Diario Vasco
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¿Unas mentes maravillosas?. De reyes cuerdos, locos y hechizados: Luis XIV, Guillermo III, Carlos II…
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Carlos Rilova | 05-10-2015 | 10:04| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes siguen estos correos de la Historia muchas veces suelen estar inspirados y sugeridos por amigos, familiares, etc… del historiador que, casi siempre, firma estas páginas cada lunes. Es decir, yo mismo, el habitualmente aludido en los comentarios de algunos lectores como “sr. Rilova” y a veces hasta cosas peores…

En esta ocasión el culpable -si así se le puede llamar- ha sido José, uno de mis antiguos vecinos de la -como se decía antes- donostiarra calle Zabaleta del también muy donostiarra barrio de Gros.

Me lo encontré este verano por otra calle aún más donostiarra, en las cercanías de la catedral del Buen Pastor, hablamos un poco de que seguía muy habitualmente estos correos de la Historia, que le gustaban (lo cual es todo un hallazgo) y de allí pasó a hablarme de una de sus innumerables últimas lecturas de Historia -aparte de mi “El Waterloo de los Pirineos”- que había disfrutado, feliz él, en uno de esos raros días de sol y playa que tenemos en el borrascoso Norte.

La lectura en concreto era un número especial de una revista de Historia sobre Luis XIV y sus megalomanías. Y así fue como prometi a José, antiguo vecino mío y fiel lector de estos correos de la Historia, dedicar uno de ellos a hablar de Luis XIV y esas actitudes suyas que, a vista de pájaro, desde la perspectiva que da el paso del tiempo, nos parecen verdaderas locuras.

Como lo prometido es deuda, vamos a hablar pues de ese asunto, de Luis XIV, de sus actos megalomaníacos, de su salud mental… pero, claro, tratando de aportar algo nuevo.

Ya sabemos que se suele decir que las comparaciones son odiosas pero, a veces, también son instructivas. Y yo diría que cuando hablamos de Historia aún más. Así que voy a hablar de Luis XIV, pero comparándolo con otros dos reyes que marcaron, lo creamos o no, su vida. Uno de ellos fue Guillermo III, rey de Gran Bretaña y su naciente imperio ultramarino. El otro fue Carlos II, rey de España y dueño de un imperio varias veces más poderoso que el británico pero, curiosamente, por esa manía tan habitual en la España de mediados del siglo XIX, considerado como una especie de despojo histórico, bueno únicamente para deprimirse leyendo páginas y más páginas sobre su época y su reinado.

No voy a entrar mucho en la famosa cuestión de los hechizos de Carlos II de Habsburgo, último Austria español. Más que nada porque eso poco aporta al tema de hoy y, tal vez, sea mejor reservarlo para la víspera de Todos los Santos que, por influencia anglosajona, se ha convertido en una especie de noche de brujas.

Donde sí voy a entrar es en cómo esos tres reyes, Luis XIV, Guillermo III y Carlos II, tratan, en la segunda mitad del siglo XVII, entre 1660 y 1700, de repartirse Europa y el control sobre ella que significa, a su vez, el control del Mundo.

Empecemos por Luis XIV. Realmente el hijo de Luis XIII y de la tía de Carlos II de Habsburgo, la, gracias a Alejandro Dumas, famosa Ana de Austria, estaba, como me decía José, un poco perjudicado en su psicología cotidiana. Era un hombre de figura no demasiado impresionante en lo físico, más bien ruin de aspecto, en realidad. Y para suplir todo eso se rodeó de una serie de artefactos que -ese mérito no hay quién se lo quite ya- se convertirán en la moda de aquella Europa. Desde Lisboa hasta el San Petersburgo del zar Pedro I Románov.

Así surgen los zapatos de tacón rojo bastante alto para hombres, elevando la estatura media. Cosa muy necesaria para quienes no andaban sobrados de ella y querían, además, resaltar sus pantorrillas de bailarines de ballet, de las que se sentían muy orgullosos. Como era el caso de Luis XIV.

También aparece la llamada peluca a la Ramillies. Una larga melena artificial  rizada, que se eleva en un par de tupes sobre la cabeza y cae por la espalda y los hombros. Otro truco para darse más empaque y altura.

El resto eran otras prendas de vestir como las apabullantes casacas, los largos chalecos casi hasta la rodilla llamados “jupe” -que en español dan origen a la palabra “chupa”, todavía hoy en uso para referirse a cualquier clase de chaqueta-, ceñidos calzones que resaltan aún más la altura y estilización conseguida por los zapatos de tacón alto para hombres, grandes sombreros emplumados -a más rango social, más plumas- y, en conjunto, toda una serie de artefactos que resaltan la magnificencia del personaje -Luis XIV- y de la corte y el pueblo que lo rodeaba como los planetas y satélites giran en torno al sol. Desde las armas y las banderas de sus numerosos ejércitos hasta los palacios, las sillas de montar, etc, etc…

En definitiva: el lujo al servicio de un hombre acomplejado que trata de imponerse a los demás por medio de estas prótesis psicológicas y, sobre todo, y eso es mucho peor, llevando la guerra a toda Europa. No descubro nada nuevo. Todo ha sido ya contado, magistralmente, en libros de Historia como “La fabricación de Luis XIV” o “La esencia del estilo”. A ellos me remito, y les remito.

Luis XIV tenía muy buenos motivos para rodearse de todo ese impresionante teatro para subrayar su propio poder, para parecer más amenazante y fuerte de lo que en realidad era, pues tenía ante él enemigos tenaces y obstinados. Y, desde luego, no carentes de fuerza.

El estatúder holandés Guillermo de Orange, por ejemplo. El mismo que desde 1688, y por medio de un golpe de estado conocido como “Revolución gloriosa”, se hará con el control de un importante dolor de estómago político para Luis XIV: Gran Bretaña y su naciente imperio colonial.

De ese modo Francia, la Francia de Luis XIV buena para aterrorizar a pequeños príncipes alemanes e italianos y molestar a otros más poderosos, se ve rodeada por dos potencias hostiles que ocupan la mayor parte del mapa terrestre: la Gran Bretaña de Guillermo de Orange, convertido en Guillermo III y la España de Carlos II…

Sí, ya sé que esto puede sonar un poco raro. determinados déficits de investigación histórica (tan comunes en España) nos han acostumbrado a creer que la España de Carlos II no valía ni para dar pena, que el rey estaba hechizado, loco, idiota… Puede ser, aunque aún faltan muchos estudios serios sobre un rey que intentaba, al menos intentaba, sobreponerse a las taras congénitas que habían hecho de él un triste ser humano. De lo que no debería haber duda es de que la monarquía imperial de la que era rey titular y que controlaba la mayor parte de América del Sur, una gran parte de la del Norte, posiciones estratégicas en las actuales Italia y Bélgica, en Asia y en África…, era un enemigo formidable para Luis XIV. Sobre todo aliada, por circunstancias desde luego, con los Países Bajos de Guillermo de Orange a los que, desde 1688, se suman Gran Bretaña y sus posesiones coloniales en América y Asia.

Un panorama nada alentador para Luis XIV, pues tal y como nos lo cuenta Lord Macaulay en su “Historia de Inglaterra desde Jacobo II”, la alianza hispano-holando-británica convierte a la mayor parte del Mundo en un panorama muy hostil para el rey Sol y sus manías de grandeza a las que, como se suele decir coloquialmente, se les acaba la tontería en esos momentos, hacia 1678…

Así es, puede que Carlos II estuviese, la mayor parte del tiempo, medio ido, pero sus ministros, sus oficiales militares y tropas extendidas por el ancho mundo, sus administradores, sus funcionarios… sabían perfectamente lo que se hacían.

Eso lo sabía, también perfectamente, una vez más, Lord Macaulay, que así nos lo cuenta en su “Historia de Inglaterra desde Jacobo II”, señalando que en los momentos en los que Guillermo de Orange caía víctima de su precaria salud, quedándose en estado catatónico durante semanas -cualquiera diría que estaba también hechizado…- era el embajador español en Londres, don Pedro Ronquillo, el que se encargaba de presidir la mesa del Consejo de Ministros británico… para dictarles instrucciones, de acuerdo al viejo principio de que quien paga, manda.

Como era el caso de aquella España, dueña de las mejores minas de oro y plata del Mundo que mantienen en pie una poderosa alianza militar que, finalmente, en 1700, lleva a Luis XIV a llamar humildemente a la puerta del palacio de los Austrias de Madrid, para conseguir por medio de las intrigas cortesanas y la diplomacia lo que no había conseguido con décadas de guerra. Es decir, poner de su lado a la que, pese a su propio rey, sigue siendo una de las principales potencias mundiales.

Y es que puede que Luis XIV estuviera algo desequilibrado, que fuera un megalómano, pero desde luego no era tonto y sabía lo que necesitaba para no ver Versalles tomada por una coalición de tropas holandesas, británicas, italianas, alemanas… y, sobre todo, españolas, que eran las que pagaban, al fin y al cabo, aquel festival bélico desde 1660 en adelante. Independientemente del estado físico y mental de su rey que, como espero hayamos visto, no era mucho peor que el de otros coronados colegas suyos como el propio Luis XIV o Guillermo III.

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Carta abierta de un historiador al cineasta Fernando Trueba, o ¿por qué fue mejor que ganase la Guerra de Independencia España?
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Carlos Rilova | 28-09-2015 | 09:35| 31

Por Carlos Rilova Jericó

Estimado Fernando: hoy me siento audaz, aun con la resaca de las famosas elecciones plebiscitarias catalanas que, seguramente, quedarán en agua de borrajas -como hasta ahora- y, por tanto, me he decidido a escribirte esta carta abierta (perdona el tuteo, pero es que tras ver cine tuyo y oír tus declaraciones del sábado 19 de septiembre creo que hay confianza suficiente).

