Diario Vasco
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Algo sobre la Historia del derecho a la propia imagen y una pequeña historia de salteadores de caminos (1978-2016)
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Carlos Rilova | 31-10-2016 | 11:03| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Hay un artículo de la Constitución española del año 1978 (el 18 del Título I) que protege, entre otros derechos que incluso nos pueden parecer anacrónicos -como el honor- el derecho a la propia imagen.

Así dicho parece que eso no tenga ninguna importancia histórica, que nada aporte a una publicación que se llama, a sí misma, el correo de la Historia.

Pues no. Ese artículo 18 del Título I de la Constitución de 1978 es verdaderamente revolucionario, pues extiende democráticamente un derecho que, como tal y en la práctica, no existía -como el del honor- para la mayoría hasta bien entrado el siglo XX.

Aprovechando que este sábado pasado concluía en Vitoria un encuentro de fotógrafos que trabajan con las técnicas del siglo XIX, y estuve por allí aprendiendo unas cuantas cosas, vamos a indagar un poco en ese campo nuevo de la Historia que se ha llamado, precisamente, “Historia de la imagen”. En principio dicho campo de investigación histórica no tiene demasiado misterio. Se trata de utilizar las imágenes como fuente de información.

Algo que resulta más fácil a medida que avanzamos por la escala cronológica desde las pinturas rupestres, hasta la era de los móviles con cámara y del palo de “selfies”.

¿Qué podemos aprender, históricamente hablando, de estudiar esas imágenes?. Intentaré resumir. Hasta la llegada de las cámaras fotográficas primitivas, como las que tuve ocasión de ver en funcionamiento en el Palacio de Montehermoso este sábado pasado, la mayor parte de la Humanidad carecía de una imagen propia que proteger del modo en el que la Constitución española de 1978 trata de protegerla.

Salvo contadas excepciones, la mayor parte del género humano no disponía de retratos individualizados hasta la llegada de esos artefactos. Y todavía después la cosa siguió estando bastante complicada. Pongo un ejemplo que puse este mismo jueves pasado en una conferencia que impartí para la Asociación Eragin en San Sebastián.

La conferencia en cuestión versaba sobre la vida de Cristina Brunetti, duquesa de Mandas y Villanueva y esposa, desde 1859, de un eminente victoriano donostiarra, Fermín Lasala y Collado. Más conocido como duque de Mandas desde la última década del siglo XIX, título que obtendrá gracias, precisamente, a ese matrimonio con Cristina Brunetti.

En el momento en que montaba la batería de imágenes para esa conferencia percibí, con total claridad, lo que ya sabía subliminalmente. Es decir, que incluso los muy ricos y poderosos (como era el caso de Cristina Brunetti y su marido) no disponían, ni siquiera en la era de la fotografía, de demasiadas imágenes que proteger.

De ella sólo hay tres. Una en una foto de grupo en la que aparece sentada junto a su marido, en pie tras ella en posición egregia. Hoy es parte del archivo general guipuzcoano en el fondo Duque de Mandas que él legó a la Diputación guipuzcoana a su muerte, en 1917. La otra imagen de Cristina Brunetti está colgada en la página de la Fundación Medinacelli que se dedica a recopilar fichas de la nobleza española. Se trata de una placa de mediados del siglo XIX, quizás de hacia 1860, en la que se puede apreciar una belleza que la hizo legendaria en su época dentro de su círculo familiar y finalmente contamos con un retrato suyo realizado por Palmaroli que data de finales del siglo XIX y es hoy parte de los fondos del Museo San Telmo de San Sebastián.

Eso es todo. Eso y que su marido dejó para la posteridad algún material fotográfico y pictórico más, pero no demasiado.

Comparen eso con los miles de imágenes que tiene hoy día cualquiera. Desde esas de bebé que las madres se empeñan en mostrar en las reuniones familiares para oprobio del interesado o interesada ya en edad adulta, hasta las sacadas durante un puente como el que da comienzo a esta primera semana de noviembre. Evidentemente, así las cosas, un artículo como el 18 -del Título I- de la Constitución de 1978 tiene hoy, y en ese año, todo el sentido del Mundo. Pero no 40 o 50 años antes.

En efecto, como ven por el caso de Cristina Brunetti y su marido Fermín Lasala y Collado, tener una imagen antes de la popularización de las cámaras fotográficas personales desde mediados del siglo XX, era realmente difícil para la mayor parte del género humano. Por suerte otra documentación permite paliar, aunque sea en parte, ese déficit.

Así es, muchos documentos de archivo contienen descripciones de gentes -generalmente audaces- que vivieron en épocas en las que ni siquiera existían las primitivas cámaras de placas de cristal y sales de plata, como las que funcionaron en Vitoria este sábado a pleno rendimiento. Hablo de épocas en las que sólo se aparecía en imagen si se era miembro de la aristocracia, de la realeza, de la burguesía bien acomodada o, como mucho, se era parte -por supuesto anónima- de un cuadro multitudinario en el que el artista reflejaba una batalla o algún otro acontecimiento que alguna mano poderosa quisiera inmortalizar por medio de un óleo.

La excepción a esta pauta eran las descripciones contenidas en procesos judiciales que trataban de dar con algún malhechor. Ya me ocupé de esta cuestión en el año 2013, con el caso de Miguel Antonio de Goiburu. Perfectamente descrito en un proceso de 1815 en el que se le buscaba por ser sospechoso de, como muchos antiguos soldados de las guerras napoleónicas, haberse dedicado al bandolerismo.

Gracias a esa descripción yo pude reconstruir al menos su aspecto exterior, sus ropajes. Lo mismo hice en su momento con algunos otros viejos soldados que habían tomado el mismo camino que él y que actuaron entre territorio guipuzcoano y alavés en el año 1815, durante los llamados “Cien Días”.

En su caso, y gracias al proceso que se formó para dar con ellos, era posible reconstruir no sólo su vestimenta sino el que podría haber sido su aspecto físico. Por razones obvias de espacio me centraré sólo en uno de ellos verdaderamente llamativo. Según la descripción era un hombre que hablaba en euskera con acento de Tolosa, vestía una chaqueta corta de aspecto militar, de color negro o azul oscuro, y un pantalón negro de rayas. Se tocaba con una gorra de copa plana rematada con una cruz (muy similar a las que en esas fechas usaba el reconstituido Ejército prusiano, aunque la descripción no es tan minuciosa a ese respecto) y calzaba abarcas. Aparte de eso portaba una pistola, cartuchera y una escopeta para, obviamente, desvalijar a sus futuras víctimas bajo esa amenaza. Además se le describía como un hombre de barba cerrada y roja, ojos claros, de unos 36 años y de altura normal.

Él y otros compañeros, desplegándose en el camino que salía desde Vitoria hacia el Norte con una destreza que recordaba, en efecto, a veteranos de las guerras napoleónicas, desvalijaron de un considerable botín a Su Alteza Real el duque de Borbón, el 18 de abril de 1815, entre las 12 y la una de la tarde de aquel día.

Su Alteza, que tuvo una vida ciertamente novelesca, como de folletín de Dumas, perdió en ese asalto una considerable parte de su fortuna que había traído consigo a España cuando Napoleón escapó de Elba y quiso ajustar cuentas con Luis XVIII y su familia, de la que el duque era una parte considerable.

El duque no perdió su imagen, desde luego, porque en ese convoy no había cuadro o grabado alguno de los que mandó hacer para que quedase memoria de una vida que acabó de forma rocambolesca, pero gracias a este notable episodio sí fue posible, dos siglos después, reconstruir la imagen de ciertas personas que, de otro modo, como muchos otros millones anteriores a la era del teléfono con cámara, carecieron de ella y, por supuesto, no tenían derecho alguno que reclamar sobre ella, como sí nos lo reconoce la Constitución de 1978.

Quizás gracias a esa incapacidad para generar “selfies” posando junto al cuantioso botín, este bandido y sus cómplices lograron escapar con él sin que nunca más se supiese (hasta la fecha de hoy al menos) de ellos ni de aquella parte de la millonaria fortuna del duque de Borbón…

 

Campaña de mecenazgo

Durante varias semanas el correo de la Historia ha sido uno de los medios de comunicación de los que la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” se ha servido para dar a conocer su proyecto de redacción de una nueva Historia de Gipuzkoa que estuviese a la altura de la que ya poseen, desde hace años, otros países y territorios de nuestro entorno.

Nos es grato anunciar hoy que ese objetivo ha sido cumplido con creces. Una ocasión que aprovechamos para agradecer a otros medios su ayuda para lograr ese objetivo y a nuestros 122 mecenas su imprescindible colaboración.

