Diario Vasco
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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (XII). ¿Aliado a las puertas?. Sobre la conducta de británicos y portugueses en San Sebastián (31-08-1813)
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Carlos Rilova | 02-09-2013 | 10:58| 26

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado, al fin, se cumplió el bicentenario redondo tanto de la decisiva batalla de San Marcial como del asalto, quema y destrucción de San Sebastián el 31 de julio de 1813, culminando así la batalla por esa ciudad estratégicamente fundamental y por el control total del territorio peninsular por parte del ejército aliado hispano-anglo-portugués, a excepción de algunas guarniciones napoleónicas aisladas en Santoña, Pamplona, Cataluña…

Los hechos que se desencadenan en San Sebastián a partir de la una de la tarde del día 31 de agosto de 1813, cuando los soldados británicos y portugueses han logrado rebasar las brechas abiertas en la muralla de la ciudad por un casi constante fuego artillero, han sido contados hasta la saciedad: Napier, Gómez de Arteche, Luis Murugarren, más recientemente Javier Sada o Fermín Muñoz Echabeguren… Es decir, todos aquellos que, de un modo u otro, han escrito la Historia -strictu senso- del San Sebastián de aquella época, han tratado ya de esta cuestión.

Incluso a veces se ha hecho abordándola desde nuevos ángulos. Como ocurrió en esta página hace un año exactamente de mano del profesor Álvaro Aragón y del que estas líneas escribe.

Aún más, esta semana pasada ha concluido un exitoso curso de verano organizado por la Universidad del País Vasco y el Ministerio de Defensa con notable éxito de publico y en el que grandes especialistas en la materia -militares como el coronel Juan José Sañudo, el teniente coronel José Manuel Guerrero…- y civiles -Juan Pablo Fusí, Luis Castells Arteche, José María Díaz de Orruño, José María Portillo, Félix Luengo, el premio príncipe de Asturias Miguel Artola, entre otros… -  han abordado esa cuestión y otras relacionadas con el polémico desarrollo de esa penúltima campaña -tan decisiva- de las guerras napoleónicas que, a lo largo de dos meses, desde finales de junio a finales de agosto de 1813, fue reduciendo el escenario de enfrentamiento entre aliados y ejército napoleónico a una estrecha franja en torno a San Sebastián y la frontera del Bidasoa.

Así las cosas, cabría preguntarse si es necesario, o siquiera posible, añadir algo más a ese fatal desenlace de la batalla de San Sebastián hoy tan traído y llevado. La respuesta a una pregunta así es que sí, que es inevitable añadir algo más.

En primer lugar porque todo lo dicho sobre esa cuestión debería considerarse, desde la perspectiva del historiador, más que como un final de camino, sólo como un nuevo avance hacia un mayor conocimiento de esa cuestión, hasta ahora menos trabajada de lo que se creía, a la vista de las preguntas tan enconadas que aún suscita y de la cantidad de documentos -centenares y centenares de folios- con información sobre esos hechos que aún no ha sido difundida.

De hecho, incluso algunos documentos ya editados contienen datos que apenas si podemos considerar difundidos por el modo en el que han quedado eclipsados. Es el caso de los 79 testimonios de donostiarras supervivientes a la masacre iniciada el 31 de agosto de 1813 que acabó con la destrucción de la ciudad.

Los que leyeron el artículo número XI de esta serie, publicado la semana pasada, ya estarán en antecedentes de las razones políticas que últimamente han llevado a que ese interesante documento, esos 79 testimonios, no haya podido revelar todo lo que podía revelar sobre ese controvertido final de la batalla de San Sebastián el 31 de agosto de 1813. Quienes no hayan leído ese artículo número XI deberán leerlo o sacar sus conclusiones a partir de lo que se dirá en éste.

Unos y otros, en cualquier caso, deben saber que la lectura atenta de esos 79 testimonios revela -como no podía ser menos- datos verdaderamente importantes respecto a ese atroz final que tuvo, ahora hace doscientos años, la batalla de San Sebastián el 31 de agosto de 1813. Siempre, claro está, que ese documento se aborde con espíritu crítico y con los instrumentos propios de la ciencia que es la Historia, no como si fuera un pasatiempo o un juguete político más peligroso de lo que se cree.

En efecto. En primer lugar la lectura completa de esos 79 testimonios revela que tanto los oficiales como los soldados británicos y portugueses implicados en la toma de San Sebastián el 31 de agosto de 1813, quedan claramente divididos en dos grupos desde el primer momento.

Están por un lado los que se comportan de una manera feroz, incluso inhumana teniendo en cuenta que se enfrentan con civiles desarmados y no con Infantería de línea napoleónica, como ha ocurrido hasta el momento en el que se ha asaltado, con éxito, una de las brechas abiertas en los baluartes de San Sebastián. Es un grupo claramente definido en esos 79 testimonios que, en cualquier caso, se encuentra muy lejos de lo que pueda significar, ni siquiera remotamente, la palabra “aliado”. Su comportamiento, desgraciadamente, ha sido sobredimensionado en las polémicas un tanto artificiosas surgidas en torno a esos días de horror que siguen a la victoria aliada en la batalla de San Sebastián.

Ese sobredimensionamiento ha conducido a un falseamiento de esos desgraciados hechos históricos por omisión. Una omisión que, de manera casi imperceptible, está llevando a construir un  recuerdo colectivo bastante tosco del que resultaría que todos -sin excepción- los soldados angloportugueses que toman la ciudad el 31 de agosto de 1813 se habrían comportado de ese modo brutal y cobarde (insisto una vez más en que vuelven armas contra civiles indefensos).

Una omisión que, por otra parte, está llevando a caricaturizar a ese aliado convertido en enemigo en la tarde del 31 de agosto de 1813, convirtiéndolo en un monstruo simiesco -similar al de la propaganda de guerra- con el que no cabría más interpretación ni análisis histórico para averiguar quién exactamente se comportó cómo -y por qué- en los momentos de saqueo, muerte y horror generalizado que siguen a la victoria aliada del 31 de agosto de 1813, algo que, naturalmente, el historiador no debe permitir.

A ese respecto sólo indicaré un único ejemplo para que puedan calibrar hasta qué punto conocemos o no el comportamiento de esos soldados y oficiales británicos y portugueses que actuaron de forma verdaderamente inmunda el 31 de agosto de 1813 y días subsiguientes.

El dato en cuestión nos lo da el testimonio del comerciante donostiarra José Manuel de Bereciarte, octavo testigo de esa relación de 79. Tras robar, golpear, amenazar y disparar tanto contra él y su familia como contra otras dos que se habían refugiado en esa casa, violan a las mujeres. El acto es tan brutal que, como señala el testigo, un soldado portugués le obliga a sujetar una vela para alumbrarle mientras se efectúa la violación de todas las mujeres refugiadas en su casa.

No cabe duda, por detalles como ése, la clase de degradación mental a la que han llegado algunos de esos soldados, rozando los límites de un comportamiento que hoy se definiría como propio de un psicópata. Es decir, el de alguien indiferente al sufrimiento ajeno.

Sin embargo, no es esa la única lectura que ofrece a ese respecto ese testimonio. Tras esa violación colectiva algunos de esos soldados exigen a esas mujeres algo que revela, mucho mejor, hasta qué punto había llegado la degradación moral de aquellos soldados portugueses y británicos que alegaron tener órdenes -o actuaron como si las tuvieran- de arrasar la ciudad. Es decir, no sólo se conforman con obtener sexo de manera violenta y brutal, física, de esas mujeres, sino que las amenazan con la muerte si, además, no les facilitan algo que demuestra que esos hombres fueron alguna vez personas con una vida familiar estable y unos afectos normales -humanos incluso podríamos decir-. A saber: que duerman junto a ellos. Como si se tratase de sus esposas o de sus amantes. Las mismas que, quizás, llevaban años sin ver. Años de embrutecimiento, en medio de una guerra devastadora, en ocasiones sin cuartel, que los había reducido a ese estado más o menos bestial en el que aún queda ese destello de humanidad, reflejado en esa repelente búsqueda de afecto en mujeres a las que acaban de tener a la fuerza.

Como vemos, las lecturas sesgadas y apresuradas de determinados documentos llevan a error a la hora de calibrar correctamente lo que pudo pasar en determinadas coordenadas de tiempo y espacio. En este caso San Sebastián el 31 de agosto de 1813. En definitiva, para el historiador, y para los lectores de Historia, deberían ser tan importantes los desgarradores sufrimientos de las víctimas, como el estado de desquiciamiento personal -o de maldad en estado puro, sin otro motivo que la borrachera de poder que da el ejercerla- que los genera. Todo lo demás debe ser descartado como simple y pura visceralidad que, además de no ser válida como conocimiento histórico, en el peor de los casos, sirva para generar, y justificar, más violencia de signo contrario pero igual de degradante.

Las lecciones que a ese respecto pueden ofrecer esos 79 testimonios no acaban ahí. Otro conocimiento útil -de hecho imprescindible para escribir la Historia de esos hechos- es el de permitir distinguir claramente a través de esos testimonios otro grupo entre los soldados angloportgueses que toman San Sebastián el 31 de agosto de 1813 que, aún a pesar de haber pasado por circunstancias muy similares a las del grupo descrito en el testimonio de Bereciarte, se comportan de un modo opuesto. Un detalle que, por supuesto, es otra faceta de esos hechos históricos que se debe tener presente y subrayar adecuadamente.

Es el caso, por ejemplo, de un granadero británico que se enfrenta con sus propios compañeros, negándose a que roben y maltraten a una pareja de la burguesía donostiarra, el tesorero de la ciudad Pedro Ygnacio de Olañeta y su mujer.

Especialmente digno de elogio y de ser sacado a la luz más de lo que ha sido sacado, es el testimonio de otro buen burgués donostiarra atrapado en aquellas difíciles circunstancias, el corredor de navíos mercantes Antonio María de Goñi, que nos habla de dos oficiales, un anónimo británico y el alférez portugués de un regimiento de tiradores de élite, el octavo de Caçadores, José Carrasco. Éste último ayuda a Goñi en varias ocasiones. La primera tiene lugar el mismo 31 de agosto, cuando tras agasajar a los soldados aliados que entran hasta la calle de la Trinidad -hoy, precisamente, 31 de agosto-, estos saquean su casa y le atacan -indistintamente británicos como portugueses- a pesar de la condición de español -y por tanto aliado suyo- que exhiben Goñi y su familia como una especie de salvoconducto.

Goñi, viendo esto, saldrá a la calle en busca de un oficial que pare esos excesos y, como él mismo dice, tendrá la suerte de encontrarse con el alférez Carrasco, que evitará la violación de la criada de Goñi y lo conducirá a él, a su madre, a su tía, a la citada criada y tres mujeres más hasta la casa en la que se aloja el que el documento llama “general Esprey”. Desde allí el coronel del regimiento portugués número 15 mandará al alférez que acompañe a Goñi a ver al general británico al mando de las tropas, que en esos momentos está en el café del Águila. En compañía de esos oficiales lograrán detener en la calle de la Escotilla -la actual San Jerónimo- a unos soldados aliados que están tratando de quemar una casa.

Posteriormente Carrasaco, en compañía de un oficial británico cuyo nombre no recuerda Goñi, apalearan a sablazos a un  grupo de soldados que trataban de forzar a dos muchachas refugiadas en  la casa 209 de la calle de la Trinidad, hoy 31 de agosto.

Goñi, sin embargo, indica que no vio poner patrullas para controlar semejantes desordenes, lo cual le llevó a abandonar la ciudad gracias a la protección obtenida por esa oficialidad que, indiscutiblemente, trata de hacer todo lo que está en su mano para detener esos desmanes.

Algunos oficiales británicos, concretamente dos capitanes del regimiento 9º de línea británico señalan a otro de esos 79 testigos, a quien también protegerán hasta dónde les es posible, que es imposible hacer nada…

Algo que, naturalmente, y dado el grado de enconamiento al que ha llegado la discusión entre Historia y Política acerca de esta cuestión de los hechos del 31 de agosto de 1813, suscita la pregunta de hasta qué punto nos podemos fiar de palabras así o debemos considerarlas una mera excusa.

La respuesta, al menos en parte, puede estar en un documento del Archivo General de Gipuzkoa, conservado bajo la cifra JD IM 3/14/178.

En él se describe la Historia, en absoluto conocida, de uno de los vecinos -accidentales en este caso- de la ciudad de San Sebastián que logra escapar indemne gracias a la ayuda que solicita, y obtiene, de un soldado británico de los que toman la ciudad.

El interesado era el herrero de origen francés José Alliand, natural de Chateauneuf en el Departamento de la Drome (sic) que, tal y como certifica el secretario del nuevo Ayuntamiento constitucional de Rentería, está trabajando en esa villa desde el 8 de septiembre de 1813. Sencillamente porque se presentó con un soldado británico que les dijo a las autoridades competentes de esa villa que aquel hombre debía quedar allí y trabajar como herrero, porque así lo mandaba su comandante…

Algo que a finales de ese mismo mes se descubre ser una completa y absoluta mentira. Una jugarreta más perpetrada no sólo en esa ocasión, sino al menos en otras siete por diferentes soldados británicos, que se las arreglan para sacar prisioneros de los depósitos de San Sebastián en los que han quedado tras la capitulación de la ciudad bajo acuerdos similares al que cierra José Alliand con aquel desconocido soldado británico, que se muestra como un generoso benefactor riéndose -esta vez para favorecer a un prójimo- de las órdenes dadas por sus oficiales superiores.

En este caso un irritado mylord Wellington que lo hará saber del modo más contundente, advirtiendo a las autoridades civiles que no admitan semejantes apaños, pues él ha prohibido tajantemente que ningún francés con origen en San Sebastián pueda salir de esa plaza…

Una prueba que, evidentemente, nada excusa, como decía sir Wiliam Napier, del infame comportamiento de otros soldados -no todos, no lo olvidemos- bajo ese mismo mando británico en la ciudad de San Sebastián a partir de la una de la tarde del 31 de agosto, pero que, al menos, explica con más rigor qué es lo que pudo pasar en esa ciudad hace ahora dos siglos, cuando el ejército aliado, al fin, logra romper las líneas francesas que lo han retenido desde el 28 de junio de ese año en una incierta y tensa situación, dentro de un cuadrado formado por fortalezas en poder del ejército napoleónico.

Uno en el que se debía vencer en una gran victoria como la que tiene lugar el 31 de agosto de 1813 en San Marcial, o sucumbir y ser arrollado por un triunfante mariscal Soult.

 

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (XI). Los misterios de la batalla de San Sebastián (junio-agosto de 1813) y la lectura pública de un documento histórico
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Carlos Rilova | 26-08-2013 | 09:34| 12

Por Carlos Rilova Jericó

Ayer mismo, el domingo 25 de agosto de 2013, se procedió en las calles de San Sebastián a la lectura de un documento histórico que en unos meses cumplirá la venerable cifra de dos siglos de antigüedad.

Así las cosas, acertarán los que hayan pensado al leer estas líneas que el documento en cuestión es uno relacionado con las guerras napoleónicas y, por supuesto, con la penúltima campaña de las mismas desarrollada, fundamentalmente, en territorio guipuzcoano y navarro.

