Diario Vasco
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La Historia del traje de bruja. Algo de qué hablar en la resaca de “Halloween” (antes Noche de difuntos)
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Carlos Rilova | 04-11-2013 | 19:21| 6

Por Carlos Rilova Jericó 

Una vez más llega, con la misma melancolía y la misma regularidad de la que hablaba Herman Melville al comienzo de “Moby Dick”, el mes de noviembre, y con él la Noche de difuntos, que ahora, cada vez más, parece identificarse con el “Halloween” anglosajón importado, como muchas otras cosas, de Estados Unidos.

Les contaría, a la sazón de eso, una estupenda historia que ocurrió con un par de jóvenes -y supuestas- brujas en el territorio vizcaíno liberado al final de la llamada hoy “Guerra de Independencia”, pero me parece que ya es abusar, después de dos artículos consecutivos dedicados a hablar de esa guerra de la que tanto se ha hablado este año en el que su fase final cumple los dos siglos.

Si les ha picado la curiosidad me remito al libro que publiqué el año pasado sobre el tema de la Brujería. Allí, en la parte relativa a casos de Brujería en el País Vasco del siglo XIX, está contado con todo detalle.

Dicho esto nos olvidaremos de las guerras napoleónicas -al menos durante un par de semanas, prometido- y hablaremos sólo de brujas. Algo que parece hoy tan relacionado con esa festividad como antes lo estuvo -casi por decreto- representar el don Juan Tenorio de Zorrilla.

Es innegable, además de evidente, que las calles -y sobre todo las discotecas- de nuestras ciudades se llenan entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre de niñas y no tan niñas disfrazadas de brujas. Esto es, con una larga falda, a veces cortada de manera que parezca harapienta, alguna clase de chaqueta más o menos ajustada en la cintura y, lo más característico del asunto, aparte de la escoba y el gato negro -opcionales y casi nunca incorporados a esos disfraces-, un sombrero de copa alta y puntiaguda. Más o menos la misma versión, aunque menos explosiva y sexy, que la que llevaba Sofía Vergara en uno de los últimos episodios de “Modern family” pasados por televisión.

En conjunto la tópica y típica imagen de lo que hoy identificamos como “bruja” y se repite no sólo en esos disfraces que hemos visto multiplicados cientos de veces este último fin de semana, sino en pegatinas para coches, carteles, anuncios varios, etc…

Y ahora, cómo no, viene la gran pregunta que -los humanos somos así- nunca o casi nunca se plantea con estas cosas de los vestidos “tradicionales”, los disfraces, etc… Es decir, ¿por qué los trajes de bruja son así y no se hacen, por ejemplo, con un metro de papel de aluminio enrollado en torno al cuerpo, un par de zuecos holandeses y una gorra de jockey, por poner un ejemplo extremo?.

Como siempre hay una respuesta en la Historia que, una vez contada, les parecerá lo más razonable del Mundo.

La explicación es bastante sencilla, la mayor parte del siglo XVII fue el punto álgido de la llamada “Gran Caza de Brujas”. Ciertamente hubo unos cuantos hombres que entraron a engrosar la lista de esa masacre que -pásmense- tuvo su mayor volumen de víctimas en lo que un día sería la mayor parte de la actual Alemania. Sin embargo, la mayoría de las víctimas eran mujeres por razones diversas que han sido explotadas, a conciencia, por determinadas interpretaciones feministas de la Historia, muy injustas para hombres como Urbain Grandier, o, sin ánimo de agotar la lista, John Proctor, que también recibieron su muy desagradable parte de aquella locura sanguinaria entre 1634 y 1692.

Dejando aparte esa controversia para otro momento y admitida la innegable presencia mayoritaria de mujeres en el número de las acusadas de Brujería, ya tenemos la explicación que nos desvela las razones por las que el disfraz de bruja es tal y como hoy lo conocemos y no de otra forma.

Sencillamente porque, de algún modo, quedó fijado en la memoria colectiva que una bruja debía tener el aspecto, más o menos, que tenía cualquier mujer del hemisferio occidental (es decir, Europa y sus colonias transatlánticas) digamos entre 1620 y 1690.

Así es, la mayor parte de las mujeres europeas o que habían adoptado la moda cotidiana exportada desde Europa, vestían así en esas fechas. Con una larga falda, una chaqueta corta ceñida en la cintura -se llamaba “ropilla” y era una prenda de esas que ahora llamamos “unisex”- y no era raro que, sobre las blancas tocas con las que se cubrían la cabeza para distinguirse de las prostitutas y otras gentes privadas de esa posesión tan valorada en la época -es decir, el honor o, al menos, la honra-, llevasen también un sombrero a la moda del momento. A saber: de ala bastante ancha y copa alta, ahusada -o más bien amelonada- hasta, más o menos, 1630 y algo más plana entre 1630 y finales de ese siglo XVII principal escenario de la “Gran Caza de Brujas”. Un origen, en todo caso, para ese sombrero “de bruja” más plausible que la coroza puntiaguda llevada por los condenados por la Inquisición, o el sombrero muy similar utilizado en ciertos ritos paganos, carentes los dos de ala de ningún tipo, pero aún así asociados también por algunos al origen de ese típico y tópico sombrero “de bruja”.

En algunas zonas aisladas de Europa, como podía ser el caso del mundo rural del País de Gales, ese atuendo femenino típico del siglo XVII sobrevivió hasta comienzos del siglo XIX. Es decir, lo suficiente como para que algunos espíritus románticos de los que abundaron en esas fechas, decidieran convertirlo en un supuesto traje “tradicional” galés. Como fue el caso de Lady Llanover, esposa, curiosamente, del encargado de erigir el hoy famoso Big Ben de Londres, así bautizado porque él se llamaba, precisamente, Benjamin. Sabrosa historia que disfrutaron del placer de contar algunos historiadores como los que tomaron parte en el volumen colectivo “La invención de la tradición”, dirigido por Eric J. Hobsbawm y Terence Ranger.

Voilà. Ese es todo el misterio histórico que explica la razón por la que los disfraces de bruja que hemos visto multiplicados a cientos este último fin de semana son así y no están compuestos por una pamela, un pantalón de campana, una blusa estampada con flores y unos zapatos de plataforma.

Algo que, espero, les confirme que cuando se lee Historia no hay nada que no tenga una explicación razonable, entretenida y, en casos en los que el asunto no se salda con miles de víctimas -como ocurrió con la llamada “Gran Caza de Brujas”-, incluso más o menos divertida.   

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Fue hace dos siglos. El bulo de las bolas de nieve y la Historia del sitio de Pamplona (1813-2013)
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Carlos Rilova | 28-10-2013 | 10:42| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana volvemos, otra vez, sobre el tema de las guerras napoleónicas. Ese cataclismo histórico que apenas dejó piedra sin remover sobre la vieja y castigada piel de Europa.

Si la semana pasada hablaba de Leipzig y de la importancia que tuvo esa batalla en la estrategia continental contra Napoleón, esta semana no me he podido resistir a pasar por alto otro hito más en esa lenta, y sangrienta, descomposición del primer imperio francés. El hito en cuestión es el fin del sitio a la ciudad de Pamplona que tuvo lugar a finales del mes de octubre de 1813.

Con ello llovía sobre mojado, como se suele decir, tras victorias como la de San Marcial o Leipzig de las que hablaba la semana pasada. Mylord Wellington conseguía asegurar así, aún más, su retaguardia peninsular y desmoralizar a un enemigo que desde el 8 de octubre, e incluso antes, ya había visto las puertas del corazón del imperio traspasadas por tropas de invasión. En este caso las del mismo ejército aliado hispano-anglo-portugués que llevaba meses cercando Pamplona como una verdadera tenaza de acero. Tal y como se vio durante la llamada batalla de Sorauren de la que hablé en otro artículo de este correo de la Historia.

Eso, por sí solo ya haría memorable para el historiador ese hito, la reconquista de Pamplona, que habría que contar dentro de la lista de desgracias -compartidas por víctimas civiles y militares- que -a lo largo del año 1813- van cayendo sobre el emperador de los franceses: Salamanca, Vitoria, Tolosa, San Sebastián, San Marcial, Leipzig, Saint-Pée…

Sin embargo hay otra circunstancia que hace aún más memorable para el historiador ese acontecimiento que se ha conmemorado, y reconstruido, multitudinariamente este último fin de semana en las calles y la ciudadela de Pamplona.

Se trata de un curioso bulo histórico, como muchos otros que corren por ahí -por ejemplo la muerte del doctor Guillotin en la guillotina- y que parecen estar aquejados de aquello que dicen que dijo un magnate de la prensa sobre que la verdad nunca te debía estropear una buena historia…

El bulo en cuestión, como vamos a ver tiene una sólida base histórica que, sin embargo, se ha ido corrompiendo y tergiversando al ir pasando de boca en boca. La cosa se resume en que la plaza fuerte de Pamplona habría sido rendida en 1813 porque los centinelas franceses empezaron una pelea de bolas de nieve con los centinelas aliados que la estaban cercando desde hacia meses. Otra variante de la misma que corre de boca en boca, como pude comprar yo mismo este fin de semana, es que, en realidad, la plaza fue tomada en 1808 por ese mismo método puesto en práctica a la inversa. Es decir, por medio de una pelea de bolas de nieve entre franceses y centinelas españoles.

Ciertamente estas dos versiones de los hechos tienen sus virtudes. Entre ellas la principal es la de explicar cómo la ciudad de Pamplona no se toma tras una considerable matanza, que es lo que se hubiera producido al asaltar unas defensas que representan lo mejor de la tecnología militar europea del momento y son sencillamente formidables. Como lo sabían, desde que se construyen en los últimos años del siglo XVII, los espías del rey Sol, que siguieron la evolución de esas impresionantes obras con verdadera preocupación.

Sin embargo, esa historia, con ser buena y tener sus virtudes, no se sostiene como Historia con “H” mayúscula. Es decir, como un hecho que realmente ocurrió.

Así es, en esa historia sobre batallas de bolas de nieve que permiten tomar la ciudad de Pamplona con cierta facilidad, la versión para el año 1813 difícilmente encaja con lo que sabemos de aquel momento histórico tan amargo para Napoleón Bonaparte.

Es cierto que en febrero de 1808 hubo un intercambio de bolazos de nieve que comprometió tanto al futuro invasor francés -hasta esos momentos aliado- como a los centinelas españoles que aún quedaban en la ciudadela de Pamplona. Se trata de una historia de la Historia que ya narró muy documentadamente, por ejemplo, Germán Ulzurrun en el “Diario de Navarra” el 3 de febrero de 2008.

En realidad todo se redujo a que los soldados franceses acantonados ya dentro de Pamplona como aliados del rey Carlos IV de España -que en eso también se había fiado de Napoleón Bonaparte- se pusieron a tirarse bolas de nieve con el fin de distraer a los soldados españoles que vigilaban la ciudadela, último reducto de Pamplona libre de la presencia de ese supuesto aliado que no dejaba de dar motivos para desconfiar de él.

Gracias a esa distracción, se dice, otros soldados franceses especialmente escogidos por su comandante en jefe, se apoderaron del cuerpo de guardia de la ciudadela y del resto de esa fortaleza de la que, en buena medida, dependía, como suele ocurrir con las ciudadelas, el control sobre el resto de la plaza fuerte.

Lo sorprendente para el historiador es oír de boca en boca que la rendición de Pamplona cinco años después, el 31 de octubre de 1813, que es lo que se ha conmemorado este fin de semana, fue producto de ese golpe de mano en el que, en realidad, la batalla de bolas de nieve, como vemos, no fue más que un mero accesorio con bastantes visos de no haber sido decisivo.

Lo inverosímil, lo imposible, de ese episodio de la batalla de bolas de nieve que habría abierto las puertas de Pamplona en 1813, pasa por cuestiones tan fundamentales como que la disposición de las fortificaciones de esa ciudad podía permitir sorprender a un pequeño grupo de centinelas -como ocurrió en febrero de 1808- pero, obviamente, la integridad de la defensa francesa, como la de cualquier otro ejército sitiado en una fortaleza como Pamplona, no dependía de que un único puesto de centinelas cayese por culpa del bromazo de una supuestamente inocente batalla de bolas de nieve.