A partir de hoy quedan todavía 34 días en los que, quienes así lo deseen, aún pueden engrosar ese número de mecenas que harán posible nuestra nueva Historia de Gipuzkoa a través del proyecto de Crowfunding lanzado por la Diputación Foral de Gipuzkoa y gestionado a través de Goteo.org. Una posibilidad que puede conocerse mejor a través de este enlace  https://www.goteo.org/project/historia-de-gipuzkoa

 

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No se fíen de las “grandes” fechas de la Historia: De la Paz de Westfalia en 1648 a la batalla de Trafalgar en 1805…
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Carlos Rilova | 24-10-2016 | 08:28| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy se cumplen 368 años de la firma de la Paz de Westfalia, sellada por múltiples dignatarios europeos un 24 de octubre de 1648.

Me ha parecido, por tanto, una gran ocasión para dedicarle a estas cuestiones de las efemérides históricas, y su alcance, este nuevo correo de la Historia.

Me he decidido por este tema por lo que vi y viví este viernes pasado. Resulta que en tan señalado día se cumplían 211 años de la batalla de Trafalgar, que tuvo lugar un 21 de octubre de 1805.

En las redes sociales tuve ocasión de asistir, con renovado estupor, a la repetición de “tuits” que recordaban las desgracias de ese día. Por ejemplo, algo que toca muy de cerca a esta tierra guipuzcoana desde la que escribo: la muerte de Churruca en esa batalla. También se habló mucho de la superior capacidad de fuego de las baterías británicas sobre las españolas. Por ejemplo, las del Santísima Trinidad, que sólo hacían un disparo por cada tres que podían realizar los británicos.

Los “tuits” anglosajones eran aún más contundentes. De hecho, me resultaban fascinantes como historiador. Repetían, con menor o mayor autoridad académica detrás, que esa batalla supuso el dominio de los mares por parte de Gran Bretaña. En fin, que, pese a la muerte de Horatio Nelson, aquello fue una gran y magnífica derrota a la que poner cuatro ruedas, por así decir, e ir enseñándola por el Mundo. En cómics, novelas históricas, platós de Televisión y Cine, documentales, etc…

Pues sí, era realmente fascinante ver a mucha gente interesarse por la Historia y realizar actos mágicos, de Numerología o algo parecido, con esos hechos, con esas cifras supuestamente rotundas (1805, pero hoy también 1648), absolutamente históricas en el sentido más popular que se da a ese adjetivo.

Sí, históricas en tanto en cuanto quienes aludían a ellas parecían querer dar a entender que en esas fechas, el 24 de octubre de 1648 o el 21 de octubre de 1805, ocurrieron cosas que variaron el curso de la Historia de manera absolutamente radical.

Así, por ir por orden cronológico, se supone que con la firma de la paz de Westfalia hace hoy 368 años,  España perdía su hegemonía sobre Europa, cediendo el testigo a Francia.

La realidad, vista desde los hechos históricos, no puede ser más discutible. La Francia de Luis XIV, o más bien del cardenal Richelieu y su aplicado discípulo, el también cardenal Mazarino, distará mucho de lograr ese objetivo de dominio sobre Europa.

De hecho, la guerra con España deberá continuar once años más, hasta que en 1659 ambas potencias, que desde 1648 se han combatido prácticamente en solitario, acuerdan firmar una paz -la de los Pirineos- que más bien resultará una tregua, pues la corona española no está dispuesta a ceder ni un palmo. Ni en la mesa de negociaciones de la Isla de los Faisanes, ni después, encabezando, y financiando con su control del flujo de plata mundial, toda una serie de alianzas europeas contra Luis XIV y sus aspiraciones de dominio universal.

El punto más alto de esa estrategia llega en 1697, con la llamada Paz de Ryswick en la que Luis XIV constata el estado ruinoso en el que está quedando Francia, tras soportar las sucesivas guerras que han sostenido en contra de sus ambiciones diversas coaliciones, financiadas y apoyadas militarmente por España.

Una estrategia que traerá no pocas sorpresas a algunos leales súbditos de la corona española. Como los próceres guipuzcoanos que descubren al principio de la Guerra de Holanda (1672-1678) que una gigantesca flota de guerra de esa nacionalidad -holandesa- entrará en el Puerto de Pasajes no como enemiga, sino como aliada en contra del adversario común: la Cristianísima Majestad de Luis XIV, rey de Francia y de Navarra…

En el caso de la batalla de Trafalgar, por seguir el estricto orden cronológico, ocurre otro tanto. Apenas tres años después de que haya tenido lugar esa “definitiva” victoria sobre Napoleón y su aliada de esos momentos, la España de Carlos IV, en Londres se espera ansiosamente que ocurra algo en el continente que detenga -de una vez por todas- a un Napoleón al que (como se sabe bien en Gran Bretaña) la Royal Navy no podrá detener indefinidamente y contra el que esa potencia no cuenta prácticamente con ningún ejército de Tierra que pueda oponerse a sus bien fogueadas y veteranas tropas.

En julio de 1808 brillará, al fin, ese rayo de esperanza que el gobierno de Londres llevaba mucho tiempo esperando: la Infantería pesada de su antiguo enemigo en Trafalgar -esto es: el reino de España- se enfrenta con esas tropas napoleónicas y demuestra que se les puede vencer. Al menos si se sabe como volver contra ellas sus propias tácticas…

Ese fue el verdadero alcance de la victoria de Trafalgar. Es decir, el de que Gran Bretaña necesitará, finalmente, que sus antiguos enemigos se vuelvan contra Napoleón para cuando, más pronto que tarde, la espesa red tendida por la Royal Navy victoriosa fuera rota por las tropas napoleónicas. Quedando así abiertas las playas de Dover al desembarco de miles de efectivos que no habrían tardado en aplastar la débil resistencia de un Ejército británico que, desde luego, estaba muy lejos de ser el que se forjó durante la Guerra de Independencia española, apoyado en la enconada estrategia de desgaste puesta en marcha por los patriotas españoles desde julio de 1808.

Como ven una buena materia de reflexión para tal día como hoy, en el que se firmó una paz, la de Westfalia, que, como hemos comprobado, habría tenido un alcance histórico más limitado que el que algunos van a intentar darle -como a la batalla de Trafalgar- en sólo 140 caracteres aprovechando esa circunstancia.

 

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

Quienes tengan interés en formar parte de ese proyecto como mecenas o financiadores del mismo, pueden consultar una información más amplia en este link  https://migueldearanburu.wordpress.com/proyecto-de-mecenazgo-para-la-historia-de-gipuzkoa/

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¿Y la Leyenda Negra?. ¿Bien, gracias? (1516-2016)
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Carlos Rilova | 17-10-2016 | 09:48| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No descubriré América si digo que esta semana pasada ha vuelto a celebrarse el Descubrimiento del citado continente. Ocasión una vez más aprovechada para celebrar -o algo así- el Día de la Fiesta Nacional en España.

Cómo no, también una vez más, la Historia de ese atribulado país se ha convertido, en tan destacada fecha, en arma arrojadiza de tirios y troyanos.

Así, desde el extraño Progresismo español de nuevo cuño que nos dice va a resolver todos nuestros problemas -con recetas algo raras a veces, por ejemplo aboliendo la familia y sustituyéndola por la tribu…- se ha aprovechado, otra vez, para decir que no hay nada que celebrar el 12 de octubre, que esa fecha es el inicio del expolio de América y sus habitantes nativos.

Los “opiniónologos” alineados (se supone) con lo que podríamos llamar cierta ideología de la Derecha española “de toda la vida” (aunque en realidad data del año 1914 más o menos y es un ente, lo sepa o no, auspiciado por potencias extranjeras) ha respondido, sublevada (una vez más en los últimos ochenta años), que ese día es el día en el que América descubrió la verdadera Fe (la católica, apostólica y romana), que sólo por eso debían estar agradecidos los nativos americanos y que quien se considere español debe celebrar esta fiesta exclusiva y excluyentemente bajo esas premisas…

El Progresismo español de viejo cuño no ha dicho gran cosa respecto a unos argumentos ni respecto a otros. Más o menos como el Centro de viejo y nuevo cuño.

El historiador, en cualquier caso y un poco estomagado, se ha llevado la impresión de un cuadro de una ranciedumbre -a izquierda y derecha- bastante impresionante y, sobre todo, la sensación de una pérdida de tiempo, dinero y energías colectivas preocupante en un país que lleva años desangrando su propia inteligencia, enviándola -y no precisamente en sentido figurado- a fregar suelos a “Europa”.

Sí, una vez más, lo que más he echado en falta en este 12 de octubre es un discurso mínimamente coherente, veraz y reflexivo históricamente.