Para ir concretando, se trataba del que contiene los 79 testimonios recogidos por el juez de primera instancia de San Sebastián, Pablo Antonio de Arizpe, a partir del mes de octubre de 1813. Exhaustivas investigaciones como la firmada por Luis Murugarren Zamora en 1993, ya han dado buena cuenta de su contenido. E incluso han transcrito completamente ese documento del Archivo Municipal de San Sebastián, donde se conserva una copia encuadernada del mismo.

Para los que no hayan leído ese libro, ya agotado, ni hayan podido asistir a un par de conferencias impartidas por el profesor Luis Castells Arteche en las que hacía un minucioso análisis de ese documento, les diré que, en sustancia, la función del juez Arizpe era esclarecer los hechos del 31 de agosto de 1813, preguntando uno por uno a varios testigos supervivientes -por una u otra razón- de la que ya hemos denominado en esta serie como “batalla de San Sebastián”. Esa que se prolonga entre el 28 de junio y el 5 de septiembre de 1813.

No hay nada en esa información judicial elaborada por Arizpe que la distinga de otras miles conservadas en centenares de archivos. El procedimiento es el habitual en estos casos. Se convoca a los testigos, se les pregunta su edad, de dónde son vecinos, su oficio, y, a continuación, se les pide que respondan a una serie de preguntas que puede improvisar el juez que lleva la causa, o bien se han redactado previamente, como ocurre en el caso que nos ocupa.

Las preguntas que redactó Arizpe tratan de esclarecer cuándo y cómo los soldados británicos y portugueses deciden destruir San Sebastián mientras están aplastando la última resistencia que les ofrece la ya muy diezmada guarnición  napoleónica que trata, hoy hace doscientos años, de mantener esa plaza fuerte en poder del emperador Bonaparte, y, con ella, la última llama de esperanza napoleónica. Actuando casi como si de un cuento de hadas se tratase: un puñado de valientes defendiendo un airoso castillo, esperando a que el héroe providencial llegue a lomos de un caballo -blanco, por supuesto, Napoleón cuidaba mucho esos detalles- para poner en fuga a los que asedian esos muros.

El resultado es un recargado documento de más de cien folios en el que donostiarras de toda edad -dentro de la legal-, sexo y condición van reconstruyendo las horas trágicas en las que la ciudad es sistemáticamente saqueada, incendiada y, en fin, destruida, junto con muchos de sus habitantes, física y moralmente.

Como ocurre siempre con esta clase de documentos -es decir, las informaciones judiciales- su lectura requiere afinar mucho el oficio de historiador para poder llegar a alguna conclusión válida a partir de él. Es decir, sacar  de ese viejo documento algún conocimiento válido, que ayude a entender al menos parte de lo que ocurre en esos días de horror. Los que siguen al momento en el que las defensas francesas en los baluartes de San Sebastián ceden a mediodía del 31 de agosto de 1813.

La mayoría de los testimonios de esa información elaborada por el juez Arizpe, vienen a coincidir en algunas cuestiones. Por ejemplo, la hora y el lugar donde empiezan los desmanes de algunos oficiales y muchos soldados angloportugueses. Fue en torno a la una del mediodía y entre la Plaza de la Constitución -hoy rebautizada de nuevo con su nombre de la época absolutista: “Plaza Nueva”-, la parroquia de San Vicente y la calle 31 de agosto -en aquel entonces llamada de la Trinidad- pegante al monte Urgull donde se estructura hasta el 5 de septiembre el último núcleo de resistencia francesa.

Otros testimonios, como suele ser habitual en esta clase de documentos, divergen y cuentan versiones distintas de los mismos hechos. Es algo perfectamente  natural y bien conocido por historiadores, antropólogos, sociólogos… Incluso tiene nombre. Se le ha llamado “efecto Rashomon”, en honor a la película de Akira Kurosawa de ese mismo título, “Rashomon”, en la que cuatro testigos diferentes dan cuatro versiones divergentes sobre un mismo hecho: un asesinato de lo más sórdido en el Japón que se ha llamado “feudal”.

Ninguna de las versiones que vemos en “Rashomon” es enteramente falsa ni enteramente verdadera. Cada testigo cuenta la verdad que él o ella ha visto desde su perspectiva, desde su punto de vista, incluso desde unos prejuicios tan arraigados que quien los padece ni siquiera es consciente de ellos.

La conclusión racional a la que parecen querer llevarnos Kurosawa primero y algunos historiadores que han reflexionado sobre la cuestión después, es que la verdad más aproximada sobre un hecho jamás puede reconstruirse a través de un único testimonio aislado. Algo que sabían muy bien los jueces de 1813 y de, como poco, los tres siglos anteriores, que exigían, como mínimo, dos testimonios diferentes para que fueran dados por válidos como prueba en un juicio y ellos empezasen a considerar el asunto en serio y no lo desestimasen bajo la categoría de “litigio temerario”.

En el campo de la Historia hay ejemplos magníficos, que advierten del cuidado con el que es preciso manejar fuentes como la instruida por el juez Arizpe en 1813 para llegar a ese mínimo de verdad histórica, de conocimiento histórico válido, que es el que buscan, por supuesto, los historiadores y todos los interesados en la Historia.

Es el caso de “Los cristianos de Alá”. Un estudio histórico en el que Bartolomé y Lucille Benassar -él uno de los más prestigiosos hispanistas franceses- tratan de reconstruir estadísticamente, y por otros medios, la vida de los miles de cristianos que, entre el siglo XVI y el XVIII, caen en manos de corsarios al servicio de las potencias islámicas asentada en el Norte de África y, por muy distintas razones, deciden  abjurar  del Cristianismo. Algo de lo que tendrán que dar cuenta ante las distintas Inquisiciones -francesa, española, italianas…- cuando regresen a esta orilla del Mediterráneo obligados por la fuerza, por pura casualidad o, incluso, por voluntad propia…

El conjunto de ese trabajo es un magnífico mosaico de eso que ahora se llama “experiencias vitales” y que hacen casi infinitas las razones que explicaban las razones por las que un buen católico francés, español, italiano… de aquellos siglos renegaba de su fe y se hacía musulmán. Desde admiración por aspectos de la religión mahometana -no representar físicamente las cosas sagradas, por ejemplo-, móviles sexuales tirando a sórdidos, disimular para encontrar la oportunidad de fugarse a territorio cristiano y  otras…

En cualquier caso “Los cristianos de Alá” es toda una ejemplar lección de Historia sobre cómo deben manejarse fuentes como la que creó el juez Arizpe en octubre de 1813. Una lección a la que se pueden añadir muchas otras.

La primera, por ejemplo, que la lectura simple -y parcial- de un documento de hace doscientos años informa sólo muy relativamente de un hecho. Se trata, en efecto, tan sólo del testimonio de un grupo de personas que, por extenso que  sea, no puede abarcar la experiencia vivida en esos mismos momentos por otros cientos o miles de personas en el radio de acción de esos hechos. Es preciso, como sabe cualquier historiador, contrastar ese documento con muchos otros -tantos como sea posible- para poder saber con más exactitud -y veracidad- qué ocurrió en determinado lugar y momento de la Historia. Es lo que se llama “autentificar” un documento, un proceso muy similar al que se usa en otras ciencias antes de dar por válido un experimento, o presentar en sociedad una nueva teoría.

En el caso de la instrucción del juez Arizpe, las observaciones de sir William Napier, oficial del Estado Mayor británico vertidas en su “Historia de la Guerra peninsular” -vieja conocida de los lectores de esta serie-, son verdaderamente valiosas.

En efecto, sir William corrobora en su obra, cuando habla de la destrucción de San Sebastián, aquello en lo que están de acuerdo la mayoría de los testigos de Arizpe: que las tropas bajo mando de Napier y el de otros oficiales británicos y portugueses, destruyen deliberadamente la ciudad, incendiándola, e infligiendo a sus habitantes supervivientes toda  clase de vejaciones físicas y morales, matando a  muchos  de ellos,  actuando de un modo tan inexcusable como indigno de gentes civilizadas. Hasta el punto de que muchos de sus compañeros hablan de los protagonistas de esa ordalía con desprecio y compasión hacia las víctimas de esos desmanes.

Así se corrobora, con ese contraste entre las palabras de las víctimas y las de uno de los mandos de los autores materiales de aquellos hechos, la autenticidad, la fiabilidad, de lo que a ese respecto dicen, con diferentes matices, esos 79 testigos.

Otros aspectos de ese documento elaborado por el juez Arizpe no tienen la misma suerte. No hay, por el momento, otras fuentes documentales, que corroboren algunos de los testimonios vertidos en esa información judicial. Es lo que ocurre, por  ejemplo, con la hoy polémica cuestión de si realmente el general en jefe del Cuarto Ejército español, el portugalujo Francisco Xavier de Castaños y Aragorri, había dado órdenes de pasar a sangre y fuego la ciudad una vez fuera tomada por asalto.

En ese caso, reflejado en una pequeña parte de la instrucción ordenada por Arizpe, no hay, en efecto, documentación disponible que corrobore -como ocurría en el caso anterior- esas menos de diez declaraciones -de un total de 79-  en las que algunos donostiarras se hacen eco de cierto rumor que corre incluso antes del incendio de la  ciudad. El que decía que ese general, Francisco Xavier de Castaños y Aragorri, había dado orden de pasar a sangre y fuego la ciudad. Afirmación hecha por varios soldados portugueses y británicos que alguno de los testigos de Arizpe, caso del  número 3, el presbítero de San  Vicente y  Santa  María,  rechazan  como “absurda  especie” con la  que aquella soldadesca desmandada trataba de justificar lo que estaba haciendo. Un  testimonio al que, curiosamente, no se dio ningún relieve en la lectura de este domingo organizada por la asociación “Donostia Sutan“ -“San  Sebastián  en  llamas”,  para los que nos leen más allá de las fronteras del euskera-, insistiendo en la más que supuesta responsabilidad del general Castaños de un modo casi enfermizo y, desde luego, muy poco de acuerdo con los métodos de investigación y divulgación de ese conjunto de hechos que, normalmente, llamamos “Historia”.

En efecto, otros documentos disponibles en torno a la conducta del citado  general -alguno de ellos ya publicado en el número V de esta serie- muestran a un oficial al entero servicio de las autoridades publicas del territorio guipúzcoano recién liberado de la dominación napoleónica. Uno en el que por su parte no tomará ninguna clase de represalias que pudiéramos definir como “políticas”, a pesar de estar plagado, ese territorio recién liberado, de colaboracionistas -caso de Azpeitia y Tolosa- y de otros personajes con conductas políticas -de total afinidad con la revolución francesa de 1789 y la española de 1808- que al citado general Castaños, como saben quienes lo han estudiado, le entusiasmaban tan poco como lo mucho que irritaban a su buen amigo mylord Wellington.

Son sólo un par de ejemplos sobre el exquisito cuidado que se debe poner a la hora de transmitir “Historia” a un público no especializado, tal y como ocurrió en San Sebastián este último domingo, cuando se pretendió -según todos los indicios- que una simple lectura -parcial y muy sesgada- de un único documento ilustrase algo sobre esos hechos históricos de la penúltima campaña de las guerras napoleónicas, menos conocidos de lo que su importancia real exigiría.

La intención de lecturas como esa puede ser buena, pero el resultado dudoso, por todo lo dicho hasta ahora y más dudoso aún si tras ejercicios como ese hay algún ajuste de cuentas político con un pasado que nada sabía de cuestiones tales como un más que supuesto enfrentamiento entre “vascos” y españoles” a comienzos del siglo XIX con las guerras napoleónicas como telón de fondo. Ideas políticas tan ajenas a los habitantes del año 1813 como conceptos tales como “motor de explosión” o, por sólo poner un ejemplo más, “cohete interplanetario”.

Así las cosas, realmente no se debería invertir dinero público, ni alentar desde instituciones públicas, un manejo tan burdo, tan poco profesional, de una cuestión tan delicada como lo es el estudio y la transmisión de la Historia como el que se escenificó  este domingo 25 de agosto de 2013 en algunas calles de la Parte Vieja donostiarra, reduciendo un episodio clave en las guerras napoleónicas -la batalla de San Sebastián y todas sus espantosas consecuencias- a un relato alterado de tal modo que cualquiera de los muchos especialistas en esa materia -las guerras napoleónicas-, tan seguida a nivel mundial, lo encontraría, en el mejor de los casos, risible, por no usar otros términos más contundentes.

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (X). Los cañones de agosto y el culto a Napoleón
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Carlos Rilova | 19-08-2013 | 09:30| 0

Por Carlos Rilova Jericó

A quienes siguen esta serie de artículos sobre la penúltima campaña de las guerras napoleónicas, probablemente no les pillará de sorpresa lo que les voy a contar para empezar este nuevo capítulo de la misma. Se trata de lo que ocurrió el día de la Ascensión -o Asunción- de la Virgen de hace dos siglos.

Ese 15 de agosto, como todos desde que Napoleón se coronó emperador, sus tropas, aún dispersas por media Europa, celebraron con todo el estruendo necesario el día de San Napoleón. Esa festividad que el emperador había obligado al Vaticano a crear “ex-profeso”. O, más bien, de la nada, casi inventándose la existencia de un mártir cristiano con un nombre más o menos similar a “Napoleón”.

De ese modo Napoleón -no descubro nada y, de hecho, ya lo conté en otro artículo de esta serie, el número VIII-, aparte de autoglorificarse un poco más, desplazaba la festividad de la que aún hoy se llama “Virgen de Agosto”.

Algo que las tropas sitiadas en San Sebastián en esas fechas, el 15 de agosto de 1813, no se privaron, ni mucho menos, de poner en escena una vez  más, haciendo ver a las tropas angloportuguesas que rodean la ciudad y preparan su asalto que su moral, y sus recursos, están en tan buen estado como para no pasar por alto la festividad de San Napoleón.

Un mensaje fatídico realmente para un ejército que, por culpa de ese asedio sin resolver, estaba literalmente atrapado en estas mismas fechas -de hace dos siglos- en un cuadrado no menos fatídico formado por el territorio abarcado entre varias fortalezas que siguen en manos del ejército napoleónico: San Sebastián, Pamplona, Bayona… tal y como señalará años después uno de los altos oficiales de esas tropas aliadas, sir William Napier, en su “Historia de la guerra peninsular”, ya mencionada en diversas ocasiones en este correo de la Historia como la fuente histórica de primer orden que es.

La traducción para esas tropas angloportuguesas, bloqueadas ante San Sebastián, de los alardes festivos hechos por la guarnición napoleónica el 15 de agosto debió de ser realmente angustiosa: esos soldados napoleónicos no parecen desmoralizados en absoluto, siguen confiando en su ídolo, en que finalmente los rescatará. Probablemente con el mismo ejército al mando del mariscal Soult que ha sido rechazado entre el 25 de julio y el 2 de agosto en los Pirineos… En definitiva, el 15 de agosto de 1813 los soldados que sitian San Sebastián asisten a una desmoralizadora escenificación de eso que años después un historiador francés -J. Lucas-Dubreton- llamará, acertadamente, “el culto a Napoleón”.