Plazas fuertes como la de Pamplona, una vez controladas desde la ciudadela hasta los reductos exteriores como ocurría en 1813, estaban pensadas para ser defendidas baluarte a baluarte. Cuando uno de ellos caía por la razón que fuera, las tropas asaltantes debían volver a empezar con el siguiente, y el siguiente y el siguiente… y después, una vez dentro de la ciudad, repetir el mismo sangriento proceso de tomar baluarte a baluarte la ciudadela que, en tales condiciones, por supuesto, no iba a dejarse sorprender por una batalla de bolas de nieve entre soldados gracias a una nevada temprana a finales del mes de octubre.

En efecto, si visitan las fortificaciones de Pamplona desde la zona del portal de Francia mirando hacia el barrio de La Chantrea o desde el círculo interior de la ciudadela, se darán cuenta de que cada grupo de baluartes va aumentando de altura desde el exterior de la plaza hasta el centro exacto de la misma, situado en la ciudadela.

El objetivo de esa disposición era dificultar la puntería de la Artillería enemiga y, asimismo, permitir a la guarnición sitiada aniquilar desde las posiciones más elevadas a las tropas asaltantes que hubieran llegado a tomar uno de los baluartes exteriores. Esa era la razón que llevó a Napoleón en febrero de 1808 a dar aquel golpe de mano en el que sí hubo una batalla de bolas de nieve. Y es que el ogro corso sabía muy bien -como buen artillero- que incluso soldados inválidos, como los que habitualmente formaban la mayor parte de la guarnición de fortificaciones como la ciudadela de Pamplona, podían desalojar a cañonazos a todas las tropas acantonadas dentro de la ciudad…

Así las cosas, aún en el caso de que en octubre de 1813 el oficial al mando de un piquete de guardia se hubiera dejado llevar por una nueva hipotética batalla de bolas de nieve -algo bastante difícil de creer y más teniendo en cuenta que el truco ya era viejo-, la toma del puesto exterior hubiera valido de bien poco a los graciosos soldados sitiadores que, supuestamente, se habrían servido de esa artimaña a lo troyano -ya bien conocida desde 1808- para tomar de nuevo Pamplona.

Y sin embargo… sin embargo, de algún modo lo ocurrido realmente en 1808, se ha convertido en el bulo de que esa batalla de bolas de nieve tuvo lugar en octubre de 1813 y fue la que abrió las puertas de Pamplona a los ejércitos aliados contra Napoleón.

Y es algo que se dice y se cree, y corre de boca en boca, como he comprobado en varias ocasiones. Y es así contra evidencias como la imposibilidad casi material de pasar más allá de los baluartes exteriores de Pamplona con ese gastado truco de los bolazos de nieve, o que -en el inverosímil caso de que eso hubiera ocurrido- no se hubiera producido capitulación alguna firmada entre las tropas ocupantes y las tropas sitiadoras, como se ha representado en la reconstrucción histórica puesta en escena este último fin de semana.

Así las cosas, como última reflexión, habría que felicitarse porque el actual Ayuntamiento pamplonés haya hecho notables esfuerzos -entre otros el de la reconstrucción histórica y el ciclo de conferencias que se inicia esta semana- para recuperar la Historia real de lo sucedido entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre de 1813. Algo que, como vemos, poco tiene que ver con la que hubiera sido la batalla de bolas de nieve más exitosa de la Historia mundial, después de la que un joven cadete de la Escuela Militar de Brienne, llamado Napoleón Bonaparte, organizó un lejano día de finales del siglo XVIII. La misma que, tal vez, evocó con una de sus inquietantes sonrisas cuando supo cómo se habían cumplido sus órdenes de tomar la ciudadela de Pamplona un ya lejano día de febrero de 1808.

 

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Europako Tiranoa akabatu!. ¡Abajo el Tirano de Europa!. ¿Por qué luchábamos hace dos siglos? (Leipzig, 1813-2013)
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Carlos Rilova | 21-10-2013 | 09:49| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No ha tenido mucho eco en la prensa, pero ahí ha estado. Ha ocurrido en Leipzig una bella, según me han dicho, ciudad alemana de lo que una vez fue esa contradicción en términos, aquel estado policiaco que, sin embargo, insistía en llamarse, y ser llamado, república democrática alemana. Lo que más vulgarmente se conocía hasta el otoño de 1989 como RDA o Alemania del Este.

Esa ciudad, Leipzig, fue el hábitat natural de uno de los mayores pensadores europeos, Gottfried Wilhelm Leibniz. Empelucado caballero digno de la corte del rey sol, que dedicó su vida, entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, al cálculo infinitesimal, a las máquinas de calcular, a educar princesas y, entre otras cosas, a determinar que este Mundo, con todos sus horrores e injusticias -quizás más en 1693 que en 2013-, era el mejor de los mundos posibles, pues en la mente de Dios no existía la posibilidad de crear un mundo complejo con menos contradicciones y sinsentidos aparentes vistos desde la corta perspectiva humana. Algo que a muchos les pareció de lo más conveniente y convincente y a otro, un tal Voltaire, le dio combustible para su corrosiva pluma, creando una caricatura del eminente Leibniz llamada doctor Pangloss, que no hacía más que repetir esa máxima tan rotunda sobre “el mejor de los mundos posibles” mientras era gravemente vapuleado allí por donde pasaba.

Aparte de eso, algunos años después de que ambos filósofos dejasen ese mundo perfecto para uno y bastante malvado y absurdo para el otro, tuvo lugar en Leipzig una espectacular batalla que ha sido reconstruida a lo largo de esta semana con bastante estruendo, reuniendo cerca de 6000 participantes en el evento. Entre ellos algunos del regimiento napoleónico 34 de línea de Tolosa.

El asunto en cuestión, esa batalla, tuvo lugar entre el 16 y el 19 de octubre del año 1813. Es decir, ahora mismo hace dos siglos, día arriba, día abajo.

Aquella batalla fue importante porque, al fin, los imperios del Este de Europa, el ruso y, sobre todo, el prusiano y el austríaco, lograron sacudirse de encima el pesado manto de miedo que les había oprimido desde la victoria de Wagram con la que Bonaparte se convierte en  árbitro de Europa hasta, al menos, el otoño de 1812, cuando deja en evidencia su debilidad tras la desastrosa campaña rusa en la que pierde lo más granado de sus ejércitos.

En efecto, la llamada “batalla de las naciones” en Leipzig confirmó lo que todos sospechaban y temían no fuera cierto: que Napoleón, el gran genio militar, estaba acabado, que era posible derribarlo de su pedestal.

El vitriólico canciller Metternich se lo dijo claramente cuando el emperador se entrevistó con él en el verano de 1813, para tratar de convencerle de que en España no había novedades dignas de mención y de que sus dos victorias en Lützen y Bautzen eran tan sólidas como las de Marengo, Austerlitz, Wagram…

Nuestro colega historiador Dominique de Villepin -lamentablemente más conocido por sus agarradas políticas con el marido de Carla Bruni- lo recoge muy bien en su obra “La chute”, que trata, precisamente, sobre la caída del imperio napoleónico.

Describe Villepin en ese libro una venenosa reunión entre el emperador y el canciller austríaco el 26 de junio de 1813, en la que Bonaparte trata de asegurarse de que los austríacos no se sumaran a la coalición de prusianos y rusos. Los argumentos que utilizará son desdeñados por Metternich con un lenguaje tan agudo como despectivo. Según parece, cuando Napoleón alardeó de sus victorias recientes, el canciller austríaco le señalará que ha visto a sus bravos soldados y no son nada más que adolescentes. Es decir, los últimos hombres vivos en Francia capaces de portar un mosquete y formar en línea de batalla. Unos efectivos que, cuando desapareciesen en los sucesivos enfrentamientos que se arriesga a mantener Napoleón, no podrán ser reemplazados… Crítica situación que Metternich dejará aún más clara a un cada vez más disgustado Napoleón, señalándole, al despedirse, estas contundentes palabras: “Estáis perdido, Sire, lo he presentido al llegar y ahora, al dejaros, me voy convencido”…

Una convicción que, como nos cuenta el mismo Villepin, Napoleón no quiso asumir, desoyendo a todos los que en su entorno le pidieron que reconociera su crítica situación y buscase un acuerdo pacífico. Cosa que, por supuesto, no hizo, repartiendo, como tenía por costumbre, desdén y malas palabras a todos los que le sugerían tal cosa, incluso a sus oficiales de mayor confianza.

Todo eso desembocó en esa monumental batalla que se ha reconstruido con todo lujo de detalles, al parecer, esta última semana. Una en la que, del 16 al 19 de octubre de 1813, Napoleón pudo convencerse de la certeza de las palabras de Metternich al enfrentarse a la aplastante superioridad de tres grandes ejércitos -ruso, prusiano y austríaco- con sus cada vez más mermadas e irremplazables fuerzas.

Otra de las hecatombes habituales en la Historia de Napoleón que, sin embargo, ya había podido darse por perdido, o casi, más de un mes antes.

Efectivamente. Es posible que las noticias de lo que ocurría en España hubiesen sido más o menos interceptadas antes de llegar a manos de los austríacos, o los rusos, o los prusianos. Sin embargo, Leipzig sólo confirmaba y agravaba otros hechos que, ocultos o no, ya habían demostrado, de modo bastante contundente, que el imperio flaqueaba, que el pedestal de Napoleón se resquebrajaba por momentos.

En efecto, tropas de la gran coalición contra Napoleón ya habrían entrado, según algunos documentos, en el corazón del imperio desde la tarde del 31 de agosto de 1813, tras la batalla de San Marcial en la que el mariscal Soult había perdido su última oportunidad de recuperar la arteria vital para el dominio de la Península, cazando, además, al ejército aliado anglo-hispano-portugués en un terreno de difícil maniobra, envolviéndolo entre sus tropas y las guarniciones de San Sebastián y Pamplona.

Así es. La hoja de servicios del futuro mariscal de campo Gaspar de Jauregui vendría a demostrar que desde ese mismo día, el 31 de agosto de 1813, se habría perseguido a la retaguardia de Soult por parte, al menos, de las tropas guipuzcoanas integradas en el Cuarto Ejército español, hasta las afueras de Bayona. Un bonito número de kilómetros desde la frontera del Bidasoa que, recorridos por tropas aliadas, indicaban que los enemigos del imperio no estaban sólo a las puertas, sino que las habían abatido y entrado en él, mostrando ante los ojos de muchos franceses -me expresó, por supuesto, en términos de 1813- que tropas españolas -pese a ser casi monolingües en euskera, las de los batallones guipuzcoanos-, estaban ya hollando suelo imperial, persiguiendo a descargas de fusilería a la cada vez más desorganizada y delgada línea azul del ejército de Soult.

Algo que quedaría confirmado poco después por lo que el historiador irunes Ramón Guirao llamó en una de sus obras “el paso del Bidasoa”. Emplazamiento fluvial donde, como nos dicen algunas fuentes británicas de la época, tendrá lugar una pequeña batalla en los vados de ese río el 8 de octubre de 1813. Casi diez días antes de que empiece la batalla de Leipzig, sellando así, ya casi definitivamente, lo que habría anunciado esa primera incursión de tropas como las de Jauregui a partir del día 31 de agosto.

Hoy puede que no lo percibamos, o que lo hayamos olvidado, pero gracias a hechos como esos, hace doscientos años, miles de hombres, sucios, harapientos, cansados por meses de una dura campaña, famélicos…, empezaban a ver cumplido su sueño de acabar con el que para ellos había sido el Tirano de Europa, entrando, como una riada, en la guarida de aquel ogro corso, consiguiendo con una verdadera obra maestra de la estrategia y la logística -basada en el control de la plaza fuerte de San Sebastián, su bahía -un detalle que se suele pasar por alto- y el puerto de Pasajes, que los ejércitos vencedores en Leipzig asestasen el golpe definitivo avanzando hacia París.

Gran maniobra realizada desde el Norte y desde el Sur de Francia que, sin embargo, tendrá que esperar hasta derrotar la desesperada resistencia -similar a la ofrecida por los nazis en 1945- que los cada vez más raídos ejércitos napoleónicos sostendrán hasta abril de 1814.

Algo que, sin duda, debería ayudarnos a hacernos una idea más exacta de quién era Napoleón -más allá de los cuadros que le pintaba David- y por qué luchaban contra él hace dos siglos soldados con apellidos como Jauregui, Mendizabal, Goicoechea… que no cejaron hasta llegar a las puertas de Tolouse, acorralando a lo que ya eran las últimas tropas combatientes de un imperio ya desvanecido pero formidable hasta casi ese mismo día.