Sí, una vez más, he visto que la intelligentsia española, de todo color, se ha dedicado a tirarse a la cabeza toda clase de trastos mostrencos en lugar de marcar ese 12 de octubre como el punto en el que iban a sentarse a discutir razonablemente, y poner en hechos, un discurso que desarmase otro mucho más potente, que está convirtiendo ese país en el que todos ellos viven en una verdadera piltrafa.

Los rastros históricos de ese discurso que todas las cabezas pensantes, todos los “creadores de opinión”, de España, deberían aprovechar para combatir cada 12 de octubre, son recientes y, por lo tanto, sumamente influyentes en la actualidad.

Hay un ejemplo verdaderamente llamativo. Hablemos de él. Se trata de una serie de Televisión de los años setenta, de factura francesa, y con la que muy probablemente se educaron quienes ahora ocupan subsecretarías y algún que otro ministerio.

Su título fue “Érase una vez el hombre” y contaba, en varios capítulos de dibujos animados un tanto planos, la evolución de la Humanidad desde la Prehistoria hasta la Era espacial.

El episodio 15 y los dos que le seguían son particularmente llamativos para el caso que nos ocupa. Describen uno la conquista de América por los españoles y los otros dos la Inglaterra de Isabel I y la creación de la República de Holanda a partir de la rebelión contra España, allá a finales del siglo XVI, durante el reinado de Felipe II.

“Érase una vez el hombre” era una serie muy didáctica y muy puesta al día de aquellos maravillosos años setenta. Aún hoy día se puede palpar en las imágenes -aunque sea en los fascículos que se comercializaron en su día aprovechando el éxito televisivo- su frescura, su jovialidad, el desenfado con el que trataba los hechos históricos y la manera fácil y didáctica de hacérselos llegar a los niños y menos niños. Nada que ver, desde luego, con la escuela repetitiva y de “la letra con sangre entra”.

Sin embargo, el mensaje que transmiten episodios como esos no tenía nada de moderno, ni de progresista, bajo esa envoltura que sí parece moderna y progresista.

En efecto, el episodio 15, dedicado a la conquista española de América, está claramente inspirado -salvo en muy pocos matices- en la Leyenda Negra aventada primero por los rebeldes holandeses y luego por franceses y británicos entre el siglo XVI y el XIX. Así se aprendía fuera de España (porque TVE se negó a emitir ese episodio aunque lo financió…), que la conquista española de América fue un episodio oscurantista, luctuoso, en el que se barrieron grandes civilizaciones como la azteca sólo para satisfacer, en definitiva, a hidalgos fanfarrones y que no querían ni oír la palabra “trabajar”, que sólo sabían saquear y atesorar el oro y la plata de América, o, como mucho, encargar cuadros al Greco…

El episodio siguiente, el 16, era pura propaganda elisabetiana. Así, la mayor parte de él se dedicaba a cantar las alabanzas de Francis Drake y su vuelta al Mundo en 1578, ninguneando la primera de ellas. La culminada por Juan Sebastián Elcano. Asunto al que esta serie apenas le concedía algunas escenas en el episodio 15.

Finalmente el episodio 17, el que glosaba el nacimiento de las Provincias Unidas holandesas, describía un capítulo positivo, de progreso de la Humanidad gracias a esa pequeña y valiente nación que, haciendo grandes descubrimientos científicos, se extendía por todo el mundo, convirtiéndose en un vasto imperio comercial…

De los tres episodios que, en definitiva, no hacían sino repetir la propaganda de guerra holandesa puesta en marcha por Guillermo de Orange (antes de morir a manos de un sicario de Felipe II), se eliminaban matices tales como que las altas civilizaciones precolombinas -la azteca por ejemplo- hacían sacrificios humanos y practicaban el canibalismo ritual. O, por no hablar otra vez de las corruptelas y sonadas derrotas de sir Francis Drake, pasadas por alto por “Érase una vez el hombre”, que el imperio colonial holandés fue no menos cruel de lo que pudo serlo el español. Como está comprobado históricamente por historiadores competentes de toda nacionalidad. Incluida la holandesa.

Bien, ese discurso histórico popular ha calado, que duda cabe. Sigue ahí, de forma subliminal por lo menos y ante él, ya lo ven, el 12 de octubre nada se hace en España sino ahondar la división y la ceremonia de la confusión en la que se convierte, de día en día, con o sin gobierno, esa cuarta economía de la Unión Europea.

Es así evidente que el fracaso de esa nación está siendo un éxito, que todo viene a coincidir -más o menos- con el plan que se le trazó desde fuera de sus fronteras a partir del siglo XVI, convirtiéndola en un país estrambótico, en un apestado internacional ajeno a todo lo que tuviera que ver con Europa. Un desastre intelectual que uno de los últimos intelectuales verdaderamente europeístas que tuvo España, Álvaro Alcalá Galiano -hoy prácticamente desconocido-, ya describía perfectamente en 1915, indicando cómo una gran parte del poder político, intelectual y militar en España, es abducido desde esas fechas para que el país pudiera ser dominado sin siquiera necesidad de ser derrotado militarmente.

A mí, como científico, al fin y al cabo todo esto no me conmueve visceral o emocionalmente. Sí lamento, desde luego, la mala suerte de vivir y tener todos mis intereses materiales en un país que, de día en día, de año en año, de 12 de octubre en 12 de octubre, se parece cada vez más a una ratonera, a un callejón sin salida en el que se grita -cada vez más fuerte- la suicida consigna de “¡Muera la Inteligencia!”. Como parecía darlo a entender -¿o no?- claramente la bandera que cubría a uno de los participantes en ese último desfile militar de 12 de octubre. Una ceremonia que, vista desde la Historia, cada vez parece tener menos sentido, menos razón de ser, en un país como la España actual…

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

Quienes tengan interés en formar parte de ese proyecto como mecenas o financiadores del mismo, pueden consultar una información más amplia en este link  https://migueldearanburu.wordpress.com/proyecto-de-mecenazgo-para-la-historia-de-gipuzkoa/

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“Dicen que vienen los rusos por las ventas de…”. Notas sobre guerras inevitables y guerras realmente estúpidas (1823-2016)
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Carlos Rilova | 13-10-2016 | 11:43| 5

Por Carlos Rilova Jericó

Recapitulemos los hechos tal y como han sido. El incidente tuvo lugar en la última semana de septiembre. Concretamente dos superbombarderos de la Federación rusa Tupolev-160, viajaron por gran parte del espacio aéreo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Una alianza militar de la que, nos guste más o menos, formamos parte desde el año 1986, después de un accidentado referéndum, que, como muchos otros referéndums que en este mundo han sido, y serán, no contentó a todos por igual.

Los dos bombarderos rusos hicieron una verdadera demostración de fuerza, poniendo en situación de ataque a varios cazas de combate de distintos países de esa organización (la OTAN, para abreviar). Entre ellos dos españoles, porque el viaje de los Tupolev terminó en Bilbao…

Un panorama ciertamente inquietante. Más todavía si nos enteramos de la noticia casi dos semanas después. Lo cual es una señal evidente de que se mantuvo en secreto y lo mismo podríamos no habernos enterado nunca. Una política informativa que lleva a temer que, si se ha hecho público algo que ha podido permanecer en secreto durante casi dos semanas, es por alguna muy buena razón.

Es lo que venía a darnos a entender, medio en broma, medio en serio, un comentarista de “El País”, Jorge Marirrodriga, con su artículo sobre el tema en la página de opinión de ese diario del 6 de octubre de 2016.

Decía Marirrodriga que el caso de los dos Tu-160 sobre el Abra bilbaína no es una novedad, que sobre el Báltico hay escaramuzas entre fuerzas aéreas de la Federación Rusa y de la OTAN casi cada semana. Y parece que, como son a gran altura, las posibilidades de enterarse de tales incidentes ha sido nula hasta que se ha destapado la caja de los truenos al revelar -por las razones que sea- el desafiante vuelo de los dos Tupolev 160 desde Noruega hasta Bilbao.

Hasta ahí llega todo lo que yo puedo decir -o más bien recapitular- sobre ese incidente. Sobre la Historia del mismo sí que puedo -y seguramente debo- decir algo más.

Lo primero que me vino a la cabeza al saber del incidente, fue preguntarme qué es lo que estaba pasando en estos momentos por la de los estrategas rusos para incurrir en ese comportamiento desafiante que, si no en el fondo, sí en la forma, parece ir aún más lejos que los peores incidentes de la “Guerra Fría”. Como, por ejemplo, la famosa crisis de los misiles emplazados en Cuba, justo al lado de Estados Unidos.

Obviamente cualquier problema que la Alianza Atlántica -de la que, insisto, formamos parte- pueda tener con la Federación Rusa, no pasa, hoy, por supuestas diferencias ideológicas como las que alimentaron la Guerra Fría entre 1945 y 1989. No. No hay querella ideológica con los rusos de hoy día que justifique que dos superbombarderos suyos se lleguen hasta Bilbao en un claro gesto de amenaza, indicando que pueden borrar del mapa uno de los principales centros urbanos, económicos, financieros… de Europa occidental si quisieran.