Se trata de un arma verdaderamente potente. En ocasiones, como finalmente acaba ocurriendo en San Sebastián y en San Marcial el 31 de agosto de 1813, no servirá de gran cosa a la hora de anotar una nueva victoria para las banderas francesas. Sin embargo, desde 1848 en adelante, ese culto a Napoleón, como parte esencial del culto a otros héroes “franceses” -desde el jefe galo Vercingétorix hasta Charles de Gaulle pasando por Santa Juana de Arco, San Luis rey de Francia, Francisco I, el cardenal Richelieu…- es la base sobre la que se forma una nación dispuesta a morir a millares en los campos de batalla de Europa y del resto del Mundo. Un mínimo sacrificio, bajo ese punto de vista, por un país tan glorioso como el que describe ese culto fuertemente enraizado en la Historia francesa y vulgarizado por medio de novelas, imágenes, grabados, libros para niños y jóvenes y un “merchandising” al que nada tiene que envidiar el Hollywood de hoy día. Salvo, quizás, la sutileza mucho mayor con la que se opera en Francia por medio de esos instrumentos.

Como ejemplo puede bastar lo que ocurre en ese país, Francia, hace ahora exactamente 99 años, cuando comienza, en serio, la que entonces se llamó “Gran Guerra” y nosotros conocemos como “Primera Guerra Mundial”.

Durante el mes de agosto de 1914, en el que se consuma lo iniciado por el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco a finales de junio de ese año, miles de franceses no se cuestionan la necesidad de ir a morir por Francia -esa Francia encarnada, entre otros, por Napoleón y su Gloria militar-, exponiéndose al fuego de esos “cañones de agosto” que la historiadora norteamericana Barbara W. Tuchman ha convertido en el símbolo del comienzo de esa guerra que lo trastorna todo, dando lugar al mundo en el que hoy vivimos.

Sí, por difícil que resulte de creer ahora, contado y leído en frío, los franceses de 1914 -salvo las honrosas excepciones de costumbre- no dudan un momento en lanzarse de cabeza a un inmenso matadero. Uno en el que muchos de esos aspirantes a héroes ni siquiera tienen la oportunidad de ver el rostro del enemigo como, se suponía, sí ocurría en las guerras napoleónicas, siendo, por el contrario, aplastados por inmensas explosiones lanzadas por cañones con mayor alcance, con mayor capacidad de enviar cada vez más lejos cargas explosivas de mayor potencia. Una Artillería capaz de crear la llamada “cortina de fuego”, que barre kilómetros y kilómetros de frente. Bien para proteger a las tropas propias, bien para aniquilar a las enemigas enterrándolas literalmente vivas, por millares, en cuestión de minutos.

La “Gran Guerra” que empieza con esos “cañones de agosto” de 1914, en efecto, no puede comprenderse sino como el resultado final de lo que se vive en aquella otra Europa de las guerras napoleónicas. Esa en la que se hace de un hombre un ídolo casi divino y de la idea abstracta de nación -simbolizada en grandes hombres como Napoleón, en banderas, en nombres de batallas, gloriosas incluso siendo sonadas derrotas-, un motivo más que suficiente para morir y matar aunque sea de ese modo tan absurdo, tan poco heroico, apenas un par de minutos después de llegados a la línea del frente sin haber visto siquiera el rostro del enemigo.

Lo demuestra claramente, por ejemplo, el espasmo patriótico que recorre Prusia -otra de las grandes protagonistas de 1914- en el verano de 1813 donde, inspirados por el caso español, como cuenta nuestra colega historiadora Remedios Solano, se pone en armas a miles de soldados prusianos sobre el terreno para empujar a Napoleón de vuelta a París, sacándolo de la Väterland, de la patria prusiana, no bien las cosas mejoren en el frente peninsular, una vez que se haya rebasado ese cuadrado mortal del que habla Napier, quebrantando la resistencia de guarniciones como la que el 15 de agosto celebra San Napoleón en  San Sebastián.

Eso -la gloria de Napoleón, y Francia, la “Väterland” prusiana apenas inaugurada en 1813…- lo explica todo. Y principalmente cómo se galvaniza a miles de hombres para repetir, una y otra vez, la misma guerra -con medios cada vez más destructivos, eso sí- durante casi dos siglos.

Así las cosas, si nos preguntamos por el sentido de aquellas guerras napoleónicas que se están decidiendo a los pies de los Pirineos occidentales en el verano de 1813, deberemos reflexionar sobre ese culto a Napoleón manifestado en ocasiones como la que tiene lugar en San Sebastián el 15 de agosto de 1813, o en réplicas a la fiesta de San Napoleón como esa “Väterland”, esa Patria, que los soldados prusianos invocan cuando tratan de romper las líneas napoleónicas en esas mismas fechas.

Que eso ocurriera ahora hace doscientos años no implica, desde luego, que tenga menos importancia o que haya perdido su capacidad de explicar hechos a veces tan incomprensibles -si se miran sólo superficialmente- como la tenaz resistencia de una fortaleza clave, como lo era la de San Sebastián en agosto de 1813. O, si a eso vamos, la muerte de verdaderos rebaños de hombres -austriacos, alemanes, rusos, portugueses, británicos, franceses, algunos centenares, tal vez miles, de voluntarios españoles…- bajo los terribles cañones de agosto de 1914.              

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (IX). Sobre piratas, corsarios y homenajes a víctimas del emperador Bonaparte
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Carlos Rilova | 22-08-2013 | 09:12| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado 10 de agosto empezaba la Semana Grande de San Sebastián. Un acontecimiento curioso por distintas razones. Entre otras por ser una de las pocas reminiscencias que quedan de la llamada “Belle Époque” en esta Europa del siglo XXI que sobrevivió a la Primera Guerra Mundial. Esa que, en teoría, barre de la faz de la Tierra cosas así.

Ciertamente la actual Semana Grande tiene ya poco que ver con aquella que eclosionó entre el final de la Tercera Guerra Carlista (1876) y los años posteriores a la llamada “Gran Guerra” iniciada en 1914, a partir de la década de los años 20 del siglo pasado.

Quedan los fuegos artificiales, ese participar en la fiesta paseando más que desmandándose, como ocurre, por ejemplo, en Sanfermines, la mayor parte del “marco incomparable” de una arquitectura surgida en esas fechas y alguna otra cosa más.

No queda ya nada de señoras con etéreos sombreros de grandes alas y falda hasta los tobillos tomando la brisa marina y caballeros con “canotier” y traje -“de verano”, por supuesto- refrescándose sus bigotes encerados con las guías hacia arriba en los cafés del Boulevard.

Mucho menos de aquellos grandes coches -Hispano-Suizas, Stutz bearcats, Bentleys…- que aparcaban ante grandes hoteles como el María Cristina para admiración de una masa que aún se desplazaba -en Londres, en París o en San Sebastián- en carros o en tranvías tirados por caballos.  

El resto se ha convertido en una fiesta más popular, más banal, menos refinada. Tanto que incluso provocaría indignación y desmayos entre los elegantes veraneantes de la “Belle Époque”.

Sin duda el llamado “abordaje pirata” que forma parte de la actual Semana Grande, y lleva teniendo lugar en La Concha desde hace cerca de una década, sería uno de esos eventos que sublevaría a los protagonistas de aquella otra Semana Grande.

La actividad, organizada por el colectivo “Izan pirata” -se traduce del euskera como “Sé pirata”-, implica, más o menos, hacerse un barco “pirata” y participar en una especie de abordaje multitudinario entre esos “barcos pirata” improvisados. Algo que termina con la mayoría de los participantes en el agua, cosa muy de agradecer en pleno agosto. O al menos cuando, como ocurrió este sábado, hace sol.

El programa declarado de “Izan pirata”, según consta en su página de la plataforma Verkami, donde busca micromecenas que financien sus actividades, es conseguir una Semana Grande euskaldun -esto es, vascoparlante-, participativa, igualitaria…

En principio, como ven, sólo se trata de una apropiación intranscendente y con fines lúdicos de una actividad histórica que no tenía nada de lúdica como la Piratería, los abordajes, etc… Todo correcto. Salvo para puristas -como, por ejemplo, los almidonados veraneantes de la “Belle Époque”- o los que no se conforman con un remedo de las películas “de piratas” del Hollywood de los cincuenta cuando oyen la palabra “abordaje”.

Sin embargo, este sábado 10 de agosto de 2013 las cosas fueron más lejos.  “Izan pirata”, en colaboración con otros colectivos, quiso hacer un homenaje a las víctimas civiles del momento culminante de la batalla por San Sebastián de 31 de agosto de 1813.

El homenaje a las víctimas de cualquier guerra -más si como ocurre en este caso, eran civiles desarmados y aliados de quienes los agredieron-, siempre resulta pertinente. Sin embargo, había un par de cosas que chirriaban en ese homenaje que los “piratas” donostiarras organizaron este sábado en la 31 de agosto, la calle que sobrevivió entera al incendio y el huracán de destrucción provocados por las tropas angloportuguesas a partir de la una de la tarde de ese 31 de agosto de 1813 que hoy da nombre a esa calle.

Quizás el lugar más oportuno, más digno incluso, para esa nueva incursión de los “piratas” donostiarras en el terreno de la Historia, hubiera sido el monolito a las víctimas del Terrorismo erigido en los jardines de Alderdi-Eder. Allí, al fin y al cabo, aparte de ese recuerdo a otras víctimas más recientes -muchas de ellas también donostiarras- estaba el monumento elevado en 1913 a esa catástrofe bélica que arrasó la ciudad y que ahora algunos energúmenos se dedican, día sí y día también, a ensuciar con pintura una vez mutilado todo lo mutilable en esas esculturas hoy trasladadas al monte Urgull. Por otra parte ese monolito a las víctimas del Terrorismo está ante La Concha, escenario de los abordajes de “Izan pirata” y, finalmente, es uno de los puntos en los que convergieron las tropas angloportuguesas masacradas por la guarnición francesa que contenía el asalto final de 31 de agosto de 1813.

La calle Esterlines hubiera sido quizás mejor lugar todavía para ese homenaje a las víctimas civiles del 31 de agosto de hace dos siglos. Allí, según los 79 testimonios de los supervivientes a la masacre e incendio de 1813 -tan mencionados últimamente y tan poco, o mal, leídos- se violó y asesinó a una guapa joven donostiarra de clase baja a manos de lo más inmundo de la soldadesca angloportuguesa que se entregó a saquear y destruir la ciudad que, supuestamente, habían venido a liberar de la dictadura napoleónica. Una víctima que, por sí sola, ya hubiera bastado para cubrir de horror aquel hecho de armas, sin necesidad de entrar en el obsceno juego que se ha planteado -y dejado plantear- en torno a este bicentenario acerca de los cientos o miles de muertos causados por la batalla de San Sebastián de 31 de agosto de 1813.

Sin embargo, desde el punto de vista del historiador, hubiera sido aún más apropiado, y sobre todo coherente, que los “piratas” donostiarras hubieran llevado su homenaje al canal del puerto de Pasajes.

La pequeña parte de la Historia de las guerras napoleónicas que tuvo lugar allí en el mes de diciembre de 1813, está recogida minuciosamente en un legajo del Archivo general guipuzcoano bajo la cifra JD IM 1/19/65. Son documentos de la Junta de Sanidad de esa villa guipuzcoana, la del puerto de Pasajes, hoy conocida como “Pasai”. En ellos su presidente, Martín de Zatarain, nos cuenta las aventuras que había sufrido la fragata de transporte inglesa Mary, bajo mando del capitán Jorge Bron (muy probablemente una castellanización de George Brown).

La fragata en cuestión había tenido un viaje verdaderamente azaroso que nos refleja, sin embargo, qué significaba ser marino, corsario o pirata, realmente, en el año 1813 y no figuradamente, como ocurre ahora al comienzo de cada Semana Grande.

Según lo indagado por Martín de Zatarain, la Mary había salido de Tarragona con rumbo a Alicante al menos un par de meses antes. Estuvieron fondeados en ese hoy, otra vez, tan traído y llevado peñón de Gibraltar hasta el día 28 de noviembre de 1813. Una larga escala de 21 días.

Después de ella habían salido con rumbo Norte, una travesía que se vería interrumpida en los 49 grados de latitud y 9 de longitud.

En efecto, en esa altura de las cartas náuticas la Mary será abordada por un corsario estadounidense -en esos momentos en guerra contra Gran Bretaña, como ya se comentó en el número IV de esta serie-, que la capturará haciendo buen uso de los seis cañones que monta en sus amuras. Más que suficiente, por lo que se ve, para que el capitán Jorge Bron -o George Brown, si así lo preferimos- rinda el pabellón de la “Union Jack” y entregue la Mary al corsario yankee. Único, pero preciado, botín de ese abordaje, ya que la fragata inglesa no llevaba carga. Tan sólo el lastre de sus bodegas. En cualquier caso más que suficiente para esos halcones del mar salidos de Boston, de Baltimore, de Marblehead o de dónde quiera que tuvieran su origen en los recién constituidos Estados Unidos de Norteamérica.

Sin embargo, y como solía ser habitual -recordarán las escenas finales de “Master and commander”-, la tripulación capturada se había enfrentado con la dotación puesta en la Mary por el corsario yankee y, venciéndola y haciéndola a su vez prisionera, habían recuperado el control de la fragata, trayéndola sana y salva hasta Pasajes.

Los que no estaban tan sanos eran algunos de sus tripulantes. Uno de ellos, completamente anónimo para esos documentos, morirá el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, de escorbuto.

Una circunstancia mala para él pero tranquilizadora para los caballeros que, como Martín de Zatarain, formaban parte de la Junta de Sanidad de los Pasajes. Al menos aquel “tarpaulin” -uno de los motes aplicados a los marinos británicos, en  referencia a sus ropas y sombreros impermeabilizados con brea- no había muerto de fiebre amarilla o “calentura pútrida”. Como la que se había llevado por delante a muchos de los supervivientes -soldados y civiles- a la destrucción de San Sebastián provocada por algunos soldados y oficiales angloportugueses el 31 de agosto de 1813.

En cualquier caso, y para evitar males mayores como el recrudecimiento de esa enfermedad epidémica, el entierro que se dio a aquel marino es algo digno de cualquier homenaje a las víctimas que aquel otro gran dictador -llamado Napoleón Bonaparte- provocó desencadenando aquellas guerras llamadas, precisamente, napoleónicas.

Las notas sobre esos funerales que da la Junta de Sanidad son elocuentes por sí solas. Dicen así, con la mala ortografía de aquella época incluida: “El cadaver se ha hechado (sic) en mar fuera conducido por el Bote del mismo Buque acompañado à distancia del de la Sanidad con un Regidor, un representante del Governador de marina capitan de Puerto Ynterino, y un oficial Yngles”.

La escena seguramente fue digna de los pintores que triunfan en esas mismas fechas. Un Constable, un Caspar David Friedrich… El cadáver de un anónimo marinero es arrojado a las aguas abiertas ante el puerto de los Pasajes, mientras autoridades civiles y militares contemplan desde lejos, a bordo de sus respectivas embarcaciones, como aquel cuerpo es lastrado y enviado al que la subcultura de los marinos anglosajones de la época conocía como “Davy Jones´ locker”. Es decir, el cofre de Davy Jones. El maldito fondo del mar del que sólo se saldría el Día de la Resurrección para el Juicio Final.