La razón para que haya decidido convertir este artículo semanal en esta carta abierta (en vez de en un mejor empleo de tiempo y espacio que, seguramente, me traería menos problemas y menos peligrosos resentimientos de personas influyentes , como puede ser tu caso), son las reacciones que ha suscitado el discurso -vamos a llamarlo así- que lanzaste el sábado 19 de septiembre de 2015. Lo recuerdas, ¿verdad?, fue cuando te dieron el Premio Nacional de Cinematografía y dijiste que no te habías sentido español ni cinco minutos en tu vida -eso a mi, en calidad de historiador, me da igual- y que cuando leías libros de Historia pensabas que qué pena que España ganase la Guerra de Independencia. Lo cual, a mí, en calidad de historiador, no me puede dar igual de ninguna manera. Como seguro comprenderás bien.

He leído, durante esta última semana, decenas de comentarios sobre estas palabras tuyas antes de decidirme a que este nuevo correo de la Historia se convierta en una carta abierta a ti, el director de cine Fernando Trueba.

He salido de dichos comentarios con el estomago levantado, por decirlo con delicadeza, en especial de los que aparecieron en la versión digital de uno de los diarios de mayor tirada nacional, “El País”.

En ellos, en general, salvo tu amigo Andrés Calamaro, se te ponía, como decía Pérez Galdós, “como ropa de Pascua”.

Es decir, te decían que devolvieras el dinero, que te largases de España, que eras un jeta, un piji progre y demás por el estilo.

Los peores comentarios, para mi punto de vista de historiador, eran, sin embargo, los de un gracioso, o graciosa, no sé, que había elegido como seudónimo “Tita Von Thyssen, baronesa tiesa”. Dicho avatar venía a justificar tu rotunda frase sobre “que qué pena que España ganase la Guerra de Independencia” señalando, ignoro desde que altura académica, que, en 1808, Napoleón era el representante de la revolución francesa, que venía a traer a España, y al resto de Europa, esas ideas avanzadas que ahora forman parte de esa cultura política cotidiana de la que los europeos nos sentimos muy orgullosos.

Abundaba la “baronesa tiesa” en todos los topicazos históricos habituales: España estaba corrompida, su corte generaba toda clase de cuchicheos (¡?), y los afrancesados, que eran unos españoles que querían lo mejor para su país, vieron en Napoleón la esperanza de que ese deseo se convirtiera en realidad.

Según la vulgata de la Historia de España de 1808-1815 de la “baronesa tiesa”, la cosa no fructificó porque los soldados de Napoleón se entregaron a una vorágine de crueldades y, claro, desataron la reacción en su contra, que llevó a esa victoria de 1814 que tú tanto detestabas el sábado 19 de septiembre de 2015.

Bueno, pues siento desilusionaros. Tanto a la “baronesa tiesa” como a ti. La Historia no os puede dar la razón. Habéis leído una versión de contrabando sobre esos hechos que, por más que se repita mil veces, jamás será verdad, pues los historiadores seguiremos encontrando más y más documentos que certificarán que Napoleón demostró, una y otra vez, precisamente con la invasión de un país -España- que oficialmente era aliado suyo, cual era su objetivo personal y el de la burguesía francesa que decidió darle un voto de confianza.

Algunos de esos comentarios que leí lo decían bien claro: Napoleón era, en realidad, un dictador militar que masacró a millones de personas entre 1800 y 1815. Tanto franceses como de otras nacionalidades.

A lo que se puede, y se debe, añadir que ya hace tiempo se ha demostrado en muchos libros de Historia -de la de verdad, no de la vulgarizada y contrabandeada como tal, que es de la que parece se alimentan opiniones como la tuya- que el objetivo del Primer Imperio francés no era extender las ideas de la revolución francesa, usurpadas por el golpe de estado de 18 de Brumario, perpetrado por un Napoleón que ya hacía tiempo había decidido dejar de ser el general de la revolución y convertirse en el emperador de la gente “de orden” francesa. Esa que quiere rentabilizar las victorias del “pueblo en armas” contra las monarquías absolutas.

Te lo diré en otras palabras: ese Napoleón que tú querías ver ganar la guerra era el centurión que, a cambio de la pompa y esplendor imperiales y los gajes económicos anejos -colocar a toda su gran familia en opíparos puestos y otras bagatelas bien conocidas por los especialistas en la Historia de ese período-, debía entregar el continente europeo y sus colonias a la burguesía francesa para que ella, naturalmente, se aprovechase a fondo de lo que las -hasta 1808- invencibles armas de su bien perfeccionada maquinaría militar les iba, supuestamente, a poner en las manos.

Eso es lo que le esperaba a España, y al resto de Europa (Gran Bretaña también estaba en la lista y sólo se libró gracias a la victoria de Bailén). Es decir, convertirse en algo muy parecido a la Irlanda dominada por los británicos. Una mera colonia a explotar hasta que no quedase de ella ni el tuétano.

Lo demás es propaganda napoleónica que, no sé bien la razón, ha acabado por convertirse en Historia para muchos, entre los que es evidente estás incluido.

No puedo decirte más. Salvo que lamento, una vez más, el bajo nivel académico con el que se divulga la Historia de España y que lleva a lamentables desencuentros como el que se produjo durante tu recepción del Premio Nacional de Cinematografía.

Sólo añadiré que no voy a pedirte que devuelvas los 30.000 euros del premio como han hecho muchos airados ciudadanos. Te rogaría, eso sí, que los invirtieras en una próxima película o documental en la que hicieras un esfuerzo por difundir entre los españoles una Historia de las guerras napoleónicas más seria y rigurosa, rompiendo telarañas, abriendo ventanas, ayudando a que entrase el aire fresco de la investigación seria y rigurosa -pero no por eso aburrida- que estamos haciendo desde hace años.

Lo que sea con tal de dejar de oír opiniones que causan vergüenza ajena sobre una Historia -la de un Napoleón filántropo y amigo de España- que jamás existió. Como lo demuestran hechos tan contundentes como que, en 1812, la España libre había proclamado la segunda constitución europea -la única, junto a la británica consuetudinaria, que luchaba en los campos de batalla entonces, pues la francesa había sido abolida por el Imperio- o que, desde 1814, miles de españoles lucharon por traer a su país -y al resto de Europa- esos regímenes democráticos de los que tan orgullosos nos sentimos hoy y que te han permitido a ti hacer una carrera de cineasta que, como demostraste en San Sebastián este 19 de septiembre, se ha caracterizado por una absoluta libertad de expresión.

Si necesitas ayuda en esa labor de recrear una Historia de España certera, no dudes en pedirnos nuestro consejo profesional. Para eso estamos y trabajamos. Aunque en la mayoría de las ocasiones con fondos muy inferiores a los que manejáis en la industria del Cine.

Quedamos tuyos afectísimos. Recibe, pues, un cordial saludo.

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La Historia y la visita de Felipe VI a Estados Unidos. George Washington, la unidad de España, Cataluña y otros asuntos históricos
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Carlos Rilova | 21-09-2015 | 09:54| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Parece que la cuestión catalana no nos dará ni un momento de tregua. La semana pasada había que hablar de ella por la Diada. Esta semana también hay que aludir a ella porque nada menos que el presidente Barack Obama sacó a relucir la cuestión durante su entrevista con el nuevo rey de España, Felipe VI, durante la visita de estado de este último a Washington D. C.

El presidente señaló que Estados Unidos estaba a favor de una España fuerte y unida… aludiendo así -sin aludir a Cataluña- que la máxima potencia del hemisferio occidental no vería con buenos ojos una disgregación de la siempre bastante tormentosa unidad española.

Y ahora surge, otra vez, la gran pregunta: ¿qué decir desde el punto de vista de la Historia sobre esas palabras?. Pues hay que decir que nuevamente las noticias no son muy buenas para quienes esperan que ese campo del saber, la Historia, les dé la razón en ese memorial de agravios que han fechado, más o menos, hacia 1714.

En efecto, puede -es lo más probable- que el presidente Obama no lo supiera, pero un importante episodio de la Historia de Estados Unidos ofrece argumentos más que sustanciosos acerca de buenas razones, históricas en este caso, para desmontar el memorial de agravios, también históricos, que los secesionistas catalanes esgrimen con frecuencia para romper esa unidad que él, Barack Obama, no quiere ver rota.

Así es, un libro, de Historia, que ya he citado en este correo en alguna otra ocasión, “Yo solo”, de la profesora Carmen de Reparaz, trae entre sus páginas interesantes documentos que demuestran claramente que, sólo para empezar, en 1780 un notable contingente de marinos presumiblemente catalanes estaba al servicio de una de las más poderosas flotas de guerra que nunca tuvo España -la de la segunda mitad del siglo XVIII- y contribuyeron así a que los Estados Unidos se convirtieran en una nación y lograsen su independencia de Gran Bretaña.

La lista de esos nombres que los secesionistas catalanes de hoy día reclamarían como “catalanes” (sin, seguramente, preocuparse de distinguir entre mallorquines, valencianos y catalanes) es curiosa y merece la pena reproducirla aquí. Viene en las páginas 52 y 53 de “Yo solo”, en la primera edición de Serbal-ICI que he manejado yo y fue publicada en 1986.

El documento se titula “Estado general de la escuadra y convoy”. ¿De qué escuadra, con su correspondiente convoy, se trataba?. Pues de la que, saliendo de La Habana el 7 de marzo de 1780, debía llevar tropas españolas de línea al puerto de Pensacola, en Florida, para ayudar a los rebeldes yankees.

En ese documento podemos constatar que al frente de las embarcaciones de menor porte -las llamadas saetías, barcos rápidos, el equivalente, más o menos, a la Caballería ligera (húsares, cazadores…) en tierra- aparecen un buen número de patrones de apellido de neta resonancia catalana.