La Rusia de hoy día, se diferencia en muy pocos detalles de Occidente tras el colapso soviético a finales del verano de 1989. Pueden encontrarse en Moscú y San Petersburgo, como en Londres, o París, o Bilbao, las mismas tiendas, las mismas cadenas de ropa, los mismos restaurantes de comida rápida o de lujo, los mismos magnates enriquecidos de manera fulgurante gracias a sus habilidades para operar en un mercado globalizado del que, a casi todos los efectos, es parte esa Federación Rusa.

Por supuesto, también se pueden encontrar allí las mismas cotas de miseria y desigualdad que genera ese mismo mercado globalizado, que golpeó duramente a una sociedad -la rusa- perdedora del enfrentamiento entre un modelo económico y otro, donde hubo que aprender, rápidamente, lo que un estado casi omnipotente -el soviético- había estado negando durante 8 décadas, desde 1917.

Así pues, lo que sea que enfrente a la Federación rusa y a Occidente nada tiene que ver con la defensa de dos maneras distintas de ver el Mundo. Como ocurrió entre 1945 y 1989.

O en 1823, cuando en España se temía, más o menos seriamente, que las tropas rusas -tenidas por casi invencibles desde 1812 hasta los sucesivos desastres de los Lagos Masurios en 1914 y 1915- llegasen no ya hasta Bilbao, sino hasta las afueras de Madrid, hasta Alcorcón, como decía la copla burlesca que da título a este nuevo correo de la Historia. En ese caso para acabar con el régimen parlamentario español e imponer de nuevo a Fernando VII como una especie de zar meridional, con los mismos poderes absolutos y despóticos que usaba su gran amigo. El zar Alejandro I, amo casi absoluto de Europa tras la derrota de Napoleón.

No, el enfrentamiento actual entre la OTAN y Rusia tendría que ver más bien con lo que ocurrió en 1914. Es decir, una guerra entre estados con sistemas políticos y económicos muy similares que disputaban entre ellos por el control del Mundo y sus recursos.

La Federación Rusa quiere una parte de ese pastel, como la quería el káiser Guillermo II en 1914. Un pastel en el que se incluye también una fuerte dosis de orgullo patriótico ruso herido, que quiere hacerse valer en Washington, Londres… Basta con ver películas rusas postsoviéticas, como “La espada del rey” o “El almirante”, para darse cuenta de la clase de nacionalismo que se ha exacerbado en ese país desde el colapso soviético.

Con ese combustible -casi el mismo que llevó a la muerte a miles de soldados rusos en los Lagos Masurios en 1914 y 1915- se alimenta esta guerra -hasta ahora sorda y fría- que tanto se parece a aquella guerra en definitiva absurda que fue la “Gran Guerra” o Primera Guerra Mundial. Donde una serie de faltas de tacto y diplomacia y el deseo ferviente de imponerse por medio de la guerra y la violencia (sobre todo por parte de la Alemania imperial) llevaron a un enfrentamiento que liquidó a aquella opulenta Europa de la “Belle Époque”. Rica, culta, sofisticada, pero incapaz, al final, de expresarse y resolver graves conflictos sociales, políticos y económicos, sin echar mano de la guerra. ¿Verdad que suena realmente absurdo?.

Suena todavía más absurdo si consideramos que, cien años después, no vamos a ser capaces de arreglar estas mínimas diferencias sin llegar a la misma -o peor- debacle a la que llegó una sociedad -la europea de la “Belle Époque”- a la que hoy miramos con superioridad y condescendencia, creyéndonos mejores y más sabios porque en verano nos vestimos con camisetas y gorras en lugar de canotiers y cuellos duros y porque las mujeres ya no usan corsés…

Da que pensar todo esto. Sin duda. Pensemos pues.

 

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

Quienes tengan interés en formar parte de ese proyecto como mecenas o financiadores del mismo, pueden consultar una información más amplia en este link  https://migueldearanburu.wordpress.com/proyecto-de-mecenazgo-para-la-historia-de-gipuzkoa/

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El submarino gris plomo. Historias de la Historia de la “Gran Guerra” (febrero de 1917 en la Costa Vasca)
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Carlos Rilova | 03-10-2016 | 09:00| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Ésta de la que hoy hablaremos aquí, aunque sea sólo breve, resumidamente, es una fracción de la Historia que muchos pensarán fue imposible.

Principalmente porque el escenario en el que tuvo lugar está, valga la redundancia, fuera de lugar. Al menos en un imaginario histórico muy limitado, como ocurre con frecuencia -y no creo que me canse de repetirlo- con el nuestro, el de más allá del Sur de los Pirineos.

El caso ocurrió en el mes de febrero de 1917, cerca de esa famosa cordillera. Fue reflejado en varios periódicos de San Sebastián. En aquel momento una ciudad importante por, entre otras razones más allá de ser un centro de veraneo de élite, ser lo mismo que Berna o Estocolmo. Es decir: una importante capital de un país neutral en la guerra que llevaba ya tres años desgarrando Europa, desde agosto de 1914, y de la que, por supuesto, ya hemos hablado por aquí unas cuantas veces y, espero, habrá ocasión de hablar otras tantas más.

Las versiones que se dieron sobre aquel incidente son de lo más reveladoras. Los periódicos germanófilos como “La Constancia” -ya recordarán que hablé de tan peculiar rotativo no ha mucho- pasaron de puntillas sobre el asunto. Los aliadófilos, o al menos anti-germanófilos, explotaron el tema durante bastantes páginas, ofreciendo toda clase de detalles.

Ese fue el caso de “El Liberal Guipúzcoano”. Su corresponsal en el lugar de los hechos, el puerto de Fuenterrabía (la actual Hondarribia), oyó de primera mano los disparos, desde el fuerte de Guadalupe, donde estaba comiendo con el comandante de esa plaza militar, amigo personal suyo.

Con un olfato periodístico digno de Pulitzer, el corresponsal de “El Liberal Guiúzcoano” corrió a informarse al puerto, ya que los disparos, de Artillería por cierto, procedían del mar.

Allí se encontró con varios patrones de pesca hondarribiarras a los que conocía personalmente. Incluso por sus apodos (Cashimiro “Póthoa”, por ejemplo), que le contaron, literalmente, el gran susto -en sus propias palabras- que habían pasado.

El “gran susto” en cuestión consistió en que aquellos tres barcos, que habían ido a faenar cerca de la altura de Bayona, vieron emerger un moderno monstruo marino cerca de dónde estaban. Se trataba de un submarino de la Marina Imperial de Guerra alemana, descrito como de color gris plomo, como aquellas aguas…

Lo primero que pensaron aquellos marineros hondarribiarras es que los lobos marinos del káiser iban a hacer con ellos lo mismo que, se sabía bien, habían hecho con muchos barcos neutrales. Es decir, hundirlos para dar un aviso a navegantes (nunca mejor dicho) sobre quién dominaba los mares en esos momentos. Pues ese era el objetivo de la feroz guerra submarina que había desatado Alemania contra los aliados y, especialmente, contra Gran Bretaña, a la que quería aislar por mar, impidiendo que llegasen a ella alimentos, suministros, piezas de repuesto, etc…

Uno de los marinos, en medio de los nervios comprensibles en esa situación -imaginemos a tres modestos barcos de pesca vascos en el punto de mira de un submarino imperial alemán-, pensó que debían derivar hacia la costa, alejándose del “U-boot”, desplegando la bandera española, neutral…

Tuvieron suerte, más que otros colegas que sí cayeron a manos de otros submarinos alemanes, “por accidente”, según la versión oficial al menos…

El “U-boot” en esta ocasión sólo quería atacar la costa de Bayona. Y eso es lo que hizo, efectuar hasta dieciocho disparos con su cañón de cubierta contra las fábricas del Bocau, causando daños considerables y, al parecer, varias víctimas.

Todo aquello, según informaba “El Liberal Guipúzcoano”, derivó en una pequeña batalla naval, ya que las baterías costeras emplazadas en Bayona devolvieron los disparos, obligando finalmente al submarino alemán a sumergirse de nuevo.

Como vemos, por inesperado que pudiera parecer, una fracción de la Costa Vasca, de ambos lados de la frontera, se convirtió en escenario de uno de los miles de combates que, en conjunto, durante cuatro años, forjaron, en sangre, fuego y acero, ese hecho histórico que hoy llamamos “Primera Guerra Mundial”.