Uno más de los eufemismos de esa parte de la cultura popular de la Europa Moderna de la que nos habló en su día en un magnífico, y recomendable, libro el profesor Peter Burke. No el único, eufemismo, de esa índole, por cierto. Como constatarán si se dan el gusto de escuchar alguno de los famosos “cantos de marinos” -“Sea shanties”- editados hace años en formato CD. En ellos se nos habla de muchas otras historias basadas en hechos reales como ese que tuvo lugar en Pasajes una mañana de finales de diciembre de 1813. Ahí oirán  hablar, por ejemplo, de cómo el pobre Tom -una metáfora más del marino común- se fue a “Hilo” para no volver nunca más, él, que había luchado en Trafalgar, y según las distintas versiones de esa canción, tanto podía estar por las calles de aquel puerto peruano, como haberse convertido, ya para ese momento, en el amante de una sirena…

Maneras de endulzar muertes tan tristes y tan habituales como la que vivió aquel anónimo marino que había llegado hasta Pasajes a bordo de la fragata Mary. Una más de las muchas movilizadas, junto con sus respectivas tripulaciones, para poner fin a unas largas guerras que habían devorado en sus fauces a miles de seres humanos. Unos que, tal vez, hubieran muerto de viejos e incluso habrían recibido un funeral menos siniestro que el que aquel tripulante de la fragata Mary -aquel pobre Tom, aquel pobre “tarpaulin” anónimo- tuvo ante el puerto de Pasajes en diciembre de 1813. Un personaje que, la verdad, bien se merecería un homenaje que nos recordará todos los años lo que consiguió la megalomanía de un individuo -Napoleón Bonaparte- sacrificando sobre el tapete de la Historia miles de vidas como aquella para satisfacer su ambición.

Eso, quizás, tendría un mejor y más coherente sentido histórico que lo que se escenificó este sábado en la calle 31 de agosto por parte de los “piratas” donostiarras y otros colectivos, permitiendo de paso una conmemoración de aquellos hechos históricos más justa, incluso más generosa, en fin, más histórica.

Tanto para la población donostiarra víctima de una soldadesca despreciada hasta por sus propios compañeros, según contaba sir William Napier en su “Historia” de esos hechos que hoy recordamos, como para otras víctimas colaterales de aquellas guerras napoleónicas.

Como, por ejemplo, aquel marinero anónimo de la fragata Mary, arrojado al mar cerca de San Sebastián tras su muerte en diciembre de 1813 sin siquiera unas palabras que recordasen que él también había sido un ser humano.

 

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (VIII). Inazio, gure patroi haundia… De los amigos y enemigos sobrenaturales del emperador Napoleón
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Carlos Rilova | 19-08-2013 | 08:27| 0

Por Carlos Rilova Jericó

El miércoles de la semana pasada fue, como supieron muchos guipuzcoanos y vizcaínos, la fiesta de San Ignacio de Loyola. Es decir, un estupendo día de julio, soleado además, que facilitó mucho las cosas a quienes estaban ideando un puente veraniego. Pero aparte de esa feliz serie de coincidencias, ese día de San Ignacio podría ser también una excelente ocasión, en este bicentenario de las guerras napoleónicas, para recordar un aspecto poco comentado de las mismas que, sin embargo, no por eso es menos real.

En efecto, como somos una sociedad laicizada -unos pensarán que para bien, y otros que no- tendemos a ver ausentes de las guerras napoleónicas los aspectos religiosos por más que ese período histórico nos fascine, lo estudiemos, le dediquemos bicentenarios…

Es una suposición razonable por otra parte, ya que la sociedad de esa época, la napoleónica, ha pasado por la Ilustración y, sobre todo, por los, en muchas ocasiones, brutales procesos de Descristianización que impuso la hora más sanguinaria de la revolución de 1789.

Resulta, en efecto, difícil después de haber visto un par de películas sobre la revolución francesa -pongamos por ejemplo “La noche de Varennes”, o “Dantón”-, seguir creyendo que los soldados que cierran filas tras las águilas napoleónicas fueran, como se suele decir, de misa diaria.

El famoso cuadro de David, en el que se ve a Napoleón autocoronado y coronando a su esposa en una catedral de Notre Dame de París que parece más bien un templo pagano neoclásico, dificulta también asociar la idea de religión cristiana más  o menos ortodoxa, de una u otra confesión, con las guerras napoleónicas.

Sin embargo, pese a todo, pese a esos indicios que nos da la propia Historia sobre la progresiva desacralización de la sociedad de las guerras revolucionarias y napoleónicas, hay documentos que avalan otra clase de hechos históricos. Unos que nos hablan de que las guerras napoleónicas tienen también aspectos religiosos que han sobrevivido a la desacralización y laicización revolucionaria que, eso no puede ponerse en duda, se ha convertido desde 1789 en una corriente histórica que gana una extraordinaria fuerza, hasta llegar a la situación actual.

En el territorio guipuzcoano donde, como ya sabrán los lectores habituales de esta serie, se está luchando ahora hace dos siglos una de las principales campañas para derribar a Napoleón de su pedestal imperial, existen indicios verdaderamente sabrosos de esa religiosidad de la era napoleónica.

En efecto, en esos ejércitos aliados que, a primeros de agosto de 1813, se mantienen en una nerviosa espera, aguardando el próximo contraataque del mariscal Soult, encontramos unidades que combaten bajo la protección de un santo concreto.

De hecho, según lo que nos dicen los documentos disponibles, todas las tropas españolas de esa época -en otros aspectos tan revolucionaria- siguen poniéndose siempre bajo la protección de un determinado santo que bendice sus banderas y vela por ellos en combate. Una tradición análoga a la de otros países católicos que lucharon también en esas guerras napoleónicas. Caso, por ejemplo, de los austriacos, alguno de cuyos regimientos, al parecer, exhibió en sus banderas incluso efigies de la Virgen.

En el caso de las fuerzas en presencia en territorio guipuzcoano hace ahora dos siglos, entre las unidades del Cuarto Ejército español que esperan sombríamente la próxima batalla, rogando para que sea la realmente decisiva, la que derroque al Ogro Bonaparte y desbande sus ejércitos, nos encontramos con algo parecido en las banderas de los tres batallones guipuzcoanos.

En noviembre del año 1812 esas unidades tuvieron que decidir, por orden de su oficial supremo al mando, el general vergarés Gabriel de Mendizabal, a qué santo elegían como su patrón para que, en enfáticas palabras del propio general, intercediese por ellos ante el “Dios de los Ejercitos”… Tal y como lo recoge una interesante correspondencia conservada en el archivo general guipuzcoano bajo la cifra JD IM 3/4/93. La misma que, para satisfacción de curiosos, el padre Lasa, el biógrafo de Gaspar de Jauregui -“padre” de esas unidades en los difíciles días de 1808 a 1810-, glosó en su día para su estudio sobre ese oficial -Jauregui- que llegó a mariscal de campo gracias a estas guerras.

Al parecer los integrantes de esos batallones tuvieron dificultad en elegir un protector espiritual, o, tal vez -no podemos descartarlo- no estaban muy interesados en tomar una decisión a ese respecto. Menos aún cuando se trataba de decidir si el santo patrón sería San Ignacio de Loyola o el controvertido San Martín de la Ascensión, origen de agrias discusiones entre varias poblaciones guipuzcoanas y vizcaínas.

Tal y como consta en esa correspondencia, dejaron el asunto en manos de Gabriel de Mendizabal. Éste, finalmente, les indicará desde el cuartel general de Bilbao, con fecha de 2 de diciembre de 1812, que había decidido que el santo que les protegería cuando entrasen en batalla contra las tropas napoleónicas, sería San Ignacio de Loyola.

Realmente sorprende ver a un general tan afín, después de todo, a las ideas constitucionales de 1812 -como también se delata en la correspondencia de ese legajo y en otros documentos-, ocupado y preocupado con esa elección de santo protector para los batallones guipuzcoanos.

Se dirá que, ciertamente, la constitución de Cádiz es decididamente confesional y en gran parte es obra del estamento clerical que, al igual que en la Francia de 1789, se alinea en gran parte con cambios políticos como ese.

Sin embargo ese detalle no salva a la famosa “Pepa” de que los reaccionarios -los que se tienen por creyentes ortodoxos- la vean como un foco de ideas revolucionarias, destructoras, en fin, tanto del altar como del trono. Lo bastante, en definitiva, para considerar a sus partidarios como católicos de pacotilla, a los que no salvarían siquiera gestos, en apariencia tan piadosos, como seguir con la tradición de buscar santos que protejan a las tropas bajo su mando.

Podríamos discutir durante folios y más folios sobre esa cuestión, sin embargo, por ahora, lo interesante sería recordar que a los serviles, a los reaccionarios opuestos a la constitución de 1812, no les faltaba algo de razón en sospechar, y hasta abominar, de gestos como esa elección de un santo protector para las tropas que combaten a Napoleón por parte de un general exaltador de “la Pepa”.

Y es que, en efecto, en aquella Europa napoleónica la religión es instrumentalizada de un modo descarado. Como no se ha visto en siglos pasados, llenos de episodios que darían para escribir varios libros sobre esa faceta de la Historia por lo general tan poco atendida. Una instrumentalización del mundo espiritual llevada a cabo por pura fórmula, por inercia o, como ocurre en el caso de Napoleón, como una estrategia más para reforzar su poder.

Algo que queda claro, por ejemplo, en un documento, firmado de su puño y letra, y pegado por las paredes de toda Francia en forma de pasquín a partir del 19 de febrero de 1813.

El título de ese documento era, traducido, “Decreto imperial concerniente a la festividad de San Napoleón y al correspondiente al restablecimiento de la religión católica en Francia”. En él Napoleón, como emperador de los franceses y rey de Italia, declaraba que había decretado y decretaba que el 15 de agosto, día de la Asunción, sería en toda Francia la fiesta de San Napoleón y la del restablecimiento de la religión católica en esa nación, así como la de la conclusión del Concordato con la Santa Sede. Asuntos todos, por cierto, de los que ya me ocupé en un anterior correo de la Historia.

El emperador daba instrucciones precisas sobre el modo de celebrar los ritos religiosos que ensalzasen esas festividades, pero no se olvidaba, ni mucho menos, de traer a colación otras palabras que dejaban claro cuál era el fin último de esas celebraciones. Así indicaba que un sacerdote debía dar, en cada templo, un sermón acerca del deber de cada ciudadano de dedicar su vida al servicio de su príncipe y de la patria…

Algo que remataba con palabras escogidas del prefecto de Hérault, que, en sus reflexiones de 6 de agosto de 1806 acerca de ese decreto imperial, recordaba a sus administrados que dichas celebraciones no deberían limitarse al recinto de los templos, sino ser ocasión pública para que los ciudadanos pudieran mostrar su satisfacción y reconocimiento a la augusta persona de Su Majestad Imperial, que había hecho todo lo posible para dar a Francia la felicidad y gloria de la que disfrutaba en esos momentos…

Cosas así, y otras, como la especie de orden que el emperador daba a Dios para que protegiera a Francia en las monedas que circulaban en su imperio -algo de lo que iba a estar muy necesitada apenas acabase el verano de 1813-, nos muestran, en efecto, las vicisitudes que sufre la religión durante la era napoleónica, constituyéndose en un elemento muy presente en la misma -más de lo que, en principio, nos pudiera parecer-, creando un conjunto de amigos y enemigos espirituales del emperador Napoleón, que estaban ahí, en ese rincón mal iluminado de la Historia en el que no solemos fijarnos mucho.

Como por otra parte es natural en una sociedad de vuelta de manejos como esos, en los que el mismo autor del exaltado decreto de 19 de febrero de 1806 no dudará en secuestrar al Papa cuando la razón de estado se lo dicte así…

Alguien contra quien, sin duda, no resultaba superfluo solicitar la protección de San Ignacio de Loyola, tal y como Gabriel de Mendizabal decidió hacer para proteger a sus batallones guipuzcoanos en 1812. Aunque fuera por tradición, por inercia o quién sabe por qué otra causa.

Es desde luego muy posible que a muchos de esos voluntarios guipuzcoanos ese detalle les pudo servir de alguna ayuda -al menos espiritual- cuando a lo largo del día 31 de agosto de 1813 cargaron a la bayoneta contra las tropas del mariscal Soult, tan famélicos y tan harapientos como cualquier otra unidad -española, francesa, británica, portuguesa…- de aquellas guerras napoleónicas.

 

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (VII). Los inconvenientes de ignorar la propia Historia. La batalla de Sorauren (25-07-1813)
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Carlos Rilova | 29-07-2013 | 09:12| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana pasada, el jueves, fue, entre otras cosas, un día de Santiago que quedó marcado por una catástrofe ferroviaria de proporciones sobrecogedoras, precisamente a las puertas de Santiago de Compostela.

Para muchos otros, afortunadamente, sólo fue el comienzo de un largo puente. Para  la Historia menos reciente, pero aún contemporánea, y para todos aquellos que se interesan, de un modo u otro, por ella, fue el 200 aniversario de un hecho poco conocido, pero fundamental, en el desarrollo de aquel gran envite en el que tanto se jugaba en Europa, y en el Mundo, ahora hace dos siglos. Ese que, vulgarmente, llamamos “guerras napoleónicas”.

En efecto, ese día el ejército bajo mando de mylord Wellington, al que la semana pasada habíamos dejado estancado, dedicándose a ocupar estratégicamente la mayor cantidad de territorio guipuzcoano y navarro que le fuera posible, tendrá que afrontar dos grandes batallas.

Una de ellas se dará ante los muros de San Sebastián, la otra comenzará ese mismo día en Valcarlos, en Navarra, cuando la vanguardia de las tropas del mariscal Soult choque contra la del ejército aliado anglo-hispano-portugués que trata de mantener bloqueada la plaza de Pamplona, así como abierta la comunicación entre esas tropas y las que en ese mismo momento están asediando San Sebastián, evitando que sean divididas y vencidas por separado. Tal y como pretende el enviado de Napoleón, el ya mencionado mariscal Nicolas Jean-de-Dieu Soult.

La batalla que tiene lugar en territorio navarro es, sencillamente, formidable, en el peor sentido que se puede dar a esa palabra. Las operaciones se prolongarán durante cerca de una semana. Es decir, lo que va del día 25 de julio al 31 de ese mismo mes.

Durante esos días las tropas de Wellington deberán luchar casi constantemente, sin apenas descanso, replegándose y desplegándose de tal modo que la entrada de Soult por Valcarlos no se convierta en una desbandada de ese ejército aliado, victorioso, hasta ese momento…

Los combates se desarrollarán en condiciones verdaderamente duras.  Por ejemplo operando en medio de una niebla tan espesa que no permite siquiera ver al enemigo que, sin embargo, como nos recuerda el general Gómez de Arteche en su prolija Historia de la Guerra de Independencia -que sigo como fuente una vez más-, favorecerán la retirada de las vanguardias anglo-hispano-portuguesas hasta llegar al punto donde la retirada ya no es posible.

Es decir, a la villa  de Sorauren, a siete kilómetros de Pamplona. Es decir, el lugar en el que, por las características del terreno, resulta imposible hacer otra cosa que no sea o vencer a las tropas enemigas, o salir en desbandada por una gran llanura que es el sueño de toda División de Caballería -y en el Ejército napoleónico había alguna de las mejores de esa época- que trate de demostrar sus habilidades.

Sobre ese punto se dará un gran choque entre las tropas aliadas retiradas de los Pirineos y las que el mariscal Soult ha logrado traer, en dirección inversa a la que recorre Carlomagno según algunos el 15 de agosto del año 778 y según otros el 808, mil años antes de la invasión napoleónica.