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Sobre algunas razones históricas para celebrar (mejor) el día 12 de octubre
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Carlos Rilova | 14-10-2013 | 09:32| 6

Por Carlos Rilova Jericó

El año pasado, cuando este correo de la Historia apenas había empezado a ser publicado, hablaba yo, en dos diferentes artículos, tanto de la Diada independentista de 2012, preludio, al parecer, de la cadena humana de hace unas semanas a favor de la Independencia de Cataluña, como de eso que ha sido este sábado y se ha dado en llamar, por regla general, “Día de la Hispanidad” y que, a lo mejor, sería más idóneo nombrar “Día del Descubrimiento” por, entre otras razones, algunas que barajaba yo hace un año.

Supongo que a nadie le extrañará que en ese plazo, un año, no hayan desaparecido los motivos para hablar tanto de una cosa -la deriva independentista catalana, tan ligada por muchos de sus valedores a razones históricas más o menos espurias- como de la otra, todo eso del día de la Hispanidad o, como yo preferiría llamarlo, el día del Descubrimiento. De hecho, han cambiado tan poco que se puede hablar cómodamente de las dos, otra vez, en un mismo artículo.

En efecto, viendo las noticias y la agitación periodística de estos últimos días (con parlamentarios catalanes abandonando el hemiciclo barcelonés y grupos “ultras” hostigando a los independentistas catalanes con representación en ese “Parlament”), parece oportuno recordar que la mala explotación de un hecho tan capital para la Historia humana -no sólo de la variedad española- como el descubrimiento de América aquel lejano 12 de octubre -y lo que vino después-, sin duda ha alimentado mucho ese sentimiento de desapego que, hábilmente manejado por determinados políticos, se está convirtiendo en una reclamación de independencia en toda regla.

Eso de la mala explotación de ese hecho histórico que, se supone, se celebra cada 12 de octubre, es lo que se saca en conclusión, por ejemplo, cuando se lee un libro publicado por primera vez en 1924 para, al parecer, educar a las clases medias españolas de la fecha. Se titula “El Cano”, así, separando las dos palabras, en lugar de juntarlas como suele ser habitual. No es muy grande. Es, de hecho, un libro de bolsillo casi adelantado a la idea de libro de bolsillo que hará furor desde los años sesenta del siglo pasado. Sin embargo, su sola existencia dice mucho al historiador sobre algunas raíces históricas de las que ahora se estaría nutriendo el desapego independentista catalán.

Ese libro, “El Cano”, escrito por el agustino Celso García, habla de uno de los principales resultados del descubrimiento de 1492: la comprobación de la redondez de la Tierra, que fue uno de los caballos de batalla de Colón -ahora, al parecer, catalán de nacimiento- en su viaje a lo que después se llamará América, así como la exploración del Mar del Sur, descubierto el 25 de septiembre de 1513 por Núñez de Balboa. Hecho este último que seguramente no recordarán, porque es imposible recordar algo de lo que apenas se ha hablado cuando se cumplía su quinto centenario hace un par de semanas. Como así ha sido, salvo por algunas pocas referencias, algún telediario que hablaba de la Ruta Quetzal organizada por el BBVA… Una ausencia de menciones hoy día al descubrimiento del Pacífico que es todo un síntoma de la inutilidad funcional de libros como ese de “El Cano”, que se supone debía poner en valor la gran hazaña cosmográfica de ese navegante vasco.

En efecto, el historiador que lee ese libro -en este caso el que estas líneas escribe- constata así que en noventa años, desde 1924, no ha producido ningún resultado notable a ese respecto. Por ejemplo lograr que, a nivel mundial, se sepa que fueron navegantes y cosmógrafos como Elcano quienes disiparon las tinieblas mentales de esos europeos medievales despectivamente retratados -hasta la saciedad- en películas, novelas o cómics de origen anglosajón como bestias semianalfabetas, que se imaginaban la tierra plana.

Por supuesto, se han escrito más libros sobre la expedición de Magallanes-Elcano que corroboraba las teorías de Colón al igual, o más aún, que la expedición de Núñez de Balboa al descubrir un nuevo océano más allá de lo que se conocerá como “América”. Alguno de ellos sirvió de ilustración al artículo sobre el 12 de octubre del año pasado. Sin embargo, nada han conseguido a ese respecto ni ese, ni otros libros escritos en épocas de mayor apertura mental que la que se podía dar en períodos dictatoriales -como ocurre con el libro de Celso García, hecho durante la dictadura de Primo de Rivera, muy encelada con el tema, como lo demuestra el monumento “Art Decó” erigido en Guetaria (hoy Getaria)-, o con la obra que yo utilizaba como ilustración el año pasado, publicada en plena dictadura franquista.

En efecto, ni esos libros ni las menciones al asunto hechas, por ejemplo, en enciclopedias infantiles como la publicada en los años setenta por la editorial donostiarra Burulan en convenio con la Disney, o la editada por la casa bilbaína Fher sobre grandes viajes de exploración -hecha también en la prodigiosa década de los setenta-, han logrado hacer que Núñez de Balboa, Elcano, Magallanes… parezcan igual de deslumbrantes que sir Francis Drake o sir Walter Raleigh, a los que casi se ha hecho pasar -sin mucho fundamento, por supuesto- como los disipadores de la burricie medieval acerca de que la tierra era plana.

Un triste resultado teniendo en cuenta cómo murió ese navegante inglés, Raleigh, ejecutado por orden de Felipe III de España y de esas “Indias” descubiertas o cartografiadas por los aludidos Elcano, Magallanes…

Otro tanto parece haber ocurrido con esfuerzos menos didácticos pero, acaso, igual de voluntariosos, como la novela firmada por el oñatiarra Edward Rosset titulada “Los navegantes”.

Tal vez decir cosas así despertará iras, resentimientos… quién sabe, pero lo cierto es que a 12 de octubre de 2013, lo mismo que a 12 de octubre de 2012, lo único que se puede constatar desde la torre de marfil de los historiadores es lo mal que se ha contado, y se ha seguido contando -y divulgando- desde hace, por lo menos, noventa años, una gesta científica de primer orden -al nivel, salvando distancias, de las que ahora escriben esos astronautas tan traídos y llevados a las pantallas de cine- que en otras manos -británicas, por ejemplo- nos tendría hipnotizados desde hace muchas décadas.

¿Mejorarán las cosas en los próximos años, por ejemplo de aquí al quinto centenario de esa gesta, la circunnavegación de la Tierra, que remata científicamente, en 1522, lo que  supuso el Descubrimiento de América?.

Visto lo que ha ocurrido con Núñez de Balboa uno teme -quizás sea eso que llaman deformación profesional- que va a ser que no. Será una verdadera lástima. Sobre todo por lo que supondrá de fracaso para programas tan voluntariosos como el de la “Marca-España” que, ese, a diferencia de la gesta de Núñez de Balboa, sí que se ha publicitado en los medios de comunicación.

Así las cosas, nadie debería extrañarse de que también haya quien organice el próximo diciembre un congreso de Historia -aparentemente- para constatar que en 1714 “Catalunya” perdió su Guerra de Independencia (¡¿?!) contra España y la secesión pretendida por algunos catalanes desde 2012 tiene, por tanto, un gran fundamento histórico…

Así las cosas, ¿nos debería extrañar que algunos se dejen embarcar en esa aventura política antes que seguir haciendo votos para ser parte de un país que, a su vez, se deja hacer, tontamente, sombra por rivales fracasados -Inglaterra, por ejemplo, Francia…- que, sin embargo, han sabido dar la vuelta hábilmente a la ejecución de sir Walter Raleigh o a la derrota de Napoleón en 1814?.

Ustedes dirán…

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Historia del Gatopardo. Meditaciones sobre la tragedia de Lampedusa (1860-2013)
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Carlos Rilova | 08-10-2013 | 19:36| 52

Por Carlos Rilova Jericó

A lo largo de toda esta semana pasada una conmoción ha recorrido Europa. En esta ocasión no se trataba de aquel famoso fantasma del que hablaban Marx y Engels en su “Manifiesto comunista”, pero sí de otros muchos espectros: los de los africanos muertos en el naufragio de una patera cerca de la isla italiana de Lampedusa.

Es una cruel ironía, de esas de las que la Historia está plagada, que esos fugitivos de África, de ese escenario que hace ya más de un siglo describió Joseph Conrad -buen conocedor del tema- como “el horror, el horror”, hayan caído ante esa isla de Lampedusa.

Lo es porque esa isla dio nombre, y feudo, a una familia de la más alta nobleza siciliana, uno de cuyos últimos vástagos, Giuseppe Tomasi precisamente apellidado “de Lampedusa”, escribió, entre 1955 y 1956, una de las mejores novelas históricas -de hecho, una de las mejores novelas, sin adjetivos- de la Literatura universal.

La novela, en cuestión, se titulaba “El Gatopardo” y seguro que a muchos les sonará de la película -del mismo título- que en 1963 Luchino Visconti llevará a las pantallas del mundo entero de la mano de grandes monstruos del llamado Séptimo Arte, como Burt Lancaster, Alain Delon y una espectacular Claudia Cardinale en la flor de sus encantos.

El caso es que, tanto la película como la novela, trataban de reflejar un convulso periodo histórico -la guerra revolucionaria italiana de 1859 a 1861, enmarcada en el llamado “Risorgimento”- que se ha hecho famoso resumido en una frase terrible que el avisado sobrino del protagonista de la novela, al que en la película pone rostro Alain Delon, lanza a su tío, el príncipe de Salina, en fin, el Gatopardo, señalándole que ante la revolución liberal que sacude toda Italia en esos mediados del siglo XIX en los que se desarrolla todo el asunto, hay que cambiar algo para que todo permanezca igual…

Frase que el príncipe de Salina paladea en la novela con verdadera gula, pasmándose ante la inteligencia de Tancredi, su sobrino, que sabe lo que hay que hacer para no dejarse arrollar por los nuevos tiempos en los que los príncipes de Salina -orgullosos dueños de media Sicilia, como lo reflejan las pinturas de distintos feudos que tiene en el despacho de uno de sus palacios el príncipe-, podrían verse reducidos a la nada más absoluta a manos de una burguesía tan feroz como agreste que, como Tancredi, saben perfectamente qué hay que hacer para estar en la cresta de la ola. Desde dar de lado a la dinastía borbónica con base en Nápoles, hasta amañar con un pucherazo digno de un libro de texto sobre el tema las primeras elecciones en el antiguo y extinto Reino de las Dos Sicilias, unificado ya al resto de Italia bajo la dinastía de los Saboya.

Acontecimientos vertiginosos ante los que el príncipe se pliega bastante tímidamente después de todo, agradecido porque a él, príncipe de Salina, se le deje seguir viviendo, aparentando ser quien dice ser, todavía.

La malvada intención de Giuseppe Tomasi de Lampedusa al escribir la novela era, al parecer, mostrar cómo sus antepasados, de hecho la generación anterior a él, habían “tragado” lo que fuera con tal de no ser descabalgados por eso que suelen llamar “la marcha de la Historia”. De hecho, el gatopardo que Lampedusa elige como divisa heráldica de su príncipe de Salina y título de la novela, reflejaba cruelmente esa circunstancia. En efecto, tal y como se explica en algunas ediciones de la novela, el gatopardo es una especie de felino de aspecto tirando a feroz, salvaje pero, en realidad, no mayor que nuestros gatos caseros y muy domesticable, fácil de someter…

Unas características estas del príncipe de Salina quizás más extendidas de lo que nos parece y que, irónicamente como decía, parecen manifestarse de nuevo con esa tragedia que ha vuelto a poner de actualidad el nombre de Lampedusa, la isla que dará el apellido al autor de “El Gatopardo”.

Ha habido un natural y comprensible horror ante el hecho, ha habido un también natural y comprensible escándalo, se han pedido responsabilidades, se han rasgado vestiduras y se ha pedido que esto no vuelva a ocurrir… Sin embargo, no es la primera vez que a la isla de Lampedusa, que dio nombre al autor de “El Gatopardo”, han llegado fugitivos de África. No es pues la primera vez que ha habido escándalo, murmuración, rasgar de vestiduras y pedir que esto no vuelva a ocurrir… y ya vemos que ha seguido ocurriendo y con unas consecuencias esta vez verdaderamente atroces.