Así tenemos, por sólo citar los nombres más inequívocamente catalanes, a Jaime Fornell al mando de la Nuestra Señora del Carmen, a Cristóbal Rosell al mando de la San Cayetano, a Jaime Tremoll al mando de la San Francisco de Paula, a Rafael Ferret al mando de la Jesús, María y José, a Josef Antonio Gatell al mando de la Santa Rosalía, a Félix Grau al de El Santo Cristo del Calvario, a José Soler al de La Pura y Limpia Concepción, a José Barrera al mando de la Nuestra Señora de los Remedios y a José Blanch, que capitaneaba la Nuestra Señora de los Desamparados.

En barcos de mayor calado, como el paquebot San Magín, nos encontramos con Josef Robira y en los bergantines Santa Eulalia y San Juan Baptista  vemos  a su mando, respectivamente, a Mariano Fontrodona y Juan Vilaró.

Así, aún dejando de lado el caso de Francisco Pruna, al mando de la saetía El Ángel de la Guarda, que puede parecer más discutible, tenemos satisfactoriamente integrados en la Armada española a doce capitanes que, por su apellido, reclamarían como “de los suyos” los que no quieren esa España fuerte y unida a la que aludía el presidente Obama,…

Bien, pues todos estos supuestos catalanes, en 1780, como ven, no parecían tener ningún memorial de agravios históricos con “España”, ni cuentas pendientes que cobrar a ese respecto desde 1714 y la única independencia que les preocupaba, y a la que ayudan con las armas en la mano, es a la de las entonces Provincias Unidas de Norteamérica. No porque ellos tuvieran ideas al respecto sino porque la corte de Madrid, tras muchos cálculos políticos, había decidido que era mejor fastidiar a su casi eterno rival desde hacia un siglo -Gran Bretaña- ayudando a sus colonos rebeldes de América.

Todos esos oficiales navales de origen presumiblemente catalán que combaten en la Guerra de Independencia estadounidense citados en “Yo solo”, y que ahora hemos recordado, ¿serían “botiflers”, es decir, partidarios de los Borbones, “traidores”, desde el punto de vista de los actuales secesionistas?.

No estaría mal averiguarlo. Seguramente nos llevaríamos más de una sorpresa. Por ejemplo sería interesante investigar la razón por la que el bergantín del capitán Mariano Fontrodona se llamaba Santa Eulalia, como la patrona de Barcelona que aparecía pintada en el estandarte con el que la milicia de esa ciudad lucha contra Felipe V en 1714… Aunque a ese respecto, como se suele decir, sólo podemos soñar. Sobre todo por el escaso interés que se tiene por nuestra Historia de aquella época, con excepciones como la ya mencionada de “Yo solo” y otros trabajos similares pero, en conjunto, bastante escasos.

Eso se vio claramente en esta visita real de Felipe VI que nos ha dado pie para hablar de los catalanes combatientes en el Ejército español -o su Armada- en el siglo XVIII. Fue cuando se informó desde la prensa televisada, por ejemplo, de las actividades de la pareja real. En esa noticia quedaba evaporada toda referencia a Bernardo de Gálvez, jefe de aquella expedición -a quien, una vez más, parece no se le pusieron flores en su estatua, como sí se pusieron a Washington-, o a la participación española en la guerra contra Gran Bretaña decisiva para la independencia estadounidense. Hecho este último bastante difícil de pasar por alto, porque en las imágenes televisadas se podía ver claramente a varios reconstructores con uniforme de época de 1776 entre los que no sólo había soldados yankees, sino varios españoles, como se veía claramente por sus banderas con el aspa de San Andrés o por la escarapela roja en sus sombreros de tres picos…

Sin embargo, por nuestra parte, ahí queda, para toda esta semana al menos, una serie de datos, en los que descubrimos que, en una de esas paradojas que tanto le gustan a la Historia, nos encontramos con una nutrida representación de personas de origen catalán, muy al gusto de los actuales secesionistas, que al servicio del rey de España -al que se supone debían odiar cordialmente por lo ocurrido en 1714- ayudarán a traer la independencia de una nación, Estados Unidos, cuyo presidente actual prefiere que España permanezca unida. Por si acaso.

Algo en qué pensar detenidamente de aquí al domingo que viene, cuando, quizás, los capitanes Gatell, Robira, Fontrodona, Vilaró… y todos los demás que se jugaron la vida -en el año 1780, 1781…-, en el mar, o como tropas de tierra -como los anónimos 40 soldados voluntarios del regimiento Cataluña- se revuelvan en sus tumbas cada vez que un voto en contra de la “España fuerte y unida” sea depositado en las urnas de unas elecciones autonómicas que se han convertido en un plebiscito por la independencia de Cataluña.

Lo que es seguro es que el presidente Obama, lo supiera o no, hablaba esta semana con la Historia de su lado cuando hacia votos porque no prosperase un independentismo catalán que podrá ser justificado por razones políticas actuales, pero no por supuestos agravios históricos que, como siempre, vistos a la luz de la documentación de época se vienen abajo. A veces de manera bastante estrepitosa…

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La Historia es una ciencia muy desagradable. De la batalla de Andoain y la ejecución de la madre del “Tigre del Maestrazgo” a la nueva Diada (14-09-1837/ 11-09-2015)
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Carlos Rilova | 14-09-2015 | 09:29| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Sabía que esta semana no me iba a librar de hablar de las guerras carlistas y de la enésima celebración de una polémica Diada en Cataluña. Lo que no sabía es cómo iba a enfocar cuestiones en apariencia tan dispares. Eso lo descubrí, al fin, en la biblioteca del Museo Zumalakarregi emplazado en Ormaiztegi, en la que fue casa natal del más querido, mítico, y mitificado, general al servicio del pretendiente carlista español. Es decir, Tomás de Zumalacarregui.

Estaba yo en su bien provista biblioteca y archivo repasando papeles para completar el trabajo que -como ya saben quienes leen regularmente este correo de la Historia- preparo sobre la Legión Auxiliar Británica y allí me encontré, pidiendo información sobre el asunto, unos “Papers related to the War in Spain”, impresos por J. Harrison e Hijo en Londres en el año 1838. Fecha en la que, por orden de una entonces jovencísima reina Victoria, fueron presentados a la Cámara de los Lores en respuesta a la interpelación hecha allí el 19 de junio de ese año sobre la implicación británica en la segunda guerra civil española de la Edad Contemporánea.

Dentro venía, en las páginas 68 a 69 de ese impagable documento, una carta del caballero George Villiers remitida desde la embajada británica en Madrid a Lord Palmerston el 23 de abril de 1836.

En ella el embajador Villiers se despachaba a gusto con el ministro británico acerca de la muerte de la madre del llamado “Tigre del Maestrazgo”, el general Cabrera. Otro de los más conspicuos generales carlistas.

Decía el embajador Villiers que había hablado con el ministro Mendizabal sobre este asunto y sobre la indignación universal que había causado en Gran Bretaña el fusilamiento de la madre de ese general…

Era esa carta una cosa llamativa, pues episodios como éste han quedado fijados como tópicos en la memoria colectiva española que se sacan a relucir cuando se habla de ese pasado, que todavía es presente porque sigue levantando pasiones, de una u otra índole, hoy día.

En efecto, es fácil oír de la madre del general Cabrera en conversaciones o, incluso, leer sobre ella en artículos periodísticos que, entrando como un elefante en una cacharrería, tratan de demostrar teorías muy comunes -pero bastante chocantes desde el punto de vista histórico- sobre el salvajismo innato de los habitantes de la Península. Se trata de conversaciones o textos periodísticos en los que, merced a episodios como la muerte de la madre de Cabrera, se quiere demostrar que los liberales de la Primera Guerra Carlista tenían merecidas todas las represalias que les inflingían los carlistas cuando caían prisioneros (a los británicos, por ejemplo, el 5 de mayo de 1836 los cosieron a bayonetazos aún caídos e inermes, o les cortaron la lengua) o que “Spain is different”, sobre todo por lo que se refiere a decir que no es un país “normal” ni civilizado. Desde sus ministros hasta, por ejemplo, el último “chapelgorri”, soldados de choque de la Diputación liberal guipuzcoana de esas fechas con una bien ganada fama de brutalidad anticarlista incluso entre los británicos.

Bueno, pues documentos como la carta de Villiers a Palmerston dan una versión bastante diferente de hechos así. Según ese documento el ministro Mendizabal aseguró al embajador Villiers que el fusilamiento de la madre de Cabrera había indignado igualmente al gobierno español y, de hecho, se había detenido al general Nogueras, responsable de dicho fusilamiento, y se le había enviado, en situación de cuartel, a Valencia en tanto se revisaban todos los instrumentos legales que habían rodeado a la muerte de la madre del Tigre del Maestrazgo.

Por ejemplo documentos que, según carta del general Mina, indicaban que la madre de Cabrera era la principal inductora de un complot antiliberal fraguado en un punto del mapa de España que en esos momentos estaba bajo el estado de sitio. Es decir, bajo la Ley Marcial que implicaba juicios sumarísimos contra los que se vieran involucrados en actividades que hicieran peligrar el éxito de las armas del gobierno…

Se podrá discutir todo lo que se quiera sobre esto, como de hecho se hace, dando por vanas las explicaciones de Mendizabal, pero, en cualquier caso, ya se percatarán de que la Historia, contada documento tras documento, nada tiene que ver con explicaciones emocionales, viscerales, que pintan con unas tintas tan negras como falsas hechos históricos que, como cualquier cosa protagonizada por seres humanos, son mucho más complejos que esas simplificaciones baratas que, por una u otra razón, circulan por ahí.