Para ese momento, el 28 de julio de 1813, Wellington ya ha salido de Hernani, desde donde, como nos dice Gómez de Arteche, seguía la operaciones de asalto contra San Sebastián en la noche -trágica para muchos- del 25 al 26 de julio.

En ese momento, el destructor de Napoleón, el indiscutido héroe de Waterloo tendrá que demostrar su superior conocimiento del arte militar.

Deberá detener, por un lado, el intento de salida que hacen las tropas napoleónicas bloqueadas en Pamplona -para unirse a las de Soult que vienen a socorrerlas- y por otro a las del propio mariscal Soult, que avanzan sobre las líneas aliadas sin que se haya conseguido contenerlas desde el día 25 de julio. El objetivo de ese ejército francés es desbordar las tropas anglo-hispano-portuguesas y hacerse con todo ese terreno que permitiría a Nicolas Jean-de-Dieu Soult, en el mejor de los casos, tanto destrozar al grueso de las tropas del ejército aliado, como envolver a las que en ese momento tratan de apoderarse, desesperadamente, de San Sebastián.

Como dos boxeadores fajados, Wellington y Soult se asestarán un golpe tras otro entre el 28 y el 31 de julio.

Son horas desesperadas, en las que cualquier error puede ser fatal.  Si la derecha del centro aliado, defendida por unidades españolas cae, el resto del ejército caerá; si las unidades estacionadas sobre el camino que lleva a Tolosa desde Sorauren no consiguen detener los ataques que se van a lanzar contra ellas previsiblemente, Wellington puede ya darse por derrotado. Quizás no de manera total, pero sí parcialmente al menos. Lo bastante como para quetenga que retirarse a Vitoria, o incluso más hacia el Sur, una vez más…

El resultado final será favorable al vizconde de Talavera. Pero sólo tras varios días de aguantar embates de un formidable ejército bajo el mando de uno de los más celebres mariscales de Napoleón, que hará sufrir a Wellington momentos de verdadero infarto.

Por ejemplo cuando queden frustrados, gracias a las tropas bajo mando del general Carlos de España y de Enrique José O´Donnell -reaccionario tío del mucho más celebre, y liberal, Leopoldo-, los intentos de la guarnición francesa de Pamplona de romper el bloqueo y capturar a las tropas aliadas entre dos fuegos, evitando así que jornadas como la del día 28 de julio se conviertan en el más glorioso de los desastres para mylord Wellington.

El corolario final de esa tenaz y, en fin, bien organizada resistencia, será que Soult no tiene más remedio que volver por donde ha venido, retirándose al otro lado de los Pirineos, esperando una mejor ocasión.

Ante esos hechos consumados sin duda uno podría sentirse optimista de haber estado el 31 de julio de 1813 metido en el uniforme, el bicornio y las botas de Wellington, sin embargo…

Sin embargo, el verdadero Wellington sabe que se ha salvado por muy poco, él y su ejército aliado, y que ese día aún queda mucho para que la guerra esté ganada. La situación de las tropas aliadas dista, en efecto, mucho de ser la ideal ese 31 de julio de 1813.

Siguen más o menos donde estaban un mes antes. Es decir, bloqueadas ante San Sebastián que, pese a todo, ha resistido el dramático ataque nocturno de la noche del 25 al 26 de julio, logrando deshacer las columnas de asalto formadas por regimientos tan curtidos como los del tercer batallón de los Royal Scots, hacer varios cientos de prisioneros y obligar a esa sección del ejército angloportugués a retirarse del modo más desordenado bajo la mirada, es de imaginar que nada complacida, de myord Wellington.

Por otro lado, los resultados finales de esta batalla de los Pirineos, el 1 de agosto de 1813, pueden hacer que el vizconde de Talavera sienta algo de entusiasmo. Todo el que un  carácter más bien reservado como el suyo quiera permitirse. Sin duda.

Aún así, mylord no puede olvidar ese mismo día que tiene ante él un grave problema que no parece capaz de resolver. Sabe que las fuerzas de Napoleón declinan ante él, como lo demuestra esa desbandada en el paso de los Pirineos, sin embargo Wellington ve que no puede ir más allá de la frontera del Bidasoa si no logra antes acabar con la resistencia de San Sebastián.

Tardará un mes más en resolver esa situación. Un mes en el que podría haber ocurrido cualquier cosa.

Desde que Soult hubiese logrado enmendar su error de haber acudido primero en socorro de Pamplona -en lugar de haber atacado en primer lugar San Sebastián- poniendo sobre el terreno una decidida entrada a principios de agosto por el Bidasoa, como que -aún peor-, Napoleón lograse reconducir la situación en el Norte de Europa para volverse hacia España,repitiendo su éxito de la contraofensiva del otoño de 1808.

Eso, en definitiva, es lo que se estaba jugando hoy hace doscientos años en territorio guipuzcoano y navarro.

Es decir, un destino u otro para la Europa de 1813, que hubiera cambiado la Historia tal y como hoy la conocemos del mismo modo -o peor aún- en el que lo podría haber cambiado cierta batalla que tendrá lugar a mediados de junio de 1815 en un, hasta entonces, desconocido campo de Flandes llamado Waterloo 

Hoy es, quizás, una buena ocasión para recordar los hechos que tienen lugar en San Sebastián o las afueras de Pamplona entre el 25 de julio y el 1 de agosto de 1813, para darnos cuenta -al fin, después de doscientos años- de que esos lugares fueron hace dos siglos poco más o menos el equivalente a lo que fue Normandia en 1944, en el cuarto año de otra guerra mundial contra otro dictador que, según confesión propia, admiraba mucho a Napoleón…

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (VI). Vida del Napoleón negro (homenaje a Nelson Mandela)
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Carlos Rilova | 22-07-2013 | 09:00| 6

Por Carlos Rilova Jericó

El 22 de julio del año 1813, es decir, hoy mismo hace doscientos años, la situación  de las llamadas guerras napoleónicas se encontraba en un tenso punto muerto.

En el Sur del continente, los ejércitos aliados han logrado ocupar prácticamente todo el territorio guipuzcoano tocando, desde España, la frontera de Francia. Sin embargo, su mando supremo, Wellington,  sabe que esa situación es, cuando menos, precaria.

Nos cuenta el general Gómez Arteche en su Historia de la Guerra de Independencia que el vizconde de Talavera ha avanzado dejando detrás de él, muchas, demasiadas quizás, plazas fuertes aún ocupadas por los soldados de Napoleón: Pancorbo, Santoña, San Sebastián, Pamplona… Todas ellas han sido bloqueadas, ciñéndose al principio invariable en táctica militar desde el Renacimiento de no avanzar jamás dejando al enemigo, a espaldas del propio ejército, en una plaza fuerte que le permita hacer una salida a retaguardia de esas tropas.

Eso ha llevado al ejército aliado que aún combate en España a distraer considerables efectivos para mantener a esas guarniciones francesas -algunas muy numerosas, como la de San Sebastián- dentro de los muros de esas plazas fuertes que están cumpliendo, a la perfección, el papel para el que han sido diseñadas. Es decir, retrasar o impedir una ofensiva decidida y un avance claro y sin trabas de un ejército enemigo, hasta que se puedan enviar refuerzos a sus guarniciones sitiadas o bloqueadas para organizar una contraofensiva en condiciones.

Algo que, por supuesto, la calenturienta mente del emperador Napoleón ya ha previsto. Concretamente desde el 1 de julio de 1813. En esa fecha ha mandado desde Dresde, donde trata de detener el avance de sus enemigos del Norte de Europa, unas claras y tajantes instrucciones -muy en su estilo- al mariscal Soult. El objetivo de dichas instrucciones es decirle que debe recuperar el Noroeste de España a la mayor brevedad posible tomando “cuantas medidas exija el restablecimiento de mis asuntos en España para conservar Pamplona, San Sebastián y Pancorbo”. Tal y como lo refleja la completa traducción de esa orden -que incluye desplazar a Soult de incógnito- recogida por el general Gómez de Arteche en su libro…

Tras una larga preparación de más de dos semanas, el primo del emperador -asi se refiere Napoleón a Soult en esas instrucciones- dará el paso decisivo, atravesando los Pirineos y poniendo a mylord Wellington en un brete del que hablaremos, por cuestión de efemérides, la semana que viene.

Sin duda se trata de un diseño estratégico admirable y que muestra el genio militar de un  Napoleón que, en el verano de 1813, se debate en Alemania, tratando de contener, por así decir, con las manos la ofensiva de rusos y prusianos en el Norte y con la bota el comprometido, aunque aún indeciso escenario, que Wellington ha precipitado en España con la derrota de Vitoria y el frenético avance para ocupar la mayor parte del territorio guipuzcoano en, apenas, los últimos días de junio y los primeros de julio.

Cosas así son las que contribuyeron a forjar no sólo la leyenda de Napoleón, sino incluso el culto a su personalidad. Convirtiéndolo en un ser casi divino, incomparable… ¿Incomparable?, ¿realmente Napoleón no podía compararse con ninguno de sus contemporáneos, dejando aparte a mylord Wellington?.

 La respuesta a esa última pregunta es “no” y nos lleva a esa Sudáfrica que hoy está, una vez más, en el ojo del huracán informativo a causa de la enfermedad -terminal según se dice- de Nelson Mandela, durante muchos años un símbolo de la resistencia pacífica contra otro régimen tiránico y opresor.

En efecto, había en esa parte del Mundo, en ese verano de 1813 en el que Napoleón hace gala de sus habilidades de estratega, otra mente tan brillante como la suya. Aunque fuera a una escala distinta. Se trataba del futuro rey zulú, Shaka Zulú, al que, con bastante justicia, se le dio el título de Napoleón negro. Uno que comparte con el antiguo esclavo antillano Toussaint Louverture, jefe de la rebelón servil contra Francia durante la época revolucionaria en la colonia de Santo Domingo que, curiosamente, ostentó rango de general español al menos entre 1793 y 1794 .

Lo cierto es que el rey Shaka, parece merecer con mucha más razón que Toussaint ese título de “Napoleón negro”. Las hazañas de Toussaint, sin dejar de ser considerables, nunca estuvieron a la altura de aquel otro Napoleón -Bonaparte- al que él imita incluso en su florida vestimenta de general de la época revolucionaria. 

Ciertamente lo que hizo Shaka, aún, insisto, a pequeña escala, se parece mucho más a lo que realiza Napoleón, más o menos en las mismas fechas en Europa. 

Si seguimos lo que nos cuenta el periodista cartagenero Carlos Roca en su interesante obra de divulgación “Zulú”, dedicada, principalmente, a tratar de la batalla de Isandlwana -en la que la nación Zulú aplasta al ejército británico el 22 de enero de 1879-, Shaka nació de una relación irregular del rey de un pequeño clan, los zulú -“cielo”- en el año 1787.

Su padre, Senzangakoma, no le ahorrará desprecios. Su madre, Nandi, decidirá llevarlo al poblado principal de los methehwa, un clan en esos momentos infinitamente más poderoso que el zulú, donde Shaka -el escarabajo, así llamado porque los zulúes decían que en realidad la preñez de Nandi era fruto de un parásito intestinal con ese nombre: Ishaka- medrará rápidamente bajo la protectora sombra del rey methehwa Dingiswayo, que ve su gran potencial.

 Tal y como recoge Carlos Roca en “Zulú”, el Shaka adolescente ganará adeptos rápidamente entre sus compañeros de regimiento en el ejército methehwa gracias a sus evidentes cualidades, que van desde una notable fuerza y altura -al parecer superior al metro noventa- a unas evidentes capacidades de liderazgo y organización que, con el apoyo de Dingiswayo, le llevan en 1816 a tomar el control absoluto del clan zulú tras la muerte de su padre Senzangakoma.

Lo hará de un modo que recuerda al 18 de Brumario de Napoleón. Shaka se presentará en el poblado principal del clan zulú, Kwabulabayo -que Carlos Roca traduce como “el lugar de la muerte”- y reclamará allí su derecho al trono vacante por la muerte de su padre. Toda oposición es aplastada y desde ese momento Shaka introducirá una serie de cambios radicales en la organización militar zulú.

Los regimientos -o amabutho- en los que se encuadra a los jóvenes desde que están en edad militar, pasan de ser unas asociaciones masculinas de carácter más social y festivo que bélico, a adquirir un carácter eminentemente militar sin ninguna clase de paliativos.

En efecto, los amabutho, hasta ese momento se han dedicado a una guerra ritual que, más que una verdadera guerra, es una especie de “kermesse” un poco sangrienta para ajustar diferencias con un mínimo de bajas, de acuerdo a las tácticas guerreras propias de los pueblos llamados por los europeos “primitivos”, que reducen el choque violento a un combate simulado, o a una pelea entre campeones, similar, por ejemplo, a la que habrán visto escenificada en el comienzo de “Troya” de Wolfgang Petersen.

Shaka desecha ese equilibrio y hace que sus amabutho se conviertan en verdaderas unidades de aniquilación  con el objetivo claro de localizar al enemigo y aplastarlo sin atender al número de bajas propias ni  ajenas.

Para ello Shaka introducirá innovaciones tácticas en el equipo militar zulú. Es el caso de la lanza corta iklwa, que debe utilizarse en el cuerpo a cuerpo y, según dicen, Shaka, tan febril organizador y supervisor como el propio Napoleón, vigilaba si estaba manchada de sangre o no tras cada combate, ejecutando a los guerreros que no pudieran mostrar ese trofeo tras cada batalla.

Sin embargo, el cambio que mejor dibuja el radical giro que Shaka introduce en el África de comienzos del siglo XIX, será su táctica -revolucionaria en África del Sur- llamada “Impondo Zankomo”. Es decir, “los cuernos del búfalo”, que consistía en una variante de la bien conocida táctica puesta en práctica por Aníbal en la batalla de Cannas durante las Guerras Púnicas contra Roma. Una doble envolvente que flanqueaba al enemigo a izquierda y derecha, permitiendo al centro del ejército atacante -en este caso el zulú- hundir el centro de las fuerzas oponentes.

Gracias a esa decidida política y no menos decidida táctica, Shaka logrará, entre 1816 y 1828, la fecha de su muerte, asesinado por su hermanastro Dingane, unir en una sola nación a 383 clanes dispersos y controlar un territorio equivalente a Portugal y al Norte de España.

Un imperio, digno -en su escala- de Napoleón, que perdurará hasta el año 1879, cuando los herederos de Shaka sean barridos por la superior tecnología militar europea. Sobre la que, sin embargo, se cobrarán la gran victoria de 22 de enero de 1879, en la que los rifles de repetición británicos Martini-Henry no podrán nada contra miles de guerreros zulúes. Los mismos que se desplegarán sobre el ejército de Su Graciosa Majestad la reina Victoria formando “los cuernos del búfalo”, aniquilándolos por el sólo peso del número, acabando con la vida, también, de un descendiente de Napoleón, hijo de su sobrino -el derrocado Napoleón III- que es oficial en el ejército británico en esos momentos. Episodio poco conocido, pero al que se dará cierto pábulo en obras como”Cato Zulu”, de Hugo Pratt.

Una victoria pírrica y que ya llevaba en sí el guión de la destrucción de la nación zulú creada por Shaka, tan capaz de aniquilar un ejército británico a campo abierto, como ocurre en Isandlwana, como de tener que dejar por imposible a la heroica guarnición que, en ese mismo momento, es capaz de resistir, gracias a sus tácticas y tecnología militar superior, tras las barricadas de Rorke´s drift. Tal y como se cuenta, con algo más de romanticismo, en una película por lo demás tan recomendable como “Zulú” de Cy Endfield, autor del guión de otra producción posterior -“Amanecer zulú”- estrenada en el centenario de Isandlwana, en 1979, donde se refleja gran parte de lo que les he contado.