Ha ocurrido en Lampedusa, en la isla que dio nombre a aquel genial novelista que, inspirado en su propio bisabuelo, creó el personaje literario, tan real, de aquel gatopardo de amplias tragaderas al que, al final, todo le daba igual con tal de que todo siguiera igual, con él en la cúspide de la pirámide, pese a cualquier clase de cambios…

Ahora que pensamos, al menos durante unos días, en el escándalo de lo ocurrido en esa isla de Lampedusa deberíamos tener muy presente a ese personaje y sus circunstancias, meditar, tal vez, sobre la caducidad de ese escándalo y sobre lo que realmente habría que hacer para impedir que eso volviera a ocurrir. Una y otra vez.

Quizás algunos de los más públicamente escandalizados por lo ocurrido -tal vez con toda la buena fe del Mundo- deberían tener presente no sólo la lección histórica que Giuseppe Tomasi de Lampedusa nos quiso dar con “El Gatopardo”, sino la de otra novela. Ésta es de ciencia-ficción, pero si no tenemos cuidado quizás algún día podría convertirse en Historia, en nuestra Historia. Se titula “¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio!”. La firmaba en 1966 Harry Harrison y también fue llevada al cine, en el año 1973, con el título de “Cuando el destino nos alcance”, protagonizada por Charlton Heston y Edward G. Robinson.

La película con ser espectacular no es, quizás, ni la mitad de espantosa que la novela. En ella, en la novela, se describe un mundo de un futuro no muy lejano tan superpoblado que incluso las áreas que hoy pertenecen al llamado “Primer Mundo” se han convertido en lo que hoy es ese Tercer Mundo del que huían las víctimas caídas ante la isla de Lampedusa esta semana pasada. Tan sólo unos poco países, Dinamarca por ejemplo, se parecen a los Estados Unidos o a la Unión Europea que aún hoy conocemos. Y esa pequeña burbuja de prosperidad se mantiene a tiros, por medio de alambradas y guardias armados que, tal y como nos dice la novela, impiden que los cada vez más numerosos refugiados de otros países, otrora prósperos, se cuelen en ese último paraíso.

No les molesto más, por hoy al menos, les dejo con estas reflexiones históricas que, de verdad lo deseo, espero no les resulten demasiado molestas y sí estimulantes para que dentro de unos meses, un año… quién sabe, no tengamos que ver, otra vez, escenas como las que hemos sufrido esta última semana en la isla de Lampedusa, que dio nombre al autor de “El Gatopardo”.

 

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Una abrupta Historia de España contada en viñetas (“El Jueves” del 25 de septiembre de 2013)
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Carlos Rilova | 28-11-2013 | 18:56| 8

Por Carlos Rilova Jericó

Hasta el miércoles de la semana pasada tenía yo intención de hablar de otro tema en este nuevo correo de la Historia. Sin embargo ese día piqué, una vez más, y le eché un vistazo a esa revista que casi tiene el monopolio -no sé bien por qué- de la publicación de semanarios de humor en España. Es decir, en breve, “El Jueves”.

Como todo ciudadano informado que conoce la revista prácticamente desde que salió a comienzos de la llamada Transición, la conozco bastante bien. He asistido a sus giros, a los cambios de dibujantes, a sus polémicas sonadas -no hará falta explicar aquello de la famosa portada que acabó hace unos años en secuestro judicial de la revista- y a otros asuntos que han ido tejiendo más la leyenda que la Historia de esa revista que hoy representa en España lo que en su día representó “Punch” para Gran Bretaña, “MAD” para los Estados Unidos o, sin irnos tan lejos, “La Gorda”, y su rival “La Flaca”, o posteriormente “La Codorniz” o “Hermano Lobo” para la España, respectivamente, del siglo XIX y XX.

En fin, el caso es que este miércoles, leyendo, otra vez, “El Jueves”, asistí a otro episodio que demuestra que la Historia de ese país, España, constituye un grave problema. Especialmente cuando es contada de manera divulgativa para un gran público

En este caso el ejemplo lo ha proporcionado la historieta puesta este 25 de septiembre en los kioskos por “El Jueves” con la firma de Pallarés. Este dibujante publica en la revista, o ha publicado, series con bastante ingenio. Por ejemplo la de Baldo, un cuarentón intelectual frustrado, que no da palo al agua y (sobre)vive de sablear a quien se le pone por delante. Empezando por sus propios padres, con los que sigue viviendo. Un personaje entre trágico y cómico, que Pallarés maneja con bastante habilidad, dándole una profundidad y una fuerza literaria importante. Lo mismo se puede decir de “4º de E.S.O.”, especie de “spin off” de una serie anterior, “Olegario Gandaria”, que cuenta con bastante realismo los avatares de ese profesor de Educación Secundaria en un instituto público.

Antecedentes que hacen aún más sorprendente la historieta que el mismo Pallarés publicaba este miércoles en la última edición de “El Jueves”, en la que pretendía hacer un resumen de cuál había sido, según él, la Historia de España, que, naturalmente, es lo que lo ha traído hasta este correo de la Historia.

En menos de un par de viñetas Pallarés nos decía que la Historia de España es la de un país de pobres que han intentado simular que eran ricos y que durante un breve espacio de tiempo, desde el llamado “Desarrollismo” de los años sesenta del siglo XX hasta el “boom” inmobiliario que explota en el 2007, sí fue realmente un país de ricos. O de gente que hacía algo más que aparentarlo…

Todo ello sencillamente asombroso desde el punto de vista histórico. Es más, Pallarés afirmaba para desarrollar esa idea en el resto de su historieta, cosas tales como que España había perdido, una vez tras otra, “todos los trenes del progreso” (?!). Un argumento que, por otra parte, parece formar parte de sus obsesiones más encanalladas,  ya que en un número anterior de la revista dibujó a dos supuestos campesinos españoles de mediados del siglo XIX sencillamente inverosímiles. Lo primero porque hablaban de “España” con un conocimiento digno de un profesor de Geografía y, por oposición, de “el extranjero”… -algo imposible para la mayor parte de europeos de aquella época, con unos horizontes mentales que no iban más allá de su comarca y que no habían visto un mapa en su vida-, y lo segundo porque esos supuestos campesinos españoles del siglo XIX, o al menos uno de ellos, hablaban del tren como si fuera algo imposible, una fantasía que no podía existir. Ni siquiera en “el extranjero”…

Para ser consciente de lo inverosímil de esos personajes que él dibujaba para dibujar, a su vez, una supuesta “Historia de España”, a Pallarés le hubiera bastado con ver -ya ni siquiera leer- “Lejos del mundanal ruido”. Película del año 1967 basada en esa novela de Thomas Hardy donde se describe, aunque de manera bastante suavizada, la vida de los campesinos ingleses de esa misma época. Tan dura, tan mísera y tan ignorante como la de cualquier campesino español de las mismas fechas. Un mundo en el que era “normal” vivir diez familias en un mismo “cottage”, alimentarse sólo de queso y pan por no poder encender fuego y considerar que el ferrocarril, si es que existía, y funcionaba correctamente, sería algo que sólo usaban el emperador de China y, tal vez, la reina Victoria.

En resumen, por medio de viñetas como las de este miércoles y otras anteriores, Pallarés, cuando se pone -no sabemos con qué motivo o títulos- la toga de historiador para trazar las líneas maestras de la que él cree ha sido la Historia de España, siempre dispersa entre sus lectores la idea -verdaderamente equivocada y falsa- de que ese es un país anómalo dentro de Europa. Una especie de Somalia blanca a la que, en el mejor de los casos, durante unos sesenta años le tocó la Lotería… por error.

Para el historiador con conocimiento de causa ese brote de Hispanomanía -un complejo de inferioridad intelectual muy español, bien descrito hace unos años por Tom Burns Marañón- no puede ser más absurdo.

Pongamos unos pocos ejemplos, aparte de “Lejos del mundanal ruido”. Si Pallarés se hubiera leído “La odisea de la plata española”, del prestigioso historiador italiano Carlo Maria Cipolla, sabría que esa España que, según él, lleva siglos perdiendo “los trenes del progreso” controlaba todavía en el siglo XVIII las redes comerciales mundiales de China a Europa, pasando por África y América, por medio de los dólares de plata americana que, no por casualidad, Estados Unidos copiará como moneda nacional cuando se constituya como nación.

Si, intrigado por esa admiración de la actual potencia dominante en el Mundo por usos y costumbres españolas, se hubiese puesto a leer sobre la ayuda española a esa potencia emergente en 1776 -la lista de libros es larga, pero quizás le habría bastado con “Yo solo”, de la historiadora Carmen de Reparaz- se habría dado cuenta de que España estaba lejos de haber perdido ningún “tren del progreso” en esa fecha y, es más, que estaba en condiciones de sostener una guerra, por tierra y mar, que arruinó el imperio británico en Norteamérica.

Si ya animado por todos esos hallazgos, Pallarés hubiera decidido seguir haciendo averiguaciones, podría haber descubierto que en España se inaugura en 1848 una de las primeras redes de ferrocarriles del Mundo, pese a, sólo para empezar, el inmenso costo para ese país de la guerra contra Napoleón entre 1808 y 1815. Algo que sucede apenas treinta años después de haber acabado con esa rotunda victoria sobre las águilas napoleónicas y apenas pasados nueve de haber acabado una devastadora guerra civil. La línea, además, era la Barcelona-Mataró que, quizás, no sería conocida por todos y cada uno de los campesinos españoles de esas fechas, pero sí seguramente por un buen numero de “pagesos” entre los que, probablemente, hubo más de un Pallarés.

Ya puestos el dibujante Pallarés también podría haber descubierto, documentándose para su historieta de este miércoles sobre una supuesta Historia de España, que el primer tren de vapor del estado de Nueva York -inaugurado en 1831- se construyó en parte gracias a capitales españoles. Concretamente remitidos desde territorio guipuzcoano.

La lista de ejemplos así podría multiplicarse. Y la conclusión siempre sería que, desde el punto de vista del historiador, España, pese a arrostrar un siglo XIX cargado de enormes dificultades -la guerra contra Napoleón, tres grandes guerras civiles entre 1833 y 1876, cuatro si contamos la de 1823- y otra guerra civil en la primera mitad del siglo XX seguida por cuarenta años de una dictadura retrograda y aislacionista, ha logrado consolidarse como una nación históricamente muy diferente de ese estado fallido del que Pallarés hablaba en su historieta de este pasado miércoles y al que aludía como un país de pobres que quieren parecer ricos y han perdido “todos los trenes del progreso”.

En definitiva, ante datos como los que se han ido mencionando en este artículo el historiador no puede, en efecto, evitar pensar que, quizás, el principal problema de la Historia de España está relacionado no tanto con la pérdida de ningún “tren del progreso”, sino con quien se cree autorizado a contarla -sin mucha idea de ella, como, espero, habremos comprobado-, sentando cátedra sólo porque sí, porque, semana tras semana, tiene una tribuna con bula -al parecer- para contar lo que le dé la gana.

Algo que, a decir verdad, como se ha comprobado por episodios bastante tristes -ascenso del Nazismo,  guerra de la Ex-Yugoslavia…- suele conducir a feos callejones sin salida en los que, también a decir verdad, no hacía maldita falta meterse ni tenían justificación histórica alguna.

Todo lo cual hace sencillamente absurdo no sólo afirmar tan rotundamente cosas como las que se podían leer este pasado miércoles en “El Jueves”, sino tratar de sostener sobre esa base, tan falsa como endeble, a saber qué líneas de acción política de las que, acaso, Pallarés se siente llamado a ejercer de profeta, para, como se suele decir, terminar de liarla parda, sin, insisto, necesidad alguna. Salvo satisfacer -según parece- a ambiciones políticas nada claras o al consabido atrevimiento que suele acompañar a la ignorancia. En  este caso de la verdadera Historia de España que nada tiene que ver con un país de pobres que querían parecer ricos y perdieron todos los trenes del progreso.