El mismo Cabrera lo demostró largándose de España para vivir feliz en las afueras de Londres el resto de sus días tras 1839 casado con una dama inglesa, olvidándose de la sangrienta venganza con la que lavó la muerte de su madre, sin esperar a lo que dijera el ministro Mendizabal sobre la conducta del general Nogueras. Cuando el heredero de Carlos V le llamó en 1869 para unirse a una nueva guerra carlista, Cabrera acabó por mandar cortésmente al cuerno al nuevo pretendiente y al partido . Otro hecho histórico también a considerar por los que han hecho del fusilamiento de la madre de Cabrera un pilar sobre el que edificar teorías e interpretaciones que avergonzarían a un Neanderthal.

Como verán la Historia es una ciencia muy desagradable. Nos da sorpresas muy duras. A mí, personalmente, me hubiera gustado que los hechos que este sábado se conmemoraron en Andoain, la llamada batalla del 14 de septiembre de 1837, hubieran sido de otro modo. Por ejemplo que las tropas liberales no hubieran huido en desbandada dejando colgados a sus aliados británicos y a merced de las represalias carlistas que no respetaron el cuartel que a ellos sí se les daba de acuerdo a la convención de Lord Elliot. Sin embargo, matices aparte, que son para discutir en otro sitio, las cosas fueron así y yo estuve allí, en Andoain, este sábado participando, una vez más como historiador viviente o reconstructor, representando al cirujano Bain, que fue uno de los pocos británicos que salió vivo de Andoain gracias a su talento y determinación a la hora de desafiar el intenso fuego carlista que caía sobre las líneas de fugitivos del Ejército liberal.

Lo hice porque bien merece ese apoyo ese esfuerzo colectivo por recordar, por mantener la Historia viva. Porque cosas así ayudan a evitar que, por desagradable que pueda ser la Historia, se olvide, o se pervierta. Como ocurre en el caso de las teorías tremendistas sobre la “España negra”. O -esas tampoco están nada mal- las alentadas en novelas supuestamente históricas como la tan leída “Victus”. Esa que se ha convertido en un eficaz instrumento -uno más- con el que luego, como hemos visto el viernes pasado, se llenan las calles de Barcelona de independentistas que -con razón- no quieren saber nada de un país como el que les pinta el señor Sánchez Piñol en esa novela tan generosa y exitosamente distribuida por toda España.

Por más que lo que cuenta dicha novela, “Victus”, tenga una relación más que dudosa con lo que en un país europeo standard se considera Historia. Ya saben esa ciencia a veces muy desagradable, pero necesaria para considerarse una sociedad verdaderamente civilizada y que, sobre todo, es justo lo contrario de un cuento. Chino o de cualquier otra nacionalidad, pasada, presente o futura.

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Del fin de la Segunda Guerra Mundial a la muerte de Aylan Kurdi. De libros y telediarios para la primera quincena de septiembre de 2015
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Carlos Rilova | 07-09-2015 | 09:42| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana he estado dudando mucho tiempo sobre qué escribir este lunes. Al final la oportuna -supongo que en más de un sentido- publicación de un libro de un alto oficial soviético, Vladímir Rezún, que firma como Víctor Suvórov, me ha dado una clave que, como las ofertas de “El padrino”, no he podido rechazar.

El libro de Suvórov, de tamaño más que respetable y titulado “El rompehielos”, defiende, desde 1992, fecha en la que fue publicado aprovechando el colapso del sistema soviético, una de esas tesis históricas que solemos llamar “revisionistas”.

A saber: que el que provocó la Segunda Guerra Mundial, cuyo final cumplía esta semana pasada setenta años, fue el camarada Stalin y no el führer Adolf Hitler…

Con toda la prudencia que requieren afirmaciones de ese talante, voy a darle algo, sólo algo, de razón al ex-camarada general Suvórov.

¿Por qué hacer esto con una obra que ha causado una gran controversia en el mundo de la Historia académica como se ve, por ejemplo, en el artículo del profesor Dmtry A. Chechkin sobre ese autor y su contraparte española, Pío Moa, publicado  en el nº 38 de la revista de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco?.

Por una sencilla razón: distintas fuentes sobre el proceso de descomposición de la revolución bolchevique de 1917 -de la que emergió como un titán manchado de sangre Stalin- hacen bastante plausible que el aludido Stalin y los que le rodeaban por devoción, por afinidad o por puro terror, fueran capaces de preparar vastos complots. Por ejemplo uno mediante el cual la Unión Soviética, ya perfectamente purgada de enemigos del “padrecito”, se fabricaba un enemigo a la medida -la Alemania hitleriana- para desencadenar la guerra que ablandaría lo bastante a la Vieja Europa.

Una conflagración bélica lo bastante dura como para que el viejo continente cayera como fruta madura en manos de las legiones soviéticas, presentadas como Ejército de Liberación de la amenaza fascista que, siempre según Suvórov, habría sido creada como tal por las facilidades ofrecidas por la URSS de Stalin a la Alemania de Hitler, facilitándole pactos diplomáticos ventajosos -el famoso Ribbentrop-Mólotov- y acceso a tecnología militar punta que ninguna otra potencia europea -otra vez según Suvórov- estaba en condiciones de proporcionar en los oscuros años treinta.

Ciertamente esa clase de experimentos elaborados en el laboratorio de ideas del Kremlin stalinista  no fueron raros y eran, de hecho, conocidos mucho antes de que Suvórov tuviera siquiera oportunidad de lanzar su provocadora tesis.

Los delegados socialistas o anarquistas españoles enviados -como los de muchos otros países europeos- a observar el experimento soviético, ya señalaban de lo que era capaz el régimen soviético en embrión que, en obras como las del socialista Fernando de los Ríos o el anarquista Ángel Pestaña, en el mejor de los casos era calificado como una dictadura igual de atroz y maquiavélica que la zarista que acababa de derrocar.

En el frente de Aragón, y, en general, en toda la España bajo control republicano, se pudo comprobar durante nuestra guerra civil de 1936 el desarrollo de las ideas oportunistas, ciertamente maquiavélicas, fermentadas por el camarada Stalin con un objetivo que no está muy lejos del que Suvórov le atribuye osadamente en “El rompehielos”.

Gran parte de las fuerzas de izquierda disidentes (POUM, CNT, etc…) fueron neutralizadas con la inestimable ayuda de los agentes soviéticos enviados a España a controlar que el proceso de derrota o victoria de la Segunda República española -ocurriera lo que ocurriera- lo dejase todo a la medida de los designios del camarada Stalin.

Las checas en las que se elimina a esos disidentes de izquierda, son una buena prueba de que planes como los descritos por Suvórov no son tan descabellados, por más que sus tesis sean altamente cuestionables desde el punto de vista académico.

Conviene ser cautos, pues, con la lectura de “El rompehielos” que ahora irrumpe en nuestro mercado editorial, pero aunque el 90% -o más- de ese libro sea poco más que farfolla histórica, tiene al menos la virtud de recordarnos que, eso es innegable, Stalin era de ideas bastante alambicadas, por decirlo de un modo suave, sobre las Relaciones Internacionales, la Guerra, la Paz, la revolución internacional, etc….

Y ahora, supongo, se preguntarán qué tiene que ver todo eso con la muerte del pequeño Aylan Kurdi, que se ahogó esta misma semana pasada huyendo de una atroz guerra civil -la siria- causando un terrible revuelo en el mundo de la Información, suscitando debates sobre si se debía mostrar su imagen o no, pixelada de pies a cabeza o no, etc…

Puede que parezcan dos hechos difíciles de relacionar. Más allá de la terrible casualidad de que el 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial -provocada por Stalin antes que por Hitler según el ex-camarada Suvórov- haya coincidido con la muerte de este niño sirio y toda su familia a excepción de un padre que, anegado en su comprensible dolor, nos recuerda en Occidente que él es -o fue hasta hace poco tiempo- una persona muy parecida a las que aquí en la, de momento, aún segura Europa occidental, consumen telediarios y periódicos en los que se recuerda ese horror.

Lo cierto es que la muerte de Aylan Kurdi, las circunstancias que la han provocado, recuerdan, por desgracia, extraordinariamente a las circunstancias en las que la Segunda Guerra Mundial se fue fraguando. Tenemos ante nosotros, por lo general, gobiernos adocenados que no piensan más que en preservar una pequeña parcela de seguridad, ignorando un hecho tan elemental, tan obvio, como que nada está seguro hasta que todo está seguro, como dijo en “El talón de hierro” Jack London. Tenemos, otra vez, una Alemania con veleidades imperialistas sobre Europa y quién sabe si sobre el Mundo y un escenario de crisis económica que sólo parece empeorar apenas se dice que ha comenzado a mejorar y todo por la sencilla razón de que se insiste, tercamente, en que la causa de la enfermedad -políticas económicas desreguladoras- es la cura para la enfermedad…

Puede que dentro de otros setenta años alguien descubra que esa serie de hechos que aún no sabemos adónde nos pueden llevar, fueron provocados no, por ejemplo, por una Alemania neoimperialista que, según parece, marcha por el escenario internacional a golpe de geniales ideas de bombero-incendiario, sino por -cosas más raras se han visto- un enigmático plan del siempre enigmático Vladímir Putin.

El caso es que esos retruécanos históricos no devolverán la vida perdida de nadie. Ni la de Aylan Kurdi, ni la de miles de refugiados que, tal vez, hayan escapado de lo peor, de momento, pero arrastran una existencia truncada por un panorama de relaciones internacionales completamente dislocado. Tan dislocado como el que existía en el Mundo de los “oscuros treinta” del siglo XX, al que, parece, vamos, por desgracia, superando. Como se puede constatar con sólo ver un telediario. El que sea. Tanto si las imágenes “sensibles” se pixelan, como si se ofrecen tan obvias y diáfanas como un animal abierto en canal.