Con ello se abrirá un panorama que acaba en el sometimiento del imperio de Shaka a británicos y, especialmente, holandeses, los famosos “boers” con los que Gran Bretaña lucha por el control de Sudáfrica a principios del siglo XX.

Lo que años después permitirá crear el régimen del “Apartheid”, contra el que otro gran general africano, Nelson Mandela, combatirá hasta el año 1990.

Con medios violentos en ocasiones -origen de su larga condena del año 1962-, y posteriormente volviendo a la ideología de la resistencia pacífica puesta en práctica, con éxito, contra el imperialismo europeo en la India tras la Segunda Guerra Mundial por otro sudafricano -de adopción al menos-, el abogado Mahatma -léase “Móhandas”- Karamchánd, más conocido, simplemente, como “Gandhi”, culminando así, Mandela, un largo y sangriento viaje iniciado -tanto en Europa como en África- por dos Napoleones muy distintos en muchos aspectos, pero idénticos en lo elemental.

    

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (V). El 14 de julio y el general Castaños
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Carlos Rilova | 07-07-2014 | 08:47| 8

Por Carlos Rilova Jericó

Este domingo, ayer mismo, habrán visto por la televisión el apabullante desfile con el que Francia celebra su principal fiesta nacional.

Al igual que la de los Estados Unidos se conmemora en el mes de julio y también al igual que la de los Estados Unidos, tiene su origen en acontecimientos revolucionarios puestos en la escena histórica durante las últimas décadas del siglo XVIII.

En el caso de Francia, el acontecimiento en cuestión es la toma, un 14 de julio de 1789, de la prisión de la Bastilla, de la que no quedó piedra sobre piedra, utilizándose éstas para hacer ”souvenirs”, tallando en cada una de ellas pequeños modelos a escala de esa cárcel de Estado para los entusiastas de la revolución recién triunfante.

Es lógico que la actual República francesa, heredera directa de aquellos acontecimientos, haya institucionalizado el 14 de julio como Fiesta Nacional y la celebre atronando los Campos Elíseos con la sobrecogedora marcha a toque de timbal y corneta de la Guardia Republicana a caballo. O con el despliegue, no menos impresionante, de la mítica Legión Extranjera -curiosamente fogueada en 1835, en sus inicios, durante la primera de las guerras carlistas- cantando sobre marchar o morir.

Al fin y al cabo el asalto a la Bastilla el 14 de julio era el punto de no retorno de lo iniciado días atrás en la reunión de los Estados Generales, que juran no separarse hasta dar a Francia un sistema de libertades que nada tenga que ver con el origen -noble o plebeyo- de los que la habitan y van a recibir pronto el título, verdaderamente revolucionario, de “ciudadano”. Ese que los diferencia de los antiguos súbditos de los reyes absolutos, de esos que la más incendiaria documentación de la época califica de “esclavos”.

Pero, en plenas guerras napoleónicas, en un 14 de julio de 1813, por ejemplo, ¿qué pasaba con esa fecha?.¿Alguien la celebraba?. ¿Alguien la recordaba, a ella y a lo que representaba, para bien o para mal?. ¿Tendría lógica?. Al fin y al cabo, el 14 de julio de 1789 desencadenará las guerras revolucionarias en las que se forjan tanto Napoleón como sus ejércitos, esos que aún siguen dando guerra -y mucha- en 1813…

Quizás encontremos algunas respuestas a todas esas preguntas en un documento conservado en el folio 604 del Libro de Actas del Ayuntamiento de Tolosa, custodiado hoy en su archivo municipal  bajo la signatura A 1, 65.

Se trata de una petición que el nuevo Ayuntamiento de Tolosa eleva el 14 de julio de 1813 al capitán general de los llamados Ejércitos Nacionales, que tiene en esos momentos su cuartel general en Tolosa precisamente.

La petición no puede ser más propia de los llamados “patriotas finos” con los que se han ido formando los nuevos Ayuntamientos, a medida que los ejércitos aliados avanzan desde el Sur y remueven a las autoridades impuestas “manu militari” por el ejército napoleónico durante cerca de cinco años, a contar desde 1808.

En esa carta a la más alta autoridad militar española en ese momento y lugar, los magistrados municipales de esa villa guipuzcoana recuerdan que les es imposible pagar más contribuciones extraordinarias para mantener a esos ejércitos que, por otra parte, consideran merecedores de todo el bien que se les pueda hacer.

La justificación de tal negativa no puede ser más gráfica. Dicen que Tolosa, sus vecinos más pudientes al menos, pagaron lo que pudieron para mantener a los batallones de voluntarios guipuzcoanos y en una ocasión, dieron la considerable cantidad de 50.000 reales de una sola vez. Todo ello hecho de contrabando, burlando la vigilancia impuesta por los franceses y el terror, tal y como dicen los redactores de este documento, que los jefes de ese ejército de invasión les infundían.

Algo bastante real, que se concretaba, por ejemplo, en las amenazas de muerte que esgrimió ante ellos el general-conde Dorsenne y luego conmutó por el pago del doble de la cantidad que habían dado a las tropas de Jauregui, integradas en lo que luego serán esos Ejércitos Nacionales, que ya han expulsado ese 14 de julio de 1813 a prácticamente todos los restos del ejército imperial francés de territorio guipuzcoano. Salvo por la plaza fuerte de San Sebastián, donde el general Rey se encastilla a la espera de que su emperador le pueda enviar un ejército que libere el cerco sobre él y, al tiempo, desbarate la, de momento, triunfante ofensiva iniciada el 26 de mayo por las tropas aliadas en Salamanca.

Una cuestión crítica, de verdadera emergencia militar, que podría explicar una respuesta cuando menos áspera por parte de ese capitán general de esos Ejércitos Nacionales, que bien podría haber respondido que no era momento para esos escrúpulos y esas quejas, siendo imprescindible sacar recursos de donde fuera posible para mantener sobre el terreno a esas tropas que están a punto, tras cinco años de sangrientas luchas, de invadir el mismo corazón del imperio napoleónico, cruzando el Bidasoa.

La respuesta de ese alto oficial, sin embargo, no podrá ser más suave ni más favorable a los razonamientos del Ayuntamiento patriota de Tolosa. Son las mismas que pueden leer, si quieren, en una de las imágenes que ilustra este artículo y que les transcribo aquí: considero muy justa esta solicitud, y los comisionados para la recoleccion de los repartos no molestaran á esta villa (es decir, Tolosa) por pedidos procedentes de repartos hechos anteriormente extendiendose sus facultades á los impuestos al presente por la Diputacion”.

Una respuesta verdaderamente llamativa. En primer lugar porque el que la firma es, en efecto, el capitán general de los Ejércitos Nacionales destinados a esta penúltima ofensiva contra Napoleón en territorio vasco. Es decir, Francisco Xavier de Castaños y Aragorri. O, más simplemente, el hoy controvertido general Castaños.

Si nos atenemos a ella, vemos que en Tolosa, en 1813, nadie recuerda, ni para bien ni para mal, aquel 14 de julio como la fecha especial en la que la revolución francesa pasa de su punto de no retorno y engendra a Napoleón y a todo lo que ha ocurrido entre 1789 y 1813.

Algo especialmente notable en el caso de Castaños, al que inopinada e indocumentadamente -como vemos por el caso que hoy cito- se le ha querido atribuir una misión vengadora durante ese año 1813 contra pueblos “vascos” afectos a los principios revolucionarios de 1794. Esos que casi llevan a la separación de territorio guipuzcoano de la corona española. Misión vengadora y destructora que, supuestamente, alcanzaría su clímax en San Sebastián el 31 de agosto de 1813.

Es evidente por este documento que acabo de citar, que el general nada recuerda, o quiere recordar, en ese 14 de julio de 1813, de lo que pasó en Tolosa entre 1794 y 1795, cuando es ocupada -o liberada, en opinión de muchos de sus vecinos- por las tropas de la Convención francesa. Y eso que se trata de hechos públicos y muy graves. Como los descritos en el libro que en 1989 se publicará bajo la dirección del profesor Jean-René Aymes para describir el impacto de la revolución francesa en España.

Son fragmentos de Historia en los que se describe una Tolosa llena de muchos entusiastas de la revolución, adornados hasta con escarapelas tricolor. Detalles que sólo vienen a corroborar otros que podemos encontrar en los archivos militares franceses de Vincennes, donde se habla de la plantación de un Árbol de la Libertad -supremo símbolo revolucionario junto con el otro “árbol” de la Libertad, la guillotina- en la actual plaza del Ayuntamiento de esa villa guipuzcoana.

Nada de eso parece tener ya importancia para el general Castaños, que, es evidente por el documento citado, nada tiene que reprochar a los tolosarras, aprovechando su negativa a pagar más dinero para mantener a su ejército. Ni siquiera a gente con la que no debía simpatizar mucho. Caso de Pablo Carrese, de una de las principales familias de Tolosa -por tanto una de las elegidas para financiar al ejército aliado-, y que, como se deduce, de las investigaciones realizadas por el profesor Álvaro Aragón -ya conocido de los lectores de esta página- en otra documentación -ésta del Archivo Nacional español- fue una de las que había recibido con vítores desde su casa principal en las afueras de Tolosa a las tropas convencionales en 1794, agitando hombres y mujeres de esa familia banderas tricolor…

Algo perfectamente lógico, ese olvido del general Castaños de todos esos hechos, tan relacionados con el 14 de julio de 1789, y tan visceralmente opuestos a sus ideas políticas.

Por una parte, el general Castaños es un militar que se pliega, como todos los de esa época que hacen armas en aquellos “Ejércitos Nacionales” bajo su mando, a la autoridad civil representada por la Regencia y las Cortes de Cádiz, como consta en diversa documentación. Desde la de Ayuntamientos y Diputación guipuzcoana hasta la del Archivo General Militar de Segovia.

Por otra parte, los Carrese, y muchos otros como ellos, estaban perdonados desde 1800 -cuando la corona española se alía ella misma con la República francesa- y se habían convertido desde 1808 en “patriotas finos”, que ven en Napoleón tan sólo a un opresor militar y un traidor a los principios revolucionarios que ellos han vitoreado, tricolor en mano, en 1794, y contra el que hay que combatir desde el mimo año 1808.

Poco podía hacer contra ellos, por tanto, el general Castaños. Ni siquiera aunque hubiera sido el monstruo incendiario y genocida que algunos quieren imaginarse ahora, juntando algunas líneas sacadas de contexto de un único documento, y que, sin duda, habría tenido una excelente ocasión de manifestarse aquel 14 de julio de 1813, en el que antiguos revolucionarios del 94 venían -a quién y a él- con excusas para no pagar la manutención de los Ejércitos Nacionales y sus tropas aliadas.

Un resultado tan esclarecedor sobre el verdadero comportamiento del general Castaños, uno de los protagonistas de esa penúltima campaña de las guerras napoleónicas, debería hacernos reflexionar a todos sobre las dificultades profesionales de escribir Historia. Un ejercicio que requiere rigor, método científico y otras cosas que, desgraciadamente, están brillando por su ausencia en este bicentenario de aquellos hechos.

Una lacra especialmente visible en el falseamiento de la verdadera conducta de  protagonistas de aquellos hechos, como Francisco Xavier de Castaños y Aragorri, deformado y caricaturizado desde una honda ignorancia de la Historia -de nuestra Historia- que nada sabe de documentos como el que acabamos de recuperar hoy. Uno que, desde luego, no va a ser el último a exponer en esta y en otras tribunas.

No al menos hasta que los hechos y los protagonistas de esa penúltima campaña de la guerra contra Napoleón hayan sido contados y descritos con el mismo rigor que el que se ha empleado en otros países civilizados para reconstruir la Historia de, por ejemplo, la batalla de Waterloo. Por sólo citar un caso que nos sitúe a todos en un plano más realista sobre qué es un artículo o un libro “de Historia” sobre las guerras napoleónicas y su bicentenario y qué no lo es.

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (IV). Del 4 de julio al 7 de julio. Navarros, yankees y guerras de independencia
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Carlos Rilova | 14-07-2013 | 22:33| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Tal día como hoy hace doscientos años, los ejércitos aliados hispano-anglo-portugueses habían conseguido, desde el 29 de junio de 1813, acorralar a la guarnición napoleónica en San Sebastián. Esa plaza fuerte que es esencial en esa penúltima campaña de las guerras napoleónicas iniciada el 26 de mayo en Salamanca.

Según la documentada “Historia” del general Gómez de Arteche, el 29 de junio el general Mendizabal y las tropas del denominado Séptimo Ejército Nacional han logrado cortar el acueducto que suministra agua a la ciudad y han rechazado una salida de la guarnición francesa, obligándola a encerrarse tras los formidables baluartes que defienden esa gran piedra en el camino que lleva a la victoria final, a las puertas de París o de la ciudad francesa más próxima en la que se proclame la muerte o abdicación de Napoleón.

El día 10 de julio el general Mendizabal dejará el campo libre a las tropas angloportuguesas del general escocés Graham, que se encargarán de poner sitio a San Sebastián mediante el tren de Artillería que les sigue desde Vitoria por ese Camino Real, sembrado de cadáveres, combates y batallas que hoy llamamos “N-1”.

Esa es la situación que se vive en ese pedazo del mapa de la Europa de las guerras napoleónicas hace ahora exactamente 200 años, el 8 de julio de 1813.

¿Les parecería muy extraño si les dijera que los acontecimientos de ese día guardan alguna relación, histórica, con otras dos efemérides que han resonado mucho a lo largo de esta última semana?. Me refiero, concretamente, al 7 de julio con el que la capital del “viejo reyno” de Navarra inaugura -una vez más- sus fiestas mayores, y más internacionales, y al 4 de julio estadounidense.

Esa fecha, celebrada también una vez más por todo lo alto en los Estados Unidos -como seguramente no se les habrá pasado desapercibido-, como tantas otras “Fiestas Nacionales” estará un tanto desdibujada, para muchos, en sus términos históricos. Habrá que recordar entonces que se eligió porque fue un 4 de julio, de 1776, cuando los rebeldes a la autoridad del rey Jorge III de Gran Bretaña e Irlanda decidieron sublevarse abiertamente contra él y formar una nueva nación a causa de no soportar ya una serie de injustos abusos. Tal y como se recoge en el documento de Declaración de Independencia firmado por un ilustre elenco -el editor e inventor Benjamin Franklin, por ejemplo- perpetuado, en algunos casos, en los actuales billetes de curso legal en Estados Unidos.

Gracias a Hollywood y también a los novelistas que lo nutren, ha quedado fijado en nuestro imaginario colectivo que la guerra revolucionaria que sigue a ese acto de rebelión fue ganada con ayuda exterior… pero francesa, que, por lo que se ve, da mejor en cámara. Como lo demostraba, por ejemplo, Tchéky Karyo en “El Patriota” de Roland Emmerich que, seguramente, será la imagen que ahora mismo les pase por la cabeza.

Como no podía ser menos en producciones “para toda la familia” como esa, la ayuda española, si era mencionada, quedaba reducida al folklórico argumento de facilitar a los guerrilleros protagonistas de esa cinta  una antigua misión en ruinas donde se escondían de la incansable persecución de los casacas rojas británicos.