 

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El correo de la Historia remite el lunes 23 de septiembre a…
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Carlos Rilova | 23-09-2013 | 10:18| 0

 

Por Carlos Rilova Jericó

La entrada de esta semana se localizará en el siguiente link (con las explicaciones correspondientes)

http://blogs.diariovasco.com/correo-historia/2013/09/18/comentario-sobre-una-reciente-novela-historica/

 

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Comentarios sobre una reciente novela histórica. Los lansquenetes del rey de Navarra también eran lansquenetes
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Carlos Rilova | 23-09-2013 | 09:36| 32

Por Carlos Rilova Jericó

(Debido a los problemas técnicos sufridos por esta entrada entre el día 16 y el 18 de septiembre que hicieron imposible visualizarla correctamente, se mantendrá este artículo hasta el próximo lunes día 30, en que se renovará el contenido de la página como viendo siendo habitual )

Este fin de semana se ha vendido por el País Vasco y Navarra a un precio bastante asequible una novela de esas que llevan el adjetivo de “histórica”. El periódico que la ha promocionado, “GARA”, que el que esto escribe suele leer de vez en cuando, como es deber de todo buen historiador, le ha dado un impulso publicitario importantísimo, durante cerca de quince días, destinándole un espacio realmente destacado (y caro).

La novela en cuestión, firmada por un autor, Pello Guerra, ya con varios títulos en el mercado, se titula “El libro de la Navarra perdida”.

Suelo ser lector bastante voraz de libros así, por razones profesionales pero, claro, de éste lo único que sé es lo que el periódico que lo promociona contaba en su publicidad -que el Papa reinante en 1559 pedía a Felipe II que devolviera el reino de Navarra a los herederos de la casa de Albret- y lo que el propio autor contaba en una entrevista que le hacía ese diario, GARA.

La impresión que yo saqué de todo eso, como historiador, que, se lo crean o no algunos lectores de esta página, es a título de lo que siempre escribo en ella, es que, como suele ocurrir a menudo con las novelas llamadas “históricas” -de toda laya y condición y linaje político- sus lectores van a salir con ideas un tanto confusas sobre el tema del que van a leer.

Sólo para empezar el autor de “El libro de la Navarra perdida” planteaba que el eje de la acción de la misma, es decir, la posible devolución de la Alta Navarra -es decir, la actual comunidad foral de Navarra- a los herederos de la dinastía Albret por parte de la casa Austria -que la había recibido en herencia del maquiavélico Fernando el católico tras la conquista de 1512- hubiera cambiado la Historia, dando lugar a un, al parecer, idílico reino de Navarra que, como dijo en cierta ocasión Shakespeare -fuera quien fuera el o los, o las, que se ocultaban tras ese curioso apellido- hubiera sido “la maravilla del Mundo”.

“I tant”. Y tanto que lo hubiera sido, como dirían los catalanes que esta última semana también han andado algo revolucionados mirando hacia una Historia con la que no terminan, algunos de ellos que no todos, de estar en paz.

Pues sí, esa Navarra que intuye Pello Guerra en su nueva novela hubiera sido, tal y como él la describe, una auténtica maravilla para el resto del mundo del año de 1559.

Entre otras razones porque el autor, al menos por lo que da a entender en su entrevista, se sitúa fuera del espacio histórico real en el que debería estar ambientada esa novela.

Hablo, una vez más, como historiador. Lean tranquilamente, si quieren, esa novela, “El libro de la Navarra perdida”, pero háganme caso sobre la seriedad con la que se han de tomar lo que, al parecer, van a leer en ella.

Empecemos por algunos detalles históricos que, parece ser, el autor pasa por alto para escribir “El libro de la Navarra perdida”.

El primero que antes de 1559 ya había habido varios intentos de arreglar ese tema. Ninguno de ellos insólito para una época en la que las élites que controlan ese estrecho mundo, familias como los Albret, los Jagellon, los Tudor, los Valois, los Austrias…, eran tan capaces de envenenar a alguien o liquidarlo haciendo que pareciera un accidente (de caza por ejemplo), como de, en viendo la sombra alargada de la Muerte, dejarlo todo, encerrarse en un convento y rezar, hasta la extenuación, por la salvación de su alma pecadora que, en su caso, no era precisamente un decir.

Es lo que, en cierto modo, le pasó al emperador Carlos V, nieto de aquel Fernando el católico que en 1512, y con la inestimable ayuda de su yerno Enrique VIII Tudor, defensor de la Fe, rey de Inglaterra, Gales, Irlanda y Francia (estos últimos títulos más teóricos que reales), se apoderó de la Alta Navarra, con todas la bendiciones de ese mismo Papado que en 1559, de buen rollo, por así decir, como nos cuenta al parecer Pello Guerra, pedía que se devolviera ese reino a los Albret o a sus herederos.

La Historia es de lo más sabrosa. Sobre todo por la actitud que tomaron en ese negocio los propios herederos de los Albret, comportándose como lo que en realidad eran: príncipes del Renacimiento que se medían no por su bondad, maldad o sentimientos filantrópicos hacia determinadas poblaciones -por ejemplo los pastores del Roncal o los baserritarras de las Malloas- sino por el poder militar -y de rechazo diplomático- que podían arrojar sobre el tapete de aquella Europa que el gran Erasmo de Rotterdam describía crudamente en muchas de sus obras. Esas en las que habla de hordas de despiadados mercenarios -los peores los lansquenetes alemanes- al servicio de príncipes cristianos que no tenían reparo, además, en poner nombres de santos a los cañones con los que se asesinaban mutuamente en los múltiples campos de batalla improvisados sobre el viejo continente.

A eso hay que sumar que a Carlos V, muy avejentado a sus apenas cincuenta años, le dio por arrepentirse de su imperial vida y tuvo cargo de conciencia con el tema de la Navarra heredada de su corrosivo abuelo, Fernando el católico. Lo contó ya hace bastantes años M. Mignet, uno de esos historiadores de mediados del siglo XIX que tenían la manía de hacer obras monumentales sin las que luego no se habría podido escribir más Historia. En este caso la obra se titulaba “Charles quint: son abdication, son séjour et sa mort au monastère de Yuste”. Fue publicado en 1854 por Paulin, L´Hereux y compañía en la calle Richelieu número 60 de París.

El volumen que yo manejé era de un ilustre donostiarra, el duque de Mandas, que lo compró en París, apenas salido de la imprenta, y hoy es parte de los fondos de la biblioteca central de esa ciudad por donación del citado duque a su muerte en 1917.

Bien, volviendo al centro del asunto, Mignet decía entre las páginas 150 y 152 de ese libro que el maltratado Carlos V recibe en su viaje a través de España, camino de su retiro en Yuste, una curiosa visita cuando él y su comitiva están en Burgos, en el otoño de 1556.

Se trataba del duque de Alburquerque, el hombre al que Carlos había nombrado virrey de la Alta Navarra, y traía una propuesta de otro hombre llamado Ezcurra, agente de la casa de Albret y sus herederos y encargado de negociar, como tal, con Alburquerque para lograr lo que esa casa pretendía desde 1555 al menos: que los Austrias devolvieran las cinco merindades navarras al sur de los Pîrineos. Es decir, la actual Comunidad Foral de Navarra.

La propuesta de Ezcurra en ese otoño de 1556, que también lo era de la vida del césar Carlos V, puede resultar insólita para los que creen aún en buenos y malos y reyes filántropos que sueñan con inverosímiles “estados vascos”.

Los Albret y sus herederos se ofrecían en 1555 a cambiar esa Alta Navarra conquistada en 1512 por Fernando el católico y un buen número de vizcaínos, guipuzcoanos y otros súbditos de Castilla, amén de la bazofia habitual contratada como mercenarios en Suiza, los estados alemanes, Italia, etc…

Los términos del intercambio propuesto por los Albret y sus herederos, tomen nota, eran que se les diera, a cambio de esa alta Navarra, el Milanesado, que ellos erigirían en reino de Lombardía, y se comprometían -tomen nota, otra vez- a convertirse en aliados -“confederados” dice Mignet- perpetuos del emperador y su hijo Felipe -herederos los dos, no lo olvidemos, del maquiavélico Fernando el católico-, ofreciendo 5000 hombres de Infantería, 500 de Caballería ligera, 200 zapadores, 2000 tiros de bueyes y 20 piezas de Artillería de diversos calibres. Eso además de dar como garantía la fortaleza de Navarrenx y al heredero de la casa, el futuro Enrique IV de Borbón, para que el imperio de los Austrias hiciera con todo ello lo que bien le pareciera.

Por ejemplo seguir ocupando la Alta Navarra con total comodidad y aquiescencia de gran parte de la nobleza de ese viejo reino que parecía estar muy contenta con ese cambio de dinastía, incluso desde 1512 o antes, cuando se intrigaba para preparar la invasión y expulsión de los Albret…

La cosa evidentemente no prosperó o Pello Guerra hubiera escrito una novela diferente. O ninguna en absoluto. Al menos sobre ese tema.

El derrotero que tomaron los acontecimientos fue diferente. Los Borbón, herederos de los Albret, demostraron ser unos príncipes renacentistas verdaderamente avezados. Rechazada esa generosa oferta, mostrándose inútil esa mediación papal de 1559, optaron por medidas drásticas. Esto es, convertirse en reyes de Francia, aparte de lo que quedaba de Navarra -título que siempre mantendrán hasta el siglo XVIII- y desde allí iniciar una vasta intriga que acabó no sólo por devolverles la Navarra perdida, sino que les llevó a formar una superpotencia temible desde el año 1700 en adelante. Una en la que los pobres desheredados, o casi, de 1556, se convertían en dueños de los tronos de Francia, de España y de su imperio transatlántico -incluida en ese lote la Alta Navarra perdida en 1512- y la mayor parte de esa Italia de la que en 1556 sólo pedían un pequeño pedazo para fabricarse otro reino…

Ya ven, qué clase de gente eran. Sin duda, como les decía, príncipes renacentistas que movían, sin apenas escrúpulo alguno, sobre el tablero de la turbia Europa del siglo XVI, poblaciones enteras con las que no les unía vínculo emocional -menos aún “nacional”- alguno y bandas de criminales armados y estructurados militarmente, generalmente conocidos como lansquenetes, que constituían la columna vertebral de esos ejércitos con los que conseguir aquello que se proponían. Simples mercenarios que no sabían nada salvo que, por medio de un contrato firmado, matarían a quien se les pusiera por delante. Hoy campesinos extremeños armados con partesanas y movilizados en los ejércitos del rey de las Españas, mañana pastores de la cuenca de Pamplona convocados al apellido para defender a los Albret, a los Borbón, o al señor de turno…

Lean, pues, “El libro de la Navarra perdida”. Pero lean también, por ejemplo, “De crónicas y tiempos británicos” del historiador Julio César Santoyo. O escuchen una de esas piezas de música de esa época llamadas “Battaglia”. Esas en las que los instrumentos destinados a regalar los oídos de la nobleza y realeza europea del siglo XVI simulan el ruido de una batalla para que aquellas criaturas, casi inhumanas para el 90% de sus súbditos y vasallos, pudieran divertirse bailando. Déjense llevar por esos atronadores tambores y esos desafiantes saquebutes o trompetas naturales que simulan los clarines con los que se convocaba a los coloridos y flamantes ejércitos de aquellos príncipes, los Albret, los Jagellon, los Tudor, los Austrias… a la siguiente batalla, a la siguiente matanza.

Imaginen bien qué era aquello. Nada que se parezca a lo que ustedes conocen hoy día. Nada que ver con príncipes filantrópicos y benefactores de una supuesta nacionalidad que no es consciente de existir hasta finales del siglo XIX. Diga lo que diga cualquier novela que aspira al adjetivo de “histórica”.

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (y XIII). Un balance histórico sobre un Bicentenario
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Carlos Rilova | 10-09-2013 | 09:56| 15

Por Carlos Rilova Jericó y Álvaro Aragón Ruano

Llegados a este punto de las conmemoraciones del Bicentenario de diversos acontecimientos de la llamada “Guerra de Independencia” y del relato sobre la batalla de San Sebastián y otros hechos de la penúltima campaña de las guerras napoleónicas, ferozmente desarrollada en territorio alavés, guipuzcoano y navarro, creemos se hace necesario un balance, después de todo lo dicho y escrito en la serie de artículos que culmina hoy y en las diferentes publicaciones aparecidas en los últimos dos años.