Una verdadera lastima constatar que la Humanidad, al menos hoy por hoy, parece incapaz de aprender de la experiencia histórica. Ni siquiera de la de un lapso históricamente tan corto como setenta años…

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¿Tenemos los cómics históricos que nos merecemos?. Una lectura sobre la figura del general Castaños, Bailén y la Guerra de Independencia a partir de “´¡Adelante!” de Giroud y Rey
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Carlos Rilova | 31-08-2015 | 09:57| 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 31 de agosto de 2015, creo que es una fecha oportuna para que hablemos de un par de libros. Uno, como ocurría en el caso del llorado Francisco Umbral, es mío. El otro no. Empezaré por el mío, del que ya he hablado por aquí en alguna que otra ocasión. Para quienes no estuvieron atentos se titula “El Waterloo de los Pirineos”.

Como ya habrán deducido, habla de algo que una gran mayoría considera inverosímil. Es decir, que la batalla de Waterloo no fue sólo una batalla sino una campaña con múltiples operaciones y que alguna de ellas, además, tuvo lugar en la frontera de los Pirineos. Fue un costoso despliegue militar de cerca de 30.000 soldados de la corona española, en toda esa frontera que, ahora hace doscientos años -entrando por los pasos del Bidasoa y los catalanes-, diluyó definitivamente toda veleidad bonapartista en esa parte del mapa francés.

Cosa que lograron sin tener que matar a nadie. Una rara hazaña en la Europa de esas guerras napoleónicas que así tocaban a su fin verdaderamente y no en la batalla de Waterloo que, en realidad, sólo había sido el principio de ese fin.

En dicho libro, “El Waterloo de los Pirineos”, encontrarán todo un capítulo dedicado a la figura del general Castaños, a quien se describe ahí en sus verdaderas dimensiones históricas, tratando de enmendar el daño causado tanto por los complejos de inferioridad hispánicos, como por asociaciones de aficionados que han tratado de convertirlo en un símbolo de la opresión españolista sobre el “Pueblo Vasco”.

Un empeño en el que, de momento y hasta la fecha -bastaba con leer un artículo de opinión sobre el tema del profesor Fito Rodríguez publicado este sábado en “Gara”- dichas asociaciones echan el resto, como se suele decir, cada 31 de agosto, fecha de la destrucción de San Sebastián durante las guerras napoleónicas y de la que, con argumentos históricos más que débiles, han tratado de responsabilizar a dicho general, que debería ser conocido, más bien, por ser uno de los oficiales de la época napoleónica que, como los británicos en 1940, dio esperanzas a toda Europa de que el tirano que quería dominarla podía ser vencido.

Bien, hasta aquí una parte del problema que, si quieren -y espero que sí quieran- pueden resolver con sólo leer “El Waterloo de los Pirineos”. Ahora vamos a abordar otra faceta del mismo, menos localista, menos paleta si así lo prefieren, y por eso aún más grave, a través de otro libro.

En este caso se trata de un cómic -o, si lo prefieren, novela gráfica- titulado “¡Adelante!”. Los autores son un consagrado guionista francés, Frank Giroud, y un casi debutante dibujante, Javi Rey.

La historia que nos cuentan está ambientada entre 1794 y 1808 y relata la vida agitada de Ángel Talavera, muchacho hijo de un labrador relativamente rico que, a raíz de la  invasión napoleónica de 1808, se convierte en jefe de partida guerrillera…

¿Supera esta obra los viejos tópicos orientalistas que los franceses -y Frank Giroud lo es- atesoran sobre la España culpable de que su primer imperio se fuera al garete?.

Hay que reconocer que sí. Ángel Talavera, personaje romántico y atormentado pero vitalista, como salido de un poema de Byron o de Espronceda, es un joven ilustrado que en la página 11 de “¡Adelante!” dice a su preceptor, el padre Fulco, convertido en cura “trabucaire” y parte de la partida de Talavera, que las ideas ilustradas y progresistas, en fin, revolucionarias, deben ser puestas en manos de los niños, las mujeres -como la bella guerrillera Pilar, que también es miembro de la partida- y de todos los peones y jornaleros de España…

Estamos, pues, ante un héroe simpático para la mayor parte de nuestra sociedad occidental, que lucha por la Libertad no sólo de España sino de todas sus clases sociales, emergentes en ese momento tras sufrir el impacto revolucionario de la llamada Guerra de Independencia.

¿Siguen así las cosas en las páginas posteriores de “¡Adelante!”?. Pues la verdad es que no. La verdad es que Frank Giroud ha escrito un folletín en el sentido más exacto de la palabra, inspirándose en la rica tradición folletinesca francesa en la que han participado plumas tan grandes, tan de la Historia de la Literatura Universal, como Alejandro Dumas, Víctor Hugo (ambos hijos de altos oficiales napoleónicos, por cierto) o el mismísimo Balzac, que publicó por entregas junto a nombres como esos -y otros aún menos conocidos como Ponson du Terrail- “El tío Goriot”.

Así las cosas, “¡Adelante!” tiene unas dosis de drama y agonías vitales – infidelidades, hijos secretos que pueden provocar terribles desenlaces, amores imposibles…- propias de todo lo que un buen folletín tiene que tener.

La Historia con “H” mayúscula que sirve de telón de fondo a esos avatares también sufre a causa de esa necesidad del autor de hacer encajar los hechos en un molde -el del folletín-  a veces no muy dado a la fidelidad histórica.

Justo es decir que Giroud ha eliminado ciertas inexactitudes acerca de las guerrillas, consideradas por extranjeros y españoles decimonónicos -de Merimée a Pérez Galdós- más como bestias emergidas de una Naturaleza agreste y primigenia, que como seres humanos reales, parte de un mundo en el que se leían -o escuchaban- libros con ideas avanzadas y donde se les sometía a una intensa propaganda de guerra patriota de distinta sintonía política. Desde el reaccionarismo más encanallado al progresismo más revolucionario.

Así, la partida de Talavera no masacra sistemática y sádicamente a los prisioneros que hacen, que incluso tienen tiempo de reflexionar, como ocurre en la página 15 del libro, que si el emperador les había mandado allí para traer la Libertad al mismo pueblo que les vilipendia en las calles de Sevilla, quizás no deberían haber tratado de imponer esa Libertad a cañonazos…

Sin embargo, Giroud no puede evitar volver a los rancios y falsos tópicos sobre la Guerra de Independencia en muchas otras partes del libro.

El tema es particularmente sangrante cuando caracteriza al general Castaños, comandante en jefe del Ejército de Andalucía y protagonista de buena parte de “¡Adelante!”.

Para empezar el dibujante lo reconstruye con el uniforme caprichoso que se le impuso en el cuadro hoy famoso sobre la rendición de Bailén. Es decir, con un pantalón rojo que desentona con el resto de su uniforme del regimiento África. El que siempre quiso llevar en homenaje a esos hombres que, cuando estaban bajo su mando en 1794, le salvaron de morir por sus heridas en los combates en torno al Bidasoa con el Ejército revolucionario francés.

Por otra parte, Giroud hace de Castaños un hombre malcarado y enfermizamente mezquino. Cosa que en absoluto fue, tal y como sabemos por todo lo que se ha investigado, con seriedad, sobre él y que, una vez más, pueden encontrar perfectamente reseñado en “El Waterloo de los Pirineos”.

De hecho, el Castaños de Giroud es tan miserable que engaña a la partida de Ángel Talavera para que no puedan figurar como parte importante de la batalla de Bailén, remitiéndolos a operaciones de retaguardia…

Ciertamente no es que Castaños fuera un santo para estas cosas. De hecho, el modo en el que consigue el grado de Capitán General de Cataluña en 1815 demuestra que era un cortesano consumado y que apostaba fuerte en esa clase de intrigas, pero por lo que respecta a Bailén y el papel que asigna a los, por lo general, desorganizados e inexpertos voluntarios populares que se le presentan en julio de 1808, el relegar a partidas como la de Talavera no tenía más objetivo que impedir que sus integrantes fueran inútilmente masacrados o rompieran las líneas de combate patriotas al ser presa del pánico o por su incapacidad para obedecer órdenes reglamentarias. A ese respecto a Giroud, es obvio, le ha faltado la lectura de una obra fundamental sobre el tema como la del profesor Manuel Moreno Alonso.

Nos da pues Giroud una de arena y otra de cal con respecto a nuestra Historia de la Guerra de Independencia y el verdadero significado de Bailén. Se aproxima mucho más a la verdad en las impresionantes escenas dibujadas por Rey en la página 46 de la obra, donde podemos ver a la Artillería y la Infantería española destruir al Ejército napoleónico, demostrando que no son invencibles, llevando a todos los “pueblos oprimidos” -tal y como dice el Castaños de Giroud- un mensaje de esperanza, haciendo que “de Madrid a Tilsit” el sol brille de nuevo tras levantarse en Bailén.

Lo único que desentona en esa página es la reproducción del cuadro de Casado del Alisal que, como ya se ha señalado en más de una ocasión, representa una escena inverosímil porque coloca en un mismo lugar y tiempo a personajes que jamás coincidieron en él, estando en otras partes del campo de batalla.

Sin embargo el tono general y final de “¡Adelante!” nos devuelve a un panorama ciertamente deprimente. La conclusión final es que la aristocracia española se aprovecha del entusiasmo popular suscitado por la invasión de 1808 para dejar todo como estaba, condenando al anonimato, a la oscuridad histórica, a los que les salvaron de la invasión…

Nada menos cierto -ni más ofensivo- para los numerosos historiadores que trabajamos, arduamente, para reconstruir un episodio en el que España es punta de lanza de una revolución europea que toma el testigo de la francesa de 1789 y en la que hombres como Ángel Talavera escriben páginas y más páginas de Historia…

Las mismas que, mal que bien, nos han traído hasta un país más rico, más culto, más avanzado… que el que ellos tuvieron que defender en 1808.

El problema, naturalmente, es que nada hace quien puede y debe hacer algo para que falsos tópicos -como los que arrastran a esos errores a Giroud- sigan abundando y campando a sus anchas. Considerando que la Historia -y si es de España, más- es una “María”, una asignatura inútil en el mejor de los casos y molesta, muy molesta, en el peor de ellos.