Por supuesto aquello no fue una mera anécdota, una casualidad. Era, al contrario, un hito más de un plan muy bien pensado para desmoralizar y aterrorizar a las potencias de la Entente y amedrentar a los neutrales en aquella guerra.

“El Liberal Guipúzcoano” no tenía dudas al respecto: Alemania estaba muy al tanto de lo que pasaba por esa parte de los siete mares. Lo estaba, de hecho, gracias a una bien organizada red de espionaje que había dado señales de vida pocos días antes de que se produjera el ataque que a punto estuvo de causar una desgracia entre los pescadores hondarribiarras. El farero de esa localidad podía dar fe de que dos caballeros de aspecto teutónico le habían hecho toda una serie de preguntas a ese respecto, antes de que aquel submarino de color gris plomo abriese las aguas en medio de los barcos de pesca de aquella ciudad que faenaban ante Bayona…

Esto no es nada más que un retazo de un hecho histórico inabarcable en toda su magnitud y más aún para quienes, por ser ciudadanos de una potencia neutral en ese conflicto, creemos, o hemos creído hasta ahora, que nada de aquello tenía que ver con nosotros y nuestra Historia.

Es evidente por documentos como los que acabamos de analizar aquí, que eso no fue así.

Quienes estén más interesados en conocer, siquiera algo mejor, ese fragmento desconocido de una Historia que es también nuestra, pueden pasarse, si están de visita en San Sebastián -algo muy de moda últimamente- por la Casa de Cultura de Ayete a partir de este martes 4 de octubre. O esperar hasta noviembre y solicitar un ejemplar del siguiente Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián, donde podrán leer, con más tiempo y en más espacio, sobre otros muchos incidentes como éste que, en conjunto, forman otro capítulo de la Historia de la “Gran Guerra”, en el que, quizás, habrá quienes puedan reconocer a algún ancestro cercano que, involuntariamente, o no, se convirtió en parte de aquellos hechos, de un modo u otro…

Tal vez como marinero que veía emerger un moderno Leviatán gris plomo de la nada, acaso como periodista que escribía sobre hechos así, o, simplemente, actuaba como “agente X” que llevaba y traía información por territorio neutral. Aquella mercancía tan cotizada entonces y tan traficada en muchas redacciones periodísticas. Desde Nueva York hasta Berlín, pasando, sí, también por San Sebastián…

Campaña de mecenazgo: desde hoy y especialmente a partir del 15 de septiembre, la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu” está involucrada en una campaña para buscar mecenas que quieran entrar en la Historia gracias a una aportación económica para la redacción de una renovada “Historia de Gipuzkoa” que, en estos momentos, redactan varios especialistas de la asociación.

Quienes tengan interés en formar parte de ese proyecto como mecenas o financiadores del mismo, pueden consultar una información más amplia en este link  https://migueldearanburu.wordpress.com/proyecto-de-mecenazgo-para-la-historia-de-gipuzkoa/

 

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Algunos retazos de la Historia de los “Cien mil hijos de San Luis” (la frontera de Irún en abril de 1823)
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Carlos Rilova | 26-09-2016 | 10:28| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Mañana, quienes vivan cerca de la biblioteca donostiarra Koldo Mitxelena, podrán acudir a una de las conferencias organizadas por esa institución con la -supongo- inestimable colaboración de la Asociación de historiadores guipuzcoanos a la que, casi, todos los lunes represento aquí.

En esta ocasión hablaremos -o más bien hablaré- de la llamada “guerra constitucional”. En realidad, la primera de las cinco guerras civiles españolas de la Edad Contemporánea. Un ciclo trágico y letal que, de momento, ha culminado con la de 1936-1939.

Se hablará, por tanto, de la guerra que se inició en abril del año 1823 y concluyó a finales de ese mismo año, con la rendición de todas las tropas y plazas fuertes que se habían mantenido leales al gobierno constitucional catapultado al poder por el pronunciamiento de las Cabezas de San Juan, en el año 1820.

Esta breve guerra no levanta, de momento, demasiada visceralidad. No le ocurre lo mismo, por ejemplo, que a la de 1936-1939. Aún así, sin embargo, es un terreno peligroso porque como todas, o casi todas, las guerras y revoluciones que han sido en la Edad Contemporánea -en la que aún vivimos, desde el 14 de julio de 1789- existe una fuerte tentación de buscar “buenos” y “malos” según la opinión política actual de quien contemple esos hechos.

Ciertamente algo que ocurrió hace ya casi dos siglos no debería suscitar esas ansiedades. Sobre todo porque, seguramente, ya no hay nadie que, al menos abiertamente, defienda el restablecimiento de la monarquía absoluta.

Y, sin embargo, sin embargo… qué difícil puede resultar interpretar esos hechos sin que nadie se dé por aludido, por molestado…

¿Estaba justificada la invasión de 1823 decidida por las restantes potencias europeas en Verona?. ¿El gobierno constitucional, liberal, parlamentario, era realmente ese desastre que Pérez Galdós se entretuvo en describir en uno de sus “Episodios Nacionales” titulado, precisamente “Los Cien Mil Hijos de San Luis”?. Si así fue, ¿cómo contar entonces todo esto en una conferencia?.

¿Cómo describir a un personaje como el Trapense, ese clérigo que, como los bóxers xenófobos chinos, se hacía disparar balas para demostrar que Dios estaba de su lado y de la causa reaccionaria, absolutista, que defendía y predicaba añadiendo botas de montar y sable de Caballería a sus ropas talares?.

Supongo que debe de haber un modo, porque siempre lo ha habido. Pero eso es difícil en un país en el que la propaganda, de un signo o de otro (incluso la fabricada por enemigos exteriores como el cardenal Mazarino en 1643), tiene más predicamento que los hechos analizados fríamente, puestos en un contexto europeo del que la Historia de España siempre ha sido parte. Por más que ese esquema mental viciado, piense lo contrario y se regodee en interpretaciones tremendistas de hechos históricos que, en realidad, en nada se diferencian de los de una Europa que, además, en 1823, dominada por potencias ultrareaccionarias que dejaban a Fernando VII en simple aficionado al Absolutismo, fue la causante de agravar cualquier problema que la España de esa época pudiera tener.

Lo intentaré hoy, aquí, para quienes no puedan ir mañana a la conferencia del Koldo Mitxelena. Y lo intentaré, más extensamente, este martes 27 de septiembre de 2016. En persona.

Más allá de Pérez Galdós, más allá de la propaganda reaccionaria o liberal, lo cierto es que parece probado que parte de los españoles de 1820 querían traer a colación en la Europa continental un gobierno parlamentario al estilo del británico. Parece también probado que otra parte de esa nación forjada en el fuego de la guerra contra Napoleón, aborrecía de esa sola idea.

Como era el caso del Trapense o de cierta clase media rural a la que, como vemos en la ilustración que adorna este nuevo correo de la Historia, les faltó tiempo para echarse a los campos de batalla al frente de partidas de descontentos que también aborrecían el sistema constitucional.

Es cierto, o parece también bien probado, que el descontento provenía de un alto porcentaje de la población que, tal vez, no quisiera un rey absoluto, pero no veían ninguna ventaja personal en el cambio que ofrecían los liberales, que no se concretaba en nada sustancial para ellos. Más bien resultaba perjudicial en algo tan delicado como los términos económicos de su existencia.

Sin embargo, hay concienzudos estudios históricos como el del profesor Félix Llanos, que indican que, de no haber contado esas facciones antiliberales con el apoyo de las potencias europeas -unánimentemente absolutistas en distintos grados, con la excepción británica- habrían sido sofocadas y España hubiera marchado, en ese momento y no diez años después, en 1833, por la senda constitucional que el retorcido Fernando VII había prometido seguir en 1820, forzado por el pronunciamiento de Riego y la revolución a la que dio pábulo inmediatamente después de hecha su proclamación. Como era habitual en estos casos.

Si examinamos, caso a caso, lo que ocurrió en una ciudad como San Sebastián, donde, se supone, que el Liberalismo tenía tanto, o más, arraigo que en Cádiz (por poner un ejemplo) descubriremos que, quizás, en 1823, ese entusiasmo estaba algo decaído en muchos defensores del régimen liberal. Más aún desde que los cien mil hijos de San Luis entraron por la frontera de Irún.

Ciertamente, muchos expedientes judiciales de represalias abiertos por el Corregimiento contra liberales donostiarras y guipuzcoanos en 1823, nos ayudan a entender mejor lo que ocurrió, a nivel personal, a pie de calle.