La guerra contra Napoleón en el País Vasco parece zanjada tras la capitulación de los restos de la guarnición napoleónica acantonada en San Sebastián, que se ha convertido en la clave de bóveda a través de la cual, y gracias a los acontecimientos del 31 de agosto de 1813 -la caída de la ciudad y la victoria sobre el Mariscal Soult en San Marcial-, se ha desmoronado toda resistencia francesa en la Península, quedando abierto el sagrado territorio francés a la penetración del primer ejército aliado que pondrá el pie en ese corazón del imperio napoleónico. Algo que no tardará mucho en ocurrir, cuando mylord Wellington decida que su retaguardia en San Sebastián está bien asegurada y que aisladas guarniciones napoleónicas, como la de Pamplona, no suponen ningún  peligro para sus planes de continuar su ofensiva, sin apenas descanso, por todo el Sudoeste francés, donde le aguarda Soult dispuesto a resistir a ultranza. Al menos hasta que pueda retomar la ofensiva…

Sin embargo, y al margen del interés que puedan tener esos hechos para todos los interesados realmente en la Historia de las guerras napoleónicas, sabemos que nuestra particular guerra histórica sobre los acontecimientos ocurridos ahora hace dos siglos en Navarra y el País Vasco y, en especial, en la estrecha franja que va de San Sebastián a la frontera de Irun, seguirán suscitando preguntas; debate al que nos parece oportuno -quizás incluso necesario- añadir este balance de lo que puede ser de verdadero interés y lo que simplemente son cortinas de humo destinadas a ofuscar el verdadero sentido de lo que se vivió -y, por supuesto, sufrió- en esa pequeña pero fundamental zona de los mapas de batalla de las guerras napoleónica.

La cuestión foral, las guerras napoleónicas y la destrucción de San Sebastián

Una de las primeras cosas que se deberían esclarecer a ese respecto, es la supuesta inquina contra los fueros vascos que algunos grupos y personas han exhibido como causa y motivo de la ordalía a la que es sometida San Sebastián -y su población civil- tras la derrota de la guarnición napoleónica que se ha hecho fuerte entre los muros de esa ciudad desde el 28 de junio al 31 de agosto de 1813, esperando el momento oportuno de dar la vuelta a esos acontecimientos bélicos.

A ese respecto es preciso dejar bien claro que con el advenimiento de la dinastía borbónica en el año 1700, y gracias al apoyo que durante la Guerra de Sucesión (1701-1713) prestaron las provincias vascas al pretendiente Borbón, a diferencia de lo que se produciría en el resto de territorios forales -como los catalanes o valencianos- que fueron víctimas de la Nueva Planta, los vascos, a partir de la tercera década del siglo XVIII, sobre todo en el caso guipuzcoano, disfrutarán de un fortalecimiento de la foralidad, en áreas tan estratégicas como la gestión forestal, el comercio o la administración local, que queda en manos de los notables locales que controlan los gobiernos forales sin demasiada intervención de Madrid o, en el peor de los casos, en una mutuamente beneficiosa convivencia en la que ambos poderes se complementan.

Un idilio político que, sin embargo, se verá roto a finales del siglo XVIII. El desencuentro entre la Corona y los guipuzcoanos, y entre los propios guipuzcoanos, en torno a la supresión o el mantenimiento de los Fueros, llegó a tal extremo que en un anónimo, próximo a los medios burgueses antiforalistas, redactado en 1789 -justo después de la enésima petición por parte del Consulado donostiarra para la modificación al menos parcial de los Fueros-, se hablaba en estos duros términos sobre la Diputación Foral de Gipuzkoa: “…la Diputación dormida, todo lo desprecia, nada hace, nada discurre, a nada se mueve y a todo se hace insensible ¿Qué Diputación es esta? Por eso dije no sabe lo que quiere, no lo entiende, ni lo quiere entender y que las cosas del comercio no son para todos.”.

La Guerra de la Convención puso de relieve en el año 1794 que esa ruptura de la sociedad guipuzcoana ya no tenía vuelta atrás y que, como en el resto de Europa, se iba a abrir un duradero conflicto entre los tradicionalistas, partidarios del Antiguo Régimen -y, por tanto, del sistema foral-, y los amigos de las ideas revolucionarias nada simpatizantes con ese mismo peculiar sistema foral.

El avance de las tropas de la Convención Francesa al sur del Bidasoa y la toma de San Sebastián, provocará una encarnizada escisión que se volvería a manifestar durante la Guerra de la Independencia y las Guerras Carlistas. Por un lado, surgió la llamada Junta de Guetaria, de ideas revolucionarias, y, por otro, la Junta de Mondragón, foralista, tradicionalista, y que ante el avance de los convencionales iría cambiando de sede.

De ahí surgirá lo que el duque de Mandas llamará en 1895 “La separación de Guipúzcoa”, en un estudio histórico sobre esos acontecimientos así titulado. Unos hechos que deben ser analizados en su contexto histórico, el de hace dos siglos, y no en el de ideas políticas -coetáneas al llamado “Bizkaitarrismo”, embrión del Nacionalismo vasco- cuyo origen y desarrollo debe situarse a finales del siglo XIX.

Así no deben llevarnos a equívoco las palabras de la petición de la comisión nombrada por la Diputación extraordinaria de Guipúzcoa -la acantonada en Getaria y partidaria de los revolucionarios franceses- para parlamentar con los comisarios Pinet y Cavaignac, enviados de la Convención, donde se reclama, en tercer lugar: “Que sea la Provincia independiente como lo fué hasta el año 1200”.

Sabemos perfectamente que en aquella fecha la provincia no era independiente, sino súbdito del Reino de Navarra. La independencia reclamada en 1794 debe pues ser entendida, por tanto, no como plena soberanía que no reconoce superior, sino como un mero reflejo de la teoría sobre la voluntaria incorporación de Gipuzkoa a Castilla que había sido desarrollada a finales del XVIII por figuras como el jurisconsulto Bernabé Antonio de Egaña.

En realidad, la libertad e independencia que se reclamaba era la de decidir a qué estado o soberano adherirse, sin plantearse siquiera el establecimiento de un estado realmente independiente.

En efecto, la propuesta que se hizo a los convencionales era la de la creación de una república independiente -de la Corona española- pero adherida automáticamente a la República Francesa o, más exactamente, convertida en uno de sus satélites (por no decir títeres), como la Cisalpina o la Batáva, poniendo así en práctica, en sintonía con aquel nuevo momento político, viejos proyectos de anexión de la costa cantábrica española acariciados tanto por diversas coronas a lo largo del siglo XVII y XVIII (intenciones incluso plasmadas en tratados más o menos secretos en 1668, 1698, 1699, 1700, 1719, 1794, 1795, 1808, 1810, 1813, 1814…), como por el imperio napoleónico, en el que un visionario Garat trazó el plan de la creación de un estado-títere agregado a la Francia imperial a partir de territorios como el guipuzcoano para formar Nueva Fenicia, Nueva Tiro y Nueva Sidón.

Esto es, departamentos o talasocracias satélite de Francia que combatiesen a la reina de los mares en esos momentos: Inglaterra. Una idea ya propuesta también en la Francia revolucionaria.

Así en 1795 Domec, Jefe del Departamento de las Landas, proponía adherir a la República el área que iba desde Socoa hasta Santander, ambas incluidas, con lo que se conseguirían “…veinte nuevos puertos (que) darán suficiente carrera a sus especulaciones de cabotaje y largo recorrido, Bilbao se convertirá en Burdeos, San Sebastián en Bayona y una frontera más extensa hará más fácil el comercio de piastras, lana, etc…”. De esa forma además, añadía, se adquirirían excelentes marinos, la República tendría las llaves de España por tierra y del Golfo de Gascuña por el mar, y, por último, el comercio de las tres provincias se asimilaría al de la República, por los mutuos intercambios, suponiendo ventajas para la República y perjuicios para los ingleses, siendo privados de comerciar y de la posesión de una rica colonia, sin parangón…

Según el discurso de esa teoría sostenida por la Diputación de Guetaria, Gipuzkoa -y solo Gipuzkoa, pues nada se dice del resto de territorios vascos- había sido independiente en la Alta Edad Media y, en diferentes ocasiones, por propia iniciativa, había decidido ponerse bajo la tutela de los reyes navarros o castellanos; precisamente en 1200, “hartos” de los supuestos excesos de los reyes navarros, Gipuzkoa se entregó voluntariamente a Castilla. Lo que ahora, en 1794, se había reclamado por una parte de los guipuzcoanos era exactamente lo mismo: “cansados” de los supuestos excesos de la Corona castellana pretendían separarse de ella para adherirse a la República Francesa como una república en la que se respetasen los Fueros a cambio de esas evidentes ventajas estratégicas y comerciales.

Sea como fuere, el caso es que tras la Paz de Basilea (1795), si bien muchos de los implicados en esos intentos de secesión de la corona española y de adhesión a la República Francesa se tuvieron que exiliar, fueron acusados de infidencia o traición, sufrieron el vilipendio, persecución y juicio de las instituciones guipuzcoanas leales -defendidas por militares profesionales de origen vasco como Gabriel de Mendizabal- e incluso un consejo de guerra en Pamplona, finalmente todos ellos fueron absueltos de los cargos que se les imputaban y su honor restaurado gracias al indulto que les concedió Carlos IV en el año 1800; sin duda, el rey era consciente de que era imprescindible cerrar este episodio lo antes posible para afrontar con la mayor unidad posible los retos que el futuro le tenía preparados, en un momento de alianza con la Francia de Napoleón, frente a Inglaterra.

De hecho, la práctica totalidad de los implicados en aquellos sucesos volvieron y permanecieron en Gipuzkoa durante la Guerra de Independencia, combatiendo a los ejércitos napoleónicos, como fieles súbditos del rey de España. Si bien es cierto que a partir de entonces el debate en torno a los Fueros se encendió (polémicas orquestadas y animadas por Llorente, Vargas Ponce…), los hechos acaecidos en 1794 ya habían cicatrizado mucho antes del inicio de la Guerra de la Independencia y estaban sobreseídos judicialmente.

Es, en definitiva, sencillamente absurdo plantearlos como el origen de la ordalía sufrida por San Sebastián en 1813, durante la reñida penúltima campaña de las guerras napoleónicas.

Más aún teniendo en cuenta que Getaria -o Tolosa, escenario en 1794 de las veleidades revolucionarias de los Carrese- no sufrió la más mínima represalia, pese a ser ocupadas respectivamente por tropas españolas desde primeros de julio y finales de junio de 1813…

El papel del general Castaños

Otra controversia relacionada con esos hechos es la participación del general Castaños, como supuesto principal autor intelectual de ellos, o la del general Álava como imprescindible cómplice de los mismos.

Creemos que ha quedado suficientemente claro en diferentes entregas de este blog la poca base de estas acusaciones. Castaños no tenía jurisdicción ni mando sobre las tropas angloportuguesas, había sido relevado de su mando sobre el Cuarto Ejército español, y sustituido por Freire, ya el 15 de junio, aunque siguió ocupando el cargo de manera interina hasta el 9 de agosto. No estuvo presente en el marco de las operaciones durante los días en que se produjo la última ofensiva. Entre el 18 de agosto y el 9 de septiembre se hallaba en Bilbao, donde se ofrecieron fastuosas celebraciones en su honor, como hijo del Señorío y héroe de Bailén y hay abundante documentación en la que se muestra como un entregado defensor de la población civil guipuzcoana… Por su parte, el general Álava tuvo una encendida correspondencia con Wellington -que se conserva en el archivo familiar del primero-, recriminándole en numerosas ocasiones y cartas la actuación de sus tropas.

Más allá de los donostiarras. Otras causas y otras víctimas de la batalla de San Sebastián

En torno a ese reparto del papel de verdugos y víctimas que se ha organizado en relación a la destrucción de San Sebastián el 31 de agosto de 1813, sí debemos tener muy en cuenta que ese error historiográfico sólo ha sido posible sacando de su contexto ese hecho histórico, aislándolo del resto de los acaecidos durante la penúltima campaña de las guerras napoleónicas, de la que forma parte esencial e indivisible.

Esa penúltima batalla de las guerras napoleónicas en territorio guipuzcoano -junto a la de San Marcial, no lo olvidemos- fue una tragedia, pero para todos, no solo para los donostiarras; también para los propios soldados defensores y atacantes. La batalla de San Sebastián fue un largo y encarnizado sitio, que duró 63 días de intensos bombardeos, escaramuzas y enfrentamientos, en los que tomaron parte soldados exhaustos -recordemos que prácticamente desde el 26 de mayo hasta el 1 de julio en que empieza el sitio aliado de Donostia, esas tropas no habían parado en su carrera por alcanzar a José I- y que llevaban mucho tiempo combatiendo en la Península Ibérica sujetos por tanto a un considerable estrés bélico y a una más que notable degradación física y psíquica que no podemos ingenuamente pasar por alto.