Dicho queda, una vez más. ¿Servirá de algo?.

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La extraña Historia del emperador de Estados Unidos: Joshua A. Norton, conocido como Norton I (1859-1880)
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Carlos Rilova | 24-08-2015 | 09:00| 2

Por Carlos Rilova Jericó

De momento hay un acuerdo internacional en la opinión pública por el cual se considera que Estados Unidos, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, puede considerarse una potencia imperialista pero no un Imperio como tal.

Especialistas en Política como Raymond Aron fueron algo más lejos y se atrevieron a definir a esa potencia -dominante todavía hoy en el Mundo- como “República imperial”. Una aparente contradicción muy gráfica sin embargo.

El caso es que, pese a todo, resulta que en Estados Unidos hubo un emperador que se alzó en el Oeste del gran país poco antes de la guerra civil acabada en el año 1865.

Esta figura que, seguramente, sonará a los seguidores de la popular serie de cómic Lucky Lucke -ya saben, el vaquero que dispara más rápido que su propia sombra- fue comúnmente conocido como “Norton I”.

Goscinny y Morris, respectivamente guionista y dibujante de esa serie de aventuras en viñetas con la que se puede aprender tanto del “Salvaje Oeste” como de la Historia del Imperio Romano con Astérix, lo convirtió en un memorable episodio titulado “El emperador Smith”.

En ese álbum de la serie Lucky Lucke, Smith es un ganadero de Grass Town, un pueblo que el vaquero que dispara más rápido que su propia sombra visita en su largo, largo viaje de vuelta a casa que, para fortuna de los numerosos seguidores de sus aventuras, nunca parece ir a acabar.

El susodicho Smith ha organizado en esa localidad en la que, como reza en su cartel de entrada, “se ahorca a todas horas”, eso que ahora llamamos reconstrucción o recreación, traduciendo la palabra anglosajona “reenactement” que, de unas décadas a esta parte, se ha convertido en una afición bastante extendida y consistente en tratar de reconstruir -de “reactuar”- fielmente determinado episodio histórico. Por lo general, distintas batallas famosas. Desde las de Crécy y Azincourt en la Edad Media a Waterloo, pasando por toda una gama que incluye el Imperio Romano, la Guerra de Secesión, diversos episodios de la Primera y Segunda Guerra Mundial, etc…

El caso del emperador Smith es, sin embargo, algo ligeramente distinto a eso. Su grupo, formado por los trabajadores de su inmensa hacienda ganadera, y él mismo, tienen mucho que ver con los actuales grupos de reconstrucción, pero el trasfondo de su historia varía bastante.

Smith está un poco chiflado. Cree realmente ser un verdadero emperador. Considera así que el presidente Ulysses S. Grant es un usurpador, que él -Smith- tiene derecho a todo Estados Unidos para constituir su imperio y espera conquistarlo con sus hombres vestidos, de un modo un tanto incongruente, como soldados franceses de época napoleónica.

Algo bastante difícil… a pesar de que ha tenido la precaución de armarlos con Artillería y fusiles bastante más modernos.

Como suele ser habitual en las historietas de Lucky Lucke, el inefable y errante vaquero logra poner las cosas en su sitio tras castigar a los malvados que tratan de aprovecharse de la manía del demenciado Smith.

En la realidad en la que se basó este episodio de la serie, las cosas fueron bastante distintas.

Morris y Goscinny cuentan en una nota final muy de agradecer, que todo el álbum se basa en la verdadera Historia de un inglés, Joshua A. Norton, nacido -según todos los indicios razonables- pocos años después de la derrota definitiva de Napoleón -uno de los escasos biógrafos de Norton en lengua española, Xavier Deulonder, baraja los años 1811 y 1818- apenas dos antes de que el emperador muriera en el exilio de Santa Elena al que se le había condenado en 1815.

Norton emigró, como tantos otros británicos, españoles, italianos, alemanes, franceses… a Estados Unidos, atraído por la llamada “Fiebre del oro”, llegó a California y allí se hizo rico comerciando gracias a las hordas de buscadores que se abalanzaron sobre la Alta California que ya formaba parte, de facto, de los Estados Unidos tras la reciente guerra con la república mexicana en 1848.

Después las cosas le fueron mal, se arruinó y enloqueció. Según parece. De ese modo, durante cerca de cuatro décadas, entre 1859 y 1880, anduvo por el San Francisco post-fiebre del oro contando a quien quisiera oírle que él, Joshua A. Norton, era el emperador de Estados Unidos.

Una manía verdaderamente curiosa con la que, de todos modos, este hombre logró sobrevivir a su maltrecha situación, consiguiendo que aquellos que escuchaban sus demenciales delirios le pagasen algún convite en los numerosos salones que proliferaron gracias al pujante puerto de la ciudad y las sedientas tripulaciones que lo visitaban, le prestasen dinero en calidad de empréstito gracioso -sin fecha de devolución ni intereses, por supuesto- a la casa imperial de Su Majestad Norton I, y así sucesivamente…

Al igual que el emperador Smith de Morris y Goscinny, Norton, como nos cuenta la documentada biografía de este personaje firmada por Xavier Deulonder, llevó su locura hasta el punto de cartearse y telegrafiarse con dirigentes de su época que él consideraba sus iguales o incluso sus inferiores. Es decir: Napoleón III, la reina Victoria -que según señala Deulonder podría haber sido la única en responderle y con la que se decía que iba a casarse Norton-, el propio presidente Grant o bien su predecesor Abraham Lincoln o su antagonista, el presidente confederado Jefferson Davis…

Así, a mitad de camino entre lo trágico y lo cómico, la miseria y el esplendor, transcurrió la vida de Norton I, que acabó en el lugar donde había pasado la mayor parte de su tiempo tras arruinarse: en una oscura calle de San Francisco, no muy lejos del cuarto de una pensión de esas que tan famosas han hecho películas del llamado “Western crepuscular”, desde “¡Dispara Billy, dispara!”, hasta la versión de los hermanos Coen de “Valor de ley”.

Lo que realmente fue imperial, tal y como nos cuentan también Morris y Goscinny en su nota final a “Emperador Smith” o Xavier Deulonder, fue el entierro de Norton en aquel año 1880. Acudieron a él miles de personas de aquel pujante San Francisco de la “Belle Époque” que consideraban al finado y falso emperador de Estados Unidos como parte, entrañable, del folklore local. Los principales comerciantes de la ciudad incluso abrieron una suscripción para que se le enterrase con toda la pompa y esplendor en el cementerio masónico de San Francisco. Eso, a pesar de que, como recuerda Xavier Deulonder, había, y hubo hasta los años setenta del siglo pasado, bastante polémica en torno al origen judío de Joshua Norton.

Yo les dejo aquí por hoy, para que puedan saborear mejor esta Historia poco conocida del que, de momento, ha sido único emperador de los Estados Unidos. Para que piensen si se trata de una anécdota curiosa o de un fragmento de la gran Historia que pueda enseñarnos algo valioso.

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La Bahía de La Concha no siempre fue un “marco incomparable”. Breve descripción de un ataque suicida durante la Primera Guerra Carlista (5 de mayo de 1836)
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Carlos Rilova | 17-08-2015 | 09:37| 17

Por Carlos Rilova Jericó

Como saben bien los que veranean en San Sebastián, ya para finales de mayo, y aún incluso a principios de ese mes, si el tiempo lo permite, las playas de la ciudad, tan transitadas por un Turismo selecto y cada vez más internacional, se suelen llenar de visitantes y vecinos que quieren aprovechar eso que, medio en broma medio en serio, los donostiarras suelen llamar “el marco incomparable”. Fundamentalmente la gran bahía de La Concha desde el Club Naútico hasta el Peine de los Vientos de Chillida, pasando por la otra gran playa de esa bahía: Ondarreta.

Luego llega ya el pleno verano y hasta bien entrado septiembre -otra vez si el tiempo lo permite- se sigue sacando rentabilidad al famoso “marco incomparable”. Para pasear, para ir a la playa a nadar y tomar el sol, para ver los fuegos artificiales de la Semana Grande con el imprescindible helado en mano… En fin, para pasarlo bien, para veranear, con todo lo que ese verbo implica.

Bien, pues hubo un tiempo en el que las cosas tenían una cara mucho más fea, nada veraniega -la idea del veraneo estaba en esas fechas, 1836, sólo a punto de inventarse- tanto para los vecinos de la ciudad como para algunos visitantes -la llamada Legión Auxiliar Británica- que habían venido -como ocurre hoy día- desde puntos tan lejanos como Irlanda, Escocia, Galés, Inglaterra…

Los hechos ocurrieron un 5 de mayo de 1836 y aunque son unos cuantos los testigos que contaron esos avatares bélicos, yo tomaré los datos de uno de los muchos documentos sobre los que ahora estoy trabajando para reconstruir la Historia de aquellos soldados británicos que vivieron esos angustiosos momentos de la primavera del año 1836 y que, como saben los lectores más fieles de esta página, me han proporcionado ya algún que otro correo de la Historia este año. A tal punto es rico el material que dejaron, blanco sobre negro, estos británicos venidos a luchar del lado de los liberales españoles en la primera de las tres guerras carlistas.

Lo que sigue, pues, es tan sólo un relato muy parcial -apenas un avance de lo que estoy investigando ahora mismo- extraído de una única fuente: el libro titulado “Twelve months in  the British Legion” escrito por uno de los oficiales de ese cuerpo auxiliar que, según nos dice Edward Brett -acaso uno de los historiadores que ha escrito el más extenso y documentado relato de esa fuerza británica- mandó a sus padres que guardasen todas las cartas que les enviase desde aquel País Vasco en guerra en el que él estaba para, en un futuro en el que confiaba en vivir, pudiera, si quería, escribir algo parecido a la “Anábasis” o “Expedición de los Diez Mil” del historiador griego Jenofonte.

