veinte personas, y causando devastadoras perdidas materiales, y a los atentados de Londres y París, de inspiración, al parecer, islamista. Muy similares al de Boston, del que ya me ocupe en otro artículo titulado “¿La importancia de llamarse Tamerlán?”.

Cosas así hacen difícil para el historiador meterse las manos en los bolsillos, silbar y mirar para otro lado, buscando un tema que nada tenga que ver con esos asuntos, desentendiéndose de la imagen de un hombre con un machete ensangrentado, y unas manos también ensangrentadas, que explica ante la cámara -con el cadáver de su víctima aún caliente- que lo ha hecho porque está harto de que los británicos intervengan en Afganistán. Algo verdaderamente sorprendente viniendo de un hombre de raza negra, que no es precisamente representativa de ese país, donde la mayoría son blancos de religión musulmana, teniendo que deducir así que su sangrienta solidaridad con Afganistán debe basarse en la “Umma”. Es decir, en la comunidad de creencia religiosa que une a todos los musulmanes por encima de su raza o país de origen.

Sí, en efecto, así el panorama, es difícil hablar de la longitud de la toga de los senadores romanos, de lo que dijo Napoleón subido en las pirámides o de cualquier otra anécdota histórica con la que llenar hoy esta página.

Ambos casos, uno más que otro, llevan a pensar en las extrañas vueltas que da la Historia, en sus famosas ironías. En el caso del tornado de Oklahoma resulta difícil no pensar en el mito Osage -una de las naciones indias asentadas en la actual Oklahoma- sobre esos fenómenos, que aseguraba que un asentamiento construido entre dos ríos jamás sería arrasado por un tornado. Al margen de que esa leyenda tenga algún fundamento más o menos lógico, al historiador le parece, en efecto, amargamente irónico que fuera precisamente entre dos ríos, el Yellowstone y el Little Big Horn, el lugar donde el general George Armstrong Custer fue aniquilado por un huracán de plomo salido de los rifles de repetición de centenares de guerreros de las naciones  lakota, arapaho y cheyenne entre el 25 y el 26 de junio de 1876. Las ironías no terminan ahí. Quizás la más atroz de todas sea que, tras esa batalla, los cheyennes fueron castigados con la deportación a Oklahoma cuando los “wasichus” -es decir, nosotros, los blancos, los que “traen un mensaje distinto” según esa palabra lakota- se hicieron otra vez con el control de la situación, demostrando así que toda una nación puede ser barrida por algo peor que lo que los cheyennes llamaban hi-vo-vi-da-sso. Es decir, un tornado…

Hay un ejercicio muy interesante sobre esta cuestión que me gustaría proponerles, ya que para cuando esa famosa batalla cumpla años -justo el mes que viene- yo voy a estar ocupado en contarles otras cuestiones que me van a impedir hablarles del tema. Se trata de que vean -seguidas a ser posible- dos películas distintas sobre los hechos de Little Big Horn: “Murieron con las botas puestas”, rodada por Raoul Walsh en 1941, y “Pequeño gran hombre”, firmada por Arthur Penn en 1970.

Seguramente les resultará desconcertante ver dos visiones tan opuestas sobre esa batalla, que acabó con la nación cheyenne deportada al escenario del brutal tornado que ha asolado Oklahoma. Una, la de Walsh, en la que se exalta al blanco como fuerza civilizadora frente a unos brutales “salvajes”, y otra, la de Penn, en la que se cuenta justo lo contrario, reconstruyendo los hechos desde un punto de vista quizás más cierto, o, por lo menos, menos discutible de acuerdo con la verdad histórica. A pesar de estar cargada de un impagable sarcasmo que caricaturiza, a veces, aquellos hechos de 1876.

Sobre las ironías históricas de lo ocurrido en Londres también esta última semana, no puedo decir gran cosa. Principalmente porque aún no he digerido la imagen de un ser humano justificando, presuntamente, en el nombre de unas creencias religiosas unas manos manchadas con la sangre de otro ser humano.

A ese respecto sólo puedo, al menos por hoy, recomendarles que echen otro vistazo a otras dos películas. Una de ellas magnífica, “El hombre que pudo reinar”, y la otra no tanto, a pesar de contar con grandes actores como Philip Seymour Hoffman: “La guerra de Charlie Wilson”.

Quizás en ellas encuentren algunas respuestas sobre las razones históricas por las que en pleno siglo XXI se sigue matando, y muriendo, por un lugar llamado Afganistán que, en apariencia, no pasa de ser un inmenso y baldío pedregal.      

 

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