Los 79 testigos donostiarras que dieron su versión de los hechos claramente responsabilizan a las tropas británicas y portuguesas del asalto y destrucción de la ciudad. Muchos de ellos muestran su sorpresa ante la salvaje actitud de unos soldados a los que incluso auxiliaron tras el fracasado asalto de 25 de julio. No conciben cómo británicos y lusos pueden atacarles a ellos que son “españoles”, por tanto aliados, y que les han recibido al grito de “Vivan los aliados, Viva España”. Ahora bien, es importante subrayar de cara a futuros debates sobre esta cuestión, que dichos testimonios nos hablan de la buena fe de soldados y mandos que intentaron evitar los abusos y por ello fueron atacados e incluso asesinados por sus propios compatriotas, tal y como se subrayó en la entrega de la semana pasada. Por tanto, no debe generalizarse la actuación aliada, ya que encontramos diferentes perfiles entre la propia oficialidad y la soldadesca. Algunos trataron de proteger a la población y eso les costó su propia vida y otros se entregaron a la orgía destructiva. Lo que está claro, de acuerdo a diversa documentación -memorias como las de sir William Napier, los “dispatches” del alto mando británico…- es que Wellington murió creyendo que el incendio lo habían provocado los propios franceses y que sus angloportugueses no habían perpetrado semejantes atrocidades.

 Por tanto, la clara intencionalidad por parte de los mandos superiores en esos hechos parece difícilmente probable, más allá de hipótesis sin ninguna prueba documental. No se puede decir lo mismo de los mandos intermedios y los soldados, muchos de los cuales incluso se jactaron de las barbaridades cometidas y, como explican los 79 testimonios, incendiaron intencionadamente con cartuchos mixtos las pocas casas que quedaban en pie aquel fatídico 31 de agosto; es decir, el tercio de los edificios que sobrevivió al bombardeo iniciado desde el 28 de junio de ese 1813.

¿Cuál fue, pues,  la intencionalidad de esa destrucción sistemática perpetrada por algunos soldados y mandos intermedios que actúan en claro contraste con lo que hace el resto de la oficialidad y tropa que ha tomado la ciudad?. Todo parece indicar -por lo que nos dicen los 79 testimonios o los diarios del oficial español Matías de la Madrid, testigo de los hechos como militar del Cuarto Ejército español desplegado en Gipuzkoa en la fecha que la venganza, por la férrea resistencia de la plaza que, no lo olvidemos, fue la más tenaz de todas las que acontecieron en la península, pudo estar en el origen de esa saña tan metódica y deliberada; injustificable como acción de guerra.

 El móvil comercial – esto es, que Inglaterra trató de deshacerse de un competidor- para llevar a cabo esa destrucción, aunque plausible, pues no debemos olvidar que las guerras napoleónicas fueron también guerras comerciales, es una hipótesis que a día de hoy es de difícil demostración, al menos hasta que nueva documentación aporte mayores argumentos.

Las cifras, en cualquier caso, son expresivas del alcance de esa tragedia para asaltantes y asaltados fuera cual fuera su origen. Según los “dispatches” de Wellington, las tropas británico-lusas sufrieron en San Sebastián, entre el 7 de julio y el 8 de septiembre de 1813, 3.793 bajas (967 muertos, 2.481 heridos y 345 desaparecidos). En la batalla de San Marcial, entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre las bajas aliadas, es decir, británicas, españolas y portuguesas, sumaron 2.623 (400 muertos, 2.067 heridos y 156 desaparecidos). Los franceses, por su parte, sufrieron en el asedio a Donostia unas 2.200 bajas, sin que se pueda precisar de qué calidad, pues sobrevivieron unos 1.800 de los 4.000 soldados que se atrincheraron en la ciudad.

Por último, el número de muertos entre la población civil de San sebastián no fue muy alto; como describía Matías de la Madrid en su diario “Cual si la infeliz ciudad fuese de enemigos, los más implacables la saquearon cruelmente, mataron a varios de sus desdichados moradores, y por último la incendiaron,…”.

Según los 79 testimonios recabados por el juez Arizpe, el número de muertos -a pesar de que alguno de ellos lo cifra en 500, aunque de oídas- no sería superior a los 40; en cualquier caso y teniendo en cuenta que pudieron producirse otras muertes a consecuencia del incendio y los derrumbes de edificios quemados, el número de muertos civiles nunca superaría los 100, lo cual no deja de ser una tragedia, más aún teniendo en cuenta las violaciones producidas, aunque no afectaron a todas las mujeres de la ciudad, pues, como describen los testimonios, algunas lograron salvarse. Por tanto, ¿Genocidio?, ¿Holocausto?, ¿Masacre?. El término a aplicar estaría aún por valorar pero desde luego muy lejos, por cantidad, de palabras como “Genocidio”…

La tragedia de mayor magnitud se produjo con posterioridad, pues los 1.200 muertos que contabilizaba el Ayuntamiento de Donostia en mayo de 1814 se habían producido por la expansión de epidemias como el tifus, fruto de las condiciones de insalubridad en las que tuvieron que vivir los casi 2.000 habitantes de la destruida ciudad una vez que volvieron a ella, a partir de octubre de 1813.

Lo cierto es que se hace necesario, desde el punto de vista histórico, desglosar correctamente esa cifra. Muchos de los incluidos en ella son los propios soldados contendientes; en este sentido ha sido una verdadera lástima que durante el Bicentenario no se haya hecho un tratamiento equidistante de todas las víctimas, que lo fueron, o no se haya destacado que muchos de esos 1.200-1.500 muertos contabilizados como “donostiarras” eran, en realidad, soldados guipuzcoanos movilizados en los tres batallones de voluntarios de la provincia destinados a la ciudad para desescombrarla y protegerla de nuevos ataques enemigos o de algunos supuestos aliados de dudosa catadura, como los que la asaltan el 31 de agosto de 1813. También entre ellos se debería tener presente a unos 500 guipuzcoanos empleados, por orden de Wellington, en iguales tareas de desescombro que asimismo  sufrieron esas duras condiciones y las sucesivas epidemias.

En cuanto a los daños materiales, sensu stricto, se debería tener presente que de las 600 casas existentes intramuros, sólo se salvaron 36, la mayoría en la calle Trinidad, hoy 31 de Agosto, y los destrozos se calcularon en unos 102 millones de reales de vellón.

Los días después de la tragedia, el proceso de reconstrucción de la ciudad y la guerra más allá del Bidasoa

El día 8 de septiembre finalizaba el sitio de San Sebastián, con la entrega y rendición de la fortaleza de Urgull por el General Rey. A partir de ese momento, la oligarquía y vecinos concejantes de San Sebastián, reunidos en la cercana Zubieta, acordaron la reconstrucción de la ciudad.

 En principio, y a pesar de las demandas realizadas a unos y otros, ni los británicos aprontaron indemnización alguna, ni las instituciones provinciales ni la Regencia o la Corona, -todas ellas exhaustas a consecuencia de una guerra que, no lo olvidemos, continuó hasta 1815- pudieron auxiliar a San Sebastián.

 Sin embargo, Fernando VII por Real Decreto de 1816 apadrinó la reconstrucción, lo que facilitó el comienzo de las obras, financió la reconstrucción de los edificios oficiales, como el Ayuntamiento y la Aduana, y permitió que, a fin de impulsar la reconstrucción, el ayuntamiento estableciera diferentes impuestos sobre el consumo de alimentos y vino, y echara mano de los derechos comerciales que se pagaban en Pasajes y en la frontera de Irun. Incluso instó e invitó al resto de puertos peninsulares a que destinaran una parte de sus peajes a la reconstrucción, pese a que esa medida finalmente no se llevó a efecto.

En agradecimiento por todo ello en 1828 se le hizo un fastuoso recibimiento en San Sebastián, donde se le reconoció en inscripciones en euskera y en castellano esa aportación fundamental.

Por su parte, la casa de comercio y banca Tastet, una de las pocas cuya sede donostiarra no había sido destruida durante el incendio de 31 de agosto de 1813, concedió un préstamo de medio millón de reales de vellón al Consulado y al Ayuntamiento de San Sebastián.

En realidad, la ciudad y sus comerciantes mantuvieron su actividad comercial al menos desde diciembre de 1813, como demuestran los registros de la Capitanía de Guerra y Marina; por tanto, y a pesar de la destrucción, Donostia siguió manteniendo su dinamismo comercial apenas pasados unos días desde su casi completa destrucción.

Esa, en definitiva, es la memoria que debería sobrevivir de este Bicentenario que cierra, o debería cerrar, los fastos iniciados con el recuerdo del levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid, que cambió, realmente, el curso de las guerras napoleónicas, como se comprobará en las laderas de San Marcial el 31 de agosto de 1813.


¿Podemos, sinceramente, decir, que esos hechos han sido recordados, conmemorados, honrados?. Desde el campo de la Historia tenemos serias dudas. Por diversas causas, como la mala gestión de un presupuesto municipal que se ha concretado en el desamparo casi absoluto de la investigación histórica, o el fomento de interpretaciones totalmente pseudohistóricas de hechos verdaderamente complejos como los descritos tanto en este último balance de la penúltima campaña de las guerras napoleónicas, como en los doce artículos anteriores. Unos que, tal y como se recordaba al iniciar esta serie que hoy concluye, todos los interesados deberían conservar para tener un retrato mínimamente histórico de esos hechos que se ha intentado conmemorar a lo largo de este año 2013 a riesgo, a fecha de hoy, de no disponer de nada mejor para llenar los anaqueles de sus bibliotecas como obra de referencia sobre lo que realmente ocurrió en San Sebastián, en la frontera pirenaíca, en Navarra… durante la penúltima campaña de las guerras napoleónicas que dieron comienzo a ese mundo tan distinto del de 1813, en el que hoy vivimos.

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La penúltima campaña de las guerras napoleónicas (XII). ¿Aliado a las puertas?. Sobre la conducta de británicos y portugueses en San Sebastián (31-08-1813)
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Carlos Rilova | 02-09-2013 | 10:58| 26

Por Carlos Rilova Jericó

Este sábado, al fin, se cumplió el bicentenario redondo tanto de la decisiva batalla de San Marcial como del asalto, quema y destrucción de San Sebastián el 31 de julio de 1813, culminando así la batalla por esa ciudad estratégicamente fundamental y por el control total del territorio peninsular por parte del ejército aliado hispano-anglo-portugués, a excepción de algunas guarniciones napoleónicas aisladas en Santoña, Pamplona, Cataluña…

Los hechos que se desencadenan en San Sebastián a partir de la una de la tarde del día 31 de agosto de 1813, cuando los soldados británicos y portugueses han logrado rebasar las brechas abiertas en la muralla de la ciudad por un casi constante fuego artillero, han sido contados hasta la saciedad: Napier, Gómez de Arteche, Luis Murugarren, más recientemente Javier Sada o Fermín Muñoz Echabeguren… Es decir, todos aquellos que, de un modo u otro, han escrito la Historia -strictu senso- del San Sebastián de aquella época, han tratado ya de esta cuestión.

Incluso a veces se ha hecho abordándola desde nuevos ángulos. Como ocurrió en esta página hace un año exactamente de mano del profesor Álvaro Aragón y del que estas líneas escribe.

Aún más, esta semana pasada ha concluido un exitoso curso de verano organizado por la Universidad del País Vasco y el Ministerio de Defensa con notable éxito de publico y en el que grandes especialistas en la materia -militares como el coronel Juan José Sañudo, el teniente coronel José Manuel Guerrero…- y civiles -Juan Pablo Fusí, Luis Castells Arteche, José María Díaz de Orruño, José María Portillo, Félix Luengo, el premio príncipe de Asturias Miguel Artola, entre otros… -  han abordado esa cuestión y otras relacionadas con el polémico desarrollo de esa penúltima campaña -tan decisiva- de las guerras napoleónicas que, a lo largo de dos meses, desde finales de junio a finales de agosto de 1813, fue reduciendo el escenario de enfrentamiento entre aliados y ejército napoleónico a una estrecha franja en torno a San Sebastián y la frontera del Bidasoa.