Justo la clase de idea grabada a fuego en el público americano medio, que asocia inmediatamente a España con -además de toros y sol- procesiones y cosas así con muchas velas y religiosidad barroca.

Sin embargo, la realidad histórica, una vez más, no puede distar más de tan burdos tópicos y es en ella donde vamos a ver los vínculos históricos que pueden existir entre fechas como el 4 de julio y el 7 de julio, o guerras de independencia  separadas en el tiempo y el espacio, como la estadounidense y la española.

En efecto, lo primero que buscaron los rebeldes yankees de 1776 fue la ayuda del más poderoso enemigo de Gran Bretaña que les quedaba a mano. Esto es, no precisamente Francia, sino las guarniciones españolas estacionadas a lo largo del bajo curso del río Mississippi, presentes allí para defender los intereses imperiales españoles en los actuales estados de Luisiana, Nuevo México, Arizona, Téjas, California, Oregón, etc…

A los reyes absolutistas, por más que fueran ya tan sólo déspotas ilustrados, la actitud del señor Franklin y sus amigos y seguidores, no les resultaba particularmente agradable. Era difícil ignorar que lo que le estaba pasando al rey Jorge podía pasarles igualmente a ellos. En especial a Carlos III, rey de España y de unas vastas “Indias” que podían tomar nota de la actitud de aquellos colonos rebeldes y sus contagiosas ideas de Libertad o Muerte.

Sin embargo la posibilidad de debilitar a su gran rival, Gran Bretaña, pesó más entre los ministros de Francia y España que toda otra consideración.

Así fue como se decidió ayudar, primero bajo cuerda y después descarada y abiertamente, con declaración de guerra formal por medio desde 1779, a los rebeldes yankees. 

 

Eso se concretó en considerables operaciones de suministro financiero y de armamento como la descrita por María Jesús y Begoña Cava Mesa, protagonizada por la casa de comercio bilbaína Gardoqui, encargada de nutrir al Ejército continental de línea yankee de mosquetes, tiendas de campaña, medicinas, balas, pólvora y más de doscientas piezas de Artillería. Unos suministros que permiten al general Washington obtener la victoria de Saratoga, la misma que decide a Francia a entrar en liza a su lado y cambiar así el signo de esa guerra. Sin embargo, como vamos a ver, en esa labor colaboraron activamente muchos otros leales súbditos, de toda latitud y color de piel, de su católica majestad. Entre ellos varios cientos de navarros.

Su contribución fue de un porte mucho más épico que otras más fundamentales, como la prestada a través de Gardoqui e hijos. De hecho, sus hazañas en favor de la causa yankee fueron aptas incluso para que Antonio Banderas y el “lobby” hispano de Hollywood se planteasen dar una réplica adecuada -y seguramente, por aquello de la novedad, de éxito comercial- a producciones como la de Roland Emmerich y su mezquino recuerdo de lo que, en realidad, pasó en aquella Guerra de Independencia de Estados Unidos.

En efecto, la parte que juegan los navarros en aquella guerra fue una apabullante realidad que quedó plasmada en un libro, no menos apabullante, de la historiadora Carmen de Reparaz: “Yo solo: Bernardo de Galvez y la toma de Panzacola en 1781”.

En ese magnífico libro de Historia, verdaderamente ejemplar, la profesora De Reparaz nos explica, con todos los detalles posibles, las sucesivas expediciones del gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez, contra Florida y el actual Sur de Estados Unidos, para acorralar entre dos fuegos -el combinado francoestadounidense desde el Norte y el español desde el Sur- a los cada vez más aislados casacas rojas británicos.

La fuerza que se pone en pie por tierra y mar es verdaderamente formidable y en ella jugaron, en efecto, un papel notable muchos navarros implicados en batallas de esas que se suelen describir como “de película”.

Así es, soldados de línea o granaderos -la sección de élite- del regimiento Navarra tomarán parte en las expediciones de Gálvez contra Pensacola y otros puntos de los actuales Estados Unidos y se batirán frente a frente con los casacas rojas del flamante general Cornwallis. El mismo que se pasa toda la película de Roland Emmerich quejándose de tener que combatir contra campesinos armados con bieldos y fantasmas de los pantanos.

Cosas ambas que, como podrán apreciar por alguna de las ilustraciones de este artículo, distaban mucho de ser aquellos soldados navarros, que se distinguen apenas en el color de sus uniformes de las tropas que manda el propio Cornwallis con los malos resultados ya conocidos. Unas tropas, por otra parte, a las que sería muy justo reconocer, hoy, segundo día de las fiestas de San Fermín, aquel curioso, y notable, papel en esa Guerra de Independencia de los Estados Unidos que siempre parecemos considerar como una epopeya ajena a nosotros.

Algo bastante difícil de creer si seguimos pasando las páginas de “Yo solo” y leemos allí sobre, por ejemplo, los marinos de guerra de origen vasco que también toman parte en esas expediciones. Caso del capitán de navío José Calvo de Irazabal, al mando del San Ramón, navío de guerra de 64 cañones, Gabriel de Aristizabal, al mando de la fragata Nuestra Señora de la O, que porta 42 cañones, Manuel Bilbao, al mando del bergantín Santa Teresa, que sólo porta 14 cañones, o Miguel Goicoechea, que manda la fragata El cayman.

Una lista junto a la que, de manera bastante lógica, aparece otra nutrida por muchos catalanes puestos al mando de las llamadas “fuerzas sutiles”. Es decir, embarcaciones de poco calado y muy rápidas usadas como transportes y correos en grandes flotas como la que sitia Pensacola. En ella se incluyen los capitanes de saetias Jaime Fornell, Cristobal Rosell, Jaime Tremoll, Rafael Ferret, Josef Antonio Gatell, Félix Grau, José Soler, José Blanch o los de bergantines como Mariano Fontrodona o Juan Vilaró, al mando, respectivamente, del Santa Eulalia y el San Juan Bauptista.

Todos ellos, y muchos otros más, como los soldados del regimiento Navarra, contribuyeron a dar pábulo a aquella guerra que no era más que el consabido reguero de pólvora que estallaría después en Francia y de ahí se transmitiría al resto de Europa y del Mundo para horror, incluso, de los antiguos revolucionarios yankees. Los mismos que ven ir las cosas demasiado lejos en 1789 y acaban, de rechazo, involucrados en esas guerras napoleónicas con una Gran Bretaña que, en 1812, aprovecha para invadir sus antiguas colonias desde la única leal -Canadá- en respuesta a la expedición de los yankees sobre Montreal. Esa con la que habían tratado, por enésima vez, de atraer a su redil revolucionario a los recalcitrantes canadienses, aprovechando -según creían- que Londres está demasiado ocupado con “Boney” en Europa. Especialmente librando la que luego se conocerá como Guerra de Independencia de España…

La invasión y la guerra contra los canadienses entre 1812 y 1815 provocará -además de la lógica petición de asilo de un avisado José Bonaparte- el épico incendio del capitolio estadounidense en 1814 mientras se libra la batalla de Baltimore, que inspirará ese himno -tan oído este jueves pasado- sobre la bandera de barras y estrellas que ondea en medio del fuego enemigo apocalípticamente iluminado por cohetes trazadores de color rojo.

Una última consecuencia de lo que habían conseguido apenas treinta años atrás muchos navarros batiéndose en una guerra digna de la gran pantalla.

Los cientos de yankees que hoy mismo rebosan en las atestadas calles de Pamplona para celebrar el 7 de julio, deberían traer con ellos el recuerdo de los cientos de navarros que arriesgaron sus vidas en el Sur de los actuales Estados Unidos en 1779, 1780, 1781…

Los navarros harían bien, por su parte, en recordar en estas mismas fechas que Mina el mozo y sus ideas de guerra y revolución contra el tirano Napoleón en 1808 bien pudieron ser importadas por veteranos del regimiento Navarra participantes en las campañas de 1779, 1780, 1781… llevadas a cabo para defender a aquellos colonos que se lanzaban a la batalla contra los casacas rojas británicos al grito de “Libertad o Muerte”.

Sobre todo porque esos veteranos bien pudieron hacer la misma labor que hizo en Francia ese marqués de Lafayette recordado hoy por una placa apenas visible en un muelle de lo que en 1779 se llamaba “puerto de los Pasajes” y hoy se conoce como Pasai Donibane. La misma donde se conmemora su viaje a América para hacer lo mismo que hicieron esos soldados del regimiento Navarra. Algo que merecería la pena investigar, recordar…Y más en este año de bicentenario de unas guerras, las napoleónicas, estrechamente ligadas a lo que empezó, y aún no ha terminado, en un lejano 4 de julio de 1776. 

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (III). “Opio ta esklabuak”. Dos reflexiones sobre los sucesos de 1813, los vascos y la trata de opio y esclavos
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Carlos Rilova | 16-07-2013 | 10:11| 19

Primera reflexión.  “Donostia 1813, ¿Víctimas o beneficiarios de tres o de cuatro imperios?”

Por Carlos Rilova Jericó 

Esta semana pasada, el miércoles 26 de junio concretamente, fue, otra vez, el Día contra el uso indebido de drogas y su tráfico ilícito. Una ocasión verdaderamente oportuna para recordar en este correo de la Historia la relación entre los vascos de 1813, y fechas posteriores, con  ese turbio negocio.

Lo es -una ocasión verdaderamente oportuna- porque en estos momentos en los que la conmemoración de la destrucción y reconstrucción de Donostia-San Sebastián está en su punto álgido, no debería pasarse por alto el hecho fundamental que nos recuerda el profesor Álvaro Aragón Ruano -presidente de la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”- en el texto que sigue a éste. 

Se trata de una cuestión verdaderamente repelente desde nuestro punto de vista de europeos civilizados de comienzos del siglo XXI. Dicho de manera abrupta, se trata de recordar que nuestro, en muchos sentidos, envidiable nivel de vida, o la misma reconstrucción de San Sebastián a partir del 31 de agosto de 1813, tras la destrucción provocada por la batalla en torno a sus murallas de los ejércitos aliados y napoleónicos, fue debida, en buena medida, a dinero obtenido de negocios tan turbios como el tráfico -lícito en esos momentos (a comienzos del siglo XIX)- de seres humanos y droga en forma, sobre todo, de panes de opio.

Un tráfico, en especial el de opio, además, fruto de la cordial relación de muchos vascos -como verdugos, no como víctimas- con los imperios español, británico y portugués. 

Una circunstancia ésta -la de las excelentes relaciones de muchos comerciantes vascos con los imperios español, portugués y británico- que hace, quizás, aún más oportunas estas dos reflexiones que hoy publicamos, puesto que recientemente se produjo y presentó en el marco de las conmemoraciones de la destrucción y reconstrucción de San Sebastián en el año 1813, un video en el que se aseguraba que tal destrucción -como lo proclamaba su propio título, “Donostia 1813: víctima de tres imperios”- era fruto de las guerras entre, precisamente, tres imperios que, desafortunadamente, habían utilizado como reñidero a Donostia, dejándola, a ella y a muchos de sus habitantes, en un estado -eso no hay quien lo pueda negar y seguir llamándose historiador- lamentable.

Esa afirmación era corroborada en dicho video incluso por historiadores como el profesor Xosé Estévez, miembro, además, de esta asociación de historiadores “Miguel de  Aranburu” que yo dignamente intento representar en estas páginas cada lunes.

Sin embargo asertos como ese, sacados de su contexto por un opinable montaje final de dicho video, y por mucho que procedan de historiadores, sólo ofrecen una versión un tanto sesgada y parcial, muy parcial, de la realidad de aquellos trágicos sucesos perpetrados por tropas angloportuguesas durante la batalla de San Sebastián el 31 de agosto de 1813.

Vayamos, pues, a los detalles que faltan en productos que, como dicho video, se han presentado con aspiraciones histórico-conmemorativas  de aquellos hechos.

En primer lugar hay que señalar que, en realidad, si la ciudad de San Sebastián es  víctima de alguien en aquellas horas de horror que van desde la tarde del 31 de agosto a, aproximadamente, el 3 de septiembre de 1813, es de soldados, en efecto, de dos imperios: el británico y el portugués. Este último por otra parte, curiosamente y muy de acuerdo con una costumbre muy española -mirar por encima del hombro a los portugueses-, no era considerado en dicho video, “Donostia 1813: víctima de tres imperios”, como un imperio más -el cuarto, junto con el británico, el español y el napoleónico- de los que, según la argumentación de dicho video, convierten en víctima inocente de aquella batalla a la ciudad de Donostia el 31 de agosto de 1813 y días posteriores. 

Un detalle capital ese despectivo olvido que hace muy poco por recuperar la esencia de dichos acontecimientos tan lamentables como condenables -incluso en la época, como se puede leer en la “Historia” de sir William Napier, una fuente documental básica sobre esos hechos-, ya que, de los cuatro imperios enfangados en aquella larga guerra que sacude al Mundo desde 1805 hasta 1815, el portugués es uno de los más longevos. No dándose por desaparecido hasta, nada menos, que el año 1974. Cuando unos cuantos militares portugueses con una gran fe en la democracia, se rebelan contra la dictadura de profesores universitarios -que también las hay- puesta en marcha en Portugal por Oliveira Salazar en la era del ascenso de los Fascismos, en la ominosa Europa de los años treinta del siglo XX.

Resulta, sí, verdaderamente asombroso el olvido de detalles así en “Donostia 1813: víctima de tres imperios”, cuando tenemos a mano películas como “Capitanes de abril” de María de Medeiros -cineasta invitada en su día al Festival de Cine de San Sebastián-, o, por sólo citar otro ejemplo, los relatos de uno de los principales literatos portugueses de la actualidad, António Lobo Antunes. 

Unos en los que se recuerda, a menudo, su etapa en el ejército de aquel Tardosalazarismo, como uno más de los jóvenes oficiales que no están dispuestos ni a morir en Angola, ni a soportar un día más una dictadura en la metrópoli. Los mismos que en aquel abril de 1974 aguardan pegados a sus radios y transistores la emisión -emocionante emisión- de la canción “Grândola,  Vila Morena” de José Afonso. La consigna convenida para echarse a las calles y aplastar los restos de aquella dictadura -evidentemente de corte imperialista- que se resiste desde Lisboa a renunciar -costase lo que costase- al gigantesco imperio portugués erigido desde comienzos del siglo XV en África central.

Al margen de ese despectivo -y garrafal desde el punto de vista histórico- olvido del cuarto imperio en liza en torno a San Sebastián en 1813, el descuido más grave, sin embargo, en esa argumentación sacada de contexto en el montaje final de dicho video “Donostia 1813: víctima de tres imperios”, es olvidar que, independientemente de los donostiarras -y sobre todo las donostiarras- convertidas en víctimas circunstanciales el 31 de agosto y los primeros días de septiembre de 1813, los vascos -y entre ellos muchos donostiarras- han jugado, antes y después de esos días de oprobio, de verdadera revulsión para cualquier donostiarra que los recuerde o los conmemore con un lógico -y justificable- resentimiento, el papel de verdugos de muchos otros seres humanos. Encuadrados para tan desagradable papel -el de verdugos- entre las filas dirigentes tanto del imperio español como del británico y su fiel aliado, el portugués. 