Entre todos ellos, el que siempre me ha parecido más interesante ha sido el de Manuel de Arriola. Más que nada porque parece que fue un hombre que acabó asqueado de ambos bandos y al margen de ellos. Abandonó, en enero de 1823, la partida realista del cura Gorostidi. Uno de los comandantes reaccionarios que hubiera sido aplastado en territorio guipuzcoano de no ser por la llegada de las tropas de Angulema. Regresó de Cádiz en cuanto supo del éxito de la reacción, pero, aún así, fue juzgado por aquel régimen que veía -o buscaba- enemigos por todas partes y que no eliminó más porque el Congreso de Verona no quería revoluciones, pero tampoco baños de sangre que alentarán, inevitablemente, más revoluciones. O, cuando menos, un victorioso regreso de aquel sucedáneo revolucionario llamado Napoleón, como en 1815…

La historia personal de Manuel de Arriola es, por esas especiales circunstancias, acaso, la más interesante de muchas de las que podríamos examinar para saber qué ocurrió en aquel año 1823.

Este martes, después de casi 2 siglos, espero que sea algo mejor conocido y, gracias a eso, podamos saber más de aquella breve primera guerra civil española de esa era convulsa en la que aún vivimos.

 

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¿El avance de la civilización?. Un periódico donostiarra describe la primera batalla de tanques durante la Primera Guerra Mundial (27 de abril de 1918)
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Carlos Rilova | 19-09-2016 | 17:57| 0

Por Carlos Rilova Jericó

No he podido resistirme a basar el correo de la historia de hoy en un fragmento que he arrancado de la prensa donostiarra de 1918. Lo descubrí esta semana pasada mientras terminaba mi investigación sobre el espionaje en San Sebastián durante la Primera Guerra Mundial.

La noticia estaba en la página 3 del ejemplar de la Hemeroteca municipal de San Sebastián de “El Liberal Guipuzcoano”. Un diario que aparecía por las tardes en aquella rutilante ciudad -que aún conservaba el brillo y el brío de la “Belle Époque”- pero que, a pesar de eso, de manera más bien indirecta, vivía muy de cerca los acontecimientos de aquella “Gran Guerra”.

Este periódico, contrario a Alemania, decididamente antigermanófilo como toda (o casi toda) la prensa española de izquierdas de esa época, reproducía, entre otras muchas noticias remitidas desde los distintos cuarteles generales, una que le llegaba desde Londres y titulaba “La primera batalla de tanques”.

Algo así era todo un hallazgo -aunque no fuera precisamente una novedad (consulten la Wikipedia anglosajona y lo comprobarán) ni el que yo andaba buscando-, que se pusiera fecha y datos -en una ciudad neutral de primer orden en la “Gran Guerra” como San Sebastián- a la que fue la primera batalla de tanques de la Historia. Suficiente, desde luego, para dedicarle un correo de la Historia.

A medida que fui leyendo toda la noticia, sin embargo, me pareció que su contenido era importante por otras razones, aparte de por ser esa primera noticia en una importante ciudad neutral sobre la primera de esas batallas de tanques que luego, durante la que sería conocida como “Segunda Guerra Mundial, llegaron a ser antológicas.

En efecto, el contenido de la noticia era interesante, aparte de por lo ya dicho,  por la crudeza con la que el redactor describía las consecuencias de lo que era una batalla entre esos vehículos concebidos más que para luchar entre ellos, para defender a la Infantería, que hasta ese momento había sido barrida por las ametralladoras en numerosas, demasiadas, cargas suicidas a la bayoneta. Aptas para las guerras napoleónicas, pero no desde luego para una guerra mecanizada como aquella.

Los hechos ocurrieron así: los corresponsales de prensa destinados al sector británico del frente francés, en Villers-Brettoneux (población que da nombre a una batalla dentro de la gran batalla del Somme, iniciada un mes de julio de hace 100 años) fueron testigos de cómo los tanques alemanes se emplearon a fondo en las operaciones de los días 25 y 26 de abril de 1918 en aquel sector, apoyando a la Infantería alemana que avanzaba hacia Cachy.

Según testigos, estos tanques alemanes eran más grandes incluso que los británicos e iban armados con lo que la noticia describe como “grandes torres”. El redactor no duda en calificarlos de “monstruos”.

Esas grandes moles atacaron, en primer lugar, a dos tanques británicos de pequeño tamaño, llamados, usualmente, tanques “hembras”. El resultado fue que uno de esos tanques británicos quedó fuera de combate. El otro no sucumbió porque un tanque británico “macho”, equiparable a los blindados alemanes, acudió a defenderlos, haciendo que los teutones se batieran en retirada. Excepto uno, que tuvieron que abandonar sobre el terreno.

El 26 hubo un contraataque y, a través de lo que sucedió en él, que es descrito por el redactor de “El Liberal Guipuzcoano”, queda claro el grado al que estaba descendiendo la exquisita sociedad europea de la “Belle Époque” que agonizaba en campos de batalla así. Más o menos al de sociedades tan brutales como la asiría de la Edad Antigua.

Dice el redactor de la noticia que los británicos lanzaron su contragolpe por medio de varios tanques ligeros, capaces de correr más que un soldado. El ataque de esos tanques se verificó avanzando contra una gran concentración de tropas alemanas en Cachy. Allí, según el redactor, “hicieron una matanza espantosa”.

Cuando volvieron a su base “sus flancos estaban rojos de sangre porque habían no solamente acribillado a balazos, sino que habían cargado en todos sentidos” (la cursiva es mía) a través de las filas alemanas…

El redactor de “El Liberal Guipuzcoano” no consideraba necesario añadir nada más. Esa labor, quizás, podamos completarla nosotros. Es obvio, por lo que contaba esta noticia, a qué punto de barbarie se estaba llegando -por medio de avances tecnológicos- en aquella Europa -hasta 1914- tan bien educada, tan sofisticada, tan refinada, poniendo en marcha aparatos capaces de acribillar a balazos y conducidos por hombres cegados de tal modo como para no importarles cargar contra otros hombres de uniforme distinto hasta hacerlos pulpa contra el suelo, bajo las orugas de sus vehículos.

Eso, en resumen, es lo que pasó en esa ocasión histórica, en la que tuvo lugar la primera batalla entre tanques modernos, según nos lo contaba la prensa del San Sebastián de la época.

 

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El Hadj (el Viaje a La Meca). Retazos de la vida de Alí Bey, nacido Domingo Badía y Leblich (Anno Dómini 1803)
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Carlos Rilova | 12-09-2016 | 09:38| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy me ha parecido un buen día para hablar, otra vez, de un español que, como muchos otros españoles importantes, es prácticamente desconocido.

Algo conté de él hace ya muchos años, el 17 de septiembre de 2012, cuando este correo de la Historia apenas había empezado. Desde entonces me parece que la situación no ha cambiado mucho.

Es decir, Domingo Badía y Leblich, conocido como Alí Bey, sigue siendo un gran desconocido para el gran público español. Ese que consume películas, series de Televisión y otro material audiovisual y pasa (olímpicamente) de la letra escrita. Ya sea impresa o ya sea digital, donde, cómo no, se pueden encontrar numerosos artículos, en blogs, en periódicos, en la inevitable Wikipedia… sobre este espía, científico y explorador español nacido en Barcelona. No digamos ya lo desconocido que es Domingo Badía para el público de fuera de España, que lee más, pero sólo para introyectarnos a sus propias celebridades históricas. Pese a la Wikipedia, pese a RTVE, pese a quien pese…

Me ha parecido un buen día para hablar de él, de Domingo Badía, de Alí Bey, no tanto por la Diada, como hice en la primera ocasión en la que lo traje a colación aquí, el 17 de septiembre de 2012, sino porque ahora, en estas fechas, los musulmanes de todo el Mundo empiezan El Hadj o Hajj. Es decir, la peregrinación que todos ellos tienen como precepto hacer al menos una vez en la vida, visitando el santuario de la Piedra Negra o Kaaba, en La Meca y otros cercanos.

¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra, se preguntarán, con razón dado el paupérrimo conocimiento que, en general, se tiene de la vida de Domingo Badía?.

Pues bien, resulta que Domingo Badía fue el primer español que entró en el santuario de La Meca.

Por supuesto lo hizo bajo identidad oculta, pues de otro modo le hubiera sido imposible, corriendo peligro de muerte caso de haber sido descubierto.

Esa identidad era la de Alí Bey, un supuesto príncipe árabe, descendiente de la rancia familia de los Abasidas, supuestamente educado en Europa.

Con ella recorrió todo el Imperio Otomano desde el año 1803. O lo que quedaba de él que, en teoría, se extendía desde el actual Marruecos hasta la actual Turquía.

Domingo Badía no hizo esa peligrosa hazaña porque sí. Procedía de una familia de funcionarios al servicio de la corte de España y él mismo terminó siendo uno de esos funcionarios.