Así las cosas, cabría preguntarse si es necesario, o siquiera posible, añadir algo más a ese fatal desenlace de la batalla de San Sebastián hoy tan traído y llevado. La respuesta a una pregunta así es que sí, que es inevitable añadir algo más.

En primer lugar porque todo lo dicho sobre esa cuestión debería considerarse, desde la perspectiva del historiador, más que como un final de camino, sólo como un nuevo avance hacia un mayor conocimiento de esa cuestión, hasta ahora menos trabajada de lo que se creía, a la vista de las preguntas tan enconadas que aún suscita y de la cantidad de documentos -centenares y centenares de folios- con información sobre esos hechos que aún no ha sido difundida.

De hecho, incluso algunos documentos ya editados contienen datos que apenas si podemos considerar difundidos por el modo en el que han quedado eclipsados. Es el caso de los 79 testimonios de donostiarras supervivientes a la masacre iniciada el 31 de agosto de 1813 que acabó con la destrucción de la ciudad.

Los que leyeron el artículo número XI de esta serie, publicado la semana pasada, ya estarán en antecedentes de las razones políticas que últimamente han llevado a que ese interesante documento, esos 79 testimonios, no haya podido revelar todo lo que podía revelar sobre ese controvertido final de la batalla de San Sebastián el 31 de agosto de 1813. Quienes no hayan leído ese artículo número XI deberán leerlo o sacar sus conclusiones a partir de lo que se dirá en éste.

Unos y otros, en cualquier caso, deben saber que la lectura atenta de esos 79 testimonios revela -como no podía ser menos- datos verdaderamente importantes respecto a ese atroz final que tuvo, ahora hace doscientos años, la batalla de San Sebastián el 31 de agosto de 1813. Siempre, claro está, que ese documento se aborde con espíritu crítico y con los instrumentos propios de la ciencia que es la Historia, no como si fuera un pasatiempo o un juguete político más peligroso de lo que se cree.

En efecto. En primer lugar la lectura completa de esos 79 testimonios revela que tanto los oficiales como los soldados británicos y portugueses implicados en la toma de San Sebastián el 31 de agosto de 1813, quedan claramente divididos en dos grupos desde el primer momento.

Están por un lado los que se comportan de una manera feroz, incluso inhumana teniendo en cuenta que se enfrentan con civiles desarmados y no con Infantería de línea napoleónica, como ha ocurrido hasta el momento en el que se ha asaltado, con éxito, una de las brechas abiertas en los baluartes de San Sebastián. Es un grupo claramente definido en esos 79 testimonios que, en cualquier caso, se encuentra muy lejos de lo que pueda significar, ni siquiera remotamente, la palabra “aliado”. Su comportamiento, desgraciadamente, ha sido sobredimensionado en las polémicas un tanto artificiosas surgidas en torno a esos días de horror que siguen a la victoria aliada en la batalla de San Sebastián.

Ese sobredimensionamiento ha conducido a un falseamiento de esos desgraciados hechos históricos por omisión. Una omisión que, de manera casi imperceptible, está llevando a construir un  recuerdo colectivo bastante tosco del que resultaría que todos -sin excepción- los soldados angloportugueses que toman la ciudad el 31 de agosto de 1813 se habrían comportado de ese modo brutal y cobarde (insisto una vez más en que vuelven armas contra civiles indefensos).

Una omisión que, por otra parte, está llevando a caricaturizar a ese aliado convertido en enemigo en la tarde del 31 de agosto de 1813, convirtiéndolo en un monstruo simiesco -similar al de la propaganda de guerra- con el que no cabría más interpretación ni análisis histórico para averiguar quién exactamente se comportó cómo -y por qué- en los momentos de saqueo, muerte y horror generalizado que siguen a la victoria aliada del 31 de agosto de 1813, algo que, naturalmente, el historiador no debe permitir.

A ese respecto sólo indicaré un único ejemplo para que puedan calibrar hasta qué punto conocemos o no el comportamiento de esos soldados y oficiales británicos y portugueses que actuaron de forma verdaderamente inmunda el 31 de agosto de 1813 y días subsiguientes.

El dato en cuestión nos lo da el testimonio del comerciante donostiarra José Manuel de Bereciarte, octavo testigo de esa relación de 79. Tras robar, golpear, amenazar y disparar tanto contra él y su familia como contra otras dos que se habían refugiado en esa casa, violan a las mujeres. El acto es tan brutal que, como señala el testigo, un soldado portugués le obliga a sujetar una vela para alumbrarle mientras se efectúa la violación de todas las mujeres refugiadas en su casa.

No cabe duda, por detalles como ése, la clase de degradación mental a la que han llegado algunos de esos soldados, rozando los límites de un comportamiento que hoy se definiría como propio de un psicópata. Es decir, el de alguien indiferente al sufrimiento ajeno.

Sin embargo, no es esa la única lectura que ofrece a ese respecto ese testimonio. Tras esa violación colectiva algunos de esos soldados exigen a esas mujeres algo que revela, mucho mejor, hasta qué punto había llegado la degradación moral de aquellos soldados portugueses y británicos que alegaron tener órdenes -o actuaron como si las tuvieran- de arrasar la ciudad. Es decir, no sólo se conforman con obtener sexo de manera violenta y brutal, física, de esas mujeres, sino que las amenazan con la muerte si, además, no les facilitan algo que demuestra que esos hombres fueron alguna vez personas con una vida familiar estable y unos afectos normales -humanos incluso podríamos decir-. A saber: que duerman junto a ellos. Como si se tratase de sus esposas o de sus amantes. Las mismas que, quizás, llevaban años sin ver. Años de embrutecimiento, en medio de una guerra devastadora, en ocasiones sin cuartel, que los había reducido a ese estado más o menos bestial en el que aún queda ese destello de humanidad, reflejado en esa repelente búsqueda de afecto en mujeres a las que acaban de tener a la fuerza.

Como vemos, las lecturas sesgadas y apresuradas de determinados documentos llevan a error a la hora de calibrar correctamente lo que pudo pasar en determinadas coordenadas de tiempo y espacio. En este caso San Sebastián el 31 de agosto de 1813. En definitiva, para el historiador, y para los lectores de Historia, deberían ser tan importantes los desgarradores sufrimientos de las víctimas, como el estado de desquiciamiento personal -o de maldad en estado puro, sin otro motivo que la borrachera de poder que da el ejercerla- que los genera. Todo lo demás debe ser descartado como simple y pura visceralidad que, además de no ser válida como conocimiento histórico, en el peor de los casos, sirva para generar, y justificar, más violencia de signo contrario pero igual de degradante.

Las lecciones que a ese respecto pueden ofrecer esos 79 testimonios no acaban ahí. Otro conocimiento útil -de hecho imprescindible para escribir la Historia de esos hechos- es el de permitir distinguir claramente a través de esos testimonios otro grupo entre los soldados angloportgueses que toman San Sebastián el 31 de agosto de 1813 que, aún a pesar de haber pasado por circunstancias muy similares a las del grupo descrito en el testimonio de Bereciarte, se comportan de un modo opuesto. Un detalle que, por supuesto, es otra faceta de esos hechos históricos que se debe tener presente y subrayar adecuadamente.

Es el caso, por ejemplo, de un granadero británico que se enfrenta con sus propios compañeros, negándose a que roben y maltraten a una pareja de la burguesía donostiarra, el tesorero de la ciudad Pedro Ygnacio de Olañeta y su mujer.

Especialmente digno de elogio y de ser sacado a la luz más de lo que ha sido sacado, es el testimonio de otro buen burgués donostiarra atrapado en aquellas difíciles circunstancias, el corredor de navíos mercantes Antonio María de Goñi, que nos habla de dos oficiales, un anónimo británico y el alférez portugués de un regimiento de tiradores de élite, el octavo de Caçadores, José Carrasco. Éste último ayuda a Goñi en varias ocasiones. La primera tiene lugar el mismo 31 de agosto, cuando tras agasajar a los soldados aliados que entran hasta la calle de la Trinidad -hoy, precisamente, 31 de agosto-, estos saquean su casa y le atacan -indistintamente británicos como portugueses- a pesar de la condición de español -y por tanto aliado suyo- que exhiben Goñi y su familia como una especie de salvoconducto.

Goñi, viendo esto, saldrá a la calle en busca de un oficial que pare esos excesos y, como él mismo dice, tendrá la suerte de encontrarse con el alférez Carrasco, que evitará la violación de la criada de Goñi y lo conducirá a él, a su madre, a su tía, a la citada criada y tres mujeres más hasta la casa en la que se aloja el que el documento llama “general Esprey”. Desde allí el coronel del regimiento portugués número 15 mandará al alférez que acompañe a Goñi a ver al general británico al mando de las tropas, que en esos momentos está en el café del Águila. En compañía de esos oficiales lograrán detener en la calle de la Escotilla -la actual San Jerónimo- a unos soldados aliados que están tratando de quemar una casa.

Posteriormente Carrasaco, en compañía de un oficial británico cuyo nombre no recuerda Goñi, apalearan a sablazos a un  grupo de soldados que trataban de forzar a dos muchachas refugiadas en  la casa 209 de la calle de la Trinidad, hoy 31 de agosto.

Goñi, sin embargo, indica que no vio poner patrullas para controlar semejantes desordenes, lo cual le llevó a abandonar la ciudad gracias a la protección obtenida por esa oficialidad que, indiscutiblemente, trata de hacer todo lo que está en su mano para detener esos desmanes.

Algunos oficiales británicos, concretamente dos capitanes del regimiento 9º de línea británico señalan a otro de esos 79 testigos, a quien también protegerán hasta dónde les es posible, que es imposible hacer nada…

Algo que, naturalmente, y dado el grado de enconamiento al que ha llegado la discusión entre Historia y Política acerca de esta cuestión de los hechos del 31 de agosto de 1813, suscita la pregunta de hasta qué punto nos podemos fiar de palabras así o debemos considerarlas una mera excusa.

La respuesta, al menos en parte, puede estar en un documento del Archivo General de Gipuzkoa, conservado bajo la cifra JD IM 3/14/178.

En él se describe la Historia, en absoluto conocida, de uno de los vecinos -accidentales en este caso- de la ciudad de San Sebastián que logra escapar indemne gracias a la ayuda que solicita, y obtiene, de un soldado británico de los que toman la ciudad.

El interesado era el herrero de origen francés José Alliand, natural de Chateauneuf en el Departamento de la Drome (sic) que, tal y como certifica el secretario del nuevo Ayuntamiento constitucional de Rentería, está trabajando en esa villa desde el 8 de septiembre de 1813. Sencillamente porque se presentó con un soldado británico que les dijo a las autoridades competentes de esa villa que aquel hombre debía quedar allí y trabajar como herrero, porque así lo mandaba su comandante…

Algo que a finales de ese mismo mes se descubre ser una completa y absoluta mentira. Una jugarreta más perpetrada no sólo en esa ocasión, sino al menos en otras siete por diferentes soldados británicos, que se las arreglan para sacar prisioneros de los depósitos de San Sebastián en los que han quedado tras la capitulación de la ciudad bajo acuerdos similares al que cierra José Alliand con aquel desconocido soldado británico, que se muestra como un generoso benefactor riéndose -esta vez para favorecer a un prójimo- de las órdenes dadas por sus oficiales superiores.

En este caso un irritado mylord Wellington que lo hará saber del modo más contundente, advirtiendo a las autoridades civiles que no admitan semejantes apaños, pues él ha prohibido tajantemente que ningún francés con origen en San Sebastián pueda salir de esa plaza…

Una prueba que, evidentemente, nada excusa, como decía sir Wiliam Napier, del infame comportamiento de otros soldados -no todos, no lo olvidemos- bajo ese mismo mando británico en la ciudad de San Sebastián a partir de la una de la tarde del 31 de agosto, pero que, al menos, explica con más rigor qué es lo que pudo pasar en esa ciudad hace ahora dos siglos, cuando el ejército aliado, al fin, logra romper las líneas francesas que lo han retenido desde el 28 de junio de ese año en una incierta y tensa situación, dentro de un cuadrado formado por fortalezas en poder del ejército napoleónico.

Uno en el que se debía vencer en una gran victoria como la que tiene lugar el 31 de agosto de 1813 en San Marcial, o sucumbir y ser arrollado por un triunfante mariscal Soult.

 

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