Era un joven de 19 años, hijo de un general británico y se llamaba Charles Thompson y lo sabemos a pesar de que, finalmente, publicó la obra en un discreto anonimato.

Su relato de la acción del 5 de mayo de 1836, en la que participó en primera línea, ocupa gran parte del capítulo VIII de su libro.

Las órdenes que le llegaron, por primera vez, en 4 de mayo decían que él y los hombres bajo su mando debían llegar a los arenales de la bahía y desde allí cargar, como les fuera posible, contra las fortificaciones -formidables según todos los testimonios- que los carlistas tenían en la zona del Antiguo.

No se trató de una tarea fácil. Aquel 5 de mayo el “marco incomparable” vivió escenas que nada tiene que ver con las del plácido veraneo que hoy se escenifica en él.

Hubo ataques, cuesta arriba, a bayoneta calada, contra las fortificaciones carlistas desde las que se estrechaba el cerco sobre San Sebastián y que, naturalmente, tenían que desalojar forzosamente tropas del bando liberal como aquellas que mandaba el joven Thompson.

Este oficial vio escenas de verdadera bravura y un temor racional que no podríamos llamar legítimamente  cobardía.

Con verdadera elegancia señala que ese temor lo vio entre muchos de sus hombres, paralizados, sin posibilidad de que avanzasen sobre las líneas carlistas, que, naturalmente, los recibían con descargas cerradas de mosquetería y metralla.

Nada movía en esos momentos a aquellos voluntarios británicos de los parapetos en los que habían buscado refugio. Ni los curiosos sobrenombres con los que sus oficiales les recordaban a algunos de ellos que eran irlandeses y, por lo tanto, unos valientes natos  -apodos verdaderamente curiosos, desde O´Conellitas (recordando el nombre de su coronel, O´Connell) hasta una palabra que, curiosamente, adoptará un siglo más tarde la subcultura de la música reggae: “ragamuffins”-, ni el ejemplo de un oficial español -del regimiento Segovia, único en combatir ese día allí según Thompson- que, con una bandera roja en una mano y su sable en la otra, los animaba a continuar el avance desafiando el fuego de los carlistas.

Thompson mismo cayó herido bajo ese fuego enemigo, pero levemente, lo suficiente como para ver la llegada de refuerzos -el 4 de línea traído desde Santander por mar- y, sobre todo, para que el avance acabase con éxito cuando uno de los vapores de guerra que había venido acompañando a esta fuerza auxiliar británica, el Phoenix, comenzó a dar fuego de cobertura  con su artillería a esas tropas clavadas al terreno entre las arenas de Ondarreta y los restos humeantes de la iglesia de San Sebastián el antiguo incendiada días atrás por los carlistas.

Esas nutridas descargas de Artillería naval convirtieron, finalmente, en héroes a aquellos hombres que hasta entonces habían exhibido un prudente miedo a ser masacrados en aquellos ataques suicidas repetidos, una y otra vez, durante un 5 de mayo de 1836 que no, nada tenía que ver con lo que podría ser un 5 de mayo del año 2015, cuando ya empieza a vivirse ese estado tan placentero de cosas que solemos llamar “veraneo”.

Por difícil de creer que hoy resulte, esas escenas dramáticas, que parecen sacadas de una novela o de una película bélica, ocurrieron en el mismo lugar en el que, acaso, muchos han puesto hoy su toalla, pasean al sol en bici o leen en una tablet este artículo bajo una sombrilla que les recuerda esa tranquilidad que da estar de vacaciones en un marco incomparable que, como ven, echando la vista atrás sobre la Historia del lugar en cuestión, hubo veces en que no lo fue tanto…

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“Tenno, Tenno, banzai!” (“Emperador, Emperador, ¡que vivas diez mil años!”). Historia para el 70 aniversario de la primera bomba atómica
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Carlos Rilova | 10-08-2015 | 09:41| 3

Por Carlos Rilova Jericó

Ya se habrán dado cuenta, entre el miércoles y el jueves de esta semana pasada, de que ahora se venía a cumplir una efemérides siniestra.

En este caso la de la primera bomba atómica, arrojada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima un 6 de agosto de 1945.

Yo, como ven, hablando como siempre desde la tribuna de la Historia, no quiero dejar pasar la fecha, para decir algo que les pueda ser de utilidad sobre el tema. Por ejemplo poniendo sobre el tapete argumentos para una discusión que, seguramente, habrá surgido mucho alrededor de esa fecha, de esos setenta años desde que la bomba fatídica se arrojó sobre Hiroshima y poco después, el 9 de agosto, sobre Nagasaki.

Es decir, para que tengan argumentos sólidos para cuando surjan las preguntas sobre cómo fue posible semejante atroz barbaridad -es la impresión que se sacaba si se veían los telediarios que cubrieron la noticia-, sobre cómo pudo ser posible que se llegará a eso.

La respuesta a eso, como todo lo que tiene que ver con la Historia y más con la Historia de Japón, es complicada. Lo cual no quiere decir que sea difícil explicarlo en apenas tres folios, que es lo que yo voy a intentar. Y además remitiéndoles a varias películas que, como saben, suele ser la manera más sencilla de empezar a comprender mejor un punto de la Historia dudoso, oscuro o que parece, visto desde lejos, muy complicado.

Empecemos por reconocer algo que se ha comentado en algunos libros de Historia contemporánea: que Estados Unidos no dudó en bombardear poblaciones japonesas con el terrible artefacto y que no se dio tanta prisa por hacer otro tanto con poblaciones racialmente más afines a los estadounidenses. Es decir, los alemanes.

Eso parece obvio. Como también lo parece que, como decía algún superviviente esta semana pasada en uno de los muchos minutos de televisión que se les concedieron, Estados Unidos los usó como conejillos de Indias.

Tampoco podemos olvidar que el lanzamiento de la bomba tuvo mucho de aviso a navegantes. En este caso a la URSS de Stalin, desde cuyas fronteras más orientales, dicen, se pudo ver el estallido de las dos bombas de Hiroshima y Nagasaki. Advertencia de lo más útil sobre lo que podía pasarle, al “padrecito” Stalin y a su URSS, si enfadaban a sus aliados yankees y que, aún así, contribuirá a iniciar una carrera de armamentos nucleares que nos mantuvo en vilo durante cerca de cinco décadas…

Pero al margen de todos esos motivos, tan feos, tan maquiavélicos, pero también tan plausibles para que Estados Unidos tirase las dos bombas atómicas sobre Japón, hay otra cara de esa realidad que, bien explicada, nos puede ayudar a hacernos una idea más exacta de la compleja situación que llevó a ese gobierno a hacer lo que hizo hace setenta años.

Seguramente ustedes conocerán películas como “55 días en Pekín” o “El último samurái”. Ambas muestran aspectos del Japón de la Era Meiji. Es decir, el que desde la subida al trono de Meiji Tenno (el emperador Meiji), impuso, precisamente por decreto imperial, la modernización y occidentalización de Japón.

La cosa se realizó con éxito desde 1868. Como ven en “El último samurái”, Japón se llena de gente vestida a la occidental -totalmente o en parte de su atuendo al menos- de telégrafos y de locomotoras y, sobre todo, de un Ejército equiparable en todo -uniformes, armas, tácticas…- a los más avanzados de Europa.

Tanto que apenas nada los distinguía de los ejércitos de los “gaijin”, los bárbaros extranjeros, los occidentales narizotas y de cabello rojo, tan aborrecidos hasta entonces por un Japón cerrado sobre sí mismo desde comienzos de nuestro siglo XVII y sólo abierto a cañonazos a mediados del XIX después de que la flota estadounidense del comodoro Perry forzase la primera apertura de puertos japoneses. Algo que daría lugar -aparte de a más películas de Hollywood y alguna que otra opera como “Madama Butterfly” y operetas como “El Mikado” de los inefables victorianos Gilbert y Sullivan- a la citada revolución Meiji de 1868.

Una que se manifiesta claramente, por ejemplo, en algún personaje de “55 días en Pekín”, concretamente un oficial del modernizado Ejército japonés, que se entiende a la perfección con sus colegas europeos a la hora de poner en acción contundentes medios contra los chinos tradicionalistas que asaltan en 1900 el barrio de las legaciones extranjeras en el Pekín imperial…

Hasta ahí todo correcto. Sin embargo lo que llamamos Segunda Guerra Mundial (1939-1945) puso de manifiesto que el Japón posterior a 1868 estaba modernizado sólo aparentemente, que por debajo de esos aspectos externos seguía fluyendo una fuerte corriente de tradicionalismo -mecanizado, pero tradicionalismo al fin y al cabo- que, como todas las situaciones contradictorias -y las que tratan de combinar progreso técnico con mantenimiento de tradiciones ancestrales lo suelen ser-, acabó estallando por algún lado.

Así fue, Japón, el Japón de los años treinta del siglo XX, dominado por una casta militar apegada al código militar anterior a la revolución Meiji, al de la época del pleno esplendor del mundo de los samuráis -guerreros de mayor o menor rango unidos por lazos feudales-, que exigía ciega obediencia al superior, morir antes que desobedecer y una lealtad sin fisuras en la que la muerte en combate, siguiendo ese “bushido” (literalmente “el camino del guerrero”), era la mayor meta vital que se podía alcanzar, siendo necesario incluso suicidarse -para eso era el pequeño sable que el samurái llevaba junto a su espada larga o katana- si la situación, el honor, en fin, lo exigía.

La propaganda de esos círculos militaristas japoneses exacerbó esa clase de sentimientos en los años 30. El estribillo de la canción que menciono en el título de este nuevo correo de la Historia “Tenno, Tenno, Banzai!” (que he traducido como “Emperador, Emperador, ¡que vivas diez mil años!”) es un perfecto ejemplo del estado mental en el que estaban sumidos los japoneses en los años de esa Segunda Guerra Mundial, llevados constantemente a reverenciar al emperador Hirohito, un mortal -que se vestía a menudo con frac y chistera- como Hijo de la Diosa Sol y otras inverosimilitudes poco compatibles con una sociedad verdaderamente modernizada, más allá de las simples apariencias.