Metido en esa carrera, entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, su interés por la cultura árabe, que conoció de cerca al ser su padre destinado a Almería, donde los restos del reino nazarí eran acaso aún más visibles que hoy día, le llevó a convertirse en un experto en ella, aprendiendo su idioma, perfeccionándolo en Londres, llevando las cosas hasta el extremo de retajarse. Es decir, circuncidarse al estilo árabe para no descubrirse en su peligrosa aventura, cuando se bañase ante la vista de otros o tuviera que hacer sus necesidades también en público. Cosas ambas bastante habituales en las regiones que se proponía visitar.

De acuerdo con el injustamente denostado ministro Manuel Godoy, se embarcó en esa aventura por tierras árabes, hasta llegar a La Meca. Su objetivo era atraer a los territorios árabes donde el poder otomano se debilitaba por momentos, a una alianza con España. Mientras desarrollaba esa misión diplomática, actuaría también como espía, obteniendo toda clase de información -gráfica y escrita- sobre ese mundo árabe en el que Godoy -que, como demuestran trabajos como los del profesor La Parra, no era ese cretino ambicioso imaginado aun hoy por muchos españoles- quería influir tanto como la expedición de su rival Napoleón lo había intentado algunos años atrás.

De ahí salió un libro que influyó poderosamente en Europa. Tanto que sir Richard Francis Burton, unas décadas después, lo siguió paso a paso para emular las aventuras de Alí Bey/ Domingo Badía.

Nuestro agente en La Meca tuvo un final digno de él. Es decir, envuelto en el misterio. Hay varias versiones sobre sus últimos años. Una dice que, en medio del marasmo de las guerras napoleónicas, decidió optar, por consejo del propio Carlos IV, por el bando afrancesado… al parecer para seguir ejerciendo como agente encubierto con un doble juego, figurando ser leal a José I cuando en realidad trabajaba para el bando patriota.

En cualquier caso, en 1813, se tuvo que exiliar, y en ese exilio acabaría sus días. Dicen que envenenado por los británicos, ahora hace casi doscientos años, en 1818, que no veían precisamente con muy buenos ojos la presencia en el Imperio Otomano de agentes tan peligrosos, hábiles y bien preparados como Alí Bey.

Otras versiones dicen que murió de disentería en el año 1822, cuando aún seguía al servicio de Luis XVIII en Francia. Hecho que reforzaría la idea de que, en  realidad, durante la Guerra de Independencia fingió ser afrancesado para desarrollar labores encubiertas para el bando patriota. O, cuando menos, para la casa Borbón que, al menos por parte de la rama francesa, lo recibió a su servicio con los brazos abiertos después de la Restauración de 1814.

Desde entonces, desde su muerte, ya fuera ésta en 1818 o 1822, y con las habituales escasas honrosas excepciones de rigor, Domingo Badía/Alí Bey ha caído en el mismo olvido en el que han caído muchos otros que, en conjunto, deberían haber formado la Historia bien conocida y divulgada dentro y fuera de las fronteras de un país normal.

Como España es desde hace unos ciento cincuenta años un país zombí -circunstancia especialmente agravada durante los últimos 80 años, desde la brutal y embrutecedora guerra de 1936- no ha sido así.

Ha habido, como decía, bastantes artículos en prensa, en la esfera digital, algún libro para jóvenes publicado en la breve primavera de la Transición, en 1978. Ha habido también en los años 80 del siglo pasado, una edición de sus viajes que tuvo cierta difusión. Poco más. Referencias aquí y allá, estudios eruditos que apenas llegaron al gran público. En suma: sombras y desconocimiento.

Las películas, las referencias en novelas de gran popularidad en el mundo anglosajón y fuera de él como la saga de “El Mundo del Río” de Philip José Farmer, han quedado no para él, para Domingo Badía/Alí Bey, sino para su discípulo británico sir Richard Francis Burton.

¿Hay posibilidades todavía de revertir esta situación tan injusta como abrasiva para todos los que tenemos pasaporte español?. ¿Llegaremos, por ejemplo, a ver una biopic de calidad sobre él que se estrene en todos los cines del Mundo?. ¿O una serie de Televisión realizada con la vieja calidad que antes se usaba y no con medios y guiones de cartón piedra?.

A ciertas edades es difícil hacerse ilusiones sobre un país zombí que parece haber encontrado su identidad precisamente en eso, en ser un perpetuo esperpento de sí mismo, de lo que en realidad fue y podría ser. Véase el caso de la expedición Balmis.

RTVE la va a convertir en película… pero es de temer que dando del doctor Balmis, contemporáneo de Domingo Badía, la misma nefasta -además de falsa- imagen que se daba de él en la novela original,  “Ángeles custodios”, en la que se basa el guión de esta película. Hecha a costa, una vez más, del dinero público (esto es: suyo y mío) al parecer para aborregar aún más a un público en general bastante aborregado ya, convenciéndole de que gente como Balmis podía llevar a cabo el logro de extender la vacuna por el Mundo, pero eran unos “rojos” peligrosos y desaprensivos, afectos a nocivas ideas tales como la Constitución de 1812 (no exagero lo más mínimo, ese es el corolario de “Ángeles custodios”, una novela que en Francia probablemente jamás se habría publicado y menos convertido en película por una televisión pública)…

Pero, en fin, todo podría ser. Quizás aún estemos a tiempo de corregir esa deriva nefasta. Cuando necesiten especialistas para esa labor ya saben dónde pueden encontrarlos. Sí, precisamente en esta estafeta de la Historia, que no del cuento.

 

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Una curiosidad de la Historia de la Moda: los paños bulados (de la Edad Media al outlet)
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Carlos Rilova | 05-09-2016 | 10:23| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy el correo de la Historia será breve y espero que, de acuerdo al dicho, también sea igualmente bueno por ser breve. O que al menos lo parezca.

El tema que he elegido no da para cubrir mucho espacio, ciertamente. Aún así no he podido resistirme a dedicarle este artículo de cada lunes.

Se trata de un objeto que hemos visto muchas veces en alguna prenda de ropa -sobre todo femenina- y al que, sin embargo, no le hemos dado demasiada importancia, pensando que es tan sólo una forma más, por parte del fabricante, de colgar su nombre en las etiquetas que lleva esa prenda.

Por lo general es una pequeña esfera o círculo de metal o de plástico, como la de la ilustración que acompaña a este nuevo correo de la Historia.

Pues bien, en contra de lo que pudiera parecer, ese objeto no es algo nuevo, ni reciente. Data, de hecho, de la Baja Edad Media. Concretamente del siglo XV.

Nuestra colega historiadora Nora Maria Rodenburg lo cuenta en un par de líneas de su trabajo fin de master para la Universidad de Lund, publicado en el año 2011 y que, si lo desean, pueden encontrar generosamente colgado en la red de redes en formato PDF bajo el título “Seal and deal. Cloth and Trade between the Netherlands and Scania during the Late Middle Ages and Early Modern Times”.

Es decir: “Sellar y distribuir. Paños y comercio entre Flandes y Escania durante la Baja Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna”.

En la página 28 de ese texto Nora Maria Rodenburg explica que, a partir del siglo XV, llega a Flandes (entonces las actuales Bélgica y Holanda) la figura del “wardein”, derivada del francés “gardien”.  Es decir, guardián, o, como ella prefiere traducirlo, “supervisor”.

La función de esos guardianes o supervisores cuyo origen parece estar en las pañerías francesas, era comprobar la calidad de las telas y prendas que salían de los telares antes de que fueran distribuidos en la amplia red que recorría Europa por medio de diversas ferias, que iban desde Medina del Campo en el Sur, hasta las del propio Flandes pasando por Italia, Inglaterra…

En esa red comercial, el comprador buscaba esos sellos de plomo colgados de esas telas, que adquirieron así el nombre de paños bulados, sabiendo, gracias a esos plomos, que estaba comprando un material de excelente calidad, que revendería sin dificultad y con un buen margen de beneficio.

Ese es el sencillo, pero poco conocido, origen histórico -que, como vemos, se remonta a la Baja Edad Media- de esos discos de plástico o metal que hoy seguimos encontrando en algunas prendas asequibles en ese mercado globalizado cuyos afanes quedan ya bastante lejos de esos concienzudos “wardeins” medievales, preocupados de poner sus sellos sobre paños que realmente estuvieran manufacturados con esmero, garantizando su buena calidad, su durabilidad durante años…

A veces la Historia está más cerca de nosotros de lo que nos parece. Sólo hace falta hacerse la pregunta correcta para descubrirla. Por ejemplo, y hablando de ferias medievales, ¿hay alguna razón histórica para que las letras de pago se giren a 30, 60 o 90 días? o ¿de dónde viene la expresión hacer algo “a la primera de cambio”?.

Son otras preguntas para las que, quizás, obtendremos también respuesta en futuros correos de la Historia.