En diversas ocasiones les he hablado de un navegante getariarra, Manuel de Agote y Bonechea, de quien he publicado varias cosas y entre otras una pequeña biografía en la Enciclopedia Auñamendi que pueden recuperar online con sólo consultar los índices de esa obra de referencia.

Fue contemporáneo de cierto general “Buonaparte” cuyos  progresos seguía con tanta admiración como inquietud en 1797, cuando a él, a Manuel de Agote y Bonechea, se le ordena volver desde China a Europa, porque la Real Compañía de Filipinas española -constituida en buena parte por capitales vascos- consideraba que tanto su estado de salud, como otras circunstancias hacían necesario su pase a un segundo plano y a un merecido y opulento descanso en su villa natal de Guetaria -hoy Getaria- al que él, sin embargo, no quiso resignarse. 

Los irremplazables “diarios” de Manuel de Agote y Bonechea -en posesión de la Diputación guipuzcoana a fecha de hoy-, en parte fruto de su frenética actividad hasta el día de su muerte prematura, nos hablan de muchas cosas sobre la región de Asia-Pacífico a finales del siglo XVIII. Por ejemplo, la cada vez más enconada rivalidad con la Compañía de las Indias Orientales británica que en esos momentos -en los días del “taipan” Manuel de Agote-, se encuentra en una situación desesperada al ser incapaz de equilibrar su balanza comercial con China, al carecer de plata de alta calidad -justo la que se produce en la América española- para poder comerciar con otro imperio: el del Centro, más vulgarmente conocido como “China”.

Algo que provoca en tiempos de Manuel de Agote gestos desesperados -casi abyectos- por parte de los “taipanes” británicos para poder atraerse la amistad y benevolencia del getariarra, que es el hombre que controla en ese momento y lugar el flujo de la  plata imperial española, y asimismo tratar de involucrarlo en el tráfico de opio que en esos momentos ya están estudiando desde Londres como medio para hundir definitivamente  a la orgullosa estirpe de los Hijos del Cielo. 

Algo en lo que Manuel de Agote no querrá entrar, zafándose cortésmente de las propuestas de los “taipanes” británicos…

 Pero la Historia no acaba con ese gesto decente de Manuel de Agote y Bonechea  rechazando un tráfico de opio peligroso y en el que, por otra parte, con su control del flujo de plata americana, no tenía ningún motivo para entrar. 

Continúa en detalles, por ejemplo, como la astronómica confiscación de bienes de la Real Compañía de Filipinas durante la invasión de las tropas convencionales de territorio vasco en 1794, como recogí en detalle en un artículo publicado en el Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián no hace muchos años.

O, si se quiere, en desencuentros entre británicos y españoles sobre la explotación de Asia, manifestados incluso durante la Guerra de Independencia. De los que la destrucción de Donostia podría haber sido -según indicios bastante razonables- el más lamentable de todos ellos. 

Unos desencuentros que, sin embargo, no durarán demasiado, teniendo en cuenta las cordiales relaciones que se restablecen entre españoles y británicos en las primeras décadas del siglo XIX para, por ejemplo, despedazar China por medio del tráfico de opio y plata. Uno en el que muchos comerciantes vascos afincados en Asia-Pacífico serán una pieza clave, como a partir de aquí nos lo cuenta con más detalle el profesor Álvaro Aragón.

Se trata de un hecho fundamental cuyo recuerdo debemos en estas fechas, en cualquier video, en cualquier libro que se precie del adjetivo “de Historia”, a los muchos miles de víctimas asiáticas o africanas causadas por comerciantes vascos -en connivencia con británicos y portugueses- durante muchos años después de que San Sebastián fuera arrasada el 31 de agosto de 1813, y días subsiguientes, en un episodio que muy bien pudo tener su origen en una nueva escenificación de las enconadas rivalidades entre imperios coloniales como el español, el británico, o, no lo olvidemos, el portugués.

 

2. Segunda reflexión. Del tráfico de opio y esclavos a la Filantropía. Vida de algunos magnates decimonónicos vascos (Menchacatorre, Zulueta, Matía…) 

Por Álvaro Aragón Ruano 

El maniqueísmo, esto es, diferenciar entre buenos y malos, es en Historia un arma peligrosa, que incluso se puede volver en contra de quien la utiliza. Los juicios históricos, que más bien son juicios ideológicos, nos llevan a prejuzgar ciertos fenómenos históricos como buenos o malos en función de nuestros valores actuales, pero como bien sabe el lector también estos, los valores, tienen su propia historia y son cambiantes: lo que antaño era algo asumido, en la actualidad es considerado inenarrable, condenable, criticable; lo que hoy es considerado positivo, aceptable, asumible, tal vez en un futuro no muy lejano sea rechazable, inasumible.

Por ello, hacer juicios de valor, dividir la historia entre buenos y malos, es ciertamente peligroso y no es una de las finalidades de la historia. Por mucho que les pese a algunos, la historia no está para enjuiciar el pasado, sino para conocerlo, desentrañarlo, descifrarlo, para obtener lecciones que nos ayuden a entender el presente y a afrontar el futuro. 

En esta ocasión vamos a recordar un pasaje de la historia vasca que bajo la perspectiva y los valores actuales sería totalmente execrable y que haría que nos rasgásemos las vestiduras, clamáramos al cielo y nos sonrojásemos, pero que en la época fue moneda habitual, totalmente aceptada, no sólo entre los vascos y los españoles, sino entre todos los estados y potencias del momento. Nos estamos refiriendo a dos cuestiones íntimamente relacionadas, a pesar de que a priori pueda parecer que no tienen conexión alguna, de las que ya nos previno de manera muy sibilina el genial Pío Baroja en sus novelas marítimas, con títulos como La Estrella del capitán Chimista: la participación de los vascos en la trata asiática y el comercio de opio durante el siglo XIX, que permitieron a personajes como José Matía Calvo amasar increíbles fortunas, gracias a las cuales en la etapa final de sus vidas pudieron realizar obras de caridad y proyectos asistenciales.

En cuanto a la participación vasca y española en el negocio del opio fue Josep María Fradera quien ya hace unos años ilustró esta historia. El origen del opio, el anfión de los españoles, término derivado del árabe afiyun, es muy antiguo, pues parece que los sumerios allá por el 2.000 a.C. ya lo utilizaban. Durante el Imperio Romano tuvo gran difusión, gracias a la protección del estado. Sin embargo, con el advenimiento del cristianismo se prohibió su uso, aunque el mundo islámico lo toleró. Precisamente, esta tolerancia facilitó su expansión en el Próximo Oriente y Asia Central durante los siglos XVI y XVII, siendo el Imperio Otomano y la Persia Safawida los principales centros de producción. 

Pero fue la llegada de los europeos, portugueses, holandeses, franceses e ingleses a Asia, lo que imprimió una escala superior al comercio del opio, sobre todo cuando la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) se implicó en dicho negocio, siendo sustituida en el siglo XVIII por la Compañía Inglesa de las Indias Orientales (EIC), que entre 1770 y 1780 produjo una auténtica revolución, todo ello en el marco de la conquista de la India, que desde entonces se convirtió en el principal centro productor. Inglaterra, donde el opio era consumido a través de su ingesta con fines terapéuticos, y la EIC mantuvieron el monopolio sobre su comercio hasta 1911, momento en el que el rechazo de la opinión pública internacional hizo imposible seguir con ese tráfico. Fue de tal magnitud el negocio del opio que en torno a 1858 se llegaron a obtener casi 40 millones de libras esterlinas. Tal vez en otra ocasión hablemos de las diferentes guerras del opio que libró el Imperio Británico en pos de introducirse en los mercados asiáticos y chino.

La Compañía de Filipinas, sustituta de la Real Compañía de Caracas, a partir de 1785, fue el principal vínculo de España con las posesiones y comercio británicos en el sudeste asiático; gracias a su base en Cantón se especializó en el comercio de tejidos de algodón indios. En 1819 Lorenzo Calvo y el vasco Gabriel Iruretagoyena, que habían sustituido en Cantón a los anteriores factores, Pedro Echebagaray y Francisco López de Omara, se introdujeron rápidamente en el negocio del opio. Aprovechando las posibilidades abiertas por la compañía, varios vascos se establecieron en Calcuta (Laruleta, Mendieta o Uriarte), junto a aragoneses como Irisarri, desde la que exportaron hacia China. Dichos comerciantes vascos se asociaron con varios comerciantes escoceses que operaban allí; los primeros aportaban sus contactos desde Manila -y desde México y Cuba, lo cual será esencial para la trata- y los segundos sus contactos en Calcuta y capital. 

Entre 1823 y 1830 algunos de estos comerciantes vascos y españoles, como Gabriel Iruretagoyena y Eugenio Otaduy, ya de forma independiente, se trasladaron a Macao, ciudad portuguesa en China desde la que el Imperio Británico operó y se introdujo en el mercado chino hasta la fundación de Hong Kong en 1842.

Precisamente, ese es el momento en el que los Zulueta entraron en el negocio de la trata de esclavos, los años treinta del siglo XIX. La participación de los vascos en la trata de esclavos negros africanos, ya desde el siglo XVI, es conocida gracias a libros como Esclavos y traficantes. Historias ocultas del País Vasco, publicado por José Antonio Azpiazu o incluso por obras de carácter más general, como La trata de esclavos. Historia del tráfico de seres humanos de 1440 a 1870. Aunque sin duda las aventuras de los mencionados Zulueta son las que más ríos de tinta han producido entre la historiografía vasca, con infinidad de artículos y monografías, de las que destacamos las realizadas por autores como Joseba Agirreazkuenaga, Xabier Ibarzabal, Ángel Bahamonde y Gregorio Cayuela, Urko Apaolaza o Félix Luengo. 

Por esas fechas, y a pesar del tratado firmado entre Inglaterra y España en 1817 prohibiendo el tráfico de esclavos negros, Julián de Zulueta y Amondo (1814-1878) -primer marqués de Álava y vizconde de Casa Blanca- estableció tratos con los negreros portugueses Pedro Blanco, Cardozo, etc., con el apoyo de la casa comercial Zulueta y Cía de Londres, de la que era factor en La Habana. A partir de 1847 los Zulueta entraron en el negocio de la trata de indios del Yucatán y Venezuela y en el transporte y colocación de coolies o culies chinos desde Macao con destino a Cuba. Aunque la compañía Zulueta y Cía se retiró del negocio para la década de los años cincuenta, Julián Zulueta siguió en él a partir de la década de los años sesenta hasta su muerte: entre 1858 y 1862 entraron en Cuba más de 100.000 esclavos negros, muchos de los cuales fueron introducidos por Zulueta. Gracias al negocio negrero, Julian Zulueta pudo comprar una serie de posesiones en Cuba en las que estableció ingenios de azúcar, con el nombre de Alava y Vizcaya, convirtiéndose en el tercer productor de Cuba.

En el caso concreto de la trata asiática, los coolies -que en teoría eran esclavos contratados por un período de tiempo, tras el cual serían liberados- eran suministrados desde Cantón, Macao, Wampoa y Anoy. Como hemos visto, en estas ciudades, sobre todo las dos primeras, existía una numerosa colonia comercial española y vasca, amén de otras europeas. Además de ser comerciantes, la mayoría de ellos realizaba una función diplomática: vascos como Garreta y José Ramón Orbeta comerciaban con seda y eran diplomáticos del gobierno español acreditados en China. Así mismo, cerca, en Filipinas, residía una nutrida colonia de vascos, entre los que destacan los Zubiri, Aldecoa, Eguiruz, Inchausti, Matía Calvo, Aguirre, Arrechea, Olaguibel o Rotaeche, que mantenían estrechos vínculos comerciales y personales con las Antillas. Muchos de ellos volverían a la península una vez amasadas sus fabulosas fortunas. 

En 1846 la casa comercial Matía, Menchacatorre y Cía de Manila fue la primera en aportar los barcos y medios necesarios para el transporte de los 600 primeros asiáticos que llegaron a la Habana. José Matía Calvo había nacido en Llodio el 6 de julio de 1806, pero emigró a La Habana y finalmente se trasladaría a Cádiz, desde donde gestionaría sus negocios. En la mencionada compañía estaban también el vizcaíno Claudio Menchacatorre y el guipuzcoano Fernando Aguirre, además del escocés -una vez más vascos y escoceses juntos- James Tait, que tenía como base de operaciones Amoy, desde la que contrataba a los chinos que luego serían trasladados a Cuba, Perú -para la extracción del codiciado guano- y otros lugares.

El círculo se cerraba con Juan Bautista Arrechea, quien operaba desde Manila. Todos ellos combinaban la venta de sedas chinas, azúcar, tabaco, maderas y especias con la trata. Matía Calvo pretendía introducir en Cuba hasta 20.000 asiáticos, aunque finalmente sus proyectos no se llegaron a cumplir al cien por cien, y los introducidos fueron menos, si bien comerciantes como el cántabro Manuel Bernabé Pereda introdujeron unos 10.868 asiáticos entre 1853 y 1858. Para llevar a cabo sus negocios Matía Calvo contaba en la corte de Madrid con la inestimable ayuda de varios amigos, como José Antonio Orbeta, representante del grupo Cucullu-Orbeta, y del financiero Carlos Jiménez del Castillo, representante de la firma londinense Zulueta y Cía; de hecho Matía Calvo mantuvo correspondencia fluida con Pedro José de Zulueta, II Conde de Torre Díaz, cabeza del clan Zulueta. Junto a Julián Zulueta, del que ya hemos hablado, figuraban como los primeros compradores de chinos otros hacendados vascos como Ignacio Arrieta o Domingo Aldama. 

José Matía Calvo, que murió soltero y sin descendencia en Cádiz en 1871, dejó en su testamento -redactado en 1870- la mayor parte de su fortuna a la creación de dos asilos, uno en Cádiz y otro en Donostia; concretamente, en Cádiz el asilo de Balón, en la plaza Mina, construido a partir de 1883, cuyo edificio sirve hoy de sede de la Delegación de la Junta de Andalucía, y en Donostia el asilo de Ibaeta, donde hoy se sitúa la Fundación Matía Calvo, por todos conocida y a través de la cual su fundador -el aludido José Matía Calvo- trató de redimir -no se puede decir que sin éxito- sus pasadas audacias mercantiles por medio de esa obra social aún hoy en funcionamiento.

Por tanto, que nadie saque conclusiones precipitadas ni tenga la insana tentación de enjuiciar esta parte poco conocida de la historia vasca, porque si siempre actuásemos desde planteamientos maniqueos nos quedaríamos sin monumentos, palacios, museos, plazas, nombres de calles y memoria histórica, pues en la mayoría de los casos, tras las épicas y heróicas historias de los personajes históricos se esconden, lo que en la actualidad consideraríamos oscuras, sucias y repugnantes realidades. Cada acontecimiento histórico corresponde a un contexto y a una realidad históricas que no pueden ser enjuiciadas desde prejuicios y valores actuales y presentistas. 

Los historiadores, y sus lectores, deberíamos hacer el esfuerzo -lo que no siempre ocurre- de trasladarnos a aquellas épocas y ponernos en la piel y en la mente de aquellos personajes, con sus mentalidades, expectativas, valores, desgracias y fortunas, y no hacer juicios apresurados y banales, desde intereses políticos y partidistas, que no llevan a ninguna parte. La Historia es historia y no hay buenos ni malos, puesto que lo que para unos puede ser bueno, para otros es malo. 

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