En definitiva, Estados Unidos se encontraba en 1945 ante un enemigo formidable, fanatizado, incapaz de rendirse -no olvidemos que los oficiales japoneses, junto a su uniforme occidentalizado portaban como símbolo de rango y arma una katana- y al que había que derrotar con algo nunca visto, antes de que el esfuerzo de guerra agotase definitivamente a la gran alianza sustentada por Estados Unidos.

La bomba atómica, dadas esas circunstancias, parecía en aquellos momentos una gran idea… Y poco más se puede decir, salvo que espero que, vistas las cosas desde esta perspectiva, les resulte más fácil comprender el porqué Estados Unidos decidió desatar un arma tan infernal sobre Japón ahora hace setenta años, en un verano que muchos supervivientes seguro nunca pudieron olvidar.

Imaginen, tan solo imaginen, lo que podría haber pasado si el emperador Hirohito no se hubiera visto obligado a reconocer que estaban derrotados a causa de aquellas bombas que parecían mil soles estallando a un tiempo…

La Historia, en efecto, es, a veces, una maestra que enseña crueles lecciones.

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Todo empezó con una gran derrota. Napoleón frente al almirante Nelson en Abukir (del 1 de agosto de 1798 al 1 de agosto de 2015)
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Carlos Rilova | 03-08-2015 | 09:35| 2

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy, 3 de agosto de 2015, ya se han cumplido, con largueza, los doscientos años de la captura de Napoleón Bonaparte por la flota británica, ante las tormentosas -en más de un sentido- costas de la Francia de aquella época.

Fue a finales de julio de aquel año de victoria para la última coalición contra el llamado “Tirano de Europa”.

Por supuesto los focos de resistencia franceses no se extinguieron en ese momento y los ejércitos aliados tuvieron que aplicar una “amistosa persuasión” en distintos puntos de Francia, con mayor o menor gasto de pólvora y balas, para dejar clara constancia de que la epopeya napoleónica había tocado a su fin. Pero de esos episodios, especialmente de los que tuvieron lugar en el País Vasco y otros puntos de los Pirineos, hablaremos cuando se cumplan sus doscientos años redondos, a finales de este mes.

En cualquier caso, este 3 de agosto de 2015 no es un mal momento para recordar que la carrera de Napoleón que acaba así, entregándose a bordo de un navío de guerra de su majestad británica, empezó, paradójicamente, escamoteando su persona a la flota británica, después de una formidable batalla naval, la de Abukir, en las costas de Egipto, que tuvo lugar un 1 de agosto de 1798.

Así es, en esas fechas, cualquier biografía del emperador les puede decir que éste se las seguía apañando muy bien en la turbulenta Francia posterior a la caída del régimen del Terror jacobino, logrando abrirse camino en medio de unos personajes que habrían convertido a nuestra actual numerosa legión de corruptos y políticos provincianos -esos interesados sólo en su propio interés, caiga quien caiga- en meros aficionados.

Tras su inteligente matrimonio con una de las “tres gracias del Directorio”, Josefina de Beauharnais (otra de las tres era la española Teresa Cabarrús, por si es necesario recordarlo), Napoleón supo aprovechar esa ascendencia ganada gracias a su alianza con una de las mujeres más influyentes del susodicho Directorio -que sustituye a los bebedores de sangre del Terror por la vía expeditiva- para ir escalando puestos antes de que hombres como el ciudadano Barras -uno de los jefes de ese Directorio, acaso el único que mandaba en él- se lo quitasen de en medio con su bien conocida falta de escrúpulos.
Fue así como el entonces ciudadano-general Bonaparte consiguió el mando de un formidable ejército que debía conquistar Egipto para que la vacilante República francesa pudiera doblegar a su mayor enemigo: el naciente imperio británico que veía así cerrada una de sus principales rutas hacia la que se está convirtiendo ya entonces en la joya de su corona: la India.

Una vez en Egipto, en tierra Napoleón se asegurará, como será habitual en él hasta 1812, fulgurantes victorias, acabando con el régimen de los mamelucos -de quienes hablamos en otro reciente correo de la Historia, por cierto- e imponiendo el dominio francés sobre ese territorio.

Un éxito que acabó muy mal aproximadamente un año después, en agosto de 1799. Para empezar el 1 de agosto de 1798 la flota del mejor almirante británico de esa fecha, Horatio Nelson, dio alcance, al fin a la flota francesa que había llevado al ejército de Bonaparte hasta allí…

A partir de aquí me ceñiré a lo que me cuentan algunos interesantes documentos reunidos en un libro no menos interesante: “Nelson and Emma”, una magnífica edición hecha por The Folio Society de Londres en el año 1994, a cargo de Roger Hudson.

En ese cuidado volumen se recoge buena parte de la correspondencia que el almirante Nelson sostuvo con la mujer de su vida. No hay en él ninguna carta con fecha de agosto de 1798 en la que Horatio Nelson dé cuenta de cómo le fue en esa batalla naval de Abukir que se considera una de sus mayores victorias. Sin embargo, el volumen conserva en sus páginas 129 a 134 el relato de uno de los oficiales bajo mando de Nelson aquel día, Edward Berry, capitán del buque insignia de Nelson, el Vanguard .

Berry cuenta que la flota británica entró con mucho cuidado en la rada de Abukir, donde la Armada francesa había anclado en previsión a que algo así pudiera ocurrir. Dice su relato que avanzaban midiendo cuidadosamente, con las sondas, la profundidad de las aguas sobre las que navegaban.

Así se dieron de frente con lo que Berry describe como un enemigo desplegado en una sólida línea de combate, con sus extremos reforzados por cañoneras y Artillería -la temible Artillería francesa de la época- emplazada en tierra para cubrir cualquier avance contra sus barcos.

Ante esto Nelson expresó un plan que, tal y como lo cuenta Berry, parece de una simpleza extraordinaria. El capitán le oyó decir que “donde hay espacio para que navegue un navío enemigo, hay sitio para que eche el ancla uno de los nuestros”.

Tras eso se pusieron en práctica los designios del almirante que el capitán Berry resume en que era necesario vencer o morir en el intento.

El caso es que todo salió bien… para los británicos. Dice Berry que el Goliath y el Zealous recibieron el primer fuego francés. Tanto desde las unidades navales como desde tierra. Después, unidos al Orion, el Audacious y el Theseus lograron romper la línea francesa en tanto que el barco de Berry, el Vanguard, conseguía rebasar esa misma línea y enfrentarse a Le Spartiate a una distancia tan corta como la de medio tiro de pistola. Así, cogidos ya entre dos fuegos, los navíos franceses no lograrán zafarse de las constantes andanadas de toda la flota británica. Entre otros barcos estaba allí, lanzando cañonazo tras cañonazo, el Bellerophon, uno de los navíos británicos que en 1815 tendrá el raro honor de aceptar la rendición de Napoleón.

Esto durará entre las siete y las diez de la noche, en una oscuridad sólo iluminada por los fogonazos de los disparos y por la explosión de L´Orient, a las 10, que marca el punto de inflexión de la batalla.

Sin embargo, los puntos de vista sobre el hecho pueden variar. Tal vez el daño infligido por la tenaz resistencia francesa en Abukir desmiente un tanto que esa victoria británica fuera tan rotunda, habiéndose obtenido a un alto coste. Y, de hecho, Napoleón no considera que esa derrota naval signifique el fin de las operaciones terrestres, que continuarán durante todo el año siguiente. Primero bajo su mando y después bajo el de Kléber, al que deja al frente de la ocupación francesa de Egipto cuando decide que lo mejor es que él, Napoleón, regrese a Francia para evitar que el Directorio acabe con él y sus planes, cuya ambición fue bien conocida hasta 1815.

El punto de vista británico es bastante distinto. Las noticias de la derrota francesa en Abukir tardan un mes en llegar a Nápoles, pero una vez que son recibidas Emma Hamilton, la amante de Nelson, el 1 de septiembre de 1798, escribe a su amor una exultante carta donde le cuenta los desmayos y ditirambos que se lanzan por todo Nápoles por esta gran victoria que, como señala lo que nos cuenta Emma Hamilton en esta impagable carta, han hecho del almirante todo un icono de moda, reflejado en los vestidos de mujer “a la Nelson”, como el que dice llevar en ese momento la propia Emma, o sus pendientes.

Lo cual no evitó que los franceses siguieran dueños de la mayor parte de Egipto hasta agosto de 1799. Lo cual debería llevarnos a reflexionar sobre el alcance, real, de determinadas victorias navales. Deslumbrantes sí, pero de efecto, cuando menos, bastante retardado y revelador, como en el caso de la de Abukir, de que la Marina es la única arma de la que dispone Gran Bretaña en esas fechas para evitar su derrota -¿tal vez su conquista?- por las armas de la aguerrida República francesa. Un arma, esa Marina, capaz de acabar con parte de la flota francesa, pero no de desembarcar con éxito tropas que desalojen a los franceses de Egipto en todo un año…

El resto, como ya sabemos, se fue fraguando a lo largo de los siguientes años. En 1805 Nelson moriría después de destrozar un poco más el poder naval francés, ganando tiempo para una Gran Bretaña que no habría resistido una invasión terrestre. Diez años después el astuto general Bonaparte que logra escapar de Egipto y evitar que las consecuencias de Abukir lo manden, como poco, al ostracismo político, acabará rindiéndose a los británicos en el Bellerophon. Un barco que había sobrevivido a esa gran batalla de Abukir para asistir a la definitiva derrota de Napoleón casi veinte años después.

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