 

Addenda

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Mito, leyenda, Historia… Los espectros del Somme, el San Sebastián de la “Belle Époque” y la caída de Mata Hari (verano de 1916-invierno de 1917)
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Carlos Rilova | 30-08-2016 | 08:31| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes siguen este correo de la Historia todas, o casi todas, las semanas, uno de los numerosos frentes históricos en los que ando combatiendo mis “combates por la Historia”, como los llamó Lucien Febvre, es el de la Primera Guerra Mundial.

Moviéndome por esas trincheras, esas tierras de nadie históricas, esos pozos envenenados con restos de gas mostaza sobre alambradas que recuerdan al esqueleto de una civilización muerta (la europea de la autocomplaciente “Belle Époque”), he ido a dar, voluntariamente, al frente menos conocido de esa guerra. Es decir, al de los casinos y hoteles de lujo, en las ciudades neutrales donde se había refugiado todo el dinero y el lujo de aquella Europa en guerra.

Uno de esos escenarios de esa versión secreta de la “Gran Guerra” fue San Sebastián y, hasta cierto punto, puede decirse que fue un escenario privilegiado. Un Austerlitz, un Wagram, un Waterloo de la guerra de espías que se desarrolló paralela a la otra guerra. La de los tanques, la de las cargas suicidas de Caballería o Infantería frente a secciones de ametralladoras, la del gas venenoso que llegaba vertiendo una muerte más silenciosa pero no menos eficaz…

Sí, San Sebastián, como pueden comprobar todos los turistas de todas partes del Mundo que la llenan en estas fechas, cuadriplicando su población, convirtiéndola en otra Venecia, en otra Barcelona, estaba -hace 100 años- perfectamente equipada ya para servir de escenario a esa guerra secreta. La que se luchaba de general y mariscal para arriba en salones que podían ahogar con su carga de elegancia y buen gusto -en hoteles como el Londres, el María Cristina y otros hoy desaparecidos- frente a ministros venidos a liberarse -al menos por un tiempo- del peso constante de dirigir potencias que estaban sacrificando miles de hombres al día en ofensivas y combates de dudoso resultado y finalidad.

Como en toda gran batalla, por debajo de esas grandes figuras, estaban alfiles, torres, caballos, peones… que se movían en un complejo tablero. No por más cómodo -comparado con trincheras infestadas de mugre, muerte, ratas y piojos- menos peligroso. Iban desde cortesanas de lujo y aventureras como podría serlo Mata Hari, hasta simples criados, chóferes, camareros, periodistas…

Esas figuras de ese ajedrez humano jugaban su partida en elegantes veladas en salones que miraban al famoso marco incomparable donostiarra, o desde el Parque de atracciones de Igueldo, desde donde se podía ver aún mejor ese paisaje tras subir en un funicular que data de esas fechas.

Era una partida jugada de manera implacable. Con el mismo furor con el que algunas de esas figuras, las más encumbradas como las cortesanas de lujo, las aventureras, los ministros, los reyes, los príncipes exiliados con su corte igualmente exiliada, los embajadores… jugaban sobre los tapetes de grandes casinos como el de Mónaco o el de San Sebastián (hoy reconvertido en Ayuntamiento, Archivo y Biblioteca de la ciudad) interminables partidas de caballitos, de faro, de ruleta…

Y a causa de esa partida de guerra secreta, de esos juegos de azar políticos jugados sobre ese escenario rutilante y lujoso, caían muchas víctimas. Normalmente a millares, casi a diario. En los frentes de Verdún y el Somme, abiertos en aquel verano de 1916 -sofocante en más de un sentido-, en el que las grandes potencias contendientes agotaban material de guerra, raciones, munición y, sobre todo, vidas que llenaban de desasosiego a unas naciones que creían, en 1914, ir a ganar una guerra que, tres años después, se eternizaba, produciendo miles de víctimas a un ritmo vertiginoso…

Un desasosiego que había que explicar de algún modo. Un desasosiego al que había que poner un rostro al que odiar, que justificase aquel gran fracaso colectivo que se vivía en frentes como el del Somme, en el que no cabían, a esas alturas de la guerra y de la ofensiva, ya ni siquiera los espectros de los miles de muertos en combate.

Ese papel, el de explicación de todos esos desastres, al menos los del bando aliado, recayó en una de las aventureras que pasaba y repasaba por un San Sebastián demasiado importante en esas fechas como para dejarlo de lado. En tanto que corte de verano de una potencia neutral a la que muchos en el bando de la Entente querían ver tomar las armas en su favor. No tan sólo enriquecerse -y de qué modo- suministrándoles toda clase de munición y equipos, engullidos por el titán de la guerra en Verdún, en el Somme…

El cronista de San Sebastián Javier Sada nos asegura en su libro sobre la situación de la ciudad en esa época, que Mata Hari no era realmente aquella agente tan importante que luego se dijo que era.

Es muy posible. Altamente probable de hecho. Pero, por alguna razón realmente interesante y aún no bien conocida -es lo que me dice mi investigación sobre este tema ahora en curso- Mata Hari entró en la leyenda -más que en la Historia- del espionaje en el invierno de 1917, cuando el Gobierno francés decidió que ella, agente a sueldo ofrecida primero a Francia y después, según todos los indicios, a la red alemana de Von Hintze que actuaba precisamente en San Sebastián, iba  a ser la explicación de tanto revés militar.

Enrique Gómez Carrillo, un literato guatemalteco, es quién -quizás y de momento- mejor ha relatado ese proceso cuando se vio obligado a escribir en 1923 un libro sobre Mata Hari para explicar que él no había tenido la culpa de que la detuvieran.

El libro es, literariamente hablando, de lo más serio. Gómez Carrillo, usando todos los recursos que había cultivado en el París modernista en compañía de sus amigos Rubén Darío y Amado Nervo, aseguraba que él jamás había conocido a Mata Hari y, por tanto, difícilmente podía haberla entregado a dos gendarmes y cinco policías -venidos de París a Hendaya para ese fin- después de haberla engañado con una amigable comida y un viaje en automóvil que había terminado en inesperada carrera por el Puente Internacional para entregar a la espía antes de que se diera cuenta de que estaba en jurisdicción francesa.

Pese a esas protestas de Gómez Carrillo, que se vio despreciado en la España de entreguerras por esta razón, su libro “El misterio de la vida y de la muerte de Mata Hari” decía que en San Sebastián, en Sevilla, en Madrid, en Francia incluso, todos contaban esa rocambolesca historia sobre cómo había seducido a la seductora y la había entregado en un rapto digno de las novelas de Arsenio Lupin o, por lo menos, de la saga de Adèle Blanc-Sec…

Todo un interesante testimonio de cómo el mito, a veces, se convierte en Historia y se tardan años en desmentirlo por medio de concienzudas investigaciones como “El caso Mata-Hari” de Lionel Dumarcet, que demuestran que Mata Hari fue detenida a plena luz del día en un lujoso hotel de París a la hora del té y que eso, precisamente, fue utilizado por su abogado defensor para demostrar su inocencia, alegando que nadie que fuera culpable, se atrevería a volver al país donde su cabeza estaba puesta a precio por espía con la franqueza y falta de precaución de su defendida.

No deja de ser curiosa toda esa tramoya fantástica en torno a ella. Personalmente, a medida que avanzó con mi investigación, me da la impresión de que toda la aureola en torno a Mata Hari venía, a partes iguales, de su propia bien probada mitomanía con la que se fabricó varias biografías -a cuál más melodramática- para su imparable ascenso social, del interés de sus captores en dotarla de poderes misteriosos o casi misteriosos para poder explicar sus reveses militares y también porque ese tremendismo en torno a su figura les resultaba de verdadera utilidad a los que podríamos llamar “agentes X”, con los que Mata Hari ciertamente se codeó en San Sebastián.

Principalmente periodistas de diarios germanófilos y ultraderechistas como “La Constancia” que, gracias a cortinas de humo como las de las aventuras reales o imaginadas de Mata Hari, podían ejercer con algo más de comodidad su labor de informar a los agentes de los Imperios Centrales por el discreto expediente de publicar en sus páginas noticias tan interesantes como la carga de los barcos neutrales que entraban y salían de puerto, la llegada de personajes importantes  -como Alfonso XIII- a determinados destinos, el número de especialistas en torpedos que quería reclutar la Marina española y otras aparentes naderías que, finalmente, el gobierno tuvo que prohibirles publicar. Aunque no pudiera demostrar fehacientemente que muchos miles de muertos en Verdún o en el Somme eran responsabilidad más que de Mata Hari, de vitriólicos redactores de periódicos como “La Constancia” y otras interesantes fuentes de información sobre la Historia (no el mito o la leyenda) de aquella “Gran Guerra” aún no bien conocidas…

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